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Verano robado

A la adolescente que fui


J. Arthur Rimbaud
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I
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Hace ya un tiempo que me enjuago la boca con ron-cola, dejé de escuchar a mi mamá, y me
duermo al amanecer, pensando que yo y el mundo siempre vamos a hacer cortocircuito. Quienes
creen conocerme me consideran una adolescente con problemas. Quienes me conocen de verdad,
saben que soy una adolescente en problemas.
Me basta entreabrir los ojos para recordar que este verano todo se me vino abajo. Tan abajo que mi
pieza está vacía. Todo lo que queda es un colchón tirado en el suelo, una pirámide de ropa sucia, el
afiche de mi película favorita y un sartén que uso de cenicero. Yo estoy acostada en mi colchón
como si fuera un pedazo de madera flotando en la mitad del océano. Hay días en que me dan ganas
de levantar los brazos y pedir ayuda. Otros, en que me dejo llevar por la corriente, confiando en que
tarde o temprano volveré a pisar tierra firme.
Si estiro la mano hacia mi izquierda, puedo tocar la espalda de un hombre-tiburón. Conozco el
comportamiento de los hombres- tiburones. Después de morderte y chuparte la sangre, desaparecen.
Algunos se despiden, diciéndote que en sus casas los esperan para almorzar. Otros, simplemente
encienden el motor de sus autos y aceleran por las calles desiertas de Santiago, contentos de dejar
atrás sus carnicerías nocturnas.
Santiago en febrero se vacía, y cuando llega la hora del crepúsculo y sabes que estás solo y que
nadie te preguntará si qué vas a comer más tarde, es fácil terminar subiéndote al auto de unos
extraños.
Anoche estaba parada en una bomba de bencina de la calle Simón Bolívar, fumándome uno de mis
Apolo, unos cigarros baratos que te deja tan seco que debería venir con una botella de agua incluida
El bencinero, un hombre con una frente ancha atravesada por una sola ceja, me decía que me
corriera a un lado porque todo se podía incendiar. Por un momento imaginé el fuego sobre Nuñoa.
El logotipo Esso derritiéndose en el asfalto, los pedazos de carbón plástico quemado cayendo
sobre mi cabeza igual que meteoritos en llamas, las sirenas, a lo lejos, acallando el canto monótono
de los grillos.
-¿Me escuchó, señorita? –insistió el hombre-. Todo se puede incendiar.
Sin decirle nada, aplasté mi cigarro contra la pared, y respiré hondo, inhalando por última vez el
olor a bencina que tanto me gusta y que me hacía matar las horas ahí parada. Al avanzar en
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dirección a la calle, un escarabajo blanco se detuvo a mi lado. Inmediatamente supe que adentro de
ese auto estaba ocurriendo algo. Era como si tuviera vida propia. Él estaba en el al volante, la cara
tapada por un jockey negro con una X al medio. En el asiento del copiloto A su lado había otro un
tipo con el pelo de cebra, teñido negro con blanco, y atrás, una mujer cuya risa estridente me
perforó los oídos.
-Oye –me dijo él asomando su nariz recta por la pequeña ventanilla de su escarabajo –. ¿Conoces la
calle Piedra Dorada?
No me gusta la gente que empieza una frase, diciendo “Oye”. Es como si se sintieran dueños del
mundo y hoy en día todos se sienten un poco dueños del mundo. Pero él llevaba una polera sin
mangas y al ver sus hombros descubiertos delineándose tras la luz azul del crepúsculo, pensé en los
cerros de la Cordillera de la Costa.
Con la vista perdida el paisaje de sus brazos, le contesté que nunca había escuchado hablar de
ninguna calle llamada Piedra Dorada.
- Les dije que no era por acá. ¿Qué mierda vamos a hacer ahora? –le gritó a la mujer de atrás,
interrumpiendo su risa.
Seguí caminando hasta la salida de la bomba de bencina. El escarabajo avanzaba detrás de mí, tan
cerca, que hubiera podido pisarme los talones. Podía sentir los sus focos del auto calentándome la
espalda y mientras las polillas revolotendoaban alrededor de los tobillos de mis pies.
-Qué styler tus hawaianas rosadas –reconocí la voz del tipo que estaba al volante. Aceleré el paso-.
Tu mini de jeans también- intenté salirme del foco de su auto-. Oye, no te pongas paranoica. No te
voy a violar.
Me di vueltas, cubriéndome los ojos con la mano.
-¿Qué quieres entonces?
-¿Tienes alguna fiesta?
La risa de la mujer volvió a sacudir el auto hasta propagarse en el aire tibio.
Alguna fiesta. La fiesta se acabó, pensé. Era diciembre. Mi casa estaba llena de gente.
Celebrábamos el final de cuarto medio, y éramos felices. Todavía no sabíamos que la mejor fiesta
de nuestras vidas terminaría por celebrar el final de otra cosa.
-¿Algún carrete, algo? –insistió.
Era diciembre. Mi casa estaba llena de gente....
Me subí al auto como a una máquina del tiempo, pensando en recobrar con esos desconocidos, una
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esquina de la euforia perdida. De pronto me sorprendí invitándolos a mi casa, o lo quedaba de ella.


-Parece un castillo francés-comentó la mujer, apenas llegamos.- ¿Conoces los castillos del Loira?
Ahora la podía ver bien. Llevaba puesto un peto dorado con una “M” de Mc Donald bordada en
plateado al medio. Tenía el pelo lleno de brillantina y una edad difusa, 20 y algo, tal vez más. Sus
amigos, en cambio, no tenían más de bordeaban los 18 años y no paraban de mascar chicle y de
repetir que el dato de la fiesta de Piedra Dorada era pirata y ahora tendrían que tomarse toda la
cerveza que habían comprado porque al día siguiente ya estaría tibia.
-No, no conozco los castillos del Loira –dije sacándole el candado al portón. prendiendo la luz
del pasillo.
-Googléalos, los puedes visitar en 3D, son un trip, vas a ver.
Entramos a mi castillo, y El tipo de pelo de cebra, comentó que más que un castillo, mi casa
parecía un squat. No se lo negué. Se pusieron a mirar cada rincón alucinados. Inmediatamente me di
cuenta que estaban puestos con algo y cuando les conté que mi equipo de música no funcionaba, por
un segundo sus caras se ensombrecieron. Querían bailar. Al tipo de pelo de cebra se le ocurrió
conectar su i-pod al televisor. Sólo necesitaba una entrada input. Le mostré una caja llena de cables
y herramientas y pensé en mi fantasía remota de algún día almacenar mi música en un aparato
mp3. Había intentado ahorrar dinero durante el año para comprarme uno, pero cada vez que juntaba
más de dos billetes morados, terminaba gastándolos en discos, ron y cigarros. ¿Te gusta el tecno o
prefieres el deep house? Levanté los hombros. A los pocos segundos estábamos bailando.
La mujer –que a estas alturas me parecía sólo una niña pindy buena para la fiesta-sacó unas
semillas superskunk de la cuarta región. Santiago está tomado por la coca, ya no hay buenos pitos,
me dijo, y esos paraguayos te dejan el cerebro como nata de leche. Una piteada, un sorbo de
cerveza. Destapaban tantas botellas que podría haber cubierto mi cuerpo entero de tapitas. El tipo
de pelo de cebra trató de llamar un diler para comprar una droga de la que nunca antes había
escuchado hablar. Mdma en polvo. “Mejor que el éxtasis y más concentrado”, me aclaró, “te sientes
como avión”. “Puedes tirar toda la noche”, agregó el tipo de jockey mirándome. “Es lo que se
destila en Europa”, remató la mujer, “yo lo probé en Berlín”. “No quiero drogarme”, dije y sentí
que mi voz tenía algo de niñita indefensa. “¿Por qué? ¡Qué ñoña!”, exclamaron con sus pupilas
vibrando igual que las hormigas de la tele apagada. Levanté los hombros. “Olvídenlo”, gritó el tipo
de pelo de cebra, mirando la pantalla de su celular, “la mano no está, se debe haber ido a Piedra
Dorada”. Chao con Piedra Dorada, llama y pide una botella de whisky, yo pago, dijo la mujer, mi
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papá me acaba de subir la mesada. Veinte minutos más tarde sonó el timbre. “Traigo el Jack
Daniels”, exclamó una voz. No sabía que en Santiago existía el reparto de alcohol a domicilio y
cuando se los dije, ellos se rieron. “Si tienes plata, puede conseguir de todo en esta ciudad
mugrienta y tercermundista”, me dijeron. Bueno, de todo, menos buen weed. Prepararon un trago
que se llama submarino, mezcla de whisky y cerveza. La mujer besó a sus dos amigos en la boca y
les dijo que no se preocuparan, ella se iba encargar de que los contrataran como djs estables de no
sé que club y no importaba que esta noche no hubieran encontrado la fiesta para hacerle la pata al
hacer “lobby” con el Gurú. Cuando Luego se me acercó a besarme, a mí y me corrí a un lado
explicándole que no era ni dj ni lesbiana. “¡Qué mamona!, ¿quién está hablando de ser gay? Se trata
de pasarlo bien. Te apuesto que eres de las que escucha bandas de rock deprimentes y crees en el
amor”. El tipo de jockey me abrazó por detrás y me susurró al oído “No le hagas caso a esa perra.
Está celosa”. Me reí. Parece que no va haber ni mdma ni tríos, se quejó el amigo del pelo de cebra.
Cuartetos, aprende a contar, le replicó la mujer ya borracha. cada vez más prendida. El me
empezó a lamer la oreja, la nuca, y luego pegó su boca a mi cuello igual que una sanguijuela. “Qué
lindo el lunar que tienes ahí”, comentó. “Para”, me hice a un lado, “no quiero que me dejes un
chupón”.
Ese lunar en mi cuello es lo único que no permito que me toquen. Es el rincón que he decido
guardar para mí. Nadie tiene el derecho de violar su Yo lo llamo el lunar de mi soberanía.

Miro mi cuerpo desnudo. Mis pechugas todavía son algo infantiles, pero los pezones se han vuelto
más cafés y más grandes que unos meses atrás. Vistos desde arriba, parecen dos botones cubren
los ángulos del ancho de mis caderas. Alrededor de mi ombligo descubro dos pelos que debería
sacar. Más abajo, otros cuantos, que ya tienen un aspecto selvático. Cada día soy un poco más mujer
y no sé si me gusta.
Me coloco de guata, escondiéndome en el caparazón de mi espalda. Puedo sentir mi pelo largo
haciéndome cosquilla sobre los hombros. Al abrazar la almohada, encuentro unos bóxer celestes
suspendidos entre el colchón y la pared. Sin ni siquiera pensarlo, los empujo hacia abajo y los dejo
caer en medio de mi ropa sucia, amontonada en el suelo.
Escondo la cabeza debajo de la almohada y espero que cuando vuelva a abrir los ojos, él se haya
ido.
De golpe, siento una mano tibia posándose sobre mi hombro frío. En las mañanas mi cuerpo
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siempre está helado. El aire de la pieza, su mano, y las sábanas son una caldera que me recuerda que
afuera hacen 33 grados.
-¿Sabes qué? Eres una lagartija que corre por todos lados, buscando la piedra más caliente –me
susurra al oído.
He escuchado decir cosas peores sobre mí; que soy simplemente una “perra”; y otras mejores, que
tengo los ojos de Bette Davis. Sus calificativos, feos o lindos, me tienen sin cuidado. Lo que cuenta
en esta vida es lo que uno se dice a sí mismo. Ahí no hay manera de mentirse. Lo que me estoy
diciendo a mí misma en este mismo minuto, es qué hago despertando con este hombre-tiburón en
mi cama. Lo debería haber echado en la mitad de la noche.
Desde mi escondite puedo ver cómo se levanta de la cama y estira los brazos.
-Ya no sé ni dónde estoy – murmura par sí mismo.
-Estás en la calle Campoamor, en Nuñoa –le digo entonces y noto que mi voz sale como del fondo
de una tumba.
-Pensé que seguías durmiendo –exclama apuntándome con su erección mañanera-. ¿Oye, Paula, no
has visto mis calzoncillos?
-No me llamo Paula.
-¿Cómo te llamabas?-bosteza.
No es la primera vez que olvidan mi nombre. Es triste, pero salvo una que otra excepción, los
hombres de mi generación tienen las neuronas hechas papillas. Memorizan las cosas más
rebuscadas y se olvidan de las esenciales. Cuando alguien sea capaz de recordar mi nombre
acordarse cómo me llamo, voy a pensar en levantarme, tostar un pedazo de marraqueta y tener
una conversación civilizada. Una de esas conversaciones que salen en las peores películas de
medianoche cuando en el cable, donde después de tener sexo, dos desconocidos se ponen unas
batas de toalla blanca y toman café sentados al borde de una ventana y se cuentan sus vidas.
-Me llamo Patricia. Patricia Franchini.
- Patricia, eso era, ¿no has visto mis...?
-No, no los he visto.
Se coloca los blue jeans, directamente sobre sus nalgas blancas y bien formadas. Desde la fisura de
mis párpados semiabiertos, observo su espalda, sus hombros suaves-homenaje-a-la -Cordillera de-la
Costa. Se rasca el pelo y éste le queda levantado. No me había fijado que tenía un tatuaje detrás de
la nuca: un corazón negro.
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Luego se agacha para recoger su polera también sin mangas, y se la pone en la cabeza, debajo de su
jockey con la X al medio, diciendo que el sol ya debe estar pegando fuerte en la calle. Me limito a
pedirle que antes de salir, por favor, deje bien cerrado el portón.
-Okey–responde y agrega: - Me voy a llevar uno de tus cigarros.
Recoge mi cajetilla de Apolo del suelo, saca un cigarro, lo esconde detrás de su oreja vuelve a tirar
la cajetilla al suelo, y se despide dándome una palmadita en el muslo.
Sólo cuando estoy segura de que ya bajó las escaleras, me saco la almohada de la cabeza. Mi pieza
parece un bar del cual todos salieron corriendo a último minuto. Estiro la mano hacia la cajetilla que
él dejó en el suelo tirada. Arrugo el cartón en mi mano; se llevó el último cigarro.
Trato de recuperar el sueño. Todavía puedo percibir un vago olor a condón y semen entre las
sábanas. Debería abrir la ventana. Debería, pero me quedo echada, intentando reconstituir
fragmentos de la noche anterior.
Con los hombres-tiburones es siempre la misma historia: el sexo es mejor antes que después. La
mejor parte es cuando está por ocurrir, la peor cuando ya ocurrió.

¿Cómo me dijiste que te llamabas?


Yo no me llamo Patricia Franchini. Patricia Franchini es el sobrenombre que me invento cuando si
desconfío de la gente. Anoche confiaba en ti y te dije mi nombre verdadero. Pero esta mañana ya lo
habías olvidado.
Yo soy capaz de nombrar a todos mis últimos amantes sin problemas, P...., Y....., O....A, aunque A,
no vale. Tú, en cambio, me sacaste un cigarro sin ni siquiera decirme que era el último; mereces que
te borre de mi hoja de vida.
Por algo llevas un corazón negro en la nuca. Tengo ganas de vomitar. Corro al baño.
Levanto la tapa del escusado water y pienso mientras me meto el dedo al fondo de la garganta,
me doy cuenta que la noche puede borrar muchas cosas menos a uno mismo.

Mientras Vomito restos de whisky y cerveza y pienso en A...


Con él todo fue todo distinto.
Nos conocimos en el dentista, en una de esas calles que llevan nombre de general, obispo o flor y
abundan en Providencia. Nunca lo había visto en la consulta de la doctora Yucosovic, y eso que
siempre me fijo en la gente de mi edad que me cruzo en lugares encerrados. Sonaba una música de
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organillos melosos que me hacía sentir extrañamente protegida en ese edificio lleno de consultas
médicas donde lo peor que te puede pasar es estornudar por culpa del aire acondicionado. El estaba
sentado al frente mío, hojeando una revista para adolescentes que reconocí de inmediato. Éramos
los únicos pacientes y los únicos responsables del silencio que nos acompañaba.
-Perdona, me dejarías ver algo –le dije de repente.
Me miró. Sus ojos verdes se abrieron entre un bosque de pestañas negras.
-Sí, claro –asintió pasándome la revista. Su tono de voz pausado, o algo extremadamente relajado
en su actitud, me hizo pensar que debía ser mayor que yo o que había sido criado en otro país.
Le eché un rápido vistazo a la revista y se la devolví decepcionada.
-Gracias.
-Puedes quedártela, si quieres... no la estaba leyendo –dijo.
-Pero la estabas mirando...
-Sólo por curiosidad. Ni siquiera sabía que existían revistas así, pero para eso sirve ir al dentista-
soltó una risita. Me fijé en su polera. Tenía un estampado que decía: "Lo que se ve en la superficie
es lo más profundo".
-¿Y qué te pareció la revista?-dije pensando en el significado oculto de su polera.
-¿Por qué? ¿Tú modelaste para la temporada de verano?
Sus palabras no estaban cargadas de esa ironía típica de mi generación. Esa ironía tras la cual
muchas personas que conocía, escondían sus verdaderos pensamientos en frases ambiguas con tal
de no parecer demasiados sensibles, y que tenían tan incorporada a su manera de pensar que ya no
sabían lo que en verdad pensaban. El me hablaba como si su cabeza y su boca estuvieran unidas por
tubo sin filtros. Sin proponérselo me empujaba a tener ese mismo grado de espontaneidad con él.
-Mi mejor amiga se sacó unas fotos, pero no salió en este número. Quizás las publiquen en el
próximo–hubo una pausa. bajo la luz de la sala de espera los moretones de mis piernas parecían
manchas violáceas desparramadas sobre un vaso de leche-. ¿Siempre vienes a este dentista?
-Por suerte, no- nos reímos-. No es mi panorama favorito.
Conversamos sobre nuestros respectivos dientes, que tener caries era una verdadera calamidad, que
los problemas dentales deberían ocurrirle a uno sólo cuando es un pendejo y come dulces, pero el
tratamiento de conductos era peor, y era mejor revisarse a tiempo antes de que a uno le tuvieran que
sacar todo el nervio. A mí me tenían que tapar la muela. A él, extraer el nervio. Era el último día
“laboral” del año antes de que la consulta reabriera el primer lunes de en marzo y no había forma
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de escapar.
Cuando Apenas apareció nuestra dentista le cedí mi turno. Total yo no tenía nada que hacer salvo
huir del calor.
El aire acondicionado y esa cumbia de organillos orquestados que seguía sonando detrás de las
murallas, eran una matrimonio combinación de sedantes perfecto y sin darme cuenta me quedé
dormida en el sillón de cuero negro. Tuve un sueño. Rocío, mi mejor amiga, me decía: “Quieren
que me saque la parte de arriba para la foto, ¿qué hago?”
Desperté de sobresalto. La doctora Yucosovic me daba unos golpecitos en el hombro con su bisturí.
-Estabas en otro mundo -sonrió-. Pasa, Livia. Alex ya terminó.
Se llama Alex, pensé y al escuchar mi nombre él también asomó sus ojos detrás del hombro de la
doctora. Nos quedamos mirando conscientes que teníamos esa mínima información sobre el otro. Al
levantarme, una de mis hawaianas rosadas se quedó atascada entre el sillón y el suelo, y él se
agachó a recogerla. Una vez que la tuvo entre sus manos, me la colocó en el pie.
Mientras me adentraba por el pasillo y los tacos de las chalas blancas de la doctora marcaban cada
segundo como un viejo relojero, pensé que me hubiera gustado saber, sólo por curiosidad, qué iba
hacer Alex este verano. Es reconfortante saber dónde van a veranear los demás cuando uno se queda
en Santiago. Es como si uno se fuera con ellos.
Me tendí en la camilla.
-¿Cómo has estado Livia? –me pregunta la doctora a través de su mascarilla.
-Bien-le digo mirando cómo el rimel celeste de sus ojos le separa cada pestaña.
Me gusta hablar con mi dentista. Siento que me respeta y me escucha y le da lo mismo lo que yo
haga de mi vida, apenas dejo la consulta.
Esa vez, sin embargo tarde, antes de irme, se atrevió por primera vez a pedirme algo:
-¿Te importaría fumar cigarros light? –noté que sus mejillas se ruborizaban-. Mira que el exceso de
nicotina estropea el esmalte.
-Bueno, doctora. Voy a fumar algo light-le dije sabiendo que con la poca plata que tenía apenas me
alcanza para comprarme mis Apolo de siempre.
-Y menos cantidad... aún mejor...
-Eso está más difícil, pero voy a tratar.
-¿Te parece vernos el 13 de marzo? Hay una carie incipiente y me gustaría seguirle la pista.
Luego se sacó su mascarilla y se puso a hablar con su marido por teléfono:
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-¿Cómo que no puedes amarrar la lancha al auto?

Cuando salí de la consulta, encontré a Alex sentado en el sillón de cuero. Seguía hojeando la misma
revista para adolescentes. Al levantar la vista hacia mí, sentí una puntada en el estómago.
-La gente que publica estas cosas es mucho más inteligente de lo que uno cree. Son peligrosos. El
lavado de cerebro empieza en el horóscopo. No sé si te lo dije, pero yo me declaro un anarquista.
Bajamos a la calle juntos. El sol nos encegueció y nos colocamos nuestros respectivos anteojos
oscuros. Me preguntó si quería ver su nervio. La doctora se lo había guardado en un frasco
transparente. Nos sentamos en el paradero de micros y me mostró una especie de lombriz roja.
-¿Raro, verdad? –comentó.
-Sí... qué nervios tu nervio.
Nos reímos sintiendo la mitad de nuestras caras anestesiadas, lo que nos provocó más risa.
-¿Dónde vives?
Le dije que tomaba la micro Los Leones hasta Chile España y de ahí caminaba a Campoamor, mi
calle.
-Yo vivo en California –me dijo. Lo quedé mirando confundida y él captó de inmediato mi duda-.
En la calle California, por Pocuro.
-Es que muchas Casi todas las calles de Nuñoa tienen nombre de países, Groenlandia, Holanda,
Avenida Italia, ¿por qué será?
-Supongo que cuando vives el culo del mundo necesitas acercarte de alguna manera.
Me reí y me propuse decir algo medianamente inteligente antes de que la micro parara. Pero él se
me adelantó.
-Tengo 10 mil pesos que puedo gastar de aquí a mañana. ¿Quieres dar la vuelta al mundo? Después
te llevo a tu casa.
Paró un taxi. Había tan poco tráfico, que a los pocos minutos ya habíamos recorrido la mitad
de Providencia. Fuimos nombrando cada calle con nombre de país, hasta llegar a la esquina de mi
casa.
-Bueno–dije sintiendo que la manilla de la puerta se derretía en mi mano-. Gracias por el viaje.
-Sabes..voy a aprovechar de visitar la mezquita. ¿Me acompañas?
La cúpula de As-Salam brillaba bajo el sol de mediodía. Caminamos por la calle desierta y a medida
que avanzábamos la mezquita parecía alejarse y luego acercarse, como si fuera una ilusión óptica.
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Siempre me había parecido un elemento extraño y a la vez familiar del barrio.


Llegamos hasta la puerta. Estaba cerrada. Ni siquiera se escuchaba gente rezando adentro.
De golpe, Antes de que se asomara la posibilidad de una segunda despedida, me sorprendí
ofreciéndole un vaso de agua.
-Buena idea –murmuró pasándose la mano por su mejilla anestesiada-. Hace demasiado calor para
seguir turisteando.
Al abrir el portón de mi casa, Alex miró a su alrededor algo extrañado. Tenía razón. A plena luz de
día, nuestro patio no parece precisamente la entrada de un castillo del Loira ni un squat abandonado.
Parece un basural. Hay que abrirse paso entre sillas rotas, catres de camas, muebles de mimbres
oxidados, una vieja lavadora, un bidé, juguetes de mi infancia, un televisor en blanco y negro y
otros cachureos que mi mamá decidió botar pero que nadie ha venido a buscar. Le conté que
estábamos en la mitad de una mudanza y que en marzo nos íbamos a vivir a un departamento. La
historia era un poco más complicada, pero ya me sabía esas tres líneas de memoria y no quería
ahondar mucho más en el asunto.
-No deberían irse de acá, son bonitas estas casas viejas– comentó una vez adentro.
Las paredes se estaban descascarando. El piso de madera crujía al caminar. La cadena del water era
tan vieja que no podías botar el papel confort adentro. El sonido del refrigerador se propagaba por
toda la casa igual que una sonda. Pero le gustaba.
Subimos a mi pieza, olvidándonos del vaso de agua. Alex se quejó que el efecto de la anestesia
empezaba a desaparecer y podía sentir los puntos de las encías.
-Deberías haberle pedido más anestesia. A la doctora le da igual.
-Más rato le pido un poco de coca a mi hermano grande... Es broma.
Nos reímos.
-Yo tengo marihuana, si quieres –dije mostrándole un tarro de Nescafé donde guardaba tenía unos
cogollos que algún amigo de mi mamá había olvidado en mi casa, después de una comida.
-Esa es la mejor anestesia. Hablando de California, allá la recetan en las farmacias.
Mientras más fumaba y más lo miraba, más me costaba seguir fumando y mirándolo: no era su pelo
rapado, ni sus ojos verdes brillantes, ni sus labios dulces, ni su polera inteligente. Era algo en su
tono de voz pausado. Una voz que envolvía las palabras dándole otro sentido o un sentido. Tal
como me había pasado en la consulta del dentista, tenía la sensación de estar escuchando a alguien
hablar de verdad. Me contó que estudiaba primer año de filosofía, pero no creía en la filosofía y que
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Nietzsche era su ídolo. Le confesé que yo acababa de terminar cuarto medio pero que todavía no
tenía idea qué estudiar, y había preferido dar la PSU el otro año. La excusa del un año sabático
siempre funcionaba y a fuerza de repetirla, había terminado por creérmela.
-Pensé que eras más chica –comentó.
-No es mi culpa que la Fanny me hayan metido a primero básico a los 5 años porque se había
confundido de año y haya terminado cuarto medio a los 17 –dije.
-¿Quién es la Fanny?
-Ah, mi mamá. Es que estoy acostumbrada a decirle así.
No quería hablar de ella y rápidamente cambié de tema, contándole que mi casa estaba forrada en
libros de Nietzsche y que si quería se llevara alguno, porque no había nadie en mi casa.
-¿Estás sola? –dijo tartamudeando levemente.
Debía saber Ya sea por timidez o porque sabía cuál era el efecto que provocaba en las mujeres
porque se tumbó en el suelo, los brazos estirados detrás de la cabeza, las piernas levemente
abiertas. Pensé que ese gesto daba por hecho que él me interesaba (lo cual era cierto) y era yo quien
tenía que acercarme. Y eso fue lo que hice. Me senté arriba suyo y empecé a jugar con la hebilla de
su cinturón. Como yo llevaba puesta mi mini de blue jeans él podía ver el triangulito de mis
calzones rosados, pero desvió rápidamente la mirada de ahí. Por unos segundos se quedó callado,
inmóvil, escondido en el bosque de sus largas pestañas, hasta que me dijo:
-¿Por qué la gente le tiene tanto miedo a hablar?
Y yo pensaba que habíamos hablado lo suficiente. Me corrí a un lado y me dejé caer a su lado.
-No te ofendas –se disculpó -. Es sólo que...
Un solo pensamiento atravesó mi mente como un relámpago amenazando una tormenta: no le gusto.
-Es sólo que...-repetí sintiendo una leve vibración en mi voz.
-Te enojaste –dijo. Giró la mitad de su cuerpo, quedando arriba mío. Tenía los brazos apoyados en
los codos y rodeaban mi cintura, sin tocarla. Su cara estaba a pocos centímetros de la mía. Sentí mi
corazón acelerarse. Mis ojos miraron su boca y sentí que él también miraba la mía. Cuando pasaron
más segundos de la cuenta, supe que no me iba besar.
-No me enojo por tonteras –dije tragando saliva.
-¿Sabes qué? Creo que eres mucho más interesante de lo que quieres demostrar- me miró de una
manera que me hizo sentir completamente evidente. Tuve ganas empezar todo de nuevo, de no
haberme sentado nunca arriba de él haciéndole creer que sólo quería tener sexo, cuando en realidad,
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me hubiera bastado con darle un beso. Un largo beso. Pero eso ya no iba a ocurrir-. Sabes, eso fue
lo que pensé en el dentista, cuando te puse la hawaiana y me fijé que tenías sólo las uñas de un
pie pintado. Que escondías un secreto adentro- agregó.
Levanté la mitad de mi cuerpo, y él se echó para atrás, lentamente. Me senté, la espalda apoyada en
la muralla y encendí uno de mis Apolo.
-Todos esconden algo, ¿o no? –me defendí.
Se sentó al otro lado de la pieza y apoyó el mentón en las rodillas. De pronto, los dos estábamos
tristes por algo.
-Supongo que sí. De eso se trata la vida al final, de – se mordió los labios y bajó la vista- descubrir
cuál es tu propio secreto –nos quedamos callados. Esta vez el silencio jugó en su contra y se puso
algo paranoico-. No sé, olvídalo, estoy volado.
Y yo estaba demasiado confundida para filosofear. Sólo quería saber por qué no me había besado.
-¿Andas con alguien? –dije al fin.
-Andaba, unos meses atrás. Se acabó. ¿Y tú?
-No, -me despejé la garganta -nada de eso, por ahora.
-¿Por ahora qué? –soltó una risita sonrió de manera sugestiva.
-Por ahora –suspiré-, tengo caries- nos reímos y sentí que nuestra risa espantaba todos nuestros
anteriores miedos. Miró la hora en su muñeca-. ¿Te tienes que ir?- Ahora era yo la que pecaba de
paranoica. Culpa de esos caños ultra-fuertes que fuman las amigas de mi mamá.
-No tengo nada que hacer, salvo esperar que mi encía cicatrice. ¿Quieres comer algo? No he
almorzado.
-En mi casa no hay nada...es patético. Ya te diste cuenta.
-Yo puedo comprar unos churrascos, ¿o eres de las que va al Mac Donald o al Burger King?
-Churrasco, no hay dónde perderse. Lo otro es tóxico.
-¿En qué sentido tóxico?
-Por dentro y por fuera. Además de comer algo malo, le das tu plata a las multinacionales.
-Parece que la dentista Yucosovic no es lo único que tenemos en común –me sonrió-. También
puedo pedir unas cervezas. No te preocupes, por la plata, igual tengo que terminar de gastarme estos
10 mil pesos.
-En general la gente no está obligada a gastar 10 mil pesos...Todavía no entiendo....
-Es que mañana parto de vacaciones a México. ¿Para qué voy a guardar esta plata?
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-¿Mañana?

