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Resumen

El presente y complejo mundo de la comunicación digital está determinado por desarrollos tecnológicos que configuran nuevas formas de
construcción de los mensajes (nuevas narrativas), nuevas dinámicas para la transmisión, distribución y exhibición de esos mensajes (nuevos
medios), nuevas posibilidades de relación e interacción de los lenguajes y de los medios con el usuario (nuevos usos y apropiaciones), así como
nuevas comunidades de consumidores creadas según intereses particulares (nuevas audiencias), en medio de un ambiente comunicativo
caracterizado por la sobreoferta de contenidos. El presente artículo propone una reflexión de la dinámica de la comunicación digital, a la luz del
paradigma sobre el pensamiento complejo propuesto por Edgar Morín.

Palabras clave

Comunicación digital, pensamiento, complejo, globalización, convergencia, interactividad, audiencias. (Fuente: Tesauro de la Unesco).

Digital Communication:
A Proposal for Analysis Based on Complex Thought

Abstract

Today's complex world of digital communication is determined by technological developments that shape new ways of constructing messages
(new narratives), new dynamics for transmitting, distributing and exhibiting those messages (new media), new possibilities for languages and
the media to relate to and interact with the user (new uses and appropriations), and new consumer communities created on the basis of special
interests (new audiences), all in a communicative environment characterized by an oversupply of content. This paper reflects on the dynamics of
digital communication in light of the paradigm of complex thinking proposed by Edgar Morín.

Keywords

Digital communication, thinking, complex, globalization, convergence, interactivity, audiences (Source: UNESCO Thesaurus).
Comunicação digital:
uma proposta de análise a partir do pensamento complexo

Resumo

O presente e complexo mundo da comunicação digital está determinado por desenvolvimentos tecnológicos que configuram novas formas de
construção das mensagens (novas narrativas), novas dinâmicas para a transmissão, distribuição e exibição dessas mensagens (novos meios),
novas possibilidades de relação e interação das linguagens e dos meios com o usuário (novos usos e apropriações), bem como novas
comunidades de consumidores criadas segundo interesses particulares (novas audiências), em meio de um ambiente comunicativo caracterizado
pelo excesso de oferta de conteúdos. O presente artigo propõe uma reflexão a respeito da dinâmica da comunicação digital, à luz do paradigma
sobre o pensamento complexo proposto por Edgar Morín.

Palavras-chave

Comunicação digital, pensamento, complexo, globalização, convergência, interatividade, audiências. (Fonte: Tesauro da Unesco).

Introducción

La primera década del nuevo siglo nos ha dejado huellas reconocibles de una caminata inédita por el ciberespacio de la comunicación digital. Un
camino que tuvo su génesis en las necesidades comunicativas de espionaje derivadas de la Guerra Fría, pero que en el aspecto comercial se
mantuvo reservado durante varias décadas hasta cuando, en el epílogo del siglo XX, se produjo la gran explosión industrial del mercado de los
códigos binarios, manifestados en sofisticados dispositivos dotados de efectivos lectores ópticos y sistemas de almacenamiento, transporte,
intercambio y transformación de información. Posteriormente surgieron la Internet comercial y los servicios comunicativos móviles,
personalizados y convergentes, que hicieron de la comunicación un nuevo ambiente, una nueva forma de conocer y aproximarse a la realidad...
¿virtual?
El gran cambio no ha sido solamente de orden tecnológico. Ha revolucionado, además, la tendencia de una comunicación centrada
institucionalmente en los medios (mediacentrista), para redefiniría socialmente en escenarios de redes abiertas y colaborativas, otorgando al
usuario no sólo la posibilidad de seleccionar sus formas de acceder a los contenidos, sino permitiéndole combinar naturalmente, en un mismo
dispositivo, mensajes de naturaleza mediática con aquellos de orden estrictamente personal (Arango-Forero y Roncallo-Dow, 2013).

Tanta revolución tecnológica, tanta transformación en las formas de producir, empacar, distribuir, compartir, modificar y consumir mensajes nos
ha llevado ciertamente a protagonizar una dimensión comunicativa diferente. Nos ha sumergido en un ambiente comunicativo nuevo, un
ambiente expresado en un sentido mcluhaniano (1967), que nos obliga a trascender los paradigmas clásicos e integrar nuevas formas de análisis
que nos permitan pensar más y mejor la comunicación digital del siglo XXI (BarnettPearce, 1998).

Si bien durante siglos la comunicación fue asumida como vehículo, instrumento o medio para alcanzar la transmisión del pensamiento
humano2 el complejo entramado de los fundamentos, problemas, mecanismos y determinantes colectivos de la comunicación mediada permitió,
durante el siglo XX, el enrutamiento intelectual hacia su exploración como objeto de estudio, como disciplina, incluso como ciencia.

