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LA VIDA DE JESUCRISTO, REDENTOR DEL MUNDO,

CONTADA POR JUAN PABLO II

Con textos exclusivamente de Juan Pablo II


PROLOGO

Me habéis preguntado cuál es el problema de la humanidad que más me preocupa.


Precisamente éste: pensar en los hombres que aún no conocen a Cristo, que no han descubierto
la gran verdad del amor de Dios. Ver una humanidad que se aleja del Señor, que quiere crecer
al margen de Dios o incluso negando su existencia. Una humanidad sin Padre, y, por tanto, sin
amor, huérfana y desorientada... Por eso, quiero de nuevo comprometeros a ser apóstoles de
una nueva evangelización del amor (...).
¡Anunciad, pues, con renovado empeño, la fidelidad a Jesucristo, el "Redentor del
hombre"!1
Los hombres, a través de los siglos, al encontrarse con Cristo le han dirigido -y
continúan haciéndolo hoy- esta fundamental pregunta: "¿Quién
eres? ¿De dónde vienes? (1)". La respuesta a esta pregunta depende en gran parte de la actitud
abierta y disponible de quién la plantea.
¡Buscad con honradez y valentía a Cristo!2
¡Esforzaos por conocerlo a fondo, estudiadlo continuamente!.
El corazón dice al hombre que toda vida tiene sentido si es búsqueda de Dios. En esa
búsqueda nuestra Cristo aporta la luz del Evangelio.3
En las Sagradas Escrituras, y especialmente en los Evangelios, encontramos
constantemente a Cristo; y mediante el poder del Espíritu Santo, sus palabras se hacen luz y
fuerza para nosotros (...). Sus mismas palabras contienen junto a un poder de conversión, la
enseñanza de su ejemplo.
A través de un piadoso contacto con el Jesús del Evangelio, nosotros, (...) absorbemos
en modo creciente su serenidad y asumimos sus actitudes.
En nuestra fe encontramos la victoria que vence al mundo. Por el hecho de estar unidos
con Jesús y mantenidos en El, no hay reto con el que no nos podamos enfrentar, dificultad que
no podamos superar u obstáculo que no podamos vencer.4
Jesús se ha hecho cercano(...), y no ya como final de una incesante y errante búsqueda,
sino como gratuita posibilidad de encuentro y de seguimiento.5
¡Creed en Jesucristo! ¡Fijaos en Cristo! ¡Amad a Cristo!
Esta fe en Cristo debe obrar una radical transformación interior, debe convertirse en una
nueva vida: "¡Vivid en Cristo!" El camino de esta nueva vida en Cristo viene animada y
fecundada por los sacramentos, en particular la Confesión y la Eucaristía.
Esta unión -esta comunión- con Cristo debe concretarse en una comunión con los
demás. Vuestra fe debe hacerse presente y ser testimonio en el mundo, y en los diversos niveles
de la vida ordinaria: familiar, cultural, artística, y socio-política, es decir, en todas las
dimensiones humanas.
¡Cuántos hay que reducen el Evangelio a su medida y se hacen un Jesús más cómodo,
negando su divinidad o difundiendo sólo su realidad histórica humana e incluso los hay que
manipulan su mensaje!
El deseo de ayudar a todos los hombres a que descubran a Cristo, que ha venido como
médico para los enfermos y como Salvador para los pecadores, me lleva a asumir la tarea,
comprometida y apasionante, de presentar la figura de Jesús a los hijos de la Iglesia y a todos
los hombres de buena voluntad.
Y así reconocemos, que ante Jesús no podemos contentarnos con una simpatía
simplemente humana por legítima y preciosa que sea.6
Según nuestra fe, el Verbo de Dios se hizo hombre, vino a habitar la tierra de los
hombres, y entrando en la historia del mundo (...), nos ha revelado que Dios es amor (...)
comunicándonos al mismo tiempo la certeza de que esta vía del amor se abre a todos los
hombres, de tal manera que el esfuerzo por instaurar la fraternidad universal no es vano.7

Estas palabras del Papa, pueden servir perfectamente como prólogo a estas
páginas. Esto es lo que apasionadamente deseamos intentar: mitigar el problema que
tanto preocupa a Su Santidad.
La razón de ser de estas páginas es la de secundar la constante insistencia de
recristianizar el mundo, aventura a la cual el Papa arrastra lleno de celo y movido por su amor a
Jesucristo.
Desde el primer día de su pontificado Juan Pablo II se ha sabido elegido por Dios para
llevar a cabo la misión de ayudar a la Iglesia y al mundo entero a mirar hacia Cristo, Redentor
del hombre. Con la seguridad y sencillez que caracterizan al Papa, en vísperas de su primera
Carta Encíclica, decía:" he tratado de expresar en ella lo que ha animado y anima
continuamente mis pensamientos y mi corazón desde el principio de mi pontificado que,
por inescrutable designio de la Providencia, tuve que asumir. La Encíclica contiene los
pensamientos que entonces, al comienzo de este nuevo camino apremiaban con especial
fuerza mi alma, y que sin duda, ya anteriormente venían madurando en mí, durante los
años de mi servicio sacerdotal y después en el episcopal. Creo que si Cristo me ha llamado
así, con tales pensamientos ..., con tales sentimientos, es porque ha querido que estas
llamadas en mi mente y en mi corazón, que estas expresiones de fe, esperanza y caridad,
encontrasen resonancia en mi nuevo ministerio universal, desde su comienzo. Por lo
tanto, como veo y siento la relación entre el misterio de la redención en Cristo Jesús y la
dignidad del hombre, así querría unir mucho la misión de la Iglesia con el servicio al
hombre en este su impenetrable misterio. Veo en esto la tarea central de mi nuevo servicio
eclesial".8
Hable con quien hable y de lo que hable, el Papa siempre habla de Jesucristo. En su
actuación destaca esta identificación con El, así como en sus palabras brillan el conocimiento y
el amor que tiene por su Persona.
Por ello, hemos procurado con brevedad, y mediante textos exclusivamente del Papa
-nosotros sólo hemos puesto los ladillos-, recoger palabras que narren de modo sencillo la vida
de Jesús de Nazaret, espigando para ello de la abundancia de su predicación.
La vida cristiana es un constante crecimiento en el amor a Jesucristo, la Persona divina
que se hizo Hombre por Amor a nosotros. Es Jesucristo, por tanto, infinitamente amable; ya
que con su infinito Amor se hace querer ilimitadamente de todos los que le conocen. Por tanto
sólo se puede entender que no le amen los que no le conozcan. Si le conocieran le amarían y los
que le aman no pueden dejar de seguirle.
La identificación con el Señor comienza desde que se inicia la búsqueda y amistad con
El. Cristo no deja indiferente a nadie. El gozo de su encuentro es contagioso y se convierte en
anzuelo para las almas que tienen sed de la Verdad; pero eso sí, a través de una paciente
catequesis. Pero, "¿de qué serviría una catequesis sobre Jesús si no tuviese la autenticidad y la
plenitud de la mirada con que la Iglesia contempla, reza y anuncia el misterio?"9
De ahí que hayamos querido confeccionar esta selección de textos con la voz más
autorizada para hacerlo: la de Juan Pablo II. Sin embargo pecaríamos de ingenuidad si
olvidásemos que no todos están preparados para calar en las palabras del Romano Pontífice. La
vasta formación teológica y filosófica de Su Santidad, empapa sus escritos de términos
profundos y arduos de entender cuando se trata de una lectura seguida. Así suele ser el estilo
empleado en las Cartas Encíclicas, Exhortaciones Apostólicas, ... etc, tan ricas en contenido
como en sugerencias. Sin embargo, y afortunadamente, también ricas, sugerentes y además
"sencillas" son las homilías que predica siguiendo el Ciclo litúrgico así como la mayor parte de
las Audiencias Generales que pronuncia los miércoles. Por ello hemos utilizado especialmente
estas últimas en nuestro trabajo.
Se trata, pues, de una breve historia de la vida de Jesús, asequible a todos, en la que
hemos seguido el orden cronológico pero a la vez insertando siempre la constante referencia a
la Cruz -cenit del Amor de Dios por los hombres- en que se resuelve todo el caminar de Dios-
Hombre por esta tierra. A su vez hemos enmarcado esta vida de Jesús en la panorámica
histórica donde tuvo lugar la Redención, que es el estado universal de pecado en el que vive la
humanidad tras la desobediencia de nuestros primeros padres.
Ser fiel a las enseñanzas de Juan Pablo II -aún dentro de la brevedad de estas páginas-
exige hacer constantes referencias al Antiguo Testamento, ya que la historia de nuestra
Redención fue llevada a cabo por Jesucristo, vértice y meta donde confluyen todas las profecías
mesiánicas que, reveladas al pueblo de Israel, alcanzarían su culminación en Cristo.
Por la misma razón de fidelidad el lector encontrará también, una constante presencia
de la Virgen, ya que Ella está con su Hijo en el mismo proyecto de salvación, y el Papa gusta
de proclamarlo así con abundantes comentarios. Como muestra y por lo entrañable de esa
amorosa entrega a la Madre de Dios reproducimos unas palabras suyas pronunciadas en el
Santuario polaco de Jasna Gora:" Oh Madre:¡He sido llamado a servir a la Iglesia universal en
la sede romana de San Pedro. Pensando en este servicio universal repito constantemente 'Totus
tuus'. Deseo ser siervo de todos!
¡Madre, todo lo mío es tuyo!
¡Madre, todo lo mío es tuyo!
¿Qué más puedo decirte? ¿Cómo confiarte de otra manera mejor aún esta tierra, esta
gente, este patrimonio?
Te lo confío tal como sé.
Tú eres Madre. Tú comprenderás y aceptarás".10
Será, pues, nuestro propósito intentar ayudar a conocer y meditar la vida de Nuestro
Señor Jesucristo, Redentor del mundo, con el deseo y la ilusión de poder llegar a amarle con la
misma intensidad y fidelidad con que lo hace el Romano Pontífice.

CAPITULO PRIMERO

ORIGEN Y PANORAMA UNIVERSAL DEL PECADO DONDE SE ENMARCA LA


REDENCION

El misterio de la redención está, en su misma raíz, unido de hecho con la realidad del
pecado. Por eso (...) debemos afrontar, ante todo, el tema del pecado -esa realidad oscura,
difundida en el mundo creado por Dios- que constituye la raíz de todo el mal que hay en el
hombre y, se puede decir, que en la creación. La historia de la salvación presupone de hecho la
existencia del pecado en la historia de la humanidad creada por Dios. La salvación de la que
habla la divina Revelación, es ante todo la liberación de ese mal que es el pecado. Es necesario,
por tanto, reflexionar ante todo sobre la verdad del pecado para poder dar un sentido justo a la
verdad de la redención operada por Jesucristo, que profesamos en el Credo.11
El pecado de nuestro primeros padres y sus consecuencias en la humanidad

Antes del pecado original. Al describir la creación se inserta varias veces la siguiente
constatación: "Vio Dios ser bueno"(1), y, por último, tras la creación del hombre: "Vio Dios ser
muy bueno cuanto había hecho"(2). Puesto que se trata del ser creado a imagen de Dios, es
decir, racional y libre, la frase alude a la "bondad" propia de ese ser según el designio del
Creador.
Antes del pecado el hombre poseía la gracia santificante con todos los dones que hacen
al hombre "justo" ante Dios. Con expresión sintética, se puede decir que, al principio, el
hombre vivía en amistad con Dios.
Gracias a esos dones divinos, el hombre, que estaba unido en amistad y armonía con su
Principio, poseía y mantenía en sí mismo el equilibrio interior y no sentía angustia ante la
perspectiva de la decadencia y de la muerte. El "dominio" sobre el mundo que Dios había dado
al hombre desde el principio, se realizaba ante todo en el mismo hombre como dominio de sí
mismo. Y con ese autodominio y equilibrio se poseía la integridad de la existencia, en el
sentido de que el hombre estaba íntegro y ordenado en todo su ser, ya que se hallaba libre de la
triple concupiscencia que lo doblega ante los placeres de los sentidos, a la concupiscencia de
los bienes terrenos y a la afirmación de sí mismo contra los dictámenes de la razón.
Por ello también había orden en la relación con el otro, en aquella comunión e intimidad
que hace felices: como fue la relación inicial entre el hombre y la mujer, Adán y Eva, primera
pareja y también primer núcleo de la sociedad humana. Desde este punto de vista resulta muy
elocuente aquella breve frase del Génesis: "Estaban ambos desnudos, el hombre y la mujer, sin
avergonzarse de ello"(3).

El hecho mismo del pecado original. Este hombre, en cuanto criatura dotada de libertad, no
excluía que fuera sometido desde el principio, como los demás seres espirituales, a la prueba de
la libertad. La misma Revelación que nos permite conocer el estado de justicia original del
hombre antes del pecado en virtud de su amistad con Dios, de la cual derivaba la felicidad del
existir, nos pone al corriente de la prueba fundamental reservada al hombre y en la cual fracasó.
En el Génesis se describe esta prueba como una prohibición de comer de los frutos "del
árbol de la ciencia del bien y del mal". He aquí el texto:"El Señor Dios dio este mandato al
hombre: De todos los árboles del paraíso puedes comer, pero del árbol de la ciencia del bien y
del mal no comas, porque el día que de él comas morirás"(4). El árbol de la ciencia del bien y
del mal evoca simbólicamente el límite insuperable que el hombre, en cuanto criatura, debe
reconocer y respetar. El hombre depende del Creador y se halla sujeto a las leyes sobre cuya
base el Creador ha constituido el orden del mundo creado por El, (...) y por consiguiente,
también se halla sujeto a las normas morales que regulan el uso de la libertad.
Desgraciadamente conocemos el resultado de la prueba: el hombre fracasó. Nos lo dice
la Revelación. Pero esta triste noticia nos la da en el contexto de la verdad de la redención,
permitiéndonos así que miremos confiadamente a nuestro Creador y Señor misericordioso.12

Consecuencias del pecado en Adán, Eva y en toda la humanidad posterior. En la narración


bíblica, después del pecado el Señor dice a la mujer: "Multiplicaré los trabajos de tus preñeces.
Parirás con dolor los hijos y buscarás con ardor a tu marido que te dominará"(1). Al hombre
(Dios) le dijo: "Por haber escuchado a tu mujer, comiendo del árbol que te prohibí comer,
diciéndote no comas de él: Por tí maldita la tierra; con trabajo comerás de ella todo el tiempo de
tu vida; te dará espinas y abrojos, y comerás de las hierbas del campo. Con el sudor de tu rostro
comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella has sido tomado; ya que polvo eres, y
a polvo volverás"(2).
Estas palabras fuertes y severas se refieren a la situación del hombre en el mundo tal y
como resulta de la historia. Esta como sentencia de condena implica la "maldición de la tierra":
la creación visible se hizo para el hombre extraña y rebelde. San Pablo hablará de que (...) la
creación gime y siente dolores de parto hasta que sea libertada de la servidumbre de la
corrupción(3).
Este desequilibrio de lo creado tiene su influjo en el destino del hombre en el mundo
visible. El trabajo, por el que el hombre conquista para sí los medios de sustento, hay que
hacerlo "con el sudor del rostro", así pues va unido a la fatiga. Toda la existencia del hombre
está caracterizada por la fatiga y el sufrimiento, y esto comienza ya con el nacimiento,
acompañado por los dolores de la parturienta y, aunque inconscientes, por los del niño que a su
vez gime y llora.
Y finalmente, toda la existencia del hombre en la tierra está sujeta al miedo de la
muerte, que según la Revelación está unida al pecado original. El pecado mismo es sinónimo
de la muerte espiritual, porque por el pecado el hombre ha perdido la gracia santificante, fuente
de la vida sobrenatural.
El hombre ha sido creado por Dios para la inmortalidad: la muerte que aparece como
trágico salto en el vacío, constituye la consecuencia del pecado, casi por una lógica suya
inmanente, pero sobre todo por castigo de Dios. Su vida en la tierra ha sido sometida a muchos
sufrimientos y a la necesidad de morir.
En cuanto a las facultades espirituales del hombre, este deterioro consiste en la
ofuscación de la capacidad del intelecto para conocer la verdad y en el debilitamiento del libre
albedrío, que se ha debilitado ante los atractivos de los bienes sensibles y sobre todo se ha
expuesto a las falsas imágenes de los bienes elaboradas por la razón bajo el influjo de las
pasiones.
El hombre, después del pecado original, puede conocer con la inteligencia las verdades
naturales fundamentales, también las religiosas y los principios morales. Puede también hacer
obras buenas. Así pues, se debe hablar de un oscurecimiento de la inteligencia y de un
debilitamiento de la voluntad, de "heridas" en las facultades espirituales y sensitivas, más que
de una pérdida de sus capacidades esenciales también en relación con el conocimiento y el
amor de Dios.13
El pecado de Adán ha pasado a todos sus descendientes, es decir, a todos los hombres
en cuanto provenientes de los primeros padres y a sus herederos en la naturaleza humana que
quedó privada de la amistad con Dios. El Apóstol escribe: "por la desobediencia de un solo
hombre, muchos se constituyeron en pecadores"(1). Así, pues, San Pablo vincula la situación
de pecado de toda la humanidad con la culpa de Adán.14

Situación universal e histórica del pecado en el mundo. El pecado original hizo sentir
inmediatamente su presencia en la existencia y en todo el comportamiento del hombre y de la
mujer: vergüenza de la propia transgresión y de la condición consecuente de pecadores y, por
tanto, miedo a Dios.
El pecado se ha convertido en el destino común del hombre, en su herencia "desde el
vientre materno"15. A su vez los muchos pecados personales cometidos por los hombres forman
casi un "ambiente de pecado", que por su parte crea las condiciones para nuevos pecados
personales, y de algún modo induce y arrastra a ello a cada uno de los hombres. Por eso el
"pecado del mundo" no se identifica con el pecado original pero constituye casi una síntesis o
suma de sus consecuencias en la historia de cada una de las generaciones y por consiguiente de
toda la humanidad.
En este sentido se puede quizá hablar de pecado de las estructuras, por una especie de
"infección" que de los corazones de los hombres se propaga a los ambientes en los que vive y a
las estructuras por las que está regida y condicionada su existencia.
El pecado, pues, aun conservando su esencial carácter de acto personal, posee al mismo
tiempo una dimensión social. El pecado por esa esencial naturaleza suya de "injusticia" es
ofensa a Dios, ingratitud ante sus beneficios, además de desprecio a su santísima Persona 16.
El pecado va, por lo tanto, no sólo "contra" Dios, sino también contra el hombre. A este
propósito merece citarse una observación de Santo Tomás de Aquino, según el cual, del mismo
modo que en cada acto moralmente bueno el hombre como tal se hace mejor, así también en
cada acto moralmente malo el hombre como tal se hace peor(1). 17
El testimonio sobre la pecaminosidad general de los hombres, tan claro ya en el libro
del Génesis, vuelve a aparecer de diversas formas en otros textos de la Biblia. San Pablo, en la
Carta a los Romanos, habla con elocuencia singular de este tema: "Y como no procuraron
conocer a Dios, Dios los entregó a su réprobo sentir, que los lleva a cometer torpezas, y a
llenarse de toda injusticia, malicia, avaricia, maldad; llenos de envidia, dados al homicidio, a
contiendas, a engaños, a malignidad; chismosos o calumniadores, abominadores de Dios,
ultrajadores, orgullosos, fanfarrones, inventores de maldades, rebeldes a los padres, insensatos,
desleales, desamorados, despiadados...; los cuales trocaron la verdad de Dios por la mentira y
adoraron y sirvieron a la criatura en lugar del Creador, que es bendito por los siglos. Amén. Por
lo cual los entregó Dios a las pasiones más vergonzosas, pues las mujeres cambiaron el uso
natural por el uso contra naturaleza; igualmente los varones, dejando el uso natural de la mujer,
se abrasaron en la concupiscencia de unos por otros, los varones de los varones, cometiendo
torpezas y recibiendo en sí mismos el pago debido a su extravío... Y, conociendo la sentencia
de Dios, que quienes tales cosas hacen, son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que
aplauden a quienes las hace"(1).
Se puede decir que es ésta una descripción lapidaria de la "situación de pecado" en la
época en que nació la Iglesia, en la época en que San Pablo escribía y actuaba con los demás
Apóstoles. No faltaban, ciertamente, valores apreciables en aquel mundo, pero éstos se hallaban
ampliamente contagiados por las múltiples infiltraciones del pecado. El Cristianismo afrontó
aquella situación con valentía y firmeza, logrando obtener de sus seguidores un cambio radical
de costumbres, fruto de la conversión del corazón, la cual dio luego una impronta característica
a las culturas y civilizaciones que se formaron y desarrollaron bajo su influencia. En amplios
estratos de la población, especialmente en determinadas naciones, se sienten aún los beneficios
de aquella herencia. 18

La promesa misericordiosa de Dios Creador, el mismo día del pecado original, de redimirnos.
Dios no abandonó al hombre al poder del pecado y de la muerte. Quiso tenderle la mano y
salvarlo. Y lo hizo a su modo, a la medida de su santidad trascendente, y al mismo tiempo a la
medida de una "compasión" tal, como podía demostrar solamente un Dios-Amor.
De hecho, dirigiéndose a la serpiente tentadora, Dios le dice así: "Establezco
enemistades entre tí y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza cuando tú la
hieras en el talón" (1). Estas palabras del Génesis se han considerado como el "protoevangelio",
o sea, como el primer anuncio del Mesías Redentor. Efectivamente, ellas dejan entrever el
designio salvador de Dios hacia el género humano, que después del pecado original se encontró
en el estado de decadencia que conocemos.
La primera respuesta del Señor Dios al pecado del hombre nos permite, pues, conocer
desde el principio a Dios como infinitamente justo y al mismo tiempo infinitamente
misericordioso.
En la Antigua Alianza este anuncio se recordaba constantemente de diversos modos, en
los ritos, en los simbolismos, en las plegarias, en las profecías, en la misma historia de Israel
como pueblo de Dios orientado hacia un final mesiánico, pero siempre bajo el velo de la fe
imperfecta y provisional del Antiguo Testamento. Cuando suceda el cumplimiento del anuncio
en Cristo, se tendrá la plena revelación del contenido trinitario y mesiánico implícito en el
monoteísmo de Israel. El Nuevo Testamento hará descubrir entonces el significado pleno de los
escritos del Antiguo Testamento, según el famoso aforismo de San Agustín: "En el Antiguo
Testamento el Nuevo está latente, en el Nuevo el Antiguo resulta patente"(2). 19

¿Por qué tuvo lugar la decisión de Dios de hacerse hombre?

Dios es fiel a su designio eterno aún cuando el hombre, empujado por el Maligno y
arrastrado por su orgullo, abusara de la libertad que le fue dada para amar y hacer el bien
generosamente, (...)20. El mal y todas las desgracias vinieron sobre el mundo a causa del pecado
original del hombre. El primer hombre hizo mal uso de su libertad y se alejó de Dios. Quiso ser
como Dios, pero sin Dios. Desde entonces toda la creación, " sujeta a vanidad, gime y siente
dolores de parto", como dice San Pablo (1).21 La consecuencia del pecado original se tradujo
en un desorden interior del hombre, en la ruptura de la armonía entre hombre y mujer, entre
hermano y hermano.
A pesar de esta prevaricación del hombre, Dios permanece fiel al amor. La iniciativa de
Dios se concretó y manifestó en el acto redentor de Cristo(...).22
Jesucristo es el Hijo de Dios hecho hombre que con su muerte vence el mal del pecado
en su misma raíz.23
El sacrificio de la cruz nos hace comprender la gravedad del pecado. A los ojos de Dios
el pecado nunca es un hecho sin importancia. El Padre ama a los hombres y por eso le ofenden
profundamente sus transgresiones o rebeliones. Y aunque El está dispuesto a perdonar, por el
bien y el honor del propio hombre, pide una reparación. El Padre -demostrando una
generosidad sorprendente- entrega a su propio Hijo a la humanidad para que ofrezca esta
reparación.
¡Cristo inocente ocupa el lugar de los culpables! La mirada que el Padre le dirige,
cuando sufre en la cruz, no es una mirada de cólera, ni de quien ajusticia; es una mirada de
perfecta complacencia, que acoge su sacrificio heroico.
¿Cómo no estarle agradecidos? Jesús cuenta con nuestra gratitud. Estamos felices por
haber sido reconciliados con Dios en Cristo. Aportemos nosotros también nuestro granito de
arena en la aplicación de los frutos de la Redención al universo de hoy.24
¡El hombre es amado por Dios! ¡Dios te ama, Cristo ha venido por tí, para tí Cristo es
el Camino, la Verdad y la Vida!25
CAPITULO SEGUNDO

PREPARACION DE LA VENIDA DE JESUCRISTO A ESTE MUNDO

Comienza eligiendo el pueblo al que pertenecerá Jesucristo.

Dios estableció una alianza con Noé después del diluvio en la que se contenía un
anuncio de la alianza que quería establecer con toda la humanidad: "He aquí que yo establezco
mi alianza con vosotros y con vuestra futura descendencia, (...) y con todos los animales que
han salido del arca"(1). Por consiguiente no sólo con la humanidad, sino también con toda la
creación que rodea al hombre en el mundo visible.
La alianza que estableció con Abraham tenía otro significado. Dios escogía a un
hombre y con él establecía una alianza por causa de su descendencia: "Estableceré mi alianza
entre nosotros dos, y con tu descendencia después de tí, de generación en generación: una
alianza eterna de ser yo el Dios tuyo y el de tu posteridad"(2). La alianza con Abraham era la
introducción a la alianza con un pueblo entero, Israel, en consideración al Mesías que había de
provenir precisamente de ese pueblo, elegido por Dios para tal finalidad.26
Efectivamente, Israel fue el pueblo de la alianza con Dios, (...) un
pueblo, cuyo padre espiritual es Abraham en virtud de su fe. "Con amor eterno te amé, por eso
te he mantenido mi favor". Alianza ésta que rompió muchas veces. Pero cuando a su vez Israel
adquiría conciencia de su propia infidelidad -y a lo largo de su historia no faltan profetas y
hombres que despiertan tal conciencia- y apelan a su misericordia ... Dios les perdona.27 La
alianza con Abraham no contenía propiamente una Ley. La Ley divina fue dada más tarde, a
Moisés, en el monte Sinaí. Dios se la prometió a Moisés que había subido al monte llamado por
El: "Ahora, pues, si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza, vosotros seréis mi
propiedad...(1). Entonces Moisés "tomó el libro de la Alianza y lo leyó ante el pueblo, que
respondió: "obedeceremos y haremos todo cuanto ha dicho Yahveh"(2). Y Moisés llevó a
Yahveh la respuesta del pueblo.
La historia de la Antigua Alianza nos muestra que este compromiso no fue mantenido
muchas veces. Especialmente los Profetas reprochan a Israel sus infidelidades e interpretan los
acontecimientos luctuosos de su historia con castigos divinos. Amenazan los Profetas con
nuevos castigos, pero al mismo tiempo anuncian otra Alianza.28
El Señor ama a Israel con el amor de una particular elección, semejante al amor de un
esposo, y por esto perdona sus culpas e incluso sus traiciones e infidelidades.
El pueblo de la Antigua Alianza conoció esta miseria desde los tiempos del éxodo,
cuando levantó el becerro de oro. Sobre este gesto de ruptura de la alianza, triunfó el Señor
mismo, manifestándose solemnemente a Moisés como "Dios de ternura y de gracia, lento a la
ira y rico en misericordia y fidelidad"(1).
Y así, tanto en sus hechos como en sus palabras, el Señor ha revelado su misericordia
desde los comienzos del pueblo que eligió para sí y, a lo largo de la historia, este pueblo se ha
confiado continuamente -tanto en las desgracias como cuando tomaba conciencia de su pecado-
al Dios de las misericordias. Incluso cuando, exasperado por la infidelidad de su pueblo, el
Señor decide acabar con él, sigue siendo su ternura y generoso amor para con él, lo que le hace
superar su cólera.
De todo esto se deduce que la misericordia(...) es algo que caracteriza la vida de todo el
pueblo de Israel así como la de sus propios hijos e hijas. Es el contenido de esa intimidad con
su Señor, el contenido de su diálogo con El. "Aunque los montes se retiren ..., no se apartará de
tí mi amor, ni mi alianza de paz vacilará"(2). Esta verdad anunciada un día a Israel lleva dentro
de sí la perspectiva de la historia que penetra al hombre.29
Según el profeta Isaías, el Mesías, guiado por el Espíritu de Dios, realizará la Alianza y
la hará nueva y eterna. Podemos afirmar que sus palabras encuentran su pleno cumplimiento en
Cristo: en su Evangelio que renueva, completa y vivifica la Ley; y en el Espíritu Santo que es
enviado en virtud de la redención obrada por Cristo mediante su cruz y su resurrección,
confirmando así plenamente lo que había anunciado Dios por medio de sus profetas ya en la
Antigua Alianza.30
Cristo revela al Padre(...) sobre un terreno ya preparado, como lo demuestran las
amplias páginas del Antiguo Testamento. Y al final de esa revelación, podrá decir al apóstol
Felipe, en la víspera de su muerte, estas memorables palabras: "¿Tanto tiempo hace que estoy
con vosotros y no me habéis conocido? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre"(1).31
En el acontecimiento del Pentecostés, en Jerusalén, será cuando la venida del Espíritu
Santo realice definitivamente la "nueva y eterna" Alianza de Dios con la humanidad.32

María, una mujer de este pueblo, será su madre.

El relato de la caída de Adán y Eva manifiesta la participación de la mujer en el pecado;


pero recuerda también la intención de Dios de elegir a la mujer como aliada en la lucha contra
el pecado y sus consecuencias.33
En los albores de nuestra esperanza se insinuó ya la figura de María Santísima: "Pongo
perpetua enemistad entre tí y la mujer, entre su linaje y el tuyo; y él te aplastará la cabeza"(1).
En efecto, según esa profecía, una mujer señalada estaba destinada a ser el instrumento
especialísimo de Dios para luchar contra el demonio. Sería la madre del que aplastaría la
cabeza del enemigo. Pero el descendiente de la mujer que realizaría la profecía, no es un simple
hombre: es plenamente hombre, sí -gracias a la mujer de la que es hijo-; pero es a la vez
también verdadero Dios.
Hacia Ella camina toda la historia de la Antigua Alianza. En María se sublima la vida
de los justos del Antiguo Testamento.
La preservación en María del pecado original, desde el primer instante de su ser,
representa el primero y radical efecto de la obra redentora de Cristo y vincula a la Virgen, con
un lazo íntimo e indisoluble, a la encarnación del Hijo, que antes de nacer de Ella, la redime del
modo más sublime.34
Dios eligió a María para que se convirtiera en la Madre de Jesucristo. Según la
fe de la Iglesia, toda la persona y la existencia de María están caracterizadas por esta
excepcional llamada. Por ello, miramos su entrada en este mundo, su nacimiento, con
veneración y gratitud.35
¡Te ha elegido, hija de Israel, para que seas santa e inmaculada!¡Te ha elegido, antes de
la creación del mundo!¡ Te ha elegido para que seas inmaculada desde el primer momento de tu
concepción, a través de tus padres humanos!¡ Te ha elegido en consideración de Cristo, para
que, en el misterio de la Encarnación, el Hijo de Dios encontrase a la Madre en toda su
plenitud!
La Inmaculada Concepción significa la libertad de la herencia del pecado original. La
liberación de los efectos de la desobediencia del primer Adán.36 María apareció antes que
Cristo en el horizonte de la historia de la salvación (...) y comenzó a resplandecer como una
verdadera "estrella de la mañana". Pues igual que esta estrella junto con la "aurora" precede la
salida del sol, así María desde su concepción inmaculada ha precedido la venida del Salvador,
la salida del "sol de justicia" en la historia del género humano.37

La Anunciación de María.

"Cuando se cumplió la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer"(1).
La plenitud del tiempo. El tiempo humano del calendario no tiene una plenitud
propia(...), él sigue su acostumbrado camino: el camino de las horas, de los días, de las
semanas, de los meses. Sólo significa el hecho de pasar. Dios que sólo El es plenitud, da
plenitud también al tiempo humano. Y esta plenitud se realiza justo en el momento en que Dios
entra en el tiempo del pasar terreno.
¡El tiempo humano es así iluminado a la luz del misterio de Nacimiento divino!. Este
misterio hace que tú, ¡tiempo humano!, al pasar por ese momento, seas partícipe de lo que no
pasa.
Desde el comienzo de la historia humana camina la mujer sobre la tierra. Su primer
nombre es Eva, madre de los vivientes. El segundo nombre es el de la Mujer eterna, que
cruzando los caminos de la historia espiritual del hombre es revelado justamente en la plenitud
del tiempo. Su nombre es "Myriam": María, la Virgen de Nazaret. Desposada con un varón
cuyo nombre es José de la casa de David. ¡María: Esposa mística de Espiritu Santo! Su
maternidad no proviene ni de amor carnal ni de amor humano (2) sino del Espíritu Santo.
María está en el centro de estos acontecimientos.38
Jesucristo -conviene ponerlo cuanto antes de relieve- es el protagonista.El es siempre el
único y verdadero protagonista en toda la obra de la redención humana. Y lo es desde el primer
momento, que es precisamente el de la Encarnación, puesto que inmediatamente después del
anuncio que trajo el Angel a María Santísima y de la adhesión que Ella dio al anuncio, el Verbo
se hizo carne y habitó entre nosotros. La Encarnación es primicia de la

Redención: el Verbo encarnado ya está dispuesto para la obra.


