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SAN BERNARDO

RENÉ GUÉNON
(SHAIJ ABD AL-WAHID
YAHIA)
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Entre las grandes figuras de la Edad Media, hay pocas cuyo estudio sea más
propicio que el de San Bernardo para despejar ciertos prejuicios tan queridos por el espíritu
moderno. ¿Qué hay, en efecto, más desconcertante para éste que ver a un puro contemplativo,
que ha querido siempre permanecer como tal, llamado a desempeñar una función
preponderante en la conducción de los asuntos de la Iglesia y del Estado, y teniendo éxito
frecuentemente allí donde había fracasado toda la prudencia de los políticos y de los
diplomáticos de profesión? ¿Qué más sorprendente e incluso, más paradójico, siguiendo la
manera ordinaria de juzgar las cosas, que un místico que no siente más que desdén por lo que
él llama "las argucias de Platón y las sutilezas de Aristóteles", y que triunfa sin embargo sin
dificultad sobre los más sutiles dialécticos de su tiempo? Toda la vida de San Bernardo podría
parecer destinada a mostrar, con un ejemplo esplendoroso, que hay, para resolver los
problemas de orden intelectual e incluso de orden práctico, unos medios distintos de los que se
acostumbra desde hace demasiado tiempo a considerar como los únicos eficaces, sin duda
porque son los únicos al alcance de una sabiduría puramente humana, que no es ni la sombra
de la verdadera sabiduría. Esta vida aparece así, en cierto modo, como una refutación
anticipada de dichos errores, opuestos en apariencia pero en realidad solidarios, que son el
racionalismo y el pragmatismo; y, al mismo tiempo, ella confunde e invierte, para quien la
examine imparcialmente, todas las ideas preconcebidas de los historiadores "cientificistas", que
estiman, con Renán, que "la negación de lo sobrenatural forma la esencia misma de la crítica",
lo que nosotros admitimos -por otra parte- de muy buena gana, pero porque vemos en esa
incompatibilidad todo lo contrario de lo que ahí ven ellos, vemos la condenación de la "crítica"
misma. En verdad, ¿qué lecciones, en nuestra época, podrían ser más provechosas que esas?

Bernardo nació en 1090 en Fontaines-lès-Dijon; sus padres pertenecían a la alta nobleza


borgoñona y si damos cuenta especialmente de este hecho es porque nos parece que algunos
rasgos de su vida y de su doctrina, de los que tendremos ocasión de hablar a continuación,
pueden ser relacionados hasta cierto punto con este origen. No queremos decir solamente que
es posible explicar así el ardor, en ocasiones belicoso, de su celo o la violencia que presenta en
diversas ocasiones en las polémicas a las que fue arrastrado, y que por otra parte sólo era
superficial pues la bondad y la dulzura constituían incontestablemente el fondo de su carácter.
Si hemos hecho alusión a su origen es por la relación que tuvo con las instituciones y el ideal
caballerescos, a los cuales, por lo demás, hay que conceder siempre una gran importancia si
se desean comprender los acontecimientos de la Edad Media y su mismo espíritu.

Es hacia los veinte años cuando Bernardo concibe el proyecto de retirarse del mundo; consigue
en poco tiempo hacer compartir sus puntos de vista a todos sus hermanos, a algunos de sus
parientes próximos y a cierto número de sus amigos. En este primer apostolado, su fuerza de
persuasión era tal, a pesar de su juventud, que pronto "se convirtió, dice su biógrafo, en el
terror de las madres y de las esposas; los amigos temían verle abordar a sus amigos". Hay ya
en esto algo de extraordinario y sería sin duda insuficiente invocar la potencia del "genio", en el
sentido profano de la palabra, para explicar semejante influencia. ¿No vale más reconocer la
acción de la gracia divina que, penetrando de algún modo en toda la persona del apóstol e
irradiando hacia fuera por su sobreabundancia, se comunicaba a través de él como por un
canal, siguiendo la comparación que él mismo empleará más tarde aplicándola a la Santa
Virgen, y que también se puede, restringiendo más o menos su alcance, aplicar a todos los
santos?

Es pues, acompañado de una treintena de jóvenes como Bernardo, en 1112, entró en el


monasterio de Císter (Citeaux), que él había elegido en razón del rigor con el cual se
observaba la regla, rigor que contrastaba con la dejadez que se había introducido en el resto de
ramas de las órdenes benedictinas. Tres años más tarde, sus superiores no dudaban en
confiarle la conducción de doce religiosos que iban a fundar una nueva abadía, la de Claraval
(Clairvaux), que debería gobernar hasta su muerte, rechazando siempre los honores y las
dignidades que se le ofrecieron tan a menudo en el curso de su carrera. El renombre de
Clairvaux no tardó en extenderse a lo lejos, y el desarrollo que esta abadía adquiere pronto fue

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verdaderamente prodigioso: cuando murió su fundador, abrigaba, se dice, alrededor de
setecientos monjes, y había dado nacimiento a más de sesenta nuevos monasterios.

El cuidado que Bernardo aporta a la administración de Claraval, regulando él mismo hasta los
más minuciosos detalles de la vida corriente, la parte que tomó en la dirección de la Orden
Cisterciense, como jefe de una de sus primeras abadías, la habilidad, y el éxito de sus
intervenciones para allanar las dificultades que surgieron frecuentemente con las Órdenes
rivales, todo ello hubiese ya bastado para probar que lo que se llama el sentido práctico puede
muy bien aliarse en ocasiones con la más alta espiritualidad. Había ahí más de lo que hubiera
bastado para absorber toda la actividad de un hombre ordinario: y sin embargo Bernardo iba
muy pronto a ver abrirse ante él otro campo de acción, bien a pesar suyo por lo demás, pues
no temió jamás nada tanto como ser obligado a salir de su clausura para mezclarse en los
asuntos del mundo exterior, del cual había creído poder aislarse para siempre entregándose
enteramente a la ascesis y a la contemplación sin que nada viniera a distraerle de lo que era a
sus ojos, según la palabra evangélica, "la única cosa necesaria". En esto se había equivocado
grandemente; pero todas las distracciones, en el sentido etimológico, a las cuales no pudo
sustraerse y de las que llegó a quejarse con cierta amargura, no le impidieron en absoluto
alcanzar las cumbres de la vida mística. Esto es muy notorio; lo que no lo es menos, es que, a
pesar de toda su humildad y todos los esfuerzos que hizo por permanecer en la sombra, se
acudió a su colaboración en todos los asuntos importantes, y que, aunque no fue nadie para el
mundo, todos, y comprendidos los más altos dignatarios civiles y eclesiásticos, se inclinaron
siempre espontáneamente ante su autoridad espiritual y no sabemos si esto sirve más como
alabanza del santo o de la época en que vivió. ¡Qué contraste entre nuestro tiempo y aquel
donde un simple monje podía convertirse en cierto modo en el centro de Europa y de la
Cristiandad, el árbitro incontestado de todos los conflictos donde el interés público estaba en
juego, tanto en el orden político como en el orden religioso, el juez de los maestros más
reputados de la filosofía, y de la teología, el restaurador de la unidad de la Iglesia, el mediador
entre el Papado y el Imperio, y ver en fin, a ejércitos de centenares de miles de hombres
levantarse con su predicación!

Bernardo había comenzado por denunciar el lujo en el cual vivía la mayor parte de los
miembros del clero secular e incluso los monjes de ciertas abadías; sus exhortaciones habían
provocado conversiones espectaculares, entre ellas las de Suger, el ilustre abad de Saint-Denis
que, sin llevar aún el título de primer ministro del Rey de Francia, realizaba ya las funciones de
tal. Esta conversión fue la que hizo a la corte el nombre del abad de Claraval, al que se
consideró, al parecer, con un respeto mezclado con miedo ya que se veía en él al adversario
irreductible de todos los abusos y de todas las injusticias; y pronto, en efecto, se le vio
intervenir en los conflictos que habían estallado entre Luis el Gordo y diversos obispos y
protestar contra la impiedad del poder civil sobre los derechos de la Iglesia. A decir verdad, no
se trataba aún más que de asuntos puramente locales, que interesaban solamente a tal o cual
monasterio o a tal o cual diócesis; pero, en 1130, sobrevinieron acontecimientos de muy
diferente gravedad, que pusieron en peligro a la Iglesia entera, dividida por el cisma del
antipapa Anacleto II, y es en esta ocasión cuando el nombre de Bernardo debía extenderse a
toda la Cristiandad.