Me contó que se iba con sus padres y sus tres hermanos a uno de esos resort “todo incluido”, pero
pensaba arrancarse de ellos, e irse a mochilear solo. Quería llegar a un lugar en Nuevo México,
llamado el Desierto de Sonora.
-Debe ser lindo– murmuré.
Yo nunca he salido de Chile (salvo a Bariloche, con mi abuela) y el único comentario que puedo
hacer cuando cada vez que la gente me habla de sus viajes, es “debe ser lindo”. Tengo que usar
más mi creatividad, para no parecer tan pueblerina. Cuando cumpla 18 años, mi papá me prometió
llevarme a París, pero hablar de viajes que aún no han ocurrido es todavía más provinciano.
-No sé si es lindo. Pero sí sé que hay un punto, donde puedes hablar sin escucharte. Todos los
sonidos desaparecen en un hoyo magnético o algo así. Por eso quiero ir.
Dio una vuelta por la pieza, y se quedó mirando el único afiche que no despegué de la muralla
cuando embalamos la casa.
-Parece que la doctora Yucosovic y la fobia a las multinacionales no es lo único que tenemos en
común–dijo repitió entonces.
-Es mi película favorita...No puedo creer que a ti también te guste.
-Me gusta cuando están en la pieza de ella. Y conversan.
Conversan y -hacen el amor, o viceversa, tuve ganas de decirle, pero me arrepentí. Encendí un
cigarro. Sentí mi mano temblar.
-Si una mujer dice que todo está bien, pero no logra encender su cigarro, significa que le tiene
miedo a algo.
-¡Te la sabes de memoria!
Nos reímos. Luego hubo un silencio. Se apoyó en el marco de la ventana y se quedó mirando el
patio. Tuve la sensación de haberlo visto antes, apoyado en esa misma ventana.
-Hace poco teníamos un patio normal, con sillas, mesas, plantas...-dije apareciendo detrás de su
hombro.
-Me gusta así. Lo normal me aburre. Hoy día todos quieren parecerse a los demás. Un día vas a
caminar por Santiago y va ser igual que caminar por Taiwán o por Filadelfia.
Cada minuto que pasaba más me daban ganas de besarlo y más me daba vergüenza pensar en eso.
Quizás porque no hay nada más íntimo que un beso. Aprende a hablar Livia, me dije. Cuando
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Apenas llegue el momento él se acercará.


- Acepto los churrascos y las cervezas.
-Y yo acepto el libro de Nietzsche. ¿Puedo echar una mirada a la biblioteca?-encontrar un libro,
cualquiera que éste fuera le iba tomar la tarde entera, lo que me pareció excelente excusa para
retenerlo a mi lado-. Antes voy a llamar para que traigan los churrascos. ¿Cómo te gustan?

Crucé los dedos para que no hubieran cortado la línea. No es raro que a la Fanny se le olvide pagar
las cuentas.
Veinte minutos más tarde llegó el delivery con los churrascos Big pan, según él los mejores de
Santiago. Mi única picada eran las empanadas de queso de la Fuente Suiza de Irarrázaval, pero si las
comes en el verano, sientes que el queso caliente te plastifica el estómago. Nos sentamos en el
living a comer nuestros churrascos italianos, mientras buscábamos y a buscar el libro de
Nietzsche entre un montón de cajas. Los dos teníamos que mascar por un solo lado, lo cual nos
tomaba tiempo, pero tiempo era lo que a mí me sobraba.
Pasamos la tarde entera mirando libros. Cuando al fin encontró la caja con los ejemplares de
filosofía alemana, volvimos a mi pieza, enrollamos otro caño, y mientras él leía algunas líneas de su
libro, echado en mi colchón, yo me puse a separar la ropa sucia de la ropa limpia que tenía
acumulada en el suelo. Sentí que lo conocía desde siempre.
En la noche, Alex se quedó a dormir conmigo. De repente había anochecido, estábamos
acostados en mi cama y no parábamos de hablar. Al final de nuestra conversación maratónica,
concluimos que luchar por ser feliz era tan difícil como evitar la avanzada de la cadena de
supermercados Lider en Santiago. Siempre había alguien que te iba a comer.
Cuando Pasadas las 4 y media de la mañana, él me comentó que tenía sueño, y recordé algo que le
dice Patricia Franchini a su pololo en su pieza. “Es triste quedarse dormidos. Separa la gente.
Incluso cuando duermes con alguien, duermes solo”.

-Que lo pases bien en el verano, Livia –me dijo Alex la mañana siguiente, en el portón de mi casa.
Ahí parado, al lado del cactus reseco del patio, se veía especialmente vivo.
Por un segundo, titubeé si pedirle o no su e-mail. A mis 17 años, he llegado a la conclusión que es
mala estrategia pedirle el e-mail a alguien que te gusta. Muchas veces te invitan a su chat para
rellenar su lista de contactos y después, nunca más te hablan. Ver a alguien que te gusta convertido
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en una luz verde silenciosa es peor que a que no te conteste el teléfono.


-El 13 de marzo tengo que volver al dentista –me atreví a decir finalmente.
Hubo un breve silencio. Fijé la vista en el cactus. Noté que todavía sobrevivía una flor de la
primavera recién pasada.
-El 13 de marzo te devuelvo el libro-dijo dándole unos golpecitos a la tapa del El crepúsculo de los
ídolos.
-Ah, sí, el libro–divagué sólo para darme tiempo para no arruinarlo todo a último minuto.
-Nos vemos donde la doctora Yucosovic entonces.
- Yo voy a las 2 de la tarde.
-Perfecto.
Otro silencio. Otra flor en el cactus.
- Suerte en tu viaje. tus vacaciones.
Esa serían mis últimas palabras. Justo cuando iba a darme media vuelta, escuché que me decía:
-Cuando llegue a Sonora, Te voy a mandar una postal de Sonora.
-¿Una postal?
-Sí, como a la antigua.
-Prométemelo.
-Te lo prometo- empezó a caminar hacia atrás, en dirección a la mezquita cuya cúpula brillaba sobre
el cielo celeste. De pronto se detuvo-Pero –me dijo-, un día me vas a tener que contar cuál es tu
secreto.
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Mi mamá es una mujer sin instinto maternal. No es como las leonas que llevan a sus hijos a todas
partes.
Hace ya una semana se fue a veranear a la isla de Juan Fernández con un par de amigas y nos dejó a
mí y a mi medio hermano, plantados en Santiago.
-Estás castigada, Livia. No te estoy dejando plantada –me dijo.
-¿Castigada? ¿Por qué?
-Tú sabes por qué.
-¿Todavía vas a seguir con eso?- Teníamos todo listo para partir y a ella se le ocurría castigarme a
último minuto y por primera vez en su vida. Me quedé en silencio, mirándola fijamente-. Pero
mamá...
Desde chica estoy acostumbrada a decirle Fanny, pero a veces para molestarla le digo “mamá”.
-Necesito despejarme, ¿no entiendes? ¿No ves cómo estoy?
Sí veía cómo estaba. Pasaba todo el día en polera y calzones, rondando por la casa. El pelo amarillo
con la raíz crecida. Los dedos manchados con nicotina de tanto fumar. La tele sintonizada en esos
conciertos de música clásica en vivo. A veces la escuchaba llorar mientras regaba las plantas de
nuestro patio y se quejaba de que de no salía suficiente agua de la manguera y el jardín se iba a
secar.
-Dice que necesita despejarse –le conté a mi papá por teléfono. Se acababa de ir a San Pedro de
Atacama junto a mi tío, su mujer y mi primo Mayco.
-¿Despejarse? –me gritó. La señal de su celular iba y venía-. Me parece más honesto que diga eso a
que te está “castigando”.
Honesto o no, uno no valora a una madre por su vocabulario. Además, ella siempre usa palabras
rebuscadas -meteorológicas, florales, o esotéricas-, para describir lo que le pasa por dentro, y es
incapaz de nombrar lo que sienten los demás. ¡Despejarse! Ella, la Fanny, una mujer de 49 años
que sabe que lo único que de verdad la levanta de la cama son sus cócteles de eleval, ravotril,
clonazepam, trioridazina, amparax, o como quiera que se llamen sus pastillas. Al comienzo, el
hecho de que hubiera anulado nuestras vacaciones en familia no me importó. La idea de ir a una isla
desierta donde si te toca una tormenta puedes quedarte atrapado 24 años, como le pasó a Robinson
Crusoe, no me atraía especialmente. Hubiera preferido irme con mi papá al norte o dejarme caer en
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la casa en la playa de algún amigo en la playa. Lo que me molestaba era que a último minuto, de
la noche a la mañana hubiera decidido irse con sus amigas.
-Papá, –insistí-. La Fanny es una descuadrada, cambia de opinión todo el rato, estoy harta.
El celular recobró la señal, pero él seguía gritándome al otro lado.
-Déjame hablar con ella. Podrías venirte a pasar unas semanas conmigo.
-No va querer.
-Yo la conven...
Se cortó.
Unos días más tarde me llamó para decirme que tal vez era mejor posponer nuestras vacaciones
para mi cumpleaños, en junio. Si tenía tiempo y plata, podíamos celebrar mis 18 años en París, si no
en el restaurant “La Petite France”, en el Cajón del Maipo, igual que otros años. Como siempre,
terminé odiando a mi mamá y sintiendo lástima por mi papá y el poco poder de convencimiento
que tenía sobre ella.

Abro el refrigerador y al ver un frasco semivacío de mayonesa, me da un poco de rabia imaginar a


la Fanny tumbada al sol, mientras algún isleño llamado Viernes o algo por el estilo, le cocina
langostas o le masajea los pies. Prefiero pensar que pasa la tarde encerrada en una cabaña húmeda y
sin ventanas, destapando latas en conserva, mientras sus amigas hojean el I-Ching y ella se
inventa preguntas existenciales para matar la tarde. cansada de que sus amigas traten de
solucionarle la vida a través del I Ching. Dicen que Juan Fernández no es precisamente la Isla de
Pascua. Allá, el viento sopla fuerte y los truenos son la alarma despertador de cada mañana.
En Santiago en cambio, el calor ha barrido toda mancha del cielo y muchos soñarían con deshacerse
también de sus padres. Mis amigos me envidian. Me dicen que tengo la suerte de vivir en una
familia liberal donde cada cual hace lo que quiere. No entienden que la Fanny funciona al revés que
las otras madres, pero es igual de intransigente: cuando quiere “castigarme” en vez lugar de
prohibirme salir es ella la que desaparece. Y esta vez por 28 días.
-Les regalaste mi pasaje a tus amigas lesbianas y me dejas una mesada miserable para todo febrero
–le saqué en cara mientras hacía viendo cómo hacía su maleta-. Es injusto.
-Ahórrate el calificativo homofóbico, Livia. Ellas son mis mejores amigas. Además no te dejé una
miseria, revisa mi tarjeta si quieres.
Marcia Morel y Tamara Ossa. La escritora feminista y la fotógrafa de paisajes. Las únicas personas
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en la Tierra que la escuchan de verdad y que la entienden y aceptan tal como es.
A un hijo en cambio, le tocan los padres que le tocan. Ni siquiera tienes la posibilidad de aceptarlos
o no, y menos aún de cambiarlos. Están ahí rondando a tu alrededor, complicándote la existencia.
-Me voy a ir a mochilear sola–le grité.
-Tienes que mostrar la casa, Livia-. Sé que fueron sus amigas las que la convencieron de que era
hora que yo tomara alguna responsabilidad en la vida. Hacer de corredora de propiedades mientras
ellas se llevaban a mi mamá a una isla desierta, era una óptima idea. Algo así como un castigo
alternativo.
Se supone que en marzo nos vamos ir a vivir al departamento de mi abuela Carmen, en el parque
Bustamante. La Carmen pasa los días postrada en su pieza con una enfermera que parece recortada
de un manual de Carabineros de Chile. Lo normal hubiera sido que mi abuela se mudara con
nosotros, pero la Fanny nunca se llevó bien con ella y quiere aprovechar de remodelar nuestra casa,
y arrendarla a un precio que le permita saldar todas sus deudas. Según ella, todas las urgencias
convergieron al mismo tiempo y en seis meses mi abuela va estar muerta y nosotros vamos a volver
a Campoamor. No lo dice así, pero no hay ser superdotado para adivinar que ese es su plan original.
Miré a mi mamá con la esquina de mi ojo.
-No voy a mostrar la casa sólo porque a Marcia Morel se le ocurrió.
-Por favor ayúdame, ya tengo suficientes problemas.
Su timbre de voz tenía algo de lisérgico. Como si resonara entre la realidad y la fantasía. Me
pregunté si estaría muy dopada.
Discutimos un rato. Me encerré en mi pieza y ella me fue a buscar con una botella de vino en la
mano.
-No puedo destaparla, ¿me ayudas? –me dijo acostándose a mi lado. Le hice un hueco, antes de que
se cayera al suelo.
Volvimos a hablar.
-Nadie va arrendar este basural- le dije.
-Lo único que te pido que hagas es abrir la puerta, y que seas medianamente simpática -al verme
suspirar de fastidio, agregó: “Además, si la arriendo en las vacaciones, me ahorro tener que poner
un aviso en el diario en marzo, ¿entiendes?”.
Sus palabras me hacían pensar en una bola de nieve derritiéndose al sol. Sus movimientos pausados
también parecían hacerse agua. No quería sentir pena por ella. No esta vez.
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-Antes de ponerla en arriendo, deberías limpiarla, pintarla y botar todos los cachureos que hay en el
patio –trate de hacerla entrar en razón.
-Livia, lo que vale es la casa misma. Años 40’s, no lo olvides. ¡Obviamente la gente va entender
que una vez que en cuanto se cambien va estar impecable! Ahora no tengo plata para contratar
obreros. Ni siquiera tengo un letrero “Se arrienda”porque para eso necesito publicar el famoso
aviso en el diario.
Empezó a hacerme cariño en la cabeza, pero me corrí a un lado.
-¿Y qué quieres que haga? ¿Que me ponga en la puerta a repartir volantes?
-Ricky me va hacer un letrero. También va pintar las paredes y va sacar la basura de patio.
Ricky Salgado es mi vecino. Tiene 25 años, todavía no termina cuarto medio (no porque sea tonto,
sino porque no cree en la educación superior) y vive con su mamá, una señora que hace veinte años
se viste con la misma bata de levantar, una bata llena de diminutas calaveras dibujadas que a lo de
lejos parecen flores. La Fanny siempre le ha pedido favores a Ricky. Que limpie el auto, que vaya al
correo, que me recuerde que tengo que hacer tal o cual cosa. Cuando mi mamá pasaba más tiempo
acostada que en pie, Ricky incluso tenía llaves de la casa. Creo que fue él quien me explicó por
primera vez que mi mamá tenía “bichos en la cabeza”.
Hace poco Ricky hizo algo tan descuadrado que no le dirigí la palabra en dos meses. Pero como
suele ocurrirme con sus desatinos, mi rabia fue mutando en lástima y terminé perdonándolo. Eso no
quita que prefiera verlo lo menos posible.
-Ricky va pasar acá metido –le repliqué a mi mamá sacándole un sorbo de su vaso de vino-. Ese sí
que es un castigo.
- Me está haciendo un favor. Va a trabajar gratis.
Entiendo que pasa por un mal momento económico y que mi abuela se está muriendo. No tiene que
decírmelo una y otra vez. Uno de los problemas de la Fanny es que repite las cosas porque si no se
le pueden olvidar a ella también. A veces parece que sus bichos le comieran la lengua y tengo que
gritarle para que reaccione y pase a la frase siguiente.
-Ricky nunca ha trabajado, Fanny. ¿Con qué cara te va cobrar?
-Hoy en día todos te cobran por cualquier cosa, es un milagro que todavía haya personas solidarias
como él. Bueno, además el pobre se siente culpable por lo que hizo el día de esa fiesta.
-No hablemos de eso por favor- de sólo recordar el incidente me enervo y vuelvo a odiarlo.
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El asunto era otro.


A medida que mi mamá revelaba sus verdaderas intenciones, - como ahorrarse dinero en un
corredor de propiedades y en un puñado de obreros que remodelaran la casa-yo me daba cuenta que
no hacía otra cosa que aprovechar mi castigo para “despejarse” de otros problemas, que no
necesariamente tenían que ver conmigo. De un momento a otro, todo se reducía a un asunto de
finanzas, lo cual me deprimía aún más.

Mientras la veía subirse al auto de sus amigas, me sentí como esos cachorros cuyos dueños
abandonan a la orilla de la carretera y luego aceleran en su auto rumbo a la playa. Miras a tu
alrededor un poco desconcertado, ladras unos minutos, pero al final sabes que sobrevivirás.
Si no me hubiera dejado viviendo en el medio de una mudanza, no me sentiría tan basureada. Pero
esta vez, ha exagerado. Pretende que pase mis vacaciones en una casa que parece devastada por un
tsunami. Salvo el viejo refrigerador de la cocina, todo está desplazado de lugar. Es como si una ola
de 15 metros hubiera puesto muebles, lámparas, sofás, mesas y libros, patas para arriba. Ni siquiera
nuestras camas sobrevivieron al desastre. Los viejos catres que íbamos a reemplazar por unos
nuevos que nunca llegaron, están afuera junto a una montonera de cosas que nadie ha recogido. Los
gatos del barrio se esconden entre sus resortes a tener sexo o a cazar pájaros. Un día intenté
llevarme mi cama de vueltas a mi pieza y uno de ellos me rasguñó el brazo. Poco a poco esos
animales se han ido apoderando de lo que era nuestro pintoresco jardín ñuñoíno con parrón, cactus y
gomeros tropicales y se comportan como los monarcas de un basural.
Ojalá ellos fueran mi único problema. Recordar dónde se encuentra cada cosa me puede quitar toda
la mañana. Cada vez que Si quiero buscar un migranol o un calzón limpio, termino metiendo la
mano donde no quiero, entre zapatos de invierno, bufandas, marcos de fotos, revistas polvorientas y
cremas a medio abrir. Una tarde, intenté escribir con un plumón rojo qué había en cada caja, pero
desistí de mi tarea. Clasificar lo inclasificable es peor que dejar inclasificado lo que tu memoria
puede clasificar por otros conductos misteriosos.
Las únicas cosas que no están embaladas son la televisión y nuestro viejo PC. Pero con el cable
cortado e Internet fuera de servicio, ni siquiera vale la pena encenderlos. Estar desconectada del
mundo no me molesta tanto como no poder escuchar música. Luego de quemar los fusibles de mi
equipo de música cuando intenté volver a conectarlo enchufarlo, mis discos quedaron olvidados
bajo una pirámide de maletas.
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Ya me empiezo a acostumbrar al silencio, y al sonido del viejo refrigerador propagándose por toda
la casa.
Cada vez que quiero escuchar un disco, cierro los ojos y me concentro hasta encontrar alguna
canción en mi memoria. A ratos aparecen sin que yo las busque. Burltizer interno, le llamo.

Apenas la Fanny se fue, me gasté parte de la plata que me había dejado, en ron. Como no me
quedaban amigos en Santiago no tuve más remedio que emborracharme con Ricky. Por suerte, mi
vecino es de esas personas que sólo aguantas con varios tragos en el cuerpo y después no le importa
que le digas que se vaya porque está acostumbrado a que lo echen de todas partes por antisocial. En
vez de pintar la casa, Ricky terminó usando la brocha para hacerse masajes en el cuello. Mientras yo
hacía mis cosas, él leía en silencio una revista llamada “Acción Chilena” (*).Sabe que a mí no
puede hablarme de la decadencia de la humanidad, la superioridad de ciertas razas, el nuevo orden y
todas esas ideas retorcidas que inventan los charlatanes más peligrosos del mundo para lavarle el
cerebro a los más débiles. Sobre todo después de lo que hizo unos meses atrás. Ya es un milagro
que le abra la puerta.
El otro día estaba acompañando Ricky a la salida acababa de echarlo de la casa, cuando llegó el
primer interesado en visitar la casa. El desconocido se presentó como un ingeniero civil recién
divorciado. Ahora que existe una ley de divorcio, todos quieren recordarte lo modernos que son. Al
pisar el patio, empezó a caminar en puntillas, asqueado por todo lo que veía a su alrededor. Ricky le
dijo que en unos días más iban a sacar toda la basura. También le dijo explicó que el barrio era uno
de los más seguros de Santiago, con índices muy bajos de delincuencia, y con mejor calidad de
vida que en Las Condes. Hacía poco la comunidad se las había arreglado para impedir que
instalaran una antena Entel de 36 metros porque ésta producía cáncer. ¿Y qué más daba?
La señal para los celulares llegaba igual. Y tenía otra gran ventaja eso no era todo: en Nuñoa
no había mapuches. Pura gente banca de clase media hija de inmigrantes europeos. Borracha como
estaba, le grité a Ricky que la cortara con sus delirios fascistas. El ingeniero recién divorciado no
entendió mucho qué pasaba. Al poco rato, dijo que había olvidado que tenía una reunión importante
y se dio media vuelta.

Me pregunto si Alex mandará la postal de México. Es patético estar pensando en él mientras en mis
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narices todavía se filtra el olor a condón y semen de la noche pasada. El problema del olor a sexo es
que es universal y remite a demasiadas personas al la vez. mismo tiempo. Desde que salí del
colegio, he dormido

(*) “Acción Chilena” fue una revista de ideología “nacional-socialista” publicada en Chile en los años 30’s y dirigida
por Carlos Keller Rueff

con seis hombres distintos, la mitad de ellos tiburones, la otra mitad lombrices solitarias. A
diferencia de los tiburones, las lombrices solitarias no muerden y jamás desaparecen después del
primer polvo. Se quedan contigo toda la mañana para incubarse en tu cuerpo y poseerte y al final te
ves obligada a echarlas. sacártelas de encima.
Tiburones o lombrices, mi sábana ya parece un camuflado militar de manchas cremosas. En esa
sábana sólo Alex dejó un hueco en blanco.
Decido subir las persianas hasta la mitad, lo justo para que entre un poco de aire. Me coloco mi
bikini y enrollo un papelillo de marihuana. Es el último cogollo que queda en mi tarro de Nescafé.
Me siento en el borde de la ventana y fumo. Mi bikini desprende un olor a humedad, pero no tengo
nada más que ponerme. Cierro los ojos y busco algún disco optimista en mi burlitzer, aunque la
mayoría de los discos optimistas terminan por deprimirme aún más. Lo El único que me limpia de
una mala noche es Demonio de Shogun. Sus canciones me hacen pensar las cenizas calientes que
quedan después del fuego. Si pones tus manos ahí dos segundos no te quemas, si las pones tres, te
sale una llaga. Paro el botón en “Aún tengo tu olor” . Aún tengo tu olor, aún tengo todo lo tuyo,
Comencé a morir, comencé a morir. ¿Quién era atrás? Después del tiempo.
Tengo ganas de fumarme ese Apolo que ya no está en mi cajetilla. Esos tipos quebrados del barrio
alto que salen en sus escarabajos blancos a buscar fiestas hacia el Oriente, se revientan con uno y
después vuelven a regenerarse comiendo ceviches que les preparan sus nanas peruanas. Puede que
tengan las últimas novedades musicales del planeta, los tatuajes más originales, las drogas de moda,
y los autos más cool, pero ellos jamás serán tan admirables como sus gustos. Podría ponerme a
llorar, pero ya lo hice esta mañana después de mientras vomitaba, y no es bueno repetirse a uno
mismo. Cuando despierto con un hombre-tiburón, siento que en vez de haber ganado una aventura
más en mi vida, se hubiera restado algo más importante.
Vuelvo abrir los ojos. Alex. No, no estoy enamorada de él. O si lo estoy es porque no tengo nada
mejor que hacer.
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A medida que la marihuana me hace efecto, mi pena va mutando hasta convertirse en una sensación
de pánico.
De pronto tengo miedo. Miedo porque este verano, todas las personas que quiero me dejaron
flotando sola arriba de mi colchón. A veces imagino que la Fanny me mira desde la punta de su isla
y me hace señas; que el celular de mi papá, al fin agarra una frecuencia y me dice que vaya a verlo
al norte; que mi abuela Carmen se levanta de la cama y me viene visitar; que Rocío se arranca de
esas cabañas de la undécima región donde está veraneando y me toca el timbre de sorpresa; que mis
amigos repartidos en playas, lagos, y ríos, instalan sus carpas en mi patio y hacen fogatas en la
noche.
El único que todavía no ha desaparecido –aunque no por muchos días más- es mi medio hermano,
Dangil, que en realidad no es mi medio hermano, y tampoco se llama Dangil. Su verdadero nombre
es Daniel y es hijo del segundo marido de mi mamá, Jaime Toro, con su primera mujer, que murió
cuando él todavía era chico. En estricto rigor somos hermanos políticos, pero como nadie entiende
lo que eso significa preferimos simplificar todo el asunto diciendo que somos hermanastros. Mal
que mal, aunque no tengamos ni una gota de sangre en común, yo he sido testigo de sus primeros
gallitos al hablar; él de mis primeras andanzas con hombres tiburones y lombrices; a ninguno de los
dos nos da vergüenza pasearnos en calzones frente al otro, y sabemos que si en una casata de helado
queda una sola cucharada la vamos a compartir.
El sobrenombre viene de los cigarros ingleses Dunhill que le robaba a su papá y le vendía a sus
amigos skaters para juntar plata y comprarse su propia tabla. Como siempre andaba cargado de
tabaco pero nunca quiso fumar, le pusieron Dan “el gil”. Luego de convertirse en uno de los
mejores skater del barrio le empezaron a decir “Dangil”.
Cuando Después que nuestros respectivos padres se separaron, Dangil se quedó a vivir conmigo y
mi mamá.
El colegio le quedaba cerca. Tenía amigos en el barrio. Le gustaba la casa. El patio. Su pieza. La
biblioteca. Una pantalla de excusas prácticas para no decirle a su papá algo que no quería
escuchar: que en nosotros había encontrado una familia.

“Ok”, le dijo, “probemos unos meses”. De eso, han pasado dos años.
Mi ex padrastro trabaja o dice trabajar cada día más en su negocio de exportación de vinos. Su
agenda está copada de viajes a Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica, California. El mundo está lleno
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de ferias internacionales de vinos y mientras Chile no cope el mercado, él no puede hacerse cargo
de su hijo. No de la manera en que quisiera. A tiempo completo. Criar un hijo solo es difícil. Antes
lo ayudaban los abuelos maternos, pero ahora que se murieron, es más duro. Es cierto, siempre hay
alguien dispuesto a ayudar, pero ha escuchado varios cuentos terribles de hijos de amigos separados
que viven solos con sus nanas. No las respetan. Las insultan. Las mujeres terminan haciendo sus
vidas y ellos se convierten en vagos. Mi ex padrastro encuentra una estupenda idea de que en marzo
nos vayamos a vivir donde mi abuela. Nada cambia. Dangil es un adolescente especial, y necesita
una familia. Incluso ha confesado que desde que no viven juntos, se lleva mejor con él. Lo que no
se atreve a confesar es que él es quien está mejor sin Dangil. Si no tienes un hijo al frente, es más
fácil jalar coca, acostarse con putas, viajar promocionando vinos por el valle Colchagua, en
Australia, o en algún motel llamado Australia.
Pero, ojo, al primer desmadre de la Fanny, él se lo lleva de la casa.
Sin ser completamente injusta con él, cada mes, donde sea que se encuentre, siempre se preocupa de
hacerle un giro mensual a Dangil Con el tiempo, más que un padre se ha convertido en un padrino.
“Sobre esa isla rara donde piensan ir en febrero”, le dijo a la Fanny antes de que empezaran las
vacaciones, “lo único que te pido es que si cambias de planes, avísame. Me gustaría pasar por lo
menos una semana con Daniel porque el resto del año voy a estar muy ocupado”.
La Fanny nunca le dijo nada. Jaime Toro tenía el celular fuera de servicio. La grabadora de la casa
desactivada. Su correo electrónico saturado. Finalmente, mi mamá se fue a Juan Fernández
confiando en que Dangil le explicaría la historia de mi supuesto castigo y se iría de vacaciones con
él.

