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JEAN GIONO

EL HOMBRE
QUE PLANTABA ARBOLES

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JEAN GIONO

EL HOMBRE
QUE PLANTABA ARBOLES

La novela de Jean Giono que fue escrita alrededor de 1953, es poco


conocida en Francia. El texto se pudo recuperar gracias a que
contrariamente a lo que sucede en Francia, la historia ha sido ampliamente
difundida en el mundo entero y ha sido traducida a trece idiomas. Lo que
ha contribuido también a que se hallan hecho numerosas preguntas
alrededor de la personalidad de Eleazar Bouffier y sobre de los bosques de
Vergins. Si bien es cierto que el hombre que plantó los encinos es un
simple producto de la imaginación del autor; es importante aclarar que
efectivamente en ésta región se ha realizado un enorme esfuerzo de
reforestación, sobretodo a partir de 1880. Cien mil hectáreas han sido
reforestadas antes de la Primera Guerra Mundial, utilizando
predominantemente pino negro de Austria y malezas de Europa. Estos
bosques son actualmente bellísimos y han efectivamente transformado el
paisaje y el régimen de las aguas de esta región. He aquí el texto de la carta
que Giono escribió al director del Departamento de Aguas y Bosques, el
señor Valderyon, en 1957 haciendo referencia a esta novela.

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JEAN GIONO

EL HOMBRE
QUE PLANTABA ARBOLES

Querido Señor:

Siento mucho decepcionarlo, pero Eleazar Bouffier es un personaje


inventado. El objetivo de esta historia es el de hacer amar a los árboles, o
con mayor precisión: hacer amar plantar árboles (lo que después de todo, es
una de mis ideas más preciadas). O, si se considera por el resultado; el
objetivo es obtener el mismo resultado de nuestro personaje imaginario. El
texto que usted ha leído en “Trees and life” ha sido traducido al Danés,
Finés, Sueco, Noruego, Inglés, Alemán, Ruso, Checoslovaco, Húngaro,
Español, Italiano, Yddish y Polaco. Cedo mis derechos gratuitamente a
todas las reproducciones. Un americano me ha buscado recientemente para
solicitarme la autorización para hacer un tiraje de 100 000 ejemplares del
texto que van a ser repartidas gratuitamente en América (algo que tengo
bien entendido y aceptado). La Universidad de Zagreb ha hecho una
traducción al Yugoslavo. Este es uno de los textos que he escrito de los que
me siento más orgulloso, porque cumple con la función para la que fue
escrito. Dicho sea de paso, estahistoria no me aporta ningún céntimo.

Si a usted le es posible, me encantaría que pudiéramos reunirnos para


hablar precisamente de la utilización práctica de este texto. Yo considero
que es ya el tiempo de que hagamos una política favorable al árbol, a pesar
de que la palabra política parezca bastante mal adaptada.

Muy cordialmente,

Jean Giono

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JEAN GIONO

EL HOMBRE
QUE PLANTABA ARBOLES

Hace muchos años hice un viaje a pie por las montañas, casi
desconocidas por los viajeros, de esa región de los Alpes que penetra en la
Provenza.

Comenzó en los páramos estériles, de unos 1200 a 1300 metros de


altitud, landas desnudas y monótonas. Allí sólo crece lavanda silvestre.

La ruta atravesaba la región en toda su extensión y, tras tres días de


marcha, me encontré en un yermo indescriptiblemente desolado. Acampé
cerca de lo que quedaba de un pueblo abandonado. El día anterior se me
acabó el agua y necesitaba encontrar más. Las casas aglomeradas, que
aunque en ruinas me recordaban a un viejo nido de avispas, me hacían
pensar que una vez debió haber una fuente o quizás un pozo. Había una
fuente, pero seca. Las casas sin techo, roídas por el viento y la lluvia, la
pequeña capilla con el campanario derrumbado, estaban dispuestas como
las casas y las capillas en los pueblos vivos, pero toda vida había
desaparecido.

Era un día de junio soleado y despejado, pero, en estas tierras sin


refugio y alzadas hacia el cielo, el viento soplaba con una brutalidad
insoportable. Sus rugidos en las ruinas eran los de una fiera molestada
mientras come. Tuve que levantar campamento.

A las cinco horas no había encontrado agua ni nada que me diera la


esperanza de encontrarla. Por todos lados la misma sequedad, las mismas
hierbas leñosas. A lo lejos creí ver una pequeña silueta negra erguida. La
tomé por el tronco de un árbol solitario. Por si acaso, me dirigí hacia ella.
Era un pastor. Unas treinta ovejas descansaban en la tierra seca.

Me hizo beber de su cantimplora y, un poco más tarde, me condujo


a su aprisco, en una ondulación de la planicie. Extraía su agua, excelente,

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de un pozo natural muy profundo, en el que había instalado un torno de
mano rudimentario.

Este hombre hablaba poco. Es típico de los solitarios, pero él


parecía seguro de sí, y confiado en esta seguridad. Era insólito en este país
despojado de todo. No vivía en una cabaña sino en una verdadera casa de
piedra, cuyos muros mostraban claramente cómo su trabajo había detenido
la ruina que fue una vez. El techo era sólido e impermeable. El viento sobre
las tejas sonaba como el mar en la costa.

El lugar estaba en orden, la vajilla lavada, el suelo barrido, su fusil


engrasado; la sopa hervía en el fuego. Noté que estaba bien rasurado, que
sus botones estaban bien cosidos, que su ropa estaba remendada con esa
minuciosidad que hace invisibles los remiendos.

Compartió conmigo su sopa. Cuando le ofrecí mi petaca me dijo


que no fumaba. El perro, silencioso como su amo, era amable sin ser servil.

