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Pseudo Dionisio Areopagita

Luzes e sombras no Dionísio Pseudo-Areopagita


“Em geral, portanto, não é para ousar dizer nem entender nada da divindade supersubstancial e oculta senão aquilo
que a nós está divinamente revelado dos ditos sagrados. De fato, a impossibilidade de conhecer esta
supersubstancialidade que ultrapassa a razão, o pensamento e a substância, tal deve ser o objeto da ciência
supersubstancial [...] a infinidade supersubstancial está acima das substâncias, e a unidade, que está acima da
inteligência, acima das inteligências, e nenhum pensamento pode pensar o uno que está acima do pensamento, e
nenhuma palavra pode exprimir o bem que está acima de toda palavra, unidade que unifica todas as unidades,
substância supersubstancial, inteligência ininteligível, palavra inefável, ausência de razão, ausência de
inteligibilidade, ausência de nome, a qual não existe segundo nenhum dos entes e tanto é causa do ser de tudo
como não existe em si, na medida em que está situada acima de toda substância e na medida em que se revela a si
mesma soberanamente e cientemente” (Dionísio, Dos nomes divinos, §1, grifos meus).

A ideia dominante é a de que Deus é uma realidade muito acima da própria Revelação, o que é uma ideia equívoca.
De fato, aquilo que a inteligência humana apreende de Deus revelado não esgota o mistério de Deus, no entanto, o
que Deus revela de Si, como Pai, Filho e Espírito Santo, é efetivamente a realidade íntima de Deus. Não há uma
"unidade" acima da Trindade de Pessoas (erro que parece ser repetido, depois, por Mestre Ekchart). Deus, por
exemplo, e ao contrário do que aparece neste trecho, é Inteligência, é o Verbo, não é uma realidade ininteligível. O
fato de que nossa inteligência não possa compreender, isto é, abarcar a Inteligência Divina, a Inteligência que é
Deus, não significa que Ele não seja Inteligente e que, assim, nosso conhecimento do Verbo não seria um
conhecimento efetivo de Quem Deus é em última instância. Deus tem um nome, que foi revelado a Moisés (Ex 3,14),
e no qual se atinge, de modo certamente imperfeito, mas verdadeiramente, a Essência Divina, que é o Ser
Absoluto,Aquele que É simplesmente. Finalmente, que seja causa do ser (criado) e esteja acima de toda substância
(criada), não significa que Ele “não exista em si” (isto é, “não seja”): o que é a existência em Deus é algo que
certamente, repito, não podemos abarcar, mas que “tem a ver” com o ser das coisas; se não tivesse, não teríamos
notícia alguma de Deus, Ele seria o grande ausente, o “deus ocioso” de todos os deísmos e agnosticismos. Este
agnosticismo conduz paradoxalmente à gnose da “ciência supersubstancial” da “divindade oculta”, pela qual se
intuiria o que estaria “acima da Revelação”.

“Assim, portanto, àquela que é causa de todas as coisas e é superior a todas as coisas não convém nenhum nome e
ao mesmo tempo convêm todos os nomes das coisas que existem [...] compreende em si todos os seres de modo
simples e sem limites, em razão dos perfeitíssimos benefícios de sua única providência, causa de todas as coisas, de
sorte que podemos celebrá-la e nomeá-la convenientemente a partir de todas as coisas que existem” (Ibdem, §7,
grifos meus).

O equívoco da teologia superlativa dionisiana acima, que acaba conduzindo paradoxalmente tanto ao agnosticismo
quanto ao gnosticismo, é compensado em alguma medida pela ideia da analogia dos entes aqui estabelecida (Deus é
em parte semelhante e em parte dessemelhante às criaturas), pela qual se pode passar das ideias das coisas criadas
às Ideias Divinas que contém “os seres de modo simples e sem limites”.

Em conclusão: faltou a Dionísio purificar de modo mais perfeito a filosofia plotiniana, o que foi feito por Santo
Agostinho.

[Dionísio Pseudo-Areopagita. Dos nomes divinos, S. Paulo: Attar Editorial, 2004]

Dionisio Areopagita: TEOLOGÍA MÍSTICA


CAPÍTULO I. EN QUÉ CONSISTE LA DIVINA TINIEBLA

1. Trinidad supraesencial y más que divina y más que buena, maestra de la divina sabiduría cristiana, guíanos más
allá del no saber y de la luz, hasta la cima más alta de las Escrituras místicas. Allí donde los misterios simples,
absolutos e inmutables de la teología se revelan en las tinieblas más que luminosas del silencio. En medio de las más
negras tinieblas fulgurantes de luz desbordan, absolutamente intangibles e invisibles, los misterios de hermosísimos
fulgores que inundan nuestras inteligencias, que saben cerrar los ojos.
Ésta es mi oración. Timoteo, amigo mío, entregado por completo a la contemplación mística, renuncia a los sentidos,
a las operaciones intelectuales, a todo lo sensible y a lo inteligible. Despójate de todas las cosas que son y aun de las
que no son y elévate así, cuanto puedas, hasta unirte en el no saber con aquel que está más allá de todo ser y de
todo saber. Porque por el libre, absoluto y puro apartamiento de ti mismo y de todas las cosas, arrojándolo todo y
del todo, serás elevado en puro éxtasis hasta el Rayo de tinieblas de la divina Supraesencia.

2. Pero ten cuidado de que nada de esto llegue a oídos de no iniciados, aquellos que se apegan a los seres, que se
imaginan que no hay nada más allá de lo que existe en la naturaleza física, individual. Piensan, además, que con su
mística razón pueden conocer a aquel que "puso su tienda en las tinieblas". Y si esos no alcanzan a comprender la
iniciación a los divinos misterios, ¿qué decir de quienes son verdaderos profanos, de aquellos que describen la Causa
suprema de todas las cosas por medio de los seres más bajos de la naturaleza y proclaman que nada es superior a los
múltiples ídolos impíos que ellos mismos se fabrican?

En realidad, debemos afirmar que siendo Causa de todos los seres habrá de atribuírsele todo cuanto se diga de los
seres, porque es supraesencial a todos. Esto no quiere decir que la negación contradiga a las afirmaciones, sino que
por sí misma aquella Causa trasciende y es supraesencial a todas las cosas, anterior y superior a las privaciones, pues
está más allá de cualquier afirmación o negación.

3. En ese sentido, pues, dice el divino Bartolomé que la teología es al mismo tiempo abundante y mínima, y que si el
Evangelio es amplio y copioso, es también conciso. A mi parecer, ha comprendido perfectamente que la
misericordiosa Causa de todas las cosas es elocuente y silenciosa, en realidad callada. No es racional ni inteligible,
pues es supraesencial a todo ser. Verdaderamente se manifiesta sin velos sólo a aquellos que dejan a un lado los
ritualismos de las cosas impuras y de las que son puras, a quienes sobrepasan las cimas de las más santas montañas.
A los desprendidos de luces divinas, voces y palabras celestiales, y que se abisman en las Tinieblas donde, como dice
la Escritura, tiene realmente su morada aquel que está más allá de todo ser.

No en vano el divino Moisés recibió órdenes de purifícarse primero y luego apartarse de los no purificados. Acabada
la purificación, oyó las trompetas de múltiples sonidos y vio muchas luces de rayos fulgurantes. Ya separado de la
muchedumbre y acompañado de los sacerdotes escogidos, llega a la cumbre de las ascensiones divinas. Pero todavía
no encuentra al mismo Dios. Contempla no al Invisible, sino el lugar donde Él mora. Esto significa, creo yo, que las
cosas más santas y sublimes percibidas por nuestros ojos e inteligencia no son las razones hipostáticas de los
atributos que verdaderamente convienen a la presencia de aquel que todo lo trasciende. A través de ellas, sin
embargo, se hace manifiesta su inimaginable presencia, al andar sobre las alturas de aquellas cúspides inteligibles de
sus más santos lugares. Entonces, es cuando libre el espíritu, y despojado de todo cuanto ve y es visto, penetra
(Moisés) en las misteriosas Tinieblas del no-saber. Allí, renunciado a todo lo que pueda la mente concebir, abismado
totalmente en lo que no percibe ni comprende, se abandona por completo en aquel que está más allá de todo ser.
Allí, sin pertenecerse a sí mismo ni a nadie, renunciando a todo conocimiento, queda unido por lo más noble de su
ser con Aquel que escapa a todo conocimiento. Por lo mismo que nada conoce, entiende sobre toda inteligencia.

CAPÍTULO II. CÓMO DEBEMOS UNIRNOS Y ALABAR AL AUTOR DE TODAS LAS COSAS, QUE TODO LO TRASCIENDE

¡Ojalá podamos también nosotros penetrar en esta más que luminosa oscuridad! ¡Renunciemos a toda visión y
conocimiento para ver y conocer lo invisible e incognoscible: a Aquel que está más allá de toda visión y
conocimiento!

Porque ésta es la visión y conocimiento verdaderos: y por el hecho mismo de abandonar todo cuanto existe se
celebra lo sobreesencial en modo sobreesencial. Así como los escultores esculpen las estatuas, quitando todo
aquello que a modo de envoltura impide ver claramente la forma encubierta. Basta este simple despojo para que se
manifieste la oculta y genuina belleza.

Conviene, pues, a mi entender, alabar la negación de modo muy diferente a la afirmación. Afirmar es ir poniendo
cosas a partir de los principios, bajando por los medios y llegar hasta los últimos extremos. Por la negación, en
cambio, es ir quitándolas desde los últimos extremos y subir a los principios. Quitamos todo aquello que impide
conocer desnudamente al Incognoscible, conocido solamente a través de las cosas que lo envuelven.

Miremos, por tanto, aquella tiniebla supraesencial que no dejan ver las luces de las cosas.
CAPÍTULO III. QUÉ SE ENTIENDE POR TEOLOGÍA AFIRMATIVA Y TEOLOGÍA NEGATIVA

En mis "Representaciones teológicas" dejé ya claro cuáles sean las nociones más propias de la teología afirmativa
(catafática); en qué sentido el Bien de naturaleza divina es Uno y Trino; cómo se entiende Paternidad y Filiación; qué
significa la denominación divina del Espíritu; cómo estas cordiales luces de bondad han brotado del Bien inmaterial e
indivisible y cómo al difundirse han permanecido en él todas unas en otras desde su coeterno fundamento. He
hablado de Jesús, que siendo supraesencial se revistió sustancialmente de verdadera naturaleza humana. En las
"Representaciones teológicas" alabé también otros misterios conforme a las Santas Escrituras.

En el "Tratado sobre los Nombres de Dios" he explicado en qué sentido decimos que Dios es el Bien, Ser, Vida,
Sabiduría, Poder y todo cuanto pueda convenir a la naturaleza espiritual de Dios. En la "Teología simbólica" he
tratado de las analogías que puedan tener con Dios los seres que nosotros observamos. He hablado de las cosas
sensibles con relación a Él, de formas y figuras, de ministros, lugares sagrados y ornamentos; de lo que significan el
enojo, las penas y los resentimientos; del sentido que en Él tienen las palabras de embriaguez y entusiasmo,
juramentos, maldiciones, sueños y vigilias. Y de otras imágenes con las que simbólicamente nos representamos a
Dios. Supongo habrás notado cómo los últimos libros son más extensos que los primeros, pues no era conveniente
que las "Representaciones teológicas" y el "Tratado sobre los Nombres de Dios" fuesen tan amplios como la
"Teología simbólica". El hecho es que cuanto más alto volamos menos palabras necesitamos, porque lo inteligible se
presenta cada vez más simplificado. Por tanto, ahora, a medida que nos adentramos en aquella Tiniebla que hay más
allá de la inteligencia, llegamos a quedarnos no sólo cortos en palabras, sino más aún, en perfecto silencio y sin
pensar en nada.

En aquellos escritos, el discurso procedía desde lo más alto a lo más bajo. Por aquel sendero descendente
aumentaba el caudal de las ideas, que se multiplicaban a cada paso. Mas ahora que escalamos desde el suelo más
bajo hasta la cumbre, cuanto más subimos más escasas se hacen las palabras. Al coronar la cima reina un completo
silencio. Estamos unidos por completo al Inefable.

Te extrañas, quizá, de que partiendo de lo más alto por vía de afirmación comencemos ahora desde lo más bajo por
vía de negación. La razón es ésta: cuando afirmamos algo de aquel a quien ninguna afirmación alcanza, necesitamos
que se basen nuestros asertos en lo que esté próximo de Él. Mas ahora al hablar por vía de negación de aquel que
trasciende toda negación se comienza por negarle las cualidades que le sean más lejanas. ¿No es cierto que es más
conforme a la realidad afirmar que Dios es vida y bien que no aire o piedra? ¿No es verdad que Dios está más
distante de ser embriaguez y enojo que de ser nombrado y entendido? Y en tal sentido es distinto decir que Dios no
es "embriaguez ni enojo" a decir que Dios no es "palabra o pensamiento" nuestros. Pero fundamentalmente
coinciden en el "no" con respecto a Dios. Por lo cual, éste es el camino más directo y sencillo y seguro para llegar a
Dios o a la cima, camino de proficientes o perfectos, la Teología mística.

