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Salud mental y salud psicológica, por una diferenciación saludable

Bobadilla Ramírez, Dante

Facultad de Medicina Humana

Universidad de San Martín de Porres

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Salud mental y salud psicológica, por una diferenciación saludable

Resumen

Como consecuencia de las diferentes concepciones que a lo largo de la historia reciente de la medicina y
la psicología se han desarrollado en torno a la salud, hoy subsisten varios términos que no han sido aún
abordados desde un enfoque actualizado de la psicología y la ciencia. Uno de ellos es el de “salud mental”,
concepto que presenta grandes dificultades en su tratamiento teórico. En este trabajo se presenta un
enfoque de los conceptos de salud mental y salud psicológica, como divergentes y complementarios, en el
propósito de clarificar el panorama teórico y facilitar el abordaje clínico de tales nociones.

Palabras clave: salud mental, salud psicológica, epistemología, naturalismo, culturalismo

Abstract

As a consequence of the different conceptions that throughout the recent history of medicine and
psychology have been developed around health, today remain several terms that have not yet been
addressed from an updated approach of psychology and science. One is the "mental health", a concept
that presents major difficulties in its theoretical treatment. This paper presents an approach to the concepts
of mental health and psychological health, as divergent and complementary, in order to clarify the theoretical
overview and facilitate the clinical management of such notions.

Keywords: mental health, psychological health, epistemology, naturalism, culturalism

Introducción

La salud mental es un tópico cada vez más frecuente en estos días, y está presente en la vida cotidiana de
la sociedad. A menudo se escucha hablar del perfil psicológico de ciertos personajes públicos, y los
estamentos del Estado han encontrado necesario buscar con mayor frecuencia el apoyo de la labor de
psiquiatras y psicólogos en la solución de diversos problemas sociales, desde la prevención del acoso
escolar hasta la determinación del estado de salud mental como base en el otorgamiento de licencias para
portar armas, entre otras. Ante semejante perspectiva resulta necesario esclarecer los conceptos que
sustentan estas funciones clínicas y tales expectativas sociales. El escenario de la salud mental se ha
vuelto un tema recurrente que a menudo evoca toda clase de nociones culturales, y que no con poca
frecuencia resultan alejadas del conocimiento científico. Poco se está haciendo para clarificar estas ideas
y centrar la labor clínica sobre terreno firme. A continuación haremos una breve revisión del problema
teórico del concepto “salud mental” y luego presentaremos una propuesta para mejorar tanto el aspecto
conceptual y teórico, como la función clínica.

Presentación del problema

El concepto de “salud mental” es seguramente uno de los más empleados pero al mismo tiempo de los
peor definidos. En la mayoría de los textos se emplea el término “salud mental” apelando tan solo a una
noción tácita de su significado con la esperanza de que todos estemos entendiendo más o menos lo mismo.
Las dificultades para referirse a este concepto saltan a la vista en la literatura corriente así como en
documentos oficiales emitidos desde la OMS o el MINSA. Por ejemplo, en un documento de la OMS que
promueve la inversión estatal en salud mental se lee:

“Los conceptos de salud mental incluyen bienestar subjetivo, autonomía, competencia, dependencia
intergeneracional y reconocimiento de la habilidad de realizarse intelectual y emocionalmente. También ha
sido definido como un estado de bienestar por medio del cual los individuos reconocen sus habilidades,
son capaces de hacer frente al estrés normal de la vida, trabajar de forma productiva y fructífera, y contribuir
a sus comunidades. Salud mental se refiere a la posibilidad de acrecentar la competencia de los individuos
y comunidades y permitirles alcanzar sus propios objetivos.” (1)

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No podemos decir que esta sea una definición precisa de salud mental. Ya desde el principio la cita se
refiere a “los conceptos de salud mental”, dejando en claro que hay muchos. En el último Plan Nacional de
Salud Mental publicado en el Perú y que data del 2004, se dice sin ambigüedades que “la salud mental es
un concepto difícil de delimitar. Las múltiples tentativas hechas para precisar su contenido y límites han
conducido siempre a resultados discutibles.” (2) En seguida este plan aborda una serie de conceptos
propuestos por la psiquiatría peruana desde Valdizán, Rotondo y Delgado, para concluir del siguiente
modo: “Aunque esta perspectiva no explicita una definición de salud mental y se orienta hacia la morbilidad
psiquiátrica, comprende su naturaleza social y cultural expresada en las vicisitudes del diario vivir.” (3)

Los libros de texto tampoco han logrado acercarnos a un concepto preciso del término. En muchos casos
incluso es clara la intención de evadir su conceptualización para ir directamente al abordaje de males
específicos. Ya no es raro hallar autores que nos dicen resignadamente que “surge entonces la notoria
polisemia de un término que, por tener tantas definiciones diferentes, termina por no definir nada”. (4)

