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Revisão:

URARIA.NO MOTA DE SANTANA

COPYRIGTH © DE CORTEZ & MORAES LTDA.


À memória de Johan Leonard Arndt,
psicanalista holandês (1892-1965)
Meus cordiais agradecimentos pelo trabalho e pela ajuda ami-
gável a:

Prof. Saulo Monte Serrat, Diretor do Instituto de Psicologia da


Pontifícia Universidade Católica de Campinas;

Profa. Juracy Salzano Fiori Almeida, Professora de Língua


Portuguesa, Instituto de Letras da P, U. C. C . ;

Prof. Dr. Carlos Lopes de Mattos, Filósofo, Capivari;

Às senhoras secretárias da P . U . C . C .
Maiy Eudóxia da Silva Sistonen
Marisa Artacho de Ayxa Wolf
Renata Maria Gonçalves Lomonaco
ALGUNS DEPOIMENTOS SOBRE AUTOPIEDADE NEURÓTICA

Para o Instituto de Psicologia da Pontifícia Universidade Católica de


Campinas é um privilégio o ter colaborado com a divulgação da Terapia
Antiqueixa no Brasil,

Em 1972, quando iniciávamos o Mestrado em Psicologia Clínica, tivemos


oportunidade de convidar o Prof. Dr. G . J . M . VAN DEN AARDWEG para minis-
trar aulas no Curso. As idéias de ARNDT e do próprio VAN DEN AARDWEG
causaram funda impressão, e foram responsáveis por novo convite em 1975,
agora também por parte do Instituto de Psicologia da U . S . P . Finalmente,
em 1977, foi ele contratado para ministrar cursos regulares em nossa Pós-
Graduação e prosseguir na formação de terapeutas. A presença do Dr. VAN
DEN AARDWEG entre nós foi muito fecunda: o seu trabalho, desenvolvido dentro
de uma linha de seriedade e de rigor científico, marcou indelevelmente o espí-
rito de seus discípulos e beneficiou a um já alentado números de clientes,
atendidos dentro dos princípios da terapia por ele divulgada.

P r o f , SAULO M O N T E SERRAT

Diretor do Instituto de Psicologia da PUC — Campinas

Como psicólogo trabalhando na área pedagógica acho que as idéias ex-


plicadas neste livro, sobre autopiedade como uma força nociva na mente, são
de uma importância excepcional para o entendimento e acompanhamento de
jovens; jovens normais com seus problemas normais, e jovens com vários pro-
blemas mais sérios na família, na vida social e sexual, e no estudo. A teoria
da "criança queixosa" me parece atinar com o âmago da realidade de nossa
população juvenil e, por isto, espero que será divulgada e estudada profunda-
mente.
Esta obra do Dr. VAN DEN AARDWEG está também fadada a iluminar fe-
cundamente a ação psico-pedagógica de todos quantos pretendem fazer da
escola e da aula uma verdadeira oficina de pessoas e não mera fábrica de
diplomas.

P a d r e V I C E N T E DE PAULO M O R E T T I G U E D E S

Diretor da Faculdade Salesiana de Filosofia,


Ciências e Letras de Lorena, São Paulo

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Como psicólogo clínico que atua na clínica particular, usando o método
da Terapia Antiqueixa desde 1972 com clientes brasileiros, vejo com grande
satisfação o lançamento de "Autopiedade Neurótica", pois posso afirmar que
este método de psicoterapia é adequado para o tratamento de uma grande
diversidade de problemas encontrados na prática. Na minha experiência, mui-
tos destes problemas realmente têm suas raízes em autopiedade, como é ex-
plicado neste livro. Acho esta teoria fascinante e a terapia da autopiedade
neurótica econômica e eficiente. A descrição da autopiedade neurótica como
fator maléfico na mente humana por psícoterapeutas holandeses me parece
uma das maiores inovações na psicologia da personalidade e na psicoterapia e
deve ser estudada por todos que querem entender de modo melhor a vida
emocional de tantas pessoas que sofrem de conflitos internos, de "tristezas des-
necessárias" (ARNDT).

GERALD GREGORY JÚNIOR

Diretor "Clínica Persona",


Professor de Pós Graduação da PUC — Campinas
PREFÁCIO

Prof. Dr. MAURÍCIO KNOBEL

Al llegar al Departamento de post-Graduación en Psicologia


Clínica de la Pontifícia Universidad Católica de Campinas me en-
contré q u j en la misma se desarrollaban estúdios sobre tres "áreas
de concentración": una de línea psicoanalítica, otra de línea compor-
tamental y una tercera de "anti-queja".
Como profesor de psiquiatria de la Universidad de Buenos
Aires y como Profesor Titular de Psicologia Evolutiva en la carrera
de Psicologia de la misma Universidad de Buenos Aires, así como
Psicoanalista Didacta de la Asociación Psicoanalítica Argentina, nun-
ca había escuchado hablar de esta teoria y mucho menos aún de su
práctica.
Me resultó sorprendente y altamente estimulante el encuentro
con el Prof. Dr. van den Aardweg, que desde Holanda había venido
a establecerse temporariamente un enfoque clínico prácticamente
desconocido. Mi curiosidad científica me llevó a interesarme en lo
que este enfoque psicodinámico, teórico y práctico de la personali-
dad era y podia significar.
Aardweg es un pionero, y como todo pionero, un valiente ex-
positor de sus ideas y de sus experiencias. Este libro es un claro
exponente de ello pues con generosidad científica nos ofrece una
oportunidad para el mundo psicológico luso-hispánico que no todos
poseen, la de conocer esta aproximación al problema de la salud y
de la enfermedad mental que tiene indudables aspectos positivos.
El autor, se manifiesta discípulo de J. L. Arndt, otro maestro
holandês que se inicio psicoanalíticamente con W. Stekel y de quien
tuego se aparto desarrollando sus propias y originales ideas.

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Estamos pues, de hecho, en una línea de disidentes, de cientí-
ficos que no aceptan la "verdad última", que es lo que en realidad
más caracteriza al científico, ya que es muy conocido el dictum de
que "Ias verdades de hoy serán Ias falsedades de manana". Este es
el duro, frustrante y desafiante camino de la ciência. Êsta se em-
pobrece cuando algún cultor de cualquier rama dei saber y dei que
hacer humano considera que ya es dueno de "La Verdad".
La inquietud de Arndt fué recogida y alimentada por Aardweg.
Pueden discutirse muchas de sus afirmaciones y conclusiones, pero
tanto él como sus discípulos se encargan muy bien de mostramos una
metodologia de trabajo paciente y en permanente revisión.
Se plantean posiciones doctrinarias como la Autopiedad Com-'
pulsiva Infantil, núcleo básico o fuerza propulsora de toda "neuro-
sis". Quizás como psicoanalista me pregunte cuáan lejos está tal
teoria dei concepto Fruediano dei Masoquismo primário y sus rela-
ciones con el narcisismo primário y secundário. Creo que no mucho.
A mi critério la anotación enfática de la autopiedad compulsiva in-
fantil como núcleo de neurosis sí facilita la introducción de la téc-
nica de la psicoterapia "anti-queja", cuya practicabilidad en deter-
minados casos es evidente y de gran utilidad clínica, lo mismo que
el "autopsicodrama".
Vemos en estas colocaciones una mezcla de marcos referencia-
les. Adler está presente con fuerza innegable, el psicodrama y sus
variantes también, Ias modificaciones culturalistas dei psicoanálisis
son habilmente utilizadas. A mi entender, inclusive en la técnica de
la psicoterapia anti-queja se utiliza de forma dramática y a veces
directiva, demostrativa, la fuerte influencia de una regresión ego-dis-
tónica que se convierte en esa autopiedad compulsiva infantil, que
desadultiza al ser humano que cae, casi como defensa inevitable para
una precaria sobrevida, en la neurosis, la criminalidad, la homose-
xualidad, que son los temas más estudiados en este nuevo enfoque
teórico-práctico de una psicologia clínica al servicio dei individuo
que padece y de la comunidad que comparte suas angustias.
La presencia de una "criança" en el adulto con problemas emo-
cionales es tema harto y frecuente de la literatura psicoanalítica.
Considero un verdadero hallazgo cuyo significado da, a mi critério,
el matiz más original al enfoque de este libro, el agregado de "que-
josa", No es un nino cualquiera el que neurotiza, es un nino des-
contento, insatisfecho, quejoso. . . Y a él se procura llegar con la
terapia anti-queixa y sus modificaciones técnicas aqui expuestas.
Además —- y esto merece destacarse — la rigurosidad investi-
gadora dei autor — le obligan a investigar, a verificar sus hipótesis.
Surge así otra alianza teórica, en un plano psicológico distinto, que

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es el de Eysenck o el de Cattell. Si bien ambos son discutibles, la
búsqueda de un material o.bjetivable de sus teorias le obligan a ese
referencial teórico, construyendo sus propios parâmetros de "Neuro-
ticismo", que entiendo deben aún verificarse.
De cualquier manera, se abren caminos nuevos, sobre la con-
tinuidad científica que es el conocimiento en general, que resultan
altamente estimulantes. )
Por momentos resulta difícil ver cómo se pueden conciliar pun-
tos de vista tan diferentes, pero en Ias colocaciones de Aardweg se
ve claramente que el intento merece considerarse con seriedad. No
es solo la experiencia clínica, sino la comparación con una metodo-
logia que pretende objetivarse estadísticamente, la que lleva al autor
a idear sus cuestionários y a proponer sus revisiones y adaptaciones
locales. En ese sentido su contribución al conocimiento de algunos
aspectos de la problemática de Ias neurosis en Brasil merecen des-
tacarse como un esfuerzo para la investigación de una realidad local
y no una simple generalización transplantada.
Pienso que el marco referencial psicoanalítico, dei cual Ias teo-
rias dei autor toman muchos conceptos, dan a la relación terapêutica
una dimensión investigadora que no debe menospreciarse, y que
Aardweg valoriza, pues él también considera que lo más importante
es la experiencia clínica.
En el Tercer Congreso Mundial dei Colégio Internacional de
Medicina Psicosomática, y dei cual tuve el honor de ser Presidente,
dije en mi conferencia.presidencial: "Tenemos la obligación de pen-
sar que el psicoanalista' trabaja con seres humanos que acuden a él
para resolver sus conflictos y, por lo tanto, el 'experimento' psicoana-
lítico tiene el gran valor de representar verdaderamente reproduc-
ciones de la vida en sí misma, de seres humanos en acción ante el
mundo y ante sí mismos. Todos los eventos pueden desarrollarse en
el ambiente restricto de una sala de consulta y pueden ser verificados
mediante el poner en funcionamiento la teoria convertida en ese
mismo momento en práctica" (Knobel, M.: "Research and Clinicai
Practice in Psychosomatic Medicine", en "Therapy in Psychosomatic
Medicine" Vol. I, F. Antonelli, edit. Edizioni L. Pozzi, Roma, Itália,
1977), Lo teórico se hace objetivo en la práctica clínica dentro dei
mismo marco referencial. Aardweg tiene la valentia de procurar
explicaciones para diversos cuadros clínicos con su marco referencial
y su experiencia clínica, a la cual nunca deja de lado.
Toda novedad despierta resistências. No dudo que la Teoria
de la "anti-queja" va a despertar muchísimas críticas. Pero si ian
solo consiguiese eso, ya habría logrado el mayor objetivo que un

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cientista puede desear: la polêmica para agregar un paso más en la
prosecusión de la verdad.
Dice Paul RicoeuT; "Nunca se justifica inteiramente o parti-
-pris de um livro. Por isso, ninguém está obrigado a expor suas mo-
tivações, nem a divagar numa confissão" (P- Ricoeur: "Da Inter-
pretação. Ensaio sobre Freud", Imago Edit. Rio de Janeiro, 1977).
Concuerdo y no pretendo justificar este libro sino tan solo tener el
honor de presentarlo por su honestidad, su valentia, su aporte al co-
nocimiento y la discusión y por ser un elemento más de la cultura y
de la' ciência, que son Ias que dan al ser humano su condición de
.tal. Futuras investigaciones confirmarán sus opiniones y sus hallaz-
gos y él mismo asume el compromiso, junto a sus discípulos, de
continuar investigando. El hombre debe procurar entenderse, en-
contrarse a sí mismo, y lograr la capacidad de continuar humanizán-
dose a través de todas Ias possibilidades.

Prof. Dr. MAURÍCIO KNOBEL

Coordenador da pós-graduação em Psicologia Clínica da Puc da


Campinas; Chefe de Depto. e Professor Titular de Psicologia Médica
e Psiquiatria da FCM da UNICAMP, Miembro dei Consejo Eje-
cutivo de la Asociación Internacional de Psiquiatria Social y de la
Federación Mundial de Psicoterapia Médica, Consejero y Coordena-
dor para América Latina dei International Council of Psychologists,
Ex-Presidente dei Colégio Internacional de Medicina Psicosomática
y ex-Vice-Presidente de la Sociedad Interamericana de Psicologia.
Psicoanalista Didacta de la Asoc. Psicoanalítica Argentina.

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ÍNDICE

PREFÁCIO 9.
INTRODUÇÃO 17

PRIMEIRA PARTE:

TEORIA DA COMPULSÃO A QUEIXAR-SE; CONCEITOS GERAIS

Capítulos
I. As palavras: "neurose" e "neuróticos" 21
II. A "criança queixosa" no adulto 25
III. A emoção de autopiedade 34
IV. Um processo de fixação fora do comum: como é fixada "a
criança queixosa"? 43
V. Sumário do comportamento da autopiedade compulsiva in-
fantil (A.C.I.) 53
VI. Repressão 55
VII. Autopiedade infantil como um vício (teoria da estrutura sen-
sibilizada e que torna autônoma na memória) 59
VIII. Fontes de justificações de queixas 66
IX. Quatro leis das queixas neuróticas 70
X. A "criança in totum" 81
XI. A "criança in totum" (2) 86
XII. A "criança queixosa" que reclama . 97
XIII. Sonhos de neuróticos : 101
XIV. Conseqüências comuns da "criança queixosa": "Necessidade
de representar"; "projeção", emocionalidade e sugestionabili-
dade 108
XV. Conseqüências comuns da "criança queixosa" ( 2 ) : Distúrbios
de contatos 115
XVI. Conseqüências comuns da "criança queixosa" ( 3 ) : Perturba-
ções de concentração e do trabalho; cansaço, pessimismo;
automima llB

13
XVII. Intermezzo: como verificar a teoria da auotpiedade compul-
siva infantil? O que ensinam os testes psicológicos sobre
neurose 124
XVIII. Intermezzo ( 2 ) : inventários de queixas 130
SEGUNDA PARTE:

A COMPULSÃO A QUEIXAR-SE E AS DIVERSAS S1NDROMES


NEURÓTICAS
Capítulos
XIX. A "criança queixosa" e a neurose de medo 137
XX. A "criança queixosa" no neurótico obsessivo-compulsivo . . . . 142
XXI. A "criança queixosa" no neurótico obsessivo-compulsivo (2) 148
XXII. A "criança queixosa" no neurótico obsessivo-compulsivo (3) 155
XXIII. A "criança queixosa" no neurótico histérico e no neurótico
orgânico 161
XXIV. A "criança queixosa" e a depressão 165
XXV. A "criança queixosa" no homossexual masculino 167
XXVI. A "criança queixosa" no homossexual masculino (2) e no
pedofilíaco 177
XXVII. A "menina queixosa" na mulher lésbica 184
XXVIII. A "criança queixosa" no transexual e no travestido 188
XXIX. A "criança queixosa" e outros desvios sexuais: exibicionismo,
fetichismo, impotência, etc 191
XXX. Queixar-se no matrimônio — os efeitos da crítica neurótica . 196
XXXI. Queixar-se no matrimônio ( 2 ) : reflexões sobre o divórcio . 202
XXXII. Delinqüência juvenil e a "criança que reclama" 207
XXXIII. O delinqüente reincidente como pessoa queixosa 213

TERCEIRA PARTE:

A TERAPIA ANTIQUEIXA — Introdução 221


Capítulos
XXXIV. Fase inicial da terapia: a tomada da anamnese 223
XXXV. Exploração aprofundada da vida emocional da infância e da
atual — explicação da neurose ; 231
XXXVI. A "fórmula" da "criança queixosa"; auto-observação e auto-
análise 238
XXXVII. Hiperdramatização 242
XXXVIII. Hiperdramatização e variações: observações adicionais sobre
a terapia antiqueixa 249
XXXIX. Encerramento da terapia. Resultados. Referências Biblio-
gráficas 256

14
PRIMEIRA PARTE:

TEORIA DA COMPULSÃO A QUEIXAR-SE


CONCEITOS GERAIS.
INTRODUÇÃO

Neste livro, pretendemos apresentar uma nova visão dos diver-


sos fenômenos neuróticos.
Esta visão não impugnará observações que já foram relatadas,
anteriormente, por diversos autores, mas é uma síntese que foi pos-
sível graças à observação de um traço muito característico das pes-
soas neuróticas. Ora, esta observação vai ser o tema do livro.
Podemos indagar se realmente existe grande necessidade de
uma nova teoria e de uma nova terapia, pois já existem muitas
teorias e terapias para neurose lançadas especialmente durante os
últimos anos; periodicamente aparecem novos tratados e remédios
psicoterápicos. Assim, uma atitude um pouco cética pode ser jus-
tificada, quando qualquer nova teoria e terapia das neuroses é anun-
ciada.
Talvez alguns leitores dêem razão àquele psicólogo erudito que
recentemente observou que "no campo da psicoterapia há uma ca-
rência maior de pesquisas sobre o funcionamento e os efeitos de
várias terapias existentes, em uma vez de novas teorias e terapias".
Podemos entender essa atitude de reserva para com novas idéias,
principalmente quando vemos quais atividades passam por ser psi-
coterapia e também que pensamentos, às vezes, totalmente contrá-
rios e opostos entre si são defendidos e desenvolvidos. O leigo deve
estar com a impressão de que essa área da psicologia se parece com
uma floresta impenetrável e ele não sabe achar uma rota certa e
segura em que possa confiar. Por isso, a observação do psicólogo
erudito era uma expressão de bom senso: primeiramente, investigar-
mos o valor de muitas idéias existentes antes de experimentarmos no-
vas teorias, mesmo que, às vezes, possam parecer brilhantes.
Ê verdade: precisamos fazer pesquisas mais sólidas sobre os
resultados de psicoterapias existentes. Freqüentemente essas inves-

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tigações têm valor limitado, pois se restringem a um único sintoma
neurótico, que é visto pelo pesquisador (ou pelo cliente) como o
mais importante, fazendo com que sejam negligenciados muitos ou-
tros comportamentos e sentimentos dos sujeitos neuróticos, embora
tais comportamentos sejam, sem dúvida, também relacionados à neu-
rose. Muitas vezes, também, os pesquisadores usam instrumentos
impróprios de medição para avaliar as mudanças causadas por uma
terapia. Por exemplo: vários tipos de inventários, construídos "ad
hoc" e não padronizados, dos quais esperamos que meçam os resul-
tados terapêuticos pretendidos. E muitas vezes o período de acom-
panhamento das conseqüências de um tratamento nessas pesquisas
sobre efeitos de uma terapia — o período de "follow up" — é por
demais curto ou até totalmente ausente. Podemos concluir, então,
que realmente precisamos de investigações mais sólidas sobre o fun-
cionamento das diversas terapias empregadas.
Todavia, nosso psicólogo crítico não tem razão totalmente. Po-
demos raciocinar assim: uma vez que existem tantas teorias sobre
neuroses e fenômenos neuróticos, este fato mostra que o conheci-
mento desses fenômenos está longe de ser perfeito e que deles não
sabemos o suficiente. Observamos, no que diz respeito às terapias
que são desenvolvidas das diversas teorias, a mesma coisa que foi
observada por um médico, numa peça teatral de Tchecov, que, in-
dicando uma série de potes e vidrinhos numa prateleira da parede,
disse: — "Embora tenhamos contra uma doença uma grande série
de remédios, na verdade isto prova que não sabemos ainda, exata-
mente, qual é a natureza da doença e qual o melhor remédio". Na
psicoterapia ocorre o mesmo e, quando queremos aprender algo, te-
mos que tomar conhecimento dos diferentes novos pontos de vista,
pois todos eles podem conter elementos da verdade. Existem vá-
rias linhas terapêuticas e, para a maioria delas, quem poderia negar
isso de antemão? Talvez lhe encontremos aspectos de valor. En-
tão, devemos reconhecer que não somente existe uma carência de
estudos sobre efeitos de terapias existentes, mas também de maiores
conhecimentos sobre a etiologia e natureza da neurose.
É urgente obter-se maior soma de conhecimentos, e não somen-
te para satisfazer a tendência humana de saber e compreender, mas
para podermos chegar a métodos de tratamento mais efetivos e a
uma profilaxia eficaz. Deve ser claro que esses objetivos podem ser
atingidos somente quando conhecermos a(s) causa(s) da doença.
Deve ser claro, ainda, que, já sem maiores pesquisas sobre os efeitos
das diversas terapias, temos que concluir que estamos longe de tera-
pias que são realmente satisfatórias. Se por um lado se observa o
desenvolvimento de muitos métodos terapêuticos, alguns amadure-

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cidos e outros ainda verdes, fruto do crescente aumento de interesse
neste campo durante as últimas décadas, e que deu margem ao apa-
recimento de inúmeros livros e artigos que descrevem curas ou me-
lhoras notáveis, por outro lado somos obrigados a admitir que os
resultados até agora alcançados são bastante modestos. A maioria
dos neuróticos, que entram num tratamento, não é de modo geral,
curada perfeitamente em sua emocionalidade neurótica, mas per-
manece sofrendo com suas preocupações, ansiedades, pensamentos
compulsivos, sentimentos de inferioridade e depressões, infantilida-
des e egocentrismos, ou, — e aqui nós pensamos numa outra cate-
goria de neuróticos — c o n t i n u a m sendo demasiadamente agressi-
vos, cheios de rancor e indiferença e sempre recaindo em comporta-
mentos anti-sociais. Observamos isto no quadro familiar do cri-
minoso reincidente, que, a despeito de todas as intervenções terapêu-
ticas possíveis, não chega a uma mudança emocional para melhor.
Nos dias de hoje, a psicoterapia mantém somente poucos homens
fora da prisão! Encontramos a mesma situação no que diz respeito
aos desvios sexuais: muitos psicólogos e psiquiatras, por exemplo,
consideram a homossexualidade como incurável, enquanto que, se
observamos atenciosamente o mundo dos sentimentos do homosse-
xual, acharemos, inevitavelmente, um problema neurótico. Então,
aqui de novo, a psicoterapia revela um lado de sua fraqueza atual,
de sua imaturidade.
À luz desses fatos, seriam bem-vindas as teorias baseadas
em observações novas e em pensamentos críticos sobre elas. Não
devemos tomar a atitude de que já sabemos tudo a refutar novos
conhecimentos, e, sim,1 indagar sobre o que seja novo neste campo,
criticamente, e não com desinteresse apriorístico. "É necessário es-
tudarmos tudo para que possamos separar o trigo do joio.
Acredito que o curso dos pensamentos sobre doenças neuróticas
que seguiremos é uma contribuição nova e importante. O fundador
desta teoria e terapia, que se chamam respectivamente: teoria da
Autopiedade Compulsiva Infantil (teoria ACI) ou teoria do Autopsi-
codrama e terapia Antiqueixa, foi J. L. Arndt, (') psiquiatra e psi-
canalista holandês, que desenvolveu em seus trabalhos alguns pensa-
mentos de seu professor, o bem conhecido psicanalista vienense
Wilhelm Stekel, que, por sua vez, foi um dos alunos mais criativos
de Freud.
A teoria ACI e a terapia Antiqueixa foram baseadas em obser-
vações do comportamento de inúmeros pacientes neuróticos e nas

( ' ) Arndt (1958, 1962, 1967)

19
análises de sonhos, nos anos de 1940 a 1955. A teoria abrange o
campo das diversas formas conhecidas da neurose e dos complexos
de inferioridade, dos distúrbios sexuais e de diversas formas de delin-
qüência.
Então, esta teoria e terapia constituiriam o ponto final de todo
conhecimento sobre neuroses? Certamente, nenhum dos adeptos
deste movimento, ou método terapêutico, sustentará isto, mas, sim,
dirá que nesta teoria foi descrito e explicado um dinamismo básico
da neurose, que até há pouco tempo, foi tocado apenas superficial-
mente por alguns autores, mas nunca foi reconhecido claramente co-
mo a força propulsora de cada forma de neurose: a autopiedade
compulsiva.
Aonde desenvolvimentos posteriores nos levarão, ninguém pode
prever, mas agora podemos afirmar, com certeza, que este meca-
nismo de autopiedade compulsiva, observado e descrito por Arndt,
é um dos poucos passos para frente que foram dados a respeito
de nossos conhecimentos da neurose, depois de Freud, deixando-nos
ao mesmo tempo com possibilidades maiores de uma cura mais
profunda.
Penso que quem vai estudar na prática, durante algum tempo,
as afirmações dessa teoria, não considerará estas palavras de adver-
tência como mera propaganda sem conteúdo.
O núcleo da teoria ACI consiste de uma série de observações
coerentes que podem ser repetidas por cada um que se proponha
realizá-las. A pessoa que fizer tais observações com muitos neuró-
ticos não poderá mais bani-las de seu pensamento sobre neurose.
Gostaríamos de chamar a atenção para a observação que está
no centro da teoria ACI da neurose, e que integra muitas idéias e
descrições anteriores do comportamento neurótico. Em simples pa-
lavras podemos afirmar: na psique do neurótico permanece funcio-
nando integral e automaticamente a emoção de autopiedade, que
se formou na infância. Esta estrutura emocional e ativa é chama-
da: "a criança queixosa no adulto".

20
CAPÍTULO VIII

AS P A L A V R A S : "NEUROSE" E "NEURÓTICOS"

Embora se encontrem diferenças nas definições teóricas do con-


ceito "neurose", no trabalho prático com clientes existe uma concor-
dância razoável sobre a significação desta palavra.
Na prática estamos acostumados a chamar de "neurótico" mui-
tos aspectos do comportamento humano, na vida das emoções, dos
sentimentos, das ações, que não estão de acordo com a realidade.
Por exemplo: um medo "exagerado" por doenças pode ser natural
aos olhos da pessoa que se aflige e que não o considerará um sen-
timento afastado da realilade. Embora ela ache que este medo tem
sólida justificação, aos olhos de quase todo mundo não existe sufi-
ciente razão para tal sentimento, que estaria em desacordo com a
realidade.
Uma mulher, que em toda sua vida precisava lutar continua-
mente contra um sentimento de rejeição, — apesar do fato ser res-
peitada e estimada pelas pessoas de suas relações, de ter um bom
relacionamento com o marido, e de não possuir outras razões obje-
tivas para se queixar —, julgava que esse sentimento de rejeição era
solidamente baseado na realidade. Ela sempre tinha uma nova justi-
ficativa para "ser rejeitada", ainda que ninguém pudesse concordar
com ela. Aos olhos dos outros, faltava-lhe senso de realidade, quan-
do ela interpretava coisas fúteis e banais como prova de sua idéia de
que fosse uma pessoa rejeitada. , Evidentemente, seus sentimentos e,
por conseqüência, suas reações (comportamentos) em face dos outros
foram contaminados muitas vezes por seu sentimento de rejeição.
Os outros a achavam bem simpática, mas apesar disso um pouco
"estranha". Isto é perfeitamente lógico se considerarmos que eles
não compreendiam que as atitudes defensivas, ou mesmo insultan-
tes, que, às vezes, tomou em relação aos amigos ou conhecidos, eram

21
provenientes de seu sentimento de ser rejeitada. Uma tal mulher
— diz o psicólogo — tem algo de "neurótico".
Um- outro exemplo é o de um homem que briga facilmente com
pessoas com as quais trabalha ou tem contatos. Ele tende a con-
siderar negativas e dirigidas a si, observações feitas por outras pes-
soas sobre seu trabalho ou sua capacidade. Acha-se, então, agre-
dido e revida imediatamente, de uma forma emocional, rígida e bru-
ta. Na maioria das vezes, o julgamento de outras pessoas sobre
ele será: "Um homem bom, bom rapaz, mas irrazoável". Ele pode
viver durante anos alimentando antipatias veementes, que nunca se
- acalmarão. Esta palavra "irrazoável" significa que: "ele não se com-
porta de acordo com os fatos, com a realidade, e o psicólogo cha-
maria tal pessoa (isto é, este aspecto da personalidade dele) de "alie-
nado" ou "neurótico".
Nesses exemplos é ilustrado o conceito de "neurótico" usado
na prática para sentimentos, e para os comportamentos provindos
destes, que não são realísticos. Entendemos, também, que somente
em casos raros encontramos um sentimento "neurótico" com con-
teúdo basicamente positivo. "Neurótico" significa ainda: "tenso"
ou "exageradamente emocional", "problemático", "cheio de dificul-
dades ou problemas", "freqüentemente em conflito", "amedrontado",
"com muitos medos", "preocupado". Em outras palavras: os sen-
timentos e pensamentos que se chamam de neuróticos, e que não
têm concordância com a realidade como é percebida por quase todo
mundo, são também sentimentos e pensamentos negativos.
Como foi dito, o conceito "neurose" (neurótico) satisfaz razoa-
velmente na prática. É evidente que este conceito tem uma sólida
relação com alguma coisa da realidade e não é um termo psicoló-
gico arbitrário. A palavra, ou conceito "neurose" é indispensável.
Não devemos estranhar que na psicologia da personalidade esse con-
ceito tenha um lugar central embora nem todos os autores usem a
mesma palavra. Existe uma terminologia suntuosa que indica na
essência, aproximadamente, a mesma coisa: "neuroticismo"
(Eysenck, 1947, 1952), "angústia" ou "imaturidade emocional"
(Cattell, 1956, 1957), "instabilidade emocional", "fraqueza do eu"
("ego-weckness", termo oriundo da psicanálise), etc. Pesquisas es-
tatísticas esclarecem bem que todos esses "fatores" são diferentes ró-
tulos para um conteúdo que é mais ou menos igual (veja Guilford,
1975). Não esqueçamos também os conceitos populares de "nervo-
sismo" ou "desequilíbrio": mais palavras para dizer a mesma coisa.
B claro que existe uma graduação para a neurose. Muitas
pessoas têm traços fracos de neurose e nestes casos podemos usar

22
a palavra "neuroticismo"; mas, quando os sentimentos neuróticos são
maiores e até dominam a vida emocional, teremos o direito de falar
na neurose propriamente dita. Então, a neurose é a condição na
forma mais grave, enquanto o neuroticismo é a mesma condição nu-
ma intensidade mais baixa.
Os termos nervoso ou nervosismo vêm de um tempo em que se
pensava que eram os nervos que funcionavam mal; então o sistema
de comunicação do corpo, composto do cérebro e das manifesta-
ções dos nervos, foi considerado a causa de muitos problemas psíqui-
cos. O nome neurose significa originalmente, também, doença ou
distúrbios dos neurônios.
Antes da 2. a Guerra Mundial, o psicanalista Wilhelm Stekel
escreveu um livro intitulado "A criação dos pais" no qual relata:
— "Demorou muito tempo até que eu percebesse que as pessoas
"nervosas" são verdadeiramente pessoas infelizes". Stekel queria
dizer, com isto, que ele não julgava mais os "nervos" inocentes co-
mo a causa de nervosismo e sim os sentimentos de infelicidade. Pa-
ra chegar a essa conclusão, realmente, ele gastou muito tempo, e
ainda hoje muitos cientistas estão longe de chegar ao ponto aonde
Stekel chegou outrora, porque ainda hoje existem pesquisadores que
supõem que a base dos sentimentos neuróticos está localizada, no
final de tudo, numa característioa específica do sistema nervoso.
Já descrevemos que sentimentos neuróticos são como Stekel for-
mulou: sentimentos infelizes ou negativos. Pessoas neuróticas, na
verdade, são menos felizes e têm menos gosto pela vida do que tal-
vez pudessem ter, quando se levam em consideração as circunstân-
cias objetivas de suas vidas. Nem todas elas têm de ser totalmente
infelizes, ou infelizes até a morte — embora algumas o sejam até
mesmo durante longos anos — mas.todas trazem a marca do sofri-
mento, e quase nunca podem sentir-se realmente felizes e despreo-
cupadas. (e tudo isso sem terem razões objetivas, isto é, preocupações
ou tristezas reais).
Acima analisamos o conceito "neurótico" que se aplica tãt> fre-
qüentemente na prática, mais ou menos intuitivamente e sem defini-
ção exata. Podemos perguntar: — "Mas então, o que ?_jiãaJtmirá^
tico?" Propomos a seguinte descrição: uma pessoa não neurótica
normalmente é mais ou menos feliz, não tem preocupações dema-
siadas — ou seja, su^spreocupações es tão de acordo com a reali-
dade, têm prazer pela vida e nas atividades do dia-a-dia. Enfim, tem
satisfação numa vida normal. Mais tarde, encontraremos novamen-
te uma pergunta que poderia surgir aqui: "O que é felicidade?"

