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MASTER UNIVERSITARIO EN CIENCIAS PARA LA FAMILIA

NIVEL AVANZADOS___________________________________________________

Tomás Melendo
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NIVEL AVANZADOS___________________________________________________

Para mi hija Lourdes,


a quien prometí una dedicatoria,
y que es parte esencial de mi felicidad en la tierra

Índice
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______________________________________________Tomás Melendo Granados__________
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Tomás Melendo

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Introducción: sexualidad… humana

¡Pongámonos en forma!

¡Alerta!
Existen muchas maneras de leer o estudiar un escrito, como también las hay
de observar la realidad. Muy a menudo, no advertimos la existencia de algo o
dejamos sin percibir ciertas propiedades o caracteres de una persona, animal
o cosa…, sencillamente, porque no los estamos buscando.
Con los libros sucede algo parecido. Es preciso poner la mente en estado de
búsqueda para encontrar todo lo que el libro puede enseñarnos. Si esto no
sucede, resulta bastante fácil que nos quedemos sin ni siquiera advertir
cuestiones claras y claramente expuestas, pero que «no nos dicen nada».
Por eso, antes de comenzar el presente apartado, me gustaría que intentaras
responder, con calma y, si es necesario, por escrito, a estas preguntas.

• ¿Entiendes, al menos de forma aproximada, lo que significa


«antropología» de la sexualidad?

• Si la respuesta es negativa, no debes desanimarte. Te advierto desde


ahora que, muy probablemente, la lectura que inicias te resultará más fácil de
lo que imaginas.

• En caso afirmativo, si ya sabes lo que es una antropología, ¿piensas


que este modo de estudiar la sexualidad —el antropológico— resulta más o
menos adecuado que otros, como el fisiológico, el biológico, neurológico,
médico, etc.? ¿Qué otros enfoques conoces y qué opinas de ellos?

• ¿Consideras que es lo mismo hablar de sexo que de sexualidad? Si te


parece distinto, ¿en que consistiría la diferencia?

• En tu opinión, el modo como los hombres nos enfrentamos hoy día con
este «tema», ¿es preferible al de hace algunos años? Como probablemente
tengas que matizar la respuesta, señala los aspectos positivos más patentes y
haz lo mismo con los negativos.

• ¿Estimas que hoy se conoce al ser humano con más o menos hondura
que en otros momentos de la historia? También ahora será necesario que
establezcas ciertas distinciones, e incluso que las pongas por escrito, para ver
si estás o no de acuerdo con ellas una vez que hayas avanzado en la lectura
de este ensayo.

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• A tu parecer, ¿cuáles son las causas por las que un matrimonio,


voluntaria y conscientemente, no tiene ninguno o deja de tener más hijos?

1. ¿Por qué una antropología?

Desde hace algunos años, cuando


comencé a ocuparme de estos temas,
he sentido una inclinación irresistible a
unir a la palabra «sexualidad» —
¡siempre!— algún término enérgica-
mente ponderativo, hablando así del
prodigio, de la grandeza, del vigor, de la
sublimidad… de la sexualidad humana.
Tal planteamiento, eminentemente
positivo, es el que presidirá cuanto
sigue. Pero, incluso así, reducido a sus
aspectos más nobles y atrayentes, se
trata de un tema muy amplio y rico, susceptible de múltiples enfoques y, en
consecuencia, inabarcable.
Por eso, en este escrito me limitaré a apuntar algunas cuestiones básicas,
sobre todo las que atañen a la muy estrecha relación de la sexualidad con la
persona y, más aún, con el amor personal, particularmente en el seno del
matrimonio.
* * *
Como apuntaba Viladrich a principios de los 90, la crisis que entonces
atravesaba la familia, agravada día a día, podría también arrojar un saldo
positivo: tras haber desaparecido muchas de las funciones atribuidas en otro
tiempo a la institución familiar, sin que formaran propiamente parte de su
esencia, tal vez ahora resulte más sencillo esclarecer la efectiva naturaleza de
la familia en cuanto familia y advertir que esta se encuentra determinada, en
última instancia, por el amor incondicional e incondicionado, que lleva a tratar a
cada uno de sus miembros como persona.
Algo parecido sucede con el ejercicio de la sexualidad y con su natural
consecuencia, la fecundidad, en los que en cierto modo se origina y crece la
familia. También ellos se hallan, desde hace ya algunos lustros, en estado
continuo de alerta roja. Y también por lo que a ellos respecta, hemos visto —
entre otras cosas— desgajarse de la «sexualidad-paternidad-maternidad»
elementos o circunstancias que en otros tiempos la favorecían… sin serle
absolutamente esenciales.