Escucho el agua de la manguera golpear las hojas de las plantas secas que están justo debajo mi
ventana. Subo hasta arriba las persianas y noto que una sonrisa se dibuja en mi cara. Dangil está
regando nuestro jardín parado sobre su tabla de skate. Lleva puestos su típica camisa de manga
corta a cuadritos celestes, unos shorts de blue jeans, que yo misma le corté apenas empezó a hacer
calor, y sus viejas zapatillas Adidas Samba negras con rayas blancas. Hace varios días que no
duerme en la casa.
Asomo la mitad de mi cuerpo por la ventana.
-Hola desaparecido–le grito-. Pensé que te habías ido de vacaciones sin despedirte.
- Hola ¿Estás ocupada?
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-No ¿por qué?


-Por.. –sonríe bajando la voz-... nada.
Cada vez que me encierro en mi pieza, Dangil golpea toca la puerta suavemente y me pregunta en
voz baja si estoy ocupada. Es su manera de averiguar si estoy sola o acompañada.
-No hay ningún tiburón a la vista–le digo-, no te preocupes.
Puedo ver sus mejillas sonrojarse.
-Pensé que estabas con ese amigo tuyo que el otro día se puso a revolver los libros la otra vez–.
Evito aclararle que en realidad pasé la noche con otro.
-Ese amigo mío se fue a México.
-Ah –suspira-, era simpático.
-¿Y tú dónde te habías metido?
-Estaba con mi papá, almorzando...¿no tienes calor ahí adentro?
“Calor” es la palabra prohibida del verano. Yo y Dangil tenemos un pacto: si uno de los dos la
pronuncia, está obligado a regalarle al otro una casata de helado.
-Perdiste –exclamo, aplaudiendo.
Levanta la manguera hacia el segundo piso apuntando mi ventana. No alcanzo a reaccionar, y el
agua moja la cola de mi pito, pero no me importa y me río. Lo que me hace feliz, no es el helado, ni
ganar o perder apuestas. Es que él, todavía esté Santiago.
Asomo mis narices por la fisura de la ventana.
-¿Me escuchaste hermanito? –grito-. Quiero una casata de limón.
Se pone a silbar, balanceándose sobre su tabla.
Sé que le gusta que le diga “hermanito”. Es como si de solo nombrar la palabra, yo lo acercara un
poco más a mí.
El mes pasado Dangil cumplió 15 años. Su torso, aunque flaco, muestra las líneas de sus incipientes
músculos quinceañeros. Sus codos y rodillas son un enjambre de cicatrices de años de práctica en
skate. Su cara, tiene algo de esquimal, y a medida que crece sus pómulos se marcan cada día más.
Sus ojos color miel, casi amarillos, chicos y rasgados son dos soles que están siempre atardeciendo.
Su pelo castaño claro, liso, y largo, suele estar sucio, pero siempre brilla. A veces yo se lo lavo en
el patio y lo peino y le digo algo que él ya sabe; que conozco varias chicas que van a verlo patinar al
skatepark de Gorostiaga y están enamoradas de él y pagarían por poder guardar al menos un pelo
suyo en sus diarios de vida. El me sonríe tímidamente, y aunque no me lo confiese, yo sospecho que
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nunca le ha dado un beso a una mujer.


Si Dangil fuera sólo una cara linda, todo sería mucho más fácil. Hay muchas personas con caras
lindas en el mundo. Las miras, te gustan; las dejas de mirar y ni siquiera las echas de menos.
Aunque Dangil esté de espaldas o a varios metros de distancia, es como si una luz se prendiera de
golpe en la oscuridad. Bajo esa luz, te hace sentir en el alero de una sombra. Te recuerda que tienes
el alma contaminada.
Me quedo mirándolo varios minutos mientras sigue regando el jardín y silba. Su plácida energía me
inquieta. Parece amar la vida justo en los momentos en que yo más la detesto. En su lugar yo
también estaría feliz de irme de vacaciones y salir de esta caldera de cemento, aunque no estoy
segura que sea eso ni el hecho de que lo haya llamado “hermanito” lo que lo tiene contento.
-Mi mamá me pidió que le trajeras conchitas blancas de la playa–le grito-. Quiere ponerlas en la
chimenea porque dice que le van a subirle los bonos a la casa.
Se queda en silencio.
-¿No te gusta la idea de recoger conchitas a la orilla del mar en vez de regar esas plantas secas?
-No.
-¿No? ¿Por qué?
-Tú sabes por qué.
-Sólo tienes que poner tu toalla a varios metros de distancia de la de tu papá- no dice nada- ¿Cómo
se llama la playa dónde te va llevar Mr Toro en su super auto último modelo?
-Las Tacas.
-¿Y es bonita?
-Dicen que era bonita. Ahora es una playa llena de palmeras trasplantadas.
-¿Cuánto se demoran en llegar en auto?
Otro silencio.
-El auto lo chocó.
-¿En serio?
-Tiene la mitad de la puerta abollada. Después de almorzar lo tuve que acompañar al garage y a la
farmacia.
-¿A la farmacia?
-A comprarse un parche de curitas. Le sangraba la ceja.
Me importa un bledo las heridas que se pueda haber hecho. Son otras las cosas que me preocupan.
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-¿Y ahora que el auto está chocado cómo se van ir al norte?


-Está buscando pasajes en avión.
-Mejor, así no tienen que conversar demasiadas horas- siento mis tripas sonar -¿Qué almorzaron?
-Yo comí pescado con una salsa de mantequilla, él, ceviche.
-Para variar.
-Según él le sirve para sacarse la acidez estomacal.
- Andar con la cruda se llama eso, Dangil.. ¿De nuevo estaba borracho?
Dangil levanta los hombros.
-Quería invitarte a almorzar.
-Debe haber estado muy pasado entonces. ¿Y por qué no me llamaste?
-Llamé, pero no contestaste.
De todas formas no hubiera ido. Salir a almorzar con Jaime Toro, implica verlo despotricar en
contra de los mozos, contestar el celular cada un minuto y sacarnos en cara que estamos
pésimamente mal vestidos. Además, se encarga de repetirme que la Fanny es una madre
“deplorable”, cosa que me molesta que la digan otros. Especialmente él. En otras palabras, el
beneficio de comer algo rico es infinitamente menor al costo que estás obligado a sufrir. La comida
en su presencia, se convierte en veneno.
-Te iba a traer el resto de mi plato, pero me dijo que su auto iba a quedar pasado a pescado.
Suelto una risa.
- ¡Cómo puede preocuparse del olor a pescado si su auto está chocado! Es un maníaco-me siento en
la ventana, dejando mis pies colgando hacia afuera-. Una casata de helado me bastaría de almuerzo
–digo pasándome la lengua por el hombro. Mi piel está salada. De pronto Tengo un flash del tipo
del escarabajo blanco eyaculando sobre mi boca. “Trágatelo, trágate mi semen” . “No quiero”, digo
escupiéndolo en el sartén lleno de colillas de cigarros.
Dangil deja la manguera a un lado y me propone ir a comprar la casata de helado juntos al
supermercado porque quiere hablar conmigo.
Imagino el asfalto platinado de la calle, la luz reventada de las tres de la tarde, los tarros en
conserva, los billetes, las uñas de la cajera, las bolsas de plástico, las calles vacías.
-¿Hablar? –titubeo.
Vuelve a silbar, y ahora que lo pienso mejor, veranear con su papá no es algo que lo llenaría de tan
buen humor. De pronto, empiezan a asaltarme ciertas sospechas.
30

-¿Me estás escondiendo algo?


-Sí–me mira tapándose la frente con la mano. El sol brilla fuerte arriba.
-¿Sí?-exclamo boquiabierta-. ¿Dijiste sí?
-¿Por qué no conversamos afuera?
-No existe. Hacen 33 grados a la sombra. Hablemos ahora.... ¿Qué me quieres decir?
-No me voy a ninguna parte. Me quedo.
-¿Qué?
Escucho el martilleo de una construcción a lo lejos. Me pregunto si algún día dejarán de martillar
sobre Santiago.
-Voy a pasar febrero regando estas plantas secas–se tambalea sobre su tabla.
-¿Me estás diciendo que tu papá también te dejó plantado? ¿No le importó que la Fanny se
comportara como la peor madre del mundo y te arruinara tus vacaciones? Qué canalla, no lo puedo
creer.
Dangil respira hondo y se frota los ojos.
-No es eso.
-¿Cómo?
-Nunca le conté lo que pasó con la isla.
Me mira de reojo sonriendo. Sé que esa sonrisa espera ser correspondida. Al constatar que mi cara
sigue impasible vuelve a silbar y a rascarse el pelo, nervioso.
-¿De qué estás hablando, Dangil?
No me contesta. Silba.
Estoy tan alterada que podría saltar hasta abajo, pero ya lo hice una vez, hace tiempo, borracha, y
me quebré el tobillo. Bajo las escaleras corriendo, salto unos tarros de pintura que están
amontonados en la entrada, corro hacia Dangil, le saco la manguera de la mano tirándola a un lado,
y le grito que hable.
-¡Dime todo lo que le dijiste a tu papá!
Siento garganta latirme en las orejas.
-Nada, Livia.
-¿Cómo nada? –trato de calmarme, de dominar mi voz.
-Le dije que el viaje a la isla se había atrasado una semana por un asunto de la mudanza de la casa.
-¡Pero Dangil! Le mentiste –siento la cara transpirada y las manos frías-. ¿Sabes lo que significa
31

eso?
-Sí.
-Tu papá cree que nos vamos a ir a Juan Fernández. ¿Eso me estás diciendo?
-Sí.
-No sabe que mi mamá se fue sin nosotros.
-No.
Su mentira me parece tan real e irremediable que de pronto repentinamente me siento cansada.
-Yo no quiero más problemas, ¿acaso no entiendes?
-Sí entiendo.
-¿Entonces? ¿Cómo te lo tengo que explicar, ah?
-Pensé que te ibas a poner contenta...
Sólo él es capaz de renunciar a estar en una playa, aunque sea de palmeras trasplantadas, por un
lugar donde el frasco de mayonesa en el refrigerador vacío va a seguir ahí hasta marzo. Debería
abrazarlo y agradecerle su complicidad, pero detrás de ese abrazo sólo veo asomarse más mentiras,
más castigos, más peleas con la Fanny. Últimamente cualquier cosa que suceda en esta casa recae
sobre mí. Si Dangil se queda conmigo, mi mamá va a creer que yo lo obligué a hacerlo. Respiro
hondo, tratando de ordenar mi cabeza.
-Cuando tu papá vuelva de sus vacaciones y sepa la verdad, te va matar. Después va a matar a mi
mamá y ella me va a matar a mí. La Fanny confiaba en ti...por si no lo recuerdas...
- Igual él se va ir de vacaciones con su polola.
Me quedo digiriendo brevemente todo lo que está ocurriendo.
-¿Cuándo se va?
-Hoy día en la noche.
-Llámalo y dile la verdad.
-No quiero.
Respiro hondo. Me tumbo en el pasto. Vuelvo a levantarme. Imagino el peor escenario posible.
-¿Prefieres que en marzo denuncie a la Fanny por abandono de menores o alguna de esas
estupideces y te lleve a vivir con él? El es tu papá y puede hacer lo que quiera contigo. Nosotras no
tenemos ningún poder.
-No tiene por qué saber que nos quedamos en Santiago. Mira-me sugiere levantando el brazo-: el sol
se puede tapar con una mano.
32

-Lo va saber igual –digo finalmente-. Si no lo llamas tú, lo voy a llamar yo.
Se tropieza de su tabla y la levanta con la punta del pie, hasta agarrarla con la mano.
-¿Dónde vas?
-A recoger conchitas de mar–susurra cabizbajo.

Meto mi cabeza bajo el chorro de la manguera que todavía está abierta. Ya sé cómo espantar los
gatos que duermen sobre el catre de mi cama; basta salpicarlos con un poco de agua. No hay nada
que odien más.
Me tiendo a tomar sol. Algunos resortes están sueltos, y se incrustan en mi espalda hasta
transformar el dolor en un suave masaje.
No ha pasado ni siquiera un minuto y ya estoy entera mojada. Mi palidez brilla tras las gotitas de
transpiración. Cuando en marzo mis compañeras de curso se bajen los calcetines para mostrar sus
pantorillas doradas, lo único que voy a ofrecerles, es una seguidilla de moretones Paso tanto tiempo
encerrada que termino chocando contra todo. De golpe repente, me doy cuenta que el colegio se
acabó y no habrán más pantorillas doradas. No sé si alegrarme o entristecerme. A veces estamos
tan atados a lo que odiamos que da pánico dejarlo.
Adiós colegio. Adiós casata de limón. Adiós Dangil. Adiós a todos. Diviértanse en sus vacaciones.
Ahora estoy completamente sola. Tan sola que me puedo sacar la parte de arriba de mi bikini.
33

Estoy parada en la mitad de Irarrázaval y me siento en una ciudad devastada por un ataque nuclear.
El sol golpea azota todas las cosas como tras el flash saturado de una foto. Los perros duermen bajo
las sombras de los árboles secos, carcomidos por las pulgas. Los tiuques sobrevuelan la cordillera, y
cada día que pasa, se acercan un poco más. A las cuatro de la tarde, nadie se atreve a pisar el asfalto
por miedo a quedarse pegado y los negocios tienen sus rejas selladas con cadenas.
Nuñoa es donde me tocó vivir desde que nací, pero no quiero morir acá. Menos en febrero. Hace
unos días, a la salida del nuevo Lider, a un hombre le llegó una bala por equivocación en la cabeza.
Unos pacos perseguían a unos delincuentes, y empezaron a disparar a quemarropa. Me lo contó mi
vecino Ricky, que siempre está al tanto de las cosas brígidas que pasan en el barrio, y después lo leí
en el titular de un diario.
Siento la nuca mojada de transpiración. Creo ver la sombra de Dangil sobre su skate en las murallas,
en las veredas, en las puertas de los autos estacionados. Necesito un teléfono. Podría haber llamado
desde el Umbral, el cyber café que hay en la esquina de mi casa, pero no tenía ganas de
encontrarme con su dueña. La señora Rebeca es de esas mujeres que te preguntan a quién estás
llamando y por qué. Decido cruzar a la Plaza Nuñoa y meterme a una cabina de teléfono. Una
manada de perros vagabundos pasa a mi lado corriendo. Todavía no puedo creer que la línea
telefónica de mi casa esté cortada. Me di cuenta de eso cuando luego de tomar sol un rato, intenté
llamar a Dangil donde su papá. Quería decirle que podía quedarse en Santiago, que jamás lo iba
acusar, que su mentira era una de las cosas más bonitas que me habían pasado en el último tiempo y
ya buscaríamos una manera de cubrirnos las espaldas. Que si alguien tenía la culpa de todo esto era
la Fanny que más encima se iba sin pagar las cuentas, (puede que me haya escrito en el papelito de
las instrucciones domésticas “ir al Servipag”, pero yo estaba tan enojada que lo boté), que si lo reté
fue sólo por miedo, miedo a quedarme de verdad sola, no ahora, sino en marzo, abril, mayo y
siempre, porque no quiero que su papá se enoje por el plantón que nos hizo mi mamá este verano y
decida llevárselo a vivir con él.
Saco una moneda de cien pesos del bolsillo.
Me contesta el respondedor: “Hola, has llamado a la casa de Jaime Toro, en este momento no puedo
atenderte. Deja tu mensaje después de la señal”. Odio su voz de yuppi escalador.
34

“Daniel”, digo, intentando parecer tranquila, “te habla Livia, quería decirte que te esperamos a
comer esta noche. Mi mamá nos compró unas gualetas para que nos llevemos a la isla y quiere que
te las pruebes antes de que nos vayamos No te preocupes por la casata de limón. Ni por nada.
Chao”.
Mi mensaje suena bastante creíble. Si hay algo que me sorprende de todo este enredo es que Jaime
Toro no haya querido hablar con la Fanny, cuando Dangil le mintió, diciéndole que nuestro viaje
se había atrasado una semana. No le creo nada lo de sus vacaciones en Las Tacas ni de su reserva en
avión. Lo más probable es que se quede carreteando en Santiago con esas putas pindy que él
contrata y él llama pololas.
Salgo de la cabina, resignada a esperar que Dangil escuche el mensaje o vuelva a la casa por
telepatía. Puede que sea demasiado tarde y en este momento se encuentre en un bus rumbo esa
playa de palmeras trasplantadas, sin embargo, algo me dice que no se ha ido. Me doy una vuelta
por el parque de skate Gorostiaga, pero tampoco lo encuentro. Un grupo de skaters me dice que
ahora que es verano, Dangil y sus amigos pasan más tiempo en el Parque Bustamante.
Pase lo que pase, Necesito pensar en otra cosa. O hacer algo útil, como llenar el refrigerador. No
quiero ir todos los días a ver a mi abuela sólo porque allá me espera un plato de porotos granados.
Camino por Chile España hacia el único supermercado que se resiste a ser comido por su vecino
Lider y este verano creció en tamaño y desolación. Los pasillos son tan anchos que podría desfilar
un ejército. Está lleno de promociones familiares. Yo no tengo familia y no necesito 4 litros de
Coca-Cola ni un paquete gigante de papas fritas.
Rápidamente me doy cuenta de que la mayoría de los tipos solitarios que se pasean son guardias
camuflados. No sé por qué me siguen. ¿Por qué llevo puesta una polera con una hoja de marihuana
que me pintó mi vecino Ricky antes de que esos charlatanes neonazis le lavaran el cerebro? ¿Qué
creen, que adolescentes como yo pueden tentarse con esos productos europeos y gringos que han
llegado últimamente? Al diablo con los chocolates con nombres franceses, a mí me gustan los
Super8. Lleno apenas un tercio del carro con una caja de Super8, dos sandías, unos tarros de atún
Robinson Crusoe (me pregunto si mi mamá estará comiendo los mismos), tallarines, lechuga, y
papel confort.
Tengo ganas de sacarme los zapatos y pisar la baldosa helada, pero sé que eso llamaría la atención
de esos guardias pasados a desodorante Menen que creen que parecerse a agentes del FBI les da
status social. Empujo el carrito. Paso al lado de los delantales veraniegos de empleada, con manga
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corta y cuellito bordado. Una peruana que debe tener 15 o 16 años está revisando las tallas y no
puedo evitar mirarla y deprimirme.
Salgo a la calle con una bolsa en cada mano. Antes de decidirme a caminar me detengo en el kiosco.
Pido el último número de esa revista para adolescentes, que Alex catalogó de “peligrosa”. Llevo
días esperando ver a Rocío, posando en bikini. Hojeo rápidamente cada página y cuando estoy a
punto de olvidarme de todo el asunto, la reconozco. No sé si reír o llorar.

A mediados de septiembre, un equipo de la revista había visitado mi colegio para hacer un casting
con las estudiantes entre 15 y 18 años.
-Buscamos caras frescas, de las nuevas generaciones, no modelos –aclararon.
-¿Cuánto pagan? –preguntamos sin rodeos.
-60 mil pesos a las diez elegidas. De este colegio queremos quedarnos con una, así que no crean que
es fácil.
-¡Aunque fuera gratis! Esta es mi oportunidad –me susurró Rocío al oído.
No buscaban modelos pero nos hicieron desfilar por la sala de clases como si lo fuéramos, mientras
nuestros compañeros nos miraban por la ventana y se retorcían de la risa, gritándonos que
estábamos ricas o malas. Una periodista de la revista estaba sentada en el banco del profesor junto a
un fotógrafo y nos examinaban hasta la forma del pie.
-Tú tienes una cara interesante –me dijo el fotógrafo-. Como de trasnochada...o vampira...
-Osea, es alta y flaca y tiene lindos rasgos, pero no es buena para el especial de verano. La gente se
deprimiría –lo interrumpió la periodista-. Me gusta ella, mírala.
Ella era Rocío.
Miro la foto.

Siento que la garganta me pica por una suerte de impotencia acumulada, pero trato de dominarme.
-La va a llevar o no, señorita, ¿no ve que se estropea con tanto manoseo?
No sé por qué la gente que trabaja en los kioscos vive estresada. Después de todo pasan el tiempo
leyendo y mascando chicle y él tiene hasta un ventilador ahí adentro. Siento una lágrima
desprenderse de uno de mis ojos y veo como ésta cae justo en la mitad de la tapa, dejando un círculo
transparente. Por un momento creo que está lloviendo. Me seco los ojos con una esquina de la
polera y luego de pagarle por la revista, le pido una cajetilla de cigarros Apolo. Al darme vuelta veo
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frenar un jeep Vitara al frente mío. Alguien se asoma por la ventanilla y pide un paquete de cigarros
Marlboro. El hombre del kiosco sale de su casucha, igual que un oso de su cueva.
-¿Son los importados o no? –dice el automovilista con voz prepotente.
-No sé señor, lea el reverso.
-Ah, son los brasileros –se queja él-. ¿No tiene americanos?
-Acá en el barrio llegan estos no más. ¿Los va a querer o no señor?
Apoya su codo en el borde de la ventanilla del auto y lo queda mirando como si estuviera
resolviendo un quiz televisivo.
El hombre recibe el billete suspirando y vuelve a encerrarse en su kiosco.
Mientras recojo las bolsas del suelo, siento la mirada del tipo del jeep sobre mí. Es mi polera con la
hoja de marihuana. Estoy acostumbrada a que sea foco de atención asegurado.
Desvío la vista hacia la vereda vacía. El asfalto brillante. Las sombras insignificantes de algunos
árboles que han dejado morir. Pienso que no debería haber comprado dos sandías. A menos que las
haga rodar hasta mi casa.
-¿Las compras del día? –escucho que me dice el tipo del jeep.
Me doy vueltas.
-Del mes, más bien- de golpe se me ocurrió cómo solucionar lo de las sandías -. ¿Me llevarías a mi
casa?
Me sonríe desconcertado. Me fijo que tiene aplastado el cigarro sin encender entre los dientes. De
inmediato me doy cuenta que es de esos viejos de 30 años que se creen “lolos” y que de sólo
mirarlos te dan ganas de no crecer nunca.
-¿ Dónde vives?
-En Campoamor.
-No tengo idea de lo que me hablas. Yo voy hacia Vitacura.
-Está a tres cuadras, devolviéndote hacia Irarrazával –digo. Me echa una segunda mirada, y me dice
que me suba.
Enciende el motor y acelera. El aire acondicionado me hace estornudar.
-¿No tenís auto? –me dice sorprendido
-No.
Mi mamá dejó su Charade estacionado en el garaje de mi abuela porque estaba segura que yo se lo
iba a robar.
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-Caminar con este calor debe ser atroz.


-Sí, bueno...
Pienso en la foto de Rocío, en Dangil, en...
-Pero llegas a tu casa y te tiras a la piscina.
-No tengo piscina.
-¡No te creo! ¡No se puede pasar el verano en Santiago sin piscina!
-Claro que se puede. Mucha gente no tiene piscina.
-¿Qué gente?
Me río.
El interpreta mi risa, como un signo amistoso y empieza a hablarme de que él vive en el último piso
de un edificio y desde “su piscina” se ve todo Santiago.
-¿Y para qué quieres ver todo Santiago? –le digo.
Se queda pensativo.
-¿Eres actriz? –me pregunta.
-¿Qué tiene que ver? –vuelvo a reírme. Tener una conversación estúpida con un desconocido es
todo lo que necesito para sentirme mejor.
-Es que las actrices son como tú, medias locas.
Detiene su jeep al frente de mi casa, y cuando estoy a punto de despedirme, me invita a tomarme
una cerveza helada a su departamento. Me quedo pensando en cómo sacarle partido a su amabilidad
entre comillas. Luego de dudarlo unos segundos, le pregunto si puede prestarme su celular porque
primero tengo que llamar a mi hermano. Me dice que lo olvidó en la terraza de su departamento.
Le digo que me espere un minuto.
Entro a la mi casa. Dangil no ha vuelto. La idea de esperarlo toda la tarde y no saber si se ha ido o
no a la playa se me hace insoportable. Un teléfono, es todo lo que necesito y es justamente lo que no
tengo. Escribo una notita y la pego en el refrigerado: “Te estoy tratando de ubicar por todos lados.
¡No te vayas!” Vuelvo a subirme al jeep. Olvidé dejar las bolsas de supermercado en la casa
adentro, pero ya es demasiado tarde.
-¿De verdad me prestas tu celular? Necesito hacer un llamado urgente. Si quieres te pago la
llamada–digo intentado ser diplomática.
-No hay problema, flaca, espera que lleguemos a la casa y hablas todo lo que quieras. A todo esto,
¿cómo te llamas?
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-¿Cómo me llamo? –titubeo.


-Sí, cómo te llamas.
-Patricia.
-Patricia ¿qué más?
-Patricia Franchini.
Me dice que su nombre es Toño Herrera y está encantado de conocerme.
Solo al bajarnos del auto lo miro con atención. Tiene esa típica guata de los treintañeros decadentes,
empieza a perder pelo, sus ojos son verdosos, no verdes y su frente es tan ancha como una cancha
de skate. Es alto, pero le faltan varios centímetros de cuello y camina con los pies hacia afuera.
Lleva puesta una polera rosada con cuellito, unos pantalones caquis y mocasines con un fleco al
medio.
Saluda al guardia de compadre y avanza hacia el ascensor tarareando “In the name of love...” de U2.
Odio esa canción pero me guardo el comentario.
-Están pesadas tus sandías –me dice cargando las bolsas de supermercado.
-Las sandías son pesadas –le contesto.
Llegamos al piso 15, departamento 501.
Dejo mis bolsas de supermercado en la entrada mientras él agarra un control remoto y aprieta el
botón “play”. Está claro que lo mejor de su casa es el equipo de música; un Bosé platinado, con
terminaciones de madera y sonido dolby surround. Lastima que tenga una colección de discos tan
siniestra como lo que suena: Pavarotti cantando a dúo con Bono. Nos sentamos cada uno en un
sillón blanco de cuero plástico (lo noto porque la parte de atrás de las rodillas se me queda pegada),
uno al frente del otro, separados por una mesa de acrílico y vidrio llena de libros Turistel.
-¿Una cerveza?-me dice levantando una ceja.
-Bueno-y le digo, pero antes le pido que me preste su celular.
Marco el número de Jaime Toro. De nuevo aparece el respondedor. “Daniel, te llamo para que no
olvides llegar a comer temprano esta noche, mi mamá quiere que veas lo de la talla de las gualetas
que vamos a llevar para bucear en la isla”. Cuelgo.
Prendo un Apolo. Mi dentista se enojaría si me viera fumando este tabaco. Cuando Apenas tenga
dinero voy a empezar mi cura dental a punta de cigarros “light”. Por ahora, tengo otras
preocupaciones más importantes que el esmalte de mis dientes. Reflexiono un segundo: si Dangil
está ahí y no me responde es porque está enojado y no piensa volver a la casa; si aún no ha puesto
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sus pies en el departamento de su papá, todavía hay tiempo para que escuche este mensaje y se de
cuenta que quiero ser cómplice de su mentira; por último, si vuelve a la casa a buscar su mochila
para irse, va leer la notita que le dejé. Ya no puedo hacer nada más.
Empiezo a hojear un libro Turistel sin concentrarme en nada de lo que ahí aparece.
-¿En qué piensas?- irrumpe mi anfitrión con una bandeja con dos cervezas y un pocillo lleno de
maní.
Hace unas preguntas muy raras, como esa de si era actriz. ¿En qué pienso?
-¿Por casualidad, no tienes ron?-de repente me dieron ganas de tomar algo más fuerte.
Me dice que para Navidad le regalaron un Ron añejo Bacardi medalla de oro o algo por el estilo.
Acepto, pidiéndole que por favor le eche más ron que bebida.
Solo después del segundo vaso, me calmo. Estar tomando mi trago favorito con un desconocido a
las 5 de la tarde hace todo más soportable. Y tiene aire acondicionado.
-No hay nada como un buen trago Cuba libre al atardecer ¿ah?–me dice moviendo el pie.
Hay personas como Toño Herrera que deben sentir que su vida es un constante cóctel. Como en ese
horrible programa de televisión. Imagino que pasa sus días brindando, picando maníes, vaciando
ceniceros llenos de colillas y echándose pastillas de menta a la boca.
-¿Entonces no eres actriz?–me dice como si jugara a desenmascararme de algo.
-Nooo.
-Estás segura que no apareciste de extra en una teleserie... te prometo que tu cara la he visto...
-Completamente segura. Ni siquiera veo teleseries.
-¿Qué haces entonces?
-Nada.
Se ríe.
-Fumas cuete, me imagino.
Sin molestarse en esperar que yo le pregunte qué hace él (ese es su objetivo), se precipita a narrarme
su currículum. Parece sacar saliva de su ego.
Nombre: Luis Antonio Herrera Correa. Profesión: productor de publicidad. Edad: alrededor de la
treintena avanzada. Menos de 40 y un poquito más de 34. Estado civil: soltero. Entretención: ver
TV cable, jugar tenis y conocer bien Chile. Ídolos: ningún político (todos son iguales), sólo jóvenes
tenistas buenos para la raqueta, la fiesta y los autos.
De solo escucharlo me dan ganas de vomitar. Vuelvo a hojear el libro Turistel y busco en el índice
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la isla Juan Fernández. Hay un par de fotos y un párrafo sobre la historia de Robinson Crusoe.
Levanto la vista, solo para no parecer demasiado maleducada. Me fijo en la fisura blanca de sus
labios, un depósito de saliva acumulada. Sigo más arriba y descubro unas pupilas pequeñas e
inexpresivas. Después de repetirme que la tele es muy corrupta, que no hay creatividad, que todo es
marketing, hace una pausa y vuelve a tomar aire. No entiendo esa manía de hablar tanto de
televisión que tiene cierta gente. La tele es para verla o apagarla. Personalmente sólo la prendo para
ver películas, pero no me importa que otra gente se intoxique con basura. Cada cual elige su droga.
-Cuéntame algo de ti, mejor, aunque no hagas nada.
Me doy cuenta que Toño Herrera es un hombre muy solitario. Seguro que debe tener una muñeca
inflable por ahí.
Le digo que acabo de terminar el colegio y que saqué un puntaje nacional en la PSU.
-¿Qué es eso?
-La P.A.A. de tu época.
Se ríe.
-¿Que tiene de divertido?
Estoy prendida por el ron y ya no filtro mis palabras.
-Es que no pareces...
-¿No parezco qué? ¿Inteligente?
-O matea, no sé...
-Para que veas lo ñoña que soy. Busca mi nombre en el diario, si quieres.
Toño Herrera estalla en una risa histriónica. Se rehúsa a tomar en serio todo lo que le digo.
-No te creo que seas puntaje nacional.
-¿Por qué? ¿Por mi polera, lo dices?
-No, esa podría ser pura moda. Hasta yo me traje una de Amsterdam.
-¿Por qué entonces?
-No sé, las minas mateas no toman ron a esta hora. En la noche, te creo.
-Tengo todo el derecho de celebrar, estudié todo el año. En marzo me va tocar duro. Voy a estudiar
literatura.
-A ver...qué escritores te gustan..Dime algunos nombres.
Sé cómo impresionarlo. Me basta citar algunos títulos de la biblioteca de mi papá.
-Ah, y mi favorito-exclamo-: Shogun.
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-Ese me suena. ¿Qué escribió?-trato de contener mi risa.