23
Agora podemos esboçar com mais exatidão a observação prin-
cipal de Arndt em relação a pessoas neuróticas: Os sentimentos e
os pensamentos — e os comportamentos provindos deles — de pes-
soas que chamamos de "neuróticos" (e que geralmente são senti-
mentos e pensamentos negativos e não concordam com as circuns-
tâncias ou causas, ou com a gravidade das causas), pertencem a
uma criança que se sente lastimosa, que tem autopiedade, que "mo-
ra" na psique da pessoa como um hóspede indesejável, um parasita
emocional que absorve uma boa parte da energia psíquica da pes-
soa e lhe causa danos sob diversas formas.

24
CAPÍTULO II

A "CRIANÇA QUEIXOSA" NO A D U L T O

Pode-se definir com facilidade que sentimentos e pensamentos


neuróticos no adulto são essencialmente os de uma criança que se
queixa; porém o difícil é entender bem a amplitude da definição.
Em inúmeros casos pode-se, na realidade, observar facilmente esta
"criança que se queixa". Por exemplo: quando é explicada esta vi-
são de neurose a leigos, é comum que reconheçam elementos da
"criança queixosa" em outras pessoas (embora menos freqüente-
mente a reconheçam em si).
Assim, uma jornalista que escreveu algo relacionado a este as-
sunto num jornal, relatou que teve um colega homossexual (como
explicaremos abaixo, homossexualismo é um tipo de neurose, que
segue as mesmas regras de todas as outras formas de neurose) que,
geralmente, não conseguia iniciar seu trabalho e depois começava
"a choramingar e a queixar-se de suas dificuldades, como uma crian-
ça". Quando alguém observa tal coisa em outra pessoa e relata
isto, na maioria das vezes podemos perceber nas suas palavras, e na
maneira como conta a estória, um certo grau de surpresa (a) e ao
mesmo tempo de divertimento (b). Ambos os sentimentos surgem
num observador atencioso, como reação normal a uma maneira de
se comportar, a qual para ele está fora das proporções reais, isto é,
inadequada às circunstâncias. Inclina-se facilmente a chamar tais
sentimentos e comportamentos neuróticos de "bobos". Esta peque-
na palavra indica que algo não é realístico, não adequado à reali-
dade; e ao mesmo tempo provoca em nós uma reação jocosa. Esta
peculiaridade de os pensamentos e comportamentos neuróticos se-
rem assim inadequados, como um tanto cômicos, será objeto de uma
reflexão mais profunda, na última parte do livro quando abordare-
mos o tema "terapia".

25
Alguém, descrevendo a maneira de agir de um colega, disse:
"Ele age exatamente como um menino resmungão", isto é, sentin-
do-se insultado, ele reclamava, queixando-se precisamente como uma
criança, da idéia de que os outros não o valorizavam suficientemente.
Caracteristicamente o observador, ao fazer esta colocação, expri-
miu-se um pouco ironicamente, meneando a cabeça. Com isto de-
monstrou como achava este comportamento absurdo e inimaginável
num homem, como seu colega, que era famoso por causa de sua pers-
picácia e que sempre se sobressaía no trabalho. Pode ser que este
observador não analisasse explicitamente a "criança queixosa" den-
tro de seu colega, como nós fazemos aqui, mas tudo isto estava
contido na sua percepção espontânea: viu num dado momento den-
tro de seu colega, na sua postura, expressão facial, timbre de voz,
apresentar-se-lhe uma criancinha. Sim, pode-se ver a "criança que
se queixa" com os próprios olhos: são percebidas duas coisas ao
mesmo tempo: o corpo de um adulto, e a expressão dos olhos, da
voz e até a maneira de usar as palavras de uma criança ou de um
adolescente. Quando paramos um momento para refletir, concluí-
mos que quase nunca é uma criança alegre ou um adolescente feliz,
mas sempre uma "criança" que sente pena de si.
Portanto, não devemos estranhar se os outros não puderem acei-
tar com seriedade tal comportamento e que não considerem a pessoa
que demonstra esta "criança" como "cem por cento". Não fazem
isto conscientemente, mas sim, automaticamente: chegam a tratá-la
mais ou menos como criança: acalmando-a um pouco, protegendo-a,
mas não a levando a sério. Como a pessoa neurótica, na realidade
é mais sensível a atitudes dos outros em relação a si do que a nor-
mal, isto lhe causa um sentimento doloroso.
Muitas pessoas, com uma "criança queixosa" dentro de si, apre-
sentam-se mais' ou menos como uma "criança patética", natural-
mente sem saberem nem quererem isto. Já no primeiro contato po-
dem dar a impressão de que não são adultas. A criança dentro de-
las, por sua vez, enxerga os outros como se somente eles fossem adul-
tos e toma uma posição frente a eles, como uma criança real. Para
alguém, que talvez queira entender e tratar a neurose de outras pes-
soas, ou que deva constatar dentro de si a atuação de uma "criança
queixosa", é. preciso antes de iniciar o tratamento (ou autotratamen-
to), perceber claramente a existência desta criança. Temos de che-
gar ao ponto em que possamos afirmar: "Sim, eu vejo esta criança".
Isto é uma coisa bem diferente de um entendimento intelectual ou
de conhecimentos teóricos sobre a "criança do passado", ou de sa-
ber da estrutura da neurose e de seu funcionamento. Para ficarmos
com 'uma perspectiva clara da neurose, temos de aprender a fazer

25
esta observação-chave e, quando pudermos fazê-la, veremos que esta
estrutura (este mecanismo) é muito comum. Encontram-se "crian-
ças queixosas" em todos os setores de atividades da vida humana.
Numa entrevista na televisão, perguntou-se a um bem sucedido
empresário norte-americano de teatro de revista, qual era. o segredo
de seu sucesso. Argumentou o entrevistador: "É bem conhecido
o fato de que muitos dos atores que o senhor contrata e sabe pren-
der aos seus empreendimentos, não são de temperamentos dos mais
fáceis". "Isto é verdade," — respondeu o empresário — "mas ba-
seio minha conduta com os artistas numa só regra prática: quase to-
dos têm de ser tratados como crianças, muitas vezes, criança difí-
ceis; não se deve tratá-los com critérios adultos, porque ao se fazer
isto, não se poderá mais trabalhar com eles". Na realidade, po-
dem-se observar muitas "crianças queixosas" na vida emocional de
artistas de filmes e de teatro.
Outro exemplo claro era o ilustre Picasso, que uma de suas es-
posas, Françoise Gilot (1964), descreveu, em seu relatório do ma-
trimônio com ele, como uma clássica "criancinha queixosa":
"Ao acordar estava sempre sombrio. . . Diariamente a mesma
ladainha era cantada, embora no dia seguinte sempre fosse mais
alta que a anterior. . . Pablo começava inevitavelmente a murmu-
rar, em primeiro lugar, sobre a maneira pela qual seu pequeno al-
moço estava arrumado na bandeja. Inês (a empregada), que cada
dia o colocava de modo diferente para acalmá-lo, fazia-lhe reverên-
cia e iam embora. . .
Pablo examinava, então, a correspondência sem nenhum inte-
resse, até que encontrava uma carta de Olga (sua primeira esposa).
Olga lhe escrevia quase que diariamente injúrias pesadas em espa-
nhol .. . Escrevia em todas as direções, horizontalmente, vertical-
mente, nas margens. . . Às vezes, mandava-lhe uma fotografia de
Rembrandt na qual escrevia:, — "Se voce se parecesse com ele, seria
um grande artista." Pablo lia estas cartas do começo ao fim e
sempre ficava muito impressionado com elas. Propus-lhe deixar es-
tas cartas de lado, sem lê-las, mas ele não podia. Tinha de,saber
o que ela lhe escrevia. Depois começava a gemer e a fazer suas
lamentações, que usualmente se desenrolavam assim:
"— Você deveria saber como sou infeliz. Ninguém pode ser
mais infeliz do que eu. Em primeiro lugar, sinto-me doente".
Certamente sofria, mas de que doença? De uma úlcera do es-
tômago que o afligia desde 1920, mas quando começava a enume-

27
* rar todos os males de que sofria, era somente para ter uma justifi-
,4 cativa para começar a queixar-se.
"— Tenho dor de estômago. Deve ser câncer e ninguém se
preocupa com isto. Certamente nem o Dr. Gutmann se incomoda
* em tratar do meu estômago. Se ele tivesse apenas um pouco de in-
I teresse por mim, estaria presente aqui neste momento, não faltaria
uma dia, mas não. Tenho necessidade de um doutor que tenha
i interesse por mim, mas ele só quer saber de meus quadros. Como
^ posso permanecer são desta maneira? Estou ruindo.. .
. Não é de admirar que me sinta assim tão só. Ninguém me
H* compreende, mas como posso esperar isso? A maioria das pessoas
iit são estúpidas. Com quem posso falar? Não posso falar com nin-
guém e quando a gente está assim, a vida é um fardo pesado! Cla-
ro, sempre posso pintar, mas meu trabalho deteriora-se. Cada dia
é pior do que o anterior e isto se deve, também, a todas essas preo-
cupações familiares que tenho".
"— Eis novamente uma carta de Olga! Não pula um dia se-
quer! Paulo (filho de Picasso) volta a ter problemas e amanhã será
l l( | ainda pior. Virá alguém novamente para fazer com que minha vida
seja mais amarga. Quando penso que será assim um dia após o
outro, de mal a pior, então não é de admirar que eu não tenha mais
coragem: Veja! eu não tenho mais coragem. Encontro-me à bei-
ra da desolação. Pergunto-me então: por que levantar-me? Não,
* >4 eu não vou me levantar. Por que continuar uma existência como
esta? Uma vida como a minha é insuportável.
Então, Françoise dizia:
"— Não, você não está tão doente assim! Naturalmente, às
vezes, você sofre do estômago, mas sem dúvida, não é nada sério
e seu médico gosta muito de você".
"— Pois não!" — dizia Pablo — "ele chega até a dizer que
posso tomar uísque, de tão importante que sou para ele. Ele deve-
1
ria ter vergonha, pois não se preocupa nem um pouco comigo,
diabo!"
"— Não é assim," respondia-lhe, "ele diz isso porque acha
que lhe causa prazer".
'i— Oh! é verdade?" — dizia Pablo — "pois bem, o caso é que
* não bebo uísque, porque somente pioraria as coisas, acho".
n|> Depois continuava a acalmá-lo e a asseverar qife ele realmen-
te nao estava doente. Deveria ter um pouco de paciência, assim
tudo ficaria mais claro. A vida parecer-lhe-ia mais ensolarada. To-

! "> 28
K%
st>
dos os seus amigos gostavam extraordinariamente dele e sua pintura
era uma coisa única, com o que todos concordavam.
Cerca de uma hora depois, quando se exauriam todas as ra-
zões que ele — ou eu mesma — teríamos para sobreviver, Pablo
começava a virar-se em sua cama, numa sensação de reconciliação
com o mundo, e dizia-me:
"— Pois bem, você deve ter razão. Talvez eu não esteja tão
mal como pensei, mas você tem certeza disso? Está absolutamente
certa?
Depois de ter ido tão longe assim, eu deveria parar, tomar fô-
lego, e depois falar:
"—Sim, naturalmente tudo vai melhorar e não poderia ser de
outro modo. Você, pelo menos, pode fazer alguma coisa. Quando
pinta, sabe que está fazendo algo. Estou certa de que hoje fará
algo especial. Esta noite, quando seu trabalho estiver pronto, sen-
tirá que seu humor estará completamente diferente".
Ele sentava-se novamente e ficava esperançoso:
"— É verdade, tem absoluta certeza?
Depois levantava-se e começava as rotinas normais queixando-
se de um amigo após outro, etc.
Não é nosso propósito aqui fazer uma análise da personalidade
de Picasso, mas 'a passagem mostra claramente o funcionamento de
uma "criança queixosa" dentro de um adulto. Obviamente, não
queremos dizer, com isto, que Picasso criasse estas cenas de queixas
infantis intencionalmente. O importante aqui é nos apercebermos
de como uma pessoa pode colocar-se frente a amigos, esposa, na si-
tuação de uma criança lastimosa, que se sente como se cometessem
uma injustiça para com ela e como se fosse incompreendida ou re-
jeitada por todos, ou tivesse de suportar um fardo pesado, e que se
considera uma exceção infeliz em comparação com os outros.
A atuação de uma criancinha é notada também pela obstinação
de seu choramingar e pelo apego a todas as razões possíveis e im-
possíveis (como a leitura desnecessária das cartas de sua ex-esposa)
para continuar queixando-se. São queixas infantis, exageradas e ir-
razoáveis. Com esta "criança queixosa" sua esposa não conseguia
discutir num mesmo nível, porque não é possível argumentar-se com
uma criança que se queixa com teimosia. Assim, notamos que ela
passou espontaneamente a desempenhar o papel de enfermeira que
sossega e encoraja uma criança, mas com relação a ele, ela não pôde
sentir-se ou comportar-se como mulher em relação ao homem, pelo

29
menos, não durante tais ataques emocionais. Deste modo, durante
certas horas Picasso não era mais um homem adulto. Finalmente
notamos o modo como Françoise Gilot relata tudo. Na verdade
parece nos comunicar com um suspiro: — "É quase impossível so-
breviver a este castigo", mas também demonstra uma certa ironia:
"realmente não se consegue levar este menininho a sério, é por de-
mais absurdo". Não obstante, tais "crianças queixosas" são bem
capazes de estragar um matrimônio, como neste caso. Da mesma
maneira o leitor poderá perceber, quase realisticamente, a "criança"
em Picasso deitada na cama, gritando e resmungando obstinada-
mente.
Acontece, às vezes, que algumas pessoas poderão perceber,
dentro de si, a sua própria "criancinha", do mesmo modo visual.
Por exemplo, o autor francês André Gide escreveu em alguma
parte de seu diário: " . . . Nunca sou como um homem adulto,
mas apenas uma criança que deseja divertir-se..." — e o mais
trágico é que esta ironia teve sua razão; porém tais conheci-
mentos sobre si, são sempre parciais, isto é, o perceptor vê uma
parte de sua "criança interna", mas raramente vê a "criança queixo-
sa" inteiramente no seu funcionamento e atuação integral. "Na rea-
lidade, sinto-|me freqüentemente como um menino (menina)". Esta
afirmação também é encontrada em clientes neuróticos em fase ini-
cial do tratamento, quando começam a investigar seus sentimentos
e pensamentos, indagando-se: quais de meus sentimentos são infan-
tis e quais são adultos?
"Penso que não cabe a mim usar as roupas de adulto", obser-
vou um cliente. "Entre meus irmãos sinto-me sempre a criancinha
que não é muito mais que um simplório e que não se leva em consi-
deração" (um outro); e conforme um terceiro: "Aconteceu, mais de
uma vez, de eu pensar ter agido como uma criança em algumas si-
tuações".
Porém nunca aconteceu um cliente dizer, ou um autor escrever,
que percebia dentro de si, isto é, em um certo número de seus pen-
samentos e sentimentos, uma "criança queixosa". Na auto-obser-
yação, o ato de queixar-se como uma criança é sempre omitido, sen-
do que a pessoa sempre conclui que não sofre de autopiedade!
Não é nova e nem original a noção de que neuróticos ficam sob
a influência de emoções infantis. Freud disse que "a criança é o
pai do adulto", mas todavia ele não percebeu isso tão concretamente
como nós o sentimos agora. Ele queria dizer que muitas emoções
e motivações na idade adulta são alimentadas, de um modo ou de
outro, com emoções da infância, mas sua concepção sobre isto era
mais abstrata.

30
Stekel, em seu livro escrito há quarenta anos, "Homo Infantilis",
viu muitas expressões emocionais imaturas e infantilidades no indi-
víduo, assim como nas atuações da vida em sociedade, mas também
não observou, em linhas tão claras, a "criança" como uma segunda
pessoa dentro do homem adulto.
Fato diferente acontece com o psiquiatra infantil norte-(america-
no W. H. Missildine. Em seu livro "Your inner child of the pafst"
(Missildine, 1963; "Sua criança interna do passado") descreve sua
descoberta da presença literal de uma "criança do passado" na men-
te de pessoas atormentadas por emoções negativas ou incontroláveis.
Indica que esta "criança interna do passado" é uma estrutura rígida
que não se modifica e que emite continuamente os mesmos senti-
mentos e pensamentos dolorosos dos anos da infância, sem serem
corrigidos pela realidade (que, obviamente, se tornou diferente para
o adulto daquela de seus anos da infância), mostrando que o adulto,
que traz uma tal "criança" dentro de si, é tiranizado por ela, e está
impedido de seguir a própria vida como bem lhe interessar.
O "caso Anette" de Missildine é uma ilustração clara (Capí-
tulo V ) :
"Durante vários meses estive escutando um monólogo amargo
e sempre idêntico que uma mulher me lançava na face a cada ses-
são: — "Você me odeia, não?" — ela gritava — "— Você gostaria
que eu morresse. Eu não tenho valor algum para você. Não si-
mule, até mesmo não me conhece! Você deve estar pensando: co-
mo é feia! Eu não lhe peço para mentir. . . você está sentado, de-
sejando o fim desta sessão. Por que não vai embora? Não tem
algo melhor a fazer? Que mártir. . . Você não tem afeição a nin-
guém. É um comediante e eu não gosto de comediantes. . . Meu
Deus, eu não sei porque digo tais coisas..."
Missildine começa indicando que Anette não podia absoluta-
mente saber se ele era ou não um impostor, pois ela não o conhecia
de fato. —• "Além disso, se eu fosse tão aborrecido e irritante, por
que continuava a me procurar? É um comportamento irracional".
Mas a própria Anette admite isso, às vezes; prova disto é sua
exclamação: — "Por que tenho de dizer tais coisas?".
Missildine explica depois que Anette ouviu o seguinte de sua
mãe em sua infância: — "Você é estúpida e feia! Nunca será uma
menina bonita e nem vale a pena olhá-la. É terrível que se tenha
uma filha assim!"
A manga, ao ouvir constantemente tais palavras vindas de sua
mãe, vai acreditar realmente que é estúpida, que não vale nada e
que^___uma_.criaf).ça iná, Anette lembrava-se de como se sentia feia e

31
sem nenhum valor. . . — "Percebia como ela olhava meus braços
gordos e meu estômago. E se eu pudesse me esconderia, mas não
sabia em que lugar. Sentia um nó na garganta quando ela dava á
meu irmão mais velho todo carinho, cuidava para que ele comesse
bem e lhe dispensava todas as atenções. Quando fez a mesma coisa
com meu irmão mais jovem, e cuidou também de meu pai, embora
mais por dever e de uma maneira mais formal, mal pude impedir as
lágrimas. ..
— "Em outra ocasião, quando eu executava muito desajeita-
damente meus afazeres, murmurou suas palavras prediletas contra
mim: — 'feia, grossa, porca,' e então o nó em minha garganta au-
mentou e minha mãe gritou grosseiramente com ódio incotido na
voz e no rosto: — "Chora de novo!"
Em linhas gerais podemos entender o que deve ter acontecido
na sua mente: esses sentimentos de autopiedade, que eram na menina
de outrora perfeitamente naturais e adequados, vistos as circunstân-
cias, sobreviveram na Anette adulta posteriormente com a mesma
intensidade de outrora.
Frente a Missildine está a mulher adulta Anette, isto é, aquela
que necessita de ajuda e continua a procurá-lo. Ê a mesma perso-
nalidade que exclama desesperadamente que não entende nada de
si. Porém, na maior parte do tempo, está em si a "criança patética"
de outrora, que se queixa com a mesma violência afetiva e dos mes-
mos assuntos, com os quais, na infância, se sentia tão profundamente
triste — "acham-me feia, imprestável e sem valor. Ninguém me
ama. .. pobre de mim!" De uma maneira muito estranha esta
"criança queixosa" permanecia íntegra na sua mente e mais que isso:
funcionando do mesmo modo, porque não aprendeu nada a respeito
durante todos estes anos, queixando-se agora como se estivesse numa
situação idêntica como outrora em sua casa. Agora enxerga no
terapeuta o rejeitador sem amor, como antes enxergava na mãe.
Agora lança acusações veementes sobre ele do mesmo modo infan-
til, irracional e irrazoável como na infância sua mãe deve tê-la inju-
riado (talvez mais em seus pensamentos que na realidade).
Missildine percebeu esta "criança do passado", porém não notou
que era essencialmente uma "criança queixosa", embora o mecanis-
mo de queixar-se apareça com clareza meridiana em suas ilustrações.
Aíirmh que a "criança do passado" se origina por uma ou outra *or-
ma de traumatização psíquica nos anos de infância e quequem +eve
a sorte de ter tido uma juventude despreocupada e feliz não traria
dentro de si, posteriormente, este espírito perturbador. Suas obser-
vações referentes às diferentes expressões desta "criança interna", são,
de resto, originais e exatas. Não sei qual foi a influência de seu li-

32
vro, mas provavelmente muitos leitores entenderam muita coisa disto,
talvez sem poder calcular o teor real desta observação, a da "criança
do passado no adulto". Na essência, é uma observação revolucio-
nária que abriu novos caminhos para a psicoterapia. T. A. Harris,
cujo livro best-seller, "Estou OK. Você está OK" (1973), popula-
rizou a idéia da "criança no adulto", estranhamente não menciona o
trabalho pioneiro de seu compatriota Missildine.
Na realidade, Harris descreveu a mesma observação, mas com-
plicou as coisas por introduzir um "pài" junto com esta "criança"
e junto ao "adulto". Veremos que este "pai" não deve ser consi-
derado como uma entidade psíquica isolada, mas que é uma subparte
da "criança queixosa". Dá muitos exemplos das atuações da "crian-
ça interna" em adultos e ensina a distinguir muitas destas expres-
sões infantis. Por isso, seu livro pode servir como uma boa intro-
dução para o entendimento do conceito da "criança que se queixa".
Por melhores e instrutivos que possam ser as observações de Harris
sobre a "criança interna", são incompletas. Embora demonstre, em
alguns pontos que esta criança pode desempenhar o papel de "nin-
guém sabe as tristezas que tenho experimentado", isto é, uma pessoa
que se sente sofrendo tragicamente, não percebeu completamente
que esta "criança" é sempre uma "criança queixosa" e que tende a
continuar queixando-se.
Os livros de Missildine e Harris são contribuições substanciais
porque fizeram evoluir o conceito "infantil": antes deles, os psicó-
logos pensavam em termos de "comportamentos infantis" ou "senti-
mentos infantis" como se fossem traços isolados na personalidade,
mas, pelo trabalho de Missildine e Harris, estamos preparados para
ver estes traços infantis como elementos interligados, formando um
conjunto que se chama a "criança interna". Estes autores demons-
traram que temos de conceber esta "criança" como uma personalida-
de própria, um segundo eu.
Foi Arndt que penetrou mais profundamente nesta segunda per-
sonalidade e descobriu que na realidade é uma criança cheia de auto-
piedade: Inicialmente percebeu isto somente em alguns neuróticos,
o que foi descrito em seu primeiro livro sobre este assunto intitulado
"Autodramatização" (Arndt, 1950), mas gradualmente percebeu a
"criança queixosa" em outras variantes da neurose, até afirmar, fi-
nalmente, que todos os neuróticos têm como traço essencial de sua
neurose uma "criança que se queixa monotonamente". Feitas estas
considerações, devemos agora passar ao estudo do comportamento,
freqüentemente mencionado, de se queixar, ou seja, do sentimento
de autopiedade.