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Así lo expresaba José María Pemán, hace ya más de 50 años, desde la


concreta perspectiva de la madre:
«No cabe duda de que la maternidad sufre en el mundo una tremenda crisis. Es
una planta que solo puede criarse bien en un clima un poco encantado y maravilloso.
En un mundo regido por urgen-
cias materiales y económicas
sufre rudos golpes, porque es
un bello sueño más que un ne-
gocio práctico. Fue negocio un
día, en una hora ancha y feudal,
donde se decía “el mundo es de
las grandes familias”. Lo es
todavía en el orbe agrícola de
los pueblos poco poblados. No
hay para la familia civilizaciones
más felices que aquellas donde
se encuentran en el mismo
camino la maravilla y el negocio.
Donde, por encima del hombro
maternal que acuna su flor ma-
ravillosa entre cuentos y reman-
ces, el varón recuenta gozoso
un brazo más para su tierra o un
soldado más para su mesnada.
Pero en el mundo ciudadano moderno —pisos mínimos, grandes distancias, trabajo
de la mujer, quehaceres del marido— el realismo se ha echado demasiado encima
del juego maravilloso, y sin maravilla y juego no hay maternidad posible. En
Norteamérica, la familia se acaba absolutamente por las razones más duramente
vulgares: por falta de sitio y de tiempo. Pero esto, que “puede” concretamente con la
familia y con el hijo, no puede con la maternidad en sí. Al apretarla, cuando cree que
la ha ahogado en su estrechez de paredes y prisa, lo que ha conseguido es que
rebose hacia la calle, hacia la vida social».

• Sin duda, la cita contiene ciertos anacronismos y deja de considerar


elementos hoy fundamentales o menos claros. ¿Es cierto, por ejemplo, que la
maternidad ha salido hacia la calle e impregna la vida social? Con todo, desde
la perspectiva que pretendo adoptar, la conclusión que cabe extraer de ella
resulta bastante neta, sobre todo si se la ilumina con algunas aportaciones
complementarias.
Las resumo al máximo, aun a riesgo de simplificarlas, pues serán objeto de
estudio en otro momento y lugar. La «Revolución del 68» se planteó
esencialmente y ejerció su mayor influjo en los dominios de la sexualidad.
Junto y en conexión con ella, algunas feministas radicales se movieron en la
misma esfera y en una dirección muy concreta.
La de la «liberación» de la mujer, que se tradujo primero en independencia
respecto al varón justo en lo que atañe a la sexualidad, para más tarde
convertirse en «liberación» de la maternidad.

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Pero en estos ultimísimos años la naturaleza femenina ha vuelto por sus


fueros perdidos, y bastantes de las mujeres entonces beligerantes, y
muchísimas otras, experimentan de un modo muy distinto, pero no menos
profundo, la nostalgia de ser madres.
En cualquier caso, igual que para la familia, las tres décadas que cierran el
siglo XX y los años transcurridos en el XXI han introducido, teórica y
vitalmente, modificaciones esenciales en la sexualidad humana, que han
puesto de relieve rasgos y características desconocidas hasta el momento.

• Por todo ello, nos encontramos en una situación muy propicia para
abordar, de forma más directa y definitiva, el estudio de lo que realmente es y
debe significar la sexualidad humana, así como su ejercicio.

Pero, para eso, es imprescindible el enfoque antropológico:


 de una antropología filosófica que hunda sus raíces
en la metafísica,
 acoja las aportaciones de otras disciplinas,
 incluidas las ciencias experimentales,
 y que se encuentre abierta, también, a la fe y a la
teología.

a) Sin excluir los saberes experimentales…

Antropología cabal e íntegra, por tanto… en masculino y en femenino.


Scheler sostenía que «en la historia de más de diez mil años somos nosotros
la primera época en que el hombre se ha convertido para sí mismo radical y
universalmente en un ser problemático: el hombre ya no sabe lo que es y se da
cuenta de que no lo sabe. Solo haciendo tabla rasa de todas las tradiciones
referentes a este problema, contemplando con sumo rigor metodológico y con
extrema maravilla a ese ser que se llama hombre, se podrá llegar nuevamente
a unos juicios debidamente fundados».
Y Rassam puntualiza: «… hoy el problema de la persona es enfocado casi
exclusivamente desde un punto de vista psicológico y ético, con
preocupaciones esencialmente sociales, políticas y económicas. Pero, a la vez,
se olvida nada menos que la dimensión ontológica de la persona, es decir, lo
que es el soporte mismo de su originalidad psicológica, de su valor moral y de
su destino espiritual».

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Antropología con fundamento metafísico, en consecuencia. Otras


consideraciones —las que solemos denominar «científicas», entendiendo la
ciencia en su acepción predominantemente experimental— serán sin duda
enriquecedoras e incluso imprescindibles, y por eso haré uso de ellas a lo largo
de este escrito. Pero ninguno de esos saberes puede erigirse en la clave última
y definitiva para dirigir la conducta de las personas en su índole estrictamente
personal y, por consiguiente, tampoco en lo que atañe al uso y regulación de
sus dimensiones sexuales.
Según sostiene Benedicto XVI, «más allá de los límites del método
experimental, en el confín del reino que algunos llaman meta-análisis, donde ya no
basta o no es posible solo la percepción sensorial ni la verificación científica,
empieza la aventura de la trascendencia, el compromiso de “ir más allá”».

