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Instituto de Estudios Teológicos

Pedagogía en Religión y Orientación Educacional, Vocacional y Laboral


Teología Fundamental

Ensayo:
La Entrega Misericordiosa de Jesús “Por Nosotros”

Por
Efraín Ignacio Sáez Montero

Profesor: Padre Fernando Díaz Fernández

Temuco, Junio de 2010


La Entrega Misericordiosa de Jesús “Por Nosotros”

Del Libro del Profeta Isaías:

“¡Y de hecho cargó con nuestros males y soportó todas nuestras dolencias!
Nosotros le tuvimos por azotado, herido por Dios y humillado. Mas fue herido
por nuestras faltas, molido por nuestras culpas. Soportó el castigo que nos
regenera, y fuimos curados con sus heridas” [1]

Como inicio de esta reflexión, Isaías nos abre el camino a una instancia de la
Misericordia misma de Dios. Jesús, Aquél que carga nuestras dolencias y soporta
el castigo, abre para nosotros el camino a una acogida amorosa, que proviene
únicamente del Padre Creador.

Claramente, la Misericordia de Dios por los hombres, no está supeditada a


parámetros numéricos. Frente a esta realidad, ¿qué papel le corresponde al
hombre, como creatura, al acoger la Misericordia de Dios?

Ante la pregunta inicialmente planteada, el texto de Isaías, ilumina hoy para el


creyente la imagen de Jesús, el Siervo sufriente de Yahvé; revelando
profundamente que “Dios mismo, con su Palabra y su Espíritu descubre nuestros
pecados, sitúa nuestra conciencia en la verdad sobre sí misma y nos concede la
esperanza del perdón” [2]. Así, el Catecismo de la Iglesia Católica, lleva
directamente al análisis del artículo del Credo Apostólico, que se dará a la base de
este ensayo.

Por este motivo, al mencionar “Por nosotros, fue crucificado bajo el poder de
Poncio Pilato”, se irá descubriendo la entrega generosa, oblación por nuestra
libertad, y retrato de un Dios Salvador.
Ahora bien, la situación y el contexto en que se fija esta afirmación de fe, remite a
quien escrute el significado, a un periodo específico que hace mención de un
procurador romano que ejerce su cargo entre los años 26 y 36 de nuestra era.

A pesar de que la historia demuestre lo irrefutable o no del hecho de la crucifixión,


para nuestra fe en su objetivo cristiano, el énfasis recaerá en lo que se llamará
desde Antonio Bentué (2004), la “Cláusula Redentora: Por Nosotros”.

El “Por Nosotros”, marca para el hombre, un misterio de amor único y gratuito


expresado en la mirada renovada, que nos dirige a considerar que "El amor de
Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto
murieron"[3]. Por ende, la cláusula lleva a vivir ciertamente la omnipotencia divina,
a través de la solidaridad misericordiosa con el sufrimiento humano.

Aún debe ser mayor la consideración al replantear desde este artículo de fe, lo
que Jesús revela en su muerte, es decir no evade el final doloroso, sino que desde
la cruz muestra la profundidad del enfrentamiento con la muerte como desenlace
final de todo ser humano.

Este final, que Jesús comparte con el género humano, es al que San Policarpo de
Esmirna hacia el año 110 d.C, hace eco y lo revitaliza con sus sencillas pero
asertivas palabras:

“Seamos, pues, imitadores de la pasión de Cristo, y si por causa de su nombre


tenemos que sufrir, glorifiquémosle, porque ése fue el ejemplo que Él nos dejó
en su propia persona y eso es lo que nosotros hemos creído”. [4]

Ningún hombre aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre
sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos. Así, La
existencia en Cristo de la persona divina del Hijo, que al mismo tiempo sobrepasa
y abraza a todas las personas humanas, y que le constituye Cabeza de toda la
humanidad, hace posible su sacrificio redentor por todos.

Hoy es claro el llamado que nos llega desde la imagen del Crucificado-Resucitado.
La muerte afrentosa, ha revelado que “Dios también muere en Jesús, y con ello
asume realmente nuestra mortalidad con toda su crudeza y en la forma más dura”
[5].

Cirilo de Alejandría ya lo declara, comentando desde el Evangelio según San Juan


que,

“Si Cristo no se hubiera entregado por nosotros a la muerte, él solo por la


redención de todos, nunca hubiera podido ser destituido el que tenía el dominio
de la muerte, ni hubiera sido posible destruir la muerte, pues él es el único que
está por encima de todos” [6]

Por lo tanto, la reflexión de este acto de amor se descubre en la muerte de Jesús,


ya que al aceptar nuestras debilidades, nos identificamos con Aquel que padeció
libre y voluntariamente, en obediencia al designio amoroso del Padre. En este
sentido, el despojo de Jesús, es el signo patente de la misericordia de Dios, pues
autovaciándose de su dignidad divina, nos muestra en su vida que,

“Asumiendo semejanza humana y apareciéndose en su porte como hombre, se


rebajó a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de
cruz” [7]

La obediencia abre de este modo la consideración de que Dios, el únicamente


bueno, es un Padre en el cual se debe depositar toda confianza. Como Jesús
mismo lo hizo al pronunciar sus últimas palabras, “en tus manos encomiendo mi
espíritu” [8], hoy es urgente en cada vivencia de fe, hacer nuestra teología de vida,
tomando nuestra cruz junto al que sufre, ya que hemos de tener nuestra fe puesta
en Quien nos salva no en la muerte.

Así, con nuestra vida y con nuestra propia cruz, Jesús nos asocia a su sacrificio
redentor, haciéndonos partícipes del Amor divino que quiere la salvación de todos
los hombres. Por lo tanto, en nuestros tiempos, como creaturas de un Dios que se
revela como Amor gratuito, estamos llamados responder a esta iniciativa de la
misericordia, respondiendo con actos concretos de fidelidad, expresados según
nuestra existencia y considerando nuestras fortalezas y debilidades. De esta
manera el “por nosotros” que caracteriza la entrega en la cruz, es el sello total que
nos lleva a considerar que, “El Sacrificio pascual de Cristo rescata, por tanto, a los
hombres (“nosotros”) de modo único, perfecto y definitivo, y les abre a la
comunión con Dios” [9]
Referencias Bibliográficas.

[1] Isaías 53, 4 – 5*

[2] Catecismo de la Iglesia Católica (Compendio), n. 391.

[3] Segunda Carta a los Corintios 5, 14*

[4] San Policarpo de Esmirna. Carta de Policarpo de Esmirna a los Filipenses, n. VIII

[5] Bentué, A. 2004. En qué Creen los que Creen. Editorial Claret. Barcelona, España. 78
p.

[6] Comentario del Evangelio según San Juan. Libro 4. San Cirilo de Alejandría. Siglo V.

[7] Carta a los Filipenses 2, 7b – 8*

[8] Lucas 23, 46*

[9] Catecismo de la Iglesia Católica (Compendio), n. 122.

* Citas Bíblicas tomadas de la Nueva Biblia de Jerusalén. Editorial Desclée de Brouwer.


1998

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