Allá en la tierra de Galilea, dentro de la humilde casa de Nazaret, junto al Arcángel
Gabriel que trae el anuncio y junto a María que recibe el anuncio está El, a quien hay que
entrever con los ojos atentos de la fe: El es precísamente el contenido del anuncio. Se diría que
lo mismo que el cielo y la tierra espera la respuesta de María, así también el Verbo la espera
oculta y trémulamente para realizar enseguida el eterno designio del Padre.39
La Virgen escucha en el pueblecito de Nazaret las palabras de saludo del Angel.
Experimenta una profuda emoción y al mismo tiempo su mente se abre: ¿qué sentido tenían
aquellas palabras?
Sí. Dios le habla de su misterio eterno. En el pueblecito de Galilea Dios mismo visita,
mediante el Mensajero angélico, a la Virgen. Y le habla de su eterno misterio.
Comparte con Ella, con una ciatura, con su humilde esclava, el Misterio de sus eternos
designios.
En Ella, junto al corazón de una criatura, donde tiene lugar la historia de un nuevo ser
humano, tendrá su primera morada el Enmanuel y, por eso: "El Señor está contigo" (1).
De la mujer nace el hombre. La mujer lo concibe; lo lleva bajo su corazón; lo da a luz.
María siendo virgen, debe realizar la misma experiencia: debe llegar a ser Madre. 40 El
Amor significa la unidad de las voluntades. La voluntad del Padre y la voluntad del Hijo se
unen. El fruto de esta unión es el Amor personal, el Espíritu Santo. El fruto del Amor personal
es la Encarnación.41
"¿Cómo podrá ser esto, pues yo no conozco varón?"(1)
Y recibe la respuesta determinante: "El Espíritu Santo vendrá sobre tí y la virtud del
Altísimo te cubrirá con su sombra y por esto el hijo engendrado será santo, será llamado Hijo
de Dios... porque para Dios nada hay imposible"(2).
En este momento, María entiende ya todo. Y no pregunta más. Dice solamente:
"Hágase en mí según tú palabra". Y el Verbo se hace carne (3).42
Ha respondido, por tanto, con todo su "yo" humano, femenino, y en esta respuesta de fe
estaban contenidas una cooperación perfecta con la gracia de Dios(...) y una disponibilidad
perfecta también a la acción del Espíritu Santo.43
En el alba de nuestra salvación resuena la respuesta libre, su fiat, su incondicional sí a la
cooperación que Dios esperaba de Ella, como espera también la nuestra.
La virginidad perpetua de María -fielmente correspondida por San José, su virginal
esposo- expresa esa prioridad de Dios: Cristo, como hombre, será concebido sin obra de varón.
Pero esa misma virginidad perdurará en el parto y después del parto, siendo también eso
expresión de la disponibilidad absoluta de María a los planes de Dios.
Su respuesta marcó un momento decisivo en la historia de la humanidad. El gozoso fiat
de María testimonia su libertad interior, su confianza, su serenidad. No sabía como se
realizarían en concreto los planes del Señor. Pero lejos de temer y angustiarse, aparece
soberanamente libre y disponible. Su sí a la Anunciación significó tanto la aceptación de la
maternidad que se le proponía, como el compromiso de María en el misterio de la Redención.
Esta fue obra de su Hijo. Pero la participación de María fue real y efectiva. No es María aurora
de nuestra Redención a modo de instrumento inerte, pasivo. Al dar su consentimiento al Angel,
María aceptó colaborar en toda la obra de reconciliación de la humanidad con Dios. Actúa
conscientemente y sin poner condiciones.44
Y de esta manera, el Redentor vino a habitar en el seno de María, junto a su Corazón.
Entre el Corazón de la Madre y el Corazón del Niño (del Hijo) se estrecha desde el principio un
vínculo: ¡una espléndida unión de corazones! El Corazón de María es el primero que habló al
Corazón de Jesús.45
Misterio grande, hermanos queridísimos, misterio sublime es el de la Encarnación, cuya
comprensión no alcanza a comprender la debilidad de nuestra mente, incapaz como es de
entender las razones de la actuación de Dios.46
La vida de María, Modelo de correspondencia total a la voluntad de Dios Padre

La vida de María fue una respuesta al amor de Dios. Más que ninguna otra persona,
María conocía el amor de Dios para con Ella; conocía todas las grandes cosas que el Señor le
había dado. Ella fue la humilde sierva del Señor que se entregó sin reserva al amor de Dios y
del prójimo.
En los acontecimientos de la vida de María podemos ver como se consagró
incesantemente a la voluntad de Dios Padre y a la misión de su Hijo. Ella estuvo siempre
deseosa de ofrecerse a sí misma como don de amor, mientras" fue en la tierra la Madre excelsa
del divino Redentor, compañera singularmente generosa entre todas las demás criaturas y
humilde esclava del Señor"(1).
Su entrega al Señor se manifiesta en el momento de la Anunciación, en la pobreza de
Belén, en la ansiedad de la huída a Egipto, en la humilde y trabajosa vida de Nazaret, y
finalmente en Jerusalén, tanto en la subida al monte Calvario, como a los pies de la cruz, donde
se ofreció a sí misma en unión con el Sacrificio de su Hijo. Después de la gloriosa resurrección
de su Hijo, María continúa consagrándose a la voluntad del Padre y a la misión de su Hijo,
perseverando en oración con otras mujeres y los Apóstoles, mientras esperaban la venida del
Espíritu Santo en Pentecostés.47

Vocación de José, el esposo de María.

¿Quién es José? José, hijo de Jacob, de la estirpe de David, es llamado -en el Evangelio
de Mateo- "el esposo de Maria"(1). Precisamente cuenta de él ese hecho que constituye el
centro de su vida y de su vocación: José es el hombre al cual se le confió de modo especial y
excepcional "el gran misterio" de Dios mismo: el misterio de la Encarnación.48
Reflexionar sobre la participación del Esposo de María en el misterio divino permitirá
(...) encontrar contínuamente su identidad en el ámbito del designio redentor, que tiene su
fundamento en el misterio de la Encarnación.
Precisamente José de Nazaret participó en este misterio como ninguna otra persona, a
excepción de María, la Madre del Verbo Encarnado. 49
Según la costumbre del pueblo hebreo, el matrimonio se realizaba en dos etapas:
primero se celebraba el matrimonio legal (verdadero matrimonio) y, sólo después de un cierto
período, el esposo introducía a la esposa en su casa. Antes de vivir con María, José era, por
tanto, su "esposo"; pero María conservaba en su intimidad el deseo de entregarse a Dios de
modo exclusivo.50
Si María, después del matrimonio con José, se halló "encinta por obra del Espíritu
Santo", este hecho coresponde (...) de modo particular, a las últimas palabras pronunciadas por
María: "Hágase en mí según tu palabra" (1). María con el paso de los días y de las semanas se
manifiesta ante la gente y ante José "encinta", es decir, como aquella que debe dar a luz y lleva
consigo el misterio de la maternidad.51
A la vista de esto, "su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia,
resolvió repudiarla en secreto"(1), pues no sabía como comportarse ante la sorprendente
maternidad de María. Ciertamente buscaba una respuesta a la inquietante pregunta, pero sobre
todo buscaba una salida para él.52 Y aunque decidido a retirarse para no obstaculizar el
plan de Dios que se estaba realizando en Ella, él por orden expresa del ángel la retiene consigo
y respeta su pertenencia exclusiva a Dios. 53 Pues así leemos en el Evangelio: "mientras
reflexionaba sobre esto, he aquí que se le apareció en sueños un ángel del Señor y le dijo: José,
hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es obra
del Espíritu Santo"(1).
De esta manera, José, es puesto al corriente de los hechos y es llamado a entrar dentro
del designio redentor de Dios. Ahora él sabe quién es el Niño que ha de nacer y quién es la
Madre. Al acoger a María, acoge también al que en Ella ha sido concebido por obra admirable
de Dios, para el que nada es imposible.54
José creyó y confió en Dios como hizo María. Si para el pueblo y ante la ley de Israel
fue el esposo de María, (...) ante Dios y su conciencia fue el esposo virginal de la Madre de
Dios, totalmente entregado al misterio de esa maternidad, que el Espíritu Santo había realizado
en ella misteriosamente.
De cara al misterio de la Encarnación, nadie ha tenido una participacion tan directa en
la fe de María como José. Y este hecho es decisivo para considerar su grandeza espiritual ante
Dios y ante los hombres. El hombre al que Dios mismo dio tanta confianza, merece también
una gran confianza por parte de los hombres.
Estas son las palabras de esa anunciación, que también recibió José, de modo
semejante a la de María: "José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer,
porque la criatura que hay en Ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás
por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados"(1).
Conocemos bien el texto de la anunciación de María en el Evangelio de San Lucas. Allí
se dice que la Virgen de Nazaret se turbó; aquí se habla de que se turbó José. María manifiesta
su emoción ante el mensajero celeste. Aquí el ángel, en cierto sentido, prevé la pregunta de José
y responde a su inquietud. Allí María responde: "Hágase en mí según tu palabra"(2); aquí José
hizo lo que le había mandado el ángel del Señor(3).
No hay ninguna diferencia en lo esencial del mensaje. No hay disparidad entre lo que
María primero, y después José, oyen de boca del mensajero: es el anuncio de que el Hijo de
Dios se hará Hombre, al nacer de la Virgen.55

La Visitación de María.

María, movida por la caridad, se dirige a la casa de su pariente. El motivo de la visita la


hallamos en el hecho de que durante la anunciación, Gabriel había nombrado de modo
significativo a Isabel, que en edad avanzada había concebido de su marido Zacarías un hijo, por
el poder de Dios(...).56
María de Nazaret se presenta como madre del Hijo de Dios en el umbral de la casa de
Isabel y de Zacarías. Es el descubrimiento gozoso de Isabel:"¿de dónde a mí que la madre de
mi Señor venga a mí?"(1).57
"Dichosa la que ha creido" (1).
Es el elogio que brota del corazón de su pariente Isabel en aquella alegre y presurosa
visita que conserva un lugar indeleble en la historia de la humanidad.
Es el encuentro de dos maternidades incipientes y marcadas cada una por un verdadero
prodigio. Es el fluir a través de los siglos de una corriente espiritual imparable.
La Virgen Madre ha creido en el misterioso designio que Dios iba a llevar a cabo en
Ella con su libre concurso. La fe de María es su principal título de grandeza.
"Mi alma engrandece al Señor" (2). El Magnificat es el himno profético con el que la
Virgen respondió al saludo de Isabel, himno que continúa fluyendo del alma de los creyentes. 58
Las palabras usadas por María en el Magnificat, (...) constituyen una inspirada
profesión de fe, que en respuesta a la palabra de la revelación,
expresa la elevación espiritual y poética de todo su ser hacia
Dios. En estas sublimes palabras, que son al mismo tiempo muy
sencillas y totalmente inspiradas en textos sagrados del pueblo
de Israel, se vislumbra la experiencia personal de María: el
éxtasis de su corazón. Resplandece en ellas un rayo del misterio
de Dios, la gloria de su inefable santidad, el eterno amor que,
como un don irrevocable, entra en la historia del hombre. Sus
palabras reflejan el gozo del espíritu, difícil de expresar: "se
alegra mi espíritu en Dios mi Salvador". En su arrebatamiento
María confiesa que Ella se ha encontrado en el centro mismo
esta plenitud de Cristo. Es consciente de que en Ella se realiza la
promesa hecha a los padres y, sobre todo, "en favor de Abraham
y de su descendencia por siempre"; que en Ella como Madre de
Cristo, converge toda la economía salvífica, en la que, "de
generación en generación", se manifiesta Aquél que, como Dios
de la Alianza, se acuerda "de la misericordia".59

CAPITULO TERCERO

INFANCIA DE JESUCRISTO

Esta etapa de la vida del Señor la conocemos a través de su Madre.

¿Quién sino la mujer es el mejor signo de lo humano? En ella es concebido el hombre y


por ella viene al mundo. La mujer es la memoria del mundo humano. De ese tiempo
humano que es tiempo de nacer y de morir. El tiempo del pasar. Porque todo hombre ha pasado
por su seno materno.
Y María es también memoria. Escribe el Evangelista que "María conservaba todas estas
cosas en su corazón" (1).60
María, "que guardó todo esto en su corazón"(1) pudo dar testimonio de todo después de
la muerte y resurreción de Cristo (...) y también de todos los acontecimientos que sucedieron en
los años de la vida de su Hijo, especialmente los transcurridos durante su vida oculta en
Nazaret. ¡Ella, María, es testigo especial del Verbo Encarnado! ¡Ella, que como toda madre, es
memoria viva y vivificante de su Hijo! 61

El Nacimiento de Jesucristo.

¿Por qué Dios, Espíritu puro, omnisciente y omnipotente, ha querido hacerse hombre,
sin cambiar las leyes que gobiernan ni el cosmos ni las fuerzas que conducen el desarrollo de la
historia? Jesús responde: "Porque tanto amó Dios al mundo, que le dió a su unigénito Hijo, para
que todo el que crea en El no perezca sino que tenga vida eterna" (1).
En Belén, en Palestina, en la tierra de Judá, en tiempo de Cesar Augusto, nació
verdaderamente un Niño al que se le puso el nombre de Jesús. El ha dado origen a una
civilización justamente llamada cristiana, que interpela las conciencias de los individuos y de
toda la historia humana. 62
Siendo Cirino gobernador de Siria y como consecuencia del decreto del César Augusto,
que mandó hacer el censo,(...) he aquí que José "subió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a
la ciudad de David, que se llama Belén, para inscribirse, con su esposa María"(1). José se
comporta así porque era de la casa y familia de David(...) las cuales estaban ligadas a la ciudad
de Belén.
Nace el niño. Nace el Hijo. Nace de la Madre. Durante nueve meses, como todo
neonato estuvo unido a su seno. Nace de la Madre en el tiempo y según las leyes del tiempo
humano para todo nacimiento.
La venida del hijo de María al mundo no tuvo lugar en una casa, habitación de
hombres, sino en un ambiente destinado para animales... ; María envolvió en pañales a su hijo
primogénito "y lo acostó en un pesebre"(2).
El mundo ha sido hecho por El, pero el mundo no le ha recibido.63
¡Cuanta belleza han visto los ojos de María aquella noche!.
No existe modo de expresarla. Y la mirada de José seguiría a la de su esposa. La
pobreza exterior se transformaba en sus corazones en la mayor riqueza a la que nada puede
compararse. Verdaderamente sólo de esta manera podía nacer Cristo. 64
No hay riqueza humana que pudiera ofrecer un contexto adecuado para el nacimiento
humano del Hijo eterno de Dios. Sólo podía serlo esa pobreza, ese abandono, ese pesebre, esa
noche de Belén. 65
¡Jesús! Ese nombre lo escuchó por primera vez la Virgen en Nazaret. Así llamó el
Angel al Niño -en la Anunciación- antes de ser concebido.
Y Ella, María, fue la primera en pronunciar este nombre. Todos los demás aprendieron
este nombre de Ella, de la Madre. Y continúan aprendiéndolo.66
Un día, en los campos de Belén, los pastores que guardaban sus rebaños, fueron
atraídos por un anuncio. Todos lo transmiten, por así decir, de boca en boca, de corazón a
corazón.67
José es con María la noche de Belén, testigo privilegiado de la venida del Hijo de Dios
al mundo. Así lo narra San Lucas: "Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron
los días del alumbramiento, y dió a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó
en un pesebre, porque no tenian sitio en el alojamiento"(1).
José fue testigo ocular de este nacimiento, acaecido en condiciones humanamente
humillantes, primer anuncio de aquel "anonadamiento"(2), al que Cristo libremente consintió
para redimir los pecados. Al mismo tiempo fue José testigo de la adoración de los pastores,
llegados al lugar del nacimiento de Jesús después de que el ángel les hubiera llevado esta
grande y gozosa nueva(3).68
El Esposo de María, Madre de Dios, fue de modo particular testigo de la cercanía de
Dios. Conviene aprender de él como se vive de manera digna esta cercanía junto Aquél que se
llega hasta nosotros.
¡Sabed, como él, guardar y acoger con amor, con diligente atención, con fe cristiana, la
presencia santificante de Cristo!69
Con aquél ángel que anunció a los pastores el nacimiento del Salvador, apareció(...) una
legión del ejército celestial, que alababa a Dios diciendo: Gloria a Dios en el cielo y en la tierra
paz a los hombres que Dios ama.70
Los pastores fueron los primeros que se encontraron bajo el rayo de luz de este misterio,
que ilumina las tinieblas de la historia del hombre sobre la tierra. Aquella luz de naturaleza
misteriosa fue dirigida más bien al espíritu y al corazón del hombre que no a los ojos. El
inescrutable misterio de Belén fue accesible a ellos. Lo acogieron. Fueron en su dirección, se
acercaron a él. Y encontraron al Niño "envuelto en pañales y acostado en un pesebre"(1): en lo
visible reconocieron lo invisible.
Se convirtieron en los primeros testigos el misterio. Se unieron a María y José.
En la pobreza del portal de Belén se inicia la revelación de la omnipotencia del que es,
sobre todo, Amor. El Amor que es la verdad definitiva de la esencia de Dios. Su nombre
definitivo.71
Para encontrar a Jesús, a María y a José hay que ponerse en camino, dejando atrás
compromisos, dobleces y egoismos; hay que hacerse disponibles interiormente a las
sugerencias que El no deja de provocar en todo corazón que sabe ponerse a la escucha.72
Jesús es inscrito en el Pueblo elegido

La Alianza de Dios con Abrahám, de la cual la circuncisión era signo, alcanza en


Jesucrito su pleno efecto...; siendo el primer deber religioso del padre, José con este rito (1)
ejercita su derecho-deber respecto a Jesús.73
En la circuncisión, José pone al niño el nombre de Jesús. Al imponer el nombre, José
declara su paternidad legal sobre Jesús y, al proclamar el nombre, proclama tambien su misión
salvadora.74
El nombre de "Jesús", considerado en su sentido etimológico, quiere decir "Yahveh
libera", salva, ayuda. El nombre estaba bastante difundido, tanto en la Antigua como en la
Nueva Alianza. El nombre de Jesús, sin embargo, no tuvo nunca esa plenitud de significado
como lo alcanzó en el caso de Jesús de Nazaret tal y como se lo había revelado el ángel a María
y a José. Y así dirá -en su día- uno de los primeros discípulos, Felipe, a Natanael: "Hemos
hallado a Aquél de quien escribieron Moisés y los Profetas; a Jesús, hijo de José de Nazaret".75
Con la potestad paterna sobre Jesús, Dios ha otorgado también a José el amor
corespondiente, aquel amor que tiene su fuente en el Padre, "de quien toma nombre toda
familia en el cielo y en la tierra"(1).76
María es la humilde esclava del Señor, preparada desde la eternidad para la misión de
ser Madre de Dios; José es aquél a quién Dios ha elegido para (...) proveer a la inserción
ordenada del hijo de Dios en el mundo. Toda la vida, tanto privada como escondida de Jesús ha
sido confiada a su custodia.77
Jesús nace en medio de este pueblo, crece en su religión y en su cultura. Es un
verdadero israelita, que piensa, se expresa en arameo según las categorías conceptuales y
lingüísticas de sus contemporáneos y sigue sus costumbres y los usos del ambiente. Y como
israelita es heredero fiel de la Antigua Alianza.78

La Presentación del Niño y la Purificación de su Madre en el Templo

Lo llevan como a tantos otros niños israelitas al templo: un niño de padres pobres. Entra
inadvertido. No esperado por nadie. Dios escondido. Escondido en la carne humana; nacido en
el establo junto a la ciudad de Belén. Sometido a la ley del rescate, como también se somete
María a la de la Purificación.79
Va al templo de Jerusalén, llevado como un niño en los brazos de María y de José, a los
40 días de su nacimiento.
Y, aunque ninguno de los presentes -excepto Simeón y la profetisa Ana- lo sepa y dé
testimonio de El, en el momento de su llegada debería resonar el Salmo 23:

"Portones, alzad los dinteles, que


se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la
gloria. ¿Quién es el Rey de la gloria?
El Señor Dios de los ejércitos: El es
el Rey de la gloria"

Debería resonar ese Salmo. Precisamente fue escrito para este momento. Para esta
venida. El templo de Jerusalém debería saberlo.
En cambio, el templo calla, y el Salmo no suena. Sólo María y José, en conformidad
con la ley del Señor, ofrecen "un par de tórtolas o dos pichones": el sacrificio de purificación.
Os pido que -lo mismo que Simeón- toméis en vuestros brazos a este Niño de 40 días, y
que -lo mismo que él- digáis con toda la fe de la que están llenos vuestros corazones, como
estaba el de Simeón:
"Mis ojos han visto a tú Salvador,
a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar
las naciones, y gloria de tu pueblo Israel"(1).80

Luz para alumbrar a las naciones. Se ha revelado como luz a los ojos de Simeón. ¿Y
qué ilumina? Ilumina la oscuridad de las almas humanas. Las tinieblas de la existencia.
Constante e inmenso es el esfuerzo del hombre por abrir camino y llegar a la luz: la luz del
conocimiento y de la existencia.¡Y cuánto trabajo nos cuesta a cada uno de nosotros el
conseguir, a través de todo lo que hay en nosotros de oscuro y tenebroso (...), desvelar lo que es
luminoso: al hombre sencillo, humilde, lleno de amor y de sacrificado desinterés.81
En el primogénito estaba representado el pueblo de la Alianza, rescatado de la
esclavitud para pertenecer a Dios. El rescate del primogénito es otro deber del padre que es
cumplido por José.
El Evangelista Lucas pone de manifiesto "que su padre y su madre estaban admirados
de lo que se decía de El"(1), y, de modo particular, de lo dicho por Simeón, en su canto
dirigido a Dios, (...).82
Simeón se dirige a María con estas palabras:"Este será puesto para caída y elevación de
muchos en Israel, y para ser señal de contradicción... a fín de que queden al descubierto las
intenciones de muchos corazones"; y añade con referencia a María: "y a tí misma una espada te
atravesará el alma"(1). El anuncio de Simeón parece como un segundo anuncio a María, dado
que se le indica la concreta dimensión histórica en la cual el Hijo cumplirá su misión, es decir,
en la incomprensión y en el dolor.83
Ella lleva al Niño en sus brazos. Y también en sus brazos sigue siendo luz para nuestras
almas;la luz que ilumina las tinieblas del conocimiento y de la existencia humana, del
entendimiento y del corazón. Los pensamientos de muchos corazones se desvelan cuando
llevando sus manos maternales esta gran luz divina, se aproxima al hombre.
¡Salve, Tú que has llegado a ser Madre de nuestra Luz, con el precio del gran sacrificio
de tu Hijo, con el sacrificio maternal de tu corazón!84

La adoración de los Reyes Magos y huída a Egipto

Mientras tanto los Magos se ponen en camino(...). Vienen de lejos siguiendo la luz de la
estrella que se les ha aparecido. Se dirigen a Jerusalén, llegan a la corte de Herodes.
Preguntan: "¿Dónde está el Rey de los Judios que ha nacido? Porque hemos visto salir
su estrella y venimos a adorarlo"(1). En la corte de Herodes reciben la respuesta(...). Los Magos
se encaminaron a Belén(...) y en Belén encuentran al recien nacido.85
Preguntaban por el Rey (...) y, de acuerdo con la lógica humana, esta pregunta les lleva
a la corte del rey. A la casa de Herodes.
Sin embargo, aquí no basta la lógica humana. Los Magos de Oriente están en la órbita
de una lógica distinta, la de una luz distinta que actúa en sus almas.
Esta luz está (...) en los textos del libro del profeta Miqueas que escribe: "Y tú, Belén,
tierra de Judá..., de tí saldrá un jefe que apacentará a mi pueblo, Israel."(1)
Asi, pues: Belén. La luz del libro y la luz de la estrella indican el lugar exacto a los
Magos. Ellos siguen esta luz. Y cuando llegan al lugar, Belén, ven al Niño con su Madre. Allí
no tienen ya la menor duda.
Quizá la lógica humana les mandaría volver atrás. ¿Por qué no en el palacio real de
Jerusalén?
Pero los Magos se encuentran dentro de una lógica distinta. Siguen la luz del Misterio
Divino. Participan de esta luz mediante la fe. Y tienen la certeza de encontrarse cara a cara con
Aquél que tenía que venir.
A todos está destinada esta Luz Divina, que penetra en la oscuridad de la existencia
humana.86
¡ Vosotros, salid y guiad a otros; guiad a todos los que la Providencia ha puesto en el
camino de vuestra vocación! Haced cuanto esté en vuestras manos para que lleguen a Belén (...)
y haced todo lo que hicieron los Magos de Oriente; ofrecedle dones, oro, incienso y mirra; el
oro del amor, el incienso de la oración y la mirra del sufrimiento.87
Que los Magos nos sirvan de guía para que nuestro camino cotidiano tenga siempre
como meta y como término Jesús, eterno Hijo de Dios, y, en el tiempo, Hijo de María.88
Con ocasión de la venida de los Magos de Oriente, Herodes supo del nacimiento del
"rey de los Judios"(1). Y cuando partieron los Magos, él "envió matar todos los niños de Belén
y de toda la comarca, de dos años para bajo"(2). Y de este modo, matando a todos, matar a
Aquel recien nacido "rey de los Judios" de quien había tenido conocimiento. Un
acontecimiento muy importante, para el que la Providencia divina recurre nuevamente a José.
Leemos: "Después que los Magos se retiraron, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y
le dijo:'Levántate, toma contigo al niño y a su Madre y huye a Egipto; y estate allí hasta que yo
te lo diga, porque Herodes va a buscar al niño para matarle'"(3). Entonces José "tomó al niño y
a su Madre y se retiró a Egipto; y estuvo allí hasta la muerte de Herodes.89
La Sagrada Familia fue amenazada durante su estancia en Belén. Es una amenaza que
viene del mundo que quiere acabar con la vida del Niño. ¡Deseamos hacer frente a todo lo que,
en el mundo de hoy, amenaza a la familia desde dentro y desde fuera! ¡A lo que amenaza al
amor, a la fidelidad y a la honestidad conyugal, a lo que amenaza la vida!90
CAPITULO CUARTO

VIDA OCULTA DE JESUCRISTO

El hogar de Jesus. Un sólo hecho importante se destaca en el Evangelio.

En el hogar

Queremos entrar ahora en la Casa de Nazaret, queremos acercarnos al taller donde el


Hijo de Dios trabajó junto a José, bajo la mirada maternal de María.91
Dios inaugura la plenitud de los tiempos, en las circunstancias más normales y
ordinarias: en una familia, en una casa, en una aldea pequeña de Galilea. Allí, junto a José,
maestro carpintero, vive y trabaja Jesús, el Hijo de Dios, hecho hombre y nacido de la Vírgen
María. En esta familia, el que será la salvación del mundo, aprende como cualquier niño a
caminar por la vida.92
El Hijo de Dios hecho un niño como todos los nacidos de mujer, recibía allí
contínuamente los cuidados de la Madre. María, que siempre había permanecido Vírgen,
consagraba diariamente su vida a la sublime misión de la maternidad, y por eso todas las
generaciones la llamarán bienaventurada. José designado para proteger el misterio de la
filiación divina de Jesús y la maternidad virginal de María, cumplía su papel de forma
consciente, en silencio y obediencia, a la voluntad divina. ¡Qué escuela, qué misterio!
El Hijo de Dios vino a la tierra para salvar a todos los hombres..., y para llevar a cabo
esta misión, pasó la mayor parte de su vida terrena en el seno de una familia, con el fin de
hacernos comprender la importancia insustituible de esta primera célula de la sociedad.93

Siempre sentimos asombro ante el hecho de que una mujer haya podido traer al mundo
al que es Dios; que haya recibido la misión de amamantarlo como cada madre amamanta a su
hijo; que haya preparado al Salvador, con su educación materna, para su futura actividad. María
ha sido plenamente madre y, por esto, ha sido también una admirable educadora(...). Su
presencia materna influyó profundamente en el desarrollo humano del Hijo de Dios.94
En la figura clara de José podemos contemplar el nexo de unión profunda que existe
entre la paternidad humana y la Paternidad divina: cómo aquella se funda en ésta y saca de ella
su verdadera dignidad y grandeza.
Para el hombre, engendrar hijos, es sobre todo, recibirlos de Dios: se trata de acoger
como un regalo la criatura que engendran. Por esta razón los hijos pertenecen antes a Dios que
a sus mismos padres: y esta verdad es muy rica en implicaciones tanto para unos como para
otros.
Para traer un niño al mundo bastan unos cuantos meses; para hacerlo crecer y educarlo
no basta una vida. Hay un mundo de valores humanos y sobrenaturales que se deben transmitir
para que su "dar la vida" tenga una dimensión plenamente humana. Desde esta perspectiva
adquiere la figura de San José una elocuencia extraordinaria.95
En la luminosa figura de José se nos concede entrever que(...) Jesús fue
desde el principio el centro de su gran amor por el que estuvo lleno de solicitud y afecto; fue su
gran vocación; fue su inspiración; fue el gran
misterio de su vida.96
Vosotras, familias de hoy, que estáis viviendo las rápidas transformaciones de la
sociedad contemporánea y a veces sufrís sus procupantes agitaciones, podéis encontrar en la
Familia de Nazaret, de la que José vigilaba con exquisito cuidado, el modelo siempre actual de
una comunidad de personas, donde el amor asegura un entendimiento cada vez más renovado.97
La familia tiene un singularísimo e insustituible cometido en la administración del don de la
vida, para proporcionar el mejor ambiente en la educación de los niños y para su paulatina
introducción en la sociedad. Allí es donde encuentra primero el niño amor y aceptación, desde
el momento mismo de su concepción y a lo largo de todo su proceso de crecimiento y
desarrollo. La solicitud por el niño, antes incluso de nacer, desde el primer momento de su
concepción y a lo largo de su infancia y juventud, es la manifestación primaria y fundamental
de las relaciones de un ser con otro.98

En el Templo

Aunque pobre en pormenores sobre el primer período de la vida de Jesús, narra el


Evangelio, sin embargo, que "sus padres iban cada año a Jerusalén en la fiesta de la Pascua",
como expresión de su fidelidad a la ley y a las tradiciones de Israel. "Cuando era ya de doce
años, al subir sus padres, según el rito festivo", "y volverse ellos acabados los días, el Niño
Jesús se quedó en Jerusalén sin que sus padres lo echasen de ver"(1). Después de tres días de
búsqueda "le hallaron en el templo, sentado en medio de los doctores, oyéndoles y
preguntándoles".99
Cuando encuentran a Jesús en el templo de Jerusalén, María dice: "Mira que tu padre y
yo te buscábamos". Y Jesús responde: "¿Por qué me buscábais?".
La respuesta de Jesús da mucho que pensar: "¿Por qué me buscábais? ¿No sabíais que
yo debía estar en la casa de mi Padre?"(1).
El Evangelio añade que María y José "no comprendieron" estas palabras. Al mismo
tiempo estas palabras quedaban impresas en la memoria de la Madre, como las que más a
menudo y con mayor profundidad Ella "conservaba en su corazón.
Jesús habla de su vocación: de la misión que el Padre celestial ha inscrito ya desde el
principio de todo (...).
La familia es por esto, también, el ambiente primero y fundamental en el que se
despunta y manifiesta la vocación cristiana.
Así como la vocación de Jesucristo se manifestó en la Familia de Nazaret, así cada
vocación nace y se manifiesta también hoy en la familia.
La vocación toca las raíces mismas del alma humana. Es una llamada interior de Dios
dirigida al hombre: al hombre único e irrepetible.
El plan de Dios para el hombre es anterior a la concepción misma en el seno de la
madre. Es eterno. Este plan eterno de Dios está en el comienzo mismo de cada vocación.
El hombre lo debe descubrir ..., y descubrirlo con acierto(...). Ello, sin embargo, no
tiene lugar sin luchas internas. El hombre -el hombre joven- es consciente de su debilidad;
quisiera librarse. Pero la gracia y la fuerza de Dios es más grande que la debilidad humana.100
Jesús a los doce años ya da a conocer que ha venido a cumplir la divina Voluntad.
María y José le habían buscado con angustia, y en aquél momento no comprendieron la
respuesta que Jesús les dio ...
¡Qué dolor tan profundo en el corazón de los padres! ¡Cuántas madres conocen dolores
semejantes! A veces porque no se entiende que un hijo joven siga la llamada de Dios...; una
llamada que los mismos padres, con su generosidad y espíritu de sacrificio, seguramente
contribuyeron a suscitar. Ese dolor, ofrecido a Dios por medio de María será después fuente de
un gozo incomparable para los padres y para los hijos.101
Es el único hecho de la adolescencia de Jesús recordado por los Evangelios. Hecho
significativo teniendo en cuenta que aquel Peregrino de 12 años de Nazaret era capaz de que los
doctores le escucharan... y de que todos los que le oían quedaran asombrados de su talento y de
las respuestas que daba(1).102

