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REFLEXIONES EN TORNO A LA EDUCACIÓN

(Notas para la charla con los padres del colegio Nª Sra. de las Escuelas Pías)

José Antonio Pagola


Introducción

• Me propongo ofrecer algunas consideraciones en torno a esa tarea tan


maravillosa pero, tan difícil, que es educar.
• En estos momentos, no estoy directamente comprometido en una tarea
educativa, ni soy “padre” en el sentido biológico, aunque mi actividad tiene
mucho que ver con la labor educadora. Pero, durante años, he sido profesor de
teología, formador de seminaristas, rector del seminario...
• Las consideraciones que os voy a hacer provienen de una reflexión sencilla
sobre la vida actual. Son convicciones que van tomando cuerpo en mí. Sin duda
condicionado por el Evangelio de Jesucristo, pero que son válidas, creo yo, para
todo hombre.
• Estas consideraciones no pretenden tener un valor dogmático. Las ofrezco para
escucharos a vosotros, para provocar una reacción, para hacernos pensar a todos.

1. Enseñar a vivir

1.1. Podríamos empezar por preguntarnos: ¿Qué enseñamos?

No debemos precipitarnos (matemáticas, física, etc.) Enseñamos a los niños


cosas importantes: a hablar, a comer, a saber vestirse, a poder valerse por si mismos. Sin
duda hay un área de conocimientos en la que nosotros realizamos una labor de
transmisión. Somos “transportistas” que acarreamos un conjunto de conocimientos y
nos esforzamos por descargarlo en las cabezas de nuestros niños.

Algunos protestaréis: les enseñamos una metodología, unas actitudes, un


enfoque, etc. Tenéis razón. Podemos ahondar más:

¿Qué enseño yo, no con mi palabra, con mis exposiciones, mis textos,
materiales..., sino yo, con mi manera de ser, de reaccionar ante los alumnos, de trabajar,
de comunicarme, con mi sensibilidad, con mis convicciones, mis gestos, mi mirada?
¿Qué irradio yo? ¿Qué contagio? ¿Qué pueden percibir o aprender de mi? ¿Qué mundo
pueden intuir? ¿Contagio esperanza o frustración? ¿Aliento o pesimismo?
¿Construcción o destrucción? ¿Amor o desamor?

Cuando uno comienza a hacerse este tipo de preguntas, comienza a intuir que
“enseñar”, “educar” es algo mucho más profundo que instruir o aportar
conocimientos. ¡Mi vida, yo mismo! ¿Qué enseño?

1.2. Pero, ¿qué hay que enseñar?, ¿qué hay que aprender? Sin duda, lo primero y lo
decisivo es “aprender a vivir”.

Imaginemos un autobús repleto de turistas recorriendo los hermosos paisajes de


Suiza (montañas, bosques, lagos...) con las cortinas corridas. Dentro, los turistas
jugando a las cartas, discutiendo de política, mirando quién va mejor vestido, viendo un
telefilm americano; atrás enfadándose mutuamente, durmiendo, discutiendo por el
puesto, sin descubrir ni disfrutar del paisaje.

¿No nos sucede algo de esto? John Lennon decía en una canción: “La vida es
algo que pasa, mientras nosotros estamos ocupados en diversas cosas”.

La verdadera tragedia de nuestra vida no está en lo que sufrimos, sino en lo que


nos perdemos de la vida. Las personas pasamos por la vida “dormidos”. Los hombres
nacen dormidos, viven dormidos y mueren dormidos. De ordinario, las personas se
mueren sin haber vivido. No se dan cuenta de que están dormidos. No es un problema
de personas poco formadas, poco conscientes. No. Las personas más importantes de la
vida pública, políticos, dirigentes, hombres dinámicos... viven dormidos, sin capacidad
para “despertar a la vida”.

Usamos la vida para distraernos con algunos juguetes: haciendo dinero,


cuidando la imagen, buscando éxitos profesionales, venciendo a los que nos hacen la
competencia, organizando cosas, cuidando nuestras relaciones de amor o amistad...

