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ACÚSTICA EN EL SALÓN DE CLASES

ING. ROBERTO VELAZCO GRANIEL

En la cotidianeidad tranquila (o agitada) de nuestras vidas nos acostumbramos a convivir


con diversos problemas y carencias que, sin importar qué tan difícil sea su solución, conservamos a
nuestro lado como viejos e incómodos amigos; dolores de espalda, infecciones leves, sinusitis,
fugas de agua, vidrios rotos, fallas en el automóvil, empleos desagradables, molestos zapatos,
escritorio desordenado, tabaquismo, etc. La explicación de estos absurdos hábitos es tema
importante de estudio para la psicología. Sin embargo, a nivel sociocultural suceden cosas
similares; es difícil comprender cómo un pueblo puede tolerar cierto gobierno durante tanto
tiempo, o porqué se acepta y justifica el maltrato a los niños cuando, a juicio de los adultos, se
“portan mal”, o el cínico e incontrolable daño al medio ambiente.
Entre todos estos problemas, algunos son menos evidentes y, por lo tanto, más
perjudiciales. Su bajo perfil, solo obvio para algunos, no impide las graves consecuencias (a veces
previsibles) que la falta de su solución acarrea.
Nuestras escuelas padecen un genérico problema escondido entre la gruesa pila de
prioridades que compiten en razón a su imagen política y no a su importancia real. Quién podría
sospechar que la acústica de los salones de clase es más importante que la pintura de la fachada, la
fiesta de fin de año o el festival del Día del Maestro. Sin embargo, un sencillo experimento de
dicción permite corroborar una grave situación: La inteligibilidad promedio de nuestros salones de
clase no sobrepasa el 75%. Esto es; de cada diez fonemas articulados por el profesor, solamente
7.5 de ellos se perciben correctamente. Dicho de otra manera, nuestros alumnos se pierden 2.5
palabras de cada diez, a pesar de que nosotros cubrimos el 100% de la cuota escolar. Aún así se les
aplican exámenes esperando obtengan las más altas calificaciones.
Pero no es cuestión de injusticia sino de ignorancia. Aquí no hay culpables, solo víctimas:
Todos nosotros.
La necesidad de una acústica adecuada en el salón de clases y los métodos para efectuarla
han sido conocidos por décadas, pero esta información no ha sido proporcionada debidamente a los
arquitectos, planificadores, administradores, maestros y padres de familia involucrados en la
construcción de las escuelas.
La degradación del aprendizaje a causa de la incorrecta acústica de nuestras aulas (y las de
nuestros hijos) va más allá de un “insignificante” 25%. La comunicación interpersonal no está
estructurada con base en simples palabras, sino en conceptos. La información que todo ser humano
percibe es interpretada de acuerdo con los modelos mentales de cada quien y todos tenemos la
tendencia a escuchar lo que deseamos por encima de lo que es.
Si a esta natural falta de objetividad agregamos una falta de información (aunque tan solo
sea del 25%), el resultado filtra las fronteras del caos. Esa cuarta parte de la estructura gramatical
faltante podría ubicarse en las capas de menor importancia, pero también puede estar (o faltar) en
la base de soporte conceptual (no es lo mismo “los mondongos de Tapachula…”) modificando
totalmente el sentido de la frase.
“Cuestión de sintaxis”, diría un viejo amigo, cuando en realidad es un queso gruyere
semántico.
La confusión es peor para los niños pequeños y para quienes nuestro idioma es una segunda
lengua. Ellos son incapaces de inferir los vocablos confusos o faltantes y “llenar” los huecos para
completar las ideas, como en ocasiones lo pueden hacer los estudiantes de grados superiores
quienes poseen un vocabulario más amplio.
En el caso de las personas presbiacúsicas (con algún grado de sordera) o de los alumnos
con problemas de aprendizaje, ese 25% adquiere dimensiones catastróficas. No podríamos
cuantificar la frustración del potencial y la cantidad de talento desperdiciado a causa de este
invisible problema, paradójicamente tan fácil de resolver.
El actual escenario escolar incluye nuevas condiciones: La omnipresente tecnología de
comunicaciones (TV, Radio, Satélite, Internet, computadoras, etc.) y la cada vez mayor brecha
generacional.
Qué alumno preferiría la monótona e incomprensible cháchara magisterial a la atractiva e
impactante dinámica de los gráficos computarizados o de los videos tipo Discovery (por no
mencionar MTV). Hoy por hoy, la imagen habitual de un salón de clases incluye escolares con la