Me dice que lo espere un momento porque olvidó hacer un llamado. Toma su celular y desaparece.
Aprovecho de ir al baño. Desde que salí de la casa tengo ganas de mirarme en un al espejo y ver si
me quemé demasiado las pechugas. En el supermercado me empezaron a arder los pezones y me
acordé que “debido al deterioro de la capa de Ozono, nadie debe exponerse a los rayos ultra-violetas
por más de no sé cuantos minutos”. ¿Por qué mejor no dicen derechamente que mientras si los
gringos no controlan la emisión de sus gases, el sur del mundo está obligado a vivir a la sombra? La
crema factor 15 que encontré en una caja puede haber sido insuficiente para mi topless. Abro la
puerta y sorprendo a Toño Herrera con un tubo metálico metido en las narices.
Emite un sonido infantil, entre divertido y asustado. Trata de darme mil explicaciones por minuto y
yo le digo que se relaje, que los puntajes nacionales también cuando dicen que tienen que estudiar
se encierran en el baño a drogarse. Apunta el lavatorio algo avergonzado y me pregunta si quiero un
poco. La única vez que probé cocaína fue cuando tenía a los 15 años. Había abierto la billetera de
mi ex padrastro para robarle 5 lucas mientras él dormía siesta, y entre medio de los billetes rojos,
encontré un papelillo con un polvo blanco. Unté la yema de mi dedo y lo dejé unos segundos debajo
de la lengua. Tenía un gusto amargo. Me metí otro poco por la nariz, recorriendo las paredes de mis
fosas nasales, como si fuera Mentolatum, y volví a guardar el papelillo en su lugar. Pasé toda la
tarde con taquicardia tratando de estudiar y en la noche me dio asco comer los gnocchi que había
preparado mi mamá. Mi padrastro también estaba inapetente y propuso llamar a Aló-sushi. Por su
culpa desconfío de la gente que come sushi.

Acepto una línea sólo porque sé que me puede servir para cortar el hambre.
Es fina pero larga.
-No sabía que a las mateas le gustaba la diosa blanca.
-A los de la tele sí, parece.
Se queda mirándome, como si hubiera adivinado algo que nadie sabe.
-¿Por eso te decía que todo está corrupto, ahora me entiendes? Pero no hablemos de eso, me
deprime. Vamos a bañarnos a la piscina, ¿te parece?
Guarda el rollo de fotos con la cocaína en el botiquín del baño y me sonríe a través del espejo. Es
una sonrisa tan amorfa como tenebrosa. Dudo si seguirlo o no. Se me acaba de ocurrir algo, aunque
no estoy segura que sea una buena idea. Gano tiempo divagando que no tengo traje de baños.
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-En mi closet hay un montón de poleras, saca la que quieras, menos las con cuellito.
-...lo que digas –murmuro finalmente, desechando mi plan para más tarde.
Me cambio de ropa en el walk-in closet de su pieza, preguntándome si Toño Herrera habrá jalado
alguna vez con Jaime Toro. Quizás van a los mismos bares. O contratan las mismas putas. Nunca le
conté a mi mamá que había encontrado ese papelillo con coca en su billetera. Tampoco le dije nada
a Dangil. El pobre cree que su papá se alimenta de puro y sano vino blanco y que por eso llega al
amanecer con el auto chocado. Nunca hablé con nadie de mi descubrimiento y ahora me arrepiento.
El corazón se me acelera. Elijo una polera que dice I love NY, y me llega hasta las rodillas. Cruzo la
habitación hacia el ventanal que da a la terraza, prestando atención a cada detalle de la decoración
que luego olvido. Lo único que me llama la atención es un inmenso afiche geográfico de Chile
pegado a la muralla sobre la cabecera de la cama. Busco la isla Juan Fernández. No aparece.
Salgo a la terraza. Frente a mis ojos, aparece la vista de todo Santiago; grandes avenidas vacías,
cafés con nombre en inglés, y edificios de departamentos pilotos. Los cerros se derriten tras la luz
naranja del inicio del atardecer. De golpe, Los imagino habitados por indios que bailan al ritmo de
la chueca. Creo oír una música a lo lejos, hasta que se transforma en la única real que suena de los
parlantes. ¡Pavarotti y Bono, de nuevo! Debería buscar una canción de recambio en mi burlitzer,
pero no tengo tiempo para pensar. Siento un líquido amargo destaparme las fosas nasales y subir
hasta un rincón oscuro de mi cerebro.
-¿Oye, Paty, que opinas del panorama que tengo a mi alrededor? –me grita Toño Herrera sentado al
borde de la piscina- ¿Espectacular o no?.
Había olvidado que él estaba ahí y que yo me llamaba Patricia Franchini. Enciendo otro de mis
Apolo. Pienso en las advertencias de mi dentista. Pienso en Alex.
La verdad es que no me gusta especialmente la vista, pero sigo con mis mentiras y le digo que sí,
que el panorama es fantástico.
Toño Herrera tiene los pies en el agua y la cabeza gacha. Se ve patético. Parece un niño grande con
serios problemas de autoestima. Me olvido de él y me tiro un piquero. Nado debajo del agua
cruzando una y otra vez la piscina. Estas son mis únicas vacaciones. Siento que me saco todo el mal
día de encima y mi cuerpo se reactiva de un letargo. Por un destello de segundo me siento
agradecida con Toño Herrera y cometo el error de sonreírle y saludarlo con la mano. El interpreta
mi gesto como una luz verde. Sin dudarlo un instante, se deja caer al agua como una foca. Bracea
hacia mí complaciente. Me doy cuenta que es de esas personas para quien la vida, además de un
43

cocktail, es una larga competencia donde sus reacciones emocionales dependen de los puntos que va
logrando. Fácil y simple. Estoy convertida en un trofeo imprevisto, pero merecido, una recompensa
al exceso de trabajo o a la soledad que debe llevar a cuestas en su verano santiaguino. Se detiene, se
arregla el poco pelo que le queda, y acerca sus labios secos a mi oreja.
-Eres atlética, Paty.
Definitivamente el no está destinado a ser mi el próximo amante. tiburón que me muerda.
-Y tú eres horripilante.
-¿Oye, qué te pasa, insolente? –me susurra aferrándome ambas muñecas. Cree que lo estoy
provocando para empezar un juego sadomasoquista y me empieza a besar el cuello, diciéndome
“dime que soy feo, dímelo, perra....”.
Cuando está a punto de pasar la lengua por el lunar de mi soberanía, le pego con la rodilla en los
cocos testículos y salgo rápidamente de la piscina. Corro hasta la pieza, le coloco llave al ventanal
por dentro, recojo mi ropa y mis hawaianas. Veo Toño Foca Herrera correr en mi dirección y al
comprobar que no puede entrar, golpea el vidrio con las palmas de la mano, insultándome.
Recuerdo que hay otra salida a la terraza desde el living y alcanzo a poner pestillo justo cuando mi
perseguidor aparece desde el otro lado. Para no sucumbir en el pánico, enciendo mi burlitzer y
coloco reproduce ese jazz frenético que acompaña a Belmondo Patricia Franchini y Michel
Poiccard, su pololo gangster, en su fuga por las calles de en taxi por París antes de conocer a
Patricia Franchini. De nuevo golpea el vidrio Sigue pegándole al ventanal y la cara se le
deforma en un grito que me hace pensar que mientras más poleritas con cuello tengas en tu closet
más monstruos llevas adentro. Vuelve a gritarme “yegua” y cosas así, y me amenaza con llamar a la
policía. Voy al baño, abro el botiquín, saco el rollo de fotos. Si vendo esta coca, el resto del mes,
voy a poder comprarme todas las casatas de helado que quiero. Me precipito al hall de entrada,
mientras y lo veo marcar su celular. Aprieto el botón del ascensor. Una vez adentro, me visto.
Apenas salgo, el guardia del edificio me detiene, pero alcanzo a esquivarlo.
Le grito que el señor Herrera es un cocainómano violador de menores y sigo corriendo.
Me persigue una cuadra, por una calle semidesierta, llena de boutiques parecidas a bunkers, pero
alcanzo a cruzar con luz roja, sin que me atropellen y paro la primera micro que veo.
Por suerte al micrero no le importa nada lo del Plan Transantiago y frena bruscamente para que yo
me suba al vuelo.
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-Shhh –escucho murmurar a lo lejos-. Livia debe estar durmiendo.


Abro los ojos.
-Durmiendo con algún jote–se ríe otra voz, más aguda.
-No hables así de ella...¿entendiste?
Ya me había hecho la idea de que Dangil no volvería. Siento mi corazón acelerarse.
-Pero si es cierto, todos saben que es una per...
Escucho un estruendo en las escaleras.
-¡Suéltame!
Me levanto de mi colchón y salgo de la pieza. Cuando Prendo la luz del pasillo, y veo a Dangil y a
su amigo, El Gato, tumbados en las escaleras, los pies enredados uno en el otro. Al verme, Dangil
me sonríe y noto algo extraño en su sonrisa, pero no sé bien qué es.
-¿Dónde están las gualetas? -susurra, tendiéndome la mano.
-Escuchaste mi mensaje- pienso en voz alta mientras lo ayudo a ponerse de pie.
-¿Te diste un masaje? –se ríe el Gato, intentando aferrarse a la baranda de las escaleras.
-Men-sa-je –repite Dangil-men-sa-je, mens-aje-m-en-saje.
Están completamente borrachos. Les pregunto qué tomaron. El Gato abre al máximo sus ojos
salpicados de pecas. Parece un gato desorbitado que olvidó cómo maullar. Quiere decir algo, pero
no le salen las palabras.
-Agua –dice Dangil-. Ardiente.
El Gato le da un manotazo en la mejilla.
-No le pegues, ¿estás loco? –le grito.
Dangil se toca la mejilla.“No me duele”, le dice. Le tiende la otra mejilla. “Prueba con
ésta”.Alcanzo a separarlos justo a tiempo. Me doy cuenta que tienen las manos llenas de barro seco.
-¿Dónde estuvieron?
Los ojos de Dangil parecen haber desaparecido detrás de sus pómulos.
-Tenemos hambre -susurra apenas.
De todo el episodio con Toño Herrera me arrepiento de una sola cosa: de haber olvidado en su casa
las bolsas de supermercado y la revista donde aparece Rocío en su casa. Recuerdo que todavía nos
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queda un paquete de tallarines y una lata de choclos. Es la provisión de emergencia. Y supongo que
ésta es una emergencia.
Les digo que me sigan. Apenas pueden caminar. Pienso que les haría bien jalar una línea de coca.
Pero un día me prometí no darle nunca de probar drogas feas a Dangil.
Al llegar a la cocina, se desploma sobre la mesa y tengo que correr un florero con una lirio seco
para que no lo bote. La única vez que lo vi tomar alcohol fue el día del matrimonio de nuestros
papás. Medio vaso de pisco sour bastó para ponerlo happy. Después de eso, a lo sumo mezcla un
poco de cerveza con Fanta.
-Saca tus dedos de esa mayonesa –le grito al Gato que tiene la mitad del cuerpo metido adentro del
refrigerador-Está llena de hongos, te vas a intoxicar. No quiero llevar a nadie al hospital.
-Este se come hasta los ratones, no te preocupes –se ríe Dangil.
-Tenemos hambre...- se queja su amigo limpiándose el dedo con restos de mayonesa en sus
pantalones.
-Yo les voy a cocinar algo- digo agarrando al Gato por el cuello de la polera y sentándolo al lado de
Dangil. Pongo a hervir agua.
-Tienen que aprender a tomar tragos más suaves, ron-cola, pisco-la whis-cola. Si no, van a tener
dos agujeros en la guata. El gin también es malo, dicen que te deja ciego.
De repente Me doy cuenta que estoy hablando sola. Dangil tiene los ojos clavados en las líneas de
su mano y el Gato ronca con el lirio seco colgándole de la boca.
-¿Me escucharon?
Dangil reacciona y murmura que en su mano puede ver el cielo. Que todas las manos tienen
galaxias distintas dibujadas.
-Livia... ¿qué planetas ves en tu mano?
-Mm...el único que conozco: la Tierra.
-La Tierra es el planeta más lindo, sólo que los humanos ya no son capaces de darse cuenta de lo
que tienen. Aire, montañas, ríos, agua ….agua ardiente-se ríe.
-Tomar agua ardiente es muy tóxico, sabes, te quema el intestino. Si vas a empezar a emborracharte,
hazlo conmigo, ¿ya?-pruebo un tallarín, todavía crudo, pero a punto de cocerse. Si hay algo que me
enseñó mi mamá es a hacer la pasta al dente-.
Me doy vueltas.
Tiene los brazos extendidos sobre la mesa, la cara apoyada en una de sus mejillas, el pelo sobre la
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cara. Parece que le hubieran disparado una flecha por la espalda.


Le levanto la cabeza y trato de abrirle los ojos. Cuando siente Al sentir mi beso en su frente, sonríe
y me doy cuenta que su sonrisa es distinta porque tiene restos de barro pegados en un diente.
-¿Te caíste? –le pregunto.
-Mmm...
-¿Cómo?
-Tratando de volar –susurra-. Hay días en que no puedo volar. Mi tabla me falló...se partió en
dos... mi-ta-blaaa murió... Mi ta...
No sé quien me dijo una vez, que las cosas que uno más quiere siempre terminan perdiéndose. Es
como si la energía que invirtiéramos en ciertos objetos se volviera en contra de nosotros mismos, y
de pronto nos viéramos obligados a perder lo que amamos. Dangil no puede vivir sin su skate. Esas
cuatro rueditas son sus verdaderos pies.
-Yo te voy a llevar a Bonus Track para que elijas la tabla más linda, espera que haga un negocio y...
-¿Qué nego...?
-Un trabajo que me salió hoy día. Puedo ganar harta plata. ¡Mierda, la pasta!
Me precipito a apagar la olla. Cuelo los tallarines y los dejo un rato estilando. Voy a la despensa a
buscar el tarro de choclos.
Cuando vuelvo, Dangil está de pie, agachado sobre el lavaplatos. Trato de correrlo a un lado, pero
es demasiado tarde. Los tallarines flotan en una salsa natural de bilis.
Dangil no nació para descomponerse y verlo vomitar me descoloca. Cuando termina, Un hilo de
baba color mostaza se desliza por su boca hasta esconderse debajo del cuello de la camisa.
Lo arrastro como puedo hasta su pieza. El Gato sigue roncando con el lirio en la boca.
-¿Dónde vamos? –masculla dando unos manotazos al vacío.
-A dormir, cuidado con las escaleras...
Alguna señal de su cerebro le ordena levantar los pies y logramos llegar al segundo piso.

Lo recuesto en su colchón y cierro las persianas de la ventana porque sé que no hay nada peor que
despertar con la resaca y la luz del día tintineando detrás de los párpados. Rápidamente se hunde en
la respiración monótona del sueño.
Lo desvisto, cuidando no despertarlo. Empiezo por las zapatillas. Al igual que sus manos, también
están cubiertas por una cáscara de barro. Sigo con sus shorts de blue jeans, y la camisa a cuadritos.
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A medida que mis ojos se acostumbran a la oscuridad de la pieza, descubro que su espalda está más
rayada que una cancha de patinaje en hielo. Algunos rasguños le atraviesan todas las costillas.
Retrocedo asustada. Esta debe ser la peor caída en skate de su vida.
Bajo a la cocina sólo para ver si el Gato también está herido. no está desangrándose por ahí. Al
abrir la puerta, lo sorprendo agachado sobre el lavaplatos.
-Vomita en el baño–le grito desde el marco de la puerta.
Se da vuelta balbuceando unas palabras incomprensibles. Noto que tiene un puñado de tallarines
con vómito en la mano y otros cuantos colgándole de la boca.
-¿Qué estás haciendo? –me tapo la cara de asco.
-Comiendo, poh. Está rico.
-¿Estás loco?
Siento que se me revuelve el estómago. Rápidamente, tomo al Gato del brazo, y lo empujo al
antiguo repostero de la lavadora.
Le digo que duerma en el suelo, que al menos está alfombrado, apago la luz y le pongo pestillo a la
puerta. Me siento encerrando a un zombi en una jaula. Entre los skater del barrio, el Gato tiene fama
de ser un poco retardado. Mi papá cree que su papá –el dueño de las panaderías La Marraqueta de
Oro, en Irarrázaval-le dio demasiados retalines en su niñez. Golpea la puerta una y otra vez, pero lo
ignoro.
Boto el colador con los tallarines a la basura, reteniendo una arcada. Abro la llave del lavaplatos y
dejo correr el agua unos minutos.
No más vómitos por hoy. Uso la polera I love Ny de trapero y subo al segundo piso.
No quiero dormir sola. Ni siquiera tengo sueño. Han pasado demasiadas cosas y me da miedo tener
pesadillas. Me siento en las escaleras a fumarme un cigarro. Pienso en Toño Herrera. No sabe mi
nombre verdadero, pero sí dónde vivo.¿Y si viene a buscarme?. Mi corazón empieza a pompear
paranoia por todos lados. Si se le ocurre siquiera asomarse por la casa, intento tranquilizarme, basta
que Dangil le diga que los viejos arrendatarios ya se fueron y él se acaba de mudar ahí junto a su
familia. Si insiste en entrar, lo amenaza con llamar a los pacos. ¿Qué puede decirles? ¿Qué una tal
Patricia Franchini que conoció en el supermercado le robó no sé cuántos gramos de coca? A tipos
como Toño Herrera la coca les sobra y no arriesgan su pellejo por algo así.
Entro a la pieza de Dangil y me acuesto a su lado. Las heridas brillan en la oscuridad igual que las
uñas rojas de mi pie pintado. Mi burlitzer se activa sin que lo programe, colocando rescatando de
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mi memoria una canción de cuna que me cantaba mi papá cuando chica, “Duerme duerme negrito”
de Víctor Jara. Y si no se duerme viene el diablo blanco y zas le come la patita Apumba yakapumba
yakapumba yakapumb....
-Hermanito, gracias por quedarte en Santiago conmigo-le susurro al oído. Se da un manotazo en la
oreja, confundiéndome con una de las tantas polillas que revolotean por la casa-. Buenas noches.
Todos los demás se fueron, menos él. Su aliento tibio y dulce me lo confirma. Dangil está acá.

-Está acá.
-¿Quién? –le dije a la Fanny sacando su mano de mi hombro. Cada día soportaba menos que me
tocara. Ella decía que era la pubertad. Que la pubertad le había robado su niñita.
-Daniel, el hijo de Jaime. ¡Por fin lo vas a conocer!
No me gustaba mi futuro padrastro y no tenía ganas de conocer a su hijo.
-¿De verdad te vas a casar con él? –murmuré dándome vuelta.
La pieza de Dangil, que en ese entonces era el refugio de alojados, estaba a oscuras, igual que
ahora. La cara de mi mamá se demoró unos segundos en aparecer. Sus labios estaban sumidos en
una sombra un poco más clara que la sombra general que nos rodeaba.
-Claro que me voy a casar con él, si no, ¿con quién?
Hubiera preferido que se casara con a cualquiera de sus anteriores pololos; un ese productor de
jingles para comerciales que alguna vez en los 80’s había sido estrella de rock; un artista tartamudo
que había forrado tenía mi casa forrada con sus pinturas llenas de manchas y frases punks; un el
sociólogo mal humorado que luego se hizo famoso analizando el fenómeno de los reality shows o el
barman del Lugar Solitario, un tipo 15 años menor que ella, parecido a Morrisey .
Hubiera preferido que se casara con mi papá. Desde que tenía memoria, su relación era un
constante ping-pong donde palabras “compromiso”, “matrimonio”, “pareja estable”, “marido y
mujer”, rebotaban a lo lejos igual que pelotas perdidas. Mi papá se quedaba a dormir en su consulta
siquiátrica varios días a la semana y sus apariciones dependían de cosas que yo no podía manejar.
En el colegio, nunca sabía qué contestar en los test sicológicos, cuando me preguntaban si mis
apoderados, eran “casados”, “convivientes”, o “separados” o no eran nada, pero estaban juntos. Se
querían. O al menos, eso era lo que yo creía.
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“Con Horacio vivimos juntos o casi juntos, 19 años. Esa fue la más grande prueba de nuestro amor,
no un papel firmado”, me consolaba la Fanny “ ¿Con Jaime es distinto...me siento...”

Con Jaime Toro se sentía segura. Si la Fanny no hubiera ido a parar al nuevo Lider en La Reina,
jamás lo habría conocido. Había manejado hasta “el supermercado más grande Santiago” sólo para
comprar un queso francés con el cual, según ella, había soñado. Ese domingo se paseaba por toda
la casa repitiendo una y otra vez “tengo que encontrar un Saint Marcelin”, el queso que ella
compraba cuando vivía en París con mi papá, en su época estudiantil.
Con esa idea fija en la cabeza, agarró su auto, se vistió y partió a buscar su famoso queso.
Dos horas más tarde llamó a la casa llorando. Había encontrado el queso pero había perdido su
Charade. No recordaba la letra o el número de uno de los 1.032 estacionamientos donde había
dejado el auto, y llevaba no sé cuanto rato dando vueltas con su Saint Marcelin a medio derretirse
entre las manos. “Fanny, ¿te tomaste tus pastillas?”, le pregunté.“Si, estoy bien, Livia...sólo que
este lugar es del tamaño de una ciudad” se puso a lloriquear al otro lado del teléfono. Crucé los
dedos para que no le viniera uno de sus ataques de pánico. Justo cuando se iba a tomar un taxi para
la casa,
alguien que según ella, “salió igual que Terminator entre medio de una nube de monóxido de
carbono” la tranquilizó y ayudó a encontrar su auto.
Así le ocurren las cosas a mi mamá. Sale a buscar un queso y vuelve con un hombre del brazo.
-Daniel te va caer bien-me acarició el pelo. Volví a sacarle la mano de encima-. Tienen sólo dos
años de diferencia.
-¿Es mayor o menor que yo?
-Menor.
Nunca había tenido hermanos, y a mis 13 años, lo menos que quería era convivir con un niño de 11
años. Cuando Si estaba con gente más chica que yo, me salían a flote ciertos vestigios de niña
infantiles que creía ya sepultados. Me acababa de comprar mi primer sostén, y aunque a veces mis
barbies de plástico me pedían que las vistiera y peinara, yo terminaba apagando la luz de mi pieza
para no verlas, me enchufaba mi walkman, y acostada en el suelo, pensaba en una sola cosa: quiero
crecer.
-Nos van a pasar a buscar para ir a Fantasilandia -me dijo mi mamá.
-¿Por qué a Fantasilandia? Qué perno.
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-¿No te gusta? –la Fanny hizo un puchero. Me di vuelta hacia el otro lado de la cama.
La última vez que había puesto un pie en Fantasilandia había sido con mi papá, poco después de que
se separara de la Fanny. Llevaba puesto su típico sombrero azul para pescar que en realidad sólo
usaba para protegerse del sol y que alguna vez había pertenecido a heredado de su abuelo
Spector, el dueño de “Donde golpea el monito”, una famosa tienda de sombreros y paraguas de la
calle Mac Iver. Nunca salía de la casa sin él. Mi tío Jerónimo, su mujer Aurora y su hijo recién
adoptado, Mayco caminaban a nuestro lado, debajo de un paraguas rojo, también originario de la
tienda Por fuera parecíamos una familia cualquiera que está matando el domingo, pero por dentro
sabíamos que el domingo nos estaba matando a nosotros.
-Papá...me vas a decir qué hacemos acá –dije arrastrando mis pies.
-Es por tu primo, Livia, no te pongas mañosa.
Mi primo Mayco tenía tres años y había pasado toda su vida acostado en la cuna de un hogar de
menores de Toconao, un pueblo atacameño del norte. En el hogar de menores nadie jugaba con él.
Con suerte lo tomaban en brazos para darle de comer. Cuando mis tíos lo adoptaron y se lo trajeron
a Santiago, mi primo siguió comportándose como una planta. Fue a mi papá quien se le ocurrió lo
del paseo a Fantasilandia. Según él, el niño necesitaba estímulos externos y los sonidos de los
juegos, los gritos de otros niños a su alrededor, y las luces de neones, podían tener un efecto
“despertador” en su percepción sensorial.
Hacía calor. Mi helado Holliday empezaba a derretirse en mi mano y me teñía las uñas de color
naranjo.
-No le hagan caso a los sicopedagógos, a veces pecan de católicos –alegaba mi papá. Parecía muy
consciente de su nuevo papel de tío siquiatra y no paraba de hablar y gesticular.
-¿A qué te refieres? –protestaba mi tía Aurora. Mi tía es de esas mujeres que siempre se están
echando crema en las manos. No le gustaban los judíos ni menos los ateos y nadie entendía qué
hacía casada con un Spector. Su aspecto mezcla de científica y monja sin ropa de calle, que no
pudo tener hijos pero y quería uno a toda costa, me hacía pensar que en unos años más Mayco la
odiaría.
-Esos sicopedagogos –arremetía mi papá- creen que todo se soluciona con amor. Leen parábolas
cristianas en vez de Lacan. La sobre protección funciona en la mente de Mayco igual que la falta de
protección, todavía no decodifica el lenguaje gestual del cariño, no digo que no lo besen ni nada de
eso, pero no se amarguen si él no reacciona. Lo mejor es...
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Dejé de escuchar. Caminaba detrás de ellos chupando mis dedos naranjas llenos de helado y Mayco,
que estaba en los brazos de mi tío, me miraba sin decir nada debajo del paraguas. Sus ojos negros
eran como los de un muñeco, sólo que brillaban.
-Kuyai –le dije repitiendo unas palabras atacameñas que nos habían enseñado mis tíos para
“incorporarlo en la familia”-Kuyai igual amor. Tú no eres más un pucki huérfano, ahora eres mi
hanu polu, el más chico de la familia.
Al igual que Mayco, yo también me sentía alejada del mundo. Esa misma semana mis papás me
habían contado que habían decidido separarse. Esta vez, Ahora era definitivo. Los juegos de mi
alrededor, empezaban a producirme una extraño agobio, como si realidad y fantasía fueran dos
cuerdas que tiraban para lados opuestos. Los golpes Los gritos de euforia que los otros sentían
cuando dejaban a una hilera de autos chocando entre sí, o le disparaban a un peluche gigante,
terminaban recordándome lo que vendría una vez que apenas saliéramos de ese recinto ficticio:
visitas esporádicas, con suerte una vez a la semana, llamados telefónicos, con suerte una vez al día.
-Ahora levántate, que los Toro deben estar por llegar –me dijo la Fanny prendiendo la luz de la
pieza.