En el trabajo

Fuera de este suceso, todo el período de la adolescencia de Jesús está cubierto de silencio.
Es un periodo de vida oculta resumido por San Lucas en dos frases sencillas: Jesús "bajó con
ellos y vino a Nazaret y les estaba sujeto"(1), y: "crecía en sabiduría, edad y gracia ante Dios y
ante los hombres".103
El trabajo responde al designio y a la voluntad de Dios. Las primeras páginas del
Génesis nos presentan la creación como obra de Dios, como el trabajo de Dios. Por esto, Dios
llama al hombre a trabajar, para que se asemeje a El. El trabajo no constituye, pues, un hecho
accesorio y mucho menos una maldición del cielo. Es por el contrario, una bendición
primordial del Creador, una actividad que permite al individuo realizarse y ofrecer un servicio a
la sociedad.
Pero la proclamación más exhaustiva del "Evangelio del trabajo" la hizo Jesús, el Hijo
de Dios hecho hombre -y hombre de un trabajo manual- sometido al duro esfuerzo. El dedicó
gran parte de su vida terrena al trabajo de artesano e incorporó el mismo trabajo a su obra de
redención.104
La familia de Nazaret vive su vida de fe, correspondiendo a una vocación sublime que
vincula su existencia al misterio de Dios presente entre los hombres en ese Hijo suyo, que es el
mismo Verbo de Dios encarnado.
Dedicándose a El encuentran la motivación diaria para una solidaridad entre ellos que
ninguna dificultad consigue resquebrajar. Cosa que viven de modo oculto, en el trabajo
cotidiano, afrontado con la conciencia de colaborar de este modo también al plan de salvación
universal. Especialmente el camino de José está encerrado en el silencio. Sólo sabemos que su
vida se consumió en la diaria fatiga de carpintero, junto al Hijo de Dios, Jesús, quien creciendo
a su lado día tras día, se iba haciendo, cada vez más, su eficaz colaborador: carpintero con
carpintero.
Estas verdades no son abstractas; el ejemplo de los miembros de la Sagrada Familia las
hacen extremadamente concretas. Son verdades que pasan a través de la fatiga de María en la
casa, que se empapan del sudor cotidiano de José y que tienen el espesor de de las herramientas
manejadas por las encallecidas manos del mismo Hijo de Dios.105
El Hijo de Dios y de María, se ejercitó en el trabajo humano, bajo la dirección vigilante
y afectuosa(...) de San José; ante la mirada de la Madre, Virgen Inmaculada, atareada también
Ella en las humildes obligaciones que las condiciones atrasadas de aquellos tiempos dejaban a
las mujeres.106
José guiaba y sostenía al Niño Jesús, introduciéndolo en el conocimiento de las
costumbres religiosas y sociales del pueblo judío, y encaminándole en la práctica del oficio de
carpintero, del que, durante tantos años de ejercicio él había asimilado todos los secretos. San
José enseñó a Jesús el trabajo humano del que era experto. El divino Niño trabajaba junto a él,
y escuchándolo y mirándolo aprendía a manejar los instrumentos propios de carpintero con la
diligencia y dedicación que el ejemplo del padre putativo le transmitía.107
"Someted la tierra"(1) señala el mandamiento bíblico. Y San José reconoció y aceptó
esta función en la propia vida, trasmitiendo al pequeño Jesús, que crecía a su lado, el sentido de
gozosa disponibilidad con el que cada mañana él reanudaba la cotidiana fatiga. También por
esto, San José está ante el pueblo cristiano como modelo luminoso de vida, al que todo padre
puede y debe mirar en las opciones concretas que le vienen impuestas por la responsabilidad de
una familia.108
Nuestro Señor Jesucristo recibió las caricias de sus recias manos de obrero, manos
endurecidas por el trabajo, manos abiertas a la bondad y al necesitado.109
Volvamos a esta Casa de Nazaret, volvamos junto a Jesús obrero. A José, María y
Jesús; volvamos a la Sagrada Familia. El hombre es la finalidad del trabajo, la familia es la
finalidad del trabajo, la paz es la finalidad del trabajo. No se puede tergiversar el trabajo
humano ni alienarlo; y lo digo, queridísimos, en el nombre de Jesús(...).110
Jesús trabajó materialmente durante 30 años con San José en la modesta
actividad de carpintero, entre las paredes de la casa de Nazaret. Un trabajo, de treinta años,
carente de acontecimientos extraordinarios externos, que constituyó la trama -en cierto modo-
del crecimiento del Salvador en edad, sabiduría y gracia(...)
¡Abrid el corazón a Cristo, divino trabajador!111 El
trabajo es la expresión cotidiana del amor en la vida de la Familia de Nazaret. Carpintero. Esta
simple palabra abarca toda la vida de José. Es el trabajo con el que trataba de asegurar el
mantenimiento de la Familia. El trabajo ha formado parte del misterio de la Encarnación, y
también ha sido redimido de modo particular. Gracias a su banco de trabajo sobre el que ejercía
su profesión con Jesús, José acercó el trabajo humano al misterio de la Redención.112
En el crecimiento humano de Jesús, representó una parte notable la virtud de la
laboriosidad, al ser el trabajo un bien del hombre que transforma la naturaleza y que hace al
hombre ser "en cierto sentido más hombre".113
Jesús crecía en su maduración humana, en los afectos familiares, y en la perspectiva de
su misión. ¡Preciosos momentos de la vida del Salvador! Las grandes misiones al servicio de
los hombres no se improvisan, sino que exigen una preparación, en el silencio de una
laboriosidad perseverante y tenaz. Así fue para el joven Jesús.
Al lado de Jesús vemos la dulce figura de María, su Madre y Madre nuestra, sentimos la
serena presencia de José, el hombre "justo", que en laborioso silencio provee a las necesidades
de toda la familia.114
CAPITULO QUINTO

COMIENZO DE LA VIDA PUBLICA DE JESUCRISTO

Presentación en público del Precursor: Juan Bautista

El Evangelista Mateo lo describe como un hombre de oración intensa, de penitencia


austera, de fe profunda: efectivamente, es el último de los Profetas del Antiguo Testamento,
que da paso al Nuevo, señalando en Jesús al Mesías esperado por el pueblo judío. En las riberas
del rio Jordán, Juan Bautista confiere el bautismo de penitencia: "Y acudían a él toda la gente
de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán; confesaban sus pecados y él los bautizaba"(1).
Este bautismo no es un simple rito de adhesión, sino que indica y exige el
arrepentimiento de sus propios pecados y el sincero sentimiento de espera en el Mesías.
Juan enseña. Predica la conversión: "Convertíos, porque se acerca el reino de los
cielos". Juan enseña. Y conforme al anuncio de Isaías: "allana los senderos"(2) para el Señor.
¿Quién es el Señor que debe venir? Por sus mismas palabras podemos calificar la
persona, la misión y la autoridad del Mesías.
Juan Bautista enmarca ante todo claramente "su persona". Y así dice: "puede más que
yo y no merezco llevarle las sandalias"(3). Con estas expresiones, típicamente orientales,
reconoce la distancia infinita que hay entre él y Aquél que debe venir, y subraya también su
misión de preparar inmediatamente para ese gran acontecimiento.
Luego, señala la misión del Mesías: "os bautizará con el Espíritu Santo y fuego"(4).
Juan Bautista, divinamente iluminado anuncia que Jesús, el Mesías, continuará confiriendo el
bautismo, pero este rito dará la gracia de Dios, el Espíritu Santo, entendido bíblicamente como
"fuego" místico, que quema y borra el pecado y la inserta en la misma vida divina
(encendiéndola de amor).115

El Bautismo de Jesús

Desde diversas partes la gente acudía a Juan, que predicaba el Bautismo de penitencia.
Una vez finalizada su vida oculta, Jesús va de Nazaret al Jordán(...), y en sus orillas Jesús se
mezcló con los pecadores y con todos cuantos esperaban la venida del Mesías haciendo
penitencia.116
En este acontecimiento del bautismo aparece la humildad de Jesús (...) Esta humildad
queda subrayada por las palabras de Juan Bautista: "Soy yo quien debe ser bautizado por Tí, ¿y
vienes Tú a mí?". Jesús le respondió: "Déjame hacer ahora pues conviene que cumplamos toda
justicia"(1).117
Después de treinta años desde la noche del Nacimiento en Belén, Jesús de Nazaret
viene al lugar en que Juan estaba bautizando con el bautismo de penitencia, para preparar la
venida del Mesías.
El día en que Jesús de Nazaret vino al Jordán, Juan proclamó ante el pueblo: "Este es el
Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo"(1).
¿Quién es Jesús de Nazaret? Juan el Bautista dice que es el Cordero de Dios que quita
el pecado del mundo. De este modo pronuncia -por así deecir- la verdad del Mesías Redentor
hasta el fondo. El significado de estas palabras de Juan se esclarecerán del todo a través de la
cruz en el Gólgota y en la mañana del día de Pascua.118
Juan Bautista ha sido el primero que ha dado testimonio de El junto al Jordán, y su
testimonio humano fue confirmado por el testimonio divino del Padre... "Tú eres mi Hijo
amado, en quien Yo me complazco"(1). Estas palabras las escucharon los peregrinos reunidos
en las riberas del Jordán en el momento del bautismo de Cristo.119
Jesús después de haber dejado Nazaret y haber sido bautizado en el Jordán, va a
Cafarnaún para dar comienzo su ministerio público como si se verificase en El un segundo
nacimiento, para entregarse al compromiso total e irrevocable de una vida gastada por todos,
hasta el supremo sacrificio de Sí.120

Jesucristo consiente ser tentado por el diablo para enseñarnos a vencerle

Al inicio de su actividad mesiánica en Israel, Cristo, "fue tentado por el diablo durante
cuarenta días"(1) y "todo aquel tiempo estuvo sin comer"(2).
Nos hallamos ante un acontecimiento que nos afecta profundamente. La tentación de
Jesús en el desierto ha constituido para muchos hombres: santos, teólogos, escritores y artistas,
un tema profundo de reflexión y creatividad.
¡Tan profundo es el contenido de este acontecimiento! Dice mucho de Cristo: el Hijo de
Dios que se ha hecho verdadero hombre. Hace meditar mucho a cada hombre.121
Cristo ayunó durante cuarenta días. Al final de este ayuno, que precede a su actividad
mesiánica, tiene lugar la triple tentación por parte de Satanás, que es descrita en el Evangelio de
Mateo.
La tentación se cierra con la derrota del tentador. Jesús le dice: "Vete, Satanás, porque
está escrito: Al Señor, tu Dios, adorarás y a El sólo darás culto"(1).
Mediante esta revelación de su poder mesiánico, Cristo tocó el orígen mismo del
pecado del hombre. Pues en efecto, el pecado del hombre comenzó con la tentación de nuestros
primeros padres. Las palabras de las que se sirvió allí el tentador, indican claramente el motivo
del acto al que induce a nuestros progenitores: "Bien sabe Dios que cuando comáis de él -el
árbol prohibido- se os abrirán los ojos y seréis como Dios en el conocimiento del bien y del
mal"(2).
El pecado que siguió a esta tentación, destruyó la relación del hombre con Dios, de la
criatura con su Creador, en sus fundamentos mismos. Dejó destruida, a la vez, la gracia de la
inocencioa original y la justicia del hombre. Así en la historia humana misma comenzó el
dominio del pecado.122
No se trata ahora de someter a un análisis detallado la descripción de la tentación de
Cristo, sino de llamar la atención sobre el deber de cada uno de meditarla convenientemente. Es
preciso, sobre todo, que cada uno entre en sí mismo y se dé cuenta de como siente él
específicamente esta tentación y que aprenda de Cristo a superarla.
La descripción de la tentación de Jesús tiene una elocuencia especial. Efectivamente, en
esta época, incluso más que en cualquier otra, el hombre debe hacerse consciente de que su
vida discurre en el mundo entre el bien y el mal. La tentación no es más que dirigir hacia el mal
todo aquello de lo que el hombre puede y debe hacer buen uso.
La tentación nos aparta de Dios y nos dirige de modo desordenado a nosotros mismos y
al mundo. Y si la tentación hace eso en nosotros, nosotros tenemos que superar este mundo
desordenado precisamente con el sacrificio. Cultivando el sacrificio, o mejor, el espíritu de
sacrificio, no permitiremos a la tentación que prevalezca en nuestro corazón, sino que
mantendremos a éste en un clima de interioridad y orden.123
Cristo realiza la redención mediante la obediencia hasta la muerte y muerte de cruz. Y
el primer acto de esta obediencia, al comienzo de su actividad mesiánica, es el rechazo del
tentador: "Vete, Satanás... A El sólo -al Señor Dios- darás culto".124

Abandona Nazaret al comenzar su actividad pública y se queda en Cafarnaún

La actividad pública de Jesús comenzó a los treinta años cuando tuvo lugar su primer
discurso en Nazaret: "... entró según su costumbre el día de sábado en la sinagoga y se levantó
para hacer la lectura. Le entregaron un libro del profeta Isaías...". Jesús leyó el pasaje que
comenzaba con las palabras: "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ungió para
evangelizar a los pobres...". Entonces Jesús se dirigió a los presentes y les anunció: "Hoy se
cumple esta escritura que acabáis de oir...".
A los ojos de los habitantes de Nazaret, Jesús aparecía como "el hijo del carpintero".
Cuando comenzó a enseñar, sus paisanos se preguntaban sorprendidos: "¿Acaso no es éste el
carpintero, el hijo de María?...". Además de la Madre, mencionan también a sus "hermanos" y a
sus "hermanas", es decir, aquellos miembros de su parentela (primos), que vivían en Nazaret.
Aquellos mismos que como recuerda el Evangelista Marcos, intentaron disuadir a Jesús de su
actividad de Maestro. Evidentemente ellos no encontraban en El motivo alguno que pudiera
justificar el comienzo de esa nueva actividad; consideraban que Jesús era y debía seguir siendo
un israelita más (1).
En su actividad de Maestro -que comienza en Nazaret y se extenderá a Galilea y Judea,
hasta la capital Jerusalén- Jesús sabe captar y valorar los frutos abundantes que están presentes
en la tradición religiosa de Israel. La penetra con inteligencia nueva, haciendo emerger sus
valores vitales, y saca a la luz sus perspectivas proféticas. Tampoco duda en denunciar las
desviaciones de los hombres en contraste con los designios del Dios de la Alianza.125

Jesucristo acompaña a su Madre a una boda en Caná

María aparece como Madre de Jesús al comienzo de su vida pública. Jesús y sus
discípulos fueron invitados junto a María (...) : el Hijo parece que fue invitado en razón de la
Madre.126 El Evangelio pone de relieve su discreta intervención en las bodas de Caná en favor
de la alegría de dos jóvenes esposos(...). 127
Jesús estaba presente en Caná de Galilea con la pareja de recién casados. Había
aceptado la invitación para asistir a su boda. Estaba con ellos. Estaba para ellos. Es muy
elocuente encontrar a Jesús allí (...), precisamente al comenzar su actividad mesiánica.
Jesús transforma el agua en vino. Al hacerlo, transforma y ennoblece la bebida que será
ofrecida a los invitados. La verdad del Evangelio y la gracia del sacramento transforman y
ennoblecen toda la vida matrimonial si siguen fielmente esta verdad, si colaboran con esta
gracia.128
La alianza matrimonial, cuya dignidad de sacramento originario volvió a confirmar
Jesucristo, une a hombre y mujer con el vínculo indisoluble "del amor, de la fidelidad y de la
honestidad matrimonial" para toda la vida.
El sacramento de la unión nupcial consolida, purifica y lleva a plenitud el amor,
convirtiéndolo en caridad conyugal y dando así a los esposos la gracia de participar, de modo
propio y específico en la caridad de Cristo por su Iglesia.
La vida es un don, y la presencia de los hijos nos hace cada vez más conscientes de que
cuanto hay de bello y positivo en la existencia viene de Dios.129
Es conocida por todos la continuación de los acontecimientos concatenados con aquella
invitación; aquel "comienzo de las señales" hechas por Jesús -el agua convertida en vino- hace
decir al Evangelista: que Jesús manifestó así su gloria y creyeron en El sus discípulos (1).

María se pone entre su Hijo y los hombres; en la realidad de sus privaciones,


indigencias y sufrimientos. María intercede por los hombres.130
En Caná de Galilea, en las bodas, junto a Jesucristo esta su Madre. Ella intercede en
favor de los nuevos esposos que se encuentran en situación de dificultad y haciendo propia su
preocupación tiene compasión de ellos.
Y ante la respuesta de Jesús: "Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora"(1), Ella,
dulce y humilde, no se desanima y recomienda a los criados que hagan lo que El les diga.
La Santísima Virgen también nos dirige la invitación de poner en práctica la Palabra de
su Hijo, y hace comprender que el amor no es sólo un don, sino también un mandamiento. Una
exigencia ineludible y llena de consecuencias, que impulsa a vivir nuestra existencia con
obediencia y srvicio.131
CAPITULO SEXTO

VIDA PUBLICA DE JESUCRISTO

Elección de los Apóstoles

Jesús iluminó enseguida eficazmente a algunos hombres, "mientras caminaba junto al


lago de Galilea", es decir, en las riberas del Lago de Genesaret. Se trata de una llamada a los
pimeros discípulos, los hermanos Simón y Andrés, y luego a otros dos hermanos, Santiago y
Juan; todos ellos hombres trabajadores dedicados a la pesca. Ellos inmediatamente dejaron la
barca y a su padre y le siguieron.
Ciertamente experimentaron la fascinación de la luz secreta que emanaba de El, y sin
demora la siguieron para iluminar con su fulgor el camino de la vida. Pero esa luz resplandece
para todos. En efecto, El se hace conocer por sus paisanos de Galilea "enseñando en las
sinagogas y proclamando el Evangelio del Reino, curando enfermedades y dolencias del
pueblo. Pasó haciendo el bien"(1).132
Jesús llama a seguirle personalmente. Podemos decir que esta llamada está en el centro
mismo del Evangelio. Por una parte Jesús lanza esta llamada; por otra oímos a los Evangelistas
hablar de hombres que lo siguen, y aún más, de algunos que lo dejan todo para seguirlo. Así
leemos que en otra ocasión, al pasar junto a la mesa de impuestos, dijo -y casi impuso a Mateo
a ello, que nos atestigua el hecho-:"Sígueme. Y él levantándose le siguió"(1).
Seguir a Jesús significa muchas veces no sólo dejar las ocupaciones y romper los lazos
que hay en el mundo, sino también distanciarse de la agitación en que se encuentran o incluso
dar los propios bienes a los pobres. Y no todos son capaces de hacer ese radical desgarrón: no
lo fue el joven rico, a pesar de que desde niño había observado la ley (...).
Sin embargo, otros no sólo aceptan el "sígueme", sino que como Felipe de Betsaida,
siente la necesidad de comunicar a los demás su convicción de haber encontrado al Mesías(2).
Pedro y los Apóstoles -excepto Judas- comprenden y aceptan la llamada a seguir a
Jesús como donación total de sí y de sus cosas a causa del anuncio del reino de Dios. Ellos
mismos se lo recordarán a Jesús por boca de Pedro cuando le dijeron: "Pues nosotros que lo
hemos dejado todo y te hemos seguido ..."(3). Y el mismo Jesús parece querer aclarar de "qué"
se trata, al responder a Pedro: "En verdad os digo que ninguno que ha dejado casa, mujer,
hermanos, padres e hijos por amor del reino de Dios dejará de recibir mucho más en este siglo,
y la vida eterna en el venidero"(4).133
Jesús de Nazaret anunciaba el Evangelio a todos los que le seguían para escucharlo,
pero al mismo tiempo, llamó a algunos de modo especial, a seguirlo con el fin de prepararles El
mismo para una futura misión... (la Iglesia).
Jesús mismo hablará un día de esta elección de los Doce subrayando el motivo por el
que lo hizo: "No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros y os he
destinado para que vayáis y déis fruto y vuestro fruto permanezca"(1).
Jesús había instruido a los Doce "para que estuvieran con El" y para "enviarlos a
predicar con poder de expulsar demonios"(2). Han sido elegidos e instruidos para una misión
precisa.
Es interesante ver también el modo como Jesús ha realizado la elección de los Doce
"...se fue al monte a orar y pasó la noche en oración a Dios. Cuando se hizo de día llamó a sus
discípulos y eligió a doce de entre ellos a los que llamó también apóstoles". Sigen los nombres
de los elegidos, "Simón, a quien Jesús da el nombre de Pedro, y a su hermano Andrés; Santiago
y Juan, a quienes dio el nombre de 'Boanerges',que significa 'hijos del trueno'; Felipe,
Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago hijo de Alfeo, Simón llamado el Zelotes, Judas de
Santiago y Judas Iscariote que llegó a ser un
traidor"(3).134
La convivencia y larga amistad con el Maestro, a quien, escuchando su llamada, fueron
siguiendo primero por los alrededores del lago y después a través de Galilea y de Judea; les fue
abriendo poco a poco horizontes insospechados caminando por las cumbres, por los campos y
por los pueblos. En las palabras y en los milagros obrados ante ellos, se revelaba la voluntad de
Dios Padre de salvar a todos los hombres por medio de la muerte y resurrección de su Hijo. A
partir de entonces, aquel primer grupo de pescadores iban a ser los continuadores de la obra de
Jesús a través del inmenso mar del mundo.135

Su vida fue una vida de contínua oración.

La oración era la vida de su alma, y toda su vida era oración. La historia de la


humanidad no conoce otro personaje que con tal plenitud -y de tal forma- se entretuviera con
Dios en oración, como Jesús de Nazaret: Hijo del hombre -y al mismo tiempo Hijo de Dios-,
"de la misma naturaleza que el Padre".
Existen abundantes pasajes en los evangelios que ponen de relieve la oración de Jesús,
declarando explícitamente que "Jesús oraba". Y lo hace en diversos momentos del día y de la
noche así como en circunstancias diversas. He aquí algunas: "a la mañana, mucho antes del
amanecer, se levantó, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba"(1). Y no solamente al
comienzo del día (la "oración de la mañana")' sino también durante el día y por la tarde, y
especialmente de noche. Leemos que, en efecto,: "numerosas muchedumbres acudían para oírle
y ser curadas de sus enfermedades. Pero El se retiraba a lugares solitarios y se entregaba a la
oración"(2). También en otra ocasión: "Despedida la muchedumbre, subió al monte, solo, para
orar. Llegada la noche, estaba allí solo"(3).
Los evangelistas subrayan el hecho de que la oración acompañase los acontecimientos
de particular importancia en la vida de Cristo: "Cuando todo el pueblo fue bautizado, y
mientras Jesús recibía también el bautismo y estaba en oración, se abrió el cielo(...)"(4).
La oración constituía también la preparación para importantes decisiones y para
momentos de gran importancia para la misión de Cristo. Así, en el momento de comenzar el
ministerio público, se retiró al desierto para ayunar y orar (5).
Es extraordinariamente sorprendente la oración primera de la resurrección de Lázaro:
"Alzando los ojos al cielo, dijo: Padre, te doy gracias porque me has escuchado, pero lo he
dicho por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado" (6).
La oración durante la última cena (la así llamada oración sacerdotal) se debería
reproducir aquí por completo. .
En la oración de Getsemaní, que sigue poco después, destaca sobre todo su verdad de
Hijo del hombre. "Mi alma está triste hasta la muerte. Permaneced aquí y vigilad" (7) -dice a
los suyos al entrar en el Huerto de los Olivos-. Al quedarse solo, se arroja a tierra y las palabras
de su oración demuestran la profundidad del sufrimiento, Dice, en efecto: ¡«Abba»,Padre!
Todo te es posible; aleja de mí este cáliz, pero no sea lo que yo quiero, sino lo que tú quieres"
(8).
Ciertamente Jesús oraba en las diversas circunstancias que surgían de la tradición y de
la ley religiosa de Israel, como cuando, a la edad de doce años, subió con los padres al templo
de Jerusalén (9). O cuando, como refieren los evangelistas, entraba, "según costumbre, en la
sinagoga el día del sábado" (10).
Lo que los evangelios dicen de la oración personal de Cristo, la Iglesia jamás lo ha
olvidado y vuelve a encontrar en el diálogo personal de Cristo con Dios la fuente, la
inspiración, la fuerza de su misma oración. En Jesús orante, en efecto, se expresa de la forma
más personal el misterio del Hijo que totalmente "vive para el Padre", en íntima unión con El.136
Nosotros debemos rezar, lo primero de todo, porque somos creyentes. La oración es el
reconocimiento de nuestros límites y de nuestra dependencia: venimos de Dios, somos de Dios
y retornamos a Dios. La oración es un diálogo misterioso, pero real, con Dios, un diálogo de
confianza y amor (...)
En segundo lugar, debemos de orar porque somos cristianos ... y la vida de Jesús ha
sido una vida de oración continua (...). El cristiano sabe que su oración es Jesús; toda oración
suya parte de Jesús; es EL quien ora por nosotros, en nosotros y por nosotros. ¡Cristo es nuestra
oración!
Finalmente debemos orar porque somos frágiles y culpables..., pobres criaturas con
ideas confusas (...) cobardes y débiles, con necesidad constante de fuerza interior y de consuelo.
La oración da fuerza para los grandes ideales, para mantener la fe, la caridad, la pureza, la
generosidad (...). 137
Jesucristo, un Hombre de carne y hueso como nosotros

Es un hombre real y no un fantasma.

Los testimonios bíblicos sobre la verdadera humanidad de Jesucristo son numerosos y


claros. El punto de partida es aquí la verdad de la Encarnación (ya relatada en estas páginas) y
que está detalladamente expresada en el prólogo del evangelio de San Juan:"Y el Verbo se hizo
carne y habitó entre nosotros".
Frente a las herejías docetas -para las que Jesucristo es verdadero Dios pero hombre
sólo en apariencia- la Iglesia profesa y proclama firmemente la verdad sobre Cristo (...)
verdadero Dios y verdadero Hombre. No un hombre aparente, no un fantasma, sino un hombre
real.
San Lucas habla de su nacimiento de una mujer cuando describe los
acontecimientos de Belén: "Estando allí se cumplieron los días del parto, y dió a luz a su hijo
primogénito, y lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre"(1).
El mismo evangelista nos da a conocer que al octavo día después del nacimiento, el
niño fue sometido a la circuncisión ritual y "le fue puesto por nombre Jesús"(2). Cuando se
cumplieron los cuarenta días fue ofrecido como "primogénito" en el templo de Jerusalén
conforme a la ley de Moisés. Y más aún, cuando como todo niño, también este "Niño crecía y
se fortalecía"(3).138

Padeció hambre, sed, dolores, cansancio, agonía, muerte...

Jesús ha experimentado la fatiga, el hambre y la sed. Leemos: "Y después de haber


ayunado durante cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre"(1). Y en otro lugar:"Jesús...
cansado, se sentó junto al pozo ... Llegó mientras tanto una mujer de Samaría para recoger
agua. Le dijo Jesús dame de beber"(2).
Jesús tiene, pues, un cuerpo sometido a la fatiga, al sufrimiento, un cuerpo mortal. Un
cuerpo que, al final, padece las torturas del martirio mediante la flagelación, la coronación de
espinas y, finalmente, la crucifixión. Durante la terrible agonía, al morir sobre el madero de la
cruz, Jesús pronuncia aquel "Tengo sed" en el cual está contenida la última, la dolorosa y
conmovedora expresión de la verdad de su humanidad.
Solamente un verdadero hombre ha podido sufrir como ha sufrido Jesús en el Gólgota,
solamente un verdadero hombre ha podido morir como verdaderamente murió Jesús. Esta
muerte ha sido comprobada por muchos testigos oculares, no sólo amigos y discípulos, sino
también por los mismos soldados que llegando a Jesús y viendo que ya estaba muerto, no le
quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le hirió el costado con la lanza e
inmediatamente salió del mismo sangre y agua.
La resurreción corrobora, de forma nueva, que Jesús es verdadero hombre. Resucitar
quiere decir volver a la vida el cuerpo. Si el Verbo para nacer en el tiempo "se ha hecho carne",
cuando resucitó recuperó el verdadero cuerpo de Hombre. Solamente un verdadero hombre ha
podido sufrir y morir en la Cruz, solamente un verdadero hombre ha podido resucitar.
Al final Cristo, en este cuerpo resucitado y ahora ya glorificado, pero siempre cuerpo de
verdadero hombre, asciende al cielo para sentarse "a la
derecha del Padre".139

Tuvo alegrías, lágrimas, temor, angustia,...

Ha trabajado con manos de hombre, ha pensado con mente de hombre, ha actuado con
voluntad de hombre, ha amado con corazón de hombre. El experimentaba verdaderamente los
sentimientos humanos; la alegría, la tristeza, el desprecio, la maravilla, el amor. Leemos, por
ejemplo, que "Jesús se alegró en el Espíritu Santo"(1). Que lloró sobre Jerusalén: "A la vista de
la ciudad, lloró sobre ella, diciendo: Si hubieras comprendido también tú, en este día, el camino
de la paz"(2). Lloró también después de la muerte de su amigo Lázaro: "Cuando la vio (a
María) llorar y llorar también a los judios que habían venido con ella, se conmovió hondamente
y se turbó, y dijo:¿Dónde lo habeis puesto? Le dijeron: Señor ven y ve. Jesús comenzó a llorar".
(3)
Los sentimientos de tristeza alcanzan en Jesús una particular intensidad en el momento
de Getsemaní. Leemos: "Tomando consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, comenzó a sentir
temor y angustia, y les dijo; triste está mi alma hasta la muerte"(4).
En San Lucas leemos: "Lleno de angustia, oraba con más insistencia; y sudó como
gotas de sangre, que corrían hasta la tierra"(5). Un hecho de orden psicofísico que evidencia, a
su vez, la realidad humana de Jesús.
Leemos también en torno al desprecio de Jesús: Así, cuando le presentan para ser
curado un hombre con la mano seca, y en día de sábado, Jesús formula a los presentes el
interrogante: "¿Es lícito en sábado hacer bien o mal, salvar la vida o matarla? Pero ellos
callaban. Y dirigiéndoles una mirada airada, entristecido por la dureza de sus corazones, dice al
hombre: Extiende la mano. La extendió y su mano fue curada".(6)
Igualmente en el episodio de los vendedores arrojados del templo. Escribe San Mateo
que "arrojó a todos los que vendían y compraban en él. Derribó las mesas de los cambistas y los
asientos de los vendedores de palomas, diciéndoles: Está escrito: Mi casa será llamada casa de
oración, pero vosotros la habeis convertido en cueva de ladrones"(7).140

Se admiró, tuvo cariño, ternura y desamparo.

En otra parte leemos que Jesús se maravilla: "Se maravillaba de su incredulidad"(1). O


bien que experimentaba admiración. Por ejemplo, cuando dice: "Mirad los lirios como crecen...
ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos"(2). Le admira también la fe de la
mujer cananea: "¡Mujer grande es tu fe!"(3).
Pero sobre todo, lo que más destacan los evangelios es como Jesús nos ha amado. Así
leemos que durante el coloquio con el joven que había llegado para preguntarle que debía de
hacer para entrar en el Reino de los cielos. "Jesús, poniendo en él los ojos, lo amó"(4). El
evangelista San Juan escribe que "Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro"(5). Jesús
amaba a los niños: "Presentáronle unos niños para que los tocase... y abrazándolos, los bendijo
imponiéndoles las manos"(6).
Y cuando proclamó el mandamiento del amor, compará este amor con el mismo con
que El nos amó: "Este es mi precepto: Que os améis los unos a los otros como yo os he
amado"(7).
La hora de la pasión, especialmente la agonía de la cruz, constituye, se puede decir, el
punto culminante del amor con que Jesús "habiendo amado a los suyos que estaban en el
mundo, los amó hasta el fin"(8). "Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus
amigos"(9).
La agonía de la Cruz (...), éste es también el cénit de la tristeza y del abandono que El
experimentó en su vida terrena. Una expresión conmovedora de este abandono la constituirán
para sienpre las palabras: "Eloí, Eloí, lema sabachtaní!" (10). Dios mio, Dios mio, ¿por qué me
has abandonado? Son palabras que Jesús toma del salmo 22 y mediante las cuales expesa la
suprema aflicción de su alma y de su cuerpo, que comprende la misteriosa sensación de un
momentáneo abandono por parte de Dios. ¡Es el extremo más dramáticamente hiriente de toda
la pasión!.141
La Resurrección confirma de un modo nuevo que Jesús es verdadero hombre: si el
Verbo para nacer en el tiempo "se hizo carne", cuando resucitó volvió a tomar el propio cuerpo.
Sólo un verdadero hombre ha podido sufrir y morir en la cruz, sólo un verdadero hombre ha
podido resucitar. Resucitar quiere decir volver la vida al cuerpo.
En efecto, Cristo resucitado se pone en contacto con los Apóstoles. Ellos lo ven, lo
miran, tocan las cicatrices que quedaron después de la crucifixión, y El no sólo habla y se
entretiene con ellos, sino que incluso acepta su comida.
Por tanto, verdadero Dios y verdadero hombre. No un hombre aparente sino ... un
hombre real.142
Jesucristo, con su vida y milagros demuestra que es Dios.