En otros casos se propone una definición tan amplia y abarcadora que prácticamente se hace referencia a
la vida humana entera, en toda su magnitud y complejidad, por lo que parece mejor no plantearla. En
muchos de estos casos incluso resulta difícil dejar de percibir una cierta dosis de charlatanería versada o
de discurso efectista. Este es el caso, por ejemplo, del Plan Nacional de Salud Mental ya citado, que nos
ofrece una especie de definición como la que sigue:

“Salud mental es el estado dinámico de bienestar subjetivo y de interacción inclusiva con el medio social,
derivado de las dimensiones biopsicosociales y espirituales que se sintetizan de manera compleja a nivel
cortical y se expresan en todas las esferas de la conducta cotidiana (comportamientos, actitudes, afecto,
cogniciones y valores) de la persona quien logra progresivos niveles de integración en relación con su sexo,
edad y especialmente con su grupo étnico y social, permitiéndole recibir y aportar beneficios significativos
a su familia, grupo, comunidad y sociedad.” (5)

El mayor problema que enfrentamos ante esta clase de definiciones gaseosas y enrevesadas es que el
análisis del tema nos conduce inevitablemente a extraviarnos en un interminable proceso de búsqueda de
causas, el cual conduce siempre al naufragio mental dentro de una circularidad teórica insalvable, tal como
se aprecia en el mismo documento citado, en donde llegan a confundir las causas con las consecuencias
y viceversa.

“Asumimos la relación entre salud, desarrollo humano y desarrollo social sostenible y entre salud, economía
y política. Consideramos la exclusión social y la anomia como el mar de fondo que influye en la calidad de
la salud mental.” (6)

Ante afirmaciones de esta clase es inevitable y necesario preguntarnos si la anomia y la exclusión social,
por ejemplo, son causa o consecuencia de un determinado estado de salud mental y si estamos
refiriéndonos a un concepto que es de naturaleza individual o colectiva, biológica o cultural. Además
tenemos allí planteada una extraña pero insistente vinculación con la política, y específicamente con la
política económica. En pocas palabras se ha terminado politizando el concepto de salud mental, lo cual
consideramos que empeora todavía más el panorama que debemos enfrentar. La OMS y la OPS no están
libres de caer en esta misma tendencia, pues muchos de sus documentos suelen considerar no solo
aspectos de política sanitaria sino el escenario político en su totalidad, como si este fuera un campo de la
acción sanitaria, siguiendo una tendencia surgida desde la Conferencia Internacional de la OMS celebrada
en 1978 en la ciudad de Alma-Ata, Kazajistán, con el patrocinio de la URSS, de donde la salud salió
transformada en un concepto político, económico y social, con participación de las masas. Aunque para
entonces nadie lo percibió, esto significó un giro radical en la ideología médica y en la acción sanitaria, así
como en la epistemología de la salud. Uno de los campos más afectados por este novedoso marco
conceptual fue la salud mental.

Sin embargo, los problemas de la psiquiatría son más antiguos. Desde sus inicios fueron de la mano con
los de la psicología, cuando el psicoanálisis determinó la aparición de la psiquiatría y una línea de acción
clínica en la psicología, sin fijar límites ni distinciones. Entonces los problemas se hicieron patentes de
muchas maneras, especialmente en el abordaje de la diversidad de situaciones que se hallaban, frente a
las cuales se buscó integrarlas al campo clínico, por un lado, pero también meditando en torno al sentido
de la disciplina, con un acercamiento inevitable hacia la cultura. Sin duda uno de los más esforzados
3
pensadores en torno a la naturaleza de la psiquiatría como ciencia fue Carlos Alberto Seguín, quien dejó
además interesantes apuntes sobre la psiquiatría folklórica y la etnopsiquiatría, analizados a profundidad
por Renato Alarcón (7). Más tarde, la Asociación Americana de Psiquiatría reconoció el valor de la
“psiquiatría cultural” en la cuarta edición de su Manual Diagnóstico DSM-IV publicado en 1994. Por primera
vez este manual exige al clínico la consideración de variantes culturales a la hora de hacer un diagnóstico
diferencial y orienta en el reconocimiento de síndromes culturales (culture-bound syndrome) y en la
necesidad de precisar la relevancia etiológica de los rasgos culturales del paciente (8).

Lo que debe quedarnos claro frente a toda esta problemática en torno a los alcances de la psiquiatría es
que la vaguedad del concepto “salud mental” resulta inevitable por la ausencia de parámetros restrictivos.
Se termina así en el desamparo teórico por tratar de cubrir un campo más amplio del que nos permite
nuestra capacidad de cobertura profesional, tratando de abarcar desde lo bio-fisiológico hasta lo étnico-
cultural. ¿Qué podríamos proponer, en tanto profesionales de la salud, si admitimos que nuestro campo de
acción acaba en última instancia en la política económica del gobierno, en el sistema político mundial que
determina niveles de pobreza, o en esa amplia y gaseosa categoría conceptual llamada “cultura”? En
consecuencia, la labor clínica se ve afectada por un halo de vaguedad e incertidumbre que no deja de
inquietar al profesional comprometido con el sentido científico, práctico y honesto de su labor.