Desde el principio quedó claro que yo pasaría la noche allí; el


pueblo más próximo estaba a dos días de camino. Los pueblos de esta
región eran pocos y distantes, y yo sabía bien cómo eran. Había cuatro o
cinco dispersos sobre las faldas de esas colinas, cada uno en un extremo de
una carretera, entre sotos de robles blancos.

Vivían leñadores que fabricaban carbón vegetal. La vida era pobre.


Las familias, apiñadas en un clima muy duro en verano y en invierno, se
encontraban una lucha por sobrevivir amarga por culpa del aislamiento. No
existía alivio. El deseo continuo de escapar se convertía en una ambición
enloquecedora.

Interminablemente, los hombres transportaban carbón en carros a la


ciudad y luego retornaban. Los caracteres más estables se quebraban bajo
esta perpetua presión.

Las mujeres hervían a fuego lento sus rencores. Había rivalidad


para todo, tanto para la venta de carbón como para el banco de la iglesia,
para las virtudes que se combatían ente ellas, para la mezcolanza de vicios
y virtudes, sin descanso. Y sobre todo estaba el viento, que incesantemente
irritaba los nervios.

Había epidemias de suicidios y muchos casos de locura, que casi


siempre terminaban en asesinato.

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El pastor que no fumaba fue por un pequeño saco y vació en la
mesa una pila de bellotas. Se puso a examinarlas de una en una con
atención, separando las buenas de las malas. Yo fumaba mi pipa. Me ofrecí
a ayudarle pero me dijo que era trabajo suyo. Viendo el cuidado que ponía,
no insistí. Esa fue toda nuestra conversación. Cuando hubo apartado una
pila de bellotas gruesas, contó grupos de diez. Al hacerlo, eliminó las más
pequeñas y las agrietadas, pues ahora las examinaba muy, muy de cerca.
Cuando tuvo delante de sí cien bellotas perfectas, se detuvo y nos fuimos a
acostar.

La compañía de este hombre infundía una paz profunda. A la


mañana siguiente le pedí permiso para descansar allí todo el día. Lo
encontró muy natural, o, para ser más exacto, me dio la impresión de que
nada podría trastornarle. El descanso no era absolutamente necesario, pero
yo estaba intrigado y quería saber más. Hizo salir a su majada y la llevó a
pastar. Antes de partir cogió el pequeño saco que tenía las bellotas tan
cuidadosamente elegidas y contadas, y lo puso a remojo en un cubo de
agua.

Advertí que como bastón portaba una barra de hierro del grueso de
un pulgar y tan alta como mi hombro. Haciendo que paseaba le seguí de
lejos, por un camino paralelo al suyo. Sus animales pastaban en el fondo de
un valle. Los dejó al cuidado del perro y comenzó a subir hacia mí. Temí
que viniera a reprocharme mi indiscreción, pero no, ese era su camino y me
invitó a acompañarle si yo no tenía nada mejor que hacer. Ascendió un
poco más, a lo alto de la colina.

Una vez llegados al lugar que deseaba alcanzar, clavó su barra de


hierro en la tierra. Hizo un agujero, puso una bellota, y luego lo rellenó.
Plantaba robles. Le pregunté si la tierra le pertenecía. Me respondió que no.
¿Sabía quiénes eran sus dueños? No lo sabía. Suponía que era tierra
comunal, de la parroquia, o que podía ser propiedad de personas que no se
preocupaban por ella. No era asunto suyo. Así, con cuidado infinito, plantó
sus cien bellotas.

Después del almuerzo, volvió a escoger más bellotas.

Supongo que debo de haber insistido mucho con mis preguntas,


porque me contestó. Durante tres años había plantado árboles en esa región
desolada. Había plantado cien mil. De éstos, veinte mil habían brotado. De
estos veinte mil, contaba aún con perder la mitad, por culpa de los roedores
o de todo lo que es imprevisible en los designios de la providencia.

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Quedaban diez mil robles que crecerían en ese paraje donde antes
no había nada.

Entonces me pregunté su edad. Tenía visiblemente más de


cincuenta años. Cincuenta y cinco, me dijo. Se llamaba Elezéard Bouffierd.
Había tenido una granja e las planicies. Había sido su vida.

Había perdido a su único hijo, luego a su mujer. Se había retirado a


la soledad, se contentaba con vivir tranquilo, con sus ovejas y su perro.
Opinaba que esa tierra se moría por falta de árboles. Agregó que, no
teniendo ocupaciones importantes, se había propuesto remediar este estado
de las cosas.

Yo era joven y sólo pensaba en el futuro, y en lo que me afectaba a


mí y mi búsqueda de felicidad. Le dije que, en treinta años, esos diez mil
robles serían magníficos. Me respondió simplemente que, si Dios le daba
vida, en treinta años plantaría tantos otros que los diez mil serían como una
gota de agua en el mar.

Además estaba estudiando la reproducción de las hayas y tenía


junto a su casa un vivero de hayucos. Eran muy hermosos. Había pensado
igualmente en los abedules para lugares donde, me dijo, había algo de
humedad a pocos metros de la superficie.

Al día siguiente nos separamos.

Al año siguiente vino la Primera Guerra Mundial, en la que me vi


envuelto durante cinco años. Un soldado de infantería apenas puede
reflexionar sobre los árboles.

Tras la desmovilización me encontré en posesión de una pequeña


prima, y con un gran deseo de aire puro. Este era mi único pensamiento
cuando retomé el camino de las tierras desérticas.

La región no había cambiado. No obstante, más allá del pueblo


muerto, divisé en la lontananza una especie de bruma grisácea que recubría
las colinas como un tapiz. El pastor que plantaba árboles había ocupado mi
mente desde el día anterior. "Diez mil árboles -pensé- precisan mucho
espacio".