CAPÍTULO IV. QUE NO ES NADA SENSIBLE LA CAUSA TRASCENDENTE A LA REALIDAD SENSIBLE

Decimos, pues, que la Causa universal está por encima de todo lo creado. No carece de esencia, ni de vida, ni de
razón, ni de inteligencia. No tiene cuerpo, ni figura, ni cualidad, ni cantidad, ni peso. No está en ningún lugar. Ni la
vista ni el tacto la perciben. Ni siente ni la alcanzan los sentidos. No sufre desorden ni perturbación procedente de
pasiones terrenas. Que los acontecimientos sensibles no la esclavizan ni la reducen a la impotencia. No necesita luz.
No experimenta mutación, ni corrupción, ni decaimiento. No se le añade ser, ni haber, ni cosa alguna que caiga bajo
el dominio de los sentidos.

CAPÍTULO V. QUE LA CAUSA SUPREMA DE TODO LO INTELIGIBLE NO ES ALGO INTELIGIBLE

En escala ascendente ahora añadimos que esta Causa no es alma ni inteligencia; no tiene imaginación, ni expresión,
ni razón ni inteligencia. No es palabra por sí misma ni tampoco entendimiento. No podemos hablar de ella ni
entenderla. No es número ni orden, ni magnitud ni pequeñez, ni igualdad ni semejanza, ni desemejanza. No es móvil
ni inmóvil, ni descansa. No tiene potencia ni es poder. No es luz ni vive ni es vida. No es sustancia ni eternidad ni
tiempo. No puede la inteligencia comprenderla, pues no es conocimiento ni verdad. No es reino, ni sabiduría, ni uno,
ni unidad. No es divinidad, ni bondad, ni espíritu en el sentido que nosotros lo entendemos. No es filiación ni
paternidad ni nada que nadie ni nosotros conozcamos. No es ninguna de las cosas que son ni de las que no son.
Nadie la conoce tal cual es ni la Causa conoce a nadie en cuanto ser. No tiene razón, ni nombre, ni conocimiento. No
es tinieblas ni luz, ni error ni verdad. Absolutamente nada se puede afirmar ni negar de ella.

Cuando negamos o afirmamos algo de cosas inferiores a la Causa suprema, nada le añadimos ni quitamos. Porque
toda afirmación permanece más acá de la causa única y perfecta de todas las cosas, pues toda negación permanece
más acá de la trascendencia de aquel que está simplemente despojado de todo y se sitúa más allá de todo.

Existen diversas versiones de este tratado, entre ellas la de Dionisio Areopagita, Obras completas, Madrid, B. A. C.,
1990, edición a cargo de Teodoro H. Martín.

http://www.oocities.org/origo_es/dionisioteologiamistica.htm

EL PSEUDO-DIONISIO
A finales del siglo v y comienzos del vi sobresale DIONISIO EL AREOPAGITA; éste es el nombre que se dio a sí mismo,
pretendiendo ser aquel Dionisio que encontró San Pablo en el Areópago de Atenas, un autor que, por el análisis de
sus obras, parece proceder de Siria y haber escrito hacia los 20 o 30 años que se sitúan alrededor del 500. Sus obras,
algunas de las cuales aparecen como dirigidas a Timoteo, Tito, Policarpo y aún al mismo apóstol San Juan, fueron ya
reputadas apócrifas por un obispo oriental de la primera mitad del siglo vi; pero hasta el siglo xvi no se volvió sobre
el el tema, rebautizándose entonces al autor con el nombre de PSEUDO DIONISIO, con el que desde entonces se le
suele conocer.

Tenemos de él 4 tratados y 10 cartas que están en relación estrecha con aquéllos. Los tratados son: Sobre los
nombres de Dios, donde se investiga la esencia y los atributos divinos; Sobre la teología mística, en que se trata de la
unión del alma con Dios; Sobre la jerarquía celestial, que versa sobre los ángeles y su agrupación en tres tríadas con
tres coros cada una; y Sobre la jerarquía eclesiástica, en que haciendo un paralelismo con aquellas tríadas se habla
de tres sacramentos, de tres grados en el orden sacerdotal y de tres grados en los laicos, uno de los cuales, el de los
imperfectos, se divide de nuevo en otros tres.

El autor está muy influido por el neoplatonismo, desde el que intenta interpretar el cristianismo, aunque con el
deseo de serle fiel. Los monofisitas trataron de encontrar un apoyo en sus obras. Traducido al latín por Escoto
Eriúgena en el siglo ix, ejerció una gran influencia en los escolásticos.

Sobre la jerarquía eclesiástica

La celebración de la Eucaristía:

El pontífice, una vez dichas las preces sagradas delante del divino altar, comienza por la incensación de éste, y da
una vuelta por todo el ámbito del sagrado recinto, y, vuelto de nuevo al divino altar, entona la melodía sagrada de
los salmos, y toda la asamblea con sus varios grados, canta con el pontífice las sagradas palabras de los salmos. A
esto sigue, por orden, la lectura de la Sagrada Escritura hecha por los ministros; acabada ésta, se hace salir del
sagrado recinto a los catecúmenos, y con ellos a los energúmenos y a los penitentes, quedándose los que son dignos
de la contemplación y de la comunión de las cosas divinas.

Algunos de los ministros están de pie junto a las puertas del templo, que están cerradas, mientras otros hacen
alguna otra cosa propia de su orden. Los primeros de entre los ministros, a una con los sacerdotes, colocan sobre el
divino altar el sagrado pan y el cáliz de bendición, habiéndose dicho antes por toda la multitud de la iglesia el himno
de alabanza. Después de esto, el pontífice, lleno de Dios, recita una súplica sagrada y comunica a todos la santa paz,
y mientras todos se abrazan mutuamente, se da fin a la mística lectura de los sagrados volúmenes (dípticos). Y,
habiéndose lavado con agua las manos el pontífice y los sacerdotes, el pontífice se coloca en medio del divino altar,
poniéndose de pie a su alrededor con los sacerdotes solamente los primeros entre los ministros.

A continuación, después de haber alabado el pontífice las sagradas obras de Dios, consagra los divinísimos misterios
y muestra esas cosas objeto de alabanza bajo los símbolos santamente expuestos; y, habiendo mostrado los dones
de las divinas obras, él mismo se acerca a la sagrada comunión de los mismos e invita a los otros a la misma
comunión. Por fin, habiendo recibido y repartido la divina comunión, acaba con la sagrada acción de gracias;
mientras el pueblo únicamente mira inclinado los divinos símbolos, él, guiado siempre por el divino Espíritu, en
bienaventuradas y espirituales contemplaciones,' como conviene a su dignidad jerárquica en la pureza de su estado
divinizado, se eleva a los santos orígenes de los sacramentos.

(3, 18; BAC 118, 921-923)

http://www.mercaba.org/Moline/pseudodionisio.htm

"CRISTO, LUZ DO MUNDO." (PSEUDO-DIONÍSIO)


A luz irradia do Pai. A luz sai d'Ele para nos iluminar com os Seus excelentes dons. Apenas Ela nos restabelece e nos
eleva. É Ela que nos converte a unidade do Pai segundo as Sagradas Escrituras: "Porque d'Ele, por Ele e para Ele são
todas as coisas..." (Rom 11,36). "Toda dádiva excelente e todo o dom perfeito vem do alto e descende do Pai das
Luzes..."

É por isso que invocando Jesus, Luz do Pai, através do Qual temos acesso ao Pai, princípio de toda a Luz, elevemos
nossos olhos tanto quanto pudermos até as iluminações provenientes das Sagradas Escrituras e iniciemos na medida
das nossas forças, no conhecimento da hierarquia das inteligencias celestes tal como nos revelam as próprias
Escrituras: " (O Verbo) era a Luz verdadeira, que ilumina todo homem que vem a este mundo(Jo 1,9). Os santos que
primitivamente regularam os nossos ritos religiosos, organizaram a nossa hierarquia sagrada segundo o modelo das
hierarquias celestes. Essas hierarquias encontram-se revestidas na sua descrição de uma variedade de figuras e
formas materiais para que elevemos a nossa compreensão de forma analógica desses símbolos, as realidades
espirituais, das quais esses símbolos são apenas imagens.

De fato, é para nós impossível a contemplação das hierarquias celestes sem utilizarmos meios materiais adequados a
nossa natureza para nos guiarmos nessa contemplação. A beleza manifesta-se na harmonia das figuras, os aromas
agradáveis representam a iluminação intelectual, a luz material representa a efusão de luz imaterial e a recepção da
Santa Eucaristia manifesta a participação em Jesus.

A nossa própria hierarquia imita a hierarquia celeste o tanto quanto possível enquanto instituição humana, a fim de
que ela entre em colegialidade com o sacerdócio angélico.

Pseudo-Dionísio

"Cristo, luz do mundo."

http://www.linkscatolicos.com.br/2012/12/cristo-luz-do-mundo-pseudo-dionisio.html#.Ut_nstJTsdU

Hierarquia Celeste - Anônimo (~séc. V).

Hierarquia Celeste
São Dinis, o Areopagita (Pseudo-Dioníso)

Capítulo I.

A Luz irradia do Pai. A Luz saí d’Ele para nos iluminar com os Seus excelentes dons. Apenas Ela nos restabelece e nos
eleva. É Ela que nos converte à unidade do Pai segundo as Sagradas Escrituras: "Porque Dele, por Ele e para Ele são
todas as coisas..." (Rom 11: 36).

"Toda a dádiva excelente e todo o dom perfeito vêm do alto e descende do Pai das Luzes..." (Tg 1: 17).

É por isso que invocando Jesus, Luz do Pai, através do Qual temos acesso ao Pai, princípio de toda a Luz, elevemos
nossos olhos tanto quanto pudermos até as iluminações provenientes das Sagradas Escrituras e iniciemos na medida
das nossas forças, no conhecimento da hierarquia das inteligências celestes tal como nos revelam as próprias
Escrituras: "(O Verbo) era a Luz verdadeira, que ilumina todo o homem que vem a este mundo" (Jo 1:9).

Os santos que primitivamente regularam os nossos ritos religiosos, organizaram a nossa hierarquia sagrada segundo
o modelo das hierarquias celestes. Essas hierarquias encontram-se revestidas na sua descrição de uma variedade de
figuras e formas materiais para que elevemos a nossa compreensão de forma analógica desses símbolos, às
realidades espirituais, das quais esses símbolos são apenas imagens.

De fato, é para nós impossível a contemplação das hierarquias celestes sem utilizarmos meios materiais adequados a
nossa natureza para nos guiarmos nessa contemplação. A beleza manifesta-se na harmonia das figuras, os aromas
agradáveis representam a iluminação intelectual, a luz material representa a efusão de luz imaterial e a recepção da
Santa Eucaristia manifesta a participação em Jesus.

A nossa própria hierarquia imita a hierarquia celeste o tanto quanto possível enquanto instituição humana, a fim de
que ela entre em colegialidade com o sacerdócio angélico.

Capítulo II.

É necessário que elevemos a nossa compreensão a partir das alegorias com as quais as inteligências celestes nos são
representadas nas Sagradas Escrituras, a fim de não deduzirmos como pensaria qualquer pessoa desprevenida, que
as inteligências celestes têm vários pés e vários rostos, que elas se assemelham ao gado como os bois, que
apresentam o aspecto selvagem do leão, o bico curvo da águia, ou ainda, que possuem asas e penas como as aves.
Não devemos imaginá-las como rodas inflamadas girando no céu, como guerreiros a cavalos armados de lanças, nem
sob outras formas que as Sagradas Escrituras nos transmitem através de uma variedade de símbolos reveladores.

Se os teólogos aplicaram essa imaginação poética às inteligências celestes foi porque tiveram em conta o caráter
humano da nossa inteligência, a fim de nos proporcionarem um meio de elevação espiritual adaptado a nossa
natureza.

Se aceitarmos essas alegorias como figurações de realidades que não podemos conhecer nem contemplar,
julgaremos que as imagens usadas pelas Sagradas Escrituras para representar as inteligências celestes são
inadequadas ao seu objetivo, que os nomes atribuídos aos anjos não correspondem senão muito parcialmente às
realidades que sugerem. Contrapomos, que para materializar os anjos os teólogos deveriam ter utilizado imagens
tanto quanto possível adequadas ao seu objeto, utilizando substâncias que consideramos como sendo as mais
nobres, ao invés de ligar à essas realidades uma multiplicidade de figuras retiradas do que poderia ser considerado
como pertencendo às mais baixas realidades terrestres. Assim, a alegoria seria mais rica de ensinamentos espirituais
e não nos arriscaríamos a ofender a dignidade das potências divinas. Com efeito, não seríamos levados a imaginar
que o céu está cheio de rebanhos de leões, manadas de cavalos, bandos de pássaros e de outros animais com essas
alegorias inadequadas?

