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PROGRAM OR BE PROGRAMMED

(PROGRAMA O SERÁS PROGRAMADO)


REVISIÓN CRÍTICA

Dolors Reig, El caparazón

Palabras clave: internet, tecnología, programación, libertad, humanidad, evolución, social, peligros,
sesgos, neutralidad tecnológica, defensa, filosofía, ética, sociedad digital, autenticidad, apertura,
compartir, complejidad, personalización, deslocalización, temporalidad, neutralidad tecnológica
PROGRAM OR BE PROGRAMMED, Revisión crítica

El libro es, desde el primer momento, una llamada de atención, en medio de lo que su autor, analista ya
antiguo del cambio de paradigma, denomina “tsunami” digital.

Su tesis básica sería la siguiente: así como cuando el ser humano inventó el lenguaje aprendimos a leer y pero
también a hablar y escribir, en la nueva realidad digital debemos aprender no sólo cómo usar los programas
sino también cómo crearlos.

Aprender a programar es ganarse el acceso al panel de control de la civilización, decidir dejar de hacerlo
puede ser lo último que decidamos.

Ingenioso pero demasiado conservador en ocasiones, el libro nos alerta acerca de la ausencia de neutralidad
tecnológica, de diez condicionantes o sesgos a los que nos somete el cambio. Propone finalmente actitudes
de defensa a adoptar en consecuencia.

Comienza describiendo aspectos del cambio de paradigma: aumento de las oportunidades de colaboración,
pensamiento compartido, extensión de la conciencia individual hacia la colectiva, etc.… Cita como aspectos
concretos el comercio o la educación, tratando el tan nombrado aspecto en la literatura actual de la
temática del “multitasking” (multitarea), destacando los aspectos negativos de la dificultad infantil en
mantener el foco de atención de forma sostenida.

También trata durante la introducción (y curiosamente deja de tratar durante el resto de las páginas) el
problema de la privacidad. En términos del autor la vida interior ha sido, desde su descubrimiento y realce
durante el renacimiento, hipervalorada. Las tecnologías y su orientación a lo colectivo, a la actividad
“extrahumana”, incomoda el aspecto firmemente instalado en nuestra cultura de la privacidad.

Menciona también, creo que de forma casual, sin mención explícita a autores y en otros términos (los tópicos
surgen de forma un poco anárquica) un tema de actualidad, el que lanzaba Malcolm Gladwell recientemente
sobre si era efectivo, trascendente, importante el activismo que se desarrolla en las redes sociales. Rushkoff
destaca, en este sentido, el cambio de la política hacia lo autoreferencial (los blogs políticos son ejemplo
claro de ello).

Las campañas exclusivas online son, en sus términos, sustitutos de la acción.

Destaca otras características negativas de internet (lo distraído frente a lo enfocado, lo automático frente a lo
considerado, lo contrario sobre lo compasivo) y termina atacando el mito de la inteligencia colectiva, aunque
de forma algo contradictoria, al reconocer el carácter revolucionario que pueden tener los medios para los
que tienen acceso a ellos.

A largo plazo cada revolución en los medios ofrece a la gente una nueva perspectiva a través de la cual
referirse al mundo. El lenguaje llevó al aprendizaje compartido, la experiencia acumulada y la posibilidad de
progreso, el alfabeto a la “accountability”, el pensamiento abstracto, el monoteísmo y la ley contractual. La
prensa escrita llevó a una nueva experiencia de la individualidad, una relación personal con Dios, la reforma
protestante, los derechos humanos, la iluminación.
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Y sigue con la alerta: nos maravillamos con la tecnología, no con las personas, No celebramos, no idolatramos
a las estrellas, los seres humanos que eran protagonistas de la radio, la televisión, sino que estamos
mesmerizados por la propia tecnología. De forma tan contundente como esta: estamos optimizando a los
humanos para las máquinas, no lo contrario y deseable: optimizando las máquinas para mejorar la
humanidad. Pone como ejemplo Google, cómo selecciona lo que es relevante, cómo y porqué toma
decisiones y manifiesta su inquietud por el obscurantismo de la compañía, el secreto de sus algoritmos.

