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TRABAJO INICIÁTICO COLECTIVO Y "PRESENCIA" ESPIRITUAL

RENÉ GUÉNON:

SOBRE MASONERÍA (8)

Hay formas iniciáticas en las cuales, debido a su propia constitución, el trabajo


colectivo ocupa un lugar en cierto modo preponderante; no queremos decir con
ello, por supuesto, que pueda nunca sustituir al trabajo personal y puramente
interior de cada uno o eximir de él de una forma cualquiera, pero al menos
constituye en semejante caso un elemento totalmente esencial, mientras que en
otras formas puede estar muy reducido o incluso ser por completo inexistente. El
caso de que se trata es especialmente el de las iniciaciones que subsisten
actualmente en Occidente; y sin duda ocurre generalmente lo mismo, en un grado
más o menos acentuado, en todas las iniciaciones de oficio, allí donde éstas se
encuentren, pues hay aquí algo que parece ser inherente a su propia naturaleza. A
esto se refiere, por ejemplo, un hecho tal como aquel al que hemos aludido en un
reciente estudio a propósito de la Masonería (1) de una "comunicación" que no
puede ser efectuada más que con la cooperación de tres personas, de tal modo
que ninguna de ellas posee por sí sola el poder necesario a este efecto; podemos
citar igualmente, en el mismo orden de ideas, la condición de la presencia de un
determinado número mínimo de asistentes, siete por ejemplo, para que una
iniciación pueda validamente tener lugar, mientras que hay otras iniciaciones
donde la transmisión, tal como frecuentemente se da en particular en la India, se
opera simplemente de un maestro a un discípulo sin la concurrencia de nadie más.

Es evidente que tal diferencia de modalidades debe entrañar consecuencias


igualmente diferentes en todo el conjunto del trabajo iniciático posterior; y, entre
estas consecuencias, nos parece especialmente interesante examinar más de
cerca la que se refiere al papel del Gurú o de lo que ocupa su lugar.
En el caso en que la transmisión iniciática es efectuada por una sola persona, ésta
asume por ello la función de Gurú frente al iniciado; poco importa aquí que sus
cualificaciones a este respecto sean más o menos completas y que, como a
menudo de hecho ocurre, no sea capaz de conducir a su discípulo más que hasta
tal o cual estadio determinado; el principio no deja de ser el mismo: el Gurú está
en el punto de partida, y no podría haber ninguna duda con respecto a su
identidad. En el otro caso, por el contrario, las cosas se presentan de una manera
mucho menos simple y evidente, y legítimamente se puede preguntar dónde está
en realidad el Gurú; sin duda, todo "maestro" puede siempre, cuando instruye a un
"aprendiz", ocupar este lugar en cierto sentido y en cierta medida, pero no es
jamás sino de una manera muy relativa, y, si incluso quien cumple la transmisión
iniciática no es propiamente sino un upagurú, con mayor razón ocurrirá lo mismo
con los demás; por otra parte, no hay aquí nada que se asemeje a la relación
exclusiva entre el discípulo y un Gurú único, que es una condición indispensable
para que pueda emplearse este término en su verdadero sentido. De hecho, no
parece que, en tales iniciaciones, haya habido nunca propiamente hablando
Maestros espirituales ejerciendo su función de forma continua; si los ha habido, lo
cual evidentemente no puede ser excluido (2), no es en suma sino más o menos
excepcionalmente, si bien su presencia no aparece como un elemento constante y
necesario en la especial constitución de las formas iniciáticas de que se trata. Es
necesario sin embargo que, a pesar de todo, haya habido algo que ocupara su
lugar; es la razón de que deba inquirirse por qué o por quién esta función es
desempeñada efectivamente en semejante caso.

A esta pregunta podría estarse tentado de responder que es la colectividad misma


constituida por el conjunto de la organización iniciática considerada lo que
desempeña el papel de Gurú; esta respuesta estaría en efecto sugerida muy
naturalmente por la indicación que hemos hecho al principio acerca de la
importancia preponderante concedida al trabajo colectivo; pero, no obstante, sin
que se pueda decir que es completamente falsa, es al menos insuficiente. Debe
precisarse por otra parte que, cuando hablamos así de la colectividad, no la
entendemos simplemente como la reunión de los individuos considerados sólo en
su modalidad corporal, tal como podría ocurrir si se tratara de una agrupación
profana cualquiera; lo que sobre todo tenemos in mente es la "entidad psíquica"
colectiva a la cual algunos han dado muy impropiamente el nombre de "egrégora".
Recordaremos lo que ya hemos dicho a este propósito (3): lo "colectivo" como tal
no podría en modo alguno superar el dominio individual, puesto que no es en
definitiva sino una resultante de las individuales que lo componen ni, en
consecuencia, ir más allá del orden psíquico; ahora bien, todo lo que no es sino
psíquico no puede tener ninguna relación efectiva y directa con la iniciación,
puesto que ésta consiste esencialmente en la transmisión de una influencia
espiritual, destinada a producir efectos de orden igualmente espiritual, luego
transcendentes con respecto a la individualidad, de lo cual debe evidentemente
deducirse que todo lo que puede volver efectiva la acción en principio virtual de
esta influencia debe necesariamente tener un carácter supra-individual, y por ello,
si puede decirse, también supra-colectivo. Por lo demás, está claro que no es en
tanto que individuo humano que el Gurú propiamente dicho ejerce su función, sino
en tanto que representa algo supra-individual, de lo cual, en esta función, su
individualidad no es en realidad sino el soporte; para que ambos casos sean
equiparables, es preciso entonces que lo que aquí es asimilable al Gurú sea, no la
colectividad misma, sino el principio transcendente al cual sirve de soporte y que
es lo único que le confiere un verdadero carácter iniciático.

