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Rayo de Luz

21 de diciembre de 2019

La visita de María a su prima simboliza la visita de Dios a Israel. Apenas recibido


el anuncio del nacimiento de Jesús, María se pone en camino a la casa de su
pariente Isabel quien, a pesar de su avanzada edad, ha concebido un hijo. Y va de
prisa, porque sabe que Isabel necesita urgentemente su ayuda.
Mientras se saludan las dos madres – porque ya lo son – se reconocen los dos
niños que todavía están en el seno de ambas. Juan salta de gozo y trasmite su
júbilo a su madre quien, llena del Espíritu Santo, reconoce en María a la madre de
su Señor.
Y la proclama dichosa por su fe, feliz por haber creído. En ellas se encuentran el
Antiguo y el Nuevo Testamento; el tiempo de la esperanza y el del cumplimiento.
Comienza el tiempo de la plenitud. Pero solo la fe de María abre la puerta a Dios
para venir a nosotros.

Lo sublime, María y Jesús, se digna visitar a lo pequeño, Isabel. El Emmanuel se


manifiesta en el signo más sencillo, una visita. Desde ahora, a Dios lo debemos
encontrar en lo cotidiano, donde se desarrolla la vida. Jesús, ya desde el vientre
de su madre, empieza su misión, llevar a otros la salvación y la alegría.

María “se levantó y se dirigió apresuradamente a la montaña, a un pueblo de


Judea”, para ayudar y asistir a Isabel, su pariente entrada en años y embarazada
de seis meses. No se quedó tranquilamente en Nazaret saboreando la gran
noticia que le había comunicado el ángel. Su fe la empujó a servir, sin importarle
el sacrificio que suponía caminar varios días al encuentro de quien la necesitaba.
La escena quiere decir que la verdadera salvación personal siempre repercutirá
en beneficio de los demás; si alguien la descubre, inmediatamente la comunicará.
La salvación no puede quedar encerrada en uno mismo; si es verdadera, la
llevaremos a donde quiera que vayamos, aun sin proponérnoslo. La visita a
Isabel comunica alegría (el Espíritu), también a la criatura que llevaba en su
vientre. Dos veces se nos dice que saltó la criatura en su vientre.

María, al quedar consagrada a Dios, nunca más se buscó a sí misma. Su vida, por
haberla entregado, ya no era para ella. La puso al servicio de Dios y de la
humanidad. Porque sabía también que el hijo que de ella iba a nacer, no sería
para ella, sino para todos, hombres y mujeres, destinatarios de la obra de la
redención.
Siguiendo el modelo de servicio de María, pongamos todos nuestros dones y
talentos para que los demás tengan alegría y esperanza en sus vidas. El mejor
regalo que podemos brindar en esta Navidad es la cercanía y el abrazo a los que
vemos todos los días del año y se nos olvida visitarlos o llamarlos.
ORACIÓN
María, madre, pido tu intercesión para que mi corazón sea renovado y pueda
caminar en la luz de tu hijo, Jesucristo. Ayúdame a vivir con toda la alegría de
este tiempo santo y pueda crecer en la fe, esperanza y caridad. Amén.

PROPÓSITO DEL DÍA


Que la manifestación de mi conversión sea hoy la solidaridad, a través de un
gesto concreto hacia algún necesitado.