Había visto morir a tanta gente durante cinco años que era fácil
imaginar también la muerte de Elezéard Bouffier, en especial cuando, a los

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veinte, uno considera a los hombres de cincuenta como viejos sin nada que
hacer en la vida más que morirse.

No había muerto. Había cambiado de oficio. No tenía más que


cuatro ovejas pero, en cambio, un centenar de colmenas. Había dejado las
ovejas porque ponían en peligro sus plantaciones de árboles. La guerra no
le estorbó. Había continuado plantando.

Los robles de 1910 tenían diez años y eran más altos que nosotros
dos. El espectáculo era impresionante. Yo no tenía palabras y, como él no
hablaba, nos pasamos todo el día en silencio mientras paseábamos por su
bosque. Tenía tres secciones, once kilómetros de longitud y tres en la parte
más ancha. Cuando recordé que todo había salido de las manos y el alma de
ese hombre, sin ayuda mecánica, me pareció que los hombres pueden ser
tan eficaces como Dios en otras tareas que no sean la destrucción.

Él había seguido su plan, y las hayas que me llegaban al hombro,


expandiéndose hasta donde alcanzaba la vista, lo testimoniaban. Los robles
eran tupidos y había pasado la época en que estaban a merced de los
roedores; la Providencia hubiera necesitado un ciclón para destruir esta
obra humana. Me mostró bosquecillos de abedules que tenían cinco años,
es decir de 1915, cuando yo combatía en Verdún. Los situó en las
hondonadas donde suponía, con razón, que había humedad a flor de tierra.
Eran delicados como niños, tiernos pero firmes y seguros.

La creación parecía haber actuado en una secuencia natural. El no


se preocupaba, él proseguía obstinadamente su simple tarea. Al regresar al
pueblo, vi correr agua por arroyos que habían estado secos desde que el
hombre tenía memoria. Era el efecto más impresionante un ciclo natural de
creación que yo había visto.

Esos arroyos secos habían llevado agua hacía mucho, mucho


tiempo. Algunos de los tristes pueblos de los que he hablado al principio
estaban construidos sobre villas romanas; los arqueólogos habían excavado
y encontrado anzuelos, mientras que en el siglo XX, se necesitaban
cisternas para tener sólo un poco de agua.

El viento había dispersado semillas. Al mismo tiempo que el agua


reaparecía, reaparecían los sauces, los mimbres, los prados, los jardines, las
flores y una razón de vivir. Pero la transformación era tan gradual que se
daba por sentado. Desde luego, los cazadores que escalaban esas soledades

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persiguiendo liebres o jabalíes habían constatado el aumento de los
arbolitos, pero lo habían atribuido a un capricho de la naturaleza.

Es por ello que nadie había tocado la obra del pastor. Si hubieran
sospechado que era obra humana, hubieran interferido. ¿Pero quién habría
siquiera pensado en él? ¿Quién en los pueblos o las autoridades podría
imaginar una generosidad tan constante y magnífica?

Cada año a partir de 1920 hice una visita a Elezéard Bouffier.


Nunca le vi flaquear ni dudar. Y Dios sabe que a menudo parecía que el
mismo cielo estaba contra él. Nunca intenté imaginar sus frustraciones,
pero alcanzar un objetivo así es necesario superar muchos obstáculos. Para
obtener la victoria de esa pasión, debe haber luchado y conquistado la
desesperación.

Hay que recordar que este hombre excepcional trabajaba en


soledad total; tan total que, hacia el fin de su vida, había perdido la
costumbre de hablar. O quizás no veía la necesidad de hacerlo.

En 1933 recibió la visita de un guardabosques asombrado. Le


notificó que había orden de no hacer fuegos que pudieran poner en peligro
el crecimiento de este bosque natural. Era la primera vez, dijo aquel
hombre ingenuamente, que veía que un bosque crecía solo.

En 1935 una delegación de autoridades vino a examinar el "bosque


natural". Había un importante funcionario de Aguas y Bosques, un
diputado y algunos técnicos. Se habló mucho. Decidieron que había que
hacer algo. Por suerte no se hizo nada, excepto la única cosa útil: poner el
bosque bajo la protección del Estado y prohibir las quemas de los
carboneros. Era imposible no admirar la belleza de los jóvenes árboles.
Ejercieron todo su encanto sobre el diputado.

Un oficial forestal de la delegación era mi amigo y le expliqué el


misterio. La semana siguiente salimos en busca de Elezéard Bouffier.
Trabajaba duro a veinte kilómetros del lugar de la inspección.

Yo tenía razón sobre el oficial forestal. Conocía el valor de las


cosas. Ofrecí huevos que había traído como presente. Compartimos la
comida y pasamos horas en contemplación muda del paisaje. Por donde
habíamos venido había árboles cuatro veces tan altos como nosotros. Yo
recordaba el aspecto en 1913, desolado... El trabajo apacible y regular, el
vigoroso aire de la montaña, la frugalidad, y sobre todo, la serenidad del

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alma, habían dado a este viejo una salud casi solemne. Era un atleta de
Dios. Me pregunté cuántas hectáreas más cubriría aún de árboles.

Antes de partir mi amigo hizo una sugerencia sobre especies


apropiadas para el terreno. No insistió. "Por una buena razón -me dijo más
tarde-, porque este hombre sabe más que yo". Debió seguir pensándolo,
porque al cabo de una hora de camino agregó: "Él sabe más que nadie en el
mundo. ¡Ha encontrado una maravillosa forma de ser feliz!"

Gracias a este oficial no sólo el bosque, sino también la felicidad de


Elezéard Bouffier fueron protegidos.

El único peligro fue en la Segunda Guerra Mundial. Los


automóviles andaban con generadores que quemaban madera, y nunca
había suficiente. Se efectuaron talas de los robles de 1910, pero la región
estaba mal comunicada y la empresa no resultó rentable. Fue abandonada.
El pastor no se enteró. Estaba a treinta kilómetros, continuando
apaciblemente su tarea, ignorando la guerra del 39 como había ignorado la
del 14.

