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Santa Clara de Assis

Santa Clara (1193-1252)

monja franciscana

Carta a Inês de Praga, 3-14

A ÚNICA COISA NECESSÁRIA


Dou graças ao Autor da graça, Àquele de quem provém todo o bem e toda a perfeição, por te ter ornado com tantas
virtudes e dotado de tantas perfeições, por te teres tornado imitadora atenta e perfeita do Pai que é perfeito, a
ponto de os seus olhos não conseguirem discernir em ti imperfeição alguma. Ei-la, esta perfeição que, no palácio dos
céus, selará a tua união com o próprio Rei, que tem a sua sede na glória, num trono estrelado; e esta perfeição
consistiu, no teu caso, em desprezar as grandezas de um reino terreno; em julgar indigna, por comparação, a
proposta de casamento com o imperador; em praticar a santíssima pobreza e, com o impulso do teu amor e da tua
humildade, seguir as pegadas daquele para cujas núpcias mereceste ser convidada. Sei que estás adornada de
virtudes, mas não quero importunar-te sobrecarregando-te com louvores supérfluos, ainda que, para ti, nada seja
supérfluo se puderes retirar disso alguma consolação. Ora, uma vez que uma só coisa é necessária (cf Lc 10,42),
limitar-me-ei a ela, exortando-te, por amor Àquele a quem te ofereceste como hóstia santa e agradável: lembra-te
da tua vocação e, qual segunda Raquel, tem sempre na memória os princípios de base que te fazem agir: guarda
cuidadosamente aquilo que adquiriste; faz bem aquilo que fazes; nunca recues; pelo contrário, apressa-te e corre
com passo ligeiro, sem tropeçares nas pedras do caminho, sem sequer levantares a poeira que te mancharia os pés;
avança confiante, alegre e jubilosa. Mas segue com precaução pelo caminho da felicidade, sem te fiares nem te
entregares a quem queira desviar-te da tua vocação, entravar-te o caminho e impedir-te de seres fiel ao Altíssimo no
estado de perfeição para o qual o Espírito do Senhor te chamou.

Santa Clara (1193-1252)

monja franciscana

Carta 2 a Santa Inés de Praga, 3-14 (trad. Escritos de Santa Clara de Asís – Directorio franciscano)

LA ÚNICA COSA NECESARIA

Doy gracias al espléndido dispensador de la gracia, de quien sabemos que procede toda dádiva óptima y todo don
perfecto, porque te ha adornado con tantos títulos de virtud y te ha hecho brillar con las insignias de tanta
perfección, para que, convertida en diligente imitadora del Padre perfecto, merezcas llegar a ser perfecta, a fin de
que sus ojos no vean en ti nada imperfecto. Ésta es la perfección por la que el mismo Rey te asociará a sí en el
tálamo celestial, donde se asienta glorioso en el solio de estrellas, porque, menospreciando las grandezas de un
reino terrenal y estimando poco dignas las ofertas de un matrimonio imperial, convertida en émula de la santísima
pobreza en espíritu de gran humildad y de ardentísima caridad, te has adherido a las huellas de Aquel a quien has
merecido unirte en matrimonio. Como he sabido que estás colmada de virtudes, renuncio a ser prolija en la
expresión y no quiero cargarte de palabras superfluas, aunque a ti no te parezca superfluo nada que pueda
proporcionarte algún consuelo. Sin embargo, porque una sola cosa es necesaria (cf. Lc 10,42), ésta sola te suplico y
aconsejo por amor de Aquel a quien te ofreciste como hostia santa y agradable (cf. Rom 12,1): que acordándote de
tu propósito, como otra Raquel (cf. Gén 29,16), y viendo siempre tu punto de partida, retengas lo que tienes, hagas
lo que haces, y no lo dejes, sino que, con andar apresurado, con paso ligero, sin que tropiecen tus pies, para que tus
pasos no recojan siquiera el polvo, segura, gozosa y alegre, marcha con prudencia por el camino de la felicidad, no
creyendo ni consintiendo a nadie que quiera apartarte de este propósito o que te ponga algún obstáculo en el
camino para que no cumplas tus votos al Altísimo en aquella perfección a la que te ha llamado el Espíritu del Señor.

Santa Clara (1193-1252)

monja franciscana

Carta 3 a Santa Inés de Praga, 18-26 (trad. Escritos de Santa Clara de Asís – Directorio franciscano)
LA MORADA DE DIO
Adhiérete a su Madre dulcísima, que engendró tal Hijo, a quien los cielos no podían contener, y ella, sin embargo, lo
acogió en el pequeño claustro de su sagrado útero y lo llevó en su seno de doncella. ¿Quién no aborrecerá las
insidias del enemigo del género humano, el cual, mediante el fausto de glorias momentáneas y falaces, trata de
reducir a la nada lo que es mayor que el cielo? En efecto, resulta evidente que, por la gracia de Dios, la más digna de
las criaturas, el alma del hombre fiel, es mayor que el cielo, ya que los cielos y las demás criaturas no pueden
contener al Creador, y sola el alma fiel es su morada y su sede, y esto solamente por la caridad, de la que carecen los
impíos, como dice la Verdad: El que me ama, será amado por mi Padre, y yo lo amaré, y vendremos a él, y
moraremos en él (Jn 14,21.23). Por consiguiente, así como la gloriosa Virgen de las vírgenes lo llevó materialmente,
así también tú, siguiendo sus huellas, ante todo las de la humildad y pobreza, siempre puedes, sin duda alguna,
llevarlo espiritualmente en tu cuerpo casto y virginal, conteniendo a Aquel que os contiene a ti y a todas las cosas,
poseyendo aquello que, incluso en comparación con las demás posesiones de este mundo, que son pasajeras,
poseerás más fuertemente.

Santa Clara (1193-1252)

monja franciscana

Carta 1 a Santa Inés de Praga, 25-29 (trad. Escritos de Santa Clara de Asís – Directorio franciscano; rev.)

ELIJAD LA PUERTA ESTRECHA


Creo firmemente que vos sabíais que el Señor no da ni promete el reino de los cielos sino a los pobres (cf. Mt 5,3),
porque cuando se ama una cosa temporal, se pierde el fruto de la caridad. No se puede servir a Dios y al dinero,
porque o se ama a uno y se aborrece al otro, o se servirá a uno y se despreciará al otro; y que un hombre vestido no
puede luchar con otro desnudo, porque es más pronto derribado al suelo el que tiene de donde ser asido; y que no
se puede permanecer glorioso en el siglo y luego reinar allá con Cristo; y que antes podrá pasar un camello por el ojo
de una aguja, que subir un rico al reino de los cielos (cf. Mt 19,24). Por eso vos os habéis despojado de los vestidos,
esto es, de las riquezas temporales, a fin de evitar absolutamente sucumbir en el combate, para que podáis entrar
en el reino de los cielos por el camino estrecho y la puerta angosta (cf. Mt 7,13-14).

Santa Clara (1193-1252)

monja franciscana

Carta 2 a Santa Inés de Praga, 18-23 (trad. Escritos de Santa Clara de Asís – Directorio franciscano; rev.)

MIRA A CRISTO POBRE


Abrázate a Cristo pobre. Míralo hecho despreciable por ti y síguelo, hecha tú despreciable por Él en este mundo.
Mira atentamente, considera, contempla, deseando imitarlo, a tu Esposo, el más hermoso de los hijos de los
hombres, que, por tu salvación, se ha hecho el más vil de los hombres, despreciado, golpeado y flagelado de
múltiples formas en todo su cuerpo, muriendo en medio de las mismas angustias de la cruz. Si sufres con Él, reinarás
con Él; si lloras con Él, gozarás con Él; si mueres con Él en la cruz de la tribulación, poseerás con Él las mansiones
celestes en el esplendor de los santos, y tu nombre será inscrito en el libro de la vida, y será glorioso entre los
hombres. Por lo cual, participarás para siempre y por los siglos de los siglos, de la gloria del reino celestial a cambio
de las cosas terrenas y transitorias, de los bienes eternos a cambio de los perecederos, y vivirás por los siglos de los
siglos.

Santa Clara (1193-1252)

monja franciscana

3.ª carta a Inês de Praga, 18-26

MORADA DE DEUS
Agarra-te a esta doce Mãe que trouxe ao mundo o Filho que os céus não tinham capacidade para conter; mas Ela
conteve-O no pequeno claustro do seu ventre, e trouxe-O no seu seio virginal. Quem deixaria de se afastar com
horror do inimigo do género humano e de todas as suas ciladas? Ele agita diante dos nossos olhos o prestígio de
glórias efémeras e enganosas, esforçando-se por reduzir a nada aquilo que é maior que o céu. Porque a alma de um
fiel, que é a mais digna de todas as criaturas, torna-se evidentemente, pela graça de Deus, maior que o céu: pois só
ela se torna morada desse Criador que os céus imensos e todas as outras criaturas não são capazes de conter. Para
tal, basta que possua aquilo que os ímpios recusam: a caridade. Dá testemunho disso mesmo Aquele que é a própria
verdade: «Quem Me tiver amor será amado por meu Pai, e Eu o amarei [...], e Nós viremos a ele e nele faremos
morada» (Jo 14,21.23). Assim, pois, como a gloriosa Virgem das virgens O trouxe materialmente no seu seio, assim
também tu O podes trazer sempre, de forma espiritual no teu corpo casto e virginal, se seguires as suas pegadas, em
especial a sua humildade e a sua pobreza; poderás conter em ti o céu que te contém, a ti e a todo o universo; possuí-
Lo-ás de forma bem mais real e mais concreta do que poderias possuir os bens perecíveis deste mundo.

Santa Clara (1193-1252)

monja franciscana

Carta a Inês de Praga, 25-29

ESCOLHER A PORTA ESTREITA


Estou certa de que sabeis que o Reino dos Céus não foi prometido nem é dado pelo Senhor senão aos pobres (cf Mt
5,3), porque quando nos prendemos a uma coisa cá de baixo, perdemos o fruto da caridade. Não podemos servir, ao
mesmo tempo, a Deus e a Mámon, porque, ou um deles é amado e o outro detestado, ou um deles é servido e o
outro desprezado; um homem vestido não consegue lutar contra um adversário nu, porque este pode agarrar-lhe as
vestes e vencê-lo sem demora; não podemos ter a esperança de viver com brilho neste mundo e reinar com Cristo
no outro; mais depressa um camelo passará pelo fundo de uma agulha que um rico passará pela porta do Céu (cf Mt
19,24). Foi por isso que rejeitastes essas vestes que são as riquezas temporais, a fim de não serdes vencida na luta, e
escolhestes o caminho inclinado e a porta estreita, a fim de poderdes entrar no Reino dos Céus (cf Mt 7,13-14).

Da Carta a Santa Inês de Praga, de Santa Clara, virgem (Edit. I.


Omaechevaria, Escritos de Santa Clara, Madrid 1970, pp. 339-341)
(Séc.XIII)
Contempla a pobreza, a humildade e a caridade de Cristo

          "Feliz a quem foi dado participar do sagrado convívio, de forma a aderir com todas as veras do coração àquele
cuja beleza as santas multidões dos céus admiram sem cessar. Sua ternura comove; sua contemplação fortalece; sua
benignidade cumula, sua suavidade satisfaz, sua lembrança ilumina docemente, seu odor revitaliza os mortos, e a
sua gloriosa visão encherá de gozo os habitantes da Jerusalém do alto. Ele é o esplendor da eterna glória, fulgor da
luz eterna,  espelho sem defeito (Sb 7,26). Olha todos os dias neste espelho, ó rainha, esposa de Jesus Cristo, e
contempla sempre nele tua face. Assim te adornarás toda inteira, por dentro e por fora, coberta envolta de
brocados, enfeitada com as vestes e as flores de todas as virtudes, como convém à filha e esposa castíssima do sumo
Rei. Neste espelho refulgem a ditosa pobreza, a santa humildade e a indizível caridade, como poderás contemplar,
pela graça de Deus, no espelho todo.

        Quero dizer: vê no começo do espelho a pobreza daquele que foi posto no presépio, envolto em faixas. Ó
admirável humildade, ó estupenda pobreza! O rei dos anjos, o Senhor do céu e da terra é deitado numa
manjedoura! No centro do espelho, considera a humildade, quando não a ditosa pobreza, os inúmeros sofrimentos e
penas que suportou pela redenção do gênero humano. No fim desse espelho, contempla a indizível caridade que o
levou a sofrer no lenho da cruz e nele morrer a mais ignominiosa das mortes. Este espelho, posto no lenho da cruz,
aos que passavam para ver estas coisas, advertia: Ó vós todos que passais pelo caminho, olhai e vede se  há dor igual
à minha dor (Lm 1,12). Respondamos, então, numa só voz, num só espírito ao que clama e se queixa: Lembro-me
intensamente e dentro de mim meu coração definha  (Lm 3,20). Assim te inflamarás cada vez mais fortemente
comeste ardor de caridade, ó rainha do rei celeste.

      Contemplando, depois, suas inexprimíveis delícias, riquezas e honras perpétuas, suspirando pela veemência do
desejo do coração e do amor, exclames: Atrai-me, e correremos atrás de ti  ao odor de teus perfumes (Ct 1,3 Vulg.), ó
esposo celeste. Correrei sem parar, até que me introduzas em tua adega, teu braço esquerdo ampare minha cabeça
e tua direita me abrace feliz e que me beijes com teu ósculo de suprema felicidade (cf. Ct 2,4.6). Entregue a
esta contemplação, não te esqueças desta pobrezinha, tua mãe, pois sabes estar indelevelmente gravada tua suave
lembrança nas tábuas de meu coração e que para mim és a mais querida de todas."

Frases de Santa Clara de Assis


“Nunca perca de vista o seu ponto de partida.”

“Jesus é a Ponte entre Aquele que tudo pode e as criaturas que de tudo precisam. Seja você também uma ponte que
liga os que tem de sobra, com aqueles que sentem falta de tanta coisa.”

“O silêncio é a linguagem de quem ama; é melhor que a palavra humana renuncie e se exprima com afeto.”

“Somente a alma, na sua linguagem silenciosa, consegue fazer o que sentimos.”

Santa Clara 

«Mestre, seguir-Te-ei para onde quer que fores»

Comentário do dia 
Santa Clara (1193-1252), monja franciscana 
1ª carta a Inês de Praga, §§15-23 (a partir da trad. Vorreux rev.; cf. SC 325)
«Mestre, seguir-Te-ei para onde quer que fores»

Bem aventurada a pobreza, que prodigaliza riquezas eternas aos que a amam e abraçam! Santa pobreza – aos que a
possuem e desejam, Deus promete certamente o Reino dos céus e dá a glória eterna e uma vida feliz. Querida
pobreza, que o Senhor Jesus Cristo preferiu a qualquer outra coisa, Ele que reinava e que reina sobre o céu e a terra,
«Ele disse e tudo foi feito» (Sl 32, 9). Efectivamente, Ele disse: «As raposas têm as suas tocas e as aves do céu os seus
ninhos, mas o Filho do Homem [ou seja, Cristo] não tem onde reclinar a cabeça.» Por fim, quando reclinou a Sua
cabeça [sobre a cruz], entregou o espírito (Jo 19, 30).

Dado que tão grande Senhor quis descer ao seio da Virgem, dado que quis aparecer ao mundo desprezado,
indigente e pobre para que os homens, indigentes, pobres e esfomeados de alimento celestial, com Ele se tornassem
ricos entrando na posse do Reino dos céus, exultai de alegria. Congratulai-vos com grande felicidade e alegria
espiritual. Se preferis o despeito às honras, e a pobreza às riquezas deste mundo, se confiais os vossos tesouros não
à terra mas ao céu, «onde a traça e a ferrugem não corroem e onde os ladrões não arrombam nem furtam» (Mt 6,
20), «grande será a vossa recompensa no Céu» (Mt 5, 12).

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Santa Clara (1193-1252), monja franciscana, cofundadora Clarisas 
1ª Carta a Inés de Praga, §15-23

«Maestro, te seguiré dondequiera que vayas»

     ¡Bienaventurada pobreza, que prodiga riquezas eternas a los que la aman y la abrazan! ¡Santa pobreza! A aquellos
que la poseen, y la desean Dios promete, con seguridad,  el Reino de los cielos que dan la gloria eterna y la vida
bienaventurada. Estimada pobreza, que el Señor Jesucristo se ha dignado preferir a toda otra cosa, él que reinaba y
reina en el cielo y en la tierra y «por su palabra todo se ha hecho» (Sal 32, 9). En efecto, dice: «los zorros tienen su
madriguera y su nido los pájaros del cielo, pero el Hijo del hombre (es decir, Cristo) no ha encontrado donde reclinar
su cabeza». Cuando, en fin, ha dejado reclinar su cabeza [sobre la cruz], ha entregado el espíritu. (Jn 19,30).
     Puesto que un tan gran Señor ha querido descender al seno de la Virgen, puesto que ha querido presentarse al
mundo despreciado, indigente y pobre, a fin de que los hombres indigentes, pobres y hambrientos de manjar
celestial, lleguen a ser ricos en él entrando en posesión del Reino de los cielos, exultad de gozo. Regocijaos con gran
felicidad y alegría espiritual. Si preferís el desprecio antes que los honores, y la pobreza antes que las riquezas de
este mundo, si no confiáis vuestros tesoros a la tierra sino al cielo, donde «no hay polilla ni carcoma que los roan, ni
ladrones que abran boquetes y roben» (Mt 6,20), «vuestra recompensa será grande en el cielo» (Mt 5,12).

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Santa Clara 

“Mestre, seguir-te-ei para onde quer que vás”

Comentário do dia 
Santa Clara (1193-1252), monja franciscana 
I Carta a Inês de Praga, § 15-23
“Mestre, seguir-te-ei para onde quer que vás”

Bem-aventurada pobreza, que prodigaliza riquezas eternas aos que a amam e a abraçam! Santa pobreza – a quantos
a possuem e a desejam, promete Deus seguramente o Reino dos céus, a glória eterna e a vida feliz. Querida pobreza,
que o Senhor Jesus Cristo Se dignou preferir a tudo o resto, Ele que reinava e reina sobre o céu e a terra, Ele que
“falou e as coisas existiram” (Sl 32, 9). “As raposas têm as suas tocas”, diz Ele, “e as aves dos céus os seus ninhos,
mas o Filho do Homem”, isto é, Cristo, “não tem onde reclinar a cabeça.” Quando finalmente deixou repousar a
cabeça sobre a cruz, entregou o espírito (Jo, 19, 30).

Dado que Senhor tão grandioso quis descer ao seio da Virgem, dado que quis aparecer ao mundo desprezado,
indigente e pobre, a fim de que os homens, indigentes, pobres e famintos de alimento celeste, se tornassem ricos
nele, entrando no posse do Reino dos céus, exultai de alegria. Regozijai-vos com grande felicidade e alegria
espiritual. Se preferis o desprezo às honras, e a pobreza às riquezas deste mundo, se confiais os vossos tesouros, não
à terra mas ao céu, onde a ferrugem os não corrói, nem “a traça os destrói, nem os ladrões arrombam os muros, a
fim de os roubar” (Mt 6, 20), “será grande a vossa recompensa nos céus” (Mt 5, 12).

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Santa Clara (1193-1252), monja franciscana, cofundadora Clarisas 
1ª carta a Inés de Praga, §15-23

“Maestro, te seguiré dondequiera que vayas”

     ¡Bienaventurada pobreza, que prodiga riquezas eternas a los que la aman y la abrazan! ¡Santa pobreza! A aquellos
que la poseen, y la desean Dios promete, con seguridad,  el Reino de los cielos que dan la gloria eterna y la vida
bienaventurada. Estimada pobreza, que el Señor Jesucristo se ha dignado preferir a toda otra cosa, él que reinaba y
reina en el cielo y en la tierra y “por su palabra todo se ha hecho” (Sal 32, 9). En efecto, dice: “los zorros tienen su
madriguera y su nido los pájaros del cielo, pero el Hijo del hombre (es decir, Cristo) no ha encontrado donde reclinar
su cabeza”. Cuando, en fin, ha dejado reclinar su cabeza [sobre la cruz], ha entregado el espíritu. (Jn 19,30).

     Puesto que un tan gran Señor ha querido descender al seno de la Virgen, puesto que ha querido presentarse al
mundo despreciado, indigente y pobre, a fin de que los hombres indigentes, pobres y hambrientos de manjar
celestial, lleguen a ser ricos en él entrando en posesión del Reino de los cielos, exultad de gozo. Regocijaos con gran
felicidad y alegría espiritual. Si preferís el desprecio antes que los honores, y la pobreza antes que las riquezas de
este mundo, si no confiáis vuestros tesoros a la tierra sino al cielo, donde “no hay polilla ni carcoma que los roan, ni
ladrones que abran boquetes y roben” (Mt 6,20), “vuestra recompensa será grande en el cielo” (Mt 5,12).

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Da Carta de Santa Clara, virgem, à Beata Inês de Praga

(Escritos de S. Clara, ed. 1 Omaecheverría, Madrid 1970, pp. 339-341) (Sec. XIII)

Imita a pobreza, a humildade e a caridade de Cristo

Feliz de quem pode gozar as delícias do sagrado banquete e unir se intimamente ao coração de Cristo, cuja beleza os
Anjos admiram sem cessar, cujo afecto atrai os corações, cuja contemplação nos reconforta, cuja benignidade nos
sacia, cuja suavidade enche a alma, cuja lembrança nos inunda de luz suave, cuja fragrância ressuscita os mortos,
cuja visão gloriosa constitui a felicidade de todos os habitantes da Jerusalém celeste. Ele é o esplendor da luz eterna,
o espelho puríssimo da acção divina. Olha continuamente para este espelho, rainha e esposa de Cristo; contempla
nele o teu rosto e procura adornar te interior e exteriormente com as mais variadas flores das virtudes e com as
vestes formosas que convêm à filha e à esposa castíssima do Rei dos reis.

Neste espelho se reflecte esplendidamente a ditosa pobreza, a santa humildade e a inefável caridade, como podes
observar, com a graça de Deus, em todas as suas partes. Ao começo do espelho, repara na pobreza d’Aquele que foi
colocado no presépio e envolvido em panos. Oh admirável humildade, oh espantosa pobreza! O Rei dos Anjos, o
Senhor do céu e da terra deitado num presépio! No centro do espelho, observa como a humildade, ou a santa
pobreza, suporta tantos trabalhos e tormentos para remir o género humano. E no fim do espelho, contempla a
caridade inefável que O levou à cruz e à morte mais infamante.

Por isso o próprio espelho, suspenso na cruz, exortava os transeuntes a considerar estas coisas, dizendo: Ó vós todos
que passais pelo caminho, olhai e vede se há dor semelhante à minha dor.

Respondamos nós aos seus clamores e gemidos, com uma só alma e um só coração: A minha alma sempre o recorda
e desfalece de tristeza dentro de mim. Abrasa te cada vez mais neste amor, ó rainha do Rei celeste.

Contempla ao mesmo tempo as delícias inefáveis do Rei dos Céus e as suas riquezas e honras perpétuas e,
suspirando de amor ardente, proclama no íntimo do teu coração: Leva me contigo; correrei seguindo o aroma dos
teus perfumes, ó Esposo celeste. Correrei sem desfalecer, até que me introduzas na sala do festim, até que na tua
mão esquerda descanse a minha cabeça e a tua direita me abrace com terno amor.

No meio destas piedosas contemplações, lembra te desta pobrezinha, tua mãe, sabendo que te levo
inseparavelmente gravada no meu coração como filha predilecta.

http://www.portal.ecclesia.pt/ecclesiaout/liturgia/liturgia_site/santos/santos_ver.asp?cod_santo=130

 Santa Clara 

"Mestre, seguir-te-ei por onde queres que fores"

Comentário do dia 
Santa Clara (1193-1252), monja franciscana 
1ª carta a Inês de Praga
"Mestre, seguir-te-ei por onde queres que fores"

Bem-aventurada pobreza, que providencia riquezas eternas aos que a amam e a abraçam! Santa pobreza - aos que a
possuem e a desejam Deus promete seguramente o Reino dos Céus e dá a glória eterna e a bem-aventurança.
Querida pobreza, que o Sewnhor JesusCristo se dignou prefereir a qualquer outra coisa, Ele que reinava e que reina
sobre o céu e a terra, "por cuja palavra tudo foi feito" (Sl 32,9). "As raposas, disse Ele com efeito, têm o seu covil e os
pássaros do céu o seu ninho, mas o Filho do Homem (isto é, Cristo) não encontra onde repousar a sua cabeça."
Quando finalmente deixou repousar a sua cabeça (sobre a Cruz), Jesus entregou o seu espírito (Jo 19,30).

Uma vez que tão grande Senhor quis descer ao seio da Virgem, uma vez que quis aparecer às pessoas desprezadas,
indigentes e pobres, a fim de que os homens, indigentes, pobres e famintos do alimento celeste, se tornem ricos
n'Ele, ao entrarem na posse do Reino dos Céus, exultai de alegria! Rejubilai com tão grande felicidade e alegria
espiritual. Se preferirdes o desprezo às honras e a pobreza às riquezas deste mundo, se confiardes os vossos
tesouros não à terra mas ao céu, onde a ferrugem não desgasta, "a traça não destrói e os ladrões nem se podem
aproximar" (Mt 6,20), então "a vossa recompensa será grande nos céus" (Mt 5, 12).

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Leer el comentario del Evangelio por 


Santa Clara (1193-1252), monja franciscana, cofundadora Clarisas 
Primera carta a Inés de Praga

“Maestro de seguiré adondequiera que vayas.” (Mt 8,19)

¡Dichosa pobreza que prodiga riquezas eternas a aquellos que la aman y la abrazan! --- A aquellos que la poseen y la
desean, Dios les promete el Reino de los cielos y les da la gloria eterna y la vida bienaventurada. Querida pobreza,
que el Señor Jesucristo ha preferido a todo lo demás, él que reina sobre el cielo y la tierra, “y por su palabra todo fue
hecho” (Sal 32,9). “Las zorras tienen madrigueras y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene
donde reclinar la cabeza.” (Lc 8,58) Cuando, al fin, dejó descansar su cabeza fue en la cruz, donde entregó su
espíritu. (Jn 19,30)

Ya que un Señor tan grande ha querido abajarse en el seno de la Virgen, que ha querido aparecer en el mundo como
un despreciado, indigente y pobre para que los hombres indigentes, pobres y hambrientos de alimento celestial, se
hagan ricos en él poseyendo el Reino de los cielos, exultemos de gozo. Alegrémonos de una felicidad tan grande con
un gozo espiritual. Si vos preferís el menosprecio a la honra y la pobreza a las riquezas de este mundo, si ponéis
vuestros tesoros en el cielo y no en la tierra, “donde la polilla y la carcoma no pueden echarlos a perder, donde los
ladrones no pueden socavar y robar” (cf Mt 6,20) “vuestra recompensa será grande en el cielo.” (Mt 5,12)

http://evangeliodeldia.org/main.php?language=SP&module=commentary&localdate=20040628

O ESPELHO de Santa CLARA


Neste dia de Santa Clara, transcrevemos parte da carta que ela escreveu a Inês de Praga.

“Feliz de quem pode gozar as delícias do sagrado banquete e unir-se intimamente ao coração de Cristo… Ele é o
esplendor da luz eterna, o espelho puríssimo da acção divina. Olha continuamente para este espelho… contempla
nele o teu rosto e procura adornar-te interior e exteriormente com as mais variadas flores das virtudes…

Neste espelho se reflecte esplendidamente a ditosa pobreza, a santa humildade e a inefável caridade, como podes
observar, com a graça de Deus, em todas as suas partes. Ao começo do espelho, repara na pobreza d’Aquele que foi
colocado no presépio e envolvido em panos. Oh admirável humildade, oh espantosa pobreza! O Rei dos Anjos, o
Senhor do céu e da terra deitado num presépio!

No centro do espelho, observa como a humildade, ou a santa pobreza, suporta tantos trabalhos e tormentos para
remir o género humano.

E no fim do espelho, contempla a caridade inefável que O levou à cruz e à morte mais infamante.

Por isso o próprio espelho, suspenso na cruz, exorta os transeuntes a considerar estas coisas, dizendo: Ó vós todos
que passais pelo caminho, olhai e vede se há dor semelhante à minha dor.

Respondamos nós aos seus clamores e gemidos, com uma só alma e um só coração: a minha alma sempre o recorda
e desfalece de tristeza dentro de mim. Abrasa-te cada vez mais neste amor, ó rainha do Rei celeste.”

Da carta de Santa Clara à Inês de Praga (séc. XIII)

Para melhor conheceres a história de Santa Clara, clica aqui:

http://sdpv.blogspot.com/2008/08/clara-de-assis-alegria-de-existir.html
Como Cristo, tomar a Cruz
Veja como por você ele se fez desprezível e siga-O, sendo desprezível por Ele neste mundo. Com o desejo de imitá-
Lo, (…) olhe, considere, contemple o seu esposo, o mais belho entre os filhos dos homens feito por sua salvação o
mais vil de todos, desprezado, ferido e tão flagelado em todo o corpo, morrendo no meio das angustias próprias da
Cruz.

Se você sofrer com Ele, com Ele vai reinar; se chorar com Ele, com Ele vai se alegrar; se morrer com Ele  na

Cruz da tribulação, vai ter com Ele mansão celeste nos esplendores dos santos. E seu nome, glorioso entre os
homens, será inscrito no livro da vida.

Assim, em vez dos bens terrenos e transitórios, você vais ter parte na glória do Reino Celeste eternamente, para
sempre, vai ter bens eternos em vez dos perecedores, e viverá pelos séculos dos séculos.