• Tiempo atrás, el entonces cardenal


Ratzinger establecía el criterio de fondo
en relación a este extremo: «… si bien
en una perspectiva puramente científica
el cuerpo humano puede considerarse y
tratarse como un compuesto de tejidos,
órganos y funciones, del mismo modo
que el cuerpo de los animales, a aquél
que lo mira con ojo metafísico y
teológico esta realidad aparece de
modo esencialmente distinto, pues se
sitúa de hecho en un grado de ser
cualitativamente superior».
Por eso, aun cuando ayude mucho a
lograrlo, no cabe determinar lo que
somos realmente ni derivar el sentido
de nuestra existencia, por ejemplo, de
los datos de la biología sobre la
estructura del hombre, por muy abundantes que sean. Según explica un autor
alemán:

El ser humano no descubre el significado de la vida en el


análisis —incluso exhaustivo— de sus genes,
 sino mediante el conocimiento de su naturaleza,
 proporcionado sobre todo por el ejercicio, estudio y
consideración de las relaciones sociales, personales y
religiosas.

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Pero lo mismo habría que decir de otras muchas disciplinas, como la


sociología, la economía, la psicología, la demografía, etc., a las que más tarde
aludiré.
Y no solo porque estos saberes estén sometidos a continuo cambio y
revisión y por las razones de tipo teórico a las que ya he aludido. Sino también
por otras de naturaleza más práctica, capaces de influir en los individuos
singulares… que son los únicos existentes.

b)… pero dentro de una consideración global de la persona

Ciñéndome al caso que nos ocupa, pienso que muy pocos matrimonios
tienen o dejan de tener hijos —¡de manera consciente y voluntaria!— por
motivos macroeconómicos o demográficos. Y la prueba es que los
planteamientos de la demografía están cambiando en los últimos lustros, que
también existen modificaciones en el modo de concebir la economía, que en
muchos países se ha invertido la política económico-familiar… y que esto no
ha engendrado una variación apreciable en el ritmo de nacimientos en casi
ningún lugar del mundo.
Desde hace ya bastantes lustros, un nuevo plantel de demógrafos cuestiona y
demuestra la invalidez de los otrora intocables dogmas neomaltusianos. Apoyados
en datos incontrovertibles, están haciendo ver a todo el que lo desee que el
incremento de población no es la causa de la pobreza del Tercer Mundo y que, en
definitiva, las personas constituyen el recurso principal con que cuenta un país
para impulsar su desarrollo. Pertenecen a este grupo de revisionistas, entre otros,
Simon Kuznets, Colin Clark, P.T. Bauer, Ester Boserup, Albert Hirshman, Julian
Simon, Richard Easterlin y Karl Zinsmeister.
Por ejemplo, en un artículo publicado en The National Interest (Washington),
Zinsmeister deshace la conexión, hasta hace poco casi sagrada, entre incremento
notable de la población o «exceso» total de habitantes, por un lado, y miseria, por
otro. Apoyándose en un conjunto de investigaciones científicamente correctas,
concluye, por ejemplo:
«Hay docenas de países poco poblados que son pobres y sucios y padecen
hambre. Y hay multitud de países con población grande y densa, que son
prósperos y atractivos. Esto no significa que la densidad sea una ventaja, pero sí
que el número de habitantes no es la variable decisiva.
No existe, pues, un número apropiado de habitantes: se puede lograr el éxito
económico tanto en países poco poblados como en los de elevada densidad de
población. Los demógrafos revisionistas gustan de señalar que cada niño viene al
mundo equipado no solo con una boca, sino también con dos manos y un cerebro.
Las personas no solo consumen; también producen: alimentos, capital, incluso
recursos».
Mas, según comentaba, nada de esto incide apenas en el índice de
natalidad, sobre todo en los países occidentales más desarrollados
(curiosamente, Estados Unidos sí que parece experimentar un aumento de
nacimientos en estos ultimísimos años; pero no ocurre lo mismo con la vieja
Europa).

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Cabría concluir, pues, que:


 la sexualidad y la fecundidad matrimoniales se
encuentran depreciadas debido a causas más profundas y
cercanas al corazón de cada persona que las citadas hasta el
momento;
 es decir, a un estado general de la civilización
contemporánea, con un conjunto de prioridades muy claras y
no siempre correctas,
 que cobra vida o se traduce en motivos y decisiones
estrictamente personales… forjados en el interior de las
familias.

