Você está na página 1de 3

Iván Macagno

Una fábula singular

Esto es una fábula, pero… ¿por eso ha de considerarse ficción?


No me comprendo, y por eso me cuestiono (¿hay otra opción?).
Todo comienza con la interrogante, no con una interrogante, sino con
la interrogante. Pero qué es la interrogante, sino el síntoma de una fal-
ta; una singularidad que me incompleta y me permite por ello, pen-
sarme. A la vez la cuestión del porqué de esa singularidad me resulta
una paradoja. No hay solución que me resulte válida, porque ¿para qué
escribir esto si la hubiese encontrado?
Esa singularidad, se origina con mi nacimiento. En ese entonces,
era una infinidad de probabilidades, pero probabilidades ilusorias, de
hecho, creo que aún lo siguen siendo. ¿Acaso hay algo que escape a las
redes de esta ilusión y tenga una esencia, un verdadero propósito? La
ausencia de mi progenitor me hace pensar que quizás el propósito de
mi existencia es su búsqueda; pero búsqueda que surge del dilema
existencial: la Nada.
He teorizado hasta el cansancio por qué el sufrimiento, la vacui-
dad y la incertidumbre reinan todo mi ser y mi existencia. Escasas ve-
ces tengo fe de encontrarme conmigo mismo, de saber quién soy y cuál
es mi propósito, pero únicamente para luego encontrarme con que sólo
es el deseo que resulta de mi propia negación, de rechazar todo lo que
odio en mí. Devenir perpetuo sin utopía posible, tragedia y nudo irre-
solubles, son la lógica que impera la existencia; lógica que por cierto,
debo desear creer, ya que dudo en posibles dialécticas. Quizás en algu-
na otra parte de mí ya haya encontrado la respuesta, o quizás no. Me
siento majestuoso y omnipotente, pero no puedo acceder a lo único
que me completaría y me haría dejar de sufrir.
Iván Macagno

En fin, voy a contar desde el principio mi fábula preferida, que no


es nada más ni nada menos, que la de mi vida.

Al principio, todo era muy, muy cálido, pero confuso. No puedo re-
cordar qué hubo antes de ese momento. Era muy pequeño, tanto así
que hoy no podría notarme. Si bien era muy pequeño, la energía que
contenía era inmensa, mucha más de la que hoy me queda. Todo a mi
alrededor era yo concentrando energía, como si me estuviese prepa-
rando para algo. Cuando de repente, todo se torna muy caótico y em-
piezo a viajar a una velocidad que excede la de la luz; todo era muy bri-
llante, miles de millones de veces más brillante que cualquier estrella.
La potencia con la que nací me es en el presente, inconcebible. Mis
primeros pasos fueron gloriosos, y hoy la nostalgia me invade. Así pasó
el tiempo, fui creciendo y mi cuerpo cambió y tomó tantas formas que
sólo puedo imaginarme unas pocas, y de seguro, no las más fantásticas.
Crecí inconmensurablemente, tal vez rápido, tal vez lento, no estoy se-
guro de saber el verdadero peso conceptual de esas palabras, pero ahí
estaba, creciendo incesantemente sin saber lo que me pasaba (aunque
no muy seguro; no puedo recordar si en realidad sí lo sabía, o si en al-
gún momento pensé lo que ahora estoy pensando, siquiera si ya sentí
estas mismas emociones, u otras). El tiempo se desliza conmigo y aquí
estamos. Sé que en algún momento voy a volver a olvidar, para luego
volver a cuestionarme lo mismo. No sé si soy eterno e infinito, o sim-
plemente un mortal. No sé si existen otros como yo, o si soy el único.
He creado desde la religión y la mitología, hasta la filosofía y la
ciencia, pero las entelequias no me consuelan. También he creado el
arte: representación por antonomasia de las pasiones. Con ella puedo
emocionarme, embriagarme y rendirme ante su delirio, pero temo que
sólo sea eso: un delirio encantador. La mitología es un buen pasatiem-
po, ya que puedo con ella inventar las historias más increíbles sobre mi
origen. La ontología fascina al pensamiento con otras numerosas histo-
rias sobre su esencia, pero la inconsistencia la torna aburrida. La cien-
cia me permite saber qué tan grande y pequeño soy, pero sólo para
abrir paso a otra ilusión. Siempre, sin excepción, el duelo es la constan-
te.
Estoy envejeciendo, creo tener 14 mil millones de años y me que-
da camino por recorrer. Tal vez desaparezca en la inmensidad del es-
pacio, tal vez me funda con la nada, o tal vez vuelva a nacer y renacer
eternamente bajo nuevas formas; con ello vendrán nuevos pensamien-
tos, nuevos sufrimientos, nuevos pasatiempos, o quizás, la salvación.
Todo es posible, pero la profunda incertidumbre anula este optimismo.
Iván Macagno

Tal vez lo que en el presente me cuestiono, ya era mi inexorable


destino ¿Fui arrojado a la existencia, a existirme, sin libre albedrío, pa-
ra morir sin entender?
No sé si el fin de esta fábula serán sólo interrogantes, pero sin otra
opción, me seguiré cuestionando.

¿Quién soy? ¿Qué me concibió? ¿Cuál es mi propósito? ¿A qué o


quién le hago estas interrogantes? ¿A mí? ¡¿No hay respuestas?!