No vamos a describir aquí la historia del cisma con todos sus detalles: los cardenales, partidos
en dos facciones rivales, eligieron sucesivamente a Inocencio II y Anacleto II, el primero,
obligado a huir de Roma, no desesperó de su derecho y apeló a la Iglesia Universal. Fue
Francia quien respondió primero; en el concilio convocado por el Rey en Etampes, Bernardo
apareció, dice su biógrafo, "como un verdadero enviado de Dios" en medio de obispos y
señores reunidos; todos siguieron su criterio sobre la cuestión sometida a su examen y
reconocieron la validez de la elección de Inocencio II. Este se encontraba entonces sobre suelo
francés y es a la abadía de Cluny adonde Suger fue a anunciarle la decisión del concilio.
Recorrió las principales diócesis y fue en todas partes acogido con entusiasmo; este
movimiento iba a arrastrar la adhesión de toda la Cristiandad. El abad de Claraval visitó luego
al rey de Inglaterra y acabó prontamente con sus dudas; quizás tuvo también una parte, al
menos indirecta en el reconocimiento de Inocencio II por parte del Rey Lothario y del clero
alemán. A continuación fue a Aquitania para combatir la influencia del obispo Gerardo de
Angulema, partidario de Anacleto II; pero es sólo en el curso de un segundo viaje a esta región,
en 1135, cuando debía triunfar y destruir el cisma obrando la conversión del conde de Poitiers.

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En el intervalo, fue a Italia, llamado por Inocencio II que allí había retornado con el apoyo de
Lothario, pero que estaba detenido por dificultades imprevistas, debidas a la hostilidad de Pisa
y Génova; era preciso encontrar un acomodo entre las dos ciudades rivales y hacerles
aceptarlo; es Bernardo quien fue encargado de esta difícil misión y pudo apuntarse el más
maravilloso de sus éxitos. Inocencio pudo por fin entrar en Roma, pero Anacleto permaneció
ocupando San Pedro, de la cual era imposible apropiarse; Lothario, coronado emperador en
san Juan de Letrán, se retiró pronto con su ejército; tras su partida, el antipapa recupera la
ofensiva y el pontífice legítimo debió huir nuevamente y refugiarse en Pisa.

El abad de Claraval, que había retornado a su clausura, conoce estas noticias con
consternación; poco después le llega el estruendo de la actividad desplegada por Roger, rey de
Sicilia, para ganar a toda Italia para la causa de Anacleto, al mismo tiempo que para asegurar
su propia supremacía. Bernardo escribe bien pronto a los habitantes de Pisa y de Génova para
animarlos a permanecer fieles a Inocencio; pero esta fidelidad no constituía mas que un débil
apoyo y para conquistar Roma, solamente de Alemania se podía esperar un socorro eficaz.
Desgraciadamente, el Imperio era continuamente presa de división y Lothario no podía volver a
Italia sin haber asegurado la paz en su propio país. Bernardo partió para Alemania y trabajó en
la reconciliación de los Hohenstaufen con el emperador; aquí también sus esfuerzos fueron
coronados por el éxito; fue luego a consagrar la feliz salida a la dieta de Bamberg, que
abandonó luego para volver al concilio que Inocencio II había convocado en Pisa. En esta
ocasión, hubo de dirigir reproches a Luis el Gordo, que se había opuesto a la salida de los
obispos de su reino; la prohibición fue levantada y los principales miembros del clero francés
pudieron responder a la llamada del jefe de la Iglesia. Bernardo fue el alma del concilio; en el
intervalo de las sesiones, cuenta un historiador de su tiempo, su puerta era asediada por los
que tenían algún asunto grave que tratar, como si este humilde monje hubiera tenido el poder
de solucionar con su opinión todas las cuestiones eclesiásticas. Delegado luego a Milán para
ganar esta ciudad para Inocencio II y Lothario, fue aclamado por el clero y los fieles que, en
una manifestación espontánea de entusiasmo, quisieron hacerle su arzobispo, y tuvo grandes
dificultades para sustraerse a este honor. El no aspiraba sino a volver a su monasterio, volvió
efectivamente, pero no fue por mucho tiempo.

Desde principios del año 1136, Bernardo debió abandonar una vez más su soledad para venir,
conforme al deseo del Papa, a unirse en Italia al ejército alemán, comandado por el duque
Enrique de Baviera, yerno del Emperador. El desacuerdo había estallado entre éste e Inocencio
II; Enrique, poco respetuoso con los derechos de la Iglesia, inducía en todas las circunstancias
a no ocuparse más que de los derechos del Estado. También el abad de Claraval debió trabajar
de firme para restablecer la concordia entre los dos poderes y conciliar sus pretensiones
rivales, especialmente en algunas cuestiones relativas a las investiduras, donde parece haber
desempeñado constantemente un papel de moderador. Sin embargo, Lothario, que había
tomado él mismo el mando del ejército, sometió a toda la Italia meridional, pero se equivocó al
rechazar las pretensiones de paz del rey de Sicilia, que no tardó en tomarse la revancha,
arrasando todo a sangre y fuego. Bernardo no dudó entonces en presentarse en el campo de
Roger, el cual acogió muy mal sus palabras de paz y a quien predijo un desastre que
efectivamente se produjo; luego, volviendo sobre sus pasos, le visitó en Salerno y se esforzó
en apartarlo del cisma en el que su ambición lo había arrojado. Roger consintió en escuchar
contradictoriamente a los partidarios de Inocencio y de Anacleto, pero, aun pareciendo conducir
la encuesta con imparcialidad, no buscó más que ganar tiempo y rechazó tomar una decisión;
al menos, este debate tuvo por feliz resultado la conversión de uno de los principales autores
del cisma; el cardenal Pedro de Pisa al cual Bernardo condujo ante Inocencio II. Esta
conversión asestó un golpe terrible a la causa del antipapa; Bernardo supo aprovecharse de
ello, y en Roma mismo, por su verbo ardiente y convencido, consiguió en algunos días separar
del partido de Anacleto a la mayor parte de los disidentes. Esto ocurría en el año 1137, hacia el
período de las fiestas de Navidad; un mes más tarde, Anacleto moría súbitamente. Algunos
cardenales, más comprometidos en el cisma, eligieron un nuevo antipapa bajo el nombre de
Víctor IV; pero su resistencia no podía durar mucho tiempo y el día octavo de Pentecostés,
todos dimitieron; desde la semana siguiente, el abad de Claraval retomaba el camino a su
monasterio.

Este resumen muy rápido basta para dar una idea de lo que se podría llamar la actividad
política de San Bernardo, que, por otra parte, no se detuvo ahí: de 1140 a 1144, hubo de

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protestar contra la intromisión abusiva del Rey Luis el Joven en las elecciones episcopales,
después tuvo que intervenir en un grave conflicto entre este mismo rey y el conde Thibaut de
Champagne; pero sería fastidioso extenderse sobre estos diversos acontecimientos. En suma,
se puede decir que la conducta de Bernardo fue siempre determinada por las mismas
intenciones: defender el derecho, combatir la injusticia y, quizás por encima de todo, mantener
la unidad en el mundo cristiano. Es esta preocupación constante por la unidad la que le anima
en su lucha contra el cisma; es ella también la que le hace emprender, en 1145, un viaje al
Languedoc para hacer retornar a la Iglesia a los heréticos neomaniqueos (cátaros) que
comenzaban a extenderse en esta zona. Parece que tuvo sin cesar presente en el pensamiento
estas palabras del Evangelio: "Que sean todos uno, como el Padre y yo somos uno".