A la luz de las obras y palabras de Jesús se hace cada vez más claro que El es, al mismo
tiempo, el verdadero Hijo de Dios. Veámoslo:
Jesús incita a los Apóstoles a ello con preguntas porque(...) deseaba que sus discípulos y
los que escuchaban llegasen por sí solos al descubrimiento de que "el Hijo del Hombre" era al
mismo tiempo el Hijo de Dios; (...) y cuando Pedro reconoce claramente su identidad divina,
entonces le confirma Jesús su testimonio llamándolo bienaventurado tú, porque no es la carne
ni la sangre quien esto te ha revelado sino mi Padre.143
Al ver a Jesús caminar por encima de las aguas del lago de Genesaret y calmar
al viento y salvar a Pedro, los apóstoles se postraron ante el maestro, diciendo:
"Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios"(1). Así pues, lo que Jesús hacía y enseñaba
alimentaba su convicción de que era el verdadero Hijo de Dios.144
Por lo tanto, lo que Jesús hacía y enseñaba alimentaba en los Apóstoles la convicción de
que El no sólo era el Mesías sino también el "Hijo de Dios". Y Jesús confirmó esta convicción.
Por ello, no dudó en decir a sus adversarios y acusadores:"En verdad, en verdad os digo: antes
que Abraham naciese, era Yo"(1).145
Abbá es una expresión aramea (...), que quiere decir padre mío, papá, papaíto. Un
israelita no lo habría utilizado jamás ni en su oración. Sólo quien se considerase Hijo de Dios
en su sentido propio podría hablar así y dirigirse a Dios como Padre. Bien, pues esta expresión
aparece precisamente en Jesús cuando se dirige al Padre (...) testimoniando así esa particular
comunión que existe entre el padre y el hijo engendrado por él. Cuando para hablar de Dios
Jesús utiliza esa palabra, debía causar admiración e incluso escandalizar a sus oyentes (...) pues
manifestaba así el conocimiento recíproco del Padre y del Hijo, del cual emana el eterno
Amor.146
En cuanto a los milagros no es posible excluirlos del texto ni del contexto evangélico,
que claman a favor de su carácter "histórico", como hechos ocurridos en la realidad y
realizados verdaderamente por Cristo. Quien se acerque a ellos con honradez intelectual y rigor
científico no puede desentenderse de ellos (...) como puras invenciones posteriores. Ni sus
adversarios pudieron negar los milagros realizados por Cristo, sino que más bien pretendieron
atribuírlos al poder del "demonio". En efecto decían: "Este expulsa a los demonios por virtud
del príncipe de los demonios"(1).147
Afirma poseer el poder de perdonar los pecados ante los escribas de Cafarnaún, cuando
le llevan un paralítico para que lo cure. El Evangelista Marcos escribe que Jesús al ver la fe de
los que llevaban al paralítico, quienes habían hecho una abertura en el techo para descolgar la
camilla del pobre enfermo delante de El dijo: "Hijo, tus pecados te son perdonados"(1). Los
escribas que estaban allí, pensaban entre sí "¿Cómo habla este así? Blasfema. ¿Quién puede
perdonar los pecados sino sólo Dios?" Jesús que leía su interior, parece querer reprenderlos:
"¿Por qué pensáis así en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil: decir al paralítico: Tus pecados
te son perdonaos o decirle: levántate, toma tu camilla y vete? Pues para que veáis que el Hijo de
Hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados -se dirige al paralítico-, yo te lo
mando: Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa". El milagro de esta curación aparece como
la confirmación de la verdad proclamada por Jesús e intuida y protestada por los escribas ... la
de ser El, el Hijo de Dios.148
Sin embargo, a pesar de su discrección en la aplicación gradual de su pedagogía de la
que hacía gala Jesús -insinuando o provocando- acerca de la verdad de su filiación divina, ésta
se hacía con estas cosas cada vez más evidente, (...). Pero mientras para unos constituía objeto
de fe, para otros era causa de contradicción y de acusación.
Esto se manifestó de forma definitiva durante el proceso en el Sanedrín. "El sumo
sacerdote le preguntó y dijo: ¿Eres tú el Cristo, el Hijo de Dios Bendito? Jesús respondió: "Yo
soy ..."(1). La reacción de los presentes fue unánime: "Ha blasfemado (...). Acabáis de oir la
blasfemia (...). Es reo de muerte"(2).149
Cuando estaba muriendo en la Cruz, Jesús "dando una gran voz dijo: Padre, en tus
manos entrego mi espíritu"(1), estas palabras del Señor testifican que, hasta el final, toda su
existencia terrena, había estado orientada al Padre.150
También los paganos dan testimonio de esta verdad. También el centurión romano que
vigila la agonía de Jesús y escucha las palabras con las cuales El se dirige al Padre, en el
momento de la muerte, a pesar de ser pagano, da un último testimonio en favor de la identidad
divina de Cristo, diciendo: "Verdaderamente este hombre era hijo de Dios"(1).151

EN JESUS DE NAZARET SE CUMPLEN TODAS LAS PROFECIAS

Andrés, el primero de los Apóstoles llamados por Jesús, anuncia a su hermano


Simón:"Hemos encontrado al Mesías (que significa el Cristo)"(1).
Sin embargo, hay que reconocer que constataciones tan explícitas como ésta son más
bien raras en los Evangelios. Ello se debe también al hecho de que en la sociedad israelita de
entonces se hallaba difundida una imagen del Mesías al que Jesús no quiso adaptar su figura y
su obra, a pesar del asombro y la admiración que suscitaba por todo lo que "hizo y enseñó"(2).
Es más, sabemos incluso que el mismo Juan Bautista, que había señalado a Jesús junto
al Jordán como "El que tenía que venir"(3) pues con espíritu profético, había visto en El al
"Cordero de Dios" que venía a quitar los pecados del mundo (...), cuando ya se hallaba en la
cárcel, mandó a sus discípulos a preguntar a Jesús:"¿Eres Tú el que ha de venir o esperamos a
otro?(4). Jeús no deja sin respuesta a Juan y a sus mensajeros: "Id y comunicad a Juan lo que
habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos
oyen, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados"(5).
Con esta respuesta Jesús pretende confirmar su misión mesiánica y recurre en concreto
a unas palabras de Isaías. Para concluir después:"Bienaventurado quien no se escandaliza de
mí"(6). Estas palabras finales resuenan como una llamada dirigida directamente a su heroico
precursor, que tenía una idea distinta del Mesías. Y es que Juan, efectivamente, en su
predicación había dibujado la figura del Mesías como la de un juez severo. En este sentido
había hablado de la "ira inminente", del "hacha puesta ya a la raíz del árbol", para cortar todas
las ramas "que no den buen fruto". Es cierto que Jesús no dudará en tratar con firmeza e incluso
con aspereza, cuando sea necesario, la obstinación y la rebelión contra la Palabra de Dios; pero
El iba a ser, sobre todo, el anunciador de la buena nueva a los pobres y con sus obras y
prodigios revelaría la voluntad salvífica de Dios, Padre misericordioso.
También es interesante subrayar que con esta respuesta Jesús evita proclamarse Mesías
abiertamente. De hecho, en el contexto social de la época ese título resultaba muy ambiguo: la
gente lo interpretaba por lo general en sentido político. Por ello Jesús prefiere referirse al
testimonio ofrecido por sus obras, deseoso con ello -sobre todo- de persuadir y de suscitar la fe.
Entre los habitantes de Jerusalén, las palabras y milagros de Jesús suscitaron cuestiones
en torno a su condición mesiánica. Algunos excluían que pudiera ser el Mesías (...), pero otros
decían:"El Mesías, cuando venga, ¿podrá hacer signos más grandes que los ha hecho éste?"(7).
Incluso llego a intervenir el Sanedrín, decretando que "si alguno lo confesaba Mesías fuera
expulsado de la sinagoga"(8).
Con estos elementos podemos llegar a comprender el significado clave de la
conversación de Jesús con los Apóstoles cerca de Cesarea de Filipo. "Jesús ... les preguntó:
¿Quién dicen los hombres que soy yo? Ellos respondieron, diciendo: Unos, que Juan el
Bautista; otros, que Elías y otros, que uno de los Profetas. Pero El les preguntó: Y vosotros,
¿quién decís que soy yo? Respondiendo Pedro, le dijo: Tú eres el Cristo",(9) es decir, el
Mesías. Tras la respuesta de Pedro, Jesús ordenó severamente a los Apóstoles "que no dijeran
nada a nadie"(10). De lo cual se puede deducir que Jesús no sólo no proclamaba que El era el
Mesías, sino que tampoco quería que los Apóstoles difundieran por el momento la verdad de su
identidad.
Quería, en efecto, que sus contemporáneos llegaran a tal convencimiento contemplando
sus obras y escuchando su enseñanza. Pero la continuación de ese diálogo (...) es aún más
significativa en relación con la idea que Jesús tenía sobre su condición de Mesías.
Efectivamente, Jesús "comenzó a enseñarles como era preciso que el Hijo del Hombre
padeciese mucho, y que fuese rechazado por los ancianos y los prícipes de los sacerdotes y los
escribas y que fuese muerto y resucitase al tercer día"(11).
Los Apóstoles, y de modo especial Pedro, a pesar de que habían profesado su fe en la
misión mesiánica de Jesús, no lograban librarse completamente de aquella concepción
demasiado humana y terrena del Mesías, y admitir la perspectiva de un Mesías que iba a
padecer y a sufrir la muerte. Incluso en el momento de la Ascensión preguntarían a Jesús:"¿Es
ahora cuando vas a reconstruir el reino de Israel?"(12)
Jesús defiende con firmeza esta verdad sobre el Mesías, pretendiendo realizarla hasta
sus últimas consecuencias, ya que en ella se expresa la voluntad salvífica del Padre. Así se
prepara personalmente y prepara a los suyos para el acontecimiento que en el "misterio
mesiánico" encontrará su plena realización: la Pascua de su muerte y de su resurrección.152

Pasó haciendo el bien a todos y a todos pide fe en El.

Existe, en los evangelios una larga serie de textos en los cuales la llamada a la fe
aparece como indispensable y sistemática para los milagros de Cristo. En el comienzo de esta
serie es necesario citar las páginas relativas a la Madre de Cristo en su actuación en Caná de
Galilea. Por su intercesión se ha realizado aquel primer milagro gracias al cual los discípulos de
Jesús "creyeron en El"(1).
Esta llamada a la fe se repite muchas veces. Al jefe de la sinagoga, Jairo, que había
llegado para pedir el retorno a la vida de su hija, Jesús dice: "No temas; ten sólo fe"(y dice "no
temas" porque algunos desaconsejaban a Jairo que se dirigiese a Jesús)(2).
Cuando el padre del epiléptico pide la curación del hijo diciendo: "Si tú puedes algo (...)
ayúdanos", Jesús responde: "Si tú puedes. Todo es posible para quien cree". Se contempla
entonces el hermoso acto de fe en Cristo de este hombre: ¡Creo, pero ayuda tú mi incredulidad!
(3).
Recordemos, por último, el diálogo bien conocido de Jesús con Marta antes de la
resurrección de Lázaro: "Yo soy la resurrección y la vida ... ¿Crees esto? Sí, oh Señor; yo
creo"(4).
Conocemos el delicado reproche que Jesús hizo una vez a Pedro: "Hombre de poca fe,
¿por qué has dudado?" Esto sucedió cuando Pedro, que al principio avanzaba valientemente
sobre las aguas hacia Jesús, "después por la violencia del viento se asustó y comenzó a
hundirse"(5).
Jesús subraya más de una vez que el milagro por El realizado está unido a la fe. "Tu fe
te ha curado", dice a la mujer que sufría hemorragia desde hacía doce años y que, habiéndose
acercado a sus espaldas, le había tocado el fleco de su manto siendo así curada(6).
Palabras parecidas pronuncia Jesús mientras cura al ciego Bartimeo, el cual, a la salida
de Jericó, con insistencia, pedía su ayuda gritando: "Jesús, hijo de David, ten piedad de mí"(7).
Según San Marcos: "Vete; tu fe te ha salvado", le responde Jesús. Y San Lucas concreta la
respuesta: "Recibe de nuevo la vista; tu fe te ha salvado"(8).
Una declaración idéntica hace al samaritano curado de la lepra (9). Mientras que a otros
dos ciegos que solicitan la recuperación de la vista, Jesús les pregunta: "¿Creéis que yo puedo
hacer esto?" "Sí, Señor ..." Jesús les dice: "Hágase en vosotros según vuestra fe"(10).
Particularmente emocionante es el episodio de la mujer cananea que no dejaba de pedir
la ayuda de Jesús para su hija "cruelmente atormentada por un demonio". Cuando la cananea se
postró ante Jesús para pedirle ayuda, él respondió: "No es bueno tomar el pan de los hijos y
arrojarlo a los perrillos" (Era una alusión a la diversidad étnica entre israelitas y cananeos, que
Jesús, Hijo de David, no podía ignorar en su comportamiento práctico, pero a la cual se refería
para suscitar su fe).
Y he aquí que la mujer, intuitivamente, llega a un acto insólito de fe y de humildad.
Dice: "Es verdad, Señor...; pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa
de sus señores". Ante esta frase tan humilde, amable y confiada, Jesús replica: "Oh mujer,
verdaderamente grande es tu fe. Hágase contigo como tú quieras"(11).
Es un acontecimiento difícil de olvidar, sobre todo si se piensa en los siempre actuales e
innumerables "cananeos" de todo país, color y condición social que tienden la mano para
solicitar comprensión y ayuda en sus necesidades.
Nótese que en la narración evangélica se pone continuamente de relieve el hecho de que
Jesús, cuando "ve la fe", realiza el milagro. El factor fe es indispensable. Pero apenas se
verifica, el Corazón de Jesús se siente inclinado a escuchar las peticiones que los necesitados le
dirigen a para que los socorra con su poder divino.
Cuando en otra ocasión realizó la multiplicación milagrosa de los panes en las
inmediaciones de Cafarnaún, preanuncio de la Eucaristía, el evangelista observa que "a partir
de entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no continuaron con él", al no
encontrarse en condiciones de aceptar un lenguaje que a ellos les parecía demasiado "duro".
Entonces Jesús preguntó a los doce: "¿Acaso también vosotros queréis retiraros?".
Respondió Pedro: "Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros
hemos creído que tú eres el Santo de Dios" (12).
El principio de la fe es, pues, fundamental en la relación con Cristo, bien como
condición para conseguir el milagro o bien como finalidad para la cual el milagro se hace. Esto
queda bien aclarado al final del Evanglio de San Juan, en el que leemos: "Obró, además, Jesús
en presencia de sus discípulos otros muchos milagros, que no han sido escritos en este libro. Y
éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que
creyéndolo tengáis vida en su nombre".153

El mensaje doctrinal de Jesús.

¿Cuál es el contenido esencial de la doctrina de Jesús? Se puede decir con una palabra:
El Evangelio, es decir la Buena Nueva. Dios desea responder a la apetencia de bien y de
felicidad enraizada profundamente en el hombre. El Evangelio, que es esa respuesta divina
posee un carácter optimista (...), pero no es un optimismo superficial; (...) el anuncio de un
"paraíso" en la tierra (...). Plantea exigencias de carácter moral, indica la necesidad de renuncias
y de sacrificios; está -en definitiva- vinculada al misterio redentor de la Cruz.
En el centro de la "Buena Nueva" está el programa de las Bienaventuranzas que precisa,
de la forma más completa posible, el género de felicidad que Cristo ha venido a anunciar (...).
"Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos". Cada una
de las ocho bienaventuranzas tiene una estructura semejante a ésta. Se trata aquí de aquellos
pobres no sólo en sentido económico-social, sino de aquellos que están espiritualmente abiertos
a la verdad y la gracia, (...) porque interiormente se encuentran libres del apego a los bienes de
la tierra y dispuestos a usar de ellos y a compartirlos según las exigencias de la justicia y de la
caridad. Pero ello no quiere decir que Jesús aleje de Sí a las personas que se encuentran en
mejores condiciones económicas, como el publicano Zaqueo que se había subido a un arbol
para verlo. De acuerdo con las palabras de Jesús son "bienaventurados los pobres de espíritu" y
"los que escuchan la palabra de Dios y la guardan"(1).154
Veamos algunos ejemplos concretos del sermón de la montaña como lo trae San Mateo
en los que se ve afirmado clara y decididamente ejercido el poder de Jesús sobre la Ley, donde
(...) a la interpretación vulgar de la Ley antigua (...), Jesús opone la interpretación auténtica del
mandamiento de Dios, (...) Padre celestial, clemente y misericordioso, que beneficia a todos y
que es, por tanto, el ejemplo supremo del amor universal.
El primero consiste en la victoria sobre la ira, el resentimiento, la animadversión que
anidan facilmente en el corazón humano(...) "Habeis oído que se dijo a los antiguos: No
matarás. Pero yo os digo que todo el que se irrita contra su hermano será reo de juicio"(1). Lo
mismo vale para quien haya ofendido a otro con palabras injuriosas, con escarnio o burla. Jesús
antepone la ley de la caridad que purifica y reordena desde lo más profundo al hombre.
Otro perfeccionamiento de la Ley es el sexto mandamiento del Decálogo, en el que
Moisés prohibía el adulterio. Jesús anuncia: "Habéis oído que fue dicho. No adulterarás. Pero
yo os digo (...), y condena también las miradas y los deseos impuros, mientras recomienda la
huída de las ocasiones, la valentía de la mortificación, la subordinación de los actos y
comportamientos a las exigencias de la salvación del alma y de todo el hombre.
A continuación viene la perfección definitiva en la que encuentran su centro dinámico
todas las demás. "Habéis oído que fue dicho: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tus
enemigos. Pero yo os digo: "Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen, para
que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir el sol sobre malos y
buenos y llueve sobre justos e injustos...". Jesús concluye: "Sed perfectos como perfecto es
vuestro Padre celestial". El pide a sus seguidores la perfección del amor. La nueva Ley que El
ha traído tiene su síntesis en el amor.155
En las breves frases del Sermón de la montaña, Jesús propuso la clave de la nueva era
que El había venido a proclamar. ¿Qué les enseñó Jesús? Que ese nuevo espíritu tiene que ser
amable, generoso, sencillo y sobre todo sincero. Que tiene que evitar la arrogancia, la
supercrítica y el buscarse a sí mismos. Los discípulos del nuevo reino deben buscar la felicidad
también entre la pobreza, la privación, las lágrimas y la opresión.
¡Qué estupefactos se quedarían aquellos primeros oyentes al escuchar esas dramáticas
palabras de Cristo! Especialmente los que eran pobres de espíritu y amables, o los que se
encontraban afligidos, pisoteados y oprimidos, cuando fueron citados como elegidos para entrar
en el reino celestial.156
Jesús pretende transmitir el mensaje evangélico a sus oyentes de forma adecuada a su
mentalidad y cultura. Precisamente por eso, con mucha frecuencia explica en forma de
parábolas las verdadades que anuncia(...). Y, sin embargo, " el misterio del Reino de Dios",
oculto en las parábolas, tenía necesidad de explicaciones particulares, solicitadas, a veces, por
los mismos Apóstoles. El Reino de Dios (...) éste era el tema "estrella" del anuncio de Jesús.157
Particularmente sinificativa es aquella parábola que nos presenta el Reino de Dios
semejante a una semilla, que el sembrador deposita en la tierra cuidada por él. La semilla está
destinada "a producir fruto", por una fuerza interna propia, pero el fruto depende también de la
tierra en la que ha caído. En otra ocasión, lo compara a un grano de mostaza,que es "la
más pequeña entre la semillas" pero que cuando ha crecido se convierte en un árbol frondoso,
en cuyas ramas encuentran refugio las aves del cielo. En todos los casos, Jesús nos da a
entender que el crecimiento de la semilla, -que es la "palabra de Dios"- está condicionada por la
forma en que es recibida en el campo de los corazones humanos. De esto depende que produzca
fruto y que rinda "ya el ciento, ya el sesenta, ya el treinta" según las disposiciones y la
corespondencia de los que la reciben.
Dice Jesús: "Os doy un mandamiento nuevo: Que os améis los unos a los otros. Como
yo os he amado, así también amaos los unos a los otros"(1). El amor fraterno, como reflejo y
participación del amor de Dios, es, pues, el principio animador de la Nueva Ley, base donde se
fundamenta el Reino de Dios.158 De hecho, sobre todo, lo que más resaltan los Evangelios, es lo
mucho que Jesús ha amado. Leemos que durante el coloquio con el joven que vino a
preguntarle qué tenía que hacer para entrar en el reino de los cielos, "Jesús, poniendo en él los
ojos, lo amó"(1). El evangelista Juan describe que "Jesús amaba a Marta y a su hermana y a
Lázaro"(2), y se llama a sí mismo "el discípulo a quien Jesús amaba"(3).
Jesús amaba a los niños: "Presentáronle unos niños para que los tocase ... y
abrazándolos, los bendijo imponiéndoles las manos". Y cuando proclamó el mandamiento del
amor, se refiere al amor con el que El mismo lo hace:
"Este es mi precepto: que os améis unos a otros como yo os he amado"(4).159
Toda su misión terrena está colmada de actos de amor hacia los hombres, especialmente
hacia los más pequeños y necesitados. "Venid a mí todos los que estáis fatigados y
sobrecargados y yo os daré descanso"(1). "Venid"; es una invitación que supera el círculo de
los coetáneos que Jesús podía encontrar en sus días de vida y de sufrimiento sobre la tierra; es
una llamada para los pobres de todos los tiempos, también para los de hoy, que estará siempre
en los labios y en el corazón de la Iglesia.
Pero esta "mansedumbre y humildad de corazón" en modo alguno significa debilidad.
Al contrario, Jesús es exigente. Su evangelio es exigente. ¿No ha sido El quién ha advertido:
"El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí"? Y poco después: "El que
encuentre su vida la perderá y el que pierda su vida por mí la encontrará"(2).
Esta especie de radicalismo no es sólo en el lenguaje evangélico, sino que lo es también
en las exigencias reales del seguimiento de Cristo, cosa que no duda en reafirmar, con
frecuencia en toda su amplitud: "No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido
a traer paz sino espada".
Es un modo -y bien fuerte- de decir que el Evangélio es una fuente de "inquietud" para
el hombre. Jesús quiere hacernos comprender que el Evangelio es exigente y que exigir quiere
decir también agitar las conciencias, no permitir que se recuesten en una falsa "paz", en la cual
se hacen éstas cada vez más insostenibles y obtusas ya que perdiendo toda resonancia se vacían
de valor las realidades espirituales.160
Lo acusaban de ser amigo de publicanos, es decir, de los recaudadores de impuestos,
llenos de mala fama y odiados además de ser considerados como no observantes y sí pecadores.
Jesús no rechaza radicalmente este juicio, cuya verdad -aún excluida toda connivencia y
reticencia- aparece confirmada en muchos episodios registrados en el Evangelio. Por ejemplo,
el episodio referente al jefe de los publicanos de Jericó, Zaqueo, a cuya casa Jesús, por así
decir, se auto-invitó: "Zaqueo, baja pronto -Zaqueo siendo de baja estatura, estaba subido sobre
un árbol para ver mejor a Jesús cuando pasara- porque hoy me hospedaré en tu casa" y cuando
el publicano bajó lleno de alegría y ofreció a Jesús la hospitalidad de su propia casa oyó que
Jesús le decía: "Hoy ha venido la salud a tu casa, por cuanto éste también es hijo de Abrahám;
pues el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido"(1). De los textos
del Evangelio se desprende no solo la familiaridad de Jesús con los publicanos y pecadores sino
también el motivo por el que los busca y los trata: su salvación.161
Una parábola clave de Jesús: la del hijo pródigo

La parábola del hijo pródigo es, ante todo, la inefable historia del gran amor de un padre
-Dios- que ofrece al hijo que vuelve a El el don de la reconciliación plena. Pero dicha historia,
al evocar en la figura del hermano mayor el egoísmo que divide a los hermanos entre sí, se
convierte también en la historia de la familia humana: porque señala nuestra situación e indica
la vía a seguir.
"Un hombre tenía dos hijos. El más joven dijo al padre:'Padre, dame la parte de
herencia que me corresponde'", dice Jesús poniendo al vivo la dramática vicisitud de aquel
joven (...).162
Aquel hijo que recibe del padre la parte de patrimonio que le corresponde y abandona la
casa para malgastarla en un país lejano,"viviendo disolutamente" es en cierto sentido el hombre
de todos los tiempos, comenzando por aquél que primeramente perdió la herencia de la gracia y
de la justicia original. La parábola toca indirectamente toda clase de rupturas de alianzas de
amor, toda pérdida de gracia, todo pecado.
Aquel hijo "cuando hubo gastado todo ..., comenzó a sentir necesidad", tanto más
cuanto que sobrevino una gran carestía en el país, al que había emigrado después de abandonar
la casa paterna. En este estado de cosas "hubiera querido saciarse" con algo, incluso "con las
bellotas que comían los puercos" que él mismo pastoreaba por cuenta de "uno de los habitantes
de aquella región". Pero también esto le estaba prohibido.
El patrimonio que había recibido de su padre era un recurso de bienes materiales, pero
más importante que estos bienes materiales era su dignidad de hijo en la casa paterna. La
situación en que llegó a encontrarse al perder los bienes materiales, le debía hacer consciente,
por necesidad, de la pérdida de esa dignidad. El no había pensado en ello anteriormente, cuando
pidió a su padre que le diese la parte de patrimonio que le correspondía, con el fin de
marcharse. Y parece que tampoco era consciente ahora, cuando se dice a sí mismo: "¡Cuántos
asalariados en casa de mi padre tienen pan en abundancia y yo aquí me muero de hambre!". El
se mide a sí mismo con el metro de los bienes que ha perdido y ya no posee, mientras que los
asalariados en casa de su padre los poseen. Estas palabras se refieren ante todo a una relación
de bienes materiales. No obstante, bajo estas palabras se esconde el drama de la dignidad
perdida, la conciencia de la filiación echada a perder.
Es entonces cuando toma la decisión: "Me levantaré e iré a mi padre y le diré:'Padre, he
pecado contra el cielo y contra tí; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo. Trátame como a
uno de tus jornaleros"(1). Palabras, estas, que revelan más a fondo el problema esencial. A
través de la compleja situación material, a la que el hijo pródigo había llegado debido a su
ligereza, a causa del pecado, ha hecho madurar en él el sentido de la dignidad perdida. Cuando
él decide volver a la casa paterna y pedir a su padre que lo acoja -no ya en virtud del derecho de
hijo, sino en condiciones de mercenario- parece que externamente obra por razones de hambre
y de miseria en las que ha caído; pero este motivo está impregnado por la conciencia de una
pérdida más profunda: ser un jornalero en la casa del propio padre es ciertamente una gran
humillación y vergüenza. No obstante, el hijo pródigo está dispuesto a afrontar tal humillación
y vergüenza. Se da cuenta de que ya no tiene ningún otro derecho, sino el de ser mercenario en
la casa de su padre. Precisamente este razonamiento demuestra que, en el centro de la
conciencia del hijo pródigo, sobresale el sentido de la dignidad perdida (...). Con esta decisión
emprende el camino.
El padre del hijo pródigo es fiel a su paternidad, fiel al amor que desde siempre sentía
por su hijo. Tal fidelidad se expresa en la parábola no sólo con la inmediata prontitud para
acogerlo cuando vuelve a casa después de haber malgastado el patrimonio; se expresa aún más
plenamente con aquella alegría, con aquel júbilo tan generoso -respecto al disipador- después
de su vuelta. Leemos en efecto que cuando el padre divisó de lejos al hijo pródigo que volvía a
casa, "le salió al encuentro, le echó los brazos al cuello y lo besó"(2).163 Siempre lo había
esperado y ahora lo abraza mientras hace comenzar la gran fiesta por el regreso de "aquel que
había muerto y ha resucitado, se había perdido y ha sido encontrado".
Pero la parábola pone en escena también al hermano mayor que rechaza su puesto en el
banquete. Este reprocha al hermano más joven sus descarríos y al padre la acogida dispensada
al hijo pródigo mientras que a él, sobrio y trabajador, fiel al padre y a la casa, nunca se le ha
permitido -dice- celebrar una fiesta con los amigos. Señal de que no ha entendido la bondad del
padre. Hasta que este hermano, demasiado seguro de sí mismo y de sus propios méritos, celoso
y displicente, lleno de amargura y de rabia, no se convierta y reconcilie con el padre y con el
hermano, el banquete no será aún plenamente la fiesta del encuentro y del hallazgo.
El hombre -todo hombre- es también este hermano mayor. El egoísmo lo hace ser
celoso, le endurece el corazón, lo ciega y lo hace cerrarse a los demás y a Dios. La benignidad
y la misericordia del Padre lo irritan y lo enojan; la felicidad por el hermano hallado tiene para
él un sabor amargo. Tambien bajo este aspecto él tiene necesidad de convertirse para
reconciliarse.
A la luz de esta inagotable parábola de la misericordia que borra el pecado, la Iglesia,
haciendo suya la llamada allí contenida, comprende, siguiendo las huellas del Señor, su misión
de trabajar por la conversión de los corazones y por la reconciliación de los hombres con Dios
y entre sí, dos realidades íntimamente unidas.164
Jesús confiere el poder de perdonar los pecados mediante el Espíritu Santo, a simples
hombres, sujetos ellos mismos a la insidia del pecado, es decir, a sus Apóstoles: "Recibid el
Espíritu Santo; a quien perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los
retuviereis, les serán retenidos"(1). Es ésta una de las novedades evangélicas más notables.
Jesús confirió tal poder a los Apóstoles incluso como transmisible -así lo ha entendido la Iglesia
desde sus comienzos- a sus sucesores, investidos por los mismos Apóstoles de la misión y
responsabilidad de continuar su obra de anunciadores del Evangelio y de ministros de la obra
redentora de Cristo.165
Fundación de la Iglesia.

El reino que Jesús ha inagurado en la historia del hombre... se


establece dentro del hombre con la fuerza de la verdad y de la gracia, que proceden de Dios y
que Cristo nos ha hecho comprender con las parábolas del sembrador y de la semilla. Y con
muchas otras más parábolas.
Cristo es el sembrador de esta verdad. Pero será definitivamente por medio de la Cruz
como realizará su realeza y llevará a cabo la obra de la salvación en la historia de la humanidad.
La palabra griega "ekklesia" etimológicamente (...) nos ayuda a comprender que lo
mismo que Dios había "llamado" -elegido- a su pueblo Israel, así Cristo llama al nuevo pueblo
de Dios escogiendo y buscando sus miembros de entre los hombres. El los atrae a Sí y los reune
en torno a su Persona por medio de la palabra del Evangelio y con el poder redentor del
misterio pascual. Este poder divino, manifestado de forma definitiva en la resurrección de
Cristo, confirmará el sentido de las palabras dirigidas por Jesús a Pedro: "sobre esta piedra
edificaré mi Iglesia"(1), es decir, la nueva asamblea del Reino de Dios.166
Jesucristo transmite a los Apóstoles "el reino" y también "la misión" que El mismo
recibió del Padre. Las últimas palabras dirigidas por Jesús a los Apóstoles, antes de su
Ascensión al cielo, expresan esta realidad de modo claro: "Me ha sido dado todo poder en el
cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre
del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que yo os he
mandado. Y he aquí que Yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo(1).167
La Transfiguración.

"Pasados seis días Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y los condujo solos a un monte
alto y apartado y se transfiguró ante ellos..."(1). Esta transfiguración va acompañada de la
aparición "de Elías con Moisés hablando con Jesús". Y cuando, superado "el susto" ante tal
acontecimiento, los tres Apóstoles expresan el deseo de prolongarlo y fijarlo, se "formó una
nube y se dejó oir una voz:"Este es mi Hijo amado, escuchadle".
La voz del Padre constituye como una confirmación "desde lo alto" de lo que estaba
madurando ya en la conciencia de los discípulos. Y Jesús quería que con base en los milagros y
en sus palabras, la fe en su misión y filiación divinas naciese en la conciencia de sus oyentes en
virtud de la revelación interna que les daba el mismo Padre.
"Este es mi Hijo amado, escuchadle", parece como si quisiera preparar a quienes ya han
creido en El para los acontecimientos de la Pascua que se acerca: para su muerte humillante en
la cruz.168
En el monte de la transfiguración Cristo se muestra a Pedro, Santiago y Juan
verdaderamente en la gloria... que invade toda su figura humana. "Mientras oraba, el aspecto de
su rostro cambió y sus vestidos brillaban de blancos"(1).
Pedro, Santiago y Juan se ven arrebatados por la visión, y a la vez, invadidos por el
miedo.
La transfiguración les revela a un Cristo que no se descubría en la vida cotidiana... y
que se convierte finalmente -para los Apóstoles presentes- en refugio de fervor espiritual y de
felicidad. "Maestro -dice Pedro-, ¡qué hermoso es estar aquí!"(2).
Cristo transforma nuestra humanidad desde dentro...169
La entrada en Jerusalén el domingo de Ramos a pocos días ya de su crucifixión.

¿Por qué Jesús quiso entrar en Jerusalén sobre un borriquillo? Para que se cumpliese lo
que dijo el Profeta: "Mira que viene a tí tu rey. Justo y salvador, humilde, montado en un asno,
en un pollino hijo de asna"(1)
Y así viene precisamente: manso y humilde.
Una vez, cuando después de la milagrosa multiplicación de los panes, los testigos del
acontecimiento quisieron arrebatarlo para hacerlo rey, Jesús se ocultó de ellos.
Pero ahora les permite gritar: "Hosanna al hijo de David", y David fue efectivamente
rey. Sin embargo no hay en este grito asociación de ideas con el poder temporal ni con ningún
reino terreno. Más bien se ve que la muchedumbre ya está madura para acoger (...) a Aquél
"que viene en nombre del Señor".170
Un día, cuando sólo faltaban pocos días para su crucifixión, Cristo permitió su
exaltación ante los ojos de Jerusalén.
¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el reino que viene de
David, nuestro Padre! ¡Hosanna en las alturas!(1).
Jesús de Nazaret permitió ser exaltado ante los ojos del pueblo. El lo permitió. Es más,
en cierto modo El creó las condiciones para que esto sucediera entrando en un borriquillo
rodeado de sus discípulos, precisamente cuando de varias partes de la Tierra Santa acudían allí
en multitud innumerable .
Cuando los fariseos le dijeron: "Maestro reprende a tus discipulos", El les respondió: "Os
digo que si estos callan, gritarán las piedras" (...) Sobre el entusiasmo del Hosanna se cierne
una sombra intensa. Es la sombra de la Pasión que se avecina.171
Pero mientras Jesús hace su entrada en Jerusalén montado sobre un borrico, nosotros
nos seguimos preguntando, como lo haría seguramente aquella muchedumbre que le rodeaba:
¿Qué ha hecho Jesucristo en su vida?
Vienen entonces a nuestra memoria aquellas síntesis de su actividad misionera, densas
en su brevedad, que nos ofrecen los textos inspirados:"Hacía y enseñaba"(1). "Pasó haciendo el
bien a todos"(2). "¡Jamás un hombre ha hablado como habla este hombre!"(3). Y no obstante,
todas nuestras respuestas sobre Jesús serían incompletas si no habláramos de su muerte en la
cruz.
El centro de toda la vida de Cristo es su muerte en la cruz; ése es el acto fundamental y
definitivo de su misión mesiánica.Cristo toma nuestra carne, nace y vive entre los hombres,
para morir por nosotros.172
En el momento en que Jesús entra en Jerusalén le rodea el entusiasmo de la
muchedumbre y de los peregrinos, entusiasmo en el que tuvieron(...) un gran protagonismo los
jóvenes. Es el entusiasmo por la Persona. Jesucristo no cesa de ser el ideal, el más perfecto
modelo de humanidad. Los jóvenes miran hacia El, porque Jesús significa "necesidad"
particular de un modelo de humanidad; de humanidad completa, sencilla y transparente, de
humanidad "ejemplar"(...) porque a los jóvenes les urgen las respuestas a una serie de preguntas
de este tipo: ¿cómo ha de ser el hombre? ¿qué tipo de hombre vale la pena ser?.
El revela esta verdad acerca del hombre, la verdad que ningún otro hombre será capaz
de descubrir jamás. Sólo Jesucristo. Aprended de Cristo redentor a vencer el pecado, a vencer
el egoísmo y la concupiscencia que se esconde en él(...). Aprended también a hacer donación
de vosotros mismos, de vuestro "yo", de vuestra vida(...).173
En el horizonte, la silueta de la Cruz está ya cercana.