(Segunda Carta a Santa Inês de Praga. In: PEDROSO, Frei José Carlos Corrêa. Fontes Clarianas. 3ed. Petrópolis:
Cefepal do Brasil, 1994).

http://amigosdasantacruz.blogspot.com.br/2010/08/como-cristo-tomar-cruz.html

Santa Clara de Assis - Carta 1 a Inês de Praga


A Primeira Carta de Santa Clara a Inês de Praga

À venerável e santa virgem, dona Inês, filha do excelentíssimo e ilustríssimo rei da Boêmia, Clara, indigna fâmula de
Jesus Cristo e serva inútil das senhoras enclausuradas do mosteiro de São Damião, sua serva sempre submissa,
recomenda-se inteiramente e deseja, com especial reverência, que obtenha a glória da felicidade eterna.

Sabedora da boa fama de vosso santo comportamento e vida, que não só chegou até mim, mas foi esplendidamente
divulgada em quase toda a terra, muito me alegro e exulto no Senhor. Disso posso exultar tanto eu mesma como
todos os que prestam serviço a Jesus Cristo ou desejam faze-lo.

Porque, embora pudésseis gozar, mais do que outros, das pompas e honras deste mundo, desposando
legitimamente, com a maior glória, o ilustre imperador, como teria sido conveniente à vossa excelência e à dele, 6
rejeitastes tudo isso e preferistes a santíssima pobreza e as privações corporais, com toda a alma e com todo o afeto
do coração, tomando um esposo da mais nobre estirpe, o Senhor Jesus Cristo, que guardará vossa virgindade
sempre imaculada e intacta.

Amando-o, sois casta; tocando-o, tornar-vos-eis mais limpa; acolhendo-o, sois virgem.Seu poder é mais forte, sua
generosidade mais elevada, seu aspecto é mais belo, o amor mais suave, e toda a graça mais elegante.

Já estais tomada pelos abraços daquele que ornou vosso peito com pedras preciosas e colocou em vossas orelhas
pérolas inestimáveis. Ele vos envolveu de gemas primaveris e coruscantes e vos deu uma coroa de ouro marcada
com o sinal da santidade.

Portanto, irmã caríssima, ou melhor, senhora muito digna de veneração, porque sois esposa, mãe e irmã do meu
Senhor Jesus Cristo, destacada pelo esplendor do estandarte da inviolável virgindade e da santíssima pobreza, ficai
firme no santo serviço do pobre Crucificado, ao qual vos dedicastes com amor ardente. Ele suportou por todos nós a
paixão da cruz e nos arrancou do poder do príncipe das trevas, que nos acorrentava pela transgressão de nosso
primeiro antepassado, e nos reconciliou com Deus Pai.

Ó bem-aventurada pobreza, que àqueles que a amam e abraçam concede as riquezas eternas

Ó santa pobreza, aos que a têm e desejam Deus prometeu o reino dos céus, e são concedidas sem dúvida alguma a
glória eterna e a vida feliz!

Ó piedosa pobreza, que o Senhor Jesus Cristo dignou-se abraçar acima de tudo, ele que regia e rege o céu e a terra,
ele que disse e tudo foi feito! Pois disse que as raposas têm tocas e os passarinhos têm ninhos mas o Filho do
Homem, Jesus Cristo, não tem onde reclinar a cabeça. Mas, inclinando a cabeça, entregou o espírito.

Portanto, se tão grande e elevado Senhor, vindo a um seio virginal, quis aparecer no mundo desprezado, indigente e
pobre, para que os homens, paupérrimos e miseráveis, na extrema indigência do alimento celestial, nele se
tornassem ricos possuindo os reinos celestes, 21 vós tendes é que exultar e vos alegrar muito, repleta de imenso
gáudio e alegria espiritual, 22 pois tivestes maior prazer no desprezo do século que nas honras, preferistes a pobreza
às riquezas temporais e achastes melhor guardar tesouros no céu que na terra, 23 porque lá nem a ferrugem
consome nem a traça rói, e os ladrões não saqueiam nem roubam. Vossa recompensa será enorme nos céus, 24 e
merecestes ser chamada com quase toda a dignidade de irmã, esposa e mãe do Filho do Pai Altíssimo e da gloriosa
Virgem.

Creio firmemente que sabeis que o reino dos céus não é prometido e dado pelo Senhor senão aos pobres, porque,
quando se ama uma coisa temporal, perde-se o fruto da caridade. Sabeis que não se pode servir a Deus e às
riquezas, porque ou se ama a um e se odeia às outras, ou serve-se a Deus e desprezam-se as riquezas. Sabeis que
vestido não pode lutar com nu, pois vai mais depressa ao chão quem tem onde ser agarrado. 28 Sabeis que não dá
para ser glorioso no mundo e lá reinar com Cristo, e que é mais fácil o camelo passar pelo buraco da agulha que o
rico subir ao reino do céu.

Por isso vos livrastes das vestes, isto é, das riquezas temporais, para não sucumbir de modo algum ao lutador e
poder entrar no reino dos céus pelo caminho duro e pela porta estreita.

Que troca maior e mais louvável: deixar as coisas temporais pelas eternas, merecer os bens celestes em vez dos
terrestres, e possuir a vida feliz para sempre!

Por isso achei bom suplicar vossa excelência e santidade, na medida do possível, com humildes preces, nas
entranhas de Cristo, que vos deixeis fortalecer no seu santo serviço, crescendo de bem para melhor, de virtude em
virtude, para que aquele que servis com todo desejo do coração digne-se dar-vos os desejados prêmios.

Quanto me é possível, também vos suplico no Senhor que vos lembreis em vossas santas preces de mim, vossa
serva, embora inútil, e das outras Irmãs que vivem comigo no mosteiro e vos apreciam. 34 Que com a ajuda dessas
preces possamos merecer a misericórdia de Jesus Cristo, para gozar junto a vós da eterna visão.

Santa Clara de Assis - Carta II a Inês de Praga


Carta II
A Segunda Carta de Santa Clara a Inês de Praga

Clara, serva inútil e indigna das pobres damas, saúda dona Inês, filha do Rei dos reis, serva do Senhor dos senhores,
esposa digníssima de Jesus Cristo e por isso rainha nobilíssima, augurando que viva sempre na mais alta pobreza.

Agradeço ao Doador da graça, do qual cremos que procedem toda dádiva boa e todo dom perfeito, pois adornou-a
com tantos títulos de virtude e a fez brilhar em sinais de tanta perfeição, 4 para que, feita imitadora atenta do Pai
perfeito, mereça ser tão perfeita que seus olhos não vejam em você nada de imperfeito.

É essa perfeição que vai uni-la ao próprio Rei no tálamo celeste, onde se assenta glorioso sobre um trono estrelado.
6 Desprezando o fausto de um reino da terra, dando pouco valor à proposta de um casamento imperial, 7 você se fez
seguidora da santíssima pobreza em espírito de grande humildade e do mais ardente amor, juntando-se aos passos
daquele com quem mereceu unir-se em matrimônio.

Mas eu sei que você é rica de virtudes e vou ser breve para não a sobrecarregar de palavras supérfluas, 9 mesmo
que não lhe pareça demasiado nada que lhe possa dar alguma consolação. Mas, como uma só coisa é necessária, é
só isso que eu confirmo, exortando-a por amor daquele a quem você se entregou como oferenda santa e agradável.
Lembre-se da sua decisão como uma segunda Raquel:
Não perca de vista seu ponto de partida, conserve o que você tem, faça o que está fazendo e não o deixe mas, em
rápida corrida, com passo ligeiro e pé seguro, de modo que seus passos nem recolham a poeira, confiante e alegre,
avance com cuidado pelo caminho da bem-aventurança. Não confie em ninguém, não consinta com nada que queira
afastá-la desse propósito, que seja tropeço no caminho, para não cumprir seus votos ao Altíssimo na perfeição em
que o Espírito do Senhor a chamou.

Nisso, para ir com mais segurança pelo caminho dos mandamentos do Senhor, siga o conselho de nosso venerável
pai, o nosso Frei Elias, ministro geral. Prefira-o aos conselhos dos outros e tenha-o como o mais precioso dom.

Se alguém lhe disser outra coisa, ou sugerir algo diferente, que impeça a sua perfeição ou parecer contrário ao
chamado de Deus, mesmo que mereça sua veneração, não siga o seu conselho. Abrace o Cristo pobre como uma
virgem pobre.

Veja como por você ele se fez desprezível e o siga, sendo desprezível por ele neste mundo. 20 Com o desejo de
imitá-lo, mui nobre rainha, olhe, considere, contemple o seu esposo, o mais belo entre os filhos dos homens feito
por sua salvação o mais vil de todos, desprezado, ferido e tão flagelado em todo o corpo, morrendo no meio das
angústias próprias da cruz.

Se você sofrer com ele, com ele vai reinar; se chorar com ele, com ele vai se alegrar; se morrer com ele na cruz da
tribulação vai ter com ele mansão celeste nos esplendores dos santos. 22 E seu nome, glorioso entre os homens,
será inscrito no livro da vida.

Assim, em vez dos bens terrenos e transitórios, você vai ter parte na glória do reino celeste eternamente, para
sempre, vai ter bens eternos em vez dos perecedouros, e viverá pelos séculos dos séculos.

Adeus, irmã querida, senhora minha pelo Senhor que é seu esposo. 25 Em suas piedosas preces, procure lembrar-se
de mim e de minhas Irmãs, que nos alegramos com os bens que o Senhor realiza em você por sua graça. 26
Recomende-nos também, e muito, às suas Irmãs.

Fonte; Volta para Casa


Intratext

Santa Clara (1193-1252)

MONJA FRANCISCANA

2.ª CARTA A INÊS DE PRAGA, 18-23

OLHA PARA CRISTO POBRE


É A CRISTO POBRE QUE DEVES PERMANECER LIGADA. VÊ COMO ELE SE TORNOU, POR TI, OBJETO DE DESPREZO, E
SEGUE-O, TORNANDO-TE TAMBÉM TU, POR AMOR A ELE, OBJETO DE DESPREZO PARA O MUNDO. O TEU ESPOSO, O
MAIS BELO DOS FILHOS DOS HOMENS (CF SL 44,3), QUE SE TORNOU, PARA TE SALVAR, O ÚLTIMO DOS SERES
HUMANOS, DESPREZADO, AÇOITADO, COM TODO O CORPO RASGADO PELOS GOLPES DO FLAGELO, MORREU
FINALMENTE NA CRUZ NO MEIO DAS PIORES DORES: OLHA PARA ELE, MEDITA NELE, CONTEMPLA-O E NÃO TENHAS
OUTRO DESEJO QUE NÃO SEJA IMITÁ-LO! SE SOFRERES COM ELE, REINARÁS COM ELE; SE CHORARES COM ELE,
TERÁS PARTE NA SUA ALEGRIA; SE MORRERES COM ELE, NO MEIO DAS TORTURAS DA CRUZ, TOMARÁS POSSE DA
MORADA CELESTE NO ESPLENDOR DOS SANTOS, O TEU NOME SERÁ INSCRITO NO LIVRO DA VIDA E TORNAR-SE-Á
GLORIOSO ENTRE OS HOMENS, PARTICIPARÁS PARA SEMPRE E NA ETERNIDADE NA GLÓRIA DO REINO DOS CÉUS,
POR TERES ABANDONADO BENS TERRENOS E EFÉMEROS, E VIVERÁS PELOS SÉCULOS DOS SÉCULOS.

As Cartas de Santa Clara de Assis para Santa Inês de Praga


Inês - ou Agnes - de Praga era uma das pessoas mais célebres de sua época, uma princesa, a filha do rei da Boêmia.
Esta jovem tinha status de "estrela preciosa", com vários pretendentes ansiosos por ganhar a sua mão em uma
aliança política. No entanto, Inês procurou desistir de todo o esplendor, riqueza e regalias de seu direito de
nascimento para abraçar um noivo divino em vez de um marido real.

Noticias chegaram a Inês em Boêmia sobre os Frades Menores e uma bela mulher nobre em Assis chamada Clara de
Favorone, que abraçou a pobreza e dos frades menores. Clara, cujo nome significa "luz", abraçou o exemplo de São
Francisco e o vivia em sua própria maneira profunda e contemplativa. Sendo inspirada a seguir Jesus à maneira de
Francisco e Clara, Agnes escolheu a pobreza sobre as riquezas e uma vida religiosa invés da vida real.

Nos dias que antecederam os telefones celulares, e-mail, educação on-line ou Skype, Clara e Ines comunicavam-se
através de cartas manuscritas pessoalmente levadas entre Boemia e Assis por frades franciscanos, que faziam suas
perigosas viagens a pé pela Europa. Clara compartilhou suas idéias sobre a vida espiritual com Inês nessas cartas.
Clara escolheu usar um espelho como uma metáfora para a vida espiritual; A imagem de um espelho funcionou
como um símbolo que teria sido bem entendido por mulheres de nobreza.

No entanto, um espelho do século XIII não era como um moderno, mas teria sido feito de metal polido com uma
superfície curvada como um fundo de uma panela - refletindo uma visão diferente da imagem dependendo da
própria perspectiva. Isso refletiria com maior clareza e precisão no centro do espelho do que as bordas externas
curvas. Usando essa metáfora, Clara convida Inês à contemplação: na borda externa inclinada do espelho, Clara
exortava Inês a refletir sobre a infância e a pobreza de Jesus. Na superfície mais reflexiva, Clara pedia a Inês que
considerasse a santidade da humildade. No centro do espelho, a área de maior clareza, Clara pede a Inês que
contemple a caridade perfeita e o imenso amor que Jesus mostrou-nos na Cruz.

As cartas abrangem um período de tempo de 19 anos. A forma da escrita da primeira carta é muito formal, afinal de
contas Clara, como abadessa e líder de sua própria comunidade religiosa, estava dirigindo-se a uma princesa, a filha
mais velha de um rei. Clara compartilha seu fascínio em Jesus nesta carta. A segunda carta aborda a Pobreza e a
Contemplação, Clara pede a Agnes que olhe para Cristo, considere o mistério de Cristo, contemple Cristo. Clara
encoraja-nos a olhar com oração, a pensar profundamente, e através da contemplação, tornar-se semelhante a
Cristo: ver nossa reflexão em Cristo e a reflexão de Cristo em nós. Na terceira carta, Clara reforça Inês a enfrentar os
desafios de viver uma vida franciscana. A quarta e última carta foi escrita perto da morte de Clara; ela é cheia de paz
e alegria e é considerada por muitos como "uma das mais belas peças da literatura espiritual".

"Põe tua mente diante do espelho da eternidade!


Põe tua alma no brilho da glória!
Põe teu coração na imagem da substância divina!
E transformar todo o teu ser
na imagem da divindade nela mesma na contemplação!
Para que tu também possas sentir o que seus amigos sentem enquanto saboreiam a doçura escondida
Que O próprio Deus mesmo reservou desde o início
Para quem O ama".

Santa Clara de Assis para Santa Inês de Praga, terceira carta.

Introdução - Carta a Ermentrudes de Bruges


A carta a Ermentrudes de Bruges representa um problema maior. Só a conhecemos através dos Annales Minorum de
Lucas Wading. Ele, além de não citar a fonte de onde a copiou, diz que encontrou duas cartas de Santa Clara a essa
co-irmã, mas apresenta só uma, que tem muitos indícios de ser um resumo das originais. Por isso, os críticos não a
aceitam como autêntica. Decidimos incluí-la em nossas Fontes porque os pensamentos são evidentemente clarianos.

Estaremos usando a sigla CtEr para este trabalho na internet.

:: CARTA A ERMENTRUDES DE BRUGES ::


1 Clara de Assis, humilde serva de Jesus Cristo, deseja saúde e paz a sua querida irmã Ermentrudes.

2 Soube, irmã querida, que você teve a felicidade de fugir da lama do mundo, pela graça de Deus. 3 Alegro-me por
isso e me congratulo com você, como me alegro porque você e suas filhas seguem com valor os caminhos da virtude.

4 Querida, seja fiel até a morte àquele com quem você se comprometeu, pois é ele que vai coroá-la com o louro da
vida.

5 Nossa fadiga aqui é breve, eterno é o prêmio. Não a iludam os rumores do mundo que passa como sombra.

6 Não perca a cabeça com as imagens vazias do mundo enganador; tape os ouvidos aos assobios do inferno e, forte,
quebre seus assaltos.

7 Suporte por bem as adversidades e não se deixe exaltar pela prosperidade, porque esta pede fé, mas aquelas a
exigem.

8 Entregue fielmente a Deus o que prometeu, e ele retribuirá.

9 Querida, olhe para o céu que nos convida, tome a cruz e siga o Cristo que vai à nossa frente.

10 Na realidade, depois de muitas e variadas tribulações, vamos entrar por meio dele na sua glória.

11 Ame com todo coração a Deus e a seu filho Jesus, crucificado por nós pecadores, sem permitir que ele saia de sua
recordação.

12 Trate de meditar sempre nos mistérios da cruz e nas dores de sua Mãe que estava ao pé da cruz.

13 Ore e vigie sempre.

14 Complete apaixonadamente a obra que você começou bem e dê conta do serviço que você assumiu na santa
pobreza e na humildade sincera.

15 Não se assuste, filha. Deus, fiel em todas as suas palavras e santo em todas as suas obras, vai derramar sua
bênção sobre você e suas filhas.

16 Vai ser o seu auxílio e o seu melhor consolador, porque ele é o nosso redentor e a nossa recompensa eterna.

17 Oremos mutuamente a Deus, pois assim uma carregará o peso da outra e vamos cumprir com facilidade a lei de
Cristo. Amém.

http://200.245.46.121/paragrafo_subcapitulo.php?titulo=Carta%20a%20Ermentrudes%20de
%20Bruges&cSubCap=8&vertudo=1

Introdução - Carta 4 a Inês de Praga


Não há nenhuma dúvida de que esta é a última carta. Clara já tem junto de si Inês de Assis, que voltou de Monticelli
no início de 1253. E se despede "até o trono da glória!". Nesta carta, além de chegar ao ponto mais alto em todas as
suas propostas de espiritualidade e de contemplação, Clara toca o extremo de seu carinho por Inês de Praga, com
expressões surpreendentes e muito originais. . Para citar a Segunda Carta a Inês de Praga, vamos usar a sigla4CtIn
seguida pelos números de 1 a 40, que são os parágrafos da carta.

:: CARTA 4 A INÊS DE PRAGA ::

1 À outra metade da minha alma, singular sacrário do meu cordial amor, à ilustre rainha, esposa do Cordeiro, Rei
eterno, dona Inês, minha caríssima mãe e filha, especial entre todas as outras,

2 eu, Clara, serva indigna de Cristo e inútil servidora das suas servas que vivem no mosteiro de São Damião em Assis,

3 desejo saúde e que possa cantar o cântico novo diante do trono de Deus e do Cordeiro, juntamente com as outras
santas virgens, e seguir o Cordeiro onde quer que ele vá (Ap 14,3-4).

4 Ó mãe e filha, esposa (cfr. Mt 12,50; 2Cor 11,2)do Rei de todos os séculos, embora não tenha escrito mais vezes,
como a minha alma e a sua igualmente desejam e de certa forma até necessitariam, não estranhe
5 nem pense que o fogo do amor está ardendo menos no coração de sua mãe.

6 A dificuldade é esta: faltam portadores e o perigo nas estradas é conhecido.

7 Mas agora, podendo escrever à minha querida, alegro-me e exulto com você, ó esposa de Cristo, na alegria do
espírito (cfr. 1Ts 1,6).

8 Pois, como Inês, a outra virgem santa, você desposou de modo maravilhoso o >I>Cordeiro imaculado (1Pd 1,19)
que tira o pecado do mundo (Jo 1,29), deixando todas as vaidades desta terra.

9 Feliz, decerto, é você, que pode participar desse banquete sagrado para unir-se com todas as fibras do coração
àquele

10 cuja beleza todos os batalhões bem-aventurados dos céus admiram sem cessar,

11 cuja afeição apaixona, cuja contemplação restaura, cuja bondade nos sacia,

12 cuja suavidade preenche, cuja lembrança ilumina suavemente,

13 cujo perfume dará vida aos mortos, cuja visão gloriosa tornará felizes todos os cidadãos da celeste Jerusalém,

14 pois é o esplendor da glória (Hb 1,3) eterna, o brilho da luz perpétua e o espelho sem mancha (Sb 7,26).

15 Olhe dentro desse espelho todos os dias, ó rainha, esposa de Jesus Cristo, e espelhe nele, sem cessar, o seu rosto,

16 para enfeitar-se toda, interior e exteriormente, vestida e cingida de variedade (Sl 44,10),

17 ornada também com as flores e roupas das virtudes todas, ó filha e esposa caríssima do sumo Rei.

18 Pois nesse espelho resplandecem a bem-aventurada pobreza, a santa humildade e a inefável caridade, como,
nele inteiro, você vai poder contemplar com a graça de Deus.

19 Preste atenção no princípio do espelho: a pobreza daquele que, envolto em panos, foi posto no presépio (cfr. Lc
2,12)!

20 Admirável humildade, estupenda pobreza!

21 O Rei dos anjos, o Senhor do céu e da terra (cfr. Mt 11,25) repousa numa manjedoura.

22 No meio do espelho, considere a humildade, ou pelo menos a bem-aventurada pobreza, as fadigas sem conta e as
penas que suportou pela redenção do gênero humano.

23 E, no fim desse mesmo espelho, contemple a caridade inefável com que quis padecer no lenho da cruz e nela
morrer a morte mais vergonhosa.

24 Assim, posto no lenho na cruz, o próprio espelho advertia quem passava para o que deviam considerar:

25 ó vós todos que passais pelo caminho, olhai e vede se há outra dor igual à minha (Lm 1,12).

26 Respondamos a uma voz, num só espírito, ao que clama e grita: Vou me lembrar para sempre e minha alma vai
desfalecer em mim (Lam 3,20).

27 Tomara que você se inflame cada vez mais no ardor dessa caridade, ó rainha do Rei celeste!

28 Além disso, contemplando suas indizíveis delícias, riquezas e honras perpétuas,

29 proclame, suspirando com tamanho desejo do coração e tanto amor:

30 Arrasta-me atrás de ti! Corramos no odor dos teus bálsamos (Ct 1,3), ó esposo celeste!

31 Vou correr sem desfalecer, até me introduzires na tua adega (Ct 2,4),

32 até que tua esquerda esteja sob a minha cabeça, sua direita me abrace (Ct 2,6) toda feliz, e me dês o beijo mais
feliz de tua boca (Ct 1,1).
33 Posta nessa contemplação, lembre-se de sua mãe pobrezinha,

34 sabendo que eu gravei sua feliz recordação de maneira indelével nas tábuas do meu coração (cfr. Pr 3,3; 2Cor
3,3)porque você, para mim, é a mais querida de todas.

35 Que mais? No amor por você, cale-se a língua de carne, fale a língua do espírito.

36 Filha bendita, como a língua do corpo não pode expressar melhor o afeto que tenho por você,

37 peço que aceite com bondade e devoção isto que eu escrevi pela metade, olhando ao menos o carinho materno
que me faz arder de caridade todos os dias por você e suas filhas.

38 Minhas filhas também, de modo especial a virgem prudentíssima Inês, minha irmã, recomendam-se no Senhor,
quanto podem, a você e suas filhas.

39 Adeus, filha querida, a você e a suas filhas, até o trono de glória do grande Deus (cfr. Tt 2,13). Rezem por nós (cfr.
1Ts 5,25).

40 Pela presente, recomendo quanto posso à sua caridade os portadores desta carta, nossos caríssimos Frei Amado,
querido por Deus e pelos homens (cfr. Sir 45,1), e Frei Bonagura. Amém.

http://200.245.46.121/paragrafo_subcapitulo.php?titulo=Carta%204%20a%20In%EAs%20de
%20Praga&cSubCap=7&vertudo=1

Introdução - Carta 3 a Inês de Praga


Esta carta deve ser de 1238. Aos 9 de fevereiro de 1237, Gregório IX publicou o decreto "Licet velut ignis", impondo a
todos os mosteiros da Ordem de São Damião total abstinência de carne, a exemplo dos cistercienses. A confusão foi
grande. Sabendo que em São Damião as normas eram diferentes, Inês pede a orientação de Clara. Mas a Santa
parece estar incluindo outro assunto, relacionado com a bula papal "Pia credulitate tenentes", de 15 de abril de
1238, em que Gregório IX tinha aceitado a renúncia de Inês ao hospital de São Francisco para se entregar com suas
Irmãs à vida de contemplação. Clara se aprofunda em magníficas considerações sobre a vida de contemplação e de
pobreza e sobre sua missão na Igreja. Em todo caso, a carta deve ser anterior ao conhecimento de Clara de que, no
dia 11 de maio de 1238, Gregório IX, impôs a Inês a regra hugoliniana. Antes disso, ela observou as normas de São
Damião e até pediu uma Regra própria, para a qual queria as orientações de São Francisco sobre o jejum. Para citar a
Segunda Carta a Inês de Praga, vamos usar a sigla 3CtIn seguida pelo números de 1 a 42, que são os parágrafos da
carta.

:: CARTA 3 A INÊS DE PRAGA ::

1,2 Clara, humílima e indigna servidora de Cristo e serva das damas pobres, à reverendíssima senhora em Cristo, sua
irmã Inês, a mais amável de todos os mortais, irmã do ilustre rei da Boêmia e, agora, irmã e esposa(cfr. Mt 12,50;
2Cor 11,2) do sumo Rei dos céus. Desejo-lhe as alegrias da salvação e o melhor que se possa desejar no autor da
salvação (cfr. Hb 2,10).

3 Tenho a maior alegria e transbordo com a maior exultação no Senhor ao saber que está cheia de vigor, em boa
situação e obtendo êxitos no caminho iniciado para obter o galardão celeste.

4 Ouvi dizer e estou convencida de que você completa maravilhosamente o que falta em mim e nas outras Irmãs
para seguir os passos de Jesus Cristo pobre e humilde.

5 Eu me alegro de verdade, e ninguém vai poder roubar-me esta alegria,

6 porque já alcancei o que desejava abaixo do céu: vejo que você, sustentada por maravilhosa prerrogativa de
sabedoria da própria boca de Deus, já suplantou impressionante e inesperadamente as astúcias do esperto inimigo:
o orgulho que perde a natureza humana, a vaidade que torna estultos os corações dos homens.

7 Vejo que são a humildade, a força da fé e os braços da pobreza que a levaram a abraçar o tesouroincomparável
escondido no campo do mundo e dos corações humanos, com o qual compra-se (cfr. Mt 13,44) aquele por quem
tudo foi feito (cfr. Jo 1,3) do nada.
8 Eu a considero, num bom uso das palavras do Apóstolo, auxiliar do próprio Deus, sustentáculo dos membros
vacilantes de seu corpo inefável.

9 Quem vai me dizer, então, para não exultar com tão admiráveis alegrias?

10 Por isso, exulte sempre no Senhor (cfr. Fp 4,4) também você, querida.

11 Não se deixe envolver pela amargura e o desânimo, senhora amada em Cristo, gozo dos anjos e coroa (Fp 4,1) das
Irmãs.

12 Ponha a mente no espelho da eternidade, coloque a alma no esplendor da glória (cfr. Heb 1,3).

13 Ponha o coração na figura da substância (cfr. Heb 1,3) divina e transforme-se inteira, pela contemplação, na
imagem (cfr. 2Cor 3,18) da divindade.

14 Desse modo também você vai experimentar o que sentem os amigos quando saboreiam a doçura escondida(cfr.
Sl 30,20), que o próprio Deus reservou desde o início para os que o amam.

15 Deixe de lado tudo que neste mundo falaz e perturbador prende seus cegos amantes e ame totalmente o que se
entregou inteiro por seu amor,

16 aquele cuja beleza o sol e a lua admiram, cujos prêmios são de preciosidade e grandeza sem fim (Sl 144,3).

17 Falo do Filho do Altíssimo, que a Virgem deu à luz permanecendo virgem depois do parto.

18 Prenda-se à sua dulcíssima Mãe, que gerou tal Filho que os céus não podiam conter (cfr. 3Re 8,27),

19 mas que ela recolheu no pequeno claustro do seu santo seio e carregou no seu regaço de menina.

20 Quem não tem horror das insídias do inimigo do homem que, pela tentação de glórias passageiras e falazes, tenta
aniquilar o que é maior do que o céu?

21 Pois é claro que, pela graça de Deus, a mais digna das criaturas, a alma do homem fiel, é maior do que o céu.

22 Pois os céus, com as outras criaturas, não podem conter (cfr. 2Par 2,6; 3Rs 8,27) o Criador: só a alma fiel é sua
mansão e sede. E isso só pela caridade que os ímpios não têm, pois,

23 como diz a Verdade: Quem me ama será amado por meu Pai, e eu o amarei (Jo 14,21), e nós viremos a ele e nele
faremos nossa morada (Jo 14,23).

24 Assim como a gloriosa Virgem das virgens o trouxe materialmente,

25 assim também você, seguindo seus passos (cfr. 1Pd 2,21), especialmente os da humildade e pobreza, sem dúvida
alguma, poderá trazê-lo espiritualmente em um corpo casto e virginal.

26 Você vai conter quem pode conter você e todas as coisas (cfr. Sb 1,7; Cl 1,17), vai possuir algo que, mesmo
comparado com as outras posses passageiras deste mundo, será mais fortemente seu.