Más allá del problema del concepto de salud mental está el escenario profesional donde no queda claro
quién es el profesional responsable de los exámenes de salud mental, aun cuando hay una notoria
predominancia del accionar psiquiátrico. Es cierto que a veces cuentan con el apoyo de psicólogos que
despliegan sus artes y técnicas de medición, en un ambiente en donde los conceptos y criterios son
predominantemente psiquiátricos y no psicológicos. Por ahora no deseamos encarar el también serio
problema de la construcción epistemológica de la psiquiatría y la psicología como disciplinas científicas
distintas. El propósito de este trabajo es proponer un camino para resolver el tremendo problema de la
indefinición de la salud mental. Ese es todo su propósito. Un sabio adagio antiguo aconseja que la mejor
manera de enfrentar grandes problemas es partirlos. Es mejor resolver dos problemas menores que un
solo gran problema. Siguiendo esa estrategia lo que se propone aquí es distinguir entre la salud mental y
la salud psicológica, delimitando así de manera más clara no solo estos conceptos sino el ámbito y la
competencia profesional del psiquiatra y del psicólogo.

La participación simultanea -y no siempre complementaria- del psicólogo clínico en el abordaje de la salud


mental, lleva muchas veces a generar variedad de resultados e inconsistencias con los psiquiatras, lo que
se considera usualmente como un fallo en alguno de los lados, siendo muchas veces motivo de fricciones
entre psiquiatras y psicólogos. Disputa que suele acabar favoreciendo a los psiquiatras debido a que
detentan mayor poder en el ambiente clínico. La situación descrita es generalizada y común en varios
países. Esto no ocurriría si los campos y competencias estuviesen claramente delimitados desde su origen
en los conceptos de salud mental y salud psicológica. No se ha hecho nada por intentar diferenciar estos
dos conceptos. Cuando queden esclarecidos, podría verse como algo natural que los resultados de ambos
exámenes puedan ser divergentes, pues una buena salud mental no tendría que involucrar necesariamente
una buena salud psicológica. Es muy posible que grandes psicópatas de la historia, como Hitler, hubieran
sido capaces de aprobar los actuales exámenes de salud mental sin mayores dificultades, como en efecto
ocurre hoy con ciertos delincuentes, generando la perplejidad de muchos. Es necesario pues iniciar el
trabajo de esclarecer el oscuro y confuso concepto actual de salud mental, delimitándolo mejor y separando
lo que corresponde propiamente a una salud psicológica.

Bases para diferenciar la salud psicológica

La manera más simple de trazar una línea divisoria es restringiendo el concepto de salud mental al
funcionamiento adecuado de las funciones mentales y, el de salud psicológica, al desenvolvimiento de la
persona como sujeto de una sociedad en una cultura. Esta será en adelante nuestra línea divisoria y el
fundamento de nuestro planteamiento. Es posible que bajo una visión general parezca todavía una línea
muy difusa. Puede serlo, pero es una línea que trataremos de mantener, pues sin ella el panorama sería
el mismo que hoy apreciamos sobre la salud mental, es decir, la ausencia total de parámetros y el caos
teórico. Sobre esta línea podemos empezar a trazar definiciones que precisen con mayor claridad esta
separación, pero eso quedará como un trabajo teórico pendiente. Por ahora solo daremos este primer paso.

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El concepto de salud mental debería ser empleado por la psiquiatría, es decir, por la medicina vinculada a
los problemas mentales con base orgánica, de tal modo que el propio concepto quede reducido a esa
dimensión. Un examen de salud mental propiamente dicho podría empezar por descartar alguna patología
mental mediante el recuento de los síntomas clínicos más comunes y evidentes, siguiendo los criterios
diagnósticos del DSM. En una segunda etapa podría llegarse a la evaluación del óptimo funcionamiento
operacional de las capacidades mentales básicas, como la atención, la concentración, la memoria, la
ubicación en tiempo y espacio, la comunicación efectiva, el reconocimiento de la circunstancia, la
comprensión de los mensajes, la capacidad simbólica, los controles emotivo, conativo y cognitivo, el
razonamiento lógico en sus aspectos abstractos, concretos y asociativas, etc. Características todas ellas
que pueden ser evaluadas objetivamente, o sea medidas, siendo incluso posible confrontar algunos de
estos desempeños con tablas de valores universales.