De lo que se trata es entonces aquello que puede ser denominado, en el más


estricto sentido de la palabra, una "presencia" espiritual, actuando en y por el
propio trabajo colectivo; y es la naturaleza de esta "presencia" la que, sin
pretender en absoluto tratar la cuestión bajo todos sus aspectos, nos queda por
explicar un poco más completamente.

En la Kábala hebrea se dice que, desde que los sabios se ocupan de los misterios
divinos, la Shekinah está entre ellos; así, incluso en una forma iniciática donde el
trabajo colectivo no parece ser, de manera general, un elemento esencial, una
"presencia" espiritual no deja de estar afirmada claramente en el caso en que tal
trabajo tiene lugar, y podría decirse que esta "presencia" se manifiesta en cierto
modo en la intersección de las "líneas de fuerza" que van de uno a otro entre
quienes participan de ella, como si su "descenso" fuera directamente requerido por
la resultante colectiva que se produce en este punto determinado y que le ofrece
un soporte apropiado. No insistiremos más acerca de este aspecto quizá
demasiado "técnico" de la cuestión, y solamente añadiremos que se trata aquí
más especialmente del trabajo de iniciados que ya han alcanzado un grado
avanzado de desarrollo espiritual, contrariamente a lo que tiene lugar en las
organizaciones donde el trabajo colectivo constituye la modalidad habitual y
normal desde el principio; pero, por supuesto, esta diferencia no cambia en nada
el principio mismo de la "presencia" espiritual.

Lo que acabamos de decir debe, por añadidura, ser comparado a esta frase de
Cristo: "Cuando dos o tres se reúnan en mi nombre, yo estaré en medio de ellos";
y esta comparación es particularmente notable cuando se conoce la estrecha
relación existente entre el Mesías y la Shekinah (4). Es cierto que según la
interpretación corriente, esto se referiría simplemente a la oración; pero, por
legítima que sea esta aplicación en el orden exotérico, no hay ninguna razón para
limitarla exclusivamente a él y para no considerar también otro significado más
profundo, que debido a ello será cierto a fortiori; o al menos no podría haber en
ello otra razón que la limitación del propio punto de vista exotérico, para quienes
no pueden o no quieren superarlo. Debemos además llamar muy especialmente la
atención acerca de la expresión "en mi nombre" que, por otra parte, se encuentra
tan frecuentemente en el Evangelio, pues no parece ser actualmente entendida
mas que en un sentido muy pobre, si no pasa incluso inadvertida; casi nadie, en
efecto, comprende todo lo que implica tradicionalmente en realidad, bajo el doble
aspecto doctrinal y ritual. Ya hemos hablado un poco de esta última cuestión en
diversas ocasiones, y quizá debamos volver sobre ella; por el momento,
solamente queremos indicar una importante consecuencia desde el punto de vista
en que nos situamos; y es que, con todo rigor, el trabajo de una organización
iniciática siempre debe cumplirse "en nombre" del principio espiritual del cual
procede y que está en cierto modo destinada a manifestar en nuestro mundo5.
Este principio puede ser más o menos "especializado", de acuerdo con las
modalidades propias de cada organización iniciática; pero, siendo de naturaleza
puramente espiritual, como evidentemente exige la propia meta de toda iniciación,
es siempre, en definitiva, la expresión de un aspecto divino, y es una emanación
directa de éste lo que propiamente constituye la "presencia" que inspira y guía el
trabajo iniciático colectivo, a fin de que tal trabajo pueda producir resultados
efectivos según la medida de las capacidades de cada uno de los que en él toman
parte.

Publicado en "Etudes Traditionnelles", abril y mayo de 1949. Recopilado en


Initiation et Réalisation spirituelle.

NOTAS

(1) Ver "Parole perdue et mots substitués", en el nº de diciembre de 1948 de la


revista "Etudes Traditionnelles".

(2) Debió necesariamente haberlos al menos en el origen de toda forma iniciática


determinada, teniendo sólo ellos la cualidad para realizar la "adaptación" requerida
para su constitución.

(3) Ver cap. VI: Influences spirituelles et "égrégores".

(4) A veces se pretende que existiría una variante de este texto, que se refiriera
solamente a "tres" en lugar de "dos o tres", y algunos quieren interpretar a estos
tres como siendo el cuerpo, el alma y el espíritu; se trataría entonces de la
concentración y de la unificación de todos los elementos del ser en el trabajo
interior, necesario para que se opere el "descenso" de la influencia espiritual en el
centro de este ser. Esta interpretación es con seguridad plausible, e,
independientemente de la cuestión de saber exactamente cuál es el texto más
correcto, expresa en sí misma una verdad innegable, aunque, en todo caso, no
excluye en absoluto la que se refiere al trabajo colectivo; sólo si estuviera
realmente
especificado el número de tres, debería admitirse que representa entonces un
mínimo requerido para la eficacia de dicho trabajo, tal como de hecho ocurre en
ciertas formas iniciáticas.

(5) Toda fórmula ritual distinta de aquella que responde a lo que estamos diciendo
no puede entonces, cuando es una sustitución, ser considerada más que como
representando un empobrecimiento debido a un desconocimiento o a una
ignorancia más o menos completa de lo que es verdaderamente el "nombre", e
implicando en consecuencia una cierta degeneración de la organización iniciática,
puesto que esta sustitución demuestra que ésta ya no es plenamente consciente
de la auténtica naturaleza de la relación que la une a su principio espiritual.