Mas se procurarmos a verdade estará claro para nós, que os autores Sagrados tiveram o cuidado providencial de
simultaneamente dar expressão contida a tudo isso que os nossos contraditores consideram um ultraje às potências
divinas e nos pouparão dos riscos de uma ligação excessiva a tudo que tais símbolos podem ter de baixo e vulgar.

Se é necessário dar figura ao desfigurado, dar forma ao que está sem forma, não é somente porque somos incapazes
de contemplar diretamente essas realidades, mas porque convém às passagens místicas das Sagradas Escrituras
ocultar sob a forma de enigmas, a santa e misteriosa unidade dessas inteligências que não pertencem a esse mundo.
Porque nem todos são santos e como dizem as Sagradas Escrituras: "Mas nem em todos há a ciência..." (1Co 8:7).

Quanto ao caráter inadequado das imagens escriturísticas, é necessário responder a essa objeção afirmando que a
revelação do sagrado se faz de dois modos: o primeiro modo procede por imagens adequadas ao seu objeto; o
segundo modo pelo contrário passa pela inadequação das imagens que modela levada até à extrema
inacreditibilidade, até o absurdo. É por isso que as Sagradas Escrituras se referem a Trindade sobreessencial com os
nomes de Razão, Inteligência e Essência, manifestando assim o que convém atribuir a Deus de racionalidade e
sabedoria: designando-A como Substância que subsiste por si própria, como causa verdadeira da existência de todos
os seres, ou ainda, como Luz e Vida.
Essas designações são seguramente mais santas e parecem de algum modo superiores às imagens materiais. Mas na
realidade elas são menos deficientes que as outras se se pretender significar toda a Verdade da própria Divindade
que está para lá de toda a essência e de toda a vida e que não se caracteriza por nenhuma luz, da qual nenhuma
razão e nenhuma inteligência pode dar uma imagem autêntica.

É por isso que também acontece de celebrar-se nas mesmas Escrituras a Trindade, representando-A de um modo
que não é desse mundo, por imagens que não se Lhe assemelham de modo algum. Elas descrevem-Na como
invisível, ilimitada e incompreensível, não procurando significar o que Ela é, mas o que Ela não é.

A meu ver, essa segunda maneira de celebrar a Santíssima Trindade Lhes convém melhor, porque seguindo a
tradição sagrada nós temos razão em dizer que Ela não é nada do que são os outros seres, e nós ignoramos essa
indefinível Sobreessência que não se pode pensar nem dizer.

Assim, as negações são verdadeiras no que concerne aos mistérios divinos, enquanto que toda afirmação pela
positiva permanece inadequada. Convém mais ao caráter secreto d’Aquele que permanece em si próprio incomum,
não revelar o invisível a não ser através de imagens sem semelhança com o seu objeto.

(São Dinis nos introduz em dois métodos teológicos: o afirmativo ou Catafático e o negativo ou Apofático. O
primeiro, que São Dinis considera menos adequado, refere-se a Deus através de afirmações como: Deus é Amor,
Verdade, Mestre, Senhor, Pai, Todo-Poderoso, Santo, Eterno, etc. O método Apofático proposto por São Dinis
procede pela negativa, como também nos fala São João Crisóstomo, o reconhecimento da incompreensibilidade de
Deus é a única maneira de compreendê-Lo. Esse método refere-se a Deus como sendo Inacessível, Inexprimível,
Invisível, Incompreensível, Imutável, etc.).

Portanto, longe de humilhar as legiões celestes as alegorias honram-nas, porque mostram até que ponto essas
legiões que não pertencem a este mundo excluem toda a materialidade.

(Temos que entender esse termo "materialidade" como empregado para designar uma materialidade terrena. De
fato, só Deus é espírito puro e todas as criaturas mesmo as angélicas são dotadas de alguma materialidade).

A utilização de figuras sagradas de natureza mais elevada nos induziria mais facilmente a erros, porque elas nos
levariam a imaginar as essências celestes como figuras de ouro, ou como seres luminosos lançando raios, ou como
seres de bela estatura revestidos de suntuosas vestes repletas de esplendor, ou sob todas as outras formas do
mesmo gênero de que a teologia fez uso para representar as inteligências celestes: "O que falava comigo tinha uma
cana de ouro de medir, para medir a cidade, as suas portas e o muro" (Apoc 21:15).

"Como estivessem olhando para o céu, quando Ele ia subindo, eis que se apresentaram junto deles dois personagens
vestidos de branco..." (At 1:10). "E, fixando Nele os olhos todos os que estavam sentados no conselho, viram o Seu
rosto como o rosto de um anjo" (At 6:15). "Passados quarenta anos, apareceu-lhe no deserto do Monte Sinai um
anjo na chama de uma sarça que ardia" (At 7:30). "Porque um anjo do Senhor desceu do Céu, e, aproximando-se,
revolveu a pedra e sentou sobre ela. O seu aspecto era como um relâmpago. A sua veste branca como a neve" (Mt
28:2-3).

Não importa qual imagem possa servir de ponto de partida para a bela contemplação, o que importa é que
possamos nos apoiar em figurações materiais para aplicar a esses seres que são inteligíveis e inteligentes as
metáforas sem semelhança com o objeto do qual falamos atrás, na condição de nunca esquecermos a grande
diferença existente entre o comportamento dos seres inteligentes e o comportamento dos seres sensíveis (esses são
privados de razão).

As alegorias sagradas são usadas pelos teólogos não somente para revelarem as ordens celestes, mas também para
manifestarem os mistérios de Deus. Ainda que se refiram a Ele fazendo apelo às mais belas imagens como: Sol de
Justiça; Estrela da Manhã (Apoc 22:16; Núm 24:17; 2Pdr 1:19), Luz Radiante (Jo 1:5) e apelo a símbolos de nível
mediano como: Fogo que queima sem consumir (Êx 3:2), Água que conduz à plenitude da vida e de metáforas
vulgares quando se fala por exemplo de Ungüento suave; Pedra Angular (Ef 2:20), mesmo assim as Sagradas
Escrituras fazem ainda uso de figuras animais quando atribui a Deus qualidades do leão e da pantera ou quando
apresenta-O como um leopardo ou como um urso que perdeu os seus filhos (Os 13:7).

Finalmente, o apelo à metáfora mais indigna de todas e que parece ser a mais inadequada: com efeito, não foi sob a
forma de um vaso de terra que os admiráveis intérpretes dos ministérios divinos nos representaram?

Por tudo isso, vemos que nada há de absurdo, quando os teólogos representam igualmente as essências celestes por
imagens inadequadas que não apresentam nenhuma semelhança com o seu modelo original. Talvez não tivéssemos
procurado a interpretação espiritual minuciosa dessas santas realidades, se não tivéssemos perturbados pelo caráter
disforme das imagens que nas Sagradas Escrituras representam os anjos.

Capítulo III.

Hierarquia é uma santa ordem, um saber e uma ação tão próxima quanto possível da forma divina elevada à
imitação de Deus na medida das iluminações divinas. Na sua simplicidade, na sua bondade, na sua perfeição
fundamental, na perfeição que convém a Deus, comunica a cada ser segundo o seu mérito uma parte da sua própria
luz. Ela o aperfeiçoa através da iniciação divina, revestido da sua própria forma, de modo harmonioso e estável
àqueles que ela aperfeiçoou.

A finalidade da hierarquia consiste em conferir às criaturas tanto quanto possível a semelhança divina para uní-las a
Deus. Deus é para a hierarquia, com efeito, o mestre de todo o conhecimento e de toda a ação. Ela não cessa de
contemplar a Sua divina bondade e dos seus seguidores ela faz imagens perfeitas de Deus. Tendo recebido a
plenitude do Seu esplendor elas são capazes, seguindo os preceitos da Trindade, de transmitir essa luz até mesmo
aos seres que lhe são hierarquicamente inferiores.

Assim, quando se fala de hierarquia, se entende por isso uma certa ordenação perfeitamente santa, imagem do
esplendor divino, tendendo tanto quanto possível e sem sacrilégio assemelhar-se Àquele que é o seu próprio
princípio. Para cada um dos membros da hierarquia a perfeição consiste em imitar a Deus o melhor que puder,
tornando-se "cooperadores" Dele.

"Efetivamente, nós somos cooperadores de Deus..." (1Cor 3:9).

Se, por exemplo, a ordem hierárquica impõe a uns a função de receber a purificação e a outros a de purificar; a uns a
de receber a iluminação e a outros a de iluminar; a uns a de receber o aperfeiçoamento e a outros a de aperfeiçoar;
cada um imitará a Deus segundo o modo que convém a sua própria função.

Convém, que os purificados se libertem de toda a impureza e de toda a dissemelhança; que os iluminados recebam a
plenitude da luz divina e que elevem a sua inteligência até atingirem a capacidade de contemplar; que os perfeitos
tenham abandonado toda a imperfeição e tomem parte da perfeição dos iniciados; e que os iluminadores, com
inteligências mais transparentes que as outras, difundam essa luz por todos os lados e por todos aqueles que forem
dignos dela.

Assim, cada escalão da ordem hierárquica na medida de suas forças eleva-se para a cooperação divina e ao seu redor
cada um revela essa cooperação às inteligências que amam a Deus, cumprindo na virtude e sob a ação da Graça o
que a própria Divindade cumpre graças ao Seu caráter sobreessencial.

Capítulo IV.

Antes de mais nada, queremos afirmar em primeiro lugar que foi por bondade que a Divindade criou essa ordem
hierarquia, porque Lhe pertence esse Bem totalmente transcendente a chamar todos os seres para entrarem em
comunhão com Ela na medida da capacidade de cada um. É por isso que tudo que existe tem alguma relação com a
Divindade, a Causa Universal, porque sem a participação n’Ela que é a essência e o princípio de todo o ser, nada
existiria.

É, portanto, a esses seres que recebem de forma inicial e múltipla a participação divina e que revelam ao seu redor
de modo original e múltiplo o mistério da Divindade, que é atribuído de forma louvável e sublime o título de seres
angélicos — pois eles receberam em primeiro lugar a iluminação e é por intermédio deles que nos são transmitidas
essas revelações que ultrapassam a todos nós. Como ensina a teologia, a Lei nos foi transmitida pelos anjos.

"Para que é então a Lei? Foi acrescentada por causa das transgressões, até que viesse a descendência, a quem tinha
sido feita a promessa, e foi promulgada pelos anjos na mão de um mediador" (Gál 3:19).

Foram os anjos que guiaram os nossos veneráveis antepassados em direção às realidades divinas; tanto nos tempos
que precederam a Lei, como no tempo da Lei; tanto na prescrição a eles de regras de conduta desviando-os de uma
vida repleta de erros e de pecados, assim como na revelação da interpretação da santa hierarquia e das visões
secretas dos mistérios que não são deste mundo; como também ainda na revelação das profecias divinas.

"Vós, que recebestes a Lei por ministério dos anjos e não a guardastes" (At 7:53). "Este viu claramente numa visão,
cerca da hora de Noa, que um anjo de Deus se apresentava diante dele e lhe dizia: Cornélio" (At 10:3).

Se argumentar-se que Deus manifestou-Se sem intermediários a algum santo, que se saiba que nunca ninguém O viu
e nem jamais O verá, porque essa verdade provem claramente das Sagradas Escrituras e é a própria substância de
Deus naquilo que tem de mais secreto.

"Ninguém jamais viu a Deus; o Unigênito, que está no seio do Pai, Ele mesmo é que O deu a conhecer" (Jo 1:18).
"...Que é o Único que possui a imortalidade e que habita numa Luz inacessível, O qual não foi nem pode ser visto por
nenhum homem, ao qual seja dada honra e império sempiterno. Amém" (1Tim 6:16).

Seguramente, Deus apareceu a certos homens piedosos segundo o modo que convinha a Sua divindade, revelando-
Se por visões adaptadas à medida dos visionários. A santa teologia tem razão ao chamar visão divina ― Teofania ― a
essa espιcie de apariηão, na qual se reflete a semelhança divina segundo o modo que convém à figuração do
infigurável, isto é, elevando espiritualmente os visionários para as realidades divinas. Com efeito, através dessa visão
os visionários recebem a plenitude da iluminação divina e uma certa iniciação sagrada em relação aos mistérios de
Deus. Os nossos ilustres antepassados não foram iniciados através dessas visões, senão por intermédio das
potências celestes.

Há de se cogitar, que a tradição escriturística afirma que os mandamentos da Lei foram transmitidos diretamente
por Deus a Moisés. Certamente! Mas se as Sagradas Escrituras assim se exprimem é para que não ignoremos que
essas prescrições são a própria imagem da Lei divina e sagrada. A teologia ensina sabiamente que essas prescrições
vieram até nós por intermédio dos anjos, para que a ordem instituída pelo Divino Legislador nos ensine que é por
intermédio de seres hierarquicamente superiores que se elevam espiritualmente para o Divino aqueles que Lhe são
inferiores.