Entre las corrientes de pensamiento más influyentes en la construcción de un marco teórico-científico sobre la comunicación en el siglo XX, se
destacan las escuelas filosóficas y sociológicas alemanas (Escuela de Frankfurt), la escuela pragmática norteamericana (funcionalismo), las
corrientes que indagaron por las cargas simbólicas de los mensajes y sus dimensiones representativas de las audiencias (escuela hermenéutica),
los estudios que ubicaron en los medios de comunicación a los protagonistas (escuela canadiense) y la escuela de la comunicación de masas, que
indagó por el fenómeno de la culturización de la audiencia y por el impacto de los medios en la sociedad a partir de la construcción, la
divulgación y el consumo de los mensajes mediáticos (Maigret, 2005; McQuail, 2000; De Moragas, 1985).

A nivel latinoamericano resaltan los trabajos basados en las teorías de la dependencia, el determinismo y el imperialismo cultural. Igualmente los
llamados estudios socioculturales, inspirados en la sociología y la economía política, que intentaron descifrar el papel de la comunicación como
representación genuina de los públicos a los cuales va dirigida, en un ambiente caracterizado por la globalización económica, política y cultural
(León Duarte, 2002; Martín-Barbero, 1998; García Canclini, 1990).

Durante la primera década del nuevo siglo se plantearon nuevas propuestas paradigmáticas derivadas, entre otras, del proceso digital,
interactivo y convergente que motivó la revisión de los principios, alcances y fines del fenómeno comunicativo, planteando incluso la prescripción
del paradigma sobre la comunicación masiva y su reemplazo por el contexto de la comunicación mediada (Chaffee y Metzger, 2001). También se
destacaron reflexiones en torno a la comunicación digital desde sus formas comunes de producción, empate y distribución, sintetizadas en los
amplios conceptos sobre convergencia e interactividad (Jenkins, 2006); desde el soporte de los códigos binarios que inspiran nuevos lenguajes y
nuevos discursos narrativos (Manovich, 2006); desde la transformación corporativa de las instituciones mediáticas que replantearon una nueva
cartografía de la comunicación empresarial (Albarran, 2010); así como reflexiones sobre las implicaciones que la comunicación digital ha tenido
en los hábitos de consumo y los comportamientos de las audiencias en términos de respuestas, producción, distribución y exhibición propia de
contenidos (Napoli, 2011 ).
El ser comunicativo: del homo sapiens al homo documentator

Evocando a Giovanni Sartori (1998) podríamos decir que el hombre comunicativo del siglo XXI está más dado a ver que a hablar. Es un ser
mucho más visual que oral, y por ende su aproximación al mundo se da más en función de su televidencia, es decir, desde su mirada distante de
la realidad en términos del contacto físico con ella, aunque paradójicamente cada vez más próxima y cercana a él gracias a la conexión virtual
con el mundo digitalizado.

Si hemos de integrar la cadena evolutiva del ser humano comunicativo, partiremos del homo sapiens pensante y reflexivo; seguiremos por
el homo demens (planteado por Edgar Morín), dueño de la fantasía y del imaginario; saltaremos al homo videns, prioritariamente audiovisual;
encontraremos al homo digitalis convergente e interactivo del siglo XXI, y llegaremos hasta el homo documentalis, el ciudadano del mundo
globalizado, heredero de la sociedad de la información, con el criterio justo y necesario para procesar y seleccionar mensajes provenientes de
todos los vectores de la comunicación digital (López Yepes, 1998).

Adicionalmente, José López Yepes propone un nuevo eslabón, el homo documentator, definido como el profesional del documento digital en la
sociedad del conocimiento. Se trata del profesional investigador capaz de aprovechar las ventajas ofrecidas por la sociedad digital para avanzar
en el campo científico, experto en distinguir y seleccionar entre calidad y cantidad de información, orientador del usuario en el correcto uso y
apropiación de las tecnologías de información. Pero quizás, y esto se asoma como lo más importante, un analista e investigador permanente
sobre los efectos de los nuevos medios, colaborador permanente en el aporte de la nueva comunicación en procesos de educación, culturización
y evolución de la sociedad. En suma, ese nuevo y necesario perfil de investigador de la comunicación del siglo XXI, ese profesional consciente de
la responsabilidad compartida, indivisible e indisoluble de la ciencia y de la ética frente a los nuevos retos y desafíos que plantea la comunicación
contemporánea.

