Você está na página 1de 5

Palabras de Juan Pablo II:

"De entre tantos títulos atribuidos a la Virgen , a lo largo de los siglos... hay uno de profundísimo
significado:

¡Virgen fiel! ¿qué significa esta fidelidad de María?, ¿cuáles son las dimensiones de esta fidelidad?

La primera dimensión de la fidelidad es la búsqueda: Maria fue fiel ante todo cuando por amor,
inició su búsqueda del sentido profundo del designio de Dios en Ella y para el mundo. "Quomodo
fiet?" -- ¿como sucederá esto? Preguntó al ángel de la Anunciación. Ya en el Antiguo Testamento
el significado de esta búsqueda está representado en la expresión de excelente belleza y de
extraordinario contexto espiritual: "Buscar el rostro del Señor". No hay fidelidad, sino no está
enraizada en esta ardiente, paciente y generosa búsqueda; si no hubiera en el corazón del hombre
una pregunta a la que solo Dios puede dar una respuesta, o mejor dicho, a la que solo Dios es la
respuesta.

La segunda dimensión de la fidelidad es la acogida, la aceptación. El "quomodo fiet?" es


transformado en los labios de María en un "fiat". ¡Hágase! ¡Estoy lista! ¡acepto!: este es el
momento crucial de la fidelidad, momento en el cual el hombre percibe que no podrá comprender
completamente el "como"... que hay en el plan de Dios mas áreas de misterio que de claridad; que
por más que trate, no alcanzará comprender en su totalidad. Es entonces, comprenderá totalmente
el cómo; que hay en el designio de Dios más zonas de misterio que de evidencia; que, por más
que haga, jamás logrará aceptarlo todo. Es entonces cuando el hombre acepta el misterio y le da
un lugar en su corazón, así como "María conservaba todas estas cosas en su corazón"(Lc 2, 19; Lc
3, 15). Es el momento en que el hombre se abandona al misterio, no con la resignación de quien
recapitula frente a un enigma, o un absurdo, sino más bien con la disponibilidad de quien se abre
para ser habitado por algo... por Alguien más grande que el propio corazón. Esa aceptación se
cumple en definitiva por la fe que es la adhesión, de todo el ser, al misterio revelado.

La tercera dimensión de la fidelidad es la coherencia: vivir de acuerdo a lo que se cree. Adaptar la


propia vida al objeto de nuestra adhesión. Aceptar incomprensiones, persecuciones, antes que una
ruptura entre lo que uno practica y uno cree: esto es coherencia. Aquí se encuentra, quizás, el
núcleo más íntimo de la fidelidad.

Pero toda fidelidad debe pasar por la prueba más exigente: la duración. Por eso la cuarta
dimensión de la fidelidad es la constancia. Es fácil ser constante por un día o dos. Es difícil e
importante el ser constante durante toda la vida. Es fácil ser coherente y constante en la hora del
entusiasmo; es difícil serlo en la hora de la tribulación. Y solamente la constancia que dura toda la
vida es la que puede llamarse fidelidad. El "fiat" de María en la Anunciación encuentra su plenitud
en el "fiat" que silenciosamente repitió al pie de la cruz. Ser fiel significa no traicionar en la
oscuridad lo que se aceptó en la luz.

"En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá: entró en
casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su
vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: ¡Bendita tú entre las mujeres y
bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu
saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. ¡Dichosa tú, que has creído!,
porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá. María dijo: Proclama mi alma la grandeza del
Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes por
mí: su nombre es santo. Y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace
proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y
enaltece a los humildes; a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como había prometido a nuestros
padres-, en favor de Abrahán y su descendencia para siempre. María se quedó con Isabel unos tres
meses y después volvió a su casa."

Reflexión
1. Si tratamos de penetrar en el misterio de la Iglesia, en el misterio de nuestra vocación de
cristianos, podemos hacerlo mirando hacia la imagen de María.
Dios nos ha llamado para ser alma del mundo. Seremos alma del mundo, en la medida en que
anunciemos el amor de Dios a los pobres, a los pequeños, a los que sufren.
Lo seremos, en la medida en que mostremos ese amor mediante obras, por medio de nuestro espíritu
cristiano de servicio.
Seremos alma del mundo de hoy, en la medida en que sepamos ser instrumentos de unidad y signos
de esperanza para los hombres.

La Sma. Virgen fue todo eso en sumo grado: porque Ella fue la llena de gracia. Por eso, Ella es
modelo de la Iglesia. Por eso con Ella queremos construir la Iglesia del futuro.

2. Y nos preguntamos: ¿Qué semilla la Virgen quisiera dejar en nuestros corazones para que crezca,
se desarrolle y de frutos?

Me parece que los frutos permanentes de este día de encuentro con María deberían ser: un amor
más profundo y una fidelidad más auténtica a la Iglesia. Es, sin duda, el anhelo secreto de la Sma.
Virgen. Si esto nos queda, entonces Ella estará contenta.