Sin embargo, el abad de Claraval no sólo luchó en el dominio político, sino también en el
campo intelectual, donde sus triunfos no fueron menos esplendorosos, ya que estuvieron
marcados por la condena de dos adversarios eminentes, Abelardo y Gilberto de la Porrée. El
primero había adquirido, por su enseñanza y sus escritos, la reputación de dialéctico muy hábil,
incluso abusaba de la dialéctica pues, en lugar de ver lo que ella es realmente, un simple medio
para llegar al conocimiento de la verdad, la veía casi como un fin en sí misma, lo que
desembocaba naturalmente en una especie de verbalismo. Parece también que haya en él, sea
en su método o en el mismo fondo de sus ideas, una búsqueda de originalidad que le aproxima
algo a los filósofos modernos; y, en una época donde el individualismo era poco menos que
desconocido, tal defecto no podía pasar como una cualidad tal como ocurre en nuestros días.
También algunos se inquietaron pronto con sus novedades, que tendían nada menos que a
establecer una verdadera confusión entre el dominio de la razón y el de la fe; no es que
Abelardo fuese propiamente hablando un racionalista tal como se ha pretendido en ocasiones,
pues no hubo racionalistas antes que Descartes, sino que no supo hacer la distinción entre lo
que revela la razón y lo que le es superior, entre la filosofía profana y la sabiduría sagrada,
entre el saber puramente humano y el conocimiento trascendente, y aquí está la raíz de todos
sus errores. Abelardo ¿no llegaba acaso hasta a sostener que los filósofos y los dialécticos
gozaban de la inspiración habitual que seria comparable a la inspiración sobrenatural de los
profetas? Se comprende sin esfuerzo que San Bernardo, cuando se llamó su atención sobre
semejantes teorías, se hubiera levantado contra ellas con fuerza, incluso con cierto arrebato, y
también que haya reprochado amargamente a su autor el haber enseñado que la fe no era más
que una simple opinión. La controversia entre estos dos hombres tan diferentes, comenzó en
entrevistas particulares, teniendo pronto una inmensa resonancia en las escuelas y en los
monasterios. Abelardo, confiando en su habilidad para manejar el razonamiento, pidió al
Arzobispo de Sens la reunión de un concilio ante el cual se justificaría públicamente, pues
pensaba poder conducir bien la discusión de tal forma que llevaría la confusión al adversario.
Las cosas sucedieron de muy diferente forma: el abad de Claraval, en efecto, no concebía el
concilio más que como un tribunal ante el cual el teólogo sospechoso debía comparecer como
acusado; en una sesión preparatoria analizó las obras de Abelardo y extrajo las proposiciones
más temerarias, de las que probó la heterodoxia; al día siguiente, introducido el autor en el
concilio se le conminó, tras haber enunciado tales proposiciones, a retractarse o justificarlas.
Abelardo, presintiendo desde entonces una condena, no esperó el juicio del concilio y declaró
que apelaba a la corte de Roma; el proceso no dejó de seguir su curso, y, desde que la
condena fue pronunciada, Bernardo escribió a Inocencio II y a los cardenales unas cartas de
apremiante elocuencia, si bien, seis semanas más tarde, la sentencia era confirmada en Roma.
Abelardo no tenía más que someterse; se refugió en Cluny, cerca de Pedro el Venerable, que le
preparó una entrevista con el abad de Claraval y logró reconciliarlos.
El concilio de Sens tuvo lugar en 1140; en 1147 Bernardo obtuvo igualmente, en el concilio de
Reims, la condena de los errores de Gilberto de la Porrée, obispo de Poitiers, concernientes al
misterio de la Trinidad; estos errores procedían de que el autor aplicaba a Dios la distinción real
de la esencia y de la existencia, que no es aplicable más que a los seres creados. Gilberto se
retractó entonces sin dificultad; también se le prohibió simplemente leer o transcribir su obra
antes de que hubiera sido corregida; su autoridad, fuera de los puntos particulares que se
cuestionaban, no quedó alcanzada, y su doctrina mantuvo gran crédito en las escuelas durante
toda la Edad Media.

Dos años antes de este último asunto, el abad de Claraval había tenido la alegría de ver subir
al trono pontificio a uno de sus antiguos monjes, Bernardo de Pisa, que tomó el nombre de
Eugenio III y que siempre continuó manteniendo con él las más afectuosas relaciones; es este

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nuevo Papa quien, casi desde el principio de su pontificado, le encargó predicar la segunda
Cruzada. Hasta entonces Tierra Santa no había tenido, en apariencia al menos, más que un
lugar muy pequeño en las preocupaciones de San Bernardo; sería sin embargo un error el
creer que fue enteramente ajeno a lo que pasaba y la prueba es un hecho sobre el cual, de
ordinario, se insiste mucho menos de lo que convendría. Queremos hacer referencia al papel
que jugó en la constitución de la Orden del Temple, la primera de las Ordenes militares por la
fecha y por la importancia, la que iba a servir de modelo para todas las demás. Es en 1128,
diez años después de su fundación, cuando esta Orden recibió su regla en el concilio de Troyes
y es Bernardo quien, en calidad de secretario del concilio, estuvo encargado de redactarla, o al
menos de trazar sus orientaciones generales, pues parece que no fue sino un poco más tarde
cuando se le llamó para completarla, y que no acabó su redacción definitiva más que en 1131.
Comentó luego esta regla en el tratado "De laude Novae militiae", donde expuso en términos
de magnífica elocuencia la misión e ideal de la caballería cristiana, de lo que llamaba la "milicia
de Dios". Estas relaciones del abad de Claraval con la Orden del Temple, que los historiadores
modernos no consideran sino como un episodio bastante secundario de su vida tenían sin duda
muy otra importancia a los ojos de los hombres de la Edad Media; y hemos mostrado en otra
parte que constituyen sin duda la razón por la cual Dante debía escoger a San Bernardo para
su guía en los últimos círculos del Paraíso.

Desde 1145, Luis VII, tenía el proyecto de acudir en socorro de los principados latinos de
Oriente amenazados por el emir de Alepo, pero la oposición de sus consejeros había obligado
a retrasar su realización y la decisión definitiva había sido remitida a la asamblea plenaria que
debía celebrarse en Vézelay durante las fiestas de Pascua del año siguiente. Eugenio III,
retenido en Italia por una revolución suscitada en Roma por Arnaldo de Brescia, encargó al
abad de Claraval el reemplazarlo en esta asamblea; Bernardo, tras haber dado lectura a la bula
que invitaba a Francia a la cruzada, pronunció un discurso que fue, a juzgar por el efecto que
produjo, la más grande pieza oratoria de su vida; todos los asistentes se precipitaron para
recibir la cruz de sus manos. Animado por este éxito, Bernardo recorrió las ciudades y las
provincias, predicando por todas partes la cruzada con un celo infatigable; allí donde no podía
ir en persona, dirigía cartas no menos elocuentes que sus discursos. Pasó luego a Alemania,
donde su predicación obtuvo los mismos efectos que en Francia; el Emperador Conrado, tras
haber resistido algún tiempo, debió ceder a su influencia y enrolarse en la cruzada. Hacia
mediados del año 1147, los ejércitos franceses y alemanes se ponían en marcha para esta
gran expedición que, a pesar de su formidable apariencia, desembocó en un desastre. Las
causas del fracaso fueron múltiples: las principales parecieron ser la traición de los Griegos y la
falta de entendimiento entre los diversos jefes de la cruzada; pero algunos buscaron, muy
injustamente por lo demás, hacer recaer la responsabilidad sobre el abad de Claraval. Este
debió escribir una verdadera apología de su conducta, que era al mismo tiempo una
justificación de la acción de la Providencia, mostrando que las desgracias sobrevenidas no eran
imputables más que a las faltas de los cristianos, y que así "las promesas de Dios permanecían
intactas, pues ellas no prescriben contra los derechos de su justicia"; la apología está contenida
en el libro De Consideratione, dirigido a Eugenio III, libro que es como el testamento de San
Bernardo y que contiene especialmente sus puntos de vista sobre los deberes del papado. Por
otro lado, no todos se dejaban llevar por el desánimo, y Suger concibió pronto el proyecto de
una nueva cruzada de la que el mismo abad de Claraval debía ser el jefe; pero la muerte del
gran ministro de Luis VII detuvo la ejecución de los planes. San Bernardo también murió poco
después, en 1153, y sus últimas cartas testimonian que se preocupó hasta el final por la suerte
de Tierra Santa.