"Porque, se a palavra anunciada pelos anjos ficou firme, e toda a prevaricação e desobediência recebeu a justa
retribuição que merecia..." (Hebr 2:2).

Mesmo ao que concerne ao mistério divino do amor de Jesus pelos homens foram os anjos que em primeiro lugar
receberam a iniciação. E foi por intermédio deles que esse conhecimento desceu até nós.

Foi assim que o divino Gabriel ensinou ao grande sacerdote Zacarias que o filho que iria ter contra toda a sua
esperança, mas pela graça de Deus, seria o profeta da obra divino-humana, através do qual Jesus operaria para bem
do mundo e para a sua salvação.

Igualmente o arcanjo Gabriel ensinou à Santíssima Virgem Maria que nela se cumpriria o mistério da Encarnação.
Um outro anjo instruiu José sobre a verdade dos acontecimentos e sobre o cumprimento das promessas divinas
feitas a Davi. Foi um anjo que difundiu a boa nova aos pastores, que eram de algum modo homens purificados pela
vida tranqüila que levavam e afastados das multidões, ao mesmo tempo que os exércitos celestes transmitiam a
toda a terra o célebre cântico de glorificação "Glória a Deus nas alturas, paz na terra aos homens a quem Ele ama".

Por intermédio dos anjos José foi avisado que ele deveria partir para o Egito e assim novamente quando de seu
regresso a Judéia. Não falou também Jesus a nós como um mensageiro quando Ele nos comunicava a vontade do
Pai?

Capítulo V.

Importa agora procurar a razão pela qual os teólogos chamam anjos a todas as essências celestes indistintamente,
enquanto reservam o termo angélico mais propriamente à ordem mais baixa que é subordinada às legiões dos
Arcanjos, dos Principados, das Potestades, das Dominações, essências das quais a tradição revela e as Escrituras
reconhecem como superiores.

Ora, nós afirmamos que em toda a ordenação sagrada as ordens superiores possuem todas as iluminações das
ordens inferiores, sem que essas últimas participem nos privilégios das que lhe são superiores. É por isso que os
teólogos chamam de anjos os escalões mais altos e mais santos das essências celestes, porque eles são reveladores
da iluminação divina.

Quando fazemos referências à ordem inferior não seria adequado designar os seus membros de Principados, Tronos
ou Serafins, porque eles não participam de modo algum das capacidades das essências celestes que possuem um
nível superior. O que podemos afirmar é que se todos os anjos recebem um nome comum isto se sucede também
pelo fato das potências celestes possuírem em comum o poder de permanecerem em harmonia com Deus e de
entrarem em comunhão com a luz que vem de Deus.

Capítulo VI.

Quais e quantas são as ordens desses seres que vivem no Céu? Como é que cada hierarquia recebe a sua
consagração ou o seu aperfeiçoamento? Afirmo que apenas o Princípio Divino poderia responder exatamente a
essas questões. Mas os seres angélicos não ignoram nem as qualidades que lhes são próprias, nem a hierarquia
sagrada que os rege e que não pertence a este mundo.

É impossível conhecermos os segredos das inteligências que vivem no céu, a menos que Deus nos revele por
intermédio dessas mesmas inteligências, as quais não ignoram a sua própria natureza. Portanto, não faremos nada
de nossa própria autoria e nos contentaremos em expor na medida dos nossos conhecimentos essas visões
angélicas, tal como os santos teólogos as contemplam e tal como eles a nós revelaram.

Os seres angélicos dividem-se em três ordens e possuem nove nomes.

A primeira ordem rodeia a Deus de modo permanente e está unida a Ele constantemente. Ela está em primeiro lugar
e não possui qualquer mediação: são os Tronos santíssimos e os batalhões notáveis por seus números de olhos e de
asas que recebem os nomes de Querubins e Serafins. Eles têm uma proximidade de Deus superior a todos os outros.
Essa ordem de três batalhões formam uma só e constitui a primeira hierarquia de nível igual.

A segunda ordem compõe-se de Virtudes, Dominações e Potestades constituindo a segunda hierarquia.

A terceira ordem constitui a última hierarquia celeste. É a ordem dos Anjos, Arcanjos e Principados.

Capítulo VII.

Todos os nomes atribuídos às inteligências celestes designam capacidades para eles receberem a semelhança divina.
Querubim em hebraico significa "aquele que arde". Significa também "massa de conhecimento e efusão de
sabedoria".

A primeira hierarquia é a mais sublime de todas e graças a sua proximidade com Deus recebe primeiro que as outras
as aparições Dele e os seus nomes revelam o modo como se ligam a Ele.

Os Serafins têm como qualidades especiais o movimento perpétuo em torno dos segredos divinos, o calor, a
profundidade, o ardor dum constante movimento que não conhece diminuição, o poder de elevarem eficazmente as
suas semelhanças aos que lhes são inferiores, comunicando-lhes o mesmo ardor a mesma chama e o mesmo calor.
Eles têm o poder de purificarem a evidente e indestrutível aptidão para conservarem a sua própria luz, o seu poder
de iluminação e a faculdade de abolirem todas as trevas.

Os Querubins designam aptidões a conhecerem e a contemplarem a Deus, a receberem os mais altos dons da Sua
Luz, a contemplarem na sua potência primordial o esplendor divino, a acolherem em si a plenitude dos dons que
transmitem sabedoria e a comunicá-los em seguida às essências inferiores graças a expansão da própria sabedoria
que lhes foi transmitida.

Os Tronos, sublimes e luminosos, indicam a ausência total de qualquer concessão aos bens inferiores e a tendência
contínua para os cumes, que sublinha bem o fato de eles nada terem em comum com o que lhes está abaixo. Eles
indicam a sua infalível aversão a toda indignidade, a grande concentração de toda a sua capacidade para se
manterem constante e firmemente perto do Altíssimo, a capacidade de receberem indiferentemente todas as
visitações da Divindade, o privilégio que têm de servirem de assento a Deus e o seus zelos em se abrirem aos dons
de Deus.

Essa é a explicação de seus nomes na medida do que nos é possível revelar aos homens.

Resta-nos dizer o que entendemos pela suas hierarquias. Que o objetivo de toda hierarquia é imitar constantemente
a Deus; que toda a função hierárquica consiste em acolher e transmitir a pureza sem mistura da luz divina e da
sabedoria, como já o dissemos.

Agora proponho-me a mostrar o que as Escrituras revelam das suas hierarquias.

Esses seres angélicos constituem uma só hierarquia inteiramente homogênea. Devemos pensar que eles são puros
não apenas por estarem livres de todo o pecado e de tudo o que é profano, mas porque eles ignoram toda a
imaginação material; porque estão acima de toda a fraqueza; porque a sua sublime pureza ultrapassa a de quaisquer
outras inteligências angélicas; porque conservam sem qualquer perda ou corrupção a estabilidade perpétua do
poder que possuem de estarem em harmonia com Deus.

Eles são igualmente contemplativos. Não porque contemplem intelectualmente símbolos nem porque se elevem
espiritualmente através de santas alegorias, mas porque recebem em toda a plenitude o saber de uma Luz superior
através da contemplação desse Ser Sobreessencial e triplamente luminoso, que está na origem e no princípio de
toda a beleza. Eles têm igualmente o mérito de entrarem em comunhão com Jesus através de uma verdadeira
proximidade, pois tomam parte no conhecimento de Suas operações divinas, uma vez que lhes foi dada no mais alto
grau a capacidade de imitarem a Deus. Eles entram em contato tanto quanto lhes é possível com as virtudes, pelas
quais Ele exerce a Sua ação divina face aos homens e manifesta o Seu amor por eles.

Eles são perfeitos não pela iluminação de uma sabedoria que lhes permitiria analisar a variedade dos santos
mistérios, mas pela plenitude duma deificação, pela ciência superior que possuem na qualidade de mensageiros das
operações divinas. É diretamente de Deus que eles recebem a iniciação sagrada e é graças a esse poder de se
elevarem diretamente até Deus, que eles devem a superioridade sobre todos os outros seres.

Os teólogos mostram claramente que as ordens inferiores das essências celestes aprendem de seus superiores tudo
o que lhes concernem às operações divinas, enquanto que a ordem mais elevada é iniciada por Deus. Eles nos
revelam, que certos anjos são iniciados por aqueles que possuem um nível mais elevado que o seu e que aprendem
através desses, que Deus é o Senhor das potências celestes, o Rei da Glória, que sob a forma humana subiu aos céus.
Outros recebem de Jesus Cristo a sua iniciação sem intermediários, recebendo d’Ele antes de todos os outros a
revelação da obra redentora que Ele levou a cabo por amor aos homens.

"Eu sou (responderá Ele) O que falo a justiça, e venho para defender e salvar" (Is 63:1).

Assim é, tanto quanto eu posso conhecer, essa primeira ordem das essências celestes, aquela que rodeia a Deus e
que se situa na Sua vizinhança, aquela que envolve o Seu perpétuo conhecimento. Ela pode não somente
contemplar, mas ainda receber iluminações e sustentar-se do maná divino.

Digna ao mais alto nível, de entrar em comunhão e em cooperação com Deus, essa primeira ordem assemelha-se
tanto quanto pode à bondade dos poderes e das operações próprias a Deus.

É por isso que a teologia nos transmite os hinos que cantam esses anjos, onde se manifesta o caráter transcendente
da sua sublime iluminação. Se ousarmos utilizar uma imagem terrena, eles se assemelham à voz de uma torrente
tempestuosa quando gritam: "Bendita seja a glória do Senhor, que se vai do seu lugar" (Ez 3:12). Outros anjos
entoam o hino célebre e venerável: "Santo, Santo, Santo, é o Senhor Deus dos exércitos, toda a terra está cheia da
Sua glória" (Is 6:3).

Nessa primeira ordem das essências celestes estão os lugares divinos, onde segundo a expressão das Sagradas
Escrituras a Divindade "repousa". Essa ordem ensina também aos outros anjos que a Divindade é una. Una em Três
Pessoas e que Ela exerce a sua Providência benfeitora desde as essências que vivem no céu até as mais baixas
criaturas terrenas, pois Ela é o Princípio e a Causa de toda a essência e é Ela que envolve o universo inteiro de modo
sobreessencial num abraço irresistível.

Capítulo VIII.

Abordaremos agora a segunda ordem das inteligências celestes iniciando-nos no conhecimento das Dominações,
Virtudes e Potestades.

Cada uma dessas denominações revela a forma própria de cada inteligência angélica de imitar e se configurar a
Deus.

O nome das santas Dominações significa a elevação espiritual livre de qualquer compromisso terreno tal como
convém a uma entidade incorruptível e verdadeiramente livre, tendendo com um firme vigor para o verdadeiro
princípio de toda a Dominação, recebendo ela e os seus subordinados à medida das suas forças a semelhança do
Senhor e participando do princípio constante e divino de toda a Dominação.

No que concerne às santas Potestades o seu nome indica uma certa vigorosidade corajosa em todos os atos pelos
quais se configuram a Deus. Uma vigorosidade que exclui qualquer enfraquecimento de forças no recebimento das
iluminações divinas que lhe é outorgada; uma vigorosidade que se eleva corajosamente até a imitação de Deus e
que não abandona a ascensão à forma divina e cujo olhar permanece rigidamente direcionado para a fonte de toda a
potestade Sobreessencial. Porque essa vigorosidade torna-se imagem da potestade, da qual ela assume a forma,
ligando-se a ela com todas as suas forças para fazer descer sobre as essências inferiores o seu processo dinâmico e
deificante.

O nome das Virtudes indica que ela tem o nível igual das Dominações e Potestades. Ela é disposta harmonicamente e
sem confusão para receber os dons divinos. Ela indica ainda que o poder intelectual que lhe pertence é
perfeitamente ordenado e que longe de abusar do seu poder ela se eleva harmoniosamente para as realidades
divinas, conduzindo na sua bondade as essências inferiores e imitando tanto quanto pode a virtude fundamental,
que é a fonte de toda a virtude sem deixar de difundí-la na medida de sua capacidade.
Eis como a segunda hierarquia das inteligências celestes manifesta a sua identidade com Deus. É assim que ela se
purifica, se ilumina e se aperfeiçoa graças às iluminações divinas que lhe são transmitidas pelos membros da
primeira ordem hierárquica.

Essa tradição, que se transmite regularmente de anjo a anjo, simbolizará a nós essa perfeição que vinda de longe, se
confunde descendo progressivamente do primeiro ao segundo nível. Do mesmo modo, as evidentes perfeições das
realidades divinas são mais perfeitas que as participações nas visões divinas que se fazem através de intermediários.
Assim parece-me que a participação imediata das ordens angélicas que mais se aproximam de Deus é mais clara que
a dos anjos cuja iniciação é mediata. É por isso que segundo os termos consagrados pela nossa tradução as primeiras
inteligências iluminam e purificam as que têm um nível (hierárquico) inferior, de modo que essas últimas elevadas
por intermédio da primeira até o princípio Universal e Sobreessencial tomem parte tanto quanto lhes é possível nas
iluminações e nos aperfeiçoamentos operados por Aquele, que é o princípio de toda a perfeição.