33
CAPÍTULO V I I I

A EMOÇÃO DE AUTOPIEDADE

Queixar-se é a expressão exterior e visível dos sentimentos de


tristeza e autopiedade. A psicologia está se acostumando a estudar
as emoções de medo, de agressão e de sexualidade. A maioria dos
teóricos da neurose indica uma destas emoções como agente causa-
dor. Entretanto, os sentimentos de tristeza e autopiedade foram
tratados de modo superficial, embora sejam encontrados inúmeras
vezes no ser humano.
Um sumário de pesquisas sobre tristeza (Averill, 1968) demons-
tra que os psicólogos não têm muitas coisas reveladoras a relatar
sobre o assunto.
Uma grande parte dos estudiosos da neurose está impressio-
nada com o sintoma de medo nas neuroses e considera esta emoção
como o elemento patogênico. Não há dúvida de que há muitos
neuróticos demasiadamente temerosos, ou neuróticos que se sentem
inseguros na frente de outras' pessoas, ou em circunstâncias deter-
minadas. Nota-se, porém, uma tendência um tanto em voga, para
transplantar modelos de pensamento e concepções provindos da psi-
cologia animal na psicologia humana, não obstante tal passo possa
ser muito imrpudente. De fato, pesquisadores do comportamento
animal têm construído hipóteses atraentes, apoiando-as com argu-
mentos experimentais. £ compreensível, mas não justo, que se ten-
tem transmitir essas concepções e dados ao campo da psicologia hu-
mana, para explicar, entre outras coisas, a neurose humana. É
uma aproximação que apela para nosso desejo de clareza científica:
podem-ise esperimentar e controlar suas hipóteses.
Porém, não se encontram muitas e claras manifestações das
emoções de tristeza e autopiedade em animais, e esta é a razão por

34
que os teóricos "comportamentalistas" não falam de tristezas, mas
restringem sua atenção ao sentimento de medo ou ansiedade, que
se destaca em animais e sobre o qual já foram feitos tantos experi-
mentos.
Testemunhamos, agora, que as tentativas de explicar a neurose
humana com acepções concernentes à aprendizagem de comporta-
mentos de medo, que são emprestadas da psicologia animal, se en-
contram num impasse. Este ponto é ilustrado com o artigo recente
do infatigável e crítico H. J. Eysenck (1976). Nesse artigo, EyseÀck
indica que aquilo que foi chamado "paradoxo neurótico" — o que
significa que neuróticos continuam a manter comportamentos e pen-
samentos, embora estes sejam nocivos a eles — não pode ser expli-
cado com os conhecimentos que temos sobre processos de aprendi-
zagem com animais (ou com homens). Animais não persistem em
comportamentos que são auto-nocivos e quanto mais estes compor-
tamentos forem autonocivos, mais rapidamente eles os esquecerão.
Animais aprendem e persistem, sim, em comportamentos que são
"reforçados", isto é, que têm uma finalidade para eles. Eysenck
cita a famosa "lei de efeito" de Thorndike que afirma que o animal
aprende hábitos somente quando têm uma utilidade para eles, isto
é, um efeito positivo relativo a autopreservação.
Num neurótico, porém, observa-se uma situação contrária: ele
repete tenazmente sentimentos e comportamentos "inúteis" para ele
ou sem "efeito" positivo, mas punitivos. Embora Eysenck não dei-
xe totalmente a idéia de que o medo seja a causa das neuroses, ele
admite que teria de construir hipóteses perfeitamente especulativas
para explicar como esta emoção poderia ser a força dinâmica da
neurose.
A desvantagem das teorias da neurose humana, que se orientam
em princípios da psicologia da aprendizagem, desenvolvidas para ex-
plicar setores específicos do comportamento animal (e certamente
não para explicar todos os comportamentos animais) é que elas ne-
gligenciam muitas observações jk>bl£ neurose, qne nãn_cahem_dentrn
de__seus.. princípios^. Os comportamentalistas queriam construir teo-
rias solidamente científicas, sem dúvida, como reação às teorias an-
teriores da psicanálise clássica que eram confusas e pouco verificá-
veis. O leitor tem somente que pensar no conceito freudiano do
"Complexo de Édipo": quem, de bom senso, poderia realmente acre-
ditar que numa pessoa neurótica, exista uma tendência inconsciente
de desejar um contato sexual com o pai do sexo aposto?
Todavia, tem-se de distinguir entre os conceitos psicanalíticos
teóricos e especulativos por um lado, e as muitas observações profun-

35
das e justas que muitos deles fizeram, por outro lado. Agora, vendo
o fracasso teórico das teorias comportamentalistas para explicar a
neurose, chegou a hora de voltarmos a este terreno sólido de obser-
vações: não com animais, mas com neuróticos humanos, e de cons-
truirmos uma teoria baseada neste último tipo de observação.
Certamente, uma destas observações feita com neuróticos hu-
manos pode integrar e sintetizar muitas outras observações anterio-
res numa concepção clara e simples: a observação central da auto-
piedade infantil. Embora penetremos mais ou menos numa terra
incógnita, vamos procurar neste sentimento de autopiedade o ele-
mento sintetizador da neurose. A autopiedade e suas expressões de
"queixar-se", como: sofrer, gemer, chorar, etc., é estimulada de um
modo instintivo quando a pessoa sofre de experiências que a afligem
desagradavelmente. Em geral, podemos assegurar que queixar-se é
uma reação a sentimentos negativos. Claro que sentimentos negati-
vos podem ser diversos: uma expectativa ou esperança que não se rea-
liza pode levar a um sentimento negativo muito forte. Alguma coi-
sa, que é desejada com veemência, mas que não é alcançada, pode
gerar a seguinte cadeia de reações: um sentimento de desprazer (de-
silusão) (a) e em seguida uma expressão de autopiedade (b): "—
É pena que isto aconteça comigo! Ah! se eu tivesse abordado isto
de um outro modo". A perda de algo que tinha um grande valor
afetivo provoca, também, um sentimento de desprazer, que se se-
gue automaticamente a uma reação instintiva de autopiedade: "—
Que pena que este bonito vaso quebrou!" E é muito mais forte
quando a perda concerne a uma pessoa com que se teve uma liga-
ção intensa: uma corrente impetuosa de lamentações e suspiros, acom-
panhados de muitas lágrimas, surge na pessoa que sobrevive. Em
parte, sem dúvida, por piedade para com o falecido, mas parcial-
mente também com relação à perda pessoal. \
Com crianças, que são muito mais emotivas do que adultos,
isto é, nas quais as emoções já são despertadas em reação a circuns-
tâncias sem importância (pelo menos aos olhos dos adultos!), é ob-
servada esta reação de queixar-se regularmente. Afinal, ó dia-a-dia
não é cheio de pequenas tristezas, infortúnios, ilusões, desilusões e
experiências desagradáveis? Crianças reagem a estas experiências
com o instinto de autopiedade, pelo choro intenso, pelas lamenta-
ções ^Itas ou pelas queixas intensamente patéticas.
É certo que sentimentos de desprazer muitas vezes não são
de natureza psíquica. Encontramos muitas expressões de autopie-
dade em casos de sofrimentos físicos: cansaço (crianças facilmente
começam a chorar quando cansadas) ou dor. O adulto também

36
sabe que doenças físicas e dores são estimulas naturais que desper-
tam o instinto de autopiedade. Qualquer um que não se sinta bem
fisicamente, ou esteja doente, tem, mais que normalmente, a tendên-
cia para ficar com um pouco de autopiedade.
É bem conhecida a reação de um homem quando está com
pena de si: chora, a voz fica queixosa, a respiração rítmica, a pos-
tura deprimida, as atividades são suspensas e sua atenção fica limi-
tada, por causa da autopiedade.
Eis aí um esboço mais ou menos grosseiro do que se pode ob-
servar fisicamente numa pessoa que se queixa. Mas, existe mais
que este exterior específico da pessoa que se queixa. Muito mais
interessante é o que desenvolve interiormente, na psique. O que é
autopiedade? Essencialmente é uma ação de autoconforto: uma ação
de dar a si um tipo de calor exatamente da mesma maneira que se
pode dar calor e conforto a outras pessoas que sofrem. No último
caso, nós falamos em piedade: uma reação de simpatia (da palavra
grega "syn-pathein" — sofrer juntos). Sabe-se que a piedade tem
efeito de ajuda. A pessoa que recebe piedade pode sentir-se alivia-
da depois. Algumas palavras de simpatia e de calor, depois de um
acontecimento triste, têm muito mais valor do que um caso de tran-
qüilizantes da farmácia!
No caso da autopiedade, passa-se o mesmo. Apenas o objetivo
da piedade é diferente: na piedade o doador é uma pessoa diferente
do receptor, mas no caso da autopiedade, o doador e o receptor são
a mesma pessoa. Por isso, a autopiedade ajuda também e tem efeito
tão salutar quanto a piedade. A pessoa que chora, que se queixa
e se perde em sentimentos patéticos, vai experimentar uma sensação
de alívio. Com crianças, este curso da autopiedade é muito fre-
qüente. Uma criança sofre por algo: uma perda, uma crítica, um
castigo; chora e se perde em autoqueixas, mas depois de algum tem-
po ficará alegre novamente.
A autopiedade é portanto, um mecanismo de defesa e dos mais
importantes. A pessoa, queixando-se, invoca várias vezes a causa de
sua autopiedade na consciência, sentindo-se como uma vítima e en-
contrando um calor reconfortante nas lágrimas e queixas da auto-
piedade. . . até que esta emoção tenha cumprido a tarefa de "dige-
rir" o trauma psíquico: num suspiro final, a criança despede-se da
tristeza e seu humor se aclara novamente.
Constatamos que a autopiedade tem uma função salutar e com
isto provavelmente indicamos a finalidade principal desta, reação.
Geralmente podemos presumir que todos os órgãos, mas também as

37
funções do corpo e da psique, têm uma finalidade, um sentido útil.
Em outras palavras: todas as emoções humanas são reações que
contribuem para a defesa da vida ou para melhorá-la. Por exemplo,
não é difícil descobrir a finalidade da emoção de raiva, porque ela
aumenta a força e a energia, conseguindo assim vencer facilmente.
A raiva normal mobiliza o pensamento e ajuda a atingir alvos im-
portantes; assim, podemos falar num saudável "gosto para luta" nu-
ma "combatividade esportiva", etc. É claro que existem outras for-
mas de agressão que não são adequadas, mas basicamente a raiva é
uma boa emoção.
Já com o medo, sua primordial função é de advertência ao
perigo. O medo, ou ansiedade, mobiliza o indivíduo, dá energia es-
pecial para evitar ou prever perigos que possam ameaçá-lo, e por
isso mesmo, é uma emoção saudável. Por outro lado, existe uma
forma de medo onde não é possível achar um sentido, onde fala-
mos de medo "irracional", ou "neurótico", ou de "fobias".
A finalidade da autopiedade, com suas lágrimas, queixas e ex-
clamações: — "pobre de mim!", etc., é que, através, a psique possa
ficar novamente em equilíbrio.
Há muitos exemplos para provar esta função salutar da auto-
piedade. Depois de experiências causando tensões intensas, quer
se chorar uma ou duas vezes para aliviar, "ab-reagir" estas ten-
sões.
Uma mulher relatou como, confinada durante a 2. a Guerra
Mundial, num campo de concentração japonês, se reunia regular
e secretamente com outras mulheres atrás de um barracão. Lá, elas
abraçaram-se durante alguns minutos, não falavam, mas choravam.
— "Depois nos sentíamos com novas forças poT algum tempo".
Recentemente, um jovem técnico holandês relatou na televisão
a história de sua prisão feita por rebeldes no deserto do Saara. Ele
desejava intensamente ser libertado. De vez em quando os chefes
dos revolucionários diziam que certamente no fim do mês em curso
ele seria libertado, mas sempre era uma grande desilusão quando
verificava que as promessas eram vãs. Sofria por falta de alimen-
tação e pelas tempestades de areia. Na passagem do ano sentiu-se
abandonado e ficou extremamente triste. Não tinha mais esperan-
ças. — "Então chorei um choro intenso, e depois senti que estava
mais fortalecido. Fiquei com novas esperanças e pude suportar
tudo".
Estes exemplos não são excepcionais, mas raramente os psicó-
logos dão atenção a este fenômeno interessante da função salutar
da autopiedade.

38
Realmente não sabemos muito sobre o funcionamento fisioló-
gico, ou neurofisiológico, da autopiedade. Mas é claro que, se a
natureza nos legou esta reação, não foi em vão.
É óbvio que os psicólogos Dollard e Miller (1961) não tive-
ram razão pretendendo que agressão .. . "é a reação primeira à frus-
tração ou infortúnio". Se tivessem observado inúmeros exemplos
da vida diária, certamente poderiam notar muitos casos de raiva
acompanhando reações subseqüentes a uma frustração mas, se e^ta
tivesse sido intensa, teriam, sem dúvida, notado em primeiro lugar a
autopiedade. À autopiedade, pode-se acrescentar raiva, mas ela se-
rá apenas um componente seoundário.
Notamos que a autopiedade, que pode surgir na infância du-
rante um longo período e que vai eventualmente levar à neurose, é
a principal reação a "situações frustrantes", mas agora temos de es-
clarecer a natureza destas frustrações da infância.
Lembremos primeiramente uma característica da psique infan-
til, isto é, o egocentrismo. Toda criança se considera, por natureza,
da maior importância. Aos próprios olhos, sua vida e emoções pa-
recem as coisas mais importantes do mundo, que é estruturado em
torno de seu próprio "eu". Por isto, é que a sua vida é muito mais
importante que a dos outros. Uma conseqüência do egocentrismo
infantil é que a criança se compara continuamente com as outras.
Quando uma criança ganha um presente, a outra logo indaga: —
"E eu, não vou receber também?"
Freqüentemente crianças se comparam entre si, quanto à aten-
ção que recebem: \
— "Sou mais estimada, ou menos, que meus irmãos?" Facil-
mente também a criança se sente comparada com outros quando é
criticada por qualquer coisa. Quando os pais criticam, logo pensa
ter menos valor que os outros; senão por que os pais a criticariam?
Qualquer adulto, com alguma experiência com crianças, pode
saber que elas facilmente sentem que são injustiçadas e se queixam:
—. "Meu irmão pode fazer isto e eu nunca posso!", ou — "eu sem-
pre sou castigado, sou sempre o culpado". Assim, como conseqüên-
cia desta tendência de comparar-se com os outros, a criança pode
sentir-se em posição inferior. Quando a criança experimenta um
período, prolongado no qual se sente repetidamente inferior, desen-
volve um auto-imagem negativa.
Salientamos que, geralmente, a autopiedade encontrada na in-
fância de muitos neuróticos é uma reação a esta auto-imagem negativa
de ser menos amada ou estimada, isto é, de ser inferior em relação

39
aos outros. Obviamente, esta auto-imagem de inferioridade é algo
relativo, dependendo somente das comparações da criança com ou-
tras. Entende-se também que esta comparação é feita em primeiro
lugar com os irmãos e em seguida com amigos, com outras crian-
ças do. bairro, da rua", da escola e, finalmente, ela imagina como as
outras crianças são tratadas em seus lares e compara esta imagina-
ção com sua própria vida.
O fator essencial é esta comparação subjetiva. Assim podemos
entender que quando uma criança vive um período da vida muito difí-
cil, ou uma grande tristeza, não é obrigatório que ela desenvolva
uma auto-imagem negativa que leve aos intensos sentimentos de auto-
piedade, porque poderá pensar que este fardo pesado é normal.
Por exemplo: quando todas as crianças de uma região são castiga-
das fisicamente de um modo severo, é impossível que um menino
desta região desenvolva uma auto-imagem negativa que leve a auto-
piedade, porque pensa que tal tratamento é normal, isto é, que todos
os outros o recebem também. Outro exemplo: uma criança cega de
nascença provavelmente não desenvolverá a auto-imagem de ser
"pobre cego" (auto-imagem acompanhada de autopiedade intensa)
tão facilmente como uma criança nascida com uma boa vista, mas
que se tornou cega com 12 anos.
Notamos aqui que para uma criança é o mesmo sentir-se infe-
rior ou pouco amada. Por exemplo: sentir-se feia implica que a
criança se sente inferior a respeito das outras, mas também menos
estimada ou amada.
Há dois lados nesta experiência: "sou só. . ." e: "eles não me
amam, não gostam de mim como gostam dos outros". Isto pode
ser formulado também de modo positivo: quando uma criança se
sente estimada e amada, implicitamente se sente valorizada, o que é
o oposto de sentir-se inferiorizada.
"Eu sou feia (gorda, estúpida, não faço nada bem, fraca, doen-
te, esquisita, e t c . ) . . . " — esta autovisão negativa, ou seja, este
sentimento de inferioridade implica que tal criança se sente afastada
das outras. Ser inferior é o sentimento atroz de não pertencer aos
outros. A criança, ao pensar que os outros têm valor maiór que
ela, cria o sentimento de estar abaixo dos outros. Ou simplesmente:
de seri sozinho. • Há uma grande diferença entre estar só e sentir-se
sozinho! Está implícita no sentimento de inferioridade também uma
certa vergonha com respeito aos outros. A criança sente-se humi-
lhada e tem vergonha de si, pensa que é indigna.
Esta situação pode durar e a autopiedade, que é a reação ine-
vitável, será intensa e repetitiva. No início, a autopiedade terá seu

40
conhecido efeito salutar e ajudará a superar a experiências trauma-
tizantes, mas, quando a criança tiver sempre novas razões para pen-
sar que não é amada, ou que é inferior, necessitará de uma grande
quantidade desta emoção para curar a ferida. Nesta fase do pro-
cesso irá acontecer algo que impedirá o decorrer normal do processo
de recuperação por autopiedade.
Quando pensamos no fenômeno já constatado de que no neuró-
tico adulto existe a autopiedade da "criança do passado" sem nenhu-
ma modificação, é claro que aconteceu algo de anormal. Se não
fosse assim, como poderíamos entender esta persistência incrível da
autopiedade? como poderíamos explicar isto, quando a autopiedade
em si teria a função de trazer a psique novamente ao equilíbrio?
Há uma expressão que diz: — "O tempo cura todas as feridas".
Se o " t e m p o " tem esta propriedade curativa (naturalmente com
"tempo" nos referimos aos processos psíquicos que decorrem no
curso do tempo até a cura) por que observamos que em inúmeros
adultos a autopiedade permanece ativa durante toda a vida? Ou
teremos de admitir que o tempo não cura todas as feridas? Então,
por que existe a neurose? Por que não há somente períodos de
tristeza na infância e depois novamente uma pessoa equilibrada e
feliz? Há pessoas que experimentaram períodos muito tristes na
vida, com o falecimento de entes amados, ou até mesmo conseqüên-
cias de uma guerra terrível, mas que não ficaram neuróticas.
Repetimos aqui uma pergunta essencial: Por que o neurótico
tem de sofrer sempre, com os mesmos sentimentos infantis de auto-
piedade, embora sua situação de vida tenha mudado drasticamente
em comparação com a situação da infância?
Lembremo-nos da descrição feita por Missildine da mulher neu-
rótica: — "Durante vários meses estive escutando um monólogo
amargo e sempre idêntico que uma mulher atormentada me lançava
à face a cada sessão. . ."
Não se pode ficar tanto tempo tão zangado com alguém, ou
mesmo depois de algum tempo: as reclamações e culpas deveriam
ir diminuindo. Mas aqui constatamos que a mulher, depois de vá-
rios anos, sente as mesmas queixas emocionais que sentia quando
criança a respeito de uma pessoa. Temos de responder a estas per-
guntas: Por que esta autopiedade da infância é: (a) tão obsessiva:
(b) tão imutável?
Muitos estudiosos de psicologia, que se defrontam com estas
perguntas relacionadas entre si, pensarão aqui ter uma explicação
pronta: A autopiedade na infância, dirão êles, é algo que se "apren-
deu" e que, por isto, se tornou um hábito. Mas esta é uma res-
posta rápida demais. Quem pode entender tal tipo de hábito? Co-
mo reconciliar tal processo de aprendizagem com a verdade que des-
crevemos de que o "tempo cura todas as feridas?".
Dedicaremos um capítulo especial para este problema.

42
CAPÍTULO VIII

U M PROCESSO D E F I X A Ç Ã O F O R A D O COMUM:
COMO É FIXADA "A CRIANÇA QUEIXOSA"?

A neurose, cujo mecanismo básico é a autopiedade compulsiva


infantil, não é inata, pois é "adquirida". Mas como?
Encontramo-nos num período em que se diz facilmente que to-
dos os hábitos que são adquiridos podem ser explicados pelos prin-
cípios de "condicionamento" e, portanto, faz-se necessária a análise
sistemática das possibilidades de explicação para nosso fenômeno,
conforme estas teorias de tão larga divulgação.
Antes de mais nada, temos de lembrar que existem diversos ti-
pos de aprendizagem, embora alguns autores pareçam identificar to-
dos os processos de aprendizagem com os de condicionamento. Po-
dem-se distinguir, no mínimo, as seguintes maneiras de se aprender
um hábito:
a) Aprender por associação. Acontecimentos na consciên-
cia, que tiveram lugar aproximadamente ao mesmo tempo, têm uma
tendência para estarem ligados entre si na memória e são chamados
de "associações". Por exemplo: quando se assiste pela primeira
vez a uma peça musical, percebem-se partes subseqüentes distintas;
porém, uma pessoa que ouviu a peça diversas vezes anteriormente,
e vai assistir a ela novamente, percebê-la-á de modo diferente. Es-
tará ouvindo objetivamente, por exemplo, a primeira parte da peça,
mas ao mesmo tempo estará "lembrando-se" das partes subseqüen-
tes; embora somente a primeira parte esteja sendo executada, já as
partes subseqüentes estão presentes na sua consciência. A estimu-
lação da memória da primeira parte automaticamente estimula tam-
bém a segunda e terceira partes. Assim, parecem existir ligações
entre a memória da primeira, segunda e terceira partes.

43
Alguns princípios regem a formação destas associações: o prin-
cípio da repetição — quanto mais apresentações dos elementos con-
juntos, mais fortes serão as associações; da intensidade — quanto
mais intensa a impressão dos conteúdos na consciência, mais fortes
serão as associações, por exemplo: no caso de conteúdos acompanha-
dos por intensas emoções.
Obviamente a aprendizagem por meio de associações é muito
comum na vida humana. Quando se percebe uma casa, cidade, me-
lodia, ou um rosto, automaticamente as associações ligadas a tal
percepção surgem na consciência. Ê por isto que podemos reconhe-
cer pessoas, lugares, etc.; e é ainda pelas associações que podemos
imaginar situações, ou reviver o nosso passado, pulando de um a
outro conteúdo que é associado ao anterior na nossa memória.
Como explica Konorski (1967), aprender por reflexos condicio-
nados é apenas uma subforma da aprendizagem por associações. Ê
possível explicarmos uma série de comportamentos e reações apren-
didos pelo mecanismos dõ reflexo condicionado, ou reflexo clássico,
conforme Pavlov. Por exemplo, uma gravura de comidas (estímu-
lo condicionado) que elicia reações como salivar, quando tivermos
fome, ou vestidos femininos (estímulo condicionado) que eliciam
sentimentos eróticos. Nesses casos, formaram-se associações entre
o estímulo original (a comida real, a mulher) e o chamado condi-
cionado (a gravura, os vestidos), sendo que a percepção do estímulo
condicionado causa a estímulação da estrutura cerebral onde é loca-
lizada a percepção do estímulo original. Por conseqüência, esta
estrutura, tendo uma ligação inata com certos centros emocionais e
motores, impulsioná-los-á automaticamente, gerando a reação com-
portamental. Em muitíssimos casos, porém, não é altamente acei-
tável uma explicação de comportamentos aprendidos por esse para-
digma de Pavlov. Na minha opinião, nem tampouco a explicação
oferecida com o conceito do condicionamento operante, conforme
Skinner, dá suficiente satisfação, porque também esta forma de apren-
der por associações deixa inexplicados muitos aspectos observados
em comportamentos aprendidos. Além disso, existem dificuldades
teóricas em relação à noção de "reforçamento" (o animal ou o ho-
mem, conforme a teoria do condicionamento operante, tende a re-
petir uma reação se esta teve um efeito positivo para eles, anterior-
mente)! observa-se a tendência de presumir a existência de um "re-
forçamento" anterior, quando um animal repete uma ação — isto
é, a tendência de teóricos dessa linha raciocinarem circularmente. Já
partem da presunção da validez de seu paradigma, generalizando-o
para quase tudo o que foi aprendido, assim que um conceito, que
é válido em si para um setor de comportamentos aprendidos, rece-

44
be o caráter de uma doutrina. Seja isto como for, veremos que nem
o tipo de aprender por associações, descrito por Pavlov, nem o de
Skinner podem explicar a fixação da autopiedade compulsiva' in-
fantil.
b) Podem desenvolver-se hábitos por processos de associa-
ções, mas também por meio de entendimento ou "insight". Geral-
mente, o que foi aprendido por entendimento fica mais enraizado na
memória do que o que foi aprendido somente por repetição sem
compreensão.
c) Aprender-se por habituação, para alguns autores, deve ser
concedido como um processo de aprendizagem diferente do de con-
dicionamento. O organismo não reage mais a situações ou estímu-
los que originariamente provocaram uma reação. A pergunta inte-
ressante com respeito à autopiedade compulsiva, que deve ser res-
pondida, será: por que a pessoa neurótica não se habitua a certas si-
tuações que originariamente eliciaram sua autopiedade? E, além
disso: por que, pelo contrário, ela continua procurando^é'essas si-
tuações?
d) Existem processos de aprendizagem de costumes menos
benéficos: ser viciado (maconha, morfina, álcool, etc.). Certas subs-
tâncias químicas parecem ter influências muito profundas nos neu-
rônios, ou outras influências fisiológicas que causam a tendência
quase incoercível de se procurar novamente a droga nefasta.
e) Há o processo de aprendizagem por estampagem ("Prá-
gung", "impriting"). Foi Lorenz que descobriu que, quando pati-
nhos recém-nascidos (numa fase específica) percebem um homem
perto deles afastando-se devagar, demonstram a reação de segui-lo,
como se fosse sua mãe, e não somente nesse instante, mas posterior-
mente durante longo tempo. Parece que a associação entre esta
reação de seguir e o primeiro estímulo móvel que percebem na fase
crítica, é rapidamente estampada no cérebro dos patos, que o fixam,
em circunstâncias normais, à figura de sua mãe. Os etólogos des-
cobriram mais exemplos de estampagem durante a idade tenra do
animal (v. g., cantar uma melodia em aves canoras) e é possível
que também algumas reações aprendidas deste tipo existam no ho-
mem, embora isto seja, até agora, especulativo.
Excetuando somente a penúltima maneira de aprender um há-
bito, todas as outras são regidas por um princípio básico: aprender
é tirar proveito das experiências. Ê isto que Thorndike exprimiu na
sua "lei de efeito", ou Skinner com seu conceito de "reforçamento".

45
O fato é que os processos de aprendizagem seguem as mesmas
leis que regem o comportamento em geral, ou nas palavras do etó-
logo Ruwet (1972): — "Os próprios mecanismos do organismos,
que são também adaptados, asseguram a adaptabilidade do compor-
tamento manifesto". Que um animal, reagindo a um estímulo con-
dicionado, aprende a evitar uma situação específica tem um sentido,
porque este estímulo para ele pode realmente anunciar uma situação
de perigo. Quando uma criança aprende a tocar piano, a repetição
dos movimentos dps dedos, criando associações complexas, tem por
objetivo gastar menos energia e de adaptar-se melhor ao instru-
mento.
Seria útil sumarizarmos as principais razões pelas quais é im-
possível explicar a permanência da autopiedade infantil compulsiva
através dos conhecimentos de processos de aprendizagem enumera-
dos acima e, especificamente porque temos de refutar uma expli-
cação desta permanência neurótica pelos processos de condiciona-
mento. Que esta análise sirva também para aprofundar nosso en-
tendimento do mecanismo de autopiedade compulsiva:
a) Se a autopiedade infantil fosse fixada conforme as leis
que regem os reflexos condicionados, estaria sujeita à lei fundamen-
tal do comportamento orgânico, a qual diz que comportamentos que
não ajudam a propagação, adaptação, autodefesa ou a melhora das
condições de vida, vão extinguindo-se. Este é o "paradoxo neuró-
tico" do qual falou Eysenck. Pode-se dizer também: as leis de con-
dicionamento fariam esperar que a autopiedade gradualmente se ex-
tinguisse depois de uma infância traumática.
A manutenção da autopiedade sempre num mesmo nível, exi-
giria acontecimentos traumáticos regulares para "reforçar" esta rea-
ção. Nem o cão de Pavlov, nem o gato de Skinner continuam du-
rante anos com reações aprendidas que não tenham efeito, mas a
"criança interna" continua queixando-se sem razões exteriores. Pior
ainda: continua com uma autopiedade que prejudica muito as ou-
tras funções da vida, e com efeito punitivo. Por esta razão, espe-
rar-se-ia que, ao invés de a autopiedade ser contínua, que fosse tem-
porária, pois todo animal, ou homem normal, aprende rapidamente
a recusar comportamentos que são nocivos ou dolorosos a eles. A
autopiedade neurótica não somente leva a efeitos negativos pela ótica
de uma boa adaptação, mas segue uma lei totalmente oposta: poder-
se-ia chamá-la de "lei de auto-destruição". Os exemplos são abun-
dantes: Um homem neurótico que trabalhava arduamente durante
muitos anos, para atingir uma boa posição na vida, tinha o costume
de queixar-se muito das dificuldades que tinha que enfrentar. Po-

46
rém, quando cumpriu seu ideal e poderia viver agradavelmente com
o dinheiro ganho, desenvolveu gradativamente uma grande depressão,
sem razões aparentes. Qual o objetivo de tal autopiedade, qual seu
valor de adaptação?
Flugel (1935) menciona o caso de um neurótico que alternati-
vamente sofria de uma profunda depressão ou de uma nevralgia
neurótica. Foi operado várias vezes para resolver determinados pro-
blemas somáticos, mas, durante o período em que permanecia no
hospital, desapareciam a depressão e a nevralgia: tinha outras coi-
sas de que se queixar! Ao sair do hospital voltava, predizivelmente,
à depressão ou à nevralgia. Vemos, num tal exemplo, como a auto-
piedade pode agir num sentido destrutivo e não no de ajudar uma
adaptação melhor à vida.
Cremerius (1962) relata o caso de um neurótico que sofria de
asma psicogênica. No momento em que ele encontrou uma mulher
que cuidava muito bem dele e que o amava, a asma desapareceu
para dar lugar a novos sintomas: desenvolveu uma impotência sexual,
começou a criticar amargamente os colegas no serviço e a brigar com
muitas pessoas; as velhas queixas foram substituídas por novas.
Temos também o exemplo de uma mulher que estava acostu-
mada a queixar-se de sempre precisar trabalhar muito, mesmo quan-
do, objetivamente, não tinha muito que fazer. Lembremos o exem-
plo de Picasso que continuava com autopiedade, embora se encon-
trasse numa situação da vida das melhores que se possa imaginar
(sucesso, mulheres, satisfação no trabalho, saúde, etc.). Precisamen-
te porque a permanência dos sentimentos neuróticos é algo oposto
às leis às quais obedecem os hábitos normais, é que falamos em
"neurose", o que significa uma doença, um distúrbio.
b) Caso a autopiedade neurótica permanecesse de acordo com
as leis de condicionamento, deveríamos esperar que o sentimento de
autopiedade e os ligados com ela se modificassem gradativamente no
decurso da vida." Não existem reações .aprendidas que não possam-
ser modificadas com milhares de Repetições. Por exemplo, uma pes-
soa pode reviver inúmeras vezes experiências traumáticas do passa-
do: um acidente, um período de guerra, o falecimento de um ente
amado; mas as emoções que ele experimenta, gradualmente vão mo-
dificando-se, isto é, são influenciadas por outras experiências da vida
que aconteceram depois do período traumático. Na neurose isto
não acontece. Se a criança , desenvolveu . autopiedade na infância,
por ser rejeitada, quando adulta vai continuar com este mesmo sen-
timento de rejeição, mfinitãrô:nte;~sem nenhuma mudança, nem ha

47
intensidade, nem na forma. Esta rigidez da autopiedade infantil é
impressionante e justifica, uma outra vez, que falemos em "doença".
Por exemplo: André Gide, já velho, quando lhe perguntavam
por que se vestia tão inconvencionalmente, respondia que esta era
uma maneira de reclamar contra as roupas apertadas de estilo puri-
tano, que era forçado a usar, quando criança, pela mãe. . . "De re-
pente seu tom mudou e surgiu nele um ataque de raiva: "Ah! es-
ses colarinhos duros e sobretudo estas camisas pesadas, que tormen-
to! Mas nem se podia revoltar contra isso, ela me forçava!" . . . Is-
to foi dito de repente, num tom furioso, mas o que mais me causou
estranheza foi sua expressão. .. nela senti-se uma explosão de irri-
tação. Aquele fogo hostil, depois de uma vida inteira, ainda não
estava extinto" (Delay, 1956). A surpresa do observador (o psi-
quiatra Delay) faz com que ele exponha muito bem o problema; é
verdade que existiu um sentimento intenso e inundante de autopie-
dade na infância de Gide, ligado com a reação secundária de raiva;,
portanto, reclamação provinda da autopiedade. Isto é claro por-
que o próprio Gide mencionou mais que suficientemente este dra-
ma de sua infância em seus livros. As mesmas emoções intensas,
ligadas à visão inteira da criança que ele era, no seu passado, para
com sua mãe, suas roupas, sua educação tão rígida . . . pareceram
viver dentro dele depois de tanto tempo. Isto era absurdo para o
atento Delay. Esperar-se-ia que um homem velho, contando suas
mágoas e tristezas de crianças, visse o seu passado numa grande dis-
tância: sua mãe, seu pouco entendimento das reações normais de
um menininho a uma disciplina demasiada, mas também suas boas
intenções. Esperar-se-ia que os colarinhos e a camisa pesada fos-
sem abordados com um sorriso, por alguém que relembrava tais
episódios de sua infância. Porém, nada disto acontecia, como se
pode provar pelo estudo de seus livros e de sua psicobiografia. Gide
vivia sempre atormentado pelos mesmos sentimentos que obsessiva-
mente faziam parte de sua vida emocional.