Veamos uno a uno sesgos y precauciones:

1. NO ESTÉS SIEMPRE ON
Ceros y unos, decisiones sucesivas, simultáneas, pero no el tiempo, mueven los ordenadores. Todo lo que
hacemos online se ve sesgado, en positivo o negativo, de esta ausencia de tiempo de lo computacional.

En otras palabras los seres humanos y las tecnologías vivimos tiempos distintos. Si unimos nuestros cuerpos,
nuestras mentes basadas en el tiempo a tecnologías predispuestas contra el mismo, terminamos
separándonos de nuestra propia naturaleza, de los ritmos, ciclos y continuidad de la que depende nuestra
integridad, nuestra coherencia.

Douglas rememora, destaca las virtudes de la web asíncrona. Recuerda cómo cosas como el mail, los foros,
significaron en otros tiempos espacios de reflexión, de parada del estrés cotidiano.

Destaca la interactividad de la web, cómo es consistente con el deseo de romper los patrones exclusivamente
temporales. El primer mecanismo interactivo fue el mando a distancia, que nos permitió deconstruir la
narrativa de un show de un más susceptible de ser molesto anuncio. También el vídeo (VCR, DVD), que da un
paso más y permite hacer pause, rebobinar, pasar adelante, etc…

"Mashups", copy paste, remixes, se originan en la misma necesidad de interactividad, en la necesidad de


pausar, reflejar, rehacer en la era digital.

Conforme las conexiones de internet se hacen más rápidas, más libres, más intensas, somos más proclives a
adoptar una aproximación “siempre on” a los medios.

La consecuencia de todo ello es el estrés, la fatiga mental que antes solo afectaba a determinadas
profesiones, como los controladores aéreos y operadores de 911 y hoy nos afecta a todos.

Rushkoff reconoce en este capítulo la neuroplasticidad, la capacidad de adaptarnos cerebralmente a todo


ello, pero insiste en los problemas: Estamos usando nuestros cerebros menos como discos duros y más como
procesadores, poniendo nuestros recursos mentales en un modo RAM. Y ocurre porque los procesos
implicados en buscar un doctor, un amigo, trazar una ruta son reemplazados por máquinas que pueden
incluso hacerlo mejor.
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El precio a pagar es depender cada vez más de la tecnología, estar “always on”.

Aunque la idea es ingeniosa creo que es falaz si consideramos el carácter actual de la web como “Real Time
web”. El pasado, incluso el “adn” de la web pudo ser todo lo atemporal que describe Rushkof pero hoy,
contra sus propios argumentos, herramientas como twitter o protocolos cada vez más instantáneos y
continuos demuestran que la tecnología ha conseguido adaptarse a los patrones de tiempo humanos.

2. LUGAR
Las redes digitales son tecnologías para la descentralización, cambiando de algún modo intimidad por
distancia. Son, en otros términos, muy potentes para la comunicación de larga distancia pero no se pensaron
para lo local, lo que tenemos inmediatamente delante.

El peligro está en olvidar, por culpa de la deslocalización, los problemas locales.

No es un problema exclusivo de los nuevos medios: los medios de masas favorecieron la producción de
masas y el marketing de masas más que la producción local y las relaciones con la comunidad.

Rushkoff vuelve a realizar, en mi opinión, una afirmación arriesgada, sin aportar demasiada o ninguna
evidencia: Cuanto más conectados nos sentimos en espacios digitales, menos en los reales.

Además de caer en cierta mitificación de la relación geográficamente próxima, vuelve a obviar la parte
positiva de todo ello. El mismo tema podría ser visto en positivo, como independencia del lugar a favor de
otras características tanto o más importantes. Así ocurre en el caso de autores como Christakis en
Conectados o Anderson en La Larga Cola que nos dirían que el carácter distribuido de las redes aumenta
nuestras posibilidades de elección del entorno social, de satisfacción de nuestros intereses.

En el mismo sentido su crítica final a los alumnos físicamente próximos que interactúan en Second Life, olvida
que el aparente sinsentido puede responder a las posibilidades aumentadas de colaboración, las nuevas
formas de comunicación que posibilita la interacción entre avatares.
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3. ELECCIÓN

En el ámbito digital todo es opcional. El medio está sesgado hacia lo discreto, forzando elecciones aunque no
sean necesarias.