El propósito de este artículo es la reflexión, desde la óptica de la corriente del pensamiento complejo, sobre diferentes aspectos que la
comunicación digital puede plantear como retos o como nuevos problemas a resolver por parte del homo documentator. Asuntos relacionados,
por ejemplo, con el marco operativo de la comunicación digital; con las implicaciones éticas de una comunicación caracterizada por su
globalización, inmediatez, velocidad, convergencia, interactividad y alta penetración; con el significado del ejercicio comunicativo dominado por
leyes de la oferta y la demanda, por el mercado y la industria que determinan nuevas formas y nuevos intereses de orden comercial; así como
con las implicaciones que los aspectos anteriores tienen sobre lo que llamaremos los nuevos públicos de la comunicación digital, reconocidos
genérica y tradicionalmente como las audiencias.
Primero, el pensamiento complejo

El filósofo y sociólogo francés Edgar Morín3 ha sido reconocido como uno de los promotores de la corriente conocida como complejidad, o
pensamiento complejo. Su propuesta desafía las formas tradicionales del pensamiento científico que divide el campo de los conocimientos en
disciplinas atrincheradas y en taxonomías rígidas y sistemáticas. En su lugar, el pensamiento complejo propone una reintegración de los objetos
de conocimiento, reubicándolos en sus contextos y en la globalidad a la que pertenecen (Morín, 2001), especialmente en el terreno de las
ciencias sociales. "La ciencia clásica ha desintegrado la sociedad; los estudios parcelarios, demográficos, económicos, etc., han desintegrado el
problema global e incluso al hombre, puesto que, en definitiva, podía considerarse al hombre como un objeto indigno del conocimiento
especializado, casi una ilusión" (Morín, 1998, p. 424).

Podríamos decir con Morín, entonces, que el conocimiento pertinente, a la luz del paradigma de la complejidad, consiste en poder situar una
realidad social analizada en su contexto, en su globalidad, en sus determinantes tanto fácticos como casuales y accidentales, en sus realidades
tanto obvias como relaciónales, en sus procesos advertidos como inesperados, con el fin de alcanzar una reflexión integral de los fenómenos
analizados y no su descomposición en fragmentos que no alcanzan a reconstituir un todo (Morín, 2000).

Esta forma de actuar, pero sobre todo de pensar, implica ciertamente romper con el paradigma científico occidental característico de los siglos
XIX y XX, que buscó la explicación de los fenómenos explorando hasta la más pequeña partícula de la materia, el átomo, descomponiéndolo a su
vez en su interior, pero ignorando tal vez que no se puede conocer y explicar integralmente el átomo sin considerarlo parte esencial de la
molécula, y desconociendo que lo mismo ocurre con las moléculas como partes integrales de los cuerpos, los cuales conforman los sistemas, los
que a su vez reinician su inclusión como ínfima parte (atómica) del universo.

De esta manera, la ciencia incurrió en el paradigma de la simplicidad, desatendiendo el principio de universalidad que sugiere que el todo es tal
vez mucho más que la suma de sus partes. Morín (2000, p. 90) asegura que la obsesión de la complejidad condujo a la aventura científica a
descubrimientos imposibles de concebir en términos de simplicidad. También los científicos buscaron, con algo de obsesión y delirio, determinar
el orden de las cosas cuando el azar, el mismo caos y el desorden finalmente también pueden ser reconocidos como elementos determinantes en
la constitución y definición de las cosas y los fenómenos. En el orden y el desorden, en la armonía y el caos, se encuentra el secreto de la
evolución de la materia y de los propios asuntos. En la compleja relación orden/desorden/organización. Pero también en el agregado de cierta
autonomía organizativa de los estados y las cosas, sin la intervención necesaria y dispendiosa del hombre. Aquí es cuando las leyes universales
pueden no ser suficientes para abarcar todos los fenómenos aparentemente conocidos en su totalidad. En suma, el estado de las excepciones
puede llegar a ser, en algún momento, más relevante que la ley de las universalidades, obsesivamente dictada por las ciencias formales, también
conocidas como ciencias exactas.

Pero el paradigma de la complejidad no es un asunto meramente conceptual. De hecho, también es congénito a la vida misma. No es algo que
haya nacido con la ciencia, o que sea ésta la única que deba tomarla en cuenta. Ya lo hicieron la filosofía, la religión, el arte, intentando explicar
el discurrir de la compleja existencia del hombre. No solamente el ser humano en su integridad biológica es un ser complejo, también la sociedad
en sí misma es un ejemplo de complejidad. La propia vida cotidiana es un entramado de circunstancias y causalidades, pero también de
casualidades e incertidumbres, como subraya Morín:

El pensamiento complejo no es el pensamiento completo; por el contrario, sabe de antemano que siempre hay incertidumbre. Por eso mismo
escapa al dogmatismo arrogante que reina en los pensamientos no complejos. Pero el pensamiento complejo no cae en un escepticismo
resignado porque, operando una ruptura total con el dogmatismo de la certeza, se lanza valerosamente a la aventura incierta del pensamiento,
se une así a la aventura incierta de la humanidad desde su nacimiento (1998, p. 440).