Si el fin inmediato de la cruzada no había sido alcanzado, ¿se diría por ello que la expedición
fue completamente inútil y que los esfuerzos de San Bernardo habían sido desperdiciados? No
lo creemos, a pesar de lo que podrían pensar los historiadores que sólo se ocupan de las
apariencias exteriores, pues había en estos grandes movimientos de la Edad Media un carácter
político y religioso a la vez y razones más profundas de las que una, la única que queremos
resaltar aquí, era el mantener en la Cristiandad una viva conciencia de su unidad. La
Cristiandad era idéntica a la civilización occidental, fundada por entonces sobre bases
esencialmente tradicionales, como lo es toda civilización normal, y que iba a alcanzar su
apogeo en el siglo XIII; la pérdida de este carácter tradicional debía necesariamente seguir a la
ruptura de la unidad misma de la Cristiandad. Esta ruptura, que fue realizada en el dominio
religioso por la Reforma, lo fue, en el dominio político, por la instauración de las nacionalidades,

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precedida por la destrucción del régimen feudal; y se puede decir, sobre este último punto de
vista, que aquel que asestó los primeros golpes al edificio grandioso de la Cristiandad medieval
fue Felipe el Hermoso, el mismo que por una coincidencia que no tiene, sin duda, nada de
fortuito, destruyó la Orden del Temple, atacando directamente la obra misma de San Bernardo.

En el curso de todos sus viajes, San Bernardo apoyó constantemente su predicación en


numerosas curaciones milagrosas, que eran para la masa como los signos visibles de su
misión; estos hechos han sido referidos por testigos oculares, pero él mismo no hablaba de ello
sino en contadas ocasiones. Quizás esta reserva le era impuesta por su extraordinaria
modestia; pero ,sin duda, tampoco atribuía a esos milagros mas que una importancia
secundaria, considerándolos sólo como una concesión acordada por la misericordia divina a la
debilidad de la fe en la mayor parte de los hombres, conforme a la palabra de Cristo:
"Bienaventurados los que creerán sin haber visto". Esta actitud estaba en relación con el
desdén que manifestó siempre por todos los medios exteriores y sensibles, tales como la
pompa de las ceremonias y la ornamentación de las iglesias; se le ha incluso podido reprochar,
con alguna apariencia de verosimilitud, el no tener más que desprecio por el arte religioso. Los
que formulan esta crítica olvidan, sin embargo, una distinción necesaria, la que él mismo
establece entre lo que llama arquitectura episcopal y la arquitectura monástica: esta última es
solamente la que debe tener la austeridad que él preconiza; no es más que a los religiosos y a
los que siguen el camino de la perfección que prohíbe el "culto a los ídolos", es decir, a las
formas de las que proclama por el contrario, su utilidad como medio de educación para los
simples y los imperfectos. Si ha protestado contra el abuso de las representaciones
desprovistas de significado y no poseedoras sino de un valor puramente ornamental, no ha
podido desear, como se ha pretendido falsamente, el proscribir el simbolismo del arte
arquitectónico, mientras que él mismo en sus sermones hacía de él un uso muy frecuente.

La doctrina de San Bernardo es esencialmente mística*; entendemos con ello que considera
sobre todo las cosas divinas bajo el aspecto del amor, que sería, por otro lado, erróneo
interpretar en un sentido simplemente afectivo como lo hacen los modernos psicólogos. Como
muchos grandes místicos, fue especialmente atraído por el "Cantar de los Cantares", el cual
comentó en numerosos sermones, formando una serie que se prosigue durante casi toda su
carrera; y este comentario, que permaneció siempre inacabado, describe todos los grados del
amor divino, hasta la Paz suprema a la cual el alma alcanza en el éxtasis. El estado extático, tal
como lo comprende y que ciertamente lo ha experimentado, es una especie de muerte a las
cosas de este mundo; con las imágenes sensibles todo sentimiento natural ha desaparecido;
todo es puro y espiritual en el alma misma como en su amor. Este misticismo debía
naturalmente reflejarse en los rasgos dogmáticos de san Bernardo; el título de una de sus
principales obras: De diligendo Deo, muestra, en efecto, suficientemente, qué lugar ocupa ahí
el amor; pero se estaría muy equivocado al creer que ello sea en detrimento de la verdadera
intelectualidad. Si el abad de Claraval quiso siempre permanecer ajeno a las vanas sutilezas de
escuela, es porque no tenía ninguna necesidad de los laboriosos artificios de la dialéctica;
resolvía de un solo golpe las cuestiones más arduas, porque no procedía por una larga serie de
operaciones discursivas, lo que los filósofos se esfuerzan en alcanzar por una vía desviada y
como a tientas, él lo alcanzaba inmediatamente por la intuición intelectual, sin la cual ninguna
metafísica real es posible, y fuera de la cual no se puede aprehender sino una sombra de la
verdad.

Un último rasgo de la fisonomía de San Bernardo, que es esencial señalar aún, es el lugar
eminente que mantiene en su vida y en sus obras, el culto a la Santa Virgen, y que ha dado
lugar a toda una floración de leyendas que son quizás aquello por lo que ha permanecido más
popular. Gustaba de dar a la Santa Virgen el título de "Notre Dame", (Nuestra Señora), cuyo
uso se generalizó en esta época y, sin duda, en gran parte gracias a su influencia; y es que él
*
Al respecto decía el autor a Ananda Coomaraswamy en carta del 5 de noviembre de 1936: “Puesto que
me habla de San Bernardo, no sabe sin duda que yo mismo he escrito algo sobre él; me lo habían pedido
para una recopilación de vidas de Santos, y ha sido editado después con una encuadernación distinta, del
que adjunto un ejemplar a esta carta. Al haberme sido dado el marco que me era impuesto para este
trabajo, no me era posible hacer otra cosa más que una especie de resumen histórico; logré sin embargo
introducir en él algunas alusiones que, para aquellos que las comprenden, pueden dar una idea del
verdadero carácter del personaje. En efecto, este carácter, para mí, es iniciático y no simplemente
místico”. (Nota del traductor)

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era verdaderamente, como se ha dicho, un auténtico "caballero de María", y la consideraba
verdaderamente como su "dama", en el sentido caballeresco de la palabra. Si tal hecho se
relaciona con el papel que jugaba el amor en su doctrina, y que desempeñaba también en
formas más o menos simbólicas, en las concepciones propias a las Órdenes de Caballería, se
comprenderá fácilmente el porqué hemos cuidado de mencionar al principio sus orígenes
familiares. Convertido en monje, permanecerá siempre caballero como lo eran todos los de su
raza; y, por ello mismo, se puede decir que estaba, en cierto modo, predestinado a
desempeñar, como lo hizo en tantas circunstancias, el papel de intermediario, y árbitro entre el
poder religioso y el poder político, porque había en su persona como una participación en la
naturaleza de lo uno y de lo otro. Monje y caballero al tiempo, estas dos características eran las
de los miembros de la "milicia de Dios", de la Orden del Temple; eran también, y en primer
lugar, los del autor de su regla, del gran santo al que se ha denominado el último de los Padres
de la Iglesia, y en quien algunos quieren ver, no sin alguna razón, el prototipo de Galahad, el
caballero ideal y sin tacha, el héroe victorioso de la "demanda del Santo Grial".

SAINT BERNARD, Publiroc, Marsella, 1929. Éditions Traditionnelles, París, 1951,


1959, 1973, 1981, 1984, 1994,1998 (20 páginas).

Traducción castellana (incompleta): San Bernardo, en Dossier Orden del Temple,


Alternativa, Barcelona, s.f. Traducción completa en "Revista de Soria", 1998 (trad. de
Angel Almazán) y "Letra y Espíritu", nº 2, Hospitalet, 1998 (trad. de Santiago
Vilanova).

Trad. Italiana: San Bernardo, Il Cinabro, Catania, s.f. L´Esoterismo Cristiano e San
Bernardo, Arktos, Carmagnola, 1989, 1997 Introducción de S. Pannunzio).
Edición autorizada: San Bernardo, Luni Editrice, Milán, 1999. (traducción de Pietro
Nutrizio).

Trad. portuguesa: O esoterismo de Dante, seguido de São Bernardo, Editorial Vega,


coleção Janus, Lisboa, 1978 (trad. de António Carlos Carvalho).