Esas razones íntimas, que conducen a


apreciar o a huir de la paternidad-
maternidad, son las que, de forma aislada,
no pueden desvelar las ciencias particu-
lares, sino, más que ninguna otra dis-
ciplina, una auténtica antropología de la
sexualidad y la fecundidad, apoyada
también en tales ciencias y en el cono-
cimiento cotidiano de nosotros mismos y
de cuanto nos rodea.
Curiosamente, aun cuando nuestro
quehacer en el día a día esté tremen-
damente mediado y orientado por los
avances técnicos derivados de las
ciencias experimentales, lo que nos lleva a tomar las medidas más de fondo —
las que más afectan al conjunto de nuestra existencia— siguen siendo razones
de corte antropológico o filosófico: o vital o existencial, por emplear términos
más significativos.

En este contexto podrían situarse unas nuevas palabras de Ratzinger:


«Quien entra en una disputa semejante debe tener claro lo siguiente: nuestra
sabiduría acerca de Dios, el carácter personal del hombre y su condición de
comienzo nuevo no pueden ser un conocimiento positivamente contrastado de
igual modo que los resultados obtenidos con aparatos sobre los mecanismos de la
reproducción. Los enunciados sobre Dios y el hombre quieren llamar la atención
acerca de que el hombre se niega a sí mismo —es decir, repudia la realidad
incontrovertible—, cuando rehúsa trascender el laboratorio con su
pensamiento».

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Y también los juicios, más actuales y con matices añadidos, de Rhonheimer:


«La creación de la “nueva cultura de la vida humana” […] tiene que comenzar,
con todo, en diversos planos. El plano político-legal es solo un aspecto. Las leyes
desempeñan, en verdad, “un importante y a veces decisivo cometido en el
fomento de una forma de pensar y de una costumbre”. En una sociedad marcada
por la apelación a los derechos individuales la legislación y la jurisprudencia
mantienen vivo en la esfera pública el “lenguaje de la responsabilidad” y poseen
con ello una función expresiva y de configuración de las mentalidades.
Sin embargo, en último término, la creación de una cultura de vida se
decide en aquellos lugares en los que la vida surge y experimenta su primer
desarrollo: en el seno de la familia. […] La familia es el lugar de la formación de
la conciencia, en el que es necesario experimentar y aprender el amor, el espíritu
de servicio y las virtudes que llevan a aceptar la vida humana en todos sus
estadios y estados como un regalo y don. La familia se convierte así en el punto
focal del interés y la preocupación de todos».

O estos otros de J. Ratzinger, ahora ya como Benedicto XVI:


«En general se coincide en afirmar que a escala
planetaria, y especialmente en los países desarrollados,
existen dos tendencias significativas y relacionadas
entre sí: por una parte, aumenta la expectativa de vida;
y, por otra, disminuyen los nacimientos. Mientras las
sociedades envejecen, muchas naciones o grupos de
naciones carecen de un número suficiente de jóvenes
para renovar su población.
Esta situación es resultado de múltiples y complejas
causas, a menudo de carácter económico, social y
cultural […]. Sin embargo, sus raíces profundas son
morales y espirituales; se deben a una preocupante
falta de fe, de esperanza y, en especial, de amor. Traer hijos al mundo requiere
que el egos egoísta se realice en un agapé creativo, arraigado en la generosidad y
caracterizado por la confianza y la esperanza en el futuro. Por su misma
naturaleza, el amor tiende a lo eterno. Tal vez la falta de este amor creativo y de
altas miras sea la razón por la que muchas parejas hoy deciden no casarse,
numerosos matrimonios fracasan y ha disminuido tanto el índice de natalidad».

Y esos motivos, hondos y globales a la par que muy concretos, son los que
hay que ofrecer a los cónyuges. En fin de cuentas, y a modo de resumen, se
trata de averiguar cómo, por qué y en qué medida influye la conciencia y el
ejercicio de la propia sexualidad en el logro de la plenitud humana y, como
consecuencia, en qué proporción y por qué causas refuerza o no la felicidad de
quienes componen un matrimonio y del conjunto de la familia.

Desde semejante perspectiva habrá que considerar cuanto expongo a


continuación.

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2. La persona, principio y término de amor

a) La sexualidad humana, única e incomparable

Si no yerro, y a tenor de lo apuntado hasta ahora, para establecer unas


bases sólidas sobre las que apoyar las disquisiciones que siguen, conviene
empezar sentando una tesis fundamental, una suerte de horizonte sobre el que
se recorten las afirmaciones más concretas.

Esa convicción de fondo podría enunciarse así:


 A pesar de las apariencias y de los planteamientos
vigentes en nuestro entorno
(que a menudo nos llevan a hacernos una idea muy chata y
depauperada de las realidades que nos rodean y nos
incumben… y de nosotros mismos),
 la sexualidad humana es única, inigualable;
no admite parangón con el simple sexo de los animales,
precisamente por ser humana o personal.