Jaime Toro no tenía la menor idea dónde quedaba el Parque O’Higgins. Encontraba “exótico” el
paseo familiar que había inventado su novia. Era el típico arribista que no baja de la avenida El
Bosque y no dobla más allá de Eliodoro Yánez jurando que eso lo vuelve una persona de clase. Si
alguien me hubiera contado que diez años atrás Jaime Toro no era nadie y andaba con un celular
falso en el bolsillo o con los vidrios cerrados del auto para que creyeran que tenía aire
acondicionado, yo habría creído que no era chiste. Santiago estaba plagada de personas como él,
desgastadas por sus esfuerzos de aparentar, con su tarjetas de créditos reventadas, y jactándose que
Chile era mejor que sus vecinos porque acababan de abrir un café Starbucks. Me bastaba verlo
fumar sus cigarros ingleses, echarse el pelo hacia atrás, y sonreír detrás de sus anteojos oscuros para
saber que algo nunca iba encajar con él. Era como si todo el rato se estuviera disfrutando a sí
mismo.
Nos demoramos una hora en llegar a Fantasilandia. Mientras nuestros papás hablaban de los
preparativos de la boda, con Dangil nos mirábamos de reojo igual que dos pingüinos que se
encuentran en el mismo iceberg y no saben por qué. Me pregunté qué pensaría mi futuro hermano
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político de la Fanny. De su melena rubia teñida. De su abrigo de piel falso. De su risa infantil. Me
pregunté si alguien en ese auto, aparte de yo, sabía que mi mamá tenía bichos en la cabeza.
Dangil apoyó la cabeza en el vidrio de la ventana. Lo miré. Nuestros padres estaban a punto de
convertirse en marido y mujer, pero nosotros nunca seríamos hermanos. A lo sumo, primos de
segundo grado. Igual que en ese juego “marque las diferencias”, pensé: tu pelo castaño claro, tus
ojos y tu piel tienen un mismo tono miel, y al sonreír se te hacen dos hoyitos en en cada pómulo.
Yo soy como tu negativo en blanco y negro y nunca sonrío. Miré mi imagen reflejada en el espejo
retrovisor. Odiaba mi palidez, ser más alta que el resto de mis compañeros, mi pelo oscuro y mis
ojeras, y a mis 13 años no me gustaba que me dijeran “Livia Espectro”. De lo único que habló mi
padrastro durante el trayecto en el auto fue de los vinos caros que estaban produciendo en el valle
de Colchagua, nombres tan snob que estaba segura que él mismo los había inventado; Sabor Noble
Austral, Cono Sur Gran reserva, Andes Deluxe, y cosas por el estilo. Trabajaba como promotor de
viñas pero hablaba como si fuera el dueño de la viña..A medida que se acercaba la fecha del
matrimonio, mi casa se empezaba a llenar de cajas de Syrah, una cepa nueva que lo llenaba de
orgullo y que años más tarde, terminaría ensuciando todas las murallas de mi casa.
Hicimos la fila para el Barco Pirata. mientras La Fanny y su novio intercambiaban sus algodones
de azúcar peor que dos adolescentes en celos y yo y Dangil al fin nos decidíamos a tener una
conversación.
-Niños, sus boletos –nos gritó mi mamá-, nos estamos acercando.
Miré a Dangil. No estaba por ninguna parte.
-¿No te dijo dónde iba? –me preguntó Jaime Toro ajustando sus anteojos oscuros. Todavía no podía
verle los ojos al hombre que sería mi padrastro.
Hice un gesto de negación con la cabeza. En un fragmento de segundo Dangil se había esfumado de
la tierra.
-Pero si estaba a tu lado –exclamó la Fanny, como si siempre hubiera tenido un hermano a mi lado
por el cual preocuparme. Su cara empezó a llenarse de tics nerviosos-. ¿No te dijo nada? ¿No le
dijiste nada, Livia?
Nos corrimos a un lado y dejamos pasar a las demás personas.
Rebobiné mi memoria.
Sí, le había dicho algo. Le había contado una anécdota sobre mi anterior paseo a Fantasilandia. Ese
día en que intentábamos “estimular” a mi primo Mayco, de repente mi papá quiso subirse a la
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Montaña Rusa. Trató de convencerme para que lo acompañara, pero no quise. Todavía lo recuerdo
sentado solo en un carro blanco, levantando los brazos cada vez que cuando nos divisaba. Me
daban ganas de llorar cada vez que hacía ese gesto. Una vez abajo de la Montaña Rusa, pasó algo
extrañó. Mi papá avanzó hacia nosotros dando saltitos en un pie. Había perdido una de sus
hawaianas. No sabía si se le había caído del pie o la había olvidado en el carro. Mientras discutían
cómo caminar de vuelta al auto, Mayco fijó sus ojos en el pie descalzo de mi papá y una sonrisa
iluminó su cara. “Gu-gu-gu”. empezó a repetir, aleteando con los brazos. “Miren”, grité “Mayco se
está riendo”. Era la primera vez que lo hacía. El pie de mi papá le había recordado algo que nunca
sabríamos. Esa sonrisa era el único objetivo de nuestro paseo a Fantasilandia y dimos por terminada
nuestra misión. Con el tiempo, esa hawaiana perdida, se convirtió para mí, en esa mitad de mi papá
que también acababa de perder.
-¡Ya sé dónde puede estar Dangil! –me alumbré de pronto. Le dije a la Fanny y a Jaime Toro que
me acompañaran a la Montaña Rusa.
Lo esperamos a un costado de la salida. Al verlo bajarse del carrito, al fin mi futuro padrastro se
sacó sus anteojos oscuros.
-¿Cómo se te ocurre mandarte a cambiar sin avisar? ¿Ah? -le pegó una palmada en la nuca, ni fuerte
ni despacio.
-Es que quería ver si encontraba la hawaiana.
-¿Qué hawaiana?
Yo y Dangil nos miramos e intercambiamos nuestro primer gesto de complicidad.

Apenas volví de mi paseo a Fantasilandia con los Toro me precipité a llamar mi papá para contarle
lo que había pasado.
Cuando me contestaba desde el hospital, donde tenía turno de noche, siempre se escuchaban
murmullos a su alrededor. No se sabía si eran enfermeras cuchicheando, quejidos de enfermos, o
una radio mal sintonizada. Podíamos pasar horas hablando por teléfono.
-Livia, háblame más fuerte. ¿Quién es Daniel? No entiendo nada.
Recapitulé todo de nuevo.
-Daniel se subió a la Montaña Rusa a buscar tu esa hawaiana, esa que perdiste, ¿te acuerdas? Su
papá se enojó mucho.
-¿Quién es su papá?
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-Jaime Toro. Ya te lo dije.


-El salvador de mujeres que se pierden en los estacionamientos de supermercados.
-Yo también lo odio.
-Yo no lo odio. Me intriga, por así decirlo. De todas formas, no es bueno odiar a nadie. Además va
ser el marido de tu mamá. ¿Y de dónde salió Daniel? La Fanny nunca me había hablado de él.
- Parece que vivía con sus abuelos. Su mamá se murió de cáncer cuando él era chico.
-¿Cáncer a qué?
-Y qué sé yo, se murió.
-No sabía que tu madre se estaba casando con un viudo. ¿Tú le dijiste que lo hiciera?
-¿Qué? ¿Qué se casara con un viudo?
-No, a Daniel. Que se subiera a la Montaña Rusa.
-Se le ocurrió solo. Me adivinó el pensamiento.
-Te adivinó el pensamiento...Eso es amor a primera vista.
-Papá...
-¿Sabes en qué consiste el amor a primera vista?
-No.
-Amor a primera vista es cuando desde la superficie de una persona puedes ver su profundidad.
Sucede muy pocas veces en la vida.
-Pero él va ser mi hermano, no mi pololo. Además es dos años menor que yo.
-Está bien, Livia. Me alegra de que vayas a tener un hermano político tan cool, como dicen hoy día.
Tienes que cuidarlo.
-¿Tú crees que lo que hizo es cool?
-Es amor a primera vista.
Doctor Horacio Spector, se lo solicita de urgencia en la habitación número 43, escuché que decían
por algún altoparlante.
-¿Te llaman?
-Sí, pero dime. Nunca es algo urgente.
-Bueno, Jaime Toro lo retó y le dio una cachetada en la nuca. Se fue todo el camino de vuelta
diciendo que de ahora en adelante tenía que pedirle permiso a la Fanny para hacer cualquier cosa.
-Eso no está mal, tu mamá es muy, como decirlo, flexible -soltó una risita.
-Flexible es cuando puede decir en un minuto que sí y después no, ¿verdad?
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-Algo así.
-A veces no me deja llamarte. Dice que tú estás preocupado de salvar vidas humanas y te distraigo.
-Para salvar vidas humanas, tengo que estar distraído, sino me vuelvo loco y puedo terminar
matándolos-me reí-. No olvides disolverle flores de Bach en agua cada vez que si se ponga pone–
respiró profundo-, tú sabes cómo.
Mi papá tiene la teoría que lo único que calma de verdad a la Fanny, son las flores de Bach, una
terapia medicinal a base de flores. Me dejó varios frasquitos, antes de irse de la casa; las Clematis
Vitalba y que “ayudan a vivir más activamente en el presente en vez de hacerlo en el futuro o en el
propio mundo de los sueños”; y las Aspen populus tremula que “reemplazan aprensiones y miedos
vagos por un sentido de seguridad y paz mental”.
-¿Papá, te puedo hacer una pregunta?
-Todas las que quieras.
-¿Tu también te vas a casar?
-¿Con quién?
-Con otra mujer.
-A mi edad para casarte, necesitas tener tres tarjetas de crédito y teñirte las canas como Mr Toro.
-No se tiñe el pelo. Pero se lima las uñas.
-¿En serio?
-Papá, ¿sabes, qué? Tú eres mino para tener 60 años.
-Gracias, Livia. Es un honor que a tus 13 años me encuentres un ser deseable.
-Lo digo en serio.
-Las enfermeras de este hospital no piensan lo mismo. Ven demasiado esa serial “Grey’s Anatomy”.
Como no soy uno de esos estudiante en práctica, rara vez tengo el privilegio de tomarme un café
con ellas- Mi papá no es el típico doctor que camina por los pasillos del hospital sabiendo que su
sex appeal podría despertar hasta a un muerto. Su corbata siempre tiene manchas de café con leche.
Sus camisas nunca están planchadas. Cuando se ríe se nota que mis abuelos Spector preferían
ahorrar dinero que llevarlo a un dentista. A mi mamá le gustaban sus dientes de escalera y a veces le
pedía que abriera la boca para bajar peldaño por peldaño con sus dedos.-. ¿ Por casualidad, tu
mamá la Fanny habrá recibido un libro que le mandé de regalo?
-Mmm...no sé.
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-Es un manuscrito, en realidad. Un ensayo de 100 páginas sobre los efectos nefastos de la post
modernidad en la sicología femenina.
-No lo he visto...Hay tantos papeles y libros por todos lados.
- Siempre he estado en contra de la separación emocional de los bienes. La Fanny lo sabe-
Me gustaba cuando que mi papá me hablara como a una adulta. Aunque entendiera la mitad de lo
que me decía, sabía que en el futuro seríamos amigos-. En fin, puede que lo haya botado a la basura.
-¿Quieres que revise el basurero?
-No, olvídalo. Solo dile de mi parte, que le quería regalar una buena botella de vino, pero pensé que
con el novio que tiene no le iba hacer falta –soltó otra de sus risitas irónicas-. Ahora me tengo que
ir. Mándale muchos saludos a Daniel, no lo conozco, pero parece un buen tipo.¿Papá?
-Sí...
-¿Cuándo te llamo de nuevo?
-Qué te parece después del... ¿Cuándo es el matrimonio?
-En dos semanas más.
Se quedó en silencio.
-¿No quieres venirte a pasar unos días conmigo antes?
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¿Tú crees que no va a llover nunca más? Un poco más de sol y las vacas van aparecer muertas en
la carretera.
Mira los tiuques en el cielo. Están bajando de la cordillera para comernos.
Despierto gritando. Estoy segura que hay un tiuque sobre mi cabeza. Era solo un sueño, era solo un
sueño, me repito volviendo en mí. Entonces me asalta otro miedo: no recuerdo con quién estoy en
mi cama. Despego mi brazo de una cadera extremadamente huesuda. Vuelvo a cerrar los ojos. Ni
siquiera quiero saber si es la de un hombre tiburón o un hombre lombriz . Respiro profundo. El aire
huele a alcohol destilado y entonces me doy cuenta que estoy en la pieza de Dangil. Me levanto del
colchón, aliviada, y salgo.
Bajo a la cocina. Saco unos cubos de hielo del refrigerador y espero pacientemente que mi vaso se
llene mientras veo salir apenas un hilito de agua de la llave. Alguien ronca en la pieza de la
lavadora. Recuerdo que la noche anterior encerré al Gato ahí adentro. Me acerco al cerrojo de la
puerta. Tiene los brazos y las piernas abiertas, como si estuviera muerto, y la polera manchada con
restos de tallarines y vómito de Dangil.
Doy vueltas por la casa, recordando fragmentos de mi sueño. Yo y Dangil estamos tendidos sobre el
pasto quemado de nuestro patio. No podemos pararnos. Los tiuques sobrevuelan a nuestro
alrededor. Se acercan cada vez más. Uno de los pájaros clava la cola de sus pupilas en mí. Me va
atacar. Grito.
Hacía tiempo que no tenía una pesadilla. Por un momento pienso que de verdad esas águilas nos
están esperando afuera de la casa para comernos Este año no ha llovido ni un solo día. Hay sequía
en todo el litoral central y el calor de febrero tiene enloquecidos los animales. A veces, cortan el
agua sin avisar y los vecinos alegan porque no pueden ducharse ni cocinar. Con Dangil siempre nos
preocupamos de tener una olla con agua.
Me acerco con paso titubeante a la puerta de la entrada y retrocedo, enceguecida por el sol.
Decido refugiarme en la penumbra del living, cuyos ventanales están protegidos por persianas de
madera. Me tiendo en el suelo, entre embalajes a medio hacer, cajas dadas vueltas y cartones
sellados. Poco a poco, la casa ha adquirido cierto orden dentro del desorden. Parece un campo de
refugiados, donde lo indispensable para sobrevivir está a la mano.
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Apoyo mi cabeza sobre uno de los tantos libros de Marcia Morel que mi mamá me regala para
Navidad y yo nunca leo. Marcia Morel y su novia me robaron mi veraneo. Me da igual que su
novela más exitosa se arrugue.
Sé cuales libros puedo maltratar y cuales no. Desde que Alex metió sus manos en las cajas
buscando a Nietzsche, no los he vuelto a guardar. A un lado, estoy rodeada de manuales de
gramática y compendios de historia de la literatura hispanoamericana que la Fanny usaba para hacer
clases cuando era profesora, y al otro, de ejemplares antiguos de literatura, filosofía y psiquiatría
de mi papá. Tanta sabiduría esparcida es intimidante. Es como si la historia entera de la humanidad
me vigilara..A veces, me dan ganas de hacer una fogata con todos ellos para ver a qué huelen las
ideas quemadas. Pero no voy a arruinar las visitas sorpresas de mi papá.
Cada libro que dejó en nuestra casa luego de separarse de la Fanny, es un pretexto para venir a
vernos cuando menos lo esperamos. “Hola vengo a buscar La Historia de la Locura”, dice, o
“Necesito hojear La Sociedad del Espectáculo“Desde que Jaime Toro ya no vive con nostras toca el
timbre cada vez más seguido Hay tardes en que se queda horas enteras leyendo y tomando apuntes
en la mesa del comedor. Si la Fanny está de buen humor y algo happy de tanta taza de café y con
coñac, coloca sus vinilos de Cecilia, Mina o Brigitte Bardot y se pone a bailar. Por un momento son
felices, por un momento siento que una parte de él ellos todavía vive con nosotras. en la casa.
Me olvido de la biblioteca en ruinas de mis papás y estiro la mano para recoger unos libros que se
asoman debajo de un cartón de pizza. Antes de No tengo que leer los títulos ya sé para adivinar
de quiénes son. Naufragio en el mar selenita, El valle de las arañas, Viaje al centro de la luna,
desde que era chico Dangil está obsesionado con lo mismo y no hay nadie que lo mueva de ahí.
Este último tiene restos de salsa de tomate en la tapa. Intento sacarla con un poco de saliva, pero ya
se secó.
-Creo que estos son tus libros-me dijo Alex esa tarde en que revolvíamos una caja tras otra. Lo miré
titubeante. A veces da vergüenza mostrar lo que lees quizás porque una parte tuya hay algo tuyo
está ahí escondido -A este lado del paraíso, ¿es tuyo?
-Sí.
- ¿Cumbres Borrascosas?
-También.
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Siguió nombrándomelos en voz alta: El retrato de Dorian Gray, Franny y Zoey, Werther, Historia
del ojo, Confesiones de una máscara, Espera la primavera Bandini, Cuentos de amor de locura y
de muerte, Mala onda, El gato negro y otros cuentos, Pregúntale a Alicia, Buenos días tristeza...
-Lo sé –lo interrumpí-soy la típica adolescente.
-No creo que haya que leer tal o cual libro para ser original-me replicó-. Mientras Más rebuscada
es la gente y menos les creo. Me acuerdo de ese compañero mío de colegio que no leía nada de lo
que nos daba el profesor de castellano, porque él ya lo había leído en el verano. Además, estoy
seguro que tú sabes algo que yo no sé. Es cosa de verte las uñas de los pies.

Me miro los pies, estirándolos uno al lado del otro. Todavía tengo las uñas del pie izquierdo
pintadas y el otro sin pintar. El esmalte es rojo oscuro, y a veces me hace pensar en gotitas de
sangre que caen desde el techo justo hasta mi pie.
No recuerdo por qué me pinté un sólo pie. Quizás por esa historia que me contó mi vecino Ricky
sobre un travesti que atiende un billar del barrio. Cuando Si quiere ser mujer entrega las fichas con
su mano izquierda, perfectamente cuidada, con uñas largas y rojas y se hace llamar María; cuando
si quiere ser hombre, usa su mano derecha, con las uñas carcomidas y los dedos llenos de pelos y
cambia su nombre por Mario.
A veces yo también siento que hay dos Livia en mí.
Vuelvo a la cocina a rellenar mi vaso de agua. Grito. El Gato me está mirando desde el marco de la
puerta del repostero con esa actitud permanente suya de zombi.
-Hola –murmura echando saliva por la boca. Todavía tiene un par de tallarines pegados a la polera.
-¿Cómo saliste de la pieza?
Me muestra un colgador de ropa entero retorcido. Ingenioso.
-¿Dónde está Dangil? –balbucea. Su aliento me recuerda el viejo olor a estufas de parafina.
-Duerme.
-¿Estás bien? –le digo levantándole la polera-. ¿O también tienes rasguños por todas partes?
-Yo soy un pedazo de -hace una pausa, se pasa la lengua por la boca sucia-, un pedazo de madera.
Le pregunto qué diablos hicieron anoche y me dice que sólo recuerda que estaban en un cerro de La
Reina y de repente a Dangil se le ocurrió tirarse para abajo en sus tabla cuando apareció un
guanaco, y -. ¿Qué hora es? –se interrumpe.
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No tengo idea qué hora es, pero le digo que son las 11 de la mañana. es muy tarde.
Sus ojos se abren, encendiéndose. Están muy rojos.
-Me tengo que ir. Mi vieja me va a linchar.
-¿Por qué te va linchar?
-Porque es una yegua. Ehhh, no, porque hoy nos vamos a Quinteros. Sí, eso a Quint..Chao –se abre
paso corriendo. Todos tienen que irse alguna parte.
-Oye-le grito, mientras lo persigo persiguiéndolo hasta el patio-¿puedo pedir pan fiado en tu
panadería?
-Seguro, habla con mi primo. El gordo, no el otro.
-¿Cuál es el otro?
- El flaco.
Puede que no sea retardado, pero los retalines le machucaron el cerebro.

Mi bikini está tan sucio que prefiero ponerme uno que era de la Fanny. Lo encontré entremedio de
una caja llena de boletas de luz. El calzón –de toalla y de un verde limón bastante sicodélico-es tan
ancho como un pantalón corto y se preocupa de no dejar salvo el ombligo, no deja nada salvo el
ombligo, a la vista. El sostén es más atrevido ya que no tiene tirantes y se amarra al medio con una
hebilla. Me queda un poco grande pero al menos no desprende olor a humedad como el mío. Busco
mis anteojos oscuros, una toalla, el frasco de crema de zanahoria y salgo al patio con el único libro
que este verano dejé afuera de las cajas. Cada vez que me da miedo enfrentar la luz leo las
Iluminaciones de Arturito Rimbaud. Tal vez Quizás porque tiene mi edad y siento me que me
entiende. A los 17 años, Arturito decidió irse de dejó su casa y caminó durante tres días solo y
descalzo por el campo francés hasta llegar a París. Mientras sentía el tacto del pasto húmedo en los
pies, tuvo sus primeras iluminaciones. Algo (¡¿qué?!) le hizo clic en la cabeza y de ahí en adelante
supo que no había vuelta a atrás.
Algún día a mí también me gustaría caminar sola y descalza y tener una iluminación. Por ahora doy
vueltas alrededor del patio porque el catre de la cama está ocupado por una familia de gatos roñosos
inmunes a mi patadas y gritos. Cuando me canso, Me recuesto en el pasto quemado, bajo la
sombra del cactus. Me pica la espalda, pero no me importa. Apoyo los pies en el viejo bidé lleno de
juguetes de plásticos con los que me bañaba cuando era chica. Me coloco el libro sobre la cara y
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cierro los ojos. A lo lejos aparece el ruido de otro martilleo. Cada martilleo es una casa vieja que
están demoliendo o un condominio nuevo que están levantando. Un día unos arquitectos disfrazados
de obreros, con casco y mochilas, vinieron a ofrecerle a la Fanny no sé cuanta plata para echar abajo
nuestra casa y reemplazarla por un condominio. Mi mamá les dijo que por culpa de gente como
ellos, Santiago se estaba modernizando a punta de mal gusto. “Yo esta casa no la voy a vender, la
voy arrendar”. “Ya nadie arrienda casas antiguas como la suya, señora, por la delincuencia”.
“Ustedes son los delincuentes”, les gritó mojándolos con la manguera. Todo el barrio se enteró de la
historia y desde entonces cada vez que una empresa constructora se acerca, las viejitas salen de sus
casas con una manguera bajo el brazo.
Empiezo a sospechar que esos tipos tenían algo de razón. El letrero “Se Arrienda” que Ricky dibujó
es tan invisible como esos cartones que ponen en los kioscos de la carretera y dicen “Hay pan”.
Nadie, salvo ese ingeniero que salió corriendo apenas entró, ha vuelto a tocar el timbre.
Busco uno de mis poemas favoritos: Juventud. Lo tengo seleccionado con uno de los cordones de
mis zapatos de colegio que ahora uso de marcador. Leo en voz alta, pero despacio. “Cómo estaba
lleno de flores el mundo ese verano. Los aires y las formas moribundas... ¡Un coro para aplacar la
impotencia y la ausencia! Un coro de vidrios, de nocturnas melodías. En efectos, los nervios pronto
se van a disipar”. He subrayado esa frase varias veces con distintos colores.
Los nervios pronto se van a disipar, los nervios pronto se van a disipar. Los nervios... , repito una y
otra vez hasta quedarme dormida.

-Tanto sol te puede hacer mal.


Abro los ojos. Veo su cara dada vueltas, escondida en una chupalla de paja con los bordes
deshilachados.
-Dangil.
-¿Sí?
-Estaba soñando... ¿Te acuerdas de esa hawaiana de mi papá....? Soñé que flotaba...acá..en el
patio. Pero no podíamos tomarla...dábamos saltitos y no la alcanzábamos nunca...
-Cuando menos te lo esperes va a caer arriba de tu cabeza. Las cosas se demoran en volver a
dónde estaban al comienzo.
Tomo a Dangil por los tobillos, y lo empujo hacia delante. Se desploma a mi lado, riéndose.
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Nos quedamos respirando de espaldas unos segundos. Dangil está acá. Me acerco a él hasta que
nuestras caras quedan a pocos centímetros. Apoyo mi cabeza en su brazo.
-¿Cómo se te ocurre tomar agua ardiente y tirarte por un cerro abajo? El Gato me contó todo.
-¿Dónde está?
-Se levantó temprano porque tenía que irse fue de vacaciones, como todo el mundo. Todos
tienen que irse de vacaciones a alguna parte. Como si estuvieran obligados a hacerlo, ¿es raro
no?.
-No fue planeado-Dangil arranca una hilacha de pasto quemado y la masca entre los dientes-.
-¿Qué cosa?
-Lo del cerro- se pone de guata y vuelve a colocarse su chupalla-. ¿Nunca te han dado ganas de
volar?
-No.
-¿Ni siquiera cuando tomas después de tomar?
-No, cuando estoy borracha me dan ganas de hacer otras cosas.
-¿Cómo cuales?
Cruzo una pierna sobre la otra. La parte de atrás de la rodilla se queda pegada al muslo por culpa de
la transpiración.
-¿Me puedes decir dónde sacaron esa agua ardiente?
Dangil me cuenta que además de panadero, el papá del Gato se entretiene inventando sus propios
licores artesanales. La botella decía “Enguindado de 50 grados, fase 1”. El sólo alcanzó a tomarse
un vaso. Al primer sorbo sentía como si hubiera puesto la cabeza adentro de un calefón. Estaban
cerca de Hierba Loca, en Farellones. Todo se quemaba, el cielo, la tierra, sus manos. Tomó su skate
y se tiró por un barranco que desembocaba en un valle. Se mantuvo en el aire varios segundos,
segundos que parecían minutos, estuvo a punto de caer parado, pero se le cruzó una llama un
guanaco y cayó arriba de un arbusto...El Gato trató de pegarle al animal y éste le tiró un
escupitajo en la cara que lo dejó aturdido.
-¿Una llama Un guanaco? ¿No lo habrán alucinado? –le digo.
-¿Puedes alucinar con alcohol?
Una vez con Rocío nos tomamos una botella de mezcal que traía un gusanito adentro. Le cuento que
ese gusanito te hace ver visiones. Que te ilumina la mente, igual que ese trago llamado ginebra que
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tomaban los poetas malditos. Que te pones a hablar de cosas de las que nunca antes habías hablado.
Que no reconoces tus palabras. Que tus palabras parecen de colores. Que te sientes conectado con
todos los animales de la tierra a través de ese gusanito. De repente Me doy cuenta que estoy
incitándolo a emborracharse y le digo que olvide el mezcal y todos los alcoholes fuertes, y que
mejor siga tomando esa copa de vino que su papá le convida a la hora de almuerzo.
Dangil me dice que el vino también puede envenenarte: le basta ver todos los topones que Jaime
Toro le ha hecho a su auto.
–Y tú te haces topones en la espalda. Te podrías haber muerto, ¿sabías?
-Uno nunca se muere. Sólo te partes en dos. Una parte tuya sale volando y la otra se queda. Como
mi tabla.
Nos quedamos en silencio unos segundos.
- Lo importante es que tú estás entero-le saco la chupalla y me la pongo-Y acá, a mi lado.
-Nunca pensé en dejarte sola.
Enrollo mis piernas en las de él.
-Perdona por haber sido tan...
-Incrédula.
-No tienes que tener miedo, Livia. Mira, levanta el brazo y extiende tu mano–le hago caso-. ¿Viste
que puedes tapar el sol?
- Nadie tiene que saber que tú estás acá –le digo admirando el efecto de la perspectiva.
-Nadie –dice Dangil colocando su mano sobre la mía.
-Porque no tenemos que darles ningún motivo para que ellos tengan el poder de elegir nuestro
futuro, ¿entiendes? -Mi parafraseo arquea a Dangil de la risa. Le hago cosquillas. Logra zafarse de
mí, rodando por el pasto.- Y para eso tenemos que ponernos reglas.
-Se sienta en cuclillas y esconde la cara entre las rodillas-¿Qué pasa?
-Las leyes del tránsito tienen reglas –balbucea.
-¿Qué dices? No te escucho.
-Los gobiernos, los países, la matemática tiene reglas. Nosotros no necesitamos eso.
Levanto una esquina de su pelo y le doy un beso en la frente.
-Regla número uno: no exponerse al peligro.
-Fue culpa de esa llama, pero también estaba triste-dice asomando sus ojos -. Pensé que no querías
pasar el verano conmigo.
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-Tontito...Y ahora estás todo mal herido. Voy a buscar agua oxigenada y algodón. No te muevas.
---Esta no es una regla, es una necesidad: comprar comida –me dice Dangil apenas vuelvo al patio
con un botiquín de primeros auxilios que la Fanny, quizás por qué, guarda debajo del lavaplatos.
No quiero contarle que ayer ya fui al maldito supermercado, que incluso compré la casata de helado
de limón que él me debía a mí por haber pronunciado nuestra palabra prohibida del verano, y que
luego perdí las bolsas en un departamento en Vitacura y me traje a cambio un rollo de fotos lleno de
coca. Es demasiado complicado. La historia de Toño Herrera me parece lejana, como si fuera algo
que le ocurrió a la Livia del pie pintado.
-Siempre y cuando no vomites arriba de la olla. Anoche me dejaste en ayunas.
-¿Vomité?
-¿No te acuerdas?
-Más o menos.
Le digo que se acueste boca abajo porque le voy a desinfectar las heridas. Mojo un pedazo de
algodón con agua oxigenada y se lo paso por su primer rasguño.
-Tu espalda parece una cancha de patinaje sobre hielo rayada.
-Auh –grita.
-Trata de pensar en otra cosa .
-Es que me arde...
-Te va arder tanto como si fuera agua ardiente–me río-, pero lo voy hacer despacio. Acallo los
martilleos que vienen de la calle encendiendo mi burlitzer. Hace poco bajé de Internet un disco
llamado “Familia” sólo porque me gustaba su nombre. Fa-mi-lia. Elijo la primera canción, “Tita”.
Sus tecladitos me hacen pensar en esas heridas que uno tenía en la rodilla cuando niño y dejabas
que cicatrizaran solas, al sol, mientras seguías jugando.
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Más tarde caminamos por Chile España hacia Irarrázaval, tratando de no salirnos de la sombra. Las
casas del vecindario tienen sus persianas abajo y los garajes están vacíos. Incluso el cyber café
Umbral está cerrado, aunque alcanzo a leer “ame a Jesús, abriremos en las próximas 24 horas”. La
cúpula de la mezquita As-Salam es lo único vivo del barrio.
-Podríamos comernos un pollo a las brasas del Pollo-Caballo –me dice Dangil.
-Podríamos ir a la Marraqueta Dorada y pedirle pan fiado al primo del Gato-digo.
-Podríamos ir al restaurant chino de la esquina.
-Y hacer perro muerto.
-Podríamos...
-Podríamos pasar por la farmacia Conosur y robarnos un metapío para tus heridas.
Al fondo de la calle, vemos una mujer avanzando hacia nosotros. Lleva puestos calcetines de lana y
un polerón de gimnasia con la insignia de mi colegio, lo cual me deprime. Se pasa un pañuelo sobre
la frente. A medida que se acerca, la reconozco y ella también parece reconocerme. “Hola, mijita”,
me dice, haciéndose un hueco en la sombra, “ ¿cómo ha estado?”. Es Rosita, una señora que va de
puerta en puerta pidiendo dinero con un carné Fonasa colgándole del cuello. Si dentro de tres meses
no reúne no sé cuántos pesos, no podrá sacarse esas cataratas que cubren sus ojos igual que dos
natas de leche.
-Hola Rosita. ¿Todo bien? ¿No tiene calor con tanta ropa? –le digo.
-Acá, pasándola, Liviecita. Tengo un poco de calor, pero es que ya ni veo lo que me pongo. Ah,
-dice forzando la vista-, también está Danielito, ¿cómo está mi lindo? No lo había reconocido con
ese sombrero de paja. ¿Por qué Dios lo hizo tan lindo y dulce? Déme su mano.
-¿Cómo ha estado Rosita? ¿De dónde viene? Parece cansada.
-He andado pa’ allá pa' arriba en la Dehesa, a ver si saco más chauchas. Pero me sacaron a patadas
unos guardias.
-Tenga cuidado –le dice Dangil-. Es mejor recorrer los caminos que uno conoce.
-Pero allá está la plata, poh mijito. ¿Qué le voy hacer? Hasta las empleadas tienen unas luquitas que
dar. -Mi mamá lleva años dándole 2.000 pesos cada semana a Rosita para que pueda operarse de los
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ojos. Quizás si algún día “llegue a la meta”, como ella bromea-. No tengo más remedio que subir.
Vieran las casas que hay por allá, parecen mansiones. Igualitas a las del ladrón Pinocho.
Nos reímos.
-Nosotros andamos vacíos –le digo para que no se cree falsas expectativas.
-No se preocupen. ¿Y la señora Fanny, que cuenta?- Sus pupilas brillan detrás de la capa de nata
que reviste sus ojos-. Ahora justamente quería ir a verla. Ella es tan especial, tan cálida, tan
entretenida. ¡Me cuenta cada historia! Una vez me tiñó el pelo para taparme las canas, pero ya se
me fue.
-Me acuerdo. Está de vacaciones mi mamá.
-¿Para dónde se fue?
-A una isla.
-¿A la isla de Pascua?
-No, a la otra donde no va nadie y llueve todo el día. Juan Fernández.
-¿Y ustedes qué hacen en Santiago?
-Lo mismo me pregunto yo. Somos huachos, Rosita –le digo-. Nadie nos quiere.
-No diga eso...
-Las estrellas nos quieren–le dice Dangil -. Y a usted también.
-Dios lo escuche –murmura Rosita levantando la mirada al cielo- Si por lo menos las pudiera mirar
ver clarito-. Dangil le dice que cierre los ojos. Le empieza a masajear los párpados con la yema de
los dedos.
-¿Qué haces? –le pregunto asombrada.
- Shhh-murmura-. La ayudo a disolver sus cataratas.
-Danielito –dice la Rosita dejándose llevar por el masaje- ¿Sabía que esa chiquilla mongolita que
atiende el café Umbral me regaló una pintura con usted dibujado de angelito adentro?
-Se llama Gretel.
-Lo dibujó con alas y todo.
-Está enamorada de él sonrío.
-Ya, abra los ojos, Rosita-dice Dangil, obviando mi comentario.
-Los siento mejor.
-De a poco se van curar. Confíe.
De pronto Caigo en la cuenta de un detalle.
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-Rosita, ¿me haría un favor?