Pensamiento complejo y comunicación

Sin ser muy consciente de ello, y tal vez sin considerarlo como premisa, la comunicación ha explorado ciertos caminos en la búsqueda de su
reconocimiento como ciencia, atendiendo los principios del pensamiento complejo. En su solicitud de admisión en el seno de las ciencias sociales,
labró su propio jardín del conocimiento sembrando frutos provenientes de otras disciplinas. La sociología, la psicología, la lingüística, la
semiótica, la ciencia política, la economía política y la propia economía vertieron postulados y reflexiones que abonaron la conceptualización
sobre el paradigma comunicativo. Pero también en el campo de las humanidades, la antropología, la historia, la filosofía, la teología y la literatura
han alimentado el terreno para el reconocimiento de la comunicación como objeto de exploración científica.

Probablemente el paradigma de la simplicidad, que permitió tantos avances a las ciencias formales en el siglo XX, le haya hecho un involuntario
favor a la comunicación, porque ésta no puede comprenderse desde su complejidad a partir de unos postulados segmentados o fragmentados.
En este sentido, quizá sobre las críticas que los cultivadores de las ciencias formales o duras aún le endilgan a la comunicación radica su propia
riqueza, su propio patrimonio intelectual a la luz de una reflexión sobre el pensamiento complejo, pues no excluye ni delimita sino que integra y
analiza, estudia y armoniza postulados que, provenientes de sus propios orígenes científicos, podrían parecer simplistas.

Uno de los objetos de estudio en la comunicación, la sociedad misma en sus interacciones comunicativas, ha resultado determinante para tomar
conciencia de su complejidad cuando, al fin y al cabo, la comunicación se da siempre en términos de relación entre seres humanos, quienes, por
su propia naturaleza, no solamente ejercen el derecho de aceptar o rechazarla comunicación, sino que prácticamente no tienen otra alternativa.
La historia de la investigación en comunicación masiva ha sido, de cierto modo, el recuento sobre cómo el mundo mediático se relaciona con el
mundo social del consumidor. Incluso en la corta historia de Internet la investigación ha ido más allá, caracterizando el nuevo mundo autónomo
en línea (online) en dirección hacia la exploración de sus complejas conexiones con el mundo offline (Slater, 2002, en Livingstone, 2003).

Una probable evidencia de la complejidad de la comunicación de hoy radica en que tampoco se la puede categorizar en uno de los tres planos
científicos propuestos por el propio Morín: el de las ciencias físicas, el de las ciencias del hombre (o más extensamente, del conocimiento del
hombre) y el de la política (Morín, 1998, p. 425). En los tres planos morinianos está presente efectivamente la comunicación, como un objeto
transdisciplinar de estudio y de análisis.

Morín (2000, p. 97) asegura que ser sujeto es ser autónomo siendo, al mismo tiempo, dependiente. Es ser algo provisorio, parpadeante, incierto;
es ser casi todo para sí mismo, y casi nada para el universo. La autonomía humana en términos comunicativos puede resultar también relativa,
pues se encuentra mediada por condiciones de carácter económico, social y cultural. Necesitamos al menos un lenguaje materno para
aproximarnos a conocer el mundo en una primera instancia. Ese lenguaje nos permite acercarnos a una cultura determinada en sí misma,
aunque también influenciada por otras culturas próximas, lejanas, similares o antagónicas. "Esa autonomía se nutre, por lo tanto, de
dependencia; dependemos de una educación, de un lenguaje, de una cultura, de una sociedad, dependemos por cierto de un cerebro, él mismo
producto de un programa genético, y dependemos también de nuestros genes" (Morín, 2000, pp. 97-98).

La complejidad y la comunicación digital

Nos detendremos ahora a analizar algunos de los aspectos más sobresalientes del fenómeno de la comunicación digital en el nuevo siglo, cuya
primera década, como exponíamos en la introducción, deja huellas evidentes de un camino que demanda nuevos enfoques de investigación y
análisis.

Los llamados medios de comunicación tradicionales, comenzando por los impresos y siguiendo con los audiovisuales, sugirieron la definición de
unas fronteras físicas relacionadas con las sociales, culturales, políticas y económicas. Los diarios fueron primero consolidados, y se hicieron
importantes, en determinadas ciudades y de alguna manera también representaron el sentir, pensar y vivir de los centros urbanos donde se
producían. La radio y la televisión surgieron luego mediante la transmisión de radiofrecuencias, con rangos específicos de cobertura de su señal,
también con unas delimitaciones y unas representaciones regionales muy específicas (Dominick, 2001).

El advenimiento de la comunicación digital, no obstante, declaró paulatinamente un rompimiento de fronteras físicas y relanzó el fenómeno
comunicativo en un contexto marcadamente globalizador. El satélite, la fibra óptica e Internet expandieron las propias fronteras de la industria
infocomunicacional y declararon proscritas a las ciudades como centros de delimitación espacio-temporal para el mercado de los mensajes
(Baran y Davis, 2010).

