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  Platón describió en
su alegoría de la caverna un espacio
cavernoso, en el cual se encuentran
un grupo de hombres, prisioneros
desde su nacimiento por cadenas
que les sujetan el cuello y las
piernas de forma que únicamente
pueden mirar hacia la pared del
fondo de la caverna sin poder nunca
girar la cabeza. Justo detrás de ellos,
se encuentra un muro con un pasillo
y, seguidamente y por orden de
cercanía respecto de los hombres,
una hoguera y la entrada de la cueva
que da al exterior. Por el pasillo del
muro circulan hombres portando
todo tipo de objetos cuyas sombras, gracias a la iluminación de la hoguera, se proyectan
en la pared que los prisioneros pueden ver.
Estos hombres encadenados consideran como verdad las sombras de los objetos. Debido
a las circunstancias de su prisión se hallan condenados a tomar únicamente por ciertas
todas y cada una de las sombras proyectadas ya que no pueden conocer nada de lo que
acontece a sus espaldas.
Continúa la narración contando lo que ocurriría si uno de estos hombres fuese liberado
y obligado a volverse hacia la luz de la hoguera, contemplando, de este modo, una
nueva realidad. Una realidad más profunda y completa ya que ésta es causa y
fundamento de la primera que está compuesta sólo de apariencias sensibles. Una vez
que ha asumido el hombre esta nueva situación, es obligado nuevamente a encaminarse
hacia fuera de la caverna a través de una áspera y escarpada subida, apreciando una
nueva realidad exterior (hombres, árboles, lagos, astros, etc. identificados con el mundo
inteligible) fundamento de las anteriores realidades, para que a continuación vuelva a
ser obligado a ver directamente "el Sol y lo que le es propio",[5] metáfora que encarna la
idea de Bien.
La alegoría acaba al hacer entrar, de nuevo, al prisionero al interior de la caverna para
"liberar" a sus antiguos compañeros de cadenas, lo que haría que éstos se rieran de él. El
motivo de la burla sería afirmar que sus ojos se han estropeado al verse ahora cegado
por el paso de la claridad del Sol a la oscuridad de la cueva. Cuando este prisionero
intenta desatar y hacer subir a sus antiguos compañeros hacia la luz, Platón nos dice que
éstos son capaces de matarlo y que efectivamente lo harán cuando tengan la
oportunidad, [6] con lo que se entrevé una alusión al esfuerzo de Sócrates por ayudar a
los hombres a llegar a la verdad y a su fracaso al ser condenado a muerte.


— 

  
   hay que buscarla muy al fi al
del libro VI y en el
libro VII de — 
 de Plat n,
una interpretaci n
que es puramente
epistemol ica, no
en vano comienza la
historia con estas
palabras:

     


    
    
      
     
       
      
    .[7]
Pero bajo su sentido
epistemol ico
esconde
connotaciones
propias de la
metafísica[8]
plat nica, así como
de su política dado que —  es un tratado político.
—  

  
   

 ada más terminar la narraci n del mito nos cuenta Plat n, por boca de Sócrates, qué
representa cada una de las imágenes que se exponen en él.[9] Corresponde a las sombras
y a los hombres que las producen el mundo que percibimos por los sentidos o mundo
sensible; y la hoguera al Sol que todo lo ilumina y nos permite ver. La ascensión al
exterior de la cueva figura el ascenso al mundo inteligible, mundo en el que se
encuentra la idea de Bien[10] representada por el Sol.
Ambos mundos son reales, pero el inteligible posee más entidad siendo fundamento de
todo lo sensible. Pertenecen a este mundo las esencias o ideas y, de entre ellas, la idea
de Bien es fundamento de todas las demás ideas y por ende de lo sensible.
Pero, con todo, esta explicación que nos da Platón no es más que una nota al margen de
lo que esta alegoría pretende dar a entender. Eso sí, es necesaria para entender el camino
del alma hacia el mundo inteligible.[11
—    
   

Dado que —   es un tratado político cabría esperar que tras la alegoría se
escondiera una mayor referencia a la teoría política de Platón que a la epistemología y a
la educación o paideia, pero no es así aunque algo de política tenga.
La importancia que Platón concede a la educación en vistas a una correcta organización
de la Polis hace que dedique una muy importante cantidad de páginas a este tema en— 
 . Platón llega incluso a diseñar en ella un programa de estudios para tal fin
basado en los grados del conocimiento descritos anteriormente.
Es el proceso de formación y educación del rey-filósofo lo que está encarnando todo ese
periplo a través de los grados del conocimiento que realiza el protagonista de la historia.
Una formación a cargo de los más sabios que han de iniciar todos los ciudadanos y que
completarán en la medida de que estén capacitados para el conocimiento.
Pero, como alegoría que es, no tiene perfecta correspondencia con el pensamiento de
Platón. Por ejemplo, el personaje es continuamente obligado a ascender en los grados de
conocimiento porque, como dice el propio Platón al terminar de narrar la alegoría, el
saber es costoso y no suele hacerse de buena gana,[15] mientras que más adelante, ya
terminado el mito, Platón señala que no es deseable usar la fuerza para que los niños
aprendan.[16]
En la política platónica no hay tal obligación externa encaminada a que los hombres
asciendan en los grados de conocimiento, nadie ha de ser arrastrado tal y como narra la
alegoría. Si acaso, la única obligación de la que habla Platón en su política es de una
obligación moral de todos los ciudadanos para que asuman con responsabilidad el deber
de educarse lo mejor que puedan conforme a su capacidad por mor del mejor bien de la
polis. Un bien que consiste en ser dirigida rectamente, es decir, conforme a razón.
Los propios alumnos, guiados por maestros mediante el uso de la dialéctica, irán
alcanzando por sí sólos los distintos grados de conocimiento hasta el límite que la
capacidad de cada uno de ellos determine.
—  
         

Las connotaciones políticas que este mito tiene son secundarias o indirectas. De todas
las obligaciones a la que es sometido el prisionero de la alegoría, la única que realmente
se mantiene en la teoría política platónica es la de que tanto el personaje de ella como el
sabio han de ser obligados igualmente a abandonar la contemplación del mundo
inteligible (el Sol y la idea de Bien respectivamente) para dirigir a sus conciudadanos[17]
debido a que ese regreso para asumir el gobierno de la Polis aleja al sabio de la mayor
felicidad: el seguir contemplando la idea de Bien. Esta obligación es más interna que
externa, su fuerza reside en la responsabilidad que tiene el sabio de cara a la Polis para
que ésta alcance su bien,[10] esto es, para que todos los habitantes se guíen conforme a la
razón al ser dirigidos por el sabio.
Con todo Platón es consciente de que muy pocos son capaces de llegar al más alto grado
de conocimiento. Ello le llevará a proponer que también han de desempeñar la función
de gobernar, en un gobierno que es temporal y rotatorio, los que más hayan accedido al
mundo inteligible por medio del pensamiento.[18] El motivo de la rotación es limitar en
el tiempo la función de gobernar para no hacer más gravosa aún la obligación de
desatender el estudio y contemplación de las esencias al hacerla perdurar excesivamente
en el tiempo.