Cristo, conversando con los fariseos, dice cada vez más claramente quién es El, quién lo
ha enviado, y sus palabras no encuentran acogida. Y cada vez más, mediante la creciente
tensión de preguntas y respuestas, se perfila también el término de este proceso: la muerte del
Profeta de Nazaret.
¿Quién eres tú? le preguntan, como una vez le preguntaron a Juan Bautista. ¿Quién eres
tú? Jesús contesta:"cuando levantéis al Hijo del Hombre, sabréis que yo soy, y que no hago
nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado". Cristo apela al Padre como
a la última fuente de la verdad que anuncia: "El que me envió es veraz y yo anuncio al mundo
lo que he aprendido de El"(1).
Y finalmente : "El que me envió está conmigo, no me ha dejado sólo, porque yo hago
siempre lo que le agrada".
En estas palabras se desvela ante nosotros aquella ilimitada soledad que Cristo debe
experimentar en la Cruz. Esa soledad se iniciará en la oración de Getsemaní -que debe haber
sido una verdadera agonía espiritual- y culminará en la crucifixión.
Ahora, en cambio, como si anticipase aquellas horas de tremenda soledad, Cristo dice: "
El que me envió está conmigo y no me ha dejado sólo... " Como si quisiese decir: ¡incluso en
ese supremo abandono no estaré sólo! ¡Haré entonces "lo que le agrada", lo que es la Voluntad
del Padre! ¡Y no estaré sólo! y además: el Padre no me dejará en poder de la muerte, porque en
la cruz está el comienzo de la resurrección.
La crucifixión es realmente la elevación de Cristo.
En la cruz está el comienzo de la resurrección.
Por eso la cruz resulta ser la medida definitiva de las cosas que están entre Dios y los
hombres. Cristo las mide precisamente con este metro, con esta medida.174

CAPITULO SEPTIMO

La institución de la Eucaristia

La Ultima Cena

El día catorce de Nisan de cada año, celebra todavía Israel la Pascua.


Meditan sobre la liberación de la esclavitud mediante la sangre del cordero. Esta es la
pascua de la Antigua Alianza. Es el recuerdo del Paso por Egipto de la mano purificadora del
Señor. Por su parte Cristo celebra con sus Apóstoles la última Cena.175
"Tomaréis la sangre del Cordero y rociaréis las dos jambas y el dintel de la casa donde
lo hayáis comido"(1). La muerte del cordero quedó como el signo de la fuerza de Dios que
liberó a su pueblo de la esclavitud de Egipto.
Su cuerpo -"la carne, asada a fuego"- debían todos comerlo a toda prisa, prontos para
salir inmediatamente después que el Señor "pasase por la tierra de Egipto"(2). De aquí que lo
hicieran con la cintura ceñida, las sandalias en los pies y el bastón en la mano.
En la tradición de la Antigua Alianza, la liberación de la esclavitud estaba vinculada
permanentemente al rito del banquete pascual. Era el banquete del cordero; mediante la muerte
de este cordero los hijos de Israel habían sido salvados de la muerte.176
"Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a
Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla se la ciñe; luego echa
agua en una jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos"(1).
Precisamente en ese momento encontró la resistencia de Pedro. Pedro comenzó a
oponerse y su resistencia parecía categórica:"No me lavarás los pies jamás".
Ya otra vez Pedro se había opuesto así a Cristo. Sucedió cuando Jesús anunció su
Pasión. Entonces Pedro comenzó a protestar diciendo: Señor esto no te sucerderá jamás(2). En
aquel momento Cristo reprendió duramente a Pedro. Tal vez a nadie habló nunca tan
severamente como se lo hizo a él en aquella circunstancia.
Esta vez en cambio Cristo no reprende a Pedro. Lo amonesta sólo delicadamente. Usa
un tono persuasivo: "Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo"(3). Y Pedro se rinde al
maestro.
¿Pero cómo puede El, el Hijo de Dios vivo, el Señor, comportarse como siervo? ¿Cómo
puede ponerse de rodillas a los pies de los Apóstoles y lavarles los pies? ¿Cómo puede
arrodillarse a los pies de Pedro?
Pedro se defiende ante sí mismo, le defiende ante los Doce y defiende ante Cristo su
imagen de Dios: de Dios y del Hijo de Dios.
Es imposible que El se hiciese hombre. Imposible que quisiera servir.177
Es la disponibilidad de transformar el mundo y restituirlo al Padre. La disponibilidad de
transformar el mundo mediante el amor se manifiesta en este lavatorio de los pies. Se
transforma el mundo -verdaderamente se transforma-mediante el amor. Jesús que pasa de este
mundo al Padre deja a sus discípulos este mandamiento:"que os améis los unos a los otros
como yo os he amado"(1). Cristo en la última Cena, después de haber lavado los pies a los
discípulos les dijo:"Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros
también lo hagáis"(2).
Lavar los pies quiere decir servir. Sólo aquel que verdaderamente sirve, transforma
verdaderamente el mundo para restituirlo al Padre.178
En aquella hora, "habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta
el extremo"(1). Los suyos que estaban en el mundo. ¿Acaso solamente los que estaban con El
en la última Cena? No sólo a ellos. Amó a todos los suyos , a todos los que había de redimir. A
todos: desde el principio del mundo hasta el fin. A todos y en todos los sitios.179
Cristo dice sobre el pan: Tomad y comed; Esto es mi cuerpo que ha sido entregado por
vosotros. Despues dice sobre el vino: Tomad y bebed, éste es el caliz de mi sangre que será
derramada por vosotros. Por vosotros y por todos.
Y de pronto, en la historia de la humanidad, en la historia de la salvación, entra el
Cordero de la Nueva Alianza, el Cordero más inocente, el Cordero de Dios.
Entra mediante su Cuerpo y su Sangre. Mediante el cuerpo que será entregado y
mediante la sangre que será derramada. Entra a través de su muerte que libera de la esclavitud,
de la muerte del pecado. Entra a través de la muerte que da la vida.
El sacramento de la última Cena es el signo visible de esta vida. Es alimento de vida
180
eterna.
Todo se desenvuelve en grandísimo recogimiento y silencio. Cristo añade todavía:"Os
aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el
reino de Dios"(1). Por tanto es verdaderamente la última Cena.
La Eucarístía es el Sacramento de la ocultación más profunda de Dios: se esconde bajo
las especies de comida y bebida, y así se esconde en el hombre. Y al mismo tiempo y por este
hecho de la ocultación en el hombre, la misma Eucaristía es el Sacramento de una particular
salida al mundo y entrada en los hombres y en todo cuanto constituye la vida diaria.181
Allí mismo, Jesús también habló a los Apóstoles de su muerte redentora; allí instituyó
el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre bajo las formas de pan y vino, siguiendo el
tradicional rito hebreo de la cena pascual.
Al darles el pan, les dice que era su Cuerpo que El iba a ofrecer en la cruz. Al darles el
cáliz con el vino, les dice que era su Sangre que iba a derramar en el sacrificio del Calvario. Y
luego Jesús les ordena: "Haced esto en conmemoración mía"(1). Los Apóstoles recibieron el
sacramento del Cuerpo y la Sangre del Redentor como Pascua que salva realmente.
Mientras todo esto ocurría en el Cenáculo de Jerusalén, los Apóstoles recordaron tal vez
aquellas otras palabras pronunciadas un día en Cafarnaún, donde Jesús había multiplicado
milagrosamente el pan para la multitud, que escuchó esta enseñanza:"En verdad, en verdad os
digo, que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en
vosotros: el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el
último día"(2).
Cafarnaún había preparado a los Apóstoles para el Cenáculo. Lo que había sido
prometido en Cafarnaún se hizo realidad en Jerusalén. "Pues mi carne es verdadera comida y
mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en
él"(3).182
En el Cenáculo, Jesús instituye el sacramento, signo de una realidad que aún ha de
verificarse en la sucesión de los acontecimientos. Por eso dice :"Este es mi cuerpo que es
entregado por vosotros", "este cáliz es la nueva alianza de mi sangre, que es derramada por
vosotros". Así nace el sacramento del Cuerpo y la Sangre del Redentor, al que íntimamente está
unido el sacramento del Sacerdocio, en virtud del mandato confiado a los Apóstoles cuando les
dijo: "Haced esto en memoria mía".
Las palabras que instituyen la Eucaristía no sólo anticipan lo que se realizará al día
siguiente, sino que también subrayan expresamente que esa realización ya cercana tiene el
sentido y el alcance de sacrificio, ya que dice: "el Cuerpo es entregado... y la Sangre es
derramada por vosotros".
De este modo, Jesús, en la Ultima Cena, deja en manos de los Apóstoles y de la Iglesia
el verdadero sacrificio. Lo que en el momento de la institución representa todavía un anuncio,
que, aunque definitivo, es también la anticipación efectiva de la realización sacrificial del
Calvario, se convertirá después, mediante el ministerio de los sacerdotes, en el "memorial" que
perpetúa de modo sacramental la misma realidad redentora. Es una realidad central en el orden
de toda la economía divina de la salvación.183
La Eucaristía es el corazón de la Iglesia, porque en ella se contiene todo el bien
espiritual de la Iglesia: Cristo mismo...
La Eucaristía es el don más grande que Cristo ha ofrecido y ofrece permanentemente a
su Esposa. Es raíz y cúlmen de la vida cristiana y de toda la acción de la Iglesia.
En el misterio eucarístico es Cristo mismo quien se ofrece en don al Padre. La
Eucaristìa es la glorificación de su infinito amor por nosotros. Juntamente con Jesús, que se ha
hecho nuestro alimento de vida eterna, la Eucaristía nos da su Espíritu, que es Don por
excelencia, principio generador y santificador de la Iglesia, vínculo de la comunión fraterna,
contructor y garante de la unidad en la variedad de los ministerios y de las funciones
particulares del Cuerpo místico.184
El amor reviste importancia decisiva en la enseñanza de Jesús. Nosotros amamos
porque El nos amó primero. Pero el amor del hombre a Dios se realiza en el amor a los
hombres."Todo el que ama conoce a Dios". Y "el que no ama a su hermano al que ve, no es
posible que ame a Dios a quien no ve"(1).
El amor al prójimo se convierte así no sólo en principio de conocimiento de Dios, sino
también en la regla de oro del amor, modelada a la medida misma del Corazón de Cristo. "Este
es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado"(2). Como: es la
indicación de una medida. Y Jesús nos ha amado hasta el colmo del servicio, hasta el extremo
máximo del amor, con el don de su misma vida: esto es, sin medida.185

La Despedida

¡Cuántas veces en nuestra vida hemos visto separarse a dos personas que se aman!
Y en la hora de la partida, un gesto, una fotografía, un objeto que pasa de una mano a
otra para prolongar de algún modo la presencia en la ausencia. Y nada más. El amor humano
sólo es capaz de estos símbolos.
En testimonio y como lección de amor, en el momento de la despedida, "viendo Jesús
que llegaba su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban
en el mundo, los amó hasta el fín"(1).
Así, al despedirse, Nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, no
deja a sus amigos un símbolo, sino la realidad de Sí mismo. Va junto al Padre, pero permanece
entre nosotros los hombres. No deja un simple objeto para evocar su memoria. Bajo las
especies del pan y del vino está El, realmente presente, con su Cuerpo y su Sangre, su alma y
divinidad.186
"Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros. Vosotros me buscaréis, y ...
adonde yo voy ahora vosotros no podéis venir"(1). Sin embargo, dice enseguida: "En la casa de
mi Padre hay muchas moradas; si no os lo habría dicho, porque voy a prepararos un lugar"(2).
Es un discurso dirigido a todos los Apóstoles, pero que se extiende más allá de su grupo.
Jesucristo va al Padre -a la casa del Padre- para "introducir" a los hombres que sin El no
podrían entrar. Por esta razón Jesús también añade: "Os conviene que yo me vaya". Si, es
conveniente, es necesario, es indispensable desde el punto de vista de la eterna economía
salvífica. Jesús se lo explica a fondo a los Apóstoles:"Os conviene que yo me vaya, porque si
no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito, pero si me voy, os lo enviaré"(3)187
"No os dejaré huérfanos"(1). Con estas palabras Jesús preparaba a los discípulos para su
separación, cuando se acercaba ya el término de su misión mesiánica en esta tierra.
Con estas palabras: "no os dejaré huérfanos", volveré, Cristo se refería a los días
siguientes a la resurrección, cuando todavía sus discípulos pudieron encontrarse con El durante
cuarenta días. Pero al mismo tiempo se referían -como hemos dicho ya- al Espíritu Santo.
Cristo resucitado no deja a los discípulos desamparados -no deja desamparada a la Iglesia-
porque les dará el Espíritu Santo.188
"Vuestra tristeza se convertirá en alegría"(1). Será la alegría por el nacimiento de la
Iglesia. La tristeza por la separación de Cristo se cambiará precisamente en esa alegría, cuando
los Apóstoles experimenten -el día de Pentecostés- que en ellos está la fuerza del Espíritu de
Verdad que les permite -por encima de toda previsión humana y de toda debilidad humana- dar
testimonio del Crucificado Resucitado.
"Salí del Padre y vine al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre"(2). Dejo el
mundo, aunque no me separo del mundo. Permanezco en él por medio del Espíritu Santo.
Permanezco en él mediante la verdad del Evangelio. Mediante la Eucaristía y la Iglesia.
Mediante la Palabra y los Sacramentos. Mediante la gracia y la filiación divina. Mediante la
esperanza y la caridad.
Dejo el mundo, pero no me separo del mundo. No me separo del hombre de todos los
tiempos. ¡Lo llevo al Padre! A la casa del Padre. A pesar de todas la resistencias y objeciones
que provienen del pecado en la historia del mundo, llevo al hombre al Padre.189

La oración sacerdotal

"Levantando los ojos al cielo(...) dijo Jesús: Padre, llegó la hora: Glorifica a tu Hijo para
que el Hijo te glorifique, según el poder que le diste sobre toda carne, para que a todos los que
tú le diste les dé El la vida eterna"(1).
Continuando la oración, el Hijo casi rinde cuentas al Padre de su misión terrena: "He
manifestado tu nombre a los hombres que de este mundo me has dado. Tuyos eran y tú me los
diste, y han guardado tu palabra. Ahora saben que todo cuanto me diste viene de ti" (2).
Después añade: "Yo ruego por ellos, no ruego por el mundo, sino por los que tú me diste,
porque son tuyos..." (3). Son los que "han escuchado" la palabra de Cristo, los que "han creído"
que el Padre lo ha enviado. Jesús ora sobre todo por ellos, porque "ellos están en el mundo,
mientras que yo voy a ti" (4).
Con la perspectiva de su partida, y dado que los discípulos deberán permanecer en el
mundo y quedar expuestos al odio porque "ellos no son del mundo" al igual que su Maestro,
Jesús ora: "No pido que los saques del mundo, sino que los guardes del mal" (5).
"Tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío a ellos al
mundo. Y yo por ellos me santifico, para que ellos sean santificados en la verdad" (6).
Posteriormente Jesús abraza con la misma oración a las futuras generaciones de sus discípulos;
sobre todo pide por la unidad, a fin de que "el mundo conozca que tú me enviaste y amaste a
éstos como me amaste a mí" (7).
Hacia el final de su invocación, Jesús retorna a los pensamientos principales expuestos
al principio, poniendo todavía más de relieve su importancia. En tal contexto, pide para todos
los que el Padre le "ha dado" que "estén conmigo donde estoy yo, para que vean mi gloria,
gloria que tú me has dado, porque me amaste antes de la creación del mundo" (8).190
Después de la Ultima Cena, Jesús se dirige con los Apóstoles al monte de los Olivos. La
Cena constituyó para Cristo el comienzo de "su hora". Precisamente durante la Cena comienza
la realización definitiva de todo lo que va a constituir esta "hora".
Dicho de otra manera: Ese Dios, Jesucristo, es Amor. Como Amor, ha creado el mundo.
Como Amor ha creado al hombre a su imagen y semejanza(...). Como Amor se ha hecho
hombre(...). Como Amor quiere ir a la cruz, para redimir los pecados del mundo... Como Amor
instituye la Eucaristía.
Efectivamente, el Amor no entiende otra cosa que dar el bien a quien ama.El bien al que
quiere servir.
Por este bien, El que es Omnipotente, está dispuesto a hacerse débil como un
condenado a muerte de cruz.
Está dispuesto a hacerse débil e indefenso como pan...
Y ante esto: ¿será capaz el hombre de no acoger a un Dios crucificado? ¿Será capaz de
no acoger a un Dios eucarístico?
El pensamiento del hombre atento a Dios puede caminar por diversos caminos y por
sendas agrestes. Puede hasta incluso volverse contra Dios o negar su existencia. Sin embargo
Dios "no puede negarse a Sí mismo", no puede cesar de ser El mismo. No puede dejar de ser
Amor.191
La agonía de Jesús en el huerto de Getsemaní

Durante la Cena de despedida, Jesús llevó a término lo que era la eterna voluntad del
Padre, y también era su voluntad: su voluntad de Hijo:"¡Para esto he venido yo a esta hora!"(1)
Al salir con los Apóstoles hacia el monte de los Olivos, Jesús camina precísamente
hacia la realidad de su "hora", que es el tiempo del cumplimiento pascual del designio de Dios
y de todos los anuncios, lejanos y cercanos, contenidos en las "Escrituras" a este respecto.
La oración de Getsemaní se comprende no sólo en relación con la Pasión y Muerte en
Cruz, sino también -y no menos íntimamente- en relación con la Ultima Cena. En Getsemaní,
la palabra "Abbá", que en boca de Jesús posee siempre una profundidad trinitaria -pues es el
nombre que utiliza al hablar al Padre y del Padre, especialmente en la oración- refleja en los
dolores de la Pasión el sentido de sus recientes palabras pronunciadas durante la institución de
la Eucaristía. Nunca como en Getsemaní se manifiesta la realidad del Hijo de Dios, que "asume
la condición de siervo"(2) según la profecía de Isaías. Jesucristo, el Hijo consustancial, se
presenta al Padre y dice: "Abbá". Y así al manifestar de un modo que podríamos decir radical,
su condición de verdadero hombre, el "Hijo del Hombre", pide el alejamiento del amargo cáliz:
"Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz"(3).
Jesús sabe que eso no es posible, que el cáliz se le dado para que lo "beba" totalmente.
Sin embargo dice precisamnete esto: "Si es posible pase de mí". Y lo dice precisamente en el
momento en que ese "cáliz", deseado por El ardientemente, ya se ha convertido en signo
sacramental de la nueva y eterna Alianza en la sangre del Cordero. Cuando todo eso que habrá
sido "establecido" desde la eternidad, esta ya "instituido" en el tiempo y además introducido
para siempre en la Iglesia.
No obstante esto, si ora para que "pase de El este cáliz", es para manifestar de ese modo
ante Dios y ante los hombres el gran peso de la tarea que ha de asumir: sustituirnos a todos
nosotros en la expiación del pecado. Manifiesta también la inmensidad del sufrimiento, que
llena su corazón humano. De este modo el Hijo del Hombre se revela solidario con sus
hermanos y hermanas que forman parte de la gran familia humana, desde el principio hasta el
final de los tiempos. El permanece ante el Padre con toda la verdad de su humanidad, la verdad
de un corazón humano oprimido por el sufrimiento, que está a punto de alcanzar su culmen
dramático: "Triste esta mi alma hasta la muerte"(4).
Las palabras del Evangelista: "comenzó a entristecerse y angustiarse"(5), parecen
indicar no sólo el miedo ante el sufrimiento, sino también el temor característico del hombre,
una especie de temor unido al sentido de responsabilidad. ¿Acaso no es el hombre ese ser
singular, cuya vocación consiste en "superarse a sí mismo"?
Añade el Evangelista: "Lleno de angustia, oraba con más insistencia"(6). Y esa angustia
mortal se manifestó también en el sudor que, como gotas de sangre empapaba el rostro de
Jesús. Es la máxima expresión del sufrimiento que se traduce en oración, y en una oración -que
a su vez- sabe de dolor. Es el dolor que acompaña el sacrificio anticipado sacramentalmente en
el Cenáculo, y que vivido profundamente en el espíritu en Getsemaní está a punto de
consumarse en el Calvario.
Por lo tanto, la oración nos permitirá a nosotros, a pesar de las muchas contrariedades,
dar esa prueba de amor que es ofrecer la vida(...). Y cuando parezca que esa prueba supera
nuestras fuerzas, recordemos lo que hace Jesús : "Lleno de angustia, oraba con más
insistencia".
Sin embargo, nadie es capaz de expresar la medida adecuada de este sufrimiento como
hombre sirviéndose sólo de criterios humanos. En efecto, en Getsemaní quien reza al Padre es
un hombre; si un hombre que a la vez es Dios y consustancial al Padre.192
CAPITULO OCTAVO

JESUCRISTO MUERE CRUCIFICADO

Jesús fue obediente hasta la muerte y muerte de cruz.

Desde el comienzo de su actividad mesiánica, Jesús insiste en inculcar a sus discípulos


la idea de que "el Hijo del hombre (...) debe sufrir mucho" (1), esto es, que debe ser "rechazado
por los ancianos, por los sumos pontífices y por los escribas, para luego morir" (y después de
tres días resucitar) (2). Pero todo esto no proviene exclusivamente de los hombres, de su
hostilidad en todo lo chocante a su Persona y a sus enseñazas, sino que constituye el
cumplimiento de los designios eternos de Dios, como había sido anunciado por las Escrituras
que contienen la revelación divina. "¿Qué está escrito del Hijo del hombre? Que debe sufrir
mucho y ser despreciado" (3).
Cuando Pedro intentó negar esta eventualidad -"...esto no te sucederá jamás a tí" (4)-
Jesús lo increpó con palabras especialmente severas: "Apártate de mí, Satanás, porque tú no
piensas según Dios, sino según los hombres" (5). Es impresionante la elocuencia de estas
palabras con las cuales Jesús quería hacer entender a Pedro que oponerse a los desiginios de
Dios significaba rechazar al mismo Dios. "Satanás" es precisamente aquél que "desde el
principio" está en contradicción con todo "lo que es de Dios".
Jesús es consciente tanto de la responsabilidad de los hombres por su muerte en la cruz,
que deberá afrontar a causa de una condena pronunciada por los tribunales terrenos, como del
hecho de que por medio de esta condena humana se cumplirá el eterno designio divino: que
Aquél "que es de Dios", sea sacrificado y ofrecido en la cruz para la redención del mundo.
Nos encontramos, por tanto, ante un designio divino que, aunque aparece como
evidente, considerado el curso de los acontecimientos descritos por los Evangelios, permanece,
sin embargo, siempre como un misterio que no puede ser explicado de forma plena por la razón
humana.
Jesús mismo formula tal respuesta: "Dios de hecho ama tanto al mundo que le ha
entregado su Hijo Unigénito, para que todo el que crea en El no muera, sino que tenga vida
eterna"(6). Cuando Jesús pronunciaba estas palabras en el coloquio nocturno con Nicodemo,
probablemente su interlocutor no podía suponer que la frase "entregar a su Hijo" significase
"entregarlo a la muerte de cruz".
Se trata de un amor que supera la misma justicia. La justicia debe llegar a quien ha
cometido una culpa. Pero si el que sufre es inocente, no se llama justicia. Precisamente por
medio de este amor misericordioso el hombre está llamado a vencer el mal del pecado en sí y
en los demás.193
"Salvar" quiere decir: Liberar del mal. Jesucristo es el Salvador del mundo, puesto que
ha venido para liberar al hombre de aquel mal fundamental, que ha invadido la intimidad del
hombre a lo largo de toda su historia, después de la primera ruptura de la Alianza con el
Creador, en el Paraiso terrenal. El mal del pecado es justamente este mal fundamental que aleja
a la humanidad de la realización del reino de Dios. Jesús de Nazaret que, desde el inicio de su
misión, anuncia la proximidad del reino de Dios, viene como Salvador. El, no sólo anuncia el
reino de Dios, sino que elimina el obstáculo esencial para su realización, que es el pecado
enraizado en el hombre según la ley de la herencia original, y que por él fomenta los pecados
personales (fomes peccati). Jesucristo es el Salvador en este sentido fundamental de la palabra:
Llega a la raíz del mal que está en el hombre, la raíz que consiste en volver las espaldas a Dios,
aceptando el dominio del "padre de la mentira" (1) que, como "príncipe de las tinieblas" (2) se
ha convertido por medio del pecado en el "príncipe de este mundo". 194
En Getsemaní, vemos cuán dolorosa ha sido esta obediencia: "Padre, si es posible, aleja
de mí este cáliz... pero no se haga mi voluntad, sino la tuya" (1). En aquel momento tiene lugar
en Cristo una agonía del alma, mucho más dolorosa que la agonía corporal. Lo cual es debido
al conflicto interior entre las "razones supremas" de la pasión. Una fijada en el designio de Dios
y la otra en la percepción que Jesús tiene -por la finísima sensibilidad de su alma-, al ver la
enorme inmundicia del pecado que parece derramarse sobre El, convertido en casi "pecado" (es
decir, en víctima del pecado), como dice San Pablo. Y todo para que el pecado universal sea
expiado en El. Así Jesús llega a la muerte como al acto supremo de obediencia: "Padre, en tus
manos encomiendo mi espíritu": el espíritu, es decir, el alma, el principio de su vida humana.
Sufrimiento y muerte constituyen la definitiva manifestación de la total obediencia del
Hijo al Padre. El Hijo de Dios, que ha asumido el sufrimiento humano, es, pues, un modelo
divino para todos los que sufren, especialmente para los cristianos que conocen y aceptan en la
fe el significado y el valor de la Cruz.195
El proceso histórico de la crucifixión de Jesucristo.

Confesamos nuestra fe en la verdad central de la misión mesiánica de Jesucristo: El es el


Redentor del mundo mediante su muerte en la cruz. Confesamos nuestra fe con las palabras del
Credo, según el cual Jesús " por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato:
padeció y fue sepultado". Al profesar esta fe, conmemoramos la muerte de Cristo, también
como un suceso histórico que conocemos -como su vida- por fuentes históricas seguras y
autorizadas. Basándonos en esas mismas fuentes, podemos y queremos conocer, así como
comprender, las circunstancias históricas de esa muerte, que creemos fue "el precio" de la
redención del hombre de todos los tiempos.
Pero antes de nada, ¿cómo se llegó a la muerte de Jesús de Nazaret? ¿Cómo se explica
el hecho de que haya sido entregado a la muerte por los mismos representantes de su nación,
que lo dieron al "procurador" romano cuyo nombre, transmitido por los Evangelios, nos consta
en los Símbolos de la fe? De momento tratemos de recoger las circunstancias históricas, que
hablando "humanamente", explican la muerte de Jesús. El Evangelista Marcos, describiendo el
proceso de Jesús ante Poncio Pilato, anota que fue entregado por envidia y que Pilato era
consciente de este hecho.
Preguntémonos ahora: ¿por qué esta envidia? Podemos encontrar sus raíces en el
resentimiento que tenían (los escribas y fariseos) no sólo por lo que Jesús enseñaba sino
también por el modo de hacerlo. Sí, Jesús -dice Marcos- enseñaba como quien tiene autoridad y
no como los escribas" (1), y esta circunstancia era para ellos una "amenaza" en su prestigio.
De hecho, sabemos que ya al comienzo de la enseñanza de Jesús, en su ciudad natal,
esto mismo le llevó a un conflicto. Cuando -en aquella ocasión- el Nazareno de treinta años,
tomando la palabra en la Sinagoga se señaló a Sí mismo como Aquél en quien se cumplía el
anuncio del Mesías, anunciado por Isaías, provocó en los oyentes estupor y luego indignación,
de tal manera que quisieron arrojarlo desde el monte "sobre el que estaba situada la ciudad...".
"Pero El, pasando por medio de ellos, se marchó"(2).
Este incidente es sólo el comienzo, la primera señal, de las sucesivas hostilidades.
Recordemos las principales. Cuando Jesús da a entender que tiene poder para perdonar los
pecados, los escribas ven en esto una blasfemia porque tan sólo Dios tiene ese poder (3).
Cuando obra milagros en sábado afirmando que "el Hijo del Hombre es Señor del sábado"(4),
la reacción es análoga a la anterior. "Trataban (...) de matarle porque no sólo quebrantaba el
sábado, sino que llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose a Sí mismo igual a Dios"(5). Por
ello Jesús corre de nuevo riesgo de ser lapidado. En esta ocasión, sin embargo, "se ocultó y
subió al templo"(6).
Pero el hecho que definitivamente precipitó la situación y les llevó a la decisión
de matar a Jesús, fue la resurrección de Lázaro en Betania. El Evangelio de Juan nos hace saber
que en la siguiente reunión del Sanedrín se constató: "Este hombre realiza muchos milagros. Si
le dejamos que siga así todos creerán en El y vendrán los romanos y destruirán nuestro lugar
santo y nuestra nación". Ante estas previsiones y temores Caifás, Sumo Sacerdote, se
pronunció con esta sentencia: "Conviene que muera uno sólo por el pueblo y no perezca toda la
nación"(7). El Evangelista añade:"Esto no lo dijo de su propia cuenta, sino que, como era él
Sumo Sacerdote aquél año, profetizó que Jesús iba a morir por la nación, y no sólo por la
nación sino para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos".Y concluye: "Desde
este día, buscaban como darle muerte"(8).
Desde el punto de vista humano, que podríamos calificar de oportunista, era el intento
de "justificar" la decisión de eliminar a un hombre que se manifestaba políticamente peligroso,
sin preocuparse de su inocencia.
En aquella reunión del Sanedrín se tomó la decisión de matar a Jesús de Nazaret. Se
aprovechó su presencia en Jerusalén durante las fiestas pascuales. Judas, uno de los doce,
entregó a Jesús por treinta monedas de plata, indicando el lugar donde se le podría arrestar. Una
vez preso, Jesús fue conducido ante el Sanedrín. A la pregunta capital del sumo sacerdote: "Yo
te conjuro por Dios vivo que nos digas si Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios", Jesús dió la gran
respuesta: "Tú lo has dicho" (9). En esta declaración vió el Sanedrín una blasfemia evidente y
sentenció que Jesús era "reo de muerte" (10).
El Sanedrín no podía, sin embargo, exigir la condena sin el consenso del procurador
romano. Pilato está convencido de que Jesús es inocente y así lo hace entender más de una vez.
Tras haber opuesto una dudosa resistencia a las presiones del Sanedrín, cede al fin por temor
ante el riesgo de desaprobación del Cesar, tanto más cuanto que la multitud, azuzada por los
factores de la eliminación de Jesús, pretenden ahora la crucifixión ¡Crucifige eum! Y así Jesús
es condenado a muerte mediante la crucifixión.
Los hombres indicados nominalmente por los Evangelios, al menos en parte, son
históricamente los responsables de esta muerte. Lo declara Jesús mismo cuando dice a Pilato
durante el proceso: "el que me ha entregado a ti tiene mayor pecado" (11). Y en otro lugar: "El
Hijo del hombre se va, como está escrito de El, pero, ¡ay de aquél por quién el Hijo del hombre
es entregado! ¡Más le valdría a ese hombre no haber nacido!" (12). Jesús alude a las diversas
pesonas que, en distintos momentos, serán los artífices de su muerte: Judas, los representantes
del Sanedrín, Pilato, los demás...
Sin embargo se puede extender esta imputación más allá del círculo de personas
verdaderamente responsables.
Nos damos cuenta de que todos, por causa de nuestros pecados, somos responsables de
la muerte de Cristo en la cruz: todos, en la medida en que hemos contribuido mediante el
pecado, a hacer que Cristo muriera por nosotros como Víctima de expiación.
La cruz de Cristo es, pues, para todos una llamada real al hecho expresado por el
Apóstol Juan con las palabras: "La sangre de su Hijo Jesús nos purifica de todo pecado. Si
decimos 'no tenemos pecado', nos engañamos y la verdad no está en nosotros" (13). La cruz de
Cristo no cesa de ser para cada uno de nosotros esta llamada misericordiosa y severa, al mismo
tiempo, para reconocer y confesar la propia culpa. Es una llamada a vivir en la verdad.196
La crucifixión del Señor: el testamento de Jesús agonizante

Sus últimas palabras

Todo lo que Jesús enseñó e hizo durante su vida mortal, llega en la cruz al culmen de la
verdad y de la santidad. Las palabras que Jesús pronunció entonces constituyen su mensaje
supremo y definitivo y, al mismo tiempo, la confirmación de una vida santa, concluida con el
don total de Sí mismo, en obediencia al Padre, por la salvación del mundo.
Aquellas palabras recogidas por su Madre y los discípulos presentes en el Calvario,
fueron trasmitidas a las primeras comunidades cristianas y a todas la generaciones futuras, para
que iluminaran el significado de la obra redentora de Jesús, e inspiraran a sus seguidores
durante toda su vida y en el momento de la muerte.
Meditemos ahora, también nosotros esas palabras, como lo han hecho tantos cristianos,
en todas las épocas.197