Traducción inglesa: Incluido en Insights into Christian Esoterism, Sophia Perennis,


Ghent (Nueva York, 2001 (132 p.) (traducción de Henry D. Fohr).

Trad. húngara: Szent Bernát, Stella Maris Kiadó, Budapest, 1995 (trad. de Lászlö
Vladimir Orosz; en un volumen con L´Esoterisme de Dante).

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SAINT BERNARD

Parmi les grandes figures du moyen âge, il en est peu dont l'êtude soit plus propre que celle de
saint Bernard à dissiper certains préjugés chers à l'esprit moderne.
Qu'y a-t-il, en effet, de plus déconcertant pour celui-ci que de voir un pur contemplatif, qui a
toujours voulu être et demeurer tel, appelé à jouer un rôle prépondérant dans la conduite des
affaires de l'Eglise et de l'Etat, et réussissant souvent là où avait échoué toute la prudence des
politiques et des diplomates de profession? Quoi de plus surprenant et même de plus
paradoxal, suivant la façon ordinaire de juger les choses, qu'un mystique qui n'éprouve que du
dédain pour ce qu'il appelle «les arguties de Platon et les finesses d'Aristote», et qui triomphe
cependant sans peine des plus subtils dialecticiens de son temps? Toute la vie de saint Bernard
pourrait sembler destinée à montrer, par un exemple éclatant, qu'il existe, pour résoudre les
problèmes de l'ordre intellectuel et même de l'ordre pratique, des moyens tout autres que ceux
qu'on s'est habitué depuis trop longtemps à considérer comme seuls efficaces, sans doute
parce qu'ils sont seuls à la portée d'une sagesse purement humaine, qui n'est pas même
l'ombre de la vraie sagesse. Cette vie apparaît ainsi en quelque sorte comme une réfutation
anticipée de ces erreurs, opposées en apparence, mais en réalité solidaires, que sont le
rationalisme et le pragmatisme; et, en même temps, elle confond et renverse, pour qui
l'examine impartialement, toutes les idées préconçues des historiens «scientistes» qui estiment
avec Renan que «la négation du surnaturel forme l'essence même de la critique», ce que nous
admettons d'ailleurs bien volontiers, mais parce que nous voyons dans cette incompatibilité tout
le contraire de ce qu'ils y voient, la condamnation de la « critique » elle-même, et non point celle
du surnaturel. En vérité, quelles leçons pourraient, à notre époque, être plus profitables que
celles-là?

Bernard naquit en 1090 à Fontaines-lès-Dijon; ses parents appartenaient à la haute noblesse


de la Bourgogne, et, si nous notons ce fait, c'est qu'il nous paraît que quelques traits de sa vie
et de sa doctrine, dont nous aurons à parler dans la suite, peuvent jusqu'à un certain point être
rattachés à cette origine. Nous ne voulons pas seulement dire qu'il est possible d'expliquer par
là l'ardeur parfois belliqueuse de son zèle ou la violence qu'il apporta à maintes reprises dans
les polémiques où il fut entraîné, et qui était d'ailleurs toute de surface, car la bonté et la
douceur faisaient incontestablement le fond de son caractère.
Ce à quoi nous entendons surtout faire allusion, ce sont ses rapports avec les institutions et
l'idéal chevaleresques, auxquels, du reste, il faut toujours accorder une grande importance si
l'on veut comprendre les événements et l'esprit même du moyen âge.
C'est vers sa vingtième année que Bernard conçut le projet de se retirer du monde; et il
réussit en peu de temps à faire partager ses vues à tous ses frères, à quelques-uns de ses
proches et à un certain nombre de ses amis. Dans ce premier apostolat, sa force de persuasion
était telle, en dépit de sa jeunesse, que bientôt « il devint, dit son biographe, la terreur des
mères et des épouses; les amis redoutaient de le voir aborder leurs amis ». Il y a déjà là
quelque chose d'extraordinaire, et il serait assurément insuffisant d'invoquer la puissance du
«génie», au sens profane de ce mot, pour expliquer une semblable influence. Ne vaut-il pas
mieux y reconnaître l'action de la grâce divine qui, pénétrant en quelque sorte toute la personne
de l'apôtre et rayonnant au-dehors par sa surabondance, se communiquait à travers lui comme
par un canal, suivant la compa raison que lui-même emploiera plus tard en l'appliquant à la
Sainte Vierge, et que l'on peut aussi, en en restreignant plus ou moins la portée, appliquer à
tous les saints?
C'est donc accompagné d'une trentaine de jeunes gens que Bernard, en 1112, entra au
monastère de Cîteaux, qu'il avait choisi en raison de la rigueur avec laquelle y était observée la
règle, rigueur contrastant avec le relâchement qui s'était introduit dans toutes les autres
branches de l'Ordre bénédictin. Trois ans plus tard, ses supérieurs n'hésitaient pas à lui confier,
malgré son inexpérience et sa santé chancelante, la conduite de douze religieux qui allaient
fonder une nouvelle abbaye, celle de Clairvaux, qu'il devait gouverner jusqu'à sa mort,
repoussant toujours les honneurs et les dignités qui s'offriraient si souvent à lui au cours de sa
carrière. Le renom de Clairvaux ne tarda pas à s'étendre au loin, et le développement que cette
abbaye acquit bientôt fut vraiment prodigieux: quand mourut son fondateur, elle abritait, dit-on,
environ sept cents moines, et elle avait donné naissance à plus de soixante nouveaux
monastères.

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***

Le soin que Bernard apporta à l'administration de Clairvaux, réglant lui-même jusqu'aux plus
minutieux détails de la vie courante, la part qu'il prit à la direction de l'Ordre cistercien, comme
chef d'une de ses premières abbayes, l'habileté et le succès de ses interventions pour aplanir
les difficultés qui surgissaient fréquemment avec des Ordres rivaux, tout cela eût déjà suffi à
prouver que ce qu'on appelle le sens pratiqué peut fort bien s'allier parfois à la plus haute
spiritualité. Il y avait là plus qu'il n'en eût fallu pour absorber toute l'activité d'un homme
ordinaire; et pourtant Bernard allait bientôt voir s'ouvrir devant lui un tout autre champ d'action,
bien malgré lui d'ailleurs, car il ne redouta jamais rien tant que d'être obligé de sortir de son
cloître pour se mêler aux affaires du monde extérieur, dont il avait cru pouvoir s'isoler à tout
jamais pour se livrer entièrement à l'ascèse et à la contemplation, sans que rien vînt le distraire
de ce qui était à ses yeux, selon la parole évangélique, «la seule chose nécessaire».
En cela, il s'était grandement trompé ; mais toutes les «distractions», au sens étymologique,
auxquelles il ne put se soustraire et dont il lui arriva de se plaindre avec quelque amertume, ne
l'empêchèrent point d'atteindre aux sommets de la vie mystique. Cela est fort remarquable; ce
qui ne l'est pas moins, c'est que, malgré toute son humilité et tous les efforts qu'il fit pour
demeurer dans l'ombre, on fit appel à sa collaboration dans toutes les affaires importantes, et
que, bien qu'il ne fût rien au regard du monde, tous, y compris les plus hauts dignitaires civils et
ecclésiastiques, s'inclinèrent toujours spontanément devant son autorité toute spirituelle, et
nous ne savons si cela est plus à la louange du saint ou à celle de l'époque où il vécut. Quel
constraste entre notre temps et celui où un simple moine pouvait, par le seul rayonnement de
ses vertus éminentes, devenir en quelque sorte le centre de l'Europe et de la Chrétienté,
l'arbitre incontesté de tous les conflits où l'intérêt public était en jeu, tant dans l'ordre politique
que dans l'ordre religieux, le juge des maîtres les plus réputés de la philosophie et de la
théologie, le restaurateur de l'unité de l'Eglise, le médiateur entre la Papauté et l'Empire, et voir
enfin des armées de plusieurs centaines de mille hommes se lever à sa prédication!