Luego, la salud mental no debería extenderse hacia interpretaciones subjetivas del tipo “disfrute cabal de
la vida” o “contribución adecuada a la sociedad”, porque estas, además de escapar del escenario orgánico
cerebral van incluso más allá del campo médico psiquiátrico. Sin dejar de notar que el organismo está en
contacto con el ambiente circundante, donde existe desde el polvo común hasta los rayos cósmicos, la
medicina se concentra en atender y entender al organismo. En la medida en que la medicina es una ciencia
natural centrada en el organismo, la psiquiatría también debería ocuparse de lo orgánico y mensurable,
respetando los principios de la medicina basada en la evidencia. Abrir la puerta para salir hacía el ilimitado
escenario social, implicaría abandonar los cauces reales de la medicina e ingresar a un terreno totalmente
diferente y ajeno, pues el enfoque epistemológico de la medicina es el que corresponde a una ciencia
natural y no al de una ciencia social. Se podría llegar a ser un científico naturalista y, al mismo tiempo,
culturalista social, pero requiere una formación apropiada que permita reconocer la diferencia de estas dos
perspectivas científicas y epistémicas, una diferencia que nos ha costado mucho trabajo distinguir y separar
en el último siglo. Pero usualmente tal diferenciación no emerge con claridad en el tratamiento general de
la salud mental asumida como una macroentidad.

Todo lo anterior no significa ignorar que la psiquiatría como disciplina tiene aún pendiente la tarea de saldar
su deuda con las diversas escuelas psicoanalíticas que intervinieron en su formación, y ordenar la casa
dejando en el cajón de los recuerdos muchos conceptos que ya han sido o están siendo revisados, como
por ejemplo el viejo mito de la personalidad, el cual parece ser el origen oscuro de la confusión reinante
hoy alrededor de la salud mental.

La salud psicológica debería entenderse como algo muy distinto a la salud mental, como un concepto
propio del escenario sociocultural, y por tanto más amplio y abarcador, que no está en función de la
actividad específica del cerebro como órgano, sino con el manejo social de un individuo como persona y
sujeto de una cultura. Y esto al margen de que el sujeto tenga problemas de salud física o mental. La
existencia de determinados problemas de salud física y mental no siempre impiden que los individuos
logren desarrollarse convenientemente como sujetos activos y productivos en su medio social. Las
personas son siempre más que los órganos, y son capaces de superar diversas dificultades orgánicas
específicas, como por ejemplo, de atención o memoria, así como de movilidad y lenguaje, logrando una
adecuada salud psicológica. Incluso con dificultades severas de salud mental, como la discapacidad
cognitiva ocasionada por el síndrome Down, o más aún, incluso con esquizofrenia, las personas pueden
lograr desempeñarse con éxito en un medio social adecuado, cumpliendo un rol y siendo parte activa de
una comunidad, es decir, pueden llegar a gozar de buena salud psicológica. Si no establecemos esta
distinción suficientemente clara entre la salud mental y la salud psicológica, resulta un tanto problemático
establecer criterios generales para determinar la salud como un único concepto. Al evaluar a personas que
presentan este tipo de dicotomías de salud, el psiquiatra suele enfrentar dilemas irresolubles que no se
solucionan ni con el examen psicológico, pues podemos llegar a encontramos con dos informes
aparentemente contradictorios, sin advertir que los enfoques de los exámenes se sustentan en visiones
epistémicas divergentes. Debemos pues ocuparnos de esclarecer esta diferencia.

El manejo confuso y difuso del concepto "salud mental" implica que la evaluación psiquiátrica se ocupe de
aspectos de la vida social del individuo que no siempre son manejados adecuadamente, debido a la falta
de un adecuado sustento epistémico sociocultural. Un error común en este tipo de exámenes, por ejemplo,
es hacer preguntas que implican criterios valorativos culturales, tales como "¿en qué estación estamos?".
Con una pregunta de este tipo asumimos que las personas manejan una misma valoración sobre dicha
información. Sin embargo esto no es cierto, especialmente en zonas donde el cambio de estaciones no es
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muy marcado y, en consecuencia, no afecta en mayor medida la vida cotidiana de las personas, siendo por
lo tanto una información irrelevante. Para una cultura, más importante que la estación podría ser saber
concretamente en qué mes del año se siembra el maíz. Esta clase de errores ocurren debido a que las
preguntas suelen ser tomadas de un tablero o cuestionario o test pre fabricado en algún lugar del primer
mundo, y que llegan aquí precedidos de una gran reputación. Apenas se toman el trabajo de traducirlo,
pero no de adaptarlo a la realidad cultural. Tales cuestionarios mezclan criterios de salud mental y salud
psicológica. Es labor del profesional que evalúa, determinar primero el origen cultural y el nivel cultural del
sujeto, para elegir o generar las preguntas pertinentes, es decir, las que le corresponden al sujeto concreto
en función a sus características propias según su cultura de referencia. Solo así se atiende la realidad
insólita del ser humano que no es tan solo un organismo vivo sino un sujeto que se corresponde con una
cultura concreta. El enfoque centrado en la universalidad del organismo nos hace perder de vista la
particularidad de las personas. Hay que tener presente que el sujeto humano asume su ser personal en
virtud de una cultura y una realidad particular. De allí la importancia de que el profesional maneje criterios
socioculturales apropiados para el medio donde ejerce. Aquí es donde se aprecia la diferencia entre un
profesional vinculado a las ciencias naturales y cuya perspectiva es universal e invariable, y un profesional
vinculado a los escenarios culturales y cuya perspectiva es necesariamente socio-temporal e histórico-
cultural.