El satélite y el cable introdujeron el modelo de televisión internacional como menú cotidiano de consumo para los televidentes abonados al
sistema de suscripción, sin importar su ubicación geográfica. Internet alteró también los modelos tradicionales en la cadena de valor de la
industria mediática a nivel de distribución, exhibición y exposición de contenidos. Esta revolución tecnológica, dinamizada por la web 2.0
(entendida como el fenómeno de las redes sociales) y el sistema de comunicaciones móviles, ha creado un escenario comunicativo claramente
distinto al tradicional. Este fenómeno, conocido hasta ahora como el de los nuevos medios, o el de los otros medios, o el de los multimedios,
ciertamente ha cambiado la relación tradicional entre productores y consumidores de mensajes mediáticos (Lindqvist et al., 2008).

Esto no sólo ha provocado que la comunicación y sus públicos en el siglo XXI se hayan globalizado, sino que ha favorecido también la expansión
y la consolidación de grandes multinacionales mediáticas, que buscan con afán comercial la penetración y el dominio de los mercados en
cualquier lugar del mundo donde haya espacio para ofrecer servicios de comunicación y conseguir demandas de públicos. Por ejemplo, los grupos
españoles Prisa y Planeta compiten hoy con los norteamericanos (Disney, Viacom, News Corp, NBCU, Time Warner) para conquistar el mercado
latinoamericano, y entre ellos están los grupos propios de la zona, como Telmex de México o Cisneros de Venezuela, los cuales buscan hacer de
la región un gran menú económico para la distribución y venta de sus servicios infocomunicacionales (Mastrini y Becerra, 2007).

Aunque hoy resulta visible este fenómeno en el contexto latinoamericano, donde podríamos hablar de una lenta pero evidente consolidación del
nuevo mercado mediático, desde los años ochenta el proceso de desregulación, liberalización y privatización de los grandes conglomerados de las
telecomunicaciones en los Estados Unidos comenzó a fomentar la participación de grandes capitales de inversión para el fortalecimiento de los
grupos económicos privados de medios de comunicación (Herman y McChesney 1997). Este fenómeno también comenzó a sentirse en Europa
con el ingreso de firmas de carácter privado al mercado de la televisión. En los años noventa los monopolios estatales de las comunicaciones
dieron un paso atrás, siendo las iniciativas privadas las promotoras del nuevo esquema de industrias de la información y el entretenimiento.
Phillipe Bouquillon añade como elemento relevante a este fenómeno lo que él denomina la 'financiarización' de las industrias de la cultura, de la
información y de la comunicación, como resultado de la libertad de circulación internacional de capitales (Bouquillon, 2005, en George, 2007).

Este complejo panorama plantea hoy nuevos retos desde los estudios relacionados con la economía y la gestión de los medios de comunicación,
pero también con respecto apolíticas de regulación, porque a pesar de los esfuerzos de algunos gobiernos por controlar el crecimiento y la
penetración de los mercados internacionales de la comunicación, aún existe un enorme vacío en la definición de políticas sobre tamaños y
limitaciones de las industrias, y más vacío existe todavía en cuanto a la regulación de los contenidos, la clasificación de los públicos, los límites y
los alcances de los mismos servicios (Warf, 2007).

Siendo la comunicación digital un fenómeno dinámico, globalizado y convergente, no es fácil pensar en un marco regulatorio de orden
internacional que se anticipe efectivamente a los cambios y a las novedades ofrecidas por los avances tecnológicos y las estrategias de las
empresas con el fin de controlar la avalancha de nuevas modalidades y configuraciones industriales derivadas de la comunicación digital (Picard,
2002).

Mucha comunicación... ¿y la información?


Con relación al impacto que las nuevas tecnologías, entre ellas por supuesto las de la comunicación, pueden tener sobre la sociedad, Morín
(2000) destaca cómo la sociedad no solamente necesita adaptarse a las características de las nuevas tecnologías, sino que resulta mucho más
importante que las tecnologías deban adaptarse a las verdaderas necesidades del ser humano.

Con relación a las paradojas contemporáneas sobre las necesidades de información de nuestra sociedad, podríamos decir con T. S. Eliot que no
encontramos la sabiduría porque perdimos el conocimiento, pero tampoco podemos hallar el conocimiento porque perdimos la información, y
probablemente ni siquiera seamos capaces de descubrir la verdadera y necesaria información porque, paradójicamente, nunca como ahora
tuvimos tanto acceso a la comunicación, pero perdimos el contacto con la verdad de la acción comunicativa, entendida esta acción en un sentido
habermasiano (1989) como principio de acuerdo basado en la verdad entre los agentes que intervienen en el proceso comunicativo.