-Los que quiera siempre y cuando pueda.
Le susurro al oído que no le cuente a nadie que vio a Dangil en Santiago y ella asiente, riéndose.
-¡Ay por Dios estos cabros huachos!
Somos huachos, pero al menos, tenemos la tarjeta redbanc de Jaime Toro. Se la pasó por si tenía
alguna emergencia en Juan Fernández. No creo ni siquiera que exista un cajero automático ahí, pero
en Irarrázaval abundan los bancos y nosotros tenemos hambre. Nos despedimos de Rosita,
diciéndole que vuelva a vernos a la casa en marzo. Después recuerdo que en marzo vamos a estar
viviendo con donde mi abuela. Hace tanto calor que soy incapaz de devolverme para explicárselo.
decírselo. Verla avanzar semi-ciega por la calle desierta y caliente me abate. Pero ya es demasiado
tarde y por ahora nuestra única preocupación es salvarnos a nosotros mismos.
-¿Tienes la clave?
Entramos al primer cajero automático que encontramos. Apenas se puede respirar.
-Sí, Livia, la anoté. No te preocupes.
-¿Cuánto saco?
-100 mil pesos –le digo.
-¿Tanto?
-50, entonces.
Espero que Dangil haga la operación paseándome por el cajero automático como por una jaula.
Puedo ver el calor flotando en el aire.
-No me deja –se queja Dangil.
-¿Cómo?
-Dice que el máximo monto es 20 mil. No hay más.
-No puede ser...
Apretamos la tecla anular y repetimos todo de nuevo.
Vamos de cajero en cajero esperando el milagro; Banco de Chile, Edwards, Santander, Desarrollo.
Nadie nos quiere dar plata.
-20 mil pesos. Es todo lo que hay –murmura Dangil derrotado- Pero algo es algo.
-Tu papá es muy flaite, ¿te das cuenta? Aparenta ser rico, cuando mientras vive encalillado igual
que la mitad de los santiaguinos.
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Dudo que esté en ese balneario de palmeras falsas. Estoy segura que a lo sumo llegó a un motel en
la carretera con putas pindy que recoge por ahí y las hace pasar por pololas. Dangil me mira sin
saber qué decir. Me trago mis pensamientos y trato de controlarme.
-¿La plata en billete que te dejó tu mamá ya se acabó? –me dice con voz temblorosa.
Repaso mi memoria. Los varios Ron Silver con mi vecino Ricky, las casatas de helado, las cajas de
Super8, la cuenta atrasada de la luz, la compra en el supermercado que olvidé en la casa de Toño
Herrera.
-Se acabó, pero tengo una tarjeta redbanc para emergencias.
Saco el sobre donde la guardó junto a la plata que ya me gasté y el papel con las instrucciones que
rescaté del tacho de la basura. Debajo de “regar plantas, visitar abuela, llenar ollas con agua por
si hay algún corte de agua, etc”, dice subrayado “la clave de la tarjeta es el año de tu nacimiento”.
-Es 1987 –digo.
-¿Qué?
-El año de mi nacimiento es 1987. Facilísimo.
La maquinita se demora en reaccionar y me devuelve la tarjeta. Clave incorrecta.
- No sabe cuándo nací, no lo puedo creer.
Hago la prueba con 1988. Nada. 1986. Me traga la tarjeta.
-Mierda
-Tranquila –dice Dangil.
-No existe. La tranquilidad no existe ahora. La odio.
-A veces tu mamá es disléxica, quizás marcó 1897.
-¿Por qué tengo que adivinar todo con ella? ¿Qué vamos hacer? –siento que voy a llorar de rabia.
-Podemos ir donde tu abuela.
-No. No quiero ir a pedirle plata a mi abuela. Se está muriendo –se me corta la voz-. Además le
caigo mal a la enfermera.
-Nos podemos ir al departamento de mi papá. El conserje siempre guarda una copia de las llaves.
-Nos vaciamos el refrigerador en un día ¿y después qué? Además, si se da cuenta que tú estuviste
ahí, te va descubrir...
-Vámonos a ...
-No podemos irnos a ningún lado. No puedo dejar la casa sola. La Fanny me tiene de cuidadora y de
corredora de propiedades, y ya ves como me paga, con...
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-No estamos tan mal. Tenemos 20 mil pesos.


-Estamos pésimo. ¿Qué vamos hacer todo el mes con 20 lucas?
-Livia, tranquila. Esa mujer quiere entrar, vamos.
Una señora de unos 70 años, –ese tipo de señoras que sólo aparecen en Irarrázaval a las cuatro de
la tarde- con los párpados pintados celestes, la boca rosada, el pelo teñido rojo, y vestida como si
viniera saliendo de un cabaret, nos está mirando fijamente a través del vidrio. Apoyo mi frente en el
ventanal y le devuelvo la mirada. Ella le da unos golpecitos al cajero con una llave, intentando
revivirme y cuando le saco la lengua, en vez de enojarse o espantarse, ella me saca su lengua larga y
roja y retrocedo asustada.
Nos sentamos en las escalinatas del supermercado a sacar cálculos. Me fumo un cigarro mientras
Dangil suma y resta algo en su mente.
Rápidamente busco una canción que saque para afuera toda mi impotencia me haga pensar que
no todo está perdido. Let me have a cool summer empieza a cantar Icalma, let me open my
window; no me acuerdo cómo sigue y la cambio por una de Casanova...No estamos
solos...iluminas mi vida, pero mi burlitzer no se deja engañar y me devuelve a la realidad,
poniendo “She’s lost control” de Joy Division es la primera que se me viene a la cabeza.
Confusion in her eyes that says it all. She’s lost control. Ian Curtis tenía razón: hay que morir antes
de los 20 años. La vida adulta apesta.
De golpe repente, distingo el kiosco donde compré la revista de Rocío que perdí junto a las otras
compras. El kiosco está vacío. No hay nadie. Me levanto y camino hasta la casucha protegida en mi
propio burlitzer. En un flash de segundo lo recuerdo todo: la foto de Rocío, las bolsas de
supermercados pesándome en cada mano, el auto de Toño Herrera, su boca asquerosa tratando de
besarme en la piscina, mi huida frenética. No, Dangil, tengo ganas de decirle, no estamos tan mal.
En la casa tenemos un rollo de fotos con varios gramos de coca. Ahí está nuestra verdadera cuenta
corriente. La mina de oro que nos falta para sobrevivir y pasarlo bien este verano. No nos van a
ganar. Nadie me está mirando. La tapa de la revista donde aparece Rocío cuelga de un perrito de
madera junto a The Clinic. Rápidamente la empujo hacia abajo y me la escondo debajo de la polera.
-Vamos, entremos al supermercado –le digo a Dangil-. Compremos lo básico, después veremos.

A medida que pasan los días, las horas se quedan pegadas a la muralla como agorex en las paredes.
71

Ya no me ducho ni me saco el bikini de mi abuela. Me basta manguerearme afuera en el patio


cuando hay agua. Estoy tan enojada con todo el asunto de la clave de la tarjeta de mi mamá que si
tocan el timbre para ver la casa, no abro.
Cuando sé Una vez que se han ido, camino con paso decidido al buzón de correo y reviso si ha
llegado la postal de Alex.
A veces, abro el frasquito con el nervio de su diente, y lo toco. Cuando toco Al tocar el nervio de
su diente siento que lo estoy tocando a él.
Siento que estoy tocando algo que nunca nadie ha tocado.
Después lo cierro, lo vuelvo a dejar al lado de mi cama y me digo a mí misma que sería mejor
dárselo de comer a los gatos hambrientos.
A mi edad, ya debería saber que un hombre cuando en lugar de besar a una mujer, prefiere hablarle,
es porque no le gusta y no porque le gusta demasiado.

Un día, estoy parada frente al buzón, esperando que pase el cartero, cuando y escucho que alguien
me llama desde la calle.
-Oye, perdón –me doy vueltas. Hay un tipo asomado a la reja. Es la clase de treintañeros con look
adolescente que le gustan a Rocío. Blue jeans desteñidos, una polera blanca, pelo cuidadosamente
desordenado, un aire de artista pobre pero con varias millas aéreas acumuladas por el mundo-. ¿Tu
casa está en arriendo?
-Sí, ¿por qué? -Me cuenta que está buscando una “casona” para instalar una productora multimedia
junto a unos amigos.
-¿Puedo echarle una mirada? –titubea mientras siento Noto que sus ojos se pierden en el calzón de
mi bikini.
Recorremos cada metro cuadrado de los dos pisos. la casa. El tipo me dice que mi casa nunca
había visto tantos cachureos en su vida, pero que es perfecta para lo que quiere. Vacía, claro.
Sin esas montoneras de cajas, maletas, viejos calendarios, boletas de
luz, zapatos guachos, cable eléctricos y relojes que no andan. Me
pregunta si tengo un subterráneo. No, le digo. Cuando entramos a mi pieza, se queda mirando mi
afiche de Patricia Franchini.
-¿Eres cinéfila?
-No sé-digo levantando los hombros-. Pero esa película me gusta.
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-Qué bien. ¿Y a cuánto arriendan la casa?


-No sé. Tendría que preguntarle a mis papás.
-¿Andan por acá?
-No.
-¿Trabajando?
-Están de vacaciones.
Me siento en el borde de la ventana. El prende un cigarro.
Sé que le gusto. Lo noto en cómo fuma y sonríe al mismo tiempo.
-¿Cuántos años tienes?
-19, ¿por qué? –le miento.
-Pensé que eras más chica.
Provocarlo me sale tan natural como prender la tele o sacarme los puntos negros de la nariz.
-Esa es tu fantasía –le digo.
-¿Qué?
¿Por qué quieres hacer el amor conmigo?, le pregunta Patricia Franchini a Michel Poiccard.
Porque eres linda, le contesta. Pero no soy linda. Entonces porque eres fea.
Apaga el celular. Se me acerca decidido y me toma en brazos. Nos dejamos caer sobre mi colchón.
Le digo que me puede besar en cualquier parte, menos en el lunar de mi cuello. El se ríe y saca un
condón de su billetera: “¿Sabes cómo le dicen en las películas gringas a esto? “No”, susurro
pensando que me encuentro en los brazos de un hombre-tiburón con experiencia. “Un quickie".
Se desabrocha los pantalones y presiona su sexo contra el mío. De repente Levanto la vista para
asegurarme de que la puerta esté cerrada y veo a Dangil asomado, mirándome. en el marco
de la puerta.

Está atardeciendo y Dangil espera que el fuego termine de quemar el carbón, para tirar unos tutos de
pollo a la parilla. Es lo último decente que nos queda para comer.
-Se va demorar un poco, pero por mientras entretanto voy hacer choripanes –me dice con la cara
iluminada por las llamas del fuego.
Nuestros choripanes son muy originales; sólo marraqueta y mayo.
-No tengo hambre-le grito, encendiendo un Apolo. Estoy tendida sobre el pasto y la luna tiene una
redondez irregular, que la hace más viva y real que de costumbre.
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-Deberías comer.
-No tengo hambre –repito-. Estoy preocupada de otras cosas.
-¿Dé qué?
Estoy preocupada de cómo mantenernos el resto del verano, de mi abuela que se está muriendo, de
si Jaime Toro nos descubrirá, de lo que pueda estar haciendo mi mamá en su isla. El zapping de mis
problemas parece no terminar nunca, y ni siquiera el “quickie” con ese desconocido logró que Alex
dejara de ser la telaraña que une cada uno de mis pensamientos.
-Tienes que comer algo –insiste Dangil
Sé que tengo que comer algo. No ahora, sino mañana y pasado. Para eso, tengo que vender el rollo
de coca. Todos mis compañeros de colegio están afuera de Santiago y no conozco nadie que jale,
salvo mi ex padrastro.
-Tú misma dijiste que era malo tomar con el estómago vacío.
Cuando Dangil me vio sirviéndome un vaso de destapando la botella de ron Silver que me robé
en el supermercado, me pidió que le diera de probar. Bueno, le dije, te voy a enseñar a
tomar, sólo para que nunca más ruedes cerro abajo, alucines llamas y termines vomitando bilis. Le
di tres cucharadas de sopa llenas de ron y él me dijo que se parecía a un jarabe para la tos
que le daba su mamá.
-Bueno, entonces comamos.
Dangil se aleja del fuego con dos choripanes sin chorizo en cada mano. Camina hacia mí,
sonriendo, y puedo sentir el contraste que existe entre mis preocupaciones y esa sonrisa, una sonrisa
capaz de enfriar el aire y hacer que la luna tenga la forma perfecta de un círculo de compás, una
sonrisa que me hace sentir contaminada por algo que no sé bien lo que es.
-Nunca crezcas –le digo aceptando un pedazo de pan.
-¿Por qué?
-Porque no–le contesto. Al ver una polilla pegada al foco de luz de la entrada, la atrapa, la guarda
entre ambas manos y se la da de comer a un gato que da vueltas alrededor de la parilla.
-¿Sabes que nosotros también podríamos alimentarnos de polillas asadas? –dice dejándose caer
sobre el pasto.
Le doy un mordisco al choripan y siento que se me abre el apetito.
-Preferiría comerte a ti, antes que a una polilla–me río-. ¿Sabes por dónde empezaría?
Apoyo mi mano en su pecho, arriba de su corazón y simulo enterrarle las uñas.
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-Por acá- lo siento latir cada vez más fuerte debajo de su piel.
-Voy ir a ver el pollo –dice de sobresalto. Lo agarro de la polera para que no se vaya.
-No te vayas.
-Y de Si no comes, te vas a quedar sin postre. Tenemos casata de helado de limón.
-El último tuto de pollo. La última casata de helado-murmuro, soltándolo.
-Todo va estar bien –me consuela Dangil mientras camina hacia la parilla.
-Porque no puede estar peor.
-Livia, basta fijarse en las cosas buenas de la vida, para que las feas desaparezcan –. Su cara de
nuevo está iluminada por el fuego.
-¿Y cómo lo haces? Mira dónde vivimos, en medio de un basural.
-No es un basural, es nuestra casa.
-Estoy cansada de ver todos los días lo mismo.
-Cierra los ojos.
-¿Para qué?
-Ciérralos.
Me llevo el antebrazo a los ojos. La luna desapareció entre los poros de mi piel.
-Tengo los ojos cerrados y Veo todo negro.
Mi burlitzer me quiere ayudar a creer en las palabras de Dangil y coloca “Everything will be
allright” de The Killers. I believe in you and me/ I'm coming to find you/ If it takes me all
night…/Everything will be allright/
-Ahora nombra en voz alta las cosas que te hacen feliz.
-¿Las cosas que me hacen feliz?
-Sí.
-Escuchar música encerrada en mi pieza. Una día de invierno sin smog, en que se vea la
cordillera. Hablar por teléfono con Rocío. Jugar con mi primo Mayco. Conversar con extraños en
la consulta del dentista. Y otras cosas de las que no me doy cuenta en el momento.
-¿Cómo cuales?
Abro los ojos.
-Como cuando nuestros papás se casaron. Si no hubiera sido por eso, no te habría conocido.
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El día del matrimonio llovía tanto que no hacía falta llorar para sentirse triste. Yo, mi mamá, Jaime
Toro y Daniel, parecíamos una familia de un programa piloto que nunca salió al aire por problemas
de casting. Jaime Toro tenía puesto un terno platinado, cuya marca no paraba de sacar en cara. Mi
mamá, un vestido blanco-invierno, que podría haber pasado por un vintage de los años 20 o un
ejemplar horrible de primera comunión. Dangil, blue jeans nuevos y una camisa blanca que
transparentaba su traje del hombre araña. Yo llevaba un jumper amarillo que la Fanny me había
comprado en su tienda favorita de Irarrázaval, Ropa Blond “vestidos de fiesta y ropa italiana”.
Después de firmar su nueva libreta familiar y tomarse no sé cuantos jarros de pisco sour, Jaime
Toro no paraba de decirle a sus amigos exportadores de vinos, cosas como: “Me casé con la mujer
más inteligente de Chile. Es de origen italiano, los Delfino, gente culta. Vieran todo lo que ha leído,
en la biblioteca hay como 400 libros. Es impresionante, ni siquiera en mi colegio vi algo así”. Hasta
donde yo tenía entendido, mi abuelo Delfino era un campesino analfabeto del sur de Italia. Al llegar
a Chile, conoció a mi abuela Carmen que era actriz de teatro y juntos crearon una compañía
itinerante para promover la reforma agraria. El día del golpe de Estado, mi nonno estaba en
Llanquihue y lo tomaron preso junto a un grupo de campesinos. Dicen que lo último que gritó antes
de que lo mataran fue: “Primero los alemanes y ahora ustedes ¡Vaffanculo ”.
Lo que Jaime Toro tampoco sabía era que la mayoría de los libros, pertenecían a mi papá y si
estaban ahí era porque obedecían a su política anti-separación emocional de los bienes.
La Fanny, por su parte, repetía con cierto cinismo, su frase del momento: “Llega un momento en
que uno quiere un hombre. No un cerebro, ¿verdad?”, sacando aplausos, entre sus amigas
divorciadas y lesbianas. El hecho de que hablara de mi papá como un cerebro ahora era
supuestamente un insulto. Marcia Morel y Tamara Ossa, aprovecharon de anunciar que ellas tenían
planeado ir a casarse a Buenos Aires y se desató otra ronda e brindis.
Cuando Apenas empezaron a bailar Cecilia, Mina, Los Mac’s y toda esa música sesentera que le
gusta a la Fanny, le propuse a Dangil ir a ver tele.
-¿Qué tomas? –me preguntó bostezando.
-Jugo de limón –cambié de canal-. ¿Quieres probar?
Acercó su nariz al vaso titubeó unos segundos.
-Dale, no es tan malo-le dije tanteando mi nuevo poder de hermana mayor-. Tómatelo al seco, y vas
buscar más a la cocina.
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Después del último sorbo, Dangil ya tenía las mejillas rojas. Se quitó su camisa blanca y quedó con
su disfraz de laica del hombre araña.
-¿Tú crees en los extraterrestres? –me preguntó.
-Mm. No sé nunca he visto uno.
-¿Quieres que te muestre algo?
Subió a la que sería su nueva pieza y volvió con una caja de madera entre las manos. La abrió. Un
bicho parecido a una araña, pero con la carcasa de color naranjo asomó su cabeza.
-¿Qué es? –retrocedí asqueada.
-Es mi mascota.
-¿Pero qué es?-volví a acercarme.
-Un selenita...un habitante de la Luna. Lo encontramos con mis abuelos en el sur, pero no se lo
digas a nadie. Shhhh. Mi papá no sabe que me lo traje.
Luego me empezó a hablar de los muertos, que los muertos se convertían en extraterrestres, y
quienes habían sido buenos en esta tierra se transformaban en selenitas y vivían en la Luna, para
estar cerca de los seres queridos que habían dejado en la Tierra. Mi mamá es una selenita–me dijo
antes de desplomarse en el suelo.

-Esa vez fue la única vez que te vi borracho. ¿Te acuerdas?


A medida que la luna sube, nuestras sombras se agrandan y nosotros nos hacemos más pequeños.
Nos comimos los tutos de pollos semi crudos y mezclamos lo último las cucharadas de ron con
helado de limón.
En vez de alegrarlo, el alcohol parece haberle cocido la boca a Dangil.
-¿Qué te pasa? –le digo tirándole la punta del pelo.
-Nada...estaba pensando que tal vez tú te querías quedar sola en la casa.
-¿Vas a seguir con eso?
-Así puedes hacer todo lo que quieras.
-¿Cómo qué?
-Tú sabes qué.
Recuerdo sus ojos mirándome por la fisura de la puerta de mi pieza mientras él me baja el calzón de
mi bikini. Espero que Dangil se vaya, pero se queda ahí, estático parado y yo cierro los ojos.
-Hoy día durmamos juntos. ¿Quieres? –lo abrazo.
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-No- sonríe tímidamente.


-¿Te puedo hacer una pregunta?
-Mm..
-¿Te has enamorado alguna vez? –mi voz se queda vibrando entre el canto de los grillos.
Dangil se sonroja y se da media vuelta diciendo que tiene sueño. El rubor de sus mejillas, los
rasguños de su espalda, las uñas de mi pie pintado y las partículas de carbón quemado que se
desprenden en el aire, salpican de rojo la noche.
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Algunas moscas revolotean alrededor del envase vacío del helado. Es lo primero que veo al abrir los
ojos. Todavía no deben ser las 9 de la mañana, pero el aire está cargado de un calor seco y
comprimido. Con Dangil nos quedamos dormidos afuera sin darnos cuenta.
Al levantarme, siento que la superficie de mi piel se desprende una capa de humedad. Mi cuello está
tapizado de picaduras de zancudos. Me rasco hasta sacarme ronchas.
Luego me paso la manguera por la cara, y reviso el buzón del correo. Nada. Otro aviso de Pollo
Caballo. Arrugo el papel en la mano y me devuelvo al patio. Dangil sigue durmiendo. Lo tapo con
una toalla antes de que el sol empiece a quemar más fuerte y subo hasta mi pieza. Cierro las
persianas, me tiendo en mi colchón y deslizo mi mano debajo de los calzones de mi bikini,
lentamente. Ni siquiera tengo ganas de eso. Saco la mano y la escondo debajo de la almohada.
No sé por qué me pongo a pensar en Ernesto Cienfuegos, un compañero de colegio que estuvo
enamorado de mí. Cada vez que nos cruzábamos en el recreo se quedaba mirándome como si yo
fuera una aparición. Faltaba que me prendiera una vela y se arrodillara a rezar. Todas las mañanas,
durante tres meses, me esperaba, al frente de mi casa, escondido en su polerón de la Guerra de la
Galaxias –que después cambió por la de El Señor de los Anillos-, y me escoltaba hasta la entrada
del colegio sin decirme nada. Teníamos 14 años. “Córrete”, le gritaba yo. “No me gustas, ¿acaso no
entiendes?”. El seguía sonriéndome y mientras más le escupía en la cara más parecía gustarle. “No
te gusto porque no me conoces”. “ ¿Por qué no la cortas de jotearme?”. Un día la cortó. En vez de
esperarme al frente de mi casa, me dejó un paquete con mi mamá. Lo abrí de mala gana, sólo por
curiosidad o para tener un motivo más para detestarlo. Era un cuaderno Torres común y corriente.
En la primera página decía “La misteriosa vida de Livia Spector , por E.C”. Lo hojeé a la
rápida. Cada página era una seguidilla de dibujos a lápiz bic estaban llenos de detalles
hiperrealistas. ordenados como en las viñetas de los comics. A los pocos segundos caí en la
cuenta que lo que Ernesto había dibujado era nada menos que mi vida. Aparecía la Fanny bailando
arriba de la mesa en uno de mis cumpleaños, Jaime Toro sacando del auto unas cajas de vino,
Dangil parado en la esquina de la casa, vendiéndole cigarros a los skaters del barrio, Rocío
enseñándome a colocarme un tampax en el camarín del gimnasio... “Gracias por el regalo”, le dije
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apenas llegué al colegio, pero “no deberías espiarme, eres un psicópata”. “Ya vas a ver cuando te
guste alguien y no te pesque, Livia Espectro”.
La amenaza de Ernesto Cienfuegos se cumplió. Nadie me había rechazado un beso. Salvo
Alex.
“Si te gusta alguien, tienes que demostrar que eres capaz de agarrártelo y de comportarte como una
verdadera perra”, me decía siempre Rocío. Habíamos crecido con esa idea en la cabeza. Lo ves, te
gusta, lo cazas. Lo cazas, te ganas su respeto, te conviertes en su amiga con ventaja. Te conviertes
en su amiga con ventaja, se enamora de ti, pololeas. Pero la vida es complicada y las cosas nunca
resultan como quieres. Al final de cuarto medio era incapaz de contar la lista de amigos con
ventajas que había acumulado, pero sí podía contar mis pololos: uno (y no de mi colegio). Y sin
embargo, seguíamos revolcándonos entre nosotros, quizás por pura borrachera, quizás
descargándonos de la promesa del amor que no llegaba nunca, quizás porque no sabíamos hacer
otra cosa.
Pero tarde o temprano la amenaza de Ernesto Cienfuegos se cumplió. Nadie me había
rechazado un beso. Salvo Alex.
¿Por qué la gente le tiene tanto miedo a hablar? . Alex tenía razón. Todavía podía verme
sentada arriba de él, escuchando sus palabras como tras un zumbido mientras mis manos
jugaban nerviosamente con la hebilla de su cinturón.