Vi a Elezéard Bouffier por última vez en junio de 1945. Tenía


ochenta y siete años. Retomé la ruta de la región estéril; pero ahora, a pesar
de los estragos de la guerra, había un autobús entre el valle de Durance y la
montaña. Atribuí a este transporte relativamente rápido el no reconocer los
lugares de mis primeros viajes. Necesité ver el nombre de un pueblo para
darme cuenta de que estaba en la región antaño arruinada y desolada. El
autobús me dejó en Vergons.

En 1913, este poblado de diez o doce casas tenía tres habitantes.


Eran criaturas salvajes que vivían de poner trampas para animales. Eran
gentes sin esperanza.

Todo era distinto, incluso el aire. En lugar del antiguo viento seco y
áspero, soplaba una brisa suave cargada de aromas. Un ruido semejante al
agua llegaba de las montañas. Era el viento a través del bosque.
Pero, aun más sorprendente, escuché otro sonido de agua. Vi que
habían construido una fuente, y que el agua fluía abundante, y que alguien
había plantado junto a ella un tilo, un símbolo perfecto de renacimiento.

Vergons mostraba evidencias de ese trabajo que sólo la esperanza


inspira. La esperanza había vuelto. Habían despejado las ruinas y derribado
las paredes derruidas. Las nuevas casas, con su revoque aún fresco, estaban

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rodeadas de jardines donde se mezclaban legumbres y flores, coles y
rosales, puerros
y dragones, apios y anémonas. Era ahora un lugar donde uno
querría vivir.

Continué a pie. La guerra estaba demasiado reciente para la


expansión total de la vida, pero Lázaro había salido de la tumba. En las
laderas bajas vi pequeños campos de cebada y centeno; en lo profundo de
los valles verdeaban algunas praderas.

Sólo ocho años nos separaba de esta época en que todo el país
resplandecía de salud y prosperidad. Donde vi ruinas en 1913 se elevaban
ahora granjas limpias, bien enlucidas, pruebas de una vida feliz y
confortable.
Los viejos cauces, alimentados por las lluvias y las nieves que
retenían los bosques, Volvían a correr.

Cada granja tenía su fuente, que desbordaba sobre los tapices de


menta silvestre. Los pueblos fueron reconstruidos poco a poco. La gentes
había venido a establecerse de las planicies, donde la tierra era cara,
trayendo juventud, vida y el espíritu de aventura. Uno encontraba en los
caminos hombres y mujeres sanos, niños y niñas riendo que disfrutaban las
fiestas campesinas. Contando la antigua población, muy cambiada desde
que vivían mejor, y los recién llegados, más de diez mil personas debían su
felicidad
a Elezéard Bouffier.

Cuando pienso que un hombre, un cuerpo y un espíritu, se bastó


para hacer del desierto una tierra de Canaán, me convenzo de que, a pesar
de todo, el destino del hombre puede ser maravilloso. Pero cuando
considero la determinación apasionada, la infalible generosidad de espíritu
que hizo falta para lograr este resultado, me lleno de admiración por ese
viejo inculto que fue capaz de completar una tarea digna de Dios.

Elzéard Bouffier murió apaciblemente en Banon en 1947.

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Jean giono

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Madagascar, Gilles, hombre que planta
árboles todos los días del año
2010/ 01/01
Realisado por : Laurent Cadoret en el canal francés

Después de ter dejado sus malas al pié, de las mas


bellas montañas de la isla de Madagascar, Gilles a
tomado la decisión de repoblar la valle del Tsaranoro.

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Segunda
traducción

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JEAN GIONO

EL HOMBRE
QUE PLANTABA ARBOLES

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JEAN GIONO

EL HOMBRE
QUE PLANTABA ARBOLES

Un relato lleno de sensibilidad que es un canto al desinterés y a la


generosidad y que exalta el enorme valor que hay en un acto tan sencillo
como es plantar un árbol.

19
clic en la imagen para descargar en .pdf

En una yerma comarca de Provenza, un hombre solitario


planta centenares de miles de árboles y transforma en un paraíso
lleno de vida lo que antes era una región inhóspita y casi
deshabitada. Es la historia de Elzéard Bouffier, un personaje
inolvidable por su desinterés, por su enorme generosidad y por dejar
huella en la tierra sin anhelar recompensa alguna. Jean Giono, uno
de los escritores franceses más importantes de este siglo (XX), creó
el personaje de Bouffier para “hacer que la gente amara a los árboles,
para ser más exacto, hacer que amen el plantar árboles”. En su obra
alienta una comunión con el silencio mundo de las plantas, que
purifica y renueva la tierra que nos rodea, nos reconforta y nos
reconcilia.

JEAN GIONO

EL HOMBRE
QUE PLANTABA ARBOLES

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La novela de Jean Giono que fue escrita alrededor de 1953, es
poco conocida en Francia. El texto se pudo recuperar gracias a que
contrariamente a lo que sucede en Francia, la historia ha sido
ampliamente difundida en el mundo entero y ha sido traducida a
trece idiomas. Lo que ha contribuido también a que se hallan hecho
numerosas preguntas alrededor de la personalidad de Eleazar
Bouffier y sobre de los bosques de Vergins. Si bien es cierto que el
hombre que plantó los encinos es un simple producto de la
imaginación del autor; es importante aclarar que efectivamente en
ésta región se ha realizado un enorme esfuerzo de reforestación,
sobretodo a partir de 1880. Cien mil hectáreas han sido reforestadas
antes de la Primera Guerra Mundial, utilizando predominantemente
pino negro de Austria y malezas de Europa. Estos bosques son
actualmente bellísimos y han efectivamente transformado el paisaje
y el régimen de las aguas de esta región. He aquí el texto de la carta
que Giono escribió al director del Departamento de Aguas y
Bosques, el señor Valderyon, en 1957 haciendo referencia a esta
novela.