A rigidez estrutural da "criança queixosa", e a sua não influen-


ciabilidade durante uma longa vida, requerem concepções teóricas,
para serem explicadas, diferentes das que conhecemos concernentes
aos processos normais de aprendizagem.
4) Seria uma outra implicação no modelo de condicionamen-
to, que apenas estímulos específicos (situações específicas) elicias-
sem esta autopiedade infantil. Por exemplo: uma pessoa, uma vez
picada por uma cobra, ficará de novo com medo se voltar a ver
uma cobra, se ouvir falar sobre ela, ou se vier a encontrar-se num
ambiente parecido com aquele onde o trauma com a cobra ocorreu.

48
Na verdade, numa inspeção à primeira vista, parece que tais rela-
ções também existem na neurose; v. g., quando um homem, que traz
dentro de si uma "criança" que se queixa de não ser valorizada, ao
se confrontar com uma atitude de desprezo vinda de seu chefe, re-
viverá, com intensidade total, seu sentimento de não ser valorizado
— e a autopiedade pertencente a este sentimento infantil. Porém,
é interessante observar-se que a mesma autopiedade também existe
mesmo na ausência do "estímulo condicionado" (neste exemplo, a
situação de desprezo pelo chefe) ou de sua generalização, isto é,
na inexistência de qualquer nexo com as situações que causaram o
trauma original (situações na infância). Uma verificação mais aten-
ciosa nos ensina que mesmo que exista uma relação entre um estí-
mulo específico e a reação de autopiedade nos neuróticos, esta re-
lação não é explicável pelas regras conhecidas relativas ao condicio-
namento, pois mostra peculiaridade e caprichos que indicam que
seguem regras diferentes.
Além do mais, o que parece destruir completamente a teoria
que relaciona a autopiedade neurótica com estímulos eliciadores, co-
mo é suposto em qualquer explicação do tipo "condicionamento",
é a observação de que o neurótico não somente reage a estímulos
negativos, mas até os procura inconscientemente. Por quê? A res-
posta deve ser: para queixar-se, para encontrar razões que justificam
sua autopiedade.
Este fato é notado muitas vezes pelas pessoas que convivem
com neuróticos. Assim, pode-se ouvir: "Ele ê somente feliz quan-
do tem algo de que se queixar", ou: "Ele cultiva as desgraças".
Edmund Bergler (1949) dá ao neurótico o nome de "coletor de in-
justiças": alguém que não pode prescindir por muito tempo dos so-
frimentos psíquicos ou somáticos. Alfred Adler falou em "arran-
jos inconscientes": inconscientemente o neurótico cria situações no-
civas para si. "Mnha mãe", escreveu Jean Marais (1975), "era di-
vertida e alegre quando tinha necessidade de drama. A infelicida-
de, a catástrofe, eram seus elementos". Necessidade de drama!
Uma visão bem diferente do neurótico e indubitavelmente mais perto
da realidade do que a idéia que estes dramas sejam reações condi-
cionadas a certos estímulos. Muitos clientes em tratamento fazem
a seguinte observação: quando se sentem mais alegres e mais feli-
zes sabem "que isto não pode durar"; depois de um " bom dia",
muitas vezes se segue um dia com sentimentos fortes de desprazer,
de muita autopiedade e muitas queixas. Dir-se-ia, então, que tam-
bém estímulos agradáveis eliciaram as emoções neuróticas! Schin-
dler (1954) descreve um fazendeiro neurótico que precisa queixar-
-se, embora sua vida fosse "de vento em popa". Se o trigo cres-

49
cesse bem, prometendo, ele se via como vítima de uma má colheita
causada por tempestade ou fogo; se a colheita fosse armazenada e
vendida por bom preço, queixava-se agora porque o solo estaria
exausto e o próximo ano seria um ano de desastres para ele. For-
mula-se uma lei operante na psique do neurótico: "nunca se está
bem".
Uma anedota francesa ilustra claramente essa tendência a quei-
xar-se de todas as circunstâncias: Um arrendatário de fazenda quei-
xava-se sempre da necessidade de dar duro nas terras de outra pes-
soa, uma vez que tinha para si somente uma pequena parcela da
renda de seu trabalho. Porém, quando o dono da fazenda enve-
lheceu, resolveu doar suas terras ao arrendatário que trabalhava há
tantos anos para ele e sempre estava em dia com o aluguel. Depois
de algum tempo o antigo proprietário deu um passeio pela fazenda
onde seu sucessor estava trabalhando. Para sua surpresa, observou
que este não estava com um humor melhor do que anteriormente.
"Não se sente mais feliz agora que pode trabalhar na própria terra
e ficar com a renda para si?", perguntou o homem idoso, mas a
resposta foi uma nova queixa: "Agora sou infeliz porque você me
roubou as razões que eu tinha para me queixar".
Antes da última guerra, quando reinava um grande desempre-
go, um psiquiatra ministrou uma palestra pelo rádio. "Na verda-
de", disse, falando da situação precária em que muitas pessoas vi-
viam, "em toda parte se lamenta e se queixa e com razão, mas toda-
via. . . o desempregado, que hoje se queixa muito por falta de tra-
balho, amanhã quando estiver trabalhando provavelmente se queixa-
rá também" (van Schelven, 1936). Esta informação despertou
muitas controvérsias nos ouvintes na época, mas neste momento, em
que poucas pessoas do país desse psiquiatra (Holanda) têm razões
para queixar-se de suas condições materiais, podemos ver que sua
declaração era procedente. Quem se queixa demasiadamente quan-
do pobre, continuará queixando-se quando rico, embora por novas
e diferentes razões. Esta tendência do neurótico de procurar situa-
ções desagradáveis para queixar-se (ou seja, de utilizar circunstân-
cias reais para queixar-se), Bergler chamou de nuisoquismo psíquico.
Um homem de cinqüenta anos queixava-se de não ter nada por
que lutar na vida, pois possuía uma empresa em franco desenvol-
vimento. "Estranho", observou, "lembro-me de que há vinte anos,
indo para o trabalho de bicicleta, sentia-me digno de lástima, por-
que eu não tinha um carro que me protegeria do tempo e do vento.
Agora, contudo, dirigindo meu luxuoso carro, olho com inveja ho-
mens jovens que têm de se contentar com uma bicicleta e que ainda

50
têm que trabalhar para ascender na vida". É conhecido o fenôme-
no da "neurose^de.. renda" ou da "neurose do feriado e fim de se-
mana"; exatamente quando tudo está bem e a pessoa neurótica pode
começar a gozar a vida, vão aparecendo sentimentos de desprazer,
com queixas por uma razão ou outra.
Uma cliente neurótica, que vagava de um terapêuta a outro
(para apresentar suas lamentações), dizia: "Tenho um bom marido,
crianças comportadas, amigas dedicadas e nenhuma preocupação
financeira. Apesar disso, sinto-me infeliz, tenho de afligir-me com
imaginações de infortúnios, acidentes, coisas terríveis. Concentro-
-me em algo desagradável até sentir-me fisicamente doente. Por
exemplo, podem surgir quaisquer preocupações, medos ou sentimen-
tos depressivos quando estou lendo algo no jornal; ou uma coisa
insignificante que aconteceu desencadeia uma série de sentimentos,
lembranças e associações importunos. Tenho de atormentar-me todo
dia. Quando não tenho nenhuma idéia desagradável, sinto dor de
cabeça. Procuro então alguma coisa para me preocupar, até achá-
-la". Embora nem todos os neuróticos possam proporcionar tão
nítida introspecção, podemos observar esta mesma tendência, que
foi verbalizada pela mulher, dentro de cada um que tem a compul-
são para queixar-se.
Freud (1937) resumiu suas experiências terapêuticas com neu-
róticos de seguinte modo: "Nada provoca uma impressão mais pro-
funda em nós, com relação às resistências que encontramos no
tratamento que o sentimento de que está trabalhando na neurose
uma força que se defende com todos os meios possíveis contra a
cura e que se amarra obstinadamente à doença e ao sofrimento".
Portanto, destacam-se dois pontos interligados: 1) a compulsão a
queixar-se não é uma reação a estímulos, ao contrário, é uma força
que espontaneamente procura estímulos desagradáveis; 2) é uma
força que funciona continuamente, isto é, sem alterar de forma ou
intensidade e sem extinguir-se.
Inclui-se, no que acabamop de dizer, que não é próprio buscai
explicações da neurose humana no campo do comportamento ánimal.
Não conhecemos um fenômeno semelhante à neurose humana em
animais (veja também Dmitruk, 1974, sobre a duvidosa existência
de "neurose experimentais" em animais). Por exemplo, quando
Rachman (1976) cita pesquisas de Kamin c.s. 1950 concernentes
à persistência de certos comportamento de medo em animais, para
achar uma base que explique a neurose obsessivo-compulsiva hu-
mana, segue uma rota errada — talvez existam interessantes entre
certos comportamentos animais e comportamentos de neuróticos hu-

5/
manos, mas não são mais que analogias superficais. Do mesmo
modo, não há justificações para se usarem regras conseguidas com
pesquisas sobre o descondicionamento de medo por cobras (com
sujeitos humanos) para explicar medos neuróticos (ou fobias). Estes
últimos medos, como sintomas da neurose, isto é, partes da estru-
tura conjunta que estamos descrevendo, obedecem às leis da neurose,
e não às leis da aprendizagem ou desaprendizagem de medos iso-
lados, adequados, normais.
Deixando as tentativas de procurarmos explicações de perma-
nência e imutabilidade da autopiedade compulsiva infantil no arse-
nal de princípios, ou concepções das diversas teorias de aprendiza-
gem (teorias de condicionamento e outras), permanecemos com a
pergunta: "Como explicar tais fenômenos de outro modo?"

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CAPÍTULO VIII

SUMÁRIO DO COMPORTAMENTO DA
AUTOPIEDADE COMPULSIVA INFANTIL
(A.C.I.)

Gostaríamos de oferecer aqui um inventário geral das caracte-


rísticas da autopiedade neurótica:
Rigidez — A "criança interna" dentro do neurótico é uma es-
trutura que não se modifica nem na intensidade, nem na forma,
depois da infância, isto é, é o idêntico sentimento de rejeição, de
ser feio, de ser desvalorizado, etc., que já existia na infância, que
é repetido durante a idade adulta. Esta é a famosa "compulsão de
repetição" de Freud.
Imunidade para influências exteriores — A "criança interna"
é imune a influências situacionais. Quando uma pessoa hospeda
dentro de si uma "criança" que tende a queixar-se de ser criticada,
ou não amada, esta "criança" continuará queixando-se do mesmo
assunto, embora as pessoas de seu ambiente atual não sejam pessoas
críticas. Apesar desta mudança de situação (em comparação com
a da infância), a "criança" permanecerá desempenhando o papel
de "pobre criticada" e conceberá os outros como se fossem críticas
(veja o caso Anette de Missildine). A "criança interna" é imune
a experiências novas da vida. Significa que a "criança" não apro-
veita as experiências positivas e, malgrado elas, fica com o mesmo
sentimento de autopiedade. Nem mudanças ambientais, amor, ou
castigos influenciam uma "criança queixosa do passado". Não ama-
durece e não se adapta, pois para ela o tempo parou. Estruturas
psíquicas normais, ao contrário, aproveitam-se das experiências e
modificam-se segundo elas.

53
Autonomia — A "criança interna" funciona contra a vontade
consciente da pessoa. É por esta razão que muitos neuróticos ex-
perimentam seus sentimentos neuróticos como alheios ao "eu". A
autopiedade infantil surge automaticamente, involuntariamente e, por
isso, o neurótico a sente como uma obssessão, leve ou grave.
Autoperpetuação — A autopiedade compulsiva mantém-lse in-
dependentemente e procura seu alimento nas situações, sentimentos
e sensações negativas para se queixar.
Resistência contra eliminação — tentativas do próprio neuró-
tico, ou de outras pessoas, de eliminar a autopiedade ou de ata-
cá-la, encontram uma resistência vinda da "criança interna". Esta
resistência contra a eliminação, inclusive contra a conscientização
da autopiedade, será tratada com mais profundidade, quando falar-
mos sobre a lei de defesa das queixas.
Inconsciência da autopiedade — o próprio neurótico não pode
experimentar seus sentimentos de autopiedade como autopiedade; a
seu ver, não é autopiedade que sente.
Este esboço de traços característicos da autopiedade compulsi-
va infantil faz-nos pensar numa estrutura semelhante a um circuito
fechado dentro do cérebro, onde a carga energética é conservada e
dentro do qual existe uma reverberação dos impulsos. Um centro
autônomo emitindo impulsos espontaneamente, ou "eu" alternativo,
uma segunda personalidade. Podemos entender que a antiga idéia
de uma "possessão demoníaca" era bastante aceitável como descri-
ção, enfatizando a existência de uma segunda personalidade, hostil
ao próprio "eu", dentro do indivíduo. Devemos concluir que a
autopiedade intensa da infância criou esta estrutura autônoma e di-
nâmica, embora não conheçamos detalhadamente como se deram os
processos de formação da "criança interna do passado, que se
queixa".
Será que, para explicar o desenvolvimento desta estrutura, tere-
mos de procurar um apoio no conceito psicanalítico de repressão?

54
I
1
*

a
I:
\
>.

! <*
CAPÍTULO VI

REPRESSÃO *
í

É bem conhecido o fato de que Freud fazia do conceito de


repressão a pedra fundamental de sua teoria da neurose (Madison, {
1961). Muitos autores psicanalíticos o seguiram nisso e ainda .
atualmente são desenvolvidas teorias sobre a origem das neuroses
que presumem um processo de repressão. |
Por exemplo: Janov (1970) diz que uma criança reprime ex- \
periências intensas de "dor psíquica" e através destas, a neurose se
desenvolverá. Mágoas psíquicas na infância causam intensa "dor" e
a criança, querendo impedir a penetração deste sentimento desa- <
gradável em sua consciência, isola-a fora desta região psíquica, de
modo que a "dor" fica reprimida no inconsciente, donde causará os ^
sintomas neuróticos. Somente quando o infeliz sofredor souber re- <
lembrar e reexperimentar esta dor na sua consciência irá recuperar-
-se: "no momento em que a consciência sentir a mágoa, a dor desa- '
parecerá" (p. 90). Logicamente, o tratamento que provém disto, I
dirige-se à reviveacência da velha "dor" que permanecia ativa de
modo inconsciente. O terapeuta que trabalha conforme a idéia de
Janov, tentará reinvocar insistentemente os sentimentos de sofrimen- ^
to de uma fase tenra da infância e estimular por todos os meios
possíveis o cliente a chorar, choramingar, gritar, para fazê-lo sentir 1
a dor que outrora não queria sentir e, por isso, reprimiu. Tal ex-
plicação, como a de Janov, não é tão original como se poderia
presumir, porque já em 1895 Breuer e Freud escreveram sobre os *
processos de radicação da neurose: " . . . deveria comparar a neuro- ^
se com uma doença traumática qüe se origina da incapacidade de
"ab-reagir" uma experiência carregada de emoções". Breuer e t
Freud também pensaram, falando, em "ab-reação", em emoções de
"chorar e agitar com violência". O tratamento seguido por eles *
era também um tipo de "purgação": deixar o paciente reviver tanto
quanto possível as emoções negativas do passado até sentir-se alivia-
do. Porém, uma leitura do relatório do famoso caso de "Ana O."
demonstrará como este método foi pouco eficaz; o alívio atingido
depois de uma sessão de exprimir suas emoções, sob os olhares de
Breuer e Freud era de curta duração, e cada vez os terapeutas ti-
veram de renovar as tentativas de "chimney-sweeping" ("limpar
chaminé"). É fenômeno geral que o neurótico possa sentir-se ali-
viado depois de um severo "ataque de choro" e depois de uma
explosão de queixas. Presencieis isto numa mulher gravemente
obsessiva compulsiva que, em certos momentos, não podia resistir
a uma compulsão de gritar e berrar terrivelmente, como um demô-
nio. Depois de tais ataques sentia-se melhor que antes e podia
viver algumas horas mais tranqüilas. Porém, as explosões de gritos
e choros não mudam muito o padrão geral da autopiedade infantil
e parecem ser mais uma satisfação temporária da tendência de se
queixar do que uma verdadeira "catarse".
Portanto, não podemos aceitar tal concepção de repressão que
supõe que o choro, as lágrimas, os gritos e as lágrimas seriam repri-
midos da consciência e depois continuariam a perturbar a pessoa
até que, finalmente (durante uma terapia de "catarse"), seriam en-
caminhados à consciência para serem ab-reagidos totalmente, de
modo análogo a essas idéias sobre espíritos de assassinados que
continuariam perseguindo os viventes ate - que o crime fosse vingado.
Uma objeção contra tal explicação é que há muitos neuróticos que
choram e gritam muitas vezes durante suas vidas. Uma mulher,
por exemplo, chorava durante anos, em média, duas horas por dia,
parando apenas quando sentia dor de estômago causada pelo cho-
rar excessivo e, em vez de se curar por estas "ab-reações", conti-
nuou mais neurótica.
Parece-nos que o hábito psicoterapêutico que se vem formando
de estimular clientes neuróticos a abandonarem-se às suas lágrimas
e queixas, não é uma grande contribuição para se chegar a uma
cura. Realmente nesses tratamentos "lágrimas-filos" existe o peri-
go de o cliente sentir-se progressivamente mais patético e mais in-
teressante (auto-importância infantil), e que fique reforçado na sua
autopiedade.
Então, não seria uma boa explicação para a permanência da
autopiedade infantil se admitíssemos a hipótese de que existiria uma
repressão deste sentimento no período da infância, de modo que a
autopiedade não tivesse oportunidades de exprimir-se: na realidade,
foi sempre exprimida desde o período traumático, quase continua-
25
mente. Portanto, se quisermos usar o conceito de repressão, teremos
de usá-lo de num sentido diferente, de "suprimir" um impulso, de
impedir a expressão do impulso emocional de autopiedade. Uma
explicação teórica, na qual poderia ser utilizado o conceito de re-
pressão mais adequadamente, seria a seguinte: A criança não repri-
miu os impulsos de chorar e de se queixar (pois o neurótico está
sempre perdendo-se nestes impulsos), mas a percepção consciente
deles.
Significaria que a criança, condicionada pela educação para sen-
tir vergonha de sua autopiedade, recusou deixar entrar em sua cons-
ciência o sentimento que normalmente acompanha a noção de auto-
piedade. Ela teria autopiedade, com todas as expressões de quei-
xar-se, etc., mas não quereria reconhecer o sentimento consciente-
mente, tomando a atitude de que "eu não tenho autopiedade", logo,
negando a existência deste sentimento (embora todo mundo poderia
constatar que ela tem). Esta concepção implicaria que não foi a
própria emoção de autopiedade que teria sido reprimida, mas sua
percepção interna.
Se esta teoria é verdadeira, teremos de concluir que a auto-
piedade somente tem um efeito salutar se é "ab-reagida" conscien-
temente, isto é, que chorar e queixar-se apenas tem um valor cura-
tivo quando a pessoa está completamente consciente do sentimento
de "pobre coitado que eu sou". Aliás, tal uso do conceito de "re-
pressão" levaria à descrição da neurose como a existência de uma
"criança queixosa" fora da consciência, presumindo, ao modo de
Freud, uma região inconsciente onde sobreviveriam emoções que
não entrariam na consciência. Por causa disso, o neurótico (de
acordo com esta explicação) somente pode perceber conscientemen-
te os sintomas, ou seja, os sentimentos e pensamentos de desprazer
que são causados por esta autopiedade despercebida, ao passo que
a própria autopiedade não tem acesso à consciência. Esta explica-
ção, portanto, conta tanto com o fenômeno universal de resistência
contra a conscientização da autopiedade, como com o de vergonha
que a criança (e o adulto) tem deste sentimento. Uma criança
reprimida a consciência da autopiedade porque a julga ser algo
fraco, infantil demais e indesejável. Principalmente o fato de que
esta explicação enfatiza a resistência contra a conscientização da
autopiedade — o que pode ser observado com cada passo durante
a terapia — e descrevea neurose^ corretamente, como uma estru-
tura fechada e rígida, que funciona autonomamente" sem precisar de
estímulos exteriores é que lhe proporciona uma certa fascinação e
plausibilidade.

57
Não obstante tudo isto, sobram dúvidas sérias relativas à vali-
dade de tal teoria de repressão, como mecanismo responsável da
fixação da autopiedade infantil. Em primeiro lugar, não foi provada
a existência de um mecanismo de repressão que causaria a sobre-
vivência do que foi reprimido. Certamente, a nossa experiência
diária mostra a existência de uma determinada forma de repressão,
ou melhor, de supressão, isto é, podemos suprimir algo que não
queremos saber ou sentir. Mas isto não coincide com o conceito
teórico de repressão, que afirma que as coisas que foram reprimidas
permanecem vivas durante toda a vida. Tal mecanismo de repres-
são. _é completamente especulativo. Certo, não estamos muito im-
pressionados com o fato de que a psicologia experimental não pôde
demonstrar um mecanismo de repressão (Holmes, 1970) porque os
experimentos relacionados à "repressão", na realidade somente se
referem a alguns aspectos superficiais do pressuposto mecanismo e,
por isso, não são muito conclusivos. Por outro lado, é verdade que
um tipo de repressão, como nós poderíamos supor, tem de ser com-
provado objetivamente antes de termos certeza sobre ele.
Podemos argumentar, ainda, que existem dúvidas mais graves
sobre a validade de uma explicação da fixação da autopiedade que
usa o conceito de repressão. Isto é, que se fica, no tratamento de
neuróticos, com a clara impressão de que o processo de recuperação
deve ser descrito mais em termos de que o cliente gradualmente
vence uma força de autopiedade dentro de si, do que somente em
termos de uma conscientização da autopiedade. A percepção cons-
ciente da autopiedade como tal não parece ser suficiente por si para
eliminar uma neurose.
Há outra coisa além disso: muitos neuróticos dão a impressão
de que muito embora padeçam pelos impulsos da autopiedade, to-
davia "se abandonam" a estes sentimentos, que "alimentam" o "eu"
infantil queixoso, não oferecendo resistência e deixando-se levar por
sua autopiedade. Parecem ser indulgentes com_ este sentimento, em-
bora não propositadamente, mas quase do mesmo modo que um
homem se abandona a um impulso de fumar. Como foi dito, essa
indulgência parece alimentar a "criança interna" e manter esta es-
trutura em vigor.
Da combinação destas observações surge o contorno de uma
aproximação alternativa para explicarmos o processo psíquico de fixa-
ção da autopiedade, assim como a causa da manutenção dessa
força.
Admitimos que também esta explicação não é perfeita e espe-
culativa, mas parece ser preferível às anteriores.

58
CAPÍTULO V I I I

AUTOPIEDADE INFANTIL COMO UM VICIO


(Teoria da estrutura sensibilizada e que se torna autônoma
na memória)

Uma criança lastimosa sente-se como um herói trágico, perso-


nagem principal de uma tragédia. Por isto, autopiedade infantil
pode ser traduzida pela palavra: autodramatização.
Anteriormente explicamos que a autopiedade é .salutar. e..aju.díL
a .superar a. tristeza... Porém, parece que uma quantidade muito
grande deste sentimento é contraproducente. A criança mergulha
totalmente neste sentimento e a sensação dele cria um vício. Acon-
tece a mesma coisa com muitos remédios, assim como com meca-
nismos de defesa físicos, uma certa quantidade é saudável, porém
o excesso é nocivo. Provavelmente teremos de explicar deste modo
o conhecido fenômeno de que uma mãe, que tenta confortar uma
criança que sofreu algo, dá-lhe inicialmente simpatia e calor (isto
é, reforça a~autopiedade da criança, dando-lhe piedade), mas incen-
tiva, logo depois, a criança a parar com sua autopiedade. Então,
ela dá piedade e a oportunidade de a criança sentir pena de si mas,
depois, estimula o filho a "enxugar as lágrimas". É como se intui-
tivamente sentisse o perigo de a criança continuar queixando-se.
Sabemos que crianças têm tendência para repetir e exagerar.
Repetem ações, repetem piadas de que gostaram, repetem relatórios
de acontecimentos que deixaram uma impressão nelas — e têm di-
ficuldade em parar. Quando produzem uma algazarra de alegria,
os pais têm dificuldade em piarar com ela.
Geralmente, crianças abandonam-se a impulsos emocionais e,
assim, podemos imaginar que uma criança que está com uma grande
intensidade de autopiedade, certamente não para facilmente com este

59
sentimento, principalmente se estiver sozinha com sua tristeza e j i ã o
puder falar sobre ela abertamente com outras pessoas. Esta auto-
piedade é tão compulsiva que será dificílimo para a própria criança
parar com essa emoção sem ajuda de outras pessoas. Conseqüente-
mente, vai existir na "memória" uma impressão muito profunda dessa
autopiedade. Esta impressão será mais profunda na medida em que
a emoção foi mais intensa e prolongada.
Portanto, levantemos as seguintes hipóteses: a) o sentimento
autógeno de: "pobre de mim", tem algo que vicia. Isto significa
que a criança facilmente volta a reexperimeníar__a_5ensação desta
emoção, bj 0 " l u g a r " na memória onde está "localizada" e ativada
a autopiedade mfantü, é sensibiHzado^ilLexpexjências_proíundas^ e
repetidas durante uma fase prolongada na infância, até passar a agir
espontaneamente. Isto é, uma estrutura cerebral tão sensibilizada
não precisaria mais de estímulos exteriores para emitir.Jmpulsos,
mas começaria a funcionar automaticamente, c) O' nível de funcio-
namento desta estrutura mnêmica depende da medida em que ela
ficou sensibilizada. Cada vez que a pessoa se abandona ao impulso
de autopiedade infantil, emanante desta estrutura, contribui para a
manutenção do nível de sensibilização. Cada vez que se recusa a
abandonar-se a tal impulso de autopiedade, dessensibiliza-a um
pouco.
Esta descrição teórica está razoavelmente em concordância com
os fatos observados. Ela explica porque a "criança interna" pro-
cura alimentos para sua autopiedade e nos faz entender porque ela
se defende. Os impulsos de autopiedade são tão fortes (por causa
da grande fome de estimulação desta estrutura) que é muito mais
fácil para a pessoa abandonar-se, render-se a estes impulsos, do
que resistir a eles. Esta descrição faz-nos entender também de um
modo mais adequado, o processo da terapia; é uma verdadeira luta
para vencer a força desta estrutura, e esclarece que o neurótico que
tenta não se abandonar à autopiedade que surge nele, fica muitas
vezes com um sentimento de frustração. Esta frustração, conforme
tal modelo, é um fenômeno de desabituação, que é comum em todos
os tratamentos de vícios.
E a resistência contra o reconhecimento consciente da autopie-
dade? A melhor explicação, dentro do quadro deste modelo, parece
ser que o admitir para si mesmo, sem refugiar-se em exculpações,
que um sentimento realmente é de autopiedade, fere o amor-próprio
da "criança interna": "Eu não estou com autopiedade!"
A morfina ou o álcool viciam pela força dos elementos quími-
cos presentes nessas substâncias (embora os pormenores sejam inex-

60
plicados); por analogia podemos presumir que o elemento da auto-
piedade que vicia é o amor-próprio. Quando uma criança reage com
autopiedade, desvia toda sua atenção para o próprio "eu", doando
a si mesma simpatia e calor (consolação), o que é essencialmente
uma manifestação de amor-próprio. Antes da época de traumati-
zação, a atenção da criança estava dirigida a muitas coisas externas
e não somente ao próprio "eu"; porém, durante a fase de autopie-
dade, a maior parte da atenção ficará concentrada no próprio "eu",
em função do "pobre de mim".
Cada pessoa tem uma hierarquia de objetivos na vida. Anali-
sando o objetivo principal de muitos neuróticos, constatamos que
ele é muitas vezes o próprio "eu" infantil. Nisso reside o perigo de
uma autopiedade muito intensa e prolongada: o "pobre eu" vai re-
querer toda a atenção, ou quase todo o amor que a pessoa possui e,
desde essa fase, o neurótico é o escravo de seu "pobre de mim".
Representado assim, a autopiedade é um galho específico da
árvore do amor-próprio. Entende-se que o neurótico esteja tão
ocupado com seu "eu" infantil que, através de todos os sentimentos
e pensamentos que chamamos de neuróticos, ele dê esta forma de
amor-próprio (= autopiedade) a este "eu" segundo. Logicamente,
estando toda a atenção e todo amor da pessoa, amarrados a este
"eu", não sobrará muito para outras coisas ou outras pessoas. Con-
seqüentemente, o neurótico tem muitas vezes poucos sentimentos de
amor e interesse por coisas e pessoas que não digam respeito dire-
tamente a ele. Uma certa indiferença à vida e aos sentimentos dos
outros (o que caracteriza muitas pessoas com uma "criança quei-
xosa") causa muitos sofrimentos a pessoas que convivem com eles.
Freqüentemente, neuróticos não podem dar muito amor ou calor,
esquecem-ise de se imaginar na posição de outras pessoas, vivem
egoisticamente e, por serem tão preocupados consigo mesmos, não
percebem e nem mesmo entendem os danos que infligem aos outros.

