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Carl Schmitt

Los ámbitos antes neutrales-religión, cultura, educación, economía-dejan de ser


naturales en el sentido de no estatales y no políticos, pues se encuentran abarcados por
el concepto de lo político.
A lo largo de la historia han existido naturalezas diferentes de Estado, por ejemplo el
Estado Absoluto del siglo XVIII, el Estado Neutral no intervencionista del siglo XIX,
llegando hasta el Estado Total del siglo XX. En este último estadio, la democracia se
ve obligada a cancelar todas las distinciones que caracterizan al liberalismo
decimonónico, y al eliminar la oposición entre Estado y Sociedad (entre lo político y lo
social) tiene que dejar en suspenso aquellas contraposiciones típicas del siglo pasado, o
sea, lo religioso en oposición a lo político, lo cultural en oposición a lo político, etc.

En Jacob Burckhardt vemos como, para el autor el poder del Estado sobre los
individuos no le parece suficiente. Desdibuja la frontera entre Estado y Sociedad, asigna
al Estado todo cuanto supone que no va a hacer la sociedad, aunque dice que todo debe
ser discutible y móvil. Advierte también la contradicción entre democracia y Estado
constitucional liberal lo que se plasma en una frase muy decidora:

“Tiene que poder todo lo imaginable, pero nada le debe estar permitido, en particular
no le debe estar permitido defender su propia forma vigente frente a crisis alguna…
pero eso si, todo el mundo quisiera tomar parte de su ejercicio del poder. Y así
mientras la forma del Estado se vuelve cada vez más discutible, el ámbito de su poder
es cada vez más intenso”

La teoría del Estado alemana se atuvo hasta 1848 a la idea hegeliana de que el Estado
era superior a la sociedad, luego comienzan a confundirse. No obstante, autores
posteriores vuelven a Hegel y afirmar que su división de poderes representa la más viva
penetración de todas las esferas sociales por el Estado.

En diversas esferas existe una distinción o dualidad que permite diferenciar, por
ejemplo, en lo moral, lo bueno y lo malo, en lo estético lo bello y lo feo, en lo
económico lo beneficioso y lo perjudicial. En la política también podemos hacer esa
distinción, basada en la identificación del amigo y el enemigo.
No debe confundirse la distinción de amigo y enemigo con la de lo bello y lo feo o lo
bueno y lo malo. Pues el enemigo político no es necesariamente feo, ni malo ni un
competidor económico.
Por eso mismo, lo que es moralmente malo o feo, no es necesariamente hostil, ni lo que
es hermoso o bueno o beneficioso se convierte en algo amistoso, en el sentido político
del término.
El enemigo no es cualquier competidor privado, al que se detesta por sentimientos o
antipatía. El enemigo es un conjunto de hombres que se opone combativamente a otro
grupo análogo. El enemigo es obligatoriamente el enemigo público, pues hace
referencia a un pueblo entero.
Cuando en la biblia dice “amar al prójimo” esto sólo radica en la esfera privada, pues no
es necesario odiar al enemigo público, o sea en sentido político.
Dentro del estado surgen numerosos conceptos secundarios que se reflejan en la
existencia de una política partidista, una política religiosa, etc., pero éstas son formas
disminuidas y se siguen construyendo a partir de una oposición antagónica dentro del
Estado, relativizada por la existencia de la unidad política del Estado, que encierra a
todas las oposiciones. Recordemos que el enemigo público puede ser interno como
externo.
En esto hay dos fenómenos: En primer lugar: todos los conceptos, ideas y palabras
poseen sentido polémico; se formulan con vistas a un antagonismo concreto, están
vinculados a unas situación concreta cuya existencia última es una agrupación según
amigos y enemigos, que se manifiesta en guerra o revolución.
El carácter polémico domina sobre todo el uso del propio término “político”, ya sea que
se moteje al adversario de “apolítico” (en el sentido de estar fuera del mundo, de no
tener acceso a lo concreto) ya que se pretenda denunciar o descalificar como “político”
para mostrase uno mismo por encima de él en su calidad de “apolítico”.

En segundo lugar; Dentro de las contiendas infraestatales, el lenguaje convierte al


término político en algo propio de la política de partidos, que no es sino reflejo de la
distinción entre amigo y enemigo inherente a toda conducta política, cuando por
referencia a esto se pide una despolitización lo que se está buscando es una superación
del aspecto partidista de lo político.
Cuando dentro de un Estado, las diferencias entre partidos políticos se convierten en las
diferencias políticas a secas y existe un primado de la política interior por sobre la
política exterior, ya no nos estamos refiriendo a la guerra entre dos unidades populares
organizadas (Estados o imperios) sino a la guerra civil.

“Guerra es una lucha armada entre unidades políticas organizadas, y guerra civil es
una lucha armadas en el seno de una unidad organizada”

El enemigo político no es necesariamente eterno o que la neutralidad no se pueda dar.


Pero un mundo completamente pacificado, ajeno al concepto de amigo y enemigo, sería
también carente de política.

La guerra es el medio político extremo y en ella es fácil reconocer al amigo y al


enemigo y es realmente posible cuando existe esta distinción, no así si nos referimos a
una guerra llevada por motivos “puramente” religiosos, “puramente” morales, lo que
sería un contrasentido.

Cuando la voluntad de evitar la guerra se vuelve tan intensa que no retrocede ya ante la
misma guerra, es que se ha convertido en un motivo político “una guerra contra la
guerra”. Esta es la manera más prometedora en la actualidad de justificar las guerras,
por eso cada guerra adopta así la forma de la guerra última contra la humanidad.
Todo tipo de antagonismo religioso, étnico, moral, económico, se convierte en
oposición política en cuanto gana la suficiente fuerza para agrupar a los hombres en
amigos y enemigos.
Lo político no estriba en la lucha misma, pues ésta tiene sus propias reglas. Una
comunidad religiosa que hace la guerra a otra, más que meramente una comunidad
religiosa es también una unidad política.

Para Schmidt una teoría del Estado pluralista donde el Estado alcanza su unidad en el
federalismo de asociaciones sociales es una teoría de disolución o refutación del Estado.
El pluralismo que se manifiesta en esa teoría, de naturaleza liberal, critica al Estado y lo
convierte en una de las tantas asociaciones en competencia. Es una teoría donde todo es
pluralista y carece de un centro en sí mismo.
Pero según el autor no existe ninguna sociedad o asociación política, lo que hay es sólo
una unidad política, una comunidad política. La posibilidad de agruparse en amigo y
enemigos basta para crear una unidad que frente a las demás asociaciones tiene un
carácter decisivo.
Sólo el Estado, como unidad esencialmente política tiene la atribución inherente del ius
belli, que es la posibilidad de determinar quien es el enemigo y como combatirlo. Pero
para ello, el Estado necesita que haya orden y paz al interior de la unidad política para
que los miembros estén disponibles para la eliminación física de los enemigos.

Si un pueblo tiene miedo de los riesgos y penalidades vinculados a la existencia política,


lo que ocurrirá es que aparecerá otro pueblo que le exima de unos y otras, asumiendo su
protección contra los enemigos exteriores y en consecuencia el dominio político; será
entonces el protector el que determine quién es el enemigo, sobre la base del nexo de
protección y obediencia.
La existencia de la unidad política presupone la existencia del enemigo, por ende, de la
existencia de otros estados o pueblos, de otras unidades políticas, así que mientras haya
Estados en el mundo, nunca habrá un Estado mundial.
La “humanidad” no hace la guerra, pues carece de enemigos, eso se convierte en un
instrumento de lo más útil para las expansiones imperialistas.