27 Nisso enganam-se certos reis e rainhas deste mundo:

28 sua soberba pode chegar ao céu e sua cabeça pode tocar as nuvens mas, no fim, serão reduzidos ao esterco (Jó
20,6-7).

29 Quanto às coisas sobre as quais você pediu a minha opinião,

30 acho que posso responder o seguinte. Você pergunta que festas nosso glorioso pai São Francisco nos aconselhou
a celebrar especialmente, pensando, se entendi bem, que é possível variar os pratos.

31 Em sua prudência você certamente saberá que, com exceção das fracas e das doentes, para quem exortou-nos e
até mandou usar de toda discrição possível com respeito a qualquer alimento,

32 nenhuma de nós que fosse sadia e forte deveria comer senão alimentos quaresmais, tanto nos dias feriais como
nos festivos, jejuando todos os dias,
33 com exceção dos domingos e do Natal do Senhor, em que deveríamos comer duas vezes.

34 Também nas quintas-feiras, em tempo ordinário, fica à vontade de cada uma; quem não quiser não é obrigada a
jejuar.

35 Mas nós, sadias, jejuamos todos os dias, exceto nos domingos e no Natal.

36 Mas não somos obrigadas ao jejum, de acordo com um escrito do beato Francisco, por todo o tempo da Páscoa e
nas festas de Santa Maria e dos santos Apóstolos, a não ser que essas festas caiam em sexta-feira.

37 Mas, como disse, as que somos sãs e fortes sempre comemos alimentos quaresmais.

38 Entretanto, como não temos carne de bronze nem a robustez de uma rocha (Jó 20,6-7),

39 pois até somos frágeis e inclinadas a toda debilidade corporal,

40 rogo e suplico no Senhor, querida, que deixe, com sabedoria e discrição, essa austeridade exagerada e impossível
que eu soube que você empreendeu,

41 para que, vivendo, sua vida seja louvor (cfr. Is 38,19; Sir 17,27)do Senhor, e para que preste a seu Senhor um
culto racional (cfr. Rom 12,1) e seu sacrifício seja sempre temperado com sal (Lev 2,13; Col 4,6).

42 Eu lhe desejo tudo de bom no Senhor, como desejo a mim mesma. Lembre-se de mim e de minhas Irmãs em suas
santas orações.

http://200.245.46.121/paragrafo_subcapitulo.php?titulo=Carta%203%20a%20In%EAs%20de
%20Praga&cSubCap=6&vertudo=1

Introdução - Carta 2 a Inês de Praga


Esta carta fala de Frei Elias como ministro geral e isso nos ajuda a datá-la. Ele tinha sido vigário geral de 1221 a 1227,
mas esteve como ministro geral de 1234 até 1239, quando foi deposto. Mas há outro fato que pode determinar
melhor ainda a data da carta: Clara parece aludir à pressão exercida por Gregório IX para que Inês recebesse
propriedades e isso foi feito através do decreto "Cum relicta saeculi", de 18 de maio de 1235. Inês, bem aconselhada
por Clara, resistiu, e o papa acabou cedendo em 1237, pela bula "Omnipotens Deus", em que passava direção do
hospital de Praga para os Crucígeros da Estrela Vermelha. Para citar a Segunda Carta a Inês de Praga, vamos usar a
sigla 2CtIn seguida pelo números de 1 a 26, que são os parágrafos da carta.

:: CARTA 2 A INÊS DE PRAGA ::

1,2 Clara, serva inútil e indigna das pobres damas, saúda dona Inês, filha do Rei dos reis, serva do Senhor dos
senhores (cfr. Ap 19,16; 1Tm 6,15), esposa digníssima de Jesus Cristo e por isso rainha nobilíssima, augurando que
viva sempre na mais alta pobreza.

3 Agradeço ao Doador da graça, do qual cremos que procedem toda dádiva boa e todo dom perfeito (Tg 1,17), pois
adornou-a com tantos títulos de virtude e a fez brilhar em sinais de tanta perfeição,

4 para que, feita imitadora atenta do Pai perfeito (cfr. Mt 5,48), mereça ser tão perfeita que seus olhos nãovejam em
você nada de imperfeito (cfr. Sl 138,16).

5 É essa perfeição que vai uni-la ao próprio Rei no tálamo celeste, onde se assenta glorioso sobre um trono
estrelado.

6 Desprezando o fausto de um reino da terra, dando pouco valor à proposta de um casamento imperial,

7 você se fez seguidora da santíssima pobreza em espírito de grande humildade e do mais ardente amor, juntando-
se aos passos daquele com quem mereceu unir-se em matrimônio.

8 Mas eu sei que você é rica de virtudes e vou ser breve para não a sobrecarregar de palavras supérfluas,

9 mesmo que não lhe pareça demasiado nada que lhe possa dar alguma consolação.
10 Mas, como uma só coisa é necessária (Lc 10,42), é só isso que eu confirmo, exortando-a por amor daquele a
quem você se entregou como oferenda santa (cfr. Rm 12,1) e agradável.

11 Lembre-se da sua decisão como uma segunda Raquel: não perca de vista seu ponto de partida, conserve o que
você tem, faça o que está fazendo e não o deixe (cfr. Ct 3,4)

12 mas, em rápida corrida, com passo ligeiro e pé seguro, de modo que seus passos nem recolham a poeira,

13 confiante e alegre, avance com cuidado pelo caminho da bem-aventurança.

14 Não confie em ninguém, não consinta com nada que queira afastá-la desse propósito, que seja tropeço no
caminho (cfr. Rm 14,13), para não cumprir seus votos ao Altíssimo (Sl 49,14) na perfeição em que o Espírito do
Senhor a chamou.

15 Nisso, para ir com mais segurança pelo caminho dos mandamentos (cfr. Ps 118,32) do Senhor, siga o conselho de
nosso venerável pai, o nosso Frei Elias, ministro geral.

16 Prefira-o aos conselhos dos outros e tenha-o como o mais precioso dom.

17 Se alguém lhe disser outra coisa, ou sugerir algo diferente, que impeça a sua perfeição ou parecer contrário ao
chamado de Deus, mesmo que mereça sua veneração, não siga o seu conselho.

18 Abrace o Cristo pobre como uma virgem pobre.

19 Veja como por você ele se fez desprezível e o siga, sendo desprezível por ele neste mundo.

20 Com o desejo de imitá-lo, mui nobre rainha, olhe, considere, contemple o seu esposo, o mais belo entre os filhos
dos homens (Sl 44,3) feito por sua salvação o mais vil de todos, desprezado, ferido e tão flagelado em todo o corpo,
morrendo no meio das angústias próprias da cruz.

21 Se você sofrer com ele, com ele vai reinar; se chorar com ele, com ele vai se alegrar; se morrer com ele(cfr. 2Tm
2,11.12; Rm 8,17) na cruz da tribulação vai ter com ele mansão celeste nos esplendores dos santos(Sl 109,3).

22 E seu nome, glorioso entre os homens, será inscrito no livro da vida (Sl 109,3).

23 Assim, em vez dos bens terrenos e transitórios, você vai ter parte na glória do reino celeste eternamente, para
sempre, vai ter bens eternos em vez dos perecedores, e viverá pelos séculos dos séculos.

Adeus, irmã querida, senhora minha pelo Senhor que é seu esposo.

25 Em suas piedosas preces, procure lembrar ao Senhor (cfr. At 14,22) de mim e de minhas Irmãs, que nos
alegramos com os bens que o Senhor realiza em você por sua graça

26 Recomende-nos também, e muito, às suas Irmãs.

http://200.245.46.121/paragrafo_subcapitulo.php?titulo=Carta%202%20a%20In%EAs%20de
%20Praga&cSubCap=5&vertudo=1

Introdução - Cartas
Apresentamos cinco cartas de Santa Clara: quatro dirigidas a Inês de Praga e uma, a Ermentrudes de Bruges.

Inês de Praga, ou da Boêmia, foi filha do rei Otocar I da Boêmia e da rainha Constância da Hungria. Nasceu em 1205
e morreu em 1282. Foi prometida como noiva a diversos príncipes, inclusive ao futuro Herique VII, que seria
imperador. Teve uma educação esmerada, em diversos mosteiros e cortes. Sempre se dedicou às obras de caridade
e, depois que conheceu os frades menores, que chegaram à sua cidade em 1225, animada também pelo testemunho
de sua prima Santa Isabel da Hungria, decidiu ser clarissa. Construiu uma grande obra, em que havia um hospital, um
mosteiro e uma igreja de São Francisco. Entrou para a Ordem em 1234, com grande repercussão em toda a
cristandade. Mesmo sem nunca terem tido a oportunidade de se conhecerem pessoalmente, ela e Clara
estabeleceram uma profunda amizade.
Ermentrudes de Bruges nasceu em Colônia, na Alemanha, onde seu pai ocupou um cargo público. Dedicando-se a
Deus, começou a peregrinar pelas regiões ribeirinhas do Reno e chegou a Flandres, onde se estabeleceu como
clarissa e fundou diversos mosteiros. Deve ter escrito para Santa Clara. Tentou visitá-la e viajou para a Itália mas,
quando chegou a Roma, soube que ela tinha morrido.

As cartas são o ponto alto dos escritos de Clara. Nelas nós a encontramos mais livre, pois não tinha que pensar na
instituição de sua Ordem. É muito pessoal e solta em uma rica doutrina espiritual. Sua visão de contemplação é o
melhor que temos no franciscanismo primitivo. Seu tema é sempre Jesus Cristo, mas quatro aspectos fundamentais
devem ser destacados: Jesus Cristo é crucificado, Jesus Cristo é pobre, Jesus Cristo é o esposo e a entrega a ele é
feita em uma virgindade cada vez maior.

Mesmo quando não fala de si mesma, Clara deixa evidente que está apresentando uma doutrina que primeiro foi
vivida intensamente por ela. Sua experiência de pobre, de contemplativa, de alegre esposa, é vibrante.

É também nas cartas que Clara mostra melhor sua grande capacidade de escritora: concisa, clara, carinhosa, rica de
citações que mostram como seus interesses eram diversificados, embora sempre na linha da espiritualidade.

Não temos nenhuma das cartas que Inês escreveu para ela e, das diversas que se supõe que tenha escrito para a co-
irmã de Praga, só temos quatro. São quatro cartas que têm uma tradição muito antiga, em alemão. No século XVII
foram traduzidas para o latim por Lucas Wadding, no seu Annales Minorum, e uma delas já constava da Crônica dos
XXIV Gerais. Em 1915, o texto latino foi descoberto na Biblioteca do Capítulo de Santo Ambrósio de Milão por Mons.
Aquiles Ratti, futuro papa Pio XI. Tratava-se de uma cópia feita em Praga no fim do século XIII ou nos primeiros anos
do século XIV para integrar o processo de canonização de Inês, então enviado a Roma, embora nunca tenha
chegado. Uma primeira publicação foi feita por Seton, em 1924, No Archivum Franciscanum Historicum. Wyskocil
apresentou uma edição crítica em 1932. Uma boa edição latina é a de I.Boccali, nas "Concordantiae", que nós
procuramos seguir, em confronto com a de Becker, Godet, Matura, mas também com Fontes Franciscani.

A carta a Ermentrudes de Bruges representa um problema bem maior. Só a conhecemos através dos Annales
Minorum de Lucas Wading. Ele, além de não citar a fonte de onde a copiou, diz que encontrou duas cartas de Santa
Clara a essa coirmã, mas apresenta só uma, que tem muitos indícios de ser um resumo das originais. Por isso, os
críticos não a aceitam como autêntica. Decidimos incluí-la em nossas Fontes porque os pensamentos são
evidentemente clarianos.

1. Carta 1 a Inês de Praga

2. Carta 2 a Inês de Praga

3. Carta 3 a Inês de Praga

4. Carta 4 a Inês de Praga

5. Carta a Ermentrudes de Bruges

http://200.245.46.121/capitulo.php?cCapitulo=9

Introdução - Carta 1 a Inês de Praga


Não há dúvida de que esta é a primeira carta de Clara para Inês. Os críticos discutem a data. Muitos acham que foi
escrita antes de Pentecostes de 1234, quando Inês entrou no mosteiro, argumentando que a carta é dirigida a uma
princesa, com um "vós" honorífico e não recorda as outras Irmãs. Para outros, o fato de Clara referir-se à ampla
divulgação da fama de Inês colocaria a sua redação depois de 5 de junho de 1235, quando Gregório IX elogiou a Inês
em carta dirigida à rainha Beatriz, de Castela. Acreditamos que a carta foi escrita em 1234, por ocasião da entrada de
Inês. Clara diz que Inês já preferiu Jesus Cristo e a pobreza e cita várias passagens do ofício de Santa Inês, usadas no
rito da consagração das virgens.

Para citar a Primeira Carta a Inês de Praga, vamos usar a sigla 1CtIn seguida pelo números de 1 a 35, que são os
parágrafos da carta.

:: CARTA 1 A INÊS DE PRAGA ::


1 À venerável e santa virgem, dona Inês, filha do excelentíssimo e ilustríssimo rei da Boêmia,

2 Clara, indigna fâmula de Jesus Cristo e serva inútil das senhoras enclausuradas do mosteiro de São Damião, sua
serva sempre submissa, recomenda-se inteiramente e deseja, com especial reverência, que obtenha a glória (cfr. Sir
50,5) da felicidade eterna.

3 Sabedora da boa fama de vosso santo comportamento e vida, que não só chegou até mim, mas foi
esplendidamente divulgada em quase toda a terra, muito me alegro e exulto no Senhor (cfr. Hab 3,18).

4 Disso posso exultar tanto eu mesma como todos os que prestam serviço a Jesus Cristo ou desejam fazê-lo.

5 Porque, embora pudésseis gozar, mais do que outros, das pompas e honras deste mundo, desposando
legitimamente, com a maior glória, o ilustre imperador, como teria sido conveniente à vossa excelência e à dele,

6 rejeitastes tudo isso e preferistes a santíssima pobreza e as privações corporais, com toda a alma e com todo o
afeto do coração,

7 tomando um esposo da mais nobre estirpe, o Senhor Jesus Cristo, que guardará vossa virgindade sempre
imaculada e intacta.

8 Amando-o, sois casta; tocando-o, tornar-vos-eis mais limpa; acolhendo-o, sois virgem.

9 Seu poder é mais forte, sua generosidade mais elevada, seu aspecto é mais belo, o amor mais suave, e toda a graça
mais elegante.

10 Já estais tomada pelos abraços daquele que ornou vosso peito com pedras preciosas e colocou em vossas orelhas
pérolas inestimáveis.

11 Ele vos envolveu de gemas primaveris e coruscantes e vos deu uma coroa de ouro marcada com o sinal da
santidade (Sir 45,14).

12 Portanto, irmã caríssima, ou melhor, senhora muito digna de veneração, porque sois esposa, mãe e irmã(cfr. 2Cor
11,2; Mat 12,50) do meu Senhor Jesus Cristo,

13 destacada pelo esplendor do estandarte da inviolável virgindade e da santíssima pobreza, ficai firme no santo
serviço do pobre Crucificado, ao qual vos dedicastes com amor ardente.

14 Ele suportou por todos nós a paixão (Hb 12,2) da cruz e nos arrancou do poder do príncipe das trevas (Col 1,13),
que nos acorrentava pela transgressão de nosso primeiro antepassado, e nos reconciliou (2Cor 5,18) com Deus Pai.

15 Ó bem-aventurada pobreza, que àqueles que a amam e abraçam concede as riquezas eternas

16 Ó santa pobreza, aos que a têm e desejam Deus prometeu o reino dos céus (cfr. Mat 5,3), e são concedidas sem
dúvida alguma a glória eterna e a vida feliz!

17 Ó piedosa pobreza, que o Senhor Jesus Cristo dignou-se abraçar acima de tudo, ele que regia e rege o céu e a
terra, ele que disse e tudo foi feito (Sl 32,9; 148,5)!

18 Pois disse que as raposas têm tocas e os passarinhos têm ninhos mas o Filho do Homem, Jesus Cristo, não tem
onde reclinar a cabeça (Mt 8,20). Mas, inclinando a cabeça, entregou o espírito (Jo 19,30).

19 Portanto, se tão grande e elevado Senhor, vindo a um seio virginal, quis aparecer no mundo desprezado,

20 indigente e pobre, para que os homens, paupérrimos e miseráveis, na extrema indigência do alimento celestial,
nele se tornassem ricos possuindo os reinos celestes,

21 vós tendes é que exultar e vos alegrar (cfr. Hab 3,18) muito, repleta de imenso gáudio e alegria espiritual,

22 pois tivestes maior prazer no desprezo do século que nas honras, preferistes a pobreza às riquezas temporais e
achastes melhor guardar tesouros no céu que na terra,
23 porque lá nem a ferrugem consome nem a traça rói, e os ladrões não saqueiam nem roubam (Mt 6,20).Vossa
recompensa será enorme nos céus (Mt 5,12),

24 e merecestes ser chamada com quase toda a dignidade de irmã, esposa e mãe (cfr. 2Cor 11,2; Mt 12,50) do Filho
do Pai Altíssimo e da gloriosa Virgem.

25 Creio firmemente que sabeis que o reino dos céus não é prometido e dado pelo Senhor senão aos pobres(cfr. Mt
5,3), porque, quando se ama uma coisa temporal, perde-se o fruto da caridade.

26 Sabeis que não se pode servir a Deus e às riquezas, porque ou se ama a um e se odeia às outras, ou serve-se a
Deus e desprezam-se as riquezas (cfr. Mt 6,24).

27 Sabeis que vestido não pode lutar com nu, pois vai mais depressa ao chão quem tem onde ser agarrado.

28 Sabeis que não dá para ser glorioso no mundo e lá reinar com Cristo, e que é mais fácil o camelo passar pelo
buraco da agulha que o rico subir ao reino do céu (cfr. Mat 19,24).

29 Por isso vos livrastes das vestes, isto é, das riquezas temporais, para não sucumbir de modo algum ao lutador e
poder entrar no reino dos céus pelo caminho duro e pela porta estreita (cfr. Mt 7,13-14).

30 Que troca maior e mais louvável: deixar as coisas temporais pelas eternas, merecer os bens celestes em vez dos
terrestres, receber cem por um e possuir a vida (cfr. Mt 19,29) feliz para sempre!

31 Por isso achei bom suplicar vossa excelência e santidade, na medida do possível, com humildes preces, nas
entranhas de Cristo (cfr. Fp 1,8), que vos deixeis fortalecer no seu santo serviço,

32 crescendo de bem para melhor, de virtude em virtude (cfr. Sl 83,8), para que aquele que servis com todo desejo
do coração digne-se dar-vos os desejados prêmios.

33 Quanto me é possível, também vos suplico no Senhor que vos lembreis em vossas santas preces (cfr. Ro 15,30) de
mim, vossa serva, embora inútil, e das outras Irmãs que vivem comigo no mosteiro e vos apreciam.

34 Que com a ajuda dessas preces possamos merecer a misericórdia de Jesus Cristo, para gozar junto a vós da eterna
visão.

35 Que o Senhor vos guarde. Orai por (cfr. 1Te 5,25) mim.

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%20Praga&cSubCap=4&vertudo=1

Introdução - Bênção
A Legenda de Santa Clara, n. 45, diz que ela “abençoou seus devotos e devotas e implorou a graça de uma ampla
bênção sobre todas as senhoras dos mosteiros de pobres, tanto presentes como futuras”. É característico que fale
em “devotos e devotas”, porque essa acentuação de masculino e feminino não era comum no seu tempo mas é uma
das originalidades mais notáveis da Bênção de Santa Clara que nós conhecemos. Temos diversas variantes do texto,
em latim ou na fala medieval dos franceses, dos alemães e dos italianos, ligadas à Carta a Ermentrudes de Bruges, ou
a uma das Cartas a Inês de Praga, ou dirigida a todas as Irmãs.

As Clarissas liam essa bênção mais ampla logo após o Testamento, desde séculos. Hoje, com a descoberta do texto
da Bênção nos mesmos manuscritos do século XIV em que se teve certeza do Testamento, se acredita que o original,
calcado como a bênção de São Francisco no texto do livro dos Números, pode ter sido uma fórmula geral que Clara
usou mais de uma vez. Para as Fontes Clarianas, usamos o texto latino e a divisão em versículos da obra de
M.F.Becker, J.F.Godet, T.Matura, Claire d’Assise: Écrits (Paris, Les Editions Du Cerf, 1985). Mas para esta versão na
Internet revisamos o texto pelas “Fontes Franciscani”.

A bênção complementa os valores originais de Clara já expressos na Forma de Vida e no Testamento.

Usaremos como sigla BSC , no trabalho de internet, para designar a Bênção de Santa Clara.

1 Em nome do Pai, do Filho e do Espírito Santo (cfr. Mat 28,19).


2 O Senhor as abençoe e guarde; 3 mostre-lhes o seu rosto e tenha misericórdia de vocês; 4 volte a sua facepara
vocês e lhes dê a paz (cfr. Num 6,24-26), a vocês minhas irmãs e filhas, 5 e a todas as outras que vierem e
permanecerem em sua comunidade, e a todas as outras, tanto presentes quanto futuras, que perseverarem até o
fim nos outros mosteiros das senhoras pobres.

6 Eu, Clara, serva de Cristo, plantinha do nosso bem-aventurado pai São Francisco, irmã e mãe de vocês e das outras
irmãs pobres, embora indigna, 7 rogo a nosso Senhor Jesus Cristo, por sua misericórdia e por intercessão de sua
santíssima Mãe Santa Maria, de São Miguel Arcanjo e de todos os anjos de Deus, do nosso bem-aventurado pai
Francisco e de todos os santos e santas, 8 que o próprio Pai celeste lhes dê e confirme esta sua santíssima bênção no
céu e na terra (cfr. Gn 27,28): 9 na terra, fazendo-as crescer na graça e em virtude entre seus servos e servas na sua
Igreja militante; 10 no céu, exaltando-as e glorificando-as na Igreja triunfante entre os seus santos e santas.

11 E as abençôo em minha vida e depois de minha morte, como posso, com todas as bênçãos 12 com que o Pai das
misericórdias (cfr. 2Cor 1,3) abençoou e abençoará seus filhos e filhas no céu (cfr. Ef 1,3) e na terra, 13 e com os
quais um pai e uma mãe espiritual abençoaram e abençoarão seus filhos e filhas espirituais. Amém.

14 Amem sempre as suas almas e as de todas as suas Irmãs, 15 e sejam sempre solícitas na observância do que
prometeram a Deus.

16 O Senhor esteja sempre com vocês (cfr. Lc 1,28; 2Cor 13,11) e oxalá estejam vocês também sempre com Ele.
Amém.

http://200.245.46.121/paragrafo_capitulo.php?cCapitulo=8&vertudo=1

Introdução - Testamento
As Clarissas liam, havia muito tempo, o Testamento de Clara junto com sua Regra, mas esse documento não tinha
uma tradição bem documentada. Só se conhecia uma cópia feita por Lucas Wadding em 1628, de um “memorial
antigo”, que ele nem identifica melhor. Por isso, foi contestado por alguns estudiosos. Depois de 1976 foram se
acumulando referências mais antigas e mesmo alguns códices, como os de Messina, Upsala, Madri e Urbino, que
remontam ao século XIV. Hoje em dia, a autenticidade é reconhecida por quase todos os críticos e o texto é bem
mais garantido. Para o livro das Fontes Clarianas, usamos o texto e a numeração de M.F. Becker, J.F. Godet,
T.Matura, Claire d’Assise: Écrits, Paris, Les Editions du Cerf, 1985. Para este programa na Internet, confrontamos com
a edição de “Fontes Franciscani”.

Também houve muitas discussões quanto ao tempo em que o Testamento pode ter sido escrito. Parece certo que
Clara o ditou depois de 6 de agosto de 1247, quando Inocêncio IV publicou a sua Regra permitindo propriedades.
Mas também pode ter feito retocar o escrito até seu último ano de vida, 1253. Clara não alude à Regra, mas é bom
lembrar que ela só conseguiu a aprovação papal de sua Forma de Vida dois dias antes de morrer, e o Testamento era
um documento com que ela podia garantir os principais valores de sua família.

A idéia de fazer um testamento pode ter sido tomada do de São Francisco, mas Clara é totalmente original. Celebra o
Senhor por sua vida e por sua vocação e exorta as Irmãs a serem fiéis. Faz uma recordação muito pessoal de sua
conversão e dos primeiros passos da Ordem. Afirma com decisão o compromisso com a pobreza absoluta. Insiste
sobre o clima de fraternidade evangélica com serviço mútuo. Faz uma reflexão sobre a fé. Exorta à oração e à
perseverança e termina com uma bênção. Clara quer deixar uma exortação que mantenha estável sua fundação.

Apesar de ser um documento preocupado com a “forma de vida” das Irmãs Pobres, é também autobiográfico e já
tem um valor bem maior que o da “Regra” para demonstrar a personalidade ímpar e a espiritualidade da grande
mãe da família franciscana. Ela se declara uma simples “plantinha", sem poder esconder que é uma estrela de
primeira grandeza, com luz semelhante à de São Francisco, mas bem própria. Para este nosso trabalho de internet
estaremos usando a sigla TestC.

1 Em nome do Senhor! (cfr. Col 3,17) Amém!

2 Entre outros benefícios que temos recebido e ainda recebemos diariamente da generosidade do Pai de toda
misericórdia (cfr. 2Cor 1,3) e pelos quais mais temos que agradecer ao glorioso Pai de Cristo,
3 está a nossa vocação que, quanto maior e mais perfeita, mais a Ele é devida.

4 Por isso diz o Apóstolo: “Reconhece a tua vocação” (cf. 1Cor 1,26).

5 O Filho de Deus fez-se para nós o Caminho (cf. Jo 14,6; 1Tm 4,12), que nosso bem-aventurado pai Francisco, que o
amou e seguiu de verdade, nos mostrou e ensinou por palavra e exemplo.

6 Por isso, queridas Irmãs, devemos considerar os imensos benefícios que Deus nos concedeu,

7 mas, entre outros, aqueles que Ele se dignou realizar em nós por seu dileto servo, nosso pai São Francisco,

8 não só depois de nossa conversão mas também quando estávamos na miserável vaidade do mundo.

9 Pois, quando o santo, logo depois de sua conversão, sem ter ainda irmãos ou companheiros,

10 estava construindo a igreja de São Damião, em que foi visitado plenamente pela graça divina, e foi impelido a
abandonar totalmente o mundo,

11 numa grande alegria e iluminação do Espírito Santo, profetizou a nosso respeito aquilo que o Senhor veio a
cumprir mais tarde.

12 Pois, nessa ocasião, subindo ao muro da igreja, ele disse em voz alta e em francês para uns pobres que moravam
ali perto:

13 Venham me ajudar na obra do mosteiro de São Damião,

14 porque nele ainda haverão de morar umas senhoras cuja vida famosa e santo comportamento vão glorificar
nosso Pai celestial (cfr. Mt 5,16) em toda a sua santa Igreja.

15 Nisso nós podemos considerar, portanto, a copiosa bondade de Deus para conosco,

16 pois, em sua imensa misericórdia e amor, dignou-se contar essas coisas sobre nossa vocação e eleição (cfr. 2Pd
1,10), através do seu santo.

17 E o nosso bem-aventurado pai Francisco não profetizou isso só a nosso respeito, mas também sobre as outras
que haveriam de vir, na santa vocação em que Deus nos chamou.

18 Com que solicitude, então, com que zelo da mente e do corpo devemos observar o que foi mandado por Deus e
por nosso pai, para restituir o talento multiplicado, com a colaboração do Senhor!

19 Pois o próprio Senhor colocou-nos não só como modelo, exemplo e espelho para os outros, mas também para
nossas irmãs, que ele vai chamar para a nossa vocação,

20 para que também elas sejam espelho e exemplo para os que vivem no mundo.

21 Portanto, se o Senhor nos chamou a coisas tão elevadas que em nós possam espelhar-se as que deverão ser
exemplo e espelho para os outros,

22 estamos bem obrigadas a bendizer e louvar a Deus, dando força ainda maior umas às outras para fazer o bem no
Senhor.

23 Por isso, se vivermos de acordo com essa forma, daremos aos outros um nobre exemplo (cfr. 2Mc 6,28.31) e
vamos conquistar o prêmio da bem-aventurança eterna com um trabalho muito breve.

24 Depois que o Altíssimo Pai celestial, por sua misericórdia e graça, se dignou iluminar meu coração para fazer
penitência segundo o exemplo e ensino de nosso bem-aventurado pai Francisco,

25 pouco depois de sua conversão, com algumas irmãs que Deus me dera logo após a minha conversão, eu lhe
prometi obediência voluntariamente,

26 como o Senhor nos concedera pela luz da sua graça através da vida admirável e do ensinamento dele.
27 Vendo o bem-aventurado Francisco que nós, embora frágeis e fisicamente sem forças, não recusávamos
nenhuma privação, pobreza, trabalho, tribulação, nem humilhação ou o desprezo do mundo,

28 e até julgávamos tudo isso as maiores delícias, como pôde comprovar freqüentemente em nós a exemplo dos
santos e dos seus frades, alegrou-se muito no Senhor.

29 E movido de piedade para conosco, assumiu o compromisso, por si e por sua Ordem, de ter sempre por nós o
mesmo cuidado diligente e a mesma atenção especial que tinha para com seus irmãos.

30 E assim, por vontade de Deus e do nosso bem-aventurado pai Francisco, fomos morar junto da igreja de São
Damião,

31 onde em pouco tempo o Senhor nos multiplicou por sua misericórdia e graça, a fim de que se cumprisse o que
tinha predito por seu santo.