Una vez más, lo que otros autores, como Bilton, describen como tendencia web hacia la personalización y
valoran positivamente, Rushkoff lo negativiza, lo vincula a la recogida de datos por parte de empresas
interesadas y nos recomienda directamente “no elegir”.

Más opciones puede significar para Rushkoff, no más libertad, autonomía, autodeterminación, democracia,
sino menor implicación, menor libertad, más control.

Nuestras elecciones hacen el mundo más estrecho, la infinidad de posibilidades se pierde, disminuye
enormemente si las traducimos al código binario.

Habíamos leído, en definitiva, críticas a la personalización en términos de homofilia, del peligro de quedarnos
encerrados en “me-esferas”. La crítica de Rushkoff, en cambio, no es demasiado elaborada pero no deja de
ser nueva.

Una alternativa, una forma de protegernos del sesgo de elección, algo más elaborado que “no elegir”, sería
elegir sistemas basados en el etiquetado. No profundiza en este punto, el de las folcsonomías, que podría ser
el más elaborado e interesante de este apartado.

4. COMPLEJIDAD: NUNCA TIENES TODA LA RAZÓN EN LO


DIGITAL.

La abstracción conlleva el riesgo de la sobresimplificación. Incluso puede provocar falta de compromiso,


polarizándonos en campos opuestos, incapaces de reconocer valores compartidos o de lidiar con la paradoja.

Buscamos respuestas a partir de simples términos de búsqueda, perdiendo de vista a veces que las
herramientas digitales modelan, imitan, pero no sustituyen la realidad. Conociendo el sesgo de lo digital
hacia la reducción de la complejidad, ganamos conciencia de que en internet interactuamos con caricaturas,
no con el mundo real.

Reconoce la democratización, el fin de los monopolios por parte de Universidades, Prensa, los antiguos
garantes del conocimiento, pero también alerta del peligro de basar nuestro juicio en datos aislados, sin
contexto. Como veríamos, ganamos en datos pero perdemos en procesos.

Aunque resulta interesante la posibilidad de interdisciplinariedad que la red conlleva, Rushkoff defiende el
clásico modo de funcionar de la academia, de las disciplinas científicas, su profesionalidad.
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Leer se convierte en el contexto actual en un proceso de eliminación de información más que de


“engagement”, de implicación profunda con lo leído. Las competencias importantes son de filtrado, de cómo
no saber, ignorar el ruido, lo que no es necesario saber.

En este punto da un paso más allá: estamos creando modelos virtuales cada vez más fieles a la realidad
mientras permitimos el deterioro de nuestra percepción, cada vez menos necesaria. (¿No hablábamos de
modelos sobresimplificados? Creo que aquí hay otra contradicción)

Anticipa antes de finalizar este punto otra posible crítica y él mismo reconoce que no se trata de un problema
exclusivo de lo digital. Tampoco un mapa, reconoce, reemplaza, por muy interactivo y detallado que sea, el
territorio. Añadiría que lo digital, incluso, puede ser más rico que cualquier tecnología anterior para
representar la realidad.

5. ESCALA: UN SOLO TAMAÑO NO SIRVE PARA TODO.

Todo escala en la web. El sesgo tecnológico es en este caso hacia la abstracción, hacia la ocurrencia de todo a
un nivel universal. La escalabilidad no es una opción, se convierte en una necesidad para cualquier negocio,
solo los negocios o ideas capaces de funcionar a ese nivel pueden triunfar.

Jerarquías, "marquismo", son garantía de credibilidad a ese nivel abstracto. El éxito resulta de convertirse en
marca, en símbolo universal, incluso en ámbitos como el del activismo. Así, a ese nivel abstracto, el activismo
digital no se conforma con hacer cambiar el mundo real sino que pretende construir sitios que resuelvan los
problemas de todo el mundo, ser “el” lugar único en el que ocurre la conversación sobre sus objetos.