Los hombres se han preguntado muchas veces: ¿Hay vida después de la muerte?
Es una pregunta fundamental que hoy no nos atrevemos ni a formular. Pero, la pregunta,
tal vez, hoy sea esta: ¿Hay vida antes de la muerte? Porque muchos, tal vez, no saben lo
que es la vida, el amor, la felicidad, el gozo interior, la espiritualidad, el silencio, la
contemplación...

1.3 Entonces, probablemente, la mayor necesidad actual sea aprender a vivir.

Que no es lo mismo que “ser un vividor” o “ir tirando” Pero, ¿dónde se puede
aprender a vivir?, ¿a despertar de nuestras falsas ilusiones?, ¿a aprender a crecer, a
experimentar la vida? Pensemos en las escuelas, colegios, institutos, universidades,
liceos, etc. ¿Qué se aprende allí? Informática, Derecho, Económicas...

Imaginad que montamos en un tren. Nadie sabe a dónde va. Nadie sabe por qué
montamos y a dónde nos llevará. Pero, dentro del tren, aprendemos mucho. Unos
aprenden a medir los compartimentos; otros a construir mejores asientos; otros
organizan allí dentro la convivencia; otros aprenden a intercambiarse cosas y a adquirir
comida; algunos, incluso, tratan de observar que se puede apreciar desde el tren... Pero
nadie se preocupa de pensar a dónde va el tren, lo que representa una gran insensatez.

Estoy convencido de que nuestra cultura actual necesita “maestros de vida” para
superar la insensatez. Maestros que enseñen a vivir o, por lo menos, enseñen a ver lo
que es no-vivir. Esta sociedad necesita “profesores de existencia”. Educadores que
enseñen el arte de abrir los ojos; que enseñen a disfrutar ante la vida, a interrogarse con
sencillez por el sentido último de todo. Maestros “despertadores” que, en su vida
personal siembren inquietud e ilusión, contagien vida y ayuden a mirar la vida hasta el
fondo, buscando la verdad última de todo, con dignidad, con responsabilidad.

1.4. ¿Quiénes pueden enseñar a vivir?

Probablemente sólo los que están buscando, los que están aprendiendo. Si uno
no está buscando la verdad, si no está creciendo, si no está aprendiendo él
mismo...Podrá pronunciar fórmulas, podrá inculcar conductas, proporcionar ideas...
pero difícilmente enseñará a vivir.

No podremos contagiarles el verdadero gozo de la vida si nos ven ocupados en


mil asuntos, negocios, discusiones, rivalidades, envidias, luchas, enfrentamientos..., sin
apenas saborear el amor, la belleza, la amistad, la fe.

No les podemos educar para la paz, si sufren casi constantemente nuestra


violencia, agresividad, enfados, irritaciones y mal humor.

No podremos sensibilizar su corazón a todo lo bueno, lo bello, lo digno, si ven


que, para sentirnos vivos, necesitamos toda clase de drogas y excitantes excepto,
naturalmente, las tres o cuatro drogas que hemos de condenar de forma tajante.

¿Qué les podremos contagiar si nosotros sólo vibramos con el dinero, el éxito, el
placer, el nivel de vida, la comodidad o el intercambio sexual?

Difícilmente podremos abrir horizonte a sus vidas si nosotros vivimos


acaparados por cuatro cosas, viviendo en la superficie de nosotros mismos, cogidos por
lo inmediato, sin otro horizonte ni perspectiva.

¿Cómo enseñarles a escuchar la vida, a sensibilizarse a todo lo vivo, si nosotros


vivimos distraídos, sordos a tantas llamadas de la vida, ciegos para toda luz que no sea
la que viene de lo más exterior y superficial?

1.5. Cuando uno comienza a plantearse las cosas así, se da cuenta de la


importancia de la enseñanza, los métodos, la técnica y las pedagogías, pero
empieza a ver que lo decisivo es comenzar por preguntarme: ¿Quién soy yo?, el que
pretende enseñar y educar.