"Padre, perdónales porque no saben lo que hacen"

"Padre perdónales, porque no saben lo que hacen"(1): según la narración de Lucas, ésta
es la primera palabra pronunciada por Jesús en la cruz. Preguntémonos inmediatamente:
¿No es, quizá, la palabra que todos necesitábamos oír ponunciar sobre nosotros?
Pero en aquel ambiente, tras aquellos acontecimientos, ante aquellos hombres reos, ante
aquel pueblo que ha pedido una condena y tras haberse ensañado tanto contra El, ¿quien habría
imaginado que saldría de los labios de Jesús aquella palabra? Con todo, el Evangelio nos da
esta certeza: ¡Desde lo alto de la cruz resonó la palabra "perdón"!
Veamos los aspectos fundamentales de aquel mensaje de perdón.
Jesús no sólo perdona, sino que pide el perdón del Padre para los que lo han entregado a
la muerte y por tanto también para todos nosotros. Es el signo de la sinceridad total del perdón
de Cristo y del amor del que deriva. Es un hecho nuevo en la historia.
Nótese además que Jesús perdona inmediatamente, aunque la hostilidad de los
adversarios continúa manifestándose. Su perdón se dirige a todos los que, humanamente
hablando, son responsables de su muerte, no sólo a los ejecutores, o a los soldados, sino a todos
aquellos que, cercanos y lejanos, conocidos y desconocidos, están en el orígen del
comportamiento que ha llevado a su condena y crucifixión. Por todos ellos pide perdón y así
los defiende ante el Padre, de manera que el Apóstol Juan, tras haber recomendado a los
cristianos que no pequen, puede añadir, "Pero si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el
Padre: a Jesucristo, el justo. El es víctima de propiciación por nuestros pecados; no sólo por los
nuestros, sino también por los del mundo entero"(2). El es intercesor y también abogado, que
en la cruz, en lugar de denunciar la culpabilidad de los que le crucificaban, la atenúa diciendo
que no se dan cuenta de lo que hacen. Es benevolencia de juicio. Muchos pueden ser menos
culpables de lo que parecen o se piense y precisamente por eso Jesús enseñó a "no juzgar" (3).
Ahora, en el Calvario, se hace intercesor y defensor de los pecadores ante el Padre.
Este perdón desde la cruz es la imagen y el principio de aquel perdón que Cristo quiso
traer a toda la humanidad mediante su sacrificio. Para merecer este perdón y, con ello, la gracia
que purifica y da la vida divina, Jesús hizo la ofrenda heroíca de Sí mismo por toda la
humanidad. También vale para nosotros aquella petición de clemencia y como de comprensión
celestial: "Porque no saben lo que hacen". Quizá ningún pecador escape a esa falta de
conocimiento y, por tanto, a ninguno alcance aquella impetración de perdón que brota del
corazón tiernísimo de Cristo que muere en la cruz. Sin embargo, esto no debe empujar a nadie a
no tomar en serio la riqueza de la bondad, de la tolerancia y de la paciencia de Dios hasta
desconocer que tal bondad le invita a la conversión.
Es interesante constatar que ya en el ámbito de las primeras comunidades cristianas, el
mensaje del perdón fue acogido y seguido por los primeros mártires de la fe que repitieron la
oración de Jesús al Padre casi con sus mismas palabras. Así lo hizo San Esteban protomártir
quien, según los Hechos de los Apóstoles, en el momento de su muerte pidió: "Señor, no les
tengas en cuenta este pecado" (4). Por lo demás, ello constituía la aplicación de la enseñanza
del Maestro que les había recomendado: "Rezad por los que os persigan" (5).
Pero tenían presente también otro hecho concreto sucedido en el Calvario y que se
integra en el mensaje de la cruz como mensaje de perdón. Dice Jesús a un malhechor
crucificado con El: "En verdad te digo, que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso" (6). Es
un hecho impresionante, en el que vemos en acción la grandiosidad de la obra salvífica, que se
concreta en el perdón. Aquel malhechor había reconocido su culpabilidad amonestando a su
cómplice y compañero de suplicio, que se mofaba de Jesús: "Nosotros con razón estamos aquí,
porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos". Había pedido a Jesús participar del reino
que El había anunciado, cuando dijo: "Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino".
Consideraba injusta la condena de Jesús: "No ha hecho nada malo". No compartía pues las
imprecaciones de su compañero de condena.
El malhechor, por tanto, pidiendo a Jesús que se acordara de él, profesa su fe en el
Redentor en el momento de morir; no sólo acepta su muerte como justa pena al mal realizado,
sino que se dirige a Jesús para decirle que pone en El toda su esperanza.
La respuesta de Jesús, en efecto, es inmediata. Promete el paraíso, en su compañía, para
ese mismo día, al bandido arrepentido y "convertido". Se trata pues de un perdón integral: el
que había cometido crímenes y robos -y por tanto pecados- se convierte en santo en el último
momento de su vida.
Se diría que en ese texto de Lucas, está documentada la primera canonización de la
historia, realizada por Jesús en favor de un malhechor que se dirige a El en aquel dramático
momento. Esto muestra que los hombres pueden obtener, gracias a la cruz de Cristo, el perdón
de todas las culpas y también de toda una vida malvada. Pueden obtenerlo también en el último
instante, si se rinden a la gracia del Redentor que los convierte y salva.
Las palabras de Jesús al ladrón arrepentido contienen también la promesa de la felicidad
perfecta: "Hoy estarás conmigo en el paraíso". El sacrificio redentor obtiene, en efecto, para los
hombres la bienaventuranza eterna.
En el episodio que nos narra Lucas "el paraíso" se ofrece a toda la humanidad, a todos
los hombres que, como el malhechor arrepentido, se abren a la gracia y ponen su esperanza en
Cristo. Un momento de conversión auténtica puede pues saldar las deudas de toda una vida.198

"Mujer, ahí tienes a tu hijo"


En la cruz está contenida totalmente la verdad sobre el pecado del hombre. La verdad sobre
el pecado del mundo.
El hombre comete pecados sin llamar por su nombre lo que hace. Y por mucho que la
humanidad quiera rechazar esta verdad, y por mucho que trate de borrar el sentido del pecado
en las conciencias y en las costumbres, la cruz siempre dará testimonio de esta verdad. ¡El
Verbo crucificado! "Porque tanto amó Dios al mundo, que le dió su unigénito Hijo, para que
todo el que cree en El no perezca, sino que tenga vida eterna "(1).
¡Hombre del siglo veinte! ¡No te apartes del tribunal de la cruz de Cristo! La cruz es
tribunal de salvación. La cruz es la palabra de la vida eterna.199
Su Hijo agoniza sobre aquél madero como un condenado... ¡cuán grande, cuán heroíca
es en esos momentos la obediencia de la fe mostrada por María ante los "insondables
designios" de Dios! ¡Cómo se abandona en Dios sin reservas, "prestando el homenaje del
entendimiento y de la voluntad" a Aquél cuyos designios son inescrutables! 200
El Redentor confía María a Juan, en la medida en que confía Juan a María. A los pies de
la Cruz comienza aquella especial entrega del hombre a la Madre de Cristo, que en la historia
de la Iglesia se ha ejercido y expresado después de diversos modos.201
Por medio de la fe María está unida perfectamente a Cristo en su despojamiento. A los
pies de la Cruz, María participa por medio de la fe, en el desconcertante misterio de ese
despojamiento. Por medio de la fe, la Madre participa en la muerte del Hijo, en su muerte
redentora; pero, a diferencia de la fe de los discípulos que huían, la suya era una fe mucho más
iluminada. Jesús en el Gólgota, a través de la Cruz, ha confirmado ser el "signo de
contradicción", predicho por Simeón. Al mismo tiempo se han cumplido las palabras dirigidas
por él a María: "¡Y a tí misma una espada te atravesará el alma!".202
La espada atravesó su corazón, causando un dolor indecible:¡el sufrimiento más grande
preparado para María en este camino de fe, a través del cual seguía a Cristo!
María estaba de pie ante la Cruz en el Gólgota(...). En la Anunciación había exclamado:
"Hágase en mí según tu palabra"(1).
Ahora renueva la misma disponibilidad en el momento del más grande dolor. ¿Quién es
en ese momento su Madre? Es la que está ante la Cruz, la que escucha con obediencia heroíca
de fe la Palabra de Dios, la que con todo el dolor de su corazón cumple, junto con su Hijo, la
voluntad del Padre.203
Desde la Cruz, es decir, desde el interior mismo del misterio de la Redención, se
extiende el radio de acción y se amplía la perspectiva de aquella bendición hecha a Ella por su
fe. Se remonta " hasta el comienzo" (paraiso terrenal) y, como participación en el sacrificio de
Cristo -nuevo Adán- se convierte de algún modo en contrapeso de la desobediencia y de la
incredulidad contenidas en el pecado de los primeros padres.204 El mensaje de la cruz
comprende algunas palabras supremas de amor que Jesús dirige a su Madre y al discípulo
predilecto Juan, presentes en ese suplicio del Calvario.
San Juan en su Evangelio recuerda que "junto a la cruz de Jesús estaba su Madre" (1).
Era la presencia de una mujer -ya viuda desde hace años, según lo hace pensar todo- que iba a
perder a su Hijo. Todas las fibras de su ser estaban sacudidas por lo que había visto en los días
culminantes de la pasión y de lo que sentía y presentía ahora junto al patíbulo. ¿Cómo impedir
que sufriera y llorara? La tradición cristiana ha percibido la experiencia dramática de aquella
Mujer llena de dignidad y decoro pero con el corazón traspasado, y se ha parado a contemplarla
participando profundamente de su dolor.
No se trata sólo de una cuestión "de la carne o de la sangre", ni de un afecto
indudablemente nobilísimo pero simplemente humano. La presencia de María junto a la cruz
muestra su compromiso de participar totalmente en el sacrificio redentor de su Hijo. María
quiso participar plenamente en los sufrimientos de Jesús, ya que no rechazó la espada
anunciada por Simeón (2), sino que aceptó con Cristo el designio misterioso del Padre. Ella era
la primera partícipe de aquel sacrificio, y permanecería para siempre como modelo perfecto de
todos los que aceptaran asociarse sin reservas a la ofrenda redentora.
Por otra parte, la compasión materna que se expresaba en esa presencia, contribuía a
hacer más denso y profundo el drama de aquella muerte en cruz.
Jesús, que vió a su Madre junto a la cruz, la evoca en la estela de sus recuerdos de
Nazaret, de Caná, de Jerusalen; quizá hasta revive los momentos del tránsito de José, y luego su
alejamiento de Ella, y de la soledad en la que vivió esos últimos años; soledad que ahora,
además, se acentuará. María, a su vez, considera todas las cosas que a lo largo de los años "ha
conservado en su corazón" (3), y que ahora comprende mejor que nunca en orden a la cruz. El
dolor y la fe se funden en su alma. Y he aquí que, en un momento, se da cuenta que desde lo
alto de la cruz Jesús la mira y le habla.
"Jesús, viendo a su Madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre:
'Mujer, ahí tienes a tu hijo'" (4). Es un acto de ternura y piedad filial. Jesús no quiere que su
Madre se quede sola. En su puesto le deja como hijo al discípulo que María conoce como
predilecto. Jesús confía de esta manera a María una nueva maternidad y le pide que trate a Juan
como hijo suyo. Pero la solemnidad de aquel acto de confianza, ese situarse en el corazón
mismo del drama de la cruz; la sobriedad y concentración de palabras que se dirían propias casi
de una fórmula sacramental, hacen pensar que, por encima de las relaciones familiares, se ha de
considerar el hecho en la perspectiva de la obra de la salvación. Obra en la que María, se ha
comprometido con el Hijo del hombre a esa misión redentora. Como conclusión de esta obra,
Jesús pide a María que acepte definitivamente la ofrenda que El hace de Sí mismo como
víctima de expiación, y que considere ya a Juan como hijo suyo. Al precio de su sacrificio
materno recibe María esa nueva maternidad.
Ese gesto filial, va mucho más allá de la persona del discípulo amado, designado como
hijo de María. Jesús quiere dar a María una descendencia mucho más numerosa. Quiere
instituir para María una maternidad que abarque a todos sus seguidores y discípulos de
entonces y de todos los tiempos. El gesto de Jesús tiene, por tanto, un valor simbólico. No es
sólo un gesto de carácter familiar, como el de un hijo que se ocupa de la suerte de su madre,
sino que es el gesto del Redentor del mundo que asigna a María, como "mujer", un papel de
maternidad nueva en relación a todos los hombres llamados a reunirse en la Iglesia. En ese
momento, María es constituida, y casi se diría que "consagrada", como Madre de la Iglesia
desde lo alto de la cruz.
María constituye con El un "todo", no sólo porque son madre e hijo "según la carne",
sino porque en el designio eterno de Dios están contemplados , predestinados, colocados juntos
en el centro de la historia de la salvación; de manera que Jesús siente el deber de implicar a su
Madre no sólo en la oblación suya al Padre, sino también en la entrega de Sí mismo a los
hombres. María por su parte, está en sintonía perfecta con este acto de oblación y entrega, como
para prolongar el "fiat" de la Anunciación.
Jesús, en su pasión, se ha visto, por otra parte, despojado de todo. En el Calvario le
queda su Madre y con un gesto de supremo desasimiento, la entrega también al mundo entero,
antes de llevar a término su misión con el sacrificio de su vida.
Jesús es consciente de que ha llegado el momento de la consumación, como dice el
Evangelista: "Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido... " (5). Quiere que
entre las cosas "cumplidas" esté también el de la entrega de su Madre a la Iglesia y al mundo.
Se trata ciertamente de una maternidad espiritual, que se realiza según la tradición
cristiana y la doctrina de la Iglesia, en el orden de la gracia. Por tanto, es esencialmente una
maternidad sobrenatural.
Jesús que había experimentado y apreciado el amor materno de María en su propia vida
quiso que también sus discípulos pudieran gozar, a su vez, de este amor materno como
componente de la relación con El en todo el desarrollo de su vida espiritual.
En definitiva, se trata de sentir a María como Madre y de tratarla como Madre,
dejándola que nos forme en la verdadera docilidad a Dios, en la verdadera unión con Cristo, y
en la verdadera caridad con el prójimo.

"Ahí tienes a tu Madre"

Jesús, "luego dijo al discípulo: 'Ahí tienes a tu madre'" (6). Dirigiéndose al discípulo,
Jesús le pide expresamente que se comporte con María como un hijo con su madre. Al amor
materno de María deberá corresponder Juan con un amor filial. Puesto que el discípulo
sustituye a Jesús junto a María, se le invita a que la ame verdaderamente como madre propia.
Es como si Jesús dijera: "Amala como Yo la he amado". Y ya que en el discípulo, Jesús ve a
todos los hombres a quienes deja ese testamento de amor, para todos vale su petición de que
amen a María como Madre.
En concreto, Jesús funda con esas palabras el culto mariano de la Iglesia. Hace entender
a la Iglesia así, por medio de Juan, su voluntad de que María reciba un sincero amor filial por
parte de todo discípulo para quien ella es madre por institución del mismo Jesús. La
importancia del culto mariano, querido siempre por la Iglesia, se deduce de las palabras
pronunciadas por Jesús en la hora misma de su muerte.
El Evangelista concluye diciendo que "desde aquella hora el discípulo la acogió en su
casa"(7). Esto significa que el discípulo respondió inmediatamente a la voluntad de Jesús.
Desde aquél momento, acogiendo a María en su casa, demostrará su afecto filial y al rodearla
de toda clase de cuidados, actúa de manera que pudiera Ella gozar de recogimiento y paz en
espera de reunirse con su Hijo, y desempeñar mientras su papel en la naciente Iglesia, tanto en
Pentecostés como en los años sucesivos.
Aquél gesto de Juan era la puesta en práctica del testamento de Jesús con respecto a
María: pero tenía un valor simbólico. Válido para todo discípulo de Cristo invitado a acoger a
María junto a sí, haciéndola un lugar en la propia vida. Por la fuerza de las palabras de Jesús al
morir, toda vida cristiana debe ofrecer un "lugar" a María, sin prescindir de su presencia.
Podemos concluir esta reflexión sobre el mensaje de la cruz, con la invitación dirigida a
cada uno sobre como acoge a María en su casa, en su vida. Es también una exhortación a
apreciar cada vez más el don que Cristo crucificado nos ha hecho, dejándonos como madre a su
misma Madre.205

"Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado".

"A la hora nona gritó Jesús con fuerte voz: 'Eloí, Eloí, lema sabactaní?' -que quiere
decir, ¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?" (1).
Marcos trae las palabras en arameo. Se puede suponer que ese grito hubiera parecido
hasta tal punto particular, que los testigos auriculares del hecho, cuando narraron el drama del
Calvario, encontraran oportuno repetir las mismas palabras de Jesús en arameo; la lengua que
hablaban El y la mayoría de los israelitas contemporáneos suyos.
Que Jesús use en este su primer grito las palabras de un salmo, es algo significativo por
varias razones. En el ánimo de Jesús que acostumbraba a rezar siguiendo los textos sagrados de
su pueblo, habrían quedado muchas de aquellas palabras y frases que más particularmente le
impresionasen por lo bien que manifestaban la necesidad y la angustia del hombre delante de
Dios, aludiendo de algún modo a la condición de Aquél que tomaría sobre sí toda nuestra
iniquidad.
Por eso, en la hora del Calvario, Jesús espontáneamente se apropia de aquella pregunta
que el Salmista hace a Dios sintiéndose agotado por el sufrimiento.
Aún naciendo del recuerdo del Salmo leido o recitado en la sinagoga, la pregunta
encerraba un significado teológico en relación con el sacrificio mediante el cual, Cristo, en total
solidaridad con el hombre pecador, debía experimentar el abandono de Dios. Bajo el influjo de
esta tremenda experiencia interior, Jesús al morir encuentra todavía fuerza para estallar en ese
grito.
En aquella experiencia, en aquel grito, en aquel "por qué" dirigido al cielo, Jesús
establece también un nuevo modo de solidaridad con nosotros, que tan a menudo nos vemos
obligados a levantar los ojos y los labios al cielo para expresar nuestro lamento, y alguno
incluso su desesperación.
Escuchando a Jesús pronunciar su "por qué", aprendemos que también los hombres que
sufren pueden pronunciarlo, pero con esas mismas disposiciones de confianza y de abandono
filial de las que Jesús es maestro y modelo para todos. En aquel "por qué" de Jesús, no hay
ningún sentimiento o resentimiento que lleve a la rebelión o induzca a la desesperación. No hay
sombra de reproche dirigido al Padre, sino que es expresión de la experiencia que de fragilidad,
soledad, y abandono de Sí mismo, hace Jesús en nuestro lugar.
Por El, que se convierte así en el primero de los "humillados y ofendidos" -en el
primero de los abandonados, en el primero de los "desamparados" (como lo llaman en
España)-, pero también al mismo tiempo nos dice como sobre todos estos pobres hijos de Eva
vela la mirada benigna de la Providencia auxiliadora.
En realidad, si Jesús padece ese sentimiento de que es abandonado por el Padre, sabe,
sin embargo, que no lo está en absoluto. En la cima de su alma Jesús tiene la visión clara de
Dios y la certeza de su unión con el Padre. Pero en las zonas que lindan con la sensibilidad y,
por ello, más sujetas a las impresiones, emociones, y repercusiones de las experiencias
dolorosas internas o externas, el alma humana de Jesús se reduce a un desierto. Y El no siente
ya la "presencia" del Padre, sino la trágica experiencia de la más completa desolación.
El Padre, ahora, calla. Aquel silencio de Dios pesa sobre el que muere como la pena
más dolorosa, tanto más cuanto que los adversarios de Jesús consideran aquel silencio como su
reprobación: "Ha puesto su confianza en Dios; que le salve ahora, si es que de verdad le quiere;
ya que dijo: 'Soy
Hijo de Dios'" (2).
En la esfera de los sentimientos y de los afectos, este sentido de la ausencia y el
abandono de Dios fue la pena más terrible para el alma de Jesús, que sacaba su fuerza y su
alegría de la unión con el Padre. Esa pena hizo más
duros todos los demás sufrimientos. Aquella falta de consuelo interior fue su mayor suplicio.
Pero Jesús sabía que con esta fase extrema en su inmolación, que llegó hasta las fibras
más íntimas de su corazón, completaba la obra de la Redención que era el fin de su sacrificio en
reparación de los pecados. Si el pecado es la separación de Dios, Jesús debía padecer en esta
crísis de unión con el Padre, un sufrimiento proporcionado a esa separación.
Por otra parte, citando el comienzo del Salmo, quizá continuara diciéndolo mentalmente
durante toda la pasión, y así Jesús, que no ignoraba su conclusión, lo transformó en un himno
de liberación y en un anuncio de salvación universal dado por Dios.
La experiencia del abandono es una experiencia pasajera que cede el puesto a la
liberación personal y a la salvación universal. Con este pensamiento su alma recobra vigor y
alegría al sentir que está próxima, precisamente en el culmen del drama de la cruz, la hora de la
victoria.206

"Tengo sed"

Poco después, quizá por influencia del Salmo, que reaparecía en su memoria, Jesús dice
estas otras palabras: "Tengo sed"(1).
Es muy comprensible que con estas palabras Jesús aluda a la sed física, al gran
tormento que forma parte de la pena de la crucifixión. También se puede añadir que al
manifestar Jesús su sed dio prueba de humildad, expresando una necesidad física elemental,
como lo habría hecho otro cualquiera. También en esto Jesús se hace y se muestra solidario con
todos los que, vivos o moribundos, sanos o enfermos, pequeños o grandes, necesitan y piden al
menos un poco de agua...(2).
¡Es hermoso para nosotros pensar que cualquier socorro prestado a un moribundo, se le
presta a Jesús crucificado!
No podemos ignorar la anotación del Evangelista, el cual escribe que Jesús pronunció
tal expresión -"Tengo sed"- "para que se cumpliera la Escritura"(3).
También en otro Salmo se lee: "Para mi sed me dieron vinagre". En las palabras del
Salmista se trata de sed física, pero en los labios de Jesús la sed entra en la perspectiva
redentora del sufrimiento de la cruz. En su sed, Cristo moribundo busca otra vida muy distinta
del agua o del vinagre: como cuando en el pozo de Sicar pidió a la samaritana: "Dame de
beber"(4). La sed física, entonces, fue símbolo y tránsito hacia otra sed: la de la conversión de
aquella mujer. Ahora, en la cruz, Jesús tiene sed de una humanidad nueva, como la que deberá
surgir de su sacrificio, para que se cumplan las Escrituras.
Por eso relaciona el Evangelista el "grito de sed" de Jesús con las Escrituras. La sed de
la cruz, en boca de Cristo moribundo, es la última expresión de ese deseo del bautismo que
tenía que recibir y del fuego con el cual encender la tierra, manifestado por El durante su vida.
"He venido a arrojar fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido! Con
un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla!".
Ahora se va a cumplir ese deseo, y con aquellas palabras Jesús confirma el amor
ardiente con que quiso recibir ese supremo "bautismo" para abrirnos a todos nosotros la fuente
del agua que sacia y salva verdaderamente.

"Todo está cumplido"

"Todo está cumplido"(5). Según el Evangelio de Juan, Jesús pronunció estas palabras
poco antes de morir. Fueron las últimas. Manifiestan su conciencia de haber cumplido hasta el
final la obra para la que fue enviado al mundo. Nótese que no es tanto la conciencia de haber
realizado sus proyectos, cuanto la de haber efectuado la voluntad del Padre en la obediencia
que le impulsa a la inmolación completa de Sí en la cruz.
Ya sólo por esto Jesús moribundo se nos presenta como modelo de lo que debería ser la
muerte de todo hombre: la ejecución de la obra asignada a cada uno para el cumplimiento de
los designios divinos. Según el concepto cristiano de la vida y de la muerte, los hombres, hasta
el momento de la muerte, están llamados a cumplir la voluntad del Padre, y la muerte es el
último acto, el definitivo y decisivo, del cumplimiento de esta voluntad. Jesús nos lo enseña
desde la cruz.207

"Padre, en tus manos pongo mi espíritu"

"Padre, en tus manos pongo mi espíritu"(1). Con estas palabras Lucas explica el
contenido del segundo grito de Jesús lanzado poco antes de morir(2). En el primer grito había
exclamado: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?"(3). Si por un momento Jesús
ha tenido y sufrido la tremenda sensación de ser abandonado por el Padre, ahora su alma actúa
del único modo que, como El bien sabe, corresponde a un hombre que al mismo tiempo es
también el "Hijo predilecto" de Dios: el total abandono en sus manos.
Jesús expresa este sentimiento suyo con palabras que pertenecen al siguiente Salmo: "A
tus manos encomiendo mi espíritu, tú el Dios leal me librarás". Jesús, en su lúcida agonía
recuerda y balbucea también algún versículo de ese Salmo, recitado muchas veces durante su
vida. Pero en boca de Jesús ahora aquellas palabras adquieren un nuevo valor.
Con la invocación "Padre" ("Abba"), Jesús confiere un acento de confianza filial a su
abandono en las manos el Padre. Jesús muere como Hijo. Muere en perfecta conformidad con
el querer del Padre, con la finalidad de amor que el Padre le ha confiado y que el Hijo conoce
bien.
Como hemos dicho al principio este grito completa al primero. Ahora es la expresión de
abandono confiado en los brazos del Padre sabio y benigno, que lo dispone y rige todo con
amor. Ha habido un momento de desolación, en el que Jesús se ha sentido sin apoyo y defensa
por parte de todos, incluso hasta de Dios. Un momento tremendo; pero ha sido superado pronto
gracias al acto de entrega de Sí en manos del Padre, cuya presencia amorosa e inmediata
advierte Jesús en la estructura más profunda de su propio Yo, ya que El está en el Padre como
el Padre está en El. ¡También en la cruz!
Las palabras y gritos de Jesús en la cruz para que puedan comprenderse, deben
considerarse en relación a lo que El mismo había anunciado anteriormente, respecto a su
muerte y en la enseñanza sobre el destino del hombre a una nueva vida.
La muerte es para todos un paso a la existencia en el más allá; pero para Jesús es,
todavía más, es la premisa de la resurrección que tendrá lugar al tercer día. La muerte, pues,
tiene siempre un caracter de disolución del compuesto humano, lo cual suscita repulsa; pero
tras el grito primero, Jesús pone con gran serenidad su espíritu en manos del Padre, en vistas a
la nueva vida y, más aún, a la resurrección de la muerte que señalará la coronación del misterio
pascual.
Así, después de todos los tormentos y sufrimientos físicos y morales padecidos, Jesús
abraza la muerte como una entrada en la paz inalterable de ese "seno del Padre" hacia el que
está dirigida toda su vida.
Jesús con su muerte revela que al final de la vida el hombre no está destinado a
hundirse en la oscuridad, en el vacío existencial, en la vorágine de la nada, sino que está
invitado al encuentro con el Padre, hacia el que se ha dirigido por el camino de la fe y el amor,
durante la vida. Y en cuyos brazos se ha arrojado con santo abandono en la hora de la muerte.
Un abandono que, como el de Jesús, comporta el don total de Sí por parte de un alma que
acepta ser despojada de su cuerpo y de la vida terrestre, pero que sabe que encontrará la nueva
vida, la participación en la vida misma de Dios, en el misterio trinitario, en los brazos y en el
corazón del Padre.
Mediante el misterio inefable de la muerte, el alma del Hijo llega a gozar de la gloria
del Padre en la comunión del Espíritu (Amor del Padre y del Hijo). Esta es la "vida eterna",
hecha de conocimiento, de amor, de alegría y de paz infinita.208