Chegamos, então, à seguinte afirmação: Tal período na infân-


cia ou adolescência de "egofilia", que é a essência da autopiedade,
leva o neurótico a estar fixado fatalmente ao estágio de desenvolvi-
mento emocional infantil, bloqueando os processos normais de ma-
turação psíquica. Sua psique permanece, por grande parte, neste
impasse: suas emoções e pensamentos não amadurecem suficiente-
mente, uma boa parte de sua personalidade permanece" criança. Em
oposição ao que encontramos num desenvolvimento psíquico normal,
a atenção do neurótico não passa gradualmente a dirigir-se a obje-
tivos e valores fora de si, mas fica intensamente ligada ao sentimen-
to infantil de autopiedade.

61
Acho impressionante esta parada do desenvolvimento emocional
do neurótico. Ele continua a pensar e a desejar o que pensava e
desejava na infância, continua a enxergar as pessoas como as enxer-
gava na infância. Emoções que normalmente se desenvolvem na
maturidade podem, ou surgir nele apenas de modo rudimentar, ou
mesmo não surgir.
Neurose é uma forma de narcisismo e é diícil "desintoxicar-se".
Cada forma de amor-(próprio tem algo que vicia facilmente e, assim,
quando uma criança está acostumada a ter autopiedade, sua mente
vai reclamar quando receber mais este alimento. É fácil ilustrar
isto com alguns exemplos:
Uma mulher consultou-me porque tinha dificuldades com sua
filha adotiva. A história da menina de 12 anos era bastante com-
plicada: desde os 3 anos, sua própria mãe não quis criá-la, deixan-
do-a com a família. A menina foi adotada por um casal, mas infe-
lizmente eles brigavam demasiadamente e desquitaram-se quando a
menina tinha 8 anos. Ela ficou com o pai adotivo que se casou
novamente. A nova mãe preocupava-se muito em conseguir um
bom relacionamento com a filha adotiva, o que realmente conse-
guiu. Tinham um bom diálogo, faziam compras juntas, cozinha-
vam, etc. Apesar de todas as atenções que, desde alguns anos, re-
cebia da nova mãe e do pai adotivo, a menina tornou-se uma criança
difícil. Tinha amigas, mas muitas vezes perturbava as brincadeiras
e várias vezes, ao ser convidada para brincar na casa de uma das
amigas, recusou-se terminantemente sem razão plausível. Entretan-
to, quando passava uma semana sem receber um convite das amigas,
queixava-se amargamente disso; e, se sua mãe convidava suas ami-
guinhas para brincarem em sua casa, ficava entusiasmada inicialmen-
te, porém retirava-se com expressão descontente e queixosa, após
brincar por alguns minutos. Sua queixa perpétua era: "deixam-me
de lado, nao tem interesse em mim".
A mãe adotiva, pensando que a menina necessitava de mais
amor do que o normalmente dado, por causa de sua vida trauma-
tizada, concordava com as exigências excessivas da menina: com-
prava roupas em demasia, cozinhava somente o que lhe agradava,
proporcionando-lhe passeios, etc. E, quando recusava pedidos sem
nenhum nexo, a criança exaltava-se muito, não conversava, e repre-
sentava o papel de pobre vítima. Geralmente destruía uma atmos-
fera alegre e festiva; dir-se-ia: ela não gostava de felicidade. Na
escala inventava histórias para as outras crianças, vangloriando-se
da sua posição de mártir; uma delas foi a de que o professor havia
tentado um contato sexual com ela (quem não se lembra a respeito

62
disso, as histórias de "sedução" que contaram algumas clientes de
Freud?).
A teoria da mãe adotiva de que a falta de amor deveria ser
compensada para neutralizar as emoções magoadas da criança, cla-
ramente estava errada. Naturalmente não negamos uma falta de
amor, mas, para entendermos os comportamentos da menina, é pre-
ciso lembrarmos que não foi só a deficiência de amor que desen-
cadeou suas reações, mas sua percepção de uma vida incomum, ae
estar numa posição inferior, sem os próprios pais, sem sua própria
família, etc., o que provocou a reação inevitável de autopiedade
intensa. Esta emoção criou uma escravidão, tornou-se autônoma
na menina, e todo o amor e a atenção que recebia não eram sufi-
cientes, nem mesmo o fato de sentir que seus pais adotivos a amavam.
Pode-se entender que se a menina não pudesse vencer esse vício,
toda sua vida seria determinada pelo mesmo tipo de dramas criados
por ela.
Cada criança é muito suscetível ao instinto de autopiedade e,
quando experimenta situações que eliciam demais este instinto, vai
facilmente desenvolver uma neurose. Uma mãe relatou, com um
sorriso, que sua filha pequena, com quem dava um passeio no par-
que, quando viu um homem inválido fisicamente, sentado numa
cadeira de rodas e sendo empurrado por uma enfermeira, exclamou:
"Oh! mãe, imagina que lástima seria se fosse eu que estivesse sen-
tada naquela cadeira, sem pernas, e tivesse que ser empurrada por
alguém!" Em sua imaginação a criança viveu sua própria tragédia,
como se o fato tivesse realmente acontecido com ela.
O quanto é difícil — embora não impossível — vencer na in-
fância o vício da autopiedade, transparece na autobiografia da Sta.
Teresa de Lisieux: " . . . Como caçula da família, sempre fui mais
amada, alvo principal de todas as afeições por parte de minhas
irmãs ( . . . ) e uma das conseqüências disto era que quando Celine
(a irmã mais velha) casualmente não ficava feliz e surpresa quando
eu lhe prestava pequenos serviços, eu me afligia e fazia com que
ela tomasse conhecimento disso através de minhas lágrimas de tris-
teza . .. por esta hipersensibilidade eu realmente era insuportável.
Quando inconscientemente magoava um pouco alguém que amava
muito, eu chorava copiosamente como uma "Madalena arrependida",
em vez de dominar-me e procurar não chorar; logo, minha falta
ficava maior, em vez de menor. Quando podia aceitar o aconteci-
do, chorava novamente pelo fato de haver chorado anteriormente. . .
Raciocinei muito, mas todas as razões intelectuais não ajudavam a

63
conter este vício detestável. Não sei como alimentei o desejo agra-
dável de entrar para o Carmelo, quando ainda estava "nas f r a l d a s . . . "
Ela pôde vencer essa tendência crescente de autopiedade, co-
meçando com um passo difícil mas corajoso, e quando engoliu
conscientemente as lágrimas que surgiram depois de uma crítica
muito dolorosa que foi endereçada a ela por seu pai a quem amava
muito, num esforço total da vontade, ficou alegre e sem autopiedade
nenhuma (veja sua descrição dos acontecimentos do Natal de 1886;
de Lisieux, 1957). "Depois", relatou, "reencontrei a força mental
que tinha perdido desde os 4 anos de idade e agora a manterei para
sempre". Ela chamou este processo "libertar-ise dos vícios da in-
fância". Observe-se a associação que ela faz entre libertar-se da
autopiedade e reconquistar a "força mental".
É correto que a autopiedade faz com que a personalidade fi-
que fraca e leva à "fraqueza do ego" ("ego weakness"). Autopie-
dade é uma atitude passiva e quanto maior for sua intensidade, me-
nor será- a força de vontade. Por outro lado, o processo de ven-
cer a autopiedade infantil, um tanto ironicamente descrito por Te-
resa de Lisieux, faz com que a pessoa fique mais resistente às frus-
trações da vida.
Numa recente entrevista (num jornal holandês) uma mulher re-
latou que sempre estava descontentl, achando sua vida sem perspec-
tivas, e especialmente com o marido, o qual descreveu como um
homem negligente em dar atenção a ela. Alimentando suas queixas,
ficou mais e mais depressiva, até que um dia quis suicidar-;se. De-
solada, subiu à balaustrada do mais alto andar do prédio onde mo-
rava e quis saltar abaixo. Um vizinho que a viu, ainda hesitante,
antes do salto, observou: "Não será um espetáculo muito bonito quan-
do você estiver lá embaixo". Esta observação foi como um jato
de água fria, e ela aceitou o convite para "bater um papo" no
apartamento dele, tomando um cafezinho. Nesta conversa ela re-
latou todos os seus sofrimentos internos, o que provocou do homem
a seguinte observação: "Você está cheia de autopiedade". A mu-
lher confessou que esta observação foi como um clarão para ela:
" . . . Inicialmente fiquei muito zangada, mas gradualmente penetrou
na minha mente que ele tinha toda razão. Na realidade me queixa-
va sempre sobre tudo, desde minha infância. Nessa época meu
pai bebia, fazia muita algazarra em casa, muitas brigas e eu sofria
com essa situação. Em resumo, venci passo a passo a minha auto-
piedade, até que fiquei normalmente alegre e também pude gradual-
mente aceitar meu marido, que não é um homem fácil, mas nem é
muito r u i m . . . "

64
Os relatos de tais histórias, embora não sejam freqüentes nos
livros e revistas de psicologia, ilustram a possibilidade de vencer
esta estrutura demasiadamente sensibilizada de autopiedade infantil,
mesmo sem terapia psicológica, mas com o grande esforço de uma
vontade bem intencionada. Contudo, sem luta contra esse vício, a
"criança..queixos a_" exigirá diariamente uma quantidade de_.queixas
para sobreviver.

65
CAPÍTULO V I I I

FONTES D E JUSTIFICAÇÕES D E QUEIXAS

A "criança interna" tem de se queixar mais ou menos continua-


mente, mas para isto precisa de alimento, que pode consistir de uma
variedade infinita de sentimentos que causam desprazer. E é claro
que o neurótico está conscientemente experimentando esses senti-
mentos e pensamentos negativos, sofrendo com eles. Não está, po-
rém, muito consciente da autopiedade que os provoca. Chamamos
os sentimentos neuróticos negativos de qualquer espécie, de justifi-
cações para se queixar. ~
Embora cada neurótico tenha inúmeras justificações, pode-se
distinguir sempre uma queixa específica, isto é, um drama central
que o caracteriza e que é como um fio de Ariadne que nos orienta
através de sua vida neurótica emocional. Esta queixa principal ou
original é a mesma que causou a autopiedade na infânçia. ' Uma
mulher neurótica, por exemplo, tem como queixa principal: "Eu
sempre tenho de trabalhar, enquanto outras podem divertir-se". Jus-
tamente esta era sua auto imagem em criança, e assim permanece a
queixa de que a "criança" continua a recriar durante toda sua vida,
não importando o fato de ter ou não argumentos reais para esta
queixa. A "criança interna" interpretará muitas situações em sua
vida, de modo a justificar essa queixa. É claro que, às vezes, essas
justificações podem parecer reais, mas, às vezes, também, são total-
mente improcedentes. Porém, mesmo quando os argumentos tem
elementos de realidade, a "criança" usa-os para justificar sua atitude
queixosa infantil.
Um homem, que se queixava na infância de, em sua auto-ima-
gem, ser "sempre superado pelos irmãos", hospedará uma "criança"
que continuará usando essa queixa como justificação principal. O

66
tema "pobre de mim, sou sempre superado", ocorrerá infinitas vezes
à mente dele, não somente em. relação a seus irmãos, mas também
em muitas outras relações interpessoais,
Dessa maneira, cada neurótico tem o seu próprio tema princi-
pal para_ queixar-se e,^através dele, podemos" distinguir entre os di-
versos tipos de neuróticos como veremos mais adiante.. ^
Além da justificação principal, a "criança interna" procura mui-
tas outras fontes de justificações para queixar-se. Diferenciam-se as
seguintes fontes de queixas:
a) Fontes psíquicas — Na psique, que é uma fonte inesgotá-
vel de sentimentos, sensações, pensamentos e_imaginações desagra-
dáveis, a "criança" pode "escolher" de um sortimento infinito: dú-
vidas perturbadoras, imaginações nas quais é vítima de algum desas-
trCj preocupações sobre qualquer coisa, sentimentos de depressão,
apa.Üâ,... medos, "tensões", lembranças desagradáveis, etc. Falamos
aqui em "queixas psíquicas", entendendo que todos "estes sentimentos
negativos são invocados pela compulsãQ a se queixar, que precisa
sempre de alguma justificação.
b) Fontes somáticas — A "criança" pode criar também, com
facilidade surpreendente, todas as sensações desagradáveis possíveis
e impossíveis no corpo. Dores em .todos os lugares .do corpo, em
todos os órgãos, sentimentos de cansaço, coceiras, angústias, faltas
dç ar, sentimentos de pressão no feito, ataques de asma, batimeri-
tos-no coração, nevralgias, até paralisações de membros, e "pseudo-
-surdez" e "pseudo-cegueira" em casos extremos —- podem ser in-
vocados como justificações para queixar-se. É compreensível tal
afirmação, quando pensamos nos sintomas e sentimentos que se podem
produzir duranté a hipnose: a imaginação humana é capaz de criar
sensações mais improváveis através do mecanismo de auto-sugestão."
Sendo assim, não e muito interessante tentar achar "causas" ou
"razões" atrás da grande maioria de queixas somáticas neuróticas,
e nem saber em que circunstâncias surgiram pela primeira vez.
Para a pessoa neurótica sempre existe alguma justificação para quei-
xar-se: quando não tem dores de cabeça, terá, e.g., uma sensação
de cansaço, simplesmente porque a "criança" precisa invocar qual-
quer sofrimento para se queixar. Quando uma pessoa se queixa
freqüentemente de seu corpo, nós o chamamos (de acordo com
Schilder) um neurótico de órgãos ("neurose de órgãos") <*>. É óbvio

(*) Tradução literal do holandês, na falta de uma expressão adequada


em português.

57
que a aparência física pode ser também uma fonte inexaustível de
queixas: postura, cor dos olhos, nariz, forma da cabeça, excesso
de peso, etc.
c) A própria personalidade — A "criança" se serve, ainda, do
próprio "eu" para fornecer a si justificações de autopiedade. Pode
se concentrar nos aspectos que ela julga negativos de seu "eu", quei-
xando-se exageradamente, não de modo lógico ou adequado com a
finalidade de corrigir, mas para poder mergulhar passivamente na
autopiedade. Por exemplo: "Pobre _de_mim[.. e u , não .presto para
nada!", "Eu nunca conseguirei!", "Eu fracassarei!", "Éujnão tenho
os mesmos.direitos que ôs outros!", "Quando eu faço..alguma"coisa,
sempre dá errado!", "Minha opinião não vale nada", "Não espere
demais "de mim, porque eu sempre desiludo as pessoas", etc. Um
neurótico que sofre principalmente de queixas deste tipo, queixas de
inferioridade, falta de valor, falta de capacidade, é chamado de neu-
rótico autocríticõ~X"ne\iTose autocrítica"). Na realidade, cada neu-
rótico tem uma' série destas queixas, por causa de seu complexo de
inferioridade, mas em alguns as queixas autocríticas são tão prepon-
derantes, ao ponto de se julgarem de tal forma indignos, ou sem
valor, que pensam não ter o direito de viver. Há, às vezes, neuró-
ticos autocríticos severos que têm, por estes pensamentos, a ten-
dência de se suicidar (embora cada tentativa neurótica de suicídio
tenha que ser analisada separadamente).
Concluindo, tudo o que a "criança interna" considera perten-
cente à esfera da própria personalidade (roupas, propriedades, seus
pais, etc.) pode ser desvalorizado pela autocrítica neurótica, ou seja,
pode ser utilizado como justificação deste tipo de queixas.
d) Os outros e as situações da vida — Outras pessoas, obje-
tos, acontecimentos e situações servem também como justificações
para se queixarem. A "criança interna", neste caso, imagina-se a
pobre vítima dejações_.dos-.outros,.ou simplesmente, da própria exis-
têncíã~cTestes, cujos comportamentos ou presença tem de agüentar,
pois: "Ninguém presta^'. Em relação a todas as pessoas, ela tem
algo a dizer, a criticar ou culpar, porque todos a tratam injusta-
tamente, a negligenciam, ou são responsáveis por algo que a faz
sofrer. O neurótico que tem muitas queixas deste tipo é o neuró-
tico crítico ("neurose crítica")*. Este neurótico ataca continua-
rei éntlr o seu ambiente com afirmações amargas, e suas críticas des-
troem a atmosfera boa na família, no trabalho ou num grupo social.

(*) Tradução literal do holandês, na falta de uma expressão adequada


em português.

68
Vemos, pois, que as críticas neuróticas não são críticas obje-
tivas ou adequadas, que têm por finalidade o aperfeiçoamento de
pessoas ou situações. São completamente desprovidas de utilidade
por serem apenas uma camuflagem para a compulsão a se queixar.
Visto superficialmente, pode-se pensar que pessoas, que se queixam
tanto de situações injustas e dos defeitos de outras pessoas, estejam
muito interessadas em melhorar construtivamente, mas a realidade é
bem outra. Tanto neuróticos críticos, como autocríticos, padecem
de uma atitude passiva em relação às pessoas e situações que criti-
cam; seu propósito é o de queixar-se e não o de mudar o mundo
para melhor. Quem se qucixajmuÍLQ,JCaramente_,6_algu6ra-aU£-gons-
t r ó j ^ E l e pode ab-reagir protestando, mas dificilmente trabalha per-
r
^Tstentemente, usando os "meíõT disponíveis para meÜiorar, porque
está interessado principalmente na própria "pobre pessoa", e não
nas pessoas, objetos ou situações que ataca.
Na maioria das vezes encontramos, na prática, formas mistas
dos quatro tipos de neuróticos que descrevemos. Além disto, um
neurótico pode mudar sua fonte de queixas de vez em quando. Pode
experimentar uffiãTâse~de queixas somáticas, depois uma de queixas
críticas ou autocríticas. Entretanto, não muda a fonte principal.de
suas queixas, que é o drama específico infantil de cada um. Esse
tema está sempre entre as demais queixas da "criança interna".

69
CAPÍTULO XVII

Q U A T R O LEIS D A S Q U E I X A S N E U R Ó T I C A S

Embora já estejam implícitas nos capítulos anteriores, convém


que formulemos algumas leis às quais a compulsão de se queixar
obedece.
a) Lei da continuidade das queixas: Eis que o teor desta
primeira lei das queixas: A "criança interna" não pára de queixar-se,
mas tem sempre algum sofrimento para justificação de sua autopie-
dade. O próprio neurótico pode constatar como surgem sentimentos
de desprazer quando se observar com atenção durante, por exemplo,
uns quinze minutos; durante este intervalo, ele será invadido por
várias associações ou sensações negativas, e poderá constatar a
atuação de sua "criança interna". Por outro lado, o observador, que
estuda as expressões emocionais de um neurótico, perceberá o fun-
cionamento da compulsão de queixar-se em várias manifestações de
autopiedade ou lastimosas do rosto. Os olhos de um neurótico
quase sempre exprimem autopiedade, assim "como o timbre de voz
queixosa e o tipo.de. palavras que usa.. No caso de uma neurose
severa, quase todas as afirmações verbais dã~~pessoa são"'queixásY~õ^
ato de falar algo, significa que irá queixar-se. Em casos mais, leves,
a conversa do neurótico é também reveladora. Facilmente èscoífíe
assuntos negativos: doenças, morte, fracassos, situações ruins, etc. e
de" qualquer modo a conversa sempre acaba com queixas: "Ah!
como estou sofrendo!", ou "Que vergonha!", "Que pena, etc.". Por
istój O parceiro da conversa pode se transformar num muro de lamen-
tações. O neurótico sempre tem ou engendra problemas.
A continuidade das queixas manifesta-se de diversas maneiras:
fazí com que uma corrente de queixas se infiltre nos processos mentais
normais, distorcendo-os numa direção previsível, isto é, de modo
que a pessoa possa sentir-se um pobre coitado. Pensando em expe-

70
riências do passado, a "criança interna" escolhe lembranças que
fornecem material para se queixar, omitindo coisas ou aspectos posi-
tivos. Lembranças, ou relatórios de neuróticos, muitas vezes não
merecem confiança por suas omissões; eles podem avistar o próprio
passado com "óculos negros", preservando o negativo e esquecen-
do-se do positivo. Estudos com neuróticos sobre o funcionamento
da memória dão, por esta razão, resultados que não se podem gene-
ralizar para a memória em geral. O mesmo é válido para as his-
tórias que neuróticos relatam sobre sua infância (e, em geral sobre
sua vida): são muitas vezes as histórias da "criança interna" que se
sente, em suas experiências, o centro trágico de circunstâncias deplo-
ráveis, que tinha pais péssimos, etc., e não pode lembrar-se de
muitas experiências agradáveis que também fizeram parte da infância.
Certamente T. A. Harris não tem razão quando diz que todas as
experiências da infância foram gravadas na memória como se o
fossem numa fita, ficando ali ativas durante todo o tempo da vida.
No entretanto, com neuróticos parece que apenas os sentimentos de
autopiedade_de uma determinada época da infância têm este destino
(jíTTãiamos numa hipotética estrutura sensibilizada no cérebro).
Posto que inúmeras experiências da infância estejam realmente gra-
vadas na memória, com neuróticos as positivas são muito mais laten-
tes do que ativas.
Da mesma maneira que a visão do passado está influenciada
pela tendência de se queixar, a percepção do presente e do futuro
é desviada numa direção negativa, de modo a fornecer justificações
para queixas. A "criança interna" concentra-se nos aspectos nega-
tivos de pessoas, objetos, i alimentos, do tempo, do mundo em geral
e pode ficar com o sentimento de que tudo é feio, corrupto, sem
muito valor nem sentido e que no futuro não será muito diferente,
mesmo pior. Basicamente, a "criança" é pessimista. Não gosta
realmente da vida presente (nada é bom!), nem vive com muita
esperança no futuro.
A lei da continuidade ou cronicidade das queixas não age
quando a atenção consciente do neurótico está ocupada por forças
maiores do que a compulsão de se queixar; por exemplo, emoções
reais fortes como tristeza causada por um acontecimento realmente
traumatizante, alegria por causa de um sucesso ou por estar enamo-
rado, podem temporariamente desviar a atenção da atitude auto-
queixosa. Trabalhar com afinco, com grande concentração,-e preo-
cupações reais, levam do mesmo modo à distração •— assim as
"terapia de trabalho" dão algum resultado, embora não possam
aniquilar uma neurose.

71
Convém chamarmos a atenção, neste ponto, para o ciclo da
compulsão de se queixar. As queixas podem intensiíicar-se periodi-
camente para diminuírem depois. Às vezes, parece que existem
razões exteriores que incitam as marés montantes do ciclo, mas na
realidade estas razões são "bem-vindas" como justificações pelo
ímpeto aumentado de queixar-se. Esta explicação é apoiada pelo
fato de, muitas vezes, esta fase começar sem nenhuma razão indi-
cável. Relacionado com a atuação cíclica da tendência de queixar-
se é o fenômeno da satisfação de queixar-se. Depois de queixar-se
intensivamente durante um período de "maré", a "criança interna"
está "satisfeita" e toma um fôlego. Neuróticos podem sentir-se um
pouco melhor depois de queixarem-se por alguns dias, ou horas, de
modo intenso. "Tenho de lamentar-me uma meia hora cada manhã
antes de me sentir capaz para começar o dia", observou um cliente
com ironia. Porém, devemos acrescentar que durante a fase de
"maré baixa" das queixas, raramente a tendência de se queixar está
completamente paralisada; apenas está funcionando num nível mais
baixo.
b) A lei da equivalência das queixas: Indica-se, por esta
denominação, que o conteúdo das queixas 1 não é muito importante.
Pode-se mudar facilmente o tipo ou conteúdo das queixas sem que
haja alteração na intensidade da própria doença de queixar-se. A
queixa principal, por exemplo, não é "mais importante" do que
qualquer outra queixa somática, autocrítica ou crítica, pois pela
ótica da compulsão para queixar-se, todas têm a função de justifi-
cação. O bem conhecido fenômeno da "substituição de sintomas"
explica-se pela lei da equivalência das queixas. Há pouquíssimas
pesquisas sistemáticas relacionadas a este assunto, como o estudo
de-Cremerius (1962) que observou centenas de ex-pacientes neuró-
ticos durante um período de até 10 anos. Achou ele que são princi-
palmente as queixas orgânicas que podem trocar-se entre si, e cita
exemplos interessantes^dõ^fchômeno^da "substituição dê sintomas".
Também a literatura psicanalííica contém uma abundância destes
exemplos, de modo mais ou menos anedótico. De resto, cada tera-
peuta e cada cliente neurótico em tratamento podem observar como
uma queixa, que foi eliminada de um período de luta concentrada
contra ela (veja os últimos capítulos do livro), logo dá lugar a uma
outra. E.g., um cliente recuperou-se de seus ataques de críticas
destruidoras dirigidas a todas as pessoas de seu meio, sua esposa e
seus filhos e estes ficaram muito aliivados. Mas, de repente, e sem
razões aparentes, começou a passar por jperíodos. de pânico inçon-
troláveL_ Freqüentíssimas também são as vezes em que um cliente,
que" superou um pensamento que continha uma queixa, nota que
outro pensamento igualmente negativo surge, como substituição.

