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Impactos negativos del consumo, en el

medio ambiente
Humberto Tobón y Tobón
www.humbertotobon.blogspot.com/

El nivel, la intensidad y la calidad del consumo inciden negativamente sobre el


medio ambiente, ya que presionan la sobreexplotación de los recursos, agotan las
materias primas y generan una cantidad cada vez mayor de residuos sólidos, cuyo
tratamiento se dificulta por la utilización de elementos de tardía descomposición,
degradando el suelo y las fuentes subterráneas de agua por los lixiviados, así como
a la atmósfera por los malos olores que produce la acumulación de gases, las
quemas y las descargas de CO2 provenientes de las fuentes móviles y fijas.

El consumo se ve presionado inicialmente por las necesidades de supervivencia de


la población. Por lo tanto, el crecimiento poblacional es fuente contaminadora y
depredadora, pues ante más habitantes se consumen más recursos y se eliminan
más residuos. El hecho de que la población mundial se haya triplicado en los
últimos 80 años, implicó cambios sustanciales en los sistemas productivos,
teniéndose que introducir la biotecnología y la manipulación genética para ofrecer
respuestas en términos de tiempo y cantidad de alimentos al creciente número de
personas. Sin embargo, esos indudables avances científicos crean ambientes
naturales dañinos, que le están restando capacidad regenerativa a la tierra,
empobreciendo los suelos y acabando con gran parte de la diversidad alimenticia.

La gran paradoja surge del hecho que a pesar de los excepcionales avances en
producción de alimentos, cerca de 1.000 millones de personas que viven en la
indigencia y que habitan básicamente los países más pobres no tienen acceso a la
comida, lo que deja al descubierto un problema aterrador: hay alimentos pero no
una racional distribución, lo cual se debe analizar como un fenómeno cargado de
implicaciones políticas y económicas. Las propias organizaciones mundiales
relacionadas con los temas alimenticios, aceptan que cerca del 17 por ciento de la
comida se pierde por mala manipulación y por deformaciones en el mercado,
cantidad suficiente para evitar que hubiese hambre en el planeta.

El mayor nivel de consumo se concentra en el 25 por ciento de la población


mundial, que mayoritariamente vive en las naciones más ricas. La capacidad de
compra de estas sociedades son las que han motivado la individualización, la
diferenciación y la exclusión. Las teorías relacionadas con las tendencias
consumistas de las elites han impulsado no sólo el surgimiento de exclusivas
agrupaciones sociales sino avances tecnológicos sin precedentes en alimentos,
empaques, vestidos, electrodomésticos, sistemas satelitales, muebles, materiales
de construcción, etc., casi todos muy agresivos y desafiantes con la capacidad de
absorción de la naturaleza.

La realidad también muestra que el 58 por ciento de personas tienen un nivel


medio de consumo de artículos que le brindan satisfacciones a sus necesidades
básicas, sin acercarse a las ostentosas cifras de los más ricos. Mayoritariamente
este grupo vive en las naciones subdesarrolladas, cuyos principales activos tienen
que ver con la producción y provisión de materias primas, especialmente
biomasicas. La mayoría de sus residuos son dañinos para el entorno natural.

El desaforado aumento de consumidores (ostentosos o no) genera impactantes


cifras de residuos, cuya gestión aun se enfrenta a dificultades técnicas y operativas
que la ciencia no ha sido capaz de solucionar y frente a las cuales los gobiernos son
totalmente ineficientes. Si se parte del hecho que hay una generación de basura
diaria per cápita de 300 gramos (incluyendo en el cálculo de la media a una sexta
parte de la población hambrienta) se producen en el mundo 1.8 millones de
toneladas métricas de residuos, de las cuales son recuperables para que reingresen
al sistema productivo poco menos del 15 por ciento. Ahí está de cuerpo presente
uno de los más graves problemas de la actualidad: ¿qué hacer con semejante cifra
diaria de residuos? Algunas propuestas se dirigen a disminuir el nivel de consumo,
a evitar la producción de artículos que no se degradan, a reducir los envases y
artículos desechables, y a aplicar altos impuestos para productos que requieran
reposición como baterías, aceites y llantas.

* Economista y Comunicador Social, con estudios de especialización en Medio


Ambiente, Finanzas Privadas y Ciencias Políticas