A Lei Universal, pela qual as essências celestes da segunda ordem participam por intermédio das de primeira ordem
nas iluminações divinas, é instituída pelo Princípio Divino.

Deus no Seu amor paternal pelos homens depois de ter corrigido Israel para convertê-lo e reconduzí-lo ao caminho
da salvação, livrou-o em primeiro lugar da barbárie vingativa das nações, a fim de assegurar o aperfeiçoamento aos
homens submetidos a Sua providência e praticou em seguida o ato de libertá-lo de seu cativeiro e de devolvê-lo a
sua antiga felicidade. Como diz as Sagradas Escrituras segundo a visão de um de seus teólogos Zacarias (Zac 1:8-17),
parece ter sido um anjo da primeira ordem, daqueles que vivem junto de Deus, que recebeu do próprio Deus as
palavras consoladoras. Foi enviado ao encontro do primeiro um outro anjo pertencente aos níveis inferiores para
receber e transmitir a iluminação e que uma vez iniciado na vontade divina, confiou ao teólogo a santa nova de que
Jerusalém refloresceria e que multidões de homens a repovoariam.

Um outro teólogo Ezequiel declara que essa lei foi santamente instituída por Deus e que na Sua glória mais elevada
do que qualquer outra, Ele comanda os Querubins.

"Estes são os mesmos animais que eu vi debaixo do Deus de Israel, junto do rio Cobar; e conheci que eram
Querubins" (Ez 10:20).

Deus no Seu amor paternal pelos homens e querendo punir Israel para os ensinar ordenou por um ato de justiça que
os inocentes fossem separados dos responsáveis. É o primeiro dos Querubins que segundo o texto sagrado recebe a
santa ordem e se reveste de um manto que caí até os pés como símbolo da sua função sagrada. Em seguida,
somente o Princípio Divino de toda a ordem prescreve ao primeiro dos anjos que o segredo da decisão divina seja
transmitido àqueles anjos que usam armas destruidoras. Lhe é ordenado ainda que atravesse toda a cidade de
Jerusalém e marque os inocentes nas suas frontes. Aos outros anjos Ele ordena: "Passai pelo meio da cidade,
seguindo-o, e feri: não sejam compassivos os vossos olhos, nem tenhais compaixão alguma. O velho, o jovem e a
donzela, o menino e as mulheres, matai todos, sem que nenhum escape; mas não mateis nenhum daqueles sobre
quem virdes o tau; começai pelo Meu santuário. Começaram, pois pelos anciãos que estavam diante da casa do
Senhor" (Ez 9:5-6).

E que dizer ainda daquele anjo que anunciou a Daniel: "Desde o princípio das tuas preces, foi dada esta ordem, e eu
vim para ta descobrir, porque tu és um varão de desejos; toma, pois, bem sentido no que vou dizer-te e compreende
a visão" (Dan 9:23).

Ou daquele que recebe o fogo do meio dos Querubins: "E (o Senhor) falou ao homem que estava vestido de roupas
de linho, dizendo: Vai ao meio das rodas que estão debaixo dos Querubins, enche a tua mão de carvões ardentes,
que estão entre os Querubins, e espalha-os sobre a cidade..." (Ez 10:2).

E ainda daquele que demonstra mais claramente a boa ordem que preside aos anjos: o Querubim que toma o fogo e
o põe nas mãos daquele que estava vestido de roupas de linho (Ez 10:6-7).
Que dizer igualmente daquele que chamou o divino Gabriel e lhe disse: "Ouvi a voz dum homem no meio de Ulai, o
qual gritou e disse: Gabriel, explica-lhe esta visão" (Dan 8:16).

Ou que dizer enfim de todos os outros exemplos fornecidos pelos santos teólogos?

Capítulo IX.

Falta-me contemplar a terceira ordem que termina a hierarquia angélica e que se compõe de Principados, Arcanjos e
Anjos. Creio que em primeiro lugar é preciso explicar o sentido desses nomes sagrados.

O nome dos Principados celestes significa que eles possuem na ordem sagrada um princípio e uma hegemonia de
forma divina; que eles possuem das potências de comando da mais alta conveniência o poder de se converterem
inteiramente ao Princípio que está acima de todo o princípio e de conduzirem os outros para eles com uma
autoridade primordial e de revelarem o Princípio Sobreessencial de toda a ordem pela harmonia do seu comando.

Os Santos Arcanjos têm o mesmo nível que os Principados celestes e formam uma única hierarquia juntamente com
os Anjos.

A ordem dos Arcanjos, graças ao seu lugar intermediário na hierarquia, participa nos dois extremos uma vez que ela
entra em comunhão com os Principados e com os Anjos. Em um dos extremos ela participa no sentido de sua
conversão ao Princípio Sobreessencial e lhe confere a unidade graças aos poderes invisíveis da harmonização; no
outro extremo ela participa no sentido de também pertencer ao nível dos intérpretes, recebendo hierarquicamente
a iluminação por intermédio das potências do primeiro nível transmitida aos Anjos e por intermédio desses
transmitida a nós na medida em que cada um possa recebê-la através dos segredos divinos.

Como já dissemos, os Anjos terminam e completam a regra das inteligências celestes, porque são eles que possuem
entre elas o mais baixo grau da qualidade angélica e se nós os designamos por anjos é precisamente porque por seu
intermédio se manifesta a sua hierarquia mais claramente aos nossos olhos.

A ordem superior (Tronos, Querubins e Serafins) mais próxima — pela sua dignidade — do Santuário Secreto inicia
misteriosamente a segunda ordem, aquela que se compõe das Dominações, Potestades e Virtudes, que por outro
lado comanda os Principados, Arcanjos e Anjos. A segunda ordem revela os mistérios menos secretamente que a
primeira ordem mas menos abertamente que a última. A função reveladora pertence à ordem dos Principados,
Arcanjos e Anjos. É ela que através dos graus da sua própria ordenação preside as hierarquias humanas, a fim de que
se produzam de modo ordenado a elevação para Deus, a conversão, a comunhão, a união e ao mesmo tempo o
movimento que provem de Deus que gratifica liberalmente todas as hierarquias e dons e as ilumina, fazendo com
que essas hierarquias humanas entrem em comunhão com essa função reveladora. Daí resulta, que a teologia
reserva aos Anjos o cuidado pela nossa hierarquia chamando a Miguel o arconte (magistrado da Grécia antiga) do
povo judeu e aos outros anjos arcontes de outras nações, porque: "Quando o Altíssimo dividiu as nações, quando
separou os filhos de Adão, fixou os limites dos povos segundo os números dos filhos de Israel" (Dt 32:8) (versão dos
70).

Se nos perguntarmos como é que apenas o povo judeu foi elevado às iluminações de origem divina? É necessário
dizer que os anjos preencheram de justiça a sua função de vigilância e não é culpa deles se outras nações se
envolveram no culto de falsos deuses. Foram essas nações, com efeito, que pelos seus próprios movimentos
abandonaram a via da ascensão espiritual para o divino. Foi à medida do seu orgulho e da sua presunção que elas
veneraram os ídolos que lhes pareciam divinos. O povo hebreu testemunha propriamente essa verdade, pois a ele
sucedeu-se o mesmo acidente. Porque as Sagradas Escrituras dizem: "O meu povo calou-se, porque não teve ciência.
Porque tu (ó sacerdote) rejeitaste a ciência, também Eu te rejeitarei a ti" (Os 4:6).

Nem a nossa vida é necessariamente determinada, nem a liberdade dos seres submetidos à Providência das luzes
divinas priva essas luzes do seu poder de iluminação providencial. Mas é a suficiente assimilação das visões — e da
sabedoria que por elas é transmitida — que impede toda a participação nos dons luminosos da bondade paternal e
constitui obstáculo a sua difusão, na medida em que torna as comunicações desiguais, pequenas ou grandes,
obscuras ou claras, enquanto que a Fonte Radiante permanece única e simples sempre idêntica a si própria e
superabundante. É assim mesmo entre as outras nações, nações das quais nós nos elevamos para o oceano
indefinido e generoso dessa Luz Divina, que difunde os Seus dons sobre todos os seres. É para o único Princípio
Universal que os anjos encarregados de cuidar de cada nação elevaram todos aqueles que os quiseram seguir.

Lembremo-nos de Melquisedec que teve em si próprio um grande amor a Deus, do Deus Altíssimo e Verdadeiro. Os
conhecedores da Sabedoria Divina não se contentaram em chamá-lo de amigo de Deus, mas chamaram-no de
Sacerdote para indicar claramente aos homens sensatos que o seu papel não foi somente o de converter-se ao culto
do verdadeiro Deus, mas ainda enquanto grande sacerdote teve a função de conduzir a outros na ascensão
espiritual, a qual leva à Única e Verdadeira Divindade.

"E Melquisedec, rei de Salém, trazendo pão e vinho, porque era sacerdote do Deus Altíssimo" (Gên 14:18).

Não nos esqueçamos do faraó que aprendeu sob a forma de visão de um anjo dedicado ao cuidado dos egípcios
(Gên 41:1-7), tal como do príncipe dos Babilônios que aprendeu através do seu anjo particular; a solicitude do poder
universal (Dan 12). Ministros do verdadeiro Deus, os anjos foram instituídos como condutores dessas nações para
interpretarem as visões enviadas por Deus sob a forma alegórica, por intermédio de homens cuja santidade era
próxima a dos anjos como Daniel e José; porque no Universo há um só Princípio e uma só Providência. Não
poderíamos imaginar que Deus partilhasse o governo do povo judeu com anjos ou falsos deuses. As expressões que
nos poderiam fazer crer nisso, devem ser interpretadas segundo um sentido sagrado. Elas não significam que Deus
tenha partilhado o governo da humanidade, mas sim que neste mundo em que a Providência universal do Altíssimo
tinha confiado para a salvação de todos os povos com anjos encarregados de os conduzir a Ele, foi só Israel que
converteu-se à Luz e confessou o verdadeiro Senhor. Por isso, para mostrar que Israel tinha se devotado ao culto do
verdadeiro Deus as Sagradas Escrituras exprimem-se assim: "A porção, porém, do Senhor é o Seu povo" (Dt 32:9).

Mas para mostrar que um dos anjos foi designado para a função de conduzir esse povo à confissão d’Aquele que é o
Princípio Único e Universal, a teologia relata igualmente que Miguel preside ao governo do povo judeu. "Mas Eu te
anuciarei o que está expresso na Escritura da Verdade; e em todas estas coisas ninguém Me ajuda senão Miguel, que
é o vosso príncipe" (Dan 10:21).

As Sagradas Escrituras nos ensinam assim de modo claro, que não existe mais do que uma só Providência para o
universo inteiro. Providência sobreessencialmente, transcendente a toda a potência visível ou invisível. Na medida
do possível, todos os anjos dedicados a cada nação elevam para essa Providência aqueles que os seguem de bom
grado.

Capítulo X.

Concluamos, portanto, que a ordem mais antiga dentre as inteligências que envolvem Deus, iniciada nos mistérios
pelas iluminações que lhe vêem do próprio Princípio de toda a iluminação, recebe purificação, iluminação e
aperfeiçoamento graças ao Dom das iluminações mais secretas da Divindade.

Depois dessa e proporcionalmente a sua natureza vem a segunda ordem, depois a terceira e por último a hierarquia
humana. Todas as ordens se elevam hierarquicamente para o Princípio fundamental de toda a harmonia. Elas são
reveladoras e mensageiras das que as precedem. Deus as distinguiu segundo os modos de harmoniosa deificação
que convém em particular a cada uma. Os teólogos dizem que os Serafins trocam mútuos clamores mostrando assim
segundo creio e de modo claro, que os primeiros transmitem aos segundos conhecimentos teológicos. "Clamavam
um para o outro e diziam: Santo, Santo, Santo é o Senhor Deus dos exércitos" (Is 6:3).

Capítulo XI.

Uma vez colocada essas questões convem considerar porque razão nos acostumamos a chamar igualmente
"potências celestes" a todas as essências angélicas. Não podemos dizer como o fizemos para o termo Anjo, que a
ordem das Santas Potestades é a última das ordens e que as essências superiores participam na iluminação das
ordens inferiores e que essas últimas não tomam parte na iluminação das primeiras. Tal explicação não justificaria a
extensão do nome de potestades celestes a todas as inteligências divinas dos Serafins, dos Tronos ou das
Dominações em virtude do princípio segundo o qual as ordens inferiores não participam nas propriedades das
superiores. Restariam os Anjos e antes deles os Arcanjos, os Principados e as Virtudes que os teólogos subordinam
às Potestades e que recebem freqüentemente na linguagem comum o nome de potestades ou potências celestes ao
mesmo título que os outros anjos.