¿Qué vida hay en mí?. Cuando yo hablo, enseño, me comunico, actúo, ¿quién
habla en mí? ¿Qué sabiduría me mueve? ¿Qué espíritu me anima?

¿No soy yo el primero que necesita despertar, escuchar la vida, ver,


experimentar...? Tal vez, entonces, pueda ayudar a otros a ver, a vivir...

¿No soy yo el primero que necesita tomar conciencia de la necedad de mi vida?


(movida, quizá, por ambiciones, envidias, competitividad, superficialidad, inconstancia,
dispersión, sin-sentido...). ¿No soy el primero que necesita ser educado?

¿Se puede educar a otros sin educarse uno a sí mismo? ¿Se puede enseñar sin
aprender? ¿El primer problema, no es la autoeducación?

2. Educar haciendo feliz al niño

2.1. Naturalmente, todos enseñamos desde nuestra propia ideología, nuestras


convicciones religiosas, nuestra visión de la vida, nuestra cultura, nuestro
horizonte mental, nuestra estructura de valores éticos o morales, etc. Pero ¿es
precisamente “eso” lo que hemos de enseñar y contagiar al niño?
Hay un dato previo a todos nuestros planteamientos y posiciones ante la vida. Lo
que todos buscamos es lo mismo: ser felices. Así dice san Agustín en sus
“Confesiones”: “La felicidad es algo que desean todos los hombres. No hay uno sólo
que no la quiera. Pero, dónde la han conocido para amarla así? ¿Dónde la han visto para
quererla de ese modo? Apenas oímos pronunciar esta palabra y, enseguida, reconocemos
que todos nosotros deseamos lo mismo. Si se pudiera interrogar a la vez a todos los
hombres y preguntarles si quieren ser felices, todos nos responderían sin dudar que
quieren serlo. Así pues, el deseo de ser feliz no es un deseo mío, ni de un pequeño
número de hombres; todos, absolutamente todos nosotros, queremos ser felices. Unos
piensan que alcanzarán su felicidad de una manera, otros de otra. Pero todos están de
acuerdo sobre un punto: todos quieren ser felices”

¿Enseñamos a los niños a ser felices? ¿Qué pensar de toda nuestra “enseñanza” a
las nuevas generaciones si no les aportamos ninguna luz sobre esta vocación radical y
original del hombre a la felicidad? Falla en su base.

2.2. Consciente o inconscientemente, estamos proporcionando a estos niños un


“manual de instrucciones” para el uso de la vida. Pero es un manual disparatado.

Junto al regalo de la vida, les estamos ofreciendo unas instrucciones que, si


siguen, les impedirán caminar hacia la verdad, la felicidad, la liberación auténtica.

Imaginemos que me regalan un coche con el siguiente tipo de instrucciones:


“Para alimentar el motor échesele agua; en caso de detenerse por alguna avería, limpie
bien los ceniceros y las alfombras; para marchar a más velocidad, encienda la
calefacción; para manejar el volante con seguridad conecte la radio; para frenar el
coche, dele al botón del limpiaparabrisas...”

¿No estarán recibiendo las nuevas generaciones toda clase de instrucciones y


consignas superficiales y disparatadas, que no les pueden ayudar a vivir y a buscar la
verdadera felicidad?

Sin darnos cuenta, les estamos programando de manera equivocada. Pensemos


en alguno de nuestros mensajes:

a) “Si no tienes éxito, no vales”. Para lograr la estima y aprobación de los


demás e, incluso, la propia estima, tienes que realizar algo con éxito; tienes
que conseguir un logro, algo bien visto... Un niño programado así, ya no
podrá ser feliz si no tiene éxito. Si fracasa en una empresa, grande o
pequeña, sufrirá. No se estimará a sí mismo. Se torturará a sí mismo. Crecerá
su agresividad contra los demás, contra la sociedad... Les hemos alejado de
la felicidad, de la bondad, de la verdad. Le costará descubrir que él vale por
sí mismo, por lo que es, por su propia dignidad, sin necesidad de añadirle
nada, ningún éxito, ningún logro...
b) “Si quieres tener éxito, tienes que valer más que los demás”. Casi sin darnos
cuenta, introducimos un elemento peligrosísimo en nuestra educación: la
comparación. Calificamos a los niños, los obligamos a compararse.
Estimulamos la competitividad y la rivalidad. Introducimos gérmenes de
conflictividad y lucha en las relaciones. Tienen que sacar un “sobre-saliente”,
“salir sobre los demás”. Para crecer tiene que pisar a otros... Un niño
programado así, ya no podrá ser feliz. Vivirá mirando siempre a los que
tienen más que él, a los que han logrado una posición más brillante, a los que
tienen un mejor “nivel de vida”. En su vida crecerán la insatisfacción, la
envidia latente, el odio... Vivirá buscando siempre el “mejor-estar”. No sabrá
disfrutar de lo que es, de lo que tiene. No sabrá gozar del momento presente,
siempre pensando en ser más que los demás. La gente no disfruta, lo que
busca es la ostentación (un modelo más costoso, un piso mejor amueblado,
una playa más de moda).
c) “Si no respondes a las expectativas, no estás seguro”. Si no respondes a lo
que espera de ti la sociedad, los padres, los educadores, etc., ya no estás
seguro. A ti, en realidad, no te quieren, no te valoran... a no ser que
respondas correctamente a los esquemas, a las expectativas. Introducimos
así, en el niño, la inseguridad y el miedo. Matamos la confianza que tienen
en si mismos. Introducir miedo en la vida de un niño es la mejor manera de
estropearlo. El mayor enemigo del amor no es el egoísmo, ni la apatía o la
indiferencia hacia los demás, sino el miedo. Del miedo provienen la
agresividad y el odio; las depresiones y las angustias, la tristeza, la envidia y
los celos...Pero, además, del miedo y la inseguridad proviene la posesividad.
Esa necesidad de tener cosas, dinero, personas, prestigio, buena imagen,
poder,...Entonces, inconscientemente, la persona busca su seguridad y
felicidad por el camino de la posesión. Pero se encuentra atrapada en un
callejón sin salida. Cuantas más cosas posee: objetos, personas, relaciones,
éxitos... mayor es la inseguridad, la preocupación y los esfuerzos para
conservar todo aquello, mayor es el miedo a perderlo todo. Mayor es el vacío
de uno mismo, menor la propia estima, etc.

2.3. El problema está en que, nosotros mismos, los que nos llamamos educadores,
no conocemos la felicidad, ni el camino para encontrarla.

Lo único que conocemos es la “excitación emocional”, la sensación agradable


que producen el dinero, el éxito, la fama, la aprobación de los demás, el aprecio de
nuestra buena imagen, etc.

Vivimos drogados. Para sentirnos llenos de vida, “vivos”, necesitamos toda una
serie de drogas (dinero, vestidos, imagen, buena compañía, éxito profesional...). Nuestra
vida es como un “yo-yo” que sube y baja. Tenemos droga, nos encontramos excitados,
eufóricos, alegres... Nos falta droga, nos aburrimos, nos sentimos tristes, deprimidos. De
la misma manera que a los drogadictos les parece que, sin la droga, la vida es sosa,
aburrida y vacía, así también a nosotros nos parece que sin “nuestras propias drogas”,
la vida sería sosa, vacía, aburrida.

La vida de los drogadictos no es más que el reflejo, en grado extremo, de lo que


es nuestra vida. No descubrimos la fuente de la felicidad en la misma vida y en
nosotros..., sino que necesitamos poseer personas, cosas, éxitos, etc., para vivir.

De esta manera, inconscientemente, “drogados”, “dormidos”, “muertos”... no


hacemos sino reforzar también en las nuevas generaciones una programación que les va
a hacer infelices.
2.4. ¿Qué podemos hacer?

Antes que nada, ver, abrir los ojos. Llamar a las cosas por su nombre. Lo que es
droga, es droga. Tomar conciencia de nuestra estupidez: no sabemos gozar de la vida.
Necesitamos vernos con ojos nuevos, con luz nueva.