***

Bernard avait commencé de bonne heure à dénoncer le luxe dans lequel vivaient alors la
plupart des membres du clergé séculier et même les moines de certaines abbayes; ses
remontrances avaient provoqué des conversions retentissantes, parmi lesquelles celle de
Suger, l'illustre abbé de Saint-Denis, qui. sans porter encore le titre de premier ministre du roi
de France, en remplissait déjà les fonctions.
C'est cette conversion qui fit connaître à la cour le nom de l'âbbé de Clairvaux, qu'on y
considéra, semble-t-il, avec un respect mêlé de crainte, parce qu'on voyait en lui l'adversaire
irréductible de tous les abus et de toutes les injustices; et bientôt, en effet, on le vit intervenir
dans les conflits qui avaient éclaté entre Louis le Gros et divers évêques, et protester
hautement contre les empiétements du pouvoir civil sur les droits de l'Eglise. A vrai dire, il ne
s'agissait encore là que d'affaires purement locales, intéressant seulement tel monastère ou tel
diocèse; mais, en 1130, il survint des événements d'une tout autre gravité, qui mirent en péril
l'Eglise tout entière, divisée par le schisme de l'antipape Anaclet II. et c'est à cette occasion que
le renom de Bernard devait se répandre dans toute la Chrétienté.
Nous n'avons pas à retracer ici l'histoire du schisme dans tous ses détails: les cardinaux,
partagés en deux factions rivales, avaient élu successivement Innocent II et Anaclet II; le
premier, contraint de s'enfuir de Rome, ne désespéra pas de son droit et en appela à l'Eglise
universelle.
C'est la France qui répondit la première; au concile convoqué par le roi à Etampes, Bernard
parut, dit son biographe, «comme un véritable envoyé de Dieu» au milieu des évêques et des
seigneurs réunis; tous suivirent son avis sur la question soumise à leur examen et reconnurent
la validité de l'élection d'Innocent II. Celui-ci se trouvait alors sur le sol français, et c'est à
l'abbaye de Cluny que Suger vint lui annoncer la décision du concile; il parcourut les principaux
diocèses et fut partout accueilli avec enthousiasme; ce mouvement allait entraîner l'adhésion de
presque toute la Chrétienté. L'abbé de Clairvaux se rendit auprès du roi d'Angleterre et
triompha promptement de ses hésitations; peut-être eut-il aussi une part, au moins indirecte,
dans la reconnaissance d'Innocent II par le roi Lothaire et le clergé allemand. Il alla ensuite en
Aquitaine pour combattre l'influence de l'évêque Gérard d'Angoulême, partisan d'Anaclet II;
mais c'est seulement au cours d'un second voyage dans cette région, en 1135, qu'il devait

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réussir à-y détruire le schisme en opérant la conversion du comte de Poitiers. Dans l'intervalle,
il avait dû se rendre en Italie, appelé par Innocent II qui y était retourné avec l'appui de Lothaire,
mais qui était arrêté par des difficultés imprévues, dues à l'hostilité de Pisé et de Gênes; il fallait
trouver un accommodement entre les deux cités rivales et le leur faire accepter ; c'est
Bernard qui fut chargé de cette mission difficile, et il s'en acquitta avec le plus merveilleux
succès. Innocent put enfin rentrer dans Rome, mais Anaclet demeura retranché dans Saint-
Pierre dont il fut impossible de s'emparer; Lothaire, couronné empereur à Saint-Jean de Latran,
se retira bientôt avec son armée; après son départ, l'antipape reprit l'offensive, et le pontife
légitime dut s'enfuir de nouveau et se réfugier à Pisé.
L'abbé de Clairvaux, qui était rentré dans son cloître, apprit ces nouvelles avec consternation;
peu après lui parvint le bruit de l'activité déployée par Roger, roi de Sicile, pour gagner toute
l'Italie à la cause d'Anaclet, en même temps que pour y assurer sa propre suprématie. Bernard
écrivit aussitôt aux habitants de Pise et de Gênes pour les encourager à demeurer fidèles à
Innocent; mais cette fidélité ne constituait qu'un bien faible appui, et, pour reconquérir Rome,
c'était de l'Allemagne seule qu'on pouvait espérer un secours efficace. Malheureusement,
l'Empire était toujours en proie à la division, et Lothaire ne pouvait retourner en Italie avant
d'avoir assuré la paix dans son propre pays. Bernard partit pour l'Allemagne et travailla à la
réconciliation des Hohenstaufen avec l'empereur; là encore, ses efforts furent couronnés de
succès; il en vit consacrer l'heureuse issue à la diète de Bamberg, qu'il quitta ensuite pour se
rendre au concile qu'Innocent II avait convoqué à Pisé. A cette occasion, il eut à adresser des
remontrances à Louis le Gros, qui s'était opposé au départ des évêques de son royaume; la
défense fut levée, et les principaux membres du clergé français purent répondre à l'appel
du chef de l'Eglise. Bernard fut l'âme du concile ; dans l'intervalle des séances, raconte un
historien du temps, sa porte était assiégée par ceux qui avaient quelque affaire grave à
traiter, comme si cet humble moine eût eu le pouvoir de trancher à son gré toutes les questions
ecclésiastiques. Délégué ensuite à Milan pour ramener cette ville à Innocent II et à Lothaire. il
s'y vit acclamer par le clergé et les fidèles qui, dans une manifestation spontanée
d'enthousiasme, voulurent faire de lui leur archevêque, et il eut la plus grande peine à se
soustraire à cet honneur. Il n'aspirait qu'à retourner à son monastère; il y rentra en effet, mais
ce ne fut pas pour longtemps.
Dès le début de l'année 1136, Bernard dut abandonner encore une fois sa solitude pour venir,
conformément au désir du pape, rejoindre en Italie l'armée allemande, commandée par le duc
Henri de Bavière, gendre de l'empereur.
La mésintelligence avait éclaté entre celui-ci et Innocent II; Henri, peu soucieux des droits de
l'Eglise, affectait en toutes circonstances de ne s'occuper que des intérêts de l'Etat. Aussi
l'abbé de Clairvaux eut-il fort à faire pour rétablir la concorde entre les deux pouvoirs et.
Concilier leurs prétentions rivales, notamment dans certaines questions d'investitures, où il
paraît avoir joué constamment un rôle de modérateur. Cependant, Lothaire, qui avait pris lui-
même le commandement de l'année, soumit toute l'Italie méridionale; mais il eut le tort de
repousser les propositions de paix du roi de Sicile, qui ne tarda pas à prendre sa revanche,
mettant tout à feu et à sang. Bernard n'hésita pas alors à se présenter au camp de Roger, qui
accueillit fort mal ses paroles de paix, et à qui il prédit une défaite qui se produisit en effet; puis,
s'attachant à ses pas, il le rejoignit à Salerne et s'efforça de le détourner du schisme dans
lequel l'ambition l'avait jeté. Roger consentit à entendre contradictoirement les partisans
d'Innocent et d'Anaclet, mais, tout en paraissant conduire l'enquête avec impartialité, il ne
chercha qu'à gagner du temps et refusa de prendre une décision; du moins ce débat eut-il pour
heureux résultat d'amener la conversion d'un des principaux auteurs du schisme, le cardinal
Pierre de Pisé, que Bernard ramena avec lui auprès d'Innocent II. Cette conversion portait un
coup terrible à la cause de l'antipape; Bernard sut en profiter, et à Rome même, par sa parole
ardente et convaincue, il parvint en quelques jours à détacher du parti d'Anaclet la plupart des
dissidents.
Cela se passait en 1137, vers l'époque des fêtes de Noël ; un mois plus tard, Anaclet mourait
subitement. Quelques-uns des cardinaux les plus engagés dans le schisme élurent un nouvel
antipape sous le nom de Victor IV; mais leur résistance ne pouvait durer longtemps, et, le jour
de l'octave de la Pentecôte, tous firent leur soumission; dès la semaine suivante, l'abbé de
Clairvaux reprenait le chemin de son monastère.
Ce résume très rapide suffit pour donner une idée de ce qu'on pourrait appeler l'activité
politique de saint Bernard, qui d'ailleurs ne s'arrêta pas là: de 1140 à 1144, il eut à protester
contre l'immixtion abusive du roi Louis le Jeune dans des élections épiscopales, puis à
intervenir dans un grave conflit entre ce même roi et le comte Thibaut de Champagne; mais il