Yo sabía cuando había empezado a tener miedo. En una noche puedes aprender todo lo que no
aprendiste en 14 años.
Amanecía y la fiesta de 15 de Rocío, parecía un campo de batalla lleno de municiones de pisco de
43 grados, vasos quebrados, colillas incrustadas en tapitas de Coca –cola. Rocío celebraba su fiesta
de 15 a escondidas de sus papás, en el departamento de su hermano mayor, Igor.
-Lo único que te pido es que cuando vuelva, a mi vuelta no quede nadie porque voy a llegar
muerto-le advirtió.
A las seis de la mañana, mis compañeros de curso dormían, borrachos, en el suelo, sin ningún
orden, los pies sobre la cabeza, los brazos enrollados en el cuello, las rodillas aplastadas entre
manos, cansados de haber agarrado a destejo con quien se les pusiera al frente. Hacía rato miraba
este panorama sentada al lado de la mesa, echando de menos mi cama. Rocío y Max Bueno, se
habían encerrado en una de las piezas del departamento y podía escuchar sus gemidos rebotando al
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fondo del pasillo. Mi amiga llevaba dos semanas dándole besos detrás de la biblioteca del colegio y
era libre de hacer lo que quisiera sin pasar por perra, porque se rumoreaba que Max Bueno, el “más
sexy de mi generación” le había pedido pololeo. No tenía ningún cuaderno; pasaba todo el día
echado detrás de la cancha de atletismo fumando pitos y mirando revistas pornos junto a su mejor
amigo, Alvaro Santini, pero su pelo negro largo, sus ojos pardos, y su chaqueta usada de blue jeans,
le daban cierto aire mítico de rockero que encandilaba incluso a esas niñas bien que le temían.
Agarré una papa frita con los bordes mojados y me la metí a la boca, escupiéndola de vuelta. Hacía
frío y no recordaba dónde había dejado mi chaqueta. Recogí un chaleco que colgaba de una silla, y
me lo puse sobre las rodillas. No tardé ni un segundo en darme cuenta que olía a pisco con vomito.
Rápidamente, lo lancé hacia la gente que dormía en el suelo. Una micro amarilla aceleró a toda
velocidad por Santo Domingo. Por un momento pensé en irme a mi casa, pero le había dicho a mi
mamá que iba a quedarme con Rocío, y no podía llegar al amanecer. No tenía más remedio que
esperar que la mañana avanzara, mirando los restos de comida desparramado en la mesa, igual que
los cuerpos de mis compañeros alrededor del living.
De repente, alguien levantó asomó la cabeza debajo del chaleco que había tirado. Por un minuto
temí que fuera Ernesto Cienfuegos. Me había estado pisando los talones toda la noche.
-¿Quién fue el flaite que vomitó arriba mío?
Reconocí de inmediato la voz de Alvaro Santini. Se sacó el chaleco de encima y lo tiró a un lado. Si
Max Bueno era derechamente reventado y no le importaba lo que pensaran de él, en esa época
Alvaro Santini todavía se resistía a deshacerse de su aura de chico de postal Village se mira y no se
toca.
Su ego era tan grande, que pasaba la mayor parte del tiempo obsesionado con ser el amor platónico
de las mismas niñas “bien” que Max Bueno, espantaba, y que a esa hora ya habían abandonado
hace rato la fiesta.
Alvaro Santini se quedó digiriendo el panorama a su alrededor con esa cara de asco que sólo ponen
ciertos rubios de ojos azules. Luego se paró y caminó hasta la mesa donde yo estaba sentada.
-¿Estás acá todavía?
Se creía tan deseable que a veces no hacía ningún esfuerzo por usar un poco más sus neuronas.
-Ehh...creo que sí, a menos de que sea un fantasma –dije suspirando.
-Es que te había perdido de pista. ¿Qué haces ahí sentada? ¿No puedes dormir?
-No tengo dónde –dije.
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-Ven -me dijo- yo sé dónde. Lo miré. Recordé las voces de mis compañeras de curso hablando de
él en el baño del colegio. Es un quebrado. Un asomado de la punta de la cabeza a la punta del pie.
Nunca nos va pescar.
Me llevó de la mano por el pasillo. Estaba tan cansada que su idea de usar la tina de cama no me
pareció mala. El mármol helado, me dio un leve escalofrío y él me abrazó con cierto cariño.
-Nuestros amiguitos lo están pasando de lujo –se rió-. Parece que Max está enganchado.
-Rocío también está –iba a decir enamorada, pero me arrepentí-enganchada.
Nos quedamos en silencio. Alguien había dejado las llaves del lavatorio mal cerradas y goteaba
agua.
-Te busqué por toda la fiesta, pero tú no me pescabas –susurró de pronto. haciendo un gesto de
perro herido. Yo pensaba que era al revés, pero me ahorré el comentario.
-¿En serio? No me di cuenta.
-¿Por qué te haces de rogar? –me dijo.
Nos besamos. El resbaló su mano debajo de mi polera. Había algo en sus gestos que me hacía
pensar que no iba ser un agarre más. De repente Entonces paramos y nos miramos a los ojos. En
un destello de segundo, lo supe. Pude sentir los latidos de su corazón sobre el mío. Nos sonreímos.
-Hace tiempo que me gustas- me confesó entonces.
-¿De verdad? –respondí, soltando una risita. bajé la vista.
-Me gusta ese lunar que tienes en el cuello, parece una isla de chocolate.
Me dio un beso en mi isla de chocolate, un beso tan largo que pensé que mi lunar podía desaparecer.
-Me gustas mucho. Pienso en ti todas las noches. Quiero que seas mi polola...
-¿Por qué quieres que sea tu polola?
-No sé, eres distinta a las demás– me declaró pasando una y otra vez su lengua por mi lunar.
Recordé un consejo que en esa época la Fanny me repetía en bromas: “No dejes que un hombre te
bese el cuello, es peligroso”. Tanto ella como y mi papá, competían por quién me educaba mejor en
lo que ellos llamaban “el mundo de la sexualidad”. Todavía los recordaba a los dos, hablándome
por separado, durante la misma semana, de condones, anticonceptivos, pastillas del “día después”.
Era como si se hubieran puesto de acuerdo.
-Papá, por favor...córtala –le dije mientras nos tomábamos una copa de helado en el casino del
Hospital Salvador.
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-Livia, ya no eres una niña. ¡Tienes pechugas! Estoy seguro que te subes a una micro y los hombres
te quieren raptar.
Esa misma semana acompañé a la Fanny a esa librería al frente del cerro santa Lucía donde va la
gente inteligente a comprar libros inteligentes. Al igual que otros años, mi papá le había encargado
un título específico para su cumpleaños.
-Tres hijas de amigas mías están embarazadas. Es una tragedia. Dos van abortar y la otra...No usan
esto, mira-dijo de golpe buscando algo en la cartera-. Se llaman condones.
-No me los muestres acá. Qué vergüenza, Fanny.
La librería era chica y estaba llena de gente. Alguien con cara de escritor, se bajó los anteojos y nos
miró complacido. Sentí mis mejillas arder.
-No hay nada de que avergonzarse –dijo agitándolo con la mano.
-¿Ahora lo vas a abrir también? Todo el mundo nos está mirando, no lo puedo creer... ¿por qué me
tocó una mamá así? –salí corriendo en dirección al Museo de Bellas Artes.
Alvaro Santini me desabrochó los pantalones y puso su mano entre mis piernas, buscando su
objetivo.
Sus dedos empezaron a hacerme un spiderman, no tanto para darme placer, como para tantear
terreno y comprobar que todo estuviera en su lugar. De golpe Súbitamente sacó su mano de mi
vagina y la metió en el bolsillo de su pantalón.. “Lo tengo guardado, desde los 9 años”, me dijo
mostrándome un condón “Entonces está vencido”, le contesté haciendo halarte de mi paso por el
Taller de Educación Sexual. “Veamos”, dijo. Lo abrió. “Está seco”, señalé tocándolo. “Y, ¿qué
significa eso?”, preguntó él. “Que está vencido”. “¿Entonces? Si lo hacemos así no más puedes
quedar embarazada”. Recordé que yo también tenía un condón en mi billetera Hello Kitty, el mismo
que me había mostrado mi mamá en la librería a modo ilustrativo. Me levanté de la tina y me
devolví al living a buscar mi mochila.
“Este tiene sólo un año”, dije. “Y es extra lubricado”. “Tú sabes de estas cosas, Livia”. “¿De qué?”
Podríamos haber pasado el resto de la noche hablando de condones, sin ni siquiera mencionar lo
más importante: que éramos vírgenes. Yo al menos suponía que él lo era y lo dejé hacer sin
contarle que también era mi primera vez. “Me gustas mucho, siempre pienso en ti”, volvió a repetir.
“Por favor, despacio...”, murmuré. “No tengas miedo, Livia”. Luego de varios intentos, logró
penetrar mi vagina. Sentí que adentro de mí, se iban rompiendo capas, parecidas a firmes telarañas
que no parecían acabarse nunca. Un extraño ardor más que dolor –intenso pero soportable - me
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incitó a aguantar. Al final del túnel de telarañas debía asomarse un rayo de luz. Justo cuando sentí
acercarme a esa luz, él se tumbó arriba mío, gimiendo.
Cuando se salió de mí, su condón tenía la punta roja
-¿Estabas enferma? –exclamó algo sorprendido.
-No.
-¿No?
Hice un gesto de negación con la cabeza. Sentía mis mejillas tan calientes, como si estuviera
atacada por una súbita fiebre.
-Mírate las piernas –soltó una risita se rió -, tienes rush- se rió.
-No estoy enferma, ya te dije.
Al ver mi cara ensombrecerse, se dio cuenta de lo que estaba pasando.
- No sabía que eras virgen –me sonrió con una extraña mezcla de decepción y asombro.
-Obvio –dije, bajando la vista-. ¿Por qué dices eso?
-Pensé que eras más experimentada –me recriminó tirando el condón usado al canasto de la basura
Por un momento pensé en recuperar ese condón, sólo de recuerdo. O de comprobante. Mis manchas
de sangre en la tina me decían que acababa de perder la virginidad, sin embargo no me sentía
partícipe del “gran suceso”, al menos no físicamente. Imaginé que habría una segunda vez, mejor.
Que ésta, era como un ensayo general. Que algún día mi placer traspasaría las murallas igual que los
gemidos de Rocío y Max Bueno en la pieza del al lado.
-Tú también me gustas mucho –le dije besándolo en la mejilla.
-Sí, sí....-balbuceó dándose media vuelta-. Pero ahora durmamos que es tarde.
Roncaba. Miré el techo descascarado de ese baño y supe que todo era una mentira. Tuve ganas de
llorar, pero me contuve. No habría una segunda vez. Ni una tercera. Alvaro Santini jamás sería mi
pololo. Se había acostado conmigo, porque sólo podía hacerlo con alguien como yo. Ninguna de
esas niñas bien que le gustaban le darían esa oportunidad. ¿Cómo había sido tan tonta? Estaba
segura que el lunes siguiente, en el colegio, se jactaría frente a todo el mundo que le había quitado
la virginidad a Livia Spector y todos hablarían de lo “perra” que era. No quise pensar en eso.
Con la punta de mi polerón limpié la sangre de la tina y me recosté dándole la espalda a Alvaro
Santini. y Mientras sentía el frío del mármol traspasando mi piel, tomé una decisión: nunca más
ningún hombre iba a tener el derecho a besar el lunar de mi cuello. Ese círculo café iba a
permanecer para siempre virgen. Sería el único rincón de mi soberanía.
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Dejé de darle vuelta al asunto y lentamente una sensación profunda de cansancio me arrastró al
sueño.
Un par de horas más tarde, me levanté empapada y escupiendo agua de la boca.
Leo Riveros, quien compartía el departamento con El amigo del hermano de Rocío, con quien
compartía el departamento, estaba parado detrás de la cortina de baño transparente. Llevaba una
camisa blanca, con una humita desabrochada, pantalones negros y anteojos oscuros, rectangulares.
-¿Y ustedes de donde salieron? –dijo riéndose-. Rápidamente cerró la llave del agua-. Me iba a dar
una ducha, sorry.
Me sequé los ojos y lo miré a Leo. los ojos. El me sonrió a través de sus anteojos oscuros. No sé
cómo supe, que la segunda vez, la que contaba, sería con él.

Leo tenía 23 años. Casi 10 años más que yo. Tocaba batería en una banda llamada Los jaguares
de Latinoamérica, y se ganaba la vida trabajando de mozo en banqueteras de matrimonios de gente
con plata o–según él- que aparentaba tener plata. Siempre se vestía de la misma manera; camisas
abrochadas hasta el primer botón, chaqueta verde-militar con gorro –que luego supe se llamaban
fishtail parka-, anteojos negros cuadrados, y decía cosas que yo no entendía, como “en la vida hay
que solo pasarlo bien, lo demás es pura propaganda” (*). Una de las murallas de su pieza tenía
pintado un inmenso círculo azul y blanco con un punto rojo al medio (cuyo significado vine a saber
tiempo más tarde) y estaba rodeado afiches de grupos con nombres raros, que yo no conocía: The
Kinks, The Who, The Animals, The Yardbirds, The Small Faces. Su hermano mayor, Neo, había
trabajado en disquería de culto de los años 80s y se decía que había traído a Chile los primeros
discos de música inglesa. Después de su muerte (al perecer había sido atropellado por una micro
después de disjockear en una fiesta), Leo había heredado su colección musical y su costumbre de
grabar compilados en caséts. “Mi hermano fue el primer new wave de Santiago”, decía con orgullo
y con los ojos brillantes. “Pero yo no soy ni new wave, ni punk, ni rockero, soy mod”
Cuando estaba aburrido, Leo agarraba una tijera corta uñas y se recortaba la chaquilla igual que su
héroe, Jimmy Cooper, el protagonista de Quadrophenia.
No era la primera vez que me lo cruzaba. Lo había visto varias veces en la casa de Igor y siempre
me provocaba la misma cosquilla en el estómago, mezcla de atracción, respeto y miedo. Sabía por
Rocío, que me encontraba “especial-tiene unos ojos grandes y tristes y nunca sonríe”.
Después de la ducha fría que me dio sin querer, se sintió tan mal que ofreció llevarnos a la casa.
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-Gracias, pero yo tengo que esperar a Max- se excusó Alvaro Santini-. Pero me podrías prestar una
polera seca.
Apenas se cambió de ropa, se tiró arriba de Ernesto Cienfuegos quien seguía durmiendo en el living
junto a los demás y le gritó al oído “despierta guatón loser, ¿adivina a quién me agarré?”.
Cerré la puerta y baje las escaleras detrás de Leo.

-Voy a prender la calefacción para que te seques–me dijo Leo una vez adentro del auto. Tenía un
mini antiguo, de esos que son tan bajos que sientes que andas debajo de la superficie de la calle-. Si
es que funciona. Lo que no funcionaes el tocacasét, pero para eso están los pajaritos, ¿no?.
Hubo un silencio. Empecé a sentir los pies calientes.
-¿Estuvo buena la fiesta?
Aceleramos por la Costanera hacia arriba.
-Mm- levanté los hombros.
-¿Qué significa “mmm”?
De pronto me hablaba como si fuera mi papá.
-Mejor cuéntame algo de tu fiesta –murmuré.
-La fiesta era de ellos, yo estaba tras bambalinas, atendiendo una manada de arribistas que creen
que comer mousse au chocolat los hace finos. Los muy cabrones ni siquiera vivían en La Dehesa,
arrendaron una casa amueblada para meterle el dedo a todos sus putos invitados. Este país está
enfermo del chape. Apenas junte plata me voy.
-¿A dónde?
-A Inglaterra. Londres. Mi hermano fue una vez, hace años. Yo era chico, pero tengo fotos. Volvió
con un look alucinante. En la farmacia lo miraban como si se hubiera arrancado del circo. Vieras las
fotos...Ahora todos se visten así y se juran cool, pero era en esa época era de verdad. Todo lo que
hicieras implicaba una actitud ante la vida –lo escuché hipnotizada -. No sé, quiero ver con mis
ojos lo que él vio. Entrar a las mismas tiendas de música que él conoció. Las de la calle Berwick.
Las anoté. tengo anotadas en el codo. Además acá nunca voy a vivir de la mi banda. Tienes que
ser dj de bares cuicos para ganar plata. Creemos ser un país y la verdad es que somos apenas un
paisaje (*) Quizás en todas partes es la misma mierda, pero por lo menos quiero averiguarlo con mis
propios ojos...¡Estoy harto que mi jefe nos regale jales para trabajar y crea que es eso es
vanguardista! Anoche le tiré la coca por las narices y le dije que a mí no me compraba tan fácil, que
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prefería que me subiera el sueldo, después me tomé un éxtasis y serví postres sintiendo mi
cabeza de algodón, lo único que quería era llegar a mi casa, ducharme, hacerme un porro y
acostarme en mi cama y escuchar música.
-Y te encontraste conmigo en la tina.
-Claro...-hubo otro silencio-. Ahora estoy desvelado. Si funcionara mi tocasét podríamos escuchar
algo lindo-dijo abriendo la guantera. Distinguí cientos de casét grabados. Nunca había visto ni
siquiera un casét- pero las cosas nunca son perfectas...se come la cinta...Y tú, ¿estás bien? –me dijo
ofreciéndome un cigarro.
Di una piteada. Tosí.
-¿Qué cigarros son?
-Apolo, tabaco nacional. Baratos, pero con cierta clase. No se encuentran en todas partes. Si no
tienes dinero, compra Apolo y apoya la industria chilena –me cerró el ojo.
La calle estaba vacía. Manejaba despacio, tal vez quizás excesivamente despacio. De repente Un
auto pasó a toda velocidad tocándole la bocina.
-¿Cuál es su problema? Vamos a Nuñoa no a la oficina–murmuró echando humo por las narices.
-Hey –me atreví de pronto a preguntarle -¿Tú no estás apurado, verdad?
-¿Apurado? Para nada, ¿por qué lolita?
Me gustó cómo me dijo: lolita.
Le expliqué la situación sin rodeos: le había dicho a mi mamá que iba a dormir donde Rocío y si
llegaba a las 8 de la mañana no me iba a creer. Además mi padrastro tenía un oído biónico.
(*La cita pertenece a Nicanor Parra)
-Sé dónde podemos hacer hora, no te preocupes.
Abrazó el manubrio y dobló en dirección a un cerro que sólo había visto de lejos. Cerro San Luis,
me dijo que se llamaba, un oasis de casas modernas y algo estrambóticas y calles recién barridas.
Nos estacionamos en un mirador donde había una torre de agua.
-¿Te quieres subir? –me preguntó entusiasmado-. Yo lo hacía cuando tenía 15 años.
El amanecer había sido muy largo. Hacía rato que veía el sol salir, pero no se decidía nunca.
-Estoy cansada –le confesé.
-Yo también –dijo Leo echando el asiento para atrás-. Mi pieza debe estar convertida en un
campamento. Nada que hacer. Bonita tu polera rayada.
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Me fijé que tenía mi polera Patricia Franchini puesta al revés. Me la había regalado mi papá para
mi cumpleaños y rara vez me la sacaba.
-¿Puedo poner la radio? –dije tratando de esconder la etiqueta.
- Bueno. Veamos que nos depara el amanecer. Si hay algo feo, la cortamos, si hay algo lindo, lo
escuchamos.
Antes que pudiera agregar cualquier cosa, empezó a sonar. “Her hair is Harlowe gold, Her lips
sweet surprise. Her hands are never cold, She's got Bette Davis eyes”.
-¡Kim Carnes! –exclamó Leo-....El Neo tenía este disco. Todo el mundo cree que mi hermano se
trajo puras joyitas new wave de Londres. Pero le encantaba esta mina pop de Nueva York.
Empezó a tararear: “She'll turn her music on you,. You won't have to think twice. She's pure as New
York snow, She got Bette Davis eyes”.
- ¿Tienes frío? –se interrumpió de repente.
-Un poco.
Me pasó su chaqueta verde de pescador. Me tapé con ella hasta debajo de las narices.
-¿Bailaron lento en la fiesta? –me dijo encendiendo otro Apolo
-Ya no se bailan lentos.
-Una pena...Una fiesta del colegio sin lento es como un hotdog sin palta. ¿Tienes pololo, Livia?
-No sé.
-¿No sabes? –me miró detrás de sus anteojos oscuros.
-Ya no se pololea –dije.
Sentí que la garganta se me secaba. Tosí nerviosamente. Tuve ganas de llorar, pero traté de
controlarme. El pareció no percatarse de mi revuelo y apoyó la cabeza en el respaldo de su asiento,
dejando la calefacción corriendo junto a la música. “And she'll tease you, She'll unease you. All the
better just to please you. She's precocious, and she knows just. What it takes to make a pro blush.
All the boys think she's a spy, She's got Bette Davis eyes...”
Sentí que su mano me daba unos golpecitos en el hombro.
-¿Qué pasa? –me di vueltas hacia él.
-¿Te han dicho que tienes los ojos de Bette Davis?
-No......
-Entonces no te han mirado bien.
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Cuando desperté, por un momento pensé que todavía estaba en esa tina fría con Alvaro Santini. Al
reconocer los vidrios empañados del mini, sentí cierto alivio. Me di cuenta que tenía la cabeza
apoyada sobre unas rodillas tan grandes como mis manos. Alguien me hacía cariño en el pelo y me
decía: “Despierta lolita. Te voy a llevar a tu casa”.

El fin de semana siguiente, la Fanny irrumpió en mi pieza, dando saltitos mientras me decía con un
tonito mordaz “Te llama un hombre o alguien con voz de hombre”.
Después de ese llamado ya nada me importaba. Ni que Ernesto Cienfuegos le echara ketchup al
asiento de mi banco cada vez que me paraba, ni que Alvaro Santini le hubiera contado a todos que
yo iba preparada a perder la virginidad en la fiesta de 15 de Rocío porque tenía un condón en la
mochila. mi billetera Hello Kitty. Leo me esperaba a la salida del colegio apoyado en su mini
destartalado y yo corría a abrazarlo, dejando mis compañeras chismeando a lo lejos. Todo lo que
pudieran pensar de mí, me daba igual. Yo me había enamorado. Una vez que Al entraba entrar a
ese mini, y apoyaba mi cabeza en las rodillas de Leo, y todos mis miedos desaparecían.
Estuvimos cuatro meses juntos. Cumplí 15 años. Los primeros dos meses no quise tener sexo con él.
Los últimos dos no podía parar de tenerlo. Un día, mientras mirábamos por enésima vez el final de
Quadrophenia, en el que Jimmy Cooper tiraba su vespa al acantilado, Leo abrió el velador y me
mostró un pasaje de avión a Londres.
Me tapé la cara con la almohada.
-Te llevaría conmigo, pero eres una lolita todavía.
-En tres años más voy a tener 18 años.
-En tres años más te vengo a buscar.
-¿Lo prometes?
-Cierra los ojos.
Sentí una cosquilla en la pierna
-¿Qué estás haciendo? -traté de adivinar el trazo del lápiz sobre mi piel.
-Paciencia. Todavía no está listo.
-Me haces cosquilla.
-Ahora sí.
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Abrí los ojos. Me había dibujado un corazón. No era cualquier corazón. Era un corazón hecho de un
solo trazo, que se iba rellenando en múltiples corazones cada vez más chicos, igual que un espiral
sin comienzo ni fin. A un lado había escrito “el corazón infinito”.

No me bañé en tres días.


No comí en tres semanas.
No salí de mi pieza en tres meses.
Me corté el pelo a tijeretazos, corto, igual que Patricia Franchini.
Fue la única vez que lloré por amor. Era un llanto que no se acababa nunca, un llanto sin remedio. A
veces tomaba una cámara polaroid, que era de mi papá, y le sacaba fotos a mi pieza mientras
lloraba. Quería ver si las cosas salían tal como yo las veía; borrosas.
-Ya no me escribe.
-No lo persigas más –me dijo Rocío.
-¿Pero por qué no me dice nada? Es como si se estuviera arrancando de mí. Me hace sentir una
estúpida.
-De todas maneras era muy grande para ti –me consoló mi amiga.
-¡No hables como mi mamá!
-Pero si es cierto. Yo te lo advertí...
-Quizás está confundido y necesita que le de tiempo para pensar.
-Todos los hombres son iguales, cuando si te dicen que están confundidos es porque tienen a otra,
cuando si no te contestan los e-mail o los llamados es porque no se atreven a mandarte a la cresta.
Son muy cobardes, Livia.
-¿Pero tú cómo sabes todas estas cosas?
-Por mi mamá y mis tías. He escuchado mil veces las mismas historias.
-Entonces quizás Leo tiene otra polola. Alguien de 20 y algo, con caderas y pechugas
-Ni lo averigües, olvídalo. No hay que humillarse. Ya viste lo que me pasó a mí con Max Bueno.
Por espiarlo, lo pillé tres veces distintas con tres vírgenes del colegio. Esas pindys cayeron redondo.
-Pero él me quería. Me dibujó un corazón infinito.
Leo no sólo me había salvado de mi primera desilusión amorosa. Me había amado como nadie lo
había hecho antes. A su lado, el amor era una tierra firme donde podía descansar de todas las
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cosas inestables de mi vida. mostrado que el amor podía ser un escondite del mundo, Como un
escondite del cual sabes que nadie te va expulsar, menos aún la persona que amas. ¿Cuál era el
sentido de dar para quitar? ¿De dibujarme un corazón infinito cuando hubiera bastado con un simple
corazón?
-Para Livia, olvídate de ese corazón. Un día vamos a tener el control sobre ellos. ¿Y sabes por qué?
Porque nosotras ya sabemos cómo son ellos, ellos en cambio no saben lo que podemos llegar a ser
nosotras. ¿Entiendes lo que te quiero decir?
-Me da miedo enamorarme de nuevo -susurré.
-No hay para qué enamorarse–me dijo Rocío-. Prohibido enamorarse. Esa será nuestra regla de oro-.
Pero para eso hay que dejar de ser una cabra chica. Tenemos que convertirnos en unas verdaderas
perras.
-¿Y cómo dejas de ser una cabra chica?
-Deberíamos empezar por acortarle la basta a nuestro uniforme.

Eso fue lo primero que hicimos. Luego nos depilamos ese triangulito que teníamos entre las piernas
hasta convertirlo en una línea fina. Descubrimos con nuestros propios dedos que además de una
vagina existía algo llamado clítoris -un botoncito digital del cual nadie nos había hablado. Nos
cansamos de ganarnos nuevos amigos con ventaja que se quedaban con todas las ventajas; de sus
toqueteos, corridas de mano, y jueguitos orales unilaterales, y decidimos que si íbamos a tener sexo,
era mejor tenerlo de verdad.
Total ya no éramos vírgenes y no teníamos por qué volver a serlo.
Algunas compañeras de colegio nos bautizaron Las Doverman. A nosotras nos daba igual. Cuando
las veíamos enjuagándose la boca en el baño de alguna las fiestas, discutiendo si el semen de tal o
cual era dulce o salado, tarareando canciones de Britney Spears, y complaciéndose de que sus
incursiones sexuales no dejaban huellas en sus cuerpos, y sólo podíamos sentir repulsión hacia su
torcida forma de amar. Como si borrada la prueba del pecado, no hubiera pecado, como si
chupárselo a una treintena de hombres las mantuviera más vírgenes que acostarse con uno solo.
Mientras tanto, ellos se nos empezaron a acercar como si seguros que con nosotras no se fueran
iban a equivocar.
Rápidamente nos acostumbramos a despertar con extraños cuyos teléfonos botábamos a la basura;
arriba, abajo, de lado, por atrás, todas las posiciones parecían inagotables; punkis, cuicos, vírgenes,
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pichangueros, universitarios, emo, todos terminaban haciendo con nosotras lo que no se permitían
hacer con otras. Pero nosotras teníamos nuestras reglas. Quienes eyaculaban después que
hubiéramos alcanzado el orgasmo se ganaban un “vale otro”; quienes se iban cortados antes de
tiempo, veían rápidamente sus mail y teléfonos borrados de nuestras agendas; quienes nos
declaraban su amor eran puestos en cuarentena. A algunos incluso les dijimos“te amo”. Pero sólo
para recordar cómo sonaban esas palabras.

De golpe todo parecía haberse consumido a los 17.


Y ya podíamos arrepentirnos de varias cosas.
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-Clínica Renacer, buenos días.