No es fácil ver. No queremos ver. El ver la realidad nos transforma, nos cambia,
nos purifica. Preferimos no enfrentarnos con la verdad; huir de nosotros mismos.

Probablemente, si tratamos de esforzarnos y cambiar nuestra conducta no iremos


muy lejos. Cuando uno se esfuerza por cambiar sucede esto: 1) una parte de nuestro ser
quiere cambiar; 2) pero, si tenemos que esforzarnos, eso significa que otra parte de
nuestro ser no quiere. Podemos vencernos, superarnos, pero no conseguiremos mucho.
En primer lugar introduciremos en nosotros mismos un conflicto interno, una lucha que,
fácilmente, aparecerá luego en otro momento y en otro lugar. Pero, además, habremos
conseguido cambiar nuestra conducta pero, ¿habremos cambiado nosotros mismos?

Para empezar lo importante es ver nuestra estupidez, nuestra equivocación


radical al buscar la felicidad. Cuando vemos nuestras tonterías, dejamos de ser tontos.

2.5. ¿Dónde está nuestra equivocación más radical?

Nosotros decimos que no poseemos la felicidad: Tal vez, es mejor decir sólo lo
que sabemos: 1) No sabemos si poseemos o no la felicidad. Sabemos que no la
experimentamos; 2) Sabemos que la felicidad no se logra por el camino de poseer cosas
o personas. La posesión de cosas o personas produce una excitación agradable, la
satisfacción de algo poseído. Pero, ¿hemos de llamar a eso “felicidad”?

Nuestra equivocación radica en que, para ser felices, buscamos cosas y


buscamos personas, pero no encontramos la felicidad, sino que encontramos personas y
cosas (lo que habíamos buscado). Hacemos depender nuestro “bienestar” de algo
externo a nosotros mismos. Ponemos la fuente de la felicidad, no en nosotros, sino en
una cosa o en una persona a los que entregaremos el poder de hacernos felices o no.

Esta persona me acoge y me sonríe... “soy feliz”; esa persona me rechaza y se


me cierra “soy infeliz”. Este trabajo me sale bien, “soy feliz”; el trabajo me sale mal
“soy infeliz”. Hablan bien de mi, “soy feliz; oigo que hablan mal de mi, “soy infeliz”...

Mi problema es que he dado la llave de la felicidad a muchísimas personas,


cosas, acontecimientos... Estoy identificado con miles de cosas y personas de los que
depende mi felicidad. Y como la vida es tan compleja, mi “felicidad” está siempre
amenazada, pendiente de un hilo. Pretendo sostener mi felicidad en tantas cosas.
Siempre me falla algo...

Ese es un camino equivocado. Es una insensatez entregar la llave de mi felicidad


a algo externo a mi. Cuantas más cosas y personas posea en las que trato de apoyar mi
felicidad, más probabilidad tendré de ser “infeliz”.
El camino, ¿no es exactamente el contrario? ¿No consistirá en irme liberando de
toda dependencia o esclavitud, en no identificarme o aferrarme hasta tal punto que le
entregue el poder de decidir mi felicidad?

El camino de la felicidad no es el de la posesión, sino el de la liberación de todo


apego, dependencia, esclavitud. Nos da miedo. ¿Cómo es una vida así? ¿No será una
vida sosa, vacía aburrida? Lo mismo exactamente dice el drogadicto. Y sin embargo, ese
es el camino que lleva a una plenitud de vida, paz, gozo, contacto con la Vida serenidad.
No es una vida solitaria. Al revés, entonces es cuando uno puede disfrutar de verdad,
gozosamente, en simplicidad, en libertad de las cosas, de los acontecimientos y de las
personas.

Normalmente, no queremos la felicidad. Preferimos la sensación agradable de la


posesión, con sus momentos de fruición y sus momentos de decepción. Preferimos
seguir buscando cosas y personas. Vivir atados y sufriendo. No vemos otra cosa. No
queremos romper nuestra programación. No queremos ni ver, ni sospechar que hay
felicidad.