72
Obviamente, uma conseqüência da lei da equivalência das
queixas é que não basta tirar do neurótico uma fonte importante de
queixas, pois a "criança" procurará uma nova justificação para quei-
xar-se. Muitos ajudadores de neuróticos ficaram desiludidos em
suas boas intenções descobrindo que, depois de terem ajudado a
eliminar um obstáculo do qual o neurótico se queixava, ou melhorar
alguma circunstância na vida dele, o ajudado não lhes estava grato
e satisfeito, mas voltava com novas queixas. O cirurgião plástico
Maltz (1960) estranhou muito que alguns pacientes, depois de uma
operação , facial bem sucedida, não venceram, seus descontentamentos
anteriores em relação a sua aparência física, do modo como se espe-
rava. Normalmente, uma pessoa com nariz. feio,, ou uma mancha
vermelha pronunciada na pele, há de sentir-se feliz quando liber-
tada de tal imperfeição. Porém, alguns pacientes demonstraram
reações sem nexo, não adequadas à realidade. Suas melhoras eram
vistas nitidamente e com entusiasmo por suas famílias e por seus
amigos, e os próprios pacientes podiam controlá-las através de foto-
grafias da face, antes e depois do tratamento.
"Apesar de tudo", diz Maltz, "a paciente continua dizendo que
somente houve uma pequena ou nenhuma melhora. . . Compara-
ções através de fotografias de "antes" e "depois" não ajudam; antes,
incitam hostilidade. Por uma estranha fantasia, a paciente ponde-
rará: "Certamente posso ver que a cicatriz não está mais em meu
nariz, mas ele ainda parece o mesmo" ou "a cicatriz não aparece,
mas contudo, ainda está lá". A compulsão de queixar-se de sua face
feia não foi removida depois da eliminação da razão desta queixa
específica.
Temos muitas experiências idênticas a respeito, com delinqüen-
tes holandeses detidos. Num presídio foram realizados experimentos
procurando determinar-se um regime carcerário mais ideal. Por
exemplo, foram criadas comissões de presos com a finalidade de
estudar as queixas apresentadas pelos detidos e sugerir medidas para
atender a elas. Em conseqüência disto, os presos adquiriram um
maior grau de liberdade. Verificou-se, porém, que ao serem elimi-
nadas as razões de muitas queixas a respeito da comida, da recreação,
de horários de visita, etc., a tensão não diminuiu e seguiram-se novas
queixas, algumas realmente absurdas. (Para evitar interpretações
erradas: naturalmente é nosso dever removermos as razões de queixas
justificadas, humanizarmos as prisões; não podemos esperar, contudo,
que só essas melhoras necessárias mudarão as atitudes internas da
maioria dos delinqüentes).
Outra dedução da lei da equivalência das queixas tem relação
ao triste caso do transexual masculino, que ansiosamente deseja ser

73
operado para tornar-se "mulher", e luta veementemente para ser
reconhecido nos registros oficiais como verdadeira mulher. No fundo
sofre de uma queixa obsessiva. "Não sou uma verdadeira mulher!
Oxalá, eu fosse realmente uma mulher!" e a sua situação é indubita-
velmente comparável com a das mulheres neuróticas que têm de
queixar-se de sua aparência física. Esse tipo de neuróticos quer, a
qualquer custo, realizar o desejo de tornar-se "mulher", pensando
que isto vai solucionar todos os seus problemas (na realidade, apenas
podem mutilar seu corpo). O que não conseguem entender, nem
aceitar antes da operação, é que seu problema essencial não é o
desejo de tornar-se mulher (no caso das mulheres de Maltz: tornar-se
mais bonita) mas possuir algo de que se queixar. Não adivinham
como estão enganados: não se sentirão felizes depois da operação,
a não ser durante um curto período. Logo depois, sua compulsão
a queixar-se achará novas queixas, sua infelicidade voltará na mesma
intensidade.
Geralmente, não tem muito efeito uma terapia que tente com-
bater a neurose por mudanças no meio ambiente do neurótico —
seja por transferi-lo a um novo meio, seja por efetuar mudanças no
ambiente em que vive, e.g. influenciando o comportamento das
pessoas de suas relações, ou mudando suas condições de trabalho, etc.
Um professor muito competente já havia mudado de emprego
duas vezes, descendo a um nível de trabalho abaixo de sua capaci-
dade e educação, por causa de sua convicção de que ele "não pres-
tava para nada". Embora trabalhando num nível "mais fácil", sua
queixa voltava depois de cada mudança de emprego. Sua obsessão
o impedia de dormir, causava-lhe dores de estômago que o torna-
vam tenso e exausto. Felizmente não aceitou a sugestão de um
médico de mudar de novo de emprego ou trabalho, porque já con-
cluíra que sua obsessão de não prestar para nada era "algo psíquico",
que provavelmente voltaria em seu emprego posterior, era algo dentro
de si. Uma pessoa menos perspicaz, entretanto, repetiria o erro de
mudar de trabalho um indeterminado numero de vezes, sem encon-
trar uma situação feliz. Para enfatizar a impossibilidade, para a
"criança queixosa", de tornar-se feliz por mudanças ou melhoras da
situação em que vive, muitas vezes observamos a um cliente: "Esta
criança que se queixa continuará a lastimar-se mesmo no próprio
Paraíso".
O fato de as queixas serem equivalentes entre si faz ainda com
que neuróticos usem qualquer eventualidade como ponto de partida
para novas queixas. A morte súbita de um amigo ou conhecido
pode inspirar a "criança interna", assim como ouvir a descrição de
infortúnios de outras pessoas. A partir deste momento a "criança"

74
terá novas justificações para queixar-se ("eu vou morrer", ou "este
desastre vai acontecer também comigo!"). Por isso, a análise das
condições que geraram uma determinada queixa não tem muito sen-
tido curativo, uma vez que cada situação da vida poderá ser fonte
de justificações para queixas. Do mesmo modo, a queixa de hoje
pode ser trocada com facilidade por uma outra amanhã, quando a
"criança", talvez, ouça algo negativo que a assusta.
Conhecemos as "queixas era moda": quando se falar demasia-
damente em dores de cabeça na televisão ou nos jornais, muitos
neuróticos se apegarão a esta queixa; quando se falar nas desvan-
tagens da poluição, os neuróticos sofrerão despropositadamente de
queixas como angústias, falta cie respiração, etc.; quando se falar
na vida sem condições, sem futuro de nosso século, com fontes
energéticas e alimentares diminuindo, muitos neuróticos ficam com
sentimentos de pânico e já se imaginam no fim da vida. Às vezes,
esta sugestibilidade para queixas leva a verdadeiras manias ou histe-
rias, quando grupos inteiros adotam uma queixa específica (molés-
tias "misteriosas" e "contagiosas" em certos grupos institucionali-
zados, expectativas coletivas da perdição do mundo. etc.).
Uma última conseqüência da lei da equivalência das queixas é
relacionada à avaliação dos efeitos de terapias da neurose. Claro
que não é suficiente, por exemplo, indagar se uma depressão, ou um
medo neurótico, desapareceu depois de uma terapia, porque o neuró-
tico facilmente pode deslocar as queixas. É muito difícil ao tera-
peuta ter certeza do êxito alcançado por uma terapia; não é raro
haver apenas a substituição de uma queixa por outra, e ele não pode
perceber isso por não ter acesso a muitos aspectos da vida diária do
cliente. Quase não existem pesquisas sobre efeitos psícoterapêuticos
contendo observações envolvendo todos os setores da vida do pacien-
te, mas minha experiência com diversas terapias, que não tratam
senão algumas queixas apresentadas pelo cliente, mostrou-me que
geralmente o efeito foi bastante relativo, pois o cliente continuava
queixando-se de muitas coisas, ou seja, ficava com sua atitude gene-
ralizada de autopiedade infantil.
c) A lei da defesa das queixas ou lei da resistência das queixas.
Uma jovem mulher queixava-se constantemente de dores na
região do coração. O médico que a estava examinando, indicou um
lugar perto do coração e perguntou: "É aqui?", ao que ela respon-
deu: "Não, é pouco mais acima", com um acento doloroso na voz.
"Aqui então?" perguntou o médico novamente. "Não, um pouco
mais ao lado", respondeu ela. O médico indicou literalmente todos
os lugares próximos do coração, mas não conseguiu localizar a dor,

75
porque uma localização distinta representaria o fim da queixa. Neste
caso, ele talvez pudesse ter prescrito algo, mas a "criança queixosa"
não queria (que muito provavelmente era imaginária) que fosse lo-
calizada e tratada. Isto não foi o objetivo da visita ao médico!
Outro exemplo da defesa das queixas foi o de um chefe de
departamento de uma grande loja, e que era conhecido por suas
queixas e reclamações sobre muitas coisas dentro da empresa.
Quando foi nomeado um novo diretor, este falou com o chefe descon-
tente e prometeu discutir com ele quanto às medidas a serem toma-
das para melhorar a situação, desde que este lhe entregasse um
relatório escrito de suas objeções, complementado por sugestões para
possíveis mudanças. Embora o novo diretor insistisse várias vezes,
o chefe não providenciou o relatório, sob o argumento de que-.
"Talvez algo possa ser modificado, mas em seu lugar virá outro
problema; assim não tem sentido começar a fazer tal relatório!"
Uma reação lógica em resposta a essa atitude seria: "Então não
se queixe mais disto", porém, a "criança queixosa" teria sua resposta
pronta: "É fácil dizer isto, mas sou quem tenho que agüentar esta
situação!"
i
Estes exemplos demonstram como a "criança interna" resiste
às tentativas de eliminar as queixas, ou as razões delas, e ao mesmo
tempo fica claro que a lei da defesa das queixas é estritamente rela-
cionada com as da equivalência das queixas e a da continuidade das
queixas, porque defender a tendência de se queixar significa, muitas
vezes, que as justificações têm de ser trocadas — para continuar
com as queixas. Estas três leis são, na realidade, elaborações do
conceito "compulsão a queixar-se".
A lei da defesa aparece novamente na atitude do neurótico,
quando já consegue reconhecer uma parte de seus sentimentos como
justificações para se queixar. Apesar disto, ele acha: "Existem
também queixas no meu caso, que são reais", e com esta frase susten-
ta uma boa parte das queixas neuróticas. Em geral a "criança
interna" não quer admitir que tem autopiedade. Reconhecer auto-
queixas implica que a pessoa já está desistindo um pouco dessa ati-
tude, que começa a reagir a ela, que está frustrando a "ab-reação"
desta tendência. Uma senhora de 50 anos aproximadamente, grave-
mente neurótica, que vivia em constantes brigas com muitas pessoas,
seijnpre envolvida num ou outro processo jurídico com membros de
sua família sobre coisas sem grande importância, sentia-se sozinha
e rejeitada em sua vida particular. Ouviu minha explicação da
neurose como uma compulsão de autopiedade, com grande atenção.
Chegando a casa, escreveu-me a seguinte carta: " . . . que eu esteja
com autopiedade . . . decididamente não posso concordar com isto

76
e nunca concordarei. Ouso afirmar que isto não vale para mim,
porque quanto a isto sou moderada e realista demais. Portanto, não
posso confiar em tal terapia". Esta mulher foi suficientemente
sincera para dizer exatamente o que sentia, mas estamos convencidos
de que a maioria dos clientes sente a mesma coisa no início do trata-
mento, embora não o demonstre tão claramente. Resistência e
aversão à idéia de ter autopiedade é universal.
Em seu livro, o reverendo T. La Haye (1974) defende, de
modo original, uma teoria para a depressão que é muito parecida
com a nossa: também para ele, depressão é causada por autopiedade.
"Quando indico esta causa a alguém em estado depressivo", conforme
La Haye, "reclama inevitavelmente". — "Nunca tenho autopiedade",
diz o cliente, ou: "é possível que na maioria das vezes seja verdade,
mas comigo é diferente". Uma senhora gritou zangada: "Vim ao
senhor para procurar ajuda, mas bem vejo que o senhor não entende
nada de meus problemas!" Essa citação do livro de La Haye é
completamente coerente com nossa lei da resistência. "A verdade
magoa, justamente como uma intervenção cirúrgica"; assim ele ex-
plica esta lei, usando o provérbio francês: "Ce n'est que la verité
qui blaisse". * Nem tampouco são exceções da lei da defesa das
queixas aqueles neuróticos que têm boa vontade, que querem admitir
aspectos negativos de si. No momento exato em que sua autopie-
dade está em funcionamento, têm também uma certa repugnância
em reconhecer a natureza deste sentimento. Pensam: "Sim, tenho
autopiedade em muitos momentos, mas esta queixa aqui não é auto-
piedade, pois tem fundamento real" — e assim permanecem amar-
rados às queixas. Ou dizem: "Sim, queixo-me de tudo isto, é
claro; mas é natural, porque tenho razões para me queixar". A
"criança interna" sempre fica mais obstinada quando "presa em
flagrante". Um cliente, embora com boa vontade para reconhecer
e combater suas queixas, às vezes ficava agressivo quando a esposa
fazia uma observação irônica, ao estar ele sentado à mesa, curvado
sobre o prato, com expressão de mártir, sem poder engolir um
bocado: "Ah! o pequeno menino está sendo muito patético, não é?"
— "Pare com isto", dizia ele, "já não é bastante difícil eu tentar
não ficar mais depressivo!?"

Podemos afirmar que as queixas são percebidas pelo próprio


neurótico como adequadas,, baseadas._.na. ..realidade. Isto é válido
para queixas autocríticas, críticas, somáticas e psíquicas; quanto
mais neurótica uma pessoa, mais insistentemente vai rejeitar o reco-
nhecimento da autopiedade no momento concreto de uma queixa.
É interessante observarmos que muitos clientes em terapia-,-depois

(*) "É só a verdade que magoa".

77
de terem ouvido a explicação da autopiedade como causadora dos
sentimentos de desprazer, então depois de uma sessão na qual foram
usadas freqüentemente as palavras "queixar-se" e "autopiedade", não
se recordam mais destes termos na sessão seguinte, quando o tera-
peuta lhes pede que repitam com suas próprias palavras, o que se
lembram da explicação da sessão anterior. "Fui frustrado na minha
infância", ou "Entendi que até agora existem os sentimentos de tris-
teza que tive quando criança", mas raras vezes o cliente responde
despreocupadamente: "O problema é que tenho de queixar-me como
a criança que outrora fui". É na realidade, um tipo de orgulho
infantil que impede a pessoa de se conscientizar de tão atroz reco-
nhecimento e, na terapia, durante todas as suas fases, até o final,
vamos encontrar essa resistência numa infinidade de formas e mano-,
bras. A expressão comum que se encontra, quando se demonstra
que alguém se queixa de algo, soa: "Sim, m a s . . . " , e segue-se
uma defesa. Raríssima é a resposta: "Tem razão, sem dúvida
alguma!"
Certo, a "criança interna" prefere urna outra aproximação do
que ataques à autopiedade: deseja ser "compreendida", ser alvo de
piedade e simpatia, por parte de todos. Do terapeuta espera não
apenas isto, mas permissividade, indulgência e mesmo cumplicidade
em relação à sua autopiedade. Mas que vantagem tal atitude daria
ao "eu adulto" do cliente Um alívio momentâneo para a "criança",
mas a compulsão a queixar-se não vai diminuir por isto. Há algum
tempo, foi exibido na televisão holandesa um filme de uma sessão
terapêutica de um grupo de alcoólatras. O terapeuta perguntou
sucessivamente aos clientes, num tom de compaixão, "como estavam
e como se sentiam", criando assim uma atmosfera propícia para
expressões de autopiedade. É quase impossível achar um modo de
tocar a corda neurótica mais diretamente, e não é de se surpreender
que os clientes começassem a queixar-se como numa verdadeira
novela da televisão brasileira. Atrás deste tipo de encontro com
clientes reside a falsa filosofia de que faltaram muitas coisas na sua
vida, principalmente muito amor: assim o terapeuta vai encarar o
neurótico como um pobre coitado. E quem não trataria um pobre
coitado com compreensão, tipo piedade? Em cada terapia está
presente o perigo real de a "criança interna" persuadir o terapeuta
da realidade de sua autopiedade, enquanto uma terapia adequada,
ou seja, autoterapia, deveria ser um ataque sistemático, contínuo e
paciente à força da autopiedade que batalha para sua própria pre-
servação.
d) A lei da introversão da atenção: significa simplesmente que
a atenção do neurótico está concentrada em volta do próprio "eu"

78
— o "eu" da "criança interna". A neurose é construída do senti-
mento de "pobre de mim". A "criança" sente-se a "única vítima",
"ninguém sofre tanto quanto eu". A autopiedade compulsjva,._.abSPI-.
vendo uma grande parte da atenção, o faz egocentrista^ .esquecendo.
os interesses e sentimentos das pessoas com quem convive,, perdido
nos próprios sofrimentos. Por isto se diz "vítima excepcional". A
"criança interna" sente-se, como todas as crianças reais, altamente
importante; logo, seu sofrimento é algo único. "O que você solfre
é muito ruim, naturalmente, mas em comparação com meu sofri-
mento é pouco" ou, "preferiria possuir o sintoma da outra pessoa
neurótica, que o senhor está descrevendo, em vez deste que eu
tenho". O leitor poderá entender o que indicamos através de uma
expressão conhecida nos leilões: Cobrir o lance com queixas. Daí
o fato de alguns neuróticos se identificarem com uma imagem distor-
cida de um "Cristo plangente" (sentimentos religiosos neurotizados).
O neurótico é uma "eu-pessoa"; logo, relaciona todas as coisas
e acontecimentos ao "eu", como uma criança. "A criança é antes
de tudo", caracterizou Marsalet (1953), "um..egocêntrico, um hipe-
rsmatiyQx_^_^_Jrr^poj^yer' — o que é perfeitamente natural
numa criança visto sua fase de desenvolvimento psíquico, mas difi-
cilmente aceitável num adulto. A auto-absorção infantil afasta e
até a isola do mundo que a cerca. Neuróticos graves não percebem
seu meio ambiente, vivem completamente num mundo fechado no
qual figuram como o único e trágico herói. Podem ..ser cegos pa.ra
as tristezas que causam aos outros. Uma conseqüência geral, é que
"neuróticos não podem amar", como Bergler disse, ou seja, seus
sentimentos de amor são substancialmente reduzidos. O que neuró-
ticos, às vezes, acham que é amor, é um sentimento agradável pro-
vindo do "ser compreendido" por outra pessoa, de encontrar alguém
que aceite suas queixas e esteja disposto a lhe dar piedade. O amor
adulto implica num interesse real e mútuo entre as pessoas, enquanto
o amor neurótico apenas exige ser amado, lastimado, confortado.
Esta análise poderá parecer dura para um neurótico que tenta co-
nhecer a si mesmo, mas a realidade dura é que existe pouco lugar
para o verdadeiro amor na psique que está ocupada pelo amor-
próprio da autopiedade infantil.
• Outra forma de pseudo-amor neurótico é gjdsnlificação_.CQm
outros que são vítimas: pobres, doentes, pessoas depressivas, etc.
O ""neurótico, às vezes, fica emocionado com situações deploráveis
de outras pessoas e parece comover-se por sua sorte, mas na reali-
dade tais sentimentos de "amor" significam outra maneira de se
queixar, roubando o sofrimento dos outros para seu uso pessoal.
Queixam-se desses outros, mas não têm sentimentos autênticos de

79
amor, apenas usam os sofrimentos dos outros para fazerem dramas,
o que é bem diferente de uma atitude de trabalho construtivo e per-
sistente para aqueles a quem se ama.
Neuróticos são "sensíveis" em relação a si, mas negligenciam
facilmente outras pessoas, não sentem tanto o que podem infligir a
elas — daí alguns serem desinteressados, frios e duros para com os
outros. Quanto mais sensibilidade para si, menos para os demais.
O interesse hipertrófico do neurótico em si mesmo faz com que
dificilmente possa imaginar algo mais fascinante que o próprio "eu".
Isto é a raiz do muito interesse de alguns neuróticos pelo estudo de
fenômenos e teorias no campo da Psicologia, pois relacionam tudo
a si e fazem do estudo uma forma de auto-ocupação. Gostam de
falar e pensar em si; há os que têm tendência de se verem como
pessoas "complicadas", ou pessoas "com sentimentos profundos e
interessantes". É comum observar-se, durante uma sessão terapêu-
tica, o fenômeno descrito por Arndt, de que a atenção do cliente
permanece instável até o momento em que se começa a falar, dele
mesmo. Então, ele fica novamente interessado e não mais aborre-
cido. Assim, o perigo real de toda forma de psicoterapia e "análise
de si" é o de alimentar o egocentrismo em vez de diminuí-lo. Por
exemplo, foi evidenciado numa pesquisa de Barendregt (1961) que
a psicanálise provoca em muitos pacientes um aumento da intro-
versão, isto é, da atitude egocêntrica.

80
CAPÍTULO XVII

•A " C R I A N Ç A IN T O T U M "

A "criança interna do passado" tem como justificação primeira


de sua autopiedade a "queixa principal". Este tema caracterizante
de cada neurótico se repete infinitas vezes durante sua vida, até
mesmo muitas vezes por dia, quando o observamos atenciosamente.
Conhecendo esta queixa principal, pode-se delinear claramente a
personalidade da "criança" específica de cada neurótico. Um hos-
peda a "criança" que se sente feia; outro, a "criança" que se sente
deixada de lado; o seguinte a "criança" que "nunca faz nada di-
reito"; ou outra que se vê como o "pobre abandonado"; a "pobre
gorda"; "o menino fraco"; "a criança que sempre é punida", etc.,
etc. Pelo que acabamos de dizer, é evidente que essa gueixa prin-
cipal está sempre baseada numa autovisão de inferioridade. Isto
não é um reconhecimento intelectual de inferioridade, mas um senti-
mento de ser inferior; logo, digno de lástima. O elemento de auto-
piedade inerente ao sentimento de inferioridade, e sendo a própria
essência deste, não foi revelado tão explicitamente por Alfred Adler
ao descrever o famoso complexo de inferioridade.
Cada "criança" tem seu próprio drama interno, o drama de sua
infância. Na terapia, muitas vezes fazemos um "retrato psicológico"
verbal da "criança interna" no cliente, como faria um pintor bom
observador das expressões mais pronunciadas do rosto de seu mo-
delo. O retrato psicológico da "criança interna" pode ser conden-
sado — quando conhecermos a "criança" em apreço muito bem —
num "slogan" que contém a queixa principal. Uma mulher muito
neurótica, cujos sintomas eram depressão^_explosões._de irritação
irrazoáveis para com os filhos, uma série de dores psicogênicas, um
sentimento contínuo de fracassar em tudo na vida, hospedava uma
"criança interna" que se sentia criticada e não . aceita. Uma auto-

81
análise logo revelou que sua "criança" era a "menina,.abandonada"
Como menina de cerca de 13 anos, depois do falecimento da mãe,
sentia-se abandonada pelo pai, que parecia pensar que ela fosse
capaz de dirigir a casa sozinha, e a criticava quando as coisas não
estavam em ordem. Ele estava interessado numa mulher com a qual
se casou posteriormente, "esquecendo", a filha. A "menina aban-
donada" dentro da mulher adulta continuava sentindo-se patética
em relação ao mesmo tema: o marido não lhe dava atenção (pen-
sava essa "menina"), os filhos a deixavam em casa sozinha, entregue
a seus afazeres domésticos, as amigas não tinham interesse por ela.
As cenas tristes de sua infância — trabalhar sozinha na casa sem
ajuda — nem apoio de ninguém, o pai falando e rindo com a segun-
da mãe, sem dar atenção a ela, podiam se condensar no "slogan":
"Eu não valho a atenção de_ ninguém, estou abandonada" e foi esta
imagem de "pobre abandonada" que ficou fixada na mente da
neurótica.
O reconhecimento da "criança interna" ou do "autopsicodra-
ma" exige uma boa compreensão da posição psicológica do neuró-
tico na sua infância. Temos de visualizar estas cenas tristes como
foram vividas pela criança, porque precisamente ela, com a autopie-
dade de sua posição inferior imaginária, reencontra-se na vida
emocional do adulto.
A permanência do drama principal acarreta a co-fixação de
todos os atributos ou traços de personalidade desta "criança auto-
queixosa". Todos os pensamentos e emoções, que na infância foram
relacionados com o drama da "criança" permanecem vivos, inspi-
rados e impulsionados pela queixa principal, que se tornou autônoma.
Quais são os aspectos ou setores diferentes da personalidade da
"criança queixosa"?
Em primeiro lugar, seus comportamentos sqchüs, A "criança"
que se sente "pobre coitada" tem . vergonha de si, pois vê os outros
como superiores. Daí a freqüente tendência de se_xetirar, de evitar
contatos pessoais, de manter-se à distância, de fechar-se ou de apre-
sentar-se de um modo diferente do que realmente "é", ou se sente.
Pensa que tem de esconder seu "eu" inferior de qualquer maneira,
como uma criança que acha que seu desenho é um fracasso e recusa-
se a mostrá-lo a um adulto interessado. Assim, a "criança interna"
quer esconder ou suas emoções, ou seus pensamentos e opiniões, ou
mesmo sua aparência física. Não fala espontaneamente, ou não se
sente à vontade em reuniões sociais.
Outra tendência intrinsecamente ligada à autopiedade infantil
é a hiper-auto-ajirmação. Deseja a "criança interna" ardentemente

82
— s e r alguém aos olhos dos outros — seria mais exato se dissésse-
mos: ser alguém nos pensamentos dos outros, como estes são imagi-
nados pela "criança". Ora, uma criança, sendo hiperemocional, ten-
do idéias e imaginações hipertrofiadas, pensa que tem de conquistar
os outros com sucesso ou com realizações extraordinárias. Para ela,
não é suficiente ser uma pessoa com um valor normal, igual ao dos
outros: tem que superá-los de modo espetacular. Hiper-auto-afir-
mação em suas formas foi bem reconhecida por Adler: esforçalr-se
de modo compulsivo para obter riqueza, poderio, influência, beleza,
fama, conhecimentos, numa palavra; importância que a destaque
acima de todos os outros.
Alguns neuróticos, que exibem uma conduta de superioridade
ou dominância, estão desempenhando o papel de alguém altamente
importante, sobrepujando assim a voz queixosa de suas "crianças
internas" que sofrem de sentimentos de inferioridade. Embora tais
personalidades, às vezes, até creiam na própria importância — o
que é possível, porque as crianças podem acreditar na própria imagi-
nação —, os papéis que desempenham são reações a um complexo
de inferioridade (na forma mais extrema, veja os papéis de impos-
tores que "representam" rjnédiçog, generais, etc.). Não existem
"complexos de superioridade", somente complexos de inferioridade.
A pode alcançar a megalomania:
"Sou Napoleão", "Sou o Presidente dos Estados Unidos", "Deus",
ou qualquer salvador do mundo. Ora, um pouco de megalomania,
que é um tipo de pensamento infantil, está presente em todo
neurótico.
Junto à hiper-auto-àfirmação vai a tendência da "criança inter-
na" de procurar atenção, estima, simpatia, e amor para si. Com
este propósito tenta chamar a atenção sobre si, desempenhando
qualquer papel (ser demasiadamente atencioso ou charmoso; ser
servil demais; ajudar todo mundo, mesmo quando não necessário;
fazer o papel de eterno palhaço de quem todo mundo se ri (*),
ou seja, o papel de pobre bobo ou inocente inábil que toca os instin-
tos de proteção dos outros, etc.). Cada "criança interna" está em
busca de apior e estima, o que é claramente expresso nos tílhares
mendicantes e no comportamento "viscoso" em face dos outros. Ela
diz: ' . . . Ama-me? Gosta de mim?" Nada de incompreensível
há aqui, porque até crianças reais e normais chamam a atenção
constante de outras pessoas. Quanto mais uma "criança" que se
sente lastimavelmente subamada!

(*) Que pobres coitados estão atrás da máscara de muitos palhaços


pintados!
Com relação às tendências de hiper-auto-afirmação e de con-
quistar a simpatia das pessoas, precisamos adicionar um fato que é
lógico, se entendermos o autopsicodrama como compulsão a se
queixar: estas tendências nunca poderão ser satisfeitas. Na mente
da "criança" existe a firme convicção de que só poderá ser feliz
quando alcançar a realização de seus ardentes desejos. Na reali-
dade, isto é uma ilusão, porque, se alcançar o alvo tão desejado,
a queixa voltará de modo idêntico à anterior. Se, por exemplo, se
queixa de não sér valorizada e desenvolve o desejo de tornar-se uma
pessoa muito estimada, como o diretor de uma empresa, ou um ator
popular, logo que realizar este desejo, irá queixar-se de que não é
valorizada e se proporá alcançar novos cumes. Quando deseja ser
amada, logo que uma pessoa a amar, voltará a queixa de não ser
amada, ou de não ser suficientemente amada.
Conclusão: a "criança" está lutando, ou esforçando-se, para
alcançar, uma felicidade que não é mais do que uma miragem.
Evidentemente cada "criança interna" tem seus próprios papéis
em face dos outros: uma sempre tenta ser o líder para obter um
sentimento de valor-próprio, outra é o "artista espontâneo e emo-
cional", outra "o trabalhador infatigável", outra "o generoso" que
está distribuindo presentes para comprar a simpatia, ou "o virtuoso",
"o bonzinho", "o simpático", etc. Fala-se, na psicologia social,
muito dos "papéis sociais" que a pessoa pode desempenhar; ora,
"desempenhar um papel" já é alguma coisa inautêntica, quer dizer
que a pessoa "representa" e não é "ela" mesma. Desempenhar
papéis, então, é um sintoma neurótico e não algo normal. Psicolo-
gicamente normal é quem não desempenha papéis, mas quem se
apresenta como "é".
O bem conhecido "desempenhar papéis" do neurótico funciona
como uma bengala para a "criança" que se sente inferior, para man-
ter-se na vida social. Ê preciso analisar, em cada caso individual,
quais são as bengalas empregadas para melhor conhecermos a
"criança interna", concreta em sua autovisão e visão do mundo
ambiente. A "criança" toma suas posturas mais ou menos estudadas,
porque acha que os outros a julgarão inferior quando se apresentar
em toda sua "nudez". Tendo a autovisão de inferioridade, pensa
que a visão que os outros têm dela será igual; imaginando que uma
certa! postura, ou um certo papel, é impressionante, pensa implicita-
mente que os outros devem ter a mesma opinião. Se quiser, pode-se
chamar isto de "projeção", mas basicamente é um fenômeno normal
do pensamento infantil, uma conseqüência do autocentrismo da
criança: "O que é a verdade para mim, será também a verdade
para os outros".

84
O estudo dos pensamentos que a "criança interna" tem em rela-
ção aos pensamentos e julgamentos dos outros, aliás, faz entender
algumas de suas reações que parecem estranhas à primeira vista.
Por exemplo, uma pessoa neurótica, às vezes, reage defensivamente
ou hostilmente, o que seria incompreensível sem conhecimentos de
sua visão dos pensamentos dos outros a respeito de si mesma: "Eles
também (como eu mesmo) me consideram sem valor".
A._."criança interna", portanto, tende a adquirir por seus papéis
"impressionantes", ou por outra conduta, um valor especial aos olhos
dos outros. Isto é sua tendência de hiper-auto-afirmação, Pode-
mos dizer que adquirir-se valor, é quase a mesma coisa que con-
quistar o amor dos outros, a saber, para o sentimento da "criança".
Sentir-se valorizada, para ela, é sentir-se amada. De resto, é claro
que também a tendência de hiper-auto-afirmação tem a mesma moti-
vação subjacente: adquirir-se o amor ou a valorização dos outros.
Outra característica da visão da "criança interna" em relação
aos outros, é achar que estes são superiores a ela, que a olham por
cima. Um cliente disse: "Somente com vinte anos, descobri que
na realidade as outras pessoas não são mais altas do que eu". Este
homem nunca foi mais baixo que os outros na infância, mas sentia-se
assim, um tipo de generalização do sentimento de ser inferior em
comparação aos outros. A mesma peculiaridade encontra-se fre-
qüentemente nos sonhos de neuróticos, nos quais outras pessoas são
vistas como mais fortes, altas ou enormes. Tudo isto implica no
sentimento de inferioridade: a "criança" atribui aos outros maior
capacidade, qualidades melhores, um julgamento melhor, uma apa-
rência mais bonita, em geral, uma importância maior. Por isto,
imagina que os outros sejam os juizes dela, aqueles que têm mais
direitos de julgar por causa de sua maior importância.
Quando a "criança interna" se sente inferior em relação aos
outros, facilmente se sente, desprezada ou injustiçada por eles, o que
leva à rebeldia, raiva e tendência de vingança. Esta atitude muito
comum em neuróticos para com outras pessoas é tão importante,
que dedicaremos a ela um capítulo separado. Antes, porém, quere-
mos refletir um pouco mais sobre outros aspectos da visão infantil
fixados na "criança in totum".