JEAN GIONO

EL HOMBRE
QUE PLANTABA ARBOLES

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Querido Señor:

Siento mucho decepcionarlo, pero Eleazar Bouffier es un personaje


inventado. El objetivo de esta historia es el de hacer amar a los árboles, o
con mayor precisión: hacer amar plantar árboles (lo que después de todo, es
una de mis ideas más preciadas). O, si se considera por el resultado; el
objetivo es obtener el mismo resultado de nuestro personaje imaginario. El
texto que usted ha leído en “Trees and life” ha sido traducido al Danés,
Finés, Sueco, Noruego, Inglés, Alemán, Ruso, Checoslovaco, Húngaro,
Español, Italiano, Yddish y Polaco. Cedo mis derechos gratuitamente a
todas las reproducciones. Un americano me ha buscado recientemente para
solicitarme la autorización para hacer un tiraje de 100 000 ejemplares del
texto que van a ser repartidas gratuitamente en América (algo que tengo
bien entendido y aceptado). La Universidad de Zagreb ha hecho una
traducción al Yugoslavo. Este es uno de los textos que he escrito de los que
me siento más orgulloso, porque cumple con la función para la que fue
escrito. Dicho sea de paso, estahistoria no me aporta ningún céntimo.

Si a usted le es posible, me encantaría que pudiéramos reunirnos para


hablar precisamente de la utilización práctica de este texto. Yo considero
que es ya el tiempo de que hagamos una política favorable al árbol, a pesar
de que la palabra política parezca bastante mal adaptada.

Muy cordialmente,

Jean Giono

JEAN GIONO

EL HOMBRE
QUE PLANTABA ARBOLES

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Para que un personaje manifieste sus más excepcionales cualidades, hay que
tener la fortuna de poder observar su actuación a lo largo de muchos años. Si dicha
actuación está desprovista de todo egoísmo, si obedece a una generosidad sin par, si es
del todo cierto que no abriga un afán de recompensa y que, por añadidura, ha dejado
una huella patente sobre la faz de la tierra, entonces no cabe error alguno.

Hará cosa de cuarenta años, hice un largo viaje a pie por unos montes poco
frecuentados por turistas, sitos en esa antigua región donde los Alpes se adentran en la
Provenza. En los tiempos en que comprendí mi caminata a través de aquellos parajes
despoblados, todo era tierra yerma y descolorida. Nada crecía en ella salvo el espliego.

Cruzaba la comarca por su parte más ancha y, tras tres días de camino, me
encontré en medio de la más absoluta desolación. Acampé junto a las ruinas de un
pueblo abandonado. Me había quedado sin agua el día antes y precisaba encontrar más.
Aunque asoladas, aquellas casas, arracimadas como un panal de avispas viejo, indicaban
que una vez tuvo que haber alli una fuente o un pozo. Fuente había, en efecto, pero seca.
Las cinco o seis casas sin techo, roídas por el viento y la lluvia, y la minúscula capilla
con el campanario medio derruido, se levantaban como las casas y capillas de los
pueblos habitados, mas todo signo de vida se había esfumado.

Hacía un hermoso día de junio, radiante bajo el sol, pero sobre aquella tierra
expuesta, el viento, en lo alto del cielo, soplaba con una insoportable ferocidad. Rugía
entre los esqueletos de las casas cual león defendiendo su comida. Tuve que trasladar el
campamento.

Después de cinco horas de marcha, seguía sin encontrar ni una gota de agua y
nada alentaba la esperanza de hallarla. En todos lados la misma sequedad, los mismos
hierbajos. Acerté a divisar en la lejanía una pequeña silueta negra, erguida, que tomé
por el tronco de un árbol solitario. En cualquier caso, me encaminé hacia ella. Resultó
ser un pastor. Treinta ovejas yacían a sus pies sobe la tierra achicharrada.

Me dio a beber de su calabaza y, poco después, me llevó a su morada, en un


pliegue de la llanura. Se abastecía de agua (un agua excelente) de un pozo natural muy
profundo sobre el que había dispuesto una polea rudimentaria.

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Era hombre de pocas palabras. Así es como son quienes viven en soledad, pero
se notaba que estaba seguro de sí mismo, con un convencimiento absoluto. Algo
inesperado en aquellos campos. No vivía en una cabaña, sino en una casa de piedra que
daba fe de los esfuerzos realizados para reformar la ruina que había encontrado allí a su
llegada. El tejado era recio y firme. El viento contra las rejas producía un murmullo
como el del mar en la orilla.

Estaba todo ordenado, los platos, limpios, el suelo, barrido, el rifle, engrasado; la
sopa hervía en el hogar. Advertí entonces que iba pulcramente afeitado, que llevaba
todos los botones bien cosidos, que había remendado si ropa con la meticulosidad que
hace invisibles los remiendos. Compartió la sopa conmigo y luego, cuando le ofrecí mi
petaca de tabaco, me dijo que no fumaba. Su perro, tan silencioso como el amo, era
amistoso sin mostrarse servil.

De buenas a primeras dimos por sentado que me quedaba a pasar la noche. La


aldea más cercana se hallaba a más de día y medio de viaje y, por otra parte, estaba más
que familiarizado con la naturaleza de los escasos villorrios de aquellos pagos. Apenas
cuatro o cinco, dispersos por los cerros, al final de largos caminos de carro. Los
habitaban carboneros que vivían en la penuria. Las familias, apiñadas a causa de un
clima en demasía severo tanto en verano como en invierno, no se libraban de los
incesantes conflictos entre personalidades encontradas.