3. Encontrarse con el niño

3.1. El encuentro nace del corazón

Sin duda, para encontrarse con el niño son muy importantes las técnicas
pedagógicas, los métodos didácticos, etc., pero el amor, la cercanía, la sintonía, la mutua
confianza, no nacen sólo de las técnicas, sino del corazón.

Como decía Saint-Exupery en “El principito”, “los niños deben tener mucha
paciencia con los adultos” porque, entre otras cosas, no encuentran en nosotros la
comprensión, el respeto y la amistad que buscan.

No pretendo abordar el tema del acercamiento educador al niño, sólo ofrecer


algunas reflexiones al respecto:

3.2. “Yo no soy mejor que el niño”

Casi inconscientemente, tenemos el riesgo de creernos y sentirnos más que el


niño. Sencillamente porque tenemos más edad, fuerza, conocimientos, poder, recursos,
seguridad... Y nos sentimos, fácilmente, más que él y mejores en el ámbito del colegio.

Por eso, nos podemos sentir superiores a él, podemos enjuiciarlo, condenarlo,
(tal vez, subestimarlo o depreciarlo) Cuando uno se siente interiormente más fuerte, más
poderoso, más equilibrado, más maduro... crea una distancia en el otro. Se hace más
difícil la cercanía, la amistad.
Pero, ¿somos mejores que el niño?, ¿somos más humanos? ¿más adultos? ¿más
sinceros? Pensemos en las acciones que realiza un niño en el aula y analicemos nuestra
vida. ¿No nos vemos reflejados? ¿Es tanta la diferencia? Las acciones pueden ser
distintas, las del niño y las mías, pero, ¿somos tan diferentes?
3.3. Ser sinceros ante el niño

Casi inconscientemente, los adultos y, sobre todo, los padres, educadores, etc.,
tendemos a dar siempre la impresión de que no tenemos defectos. Necesitamos aparecer
como perfectos ante ellos. Nos relacionamos con ellos desde la apariencia, desde la
imagen falsa de perfectos... En realidad, no somos lo que decimos. Nuestra conducta no
coincide con nuestra palabra.

Para acercarnos a una relación más verdadera, tal vez tengamos que aprender a
no ocultar tanto con nuestra palabra los defectos que son visibles en nuestros actos ante
ellos.. Saber reconocer “esto he hecho mal”, “esta reacción ha sido excesiva”, “la culpa
ha sido mía”, “no tenía razón, “estaba equivocado” tiene una indudable grandeza y es
fuente de la verdadera autoridad.

Junto a esto, es sano reconocer nuestra ignorancia. Saber decir “no se”, “lo
estudiaré”, “lo pensaré”. Esta actitud humilde, limpia, honrada es más educadora que
toda nuestra palabrería y nuestros intentos de ocultar defectos.

3.4. ¿De dónde nace nuestra autoridad?

1) La autoridad de un enseñante puede provenir de su función, de su cargo, de


sus títulos, en definitiva , de su poder. “Aquí el que manda soy yo. “Yo soy
el profesor”. “Tú a callar”.
2) Pero su autoridad puede provenir también de su competencia, de su
sabiduría, de su comunicación, de su cercanía, de su experiencia, de su
estímulo, de su capacidad de enseñar.

La autoridad de poder se impone por la fuerza. La autoridad de competencia, por


el contrario, provoca atractivo. Se impone por atracción, por persuasión.

Hemos de preguntarnos si en nosotros predomina la autoridad de poder o la de


competencia. La primera fuerza a cumplir los deberes. La segunda estimula, impulsa la
creatividad, hace crecer al alumno, crea vocación.

Es importante que el niño sienta al padre de su parte (yo te voy a ayudar). Que
perciba la autoridad de su parte, apoyándole. No enfrente, sino junto a él. Entonces es
posible la educación, entendida como caminar juntos.

3.5. ¿Cómo actuar en la irritación?

El enfado, la irritación, la perdida del humor provocado por diversos factores


nos impide ver las cosas con claridad, tal como son, nos nubla la mirada para
comprender al niño, nos impide una comunicación enriquecedora, obstaculiza una
verdadera acción educadora.