85
CAPÍTULO XVII

A "CRIANÇA IN T O T U M " (2)

No capítulo anterior, vimos que a "criança interna" enxerga


"os outros" da seguinte maneira: a) '^projeta" sua autovisão neles
e b) imagina-os como seres de uma ordem superior, A fixação da
personalidade total da "criança queixosa" leva, ainda, à fixação de
algumas atitudes específicas de pessoas que tiveram grande signifi-
cado na sua infância.
Desde Freud, o interesse dos psicoterapeutas no relacionamento
com os pais foi coisa natural. A "criança queixosa" dentro do
adulto procede conforme as atitudes do pai ou da mãe da época
traumática da infância; se foi uma atitude de medo, porque se sentia
muito rejeitada ou criticada, continua a sentir o mesmo medo. Se
foi raiva, por sentir-se injustiçada de qualquer modo por eles, a
mesma raiva permanecerá fixada dentro da "criança in totum". Se
foi um desejo de ser reconhecida ou valorizada, as mesmas tenta-
tivas continuarão no complexo. Na maioria dos casos será uma
mistura de diversos sentimentos. A "criança", que tem medo de
certos comportamentos dos pais, provavelmente também terá algo
de agressiva e certamente o desejo de receber amor deles. Isto
deve ser claro, pois toda criança quer ser amada pelos pais, que são
os primeiros na sua vida, a lhe darem estima e amor. Em geral,
uma análise da visão de uma "criança interna" individual mostrará
quais as emoções que foram fixadas em relação aos pais. Convém
darmos alguns exemplos:
Uma mulher hospedando uma "criança interna", que se sentia
colocada pela mãe em segundo plano em relação à irmã mais velha,
continuava sentindo-se negligenciada pela mãe, interpretando peque-
nas coisas deste modo. Queixava-se freqüentemente de a mãe não
ter dado a ela, uma atenção igual à que proporcionara à sua irmã.

86
Apesar de o marido haver muitas vezes declarado que seria melhor
aceitar o fato de que a mãe tinha uma ligação mais íntima com a
irmã, ela não podia deixar de comparar-se com esta, quanto à atenção
que esta recebia da mãe. Por exemplo, sabendo que a mãe pensava
em distribuir algumas jóias entre as filhas, já de antemão se sentiu
passada para trás, uma vez que: "Naturalmente a irmã receberia
as jóias mais bonit&s". Constantemente ficava preocupada com o
comportamento da mãe em relação a ela e à irmã, uma verdadeira
obsessão. Insultava-a muitas vezes em imaginação (rebeldia'), en-
quanto, na presença dela, sempre ficava tensa, tendendo a chamar
sua atenção, sendo gentil para com ela e procurando conquistar um
cumprimento dela. Não é difícil ver a "criança queixosa" atuando
junto à mãe e compreender que toda a visão infantil e todos os
comportamentos infantis emanantes desta, foram co-fixados por causa
da fixação da queixa principal: "Pobre de mim, minha mãe prefere
minha irmã a mim". Para esta mulher foi quase impossível enxergar
a mãe com olhos mais adultos, por exemplo, pensar que era compre-
ensível que a mãe tivera mais afeto para com a irmã, porque esta
era mais velha e que muitas vezes existe uma ligação mais forte
entre mãe e filha mais velha do que com uma segunda ou terceira
filha — ou simplesmente, pensar que a mãe não estava consciente
da tristeza que lhe causara na infância, porque estaria, provavelmente,
preocupada demais com seus próprios problemas. Pensamentos deste
tipo testemunhariam uma visão mais adulta da mãe. Observação
adicional neste caso seria que, ao mesmo tempo, a atitude infantil
para com a irmã foi co-fixada; por um lado, a mulher tinha uma
forte inveja dela e por outro, uma grande admiração. A "criança
de outrora" via a irmã como superior^ por causa da maior atenção
e estima que recebia da mãe.

Um homem de posição responsável e importante na sociedade


visitava sua velha mãe freqüentemente, levando-lhe vários presentes
e fazendo tudo o que ela desejava, mesmo se fosse algo exagerado,
negligenciando assim sua própria esposa. Esta tinha razão quando
dizia: "Ele parece ser casado mais com a mãe do que comigo".
A visão da "criança interna" dentro deste homem era: "Minha
mãe, que me critica muito, pensa que não valho nada". Tentava
ser "bom e gentil filho" para com ela, e ficava mais feliz quando.a
mãe o elogiava na presença de outros, do que se a esposa expres-
sasse seu contentamento com ele.
Outro homem foi levado pela "criança interna' ao desejo de
provar sua superioridade quanto às suas realizações na sociedade,
mostrando quanto ganhava a mais em comparação com o pai, ou
que sabia mais do comércio no qual ambos trabalhavam. Muitas

87
vezes, este homem provocava debates com o pai para obter a vitória.
Porém, logo que encontrava dificuldades no trabalho, pedia ajuda
ao pai. Também indagava repetidamente à mãe, que tipo de refe-
rências o pai fazia a seu respeito. Tais atitudes infantis em relação
aos pais, e que talvez pareçam ambivalentes e contraditórias, ficam
perfeitamente claras se estudarmos a visão da "criança". Na infân-
cia, esse homem foi muito dominado pelo pai, que o criticava por
suas ações; sempre sabia tudo melhor e tinha o costume de fazer tudo
para o filho, dizendo: "Se você fizer, nada sairá certo!" Desse
modo, a visão do menino sobre si, ficou: "Sou incapaz, não tenho
valor" e a visão correspondente que teve do pai: "Ele pode fazer
tudo. Oxalá, eu pudesse provar a ele que realmente sou alguém
capaz". Daí, sua atitude provocante e combatente para com o pai,
e de procurar ajuda deste quando enfrentava problemas ("Eu não
consigo vencê-los, preciso da ajuda de meu pai").
Fique claro que muitos, senão todos os neuróticos leves e graves,
conservam sentimentos infantis em relação aos pais, ou seja, têm
"vínculos emocionais infantis" com eles, constituídos ao mesmo tempo
por sentimentos de afeição e hostilidade. Um "vínculo positivo" (*)
neurótico existe quando a "criança interna" se sente segura na pre-
sença ou sob a proteção da mãe ou do pai, enquanto se sente amea-
çada ou incapaz no mundo fora da família. A bem conhecida "de-
pendência materna" é explicável: a "criança interna" procura ainda
o sentimento agradável de calor e proteção maternal que a consolava
nos dias tristes da infância, ou o apoio de uma mãe que pode fazer
para ela o que pensa não poder fazer sozinha.
Isto não tem nada de ver com emoções incestuosas para com a
mãe, como interpretaram os psicanalistas ortodoxos, mas com auto-
piedade que desencadeia o processo da consolação.
Uma característica da "ligação neurótica" é que ela pode ser
transferida de uma para outra pessoa; o menininho criticado por um
pai autoritário transferirá sua visão do pai a outras pessoas criticantes
ou autoritárias mesmo que sejam mulheres e, por conseqüência, suas
emoções e reações. A "criança interna", portanto, continuará suas
queixas sobre seu sentimento de inferioridade principal, em diversas
situações, frente a muitas pessoas. Assim, muitas vezes interpretará,
de modo distorcido, os comportamentos e expressões dos outros, con-
segvfindo deste modo pretextos para alimentar seu drama. Assim, o
conflito emocional com um dos pais freqüentemente é o modelo dos
conflitos emocionais que neuróticos têm com outras pessoas.

(*) "positivo", porque a "criança interna" experimenta estas emoções


como agradáveis.

88
Do mesmo modo contimiam sobrevivendo as visões da "criança
do passado" e das emoções e comportamentos provindos destas, rela-
tivas aos irmãos e irmãs. Um homem neurótico, que em criança se
sentira menos capaz que seu irmão, continuava apresentando-se como
se fosse somente um rapazinho em comparação com aquele. Na rea-
lidade, havia alcançado uma posição social muito mais importante,
porque de fato era mais inteligente que o irmão. Apesar disso,
sempre fazia o que o irmão achava melhor, subestimando seu próprio
julgamento. Deixava-se criticar sem muito fundamento pelo irmão,
sem defender-se, porque sua "criança interna" via o irmão como infa-
lível. Em geral, muitas pessoas um tanto neuróticas permanecem
desempenhando um papel inferior (ou reagindo a este sentimento,
desempenhando um papel de hiper-auto-afirmação infantil) em rela-
ção aos membros da família. Esse fenômeno não pode ser atribuído
ao fato de os membros da família continuarem a tratar o neurótico
da mesma maneira que o faziam na sua infância, reforçando-o em seu
papel de inferioridade infantil.
A verdade é que, se o neurótico tivesse amadurecido gradual-
mente, teria abandonado os papéis de "imprestáveis", ou de "ovelha
negra da família", conquistando seu próprio lugar na vida, indepen-
dente das atitudes dos familiares. O fato é que muitos neuróticos,
a par de qualquer atitude negativa vinda da família, espontaneamente
já se comportam de modo tal, o que provoca nos outrõs'ümalmágém
desfavorável de si e passam a ser tratados como pessoas insuficientes,
menos adultas, que não podem ser levadas a sério.
A visão dt autoridade, ço-fixada com a "criança", é outro aspec-
to infantil que se observa na mente neurótica. Se esta visão for de
grande respeito ou admiração, o neurótico adulto ficará com um res-
peito ou medo exagerado de todas as formas de autoridade, e isso
o levará a uma obediência a regras ou ordens, que é "cega", isto é,
que não o deixa usar sua capacidade de desenvolver um julgamento
próprio conforme seus conhecimentos, sua inteligência e sua idade
adulta. Veneração, ou culto da autoridade, sempre tem algo do com-
portamento de "robot", algo de escravo. Nem todo respeito profundo
ou medo de autoridade pode ser denominado de neurótico; somente
o será quando este respeito não é mais_ adequado, dentro das possi-
bilidades que uma pessoa tem, de julgar, criticar e formar uma opinião
própria. Seguimos aqui, novamente, o critério de ser ou não adequa-
do para concluir se um comportamento determinado é ou não neuró-
tico. Claro, o medo que um soldado tem ao receber uma ordem de
um oficial durante a guerra, não é neurótico ou inadequado, uma vez
que ele sabe que, não obedecendo, poderá ser castigado até com a
morte. Nem é neurótico o pavor no homem primitivo, frente a um

89
feiticeiro que, segundo os conhecimentos que o aborígine tem, real-
mente possui poderes terríveis. Pelo contrário, é neurótico o medo,
ou respeito servil, exposto na nossa cultura por um adulto frente a
pessoas como ele, as quais representam uma autoridade, qualquer, ou
têm posição social mais alta que a dele, enquanto seria normal um
respeito cortês sem perda do respeito de si. Medo neurótico da auto-
ridade está, numa análise mais profunda, sempre ligado ao senti-
mento infantil de autopiedade, pois provém de uma visão da "criança
interna" que se sente inferior, levantando amedrontado os olhos para
uma pessoa superior, revestida de autoridade. Esta visão foi for-
mada na infância na base dos conhecimentos, ensinamentos e exemplos
que recebeu dos pais e outras pessoas importantes na sua vida. Era
adequada e normal para esta criança naquelas circunstâncias, precisa-
mente assim como é adequada a visão de autoridade do primitivo,
dentro de suas possibilidades de formar uma visão a esse respeito.
A única anormalidade da visão neurótica reside no fato de que a visão
da criança não se adaptou paralelamente ao processo de amadureci-
mento, contando com novas experiências e conhecimentos de si e dos
outros.
O que foi dito acima também vale para uma visão infantil na
qual a autoridade é vista como injusta, usurpadora, hostil. Uma tal
visão pode ser resultado de um processo de aprendizagem na infância,
se os pais ou educadores derem à criança a impressão de que toda
autoridade é má; muitas vezes, porém, provém da visão que a criança
formou do pai ou dos pais, os representantes da autoridade por exce-
lência. No caso de a autoridade do pai ser severa e injusta, a criança
imaginará que pessoas que tenham qualquer autoridade são inspiradas
por motivos hostis, opressores e injustos. Visão da criança que resul-
tará em rebeldia a tudo e que provenha dela, numa atitude de hosti-
lidade ou de não aceitação das prescrições e das regras. Uma "crian-
ça interna", possuindo esta última visão de autoridade, funciona dentro
da pessoa neurótica assim que esta procure ou provoque os famosos
"conflitos de autoridade" bem descritos nos trabalhos de Fromm
(1941). E.g., vão de encontro a toda autoridade, seja de um chefe
de serviço, de autoridade do campo da ciência ou arte, de autoridades
religiosas, até mesmo de Deus. Para a "criança" dentro deles, obede-
cer é igual a ser humilhada e uma ordem ou prescrição vinda de qual-
quer. autoridade é alimentada por este sentimento. Por isto, também
esta atitude hostil à autoridade não muda com o decorrer dos anos.
Exemplos dramáticos da visão de autoridade como agente injusto,
encontraremos quando tratarmos sobre delinqüência. No que diz
respeito às análises de Fromm de conflitos de autoridade em neuró-
ticos, aceitamos estas como válidas, embora não completas. O fenô-

90
meno da autopiedade fixada, impulsionando estes conflitos é o ele-
mento faltante que tem que ser adicionado.
A visão do "bom" ou do "mau" é estreitamente relacionada com
a da autoridade. Este é o tema da "consciência moral" infantil, até
agora funcionando na "criança queixosa in totum". Uma criança
aprende a considerar comportamentos e ações como bons e maus,
como obrigatórios ou proibidos, principalmente pelos imperativos e
interdições dos pais, mas também, pelo que ouve e vê fora da famílii:
de professores, nas casas dos amigos, na igreja, na rua. Por isto, a
consciência moral é formada simplesmente através de uma cópia
passiva das prescrições dos pais, mas é muito mais uma elaboração
subjetiva, conforme o pensamento infantil, de muitas informações
relativas a tudo que convém, que deve ser feito e que nunca pode
ser feito. Elaboração conforme o pensamento da criança: esta obser-
vação é necessária para quem quiser entender uma peculiaridade da
consciência moral infantil; é algo imperativo, compulsivo, refletindo
o modo de pensar infantil, que é hipertrófico. Para criança, algo é
"preto" ou "branco", muito bom ou muito injusto; o pensamento
moral da criança é radical. Podemos observar isto, quando virmos
como crianças repetem uma advertência entre si. Por exemplo:
Uma mãe disse à filha: "Não atravesse a rua" (por causa do trân-
sito perigoso). Logo depois, a menina, brincando com o irmãozinho
menor, o vê tentando atravessar a rua, para pegar uma bola que rolou
para o outro lado. Ela exclama, altamente emocionada: "Não faz
isso! Não podei" A repetição da proibição da mãe é um exagero
mais emocional, conforme a hipertrofia da proibição da mãe é um
exagero mais emocional, conforme a hipertrofia infantil. Desse modo,
as regras vigentes na consciência moral da "criança interna" têm uma
força violenta, são rígidas e carregadas de emoções; além disso, são
sentidas como alheias ao "ego", oriundas de outras pessoas.

A consciência moral pertencente ao adulto, pelo contrário,


contém regras mais racionais, integradas na experiência da vida da
pessoa, que são sentidas como convicções de próprio eu, e podem
ser mudadas conforme os conhecimentos novos da mesma. Assim,
regras de consciência moral aprendidas na infância podem ser dei-
xadas de lado, se a pessoa, ao amadurecer, as julgar não adequadas,
excessivamente rígidas ou livres demais. A consciência adulta desen-
volve-se gradativamente até uma instância mais profunda, tornando-se
uma parte da própria personalidade. Portanto, é algo vivo, que se
adapta ao crescimento psíquico. A voz da consciência infantil é
como voz de criança, alta e barulhenta, enquanto a voz da cons-
ciência adulta é mais tranqüila, às vezes mais fraca, mas corresponde
à visão autêntica da pessoa do bom e do mau.

91
Para a consciência adulta, não vale o que Freud escreveu sobre
o "Super-ego" como entidade autônoma e rígida, alheia ao "Ego"
próprio. O "Super-ego" é a consciência moral infantil, e Freud
teve razão ao afirmar que essa consciência moral é imposta pelos
educadores e age como entidade isolada do próprio "Ego" da crian-
ça. Autores que tomaram de Freud a idéia de um "Super-ego" ou
consciência moral infantil, como Harris, pressupõem que na perso-
nalidade do adulto a consciência moral seja uma terceira entidade,
ao lado das entidades psíquicas consistentes do "eu adulto" e da
"criança interna". Na realidade, esta "terceira entidade", dentro da
personalidade, e que foi chamada por Harris "o pai dentro do
adulto", não é uma terceira fonte autônoma de ações e impulsos,
mas uma parte da "criança interna", isto é, sua visão de bom e
mau. Certamente o adulto pode aceitar regras morais condiciona-
das na infância, mas nesse caso, concordou conscientemente com
estas regras, como resultado de um processo de julgamento. Muitas
regras que aprendemos na infância reconheceremos como regras e as
incluiremos na nossa consciência adulta, ainda que sempre com
algumas alterações e também de um modo menos emocional e menos
imperativo. Muitas regras, porém, que julgávamos "sagradas" na
infância, deixaremos de lado, ao amadurecermos, por julgarmos que
não têm muito sentido.
O neurótico, então, tem duas consciências: uma rígida e impe-
rativa, e outra adulta, susceptível a crescimento.
Uma mulher sentia-se obrigada a visitar a mãe, sempre que esta
expressava o mínimo desejo de ser visitada — embora percebesse
que, muitas vezes, a mãe a chamava por coisas sem importância,
mas, não obstante, não ousava recusar. A "criança" dentro dela
pensava que insultaria a mãe quando não lhe obedecesse, e insultar
a mãe era para ela um grande pecado. Na infância aprendeu a
enxergar os desejos da mãe como algo a ser obrigatoriamente satis-
feito, como os desejos de Deus. Os absurdos, às vezes, das regras
da consciência moral da "criança interna" podem ser ilustrados pelo
exemplo de um enfermeiro num hospital que matou muitos dos seus
pacientes idosos, injetando-lhes insulina. A razão que o levava a
isso era o desejo de ser um funcionário exemplar, cujo departamento
fosse um modelo de limpeza e de ordem. Como sua consciência
moral em relação à limpeza fosse mais forte que o respeito à vida,
elej não titubeava em eliminar os pacientes seus que perturbavam
seu ideal de perfeição, evacuando e urinando nas camas. Na reali-
dade, esse homem era muito infantil, com a consciência de uma
criança que aprendera a enxergar lixo, sujeira e desordem, como
coisas abomináveis. (*)
(*) Caso de um criminoso, setenciado na Holanda.

92
Mas há inúmeros exemplos da visão moral infantil em adultos.
Escrúpulos emanam da visão da "criança interna" sobre o que é
"perfeito"; mas também o oposto, a ausência de inibições morais
pode refletir a visão de uma "criança interna" relativa ao "bom e
ao "mau". Quando a mãe e o pai deram o "mau exemplo", e.g.
indicando que não é ruim roubar algo de alguém, esta visão será
também incorporada na "criança interna" e sobreviverá, apesar do
conhecimento e entendimento consciente que, depois da infância,
crescerão na pessoa, que entenderá que tais comportamentos não
são aceitáveis senão numa situação de grande carência.
Acrescentemos, ainda, que a consciência moral da "criança
interna" também está sendo alimentada pela autopiedade, a força
vivificadora dessa segunda personalidade. Em última análise, as
raízes da consciência infantil no adulto são queixas infantis próprias,
(como no exemplo dos escrúpulos: "Pobre de mim! Estou fa-
lhando", ou "Sou culpado"); em outras palavras, servem como justi-
ficações para queixar-se, ou seja, são conseqüências diretas de uma
queixa infantil (como no exemplo da pessoa que rouba, achando
que não faz nada errado, porque sua "criança interna" se queixa de
ser maltratada pelo mundo, ou pelo destino, e essa queixa mantém
a visão infantil de que não é errado roubar algo desses "outros que
para ela representam o "mundo").
Parte da visão moral da "criança interna" consiste de "ideais".
A criança construiu ideais morais ou religiosos, ou concernentes à
sociedade, ou sobre a própria vida e a personalidade. Às vezes, os
psicólogos falam no "Ego-ideal", o "eu" como a criança desejava
que tivesse sido. Todas estas variações de ideais são reencontradas
na "criança interna queixosa". O ideal infantil religioso ou moral
vive principalmente em pessoas que hospedam uma "criança" que
sente-se culpada ou cheia de falhas; o ideal infantil de uma sociedade
perfeita — concebida segundo qualquer teoria —- ou de um matri-
mônio repleto de romanticismo e felicidade é muitas vezes parte da
visão de uma "criança" que se queixa, respectivamente, de ser discri-
minada pela sociedade, ou de não ser amada, e vai imaginando um
relacionamento romântico e ideal no casamento; o ideal de ser rica,
ou influente pode ser o complemento da queixa infantil de ser vista
pelos outros como nulidade, etc. Geralmente, ideais de perfeição
são pensamentos infantis, sonhos baseados na queixa: "Ah! se tudo
fosse a s s i m . . . " . A diferença dos ideais adultos, ou realísticos, é
que estes se apoiam na realidade, são pesados dentro do quadro do
mundo como existe e, por isso, são flexíveis de acordo com as cir-
cunstâncias. Não trazem a característica do ideal neurótico: a ansie-
dade queixosa de atingi-los e a contínua frustração de não os haver

93
atingido suficientemente. A história conhece os efeitos maléficos
dos "grandes sonhadores" que sonhavam em melhorar o mundo
drasticamente até a perfeição, os grandes descontentes que estavam
tão preocupados com seus ideais imaginários — o que significa que
existiam somente na sua própria imaginação infantil — que eram
insensíveis aos enormes sofrimentos que causaram à humanidade.
Uma queixa infantil é, do mesmo modo, a raiz do "eu-ideal"
infantil do neurótico. A "criança interna", queixando-se da sua
chamada "falta de valor", vai criando um eu-ideal que seria perfeito
aos seus olhos. Por ser esse ideal um pensamento de criança, ele é
exagerado (veja a onipresente hipertrofia infantil) e inacessível. É
inacessível, porque a criança está sempre a queixar-se de que não
é esse o ideal, pois sempre estará faltando algo da perfeição desejada.
Ansiedade por uma forma de perfeição é o outro lado da moeda
na qual está gravada uma queixa de si, ou seja, um sentimento de
descontentamento de si. Por conseqüência, a distância entre visão
do eu e o "eu-ideal" de neuróticos normalmente é longa. Pelo
contrário, a pessoa adulta tem um "eu-ideal" mais realístico, e ficará
mais contente do estado do "eu" atual.
Neste ponto, tem de ser colocada uma pequena observação com
respeito à atitude, às vezes encontrada em pessoas neuróticas, de
parecerem demasiadamente contentes de si. Estão sempre se felici-
tando, e parecem estar muito felizes com suas próprias gestões e
capacidades, etc. Na verdade, acreditam mais ou menos nisto tudo.
Essas pessoas, porém, são crianças que fogem com filáucias, todavia
têm sentimentos de inferioridade, sentindo-se, portanto, dignas de dó.
Revela-se nisto um traço de pensamento-de-criança ("child of the
past thinking"): uma criança pode imaginar-se de tal maneira, que
realmente acredite possuir todas essas qualidades excelentes. A
ansiedade de perfeição torna-se realidade para ela-, é "wishful
thinking". Para sermos mais exatos: em cada "criança interna"
podem ser constatados estes dois aspectos interligados do eu-ideal;
por um lado, a "criança" continua queixando-se de que não é como
deveria ser, que não alcança o ideal; por outro lado imagina e com-
porta-se, às vezes, como se realmente já possuísse a personalidade
sonhada. Um homem, que se sentia como uma pobre criança e não
respeitada pelas outras por causa de sua posição social, que era
inferior a de seus amigos, tinha o ideal fantasiado de ser um grande
comerciante do tipo dos grandes e ricos comerciantes do século XVII,
possuindo grandes casas, empregados, comportando-se como um
príncipe, dando ordens, organizando festas, etc. Durante sua vida
realizou algo dessas fantasias, embora sua "criança interna" conti-
nuasse com a queixa de não ser suficientemente respeitada. Sempre

94
se comparava com fabricantes ou milionários mais ricos que ele
(queixa da "criança"), mas por outro lado, a "criança interna"
também acreditava no seu eu-ideal e desempenhava o papel de
grande comerciante que tinha um sucesso depois do outro, que pen-
sava "em linhas grandiosas", etc.
É claro que muitas "crianças internas" constroem seus ideais
de perfeição, de vida e do "eu", com o material que encontram ,no
ambiente, principalmente na família. Se domina na família um
ideal de riqueza, uma criança lastimosa pode facilmente "herdá-lo"
porque é normal, para crianças, pensar que é ideal o que os pais e o
ambiente apresentam como "formidável", "digno de admiração",
"ideal". Uma "criança interna" que se queixa de sua perfeição,
por exemplo, pode ter uma idéia de perfeição que é uma elaboração
do ideal de perfeição de um pai. Os valores dentro da família são,
na maioria das vezes, modelos para o ideal inatingível da criança
com autopiedade.
Pode ser que a criança, que se sente inferior, pense que uma
pessoa específica, ou um tipo específico de pessoa, seja a realização
de seu ideal. Tais pessoas se tornam, aos olhos da criança, "super-
homens" e a criança tenta imitá-los tanto quanto possível. A ideali-
zação deles mostra novamente a hipertrofia infantil: eles são deuses,
mas ela é nada em comparação com eles, uma tal idealização, que
é comum numa certa fase de desenvolvimento psíquico (em primeiro
lugar, na adolescência), fica co-fixada na "criança in totum", amar-
rada à atitude autoqueixosa. Os ideais de crianças e adolescentes
são bem conhecidos por quem os observar: riqueza, poder, inteli-
gência, sucesso, beleza ná aparência física e forma do corpo. São
realmente estes aspectos "exteriores" que podem entusiasmar sempre
a mente imatura.
Observamos, afinal, no neurótico a permanência da visão infan-
til de Deus, de coisas religiosas e do matrimônio. Quando a criança
no passado, enxergava este último como irrealizável, ou terrível, por
causa das brigas que presenciava em casa entre os pais, a "criança
interna" no adulto vai ter sempre essa visão do matrimônio, o.que
pode levar ao medo de casar-se. O mesmo vale quanto à visão
infantil de dinheiro, de trabalho, da vida em geral. Um pai quei-
xoso, que é acostumado. a pintar a vida como coisa muito difícil,
ou amedrontadora, transferirá facilmente essa visão à criança, que
certamente pensa que tudo o que o pai diz e acha é a verdade
absoluta. Logicamente, se essa criança vai desenvolvendo um com-
plexo neurótico, integrará essa visão pessimista da vida, que se liga
bem com sua própria experiência negativa. No adulto, tal visão
pessimista sobreviverá na "criança interna".

95
Concluindo, a "criança in totum" permanece no adulto, inclusive
todas as suas visões e autovisões, na medida que estas emanam da
autopiedade. Um estudo analítico de cada pessoa neurótica indivi-
dual faz entender os pensamentos específicos da "criança queixosa"
concreta que vive dentro dela. Sempre podemos observar muitos tra-
ços de pensamento infantil em neuróticos. Alguns se comportam exa-
tamente como crianças que estão alegres por causa de um sucesso ou
de atenção que obtiveram de outras pessoas; outros são impulsivos
como crianças, ou irresponsáveis, outros podem comportar-se como
"enfants terribles", e esta expressão francesa classifica muito bem tal
tipo de comportamento.
É comum ouvirmos uma pessoa dizer, falando de outra: "É
igualzinha a uma criança grande", indicando que a outra é objeti-
vamente, quanto ao corpo, adulto, mas psiquicamente criança. Muitos
neuróticos, como crianças, vêem todas as suas experiências como
muito importantes, até mesmo as menores experiências, e falam e
pensam sobre si como se o próprio eu fosse uma fonte inexaurível
(daí o perigo de reforçar esse traço em análises psicoterapêuticas que
enfatizam demais a importância de todos os pensamentos e senti-
mentos do cliente). A "criança interna" fá-los pensar e sentir
como crianças: muito emocionalmente, e com visões, pensamentos,
desejos e ideais que não são adequados à pessoa adulta mas .fixada
a esta "criança do passado". Por isso, vivem, parcialmente, em
estado estacionário.