32 Pois antes tínhamos morado em outro lugar, embora por pouco tempo.

33 Depois escreveu para nós uma forma de vida, principalmente para que perseverássemos sempre na santa
pobreza.

34 E não se contentou em exortar-nos durante a sua vida com muitos sermões (cfr. Act 20,2) e exemplos ao amor e
observância da santa pobreza, mas nos deu muitos escritos, para que depois de sua morte não nos desviássemos
dela de modo algum,

35 como o Filho de Deus, enquanto viveu neste mundo, não quis jamais afastar-se da santa pobreza.

36 Também o nosso bem-aventurado pai Francisco, imitando os seus passos (cfr. 1Pd 2,21), pelo exemplo e pelo
ensinamento, nunca se desviou, em toda a vida, de sua santa pobreza, que escolheu para si e seus irmãos.

37 Por isso eu, Clara, serva de Cristo e das Irmãs Pobres do mosteiro de São Damião, embora indigna, e verdadeira
plantinha do santo pai, considerando com as minhas outras Irmãs a nossa tão alta profissão e o mandamento de tão
grande pai,

38 como também a fragilidade de outras, que temíamos em nós mesmas depois do falecimento do nosso pai São
Francisco, que era a nossa coluna e única consolação depois de Deus e o nosso apoio (cfr. 1Tm 3,15),

39 repetidas vezes fizemos nossa entrega voluntária a nossa santíssima Senhora Pobreza, para que, depois de minha
morte, as Irmãs que estão e as que vierem não possam de maneira alguma afastar-se dela.

40 E como sempre fui cuidadosa e solícita em observar a santa pobreza que prometemos ao Senhor e ao nosso bem-
aventurado pai Francisco, e em fazer que fosse observada pelas outras,

41 assim sejam obrigadas até o fim aquelas que vão me suceder no ofício a observar e fazer observar sua santa
pobreza, com o auxílio de Deus.

42 Para maior segurança, tive a preocupação de conseguir do senhor papa Inocêncio, em cujo tempo começamos, e
dos seus outros sucessores, que corroborassem com os seus privilégios a nossa profissão da santíssima pobreza, que
prometemos ao Senhor e ao nosso bem-aventurado pai,

43 para que em tempo algum nos afastássemos dela de maneira alguma.

44 Por isso, de joelhos dobrados e prostrada de corpo e alma, recomendo todas as minhas Irmãs atuais e futuras à
santa mãe Igreja Romana, ao Sumo Pontífice e principalmente ao senhor cardeal que for encarregado da Ordem dos
Frades Menores e de nós,

45 para que, por amor daquele Deus que pobre foi posto no presépio (cfr. Luc 12,32), viveu pobre no mundo e ficou
nú no patíbulo,

46 faça com que sempre o seu pequeno rebanho (cfr. Lc 12,32), que o Senhor Pai gerou em sua Igreja pela palavra e
o exemplo do nosso bem-aventurado pai São Francisco para seguir a pobreza e a humildade do seu Filho dileto e da
Virgem, sua gloriosa Mãe,
47 observe a santa pobreza que prometemos a Deus e a nosso bem-aventurado pai Francisco e nela digne-se
encorajá-las e conserva-las.

48 E como o Senhor nos deu nosso bem-aventurado pai Francisco como fundador, plantador16 e auxílio no serviço
de Cristo e naquilo que prometemos ao Senhor e ao nosso pai,

49 e como ele durante a sua vida mostrou tanto cuidado em palavras e obras para tratar e cuidar de nós, sua
plantinha,

50 assim recomendo e confio minhas Irmãs, presentes e futuras, ao sucessor do nosso bem-aventurado pai Francisco
e a toda a Ordem,

51 para que nos ajudem a crescer sempre mais no serviço de Deus e principalmente a observar melhor a santa
pobreza.

52 Se em algum tempo acontecer que as Irmãs tenham que deixar este lugar para se estabelecer em outro, sejam
obrigadas, em qualquer lugar em que estiverem depois da minha morte, a observar a referida forma de pobreza que
prometemos a Deus e a nosso bem-aventurado pai Francisco.

53 A que estiver no ofício deve ser tão solícita e previdente como as outras Irmãs para não adquirir nem receber
junto a esse lugar nenhuma terra a não ser a que for exigida pela extrema necessidade para a horta em que temos
que cultivar verduras.

54 Mas se em algum lugar, para honestidade e para isolamento do mosteiro for conveniente ter mais terreno além
da cerca da horta, não permitam que seja adquirido ou mesmo recebido mais do que for pedido pela necessidade
extrema.

55 E essa terra não deve ser trabalhada nem semeada mas ficar sempre baldia e inculta.

56 No Senhor Jesus Cristo, aconselho e admoesto a todas as minhas Irmãs, presentes e futuras, que sempre se
empenhem em seguir o caminho da santa simplicidade, da humildade, da pobreza e também uma vida honesta e
santa,

57 como aprendemos de Cristo e de nosso bem-aventurado pai Francisco desde o início de nossa conversão.

58 Foi dessas coisas que, não por nossos méritos mas só por misericórdia e graça de quem o deu, o Pai das
misericórdias, espalhou-se o perfume (cfr. 2Cor 1,3; 2,15) da boa reputação, tanto para os de longe como para os de
perto.

59 E amando-vos umas às outras com a caridade de Cristo, demonstrai por fora, por meio das boas obras, o amor
que tendes dentro,

60 para que, provocadas por esse exemplo, as Irmãs cresçam sempre no amor de Deus e na mútua caridade.

61 Rogo também à que estiver a serviço das Irmãs que trate de estar à frente das outras mais por virtudes e santos
costumes do que pelo ofício,

62 de forma que suas Irmãs, provocadas por seu exemplo, não obedeçam tanto por dever como por amor.

63 Seja também previdente e discreta para com suas Irmãs, como uma boa mãe faz com suas filhas,

64 tratando especialmente de provê-las de acordo com as necessidades de cada uma, com as esmolas que forem
dadas pelo Senhor.

65 Também seja tão bondosa e acessível que possam manifestar com segurança suas necessidades

66 e recorrer a ela confiadamente a qualquer hora, como lhes parecer conveniente, tanto por si mesmas, como por
suas Irmãs.

67 Mas as Irmãs que são súditas lembrem-se de que renunciaram à própria vontade por amor de Deus.

68 Por isso quero que obedeçam à sua mãe, como prometeram ao Senhor, espontaneamente,
69 de modo que sua mãe, vendo o amor, a humildade e a unidade que as Irmãs têm entre si, possa levar mais
facilmente o peso que tem que suportar por causa do ofício,

70 e o que é molesto e amargo mude-se em doçura para ela pelo bom comportamento das Irmãs.

71 E como é estreito o caminho e apertada a porta por onde se vai e se entra na vida, são poucos os que por
aípassam e entram (cfr. Mt 7,13.14).

72 E se há alguns que nele andam por um tempo, são pouquíssimos os que nele perseveram.

73 Mas felizes são aqueles a quem foi dado andar por ele e perseverar até o fim (cfr. Sl 118,1; Mt 10,22).

74 Tomemos cuidado, portanto, para que, se entramos pelo caminho do Senhor, de maneira alguma nos afastemos
dele em algum tempo por nossa culpa e ignorância,

75 para não ofendermos a tão grande Senhor, a sua Virgem Mãe, a nosso bem-aventurado pai Francisco, à Igreja
triunfante e mesmo à militante.

76 Pois está escrito: Malditos os que se desviam de vossos mandamentos (Sl 118,21).

77 Por isso dobro os joelhos diante do Pai de nosso Senhor Jesus Cristo (cfr. Ef 3,14) para que, pela intercessão dos
méritos de sua Mãe, a gloriosa Virgem Santa Maria, de nosso bem-aventurado pai Francisco e de todos os santos,

78 o Senhor que deu o bom começo dê o crescimento (cfr.1Cor 3,6.7) e também a perseverança até o fim. Amém.

http://200.245.46.121/paragrafo_capitulo.php?cCapitulo=7&vertudo=1

Introdução - Forma de Vida - Regra de Santa Clara


Santa Clara e suas Irmãs receberam algumas orientações de São Francisco como “forma de vida” desde 1212,
quando ingressaram na nova vida de Irmãs Pobres. Foi quanto bastou até 1215, quando, em obediência ao Concílio
de Latrão, que mandava os institutos recentes se adaptarem às Regras antigas, tiveram que professar a Regra de São
Bento. Foi então (1216) que Clara obteve de Inocêncio III o seu primeiro “Privilégio da Pobreza”.

Em 1219, alguns mosteiros receberam a Regra do Cardeal Hugolino, que adaptava melhor a elas a Regra de São
Bento, incluindo alguns pontos da sua “forma de vida” prática, mas deixando fora toda a pobreza franciscana, além
de ignorar que elas estavam ligadas à Ordem dos Frades Menores, então no início, e que uma de suas bases era a
vida fraterna.

A Regra de Hugolino parece ter tido a colaboração de Frei Filipe Longo de Atri, um dos primeiros companheiros de
São Francisco. Na bula “Angelis gaudium”, que mandou para Inês de Praga aos 11 de maio de 1238 (Ver BF I, 242-
244), o Papa Gregório IX chega a afirmar que São Francisco aceitou essa Regra para as “Senhoras Pobres”.

Mas o fato é que São Damião foi sempre especial. Clara continuou a se apoiar na “forma de vida” de São Francisco e
no “privilégio da pobreza”.

É bem provável que a partir de 1223, com a aprovação da Regra definitiva de São Francisco, Clara já tenha
reelaborado a primitiva forma d vida dada por Francisco. Pode até ter tido alguma colaboração dele para isso. Mas
foi Inocêncio IV quem acabou dando impulso definitivo para a forma de vida clariana. Após ter insistido na
obrigatoriedade da Regra de Hugolino em 1245, o Papa Inocêncio suspendeu a observância da Regra de Sã Bento no
dia 6 de agosto de 1247, permitiu que as Irmãs professassem formalmente a Regra de São Francisco e as submeteu à
Ordem do Frades Menores, mas apresentou uma nova Regra, onde continuou a ignorar a pobreza a vida fraterna do
ideal franciscano. Houve resistência de alguns mosteiros para aceita-la, e ele a confirmou com um documento mais
forte, ainda no mesmo ano. Como a resistência continuasse, ele declarou, em 1250, que não tinha a intenção de
obrigar a seguir a sua Regra.

Foi então que Clara se animou a completar a sua “Forma de Vida”, pela qual deve ter ansiado por todo o tempo, pois
queria viver os grandes ideais que ela e Francisco tinham concebido por inspiração de Deus. Essa forma de vida, a
primeira Regra escrita por uma mulher, foi aprovada por Reinaldo, cardeal protetor, aos 16 de setembro de 1252,
pelo Papa Inocêncio IV, com uma bula “Solet annuere” aos 9 de agosto de 1253. Clara recebeu-a no dia 10 e morreu
no dia 11.

Era o ponto de chegada de uma longa experiência de vida, feita na devesa da pobreza e da fraternidade. A Idade
Média contou com um grupo destacado de mulheres muito capazes e muito santas, mas nenhuma ousou escrever
uma regra, como Clara, e nenhuma teve sobre seus contemporâneos e pósteros toda a influência que ela teve.

O documento escrito por Clara prova que ela conhecia muito bem e soube usar com precisão tanto a regra de São
Francisco como a de São Bento, tanto a de Hugolino como a de Inocêncio IV e ainda enriqueceu o conjunto com seu
conhecimento da Bíblia, dos autores sacros do seu tempo e de uma experiência toda original.

Na realidade, como os mosteiros eram independentes entre si e a exigência de Clara pela pobreza era muito forte,
sua Regra foi aprovada para São Damião e acolhida integralmente por poucos outros mosteiros, embora fossem
cerca de cento e cinqüenta que aderiam à sua forma de vida em 1253. Já em 1259, aparecia a Regra de Isabel de
Logchamps, irmã de São Luís da França, feita com a colaboração de diversos peritos e até mesmo de São Boaventura.
Foi a que teve maior aceitação na França e na Inglaterra. E aos 18 de outubro de 1263, dez anos depois da morte da
Santa, o Papa Urbano IV já apresentava uma nova Regra para as “Clarissas” (nome então introduzido por ele) de
todo o mundo.

A partir daí, começou-se a chamar de Regra Primeira a de Clara e de Regra Segunda a de Urbano. A Regra Segunda
não conseguiu a unanimidade que pretendia, mas, por admitir propriedades, foi amplamente aceita, sendo a
adotada por alguns mosteiros até hoje. No começo do século XV, havia cerca de quinze mil clarissas em
quatrocentos mosteiros, e a regra predominante era a urbaniana. A Rega Primeira voltou ao seu vigor com a reforma
feita nessa época por Santa Coleta de Córbia ou em alguns ramos reformados das clarissas, como o das Capuchinhas,
fundadas em1537 por Maria Lourença Longo.

Foi assim que chegamos ao fim do século XIX com não poucas incertezas sobre o texto completo e genuíno da Forma
de Vida de Santa Clara. Mas em 1893, surpreendentemente, foi encontrado, no meio das roupas da Santa guardadas
no mosteiro de Assis, uma caixa com o pergaminho original em que Inocêncio IV aprovou, no dia 9 de agosto de
1253, a regra original de Santa Clara. Não traz a caligrafia dela e sim a de um secretário da Cúria Romana, mas duas
pequenas anotações são do próprio Papa.

Na parte superior do pergaminho, Inocêncio IV escreveu à mão: Ad instar Fiat S. (Faça-se assim, S.). Embaixo
colocou: Ex causis manifestis michi et protectorii mon[asterii] Fiat ad instar (Por razões conhecidas por mim e pelo
protetor do mosteiro, faça-se assim). A primeira frase é uma fórmula de assentimento escrita e assinada, que o Papa
colocava nos requerimentos que a chancelaria pontifícia estava redigindo e lhe apresentava antes de prosseguir. O S
representa Sinibaldo, o nome de batismo do Papa. Habitualmente, era só depois de obter essa aprovação que a
chancelaria papal retomava o requerimento e compunha o texto definitivo. No caso da Regra de Santa Clara,
requerimento e bula são o mesmo documento. Clara não deve ter feito o pedido por escrito. Inocêncio teve que se
apressar, porque ela estava morrendo. Ele foi visitá-la no dia 9 de agosto e, nesse mesmo dia, assinou a bula. Um
frade levou-a do convento de São Francisco, onde o Papa estava hospedado, até São Damião, provavelmente no dia
10 de agosto. Ela morreu no dia 11.

O texto no pergaminho é corrido, sem subtítulos. Mas a divisão em capítulos é muito antiga, e por isso nós a
colocamos em letras menores e marcamos os versículos em cada capítulo. A divisão em doze é artificial, não
corresponde exatamente aos assuntos, foi feita provavelmente para imitar a da Regra de São Francisco (também
dividida posteriormente) e é uma provável homenagem aos doze apóstolos.

Para uma compreensão melhor da Regra, além das notas, remetemos ao estudo do Privilégio da Pobreza e das
Regras de Hugolino e Inocêncio, que incluímos neste mesmo programa.

O texto latino da Regra de Santa Clara está hoje muito bem estabelecido em diversas publicações européias, feitas a
partir da edição de “Seraphicae Legislationis textus originales”, de Quaracchi, 1897. Para este programa, usamos o
texto e a divisão em versículos de “Claire d’ Assise: Écrits”, de M.F Becker, J. F. Godet, T. Matura (Paris, Les Èditions
du Cerf, 1985). Também nos apoiamos no texto de Omaechevarría, dos “Escritos de Santa Clara”, na segunda edição
da BAC (Madrid 1982). Também cotejamos, posteriormente, com a edição de “Fontes Franciscani”, em latim.
A introdução e a conclusão da Bula, que não são de Santa Clara, vão entre colchetes.

Para ler e estudar a “Forma de Vida de Santa Clara”, usamos a sigla RSC (Regra de Santa Clara) acompanhada do
números de 1 a 12 ou das palavras “pro” (prólogo) e “epi” (epílogo), que são da bula pontifícia.

Bula do Papa Inocêncio IV.

1Inocêncio, bispo, servo dos servos de Deus.

2Às diletas filhas em Cristo: a abadessa Clara e as outras Irmãs do mosteiro de São Damião em Assis, saudação e
bênção apostólica.

3Costuma a Sé Apostólica aceder aos votos piedosos e conceder benévolo favor aos desejos honestos dos que a
imploram. 4De fato, diante de nós está uma súplica humilde da vossa parte para a forma de vida que deveis viver
comunitariamente em espírito de unidade e com o voto da altíssima pobreza (cfr. 2Cor 8,2), 5dada pelo bem-
aventurado Francisco e por vós espontaneamente acolhida. 6O nosso venerável irmão bispo de Óstia e de Velletri
julgou que deveria ser aprovada, de acordo com o que está contido mais plenamente na sua carta,7para que
tivéssemos o cuidado de confirmá-la com a autoridade apostólica. 8Por isso, inclinados para as preces da vossa
devoção, tendo por ratificado e agradável o que foi feito pelo referido bispo neste assunto, nós o confirmamos com
autoridade apostólica e o munimos com a patrocínio do presente escrito, 9fazendo inserir neste documento, palavra
por palavra, o teor da própria carta, que é o seguinte: 10Reinaldo, por misericórdia divina bispo de Óstia e de
Velletri, à sua caríssima mãe e filha em Cristo, dona Clara, abadessa de São Damião de Assis, 11e às suas Irmãs tanto
presentes como futuras, saudação e bênção paternal.

12Porque vós, amadas filhas em Cristo, desprezastes as pompas e prazeres do mundo 13e, seguindo os vestígios cfr.
1Pd 2,21) do próprio Cristo e de sua Mãe santíssima, escolhestes uma vida enclausurada e o serviço do Senhor na
mais alta pobreza, para poder ser servas do Senhor com espírito livre, nós, recomendando no Senhor vosso santo
propósito, queremos de boa vontade, com afeto paterno, conceder benévolo favor aos vossos votos e aos vossos
santos desejos.

15Por isso, movidos por vossas piedosas preces, a forma de vida e o modo de santa unidade e altíssima pobreza (cfr.
2Cor 8,2) que o vosso bem-aventurado pai Francisco, em palavras e por escrito, vos transmitiu para que
observásseis, 16e que aqui está anotada, fica por nós confirmada para sempre, com a autoridade do senhor papa e a
nossa, para vós todas e para as que vos haverão de suceder no vosso mosteiro, e munida com a proteção do
presente escrito .

17Ela é como segue:

Capítulo I - Em nome do Senhor começa a forma de vida das irmãs pobres

1 A forma de vida da Ordem das Irmãs Pobres, que o bem-aventurado Francisco instituiu, é esta: 2 Observar o santo
evangelho de nosso Senhor Jesus Cristo, vivendo em obediência, sem nada de próprio e em castidade.

3Clara, serva indigna de Cristo e plantinha do bem-aventurado pai Francisco, promete obediência e reverência ao
senhor papa Inocêncio e aos seus sucessores canonicamente eleitos e à Igreja Romana.

4E, como no princípio de sua conversão, juntamente com suas Irmãs, prometeu obediência ao bem-aventurado
Francisco, assim promete guardá-la inviolavelmente para com seus sucessores.

5E as outras Irmãs sejam sempre obrigadas a obedecer aos sucessores de São Francisco, à Irmã Clara e às outras
abadessas canonicamente eleitas que a sucederem.

Capítulo II - Sobre as que quiserem aceitar esta Vida e como deverão ser recebidas

1Se alguém, por inspiração divina, vier ter conosco querendo abraçar esta vida, a abadessa deverá pedir o
consentimento de todas as Irmãs. 2E se a maioria concordar, poderá recebê-la, tendo obtido a licença do nosso
cardeal protetor. 3Se achar que deve ser recebida, examine-a diligentemente, ou a faça examinar sobre a fé católica
e os sacramentos da Igreja. 4Se crer em tudo isso e quiser confessá-lo fielmente e observá-lo firmemente até o fim,
5não tiver marido ou, tendo-o, já houver entrado na vida religiosa com autorização do bispo diocesano, e feito o
voto de continência, 6e se não for impedida de observar esta vida pela idade avançada ou alguma enfermidade ou
deficiência mental, 7que lhe seja exposto diligentemente o teor de nossa vida.

8Se for idônea, digam-lhe a palavra do Santo Evangelho: que vá vender tudo que é seu e procure dá-lo aospobres
(cfr. Mt 19,21). 9Se não puder fazer isso, baste-lhe a boa vontade. 10Mas a abadessa e suas Irmãs evitem preocupar-
se com suas coisas temporais, para que possa livremente fazer do que for dela o que o Senhor lhe inspirar. 11Se
pedir conselho, mandem-na a pessoas discretas e tementes a Deus para dar os bens aos pobres de acordo com sua
orientação.

12Depois, cortados os cabelos em círculo e depostas as roupas seculares, dêem-lhe três túnicas e um
manto.13Depois disso, não lhes seja permitido sair do mosteiro sem um motivo útil, razoável, manifesto e
aprovado.14Mas, terminado o ano da provação, seja recebida na obediência prometendo observar para sempre a
vida e a forma da nossa pobreza.

15Nenhuma receba o véu durante o tempo da provação. 16As Irmãs podem ter também aventais por comodidade
ou conveniência do serviço e do trabalho. 17 Proveja-as a abadessa de roupas com discrição, conforme a situação
das pessoas, os lugares, tempos e regiões frias, como lhe parecer exigido pela necessidade.

18As jovens recebidas no mosteiro antes da idade legítima tenham o cabelo cortado em círculo; 19e, deixando a
roupa secular, sejam vestidas com um pano religioso, como parecer melhor à abadessa. 20Mas, quando chegarem à
idade legítima, vestidas à maneira das outras, façam a sua profissão. 21Tanto para elas como para as outras noviças,
a abadessa providencie com solicitude uma mestra entre as mais discretas de todo o mosteiro, 22que as forme
diligentemente, por um comportamento santo e bons costumes, de acordo com a forma de nossa profissão.

23Para examinar e aceitar as Irmãs que servem fora do mosteiro observe-se a mesma forma. E estas poderão usar
calçados. 24Ninguém poderá morar conosco no mosteiro, se não tiver sido recebida segundo a forma de nossa
profissão. 25 E, por amor do santíssimo e diletíssimo Menino deitado no presépio envolto em panos pobrezinhos
(cfr. Lc 2,7.12), e de sua santíssima Mãe, admoesto, peço e exorto minhas Irmãs a se vestirem sempre de roupas vis.

Capítulo III - Sobre o ofício divino e o jejum, a confissão e a comunhão

1As Irmãs que sabem ler rezem o ofício divino conforme o costume dos frades menores, pelo que poderão ter
breviários, lendo sem canto. 2E aquelas que, por causa razoável, alguma vez não puderem dizer suas Horas lendo,
possam dizer os Pai-nossos como as outras Irmãs. 3E as Irmãs que não sabem ler digam vinte e quatro Pai-nossos
pelas Matinas; cinco pelas Laudes, 4por Prima, Terça, Sexta e Noa, por cada uma dessas horas, sete; pelas Vésperas
doze e pelas Completas sete. 5Pelos defuntos rezem também nas Vésperas sete Pai-nossos com o Requiem
aeternam (cfr. Esd 2,34-35) e doze nas Matinas, 6quando as Irmãs letradas tiverem que rezar o ofício dos mortos.
7Quando morrer uma Irmã de nosso mosteiro, digam cinqüenta Pai-nossos.

8As Irmãs jejuem em todo o tempo. 9Mas no Natal do Senhor, seja em que dia for, podem alimentar-se duas vezes.
10As adolescentes, as fracas e as que servem fora do mosteiro sejam misericordiosamente dispensadas, como
parecer à abadessa. 11Mas em tempo de manifesta necessidade as Irmãs não sejam obrigadas ao jejum corporal.

12Com licença da abadessa, confessem-se pelo menos doze vezes por ano. 13E devem ter o cuidado de não falar de
outras coisas senão das que dizem respeito à confissão e à salvação das almas. 14Comunguem sete vezes, a saber:
no Natal do Senhor, na Quinta-feira santa, na Ressurreição do Senhor, no dia de Pentecostes, na Assunção de Nossa
Senhora, na festa de São Francisco e na festa de todos os santos. 15Para dar a comunhão às Irmãs, sãs ou doentes,
seja permitido ao capelão celebrar dentro (da clausura).

Capítulo IV - Sobre a eleição e o ofício da abadessa, sobre o capítulo e as oficiais e discretas

1Na eleição da abadessa, as Irmãs sejam obrigadas a observar a forma canônica. 2Procurem elas mesmas com
antecedência ter o ministro geral ou provincial da Ordem dos Frades Menores, 3que as prepare pela palavra de Deus
para toda concórdia e utilidade comum na eleição a fazer. 4Ninguém seja eleita se não for professa. 5E se fosse
eleita ou nomeada de outra forma uma não professa, não se lhe obedeça, se primeiro não fizer a profissão da forma
de nossa pobreza. 6Quando ela morrer, eleja-se outra abadessa.

7E se alguma vez parecer à totalidade das Irmãs que a sobredita não é suficiente para o serviço e a utilidade comum
delas, 8sejam obrigadas as referidas Irmãs a eleger quanto antes outra para ser sua abadessa e mãe, de acordo com
a forma predita.

9A eleita pense no ônus que assumiu e naquele a quem deverá prestar contas (cfr. Mt 12,36; Hb 13,17) pelo rebanho
que lhe foi confiado. 10Empenhe-se também em estar à frente das outras mais pelas virtudes e bons costumes do
que pelo cargo, para que, estimuladas por seu exemplo, as Irmãs lhe obedeçam mais por amor que por temor.
11Não tenha amizades particulares para não amar mais uma parte, escandalizando no conjunto.12Console as aflitas.
Seja também refúgio final das atribuladas (cfr. Sl 31,7) de modo que, se faltarem junto a ela os remédios da saúde,
não prevaleça nas enfermas a doença do desespero.

13Conserve a vida comunitária em tudo, principalmente na igreja, no dormitório, no refeitório, na enfermaria e nas
roupas. 14E isso tem que fazer do mesmo modo a sua vigária.

15Pelo menos uma vez por semana, a abadessa tenha que convocar suas Irmãs para um capítulo. 16Aí, tanto ela
quanto as Irmãs devem confessar humildemente suas faltas e negligências comuns e públicas. 17E tratem aí, de
acordo com todas as Irmãs, o que for necessário para a utilidade e o bem do mosteiro, 18porque muitas vezes o
Senhor revela à menor o que é melhor.

19Não se contraia nenhuma dívida grave sem o consenso comum das Irmãs e sem manifesta necessidade, e isso
através de um procurador. 20Mas a abadessa e suas Irmãs devem guardar-se de receber algum depósito no
mosteiro; 21porque disso nascem muitas vezes perturbações e escândalos.

22Para conservar a unidade do amor mútuo e da paz, elejam-se todas as responsáveis pelos cargos do mosteiro de
comum acordo de todas as Irmãs. 23Do mesmo modo elejam-se ao menos oito Irmãs das mais discretas, de cujo
conselho a abadessa tenha sempre que servir-se nas coisas requeridas por nossa forma de vida. 24As Irmãs podem,
e até devem, se lhes parecer útil e conveniente, remover alguma vez as responsáveis e discretas e eleger outras no
lugar delas.

Capítulo V - Sobre o silêncio, o locutório e a grade

1As Irmãs, com exceção das que servem fora do mosteiro, observem o silêncio desde a hora de Completas até a
Terça. 2Calem-se também continuamente na igreja e no dormitório; no refeitório, só enquanto comem; 3com
exceção da enfermaria, em que as Irmãs sempre podem falar discretamente para distrair as doentes e cuidar delas.
4Mas podem insinuar o que for necessário sempre e em toda parte, brevemente e em voz baixa.

5Não seja permitido às Irmãs falar no locutório ou na grade sem licença da abadessa ou de sua vigária. 6As que
tiverem licença não ousem conversar no locutório a não ser na presença de duas Irmãs que as possam ouvir. 7Mas
não se atrevam a chegar à grade se não estiverem presentes pelo menos três Irmãs escolhidas pela abadessa ou por
sua vigária entre as oito eleitas por todas as Irmãs para o conselho da abadessa. 8A abadessa e sua vigária têm que
observar essa mesma forma de falar. 9E isso só se faça rarissimamente na grade, e de maneira nenhuma na porta.
10Por dentro dessa grade ponha-se um pano, que não será removido a não ser quando se prega a palavra de Deus
ou quando alguma Irmã falar a alguém.

11Deve ter também uma porta de madeira, bem defendida por duas fechaduras de ferro diferentes, ferrolhos e
trancas, 12para que sejam fechadas, máxime de noite, com duas chaves, uma das quais ficará com a abadessa, e a
outra com a sacristã. 13E fique sempre fechada, menos quando se ouve o ofício divino ou pelas causas acima
lembradas.

14Ninguém deve falar com alguém na grade, de modo algum, antes do nascer do sol ou depois do pôr do sol.15Mas
no locutório fique sempre por dentro um pano, que não deve ser removido. 16Na quaresma de São Martinho e na
quaresma maior, ninguém fale no locutório, 17a não ser ao sacerdote para se confessar ou por outra necessidade
manifesta, o que está reservado à prudência da abadessa ou de sua vigária.

Capítulo VI - Não devem ter propriedades


1Depois que o altíssimo Pai Celeste se dignou iluminar o meu coração pela sua graça para que eu fizesse penitência
conforme o exemplo e o ensinamento de nosso pai São Francisco, pouco depois da conversão dele, eu lhe prometi
obediência voluntariamente, junto com minhas Irmãs.