Ao usar o nome de potestades para designar todas as essências não introduzimos nenhuma confusão nas
propriedades de cada ordem. No seio de todas as inteligências divinas distinguimos com efeito três qualidades: a
essência, a potência e o ato. Se nos ocorre designá-las indistintamente por essências ou potências celestes importa
considerar que o fazemos por rodeio de palavras e não se trata de atribuir na totalidade às essências subordinadas a
eminente propriedade das santas potestades. Como já foi dito, as ordens superiores possuem as propriedades das
inferiores, porque somente uma parte das iluminações primordiais é transmitida às ordens inferiores à medida de
suas capacidades.

Capítulo XII.

Vejamos um outro problema que é colocado a quem quer que se envolva no estudo escriturístico minucioso: Uma
vez que as últimas ordens não participam inteiramente nas ordens superiores, porque é que os grandes sacerdotes
da hierarquia humana recebem nas Sagradas Escrituras o título de anjos do Senhor Todo Poderoso?

"Porque os lábios dos sacerdotes serão os guardas da ciência; da sua boca se há de aprender a lei, porque ele é o
anjo do Senhor dos exércitos" (Ml 2:7; cf.Apoc 2:1).

Creio que o uso desse termo não contradiz as definições dadas até o momento. Quando se diz que às inteligências
da terceira ordem falta a inteira potência, integral e sublime que pertence às ordens mais antigas, entende-se que
elas participam na medida de suas forças numa comunhão única e universal, harmoniosa e sintética. Assim é, por
exemplo, que se a ordem dos Querubins participa numa sabedoria mais elevada, as legiões formadas de essências
inferiores participam também na sabedoria, mas de forma mais parcial. A participação geral na sabedoria é a
característica comum a todas as inteligências que vivem em conformidade com Deus.

O que não é comum é o caráter mais ou menos imediato e primordial dessa participação, grau que se define para
cada essência na medida de suas próprias capacidades. Essa verdade pode ser aplicada sem risco a todas as
inteligências divinas, porque assim como as primeiras ordens possuem as propriedades de suas subordinadas,
também as últimas possuem as propriedades das suas superiores, não do mesmo modo, mas de modo inferior. Eu
não vejo inconveniente que um grande sacerdote da hierarquia humana seja chamado de anjo pelos teólogos,
porque ele participa segundo a sua própria capacidade no papel de intérprete dos anjos e na medida de suas
possibilidades tende a imitar o seu poder revelador.

Notaremos, que a teologia concede o título de deuses às essências celestes e chama também "deuses" aos homens
que se distinguem pelo seu amor a Deus e pela sua santidade: "Jacó pôs àquele lugar o nome de Fanuel, dizendo: Eu
vi a Deus face a face, e a minha alma foi salva" (Gên 32:30). "E o Senhor disse a Moisés: Eis que Te constituí deus do
faraó, e Arão, teu irmão, será teu profeta" (Êx 7:1). "Eu disse: Sois deuses" (Sl 81:6).

Ora, o mistério divino é transcendente; o seu caráter sobreessencial separa-o de todas as coisas e nenhum ser vivo
merece em propriedade ser nomeado do mesmo modo. Toda a inteligência que tende integralmente ― no máximo
da sua potência ― para a união com Deus e que se eleva incessantemente tanto quanto pode para as iluminações
divinas imitando o próprio Deus, se isso se pode dizer à medida de suas forças, então merece bem o título de divina.

Capítulo XIII.

Prossigamos o nosso caminho e examinemos porque é que se diz que um dos teólogos recebeu a visita de um
Serafim. Notemos que Serafim é um anjo da primeira ordem, das mais antigas essências celestes, o qual desce para
purificar o profeta.

"Voou para mim um dos Serafins, o qual trazia na mão uma brasa viva, que tinha tomado do altar com uma tenaz"
(Is 6:6).

Alguns intérpretes respondem que em virtude da definição já dada aos nomes que se atribuem em comum a todas
as inteligências, as Sagradas Escrituras não afirmam que a inteligência que desce para purificar o teólogo pertence a
essa ordem superior que se situa próxima a Deus, mas que se trata de um dos anjos que nos são designados a título
de ministro sagrado encarregado da purificação do profeta. Seria um desses anjos que teria recebido por
semelhança o nome de Serafim, em virtude da operação que realiza apagando pelo fogo os pecados que as Sagradas
Escrituras enumeram e restabelecendo na obediência de Deus aquele que tinha sido purificado. Assim, segundo esse
estudo minucioso, as Sagradas Escrituras falando simplesmente de Serafim não designam uma dessas inteligências
que se situam nas proximidades de Deus, mas designam outras das potências purificadoras que nos são dedicadas.

Um outro estudioso oferece uma solução referente a isso para nos tirar desse embaraço. Esse grande mensageiro,
que aparece ao teólogo para iniciá-lo nos segredos divinos, "relatou" a Deus e depois à hierarquia primordial a
santidade da sua própria operação purificadora. O estudioso que assim falava, afirmava que a potência divina se
difunde por todo lado e penetra todas as coisas de modo irresistível, permanecendo misteriosa não somente pela
sua total e sobreessencial transcendência, mas ainda pelo mistério pelo qual envolve todas as suas operações
providenciais. Portanto, está claro que a potência divina se revela a quem quer que seja dotado de inteligência e que
esteja à medida de suas capacidades receptoras.

Tendo doado sua própria luz às essências mais antigas, ela usa em seguida o serviço dessas mesmas essências para
transmitir essa mesma luz de modo harmonioso às essências de ordem inferior, segundo a aptidão visionária de cada
ordem. Por outro lado, se preferirmos uma expressão mais clara com imagens mais adequadas temos: a difusão do
raio solar atravessa mais facilmente a primeira matéria que é mais transparente que todas as outras. Através dessa
matéria o seu próprio esplendor brilha de modo mais visível, mas quando se depara com matérias mais opacas a sua
potência de difusão se obscurece, porque as matérias penetradas resistem pela sua própria natureza à passagem da
efusão luminosa e esta resistência aumenta progressivamente ao ponto de quase impedir inteiramente a passagem
do raio luminoso.

Pela mesma razão, o calor do fogo transmite-se melhor nos corpos que são mais aptos a recebê-lo e que pelo seu
movimento interno de ascensão se aproximam mais da sua semelhança, mas logo que se aproxima de substâncias
refratárias a sua chama permanece sem efeito ou pelo menos não deixa mais do que um ligeiro traço. O melhor
ainda é dizer: o fogo não atua sobre substâncias que não têm afinidade com ele a não ser por intermédio de corpos
já familiarizados, de modo a fazer o fogo chegar aos objetos inflamáveis e somente em seguida através deles
aquecer a água ou outra substância rebelde à combustão.

É através dessa lei harmoniosa que rege toda a natureza, que o Princípio maravilhoso de toda a ordem visível e
invisível manifesta originalmente por efusões benfeitoras a chama da sua própria luz às essências superiores, que
por seu intermédio aquelas que vêm depois delas participam na luz divina. Com efeito, essas essências que
confessam Deus em primeiro lugar e que tendem mais que todas as outras para a virtude divina, merecem ser as
primeiras na imitação divina. São elas que na sua bondade distribuem generosamente às ordens inferiores esse
esplendor que as penetra, que por sua vez as distribuem às outras subordinadas. É assim que gradativamente a que
precede, distribui à seguinte a luz divina que ela própria recebeu, a qual se distribui providencialmente sobre todas
as essências à medida das suas capacidades.

Capítulo XIV.

O que significam os números atribuídos tradicionalmente aos anjos.

Mas ainda é conveniente a meus sentidos refletir sobre essa tradição escriturística que atribui aos anjos os números
de mil vezes mil e dez mil vezes dez mil (Daniel 7:10), retornando sobre eles mesmos e multiplicando por eles
mesmos os números mais elevados que nós conhecemos, para nos revelar claramente que o número das legiões
celestes para nós escapa de todas as medidas.

Tal é, com efeito, a multidão desses exércitos bem-aventurados que não são desse mundo, que ela ultrapassa a
ordem débil e restrita de nossos sistemas de numeração material e que só pode ser conhecida e definida pela sua
própria inteligência e sua própria ciência que não são desse mundo, mas que pertencem ao céu e que elas
receberam como dom perfeitamente generoso da Tearquia, pois essa Tearquia conhece o infinito, Ela é a fonte de
toda sabedoria, o princípio comum e supraessencial de toda existência, a causa que dá classificação de essência a
todo ser, a potência que contem e o termo que abarca a totalidade do universo.

Duplo papel das essências celestes,

Capítulo XV.

Quais são as imagens figurativas das potências angélicas: o fogo, a forma humana, os olhos, o nariz, as orelhas, a
boca, o tato, as pálpebras, as sobrancelhas, a flor da idade, os dentes, os ombros, os braços, as mãos, o coração, o
peito, o dorso, os pés, as asas, a nudez, a vestimenta, os véus brilhantes, o manto sacerdotal, os cintos, os bastões,
as lanças, os machados, as correntes, os ventos, as nuvens, o bronze, o âmbar, os coros, os aplausos, as nuanças das
pedras coloridas, a forma de leão, aquela do boi e da águia, os cabelos, os mantos cavalares, os rios, os carros, as
rodas e a alegria que se atribui aos anjos.

Continuando nossa reta eis o que nos resta dizer. O olho de nossa inteligência vai afrouxar, se você vê bem, o
esforço pelo qual ele se ensaiava de maneira angélica nas mais altas visões. Nós vamos descer de novo aos planos da
divisão e da multiplicidade para a diversidade polimórfica das figuras que os anjos assumem. Retornaremos em
seguida aos nossos passos e subiremos das imagens para a simplicidade das essências celestes. Mas saiba
primeiramente (Maurice de Gandillac acrescenta aqui: "somente isso") que as interpretações sagradas das imagens
figurativas revelam às vezes que as mesmas ordens das essências celestes, tanto iniciam quanto são iniciadas, que
aquelas da última ordem iniciam e que aquelas da primeira ordem são iniciadas e que elas possuem todas, como se
diz, potências superiores, médias e inferiores, sem que portanto exegeses (estudos) desse gênero tenham nada de
irracional. Com efeito, pretender que todas juntas, tais ordens sejam iniciadas por aquelas que as precedem e que
essas últimas recebam delas a mesma iniciação, ou ainda, que as superiores iniciando as inferiores, sejam a seguir
iniciadas por aquelas mesmas que elas iniciaram, seria o puro absurdo e a confusão total. Mas afirmando-se que as
mesmas essências iniciam e são iniciadas nós não entendemos por essa afirmação, que elas iniciam as mesmas que
as iniciaram: nós apenas queremos dizer que cada uma delas é iniciada por aquelas que as precedem e que ao
mesmo tempo elas iniciam aquelas que a seguem.

Não há então nenhuma inconveniência em afirmar que as figurações sagradas que as Escrituras nos apresentam,
podem se atribuir às vezes sem modificação, propriamente e verdadeiramente, às vezes às potências primeiras, às
vezes às médias, às vezes às últimas. Por exemplo: o poder de se elevar ao alto por um movimento constante de
conversão, aquele de executar em torno de si próprio uma indefectível revolução conservando suas próprias
potências, o poder de participar na potência providencial comunicando-se processivamente com as ordens
inferiores, tudo isso convem, sem mentir, a todas as essências celestes, a algumas todas as vezes (como se disse
muitas vezes) de modo eminente e total, às outras de modo parcial e inferior.

É necessário que abordemos agora o problema colocado e que comecemos a elucidação das figuras, procurando o
porquê da Teologia, como se pode constatar, situar as alegorias tiradas do fogo quase acima de todas as outras.
Você notará, com efeito, que ela não só nos apresenta rodas de fogo ardente (Dan 7:9), mas ainda animais como
brasas de fogo ardente (Ez 1:13) e homens com semelhança de fogo (Ez 1:27) (Maurice traz "brilhantes como de
fogo"). Ela imagina em volta das essências celestes mãos cheias de brasas acesas (Ez 10:2) e rios de fogo (Dan 7:10).
Ela afirma em outra passagem que os tronos são de chamas de fogo (Dan 7:9) e invoca a etmologia da palavra
serafins para declarar que essas inteligências superiores são incandescentes e para lhes atribuir as propriedades e os
atributos do fogo. No total, quer se trate da alta ou da baixa hierarquia, é sempre para as alegorias tiradas do fogo
que vão suas preferências. Me parece que de fato, é a imagem do fogo que revela melhor o modo pelo qual as
inteligências celestes se conformam a Deus. É por isso que os Santos Teólogos descrevem freqüentemente sob
forma incandescente essa essência suprasubstancial que escapa a toda figuração e é essa forma que fornece mais de
uma imagem visível daquilo que nós ousamos chamar de propriedade teárquica.