3. El Concilio definió la Iglesia de nuestro tiempo como Pueblo de Dios, como la gran Familia de
Dios. Todos somos Iglesia. Todos construimos Iglesia. ¿Y cómo vamos a construir algo que no
amamos?

La Iglesia es nuestra Familia. Amarla significa sentirse plenamente dentro de esta familia, y no al
margen de ella, ni como simple espectador mirándola desde afuera. Amarla significa sentirse
comprometido con esta familia y con cada uno de sus miembros, es decir, también con los
humildes, los molestos, los antipáticos. Amarla significa también sentirse responsable de esta
Familia, de su vid y de su desarrollo.

Queremos amarla a pesar de todos los defectos de sus miembros y de sus ministros. Porque amarla
es también sufrir con ella. Nos deben doler los problemas que tiene la Iglesia. Nos debe doler la
falta de unidad, las divisiones en la Iglesia Nos debe doler también la crisis de autoridad, la falta de
obediencia y de respeto frente al Santo Padre, frente a los Obispos y frente a los demás ministros.

4. Sufrir con la Iglesia, conservar el amor a Ella también en momentos difíciles – esto es fidelidad.
Porque fidelidad a la Iglesia, la familia de Dios, significa estar con ella en las buenas y en las malas,
sobre todo en las malas. Pues la verdadera fidelidad es la fidelidad probada, acrisolada, la que
perdura las tormentas de la vida.

La fidelidad a la Iglesia va más allá de la muerte. Somos miembros de ella desde nuestro bautismo
hasta toda la eternidad. Por eso se distingue la Iglesia militante, purgante y triunfante. Y serle fiel a
la Iglesia militante es la condición para que Dios nos sea fiel a nosotros, para que nos admita a la
Iglesia triunfante.

Es la misma fidelidad que los esposos se prometen en el sacramento del matrimonio: serse fieles
tanto en la prosperi-dad como en la adversidad, en la salud como en la enfermedad -hasta que la
muerte los separe.

5. La Sma. Virgen es modelo de nuestro amor y fidelidad a la Iglesia. Ella es el miembro más
eximio de la Iglesia, la plenamente redimida. Pero más que eso, María es también la Madre de la
Iglesia. El mismo Papa Paulo sexto, al finalizar el Concilio Vaticano II, la proclama solemnemente
bajo este título.

Con ello no hace sino repetir el testamento de Cristo en la Cruz; cuando Él nos entrega a su Madre
diciendo al apóstol Juan: “ He ahí a tu Madre” , y a María: “ Mujer, he ahí a tu hijo” .

Como antes se ha dado enteramente a su Hijo Jesucristo, del mismo modo entrega desde aquel
momento todo su amor y su fidelidad a sus hijos en la gran familia de la Iglesia.

En seguida empieza a actuar como Madre de los apóstoles, reuniéndolos en el Cenáculo y


esperando con ellos el Espíritu Santo.

Su misión de Madre de la Iglesia, se hace más actual aún después de su muerte. Ahora puede
cumplirla en toda su universalidad y profundidad. Ya no está limitada por el tiempo y por el
espacio: puede ser plenamente Madre para todos los suyos, y darles a cada uno el amor, la ayuda, la
protección que necesitan.

Durante toda su historia, la Iglesia ha experimentado este amor y esta fidelidad de María y por eso
le tiene tanta confianza, respeto y cariño a su Madre.

6. Queridos hermanos, Ella fue llevada al cielo con su alma y con su cuerpo. La Asunción es la
coronación de su vida, llena de amor y fidelidad a su Hijo Jesucristo.

Pidámosle a María que nos dé también a nosotros un profundo amor y una auténtica fidelidad al
Señor y a nuestra Familia, la Iglesia. Entonces estaremos también todos nosotros, un día, juntos con
la Sma. Virgen y toda la Iglesia triunfante en el cielo.

Lucas 1, 26-38
En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a
una virgen desposada con un varón de la estirpe de David, llamado José. La Virgen se llamaba
María.
Entró el ángel a donde ella estaba y le dijo: “ Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” . Al
oír estas palabras, ella se preocupó mucho y se preguntaba qué querría decir semejante saludo.
El ángel le dijo: “ No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. Vas a concebir y a dar a
luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor
Dios le dará el trono de David, su Padre, y él reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su
reinado no tendrá fin.”

María le dijo entonces al ángel: “ ¿Cómo podrá ser esto, puesto que yo permanezco virgen?” El
ángel le contestó: “ El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su
sombra. Por eso, el Santo que va a nacer de ti, será llamado Hijo de Dios. Ahí tienes a tu parienta
Isabel, que a pesar de su vejez, ha concebido un hijo y ya va en el sexto mes la que llamaban estéril,
porque no hay nada imposible para Dios” . María contestó: “ Yo soy la esclava del Señor; cúmplase
en mí lo que me has dicho” . Y el ángel se retiró de su presencia.