• Eso me lleva a acuñar una


terminología propia, pero que estimo
conveniente, y distinguir entre sexo y
sexualidad.

 En relación a los animales,


resulta preferible hablar de «sexo».

 Para los seres humanos, sin


embargo, con objeto de dejar constancia
de su superioridad casi infinita y del modo
en que impregna la totalidad de la
persona, reservo el vocablo «sexualidad».

• La derivación inmediata es que, si queremos conocer algo de la


sexualidad en su sentido más estricto, es preciso esbozar una visión del
hombre, donde esta manifieste sus diferencias respecto al mero «sexo» y
muestre la función y el lugar que le corresponde en el conjunto de la existencia
humana.

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Para lograrlo —como vengo advirtiendo—, no bastan las perspectivas


parciales, propias de las ciencias particulares. Esos enfoques, en sí mismos
válidos, se tornan o insuficientes o reduccionistas… cuando aspiran a dar
razón completa bien sea de la persona humana, bien de su sexualidad: no
muestran, precisamente, la gran divergencia y la enorme distancia que eleva a
esta segunda por encima del sexo… justo porque ignoran que la sexualidad,
en su estricto sentido, es personal.
Por ejemplo, la biología, la fisiología,
la neurología… tienen mucho que
decirnos en relación con la sexualidad;
pero si su visión pretende ser total y
definitiva, no es difícil que acaben por
reducir la maravilla de la atracción entre
varón y mujer, y cuanto ello lleva
consigo, a una suerte de mecanismos
de distinto corte o, por emplear una de
las expresiones más habituales, a
«mera química».
En la misma línea, los estudios
sociológicos sobre este extremo tien-
den a poner de relieve lo que hacen
todos o la gran mayoría, que acaba por
considerarse normal (con el matiz de
legitimación que acompaña a este
vocablo), mientras que a veces solo
estamos ante lo común o habitual…
que puede incluso ser opuesto a la
condición humana.
La psicología, por su parte, suele
atender predominantemente a «lo
psíquico» —instintos, pulsiones, sa-
tisfacción de las mismas…—, dejando
en sordina las dimensiones espiritual-
personales.
E incluso la medicina y la psiquiatría, cuyas aportaciones no dejan de ser
valiosas e imprescindibles, corren el peligro de centrar su interés en lo patológico,
en lugar de indagar y poner de manifiesto la grandeza y el gozo de una sexualidad
vivida en plenitud.

Todas estas perspectivas, y bastantes otras que no he mencionado, deben


sin duda tenerse en cuenta al estudiar la sexualidad, y englobarlas en lo
posible dentro de ese análisis y sus conclusiones, pero en ningún caso habrán
de considerarse exclusivas y excluyentes.
Lo expone García-Morato:
«Pasamos ahora a tratar de los riesgos de una visión exclusivamente científica
de la sexualidad. Y antes que nada hay que recordar una cosa elemental:
cualquier [correcta] descripción científica de la vida humana es real y es
verdadera, pero no abarca todo. La ciencia no dice todo sobre lo que es una

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persona. Proporciona una descripción perfecta en su género, pero es limitada. Y


hay que ser conscientes de esa limitación para caer en la cuenta de que la
sexualidad no es solo lo que dice la Ciencia, aunque también sea lo que dice la
Ciencia. Pero es mucho más, tiene un sentido humano que abarca toda la
persona. El hijo no es, sin más, fruto de la unión de dos gametos. La unión entre
varón y mujer no es simplemente una donación de esperma, sino que es algo más:
es una donación de sí mismos [de lo que encarna mejor, en el plano biológico, su
índole personal, como veremos] y, por lo tanto, una donación de amor real y
verdadero. Un hijo es fruto del amor de los padres».

Concluyendo: para entender la sexualidad resulta


imprescindible
 determinar previa y simultáneamente lo que es el hombre,
 de modo que pueda comprenderse con mayor hondura el
significado de su vida y de su misión en el mundo.

Y esto, en el ámbito natural, corresponde a una antropología filosófica (no


meramente cultural, aunque también haga uso de ella), que toma en cuenta la
experiencia ordinaria y el conjunto de las ciencias y artes, y que se abre a la
metafísica estrictamente dicha (capaz de conocer la realidad tal como es) y a
la visión superior proporcionada por la teología (apta para dárnosla a conocer
«como la ve Dios», aunque obviamente, en comparación con Él, de forma muy
imperfecta).