Una característica cognitiva de toda persona es ser selectiva con la información. Existe cierto conjunto de
información vital en cada comunidad y cultura; pero esta no siempre es la misma para todas. Alguna
información puede ser significativa en una comunidad pero no en otra. Por ejemplo, la información relevante
al campo de la tecnología que hoy domina los segmentos cosmopolitas del mundo occidental, son vitales
para desenvolverse en las ciudades pero no en las comunidades alejadas de los Andes. Hoy ya se
considera un factor importante de toda persona la existencia virtual en las redes sociales informáticas, algo
que no existía hace apenas cinco años. En todo caso, es más importante identificar el tipo de información
que resulta relevante para el sujeto evaluado y que este debería valorar y conocer para ser un sujeto
socialmente activo en su medio. Solo así podemos medir el nivel de su información con acierto. No
podemos pues someter a todos los sujetos a un cuestionario estandarizado y universal porque la vida
humana no es estandarizada y el ser humano -en tanto sujeto cognitivo- tampoco. En un examen de salud
psicológica, lo que deseamos es averiguar si el individuo es un sujeto activo y eficaz en su medio, por tanto
las preguntas deben adecuarse a su condición de sujeto en vez de buscar que el sujeto se adecue al
cuestionario estandarizado en tanto organismo universal.

Como se ve, a diferencia de la salud mental, la salud psicológica no está necesariamente vinculada con
las funciones mentales de base orgánica, sino con las estructuras psicológicas desarrolladas en la
conciencia individual mediante su desarrollo histórico-social. Por esta razón, en la evaluación de la salud
psicológica no caben plantillas de valores universales de normalidad porque toda normalidad es relativa a
una cultura, lo cual no ocurre desde la perspectiva médica. Por ejemplo, el criterio de normalidad en la
iniciación de la vida sexual de las mujeres, tanto en la edad como en sus formas, es algo que no puede
estar definido en un manual. Lo mismo ocurre en la consideración del rol del hombre en la familia. Los
criterios de normalidad en la psiquiatría derivan del enfoque médico y son del tipo "hecho natural". Lo
"normal" en medicina es aquello que la naturaleza ha hecho. En la salud psicológica no existe el "hecho
natural" ya que todo es derivado de acciones humanas fundadas en una estructura de racionalidad cultural.
Acá vemos nuevamente la diferencia de los enfoques naturalista y culturalista. Sin embargo, la
dependencia del enfoque médico hace que a menudo los psicólogos trabajen y piensen con un enfoque
naturalista acerca de normalidad, mientras que los psiquiatras aspiren a abordar escenarios más amplios,
debido a que han tenido que enfrentar problemas relativos a la sexualidad. Recordemos que inicialmente
catalogaron a la homosexualidad como parte de la patología, para luego eliminarla dejándola como una
simple expresión cultural. Sin embargo, el debate a este respecto aún no ha terminado.

A diferencia de la salud mental, donde existen parámetros precisos predefinidos que señalan la presencia
o ausencia de salud, y que pueden incluso tener validez universal como lo expresa el DSM, el concepto de
salud psicológica no implica necesariamente la existencia de una referencia previamente establecida, ni
mucho menos de carácter universal. Todo lo que tenemos son criterios valorativos generales extraídos de
una teoría que nos sirve de sustento o marco referencial. No tenemos pues valores de referencia sino
marcos teóricos de referencia. A esto se le ha dado el nombre de “competencia cultural” y es un concepto
que viene cobrando cada vez mayor relevancia en la clínica, especialmente en lugares multiculturales.

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La evaluación de la salud psicológica

El desarrollo psicológico del hombre es visto como un proceso permanente de incorporaciones a escenarios
sociales y culturales cada vez más amplios y complejos. El hombre se inicia con la experiencia vital de su
incorporación a una familia, y sucesivamente pasa a escenarios más amplios que lo acogen y comprometen
con una serie de elementos cognitivos configurantes, los cuales definen su ser social en la comunidad
escolar, el vecindario, la ciudad, la nación, etc. Hace falta reconocer estas etapas con precisión a fin de
evaluar el grado de desarrollo del sujeto bajo esta perspectiva sociocultural. Debemos determinar el nivel
de su integración sociocultural.