Una vez más podríamos objetar que todos los medios pueden ser susceptibles del sesgo.

Douglas no es del todo negativo en este punto: el tema de lo global, de lo abstracto, de lo puro puede ser, en
sus términos, “bonito e inspirador”. Así como las fotografías de obras de arte aportaban valor a los
originales, motivaban, aumentaban el interés, para Walter Benjamin, de la visita al museo, lo digital puede
inspirar la implicación en algo real y particular. Quizás el mismo argumento debería ser válido para sus
críticas a la abstracción o la deslocalización.

Los siguientes puntos se prestan menos a controversia.


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6. SE TÚ MISMO:
Nuestra experiencia digital es externa, fuera del cuerpo. El riesgo es de despersonalización y el antídoto,
resistir la tentación del anonimato. Aunque los estudios demuestre que nos “encariñamos”, llegamos a
sentirnos identificados con nuestros pseudónimos o avatares cuanto más tiempo los usamos online,
debemos resistir y ser nosotros mismos.

Combate el mito de la tolerancia a la diversidad en la red. Toleramos en mayor medida al diferente porque
hemos asumido que no es como nosotros, pero no porque superemos ningún prejuicio, simplemente porque
no vemos a la persona.

Llega a hablar de síndrome de Asperger, de dependencia de lo verbal sobre lo visual, de la tendencia de los
internautas a tener poco en cuenta las claves sociales y la expresión facial, la aparente falta de empatía y
dificultad para el contacto visual que ocurren cuando pasamos demasiado tiempo conectados.

Solamente el 7% de la comunicación es verbal. Tono, volumen, etc.. ocupan el 38% y los movimientos del
cuerpo o la expresión facial el 55. La experiencia online solo permitiría interactuar con ese 7% de
comunicación incompleta.

No están claros, sin embargo, según la investigación, otros argumentos que aporta, como que las neuronas
espejo no se activen online o que los niveles de dopamina tampoco varíen en la experiencia cibernética de
cosas que la alteran “en la vida real”.

Investigadores como Paul Zak, de hecho, afirmarían lo contrario, que las redes sociales liberan los mismos
niveles de oxitocina, la denominada “hormona de la empatía”, que otras situaciones sociales offline.

En el mismo sentido de supuesta deshumanización en las redes Rushkoff cita la investigación de Sherry
Turkle, que muestra cómo los adolescentes no suelen pedir disculpas online o la observación que ella misma
realiza sobre los efectos de la descorporeización, que lleva a comportamientos exhibicionistas
compensatorios.

Reconoce, sin embargo, que también ocurren en lo virtual comportamientos auténticos, civismo, integridad
de nuestra autoexpresión, que provocan actitudes más abiertas en nuestra sociedad, así como mayor
“empoderamiento” para todos.
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7. SOCIAL
A pesar de las muchas tendencias de deshumanización citadas hasta este punto los medios digitales todavía
tienen un sesgo hacia lo social. El sesgo es hacia el contacto con otra gente, no hacia el contenido ni el
dinero. Es, para Rushkoff, la característica más importante y que mayor bien puede hacer a la humanidad, de
la red.

Evidentemente hay negocio, pero lo importante (como también recordaba el Cluetrain Manifesto) son las
conversaciones. El contacto y no el contenido es el rey. Transparencia, conversaciones acerca de lo que
hacemos y de lo bien que lo hacemos, son recomendaciones de comportamiento en los social media.

La verdadera forma de ser social en este contexto no es acumular amigos o followers, sino que se hagan
amigos entre ellos, creando una cultura compartida.

A un nivel más abstracto, como organismos sociales nos enredamos hacia niveles más elevados de
organización.

8. AUTENTICIDAD, DECIR LA VERDAD

La red está sesgada hacia la ficción. La única opción posible y una de las claves del éxito, para la viralización
de cualquier mensaje en la comunicación online es decir la verdad.

Es en cierto modo lo que ocurre con los “reality” incluso a niveles de morbo desagradables. Triunfan las
verdades. Tener una verdad que contar, ser excelentes en nuestros productos y decirlo abiertamente
(Groundswell también nos hablaba de ello), son elementos importantes en la nueva Economía P2P.