b) La condición del ser humano

Al abordar el estudio del hombre —mujer y varón—, vimos que de él se


han ofrecido muchas descripciones, en buena parte equivalentes. Teniendo
todo ello en cuenta, y según advertí hace unos momentos, me interesa ahora
subrayar la que pone en estrecha dependencia la condición personal y el amor.
Lo cual, como leeremos de inmediato en la
pluma de distintos autores, equivale a
sostener que el amor razonable y razonado
—¡inteligente!— es lo único definitiva y
terminalmente humano. Que, en fin de
cuentas, cuanto el hombre realiza obtiene su
categoría radical en proporción al amor con
que lo haga. Que un varón o una mujer vale
lo que valen sus amores… y mil conse-
cuencias por el estilo, cristalizadas en modos
de decir, a su vez, muy distintos.
Carlos Cardona lo expone con decisión,
tomando como Modelo de las personas
humanas la máxima expresión de lo Personal: «Dios obra por amor, pone el

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amor, y quiere solo amor, correspondencia, reciprocidad, amistad. Así, al Deus


caritas est [al Dios es amor] del Evangelista San Juan, hay que añadir: el
hombre, terminativa y perfectamente hombre, es amor. Y si no es amor, no es
hombre, es hombre frustrado, autorreducido a cosa».
Afirmación no del todo ajena al conocido refrán castellano: «amor con amor
se paga», (¡y con nada más, agrego por mi cuenta!: el amor no es sustituible);
o, tal vez más aún, a la antigua tonada que insistía en que «el cariño verdadero
[como la propia persona] ni se compra ni se vende».
En un contexto similar, Rafael Caldera
sostiene que «la verdadera grandeza del
hombre, su perfección, por tanto, su
misión o cometido, es el amor. Todo lo
otro —capacidad profesional, prestigio,
riqueza, vida más o menos larga, desa-
rrollo intelectual— tiene que confluir en el
amor o carece en definitiva de sentido»…
e incluso puede resultar perjudicial, no
para determinados aspectos de la vida,
sino para su dimensión estrictamente
personal y, por lo mismo, decisivo para la
felicidad de cualquier hombre o mujer.

Sin duda, las citas podrían multiplicarse. Acudo a un par de ellas, sobre
todo, porque se sitúan en contextos doctrinales muy distintos de los vistos
hasta ahora.
Y, así, Feuerbach, antecesor inmediato del marxismo ateo, no dudó en
proclamar: «Donde no hay amor, no hay verdad: y solo aquel es algo que algo ama.
No ser nada y no amar nada es lo mismo».
Y Plauto, con una independencia relativa de cualquier cosmovisión religiosa,
afirmaba a su vez: «nada vale quien nada ama».

Dicho con palabras sencillas, pero preñadas de consecuencias prácticas:

Si un ser humano no llega a amar, a «transformar en amor»


todo cuanto realiza,
 lo demás resulta insignificante, vano o, mejor, dañino
(como una batidora en que funcionaran a la perfección todos
los elementos internos aislados, pero que de hecho no
batiera, o un coche o un ordenador primorosos, pero que no
anduvieran o no procesaran textos… no harían sino
estorbar).

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c) Ser humano, amor, sexualidad

Para entrever el sentido en que cabe sostener que el ser humano se


identifica con el amor o está destinado a transformarse en él, basta advertir lo
que he desarrollado otras veces.
A saber, que todo su contexto es de amor:
 Nace del amor, del Amor divino
infinito que lo crea en cooperación
estrechísima con el amor humano de
sus padres.
 Está destinado al amor: a amar a
Dios y a las personas creadas, ya en
esta tierra, tornándose cada vez más
feliz; y, con semejante preparación, a
amar definitivamente al Amor de los
amores durante la eternidad, sin tér-
mino y plena de dicha.
 Y, por lo mismo, crece, se perfecciona como hombre, como
persona, gracias al amor…

Por todo lo cual, puede afirmarse sin reparos que


 la persona humana es, participadamente, amor.

Con el adverbio participadamente quiero insinuar, entre otras cosas, que,


considerado en sí y por sí, no todo lo que el hombre realiza es, en su sentido más
propio, un acto de amor: no lo es el comer, el pasear, el ver la televisión o leer un
libro…
Sin embargo, todas y cada una de esas
acciones pueden —¡y deben!— convertirse
en amor. ¿Cómo?: en cuanto, al hacerlas
buscando eficazmente el bien de los otros,
el amor las in-forma y, como consecuencia,
las trans-forma: cuando como, paseo, tra-
bajo o descanso movido por el amor —para
consolar a un hijo mientras charlamos,
preparar mejor las clases pensando en mis
alumnos, reponer fuerzas para volver a la
tarea con más bríos, recuperarme de un
enfado con el fin de no aguar el ambiente al
volver a casa…—, tales actividades llegan a ser, en sentido real, aunque derivado,
actos de amor.