O fogo sensível é, por assim dizer, presente em toda parte e ilumina tudo sem se misturar com nada, permanecendo
sempre totalmente separado. Ele brilha com um clarão total e permanece ao mesmo tempo secreto, pois em si ele
permanece desconhecido fora de uma matéria que revele sua operação própria. Não se pode suportar o seu clarão
nem contemplá-lo face a face, mas seu poder se estende por toda parte e de lá onde ele nasce ele tira tudo para si
fazendo dominar (essas duas palavras faltam em Maurice) seu ato próprio. Por essa transmutação ele faz dom de si a
qualquer um que se aproxime por pouco que seja: ele regenera os seres por seu calor vivificante (Maurice traz "por
sua vivificação"), ele os clareia por suas brilhantes iluminações, mas em si, ele permanece puro e sem mistura. Ele
tem o poder de decompor os corpos sem sofrer ele mesmo nenhuma alteração. Ele se agita vivamente. Ele vive nas
alturas, ele escapa a toda atração terrestre, ele se move sem cessar, ele se move por si próprio e ele move os outros.
Seu domínio se estende por toda a parte, mas ele não se deixa prender em lugar algum. Ele não precisa de ninguém.
Ele se aumenta insensivelmente, manifestando sua grandeza em toda matéria que o acolhe. Ele é ativo, poderoso,
invisível e presente por toda a parte. Negligenciado, ele parece que não existe. Mas, sob o efeito dessa fricção que é
como uma oração, ele aparece bruscamente com todas as suas qualidades; logo se o ve tomar um voo irresistível e é
sem perder nada de si que ele se comunica jubilosamente em torno de si. Encontraremos ainda, mais uma
propriedade do fogo que se aplica como uma imagem sensível às operações da Tearquia. Os conhecedores da
Sabedoria Divina o sabem bem já que atribuem figuras incandescentes às essências celestes, revelando assim que
formas elas assumem e tanto quanto lhes é possível, a semelhança de Deus.

Mas eles usam também para os figurar alegorias antropomórficas, porque o homem possui uma inteligência; porque
ele é capaz de olhar para o alto; porque ele se mantem firme e direito; porque sua natureza é aquela de um príncipe
e de um chefe; porque se é verdade que no plano sensível os animais desprovidos de razão tem maiores poderes
que os do homem, no entanto, é ele que domina todos pelo entendimento de sua potência intelectual, pela
soberania de seu poder racional, pelo caráter naturalmente livre e independente da sua alma.

Quer me parecer ainda mais, que cada parte do corpo humano pode nos fornecer muitas imagens que se aplicam
perfeitamente (essas seis últimas palavras faltam em Maurice) às potências celestes. Pode-se dizer que as faculdades
visuais significam sua tendência a se elevar, em plena claridade, para as Luzes Divinas assim como a maneira pela
qual elas recebem impassivelmente as iluminações teárquicas com toda simplicidade "ternamente", com
flexibilidade, sem resistência, em um voo rápido e puro. O discernimento dos odores significa o poder de agarrar ao
máximo as suaves emanações que ultrapassam a inteligência, de discernir da ciência segura seus contrários e deles
fugir absolutamente. O ouvido significa o poder de participar na inspiração teárquica e dela tirar o saber que ela
contem. O paladar significa a plenitude dos alimentos intelectuais e a arte de se abeberar (matar a sede) na
fecundidade dos canais divinos; o tato, a arte de distinguir seguramente o útil do nocivo; as pálpebras e as
sobrancelhas, o cuidado com o qual elas conservam as visões intelectuais de Deus; a adolescência e a juventude a
constante floração das potências vitais; os dentes, a perfeição com a qual eles dividem o alimento que eles recebem,
pois cada essência intelectual tendo recebido de uma essência mais divina, em dom, a intelecção unitiva, a divide e a
multiplica providencialmente para elevar espiritualmente tanto quanto possa a essência inferior (daquela que ela é
encarregada).

As espáduas (ombros), os braços e as mãos, representam o poder de fazer, de agir, de operar; o coração é o símbolo
de uma vida conforme a Deus e que espalha em sua bondade sua própria potência vital sobre os seres submetidos a
sua Providência; o peito revela a muralha inexpugnável (segura) ao abrigo da qual um coração generoso espalha
seus dons vivificantes; o dorso (costa) figura a reunião de todas as potências que engenharam a vida; os pés, o
caráter móvel e rápido desse curso perpétuo que os conduz para as realidades divinas. É por isso que as alegorias
divinas colocam asas nos pés das santas inteligências, pois as asas significam uma rápida elevação espiritual, uma
elevação celeste, uma progressão para o alto, uma ascensão que libera a alma de toda baixeza; A ligeireza das asas
simbolizam a ausência de toda atração terrestre, o impulso total e puro, isento de todo peso, para os cimos; o corpo
e os pés nús significam desembaraço, liberação, independência, purificação relativamente a toda suprafluidez
exterior, assimilação máxima à divina simplicidade.

Mas como a sabedoria, toda junta una e variada, veste sua nudez e as representa como portadoras de
equipamentos, é necessário explicar agora, tanto quanto pudermos, as santas vestimentas e os instrumentos
sagrados que se atribuem às inteligências celestes.

Eu penso que a toga luminosa e incandescente significa a forma divina; segundo o simbolismo do fogo, essa potência
de iluminação que elas extraem da morada celeste que lhes foi determinada e que é o próprio lugar da luz; enfim o
caráter totalmente inteligível da iluminação delas e totalmente intelectual da visão delas. A toga pontifical significa o
poder de se elevar espiritualmente até os espetáculos divinos e místicos e aí consagrar uma vida inteira. Os cinturões
significam o cuidado com o qual elas conservam suas potências genéticas; o poder que elas tem de se recolher, de
unificar suas potências mentais reentrando nelas mesmas, e se dobrando novamente harmoniosamente (Maurice
traz "facilmente") sobre si no círculo indefectível (infalível) da própria identidade delas.

As varas representam o poder real, a soberanidade, a retitude com a qual elas conduzem todas as coisas a seu
acabamento; as lanças e os machados, sua arte de discriminar o que é estrangeiro, a sutileza, a atividade e a eficácia
de suas potências de análise; os equipamentos dos geometras e dos arquitetos, seu poder de fazer fundação, de
edificar e de acabar, e em geral, tudo que concerne à elevação espiritual e a conversão providencial de seus
subordinados. Acontece também às vezes, que os instrumentos com os quais os representamos simbolizam os
julgamentos de Deus à respeito dos homens, uns representando as correções disciplinares ou os castigos merecidos,
outros representando o socorro divino em circunstâncias difíceis "nos incêndios", o fim da disciplina ou o retorno a
anterior felicidade, ou ainda o dom de novos benefícios, pequenos ou grandes, sensíveis ou intelectuais. Em suma,
uma inteligência perspicaz não ficaria embaraçada em fazer corresponder os sinais visíveis às realidades invisíveis.

Acrescentemos, que os chamamos ventos, para mostrar a rapidez com a qual elas agitam por toda parte de maneira
quase instantânea, o vai-e-vem do alto para baixo e de baixo para o alto, pelo que elas elevam suas subordinadas até
o cimo mais alto e pelo que elas inclinam suas superiores a descer processivamente para se comunicarem com as
essências inferiores e exercer a Providência delas para com essas últimas. Poder-se-ia dizer também que o nome de
vento, que significa um espírito aéreo, revela a maneira pela qual as inteligências divinas vivem em conformidade
com Deus; pois esse nome contem a imagem e a marca da atividade teárquica (como foi mostrado mais
explicitamente na Teologia Simbólica dando a exegese dos quatros elementos) graças a seu movimento natural e
vivificante, graças a indomável impetuosidade de sua marcha adiante, graças ao mistério para nós incognoscível
(desconhecido) dos princípios e dos fins de seu movimento: "não sabes, (diz a Escritura) donde vem, nem para onde
vai" (Jo 3:8).

Mas, a Escritura as representa também sob a forma de nuvens (Ez 10:4) para significar assim que as santas
inteligências contêm de um modo que não é daqui de baixo, a plenitude da luz secreta; que tendo recebido em
primeira mão e sem orgulho excessivo a efusão primordial dessa luz, elas a transmitem a suas subordinadas em
segunda mão e de modo generoso tanto quanto essas últimas possam receber; enfim elas possuem uma
fecundidade que doa a vida e que faz crescer os seres e que os aperfeiçoa derramando sobre eles a chuva da
inteligência, e chamando por chuvaradas fecundantes para partos vivificantes o seio que as recebeu.

Se a teologia atribui além disso às essências celestes a forma do cobre e do âmbar e aquela das pedras multicores (Ez
8:2; 40:3; Apoc 21:19-20), é porque o âmbar que reune em si as formas do ouro e da prata simboliza por sua vez a
pureza incorruptível, inesgotável, indefectível (infalível) e intangível que pertencem ao ouro e o clarão luminoso,
brilhante e celeste que pertencem à prata. Quanto ao cobre pelas razões que foram ditas ele lembra seja o ouro seja
o fogo. E no que concerne às formas multicores das pedras crê-se que elas representam no branco, a luz; no
vermelho, o fogo (1da pág.seg.) (essas quatro palavras faltam em Maurice); no amarelo, o ouro; no verde, o apogeu
da juventude. Para cada espécie você encontrará assim um ensinamento espiritual na exegese simbólica das
imagens que ela representa.

A figura do leão (Ez 1:10; Apoc 4:7) deve revelar esse esforço soberano, veemente, indomável, pelo qual as essências
celestes imitam tanto quanto elas podem o mistério da inefável (encantadora) Tearquia, envolvendo
intelectualmente os traços desse mistério, disfarçando-os modesta e misticamente sobre a via sobre a qual a
iluminação divina as eleva.

A figura do boi (Ez 1:10; Apoc 4:7) marca a força e a potência, o poder de escavar sulcos intelectuais para receber as
fecundas chuvas do céu, enquanto os chifres (essas 4 palavras faltam em Maurice) simbolizam a força conservadora
e invencível.

A figura da águia (Ez 1:10; Apoc 4:7) indica a realeza, a tendência aos cumes, o voo rápido, a agilidade, a prontidão, a
engenhosidade em descobrir os alimentos fortificantes, o vigor de um olhar estendido livremente, diretamente e
sem desvio para a contemplação desses raios, dos quais a generosidade do Sol teárquico multiplica-os.

A figura do cavalo (Apoc 6:2-8) significa a obediência e a docilidade. Se eles são brancos, essa limpidez tão próxima
quanto possível da luz divina; se eles são baios (castanho ou amarelo torrado), o caráter misterioso; se eles são de
uma cor entre o branco, o amarelo e a camurça, o poder do fogo e sua eficácia; se eles são pretos com o dorso
tendendo ao azul escuro e o baixo dorso tendendo ao branco, a síntese dos opostos e o poder de passar de um ao
outro, essa adaptação dos superiores aos inferiores e dos inferiores aos superiores que nasce da conversão de uns e
do cuidado providencial dos outros.

Se nós não tivéssemos o desígnio (intenção) de conservar nesse tratado proporções harmoniosas, nós poderíamos
considerar cada parte dos animais que acabamos de citar, todos os detalhes de sua estrutura física e nós não
estaríamos errados de aplicar esses detalhes às potências celestes segundo o procedimento das imagens diferentes
(da pág.seg.; ver todo o cap.II). É assim que, para quem quer se elevar do sensível ao espiritual as faculdades
irascíveis (iradas) desses animais ensinam essa virilidade da inteligência, da qual a cólera é o último eco; suas
faculdades concuspiscentes (desejo de bens ou gozo material) ensinam o desejo amoroso que provam os anjos à
volta de Deus; mais sinteticamente todas as sensações das bestas privadas de razão e a multiplicidade de suas partes
ensinam as intelecções imateriais das essências celestes e suas potências sem diversidade. Mas para quem sabe
raciocinar, esses exemplos bastam; dizendo melhor, a exegese de uma só dessas imagens paradoxais esclarece por
analogia todos os símbolos do mesmo tipo.

É necessário examinar ainda o que significa a aplicação alegórica às essências celestes dos nomes de rios, de rodas e
de carros (Dan 7:10; Ez 10:2; 2Rs 2:11). Os rios de fogo significam esses canais teárquicos que generosamente não
cessam de escoar seus fluxos sobre as essências celestes e que conservam assim sua vivificante fecundidade. Os
carros significam essa comunidade que se liga ao mesmo varão do carro (nota do tradutor: entenda-se os carros da
época como carroças) essências de nível igual. Quanto às rodas aladas que avançam sem desvio nem inclinação, elas
significam o poder de rolar de maneira reta, em linha reta sobre a via reta e sem desvio, graças a uma rotação
perfeita que não pertence a esse mundo. Mas a alegoria sagrada das rodas da inteligência se presta ainda a uma
outra exegese que corresponde a um outro ensinamento espiritual. Como diz, com efeito, o teólogo, deu-se a elas o
nome de galga que em hebreu significa ao mesmo tempo revolução e revelação (Ez 10:13). Essas rodas inflamadas e
que recebem a forma divina tem o poder de rolar sobre elas mesmas, porque elas se movem perpetuamente em
torno do imutável bem; elas têm também o poder de revelar, pois elas iniciam nos mistérios; e elas elevam
espiritualmente as inteligências de baixo, ao mesmo tempo que fazem descer as iluminações mais elevadas até as
mais humildes.