2Vendo o bem-aventurado pai que não temíamos nenhuma pobreza, trabalho, tribulação, humilhação e desprezo do
mundo, antes tínhamos tudo isso como um prazer, movido de piedade escreveu-nos uma forma de vida deste modo:
3“Desde que por inspiração divina vos fizestes filhas e servas do Altíssimo Sumo Rei Pai celeste e desposastes o
Espírito Santo optando por uma vida de acordo com a perfeição do santo Evangelho,4eu quero e prometo, por mim
e por meus frades, ter por vós o mesmo cuidado diligente e uma solicitude especial, como por eles”. 5Cumpriu-o
diligentemente enquanto viveu, e quis que fosse sempre cumprido pelos frades.

6E para que nem nós nem as que viriam depois de nós jamais nos afastássemos da santíssima pobreza que
assumimos, pouco antes de sua morte escreveu-nos de novo expressando sua última vontade: 7“Eu, Frei Francisco,
pequenino, quero seguir a vida e a pobreza do Altíssimo Senhor nosso Jesus Cristo e de sua santíssima Mãe e nela
perseverar até o fim (cfr. Mt 10,22). 8Rogo-vos, senhoras minhas, e vos aconselho a que vivais sempre nessa
santíssima vida e pobreza. 9Guardai-vos bastante de vos afastardes dela de maneira alguma pelo ensinamento de
quem quer que seja”.

10E como eu sempre fui solícita com minhas Irmãs, na observância da santa pobreza que ao Senhor Deus e ao bem-
aventurado Francisco prometemos guardar, 11assim sejam obrigadas as abadessas que me sucederem no cargo e
todas as Irmãs a observá-la inviolavelmente até o fim: 12isto é, a não aceitar nem ter posse ou propriedade nem por
si, nem por pessoa intermediária, 13e nem coisa alguma que possa com razão ser chamada de propriedade,
14exceto aquele tanto de terra requerido pela necessidade para o bem e o afastamento do mosteiro. 15E essa terra
não será trabalhada a não ser para a horta e a necessidade delas.

Capítulo VII - O modo de trabalhar

1As Irmãs a quem o Senhor deu a graça de trabalhar trabalhem com fidelidade e devoção, depois da hora de Terça,
em um trabalho que seja conveniente à honestidade e ao bem comum, 2de modo que, afastando o ócio, inimigo da
alma, não extingam o espírito (cfr. 1Ts 5,19) da santa oração e devoção, ao qual as outras coisas temporais devem
servir.

3A abadessa ou a vigária devem indicar em capítulo, diante de todas, o que cada uma deverá fazer com as próprias
mãos. 4O mesmo se faça se alguém enviar alguma esmola para as necessidades das Irmãs, para que pelo bem dessas
pessoas se faça uma recomendação em comum. 5E todas essas coisas sejam distribuídas pela abadessa ou por sua
vigária, com o conselho das discretas, para a utilidade comum.

Caput VIII

Capítulo VIII - Que as Irmãs de nada se apropriem,

Sobre o pedir esmolas e sobre as Irmãs doentes

1As Irmãs não se apropriem de nada, nem casa, nem lugar, nem coisa alguma. 2E como peregrinas e forasteiras (cfr.
Sl 38,13; 1Pd 2,11) neste mundo, servindo ao Senhor na pobreza e na humildade, mandem pedir esmola
confiadamente, 3e não precisam ficar com vergonha, porque o Senhor se fez (cfr. 2Cor 8,9) pobre por nós neste
mundo. 4Esta é a sublimidade da altíssima pobreza (cfr. 2Cor 8,2) que vos fez, minhas caríssimas Irmãs, herdeiras e
rainhas do reino dos céus, pobres (cfr. Tg 2,5) em coisas, mas sublimadas em virtudes.5Seja esta a vossa porção, que
vos conduz à terra dos vivos (cfr. Sl 141,6). 6Aderindo totalmente a ela, queridas Irmãs, nada mais queirais possuir
em perpétuo abaixo do céu, pelo nome de nosso Senhor Jesus Cristo e de sua santíssima Mãe.

7A nenhuma Irmã seja permitido mandar cartas, receber ou dar alguma coisa fora do mosteiro sem licença da
abadessa. 8Nem seja lícito ter alguma coisa que não tenha sido dada ou permitida pela abadessa. 9Se algo for
enviado a alguém por parentes ou por outros, faça a abadessa que isso lhe seja dado. 10Ela mesma, se tiver
necessidade, poderá usá-lo; se não, que o dê com caridade a uma Irmã que precise. 11Mas se lhe for mandado
algum dinheiro, a abadessa, com o conselho das discretas, faça provê-la do que tiver necessidade.
12Quanto às Irmãs doentes, a abadessa seja firmemente obrigada a informar-se solicitamente por si mesma ou por
outras Irmãs, do que é exigido por sua enfermidade, tanto em conselhos como em alimentos e outras necessidades
13e a prover com caridade e misericórdia, de acordo com as possibilidades do lugar. 14Porque todas devem prover e
servir suas Irmãs enfermas, como gostariam de ser servidas, se tivessem alguma doença.

15Manifeste com segurança, uma à outra, sua necessidade. 16E se uma mãe ama e nutre sua filha (cfr. 1Ts 2,7)
carnal, quanto mais diligentemente deve uma Irmã amar e nutrir sua irmã espiritual? 17As que estão doentes
deitem-se em colchões de palha e tenham à cabeça travesseiros de penas; 18e as que precisarem podem usar meias
de lã e acolchoados.

19As referidas enfermas, quando forem visitadas por quem entra no mosteiro, podem, cada uma por si, responder
com algumas palavras breves aos que lhes falarem. 20Mas as outras Irmãs que têm licença não ousem falar com os
que entram no mosteiro, a não ser estando presentes duas Irmãs discretas designadas pela abadessa ou por sua
vigária. 21A abadessa e sua vigária também sejam obrigadas a observar essa forma de falar.

Capítulo IX - A penitência a impor-se às irmãs que pecam e as irmãs que servem fora do mosteiro

1Se uma Irmã, por instigação do inimigo, pecar mortalmente contra a forma de nossa profissão e, admoestada duas
ou três vezes pela abadessa ou por outras Irmãs, 2não se emendar, deve comer pão e água, no chão, diante de todas
as Irmãs, por quantos dias for contumaz; 3e, se assim parecer à abadessa, seja submetida a pena mais grave.
4Enquanto for contumaz, reze-se para que o Senhor ilumine seu coração para a penitência.5Mas a abadessa e suas
Irmãs devem tomar cuidado para não se irar nem se perturbar pelo pecado de alguém, 6porque a ira e a
perturbação impedem a caridade em si e nos outros.

7Se acontecer, tomara que não, que surja alguma vez entre duas Irmãs uma ocasião de perturbação ou de escândalo
por causa de alguma palavra ou gesto, 8a que tiver causado a perturbação imediatamente, antes de oferecer o dom
(cfr. Mt 5,23) de sua oração diante do Senhor, não só se prosterne humildemente aos pés da outra, pedindo perdão,
9mas também rogue com simplicidade que interceda por ela diante do Senhor para que a perdoe. 10Mas a outra,
lembrando a palavra do Senhor: Se não perdoardes de coração também o Pai do céu não vos perdoará (cfr. Mt 6,15;
18,35), 11perdoe generosamente sua irmã por toda ofensa que lhe tenha feito.

12As Irmãs que servem fora do mosteiro não se ausentem por muito tempo, a não ser que o exija uma manifesta
necessidade. 13Devem caminhar com honestidade e falar pouco, para poderem edificar sempre os que as virem. 14E
guardem-se firmemente de ter relacionamentos ou encontros suspeitos com alguém. 15Nem se façam comadres de
homens ou de mulheres, para que isso não dê ocasião para murmuração ou perturbação.

16Não ousem trazer os boatos do mundo para dentro do mosteiro. 17E sejam firmemente obrigadas a não contar
fora do mosteiro o que se fala ou se faz dentro que possa causar algum escândalo. 18Se alguma incorrer nesses dois
pontos por simplicidade, cabe à prudência da abadessa dar-lhe a penitência, com misericórdia.19Mas se tiver o mau
costume de fazer isso, imponha-lhe a abadessa uma penitência com o conselho das discretas, de acordo com o grau
da culpa.

Capítulo X - A admoestação e a correção das irmãs

1A abadessa exorte e visite suas Irmãs e as corrija com humildade e caridade, não lhes prescrevendo nada que seja
contra sua alma e a forma de nossa profissão. 2Mas as Irmãs súditas lembrem-se de que, por Deus, renunciaram a
sua própria vontade.

3Por isso devem obedecer firmemente a suas abadessas em tudo que prometeram ao Senhor observar e que não é
contrário a sua alma e à nossa profissão. 4A abadessa, porém, tenha tanta familiaridade com elas que possam falar e
fazer com ela como as senhoras com sua serva. 5Pois assim deve ser, que a abadessa seja servidora de todas as
Irmãs.

6Admoesto e exorto no Senhor Jesus Cristo, que se guardem as Irmãs de toda soberba, vanglória, inveja,avareza (cfr.
Lc 12,15), cuidado e solicitude deste mundo (cfr. Mt 13,22; Lc 21,34), da detração e da murmuração, da dissensão e
da divisão. 7Antes, sejam sempre solícitas em conservar, umas com as outras, a unidade do amor mútuo, que é o
vínculo da perfeição (Cl 3,14).
8E as que não sabem letras não procurem aprendê-las; 9mas lembrem que, acima de tudo, devem desejar ter o
espírito do Senhor e sua santa operação, 10orar sempre a ele com coração puro e ter humildade, paciência na
tribulação e na doença, 11e amar os que nos perseguem (cfr. Mt 5,44), repreendem e acusam, 12porque, diz o
Senhor: Bem-aventurados os que sofrem perseguição pela justiça, porque deles é o reino dos céus (Mt 5,10). 13E
quem perseverar até o fim, esse será salvo (Mt 10,22).

Capítulo XI - A observância da Clausura

1A porteira seja de comportamento maduro, discreta e de idade conveniente; de dia deve permanecer lá, numa
pequena cela aberta, sem porta. 2Seja-lhe designada uma companheira idônea que, se necessário, a substitua em
tudo.

3A porta deve ser bem defendida por duas fechaduras diferentes de ferro, por trancas e trincos, 4de modo que,
principalmente de noite, fique fechada com duas chaves, uma das quais esteja com a porteira e a outra com a
abadessa. 5De dia não se deixe jamais sem guarda e seja fechada seguramente com uma chave.

6Cuidem com toda diligência que a porta nunca fique aberta, a não ser o mínimo possível, segundo a conveniência.
7E não se abra absolutamente a quem quiser entrar, a não ser que lhe tenha sido permitido pelo Sumo Pontífice ou
pelo senhor nosso Cardeal. 8E as Irmãs não permitam que alguém entre no mosteiro antes do nascer do sol nem que
nele permaneça depois do ocaso, se isso não for exigido por uma causa manifesta, razoável e inevitável.

9Se a algum bispo for permitido celebrar missa dentro do mosteiro para a bênção da abadessa, para a consagração
de alguma das Irmãs como monja ou por outro motivo, contente-se com o menor número possível de companheiros
e ministros, e com os mais honestos.

10Mas quando for necessário introduzir no mosteiro alguns homens para fazer algum trabalho, a abadessa deve ter
o cuidado de colocar na porta uma pessoa bem indicada, 11que só abra aos encarregados da obra e não a outros.
12Todas as Irmãs tenham o maior cuidado para não serem vistas pelos que entrarem nessa ocasião.

Capítulo XII - Sobre o Visitador, o Capelão e o Cardeal Protetor

1Nosso visitador seja sempre da Ordem dos Frades Menores, de acordo com a vontade e o mandato de nosso
Cardeal. 2Sua honestidade e bons costumes devem ser muito bem conhecidos. 3Seu encargo será o de corrigir, tanto
na cabeça como nos membros, os excessos cometidos contra a forma de nossa profissão. 4Estando em lugar aberto,
para poder ser visto pelos outros, poderá falar sobre o que diz respeito à visita com várias Irmãs ou com cada uma,
como lhe parecer melhor.

5Também um capelão, com um companheiro clérigo de boa fama, de previdente discrição, e dois irmãos leigos de
santo comportamento e amantes da honestidade, 6para socorrerem nossa pobreza, como sempre nos foi dado com
misericórdia pela referida Ordem dos Frades Menores, 7pedimos como uma graça da mesma Ordem, por amor de
Deus e do bem-aventurado Francisco. 8Não seja permitido ao capelão entrar no mosteiro sem o companheiro. 9E
quando entrarem, estejam em um lugar aberto, para poderem ser vistos sempre um pelo outro e pelos demais.

10Eles podem entrar para a confissão das enfermas que não puderem ir ao locutório, como também para sua
comunhão, extrema unção ou encomendação da alma.

11Mas para as exéquias e a celebração da missa de defuntos, para cavar, abrir a sepultura, ou mesmo para ajustá-la,
podem entrar as pessoas suficientes e capazes segundo a disposição da abadessa.

12Para isso sejam as Irmãs firmemente obrigadas a ter sempre como nosso governador, protetor e corretor o
cardeal da santa Igreja romana que for designado pelo senhor Papa para os Frades Menores, 13a fim de que, sempre
submissas e subordinadas aos pés da mesma santa Igreja, firmes na fé católica, observemos para sempre a santa
pobreza e humildade de Nosso Senhor Jesus Cristo e de sua santíssima Mãe e o Santo Evangelho, que prometemos
firmemente. Amém.

Epílogo

14Dado em Perusa, no dia 16 de setembro, no décimo ano do pontificado do senhor Papa Ino-cêncio IV.15Portanto,
a ninguém seja permitido infringir esta página por nós confirmada ou, com temerária ousadia, contradize-la. 16Se
alguém tiver a presunção de fazer isso, saiba que há de incorrer na indignação de Deus todo-poderoso e dos bem-
aventurados apóstolos Pedro e Paulo.

17Dado em Assis, no dia nove de agosto, no décimo primeiro ano de nosso pontificado.

http://200.245.46.121/paragrafo_capitulo.php?cCapitulo=6&vertudo=1

 Es una gentileza de:  http://www.franciscanos.org/esscl/menud2.htmlpara la BIBLIOTECA BÁSICA DEL CRISTIANO 

ESCRITOS COMPLETOS DE SANTA CLARA DE ASÍS


Índice:

Benedición [BenCla]Carta I a Santa Inés de Praga [CtaCla1] Carta II a Santa Inés de Praga [CtaCla2] Carta III a Santa
Inés de Praga [CtaCla3]Carta IV a Santa Inés de Praga [CtaCla4] Carta a Ermentrudis [CtaCla5]Regla [RCl]Testamento
[TestCl]

BENDICIÓN [BenCla]
1
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
2
El Señor os bendiga y os guarde. 3Os muestre su faz y tenga misericordia de vosotras. 4Vuelva su rostro a vosotras y
os dé la paz (cf. Núm 6,24-26), a vosotras, hermanas e hijas mías, 5y a todas las otras que han de venir y permanecer
en vuestra comunidad, y a todas las demás, tanto presentes como futuras, que perseveren hasta el fin en todos los
otros monasterios de Damas Pobres.
6
Yo, Clara, sierva de Cristo, plantita de nuestro muy bienaventurado padre san Francisco, hermana y madre vuestra y
de las demás hermanas pobres, aunque indigna, 7ruego a nuestro Señor Jesucristo, por su misericordia y por la
intercesión de su santísima Madre santa María, y del bienaventurado Miguel arcángel y de todos los santos ángeles
de Dios, de nuestro bienaventurado padre Francisco y de todos los santos y santas, 8que el mismo Padre celestial os
dé y os confirme ésta su santísima bendición en el cielo y en la tierra (cf. Gén 27,28): 9en la tierra, multiplicándoos en
su gracia y en sus virtudes entre sus siervos y siervas en su Iglesia militante; 10y en el cielo, exaltándoos y
glorificándoos en la Iglesia triunfante entre sus santos y santas.
11
Os bendigo en vida mía y después de mi muerte, como puedo y más de lo que puedo, con todas las
bendiciones 12con las que el Padre de las misericordias (cf. 2 Cor 1,3) ha bendecido y bendecirá a sus hijos e hijas en
el cielo (cf. Ef 1,3) y en la tierra, 13y con las que el padre y la madre espiritual ha bendecido y bendecirá a sus hijos e
hijas espirituales. Amén.
14
Sed siempre amantes de Dios y de vuestras almas y de todas vuestras hermanas, 15y sed siempre solícitas en
observar lo que habéis prometido al Señor.
16
El Señor esté siempre con vosotras (cf. 2 Cor 13,11), y ojalá que vosotras estéis siempre con Él (cf. Jn 12,26; 1 Tes
4,17). Amén

CARTA I A SANTA INÉS DE PRAGA [CtaCla1]


1
A la venerable y santísima virgen, doña Inés, hija del excelentísimo e ilustrísimo rey de Bohemia, 2Clara, indigna
servidora de Jesucristo y sierva inútil (cf. Lc 17,10) de las damas encerradas del monasterio de San Damián, súbdita y
sierva suya en todo, se le encomienda de manera absoluta con especial reverencia y le desea que obtenga la gloria
de la felicidad eterna.
3
Al llegar a mis oídos la honestísima fama de vuestro santo comportamiento religioso y de vuestra vida, que se ha
divulgado egregiamente, no sólo hasta mí, sino por casi toda la tierra, me alegro muchísimo en el Señor y salto de
gozo (cf. Hab 3,18); 4a causa de eso, no sólo yo personalmente puedo saltar de gozo, sino todos los que sirven y
desean servir a Jesucristo. 5Y el motivo de esto es que, cuando vos hubierais podido disfrutar más que nadie de las
pompas y honores y dignidades del siglo, desposándoos legítimamente con el ínclito Emperador con gloria excelente,
como convenía a vuestra excelencia y a la suya, 6desdeñando todas esas cosas, vos habéis elegido más bien, con
entereza de ánimo y con todo el afecto de vuestro corazón, la santísima pobreza y la penuria corporal, 7tomando un
esposo de más noble linaje, el Señor Jesucristo, que guardará vuestra virginidad siempre inmaculada e ilesa.
8
Cuando lo amáis, sois casta; cuando lo tocáis, os volvéis más pura; cuando lo aceptáis, sois virgen. 9Su poder es más
fuerte, su generosidad más excelsa, su aspecto más hermoso, su amor más suave y toda su gracia más elegante. 10Ya
estáis vos estrechamente abrazada a Aquel que ha ornado vuestro pecho con piedras preciosas y ha colgado de
vuestras orejas margaritas inestimables, 11y os ha envuelto toda de perlas brillantes y resplandecientes, y ha puesto
sobre vuestra cabeza una corona de oro marcada con el signo de la santidad (cf. Eclo 45,14).
12
Por tanto, hermana carísima, o más bien, señora sumamente venerable, porque sois esposa y madre y hermana de
mi Señor Jesucristo (cf. 2 Cor 11,2; Mt 12,50), 13tan esplendorosamente distinguida por el estandarte de la virginidad
inviolable y de la santísima pobreza, confortaos en el santo servicio comenzado con el deseo ardiente del pobre
Crucificado, 14el cual soportó la pasión de la cruz por todos nosotros (cf. Heb 12,2), librándonos del poder del
príncipe de las tinieblas (cf. Col 1,13), poder al que estábamos encadenados por la transgresión del primer hombre, y
reconciliándonos con Dios Padre (cf. 2 Cor 5,18).
15
¡Oh bienaventurada pobreza, que da riquezas eternas a quienes la aman y abrazan! 16¡Oh santa pobreza, que a los
que la poseen y desean les es prometido por Dios el reino de los cielos (cf. Mt 5,3), y les son ofrecidas, sin duda
alguna, hasta la eterna gloria y la vida bienaventurada! 17¡Oh piadosa pobreza, a la que el Señor Jesucristo se dignó
abrazar con preferencia sobre todas las cosas, Él, que regía y rige cielo y tierra, que, además, lo dijo y las cosas
fueron hechas (cf. Sal 32,9; 148,5)! 18Pues las zorras, dice Él, tienen madrigueras, y las aves del cielo nidos, pero el
Hijo del hombre, es decir, Cristo, no tiene donde reclinar la cabeza (cf. Mt 8,20), sino que, inclinada la cabeza,
entregó el espíritu (cf. Jn 19,30).
19
Por consiguiente, si tan grande y tan importante Señor, al venir al seno de la Virgen, quiso aparecer en el mundo,
despreciado, indigente y pobre (cf. 2 Cor 8,9), 20para que los hombres, que eran paupérrimos e indigentes, y que
sufrían una indigencia extrema de alimento celestial, se hicieran en Él ricos mediante la posesión del reino de los
cielos (cf. 2 Cor 8,9), 21saltad de gozo y alegraos muchísimo (cf. Hab 3,18), colmada de inmenso gozo y alegría
espiritual,22porque, por haber preferido vos el desprecio del siglo a los honores, la pobreza a las riquezas temporales,
y guardar los tesoros en el cielo antes que en la tierra, 23allá donde ni la herrumbre los corroe, ni los come la polilla,
ni los ladrones los desentierran y roban (cf. Mt 6,20), vuestra recompensa es copiosísima en los cielos (cf. Mt
5,12), 24y habéis merecido dignamente ser llamada hermana, esposa y madre del Hijo del Altísimo Padre (cf. 2 Cor
11,2; Mt 12,50) y de la gloriosa Virgen.
25
Pues creo firmemente que vos sabíais que el Señor no da ni promete el reino de los cielos sino a los pobres (cf. Mt
5,3), porque cuando se ama una cosa temporal, se pierde el fruto de la caridad; 26que no se puede servir a Dios y al
dinero, porque o se ama a uno y se aborrece al otro, o se servirá a uno y se despreciará al otro (cf. Mt 6,24); 27y que
un hombre vestido no puede luchar con otro desnudo, porque es más pronto derribado al suelo el que tiene de
donde ser asido; y que no se puede permanecer glorioso en el siglo y luego reinar allá con Cristo; 28y que antes podrá
pasar un camello por el ojo de una aguja, que subir un rico al reino de los cielos (cf. Mt 19,24). 29Por eso vos os
habéis despojado de los vestidos, esto es, de las riquezas temporales, a fin de evitar absolutamente sucumbir en el
combate, para que podáis entrar en el reino de los cielos por el camino estrecho y la puerta angosta (cf. Mt 7,13-
14).30Qué negocio tan grande y loable: dejar las cosas temporales por las eternas, merecer las cosas celestiales por
las terrenas, recibir el ciento por uno, y poseer la bienaventurada vida eterna (cf. Mt 19,29).
31
Por lo cual consideré que, en cuanto puedo, debía suplicar a vuestra excelencia y santidad, con humildes preces, en
las entrañas de Cristo (cf. Flp 1,8), que os dignéis confortaros en su santo servicio, 32creciendo de lo bueno a lo
mejor, de virtudes en virtudes (cf. Sal 83,8), para que Aquel a quien servís con todo el deseo de vuestra alma, se
digne daros con profusión los premios deseados.
33
Os ruego también en el Señor, como puedo, que os dignéis encomendarnos en vuestras santísimas oraciones (cf.
Rom 15,30), a mí, vuestra servidora, aunque inútil (cf. Lc 17,10), y a las demás hermanas, tan afectas a vos, que
moran conmigo en este monasterio, 34para que, con la ayuda de esas oraciones, podamos merecer la misericordia de
Jesucristo, y merezcamos igualmente gozar junto con vos de la visión eterna.
35
Que os vaya bien en el Señor, y orad por mí.

CARTA II A SANTA INÉS DE PRAGA [CtaCla2]


1
A la hija del Rey de reyes, sierva del Señor de señores (cf. Ap 19,16; 1 Tim 6,15), esposa dignísima de Jesucristo y,
por eso, reina nobilísima, señora Inés, 2Clara, sierva inútil (cf. Lc 17,10) e indigna de las Damas Pobres, le desea salud
y que viva siempre en suma pobreza.
3
Doy gracias al espléndido dispensador de la gracia, de quien sabemos que procede toda dádiva óptima y todo don
perfecto (cf. Sant 1,17), porque te ha adornado con tantos títulos de virtud y te ha hecho brillar con las insignias de
tanta perfección, 4para que, convertida en diligente imitadora del Padre perfecto (cf. Mt 5,48), merezcas llegar a ser
perfecta, a fin de que sus ojos no vean en ti nada imperfecto (cf. Sal 138,16).
5
Ésta es la perfección por la que el mismo Rey te asociará a sí en el tálamo celestial, donde se asienta glorioso en el
solio de estrellas, 6porque, menospreciando las grandezas de un reino terrenal y estimando poco dignas las ofertas
de un matrimonio imperial, 7convertida en émula de la santísima pobreza en espíritu de gran humildad y de
ardentísima caridad, te has adherido a las huellas (cf. 1 Pe 2,21) de Aquel a quien has merecido unirte en
matrimonio.
8
Como he sabido que estás colmada de virtudes, renuncio a ser prolija en la expresión y no quiero cargarte de
palabras superfluas, 9aunque a ti no te parezca superfluo nada que pueda proporcionarte algún consuelo. 10Sin
embargo, porque una sola cosa es necesaria (cf. Lc 10,42), ésta sola te suplico y aconsejo por amor de Aquel a quien
te ofreciste como hostia santa y agradable (cf. Rom 12,1): 11que acordándote de tu propósito, como otra Raquel (cf.
Gén 29,16), y viendo siempre tu punto de partida, retengas lo que tienes, hagas lo que haces, y no lo dejes (cf. Cant
3,4), 12sino que, con andar apresurado, con paso ligero, sin que tropiecen tus pies, para que tus pasos no recojan
siquiera el polvo, 13segura, gozosa y alegre, marcha con prudencia por el camino de la felicidad, 14no creyendo ni
consintiendo a nadie que quiera apartarte de este propósito o que te ponga algún obstáculo en el camino (cf. Rom
14,13) para que no cumplas tus votos al Altísimo (cf. Sal 49,14) en aquella perfección a la que te ha llamado el
Espíritu del Señor.
15
Y en esto, para que recorras con mayor seguridad el camino de los mandamientos del Señor (cf. Sal 118,32), sigue
el consejo de nuestro venerable padre, nuestro hermano Elías, ministro general; 16antepónlo a los consejos de los
demás y considéralo como más preciado para ti que cualquier otro don. 17Y si alguien te dijera otra cosa o te
sugiriera otra cosa, que impida tu perfección o que parezca contraria a la vocación divina, aunque debas venerarlo,
no quieras, sin embargo, seguir su consejo, 18sino, virgen pobre, abraza a Cristo pobre.
19
Míralo hecho despreciable por ti y síguelo, hecha tú despreciable por Él en este mundo. 20Reina nobilísima, mira
atentamente, considera, contempla, deseando imitarlo, a tu Esposo, el más hermoso de los hijos de los hombres (cf.
Sal 44,3), que, por tu salvación, se ha hecho el más vil de los hombres, despreciado, golpeado y flagelado de
múltiples formas en todo su cuerpo, muriendo en medio de las mismas angustias de la cruz.
21
Si sufres con Él, reinarás con Él; si lloras con Él, gozarás con Él; si mueres con Él en la cruz de la tribulación, poseerás
con Él las mansiones celestes en el esplendor de los santos (cf. Rom 8, 17; 2 Tim 2,12.11; 1 Cor 12,26; Sal 109,3), 22y
tu nombre será inscrito en el libro de la vida (cf. Flp 4,3; Ap 3,5), y será glorioso entre los hombres. 23Por lo cual,
participarás para siempre y por los siglos de los siglos, de la gloria del reino celestial a cambio de las cosas terrenas y
transitorias, de los bienes eternos a cambio de los perecederos, y vivirás por los siglos de los siglos.
24
Que te vaya bien, carísima hermana y señora, por el Señor tu esposo; 25y procura encomendarnos al Señor en tus
devotas oraciones, a mí y a mis hermanas, que nos alegramos de los bienes del Señor que Él obra en ti por su gracia
(cf. 1 Cor 15,10). 26Recomiéndanos también, y mucho, a tus hermanas.