La ambición irracional alcanzaba proporciones desmesuradas debido a la


continua ansia por escapar. Los hombres acarreaban las carretadas de carbón hasta la
ciudad para luego regresar. El yugo perenne de aquel penoso trabajo vencía a los
caracteres más firmes. Las mujeres avivaban los motivos de agravio en todo había
rivalidad, en el precio del carbón como por un banco en la iglesia, en las virtudes
opuestas como en los vicios, así como en la perpetua lucha entre el vicio y la virtud. Y
por encima de todo estaba el viento, también incesante, crispando los nervios. Se daban
epidemias de suicidios y frecuentes casos de locura, habitualmente homicida.

El pastor fue a por un saquito y vertió un montón de bellotas sobre la mesa.


Comenzó a inspeccionarlas, una por una, con un gran concentración, separando las
buenas de las malas. Yo fumaba en mi pipa. Le ofrecí ayuda. Me respondió que era su
trabajo. Y, en efecto, en vista del esmero con que se entregaba a la tarea, no insistí. En
eso consistió todota nuestra conversación. Tras separar una cantidad suficiente de
bellotas buenas, las fue contando por decenas, al tiempo que eliminaba las más
pequeñas o las que presentaban alguna grieta, pues ahora las examinaba con mayor
detenimiento. Cuando hubo seleccionado cien bellotas perfectas, puso fin a la labor y se
acostó.

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Aquel hombre irradiaba paz. Al día siguiente le pregunté si me podía quedar un
día más. Le pareció lo más natural, o, para ser exactos, me dio la impresión de que nada
podía desconcertarlo. No es que tuviera una necesidad imperiosa de descanso, pero
había despertado mi interés y quería saber más acerca de él. Abrió el redil y se llevó el
rebaño a pastar. Antes de irse, sumergió en un cubo de agua el saco de bellotas
cuidadosamente contadas y seleccionadas.

Advertí que a modo de cayado empuñaba una vara de hierro gruesa como un
pulgar y de metro y medio de longitud. Andando a mi aire, seguí un camino paralelo al
suyo. El pasto se hallaba en un valle. Dejó al perro a cargo del reducido rebaño y subió
hasta donde yo me encontraba. Temí que fuera a reprenderme por mi indiscreción, mas
no fue ni mucho menos así: él iba en aquella dirección y me invitó a acompañarlo si no
tenía nada mejor que hacer. Trepó hasta la cresta de la loma, un centenar de metros
arriba.

Entonces comenzó a clavar la vara de hierro en la tierra, abriendo agujeros en


los que plantaba una bellota; luego rellenaba el agujero. Así plantaba robles. Le
pregunté si aquella finca le pertenecía. Me repuso que no. ¿Sabía de quién era? No lo
sabía. Suponía que era de propiedad comunal, o tal vez perteneciera a personas que no
le otorgaban mayor importancia. No tenía el menor interés en descubrir de quién era.
Plantó las cien bellotas con sumo cuidado.

Tras el almuerzo reanudó las tareas de plantación. Supongo que me mostré


persuasivo en mi interrogatorio, pues obtuve algunas respuestas. Llevaba tres años
plantando en aquel desierto. Había plantado ya cien mil bellotas. De las cien mil, veinte
mil habían germinado. De las veinte mil, contaba con perder la mitad a manos de los
roedores y de los impredecibles designios de la Providencia. Así pues, todavía quedaban
diez mil robles con vida donde antes nada crecía.

Fue entonces cuando empecé a preguntarme qué edad tendría aquel hombre.
Saltaba a la vista que había cumplido los cincuenta. Cincuenta y cinco, me dijo. Se
llamaba Elzéard Bouffier. Una vez había poseído una granja en las tierras bajas. Allí
había construido su vida. Perdió a su único hijo; luego a su esposa. Acabó retirándose a
aquellos solitarios parajes, donde se encontraba muy a gusto viviendo sin prisas con sus
ovejas y el perro. A su parecer, aquella tierra se estaba muriendo por la ausencia de

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árboles. Agregó que, a falta de otra ocupación más apremiante, había decidido poner
remedio a aquel estado de cosas.

Puesto que en aquellos tiempos, a pesar de mi juventud, llevaba una vida


solitaria, me constaba que debía tratar con amabilidad a los espíritus solitarios. Pero esa
misma juventud me empujaba a considerar el futuro con relación a mí mismo y a una
determinada búsqueda de la felicidad. Le dije que en treinta años sus diez mil robles
serían magníficos. Respondió con toda sencillez que si Dios le concedía bastante vida,
en treinta años habría plantado tantos más que aquellos diez mil serían como una gota
de agua en el océano.

Por otra parte, estaba estudiando la reproducción de las hayas y tenía un vivero
de plantones nacidos de hayucos junto a su casa. Los plantones, protegidos de las ovejas
mediante una cerca de alambre, eran muy bonitos. También tenía en mente plantar
abedules en los valles donde, según me dijo, había una cierta humedad a pocos metros
bajo la superficie del suelo.

Al día siguiente, nos separamos.

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Un año después estalló la guerra de 1914, en la que me vi implicado durante


cinco años. Un soldado de infantería apenas disponía de tiempo para reflexionar sobre
los árboles. A decir verdad, aquel asunto no me había impresionado; lo había tomado
como un hobby, una colección de sellos, para luego olvidarlo.

Finalizada la guerra, me encontré en posesión de una diminuta prima por


desmovilización y un enorme deseo de respirar aire puro durante algún tiempo. Sin más
propósito que éste enfilé otra vez la carretera hacia las tierras yermas.

El paisaje no había cambiado. No obstante, a lo lejos vislumbré, más allá del


pueblo abandonado, una sombra de neblina grisácea que cubría las cumbres de las
montañas como una alfombra. El día anterior había empezado a pensar de nuevo en el
pastor plantador de árboles. “Diez mil robles -reflexioné-, ocupan mucho espacio.