-¿Podría hablar con Rocío Lemus, por favor?
-¿Es personal médico o paciente?
-Paciente.
-Me espera un momento. ¿De parte de quien?
-De su mejor amiga, Livia.
Escucho una musiquita parecida a un Quilapayún orquestado.
-Lo sentimos, pero la señorita Lemus está en tratamiento y no puede comunicarse con nadie.
Conozco esa respuesta de memoria. Cada vez que llamo, aparece la misma voz robótica al otro lado
de la línea, una voz de mujer con un tonito falsamente amable que no hace otra cosa que decirme
“cuelgue ahora!, cuelgue ya!”, igual que esos avisos de tele-venta por cable.
El mundo está lleno de mensajes subliminales. Ni siquiera cuando si te dicen “lo sentimos”, de
verdad lo sienten.
Sé perfectamente que Rocío “no puede comunicarse con nadie” y menos con sus amigos (y en
particular conmigo), pero a veces tengo la esperanza que me toque una enfermera despistada y pulse
la tecla de su habitación por error. Es una técnica que me enseñó mi papá cuando lo llamaba al
hospital y se negaban a pasármelo (“hay una que siempre termina cediendo. Paciencia”, me decía).
Si el teléfono de mi casa no estuviera cortado seguiría insistiendo hasta dar con ese golpe de suerte,
pero ya me gasté todas las monedas de 100 pesos que tenía.
-Mierda-digo golpeando azotando el auricular en contra de la muralla.
Gretel se pone a reír detrás del muestrario de bebidas y pasteles y me desespero aún más.
-No es divertido, te juro que no es divertido –le digo y ella se seca la baba que le cuelga de la boca,
intentado volver en sí.
Gretel atiende el cyber café de la esquina de mi casa durante el verano y sufre de síndrome de
down. Puede que ya haya cumplido 18 años, pero su cara y sus movimientos se quedaron
congelados en los 13 años. Su mente en cambio, no tiene edad. A veces habla con la sabiduría de
una mujer de 70 años, otras con la ingenuidad de una niñita que acaba de aprenderse los colores de
memoria. A veces, parece que otro espíritu hablara por ella.
-¿Estás triste? –me dice, moviendo la cabeza de un lado a otro.
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-Y enojada.
-¿Por qué? –apoya ambos codos en el mesón de vidrio.
-Porque todo está mal. Todo.
-¿Por qué dices que todo está mal?
No sé en qué momento todo empezó a estar mal. Pero desde entonces las cosas sólo han empeorado.
-Olvídalo –le digo.
-¿Quieres navegar?
Poner un pie en Umbral es como entrar a la dimensión desconocida y hay que hacerse el ánimo para
hacerlo. Afuera todavía conserva el antiguo letrero de la botillería que había en su lugar, sólo que le
sacaron el neón de “botillería” y dejaron “Umbral”. La mamá de Gretel, la señora Rebeca, lo quería
bautizar “El Reino”, pero finalmente optó por dejar dejó su antiguo nombre para que la gente
nunca olvidara que el alcohol era el principal enemigo del mundo y que el pecado podía redimirse.
Según ella, al ver el letrero todos lose seres humanos recordarían que vivimos en un umbral entre el
bien y el mal. “Esa mujer no entiende nada”, me dijo una vez un día mi papá. “el dueño de la
botillería era un admirador Juan Emar. Por eso le colocó así”.
Aparte de tener tres viejos computadores, el cyber café no tiene nada de cyber.
Por dentro parece uno de esos puestos donde van a comer los camioneros en la carretera del norte.
Hay varias mesas de madera con manteles plásticos de florcitas y todos los días sirven un único
menú de almuerzo, en general, puré con prietas, porotos granados, o tallarines con carne mechada.
En el muestrario desde el cual me habla Gretel, hay tortas, chocolates, y vasos de jugo en sobre, a
100 pesos cada uno. Gretel adorna las tortas enterrándole barbies en vez lugar de velas, y el
merengue que chorrea a los lados parece cualquier cosa menos huevo batido. Hay un par de barbies
mías que yo le regalé años atrás, cuando quería deshacerme de los vestigios de la pubertad mi
infancia.“Tus muñecas están esquiando”, me guiñe el ojo Gretel.
Las paredes están cubiertas de distintas fotos de celebridades; James Dean, Carlos Gardel, Elvis,
Lucho Gatica, y un afiche de Jesús, enmarcado con lucecitas navideñas que se prenden y apagan.
-No me sirve de nada navegar –murmuro. Una vez intenté enviarle un e-mail a Rocío, pero
clausuraron su casillero electrónico.-Además, no tengo más plata.
-Mi mamá me dice que todos tienen que pagar. Todos toditos, moros y cristianos, hombres y
mujeres, jóvenes y ancianos, gordos y flacos, pecadores y no pecadores.
La señora Rebeca es evangélica y le mete muchas cosas en la cabeza a su hija.
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-¿Nunca le desobedeces a tu mamá, Gretel?


-No, porque es mi mamá.
-Ojalá bastara ser madre para no equivocarse nunca –pienso en voz alta.
-¿Qué dijiste? –grita ella, recogiendo su pelo liso y rubio en un moño.
-Nada –me quedo mirando la sombra del cable del teléfono en la muralla-. Te ves linda con el pelo
así.
Gretel me sonríe con sus dientes chuecos y empieza a mover su moño de un lado a otro.
-¿Y dónde está el ángel Daniel? –me pregunta quisquillosa.
Gretel cree que Dangil es un ángel y fue enviado a mi casa para protegerme. “Si un ángel golpea a
tu puerta, tienes que abrírsela. Es parte del Programa Divino”, me dijo una vez. “No te olvides, él
es el ángel al servicio de Netzah, ¿y sabes lo que significa eso en hebreo? Belleza”. “Dangel –así le
dice a veces- es el ángel más lindo del cielo, tienes suerte que haya llegado a vivir con ustedes”.
Luego tomó la Biblia y empezó a leer “El ángel Daniel es el ángel del consuelo para todos los
males, del perdón de todos los pecados, del rejuvenecimiento y recuperación de la gracia y de la
belleza, inspiración para que los indecisos puedan determinarse y protección contra la tentación de
vivir por medios ilícitos. Su programa en la Tierra era ser consuelo para quienes experimentaban la
adversidad”. Por eso Gretel le regaló esa pintura de Dangil a la señora Rosita, para que sus ojos se
curaran. Me cuenta que ahora está pintando otra cosa, algo que no es una pintura, algo mucho más
bonito, y que cuando lo tenga listo se lo va regalar a Dangil. La gente que lo vea va quedar tocada
por su gracia para siempre.
-Fíame un jugo y vamos a ver al ángel Daniel, ¿quieres?–le propongo mirando la hilera de vasos
llenos hasta el tope de jugos de distintos colores que van desde el amarillo al rojo. Parecen acuarelas
diluidas. Cuando Uno le pregunta a Gretel qué sabor tienen y ella los repite de corrido: piña,
pomelo, mango, naranja, frutilla, frambuesa sandía. No me importa que no tengan una gota de pulpa
de fruta y lleven meses ahí, ya servidos. Tengo mucha sed.
-No puedo regalártelo–murmura Gretel.
-Te lo ruego. No le decimos nada a tu mamá.
-Mi mamá te quiere mucho Livia. Y perdona tus pecados. Robar es pecado.
La señora Rebeca quiere a todo el mundo, pero no le fía a nadie. Si no está en el barrio repartiendo
panfletos sobre Jesús, pasa la tarde entera encerrada en ese sucucho haciendo bombones de
chocolate mientras te habla de todas las penurias que ha pasado en su vida. Me las sé de memoria:
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su marido la abandonó apenas supo que su hija era retardada; luego partió sola con Gretel a
Arizona, en Estados Unidos, y donde trabajó de bailarina de cabaret; en Arizona conoció un gringo
con mucho dinero que la salvó de la tentación y le pagó una operación al cerebro a la pequeña
Gretel para que cuando creciera no desarrollara su deseo sexual; volvió a Chile siete años atrás y
con la plata reunida en Arizona, instaló el negocio del cyber café, un “salón de encuentro y de
recreación conectado al cielo”.
-Mi mamá quiere a todos los seres humanos, porque Jesús está en todos nosotros, aunque seamos
pecadores- repite Gretel-. Ella es la madre de todos nosotros.
El sentido maternal de la señora Rebeca es tan extremo que trata a sus clientes como si fueran sus
hijos, obligándolos a comerse todo el plato o a contarles sus problemas. Ella dice que su local
desborda clientela ansiosa por ganarse un lugar en el Reino; desde los paquistaníes que salen de la
Mezquita, grupos de estudiantes universitarios, italianos del hogar de ancianos, a ciertas
“eminencias ilustres” de la municipalidad. Cada vez que yo paso, está vacío.
Años atrás, La Fanny venía para acá a comprar bombones de chocolates, hasta que un día se
enfermó del estómago y pasó tres días vomitando. Según ella, desde que la Señora Rebeca la había
sorprendido tomando en el bar de al lado, la quería envenenar.
-¿Y dónde está Dangel? –repite Gretel coqueta.
Estoy segura que esa horrible operación que le hicieron en el cerebro no tuvo efecto.
-Hoy día se va de vacaciones, a la playa –le miento.
-Ah...vamos a la playa oh oh oh –empieza a tararear.
-Te apuesto que a él sí le regalarías un vaso de jugo.
Su risa es tan histriónica que parece que estuviera a punto de tener unos espasmos.
-¿Quiere tomar juguito natural el ángel Daniel? -asiento-. A los ángeles no podemos rechazarle nada
¿sabías? Si no ellos se van al Reino y nos dejan solos.
-Entonces regálale un jugo.... ¿o quieres que se muera deshidrato por culpa de la sequía?
-Bueno, pero no se lo digas a mi mamá –Gretel baja la voz y estira la mano al interior del
muestrario, sacando un vaso de color naranja-. Este es de mango, está fresquito. Recién cosechado-
me fijo en los bordes llenos de polvo artificial pegado-. Después me devuelves el vaso porque es de
vidrio.
-No te preocupes. Es un secreto entre tú y yo.
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No tardo ni medio segundo en darme cuenta que la señora Rebeca está a punto de entrar al local. Su
colonia barata a flores secas se huele a metros de distancia. Su presencia está sobrecargada de ella
misma. Rápidamente dejo el jugo en el muestrario y retrocedo unos pasos.
-¿Por el amor de Jesús, qué hace este teléfono descolgado? –despotrica la mujer con voz aguda.
Cuelga el auricular en su lugar, sacudiendo la cabeza en un gesto de desaprobación, y cuando nos
cruzamos, al cruzarnos, me toma del brazo y me pregunta “cómo estoy”. Sus ojos inquisidores me
dan un escalofrío en la nuca. “Bien”, le digo. “ ¿Y tu mamá? No se la ve hace tiempo” “Bien, en la
casa, descansando”, le miento y atravieso la calle vacía, corriendo.

Cuando llego a Campoamor estoy entera transpirada. De pronto En un destello de segundo diviso
un jeep Vitara pasar lentamente al frente de mi casa. Me detengo unos segundos, sintiendo que mi
garganta se me seca de sólo pensar que puede ser el auto de Toño Herrera. El jeep dobla y
desaparece.
Entro a mi casa algo aturdida. Subo a mi pieza. En el marco de la puerta encuentro una botella de
Mc Cola, la nueva Coca-cola nacional. Está helada. Busco a Dangil por toda la casa. Salgo al
patio a buscar a Dangil. Levanto la vista hacia el techo. Dangil Está caminando de un lado a otro,
con una ramita de árbol en la mano.
-¿Qué haces?
-Estoy viendo si algún pájaro se para en esta rama-me dice.
-¿Ahora cazas pájaros, además de polillas?
-Me gustaría tener uno de mascota –Me quedo mirando los hoyitos que se le hacen en los pómulos
al sonreír, justo debajo de los ojos.
Cuando Le pregunto dónde sacó la bebida y me cuenta que fue al departamento de su papá a ver si
encontraba algo de plata y logró juntar un puñado de monedas de diez pesos que sólo le alcanzaron
para comprar una Mc Cola.
-No creo que sea más mala que los jugos del Umbral–me dice balanceándose sobre sus pies-. La
puse a helar dos horas.
Pienso en las palabras de Gretel sobre el ángel Daniel y me sorprendo sonriendo.
-¿Quieres la mitad?
-No, es para ti.
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Paso toda la tarde tendida en mi colchón, dándoles pequeños sorbos a mi Mc cola que después de
todo no es tan mala, mientras hojeo la revista donde aparece Rocío. Nada de lo que leo me parece
real, salvo una carta que dice: “Tengo 14 años, pero me veo mayor. Conocí alguien de 20 años que
me gusta mucho y, al parecer, yo también a él. Desde que mi papá se enteró de que me junto con él
en el barrio, me prohíbe verlo...En el barrio todos me miran...Por favor, díganme qué hacer”.
‘”Querida Magdalena”, imagino que le respondo, “Cuando yo tenía 14 años, yo también anduve con
alguien mucho mayor que yo. Fue mi primer amor. A diferencia de tu caso, mi mamá y mi papá
estaban contentos con mi pololeo porque pensaban que alguien con más experiencia por lo menos
no me iba a embarazar a la primera eyaculación precoz y cosas por el estilo. De lo que nunca me
hablaron fue que podía enfermarme de amor. Pero supongo que si lo hubieran hecho, tampoco les
habría hecho mucho caso. Esas cosas se aprenden solo, y basta escuchar una canción de Shogun
que dice “Te encontré, te perdí y ahora no me importa” para saber de qué se trata todo esto.
Olvídate de los pelambres. No te fijes en los demás. Sigue tu corazón hasta que tu corazón te diga
cuando parar y recuerda: siempre hay maneras de esconderse. Suerte”.
Justo cuando estoy a punto de dejar a un lado la revista, me pongo a revisar un cuestionario llamado
“ ¿Tienes 17? Conócete a ti misma”. Las voy respondiendo una a una, un poco por inercia, un poco
por placer culpable.
1-Tres cosas sin las cuales no puedes vivir y por qué.
Mi tarro de Nescafé porque me relaja, mi libro de las Iluminaciones porque me ilumina, y mi polera
rayada blanco con negro porque me protege del mundo.
2-Si pudieras estar en cualquier lugar en este momento dónde estarías.
En el desierto de Sonora.
3-Lo último que pensaste anoche antes de dormirte.
A quién le puedo vender un rollo de fotos muy valioso que tengo.
4-Cuál es la mentira más grande que has contado de ti.
Que este año decidí no dar la PSU para tomarme un año sabático.
5-Cuándo fue la última vez que lloraste y por qué.
En un cajero automático, de pura rabia, cuando me di cuenta que mi mamá había olvidado la fecha
de mi cumpleaños.
6-Cuál es el recuerdo más lindo que tienes del colegio.
El último día de colegio.
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7-Qué disco te daría mucha pena perder.


Demonio de Shogun. Ya lo perdí una vez, cuando Me lo robaron junto a mi walkman en el
camarín del colegio. El walkman lo podía comprar en cualquier tienda, pero el disco no estaba en
las disquerías. Un día tuve la suerte de encontrarme por casualidad con Cristián Heyne en un
almacén de Nuñoa. Se estaba comprando una Coca-cola light. Lo reconocí altiro porque siempre se
viste de negro y tiene rulos. “Hola tú eres el de Shogun”, le dije, mientras recibía su vuelto. El
levantó la vista y me sonrió. “Eso dicen”. “Sabes, se me perdió Demonio. ¿Qué hago?”. “ ¿Tienes
algún programa para bajar música?”, me dijo él. “Es que me gustaba la carátula del disco toda
blanca”. Se quedó unos segundos mirando el techo del almacén. “Hoy día es tu día de suerte, toma”,
me dijo entonces sacando una copia del disco de su bolso. Me quedé parada, boquiabierta,
recibiendo ese tesoro entre mis manos. “¿Cuándo van a tocar?”, reaccioné siguiéndolo a la calle. “
¡Ah! Eso nunca se sabe”, me dijo, soltando una risita muy amable. “Ni siquiera sé si mañana voy a
querer estar vivo”. Luego paró un taxi y desapareció.
8-Celebridad a la que más me parezco.
Me han dicho que tengo los ojos de Bette Davis.
9- El regalo más lindo que te haya hecho tu pololo.
Alguien me dejó, no sé si a propósito, el nervio de su diente.
10- La persona en la que más confías en este mundo.
Dangil Toro, mi medio hermano.

Recorto la foto de Rocío y la pego en la muralla vacía, al lado del afiche de Patricia Franchini.
-Acá, vas a estar mejor-le digo mientras la corcheteo por las cuatro orillas.
La foto se la sacaron en ese parque de diversiones acuático o como quiera que se llame, que está a
un costado de la carretera, camino al norte. Cuando veraneábamos en Tongoy y pasábamos por ahí
en auto, siempre le decía a mis papás que nos bajáramos a darnos un chapuzón. “No creo que ni
siquiera haya una boletería”, me respondía se reía mi papá, soltando una risita. Dicen que Chile
está plagado de construcciones de lavado de dinero, pero ese lugar lleno de resbalines de agua y
piscinas, brillando en la mitad del valle central igual que un oasis en el desierto, parecía más una
ilusión óptica salida del inconsciente de los automovilistas acalorados que otra cosa. A veces, me
preguntaba si realmente existía.
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-Claro, que existe, Livia. Es un infierno –me dijo Rocío al volver de su sesión fotográfica.
La habían llevado hasta ahí en una van sin aire acondicionado junto a las otras 10 seleccionadas
para el Especial de Verano del mes de febrero. Mientras El fotógrafo las iba llamando una por una,
y durante la espera la productora de la revista –una cuarentona que mascaba chicle y decía
“fenomenal” cada dos palabras- no las había dejado bañarse en ninguna de las piscinas porque no
podían salir mojadas en las fotos. “Con este sol, en dos minutos estoy seca”, le alegó Rocío. No,
tampoco podían tomar sol porque corrían el riesgo de insolarse. Las pobres se vieron obligadas a
pasar largas horas de espera en medio de esa caldera, bajo la sombra del único quitasol, comiendo
hot-dogs sin palta y bebidas Fanta tibias, su auspiciador. Rocío, que nunca sale de su casa
desprevenida y le importa un bledo lo que le digan, se las arregló para fumarse un pito a escondidas.
-¿Te hiciste alguna amiga por lo menos? –le pregunté por teléfono.
-Tú eres mi única amiga, Livia.
Miro la foto. Rocío está sentada al borde de una piscina de olas artificiales, tiene los tobillos
hundidos en el agua calipso, los hombros levemente arqueados hacia delante, las manos escondidas
debajo de los muslos. Lleva puesto un bikini rosado color crema que se confunde con el color de
su piel y parece evaporarse tras el calor.
Hay algo que me perturba en esa imagen evaporada y no sé bien lo que es. Quizás es la piscina de
olas artificiales, o la sombra de los cerros a lo lejos. Mientras Es raro, pero más la miro y más
siento que hay una quietud aterradora ahí adentro. Los ojos de Rocío también parecen quietos y
aterrados, como si de golpe hubiera adivinado que con esa foto estaba a punto de hacerse noche en
la mitad del día.
Dicen que ciertas fotos roban el alma. Cuando Rocío volvió A la vuelta de esa sesión fotográfica,
Rocío transmitía con un extraño convencimiento de causa, sobre cosas que antes sólo se tomaba en
broma: que si la seleccionaban para la portada de la revista, no iba estar obligada a dar la PSU ni a
trabajar en el verano, que la universidad estaba obsoleta, que nuestros padres eran unos intelectuales
retrógrados y no había nada malo en el hecho de querer ser rico o famoso, que si eras inteligente
podías empezar desde abajo y terminar muy arriba.
Me asustaba escucharla. “Mi vida va cambiar, vas a ver”.
Su vida cambió, pero no por eso.
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Acaricio la foto con la yema del dedo, pensando que en este mismo instante Rocío está encerrada en
una cabaña del sur, donde la deben obligar a tejer chalecos con paisajes andinos o cultivar tomates
para que se sienta mejor, cuando su mejor remedio sería hablar conmigo.
“Nos alegramos que la señorita Lemus está en tratamiento y no puede comunicarse con nadie y
menos con usted. Si vuelve a llamar, vamos a...”
No importa. A veces, no es necesario abrir la boca para comunicarse con las personas. De hecho,
nuestras mejores conversaciones con Rocío, la hemos tenido telepáticamente, mirándonos de reojo
en la mitad de una clase, trotando alrededor de la manzana, mientras la profesora de gimnasia nos
persigue con su pito segura de que nos vamos a arrancar, o bailando en una fiesta. En esos
momentos, he entendido que ciertas cosas no hay que nombrarlas para que existan. Al contrario,
existen porque uno no las nombra. Están ahí, como un tesoro no desenterrado. Un tesoro que al
abrirlo desaparecería.
Por más que cientos de enfermeras me cuelguen el teléfono, por más que la undécima región se
encuentre en el trasero del mundo, por más que hayan bloqueado su e-mail, borrado mi nombre de
su agenda, y botado a la basura todos los discos que escuchábamos juntas, es ese tesoro, lo que no
pueden destruir. Sólo yo y ella sabemos dónde se encuentra.
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Es primavera, tenemos 14 años y todavía somos vírgenes. Las falditas de nuestros uniformes nos
llegan tres dedos arriba de la rodilla, y todavía no nos atrevemos a subirlos otros tres.
Cerramos con pestillo la pieza para que Dangil y sus amigos no entren, y nos sacamos la ropa
hasta quedarnos en sostenes y calzones.
Nos recostamos una al lado de la otra, sobre el parquet de mi pieza, entre medio de mis barbies,
peluches y libros. Paloma tiene la cabeza apoyada en el vientre de Carla –que en ese entonces
todavía era amiga nuestra-, y Carla en el mío, mientras Rocío se tiende de guata, el mentón
incrustado entre mis rodillas. Al medio de nuestro círculo, se encuentra Matilde, la hermana menor
de Rocío, abrazada a su prima Josefina. Las dos van dos cursos más abajo que nosotras y tienen
12 años.
-¿Qué hacemos todas en pelota? No entiendo –cuando Carla sonríe se ve más niña de lo que es.
Lleva frenillos y todavía se hace trenzas. Sus sostenes blancos parecen dibujados sobre sus
pechugas planas. Me doy cuenta que el elástico de los calzones le aprieta demasiado los muslos.
-Disfrutar de la primavera –la mira de reojo Paloma. Es la única que no usa sostenes. En su lugar
lleva puesta una camiseta blanca, sin mangas-. Este invierno estuvo muy mamón.
-Deberíamos tomar un poco de sol. Estoy tan blanca-se queja Rocío.
-Qué bacanes tus calzones y sostenes, Rocío–exclama Josefina, amarrándose su pelo crespo y
pelirrojo en un moño-, ¿de dónde los sacaste?
La ropa interior de Rocío es siempre diferente. Lleva puestos unos calzones rosados, de una tela
casi transparente, con un pequeño corazón peludo celeste al medio. Los sostenes también son
rosados, y en la parte de los pezones, dicen en letra cursiva “Love me”.
-De la picada de Doña Ita, en Irarrazábal, si quieren vamos más tarde.
-Se supone que nos invitaron a fumar un cigarro ¿o no? –se queja Matilde, mientras se ajusta
ajustándose los tirantes de sus sostenes de florcitas lilas. A diferencia de Rocío es morena, tiene
los labios gruesos y ojos castaños. Algunos opinan que va ser más linda que Rocío. Sea como sea,
las hermanas Lemus empiezan a ser un tópico en mi colegio.
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Estiro la mano hasta debajo de mi cama y saco uno de los cigarros Dunhill que Dangil mi nuevo
hermanastro le roba a su papá.
-¿Quién tiene fósforos?-digo colocándome el cigarro en la boca. Mi ropa interior es negra. La
Fanny me la regaló para que la usara los días en que estaba con mi período, así los calzones no me
quedaban manchados.
Rocío me tira una caja de fósforos Andes y le pone play a mi mini-componente. Suena“True
Faith” de New Order. Llevamos meses escuchando la misma canción. Igor se la grabó de un disco
que pertenecía al hermano mayor de Leo. I feel so extraordinary/Something’s got a hold on me/I
get this feeeling i’m in motion/A sudden sense of liberty .
El humo empieza a subir hasta el techo.
-No aspiren muy fuerte, pueden vomitar–le advierto a Matilde mientras siento algo en la pierna
izquierda. Levanto la cabeza levemente. Rocío está pasando la lengua por mi rodilla.
-Tu piel es salada –dice, riéndose.
-Para, que me da cosquilla-le respondo sacudiendo levemente mi pierna.
De la ventana nos llega un vago aroma a flores –no sé cuales- que han salido en el jardín del patio.
Matilde saca un frasquito con un brillo labial de mandarina.
Lo vamos pasando de mano en mano, igual que el cigarro. Alguien tose.
-Oye, Carla –dice Rocío-, ¿es verdad que todavía no te enfermas?
-¿Qué tiene? –exclama ella.
-Que ya deberías ser mujer, vas a cumplir 15 años.
-A mí me carga enfermarme –murmura Paloma.
-¿Por qué?-le pregunta Matilde.
-Porque es un asco. Las cosas peores le tocan a la mujer, sangrar, usar toallitas, tener hijos, es tan
injusto. Ojalá hubiera nacido hombre.
-¿Sabes qué, Carla?-arremete Rocío-. Mañana, en mi fiesta de 15, deberías aprovechar de perder
la virginidad. Por lo menos no tendrías miedo de quedar embarazada.
Nos reímos.
-No entiendo el chiste –Josefina levanta la cabeza-. ¿Por qué?
-Es un asunto hormonal--le explico vagamente.
-Pero igual le saldría sangre--dispara Paloma.
Todas, menos Carla, nos reímos, esta vez más fuerte.
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-A Carla hasta le da miedo ponerse tampax porque cree que va perder la virginidad- vuelve a
molestarla Rocío..
-Yo leí que una niñita perdió la virginidad andando a caballo –se defiende -. Y que puedes quedar
embarazada tener una guagua si tragas semen, para que sepas.
-¿Y cómo yo no he quedado embarazada? –se ríe Rocío.
Sabemos que Rocío se hace la experimentada.
-¿Embarazada de quién? –pregunta tartamudea Carla.
-De mi pololo. Max Bueno.
-Ohhh -gritamos todas- ¡Max Bueno está bueno!
Hay un breve silencio. Una brisa tibia entra a la pieza. A lo lejos se escucha un regador
automático. se huele un olor a marraqueta tostada.
-¿Qué se siente estar pololeando, Rocío? –suspira Josefina.
-Sientes que esa persona es tuya. De nadie más.
-Max Bueno es de varias–le advierte Carla-. Lo he visto besar a muchas niñas detrás de la
biblioteca.
-Eso era antes de que me conociera, para tu mayor información-protesta Rocío.
-¿Y puedes darle besos a varias sin estar enamorada?-pregunta Josefina.
-Los hombres pueden, obvio-dice Paloma.
-Las mujeres también –insinúa Rocío- su pelo caoba brilla a contraluz. Cierras los ojos, sacas la
lengua y piensas en alguien que de verdad te gusta.
-La lengua, qué asco...-se miran Matilde y Josefina..
La cortina blanca de mi pieza se mueve por el viento y una de sus esquinas me hace cosquilla en la
cara.
- ¿Y tú a quién le diste tu primer beso, Livia? –me mira Paloma.
-A Camilo Ibarra. Ustedes no lo conocen, es hijo de unos amigos de mis papás.
-Cuéntanos....-gritan Matilde y Josefina.
-Estábamos en Tongoy, mi mamá nos pidió que fuéramos a buscar machas a la playa para
cocinarlas en la noche. De repente nos metimos a una gruta que había, él me tapó los ojos, como
jugando a adivina quién es, y cuando me di vueltas me plantó un beso en la boca.
-Qué suerte.
De pronto diviso Veo una chinita caminando por el pelo de Rocío, y Le digo que no se mueva.
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-¿Qué pasa, Livia? –me pregunta escondida tras una nube de humo. Hundo mi mano en su pelo.
-Es signo de buena suerte –le digo entonces mostrándosela el bicho-. Pide un deseo.
Rocío cierra los ojos. Suspira.
-Que lo cuente, que lo cuente –empiezan a repetir todas.
-Bueno, pero no se lo digan a nadie. ¡Max me pidió si podía dormir conmigo después de la fiesta!
-¿Vas a acostarte con Max Bueno?-exclama Paloma.
De pronto la chinita abre sus alas y se posa sobre mi mano.
-¡Está arriba tuyo, Livia!-grita Josefina.
-¿Qué?
-La chinita. Pide un deseo. Todas pidamos un deseo, ¿qué les parece?
Me quedo en silencio, mirando cómo sus lunares rojos recorren mi piel. New Order sigue
cantando: “When i was a very small boy/ very small boy talked to me/ Now that we’ ve grown up
together/They are afraid of what they see”
-Yo quiero que la primera vez sea con alguien que me quiera para siempre- dice Matilde.
-Yo igual –dice Josefina.
-Eso no lo puedes saber –se queja Paloma-. Mis papás llegaron vírgenes al matrimonio y se
separaron. El amor tiene fecha de vencimiento, no sean ingenuas.
-Yo sólo sé que quiero que sea con Max Bueno –dice Rocío-. Lo amo.
-Yo no lo voy a hacer nunca- balbucea Carla.
-Qué mojigata –la ataca Rocío-. Vas a estar obligada toda tu vida a gatillarte.
-¿Qué es eso?
Nos reímos.
-Shhh, falta Livia.
-Yo –digo viendo como la chinita vuela de mi piel hasta la ventana-, no quiero no arrepentirme
nunca de la primera vez.
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