CARTA III A SANTA INÉS DE PRAGA [CtaCla3]


1
A la hermana Inés, su reverendísima señora en Cristo y la más digna de ser amada de todos los mortales, hermana
del ilustre rey de Bohemia, pero ahora hermana y esposa (cf. Mt 12,50; 2 Cor 11,2) del supremo Rey de los
cielos,2Clara, humildísima e indigna esclava de Cristo y sierva de las Damas Pobres, le desea los gozos de la salvación
en el autor de la salvación (cf. Heb 2,10) y todo lo mejor que pueda desearse (cf. Flp 4,8-9).
3
Reboso de alegría por tu buena salud, por tu estado feliz y por los prósperos acontecimientos con los que entiendo
que te mantienes firme en la carrera emprendida para obtener el premio celestial (cf. Flp 3,14), 4y respiro saltando
de tanto gozo en el Señor, por cuanto he sabido y compruebo que tú suples maravillosamente lo que falta, tanto en
mí como en mis otras hermanas, en la imitación de las huellas de Jesucristo pobre y humilde.
5
Verdaderamente puedo alegrarme, y nadie podría privarme de tanta alegría, 6cuando, teniendo ya lo que deseé
ardientemente bajo el cielo, veo que tú, sostenida por una admirable prerrogativa de la sabiduría que procede de la
boca del mismo Dios, echas por tierra de manera terrible e inopinada las astucias del taimado enemigo, y la soberbia
que arruina la naturaleza humana, y la vanidad que vuelve fatuos los corazones humanos, 7y cuando veo que abrazas
estrechamente con la humildad, con la fuerza de la fe y con los brazos de la pobreza, el incomparable tesoro
escondido en el campo del mundo y de los corazones humanos, con el que se compra a Aquel por quien fueron
hechas todas las cosas de la nada (cf. Mt 13,44; Jn 1,3); 8y, para usar con propiedad las palabras del mismo Apóstol,
te considero colaboradora del mismo Dios y apoyo de los miembros vacilantes de su Cuerpo inefable (cf. 1 Cor 3,9;
Rom 16,3).
9
¿Quién, por consiguiente, me dirá que no goce de tantas alegrías admirables? 10Alégrate, pues, también tú siempre
en el Señor (Flp 4,4), carísima, 11y que no te envuelva la amargura ni la oscuridad, oh señora amadísima en Cristo,
alegría de los ángeles y corona de las hermanas (Flp 4,1); 12fija tu mente en el espejo de la eternidad, fija tu alma en
el esplendor de la gloria (cf. Heb 1,3), 13fija tu corazón en la figura de la divina sustancia (cf. Heb 1,3), y transfórmate
toda entera, por la contemplación, en imagen de su divinidad (cf. 2 Cor 3,18), 14para que también tú sientas lo que
sienten los amigos cuando gustan la dulzura escondida (cf. Sal 30,20) que el mismo Dios ha reservado desde el
principio para quienes lo aman (cf. 1 Cor 2,9). 15Y dejando absolutamente de lado a todos aquellos que, en este
mundo falaz e inestable, seducen a sus ciegos amantes, ama totalmente a Aquel que por tu amor se entregó todo
entero (cf. Gál 2,20), 16cuya hermosura admiran el sol y la luna, cuyas recompensas y su precio y grandeza no tienen
límite (cf. Sal 144,3); 17hablo de aquel Hijo del Altísimo a quien la Virgen dio a luz, y después de cuyo parto
permaneció Virgen. 18Adhiérete a su Madre dulcísima, que engendró tal Hijo, a quien los cielos no podían contener
(cf. 1 Re 8,27; 2 Cr 2,5), 19y ella, sin embargo, lo acogió en el pequeño claustro de su sagrado útero y lo llevó en su
seno de doncella.
20
¿Quién no aborrecerá las insidias del enemigo del género humano, el cual, mediante el fausto de glorias
momentáneas y falaces, trata de reducir a la nada lo que es mayor que el cielo? 21En efecto, resulta evidente que,
por la gracia de Dios, la más digna de las criaturas, el alma del hombre fiel, es mayor que el cielo, 22ya que los cielos y
las demás criaturas no pueden contener al Creador (cf. 1 Re 8,27; 2 Cr 2,5), y sola el alma fiel es su morada y su sede
(cf. Jn 14,23), y esto solamente por la caridad, de la que carecen los impíos, 23como dice la Verdad: El que me ama,
será amado por mi Padre, y yo lo amaré, y vendremos a él, y moraremos en él (Jn 14,21.23).
24
Por consiguiente, así como la gloriosa Virgen de las vírgenes lo llevó materialmente, 25así también tú, siguiendo sus
huellas (1 Pe 2,21), ante todo las de la humildad y pobreza, siempre puedes, sin duda alguna, llevarlo
espiritualmente en tu cuerpo casto y virginal, 26conteniendo a Aquel que os contiene a ti y a todas las cosas (cf. Sab
1,7; Col 1,17), poseyendo aquello que, incluso en comparación con las demás posesiones de este mundo, que son
pasajeras, poseerás más fuertemente. 27En esto se engañan algunos reyes y reinas del mundo, 28pues aunque su
soberbia se eleve hasta el cielo y su cabeza toque las nubes, al fin se reducen, por así decir, a basura (cf. Job 20,6-7).
29
Y en cuanto a las cosas que me has pedido que te aclare, 30a saber, cuáles serían las fiestas que tal vez nuestro
gloriosísimo padre san Francisco nos aconsejó que celebráramos especialmente con variedad de manjares, como
creo que hasta cierto punto has estimado, me ha parecido que tenía que responder a tu caridad. 31Tu prudencia
ciertamente se habrá enterado de que, exceptuadas las débiles y las enfermas, para con las cuales nos aconsejó y
mandó que tuviéramos toda la discreción posible respecto a cualquier género de alimentos, 32ninguna de nosotras
que esté sana y fuerte debería comer sino alimentos cuaresmales sólo, tanto los días feriales como los festivos,
ayunando todos los días, 33exceptuados los domingos y el día de la Natividad del Señor, en los cuales deberíamos
comer dos veces al día. 34Y también los jueves, en el tiempo ordinario, según la voluntad de cada una, es decir, que la
que no quisiera ayunar, no estaría obligada. 35Sin embargo, las que estamos sanas ayunamos todos los días,
exceptuados los domingos y el día de Navidad.
36
Mas en todo el tiempo de Pascua, como dice el escrito del bienaventurado Francisco, y en las fiestas de santa María
y de los santos Apóstoles, no estamos tampoco obligadas a ayunar, a no ser que estas fiestas caigan en viernes; 37y,
como queda dicho más arriba, las que estamos sanas y fuertes comemos siempre alimentos cuaresmales.
38
Pero como nuestra carne no es de bronce, ni nuestra fortaleza es la de la roca (cf. Job 6,12), 39sino que más bien
somos frágiles y propensas a toda debilidad corporal, 40te ruego, carísima, y te pido en el Señor que desistas con
sabiduría y discreción de una cierta austeridad indiscreta e imposible en la abstinencia que, según he sabido, tú te
habías propuesto, 41para que, viviendo, alabes al Señor (cf. Is 38,19; Eclo 17,27), ofrezcas al Señor tu obsequio
racional (cf. Rom 12,1) y tu sacrificio esté siempre condimentado con sal (cf. Lev 2,13; Col 4,6).
42
Que te vaya siempre bien en el Señor, como deseo que me vaya bien a mí, y encomiéndanos en tus santas
oraciones tanto a mí como a mis hermanas.

CARTA IV A SANTA INÉS DE PRAGA [CtaCla4]


1
A quien es la mitad de su alma y relicario de su amor entrañable y singular, a la ilustre reina, a la esposa del Cordero,
el Rey eterno, a doña Inés, su madre carísima e hija suya especial entre todas las demás, 2Clara, indigna servidora de
Cristo e sierva inútil de las siervas de Cristo que moran en el monasterio de San Damián de Asís, le desea salud, 3y
que cante, con las otras santísimas vírgenes, un cántico nuevo ante el trono de Dios y del Cordero, y que siga al
Cordero dondequiera que vaya (cf. Ap 14,3-4).
4
¡Oh madre e hija, esposa del Rey de todos los siglos!, aunque no te haya escrito con frecuencia, como tu alma y la
mía lo desean y anhelan por igual, no te extrañes, 5ni creas de ninguna manera que el incendio de la caridad hacia ti
arde menos suavemente en las entrañas de tu madre. 6Este ha sido el impedimento: la falta de mensajeros y los
peligros manifiestos de los caminos. 7Pero ahora, al escribir a tu caridad, me alegro mucho y salto de júbilo contigo
en el gozo del Espíritu (cf. 1 Tes 1,6), oh esposa de Cristo, 8porque tú, como la otra virgen santísima, santa Inés,
habiendo renunciado a todas las vanidades de este mundo, te has desposado maravillosamente con el Cordero
inmaculado (cf. 1 Pe 1,19), que quita los pecados del mundo (cf. Jn 1,29).
9
Feliz ciertamente aquella a quien se le concede gozar de este banquete sagrado (cf. Lc 14,15; Ap 19,9), para que se
adhiera con todas las fibras del corazón a Aquel 10cuya hermosura admiran sin cesar todos los bienaventurados
ejércitos celestiales, 11cuyo afecto conmueve, cuya contemplación reconforta, cuya benignidad sacia, 12cuya suavidad
colma, cuya memoria ilumina suavemente, 13a cuyo perfume revivirán los muertos, y cuya visión gloriosa hará
bienaventurados a todos los ciudadanos de la Jerusalén celestial: 14puesto que Él es el esplendor de la eterna gloria
(cf. Heb 1,3), el reflejo de la luz eterna y el espejo sin mancha (cf. Sab 7,26). 15Mira atentamente a diario este espejo,
oh reina, esposa de Jesucristo, y observa sin cesar en él tu rostro, 16para que así te adornes toda entera, interior y
exteriormente, vestida y envuelta de cosas variadas (cf. Sal 44,10), 17adornada igualmente con las flores y vestidos de
todas las virtudes, como conviene, oh hija y esposa carísima del supremo Rey. 18Ahora bien, en este espejo
resplandece la bienaventurada pobreza, la santa humildad y la inefable caridad, como, con la gracia de Dios, podrás
contemplar en todo el espejo.
19
Considera, digo, el principio de este espejo, la pobreza de Aquel que es puesto en un pesebre y envuelto en pañales
(cf. Lc 2,12). 20¡Oh admirable humildad, oh asombrosa pobreza! 21El Rey de los ángeles, el Señor del cielo y de la
tierra es acostado en un pesebre. 22Y en medio del espejo, considera la humildad, al menos la bienaventurada
pobreza, los innumerables trabajos y penalidades que soportó por la redención del género humano. 23Y al final del
mismo espejo, contempla la inefable caridad, por la que quiso padecer en el árbol de la cruz y morir en el mismo del
género de muerte más ignominioso de todos.
24
Por eso, el mismo espejo, puesto en el árbol de la cruz, advertía a los transeúntes lo que se tenía que considerar
aquí, diciendo: 25¡Oh vosotros, todos los que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor semejante a mi dolor!(Lam
1,12); 26respondamos, digo, a una sola voz, con un solo espíritu, a quien clama y se lamenta con gemidos: ¡Me
acordaré en mi memoria, y mi alma se consumirá dentro de mí! (Lam 3,20). 27¡Ojalá, pues, te inflames sin cesar y
cada vez más fuertemente en el ardor de esta caridad, oh reina del Rey celestial!
28
Además, contemplando sus indecibles delicias, sus riquezas y honores perpetuos, 29y suspirando a causa del deseo
y amor extremos de tu corazón, grita: 30¡Llévame en pos de ti, correremos al olor de tus perfumes (Cant 1,3), oh
esposo celestial! 31Correré, y no desfalleceré, hasta que me introduzcas en la bodega (cf. Cant 2,4), 32hasta que tu
izquierda esté debajo de mi cabeza y tu diestra me abrace felizmente (cf. Cant 2,6), hasta que me beses con el ósculo
felicísimo de tu boca (cf. Cant 1,1). 33Puesta en esta contemplación, recuerda a tu pobrecilla madre, 34sabiendo que
yo he grabado indeleblemente tu feliz recuerdo en la tablilla de mi corazón (cf. Prov 3,3; 2 Cor 3,3), teniéndote por la
más querida de todas.
35
¿Qué más? En cuanto al amor que te profeso, que calle la lengua de la carne, digo, y que hable la lengua del
espíritu. 36¡Oh hija bendita!, porque la lengua de la carne no podría en absoluto expresar más plenamente el amor
que te tengo, ha dicho esto que he escrito de manera semiplena. 37Te ruego que lo recibas con benevolencia y
devoción, considerando en estas letras al menos el afecto materno por el que, a diario, ardo de caridad hacia ti y tus
hijas, a las cuales encomiéndanos mucho en Cristo a mí y a mis hijas. 38También estas mismas hijas mías, y
principalmente la prudentísima virgen Inés, nuestra hermana, se encomiendan en el Señor, cuanto pueden, a ti y a
tus hijas.
39
Que os vaya bien, carísima hija, a ti y a tus hijas, y hasta el trono de gloria del gran Dios (cf. Tit 2,13), y orad por
nosotras.
40
Por las presentes recomiendo a tu caridad, en cuanto puedo, a los portadores de esta carta, nuestros carísimos el
hermano Amado, querido por Dios y por los hombres (cf. Eclo 45,1), y el hermano Bonagura. Amén.

CARTA A ERMENTRUDIS [CtaCla5]


1
A Ermentrudis, hermana carísima, Clara de Asís, humilde sierva de Jesucristo, le desea salud y paz.
2
He sabido que tú, oh hermana carísima, con la ayuda de la gracia de Dios, has huido felizmente del cieno del
mundo; 3por lo cual me alegro y me congratulo contigo, y de nuevo me alegro, porque tú, con tus hijas, caminas
valerosamente por las sendas de la virtud.
4
Carísima, sé fiel hasta la muerte a Aquel a quien te has prometido, pues serás coronada por él con la corona de la
vida (cf. Sant 1,12). 5Breve es aquí nuestro trabajo, la recompensa, en cambio, eterna; que no te confunda el
estrépito del mundo que huye como una sombra (cf. Job 14,2); 6que no te hagan perder el juicio los vanos fantasmas
de este siglo falaz; cierra los oídos a los silbidos del infierno y, fuerte, quebranta sus embestidas; 7soporta de buen
grado los males adversos, y que los bienes prósperos no te ensoberbezcan: pues estos piden fe, y aquellos la
exigen; 8cumple con fidelidad lo que has prometido a Dios, y Él te retribuirá.
9
Oh carísima, mira al cielo que nos invita, y toma la cruz y sigue a Cristo (cf. Lc 9,23), que nos precede; 10porque, tras
diversas y numerosas tribulaciones, por él entraremos en su gloria (cf. Hch 14,21; Lc 24,26). 11Ama con todas tus
entrañas a Dios y a Jesús, su Hijo, crucificado por nosotros pecadores, y que su memoria no se aparte nunca de tu
mente; 12procura meditar continuamente los misterios de la cruz y los dolores de la madre que está de pie junto a la
cruz (cf. Jn 19,25). 13Ora y vela siempre (cf. Mt 26,41). 14Y la obra que has comenzado bien, llévala a cabo con
empeño, y cumple el ministerio que has asumido en santa pobreza y en humildad sincera (cf. 2 Tim 4,5.7).
15
No temas, hija, Dios, que es fiel en todas sus palabras, y santo en todas sus obras (cf. Sal 144,13), derramará su
bendición sobre ti y sobre tus hijas; 16y Él será vuestro auxilio y vuestro mayor consuelo; Él es nuestro redentor y la
recompensa eterna.
17
Oremos a Dios la una por la otra (cf. Sant 5,16), pues así, llevando cada una la carga de la caridad de la otra,
cumpliremos con facilidad la ley de Cristo (cf. Gál 6,2). Amén.

REGLA [RCl]

[Bula del Papa Inocencio IV

Inocencio obispo, siervo de los siervos de Dios, a las amadas hijas en Cristo, Clara, abadesa, y las otras hermanas del
monasterio de San Damián de Asís, salud y bendición apostólica.

La Sede Apostólica suele acceder a los piadosos deseos y satisfacer con benevolencia las honestas peticiones de
quienes elevan a ella sus preces. Ahora bien, por vuestra parte se nos ha suplicado humildemente que
confirmáramos con autoridad apostólica la forma de vida que os dio el bienaventurado Francisco y que vosotras
aceptasteis espontáneamente, según la cual debéis vivir comunitariamente en unidad de espíritus y con el voto de
altísima pobreza (cf. 2 Cor 8,2), forma que nuestro venerable hermano el obispo de Ostia y de Velletri tuvo a bien
aprobar, como consta más ampliamente en la carta redactada con tal motivo por el mismo obispo. Así pues,
accediendo a los ruegos de vuestra devoción, teniendo por ratificado y grato cuanto ha hecho a este respecto el
mismo obispo, lo confirmamos con autoridad apostólica y lo corroboramos con la protección del presente escrito,
haciendo insertar en él, palabra por palabra, el tenor de la misma carta, que es el siguiente:

Rainaldo, por la misericordia divina obispo de Ostia y de Velletri, a su amadísima madre e hija en Cristo madonna
Clara, abadesa de San Damián de Asís, y a sus hermanas, tanto presentes como futuras, salud y bendición paterna.

Ya que vosotras, amadas hijas en Cristo, habéis despreciado las pompas y delicias del mundo, y, siguiendo las huellas
del mismo Cristo y de su santísima Madre (cf. 1 Pe 2,21), habéis elegido vivir encerradas en cuanto al cuerpo y servir
al Señor en suma pobreza para poder dedicaros a Él con el espíritu libre, Nos, encomiando en el Señor vuestro santo
propósito, queremos de buen grado y con afecto paterno satisfacer benévolamente vuestros votos y santos deseos.

Por lo cual, accediendo a vuestros piadosos ruegos, confirmamos a perpetuidad, con la autoridad del señor Papa y la
nuestra, para todas vosotras y para las que os sucedan en vuestro monasterio, y corroboramos con la protección del
presente escrito la forma de vida y el modo de santa unidad y de altísima pobreza (cf. 2 Cor 8,2), que vuestro
bienaventurado padre san Francisco os dio de palabra y por escrito para que la observarais, anotada en las presentes
letras. Es la siguiente:]

[CAPÍTULO I]
[¡En el nombre del Señor! Comienza la forma de vida de las Hermanas Pobres]
1
La forma de vida de la Orden de las Hermanas Pobres, forma que el bienaventurado Francisco instituyó, es
ésta: 2guardar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, viviendo en obediencia, sin propio y en
castidad. 3Clara, indigna sierva de Cristo y plantita del muy bienaventurado padre Francisco, promete obediencia y
reverencia al señor papa Inocencio y a sus sucesores canónicamente elegidos y a la Iglesia Romana. 4Y así como al
principio de su conversión, junto con sus hermanas, prometió obediencia al bienaventurado Francisco, así promete
guardar inviolablemente esa misma obediencia a sus sucesores. 5Y las otras hermanas estén obligadas a obedecer
siempre a los sucesores del bienaventurado Francisco y a la hermana Clara y a las demás abadesas canónicamente
elegidas que la sucedan.

[CAPÍTULO II]
[De aquellas que quieren tomar esta vida, y cómo deben ser recibidas]
1
Si alguna por inspiración divina viniera a nosotras queriendo tomar esta vida, la abadesa esté obligada a pedir el
consentimiento de todas las hermanas; 2y si la mayor parte da su consentimiento, obtenida la licencia del señor
cardenal protector nuestro, podrá recibirla. 3Y si ve que debe ser recibida, examínela diligentemente o haga que sea
examinada de la fe católica y de los sacramentos de la Iglesia. 4Y si cree todo esto y quiere confesarlo fielmente y
guardarlo firmemente hasta el fin, 5y no tiene marido o, si lo tiene, también él ha entrado ya en religión con la
autorización del obispo diocesano, y ha emitido ya el voto de continencia; 6y si, en fin, la edad avanzada o alguna
enfermedad o debilidad mental no le impide la observancia de esta vida, 7expóngasele diligentemente el tenor de
nuestra vida.
8
Y si fuera idónea, dígasele la palabra del santo Evangelio, que vaya y venda todas sus cosas y se aplique con empeño
a distribuirlas a los pobres (cf. Mt 19,21, y paralelos). 9Si esto no pudiera hacerlo, le basta la buena voluntad. 10Y
guárdense la abadesa y sus hermanas de preocuparse de sus cosas temporales, para que libremente haga ella de sus
cosas lo que el Señor le inspire. 11Con todo, si busca consejo, envíenla a algunos discretos y temerosos de Dios, con
cuyo consejo sus bienes se distribuyan a los pobres. 12Después, cortados los cabellos en redondo y depuesto el
vestido seglar, concédale la abadesa tres túnicas y el manto. 13En adelante no le sea permitido salir fuera del
monasterio sin causa útil, razonable, manifiesta y digna de aprobación. 14Y finalizado el año de la probación, sea
recibida a la obediencia, prometiendo guardar perpetuamente la vida y la forma de nuestra pobreza.
15
No se conceda el velo a ninguna durante el tiempo de probación. 16Las hermanas podrán tener también manteletas
para comodidad y decoro del servicio y del trabajo. 17Y la abadesa provéalas de ropas con discreción, según las
condiciones de las personas y los lugares y tiempos y frías regiones, como vea que conviene a la necesidad. 18A las
jovencitas recibidas en el monasterio antes de la edad legal, córtenles los cabellos en redondo; 19y, depuesto el
vestido seglar, vístanse de paño religioso, como le parezca a la abadesa. 20Mas cuando lleguen a la edad legal,
vestidas de la misma forma que las otras, hagan su profesión. 21Y tanto a éstas como a las demás novicias, la abadesa
provéalas con solicitud de una maestra escogida de entre las más discretas de todo el monasterio, 22la cual las forme
diligentemente en el santo comportamiento y en las buenas costumbres según la forma de nuestra profesión.
23
En el examen y admisión de las hermanas que prestan servicio fuera del monasterio, guárdese la forma antes
dicha; éstas podrán llevar calzado. 24Que ninguna resida con nosotras en el monasterio si no ha sido recibida según la
forma de nuestra profesión. 25Y por amor del santísimo y amadísimo Niño envuelto en pobrecillos pañales, acostado
en un pesebre (cf. Lc 2,7.12), y de su santísima Madre, amonesto, ruego y exhorto a mis hermanas que se vistan
siempre de ropas viles.

[CAPÍTULO III]
[Del oficio divino y del ayuno, de la confesión y comunión]
1
Las hermanas que saben leer recen el oficio divino según la costumbre de los Hermanos Menores, por lo que
podrán tener breviarios, leyendo sin canto. 2Y a aquellas que por causa razonable no puedan alguna vez decir sus
horas leyendo, les estará permitido como a las demás hermanas decir los Padrenuestros. 3Mas aquellas que no saben
leer, digan veinticuatro Padrenuestros por maitines; por laudes, cinco; 4por prima, tercia, sexta y nona, por cada una
de estas horas, siete; por vísperas, doce; por completas, siete. 5Digan también por los difuntos, en vísperas,
siete Padrenuestros con el Requiem aeternam, y en maitines, doce, 6cuando las hermanas que saben leer estén
obligadas a rezar el oficio de difuntos. 7Y cuando muera («emigre») una hermana de nuestro monasterio, digan
cincuenta Padrenuestros.
8
Las hermanas ayunen en todo tiempo. 9Pero en la Natividad del Señor, cualquiera que sea el día en que caiga,
podrán tomar dos refacciones. 10Las jovencitas, las débiles y las que prestan servicio fuera del monasterio, sean
dispensadas, con misericordia, como le parezca a la abadesa. 11Pero en tiempo de manifiesta necesidad no estén
obligadas las hermanas al ayuno corporal.
12
Confiésense al menos doce veces al año con permiso de la abadesa. 13Y deben guardarse de introducir entonces
más palabras que las que conciernen a la confesión y a la salud de las almas. 14Comulguen siete veces, a saber: la
Natividad del Señor, el Jueves Santo, la Resurrección del Señor, Pentecostés, la Asunción de la bienaventurada
Virgen, la fiesta de san Francisco y la fiesta de Todos los Santos. 15Para dar la comunión a las hermanas sanas o
enfermas, le estará permitido al capellán celebrar dentro.

[CAPÍTULO IV]
[De la elección y oficio de la abadesa, del capítulo, de las oficialas y de las discretas]
1
En la elección de la abadesa estén las hermanas obligadas a guardar la forma canónica. 2Y procuren ellas mismas
con presteza tener al ministro general o provincial de la Orden de los Hermanos Menores, 3el cual, mediante la
palabra de Dios, las disponga a la perfecta concordia y a la común utilidad en la elección que han de hacer. 4Y no se
elija a ninguna que no sea profesa. 5Y si fuera elegida o dada de otro modo una no profesa, no se le obedezca, si
antes no profesa la forma de nuestra pobreza. 6En falleciendo la cual, hágase la elección de otra abadesa. 7Y si en
algún tiempo apareciera a la generalidad de las hermanas que la abadesa no es suficiente para el servicio y utilidad
común de las mismas, 8estén obligadas las dichas hermanas, según la forma antes mencionada, a elegirse, cuanto
antes puedan, otra para abadesa y madre.
9
Y la elegida considere qué carga ha tomado sobre sí y a quién tiene que dar cuenta de la grey que se le ha
encomendado (cf. Mt 12,36; Heb 13,17). 10Esfuércese también en presidir a las otras más por las virtudes y las santas
costumbres que por el oficio, para que las hermanas, estimuladas por su ejemplo, la obedezcan más por amor que
por temor. 11No tenga amistades particulares, no sea que, al preferir a una parte de las hermanas, cause escándalo
en todas. 12Consuele a las afligidas. Sea también el último refugio de las atribuladas (cf. Sal 31,7), no sea que, si
faltaran en ella los remedios saludables, prevalezca en las débiles la enfermedad de la desesperación. 13Guarde la
vida común en todo, pero especialmente en la iglesia, el dormitorio, el refectorio, la enfermería y en los
vestidos. 14Lo que también su vicaria esté obligada a guardar de manera semejante.
15
La abadesa esté obligada a convocar a sus hermanas a capítulo por lo menos una vez a la semana, 16en el que tanto
ella como las hermanas deberán confesar humildemente las ofensas y negligencias comunes y públicas. 17Y las cosas
que se han de tratar para utilidad y decoro del monasterio, háblelas allí mismo con todas sus hermanas; 18pues
muchas veces el Señor revela a la menor qué es lo mejor. 19No se contraiga ninguna deuda grave, sino con el
consentimiento común de las hermanas y por una necesidad manifiesta, y esto mediante procurador. 20Y guárdese la
abadesa y sus hermanas de recibir depósito alguno en el monasterio, 21pues de ahí surgen muchas veces turbaciones
y escándalos.
22
Para conservar la unidad del amor mutuo y de la paz, todas las oficialas del monasterio sean elegidas con el
consentimiento común de todas las hermanas. 23Y del mismo modo sean elegidas por lo menos ocho hermanas de
entre las más discretas, de cuyo consejo deberá siempre servirse la abadesa en las cosas que requiere la forma de
nuestra vida. 24También podrán las hermanas y deberán, si les pareciera útil y conveniente, remover alguna vez a las
oficialas y a las discretas y elegir a otras en su lugar.

[CAPÍTULO V]
[Del silencio, del locutorio y de la reja]
1
Desde la hora de completas hasta la de tercia, las hermanas guarden silencio, exceptuadas las que prestan servicio
fuera del monasterio. 2Guarden también silencio continuo en la iglesia, en el dormitorio, y en el refectorio sólo
mientras comen; 3se exceptúa la enfermería en la que, para recreo y servicio de las enfermas, siempre les estará
permitido a las hermanas hablar con discreción. 4Podrán, sin embargo, siempre y en todas partes, insinuar
brevemente y en voz baja lo que fuera necesario.
5
No sea lícito a las hermanas hablar en el locutorio o en la reja sin permiso de la abadesa o de su vicaria. 6Y las que
tienen permiso, no se atrevan a hablar en el locutorio si no están presentes y las escuchan dos hermanas. 7En cuanto
a la reja, no se permitan ir allí si no están presentes al menos tres hermanas designadas por la abadesa o su vicaria
de entre las ocho discretas que son elegidas por todas las hermanas para el consejo de la abadesa. 8La abadesa y su
vicaria estén obligadas a guardar ellas mismas estas normas sobre el hablar. 9Y lo dicho, en la reja que suceda
rarísimamente. Y en la puerta, de ningún modo.
10
A dicha reja póngasele por el interior un paño, que no se remueva sino cuando se exponga la palabra de Dios o
alguna hermana hable con alguien. 11Tenga también una puerta de madera muy bien asegurada con dos cerraduras
de hierro diferentes, con batientes y cerrojos, 12para que se cierre, máxime de noche, con dos llaves, una de las
cuales la tendrá la abadesa, y la otra la sacristana; 13y permanezca siempre cerrada, a no ser cuando se oye el oficio
divino, y por las causas antes mencionadas.
14
Antes de la salida del sol o después de la puesta del sol, ninguna deberá en absoluto hablar con nadie en la reja. 15Y
en el locutorio, manténgase siempre por dentro un paño, que no se remueva. 16Durante la cuaresma de san Martín y
la cuaresma mayor, que ninguna hable en el locutorio, 17sino al sacerdote por causa de la confesión o de otra
necesidad manifiesta, lo que se reservará a la prudencia de la abadesa o de su vicaria.

[CAPÍTULO VI]
[Que no se han de tener posesiones]
1
Después que el altísimo Padre celestial se dignó iluminar con su gracia mi corazón para que, siguiendo el ejemplo y
la enseñanza de nuestro muy bienaventurado padre san Francisco, yo hiciera penitencia, poco después de su
conversión, junto con mis hermanas le prometí voluntariamente obediencia.
2
Y el bienaventurado Padre, considerando que no teníamos miedo a ninguna pobreza, trabajo, tribulación,
menosprecio y desprecio del siglo, antes al contrario, que los teníamos por grandes delicias, movido a piedad,
escribió para nosotras una forma de vida en estos términos: 3«Ya que por divina inspiración os habéis hecho hijas y
siervas del altísimo y sumo Rey, el Padre celestial, y os habéis desposado con el Espíritu Santo, eligiendo vivir según
la perfección del santo Evangelio, 4quiero y prometo tener siempre, por mí mismo y por mis hermanos, un cuidado
amoroso y una solicitud especial de vosotras como de ellos.» 5Lo que cumplió diligentemente mientras vivió, y quiso
que fuera siempre cumplido por los hermanos.
6
Y para que jamás nos apartásemos de la santísima pobreza que habíamos abrazado, ni tampoco lo hicieran las que
tenían que venir después de nosotras, poco antes de su muerte de nuevo nos escribió su última voluntad
diciendo:7«Yo, el hermano Francisco, pequeñuelo, quiero seguir la vida y la pobreza del altísimo Señor nuestro
Jesucristo y de su santísima Madre, y perseverar en ella hasta el fin; 8y os ruego, mis señoras, y os doy el consejo de
que siempre viváis en esta santísima vida y pobreza. 9Y protegeos mucho, para que de ninguna manera os apartéis
jamás de ella por la enseñanza o consejo de alguien.»
10
Y así como yo siempre he sido solícita, junto con mis hermanas, en guardar la santa pobreza que hemos prometido
al Señor Dios y al bienaventurado Francisco, 11así también las abadesas que me sucedan en el oficio y todas las
hermanas estén obligadas a observarla inviolablemente hasta el fin: 12a saber, no recibiendo o teniendo posesión o
propiedad por sí mismas ni por interpuesta persona, 13ni tampoco nada que pueda razonablemente llamarse
propiedad,14a no ser aquel tanto de tierra que necesariamente se requiere para el decoro y el aislamiento del
monasterio; 15y esa tierra no se cultive sino como huerto para las necesidades de las mismas hermanas.