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serait fastidieux. de s'étendre sur ces divers événements. En somme, on peut dire que la
conduite de Bernard fut toujours déterminée par les mêmes intentions : défendre le droit,
combattre l'injustice, et, peut-être par-dessus tout, maintenir l'unité dans le monde chrétien.
C'est cette préoccupation constante de l'unité qui l'anime dans sa lutte contre le schisme; c'est
elle encore qui lui fait entreprendre, en 1145, un voyage dans le Languedoc pour ramener à l
´Eglise les hérétiques néo-manichéens qui commençaient à se répandre dans cette contrée. Il
semble qu'il ait eu sans cesse présente à la pensée cette parole de l'Evangile : «Qu'ils soient
tous un, comme mon Père et moi nous sommes un»

* * *

Cependant, l'abbé de Clairvaux n'avait pas seulement à lutter dans le domaine politique, mais
aussi dans le domaine intellectuel, où ses triomphes ne furent pas moins éclatants, puisqu'ils
furent marqués par la condamnation de deux adversaires éminents, Abélard et Gilbert de la
Porrée. Le premier s'était acquis, par son enseignement et par ses écrits, la réputation d'un
dialecticien des plus habiles; il abusait même de la dialectique, car, au lieu de n'y voir que
ce qu'elle est réellement, un simple moyen pour parvenir à la connaissance de la vérité, il la
regardait presque comme une fin en elle-même, ce qui aboutissait naturellement à une sorte
de verbalisme. Il semble aussi qu'il y ait eu chez lui, soit dans la méthode, soit pour le fond
même des idées, une recherche de l'originalité qui le rapproche quelque peu des
philosophes modernes; et, à une époque où l'individualisme était chose à peu près inconnue,
ce défaut ne pouvait risquer de passer pour une qualité comme il arrive de nos jours. Aussi
certains s'inquiétèrent-ils bientôt de ces nouveautés, qui ne tendaient à rien moins qu'à
établir une véritable confusion entre le domaine de la raison et celui de la foi; ce n'est pas
qu'Abélard fût à proprement parler un rationaliste comme on l'a parfois prétendu, car il n'y eut
pas de rationalistes avant Descartes; mais il ne sut pas faire la distinction entre ce qui relève de
la raison et ce qui lui est supérieur, entre la philosophie profane et la sagesse sacrée, entre le
savoir purement humain et la connaissance transcendante, et là est la racine de toutes ses
erreurs. N'alla-t-il pas jusqu'à soutenir que les philosophes et les dialecticiens jouissent
d'une inspiration habituelle qui, serait comparable à l'inspiration surnaturelle des prophètes? On
comprend sans peine que saint Bernard, lorsqu'on appela son attention sur de semblables
théories, se soit élevé contre elles avec force et même avec un certain emportement, et aussi
qu'il ait reproché amèrement à leur auteur d'avoir enseigné que la foi n'était qu'une simple
opinion.
La controverse entre ces deux hommes si différents, commencée dans des entretiens
particuliers, eut bientôt un immense retentissement dans les écoles et les monastères; Abélard,
confiant dans son habileté à manier le raisonnement, demanda à l'archevêque de Sens de
réunir un concile devant lequel il se justifierait publiquement, car il pensait bien conduire la
discussion de telle sorte qu'elle tournerait aisément à la confusion de son adversaire. Les
choses se passèrent tout autrement : l'abbé de Clairvaux, en effet, ne concevait le concile que
comme un tribunal devant lequel le théologien suspect comparaîtrait en accusé; dans une
séance préparatoire, il produisit les ouvrages d'Abélard et en tira les propositions les plus
téméraires, dont il prouva l'hétérodoxie; le lendemain, l'auteur ayant été introduit, il le somma,
après avoir énoncé ces propositions, de les rétracter ou de les justifier. Abélard, pressentant
dès lors une condamnation, n'attendit pas le jugement du concile et déclara aussitôt qu'il en
appelait à la cour de Rome; le procès n'en suivit pas moins son cours, et, dès que la
condamnation fut prononcée, Bernard écrivit à Innocent II et aux cardinaux des lettres d'une
éloquence pressante, si bien que, six semaines plus tard, la sentence était confirmée à Rome.
Abélard n'avait plus qu'à se soumettre; il se réfugia à Cluny, auprès de Pierre le Vénérable, qui
lui ménagea une entrevue avec l'abbé de Clairvaux et parvint à les réconcilier.
Le concile de Sens eut lieu en 1140; en 1147, Bernard obtint de même, au concile de Reims,
la condamnation des erreurs de Gilbert de la Porrée, l'évêque de Poitiers, concernant le
mystère de la Trinité; ces erreurs provenaient de ce que leur auteur appliquait à Dieu la
distinction réelle de l'essence et de l'existence, qui n'est applicable qu'aux êtres créés. Gilbert
se rétracta d'ailleurs sans difficulté; aussi fut-il simplement défendu de lire ou de transcrire son
ouvrage avant qu'il n'eût été corrigé; son autorité, à part les points particuliers qui étaient en
cause, n'en fut pas atteinte, et sa doctrine demeura en grand crédit dans les écoles pendant
tout le moyen âge.

Deux ans avant cette dernière affaire, l'abbé de Clairvaux avait eu la joie de voir monter sur le

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trône pontifical un de ses anciens moines, Bernard de Pise, qui prit le nom d'Eugène III, et qui
continua toujours à entretenir avec lui les plus affectueuses relations; c'est ce nouveau pape
qui, presque dès le début de son règne, le chargea de prêcher la seconde croisade. Jusque-là,
la Terre Sainte n'avait tenu, en apparence tout au moins, qu'une assez faible place dans les
préoccupations de saint Bernard; ce serait pourtant une erreur de croire qu'il fût demeuré
entièrement étranger à ce qui s'y passait, et la preuve en est dans un fait sur lequel, d'ordinaire,
on insiste beaucoup moins qu'il ne conviendrait. Nous voulons parler de la part qu'il avait prise à
la constitution de l'Ordre du Temple, le premier des Ordres militaires par la date et par
l'importance, celui qui allait servir de modèle à tous les autres. C'est en 1128, dix ans environ
après sa fondation, que cet Ordre reçut sa règle au concile de Troyes, et c'est Bernard qui, en
qualité de secrétaire du concile, fut chargé de la rédiger, ou tout au moins d'en tracer les
premiers linéaments, car il semble que ce n'est qu'un peu plus tard qu'il fut appelé à la
compléter, et qu'il n'en acheva la rédaction définitive qu'en 1131. Il commenta ensuite cette
règle dans le traité De laude novœ militiiœ, où il exposa en termes d'une magnifique éloquence
la mission et l'idéal de la chevalerie chrétienne, de ce qu'il appelait la «milice de Dieu». Ces
rapports de l'abbé de Clairvaux avec l'Ordre'du Temple, que les historiens modernes ne
regardent que comme un épisode assez secondaire de sa vie, avaient assurément une tout
autre importance aux yeux des hommes du moyen âge; et nous avons montré ailleurs qu'ils
constituent sans doute la raison pour laquelle Dante devait choisir saint Bernard pour son guide
dans les ultimes cercles du Paradis.