Esta es una tarea pendiente, pero se tienen aproximaciones desde la psicología del desarrollo. En cada
etapa el sujeto debe demostrar solvencia cognitiva y conciencia de su participación. Más aun, tendría que
mostrar una participación efectiva en sus escenarios sociales ya incorporados. Esto quiere decir que en
cada fase debe haber incorporado los elementos lógicos necesarios para razonar en función de las formas
de pensamiento pertinentes a su comunidad, las que nos explicarán por qué está estructurado
cognitivamente como lo está. Esto es así porque el hombre, a diferencia de otras especies, no nace
sabiendo quién es ni lo que tiene que hacer, sino que debe descubrirlo y hacerse a sí mismo. En nuestra
cultura, se espera que un individuo esté plenamente incorporado a su comunidad alrededor de los 18 a 20
años, en otras culturas ocurre mucho antes. En los hechos podemos observar que actualmente los
individuos no acaban de incorporarse a su sociedad sino hasta los 25 años, de modo que hay un desfase
entre lo que la sociedad espera y lo que últimamente viene ocurriendo. La ley les concede "mayoría de
edad" a los 18 años, pero eso no es vinculante para los criterios clínicos. De hecho, debemos contar con
parámetros claros que permitan determinar si un sujeto ya ha alcanzado la mayoría de edad, al estar
plenamente incorporado a su sociedad como un agente activo y productivo.

Algunos individuos se sienten incorporados rápidamente a la dinámica de la actividad de la familia cuando


estas desarrollan formas comerciales, artísticas o deportivas que incluso se remontan a varias
generaciones atrás. Algunos escenarios culturales tienden a privar al sujeto de mayores incorporaciones,
forzándolo a permanecer preso en su órbita. Esto ocurre desde algunas clases de familias hasta círculos
religiosos y sociedades cerradas. Otras culturas desarrollan ciertas formas de pensamiento social que
facilitan la aparición de trastornos conductuales en sus individuos, a veces muy nocivos como ceremonias
de flagelación, peleas masivas, deformaciones del cuerpo, tatuajes, hábitos de alimentación, hábitos de
consumo, régimen de vida, etc.

En nuestro medio observamos también algunas de estas conductas, pero principalmente diversas formas
de adicciones, agresividad, intolerancia, irresponsabilidad, conducta improductiva en general, etc.
Actualmente hay mucha tecnología orientada al ocio y una valoración exagerada del empleo de tales
tecnologías para el desenvolvimiento cotidiano de la vida, y ciertos estilos de vida vinculados a las
satisfacciones corporales, como el culto por la belleza y la salud. Asimismo observamos una intensa
actividad de propaganda destinada a orientar a los jóvenes hacia el disfrute mediante el consumo de ciertos
productos y la adopción de ciertas formas de vida. En medio de estos nuevos formatos existen formas de
pensamiento social que desarrollan estragos en la salud psicológica y hasta orgánica, a partir de
concepciones inapropiadas del amor, el sexo, las relaciones afectivas y de la noción de pareja. La sociedad
adopta la sexualidad básicamente como un instrumento de diversión que ya se ha incorporado a los bailes
y los videos musicales. Todos estos cambios sociales son causa de muchas alteraciones conductuales,
tanto a nivel individual como social, pero que nunca llegan a considerarse problemas de salud mental,
aunque sí podríamos asumirlos como problemas de salud psicológica. La salud psicológica solo queda en
evidencia cuando establecemos relaciones vitales directas entre la conducta individual del sujeto y su
comunidad. No son evidentes cuando se evalúa a una persona como ser individual.

Hoy es la cultura la que determina los formatos de vida, los horarios y las formas para satisfacer las
necesidades biológicas, desde el hambre hasta el sueño, incluyendo, desde luego, el sexo. En muchas
ocasiones estas formas culturalmente diseñadas de satisfacción de necesidades acaban siendo nocivas
para las condiciones biológicas y naturales del organismo, generando una gran variedad de males que
afectan no sólo la salud física sino la salud mental, e incluso la salud psicológica. Por último, vivimos ya en
una cultura en cuyos pensamientos sociales no aparecen claros conceptos y valores como el orden, la
puntualidad, la responsabilidad, el respeto a la ley y la autoridad, etc. En suma, se hace necesario adoptar
una perspectiva social para comprender la salud del sujeto como miembro de una cultura, más allá del
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estrecho y vago criterio de la salud mental. Nuestra perspectiva busca ser un complemento y no una
competencia para la perspectiva médica. Pero es urgente delimitar los territorios de acción y de
competencia. Para ello hacen falta conceptos claros. Sobre la base de estas ideas generales,
desarrollaremos las pautas específicas de lo que debemos entender como salud psicológica.