CAPITULO OCTAVO

LA RESURRECCION DE JESUCRISTO Y SU ASCENSION AL CIELO

¡Cristo vive!
Elevad vuestros ojos a Cristo que aceptó la prueba de su pasión. Miradlo a El, al
inocente, que ofreció sin reservas su vida para salvar a todos los hombres; a El que se confió a
Dios, su Padre, con total abandono. En un primer momento, como bien sabéis, pidió que se
apartara de El aquel cáliz amargo; con todo, enseguida añadió: "Pero no se haga mi voluntad,
sino la tuya" (1). Y su sufrimiento se convirtió para nosotros en causa de salvación, de perdón,
de vida (...).
Ahora bien, la cruz no es fin en sí misma: al Viernes de Pasión le sigue el Domingo de
Resurrección. En medio de la densa oscuridad de las humillaciones, de las dudas, del
abatimiento que la enfermedad trae consigo, el creyente encuentra alivio en la luz que brilla en
el rostro de Cristo resucitado.209
Esperamos, juntamente con María de Magdala, María de Santiago y Salomé a que pase
el sábado. Así ellas podrán ir al sepulcro donde fue colocado el Cuerpo de Jesús y ungir su
Cuerpo. (...) Viven con la angustiosa visión del sepulcro que fue cerrado con una pesada piedra
a la entrada: "¿Quién nos correrá la piedra a la entrada del sepulcro?"(1). Ellas todavía no
sabían que este sábado era la vigilia de la Nueva Pascua. Estaban convencidas de haber dejado
atrás ya la Pascua y que en el lugar de la crucifixión había quedado sólo el sepulcro con el
Cuerpo muerto: el Cuerpo muerto del hombre amado.
Y sucedió, precisamente la noche después del sábado.
Y sucedió, cuando la noche debía ceder a la luz del día.210
Es un dogma de fe cristiana, que se inserta en un hecho sucedido y constatado
históricamente. Trataremos de investigar "con las rodillas de la mente inclinadas" en el misterio
enunciado por el dogma y encerrado en el acontecimiento.211
Siguiendo la línea de todo lo que nos han transmitido podemos ver en la resurrección
sobre todo un suceso histórico, pues ésta sucedió en una circunstancia precisa de lugar y
tiempo:"El tercer día" después de la crucifixión, en Jerusalén, en el sepulcro que José de
Arimatea puso a su disposición (1), y en el que había sido colocado el Cuerpo de Cristo,
después de quitarlo de la cruz. Precisamente se encontró vacío este sepulcro al alba del tercer
día. Pero ya Jesús había anunciado su resurrección al tercer día(2). Las mujeres que acudieron
al sepulcro ese día, encontraron a un "ángel" que les dijo: Vosotras ... "buscáis a Jesús, el
Crucificado. No está aquí, ha resucitado como lo había dicho"(3).
En la narración evangélica la circunstancia del "tercer día" se pone en relación con la
celebración judía del sábado, que excluía realizar trabajos y desplazarse más allá de cierta
distancia desde la tarde de la víspera. Por eso, el embalsamamiento del cadaver, de acuerdo con
la costumbre judía, se había pospuesto al primer día después del sábado.
Pero la resurrección, aun siendo un suceso determinado en el espacio y en el tiempo,
trasciende y supera la historia.
Nadie vió el hecho en sí. Nadie pudo ser testigo ocular del suceso. Muchos fueron los
que vieron la agonía y la muerte de Cristo en el Gólgota. Algunos participaron en la colocación
de su cadaver en el sepulcro; los guardias lo cerraron bien y lo vigilaron, de lo cual se habían
preocupado conseguir de Pilato "los sumos sacerdotes y los fariseos", acordándose de que Jesús
había dicho: a los tres día resucitaré."Manda, pues, que quede asegurado el sepulcro hasta el
tercer día, no sea que vengan los discípulos, lo roben y digan luego al pueblo: 'Resucitó de entre
los muertos'"(4).
Pero los discípulos no habían pensado en esa estratagema. Fueron las mujeres quienes,
al ir al sepulcro la mañana del tercer día con los aromas, descubrieron que estaba vacío, la
piedra retirada, y vieron a un joven vestido de blanco que les habló de de la resurrección de
Jesús. Ciertamente, el cuerpo de Cristo ya no estaba allí. A continuación fueron muchos los que
vieron a Jesús resucitado. Pero ninguno fue testigo ocular de la resurrección.212
La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro en el que había sido depositado podría
explicarse de otra forma, como de hecho pasó por un momento, cuando María Magdalena
viendo el sepulcro vacío, supuso que alguno habría robado el cuerpo de Jesús(1). Es más, el
Sanedrín trató de hacer correr la voz de que, mientras dormían los soldados el cuerpo había
sido robado por los discípulos. "Y se corrió esta versión entre los judíos, -anota Mateo- hasta el
día de hoy"(2).
A pesar de esto "el sepulcro vacío" ha constituído para todos, amigos y enemigos, un
signo impresionante. Para las personas de buena voluntad su descubrimiento fue el primer paso
hacia el reconocimiento del "hecho" de la resurrección como una verdad que no podía ser
refutada.213
Después de la resurrección, Jesús se presenta a las mujeres y a los discípulos con su
cuerpo transformado, hecho espiritual y partícipe de la gloria del alma: pero sin ninguna
característica triunfalista. Jesús se manifiesta con una gran sencillez. Habla de amigo a amigo,
con los que se encuentra en las circunstancias ordinarias de la vida terrena. No ha querido
enfrentarse a sus adversarios, asumiendo la actitud de vencedor, ni se ha preocupado de
mostrarles su "superioridad", y menos todavía ha querido fulminarlos.
A los privielegiados de sus apariciones, Jesús se deja conocer en su identidad física:
aquel rostro, aquellas manos, aquellos rasgos que conocían muy bien, aquel costado que habían
visto traspasado; aquella voz, que habían escuchado tantas veces.
Es de destacar también un hecho significativo: Jesucristo se aparece en primer lugar a
las mujeres, sus fieles seguidoras, y no a los discípulos, y ni siquiera a los mismos Apóstoles, a
pesar de que los había elegido como portadores de su Evangelio al mundo. Es a las mujeres a
quienes por primera vez confía el misterio de su resurrección, haciéndolas las primeras testigos
de esta verdad. Quizá quiera premiar su delicadeza, su sensibilidad a su mensaje, su fortaleza,
que las había impulsado hasta el Calvario. Quizá quiere manifestar un delicado rasgo de su
humanidad, que consiste en la amabilidad y en la gentileza con que se acerca y beneficia a las
personas que menos cuentan en el gran mundo de su tiempo.
Es lo que parece que se puede concluir de un texto de Mateo:" En esto, Jesús les salió al
encuentro (a las mujeres que corrían para comunicar el mensaje a los discípulos) y les
dijo:'¡Dios os guarde!'. Y ellas, acercádose, se asieron a sus pies y le adoraron. Entonces les
dice Jesús:'No temáis. Id y avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán'"(1).
También el episodio de la aparición de María de Magdala(2) es de extraordinaria finura
ya sea por parte de la mujer, que manifiesta toda su apasionada y comedida entrega al
seguimiento de Jesús, ya sea por parte del Maestro, que la trata con exquisita delicadeza y
benevolencia.
En esta prioridad de las mujeres en los acontecimientos pascuales tuvo que inspirarse la
Iglesia, que a lo largo de los siglos ha podido contar enormemente con ellas para su vida de fe,
de oración y de apostolado.214
Entre los que recibieron el anuncio de María Magdalena estaban Pedro y Juan(1). Ellos
se acercaron al sepulcro no sin titubeos, tanto más cuanto que María les había hablado de una
sustracción del cuerpo de Jesús del sepulcro(2). Llegados al sepulcro, también ellos lo
encontraron vacío. Terminaron creyendo, tras haber dudado un poco, porque, como dice Juan,
"hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los
muertos"(3).215
"¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrase en su gloria?"(1) dijo Jesús
cuando iba de Jerusalén a Emaús en compañía de dos de sus discípulos. Ellos no lo
reconocieron y, como si se tratase de un desconocido, le contaron lo ocurrido en Jerusalén en
aquellos últimos días.
Le hablan de la pasión y muerte de Jesús en la cruz. Le hablan de sus propias
esperanzas truncadas: "Nosotros esperábamos que él sería quien rescataría a Israel"(2). Tales
esperanzas fueron esterradas con la muerte de Jesús.
Los dos discípulos estaban decepcionados. Aunque habían oido que las mujeres y los
Apóstoles, tres días después de la muerte de Jesús, no habían podido encontrar su cuerpo en la
tumba, no sabían con certeza si había sido visto vivo. Los discípulos no sabían que en aquél
preciso momento ellos mismos lo estaban contemplando, que estaba caminando en su
compañía, que estaban hablando con El. Ciertamente sus ojos estaban cerrados y no eran
capaces de reconocerlo(3).
Luego comenzó a explicarles, basándose en la Sagrada Escritura, que el Mesías tenía
que alcanzar la gloria de la resurrección precisamente a través del sufrimiento. Con todo, las
solas palabras no produjeron un efecto total. Aun cuando sus corazones estaban ardiendo dentro
de ellos mientras escuchaban a aquel desconocido. Solo durante la comida, al caer la tarde,
cuando tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dió, "se les abrieron los ojos y lo
reconocieron"(4) pero El desapareció entonces de su vista.
Así, a través de ellos, a través de los Apóstoles, a través de los hombres y mujeres que
dieron testimonio de la vida y muerte de Jesucristo, de su Evangelio y de su Resurrección, la
verdad sobre Jesús se difundió, primero en Jerusalén, luego en Judea y, por fin, en otros
pueblos y paises. ¡Y así entró en la historia de la humanidad! 216
Los Apóstoles y los discípulos no inventaron la resurrección (y es fácil comprender que
fuesen totalmente incapaces de una acción semejante). No hay rastros de una exaltación
personal suya o de grupo, que les haya llevado a conjeturar un acontecimiento deseado y
esperado, como real. Ni a proyectarlo en la opinión o en la creencia común como de real, casi
por contraste y como compensación a la desilusión padecida.
Los Apóstoles fueron los primeros que creyeron, no sin fuertes resistencias, que Cristo
había resucitado simplemente porque vieron la resurrección como un acontecimiento real del
que pudieron convencerse personalmente al encontrarse varias veces con Cristo nuevamente
vivo, a lo largo de cuarenta días.
Las sucesivas generaciones cristianas aceptaron aquel testimonio, fiándose de los
Apóstoles y de los demás discípulos como testigos creibles. La fe cristiana en la resurrección de
Cristo está ligada, pues, a un hecho que tiene una dimensión histórica precisa.
Y sin embargo, la resurrección es una verdad que, en su dimensión más profunda,
pertenece a la Revelación divina. En efecto, fue anunciada gradualmente de antemano por
Cristo a lo largo de su actividad mesiánica. Muchas veces predijo Jesús explícitamente que, tras
haber sufrido mucho y ser ejecutado, resucitaría.217
La sacudida provocada por la pasión y muerte de Cristo fue tan grande que los
discípulos (al menos algunos de ellos) inicialmente no creyeron en la noticia de la resurrección.
En todos los Evangelios encontramos la prueba de esto (...). Cuando el Resucitado en persona
se apareció en medio de ellos y les dijo: ¡Paz a vosotros!, ellos -de hecho- "creían ver un
fantasma". En esa ocasión Jesús mismo debió vencer sus dudas y temores y convencerles de
que "era El": "palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo".
Y puesto que ellos " no acababan de creerlo y estaban asombrados" Jesús les dijo que le dieran
algo de comer y "lo comió delante de ellos"(1).
Además, es muy conocido el episodio de Tomás, que no se encontraba con los demás
Apóstoles cuando Jesús vino a ellos por primera vez, entrando en el Cenáculo a pesar de que la
puerta estaba cerrada(2). Cuando, a su vuelta, los demás discípulos le dijeron: "Hemos visto al
Señor", Tomás manifesto maravilla e incredulidad y contestó: "Si no veo en sus manos la señal
de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado
no creeré".
Ocho días después Jesús vino de nuevo al Cenáculo para satisfacer la petición de
Tomás "el incrédulo" y le dijo: "Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela
en mi costado y no seas incrédulo sino fiel". Y cuando Tomás profesó su fe con las palabras:
"Señor mío y Dios mío", Jesús le dijo:" Porque me has visto has creído. Dichosos los que no
han visto y han creído"(3).
La exhortación a creer, sin pretender ver lo que se esconde en el misterio de Dios y de
Cristo, permanece siempre válida. Pero la dificultad del Apóstol Tomás para admitir la
resurrección sin haber experimentado personalmente la presencia de Jesús vivo, y luego su
ceder ante las pruebas que le suministró el mismo Jesús, confirman lo que resaltan los
Evangelios sobre la resistencia de la Apóstoles y de los discípulos a admitir la resurrección.
Por esto no tiene consistencia la hipótesis de que la resurrección haya sido un
"producto" de la fe (o de la credulidad) de los Apóstoles. Su fe en la resurrección nació, por el
contrario, -bajo la acción divina de la gracia- de la experiencia directa de la realidad de Cristo
resucitado.218
La resurrección de Cristo no fue una vuelta a la vida terrena, como había sucedido en el
caso de las resurrecciones que El había realizado, por ejemplo: la hija de Jairo, el joven de
Naín, Lázaro. Estos hechos eran sucesos milagrosos (y, por lo tanto extraordinarios), pero las
personas afectadas volvían a adquirir, por el poder de Jesús la vida terrena "ordinaria". Y al
llegar un cierto momento murieron nuevamente, como con frecuencia hace observar San
Agustín.
En el caso de la resurrección de Cristo la cosa es esencialmente distinta. En su cuerpo
resucitado, El pasa del estado de la muerte a "otra" vida, ultratemporal y ultraterrestre. El
Cuerpo de Jesús es colmado del poder del Espíritu Santo en la resurrección, es hecho partícipe
de la vida divina en el estado de gloria, de modo que podemos decir de Cristo, con San Pablo
que es el homo coelestis (1).
Otro elemento misterioso de la resurrección de Cristo lo constituye el hecho de que el
paso de la muerte a la vida nueva sucedió por la intervención del poder del Padre que "resucitó"
a Cristo, su Hijo. Y así introdujo de modo perfecto su humanidad -también su cuerpo- en el
consorcio trinitario, de modo que Jesús se manifestó definitivamente "constituído Hijo de Dios
con poder, según el Espíritu... por su resurrección de entre los muertos".
De este conjunto de textos emerge el carácter trinitario de la resurrección de Cristo, que
es "obra común" del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y, por tanto, incluye en sí el misterio
mismo de Dios.
De todo lo dicho se deduce claramente que la resurrección de Cristo es el mayor
acontecimiento de la historia de la salvación y, podemos decir incluso que de la historia de la
humanidad, puesto que da sentido definitivo al mundo.
Todo el mundo gira en torno a la cruz, pero la cruz sólo alcanza en la resurreción su
pleno significado de episodio de salvación. Cruz y resurrección forman el único misterio
pascual en el que tiene su centro la historia del mundo. Por eso, la Pascua es la solemnidad
mayor de la Iglesia.219
¡Cristo, realmente muerto, ha resucitado verdaderamente! En el curso de veinte siglos la
Iglesia ha continuado presentando al mundo este impresionante testimonio(...). Cada uno de los
cristianos, bebiendo en la tradición histórica y, sobre todo, en las certezas de la fe, experimenta
que Cristo vive, que El es el resucitado, el perennemente Viviente. Es una experiencia(...) que
no puede quedar encerrada en el ámbito de lo exclusivamente personal, sino que exige
difundirla necesariamente; como luz que irradia; como levadura que hace fermentar la masa del
pan.220
Cristo ha resucitado y está ante el corazón de cada hombre, pidiendo entrar: "Mira que
estoy a la puerta y llamo; si alguno escucha mi voz y abre la puerta, yo entraré en él y cenaré
con él y él conmigo"(1).¡Qué se abran a Cristo las puertas del Corazón del hombre...!
¡Abrid hombres, las puertas al Redentor! Abridle las puertas de las familias y de cada
ambiente humano, las puertas de la sociedad, de las
naciones y de los pueblos...
Abrid pues a Cristo las puertas de nuestra difícil edad moderna, de esta civilización de
crecientes contrastes; permitidme injertar en ella la redención y la civilización del amor.
LLegará un día en que esta empresa quedará definitivamente realizada. Sobre Cristo la muerte
no ha tenido la última palabra. Resucitando, ha triunfado sobre ella y sobre el pecado.221
María y los Apóstoles en la Resurrección

Los Evangelios no nos hablan de una aparición de Jesús resucitado a María. De todos
modos, como Ella estuvo de manera especialmente cercana a la Cruz del Hijo, hubo de tener
también una experiencia privilegiada de su Resurrección. Efectivamente, el papel corredentor
de María no cesó con la glorificación del Hijo.222
María nos guía en el conocimiento de los misterios del Señor; y del mismo modo que en
Ella y con Ella comprendemos el sentido de la Cruz, así también en Ella y con Ella llegamos a
captar el sentido de la Resurrección, saboreando la alegría que emana de esta experiencia.223
¡Alégrate María, alégrate Madre!
Tú llevaste su cuerpo en tu seno virginal; llevaste dentro de tí al Hombre-Dios. Y
después lo diste a luz en la noche de Belén; lo llevaste en tus brazos siendo niño. Lo llevaste al
Templo el día de la presentación. Y tus ojos ... han visto al Verbo Encarnado. Y tus oídos lo
han escuchado desde sus primeras palabras. Tus manos han tocado al Verbo de la vida.
¡El que llevaste ha resucitado!
Lo llevaste, más todavía, que en tus brazos, en tu Corazón.
Especialmente cuando tuviste que estar presente junto a la Cruz, a los pies del divino
Condenado.
Y luego, cuando ya había expirado y bajado de la Cruz, El descansó una vez más en tus
brazos, igual que tantas veces descansó de niño ... Y luego lo depositaron en el sepulcro. Lo
toman de tus manos y lo devolvieron a la tierra, cerrando el sepulcro con una losa ... ¡Y he aquí,
que quitada la piedra ahora está la tumba vacía ...!
¡Cristo, a quien Tú llevaste, ha resucitado!224
Jesús no murió en vano; su muerte es como la del grano de trigo que se echa en la tierra
y que es fecunda en resultados. Y su fruto más hermoso y exaltante es el triunfo glorioso de
María, su Madre. Ella es el fruto más exquisito del gérmen de vida eterna que Dios, en
Jesucristo, ha echado en el corazón de la humanidad necesitada de salvación después del
pecado de Adán.225 Jesús dejó a sus discípulos. Se fue del modo más doloroso que pudiera
imaginarse. Fue juzgado como un malhechor y como un impostor; fue condenado a muerte.
Fue crucificado.
Es fácil comprender que tal hecho constituyera para los Apóstoles un gran trauma. Una
gran desilusión, humanamente hablando.
Pero "el primer día de la semana", el domingo de Pascua, Jesús entró en el Cenáculo
(aunque la puerta estaba cerrada), se puso en medio de sus discípulos y les dijo: "Paz a
vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo" (1).
Debían recibir al Paráclito, que es el Espíritu Santo. Y he aquí que Cristo se lo da, aun
antes de enviar el Espíritu Santo el día de Pentecostés. Se lo da el día de la resurrección.
Después del saludo, Jesús exhaló el aliento sobre ellos y dijo: "Recibid el Espíritu Santo" (2)
Los Apóstoles tenían necesidad del Espíritu Santo para comprender la muerte y
resurrección de Cristo como un sólo misterio; como el misterio más grande, (...).226
Hoy la Iglesia entera mira hacia María. Y aunque en las narraciones del día de Pascua
no es citada entre las personas de las que hablan, todos miramos hacia Ella. ¿Acaso podría
cualquier narración descubrir el momento de la resurrección del Hijo en el Corazón de la
Madre? Toda la Iglesia sabe que en este día hecho por el Señor, María va delante de manera
singular.227
La Ascensión de Jesucristo al Cielo

Forma parte del misterio mismo de la Encarnación y es el cumplimiento último de la


misión mesiánica del Hijo de Dios que ha venido a la tierra para llevar a cabo nuestra
redención.
Sin embargo, se trata también de un "hecho" que podemos conocer a través de los
elementos biográficos e históricos de Jesús, que nos refieren los Evangelios.
Acudamos a los textos de Lucas. Principalmente al que concluye su Evangelio: "los
sacó hasta cerca de Betania y, alzando sus manos, los bendijo. Y sucedió que, mientras los
bendecía, se separó de ellos y fue elevado al cielo"(1): lo cual significa que los Apóstoles
tuvieron la sensación de "movimiento" de toda la figura de Jesús, y de una acción de
"separación" de la tierra. El hecho de que Jesús bendiga en aquel momento a los Apóstoles,
indica el sentido salvífico de su partida que como toda su misión redentora, contiene y da al
mundo toda clase de bienes espirituales.
"A estos mismos (es decir a los Apóstoles), después de su pasión, se les había
presentado dándoles muchas pruebas de que vivía, apareciéndoseles durante cuarenta días y
hablándoles acerca de lo referente al reino de Dios"(2). Por tanto, el texto nos ofrece una
indicación sobre la fecha de la Ascensión: cuarenta días después de la Resurrección. Un poco
más tarde veremos que también nos da información sobre el lugar.
Según los Hechos de los Apóstoles, Jesús "fue llevado al cielo"(3) en el monte de los
Olivos(4). Desde allí los Apóstoles volvieron a Jerusalén después de la Ascensión. Pero antes
de que esto sucediese, Jesús les dió las últimas instrucciones: por ejemplo, "les mandó que no
se ausentasen de Jerusalen, sino que aguardasen la promesa del Padre"(5). Esta promesa del
Padre consistía en la venida del Espíritu Santo: "Seréis bautizados en el Espíritu Santo"(6).
"Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros,y seréis mis testigos ..."(7).
Y fue entonces cuando "dicho esto fue levantado en presencia de ellos, y una nube lo ocultó a
sus ojos"(8).
El monte de los Olivos que había sido el lugar de la agonía de Jesús en Getsemaní, es
por tanto el último punto de contacto entre el Resucitado y el pequeño grupo de sus discípulos
en el momento de la Ascensión.228
Si queremos examinar brevemente el contenido de los anuncios transmitidos, podremos
ante todo advertir que la ascensión al cielo constituye la etapa final de la peregrinación terrena
de Cristo.
Cristo "salió del Padre"(1) y venido al mundo mediante la encarnación, ahora, tras la
conclusión de su misión, "deja el mundo y se va al Padre"(2). Es un modo único de "subida",
como lo fue el del "descenso". Solamente el que salió del Padre como Cristo lo hizo, pudo
retornar al Padre de ese modo.
Sólo El posee la energía divina y el derecho a "subir al cielo". Nadie más. La
humanidad abandonada a sí misma, a sus fuerzas naturales, no tiene acceso a esa "casa del
Padre"(3), a la participación en la vida y en la felicidad de Dios. Sólo Cristo puede abrir al
mundo ese acceso: El, el Hijo que "bajó del cielo", y que "salió del Padre" precisamente para
esto.
Otras palabras de Jesús, pronunciadas en el Cenáculo, se refieren a su muerte, pero con
la perspectiva de la ascensión: "Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros. Vosotros
me buscaréis y ... adonde yo voy (ahora) vosotros no podéis venir"(4). Sin embargo dice
enseguida: "en la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho, porque
voy a prepararos un lugar"(5). Por esta razón Jesús también añade, la misma tarde de la vigilia
de la pasión: "Os conviene que yo me vaya". Sí. Es conveniente, es necesario, es indispensable
desde el punto de vista de la eterna economía salvífica.
Jesús lo explica a fondo cuando continúa: "Os conviene que yo me vaya, porque si no
me voy no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré"(6). Sí. Cristo debe
poner término a su presencia terrena, a la presencia visible del Hijo de Dios hecho hombre, para
que pueda permanecer de modo invisible, en virtud del Espíritu de la Verdad, del Consolador-
Paráclito. Y por ello prometió repetidamente: "Me voy y volveré a vosotros"(7).
Nos encontramos aquí ante un doble misterio: El de la disposición eterna o
predestinación divina que fija los modos, los tiempos, los ritmos de la historia de la salvación
con un designio admirable, pero para nosotros insondable; y el de la presencia de Cristo en el
mundo humano mediante el Espíritu Santo, santificador y vivificador.
El modo cómo la humanidad del Hijo obra mediante el Espíritu Santo en las almas y en
la Iglesia -verdad claramente enseñada por Jesús- permanece envuelto en la niebla luminosa
del misterio trinitario y cristológico requiriendo nuestro acto de fe humilde y sabio.229
La Ascensión es, por tanto, el acontecimiento final de la vida y de la misión terrena de
Cristo: Pentecostés será el primer día de vida y de historia " de su Cuerpo, que es la
Iglesia"(1).230
La Ascensión de Cristo constituye una de las etapas fundamentales de la "historia de la
salvación", es decir, del plan de amor misericordioso y salvífico de Dios para con la
humanidad.
La Ascensión de Cristo al cielo es directamente causa de nuestra ascensión, pues
comienza en nuestra cabeza y a ésta deben unirse los miembros.
La Ascensión no es sólo la glorificación definitiva y solemne de Jesús de Nazaret, sino
también la prenda y garantía de la exaltación, de la elevación de la naturaleza humana. Nuestra
fe y esperanza cristianas se refuerzan (...), pues aunque nos invitan a meditar en nuestra
pequeñez, fragilidad y miseria, también inviten a meditar en una "transformación" más
maravillosa aún que la misma creación: la transformación que realiza Cristo en nosotros al estar
unidos a El por los sacramentos y la gracia.231
CAPITULO NOVENO

LA ESPERADA VENIDA DEL ESPIRITU SANTO

La Iglesia naciente espera la venida del Espíritu Santo rezando con María

Recordamos la suprema promesa y el mandato último de Jesús a sus Apóstoles antes de


la Ascensión cuando les dijo:"Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre.
Por vuestra parte permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto"(1)
Hoy podemos comprobar leyendo los Hechos de los Apóstoles que aquella orden fue
cumplida por ellos y que, cuando llegaron entraron en la estancia superior, donde vivían...( y
allí) "todos ellos perseveraban en la oración con un mismo espíritu"(2). Y no sólo se quedaron
en la ciudad, sino que también se reunieron en el Cenáculo para formar comunidad y
permanecer en oración, junto con María, la Madre de Jesús, como preparación inmediata para
la venida del Espíritu Santo. Además esperan la manifestación "hacia fuera" de la Iglesia nacida
de la muerte y resurrección de Cristo, por obra del Espíritu Santo. Toda la comunidad se está
preparando, y en ella, cada uno personalmente. Es una preparación hecha de oración.232
La presencia de María entre los Apóstoles y todos aquellos que perseveraban en oración
(...), encierra un contenido sumamente rico.
En los Hechos, María aparece como una de las personas que participan, en calidad de
miembro en la primera comunidad de la Iglesia naciente, que se prepara para la Pentecostés.
Sobre esta base del Evangelio de San Lucas y de otros textos del Nuevo Testamento, se formó
una tradición cristiana acerca de la presencia de María en la Iglesia, que el Concilio Vaticano II
ha resumido afirmando que Ella es un miembro excelentísimo y enteramente singular(1).
En el Cenáculo de Jerusalén, María se encuentra en la compañía de los discípulos para
preparar una nueva venida del Espíritu Santo, y asistir a un nuevo nacimiento: el nacimiento de
la Iglesia.
María, desde el principio, está unida a la Iglesia, como uno de los "discípulos" de su
Hijo, pero al mismo tiempo destaca siempre como "tipo y ejemplar acabadísimo de la misma
(Iglesia) en la fe y en la caridad"(2).
La oración de María en el Cenáculo, como preparación a Pentecostés, tiene un
significado especial, precisamente en razón del vínculo que con el Espíritu Santo ya se
estableció en el momento del misterio de la Encarnación. Ahora, este vínculo vuelve a
presentarse enriqueciéndose con una nueva relación.
La comunidad apostólica tenía necesidad de su presencia y de aquella perseverancia
junto a Ella en oración. En aquella oración "en compañía de María" se descubre su particular
mediación, surgida de la plenitud de dones del Espíritu Santo. Como su Esposa mística que es,
María imploraba su venida a la Iglesia, nacida del costado de Cristo atravesado en la Cruz, y
ahora a punto de manifestarse al mundo.233
Además, la oración de los Apóstoles y discípulos antes de Pentecostés era perseverante:
"perseveraban en la oración". Por tanto, no fue una oración de momentánea exaltación. La
palabra griega empleada por el Autor de los Hechos de los Apóstoles indica una perseverancia
paciente, en cierto sentido obstinada, que incluye sacrificio y superar dificultades. Fue, por
consiguiente, una oración que compromete completamente no sólo el corazón sino también la
voluntad. Los Apóstoles eran conscientes de la misión que les esperaba.
Aquella oración era ya un fruto de la acción del Espíritu Santo, porque El es quien
inspira a la oración y ayuda a perseverar en ella.
Alguien podría preguntar: ¿Por qué implorar más con la oración lo que ya está
prometido? La oración de Jesús en el Bautismo del Jordán nos muestra que es indispensable
orar para recibir oportunamente "el don que viene de lo alto"(1). Y la comunidad de los
Apóstoles y de los primeros discípulos debía prepararse para recibir justamente este don, que
viene de lo alto: el Espíritu Santo con el que dará comienzo la misión de la Iglesia de Cristo
sobre la tierra.
En momentos especialmente importantes la Iglesia actúa de igual modo. Busca
nuevamente aquella unión de los Apóstoles en la oración y junto a la Madre de Cristo.
En esa comunidad unida en oración, además de los Apóstoles, estaban igualmente
presentes otras personas, hombres y también mujeres. El hecho de que en la preparación de
Pentecostés tomaran parte también otras personas, y especialmente las mujeres, constituye
sencillamente una continuación del comportamiento de siempre de Jesús, como aparece en
diversos pasajes de los Evangelios. Lucas nos da incluso los nombres de estas mujeres que
seguían, colaboraban y ayudaban a Jesús: María, llamada Magdalena; Juana, mujer de Cusa,
administrador de Herodes; Susana y muchas otras(2).
El anuncio evangélico del reino de Dios se desarrollaba no sólo en presencia de los
"doce" y de los discípulos en general, sino también de estas mujeres en particular, de las que
habla el Evangelista diciendo que ellas "servían (a Jesús y a los Apóstoles) con sus bienes"(3).
De ello se deduce que las mujeres, al igual que los hombres, están llamadas a participar
en el reino de Dios que Jesús anunciaba: formando parte de él, y contribuyendo a su
crecimiento entre los hombres.234
Con el Espíritu Santo, la Iglesia nace manifiestamente para el mundo

Según la tradición religiosa de Israel, Pentecostés era originariamente la fiesta de la


siega. "Tres veces al año se presentarán todos los varones ante Yahveh, el Señor, Dios de
Israel"(1). La primera vez con ocasión de la fiesta de la Pascua; la segunda con ocasión de la
fiesta de la siega, y la tercera, con ocasión de la fiesta de las Tiendas. La fiesta de la siega, se
llamaba en griego Pentecostés, puesto que se celebraba 50 días después de la fiesta de la
Pascua.
En Jerusalén, Pentecostés, es la confirmación de esta abundancia divina, prometida y
concedida por Cristo mediante el Espíritu. Las mismas circunstancias de la fiesta parecen tener
en la narración de San Lucas un significado simbólico. El descenso del Paráclito sucede
efectivamente en el apogeo de la fiesta ya que dice: "Al llegar el día de Pentecostés..."(2). Y,
por otra parte, refiere incluso que "estaban todos reunidos en un mismo lugar", lo que indica la
totalidad de la comunidad reunida:"todos reunidos", y no sólo los Apóstoles, sino la totalidad
del grupo originario de la Iglesia naciente, hombres y mujeres, en compañía de la Madre de
Jesús.235
Sabemos que tras haber escuchado "un ruido como el de una ráfaga de viento
impetuoso...", vieron bajar sobre sí unas "lenguas de fuego"(1). En la tradición judía el fuego
era signo de una especial manifestación de Dios que hablaba para instruir, guiar y salvar a su
pueblo.
Con la "lengua de fuego" cada uno de los Apóstoles recibió el don multiforme del
Espíritu Santo, como aquellos siervos de la parábola evangélica que habían recibido todos un
cierto número de talentos para hacerlos fructificar(2). Aquella "lengua" era un signo de la
conciencia que los Apóstoles poseían y mantenían viva acerca del compromiso misionero al
que habían sido llamados y al que se habían consagrado.
En efecto, apenas estuvieron y se sintieron "llenos del Espírtu Santo, se pusieron a
hablar en otras lenguas, según que el Espíritu les concedía expresarse". Esto sucedió en el
Cenáculo, pero enseguida el anuncio misionero y el don de lenguas (glosolalia), traspasaron las
paredes de aquella habitación. Y entonces se verificaron los acontecimientos extraordinarios
descritos por los Hechos de los Apóstoles.
La muchedumbre, atraída por el fragor y asombrada por aquel hecho, estaba compuesta,
en verdad, por judíos observantes que se encontraban en Jerusalén con ocasión de la fiesta.
Pero pertenecían a "todas las naciones que hay bajo el cielo"(3) y hablaban las lenguas de los
pueblos en los que estaban integrados tanto en el aspecto civil como administrativo, aunque
como raza permanecían siendo judíos. Estupefactos y admirados decían: "¿Es que no son
galileos todos esos que nos están hablando? Pues ¿cómo es que cada uno de nosotros les oímos
en nuestra propia lengua nativa?(4). En este momento San Lucas no duda en dibujar una
especie de mapa del mundo mediterráneo del que procedían aquellos judíos observantes, como
para oponer aquella ecumene de los convertidos a Cristo, con la Babel de lenguas descritas en
el Génesis. No se quedan sin nombrar los demás "forasteros de Roma" :"Partos, medos y
elamitas; habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto,
la parte de Libia fronteriza con Cirene, forasteros romanos, judíos y prosélitos, cretenses y
árabes"(5). A todos ellos San Lucas pone en sus labios estas palabras :"les oímos en nuestra
lengua las maravillas de Dios(6).
El acontecimiento de ese día fue ciertamente misterioso, pero también muy
significativo. En él podemos descubrir un signo de la universalidad del cristianismo y del
caracter misionero de la Iglesia. "Les oímos en nuestra propia lengua"(7); hoy hablaríamos de
una adaptación a las condiciones lingüísticas y culturales de cada uno.236
También es muy interesante la circunstancia del origen galileo de los Apóstoles que
tiene en este caso concreto, su propia elocuencia. En efecto la
Galilea era una región de población heterogénea(1), donde los judíos tenían muchos contactos
con gentes de otras naciones. Más aún, la Galilea solía ser designada como " Galilea de las
naciones"(2) y por este motivo era considerada inferior a la Judea, región de los auténticos
judíos.
La Iglesia, por consiguiente, nació en Jerusalén, pero el mensaje de la fe no fue
proclamado allí por ciudadanos de Jerusalén, sino por un grupo de galileos y, por otra parte, su
predicación no se dirigió exclusivamente a los habitantes de Jerusalén sino a los judíos y
prosélitos de toda procedencia.
Como resultado del testimonio de los Apóstoles, surgirán poco después de Pentecostés
las comunidades (es decir, las Iglesias locales) en diversos lugares, y naturalmente también y
ante todo en Jerusalén. Vemos pues, que ya en el momento de su nacimiento la Iglesia era
universal y estaba orientada a la universalidad, la cual se manifestaría luego por medio de todas
las Iglesias particulares.
Se cumplen así las significativas palabras pronunciadas por Jesús en la conversación
que tuvo junto al pozo de Sicar, cuando dijo a la mujer samaritana: " Créeme mujer, que llega
la hora (y ya estamos en ella) en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y
en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que lo adoren"(3).
Con la venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés da comienzo aquella " adoración
del Padre en espíritu y verdad", que no puede encerrarse en un solo lugar porque se inscribe en
la vocación del hombre a reconocer y a honrar al único Dios, que es puro Espíritu, y por tanto
está abierta a la universalidad.237
Para los Apóstoles, Pentecostés, es el día de la resurrección, es decir, de la nueva vida,
en el Espíritu Santo. Es una resurrección espiritual, que podemos contemplar a través del
proceso realizado en los Apóstoles en el curso de todos esos días. Desde el viernes de la Pasión
de Cristo, pasando por el día de la Pascua, hasta la Pentecostés. El prendimiento del Maestro y
su muerte en cruz fue para ellos un golpe terrible, del que tardaron en reponerse. Así se explica
que la noticia de la resurrección, e incluso el encuentro con el Resucitado, hallasen en ellos
dificultades y resistencias. Los Evangelios lo advierten en muchas ocasiones... El mismo Jesús
se lo reprochó dulcemente: "¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro
corazón? El trataba de convencerlos acerca de su identidad, demostrándoles que no era ningún
" fantasma" sino que tenía " carne y huesos". Con este fin consumió incluso alimentos bajo sus
ojos(1).
El acontecimiento de Pentecostés impulsa a los discípulos a superar definitivamente
esta actitud de desconfianza. La verdad de la resurrección de Cristo penetra plenamente sus
mentes y conquista su voluntad.238
Otro hecho extraordinario es la valentía con que Pedro y los otros once se levantan y
toman la palabra para explicar el significado (...) de lo que estaba aconteciendo bajo los ojos de
la asombrada muchedumbre(1).239
La fiesta de la siega se convierte en la fiesta de la nueva " mies", que es obra del
Espíritu Santo: la mies en el Espíritu.
Esta mies es el fruto de la siembra de Cristo-Sembrador. Recordemos las palabras de
Jesús que nos refiere el evangelio de Juan: " Pues bien, yo os digo: alzad vuestros ojos y ved los
campos, que blanquean ya para la siega" (1). Jesús daba a entender a los Apóstoles que
recogerían tras su muerte la mies de esta siembra. " Uno es el sembrador y otro el segador: yo
os he enviado a segar donde vosotros no os habéis fatigado. Otros se fatigaron y vosotros os
aprovechais de su fatiga"(2).
Desde el día de Pentecostés, por obra del Espíritu Santo, los Apóstoles se trasformarán
en segadores de la siembra de Cristo. " El segador recibe el salario, y recoge fruto para la vida
eterna, de modo que el sembrador se alegra igual que el segador"(3). Y, verdaderamente, ya el
día de Pentecostés, tras el primer discurso de Pedro, la mies se manifiesta abundante porque se
convirtieron "cerca de tres mil personas"(4) de forma que eso constituyó motivo de una alegría
común: la alegría de los Apóstoles y la de su Maestro, el divino Sembrador.
Efectivamente, la mies es fruto de su sacrificio. Si Jesús habla de " fatiga" en el
Sembrador, ésta consiste sobre todo en su pasión y muerte de la Cruz.240
La Iglesia comenzó de su Costado abierto en la Cruz.
Pero el día de la Resurrección la Iglesia se manifestó a los Apóstoles (...) y el día de
Pentecostés la Iglesia se manifestó al mundo y comenzó a existir como comunidad universal
del Pueblo de Dios (...)
Id, pues, vosotros, como tantos antes de vosotros, y en el lenguaje de nuestro tiempo,
proclamad "las maravillas del Señor" a los hombres de los siglos XX y XXI.
La plenitud de estas maravillas es y se llama Jesucristo, El es el Señor.241
El día de Pentecostés, la Iglesia, surgida de la muerte de Cristo, se manifiesta al mundo,
por obra del Espíritu Santo.
(...) Jesucristo, trasmitiendo a los Apóstoles el reino recibido del Padre, coloca los
cimientos para la edificación de su Iglesia. Porque, en efecto, El no se limitó a atraer oyentes y
discípulos mediante la palabra del Evangelio y con los milagros que hacía, sino que también
anunció claramente su voluntad de edificar la Iglesia sobre los Apóstoles, y en particular sobre
Pedro(1).
" Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis, mis
testigos en Jerusalén ... y hasta los confines de la tierra"(2). Y este hecho es culminante para la
existencia de la Iglesia. Cristo la había ya anunciado, luego la instituyó, y definitivamente la
engendró en la Cruz mediante su muerte redentora. Sin embargo, su existencia se hizo patente
el día de Pentecostés, cuando los Apóstoles comenzaron a " dar testimonio" del misterio
pascual de Cristo. Por eso podemos hablar en este hecho del nacimiento de la Iglesia, como
hablamos del nacimiento de un hombre en el momento que sale del seno materno y se "
manifiesta" al mundo.
También se puede ver el nacimiento de la Iglesia como una nueva creación(3). Hay
como una analogía con la primera creación, cuando " Yahveh Dios formó al hombre del barro
del suelo e insufló un aliento de vida" (4). A este " aliento de vida" debe el hombre su "
espíritu" que hace que el compuesto humano sea hombre-persona. También Cristo resucitado,
apareciéndose a los Apóstoles en el Cenáculo, "soplo sobre ellos y le dijo: ' recibid el Espíritu
Santo'"(4). Este acontecimiento, que tuvo lugar la misma tarde de Pascua, puede considerarse
un Pentecostés anticipado y todavía no hecho público. Fue después -el día de Pentecostés-
cuando Jesucristo, " exaltado, por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo
prometido y que ha derramado tal como vosotros lo veis y oís"(5). Es entonces cuando por
obradel Espíritu Santo se realizó " la nueva creación" (6).242
Pentecostés constituye, por tanto, junto con la Pascua de Resurrección el coronamiento
de la economía salvífica de la Trinidad divina sobre la historia humana.243
María llevada en cuerpo y alma al Cielo acompaña a Jesucristo