mirada concentrada en algún punto ubicado cientos de metros detrás del profesor, donde se
encuentran sus verdaderos (o virtuales) intereses.
Ahora las distracciones son mayores y los cambios cada vez más vertiginosos. Los
programas escolares más rápidamente obsoletos y los maestros desactualizados. Por supuesto que
los libros de texto, la internet y las tareas en casa son un gran complemento; pero porqué recorrer
el camino difícil desperdiciando la valiosa cátedra “en vivo” con su fértil interacción directa e
inmediata.
Podríamos suponer (erróneamente) que siempre ha sido así y que de algún modo las
generaciones han aprendido las lecciones. Tal vez; pero en cuanto a los resultados ¿cuáles han sido
los puntos de referencia? Los maestros, los laboratorios, las bibliotecas, los programas de estudio;
nunca el ambiente acústico de las aulas. El aprovechamiento de los alumnos no se evaluó
considerando las condiciones acústicas de los recintos.
Por supuesto que la calidad de la enseñanza depende de la calidad de los recursos; el
problema es que en la actual escala de prioridades la acústica del salón de clases ocupa, si acaso,
uno de los últimos lugares, por debajo de la decoración, del color del pizarrón, del desinfectante de
los pisos o incluso del menú de la cafetería.
Sin embargo, la acústica es un importante punto de reencuentro, de restablecimiento de la
comunicación maestro-alumno, alumno-maestro. Una acústica adecuada permite percibir con
claridad no solo el mensaje sino también la carga emocional que éste conlleva (el teatro es una
incuestionable muestra de ello); la consecuencia directa es una mejor comunicación y las
consecuencias indirectas son menor necesidad de elevar la voz, menor fricción, menor estrés,
mayor disposición comprensiva, mayor atención, mayor concentración y, por lo tanto, mayor
aprovechamiento.
Afortunadamente las cosas están cambiando y nuevamente la influencia viene del norte.
A raíz de la presión ejercida por el gobierno de los Estados Unidos mediante el Acta para
los Americanos Discapacitados (ADA: Americans with Disabilities Act), documento que norma
las políticas de comportamiento y las normas de construcción que deben cumplir las empresas,
organismos e instituciones en relación con las personas limitadas en sus capacidades, la sociedad
estadounidense experimenta una verdadera revolución en la construcción de nuevas escuelas y en
la modificación y adaptación de las ya existentes.
Mientras que factores como la iluminación, ventilación y facilidad de acceso a las salidas
de emergencia fueron, entre otras, condiciones tradicionalmente ineludibles para los constructores
de escuelas, el ambiente acústico no fue un tema de importancia que suscitara compromisos en el
presupuesto o en el programa de obra arquitectural. Simplemente se trataba de distribuir espacios
funcionales y bien iluminados para el “adecuado” desempeño de los alumnos.
La preocupación por atender las necesidades de los estudiantes discapacitados ha llevado a
re-descubrir que las condiciones acústicas del salón de clases juegan un papel fundamental en el
proceso del aprendizaje, tanto para personas con problemas auditivos como para individuos con
oído normal.
Los problemas acústicos se manifiestan básicamente en dos facetas claramente definidas:
Ruido y reverberación excesivos.
El ruido puede originarse internamente como en el caso de los ventiladores o el aire
acondicionado o bien puede provenir del exterior por múltiples causas: tráfico, clases de deportes,
salones de clase adyacentes, cafeterías o restaurantes, aviones y helicópteros, etc.
La reverberación ocurre en los recintos que no presentan suficientes superficies
acústicamente absorbentes y consiste en la remanencia del sonido debido a las múltiples
reflexiones que éste experimenta en los muros internos del lugar.
Ambos efectos interfieren con la voz del profesor y reducen la inteligibilidad de su mensaje
deteriorando el proceso del aprendizaje, tal y como sucede en una iglesia donde difícilmente se
entiende (o no) el emotivo sermón dominical.
Las condiciones acústicas adecuadas no son las mismas para todos los recintos. Un templo
requiere de una mística reverberación que permanezca durante varios segundos; un gimnasio
necesita un ambiente vivo que excite los ánimos; un auditorio implica estricto control acústico que
favorezca el refuerzo de la voz sin menoscabo de su inteligibilidad. Para el salón de clases las
condiciones óptimas son muy específicas:

Nivel de ruido máximo NC 30 ó 35 dBA


Tiempo de reverberación 0.4 a 0.6 segundos

El nivel normal de la voz de una persona es de aproximadamente 45 dBA; es cierto que hay
voces más potentes que llegan a alcanzar 60 dBA sin esfuerzo, pero son casos aislados que
normalmente no corresponden a profesores sino a locutores y políticos.
La definición de la voz se pierde en presencia de ruido y de reverberación (que es una
forma de ruido). Para permitir una inteligibilidad mayor al 90% la relación entre la voz y el ruido
de fondo debe ser mayor de 10dB; de ahí la necesidad de mantener el ruido en el salón por debajo
de los 35dBA. Otro motivo importante para reducir o controlar el ruido es su factor de dispersión
síquica. Las características del ruido determinan en que grado se puede distraer la atención del
alumno con la presencia del sonido contaminante. Si es fijo y estable, como un motor o la lluvia, la
atención lo discrimina rápidamente; pero si contiene información es mucho mas probable que se
convierta en una fuente de distracción, por ejemplo la música o la voz.
Por otra parte, un salón de clases con un tiempo de reverberación de 0.5 segundos
presentará aproximadamente un índice de inteligibilidad del 95%.
Si este valor es mantenido pero el ruido se incrementa hasta 45dBA la inteligibilidad cae
aproximadamente a un incómodo 55% y el maestro se ve obligado a elevar su voz con los riesgos
de salud que ello implica.
Similarmente, si el ruido se mantiene bajo pero la reverberación se incrementa hasta 1.5
segundos, la inteligibilidad se reduce a un 75% y en este caso de nada vale elevar la voz. Si a esto
agregamos un nivel de ruido de 45dBA la inteligibilidad cae a un dramático 30%.
Desafortunadamente esta es la situación de una gran cantidad de aulas en nuestro país,
principalmente en las zonas cálidas donde los techos son altos y los ventiladores o sistemas de aire
acondicionado generan ruido.
La solución puede ser tan sencilla que ante su simplicidad desconcierta la endémica
problemática presente en nuestra actualidad escolar.
La reducción del ruido requiere tan solo de la aplicación del sentido común. Cerrar
ventanas y puertas, bajar la velocidad de los sistemas de aire acondicionado, eliminar o alejar las
fuentes de ruido, etc. Todo esto se puede prever desde la construcción para ahorrar gastos
innecesarios. Cuando la solución no sea tan evidente será necesario solicitar la asesoría de un
experto en acústica.
El control de la reverberación se efectúa colocando material fibroso o poroso en los muros
del aula. Existen materiales específicos para la absorción acústica, como el Sonex, el Absortech o
el Cutting Wedge, que solo se colocan adheridos directamente sobre los muros con selladores de
silicón disponibles en cualquier tienda de pinturas. La alfombra, el corcho o el cartón de huevo no
son materiales útiles para esta aplicación. En la mayoría de los casos no será necesario cubrir todos
los muros; es mejor empezar con la pared del fondo del salón para evitar el molesto eco que
produce la reflexión de la voz y, en caso necesario, colocar placas absorbentes en los muros
laterales procurando alternar espacios reflectores con espacios absorbentes y evitando que
coincidan las áreas reflectoras de los muros opuestos traslapando las placas absorbentes de tal
modo que para cada espacio reflector de un muro, la superficie opuesta (en el muro de enfrente)
esté cubierta con material absorbente.
El techo, si no es muy alto, sirve para reforzar la voz reflejándola hacia los asientos del
fondo del salón. Por el contrario, si su altura es mayor de cuatro metros puede producir un eco que
perjudicará la nitidez del mensaje, por lo cual será conveniente aplicar sobre él una porción de
material absorbente acústico. En todo caso, siempre es mejor la asesoría de un experto.
Es comprensible que cualquier solución implica gastos, pero los resultados en el
incremento del aprovechamiento y la comunicación justificarán sobradamente y a largo plazo los
esfuerzos aplicados. La ignorada acústica puede transformar totalmente el ambiente de trabajo y
resolver problemas que nadie sospecharía relacionados con ella: La incidencia de laringitis en los
profesores, los alumnos especialmente inquietos, las riñas, los alborotos, las faltas de tarea, los
apuntes incorrectos, el ambiente tenso, las bajas calificaciones, etc., son condiciones a las que nos
hemos acostumbrado como algo normal en la escuela y cuyas aparentes causas son, según el
enfoque, la deficiente educación de los niños en casa o el estrés del profesor. La ancestral dinámica
escolar tiende a aplicar frustrantes correctivos como la ridiculización social del alumno, su
suspensión temporal o definitiva, el proverbial sermón o abrumadores trabajos escolares. En el
mejor de los casos se recurre al psicólogo escolar como un paliativo, un parche que con el tiempo y
la inercia se suelta y da paso al recurrente problema.
Durante años los alumnos han (hemos) confrontado con mejor o peor fortuna esta situación
superando los problemas o tropezando con ellos, pero más vale tarde que más tarde. El adecuado
ambiente acústico no es la panacea, pero sí es un importante puente de comprensión y
comunicación entre dos generaciones cada vez más distantes. Porqué no mejorar las condiciones
para favorecer el aprendizaje cuando los elementos para lograrlo están al alcance de la escolar
mano. El esfuerzo es pequeño y el resultado será sorprendente. Y no conozco un solo padre que no
esté de acuerdo en que nuestros hijos merecen un futuro mejor que el nuestro.