Para ser más concretos, la “salud psicológica” tiene que ver con aspectos como:

 La organización de la vida personal.- Evalúa los aspectos relevantes que conforman la vida del
sujeto, lo que corresponde a su mundo personal, tal como él lo ha configurado, y el grado de
organización que tiene para manejarlos, tomando en cuenta los tiempos y las prioridades que le
asigna a cada aspecto. El evaluador debe considerar la presencia de algunos aspectos que
resultan esenciales para la vida de cualquier persona, tales como la familia, los amigos, las
actividades formativas y productivas, la vida de relación tanto afectiva como sexual, la vida
religiosa, etc. El evaluador aprecia el grado de dificultad que tiene el sujeto para comunicar su
mundo inmediato, ya que no es raro que las personas carezcan de este tipo de autorreflexión.
Existen algunas técnicas que facilitan este tipo de análisis evaluativo.

 La percepción adecuada del futuro.- La vida es un viaje hacia el futuro. Esto implica que de
alguna manera toda persona debe tener una idea suficientemente clara de su destino natural a
mediano y largo plazo. Es decir, debe saber adónde va, tener planes y ambiciones, sueños a futuro
que implican un ordenamiento de sus acciones de tal forma que aseguren dicha meta con un grado
aceptable de incertidumbre. La planificación de la vida es la forma de organizar el futuro, a
diferencia de la organización del presente que ya habíamos evaluado en el rubro anterior. Es
necesario considerar el grado de ajuste que hay entre los planes mentalmente elaborados y la
organización de las acciones de la vida diaria orientados a la consecución de dichos planes.
Muchas veces las personas sucumben ante las tareas del presente y son incapaces de ejecutar
sus propios planes que quedan como simples sueños o quimeras. La salud psicológica implica una
adecuada orientación de nuestra vida al mañana, ejecución de acciones para estar mejor, y un
grado aceptable de confianza y seguridad hacia un futuro con un alcance razonable tanto en
distancia como en logros.

 El grado de ajuste social.- El hombre es un ser social. Lo que le otorga en última instancia todo
su sentido es la función que cumple como pieza de una comunidad. La persona adulta debe estar
en una posición de integración con su medio social ejerciendo algún tipo de función productiva, lo
cual significa ser parte del engranaje económico. Los jóvenes tienen como primera tarea lograr ser
parte de su comunidad inmediata que es su familia. Esta es una especie de laboratorio social en el
que los niños aprenden a jugar un rol de relevancia cada vez mayor, hasta ejercer alguna tarea de
responsabilidad que los entrena para el ejercicio de la vida social en la etapa adulta. Los sujetos
más integrados constituyen parte de diversas organizaciones sociales, siempre que estas se
orienten al servicio efectivo de la comunidad, diferenciándose de aquellas que sólo buscan usar a
la gente para obtener beneficios de algún tipo. El grado de integración social se aprecia también
por el nivel de responsabilidad y compromiso que se asume personalmente con respecto a la
situación de su comunidad y su país, e incluso con el mundo entero o la humanidad toda.

 La organización del mundo interno.- Con “mundo interno” hacemos referencia al conjunto de
experiencias subjetivas que son parte de nuestra dinámica psicológica permanente. A cada
momento las personas nos enfrentamos a una gran diversidad de sensaciones, desde las más
simples hasta las más complejas, las que se integran a la experiencia unificada del ser en cada
momento, por lo que debemos saber manejarlas en procura de un equilibrio funcional. Estamos
refiriéndonos a temores, dudas, recelos, ambiciones, afectos, intereses, deseos, enojos,
cansancio, desazón, etc. Toda esa gama de variadas experiencias subjetivas que nos asaltan a
cada momento, debe ser adecuadamente controlada y organizada dentro de la totalidad de nuestra
circunstancia psicológica, con propósitos de una adecuación social constante. Estas experiencias
deben estar en concordancia directa con nuestra circunstancia presente, es decir, el sujeto debe
saber que su experiencia subjetiva concuerda con su momento objetivo. En este rubro nos
corresponde identificar los principales motivadores de la conducta, así como aquellos factores que
la perturban en el presente.

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 La organización del proyecto personal.- Las personas no tenemos una definición a priori de
nuestro sentido individual, como ocurre con otras especies. La esencia de nuestro ser no nos viene
dada con el nacimiento sino que debe ser construida por nosotros mismos. En este proceso de
autoconstrucción del ser individual es necesario tener una idea clara de lo que somos y de lo que
deseamos ser, cuál es nuestro proyecto individual como personas y de qué manera lo edificamos.
Este es el sentido de lo que llamamos “identidad personal”. Es la respuesta a la pregunta ¿quién
soy? La persona psicológicamente saludable tiene un grado de autoconciencia que le permite
definirse, bien en función de criterios personales y sociales, manejando una idea clara de la clase
de personas que desea ser y un grado de satisfacción o de insatisfacción con lo que es. Además
este nivel de conciencia personal implica tener un adecuado nivel de conciencia social, en el
sentido de conocer adecuadamente los nexos culturales a los que se orienta y de los que surge.