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Había visto morir a demasiados hombres a lo largo de aquellos cinco años como
para dar por sentado que Elzéard Bouffier estaría muerto, más aún cuando a los veinte
años se contempla a los hombres de cincuenta como ancianas a quienes nada les queda
por hacer salvo morir. Mas no había muerto. En realidad, estaba mas vivo que nunca.
Había cambiado de trabajo. Ahora sólo tenía cuatro ovejas y, a cambio, cien panales. Se
había desprendido de las ovejas porque constituían una amenaza para los árboles
jóvenes. Pues, tal como me explicó (y pude comprobar con mis propios ojos), la guerra
no lo había trastornado lo más mínimo. Impertérrito, había seguido plantado.

Los robles de 1910 contaban entonces diez años de edad y ya eran más altos que
nosotros. Un espectáculo impresionante. E quedé literalmente sin habla y, como
tampoco él decía nada, pasamos todo el día caminando en silencio a través de su
bosque. En tres sectores, medía once kilómetros de longitud por tres kilómetros en lo
más ancho. Al recordar que todo aquello era fruto de las manos y el alma de una única
persona desprovista de recursos técnicos, se comprendía que los hombres podían ser tan
efectivos como Dios en ámbitos distintos del de la destrucción.

Había llevado a cabo su plan, y unas hayas que me llegaban al hombro y se


extendían hasta donde alcanzaba la vista lo confirmaban. Me mostró hermosos grupos
de abedules plantados cinco años atrás (es decir, en 1915, mientras yo luchaba en
Verdún). Dispuestos en cuantos valles había supuesto (y acertado) que la capa húmeda
casi afloraba, eran delicados como niñas pero estaban muy bien arraigados.

Fue como si la creación floreciera en una suerte de reacción en cadena. A él


tanto le daba; tenía la determinación de concluir su tarea con toda sencillez; pero de
regreso hacia el pueblo vi que el agua manaba en arroyos que llevaban secos desde
tiempos inmemoriales. Aquel era sin duda el resultado más sobrecogedor de la reacción
en cadena que mis ojos presenciaban. Alguna vez, tiempo atrás, el agua había corrido
por aquellos riachuelos secos. Parte de los tristes villorrios mencionados antes fueron
construidos en los emplazamientos de antiguos asentamientos romanos, de los que aún
quedaban vestigios; y los arqueólogos, en sus exploraciones, habían hallado anzuelos
donde, en el siglo veinte, se precisaban cisternas para garantizar un exiguo
abastecimiento de agua.

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El viento, además, esparcía las semillas. Con el resurgió del agua reaparecieron los
sauces, los torrentes, los prados, los jardines y las flores en un alegato a favor de la vida.
Pero esta transformación se produjo de forma tan gradual que se integró en el entono sin
causar el menor asombro. Los cazadores, que subían a los páramos siguiendo la pista de
las liebres y los jabalíes, advirtieron, por supuesto, la repentina aparición de arbolillos,
pero la atribuyeron a un capricho natural de la tierra. De ahí que nadie se entrometiera
en la labor de Elzéard Bouffier. De haber sido descubierto habría suscitado oposición.
Pero pasaba desapercibido. ¿Quién, en los pueblos o en la administración, podría soñar
siquiera en semejante perseverancia y tan magnífica generosidad?

Para hacerse una idea exacta de lo excepcional del personaje es preciso no olvidar que
trabajaba en soledad absoluta: tan absoluta que hacia el final de su vida perdió el hábito
de hablar. O tal vez fuese que no lo veía necesario.

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En 1933 recibió la visita de un guarda forestal para notificarle una resolución judicial
que prohibía encender fuego al aire libre con vistas a proteger el crecimiento de aquel
bosque natural. Era la primera vez, le dijo el hombre con toda ingenuidad, que oía
hablar de un bosque surgido motu propio. Por aquel entonces Bouffier se disponía a
plantar hayas en un lugar a unos doce kilómetros de su casa. Para ahorrarse tantas idas y
venidas (pues ya había cumplido los setenta y cinco), decidió construir una cabaña de
piedra junto a la plantación. Al año siguiente la levantó.

En 1935 el Gobierno envió a toda una delegación a inspeccionar el “bosque natural”.


Un alto cargo del Servicio Forestal, un diputado, varios tecnócratas. Hubo mucho
parloteo fútil. Se decidió que algo había que hacer y, por fortuna, nada se hizo salvo lo
único que tenía sentido; el bosque fue puesto bajo la protección del Estado y se prohibió
la producción de carbón. Pues resultaba imposible no dejarse cautivar por la belleza de

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aquéllos árboles jóvenes rebosantes de salud que lograron hechizar al mismísimo
diputado.

Entre los funcionarios de la delegación se contaba un amigo mío, a quien desvelé el


enigma. Un buen día de la semana de la semana siguiente fuimos juntos a visitar a
Elzéard Bouffier. Lo encontramos trabajando con ahínco, a unos diez kilómetros del
lugar donde se había efectuado la inspección.

Aquel guardabosque no era amigo mío porque sí. Se regía por firmes principios. Sabía
guardar un secreto. Entregué los huevos que llevaba como presente. Comimos juntos y
pasamos varias horas en muda contemplación del paisaje.

Por donde habíamos ido, las laderas estaban cubiertas de árboles de entre seis y ocho
metros de altura. Rememoré el aspecto que ofrecía la región en 1913; un erial. El
sosiego, el esfuerzo constante, el aire vigorizador de la montaña, la frugalidad y, por
encima de todo, la paz de espíritu habían dotado a aquel hombre de una vitalidad
impresionante. Era un atleta de Dios. Me pregunté cuántas más lomas cubriría de
arboleda.