Reflexión
1 Sin duda, hemos escuchado mucho sobre la crisis de fidelidad y sobre lo que es la verdadera
fidelidad, la que se espera de un cristiano. Pero la pregunta es, si estas explicaciones nos han
alcanzado íntimamente, si nos han llegado al corazón. Lo que nos falta, tal vez, es una síntesis vital
y vivida de lo que hemos escuchado. Lo que nos falta es un modelo, un ejemplo de fidelidad que
nos arrastre.

El fundador de mi comunidad sacerdotal, el Padre José Kentenich, dijo en una oportunidad: “ Un


hombre sabio me impresiona, pero un hombre fiel me conmueve” . Así queremos también nosotros
experimentar y palpar la fidelidad en una persona concreta. Y esta persona, modelo de la fidelidad
humana, es María: la Virgen fiel.

2. Ahora, si queremos contemplar la fidelidad de María, tenemos que saber qué es fidelidad. Yo
diría que fidelidad es la conservación pura, lozana y acrisolada del primer amor.

Primer amor - fidelidad y amor siempre van juntos, se corresponden. Porque el amor es el alma de
la fidelidad. Fidelidad sin amor es terquedad. Y el amor que no es fiel, no es un amor. Porque el
amor que no es fiel, no es un amor auténtico, ya que no es duradero.

3. Entonces, ¿cuál es el primer amor de María? El Evangelio de la Anunciación nos hace ver la hora
que cambia la vida de María, y que cambia la historia del mundo. Dios le pide ser Madre de su Hijo.
Y en este momento nace su primer amor, el gran amor de toda su vida: el amor a su Hijo Jesucristo.
Decidida y alegremente acepta su nueva misión, diciendo su: “ Fiat, Hágase en mí según tu
palabra” .

Sabe que su FIAT no es el “ Sí” de una hora, sino el sí de toda una vida. De ahora en adelante,
todo su amor, su entrega y su fidelidad dedicará a su Hijo. Y empieza una inseparable bi-unidad
entre María y su Hijo. Ella está con Él, como compañera y colaboradora, en los grandes momentos
de la historia de salvación, desde la Encarnación hasta su Asunción.

4. El don de su primer amor es un don que tiene que probarse en la vida. No es un don acabado,
sino que es un don que María tiene que ir conquistando cada vez más perfectamente. Porque la
verdadera fidelidad es la fidelidad probada y acrisolada, la que perdura las tormentas de la vida.
Y la fidelidad a su primer amor sufre ya muy pronto duras pruebas. En primer lugar su situación
difícil frente a su prometido José, a quien no puede explicar lo que le ha pasado. Después el
nacimiento de su Hijo en la soledad y en la miseria.
Y como primer resultado del nacimiento del Salvador, la matanza de los Inocentes. Y María tiene
que huir de noche con su familia a tierras extrañas y vivir allá como refugiados.

Y así siguen las pruebas y exigencias de Dios durante más de treinta años. Y siempre de nuevo, Ella
repite, sin comprenderlo del todo, el Sí de la primera hora, el Sí de su vocación y de su fidelidad.

5. Y entonces llega la hora del Calvario. Ella está allí al pie de la cruz, casi sola. Los demás han
desaparecido, como suele suceder en la hora de prueba. Y en este momento oscuro María da su
FIAT definitivo. Y es este último FIAT el que cuenta verdaderamente. Ella, en el Calvario, es
Madre de verdad, porque se es verdaderamente Madre sólo cuando se da todo. Y María entrega lo
único que tiene: su Hijo Jesús.

Y este momento de entrega total, el Señor crucificado lo elige, para entregarnos a su Madre a
nosotros como sus nuevos Hijos. Y desde entonces estamos incluidos en su primer amor. Y como
antes se ha dado enteramente a su Hijo Jesús, así entrega en adelante todo su amor y su fidelidad a
sus hijos en la gran familia de la Iglesia.
La fidelidad a la persona de Cristo tiende necesariamente a la fidelidad a la Iglesia, la comunidad, la
familia de Cristo.

6. Después de la Ascensión del Señor, María empieza a actuar como Madre de la Iglesia primitiva.
Reúne a los apóstoles y primeros cristianos en el Cenáculo e implora con ellos el Espíritu Santo.
Su misión de madre de la Iglesia se hace más actual aún después de su Asunción. Ahora puede
cumplirla en toda su universalidad y profundidad: puede ser plenamente Madre para todos los suyos
y darles a cada uno el amor, la ayuda y la protección que necesitan.
Durante toda su historia la Iglesia ha experimentado este amor extraordinario y esta fidelidad
ilimitada de María. Por eso le tiene tanta confianza, respeto y cariño a su Madre.