Como "por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida" (1): Todos
tendrán vida eterna en el mismo Dios. La primera que entra en esta vida en plenitud es María.
"Una mujer vestida de sol, la luna a sus pies y coronada con doce estrellas" (2). Es
precisamente a Ella a quien la Iglesia reconoce en el signo grandioso que aparece en el cielo.
"¡El Poderoso ha hecho obras grandes por mí, su nombre es santo!" (3). Aquel día con
motivo de la visita a su pariente Isabel, María manifestó con palabras la alegría de su alma ante
el misterio de su Maternidad divina, que era su destino por gracia de la Santísima Trinidad.
Hoy, con estas palabras mismas, vuelve Ella a expresar la alegría de su alma ante el misterio de
la Asunción, fruto definitivo de su Maternidad divina por gracia de la Santísima Trinidad.244
Aquella en la que Dios mismo tomó morada en la Persona del Hijo y que fue concebida
inmaculada: está libre del pecado original.
De este modo, fue también preservada de la ley de la muerte, que entró en la historia del
hombre junto con el pecado.
Era necesario que Ella, que era la Madre del Resucitado, participase la primera de entre
los hombres en el pleno poder de su resurrección.
Era necesario que Ella, en la que habitó el Hijo de Dios como autor de la victoria sobre
el pecado y sobre la muerte, también fuese la primera que habitase con Dios, libre del pecado y
de la corrupción del sepulcro:
- libre del pecado mediante la Inmaculada Concepción;
- libre de la corrupción del sepulcro, mediante la Asunción.
Creemos que la "Virgen Inmaculada, terminado el curso de su vida terrena, fue asunta
en cuerpo y alma a la gloria celeste"(1).245
Durante su vida terrena, fue signo y anticipo de los bienes futuros; ahora, glorificada
junto a Cristo, Señor, es imagen y cumplimiento del reino de Dios. Hacia El nos llama, en El
nos espera. Ha sido la primera en seguir a Cristo (...). Elevada en cuerpo y alma al cielo, es la
primera en heredar plenamente la gloria. La Asunción de María a los cielos manifiesta el futuro
definitivo que Cristo nos ha preparado a nosotros los redimidos. (...) María gloriosa en el cielo
sigue cumpliendo su función maternal.246
Miremos con fe viva al misterio de la Asunción para que actúe en nuestra mente y en
nuestro corazón, a fin de que se haga también para nosotros signo de victoria definitiva.
Victoria que ha de ir precedida del trabajo y de la
lucha contra el pecado.
Miremos con fe viva este misterio para vislumbrar a través de las fatigas y sufrimientos
de esta vida temporal la decisión definitiva de la eternidad. A semejanza de la Madre de Cristo
debemos tambien nosotros "habitar" en Dios, mediante la unión eterna con El. ¡Cuánto
debemos esforzarnos mientras vivimos aquí en la tierra para que Dios habite "en nosotros"!
Jesucristo habitó en María mediante el misterio de la Encarnación -como todo hijo en el seno
de su madre- pero ya había habitado antes en Ella mediante la gracia.247
La Madre de Cristo es también glorificada como "Reina universal". La que en la
Anunciación se definió como "esclava del Señor" (...), confirmando así que era una verdadera "
discípula" de Cristo, que "no ha venido a ser servido, sino a servir"(1)(...). Ella ha sido la
primera entre aquellos que "sirviendo a Cristo también en los demás, conducen a sus hermanos
al Rey, cuyo servicio equivale a reinar" y ha conseguido plenamente para ellos el "estado de
libertad real", propio de los discípulos de Cristo: porque:¡ Servir quiere decir reinar! 248
INDICE

LA VIDA DE JESUCRISTO, REDENTOR DEL MUNDO, CONTADA POR JUAN


PABLO II

PROLOGO
CAP. I
Origen y panorama universal del pecadomdonde se enmarca la Redención
El pecado de nuestros pimeros padres y sus consecuencias en la humanidad
-Antes del pecado original
-El hecho mismo del pecado original
-Consecuencias del pecado en Adán, Eva y en toda la humanidad
-Situación universal e histórica del pecado en el mundo
-La promesa misericordiosa de Dios Creador de redimirnos

¿Por qué tuvo lugar la decisión de Dios de hacerse hombre?

CAP. II
Preparación de la venida de Jesucristo a este mundo
Comienza eligiendo el pueblo al que pertenecerá Jesucristo
María, una mujer de este pueblo, será su Madre
La Anunciación de María
La vida de María, Modelo de correspondencia total a la Voluntad de Dios
Vocación de José, el esposo de María
La Visitación de María

CAP. III
Infancia de Jesucristo
Esta etapa de la vida del Señor la conocemos a través de su Madre
El Nacimiento de Jesucristo
Jesús es inscrito en el Pueblo elegido
La Presentación del Niño y la Purificación de su Madre en el Templo
La adoración de los Reyes Magos y la huída a Egipto

CAP. IV
Vida oculta de Jesús
El hogar de Jesús. Un sólo hecho importante de destacar en el Evangelio
-En el hogar
-En el Templo
-En el trabajo

CAP. V
Comienzo de la vida pública de Jesucristo
Presentación en público del Precursor: Juan Bautista
El Bautismo de Jesús
Jesucristo se deja tentar por el diablo para enseñarnos a vencerle
Abandona Nazaret al comenzar su actividad y se queda en Cafarnaúm
Jesucristo acompaña a su Madre a una boda en Caná
CAP. VI
Vida pública de Jesús
Elección de los Apóstoles
Su vida fue una vida de oración contínua
Jesucristo, un hombre de carne y hueso como nosotros
-Es un hombre real y no un fantasma
-Padeció hambre, sed, dolores, cansancio, agonía, muerte,...
-Tuvo alegrías, lágrimas, temor, angustia,...
-Se admiró, tuvo cariño, ternura y desamparo
Jesucristo, con su vida y milagros demuestra que es Dios
En Jesús de Nazaret se cumplen todas las profecías
Pasó haciendo el bien a todos y a todos pide fe en El
El mensaje doctrinal de Jesús
Una parábola clave de Jesús: la del hijo pródigo
Fundación de la Iglesia
La Transfiguración
La entrada de Jesús en Jerusalén el domingo de Ramos
La Institución de la Eucaristía
-La Ultima Cena
-La despedida
-La oración sacerdotal
La agonía en el huerto de Getsemaní

CAP. VII
Jesús muere crucificado
Jesús fue obediente hasta la muerte y muerte de cruz
El proceso histórico de la crucifixión de Jesucristo
La crucifixión del Señor: el testamento de Jesús agonizante
-Sus últimas palabras
-Padre, perdónales porque no saben lo que hacen
-Mujer, ahí tienes a tu hijo
-Ahí tiene a tu Madre
-Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado
-Tengo sed
-Todo está cumplido
-Padre, en tus manos pongo mi espíritu

CAP. VIII
La Resurrección de Jesucristo y su Ascensión al Cielo
¡Cristo vive!
María y los Apóstoles en la Resurrección
La Ascensión de Jesucristo

CAP. IX
La esperada venida del Espíritu Santo
La Iglesia naciente espera esta venida rezando con María
Con el Espíritu Santo, la Iglesia nace completamente para el mundo
María llevada en cuerpo y alma al Cielo acompaña a Jesucristo
INDICE
NOTAS
1
.
Discurso en la Jornada Mundial de la Juventud, 11-IV-1987

2. A los jóvenes en el circuito de Monza, 21-V-1983 1.-Cfr. Jn 19, 9

3. Homilía en la Parroquia de S. Juan M. Bautista Vianney,(Roma), 27-II-1983

4. Discurso a los Obispos Irlendeses, Dublín, (Irlanda), 30-IX-1979

5. Al Congreso UNIV-82, 6-IV-1982

6. Audiencia General, 7-I-1987

7. Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 34

8. En el Angelus, 11-III-1979

9. Audiencia General, 7-I-1987

10. Plegaria a la Virgen de Jasna Gora, Polonia, 19-IV-1983

11. Audiencia General. 27-VIII-1986

12. Audiencia General, 3-IX-1986 1.- Gén 1, 12 2.- Gén 1, 31 3.- Gén 2, 21
4.- Gén 2, 16-17

13. Audiencia General, 8-X-1986 1.-Gén 3, 16 2.- Gén 3, 17-19 3.-Cfr.Rom 8, 19-22

14. Audiencia General, 1-X-1986 1.- Rom 5, 12

15. Audiencia general, 24-IX-1986

16. Audiencia general, 5-XI-1986

17. Audiencia genral, 12-XI-1986 1.- Cfr. Santo Tomásde Aquino, Summa Theologiae, I-II, q. 55, a. 3; q. 63, a. 2.

18. Audiencia general, 17-IX- 1986 1.- Rom 1, 28-31. 25-27. 32

19. Audiencia general, 17-XII-1986 1.- Gén 3, 15 2.- San Agustín, Quaestiones in Heptateucum, II, 73.

20. Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 34

21. A los jóvenes,Vaduz (Liechtstein), 8-IX-1985 1.- Rom 8, 20-22

22. Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 34

23. Carta Encíclica Redemptoris mater, n. 24

24. Audiencia General, 20-IV-1983

25. Exhortación Apostólica Reconciliatio et poenitentiam, n. 10

26. Audiencia General, 2-VIII-1989 1.- Gén 9, 9-10 2.- Gén 17, 7

27. Carta Encíclica Dives in misericordia, n.4

28. Audiencia General, 2-VIII-1989 1.- Ex 19, 5 2.- Ex 19, 8

29. Carta Encíclica Dives in misericodia, n. 4 1.- Ex 34, 6 2.- Is 54, 10

30. Audiencia General, 2-VIII-1989

31. Carta Encíclica Dives in misericordia, n.4 1.- Jn 14, 9


32. Audiencia General, 2-VIII-1989

33. Audiencia General, 1-V-1983

34. En el Santuario de Nuestra Señora de la Alborada, Guayaquíl, (Ecuador), 31-I-1985 1.- Gén 3, 15

35. Homilía en la fiesta de la Natividad de la Vírgen, 18-IX-1985

36. Homilía en la fiesta de la Inmaculada Concepción, 8-XII-1985

37. Carta Encíclica Redemptoris mater, n.3

38. Homilía, 1-I-1988 1.- Gál 4, 4 2.- Cfr. Jn 1, 13

39. Audiencia General, 23-III-1983

40. Homilía en Santa María la Mayor, 8-XII-1988 1.- Lc 1, 28


41. Homilía en la paroquia de San Gregorio Barbarigo. (Roma), 22-12-1985

42. Homília en el Santuario de Pompeya, 21-X-1979. 1.- Lc 1, 34 2.- Lc 1, 35-37 3.- Lc 1, 38


43. Carta Encíclica Redemptoris mater, n. 13

44. En el Santuario de Nuestra Señora de la Alborada, Guayaquíl, (Ecuador), 31-I-1985

45. Angelus, 30-VI-1985

46. Audiencia General, 23-III-1983

47. Homilía en el parque Albert, Suva, (Islas Fiji), 21-XI-1986


1.- Lumen Gentium, n.61
48. Homilía de la Misa de San José, Roma, 19-III-1988 1.- Mt 1, 16

49. Exhortación Apostólica Redemptoris custos, n.1

50. Redemptoris custos, n. 18

51. Exhortación Apostólica Redemptoris custos, n.2 1.- Lc 1, 38

52. Exhortación Apostólica Redemptoris custos, n. 3 1.- Mt 1, 19

53. Exhortación Apostólica Redemptoria custos, n. 20

54.Homilía en la parroquia de S. Jorge, (Roma), 18-XII-1983 1.- Mt 1,28-29

55. Homilía de la Mis de San Joséa, Roma, 19-III-1988 1.- Mt 1, 20-21


2.- Lc 1, 38 3.- cfr. Mt 1, 24

56. Carta Encíclica Redemptoris mater, n. 12

57. Carta Encíclica Redemptoris mater, n.13 1.- Lc 1,43

58. Alocución, Génova, 22-IX-1985 1.- Lc 1, 45 2.- Lc 1, 46

59. Carta Encíclica Redemptoris mater, n. 36 1.- cfr. Lc 1, 40-42

60. Homilía, 1-I-1988 1.- Lc 2, 19

61. Angelus, 17-VIII-1980 1.- Lc 2, 51

62. Alocución, 21-12-1985 1.- Jn 3, 16

63. Homilía en la Misa de Nochebuna, 24-12-1982 1.- Lc 2, 2.- Lc 2, 7

64. Mensaje de Navidad, 25-12-1988


65. Alocución, 30-12-1988

66. Homilía en la Misa de fin de año, 31-XII-1988

67. Homilía en San Marcos, 29-XII-1985

68. Exhortación Apostólica Redemptoris custos, n. 10 1.- Lc 2, 6-7 2.- Phil 2, 5-8 3.- Cfr. Lc 2, 15-16
69. Homilía en la parroquia de San José, Roma 15-XII- 1985

70. Homilia en la Misa de Nochebuena, 24-XII-1982

71. Homilía en la Misa de Nochebuena, 24-XII-1985. 1.- Lc 2,12

72. Audiencia General, 23-XII-1987

73. Exhortación Apostólica Redemptoris custos, n. 11 1.- cfr. Lc 2, 21

74. Exhortación Apostólica Redemptoris custos, n. 12

75. Audiencia General, 14-VII-1987

76. Exhortación Apostólica Redemptoris custos, n. 12 1.- Eph 3, 15

77. Exhortación Apostólica Redemptoris custos, n. 8

78. Audiencia General, 4-II-1987

79. Homilía en la Presentación del Señor, 2-II-1979

80. Homilía en la Misa, 2-2-1983. 1.- Sal 33,9-10

81. Homilía en la Presentación del Señor, 2-II-1979

82. Exhortación Apostólica Redemptoris custos, n. 13 1.- Lc 2, 23

83. Carta Encíclica Redemptoris mater, n.16 1.- Lc 2, 34-35

84. Homilía en la Presentación del Señor, 2-II-1979

85. Homilía en la Misa de Epifania, 6-1-1984. 1.- Mt 2,2

86. Homilía en la Misa de Epifanía, 6-I-1988 1.- Cfr. Miq. 5,2

87. Homilía en la Misa de Epifania, 6-I-1983

88. Angelus, 6-I-1986

89. Exhortación Apostólica Redemptoris custos, n.14 1.- Mt 2, 2 2.- Mt 2, 16 3.- Mt 2, 13

90. Angelus, 28-XII-1986

91. Audiencia General, 4-I-1984

92. Homilía en la Misa del aeropuerto "El Alto", La Paz(Bolivia)


93. Angelus, 27-XII-1987

94. Audiencia General, 4-1-1984

95. Homilía de la Misa, Pratto (Italia), 19-III-1986

96. Homilía, Pratto, (Italia), 19-III-1989

97. Homilía en Térmoli, (Italia), 19-III-1983


98. Al Secretario General de la Conferencia Internacional de Población, 7-VI-1984

99. Audiencia General, 4-2-1987. 1.- Lc 2,41 y ss.

100. A las familias, en Cuenca (Ecuador), 31-I-1985 1.- Lc 2, 49

101. Homilía en la Misa del aeropuerto "El Alto", La Paz (Bolivia), 10-V-1988
102.Homilía en el Pratto (Italia), 19-III-1986 1.- Cfr. Lc 2,47

103. Audiencia General, 4-II-1987 1.- Lc 2,51-52

104. A los trabajadores y empresarios, Barcelona, (España), 7-XI-1982

105. Homilía en la Misa, 19-III-1988

106. Discurso en Turín, 13-4-1980

107. Homilía en la Plaza de Juan Pablo II,en Térmoli,(Italia) 19-3-1983

108. Homilía en Térmoli,(Italia), 19-III-1983 1.- Cfr. Gén 1, 28

109. Alocución en el Estadio de Jalisco, (Méjico), 30-I-1979

110. En el Angelus, 18-III-1984

111. A los trabajadores de Prato, (Italia), 19-III-1986.

112. Exhortación Apostólica Redemptoris custos, n. 22

113. Exhortación Apostólica Redemptoris custos, n. 23

114. Angelus, Pratto, (Italia), 19-III-1986

115. Homilía en la Parroquia de Francisca Javiera Cabrini, 4-XII-1983 1.- Mt 3, 5-6 2.- Cfr. Mt 3, 1-3 3.- Mt 3, 11 4.- Mt 3, 12

116. Homilía en el Pontificio seminario Francés de Roma, 11-I-1981


117. Audiencia General, 4-I-1984. 1.- Mt 3, 14-15

118. Homilía en el parque de Santa Lucía, (Roma), 18-I-1987. 1.-Jn 1,29

119. Angelus, 10-I-1982. 1.- Mc 1,11

120. Homilía en la Parroquia romana de Santa Gala, 25-I-1981

121. Homilía en la parroquia de Santa María de la Merced y San Adrián Mártir,


20-II-1983 1.- Lc 4, 1 2.- Lc 4, 2

122. Homilía, 11-III-1984 1.- Mt 4, 10 2.- Gén 3, 5

123. Homilía en la parroquia de Santa María de la Merced y de San Adrián Mártir, 20-II-1983

124. Homilía, 11-III-1984 1.- Mt 4, 10

125. Audiencia General, 14-X-1987 1.- Mc 1, 22 y Mt 7, 29; Lc 4, 32

126. Carta Encíclica Redemptoris mater, n. 21

127. Angelus, 11-III-1984

128. Homilías, Nairobi, (Kenia), 17-VIII-1985.

129. Homilía en la parroquia romana de San Cayetano, 19-I-1986

130. Carta Encíclica Redemptoris mater, n. 21. 1.- Cfr. Jn 2,11


131. Homilía en la parroquia romana de San Cayetano, 19-I-1986 1.- Jn 2, 4

132. Homilía en la Parrquia romana de Santa Gala, 25-I-1981 1.- Act 10, 38

133. Audiencia General, 28-X-1987 1.- Mt 9, 9 2.- Cfr. Jn 1, 43 y ss 3.- Mt 19, 27 4.- Lc 18, 29-30

134. Audiencia General, 22-VI-1988 1.- Jn 15,16 2.- Mc 3,14-15


3.- Mc 3, 16-19

135. Discurso a las gentes del mar, Santiago, (España), 9-XI-1982

136. Audiencia General, 22-VII-87 1.- Mc 1,35 2.- Lc 5,16 3.- Mt 14,23 4.- Lc 3,21 5.- Cfr. Mt 4,1-11 6.- Jn 11, 41-42
7.- Mc 14,34 8.- Mc 14,36 9.- Cfr. Lc 2,41 10.- Lc 4, 16

137. Audiencia con los jóvenes, 14-III-1979

138. Audiencia General, 27-I-1988 1.- Lc 2,6 2.- Lc 2,21 3.- Lc 2,52

139. Audiencia General, 27-I-1988. 1.- Mt 4, 2 2.- Jn 4, 6

140. Audiencia General, 3-II-1988 1.- Lc 10, 21 2.- Lc 19, 41


3.- Jn 11, 34-35 4.- Mc 14, 33 5.- Lc 22, 43-44 6. Mc 3, 5
7.- Mt 21, 13

141. Audiencia General, 3-II-1988 1.- Mc 6,6 2.- Lc 12,27 3.- Mt 15, 28
4.- Mc 12, 21 5.- Jn 13, 23 6.- Mc 10, 23 7.- Jn 15, 12 8.- Jn 18, 1 9.- Jn 15, 13 10.- Mc 15, 34

142. Audiencia General, 27-I-1988

143. Audiencia General, 26-VIII-1987

144. Audiencia General, 13-V-1987 1.- Mt 14, 55

145. Audiencia General, 13-V-1987 1.- Jn 8, 58

146. Audiencia General, 23-VII-1988

147. Audiencia General, 11-XI-1987 1.- Mc 3, 22

148. Audiencia General, 7-X-1987 1.- Mc 2, 5 y ss.

149. Audiencia General, 26-VIII-1987 1.- Mc 14, 61 2.- Mt 26, 65

150. Audiencia General, 15-VII-1987 1.- Lc 23, 46

151. Audiencia General, 13-V-1987 1.- Mc 15, 39

152. Audiencia General, 4-III-1987 1.- Jn 1, 41 2.- Act 1, 1 3.- Cfr. Jn 1, 15.30 4.- Mt 11, 3 5.- Lc 7, 22 6.- Lc 7, 23 7.- Jn 7, 31 8.- Jn 9,
22 9.- Mc 8, 27-29 10.- Mc 8, 30 11.- Mc 8, 31 12.- Cfr. Act 1, 6

153. Audiencia General, 16-XII-87 1.- Jn 2, 11 2.- Mc 4, 36 3.- Mc 22, 24 4.- Cfr. Jn 11, 25-27 5.- Mt 14, 29-31 6.- cfr Mt 20, 22 7.-
Mc 10, 46-52 8.- Lc 18, 42 9- Lc 17, 19 10.- Mt 9, 28-29 11.- Mt 15, 21-28 12.- Jn 6, 66-69

154. Audiencia General, 20-IV-1988 1.- Lc 11, 28

155. Audiencia General, 14-X-1987 1.- Cfr. Mt 5, 21 y ss.

156. Homilía en el "Bellahouston Park, Glasgow, (Irlanda), 1-VI-1982

157. Audiencia General, 20-IV-1988

158. Audiencia General, 27-IV-1988 1.- Jn 13, 14

159. Audiencia General, 3-II-1988 1.- Mc 10, 21 2.- Jn 11, 5


3.- Jn 13, 23 4.- Jn 15, 12
160. Audiencia General, 8-VI-1988 1.- Mt 11, 28 2.- Mt 10, 38
161. Audiencia General, 10-II-1988 1.- Cfr. Lc 19, 1-10

162. Exhortación Apostólica Reconciliatio et poenitentia, n.5-6

163. Carta Encíclica Dives in misericordia, n. 5-6 1.- Lc 15, 18 2.- Lc 15, 20

164. Exhortación Apostólica Recontiliatio et poenitentia, n. 6

165. Exhortación Apostólica Recontiliatio et poenitentiam, n.29 1.- Jn 20, 22

166. Audiencia General, 15-VI-1988 1.- Mt 16, 18

167. Audiencia General, 22-VI-1988 1.- Mt 28, 18-20

168. Audiencia General, 27-V-1987 1.- Cfr. Mc 9, 2-7

169. Homilía en la Parroquía de San Juan María B. Vianney, Roma, 27-II-1983


1.- Lc 9, 29 2.- Lc 9, 31

170. Homilía del Domingo de Ramos, 12-IV-1981 1.- Zac 9, 9

171. Homilía en la Misa del Domingo de Ramos, 4-IV-1982 1.- Mc 11, 9 y ss.
172. Homilía del Domingo de Ramos, Buenos Aires, (Argentina), 12-IV-1987 1.- Cfr. Act 1,1 2.- Cfr. Act 10, 38 3.- Jn 7, 46

173. Homilía en la Misa del Domingo de Ramos, 15-IV-1984

174. Homilía a los Universitarios, 30-III-1982 1.- Jn 8, 26

175. Homilía "in Coena Domini", 8-IV-1982

176. Homilía en la Misa "in Coena Domini", 19-IV-1984 1.- Ex 12, 7 2.- Ex 12, 12

177. Homilía en la Misa "in Coena Domini", 27-III-1986 1.- Jn 13, 3-5 2.-Cfr. Mt 16, 22 3.-Jn 13, 8

178. Homilía en la Misa "in Coena Domini", 16-IV-1981 1.- Jn 13, 34 2.- Jn 13, 15

179. Homilía en la Misa "in Coena Domini" , 8-IV-1982 1.- Jn 13, 1

180. Homilía en la Misa "in Coena Domini", 8-IV-1982

181. Homilía en la fiesta del "Corpus Christi", 10-VI-1982 1.- Mc 14, 25

182. Hmilía en la clausura del XLIV Congreso Eucarístico Internacional, 8-X-1989 1.- 1 Cor 11, 24 2.- Jn 6, 53-54 3.- Jn 6, 55-56

183. Homilía en la Misa "In Coena Domini", 27-III-1986

184. A la Adoración Eucarística, Milán, (Italia), 20-V-1983

185. Homilía en el seminario de Venegono,(Italia), 21-V-1983 1.- 1 Jn 4, 7 y 20 2.- Jn 15, 12

186. Homilía, Fortaleza, (Brasil),9-VII-1990 1.- Jn 13, 1

187. Audiencia General, 5-IV-1989 1.- Jn 13, 33 2.- Jn 14, 2 3.- Jn 16. 3

188. En el Regina coeli, 13-IV-1986 1.- Jn 14, 18

189. En el Regina coeli, 4-V-1986 1.- Jn 16, 20 2.- Jn 16, 28

190. Audiencia General, 22-VII-1987 1.- Jn 17,1-2 2.- Jn 17,6-7 3.- Jn 17,9 4.- Jn 17,11 5.- Jn 17,15 6.- Jn 17,19 7.- Jn
17,23 8.- Jn 17,24

191. Homilía en la Misa "In Coena Domini", 27-III-1986


192. Carta a los sacerdotes en el Jueves Santo, 13-IV-1987 1.- Lc 22, 19 2.- Mt 26, 38 3.- Mt 26, 37 4.- Lc 22, 43

193. Audiencia General, 7-IX-1988 1.- Lc 9,22 2.- Mc 8,31 3.- Mc 9,12 4.- Mt 16,22 5.- Mt 8,33 6.- Jn 3,16

194. Audiencia General, 27-VII-1988 1.- Cfr. Jn 8, 14 2.- Cfr. Col 1, 13


195. Audiencia General, 19-X-1988 1.- Mc 14, 36
196. Audiencia General, 28-IX-1988 1.- Mc 1, 22 2.- Lc 4, 29-30
3.- Cfr. Mc 2, 6 4.- Mt 12, 8 5.- Jn 5, 18 6.- Jn 8, 59
7.- Jn 1, 47 8.- Jn 11, 52 9.- Mt 26, 63-64 10.- Mc 14, 64 11.- Jn 19, 11 12.- Mc 14, 21 13.- I Cor 1, 7-8

197. Audiencia General, 16-XI-1988

198. Audiencia General, 16-XI-1988 1.- Lc 23, 34 2.-I Jn 2, 1


3.- Cfr. Mt 7, 1 4.- Act 7, 60 5.- Mt 5, 44 6.- Lc 23. 43
199. En el Via Crucis del Coliseo, (Roma), 28-III-1986. 1.- Jn 3, 16.

200. Carta Encíclica Redemptoris mater, n.23 1.- Jn 19, 25-27

201. Carta Encíclica Redemptoris mater, n. 23

202. Carta Encíclica Redemptoris mater, n. 18

203. Alocución en el Via Crucis, 1-IV-1988 1.- Lc 1, 38

204. Carta Encíclica Redemptoris mater, n. 19

205. Audiencia General, 23-XI-1988. 1.- Jn 19, 25. 2.- Cfr. Lc 2, 35.
3.- Cfr. Lc 2, 19. 51 4.- Jn 19, 26 5.- Jn 19, 28
6.- Jn 19, 27 7.- Jn 19, 27

206. Audiencia General, 30-XI-1988 1.- Mc 15, 34 2.- Mt 27, 43


207. Audiencia General, 7-XII-l988 1.-Jn l9, 28 2.-Cfr. Mt 10, 42
3.- Jn 19, 28 4.- Jn 4, 7 5.- Jn 19, 28

208. Audiencia General, 7-XII-1988 1.- Lc 23, 46 2.-Cfr. Mc 13, 37


3.- Mc 15, 34
209. A los enfermos, Gaeta, (Italia), 25-VI-89 1.- Lc 22, 42

210. Homilía en la Vigilia Pascual, 21-IV-1984 1.- Mc 16, 3


211. Audiencia General, 25-I-1989

212. Audiencia General, 1-III-1989 1.- Cfr. Mc 15, 46 2.-Cfr. Mt 16, 21 3.- Mt 28, 6 4.- Mt 27, 64
213. Audiencia General, 1-II-1989 1.- Cfr. Jn 20, 13 2.- Mt 28, 12-15

214. Audiencia General, 22-II-1989 1.- Mt 28, 9-10 2.- Jn 20, 11-18

215. Audiencia General, 1-II-1989 1.- Cfr. Jn 20, 3-8 2.- Ibidem
3.- Jn 20, 10
216. Homilía en la canonización de 103 mártires, Seúl, (Corea), 6-V-1984
1.- Lc 24, 26 2.- Lc 24, 21 3.- Cfr. Lc 24, 16 4.- Lc 24, 31

217. Audiencia General, 1-II-1989

218. Audiencia General, 25-I-1989 1.- Cfr. Lc 24, 36-43 2.- Ibidem
3.- Jn 20, 24-29

219. Audiencia General, 1-III-1989 1.- Cfr.I Cor 15, 47 ss


220. Audiencia General, 25-IV-1984

221. Mensaje de Pascua, 22-IV-1984 1.- Ap 3, 14

222. Alocución, Guayaquil, (Ecuador), 31-I-1985

223. Regina Coeli, 10-IV-1983

224. Mensaje Pascual "Urbi et Orbi", 3-IV-1988


225. Regina Coeli, 10-IV-1983

226. Regina Coeli, 6-IV-86 1.- Jn 20, 21 2.- Jn 20, 22

227. Mensaje Pascual "Urbi et Orbi", 3-IV-1988

228. Audiencia General, 12-IV-1989 1.- Lc 24, 50-51 2.- Act 1, 3


3.- Act 1, 2 4.- Act 1, 12 5.- Act 1, 4 6.- Act 1, 5
7.- Act 1, 8 8.- Act 1, 9

229. Audiencia General, 5-IV-1989 1.- Jn 16, 28 2.- Cfr. Jn 16, 28


3.- Jn 14, 2 4.- Jn 13, 33 5.- Jn 14, 2 6.- Jn 16, 7
7.- Jn 14, 3. 28

230. Audiencia General, 12-IV-1989 1.- Col 1, 24

231. Homilía en la fiesta de la Ascensión, 12-V-1986

232. Audiencia General, 21-VI-1989 1.- Lc 24, 49 2.- Act 1, 13-14

233. Audiencia General, 28-VI-1989 1.- Cfr. Lumen gentium, n. 53 2.- Lumen gentium, n. 53

234. Audiencia General, 21-VI-1989 1.- Jac 1, 17 2.- Cfr. Lc 8, 1-3 3.- Lc 8, 3

235. Audiencia General, 5-VII-1989 1.- Ex 34, 23 2.- Act 2, 1

236. Audiencia General, 20-IX-1989 1.- Cfr. Act 2, 2-3 2.-Cfr. Mt 25, 14 y ss 3.-Cfr. Act 2, 11 4.- Act 2, 9-11 5.- Act 2, 11
6.- Act 2, 8 7.- Act 2, 14 y ss

237. Audiencia General, 27-IX-1989 1.- Cfr. 1 M 5, 14-23 2.- Is 9, 1


Mt 4, 15 3.- Jn 4, 21-23

238. Audiencia General, 22-VII-1989 1.- Cfr. Lc 24, 37-43

239. Audiencia General, 20-IX-1989 1.- Act 2, 14 y ss

240. Audiencia General, 3-VII-1989 1.- Jn 4, 35 2.- Jn 4, 37-38


3.- Jn 4, 36 4.- Act 2, 41

241. Homilía de Pentecostés, 10-6-1984

242. Audiencia General, 30-VIII-1989 1.- Cfr. Mt 16, 18 2.- Act 1, 8


3.- Cfr. Ef 2, 15 4.- Gén 2, 7 5.- Act 2, 35 6.- Cfr. Sal 103/104, 30

243. Audiencia General, 22-VII-1989

244. Homilía de la Misa, Kinshasa, (Zaire), 15-VIII-85 1.- I Cor 15, 22


245. Angelus, 15-VIII-1982 1.- Pio XII, Constitución Apostólica "Munificentissimus Deus", 1-XI-1950

246. Alocución, Guayaquil, (Ecuador), 31-I-85

247. Homilía de la Misa en la Parroquia de Castelgandolfo, 15-VIII-1982

248. Carta Encíclica Redemptoris mater, n. 41 1.- Mt 20, 28