Antes de partir, mi amigo se limitó a recomendar algunas especies de árboles


especialmente indicadas para las condiciones del suelo. Tampoco insistió en el tema.
“Por la convincente razón -me diría después-, de que Bouffier sabe mucho más que yo”.
Una hora de camino después, tras haberle dado unas cuantas vueltas, añadió: “Sabe
mucho más que cualquiera. ¡Ha descubierto una forma maravillosa de ser feliz!”

Gracias a este funcionario quedaron a buen recaudo no sólo el bosque sino también la
felicidad del hombre. Delegó el cometido en tres guardabosques, a quienes adoctrinó
hasta tenerlos a prueba de las botellas de vino que los carboneros les ofrecerían.

La obra sólo se vio seriamente en peligro durante la guerra de 1939. Dado que
los coches se propulsaban con gasógenos (generadores alimentados con leña), se
disparó la demanda de madera. La tala se inició en el robledo de 1910, pero aquel sitio
distaba tanto de cualquier estación de tren que la empresa resultaba temeraria desde el

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punto de vista financiero. Así que fue abandonada. El pastor no se enteró de nada. Se
hallaba a treinta kilómetros del lugar, prosiguiendo su labor con toda tranquilidad,
pasando por alto la guerra del treinta y nueve tal como había hecho con la del catorce.

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Vi a Elzéard Bouffier por última vez en junio de 1945. Tenía ochenta y siete
años. Emprendí de nuevo la ruta de la tierra baldía; pero ahora, a pesar del caos que la
guerra sembrara por todo el país, había un autobús que cubría el trayecto entre el valle
de Durance y el monte. Atribuí el hecho de no reconocer los escenarios de mis
anteriores viajes a la relativa velocidad de aquel medio de transporte. Me pareció,
asimismo, que la carretera discurría por territorios nuevos. Pero me bastó el nombre de
un pueblo para convencerme de que me hallaba, en efecto, en aquella comarca que
había sido todo ruinas y desolación.

El autobús me dejó en Vergons. En 1913 aquella aldea de diez o doce casas


tenía tres habitantes. Eran criaturas salvajes que se odiaban unas a otras, que vivían
cazando con trampas, próximas aún, tanto física como moralmente, al estado de
hombres prehistóricos. Por todas partes crecían las ortigas entre los restos de las casas
abandonadas. Habían perdido toda esperanza. No les restaba más que esperar la muerte,
una situación que raramente predispone a la virtud.

Todo había cambiado. Incluso el aire. En lugar de los severos vientos secos que
solían atacarme, soplaba una brisa amable, cargada de fragancias. De las montañas
llegaba un rumor como de agua: era el viento en el bosque. Lo más asombroso de todo
fue oír un sonido real de agua cayendo en un estanque. Comprobé que habían
construido una fuente que manaba en abundancia y (fue lo que más me emocionó) que
alguien había plantado un tilo junto a ella, un tilo que contaría unos cuatro años, ya en
plena floración, como un símbolo incontestable de la resurrección.

Por otra parte, Vergons daba fe de un empeño cuya envergadura exigía tener
esperanza. Así pues, la esperanza había vuelto. Se retiraron los escombros, se abatieron
las paredes derruidas y se restauraron cinco casas. Ahora se contaban veintiocho almas,
cuatro de las cuales eran jóvenes casados. Las casas nuevas, recién enlucidas, estaban
rodeadas de jardines donde crecían verduras y flores en ordenada confusión: calabazas y
rosas, puerros y dragones, apios y anémonas. Se había convertido en la clase de pueblo
que invita a vivir.

A partir de allí proseguí a pie. La guerra recién terminada aún no permitía que la
vida floreciera en todo su esplendor, pero Lázaro se había levantado de la tumba. En las
faldas de la montaña divisé pequeños campos de cebada y centeno; al fondo de los
valles estrechos los prados reverdecían.

Han bastado ocho años desde entonces para que todo el campo rebose vitalidad
y prosperidad. Allí donde en 1913 no vi más que ruinas, ahora se levantan granjas bien
cuidadas, pulcramente enlucidas, testimonio de una vida cómoda y placentera. Los
antiguos arroyos, alimentados por la lluvia y la nieve que acumula el bosque, fluyen de
nuevo. Sus aguas se han canalizado. En todas las granjas, en bosquecillos de arces, las
albercas rebosan agua clara sobre tapices de hierbabuena. Los pueblos se han ido
reconstruyendo poco a poco. Las gentes de las llanuras, donde la tierra es costosa, se

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han establecido aquí, trayendo consigo juventud, acción y espíritu aventurero. Junto a
los caminos encuentras hombres y mujeres campechanos y cordiales, muchachos y
jovencitas que saben reír y han recuperado la afición por las meriendas campestres.
Contando a los antiguos pobladores, irreconocibles ahora que viven con holgura, más de
diez mil personas deben su felicidad a Elzéard Bouffier.

Cuando pienso que un solo hombre, armado únicamente de sus recursos físicos y
morales, fue capaz de hacer surgir de un yermo esta tierra prometida, me convenzo de
que, a pesar de todo, el género humano es admirable. Pero cuando hago el cómputo de
la constante grandeza de espíritu y de la tenaz benevolencia que sin duda ha requerido
alcanzar este resultado, me embarga un inmenso respeto por este viejo campesino
iletrado que ha sabido completar una obra digna de Dios.

Elzéard Bouffier falleció tranquilamente en 1947, en el hospicio de Banon.

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Jean giono

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Madagascar, Gilles, hombre que planta
árboles todos los días del año
2010/ 01/01
Realisado por : Laurent Cadoret en el canal francés

Después de ter dejado sus malas al pié, de las mas


bellas montañas de la isla de Madagascar, Gilles a
tomado la decisión de repoblar la valle del Tsaranoro.

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