La sociedad industrial nos llevó al terreno de los bienes materiales, luego al campo de los servicios. La comunicación digital nos ha conducido al
mundo de las experiencias y las sensaciones mediadas por dispositivos comunicativos que podrían terminar alejándonos del contacto con la
realidad y, consecuentemente, de la verdad.

El informe mundial de la Unesco titulado "Hacia las sociedades del conocimiento" afirma que "los jóvenes están llamados a desempeñar un papel
fundamental en este ámbito, ya que suelen hallarse a la vanguardia de la utilización de las nuevas tecnologías y contribuyen a insertar la práctica
de éstas en la vida diaria" (Unesco, 2005, p. 18). El documento también convoca a las personas de mayor edad, a quienes atribuye la
experiencia necesaria para compensar la relativa superficialidad de la comunicación 'en tiempo real' y para recordar que el conocimiento es, en
esencia, un camino hacia la sabiduría. Un loable intento por tratar de reversar el célebre aforismo de Eliot, pero que siembra de más dudas,
interrogantes y retos a la comunicación digital cargada de datos y mensajes, pero no necesariamente de conocimiento en un estricto sentido de
formación ciudadana.
Comunicación digital, efectos y públicos

La efervescencia de los medios digitales, las autopistas informativas y la realidad virtual nos pueden situar hoy en un contexto que apunte a
creer que los medios tienden a convertirse en fines en sí mismos, que en su propia naturaleza se concreta el sentido y la lógica de la
comunicación. Que son infalibles y lo más riesgoso, que pueden convertirse en inobjetables.

No sólo es posible, sino que se hace necesario entonces que retrocedamos en el tiempo y repasemos los orígenes paradigmáticos de la
comunicación social, especialmente la audiovisual, y que rescatemos los estudios centrados en los efectos que los contenidos mediáticos pueden
producir en los públicos y cómo los públicos reaccionan ante éstos. Volveríamos a plantear la necesidad de una pedagogía para los medios
digitales, una educación para la recepción de los mensajes que busque formar usuarios activos y críticos, antes que promover audiencias
masivas, como plantea Sonia Livingstone (2004).

En esta dimensión de la reflexión aparece el dilema ético sobre la conveniencia de la tecnología de la comunicación por sí misma, sin tomar en
cuenta la reflexión sobre posibles efectos secundarios no previstos o que si son previstos no se advierten, simplemente por el deseo explícito de
favorecer intereses comerciales o ideológicos. Los temas relacionados con la libertad de expresión, con la restricción de contenidos, con el
derecho a la privacidad, a la honra y al buen nombre, no parecen estar completamente resueltos ni se podrían dar por descontados invocando
simplemente la libertad y la independencia total del medio sobre la sociedad a la cual debe servir.

Comunicación digital y nuevas audiencias

El análisis de las relaciones establecidas entre los discursos mediáticos y sus públicos es tan legendario como la consolidación de los medios a
nivel industrial y comercial. En el caso de la televisión, la mayoría de las corrientes de investigación ha coincidido en resaltar la importancia del
medio en la vida cotidiana de las personas. Sin embargo, producto de los diferentes modos de analizar e interpretar esta relación, se han fijado
desacuerdos según su propia concepción sobre las audiencias (activas o pasivas, vulnerables o resistentes), sobre los contenidos de los
programas y sus grados de influencia (como recurso para diversas motivaciones o como presión normativa en todas, como compresión de
significados literales u ocultos de orden moral, simbólico, de comportamiento o referencial), sobre el proceso de los efectos (audiencia selectiva o
de imposición al estilo de la aguja hipodérmica, mediada por motivación o conocimiento, imitación o cuestionamiento), sobre la naturaleza de los
efectos (ideológicos, simbólicos, basados en creencias o en comportamientos), sobre el nivel de los efectos (individuales, familiares, sociales o
políticos) y sobre la apropiación de los propios métodos de estudio (etnográficos, sondeos, experimentos, análisis de textos o comentarios
sociales) (Livingstone, 1991).
Estas corrientes de investigación, sin embargo, interpretaron el fenómeno comunicativo en un orden lineal. La televisión (medio) produce y
transmite un contenido (mensaje) a un público que responde de alguna manera (audiencia). El esquema anterior se antoja limitado frente a las
características de la comunicación audiovisual digital y reclama un nuevo análisis bajo la estructura del pensamiento complejo. Edgar Morín
(2000) destaca, en esta estructura, la recursividad: el efecto se vuelve causa, la causa se vuelve efecto; los productos son productores, el
individuo hace la cultura y la cultura hace a los individuos. En la comunicación digital de hoy, los acuerdos no se dan necesaria y exclusivamente
sobre la base de mensajes masivos; por el contrario, el emisor se convierte simultáneamente en receptor y el consumidor es a la vez productor
de nuevos mensajes que, en virtud de las posibilidades tecnológicas, son distribuidos, compartidos o rechazados, reformados y vueltos a
transmitir.