 Capacidad de afronte de la adversidad.- A medida que se desarrollan como sujetos, las personas
van enfrentando mayores retos en un mundo caracterizado por la competencia a todo nivel. Es vital
que las personas sepan desarrollar estrategias para manejar situaciones adversas. Si bien la
cultura tiende a premiar a los vencedores, resulta esencial para el sujeto saber asimilar las derrotas
y asumirlas como medios de aprendizaje. Es decir, la estrategia es convertir en algo positivo una
experiencia negativa sin perder el ánimo para seguir en competencia. Este aprendizaje es vital en
un mundo en el que se debe competir por todo, tanto para alcanzar una aceptación social mínima
como para conseguir pareja o empleo. En este sentido resultan contraproducentes
psicológicamente ciertas posturas pedagógicas destinadas a eliminar la competencia y anular la
competitividad, creando un mundo artificial en el que se propone el igualitarismo y el conformismo
colectivo.

 El tipo de información que privilegia.- Los seres humanos tienen la virtud de poder generar
ideas. Si bien esto proporciona una gran capacidad para el tratamiento lógico de la información,
también es un gran riesgo debido a que mucha información se genera como producto de la
actividad racional del ser humano. La salud psicológica solo es posible cuando la persona privilegia
información procedente del mundo real. En la medida en que las personas se acercan a sus propias
ideas o a información que no procede del mundo real sino de doctrinas de cualquier clase, hay un
desbalance en su relación con el mundo. Para calificar una buena salud psicológica, es
indispensable que el individuo se mantenga muy cerca de la información que proviene del mundo
real.

Todos estos aspectos de la salud psicológica deben estar lógicamente integrados guardando una estrecha
coherencia recíproca. Por ejemplo, la organización del proyecto personal tiene que ser coherente con la
percepción del futuro y con la organización de la vida personal. Existen algunos instrumentos que facilitan,
tanto al evaluador como al sujeto, desarrollar las reflexiones necesarias para expresar con fluidez –e incluso
gráficamente- lo que se le está solicitando. Una adecuada tarea de evaluación acerca de estos aspectos
no sólo facilita determinar el grado de salud psicológica, sino que por sí mismo constituye un ejercicio de
organización cognitiva que contribuye en gran medida a la labor terapéutica, ya que de este análisis saltan
a la vista los aspectos que requieren ser trabajados, no sólo para el psicólogo sino incluso para el propio
paciente. A partir de esta perspectiva teórica de “salud psicológica”, el clínico puede y debe tener el interés
de desarrollar instrumentos que sirvan como facilitadores y estímulos a los sujetos, de manera que logren
el nivel de reflexión y expresión necesarios para reorganizar sus conceptos vitales. Desde el momento en
que concebimos al ser humano como sujeto cognitivo, se nos plantea la importante tarea de ocuparnos de
estos contenidos cognitivos y ver la terapéutica como un esfuerzo enfocado en la reorganización cognitiva
del paciente.

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Referencias

1. OMS. Invertir en salud mental. 2004


Organización Mundial de la Salud. Invertir en salud mental. WM. Ginebra: OMS; 2004:1-48.
Disponible en: http://whqlibdoc.who.int/publications/2004/9243562576.pdf

2. MINSA plan nacional de salud mental 2005-2010


Ministerio de Salud. Plan nacional de salud mental 2005-2010. Perú: Ministerio de Salud; 2005-
2010. Disponible en:
http://www.minsa.gob.pe/dgsp/archivo/salud_mental_documentos/01_Plan_Nacional_de_Salu
d_Mental.pdf

3. Ibid

4. Guinsberg, E. La salud mental en el neoliberalismo, México: Plaza y Valdés. 2004

5. Ministerio de Salud. Plan nacional de salud mental 2005-2010. Perú: Ministerio de Salud; 2005-
2010. Disponible en:
http://www.minsa.gob.pe/dgsp/archivo/salud_mental_documentos/01_Plan_Nacional_de_Salu
d_Mental.pdf

6. Ibid.

7. Alarcón R.D., Psiquiatría folklórica, etno-psiquiatría o psiquiatría cultural? Examen crítico de la


perspectiva de Carlos Alberto Seguin. Revista Psiquiatría, APAL, 2006.

8. Ruiz, P & Casas, M. Editores, Salud mental en el paciente de América andina, España, Glosa, 2009

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