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¿APERTURA COMERCIAL EN PANAMÁ?

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Por: M.Sc. Oscar García Cardoze
Economista-Consultor

Desde inicios de la presente década, las administraciones del Estado


panameño se han comprometido en un proceso de apertura comercial tendiente,
según el discurso oficial, a lograr una inserción de Panamá en la economía
internacional que supere las limitaciones de un mercado interno reducido, y que
exponga a los productores nacionales a una mayor competencia por parte de sus
competidores extranjeros obligándolos, a ser más eficientes, beneficiando de
paso a los consumidores al reducirse el precio de los artículos que aquellos
producen.

Un par de comentarios iniciales para matizar esta visión. Primero, muy


pocos países tienen la flexibilidad que se observa en Panamá para la libre
movilidad de los capitales, salvo las regulaciones recientes tendientes a
combatir el lavado de dinero producto del narcotráfico; por lo tanto la apertura
económica que se está promoviendo afecta a la Cuenta Corriente de la Balanza
de Pagos no así a la Cuenta de Capital. Es, una política de apertura comercial, y
no una política global de apertura económica, donde la discusión técnica,
presente en los programas de estabilización y ajuste estructural de otros países,
sobre la conveniencia de abrir primero una cuenta u otra tiene en nuestro caso
un interés meramente académico.

Segundo, independientemente de las razones que justifiquen las políticas


de apertura debemos resaltar que la economía de Panamá históricamente ha
sido y continua siendo una economía extremadamente abierta. El indicador por
excelencia del grado de apertura de una economía lo brinda la relación del
Comercio Exterior Total (exportación más importación de bienes y servicios) al
Producto Interno Bruto (PIB). Para los últimos cuatro años (1990-93), y utilizando
datos en términos reales, tenemos que la relación fue, en términos
porcentuales, de: 85.1, 85.5, 86.6 y 86.5. Para el período 1970-1993 la relación
fue en promedio de 78.% (80.2% en términos nominales). Esto es, el comercio
exterior total del país ha significado históricamente más de tres cuartas partes
del PIB nacional. Para efectos comparativos, y según cifras de la Comisión
Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) para el año 1990, podemos
señalar que Chile, la economía que se sugiere como modelo a seguir para todo
el subcontinente, tiene un grado de apertura de 58% (70% en términos
nominales), mientras que la vecina Costa Rica tiene un grado de apertura de
101.3% (76.6 en términos nominales). Se aprecia, en consecuencia, que el
argumento esgrimido por algunos funcionarios del gobierno en el sentido que la
nuestra es una economía muy cerrada al exterior es, en el mejor de los casos,
inexacto. Hay un problema de fondo en todo esto: el debate debiera darse en
términos de cuál es el tipo de reinserción en la economía internacional que le

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Aparecido en: Martes Financiero, suplemento del Diario La Prensa, martes 21 de noviembre de 1995, página 13.
conviene a Panamá y no sobre si hay que tener una mayor apertura comercial o
no.

Por otro lado, la creciente internacionalización de la producción es un


hecho indiscutible, como también es cierto que el comercio mundial crece a un
ritmo más elevado que la producción mundial. En consecuencia, es claro que
Panamá no debe aislarse de esta tendencia hacia la globalización, sino
prepararse de forma adecuada a la misma para poder el mayor beneficio social
neto posible. Dado que en el caso de Panamá la mayor apertura comercial se da
principal, aunque no exclusivamente, por la vía de las desgravaciones
arancelarias (reduciendo tanto el promedio como la dispersión del arancel de
importación), habría dos efectos inmediatos a ser tomados en cuenta: la
reducción en las recaudaciones efectivas y/o potenciales de los derechos de
importación que representaron 247.3 millones de balboas en 1994 (el 18% del
total de los ingresos corrientes del Gobierno Central); y la desmejora en la
competitividad de los productores domésticos.

El impacto sobre las finanzas públicas, dadas las rigideces presupuestarias


institucionales, sería recesivo para el conjunto de la economía ya que más
temprano que tarde afectaría al nivel de gasto público, que representa
aproximadamente un 17% del PIB nominal y de la Absorción o gasto interno
total. En el caso del desmejoramiento de la competitividad, ésta ocurriría si las
reducciones arancelarias se traducen efectivamente en menores precios para el
consumidor, ya que de lo contrario se produciría una transferencia parcial o total
de rentas desde el Estado hacia los importadores, sin ningún beneficio para el
consumidor y con un costo fiscal importante. Debieran, entonces, plantearse los
mecanismos que permitan adaptar el sector productivo a los nuevos retos, a
través de una mejora integral en la gestión pública, la constitución de un fondo
de reconversión industrial y de un programa de readiestramiento de la fuerza
laboral, y la puesta en práctica de una auténtica y concertada política industrial
donde en conjunto los sectores público y privado) escojan los sectores
susceptibles de encabezar esta reinserción.

En el fondo de la política comercial parece estar un asunto de fe. Fe en


que vendrán inversiones extranjeras que producirán mas exportaciones y
empleo. Sin embargo, en la medida que las exportaciones no crezcan al mismo
ritmo que las importaciones se estaría agravando el problema del desequilibrio
comercial. Las experiencias de otros países indican que las exportaciones
necesitan un período mucho mayor de respuesta que las importaciones ante
cambios en sus precios relativos (lo que en términos técnicos implica la
reducción o eliminación del sesgo anti-exportador y que el actual programa
económico considera como equivalente a un proceso de cambio estructural),
pues para las primeras haría falta la producción de los bienes susceptibles de ser
exportados lo que implica, entre otras cosas nuevas inversiones y acceso
ampliado y seguro a los mercados internacionales, mientras que para las
importaciones basta con el deseo de consumir y la capacidad de compra. Si las
nuevas inversiones extranjeras demoran en llegar o nunca llegan, puede ser
tarde para evitar que el mercado interno esté abarrotado de importaciones que
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desplazan a la producción nacional, promoviendo el desempleo de nuestros
recursos productivos, especialmente el de la Fuerza de Trabajo. Una política
comercial como la que está planteada puede ser identificada como una política
de promoción de importaciones, con efectos negativos, por lo menos en el corto
plazo, sobre el empleo y la producción nacional.