En esta nueva dinámica se entiende también la dimensión de sujeto, según la interpretación de Morín, por sus características intrínsecas: su
autonomía, su individualidad y su capacidad de procesar información. Explicando el principio de la recursividad, Morín (p. 107) plantea que la
sociedad es producida por las interacciones entre individuos, pero la sociedad, una vez producida, retroactúa sobre los individuos y los produce.
Dicho de otro modo, los individuos producen la sociedad que, a su vez, produce a los individuos. Somos, a la vez, productos y productores en las
dinámicas de la comunicación digital.

En el caso de las redes sociales, o del periodismo ciudadano, la producción de contenidos recae sobre los propios individuos (Couldry 2009, p.
438), quienes disponen de la habilidad para crear, empacar y distribuir mensajes que cubren un vasto espectro de potenciales consumidores
(Napoli, 2008, p. 13). Este es el fenómeno de los llamados prosumidores, término adaptado del inglés prosumers, acrónimo que surge como
resultado de combinar la palabra producer -productor- y consumer -consumidor- (Islas, 2008) y que desafía la estructura tradicional de la
distribución de mensajes exclusivamente a través de corporaciones mediáticas, como subraya Francisco Campos Freire:

Esas relaciones y redes sociales o profesionales establecidas y desarrolladas a través de Internet nos sitúan ante una nueva fase, que algunos
califican como post-mediática, de una sociedad de servicios aún mucho más acelerada y en la que la atención aparece más segmentada,
personalizada, instantánea, diluida, convergente, transparente, flexible, liviana, conversacional, interconectada y abocada a la colaboración,
participación y trivialización. Las relaciones de los públicos con los medios están cambiando: crece la fragmentación y se diluye la mediación
(2008, p. 277).

En este sentido, los cambios tecnológicos son mucho más que cambios instrumentales en la comunicación. En realidad, son transformaciones que
paulatinamente trazan los linderos de una nueva cultura comunicacional antes que estrictamente mediática (Orozco Gómez, 2007). Frente a esta
realidad algunos autores predicen el fin de los medios de comunicación formalmente instituidos como empresas mientras que otros, como Philipe
Napoli (2011), apuestan a la preservación del modelo corporativo tradicional, sólo que lo encuentra alterado en términos de un incremento en la
oferta de contenidos mediáticos alternativos y en la posibilidades que estas ofertas han tenido de alcanzar también tamaños de audiencias
importantes, en lugar de seguidores en un ambiente familiar o doméstico. Así, el creador de una página de Internet, o de un blog, o de un perfil
en una red social, puede llegar a alcanzar tantos seguidores como lo podría hacer una empresa mediática formalmente constituida.
Una comunicación digital, interactiva y virtual

El escenario digital proyecta un replanteamiento de la forma tradicional de análisis causa-efecto de la comunicación. El efecto mismo puede
generar una causa, como ocurrió en España con los movimientos sociales del 11 de marzo de 2004, fecha en que los receptores de la
información exigieron la verdad de los hechos ocurridos con motivo de los atentados a los trenes de cercanías en Madrid. El rápido señalamiento
hacia ETA, hecho con algo de precipitación por la Radio Televisión Española RTVE, basada en fuentes gubernamentales, no fue recibido como un
hecho comunicativo verdadero y descontado por parte de un amplio sector de la audiencia (Quintana Paz, 2007).

Este caso nos sitúa frente a un hecho particular de falta de confianza del receptor en sus fuentes de información. En lugar de aceptar la versión
de los hechos revelada por RTVE, lo que se generó fue una demanda de lo que podríamos llamarla 'verdadera verdad', una verdad que fue
reclamada por la comunidad mediante la movilización popular convocada a través de mensajes de texto vía celular. Conocida la verdad de los
hechos como resultado de la presión popular, las consecuencias posteriores sobre la falta de credibilidad hacia los medios oficiales contribuyeron
para que se presentara un relevo en el partido de gobierno y la presidencia quedara en manos de un socialista, José Luis Rodríguez Zapatero.

Esta posibilidad de respuesta encarna entonces una forma de participación activa de la audiencia en el proceso de comunicación. Pero para que
sea posible demanda inaplazablemente una formación de los públicos en su rol crítico frente a los medios. Tampoco es un tema que se pueda
considerar como nuevo, o consecuencia directa de la comunicación digital.

¿Qué hay de nuevo entonces? La necesidad de formación de unos públicos capaces de seleccionar el mejor material en medio de un mundo
bombardeado de información y desinformación. La alfabetización digital de unos consumidores formados en el criterio del consumo mediático
pero, a su vez, productores de un material selectivo, conveniente y enriquecedor para el proceso comunicativo (Livingstone, 2005).