Resta-nos explicar o que as Escrituras entendem quando elas falam da alegria das ordens celestes (Lc 15:10). Essas
ordens, com efeito, não saberiam de maneira nenhuma sentir as volúpias apaixonadas que os homens conhecem. O
que se quer dizer por conseqüência é que elas participam da alegria divina por ocasião do retorno de pecadores: elas
experimentam uma felicidade calma e verdadeiramente divina, uma felicidade boa e sem inveja ao vigiar
providencialmente e ao salvar aqueles que se convertem a Deus; uma alegria inefável (encantadora), a qual adveio
com freqüência também a homens santos graças as visitações deificantes das iluminações divinas.

Tais são minhas explicações concernentes às alegorias sagradas. Se elas estão distantes de revelar exatamente as
iluminações, elas ao menos economizarão, eu penso, a humilhação de nos prendermos ao caráter imaginativo
desses símbolos. Mas se nos reprovassem o fato de não termos feito menção a todas as potências, a todos os atos, a
todas as alegorias que as Escrituras contêm relativamente ao anjos, nós teríamos o direito de justificar algumas de
nossas omissões reconhecendo que nós ignoramos a ciência das realidades que não são desse mundo e que para nos
conduzir a essa ciência nos fizeram falta as luzes de um iniciador. Quanto a outras omissões concernentes a questões
análogas àquelas que nos tratamos, elas se explicam pelo duplo cuidado de não estender nosso tratado para outras
medidas e respeitar o nosso silêncio a respeito de mistérios que nos ultrapassam.

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El sentido espiritual (II)


«… llamamos tipo o modelo a las razones creadoras de las cosas, y preexisten en la simplicidad de la esencia divina.
La Escritura las llama predestinaciones y voluntades santas y buenas, que constituyen y realizan a los seres, y según
los cuales la soberana potencia determina y produce todo lo que es. Entonces, cuando el filósofo Clemente, adelanta
que los tipos o modelos no son otra cosa más que lo que se concibe de más noble en las criaturas, no da a la palabra
su propio valor, riguroso y natural; y admitiendo que ese lenguaje fuese exacto, aún habría que entenderlo en el
sentido de los santos oráculos, donde se dice que las criaturas no nos son reveladas para que las adoremos, sino para
que, por el conocimiento que nos vendrá de ellas, seamos elevados, según la medida de nuestra fuerzas, hasta la
causa universal. Todas las cosas deben ser atribuidas a Dios, sin alteración de su simplicidad inefable. Pues comunica
primero la existencia, primer don de su bondad creadora; luego penetra en todas las cosas y las llena de las riquezas
del ser, y se regocija en sus obras. Pero todo preexistía en él en el misterio de una simplicidad transcendental que
excluye toda cualidad; y todo está igualmente contenido en el seno de su inmensidad indivisible, y todo participa en
su unidad fecunda como una sola y misma voz puede alcanzar a la vez varios oídos.» (Los Nombres Divinos, Dionisio
el Areopagita).

Iluminación
Hemos dicho religiosamente que nuestra jerarquía tiene como objeto hacer que logremos la mayor semejanza y
unión con Dios, Pero la Sagrada Escritura nos enseña que lo conseguiremos sólo mediante la fiel observancia de los
mandamientos divinos y las prácticas piadosas.

“Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará y vendremos a él en él haremos morada”(Jn 14,23)
¿Cual es, pues, el punto de partida para la práctica devota de los mandamientos divinos? Es este: Preparar nuestras
almas para oír la palabra sagrada, acogiéndola con la mejor disposición posible; estar abierto a la actuación de Dios;
desear el camino que nos lleva hasta la herencia que nos aguarda en el Cielo y recibir nuestra divinísima regeneración
sagrada.

Como ha dicho nuestro ilustre maestro, en plano intelectual es ante todo el amor de Dios lo que nos mueve hacia lo
divino. Realmente, el primer impulso de este amor es poner en práctica los mandamientos divinos manifiesta de
manera inefable nuestra existencia divina. Divinizarse es nacer Dios en nosotros. Nadie podría entender y menos
practicar las virtudes recibidas de Dios si no hubiese ya comenzado a estar en Dios. En el plano humano, ¿no
necesitamos existir antes que actúen las potencias? Lo que no existe, ni se mueve ni siquiera comienza a existir. Sólo
lo que de alguna manera tiene existencia produce o recibe la acción conforme a su modo de ser. Me parece que esto
es evidente. (Pseudo Dionisio Areopagita. La Jerarquía Eclesiástica. Cap II)

Dionisio Carta I

Dionísio o Areopagita — Cartas

Tradução de Antonio Carneiro

Carta I

(pag. 383 BAC)

Ao monge Gayo1
1065 A A luz faz invisível a Treva2. Quanto mais luz haja, menos visível é a treva. Os conhecimentos fazem invisível
a ciência do não saber. Tanto menos visível quanto mais sejam os conhecimentos. Não consideres o não saber como
privação, mas sim como transcendência. Então poderás dizer com toda verdade que isto é o mais certo. Nem
a luz física nem os conhecimentos das coisas alcançam a compreender a ciência secreta do não saber ante Deus. Sua
treva transcendente se oculta de toda luz, é inacessível a todo conhecimento. Se alguém, vendo a Deus, compreende
o que vê, não é Deus3 a quem viu, mas sim algo cognoscível de seu entorno. Porque Ele ultrapassa todo ser e
conhecer. Seu Ser está mais além de todo ser. A mente não alcança conhecer-lhe. Negando-lhe, pois
a existência como a nossa, negando que nosso conhecimento lhe conhece, este perfeito não saber, no melhor
sentido, é conhecer 1065 B àquele que está mais além de quanto se possa conhecer.

Tradução espanhola de Josep Soler, feita do grego (Migne), cotejando com versões espanholas, francesas e inglesas

Epístola 1

A CAIO, TERAPEUTA4

Las tinieblas son destruidas por la luz, y especialmente, por una luz abundante: los conocimientos destruyen
la ignorancia, especialmente los conocimientos amplios. Esto lo considerarás en sentido superlativo y no privativo,
enunciándolo como algo más allá de cualquier verdad, diciendo que la verdadera luz no es vista por los que la
poseen y que aquella ignorancia que es según Dios, se oscurece por causa del conocimiento de las cosas;
y tinieblas sobreeminentes son encubiertas por cualquier clase de luz y eclipsan todos los conocimientos.

Y si alguien, viendo a Dios, comprende aquello que ve, no es a Él mismo a Quien ve, sino alguna cosa de las que son
suyas y que pueden ser conocidas por nosotros; Él mismo, sin embargo, siempre permanece por sobre
la inteligencia y la sustancia, y existe más allá de la sustancia y es conocido (sólo) más allá de la mente en cuanto
(existe) como negación del conocimiento y de la esencia (en cuanto es desconocido y no existe).

Y esta perfectísima ignorancia — en el recto sentido de la palabra — (constituye) la ciencia de Aquel que está más
allá de todas las cosas que caen bajo (el objeto del) conocimiento.

NOTAS

1. Gayo ou Cayo foi um companheiro de São Paulo ( Rm 16,23; 1 Cor1, 14; At 10,20; 20,14). Ao "amado Gayo" está
dirigida a terceira carta de São João, que tem algo de parecido com esta do Areopagita. A "Gayo" estão dirigidas
estas quatro primeiras cartas. este marco apostólico serve de paralelo à ficção do Pseudo-Dionísio. A ficção não é
muito exata, porque os monges não são da era apostólica, mas sim do século IV em diante.

2. Comumente dizemos que a luz dissipa as trevas. "As trevas se tornam invisíveis com a luz" tem uma força
ideológica muito própria do Areopagita. Porque para ele a treva é supra-luz, como se as luzes naturais
fossem trevas para a luz sobrenatural; os sentidos e o entendimento ficam deslumbrados, enceguecidos, pela
luminosidade divina do "Raio das trevas" que descreve o Areopagita no primeiro capítulo da Teologia mística.
A luz do sol nos impede de ver as estrelas; de noite, quando o céu está negro, vemos muito mais longe: vemos as
estrelas. pelo demais, filologicamente o adjetivo grego ajanese o verbo ajanixein podem facilitar-nos também esta
versão, ainda que comumente os tradutores vão pelo outro sentido corrente na linguagem popular.

3. Vide 3 Jo 11; Jo 1,18; CH 2.140 D; 4.180 C ( CH : Celeste Hierarquia)

4. ...los monjes... por ello, nuestros piadosos maestros han dado a estos hombres el nombre ya de terapeutas — o
dedicados al culto — , ya de monjes... (Jerarquía Eclesiástica, VI, parte 1.a, párrafo 3.°). therapeutas — monje,
servidor (v. therapeia). Vid.: Dictionnaire de Spiritualité, III, col. 271.

Secreto, sigilo y prudencia.


Ojalá me sea concedido esto, y tú amigo Teófilo, con un continuo ejercicio de la contemplación mística abandona las
sensaciones y las potencias intelectivas, todo lo sensible e inteligible y todo lo que es lo que no es, y, en la medida
posible, dejando tu entender esfuérzate por subir a unirte con aquel que está más allá de todo ser y conocer. En
efecto, si te enajenas puramente de ti mismo y de todas las cosas con enajenación libre y absoluta, habiendo dejado
todo y libre de todo serás elevado hasta el rayo supraesencial de las divinas tinieblas.

Pero procura que no escuche estas cosas ningún profano; me refiero a quienes se contentan con los seres y no se
imaginan que hay algo superior supraesencialmente a los seres, sino que creen que con su razón natural pueden
conocer al que puso «la oscuridad por tienda suya» (Sal 17,12). Y si la iniciación en los misterios divinos les supera a
éstos, ¿qué podríamos decir de los que son aún más ignorantes, aquellos que describen a la Causa suprema de todos
los seres valiéndose de los seres más bajos que existen, y afirman que Ella no es superior en nada a los impíos y
multiformes ídolos que ellos se inventan? (Pseudo Dionisio Areopagita. Teología Mística)

Iluminación
Hemos dicho religiosamente que nuestra jerarquía tiene como objeto hacer que logremos la mayor semejanza y
unión con Dios, Pero la Sagrada Escritura nos enseña que lo conseguiremos sólo mediante la fiel observancia de los
mandamientos divinos y las prácticas piadosas.

“Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará y vendremos a él en él haremos morada”(Jn 14,23)
¿Cual es, pues, el punto de partida para la práctica devota de los mandamientos divinos? Es este: Preparar nuestras
almas para oír la palabra sagrada, acogiéndola con la mejor disposición posible; estar abierto a la actuación de Dios;
desear el camino que nos lleva hasta la herencia que nos aguarda en el Cielo y recibir nuestra divinísima regeneración
sagrada.

Como ha dicho nuestro ilustre maestro, en plano intelectual es ante todo el amor de Dios lo que nos mueve hacia lo
divino. Realmente, el primer impulso de este amor es poner en práctica los mandamientos divinos manifiesta de
manera inefable nuestra existencia divina. Divinizarse es nacer Dios en nosotros. Nadie podría entender y menos
practicar las virtudes recibidas de Dios si no hubiese ya comenzado a estar en Dios. En el plano humano, ¿no
necesitamos existir antes que actúen las potencias? Lo que no existe, ni se mueve ni siquiera comienza a existir. Sólo
lo que de alguna manera tiene existencia produce o recibe la acción conforme a su modo de ser. Me parece que esto
es evidente. (Pseudo Dionisio Areopagita. La Jerarquía Eclesiástica. Cap II)

El sentido espiritual (II)


«… llamamos tipo o modelo a las razones creadoras de las cosas, y preexisten en la simplicidad de la esencia divina.
La Escritura las llama predestinaciones y voluntades santas y buenas, que constituyen y realizan a los seres, y según
los cuales la soberana potencia determina y produce todo lo que es. Entonces, cuando el filósofo Clemente, adelanta
que los tipos o modelos no son otra cosa más que lo que se concibe de más noble en las criaturas, no da a la palabra
su propio valor, riguroso y natural; y admitiendo que ese lenguaje fuese exacto, aún habría que entenderlo en el
sentido de los santos oráculos, donde se dice que las criaturas no nos son reveladas para que las adoremos, sino para
que, por el conocimiento que nos vendrá de ellas, seamos elevados, según la medida de nuestra fuerzas, hasta la
causa universal. Todas las cosas deben ser atribuidas a Dios, sin alteración de su simplicidad inefable. Pues comunica
primero la existencia, primer don de su bondad creadora; luego penetra en todas las cosas y las llena de las riquezas
del ser, y se regocija en sus obras. Pero todo preexistía en él en el misterio de una simplicidad transcendental que
excluye toda cualidad; y todo está igualmente contenido en el seno de su inmensidad indivisible, y todo participa en
su unidad fecunda como una sola y misma voz puede alcanzar a la vez varios oídos.» (Los Nombres Divinos, Dionisio
el Areopagita).