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(No solo por rizar el rizo, sino para hacerlo más comprensible, el que in-formar
equivalga a trans-formar puede verse bien, por ejemplo, en la asimilación de la
comida: lo que era, pongo por caso, pulpa de mango o de naranja, cuando lo
come y digiere un chico o una chica, se trans-forma en carne, músculos,
tendones… humanos.
Algo similar, no idéntico, sucede con las actividades que realizamos. Por ejemplo,
al levantarnos de un asiento en un autobús por deferencia hacia una señora o una
persona de edad —y no simplemente porque hemos llegado a la parada—, el gesto
físico se trans-forma en un acto de delicadeza respecto a esa otra persona; por el
contrario, si uno —¿una?— se pone en pie para ver mejor el escaparate de la tienda
de modas, ese movimiento se transforma en un acto de… [ponga cada cual lo que le
evoque y parezca más conveniente], pero no propiamente de amor).

• Asimismo, la sexualidad comienza a percibirse en todo su esplendor y


maravilla cuando desvelamos y ponemos en primer término su íntima y natural
conexión con el amor. Y es que,
para unos ojos que sepan mirarla
con limpieza, superando los este-
reotipos degradados que circulan
en el ambiente, la sexualidad se
revela de entrada como el medio
más específico, como el instru-
mento privilegiado, para desper-
tar, introducir, manifestar y hacer
crecer el amor entre un varón y
una mujer precisamente en cuan-
to tales, en cuanto personas
sexuadas.
De ahí, justamente, su importancia y relevancia en el conjunto de la
existencia humana. Y también de ahí la tristeza del proceso de trivialización
que ha experimentado en los últimos tiempos. Banalización que, al alejarla de
su profundo significado y de su excelencia, constituye tal vez uno de los
principales problemas —teoréticos y vitales— que «la cuestión del sexo»
plantea a nuestros contemporáneos.

Pues, al no advertir la sublimidad de que esa sexualidad


goza,
 algunos no perciben hasta qué extremo influye en su
propio ser
 y tienden a tratarla como un objeto más de bienestar y
consumo.

Muy a menudo me veo obligado a explicar, con profunda pena, que, para
bastantes de los que hacen del fin de semana nocturno el ámbito primordial de su
diversión —que a la par es el objetivo por excelencia de su vida: vivir para

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divertirse—, las relaciones sexuales, excesivamente frecuentes a lo largo de esas


veladas, son un simple producto del aburrimiento y del correspondiente afán de
distracción. Que un buen número de jóvenes, con los matices que serían del caso
para los chicos y las chicas, y para cada persona concreta, sin ignorar del todo la
profunda lesión que generan en su ser al utilizar de ese modo la propia sexualidad,
la sitúan, sin embargo, en la misma línea de los demás instrumentos de recreo o
entretenimiento, como una especie de «añadido» a su persona, del que podrían
disponer a placer, y no como algo que la configura intrínsecamente y en su totalidad.
Lo que suelo exponer de una manera una tanto burda y desgarrada, pero gráfica
y significativa: para ellos es como un refresco más o como un helado… «solo que a
lo bestia». Cumple una misión parecida —el pasatiempo, la huida del tedio, cierto
disfrute—, pero, al menos en su imaginación e inicialmente, con mucha mayor
eficacia e intensidad que esos otros «productos».
Lo expresa con singular acierto C. S. Lewis en El diablo propone un brindis. En
mitad del discurso, el diablo mayor se queja de la pobreza de las motivaciones que
llevan al hombre actual a hacer el mal. Y apunta, especialmente, al uso
«mediocremente malvado» del sexo:
«Sería vano, empero, negar que las almas humanas con cuya congoja nos
hemos regalado esta noche eran de bastante mala calidad […]
Después ha habido una tibia cacerola de adúlteros. ¿Han podido encontrar en
ella la menor huella de lujuria realmente inflamada, provocadora, rebelde e
insaciable? Yo no. A mí me supieron todos a imbéciles hambrientos de sexo caídos
o introducidos en camas ajenas como respuesta automática a anuncios incitantes, o
para sentirse modernos y liberados, reafirmar su virilidad o “normalidad”, o
simplemente porque no tenían nada mejor que hacer. A mí, que he saboreado a
Mesalina y Casandra, me resultaban francamente nauseabundos».
Todo lo cual, como sugería, no puede sino ir en detrimento de la posibilidad
de apreciar y valorar la sexualidad humana, pues los títulos de su grandeza
derivan de su cercanía a lo que es el hombre en cuanto persona (a saber,
amor participado) y al origen de cada ser humano (una relación exquisita de
amor mutuo… vigorizada por el Amor creador de todo un Dios, con el que
cooperan los padres en la procreación o co-creación de cada hijo).

d) La sexualidad: ser y obrar

En los párrafos que preceden, al apuntar sobre todo al ejercicio de la


sexualidad humana y su nexo con el amor, he dejado de lado algo tanto o más
importante y, hasta cierto punto, previo: la condición sexuada de todo sujeto
humano, su índole de varón o mujer.
Me gustaría exponer un par de ideas al respecto.