[CAPÍTULO VII]
[Del modo de trabajar]
1
Las hermanas a quienes el Señor ha dado la gracia de trabajar, después de la hora de tercia trabajen fiel y
devotamente, y en trabajo que conviene al decoro y a la utilidad común, 2de tal suerte que, desechando la ociosidad,
enemiga del alma, no apaguen el espíritu de la santa oración y devoción, al cual las demás cosas temporales deben
servir. 3Y lo que producen con sus manos, la abadesa o su vicaria esté obligada a asignarlo en el capítulo ante
todas. 4Hágase lo mismo si hay personas que envían alguna limosna para las necesidades de las hermanas, a fin de
que se haga memoria de ellas en común. 5Y todas estas cosas sean distribuidas para utilidad común por la abadesa o
su vicaria con el consejo de las discretas.

[CAPÍTULO VIII]
[Que nada se apropien las hermanas, y del procurarse limosnas y de las hermanas enfermas]
1
Las hermanas nada se apropien, ni casa, ni lugar, ni cosa alguna. 2Y como peregrinas y forasteras (cf. 1 Pe 2,11) en
este siglo, sirviendo al Señor en pobreza y humildad, envíen por limosna confiadamente, 3y no deben avergonzarse,
porque el Señor se hizo pobre por nosotras en este mundo (cf. 2 Cor 8,9). 4Esta es aquella eminencia de la altísima
pobreza, que a vosotras, carísimas hermanas mías, os ha constituido herederas y reinas del reino de los cielos, os ha
hecho pobres de cosas, os ha sublimado en virtudes (cf. Sant 2,5). 5Esta sea vuestra porción, que conduce a la tierra
de los vivientes (cf. Sal 141,6). 6Adhiriéndoos totalmente a ella, amadísimas hermanas, por el nombre de nuestro
Señor Jesucristo y de su santísima Madre, ninguna otra cosa jamás queráis tener debajo del cielo.
7
A ninguna hermana le esté permitido enviar cartas ni recibir algo o darlo fuera del monasterio sin permiso de la
abadesa. 8Tampoco le esté permitido tener cosa alguna que la abadesa no le haya dado o permitido. 9Y si sus
parientes u otras personas le envían algo, la abadesa haga que se lo den. 10Mas ella, si lo necesita, que pueda usarlo;
si no, que lo comparta caritativamente con alguna hermana que lo necesite. 11Pero si le enviaran dinero, la abadesa,
con el consejo de las discretas, haga que se la provea de lo que necesita.
12
Respecto a las hermanas enfermas, la abadesa esté firmemente obligada a informarse con solicitud, por sí misma y
por las otras hermanas, de lo que su enfermedad requiere en cuanto a consejos y en cuanto a alimentos y a otras
cosas necesarias, 13y a proveer caritativa y misericordiosamente según las posibilidades del lugar. 14Porque todas
están obligadas a proveer y a servir a sus hermanas enfermas como querrían ellas ser servidas (cf. Mt 7,12) si
estuvieran afectadas por alguna enfermedad. 15Confiadamente manifieste la una a la otra su necesidad. 16Y si la
madre ama y cuida a su hija (cf. 1 Tes 2,7) carnal, ¿cuánto más amorosamente debe la hermana amar y cuidar a su
hermana espiritual?
17
Las que están enfermas descansen en jergones de paja y tengan para la cabeza almohadas de pluma; 18y las que
necesiten escarpines de lana y colchones, que puedan usarlos. 19Y dichas enfermas, cuando sean visitadas por
quienes entran en el monasterio, que pueda cada una de ellas responder brevemente algunas buenas palabras a
quienes les hablan. 20Pero las demás hermanas que tengan permiso para ello, no se atrevan a hablar a quienes
entran en el monasterio, sino en presencia de dos hermanas discretas que las escuchen, designadas por la abadesa o
su vicaria. 21La abadesa y su vicaria estén obligadas a guardar ellas mismas estas normas sobre el hablar.

[CAPÍTULO IX]
[De la penitencia que se ha de imponer a las hermanas que pecan, y de las hermanas que prestan servicio fuera del
monasterio]
1
Si alguna hermana, por instigación del enemigo, pecara mortalmente contra la forma de nuestra profesión, y si,
amonestada dos o tres veces por la abadesa o por las otras hermanas, 2no se enmendara, coma en tierra pan y agua
ante todas las hermanas en el refectorio tantos días cuantos haya sido contumaz; 3y sea sometida a una pena más
grave, si así le pareciere a la abadesa. 4Durante todo el tiempo en que sea contumaz, hágase oración a fin de que el
Señor ilumine su corazón para la penitencia. 5Pero la abadesa y sus hermanas deben guardarse de airarse y
conturbarse por el pecado de alguna, 6porque la ira y la conturbación impiden en sí mismas y en las otras la caridad.
7
Si ocurriera alguna vez, lo que Dios no permita, que entre hermana y hermana, por alguna palabra o gesto, se
produjese un motivo de turbación o de escándalo, 8la que haya sido causa de la turbación, de inmediato, antes de
presentar la ofrenda (cf. Mt 5,23) de su oración ante el Señor, no sólo se prosterne humildemente a los pies de la
otra, pidiéndole perdón, 9sino que, también, ruéguele con simplicidad que interceda por ella ante el Señor para que
sea indulgente con ella. 10Mas la otra, recordando aquella palabra del Señor: Si no perdonáis de corazón, tampoco
vuestro Padre celestial os perdonará (cf. Mt 6,15; 18,35), 11perdone con liberalidad a su hermana toda la injuria que
le haya inferido.
12
Las hermanas que prestan servicio fuera del monasterio no permanezcan largo tiempo fuera del mismo, a no ser
que lo requiera una causa de necesidad manifiesta. 13Y deberán andar con decoro y hablar poco, para que puedan
siempre edificarse quienes las observan. 14Y guárdense firmemente de tener sospechosas relaciones o consejos con
alguien. 15Y no se hagan madrinas de hombres o mujeres, para que, con esta ocasión, no se origine murmuración o
turbación. 16Y no se atrevan a referir en el monasterio los rumores del siglo. 17Y estén firmemente obligadas a no
referir fuera del monasterio nada de lo que se dice o se hace dentro que pueda engendrar escándalo. 18Y si alguna,
por simplicidad, faltara en estas dos cosas, quede en la prudencia de la abadesa el imponerle penitencia con
misericordia. 19Pero si lo hiciera por costumbre viciosa, la abadesa, con el consejo de las discretas, impóngale una
penitencia según la calidad de la culpa.

[CAPÍTULO X]
[De la amonestación y corrección de las hermanas]
1
La abadesa amoneste y visite a sus hermanas, y corríjalas humilde y caritativamente, no mandándoles nada que sea
contrario a su alma y a la forma de nuestra profesión. 2Mas las hermanas súbditas recuerden que, por Dios, negaron
sus propias voluntades. 3Por lo que estarán firmemente obligadas a obedecer a sus abadesas en todo lo que al Señor
prometieron guardar y no es contrario al alma y a nuestra profesión. 4Y la abadesa tenga tanta familiaridad para con
ellas, que éstas puedan hablar y obrar con ella como las señoras con su sierva; 5pues así debe ser, que la abadesa sea
sierva de todas las hermanas.
6
Amonesto de veras y exhorto en el Señor Jesucristo que se guarden las hermanas de toda soberbia, vanagloria,
envidia, avaricia (cf. Lc 12,15), cuidado y solicitud de este siglo (cf. Mt 13,22), detracción y murmuración, disensión y
división; 7sean, en cambio, siempre solícitas en conservar entre ellas la unidad del amor mutuo, que es el vínculo de
la perfección (cf. Col 3,14).
8
Y las que no saben letras, no se cuiden de aprenderlas; 9sino que atiendan a que sobre todas las cosas deben desear
tener el Espíritu del Señor y su santa operación, 10orar siempre a él con puro corazón y tener humildad, paciencia en
la tribulación y en la enfermedad, 11y amar a esos que nos persiguen, nos reprenden y nos acusan, 12porque dice el
Señor: Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos (Mt
5,10). 13Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo (Mt 10,22).

[CAPÍTULO XI]
[De la custodia de la clausura]
1
La portera sea madura de costumbres y discreta, y sea de una edad conveniente, y durante el día permanezca allí en
una celda abierta y sin puerta. 2Asígnesele también una compañera idónea que, cuando sea necesario, haga en todo
sus veces.
3
La puerta esté muy bien asegurada con dos cerraduras de hierro diferentes, con batientes y cerrojos, 4para que se
cierre, máxime de noche, con dos llaves, una de las cuales la tendrá la portera, y la otra la abadesa. 5Y de día, no se
deje nunca sin custodia y esté firmemente cerrada con una llave.
6
Pero cuiden con sumo esmero y procuren que la puerta nunca esté abierta, sino lo menos que de manera
congruente sea posible. 7Y no se abra en absoluto a cualquiera que quiera entrar, sino a quien le haya sido concedido
por el sumo Pontífice o por nuestro señor cardenal. 8Y no permitan las hermanas a nadie entrar en el monasterio
antes de la salida del sol, ni permanecer dentro después de la puesta del sol, a no ser que lo exija una causa
manifiesta, razonable e inevitable.
9
Si para la bendición de una abadesa o para la consagración de alguna hermana como monja o también por otro
motivo, se hubiera concedido a algún obispo celebrar la misa dentro del monasterio, que se contente con unos
acompañantes y ministros lo menos numerosos y lo más honestos que pueda. 10Y cuando sea necesario que algunos
entren en el monasterio para hacer un trabajo, la abadesa con solicitud ponga entonces en la puerta a la persona
conveniente, 11que la abra sólo a los asignados al trabajo, y no a otros. 12Guárdense con sumo cuidado todas las
hermanas de ser vistas entonces por los que entran.

[CAPÍTULO XII]
[Del visitador, del capellán y del cardenal protector]
1
Nuestro visitador sea siempre de la Orden de los Hermanos Menores según la voluntad y el mandato de nuestro
cardenal. 2Y sea tal, que se tenga plena constancia de su decoro y costumbres. 3Su oficio será corregir, tanto en la
cabeza como en los miembros, los excesos cometidos contra la forma de nuestra profesión. 4A él le estará permitido
hablar con varias y con cada una de las hermanas, estando en un lugar público para que pueda ser visto por las otras,
acerca de las cosas que pertenecen al oficio de la visita, como le parezca más conveniente.
5
Pedimos también un capellán con un compañero clérigo de buena fama, discreto y prudente, y dos hermanos laicos
amantes del santo comportamiento y decoro religioso, 6para ayuda de nuestra pobreza, como siempre hemos tenido
misericordiosamente de dicha Orden de los Hermanos Menores, 7y lo pedimos a la misma Orden, como gracia, por el
amor de Dios y del bienaventurado Francisco. 8No le esté permitido al capellán entrar en el monasterio sin
compañero. 9Y cuando entren, que estén en un lugar público, de modo que siempre puedan verse el uno al otro y ser
vistos por los demás. 10Para la confesión de las enfermas que no puedan ir al locutorio, para dar la comunión a las
mismas, para la extremaunción, para la recomendación del alma, séales permitido a los mismos entrar. 11Mas para
las exequias y la celebración de la misa de difuntos, y para cavar o abrir la sepultura, o también para acomodarla,
que puedan entrar personas en número suficiente e idóneas, según el prudente juicio de la abadesa.
12
Con miras a todo lo dicho, las hermanas estén firmemente obligadas a tener siempre como gobernador, protector y
corrector nuestro, al cardenal de la santa Iglesia Romana que haya sido asignado a los Hermanos Menores por el
señor Papa, 13para que, siempre súbditas y sujetas a los pies de la misma santa Iglesia, estables en la fe (cf. Col 1,23)
católica, guardemos perpetuamente la pobreza y la humildad de nuestro Señor Jesucristo y de su santísima Madre, y
el santo Evangelio, que firmemente hemos prometido. Amén.

[Dado en Perusa, a 16 de septiembre, en el año décimo del pontificado del señor papa Inocencio IV (1252).

A nadie, pues, en absoluto le sea permitido infringir esta escritura de nuestra confirmación o con osadía temeraria ir
contra ella. Mas si alguno presumiera intentar esto, sepa que incurrirá en la indignación de Dios omnipotente y de
los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo.

Dado en Asís, a 9 de agosto, en el año undécimo de nuestro pontificado (1253).

TESTAMENTO [TestCl]
1
En el nombre del Señor. Amén.
2
Entre los otros beneficios que hemos recibido y recibimos cada día de nuestro espléndido benefactor el Padre de las
misericordias (cf. 2 Cor 1,3), y por los que más debemos dar gracias al Padre glorioso de Cristo, 3está el de nuestra
vocación, por la que, cuanto más perfecta y mayor es, más y más deudoras le somos. 4Por lo cual dice el Apóstol:
Reconoce tu vocación (cf. 1 Cor 1,26). 5El Hijo de Dios se ha hecho para nosotras camino (cf. Jn 14,6), que con la
palabra y el ejemplo nos mostró y enseñó nuestro bienaventurado padre Francisco, verdadero amante e imitador
suyo.
6
Por tanto, debemos considerar, amadas hermanas, los inmensos beneficios de Dios que nos han sido
concedidos, 7pero, entre los demás, aquellos que Dios se dignó realizar en nosotras por su amado siervo nuestro
padre el bienaventurado Francisco, 8no sólo después de nuestra conversión, sino también cuando estábamos en la
miserable vanidad del siglo. 9Pues el mismo Santo, cuando aún no tenía hermanos ni compañeros, casi
inmediatamente después de su conversión, 10mientras edificaba la iglesia de San Damián, donde, visitado totalmente
por la consolación divina, fue impulsado a abandonar por completo el siglo, 11profetizó de nosotras, por efecto de
una gran alegría e iluminación del Espíritu Santo, lo que después el Señor cumplió. 12En efecto, subido en aquel
entonces sobre el muro de dicha iglesia, decía en alta voz, en lengua francesa, a algunos pobres que moraban allí
cerca: 13«Venid y ayudadme en la obra del monasterio de San Damián, 14porque aún ha de haber en él unas damas,
por cuya vida famosa y santo comportamiento religioso será glorificado nuestro Padre celestial en toda su santa
Iglesia».
15
En esto, por tanto, podemos considerar la copiosa benignidad de Dios para con nosotras; 16Él, por su abundante
misericordia y caridad, se dignó decir, por medio de su Santo, estas cosas sobre nuestra vocación y elección. 17Y no
sólo de nosotras profetizó estas cosas nuestro bienaventurado padre Francisco, sino también de las otras que habían
de venir a la santa vocación a la que el Señor nos ha llamado.
18
¡Con cuánta solicitud, pues, y con cuánto empeño de alma y de cuerpo no debemos guardar los mandamientos de
Dios y de nuestro padre [Francisco] para que, con la ayuda del Señor, le devolvamos multiplicado el talento recibido!
19
Porque el mismo Señor nos ha puesto como modelo que sirva de ejemplo y espejo no sólo a los otros, sino también
a nuestras hermanas, a las que llamará el Señor a nuestra vocación, 20para que también ellas sirvan de espejo y
ejemplo a los que viven en el mundo. 21Así pues, ya que el Señor nos ha llamado a cosas tan grandes, a que puedan
mirarse en nosotras las que son para los otros ejemplo y espejo, 22estamos muy obligadas a bendecir y alabar a Dios,
y a confortarnos más y más en el Señor para obrar el bien. 23Por lo cual, si vivimos según la sobredicha forma,
dejaremos a los demás un noble ejemplo y con un brevísimo trabajo ganaremos el premio de la eterna
bienaventuranza.
24
Después que el altísimo Padre celestial se dignó iluminar con su misericordia y su gracia mi corazón para que,
siguiendo el ejemplo y la enseñanza de nuestro bienaventurado padre Francisco, yo hiciera penitencia, 25poco
después de su conversión, junto con las pocas hermanas que el Señor me había dado poco después de mi
conversión, le prometí voluntariamente obediencia, 26según la luz de su gracia que el Señor nos había dado por
medio de su admirable vida y enseñanza. 27Y el bienaventurado Francisco, considerando que si bien éramos frágiles y
débiles según el cuerpo, no rehusábamos ninguna necesidad, pobreza, trabajo, tribulación o menosprecio y
desprecio del siglo, 28antes al contrario, los teníamos por grandes delicias, como a ejemplo de los santos y de sus
hermanos había comprobado frecuentemente en nosotras, se alegró mucho en el Señor; 29y movido a piedad hacia
nosotras, se obligó con nosotras a tener siempre, por sí mismo y por su Religión, un cuidado amoroso y una solicitud
especial de nosotras como de sus hermanos.
30
Y así, por voluntad de Dios y de nuestro bienaventurado padre Francisco, fuimos a morar junto a la iglesia de San
Damián, 31donde el Señor, en poco tiempo, nos multiplicó por su misericordia y gracia, para que se cumpliera lo que
el Señor había predicho por su Santo; 32pues antes habíamos permanecido en otro lugar, aunque por poco tiempo.
33
Después, escribió para nosotras una forma de vida, sobre todo para que perseveráramos siempre en la santa
pobreza. 34Y no se contentó con exhortarnos durante su vida con muchas palabras y ejemplos al amor de la santísima
pobreza y a su observancia, sino que nos entregó varios escritos para que, después de su muerte, de ninguna
manera nos apartáramos de ella, 35como tampoco el Hijo de Dios, mientras vivió en el mundo, jamás quiso apartarse
de la misma santa pobreza. 36Y nuestro bienaventurado padre Francisco, habiendo imitado sus huellas (cf. 1 Pe 2,21),
su santa pobreza que había elegido para sí y para sus hermanos, no se apartó en absoluto de ella mientras vivió, ni
con su ejemplo ni con su enseñanza.
37
Así pues, yo, Clara, sierva, aunque indigna, de Cristo y de las hermanas pobres del monasterio de San Damián, y
plantita del santo padre, considerando con mis otras hermanas nuestra profesión tan altísima y el mandato de tan
gran padre, 38y también la fragilidad de las otras, fragilidad que nos temíamos en nosotras mismas después de la
muerte de nuestro padre san Francisco, que era nuestra columna y nuestro único consuelo después de Dios, y
nuestro apoyo,39una y otra vez nos obligamos voluntariamente a nuestra señora la santísima pobreza, para que,
después de mi muerte, las hermanas que están y las que han de venir de ninguna manera puedan apartarse de ella.
40
Y así como yo siempre he sido diligente y solícita en guardar y hacer guardar por las otras la santa pobreza que
hemos prometido al Señor y a nuestro bienaventurado padre Francisco, 41así también aquellas que me sucedan en el
oficio estén obligadas hasta el fin a guardar y a hacer guardar, con el auxilio de Dios, la santa pobreza. 42Más aún,
para mayor cautela me preocupé de hacer corroborar nuestra profesión de la santísima pobreza, que hemos
prometido al Señor y a nuestro bienaventurado padre, con los privilegios del señor papa Inocencio, en cuyo tiempo
comenzamos, y de otros sucesores suyos, 43para que de ninguna manera nos apartáramos nunca de ella.
44
Por lo cual, de rodillas y postrada en cuerpo y alma, recomiendo todas mis hermanas, las que están y las que han
de venir, a la santa madre Iglesia Romana, al sumo Pontífice y, de manera especial, al señor cardenal que fuere
designado para la Religión de los Hermanos Menores y para nosotras, 45a fin de que, por amor de aquel Dios que
pobre fue acostado en un pesebre (cf. Lc 2,12), pobre vivió en el siglo y desnudo permaneció en el patíbulo, 46haga
que siempre su pequeña grey (cf. Lc 12,32), que el Señor Padre engendró en su santa Iglesia por medio de la palabra
y el ejemplo de nuestro bienaventurado padre san Francisco para seguir la pobreza y humildad de su amado Hijo y
de la gloriosa Virgen su Madre, 47guarde la santa pobreza que hemos prometido a Dios y a nuestro bienaventurado
padre san Francisco, y se digne animarlas y conservarlas siempre en ella.
48
Y así como el Señor nos dio a nuestro bienaventurado padre Francisco como fundador, plantador y ayuda nuestra
en el servicio de Cristo y en las cosas que hemos prometido al Señor y a nuestro bienaventurado padre, 49quien
también, mientras vivió, se preocupó siempre de cultivarnos y animarnos con la palabra y el ejemplo a nosotras, su
plantita, 50así recomiendo y confío mis hermanas, las que están y las que han de venir, al sucesor de nuestro
bienaventurado padre Francisco y a toda la Religión, 51a fin de que nos ayuden a progresar siempre hacia lo mejor
para servir a Dios y, de manera especial, para guardar mejor la santísima pobreza.
52
Y si en algún tiempo ocurriera que dichas hermanas abandonaran el mencionado lugar y se trasladaran a otro, que
estén, sin embargo, obligadas, dondequiera que se encuentren después de mi muerte, a guardar la sobredicha forma
de pobreza, que hemos prometido a Dios y a nuestro bienaventurado padre Francisco.
53
Con todo, tanto la que esté entonces en el oficio [la abadesa] como las otras hermanas sean solícitas y providentes
para que, en torno del sobredicho lugar, no adquieran o reciban más terreno del que exija la extrema necesidad
como huerto para cultivar hortalizas. 54Y si en algún lugar conviniera tener más tierra fuera de la cerca del huerto,
para el decoro y aislamiento del monasterio, no permitan que se adquiera ni tampoco reciban sino cuanto exija la
extrema necesidad; 55y que esa tierra no se cultive ni se siembre en absoluto, sino que permanezca siempre baldía e
inculta.
56
Amonesto y exhorto en el Señor Jesucristo a todas mis hermanas, las que están y las que han de venir, que se
apliquen siempre con esmero a imitar el camino de la santa simplicidad, humildad, pobreza, y también el decoro del
santo comportamiento religioso, 57tal como desde el inicio de nuestra conversión nos lo han enseñado Cristo y
nuestro bienaventurado padre Francisco. 58A causa de lo cual, no por nuestros méritos, sino por la sola misericordia y
gracia del espléndido bienhechor, el mismo Padre de las misericordias (cf. 2 Cor 1,3) esparció el olor de la buena
fama (cf. 2 Cor 2,15), tanto entre los que están lejos como entre los que están cerca. 59Y amándoos mutuamente con
la caridad de Cristo, mostrad exteriormente por las obras el amor que tenéis interiormente, 60para que, estimuladas
por este ejemplo, las hermanas crezcan siempre en el amor de Dios y en la mutua caridad.
61
Ruego también a aquella que tenga en el futuro el oficio de las hermanas que se aplique con esmero a presidir a las
otras más por las virtudes y las santas costumbres que por el oficio, 62de tal manera que sus hermanas, estimuladas
por su ejemplo, la obedezcan no tanto por el oficio, cuanto más bien por amor. 63Sea también próvida y discreta para
con sus hermanas, como una buena madre con sus hijas, 64y, de manera especial, que se aplique con esmero a
proveerlas, de las limosnas que el Señor les dará, según la necesidad de cada una. 65Sea también tan benigna y
afable, que puedan manifestarle tranquilamente sus necesidades, 66y recurrir a ella confiadamente a cualquier hora,
como les parezca conveniente, tanto para sí como para sus hermanas.
67
Mas las hermanas que son súbditas recuerden que, por Dios, negaron sus propias voluntades. 68Por eso, quiero que
obedezcan a su madre, como lo han prometido al Señor, con una voluntad espontánea, 69para que su madre, viendo
la caridad, humildad y unión que tienen entre ellas, lleve más ligeramente toda la carga que por razón del oficio
soporta, 70y lo que es molesto y amargo, por el santo comportamiento religioso de ellas se le convierta en dulzura.
71
Y porque son estrechos el camino y la senda, y es angosta la puerta por la que se va y se entra en la vida, son pocos
los que caminan y entran por ella (cf. Mt 7,14); 72y si hay algunos que durante un cierto tiempo caminan por la
misma, son poquísimos los que perseveran en ella. 73¡Bienaventurados de veras aquellos a quienes les es dado
caminar por ella y perseverar hasta el fin (cf. Mt 10,22)!
74
Por consiguiente, si hemos entrado por el camino del Señor, guardémonos de apartarnos nunca en lo más mínimo
de él por nuestra culpa e ignorancia, 75para que no hagamos injuria a tan gran Señor y a su Madre la Virgen y a
nuestro bienaventurado padre Francisco, y a la Iglesia triunfante y también a la militante. 76Pues está
escrito: Malditos los que se apartan de tus mandamientos (Sal 118,21).
77
Por eso doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo (Ef 3,14), para que, teniendo a nuestro favor los
méritos de la gloriosa Virgen santa María, su Madre, y de nuestro bienaventurado padre Francisco y de todos los
santos, 78el mismo Señor que dio el buen principio, dé el incremento (cf. 1 Cor 3,6-7), y dé también la perseverancia
final. Amén.
79
Para que mejor pueda ser observado este escrito, os lo dejo a vosotras, carísimas y amadas hermanas mías,
presentes y futuras, en señal de la bendición del Señor y de nuestro bienaventurado padre Francisco, y de la
bendición mía, vuestra madre y sierva.

http://www.mercaba.org/DOCTORES/clara_de_asis.htm

Testamento de Santa Clara de Assis


1 Em nome do Senhor! (cfr. Col 3,17) Amém!

2 Entre outros benefícios que temos recebido e ainda recebemos diariamente da generosidade do Pai de toda
misericórdia (cfr. 2Cor 1,3) e pelos quais mais temos que agradecer ao glorioso Pai de Cristo,

3 está a nossa vocação que, quanto maior e mais perfeita, mais a Ele é devida.