Dès 1145, Louis VII avait formé le projet d'aller au secours des principautés latines d'Orient,
menacées par l'émir d'AIep; mais l'opposition de ses conseillers l'avait contraint à en ajourner la
réalisation, et la décision définitive avait été remise à une assemblée plénière qui devait se tenir
à Vézelay pendant les fêtes de Pâques de l'année suivante. Eugène III, retenu en Italie par une
révolution suscitée à Rome par Arnaud de Brescia, charge a l'abbé de Clairvaux de le
remplacer à cette assemblée; Bernard, après avoir donné lecture de la bulle qui conviait la
France à la croisade, prononça un discours qui fut, à en juger par l'effet qu'il produisit, la plus
grande action oratoire de sa vie; tous les assistants se précipitèrent pour recevoir la croix de
ses mains. Encouragé par ce succès, Bernard parcourut les villes et les provinces, prêchant
partout la croisade avec un zèle infatigable; là où il ne pouvait se rendre en personne, il
adressait des lettres non moins éloquentes que ses discours. Il passa ensuite en Allemagne, où
sa prédication eut les mêmes résultats qu'en France; l'empereur Conrad, après avoir résisté
quelque temps, dut céder à son influence et s'enrôler dans la croisade. Vers le milieu de l'année
1147, les armées française et allemande se mettaient en marche pour cette grande expédition,
qui, en dépit de leur formidable apparence, allait aboutir à un désastre. Les causes de cet
échec furent multiples; les principales semblent être la trahison des Grecs et le défaut
d'entente entre les divers chefs de la croisade; mais certains cherchèrent, fort injustement, à en
rejeter la responsabilité sur l'abbé de Clairvaux. Celui-ci dut écrire une véritable apologie de sa
conduite, qui était en même temps une justification de l'action de la Providence, montrant, que
les malheurs survenus n'étaient imputables qu'aux fautes des chrétiens, et qu'ainsi «les
promesses de Dieu restaient intactes, car elles ne prescrivent pas contre les droits de sa
justice»; cette apologie est contenue dans le livre De Considératione, adressé à Eugène III, livre
qui est comme le testament de saint Bernard et qui contient notamment ses vues sur les
devoirs de la papauté. D'ailleurs, tous ne se laissaient pas aller au découragement, et Suger
conçut bientôt le projet d'une nouvelle croisade, dont l'abbé de Clairvaux lui-même devait être le
chef; mais la mort du grand ministre de Louis VII en arrêta l'exécution. Saint Bernard mourut lui-
même peu après, en 1153, et ses dernières lettres témoignent qu'il se préoccupa jusqu'au bout
de la délivrance de la Terre Sainte.
Si le but immédiat de la croisade n'avait pas été atteint, doit-on dire pour cela qu'une telle
expédition était entièrement inutile et que les efforts de saint Bernard avaient été dépensés en
pure perte? Nous ne le croyons pas, malgré ce que pourraient en penser les historiens qui s'en
tiennent aux apparences extérieures, car il y avait à ces grands mouvements du moyen âge,
d'un caractère politique et religieux tout à la fois, des raisons plus profondes, don’t l'une, la
seule que nous voulions noter ici, était de maintenir dans la Chrétienté une vive conscience de
son unité.
La Chrétienté était identique à la civilisation occidentale, fondée alors sur des bases
essentiellement traditionnelles, comme l'est toute civilisation normale, et qui allait atteindre son
apogée au XIIIe siècle; la perte de ce caractère traditionnel devait nécessairement suivre la
rupture de l'unité même de la Chrétienté. Cette rupture, qui fut accomplie dans le domaine

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religieux par la Réforme, le fut dans le domaine politique par l'instauration des nationalités,
précédée de la destruction du régime féodal; et l'on peut dire, à ce dernier point de vue, que
celui qui porta les premiers coups à l'édifice grandiose de la Chrétienté médiévale fut Philippe-
le-Bel, celui-là même qui, par une coïncidence qui n'a assurément rien de fortuit, détruisit
l'Ordre du Temple, s'attaquant par là directement à l'oeuvre même de saint Bernard.

Au cours de tous ses voyages, saint Bernard appuya constamment sa prédication par de
nombreuses guérisons miraculeuses, qui étaient pour la foule comme des signes visibles de sa
mission; ces faits ont été rapportés par des témoins oculaires, mais lui-même n'en parlait que
peu volontiers. Peut-être cette réserve lui était-elle imposée par son extrême modestie; mais
sans doute aussi n'attribuait-il à ces miracles qu'une importance secondaire, les considérant
seulement comme une concession accordée par la miséricorde divine à la faiblesse de la foi
chez la plupart des hommes, conformément à la parole du Christ : «Heureux ceux qui croiront
sans avoir vu!» Cette attitude s'accorderait avec le dédain qu'il manifeste en général pour tous
les moyens extérieurs et sensibles, tels que la pompe des cérémonies et l'ornementation des
églises; on a même pu lui reprocher, avec quelque apparence de vérité, de n'avoir eu que du
mépris pour l'art religieux.
Ceux qui formulent cette critique oublient cependant une distinction nécessaire, celle qu'il
établit lui-même entre ce qu'il appelle l'architecture épiscopale et l'architecture monastique :
c'est cette dernière seulement qui doit avoil l'austérité qu'il préconise; ce n'est qu'aux religieux
et à ceux qui suivent le chemin de la perfection qu'il interdit le «culte des idoles», c'est-à-dire
des formes, dont il proclame au contraire l'utilité, comme moyen d'éducation, pour les simples et
les imparfaits. S'il a protesté contre l'abus des figures dépourvues de signification et n'ayant
qu'une valeur purement ornementale, il n'a pu vouloir, comme on l'a prétendu faussement,
proscrire le symbolisme de l'art architectural, alors que lui-même en faisait dans ses sermons
un très fréquent usage.

* * *
La doctrine de saint Bernard est essentiellement mystique; par là, nous entendons qu'il
envisage surtout les choses divines sous l'aspect de l'amour, qu'il serait d'ailleurs erroné
d'interpréter ici dans un sens simplement affectif comme le font les modernes psychologues.
Comme beaucoup de grands mystiques, il fut spécialement attiré par le Cantique des
Cantiques, qu'il commenta dans de nombreux sermons, formant une série qui se poursuit à
travers presque toute sa carrière ; et ce commentaire, qui demeura toujours inachevé, décrit
tous les degrés de l'amour divin, jusqu'à la paix suprême à laquelle l'âme parvient dans l'extase.
L'état extatique, tel qu'il le comprend et qu'il l'a certainement éprouvé, est une sorte de mort aux
choses de ce monde; avec les images sensibles, tout sentiment naturel a disparu; tout est pur
et spirituel dans l'âme elle-même comme dans son amour. Ce mysticisme devait naturellement
se refléter dans les traités dogmatiques de saint Bernard; le titre de l'un des principaux, De
diligendo Deo, montre en effet suffisamment quelle place y tient l'amour; mais on aurait tort de
croire que ce soit au détriment de la véritable intellectualité. Si l'abbé de Clairvaux voulut
toujours demeurer étranger aux vaines subtilités de l'école, c'est qu'il n'avait nul besoin des
laborieux artifices de la dialectique; il résolvait d'un seul coup les questions les plus ardues,
parce qu'il ne procédait pas par une longue série d'opérations discursives; ce que les
philosophes s'efforcent d'atteindre par une voie détournée et comme par tâtonnement, il y
parvenait immédiatement, par l'intuition intellectuelle sans laquelle nulle métaphysique réelle
n'est possible, et hors de laquelle on ne peut saisir qu'une ombre de la vérité.

Un dernier trait de la physionomie de saint Bernard, qu'il est essentiel de signaler encore,
c'est la place éminente que tient, dans sa vie et dans ses œuvres, le culte de la Sainte Vierge,
e.t qui a donné lieu à toute une floraison de légendes, qui sont peut-être ce par quoi il est
demeuré le plus populaire. Il aimait à donner à la Sainte Vierge le titre de Notre-Dame, dont
l'usage s'est généralisé depuis son époque, et sans doute en grande partie grâce à son
influence; c'est qu'il était, comme on l'a dit, un véritable «chevalier de Marie», et qu'il la,
regardait vraiment comme sa «dame», au sens chevaleresque de ce mot. Si l'on rapproche ce
fait du rôle que joue l'amour dans sa doctrine, et qu'il jouait aussi, sous des formes plus ou
moins symboliques, dans les conceptions propres aux Ordres de chevalerie, on comprendra
facilement pourquoi nous avons pris soin de mentionner ses origines familiales. Devenu moine,
il demeura toujours chevalier comme l'étaient tous ceux de sa race; et, par là même, on peut
dire qu'il était en quelque sorte prédestiné à jouer, comme il le fit en tant de circonstances,

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le rôle d'intermédiaire, de conciliateur et d'arbitre entre le pouvoir religieux et le pouvoir
politique, parce qu'il y avait dans sa personne comme une participation à la nature de l'un et de
l'autre. Moine et chevalier tout ensemble, ces deux caractères étaient ceux des membres de la
«milice de Dieu», de l'Ordre du Temple; ils étaient aussi, et tout d'abord, ceux de l'auteur de leur
règle, du grand saint qu'on a appelé le dernier des Pères de l'Eglise, et en qui certains veulent
voir, non sans quelque raison, le prototype de Galaad, le chevalier idéal et sans tache, le héros
victorieux de la «queste du Saint Graal».

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