• El estudio sobre la persona que realizamos en módulos anteriores nos


permitió extraer una doble conclusión:
 Antes que nada, que el obrar sigue al ser, y el modo de obrar al
modo de ser;

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 o, con otras palabras, que, para actuar de determinado modo,


cualquier realidad debe estar conformada o «confeccionada» de una
manera muy particular, tener un ser que permite y, en su caso,
provoca o sugiere, ese tipo de actividades;

 además, que ese modo de ser se encuentra básicamente


ordenado a la operación u operaciones que le son más propias —
«esse est propter operationem», que dirían los latinos: «el ser se
orienta (u ordena) al obrar»—;
 por poner ejemplos sencillos y no excesivamente profundos, las
aves tienen alas para volar, y los peces aletas para nadar;
 de manera análoga y más propia, refiriéndonos a la persona
humana y hablando con rigor, todo su ser, con los elementos en los
que se concreta, está encaminado hacia el amor inteligente.

Bajo este prisma,


 el ejercicio de la sexualidad se orienta a suscitar, instaurar
y poner de relieve el amor entre los hombres,
 y los torna partícipes del Amor creador de todo un Dios.
• Pero, si miramos más allá de la operación, hasta su mismo
fundamento,
 la sexualidad constituiría una determinación intimísima
mediante la cual se modula en su totalidad el ser del hombre,
gracias a una particular participación en el Ser Personal de
Dios (y, más en concreto, en la Santísima Trinidad),
 haciendo que cada sujeto humano posea un ser masculino
(varón) o un ser femenino (mujer)…
 dirigidos, a su vez, al amor recíproco.

Esa «modulación» o modo-de-ser-persona, masculina o femenina, alcanza


desde el ámbito fisiológico, en todas y cada una de sus células, hasta el
propiamente espiritual, pasando por el psíquico; y hace de cada hombre una
persona masculina o una persona femenina, con el sinfín de características
que le son propias.
Debido a su enorme riqueza, no es un tema que quepa abordar en el
presente escrito, máxime cuando ya ha sido estudiado en otros lugares.

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Pero sí es imprescindible dejar sentada la distinción entre


 lo sexual: las mani-
festaciones más externas y
corporales de la sexualidad,
de la que lo estrictamente
genital es un conjunto de
eleventos que hacen inme-
diatamente posible la relación
íntima entre varón y mujer;
 y lo sexuado, que impreg-
na a la persona entera del
varón y la mujer, dotándolos de lo que llamamos masculinidad y
feminidad, muchísimo más amplias y ricas que sus meras
expresiones corpóreas.
Y también tenerlo como telón de fondo en el conjunto de reflexiones que
me apresto a esbozar y que tienden a poner de manifiesto que la sexualidad
humana es personal.

Tranquilidad.
El conocimiento humano es progresivo. Normalmente no
se comprende del todo lo que se lee por primera vez. Lo
medio-entendido entonces prepara para estudiar lo que sigue,
y el nuevo conocimiento aclara lo ya aprendido. A menudo es
preciso «ir y venir», leer más de una vez lo mismo. Pero el
resultado final suele provocar una notable satisfacción.
Ánimo.

Ayuda para la reflexión personal


• Al hablar de «inclinación a la maternidad», ¿apelamos a algo que la mujer
experimenta por el hecho de serlo o se trata más bien de un mero influjo
cultural, de una especie de costumbre prolongada durante siglos?

• ¿Tienes ahora más claro cuáles son las ventajas y los límites de una
consideración científico-positiva de la sexualidad? ¿Estás realmente
convencido de que es necesario ampliar esa perspectiva? Expón los motivos a
favor y en contra.

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• ¿Qué estimas de las palabras de Feuerbach: «Donde no hay amor, no hay


verdad: y solo aquel es algo que algo ama. No ser nada y no amar nada es lo
mismo»?

• ¿Con qué condiciones puede el hombre —si es que puede— convertir en


amor todo cuanto hace? ¿Y lo que le ocurre?

• El énfasis que el texto pone en el amor, ¿no


llevará a entender al ser humano de forma poco
científica y objetiva, demasiado inclinada hacia
una especie de sentimentalismo, que pase por
alto aspectos y elementos absolutamente
imprescindibles para comprender bien al varón y
a la mujer?

• ¿No te parecen exagerados los adjetivos


que el texto aplica al sexo, considerándolo
maravilloso, sublime, etc.? ¿No incitarán estas
expresiones a convertirlo en el gran «ídolo» que
hoy es para tantas personas, que parecen
reducir toda la vida conyugal a las relaciones
sexuales?

• Con lo visto hasta el momento, ¿estás de


acuerdo en que entre la sexualidad y el amor existe una relación muy
estrecha? En cualquier caso, desarrolla en unas doce o quince líneas lo que
piensas del asunto.

• ¿Cuál o cuáles son los objetivos de la sexualidad humana? Si te parece


oportuno enumerar varios, establece una jerarquía entre ellos y explica los
motivos de tu decisión.

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