Posibles pasos a dar:

a) Cada vez que me enfado, me irrito, me agobio, me altero... caer en la cuenta


de ello. Sencillamente constatarlo, sin ponerle etiqueta, sin enjuiciarlo, sin
condena, tal como es, como algo que está sucediendo en mi.
b) Caer en la cuenta de que, este enfado, alteración, en realidad no me la causa el
niño, sino que me la provoco yo a mi mismo. Lo que me hace daño a mi mismo
es mi manera de reaccionar. Es una reacción propia de locos: “El niño hace esto
mal” y entonces yo me golpeo a mi mismo, me sofoco, me torturo, me subo la
presión de la sangre, me estropeo el hígado, me destrozo la voz, me agoto, etc.
Buda señaló: “Si me traen un regalo y yo no lo cojo, el regalo todavía es de
aquel que lo trajo. Si alguien viene con un insulto, una acción desagradable, etc.
Y yo no lo cojo, el insulto es todavía algo de él”. Si me traen una tiza y yo no la
cojo, la tiza es de él, no mía. En realidad, mis enfados vienen de mi
programación. Estoy programado de tal manera que si no se me atiende,
reacciono de tal manera (otro lo haría de otra); si no se me obedece, si me siento
ridiculizado, etc.: reacciono de tal manera... (otro reaccionaría de otra). Podría
preguntarme: ¿Por qué me pasa esto? ¿Por qué me influye tanto?
c) No identificarme con aquel enfado. No es parte esencial de mi ser, de mi yo.
Pasará. El enfado me hace sufrir porque me identifico con el. Yo no soy esa
irritación, esa alteración. Esas alteraciones no desaparecerán repentinamente,
pues estamos muy fuertemente programados, pero no serán ya parte de mi ser.
Habré dado un paso muy importante para mi liberación y mi felicidad.

Además del texto de la conferencia, que he transcrito, me resultaron muy


sugerentes dos ideas-imágenes:
• En general, “para ser bueno, hace falta estar bien”
• No podemos pretender que para evitar hacernos daño en los pies, el
Ayuntamiento ponga moqueta en toda la ciudad, tendremos que ponernos
nosotros mismos un calzado adecuado que nos evite el sufrimiento.

Finalmente, una madre asistente a la reunión compartió con todos la siguiente


parábola:

Asamblea en la carpintería

Hubo en la carpintería una extraña asamblea; las herramientas se reunieron para


arreglar sus diferencias. El martillo fue el primero en ejercer la presidencia, pero la asamblea
le notificó que debía renunciar. ¿La causa? Hacía demasiado ruido y se pasaba el tiempo
golpeando.
El martillo reconoció su culpa, pero pidió que fuera expulsado el tornillo: había que
darle muchas vueltas para que sirviera de algo.
El tornillo aceptó su retiro, pero a su vez pidió la expulsión de la lija: era muy áspera
en su trato y siempre tenia fricciones con los demás.
La lija estuvo de acuerdo, con la condición de que fuera expulsado el metro, pues se
pasaba todo el día midiendo a los demás, como si él fuera perfecto.
En esto, entró el carpintero, se puso el delantal e inició su trabajo utilizando,
alternativamente, el martillo, la lija, el metro y el tornillo. Al final, el trozo de madera se había
convertido en un lindo mueble.
Cuando la carpintería quedó sola otra vez, la asamblea reanudó la deliberación. Dijo
el serrucho: “Señores, ha quedado demostrado que tenemos defectos, pero el carpintero
trabaja con nuestras cualidades. Eso es lo que nos hace valiosos. Así, que no pensemos ya en
nuestras flaquezas y concentrémonos en nuestras cualidades”.
La asamblea descubrió entonces que el martillo era fuerte, que el tornillo unía y daba
solidez, que la lija limaba asperezas y que el metro era preciso y exacto. Se sintieron como un
equipo capaz de producir hermosos muebles y sus diferencias pasaron a un segundo plano.