Repite la nueva interactividad de los medios. Ante un público que puede interactuar, viralizar mensajes que
contradigan cualquier “mandamiento broadcástico” (en mis términos, Douglas no lo expresa así), no es fácil
para las empresas mantener una orientación mitológica de la publicidad.

Estamos en un nuevo “bazar” y los que tienen éxito en el bazar son los tienen un mensaje auténtico, cierto,
que vale la pena escuchar.
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9. APERTURA: COMPARTE, NO ROBES


Las redes digitales se crearon con el propósito de compartir recursos computacionales.

La tecnología sesga en favor de la apertura, de compartir. Douglas describe este importante aspecto, la
tradición freeware y shareware de internet, con motivaciones lejanas al dinero, como el reconocimiento
social, la diversión, el orgullo.

Es un sesgo que sigue vivo, a pesar de que algunos roben y saquen partido del trabajo ajeno.

Collage, Dadaísmo, descifraron códigos ocultos en los medios tradicionales y los convirtieron en la estética
dominante. La cultura del mashup hace algo parecido.

Rushkoff apuesta por ello y explica porqué, moralmente no vulneramos este tipo de reglas. Lo que nos frena
en este caso no es la ley, es el contrato social, la justicia social como un sentimiento tradicional,
profundamente arraigado en la cultura humana.

Enlaza con ideas que hemos leído antes en Anderson, concretamente en Free. ¿Porqué debería pagar algo
que es abundante por naturaleza en el nuevo ecosistema (lo digital) con un dinero que es escaso por
naturaleza?

El problema está en que mientras el espacio digital está sesgado hacia compartir, nuestro sistema económico
no. Estamos intentando operar una economía digital del siglo veintiuno en un sistema operativo propio del
siglo trece y basado en la imprenta, lo cual resulta imposible.

El dinero alternativo que propone Alan Greenspan o las licencias creative commons de Lawrence Lessig son
posibles alternativas.

10. PROPÓSITO

La tecnología digital es programada, lo cual genera un sesgo hacia aquellos con capacidad para programar.
Debemos aprender a escribir software o nos convertiremos nosotros mismos en software, es la tesis última y
central del libro.

Compara en este sentido la educación de los niños en occidente y la que reciben en países como China o Irán,
que incluyen la programación en los sistemas educativos.
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En cuestiones de ciberseguridad incluso les enseñan criptografía. Según fuentes de las fuerzas armadas
estadounidense, en una sola generación nos habrán superado en ese aspecto. Y no solo a nivel militar: el
ejemplo sirve como indicador de las carencias que puede sufrir nuestra competitividad general, también
económica.

Anticipa la crítica evidente: tampoco es necesario conocer el mecanismo que hace correr un coche para
conducirlo. No creo que la resuelva con argumentos cuantitativos: es mucho más el tiempo que pasamos con
los móviles o el ordenador, son cuestiones mucho más importantes en nuestras vidas.

El libro termina añadiendo intencionalidad, a modo de teoría conspiratoria, a todo ello: Internet nació
amenazando muchos sectores importantes en nuestra sociedad: los mass media, la educación, la industria,
etc… No era bueno para el negocio, así que la actitud fue crear interfaces más complejas, hacer el sistema
más opaco para el usuario final, similar a la televisión.
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CONCLUSIONES:

Rushkoff lleva al extremo algo que no deja de ser cierto: el futuro, la futura neutralidad de la red (o su
muerte, que leímos pronosticada hace unos meses), la medida en que puede servir como instrumento de
liberación más que de control social, dependerá de la formación de sus usuarios.

Plantea, sin embargo, sin argumentos demasiado convincentes, un extremo casi absurdo, dado que no es
posible llegar a dominar todos los lenguajes de programación de la web en la medida necesaria para
hacernos libres. Somos conscientes, por el contrario, de la programación “moral” o ética de muchos entornos
sin necesidad de conocer una línea de código.

Dolors Reig Hernández, El caparazón: http://www.dreig.eu/caparazon


Sobre el libro de Douglas Rushkoff http://rushkoff.com/books/program-or-be-programmed