4 Por isso diz o Apóstolo: “Reconhece a tua vocação” (cf. 1Cor 1,26). 
5 O Filho de Deus fez-se para nós o Caminho (cf. Jo 14,6; 1Tm 4,12), que nosso bem-aventurado pai Francisco, que o
amou e seguiu de verdade, nos mostrou e ensinou por palavra e exemplo. 
6 Por isso, queridas Irmãs, devemos considerar os imensos benefícios que Deus nos concedeu,
7 mas, entre outros, aqueles que Ele se dignou realizar em nós por seu dileto servo, nosso pai São Francisco, 
8 não só depois de nossa conversão mas também quando estávamos na miserável vaidade do mundo. 
9 Pois, quando o santo, logo depois de sua conversão, sem ter ainda irmãos ou companheiros, 
10 estava construindo a igreja de São Damião, em que foi visitado plenamente pela graça divina, e foi impelido a
abandonar totalmente o mundo, 
11 numa grande alegria e iluminação do Espírito Santo, profetizou a nosso respeito aquilo que o Senhor veio a
cumprir mais tarde. 
12 Pois, nessa ocasião, subindo ao muro da igreja, ele disse em voz alta e em francês para uns pobres que moravam
ali perto: 
13 Venham me ajudar na obra do mosteiro de São Damião,
14 porque nele ainda haverão de morar umas senhoras cuja vida famosa e santo comportamento vão glorificar
nosso Pai celestial (cfr. Mt 5,16) em toda a sua santa Igreja. 
15 Nisso nós podemos considerar, portanto, a copiosa bondade de Deus para conosco, 
16 pois, em sua imensa misericórdia e amor, dignou-se contar essas coisas sobre nossa vocação e eleição (cfr. 2Pd
1,10), através do seu santo. 
17 E o nosso bem-aventurado pai Francisco não profetizou isso só a nosso respeito, mas também sobre as outras
que haveriam de vir, na santa vocação em que Deus nos chamou. 
18 Com que solicitude, então, com que zelo da mente e do corpo devemos observar o que foi mandado por Deus e
por nosso pai, para restituir o talento multiplicado, com a colaboração do Senhor! 
19 Pois o próprio Senhor colocou-nos não só como modelo, exemplo e espelho para os outros, mas também para
nossas irmãs, que ele vai chamar para a nossa vocação, 
20 para que também elas sejam espelho e exemplo para os que vivem no mundo. 
21 Portanto, se o Senhor nos chamou a coisas tão elevadas que em nós possam espelhar-se as que deverão ser
exemplo e espelho para os outros, 
22 estamos bem obrigadas a bendizer e louvar a Deus, dando força ainda maior umas às outras para fazer o bem no
Senhor. 
23 Por isso, se vivermos de acordo com essa forma, daremos aos outros um nobre exemplo (cfr. 2Mc 6,28.31) e
vamos conquistar o prêmio da bem-aventurança eterna com um trabalho muito breve. 
24 Depois que o Altíssimo Pai celestial, por sua misericórdia e graça, se dignou iluminar meu coração para fazer
penitência segundo o exemplo e ensino de nosso bem-aventurado pai Francisco, 
25 pouco depois de sua conversão, com algumas irmãs que Deus me dera logo após a minha conversão, eu lhe
prometi obediência voluntariamente, 
26 como o Senhor nos concedera pela luz da sua graça através da vida admirável e do ensinamento dele. 
27 Vendo o bem-aventurado Francisco que nós, embora frágeis e fisicamente sem forças, não recusávamos
nenhuma privação, pobreza, trabalho, tribulação, nem humilhação ou o desprezo do mundo, 
28 e até julgávamos tudo isso as maiores delícias, como pôde comprovar freqüentemente em nós a exemplo dos
santos e dos seus frades, alegrou-se muito no Senhor. 
29 E movido de piedade para conosco, assumiu o compromisso, por si e por sua Ordem, de ter sempre por nós o
mesmo cuidado diligente e a mesma atenção especial que tinha para com seus irmãos. 
30 E assim, por vontade de Deus e do nosso bem-aventurado pai Francisco, fomos morar junto da igreja de São
Damião,
31 onde em pouco tempo o Senhor nos multiplicou por sua misericórdia e graça, a fim de que se cumprisse o que
tinha predito por seu santo. 
32 Pois antes tínhamos morado em outro lugar, embora por pouco tempo. 
33 Depois escreveu para nós uma forma de vida, principalmente para que perseverássemos sempre na santa
pobreza. 
34 E não se contentou em exortar-nos durante a sua vida com muitos sermões (cfr. Act 20,2) e exemplos ao amor e
observância da santa pobreza, mas nos deu muitos escritos, para que depois de sua morte não nos desviássemos
dela de modo algum, 
35 como o Filho de Deus, enquanto viveu neste mundo, não quis jamais afastar-se da santa pobreza. 
36 Também o nosso bem-aventurado pai Francisco, imitando os seus passos (cfr. 1Pd 2,21), pelo exemplo e pelo
ensinamento, nunca se desviou, em toda a vida, de sua santa pobreza, que escolheu para si e seus irmãos. 
37 Por isso eu, Clara, serva de Cristo e das Irmãs Pobres do mosteiro de São Damião, embora indigna, e verdadeira
plantinha do santo pai, considerando com as minhas outras Irmãs a nossa tão alta profissão e o mandamento de tão
grande pai, 
38 como também a fragilidade de outras, que temíamos em nós mesmas depois do falecimento do nosso pai São
Francisco, que era a nossa coluna e única consolação depois de Deus e o nosso apoio (cfr. 1Tm 3,15), 
39 repetidas vezes fizemos nossa entrega voluntária a nossa santíssima Senhora Pobreza, para que, depois de minha
morte, as Irmãs que estão e as que vierem não possam de maneira alguma afastar-se dela. 
40 E como sempre fui cuidadosa e solícita em observar a santa pobreza que prometemos ao Senhor e ao nosso bem-
aventurado pai Francisco, e em fazer que fosse observada pelas outras, 
41 assim sejam obrigadas até o fim aquelas que vão me suceder no ofício a observar e fazer observar sua santa
pobreza, com o auxílio de Deus. 
42 Para maior segurança, tive a preocupação de conseguir do senhor papa Inocêncio, em cujo tempo começamos, e
dos seus outros sucessores, que corroborassem com os seus privilégios a nossa profissão da santíssima pobreza, que
prometemos ao Senhor e ao nosso bem-aventurado pai, 
43 para que em tempo algum nos afastássemos dela de maneira alguma. 
44 Por isso, de joelhos dobrados e prostrada de corpo e alma, recomendo todas as minhas Irmãs atuais e futuras à
santa mãe Igreja Romana, ao Sumo Pontífice e principalmente ao senhor cardeal que for encarregado da Ordem dos
Frades Menores e de nós, 
45 para que, por amor daquele Deus que pobre foi posto no presépio (cfr. Luc 12,32), viveu pobre no mundo e ficou
nú no patíbulo, 
46 faça com que sempre o seu pequeno rebanho (cfr. Lc 12,32), que o Senhor Pai gerou em sua Igreja pela palavra e
o exemplo do nosso bem-aventurado pai São Francisco para seguir a pobreza e a humildade do seu Filho dileto e da
Virgem, sua gloriosa Mãe,
47 observe a santa pobreza que prometemos a Deus e a nosso bem-aventurado pai Francisco e nela digne-se
encorajá-las e conserva-las. 
48 E como o Senhor nos deu nosso bem-aventurado pai Francisco como fundador, plantador e auxílio no serviço de
Cristo e naquilo que prometemos ao Senhor e ao nosso pai,
49 e como ele durante a sua vida mostrou tanto cuidado em palavras e obras para tratar e cuidar de nós, sua
plantinha, 
50 assim recomendo e confio minhas Irmãs, presentes e futuras, ao sucessor do nosso bem-aventurado pai Francisco
e a toda a Ordem,
51 para que nos ajudem a crescer sempre mais no serviço de Deus e principalmente a observar melhor a santa
pobreza. 
52 Se em algum tempo acontecer que as Irmãs tenham que deixar este lugar para se estabelecer em outro, sejam
obrigadas, em qualquer lugar em que estiverem depois da minha morte, a observar a referida forma de pobreza que
prometemos a Deus e a nosso bem-aventurado pai Francisco. 
53 A que estiver no ofício deve ser tão solícita e previdente como as outras Irmãs para não adquirir nem receber
junto a esse lugar nenhuma terra a não ser a que for exigida pela extrema necessidade para a horta em que temos
que cultivar verduras. 
54 Mas se em algum lugar, para honestidade e para isolamento do mosteiro for conveniente ter mais terreno além
da cerca da horta, não permitam que seja adquirido ou mesmo recebido mais do que for pedido pela necessidade
extrema.
55 E essa terra não deve ser trabalhada nem semeada mas ficar sempre baldia e inculta. 
56 No Senhor Jesus Cristo, aconselho e admoesto a todas as minhas Irmãs, presentes e futuras, que sempre se
empenhem em seguir o caminho da santa simplicidade, da humildade, da pobreza e também uma vida honesta e
santa,
57 como aprendemos de Cristo e de nosso bem-aventurado pai Francisco desde o início de nossa conversão. 
58 Foi dessas coisas que, não por nossos méritos mas só por misericórdia e graça de quem o deu, o Pai das
misericórdias, espalhou-se o perfume (cfr. 2Cor 1,3; 2,15) da boa reputação, tanto para os de longe como para os de
perto. 
59 E amando-vos umas às outras com a caridade de Cristo, demonstrai por fora, por meio das boas obras, o amor
que tendes dentro, 
60 para que, provocadas por esse exemplo, as Irmãs cresçam sempre no amor de Deus e na mútua caridade. 
61 Rogo também à que estiver a serviço das Irmãs que trate de estar à frente das outras mais por virtudes e santos
costumes do que pelo ofício, 
62 de forma que suas Irmãs, provocadas por seu exemplo, não obedeçam tanto por dever como por amor. 
63 Seja também previdente e discreta para com suas Irmãs, como uma boa mãe faz com suas filhas, 
64 tratando especialmente de provê-las de acordo com as necessidades de cada uma, com as esmolas que forem
dadas pelo Senhor. 
65 Também seja tão bondosa e acessível que possam manifestar com segurança suas necessidades 66 e recorrer a
ela confiadamente a qualquer hora, como lhes parecer conveniente, tanto por si mesmas, como por suas Irmãs. 
67 Mas as Irmãs que são súditas lembrem-se de que renunciaram à própria vontade por amor de Deus. 
68 Por isso quero que obedeçam à sua mãe, como prometeram ao Senhor, espontaneamente, 
69 de modo que sua mãe, vendo o amor, a humildade e a unidade que as Irmãs têm entre si, possa levar mais
facilmente o peso que tem que suportar por causa do ofício, 
70 e o que é molesto e amargo mude-se em doçura para ela pelo bom comportamento das Irmãs. 
71 E como é estreito o caminho e apertada a porta por onde se vai e se entra na vida, são poucos os que por aí
passam e entram (cfr. Mt 7,13.14). 
72 E se há alguns que nele andam por um tempo, são pouquíssimos os que nele perseveram. 
73 Mas felizes são aqueles a quem foi dado andar por ele e perseverar até o fim (cfr. Sl 118,1; Mt 10,22). 
74 Tomemos cuidado, portanto, para que, se entramos pelo caminho do Senhor, de maneira alguma nos afastemos
dele em algum tempo por nossa culpa e ignorância, 
75 para não ofendermos a tão grande Senhor, a sua Virgem Mãe, a nosso bem-aventurado pai Francisco, à Igreja
triunfante e mesmo à militante. 
76 Pois está escrito: Malditos os que se desviam de vossos mandamentos (Sl 118,21). 
77 Por isso dobro os joelhos diante do Pai de nosso Senhor Jesus Cristo (cfr. Ef 3,14) para que, pela intercessão dos
méritos de sua Mãe, a gloriosa Virgem Santa Maria, de nosso bem-aventurado pai Francisco e de todos os santos, 
78 o Senhor que deu o bom começo dê o crescimento (cfr.1Cor 3,6.7) e também a perseverança até o fim. Amém. 

"... tape os ouvidos aos assobios do inferno..."


A Carta a Ermentrudes de Bruges

 (Escrita por Santa Clara de Assis)

Clara de Assis, humilde serva de Jesus Cristo, deseja saúde e paz a sua querida irmã Ermentrudes.

Soube, irmã querida, que você teve a felicidade de fugir da lama do mundo, pela graça de Deus. Alegro-me por isso
e me congratulo com você, como me alegro porque você e suas filhas seguem com valor os caminhos da virtude.

Querida, seja fiel até a morte Aquele com quem você se comprometeu, pois é Ele que vai coroá-la com o louro da
vida.

Nossa fadiga aqui é breve, eterno é o prêmio. Não a iludam os rumores do mundo que passa como sombra.

Não perca a cabeça com as imagens vazias do mundo enganador; tape os ouvidos aos assobios do inferno e, forte,
quebre seus assaltos. Suporte por bem as adversidades e não se deixe exaltar pela prosperidade, porque esta pede
fé, mas aquelas a exigem. Entregue fielmente a Deus o que prometeu, e Ele retribuirá.

Querida, olhe para o céu que nos convida, tome a cruz e siga o Cristo que vai à nossa frente. Na realidade, depois de
muitas e variadas tribulações, vamos entrar por meio Dele na sua glória.

Ame com todo coração a Deus e a Seu Filho Jesus, crucificado por nós pecadores, sem permitir que Ele saia de sua
recordação. Trate de meditar sempre nos mistérios da cruz e nas dores de sua Mãe que estava ao pé da Cruz.

Ore e vigie sempre. Complete apaixonadamente a obra que você começou bem e dê conta do serviço que você
assumiu na santa pobreza e na humildade sincera.

Não se assuste, filha. Deus, Fiel em todas as Suas palavras e Santo em todas as Suas obras, vai derramar sua bênção
sobre você e suas filhas. Vai ser o seu auxílio e o seu melhor Consolador, porque Ele é o nosso Redentor e a nossa
recompensa eterna.

Oremos mutuamente a Deus, pois assim uma carregará o peso da outra e vamos cumprir com facilidade a lei de
Cristo. Amém.

PS: Grifos meus

http://a-grande-guerra.blogspot.com.br/2010/02/tape-os-ouvidos-aos-assobios-do-inferno.html

Cartas de Santa Clara


Cartas de Santa Clara

A maior preciosidade, entre os escritos de Santa Clara, está em suas Cartas. Temos quatro, dirigidas a Santa Inês de
Praga, entre os anos 1234 e 1253. Sabemos que essas comunicações devem ter sido mais numerosas, mas ainda não
foram encontradas. Alguns autores acrescentam a essas cartas uma quinta, dirigida a Ermentrudes de Bruges, uma
discípula alemã que tinha ido morar na Bélgica. Mas seu texto não é seguramente autêntico. Vamos apresentar, a
partir desses escritos, alguns pontos fortes da espiritualidade clariana.

Primeira Carta - 1234

"Porque, embora pudésseis gozar, mais do que outros, das pompas e honras deste mundo, desposando
legitimamente, com a maior glória, o ilustre imperador, como teria sido sido conveniente à vossaexcelência e à dele,
rejeitastes tudo isso e preferistes a santíssima pobreza e as privações corporais, com toda a alma e com todo o afeto
do coração, tomando um esposo da mais nobre estirpe, o Senhor Jesus Cristo, que guardará vossa vigindade sempre
imaculada e intacta. Amando-o, sois casta; tocando-o, tornar-vos-eis mais limpa; acolhendo-o, sois virgem..."

Segunda Carta - 1236

"Em rápida corrida, com passos ligeiro e pé seguro, confiante e alegre avance pelo caminho da bem-aventurança.
Não confie em ninguém, não consinta com nada que queira afastá-la desse propósito, que seja tropeço no caminho,
para não cumprir seus votos ao Altíssimo na perfeição em que o Espírito do Senhor a chamou. Siga o conselho do
nosso Frei Elias, ministro geral. Prefira-o aos conselhos dos outros e tenha-o como o mais precioso dom. Se alguém
lhe disser outra coisa, ou sugerir algo diferente, que impeça a sua perfeição ou parecer contrário ao chamado de
Deus, mesmo que mereça sua veneração, não siga o seu conselho. Abrace o Cristo pobre como uma virgem pobre."
Terceira Carta - 1238

"Ponha a mente no espelho da eternidade, coloque a alma no esplendor da glória. Ponha o coração na figura da
substância divina. E transforme-se, inteira, pela contemplação, na imagem da Divindade. Desse modo também você
vai experimentar o que sentem os amigos quando saboreiam a doçura escondida, que o próprio Deus reservou
desde o início para os que o amam."
Quarta Carta - 1253

"Jesus é o esplendor da glória eterna, o brilho da luz perpétua e o espelho sem mancha. Olhe dentro desse espelho
todos os dias, esposa de Jesus Cristo e espelhe Nele o seu rosto, para enfeitar-se toda, interior e exteriormente.
Preste atenção no princípio do espelho: a pobreza daquele que foi posto no presépio! No meio do espelho considere
a humildade, a bem-aventurada pobreza, as fadigas e as penas que suportou pela redenção do gênero humano. E no
fim do espelho, contemple a caridade inefável com que quis padecer no lenho da cruz e nela morrer a morte mais
vergonhosa."

http://claudiopcampos.blogspot.com.br/search?updated-max=2011-06-25T04:11:00-07:00&max-
results=7&start=603&by-date=false

Santa Clara (1193-1252)

monja franciscana

Carta a Inês de Praga, 3-14

A única coisa necessária


Dou graças ao Autor da graça, Àquele de quem provém todo o bem e toda a perfeição, por te ter ornado com tantas
virtudes e dotado de tantas perfeições, por te teres tornado imitadora atenta e perfeita do Pai que é perfeito, a
ponto de os seus olhos não conseguirem discernir em ti imperfeição alguma. Ei-la, esta perfeição que, no palácio dos
céus, selará a tua união com o próprio Rei, que tem a sua sede na glória, num trono estrelado; e esta perfeição
consistiu, no teu caso, em desprezar as grandezas de um reino terreno; em julgar indigna, por comparação, a
proposta de casamento com o imperador; em praticar a santíssima pobreza e, com o impulso do teu amor e da tua
humildade, seguir as pegadas daquele para cujas núpcias mereceste ser convidada. Sei que estás adornada de
virtudes, mas não quero importunar-te sobrecarregando-te com louvores supérfluos, ainda que, para ti, nada seja
supérfluo se puderes retirar disso alguma consolação. Ora, uma vez que uma só coisa é necessária (cf Lc 10,42),
limitar-me-ei a ela, exortando-te, por amor Àquele a quem te ofereceste como hóstia santa e agradável: lembra-te
da tua vocação e, qual segunda Raquel, tem sempre na memória os princípios de base que te fazem agir: guarda
cuidadosamente aquilo que adquiriste; faz bem aquilo que fazes; nunca recues; pelo contrário, apressa-te e corre
com passo ligeiro, sem tropeçares nas pedras do caminho, sem sequer levantares a poeira que te mancharia os pés;
avança confiante, alegre e jubilosa. Mas segue com precaução pelo caminho da felicidade, sem te fiares nem te
entregares a quem queira desviar-te da tua vocação, entravar-te o caminho e impedir-te de seres fiel ao Altíssimo no
estado de perfeição para o qual o Espírito do Senhor te chamou.

Santa Clara (1193-1252)


monja franciscana

Carta 2 a Santa Inés de Praga, 3-14 (trad. Escritos de Santa Clara de Asís – Directorio franciscano)

La única cosa necesaria

Doy gracias al espléndido dispensador de la gracia, de quien sabemos que procede toda dádiva óptima y todo don
perfecto, porque te ha adornado con tantos títulos de virtud y te ha hecho brillar con las insignias de tanta
perfección, para que, convertida en diligente imitadora del Padre perfecto, merezcas llegar a ser perfecta, a fin de
que sus ojos no vean en ti nada imperfecto. Ésta es la perfección por la que el mismo Rey te asociará a sí en el
tálamo celestial, donde se asienta glorioso en el solio de estrellas, porque, menospreciando las grandezas de un
reino terrenal y estimando poco dignas las ofertas de un matrimonio imperial, convertida en émula de la santísima
pobreza en espíritu de gran humildad y de ardentísima caridad, te has adherido a las huellas de Aquel a quien has
merecido unirte en matrimonio. Como he sabido que estás colmada de virtudes, renuncio a ser prolija en la
expresión y no quiero cargarte de palabras superfluas, aunque a ti no te parezca superfluo nada que pueda
proporcionarte algún consuelo. Sin embargo, porque una sola cosa es necesaria (cf. Lc 10,42), ésta sola te suplico y
aconsejo por amor de Aquel a quien te ofreciste como hostia santa y agradable (cf. Rom 12,1): que acordándote de
tu propósito, como otra Raquel (cf. Gén 29,16), y viendo siempre tu punto de partida, retengas lo que tienes, hagas
lo que haces, y no lo dejes, sino que, con andar apresurado, con paso ligero, sin que tropiecen tus pies, para que tus
pasos no recojan siquiera el polvo, segura, gozosa y alegre, marcha con prudencia por el camino de la felicidad, no
creyendo ni consintiendo a nadie que quiera apartarte de este propósito o que te ponga algún obstáculo en el
camino para que no cumplas tus votos al Altísimo en aquella perfección a la que te ha llamado el Espíritu del Señor.

Santa Clara (1193-1252)

monja franciscana

1.ª Carta a Inês de Praga, 30-34

Que troca maravilhosa!


Que troca maravilhosa e admirável: entregar os bens deste mundo para receber os da eternidade, merecer estes
abandonando aqueles, recolher cem por um e possuir a felicidade para sempre! Por isso, suplico humildemente a
vossa majestade e vossa santidade, tanto quanto posso, por amor de Cristo, que vos torneis sempre mais corajosa
no serviço de Deus, progredindo sem cessar na virtude, a fim de que Aquele que tiverdes servido com todo o vosso
coração Se digne conceder-vos a recompensa que desejais. Peço-vos finalmente no Senhor que tenhais a bondade
de vos recordar de mim nas vossas orações, de mim que sou vossa inútil serva e das outras irmãs que comigo moram
neste mosteiro e que vos são muito dedicadas; que possamos, com o auxílio das vossas orações, merecer a
misericórdia de Jesus Cristo e gozar convosco da sua visão eterna!

Santa Clara (1193-1252)

monja franciscana

Carta 1 a Santa Inés de Praga, 30-34 (trad. Escritos de Santa Clara de Asís – Directorio franciscano; rev.)

¡Qué negocio tan grande!

Qué negocio tan grande y loable: dejar las cosas temporales por las eternas, merecer las cosas celestiales por las
terrenas, recibir el ciento por uno, y poseer la bienaventurada vida eterna. Por lo cual consideré que, en cuanto
puedo, debía suplicar a vuestra excelencia y santidad, con humildes preces, en las entrañas de Cristo, que os dignéis
confortaros en su santo servicio, creciendo de lo bueno a lo mejor, de virtudes en virtudes, para que Aquel a quien
servís con todo el deseo de vuestra alma, se digne daros con profusión los premios deseados. Os ruego también en
el Señor, como puedo, que os dignéis encomendarnos en vuestras santísimas oraciones, a mí, vuestra servidora,
aunque inútil, y a las demás hermanas, tan afectas a vos, que moran conmigo en este monasterio, para que, con la
ayuda de esas oraciones, podamos merecer la misericordia de Jesucristo, y merezcamos igualmente gozar junto con
vos de la visión eterna.

Santa Clara (1193-1252)


monja franciscana

1.ª Carta a Inês de Praga, 3-11

«Permanecei em Mim»
A fama da vossa conduta santa e da vossa vida irrepreensível chegou aos meus ouvidos, e está aliás difundida por
toda a superfície da Terra. Por esse motivo, sinto-me transportada de alegria e felicidade no Senhor, eu e todos os
que servem ou desejam servir Jesus Cristo. Poderíeis ter usufruído de todas as lisonjas e de todas as honras do
mundo, e ter até acedido à mais alta glória, tornando-vos esposa legítima do ilustre imperador, união que convinha à
sua majestade e à vossa; mas renunciastes a tudo e optastes, com toda a força da vossa alma e do vosso coração,
pela santíssima pobreza e o despojamento. Escolhestes um esposo de raça ainda mais nobre: Nosso Senhor Jesus
Cristo, que manterá pura a vossa virgindade. Amando este esposo, permanecereis casta; as suas carícias tornar-vos-
ão ainda mais pura; a sua posse consagrará a vossa virgindade. O seu poder ultrapassa todos os outros, a sua
linhagem é a melhor que existe, a sua graça a mais perfeita. Estais desde agora dedicada a abraçá-l'O, Ele que ornou
o vosso peito com pedras preciosas, suspendeu nas vossas orelhas diamantes inestimáveis, vos revestiu de joias
cintilantes como a primavera e colocou na vossa cabeça uma coroa de ouro com as armas da santidade.

Santa Clara de Asís (1193-1252)

fundadora del Orden de las Hermanas Pobres, llamadas Clarisas

Primer carta a Inés de Praga, 3-11 (frm trad.evangelizo.org©)

“Permanezcan en mi”

El renombre de su santa conducta y de su irreprochable vida ha llegado hasta mí; de hecho se ha esparcido por toda
la faz de la tierra. He sido transportada por la alegría y el júbilo en el Señor, como lo son también todos aquellos que
sirven, o desean servir a Jesucristo. Mientras que usted hubiese podido gozar de todas las adulaciones y de todos los
honores del mundo, e incluso acceder a la más alta gloria al convertirse en la legitima esposa del ilustre emperador,
unión que convenía a su majestad y a usted misma, usted renunció a todo y optó, con todo el impulso de su alma y
de su corazón, por la santa pobreza y por la indigencia; usted escogió un esposo de una raza aún más noble: nuestro
señor Jesucristo, quien conservará pura e intacta su virginidad. Amándolo, usted permanecerá casta, sus caricias la
harán aún más pura; ser de su posesión consagra su virginidad. Su poder sobrepasa cualquier otro, su linaje es el
más dulce que hay, su gracia la más perfecta. Usted está de aquí en adelante dedicada a abrazarlo, a él que decoró
su pecho de piedras preciosas, y que suspendió a sus orejas diamantes inestimables, él que la revistió de joyas
brillantes como la primavera, y que depositó en su cabeza una corona de oro adornada de las armas de la santidad.

Santa Clara (1193-1252)

monja franciscana

1.ª Carta a Inês de Praga, 12-18

Mantende no coração o desejo ardente de vos unirdes a Cristo pobre e


crucificado
Minha muito querida irmã, ou antes, dama que muito venero, pois sois a um tempo esposa, mãe e irmã do meu
Senhor Jesus Cristo, armai-vos de coragem para o serviço a Deus sob o glorioso estandarte da inviolável virgindade e
da santíssima pobreza; mantende no coração o desejo ardente de vos unirdes a Cristo pobre e crucificado, que
sofreu por todos nós o suplício da cruz, que nos arrancou ao poder do príncipe das trevas, de quem a falta dos
nossos primeiros pais nos tornara escravos, e nos reconciliou com Deus, seu Pai. Ó bem-aventurada pobreza, que
prodiga riquezas eternas àqueles que a amam e a praticam! Ó santa pobreza, em troca da qual Deus oferece e
promete formalmente o reino dos Céus, a glória eterna e a vida bem-aventurada! Ó cara pobreza, que o Senhor
Jesus Cristo Se dignou preferir a tudo o resto, Ele que reinava no Céu e na Terrra desde toda a eternidade, Ele que
falou e tudo foi feito! As raposas, dizia Ele, têm as suas tocas, e as aves dos céus os seus ninhos, mas o Filho do
homem, ou seja, Cristo, não encontrou onde repousar a cabeça; quando deixou repousar a cabeça, foi para sempre:
entregou o espírito.
Santa Clara de Asís (1193-1252)

fundadora del Orden de las Hermanas Pobres, llamadas Clarisas

Carta 1 a Santa Inés de Praga, 12-18 (trad. Escritos de Santa Clara de Asís – Directorio franciscano; rev.)

Confortaos en el santo servicio comenzado con el deseo ardiente del pobre Crucificado

Hermana carísima, o más bien, señora sumamente venerable, porque sois esposa y madre y hermana de mi Señor
Jesucristo, tan esplendorosamente distinguida por el estandarte de la virginidad inviolable y de la santísima pobreza,
confortaos en el santo servicio comenzado con el deseo ardiente del pobre Crucificado, el cual soportó la pasión de
la cruz por todos nosotros, librándonos del poder del príncipe de las tinieblas, poder al que estábamos encadenados
por la transgresión del primer hombre, y reconciliándonos con Dios Padre. ¡Oh bienaventurada pobreza, que da
riquezas eternas a quienes la aman y abrazan! ¡Oh santa pobreza, que a los que la poseen y desean les es prometido
por Dios el reino de los cielos, y les son ofrecidas, sin duda alguna, hasta la eterna gloria y la vida bienaventurada!
¡Oh piadosa pobreza, a la que el Señor Jesucristo se dignó abrazar con preferencia sobre todas las cosas, Él, que regía
y rige cielo y tierra, que, además, lo dijo y las cosas fueron hechas! Pues las zorras, dice Él, tienen madrigueras, y las
aves del cielo nidos, pero el Hijo del hombre, es decir, Cristo, no tiene donde reclinar la cabeza), sino que, inclinada
la cabeza, entregó el espíritu.

Santa Clara de Asís, Carta a la beata Inés de Praga (Escritos de santa Clara, ed.


Ignacio Omaechevarría, Madrid 1970, pp. 339-341)
Atiende a la pobreza, la humildad y la caridad de Cristo

Dichoso, en verdad, aquel a quien le es dado alimentarse en el sagrado banquete y unirse en lo íntimo de su corazón
a aquel cuya belleza admiran sin cesar las multitudes celestiales, cuyo afecto produce afecto, cuya contemplación da
nueva fuerza, cuya benignidad sacia, cuya suavidad llena el alma, cuyo recuerdo ilumina suavemente, cuya fragancia
retornará los muertos a la vida y cuya visión gloriosa hará felices a los ciudadanos de la Jerusalén celestial: él es el
brillo de la gloria eterna, un reflejo de la luz eterna, un espejo nítido,  el espejo que debes mirar cada día, oh reina,
esposa de Jesucristo, y observar en él reflejada tu faz, para que así te vistas y adornes por dentro y por fuera con
toda la variedad de flores de las diversas virtudes, que son las que han de constituir tu vestido y tu adorno, como
conviene a una hija y esposa castísima del Rey supremo. En este espejo brilla la dichosa pobreza, la santa humildad y
la inefable caridad, como puedes observar si, con la gracia de Dios, vas recorriendo sus diversas partes.

Atiende al principio de este espejo, quiero decir a la pobreza de aquel que fue puesto en un pesebre y envuelto en
pañales. ¡Oh admirable humildad, oh pasmosa pobreza! El Rey de los ángeles, el Señor del cielo y de la tierra es
reclinado en un pesebre. En el medio del espejo, considera la humildad, al menos la dichosa pobreza, los
innumerables trabajos y penalidades que sufrió por la redención del genero humano. Al final de este mismo espejo,
contempla la inefable caridad por la que quiso sufrir en la cruz y morir en ella con la clase de muerte más infamante.

Este mismo espejo, clavado en la cruz, invitaba a los que pasaban a estas consideraciones, diciendo: Vosotros,  los
que pasáis por el camino, mirad, fijaos: ¿Hay dolor como mi dolor?  Respondamos nosotros, a sus clamores y
gemidos, con una sola voz y un solo espíritu: No hago más que pensar en ello, y estoy abatido.  De este modo, tu
caridad arderá con una fuerza siempre renovada, oh reina del Rey celestial.

Contemplando, además, sus inefables delicias, sus riquezas y honores perpetuos, y suspirando por el intenso deseo
de tu corazón, proclamarás: «Arrástrame tras de ti; y correremos atraídos por el aroma de tus perfumes,  esposo
celestial. Correré sin desfallecer, hasta que me introduzcas en la sala del festín, hasta que tu mano izquierda esté
bajo mi cabeza y tu diestra me abrace felizmente y me beses con los besos deliciosos de tu boca». Contemplando
estas cosas, dígnate acordarte de esta tu insignificante madre, y sabe que yo tengo tu agradable recuerdo grabado
de modo imborrable en mi corazón, ya que te amo más que nadie.