Actualmente, niños, adolescentes y jóvenes, dependiendo de su capacidad de acceso, conocimiento y manipulación, prefieren compartir su
tiempo de ocio entre diferentes pantallas como el computador, el teléfono móvil, la pantalla de televisión y la consola de videojuegos. La llamada
generación de nativos digitales prefiere las nuevas pantallas porque les mantiene en actividad y les permite convertirse en protagonistas del
proceso comunicativo (Bringué, 2008).

Pero esta nueva cultura mediática también promueve un fenómeno social que podríamos catalogar como relevante. A pesar de promover la
interactividad, ésta se da en un escenario predominantemente virtual, donde el contacto y el diálogo físico entre las personas se ven desplazados
por la inmersión individual en un mundo virtualizado. El mercado tecnológico contribuye, en gran medida, promoviendo la venta de dispositivos
cada vez más personalizados, desarrollando el consumo individual de los medios. Es así como hoy configuramos un perfil de audiencias poco
conectadas entre sí físicamente y mucho más interesadas por los escenarios de la virtualidad.
Esta tendencia hacia el individualismo y el aislamiento ha generado manifestaciones negativas para lo que podríamos llamar el orden y el interés
social. Robert Putnam (2000) señala cómo en Estados Unidos los vínculos sociales se han ido debilitando en las últimas décadas, dando lugar a
un entorno donde el esfuerzo individual se valora y se antepone al esfuerzo colectivo. Putnam plantea que esto ha dado como resultado una
sociedad cada vez más desarticulada, menos comprometida hacia el bien común y en ocasiones hasta disgustada, o menos proclive a socializar
en comunidades locales o como nación. Medios de gran penetración como la televisión y las nuevas tecnologías de comunicación son incluidos
por Putnam en el análisis de las causas que han dado lugar a este fenómeno.

No deja de parecer curioso, irónico si se quiere, que esta tendencia hacia la individualización y el desdén hacia lo considerado bien común o hacia
los valores sociales tradicionales se presenten justo cuando estamos sumidos en el mundo de la comunicación más desarrollada en su aspecto
tecnológico.

A manera de conclusión

Históricamente se ha demostrado que el surgimiento de nuevas tecnologías de comunicación ha enriquecido a las formas tradicionales
mediáticas, en lugar de desplazarlas o desterrarlas. El periódico y el magazín se siguen imprimiendo y se siguen leyendo, las salas de cine siguen
convocando espectadores mientras la radio y la televisión tradicionales siguen emitiendo señales y alcanzando públicos. No obstante, la
incorporación de los medios digitales ha traído consigo una serie de características que podríamos considerar como nuevas: la convergencia, la
movilidad, la instantaneidad, la interactividad, la globalización, la transformación, la individualidad.

Durante la primera década del siglo XXI no sólo se consolidaron nuevos medios de comunicación, que por ahora conviven comercialmente con los
tradicionales, sino que también se generaron nuevas realidades y dimensiones comunicativas, derivadas entre otros desarrollos del proceso
digital que ha provocado una redefinición de los principios, alcances y fines del fenómeno comunicativo.

Stanley Baran y Dennis Davis sostienen que la primera década del nuevo siglo caracterizó un periodo de la historia que no es muy distinto al
vivido durante finales del siglo XIX, cuando el acelerado proceso de industrialización permitió la consolidación de las instituciones mediáticas
como grandes corporaciones económicas. La pregunta es si hemos aprendido suficiente del pasado para encarar este futuro de la comunicación
digital que se antoja desafiante e incierto frente a los aspectos expuestos en el presente artículo. Si veremos cómo las corporaciones mediáticas
asumen el control de los llamados nuevos medios para llenar los vacíos creados por el colapso o el debilitamiento de las instituciones mediáticas
existentes o si corresponderemos a las características del homo documentator y seremos parte de un esfuerzo de conformar nuevas instituciones
que sirvan de mejor manera a nuestras propias necesidades y a las necesidades que a largo plazo tendrán las comunidades en las cuales vivimos
(Baran y Davis, 2010, p. 39).
Los escenarios actuales de la comunicación digital plantean nuevos retos para la investigación y el análisis a la luz de la exploración científica,
pero también al abrigo de una profunda reflexión ética sobre sus impactos, alcances y consecuencias.

A la luz del pensamiento complejo, todos estos fenómenos deben ser estudiados tomando en cuenta diferentes puntos de vista, pero buscando
siempre, con buena fe, la integración, articulación y armonización de esos saberes para que no queden desperdigados, ni eclipsados por
preconceptos, prejuicios o prefiguraciones. Probablemente la depositaria de todos esos estudios y análisis siga siendo la comunicación, como
ciencia, como disciplina o como objeto de estudio, tan proclive a atender los postulados de las demás ciencias, tan necesitada de seguir
construyendo su propio discurso epistemológico.