96
CAPÍTULO XVII

A "CRIANÇA QUEIXOSA" Q U E R E C L A M A

Ao ficar com autopiedade, uma criança ficará também com a


inclinação de reagir com raiva contra as pessoas que julga respon-
sáveis por sua tristeza, ou contra o destino. Rebeldia e reclamação
são componentes secundários do instinto de autopiedade. À recla-
mação: "Que injustiça! Pobre de mim!" segue-se naturalmente:
"Não aceito!" Por esta razão constatamos em quase todos os neu-
róticos a existência de uma atitude rebelde, de agudas acusações
(veja o caso Anette de Missildine). Em alguns, esse ódio infantil
é tão grande que pode levar a delitos; em muitos não é tão prepon-
derante, mas suficientemente forte, de modo que, de vez em quando,
inunda os outros com uma volumosa onda de rancor, ou com várias
diferentes expressões de hostilidade. Um homem neurótico relatou
que saía de casa com um humor que era normalmente excelente.
Porém, quando se aproximava de seu escritório, seu humor se inver-
tia sem razão aparente (gostava do trabalho, tinha bons relaciona-
mentos com seus colegas, etc.). Sentia que ia ficando zangado, e
entrava nele com esse sentimento. A primeira pessoa que ele
encontrava no escritório, e à qual pudesse criticar em qualquer ponto
que fosse, era por ele atacada sem misericórdia. Tais sentimentos
de raiva são emoções intensas de um menino que se sente insultado
— e crianças, sendo criaturas emotivas, podem ter raivas fortes.
Originalmente, o protesto infantil é uma ab-reação, mas pela
fixação da autopiedade, torna-se autônomo; depois surgirá repenti-
namente e sem razão, ou quando existem apenas poucas razões para
isso. Há diferenças entre os neuróticos no modo de expressar a
raiva; alguns, como o homem que descrevemos há pouco, soltam
os freios do ódio e gritam ou batem. Há outros, contudo, que não
ousam fazer isso, provavelmente por causa de uma criação mais

97
severa. Crianças que são acostumadas a expandir seus sentimentos
negativos ficarão com este costume posteriormente. Isso acontece
não somente com crianças provindas de ambientes não sociais, onde
não têm o cuidado de disciplinarem expressões emocionais, mes-
mo que causem prejuízos aos outros,1 mas também em geral com
crianças criadas de modo indulgente"e permissivo demais. Logo,
extroversão e introversão, como traços de personalidade, não devem
ser. necessariamente ..explicados com uma teoria que presume uma
base hereditária. O tipo de personalidade que exprime sem inibições
seus impulsos emocionais (e.g., o tipo de "acting out") é conside-
rado, às vezes, um tipo que possui fatores neurofisiológicos .especí-
ficos (veja a teoria da extroversão, de Eysenk e alunos); porém,
estudando o desenvolvimento de pessoas excessivamente extroverti-
das em relação ao método de criação na família, podemos encontrar,
na maioria das vezes, uma disciplina deficiente que levou à persona-
lidade desinibida. Do mesmo modo, uma expressão desinibida de
impulsos agressivos parece ser dependente principalmente da maneira
da criação na infância. O neurótico que é mais inibido nas expres-
sões de seus sentimentos pode agir agressivamente, por exemplo,
apenas verbalmente, na forma de afirmações amargas e hipercríticas,
ou de manobras hostis mais ou menos camufladas, mas onde aparece
seu "ser insultado". Um exemplo desta atitude de vingança, de fato
muito profunda e forte, é o de um homem que se apresentava a todos
com um sorriso .suave, se comportava gentilmente e com agrado,
mas na realidade tentava destruir a carreira de alguns através de
intrigas e mentiras que dificilmente podiam ser provadas. Em seu
coração odiava violentamente — porque sua "criança interna" se
queixava de ser inferior aos olhos dos outros que odiava. Esses
"lobos em pele de ovelhas" têm sentimentos agressivos da mesma
intensidade dos neuróticos que são violentos de um modo manifesto
e que, quando insultados, ganham uma força enorme e lutam ime-
diatamente.

Visto isso, qual é o valor da expressão "acting out" (agredir


desenfreadamente?). Sem dúvida, o lobo em pele de ovelha leva a
efeito também seu sentimento de vingança. O modo de exprimir
sua agressão é menos interessante, psicologicamente, que o senti-
mento de vingança que vive dentro da pessoa neurótica.
Não é de causar surpresa que Freud tenha encarado, nos sonhos
e fantasias de neuróticos, um desejo de matar. Alguns neuróticos
raramente expressarão, de modo completo, os sentimentos de vin-
gança ou de rebeldia de sua "criança interna", mas quando se abrem,
numa ocasião qualquer, os impulsos infantis de vingança se apossam
deles. Sendo assim, nessas ocasiões há os que são capazes de rea-

98
lizar um crime. Um certo número de casos de maus tratos e assas-
sinatos resultam de tal inundação de sentimentos de vingan ç a em
neuróticos que, normalmente, são gentis e não manifestamente
agressivos (embora seus sentimentos latentes de serem injustiçados
são reconhecíveis para o bom observador).
Talvez a relação matrimonial seja a situação interpessoal na
qual este ódio infantil, carregado pela autopiedade fixada, vai ser
expresso até acabar. O "eu" infantil queixando-se, fica expostb à
tendência de fazer também do parceiro matrimonial um objeto de
queixas: "Ele (ela) não mie entende, me maltrata, abandona,
etc. . ." Então o ódio recai sobre a cabeça do parceiro que é visto
pelo'neurótico como injusto. A "criança queixosa" alimenta-se de
autopiedade e ódio às custas do parceiro: queixa-se por m e j 0 de
críticas mordazes, raiva e xingações. Tal expressão de ódio quei-
xoso decorre automaticamente, quase sem que o neurótico a perceba.
Um homem com um "euzinho" muito insultado e que podia expres-
sar-se diante de sua mulher e filhos de modo muito sarcástico e
destrutivo, tinha, às vezes, quando sonolento, explosões de agressi-
vidade, tirando a pontapés a mulher da cama mas depois., quando
acordava, não podia crer no que havia feito.
Por vezes, a mulher de um neurótico pode ficar com medo
mortal somente pelos olhares amedrontadores do marido. Olhares
que expressam um ódio satânico meio incontrolável. Existem neu-
róticos que são obcecados por impulsos de vingar-se, de humilhar e
"dar pontapés" onde for possível, ^ t ó ^ e Ju^danj^.
talmente não é outra poisa... senão_ nm rancor intenso e infantil"
Pode-se imaginar dè onde se origina a idéia de que em algumas
pessoas mora um demônio atormentador. A compulsão a queixar-
se leva alguns neuróticos a atormentarem a si mesmos com 0s sinto-
mas mais perturbadores possíveis, mas outros a atormentarem o u tras
pessoas, do mesmo modo obstinado e impiedoso. Um homem, batia
em sua mulher e lhe dava pontapés de modo ..muito regular, durante
mais de quarenta anos de seu matrimônio. Forçava-a a contatos
sexuais aversivos, xingava com palavrões e insultava-a co m frases
desonrosas." preferivelmente na presença de outros; além disso,'bebia
muito... Ém contraste, ele era extremamente gentil.para co ra outras
pessoas fora da casa, embora mentiroso de modo tão hábil, q u e n e m
mesmo o médico da família, ou o assistente social, ou o sacerdote,
viam uma possibilidade de influenciá-lo. Enganava a todos com
sua pose de ser um homem honesto. Um "eu" infantil como o
desse homem é "satânico": maldoso, tirânico, dramatizando para
sempre conseguir o que desejava, cheio de rancor e mentiras. A
"criança" no adulto não é apenas um pobrezinho inocente, embora

99
se sinta desse modo na maioria das vezes: como uma florzinha
amassada. Quando uma criança começa a sentir-se inferior e a ter
autopiedade, os instintos mais violentos e primitivos, egocêntricos,
podem ser despertados como conseqüência da autopiedade, entre
os quais se encontra, às vezes, uma verdadeira obsessão de vingança.
A mania de vingança manifesta-se no prazer neurótico em
sarcasmo e na gozação, com_a finalidade de importunar outra pessoa
de modo doloroso. Crianças que não se sentem bem amadas podem
mostrar esta reação: gostam, mais do que seria normal, de gozar, e
zombar dos outros, libertando-se deste modo de seus sentimentos
de vingança. Reencontramos o mesmo traço em adultos neuróticos
gozadores. A fonte mais profunda de seu sarcasmo e ironia pode
ser uma insatisfação, uma inveja infantil ou um sentimento crônico
de ser insultado; logo, uma atitude autoqueixosa.
Na vida social (na vida do trabalho, na política, etc.) são
freqüentemente exprimidas vinganças infantis, como, por exemplo,
sob a capa de aplicar corretamente regras burocráticas, ou no mau
uso de posições de poderio e de autoridadei
Ao perguntarem qual é o tipo de neurótico que possui maior
quantidade dejàdio, responderemos que são as pessoas que na infân-
cia se sentiam mais humilhadas. O "eu" primitivo, inclusive o "eu"
da criança, não suporta humilhações, ou ser envergonhado, e nessas
condições ficará preso a um sentimento de rancor. Parece ser uma
lei de Ação-Reação: quanto mais humilhado com ódio, mais forte
será reação de ódio e rancor. Como numa briga de meninos:
quanto mais violento o tapa que um deles recebe, mais veemente
será sua vontade de causar dor ao agressor. Aplicando esta regra
de reciprocidade, pode-se deduzir, por exemplo, que Hitler, cujo
psique era dominada por uma "criança" que chorava, se lastimava,
gritava e reclamava, deve ter sentido muita humilhação durante sua
infância.

100
CAPÍTULO VIII

SONHOS D E NEURÓTICOS

Desde a "Interpretação de Sonhos" de Freud (1900), o sonho


foi altamente estimado como instrumento de análise da psique
neurótica. O trabalho menos conhecido de Stekel"Progresso _e
Técnicas da Interpretação de Sonhos" (1935) adicionou novas idéias
válidas à análise freudiana e fez com que a interpretação desse
maior valor às emoções vividas e inspiradoras das imagens sonhadas,
do que às próprias imagens e seu conteúdo formal. Conforme
Stekel, pode-se interpretar melhor na medida em que se percebem
com mais clareza as emoções que foram experimentadas pelo so-
nhador. Observações parecidas, e mais realistas, foram feitas depois
por Medard Boss, Calvin Hall (Kramer, 1969) e outros.
Na interpretação de sonhos em geral, e muito mais na inter-
pretação de sonhos de clientes neuróticos em tratamento, temos de
ser cuidadosos em não dar toda a liberdade a nossa fantasia: muita
"interpretação" de sonhos provém de uma tendência romântica, do
gosto de "revelar segredos" inconscientes; na realidade, entretanto,
os temas emocionais dos sonhos não revelam mais do que pode ser
concluído por uma observação e análise atenta dos sentimentos e
pensamentos do sujeito no estágio de vigília. Um sonhador, que
sempre tem sonhos nos quais aparece como alvo de perseguições,
sente-se também pouco à vontade, ou ameaçado, na presença de
outras pessoas na vigília; ou aquele que é freqüentemente ^agressivo
nos sonhos, sentirá os mesmos impulsos durante a vida diária. Esta
afirmação serve para advertir-nos que não olhemos os sonhos com
demasiadas expectativas. Outras advertências para inibir interpre-
tações fantásticas vêm do campo de pesquisas eletrofisiológicas sobre
os processos de sono e sonhos. Indicam estas pesquisas que nor-
malmente a pessoa sonha uns quatro períodos por noite, principal-

101
mente (embora não exclusivamente) durante uma fase caracterizada
por ondas cerebrais rápidas e dessincronizadas, movimentos rápidos
dos olhos (REM) irregularidade da freqüência cardíaca e respiração,
tono diminuído do pescoço e movimentos fásicos da face e dos
lábios. Quando este quadro de fenômenos aparece com estudos no
laboratório, o sonhador pode ser acordado (depois de um prazo
mais ou menos curto) e o pesquisador indaga sobre o sonho, seu
conteúdo e as emoções que o acompanham. Algumas coisas são
claras, segundo os estudos (Foulkes, 1966): sonhar é a parte mais
pronunciada de um processo de pensar, no qual os pensamentos
tomam gradativamente as formas de imagens; por isso, sonhos
lembrados espontaneamente são muitas vezes apenas compreensíveis
se postos nesta série de pensamentos e semipensamentos. Aliás,
sonhos lembrados são, na maioria, sonhos da última fase de sonhos
(sonhos matinais), e por isso o interpretador-terapeuta geralmente
dispõe apenas de fragmentos de uma série de pensamento, imagens
e sentimentos que cruzaram a cabeça durante a noite. Isto sepa-
rado do fato de que o que o sonhador lembra espontaneamente,
muitas vezes não é ji mesma coisa que pode lembrar imediatamente
após o despertar (não porque reprimiria as primeiras lembranças,
mas simplesmente porque sonhar acontece, de modo geral, num esta-
do de consciência diminuída ou "deteriorada" e, para lembrar-se
claramente de qualquer experiência, é preciso estar bem consciente,
com plena atenção). Podemos concluir que o fenômeno de sonhar,
por interessante que seja do ponto de vista da psicologia de percepção
e da imaginação, foi fortemente superestimado quanto à sua rele-
vância para entender a neurose, e, subseqüentemente, quanto a seu
valor curativo.
Outra observação é que todas as interpretações de sonhos têm
que ser controladas. O controle, ou verificação mais direta, é
comparar o resultado da interpretação com os conteúdos da cons-
ciência vigilante. Um homem que teve um sonho muito emocio-
nante, no qual se sentia pequeno e fraco entre pessoas grandes e
fortes que falavam com ele, segundo o sonhador, como um rei com
seus súditos, observou que a emoção dominante do sonho era
de humilhação, de ser uma nulidade sem defesa. A interpretação
de que esse homem se sentiu inferior e sem força ("pequeno")
frente a outras pessoas, não foi difícil, nem sua verificação, pois
o sonhador estava bem consciente de que experimentava os mesmos
sentimentos sempre que assistia a reuniões ou se achava no meio de
outras pessoas. O fáto de muitas vezes, em sonhos neuróticos,
aparecerem as figuras de pessoas importantes da infância, freqüen-
temente indica que os sentimentos experimentados durante o sonho

102
foram os mesmos que teve em relação a estas pessoas na infância, o
que é claro, se lembrarmos a sobrevivência da "criança" do
neurótico.
Tais sonhos sublinham, portanto, a permanência de atitudes
infantis para com essas pessoas importantes como pais, irmãos, etc.,
mas não revelam coisas que ainda não soubéssemos.
Interpretações que não são verificáveis com o critério dos senti-
mentos na vida vigilante, têm de ser evitadas, e isto vale certamente
para interpretações em que o interpretador emprega truques, não
aceitando o conteúdo e as emoções expressas como se apresentam,
mas invertendo-os ou alterando objetos do sonho em objetos ou
pessoas que, segundo ele, são simbolizados com os objetos sonhados,
etc. Por exemplo, o interpretador que não aceita como tal a emoção
"medo" que foi claramente expresso num sonho, e "explica" este
medo como "sexualidade escondida" (Freud) não têm outra base
para proceder assim, senão o de uma doutrina. Com justificativas
iguais poderia dizer, no caso de um sonho no qual o sentimento
sexual foi exprimido, que o sonhador tivesse, "na verdade", um
sentimento escondido de medo que foi convertido em um sexual.
E mais, poderia fazer o mesmo com todos os sentimentos vividos
na vida vigilante, não aceitando mais nada como se apresenta. Se
quisermos pensar cientificamente, porém, devemos oferecer somente
interpretações que se submetam a controle lógico e que não violen-
tem as emoções como são apresentadas. Senão, o interpretador
estará sonhando mais do que o próprio sonhador.
Em sonhos de neuróticos, muitas vezes é expressa uma emoção
de autopiedade. Alguns têm sonhos nos quais são perseguidos, ou
seus empreendimentos fracassam, ou nos quais querem alcançar algo,
mas são impedidos, chegam tarde demais a um compromisso impor-
tante, são ridicularizados, inferiorizados, etc.
Uma noiva sonhou que descobriu no dia do casamento, na
presença da família e dos convidados, que a roupa bonita que fabri-
cara com muito cuidado e amor durante as semanas anteriores, era
de papel e se rasgou. Que sonho fértil para interpretações fantás-
ticas e românticas! Explicar que ela, por exemplo, secretamente
desejava estar nua (exibicionismo), possivelmente na presença do
pai (desejo incestuoso) ; ou, talvez, que desejava exibir-se às mulhe-
res presentes lá (tendências homossexuais). Ou, que "na reali-
dade", inconscientemente, não desejava casar-se ~è por isso desejava
que a roupa (símbolo do matrimônio) se rasgasse. . . tudo isto pode
talvez captar a fantasia inclinada a' determinadas crenças, mas não
conta com alguns fatos simples: 1 ela realmente desejava casar-se,

103
2) não mostrou quaisquer impulsos sexuais anormais na vida da
vigília e 3) o sonho exprimiu um fracasso, contendo indiscutivel-
H mente um sentimento de apreensão, pavor e grande desilusão. A
explicação simples é sempre preferível à complicada, e, além disso,
devemos respeitar integralmente o que observamos. Ora, observa-
^ mos um sentimento de fracassar e ser rdiícula; a mulher verbalizou
este sentimento assim: "Tenho medo que a festa de meu casa-
mento malogre" e acrescentou que vivia todos os dias com o
^ pensamento de que não estaria bonita, que os convidados julgariam
negativamente à festa e a ela, que alguns brigariam entre si, etc.
* Uma boa interpretação desse sonho era: sentia-se a vítima. Não foi
^ difícil a verificação disto; em primeiro lugar, ela sempre tinha este
tipo de pensamentos quando acontecia algo de importância (exames,
«k uma visita importante, etc.): "Eu fracassarei!" Em segundo lugar,
comparava-se sobretudo com sua irmã mais velha e, durante este
período antes do casamento, teve diversas vezes um ataque de lá-
ifc grimas, chorando: "Por certo, meu casamento não será igual ao
de minha irmã". Em síntese, o sonho conteve uma queixa — e
^ uma queixa que não era uma novidade na vida psíquica da mulher,
ii* O sonhador neurótico muitas vezes ê vítima de situações frus-
trativas (veja seus pesadelos). Que diferenças existem entre eles e
seus pensamentos e imaginações, ou seja, queixas, da vigília? Certa-
mente, as emoções do sonho são mais pronunciadas em certos sonha-
dores, mais vivas que as da vigília, sendo isto uma característica do
estado específico da consciência que é o sonho. Concluímos que a
„jj| compulsão a queixar-se se estende no sonho.
a» Há sonhos esteriotípicos de neuróticos. Parecem exprimir fre-
qüentemente a queixa principal, por exemplo, a de ser abandonado,
de ser humilhado, de ser criticado. A "criança interna" queixa-se
«Ü» nestes sonhos como na vigília.
De resto, o processo de queixar-se no sono e no sonho é
observável, às vezes, com pessoas que gemem, suspiram, até choram,
i* ou rilham os dentes quando dormem.
^ Com tudo isso, não negamos a possibilidade de que, umas vezes,
o neurótico possa ficar mais consciente de seus sentimentos infantis
durante o dia após uma avaliação das emoções experimentadas em
>*
alguns de seus sonhos. Assim, a conscientização de um sonho rein-
cidente, ou muito emocional e claro, contribui para uma boa auto-
observação, o que é importante no processo terapêutico. Saliente-
.«ti mos, também, que a análise realística de uma série de sonhos du-
rante algumas noites consecutivas (usando os métodos de labora-
is tório) pode ser uma maneira de controlar o efeito de um tratamento
(veja Hauri, 1976). Devemos esperar que um cliente com os

104
,ri»
sonhos do tipo negativo, desagradável e infantil, que contêm cjueixas,
estará curado quando eles tiverem desaparecido. Não é este o único
e nem necessariamente o melhor método de controlar a diminuição
do funcionamento da compulsão a queixar-se sendo a observação
bem acurada dos pensamentos e sentimentos, durante a vigília, o
método "par excellence" para registrar efeitos de uma psicoterapia.
Existem, embora sejam menos freqüentes, sonhos neuróticos
com conteúdo positivo. Nestes sonhos, o "eu" pode voar, ou tem
grande sucesso, é admirado, etc. É novamente a "criança queixosa"
que está imaginando tais cenas. Sente-se ameaçada, ou interiori-
zada (são estes sentimentos experimentados na parte anterior da
noite, durante um período anterior de sonhos?) e deseja encontrar-se
em situações opostas. Seria como presos, num campo de concen-
tração, que podiam sonhar com refeições deliciosas, ou reuniões
alegres. Para tais sonhos cabe a afirmação de Freud de que sonhos
são "cumprimentos de desejos" (o que não vale para sonhos com
conteúdo negativo). A este respeito, a "criança interna" também
se manifesta do mesmo modo que durante o estágio acordado,
quando pode abandonar-se em situações imaginárias felizes, situações
de "escape" da realidade, da forma: "Ah! se minha vida fosse
assim. . .".
Queremos agora, ilustrar, com um relatório escrito, trazido por
um cliente de uns 30 anos, homossexual, .na sessão terapêutica, como
a "criança queixosa" e todos os sentimentos pertencentes a ela, às
vezes aparecem na vida sonhada. Trata-se de um sonho "chave"
(Spotlight-dream", na terminologia de Hall, 1953), sonho que
contém em forma condensada o drama central da "criança queixosa":
"É um sonho", leu o cliente, "do qual tenho muita vergonha.
Estava vivendo novamente com meu pai, mãe e irmão mais velho e
tive a forte impressão de que todos eles eram solidários entre si.
Por alguma razão que não me lembro, meu irmão atacou-me por
trás, falando palavras em espanhol (*). Fiquei sem defesa e nin-
guém tomou meu partido. Minha mãe era no sonho uma figura
vaga, muito doente, mas, apesar disto, agredi-a por vingança. Ela
estava indefesa, mas eu não me contive: continuei batendo. Até
importunei meu pai, a quem na realidade adoro. í>isse a ele: "35
velho demais, muito velho! Um homem tão idoso nunca deveria
criar uma criança tão jovem! Sempre fui muito vivo e empreen-
dedor demais para você! Sempre fui demais para você!". . . Tive

(*) O cliente, em criança, via seu irmão como uma pessoa muito erudita.
"Palavras em espanhol", para ele, tinham o valor de "algo sábio que eu não
posso entender"; exprimiu, deste modo, seu sentimento de admiração e distância
para com ele.

105
a impressão de que aqueles três formavam um grupo de pessoas
mais velhas do que eu, e, por isso, eu não conseguia penetrar em
seu meio, e pensei: "Sou jovem e sem importância; por isso, não
querem falar comigo sobre suas coisas mais importantes. Ah!
Quisera que eu fosse também adulto e maduro! "Depois da leitura,
o cliente acrescentou: "Quando estou dizendo novamente agora
esta frase, fico de novo profundamente emocionado. De resto,
custa-me refletir sobre o sonho. Automaticamente, fico sonolento e
minha atenção se desvia".
O sonho continha a situação psicológica vivida por este homem
na -infância. Era o caçula com pais velhos que não tinham muito
interesse • por ele, assim como seu irmão mais velho. Vemos os
sentimentos de autopiedade representados indisfarçadamente através
de expressões como: "Estava indefeso", "ninguém tomou o meu
partido": sentia-se abandonado. As duas conseqüências deste sen-
timento de -tristeza infantil ou autopiedade foram a tendência a vin-
gar-se (bater, importunar) e a ansiedade queixosa: "Oxalá, que eu
fosse também como eles!" Estes dois traços de sua "criança inter-
na" manifestaram-se claramente em sua conduta e em seus pensa-
mentos. Sentia-se rapidamente excluído de um grupo e reagia com
ódio e também com diversas tentativas tensas para ser' aceito pelos
outros (*). Entre outras coisas, emanava de sua queixa principal:
"Sou abandonado", seu desejo homossexual, tendo como objetos
"amigos protetores". Incidentalmente, a "vergonha" e o impulso
de desviar sua atenção das emoções dolorosas do sonho têm algo
a ver com sua aversão de encarar objetivamente a si mesmo e a seus
sentimentos e perceber claramente sua autopiedade.
Às vezes, o sonhador relata que,. depois de despertar de um
sonho triste, sente a tendência de abandonar-se de novo à tristeza
do sonho, de reprocurav aquela situação lacrimosa na sua fantasia.
Este é o funcionamento da compulsão a queixar-se, que possui tal
poder sobre a mente, que é difícil resistir ' a ela. Do mesmo modo,
alguns poetas neuróticos, em vez de deixar as tristezas de seu passado
de lado, preferem reinvocá-las em seus trabalhos, nadando nas ondas
de "melancolia"; nem é incomum que um neurótico, observando-se
durante uma conversa, perceba que não quer parar com suas lamen-
tações, ainda que esteja bem consciente de que está queixando-se.
Perder-se em queixas parece ser algo muito atraente nestes momentos.

(*) Desempenhava de modo saliente o papel de "homem velho e sério que


conhece bem a vida": maneira de sua "criança" manter-se entre os outros e que
refletia ao mesmo tempo, seu desejo de ser "um dos mais velhos", tão nitida-
mente indicado no sonho.

106
O sonho neurótico — e, naturalmente, nem todos os sonhos de
neuróticos são sonhos neuróticos — pode refletir todos os impulsos
da "criança queixosa". Há neuróticos que, nos sonhos, lutam,
xingam, fogem ou mendigam', outros que iriunfam, vencem e vivem
suas ilusões, produtos de desejos. Quem afirmar com Freud que
"todo sonho é cumprimento de um desejo" tem razão quanto aos
sonhos da última categoria. Quanto aos sonhos com emoções nega-
tivas (queixas, tristezas, medos, ansiedades, raivas), tal presunção
não tem muito sentido, a menos que se use a palavra "desejo" num
modo vago, mais ou menos como sinônimo de "impulso", "motivo".
Então, pode-se falar em "desejo de queixar-se", "desejo de fugir",
etc.. . . mas é óbvio que, desta maneira, a palavra "desejo" é despida
de seu sentido normal, o que não é muito aconselhável, porque não
favorece o entendimento dos sonhos em nenhum sentido. Já fala-
mos que a teoria de Freud, de que os desejos que inspiram sonhos
negativos sejam inconscientes, deve ser rejeitada por ser inverifi-
cável em princípio. É um axioma, ou, se quiser, uma crença.
Finalmente, temos o fenômeno do "mau humor" ao despertar.
Muitas vezes, é um sintoma neurótico: a "criança interna" estava
queixando-se no sonho e traz esse sentimento consigo para a vigília;
ou começa a queixar-se ao despertar, encarando o dia que se inicia
como um fardo pesado que tem de ser carregado.

107
CAPÍTULO X I V

CONSEQÜÊNCIAS COMUNS DA "CRIANÇA


QUEIXOSA":

"Necessidade de representar"; "projeção", emocionalidade e


sugestibilidade.

Muitos neuróticos têm o sentimento de que precisam represen-


tar, Isto significa, conforme Arndt (1958), que pensam em desem-
penhar um papel quando, na realidade, funcionam como os adultos
que são, fazendo o que lhes cabe objetivamente, quanto à posição
social ou idade. A "criança queixosa" acha que seu lugar tem de
ser inferior ao dos outros e, certamente, não é um lugar de adulto.
Não se sente à vontade se estiver numa função, por exemplo, de
autoridade, chefe de família, chefe de departamento, professor de
uma classe, médico frente a um' paciente, etc. Pensa que tem de
fazer "truques" para ser aceita nesses papéis adultos, porque não
pode encarar seriamente que ela está trabalhando e agindo como
"se fosse adulta". Claro, o sentimento de "dever representar" é
uma convicção da "criança interna", muitas vezes absurda. Um pai
que não ousa proibir algo a seu filho ou o professor de uma classe,
ou um chefe de uma.loja, se sentem um pouco culpados se exigirem
algo de uma pessoa subordinada, agem como crianças que não têm
direito de proibir ou comandar. Têm o sentimento de que é ridí-
culo que elas se achem "em cima" dos outros. Estas situações
caiisam medo para a "criança", precisamente CÓÍTÍO uma criança real
sentiria medo se tivesse de desempenhar o papel de "diretor", ou
"professor", ou "educador". Alguns neuróticos, tentam, pois, evitar
o "papel de adulto", de um modo ou de outro. A maneira mais
simples é fugir da situação que exige um desempenho adulto; um
médico capaz, por exemplo, trabalhando num hospital, de vez em

708
quando sumia sem explicação alguma, ou não comparecia, ainda
que soubesse que sua presença era urgente. Deixou-se superar pelo
medo de seu "menino queixoso" que se sentia muito embaraçado e
ridículo na frente de colegas e pacientes. Uma vez, achou tão
absurdo que ele estivesse atendendo um parto ("Como se fosse eu
um verdadeiro médico. . . imagine!") que quase propositadamente
começou a atrapalhar-se e, por isso, foi criticado pelos colegas.
Todavia, isto lhe deu algum alívio, porque, conforme o pensamento
de seu "menino queixoso", "então pelo menos sabem quem sou
realmente e não preciso mais "fazer como se" .. .!".
Outra solução freqüente diante da situação de adulto é a de
aprender qualquer forma de adaptação, do mesmo modo que um ator
aprende os comportamentos pertencentes a um papel de teatro. Tal
adaptação é sempre uma pseudo-adaptação, embora a pessoa possa
desenvolver muita habilidade com o desempenho de tal papel. Logo
que esteja fora deste papel de ator, o neurótico não se sente mais à
vontade. Algumas pessoas desempenham esse papel em todas as
situações: são, por exemplo, em todos os contatos, "pessoas impor-
tantes" e podem ser eles mesmos talvez somente em casa. . . mas, o
que julgam "ser eles mesmos" na realidade é ser sua "criança",
que não mais se sente inibida pelos olhos dos outros. Porém, a
pseudo-adaptação_ não é uma verdadeira vitória da "criança", porque
dêntrõlIiPpcssoa," el a continua com seus sentimentos, atrás da facha-
da da adaptação. Um professor universitário, muito erudito, contou
que se sentia, no coração, desvalorizado e ridículo quando os outros
o tratavam como homem sábio — não obstante, sentia-se obrigado
a prolongar a "representação" de homem sábio para manter-se de
cabeça erguida. Tragicômico, de fato: pois realmente era erudito,
e não precisava maneiras de provar isso. Um outro exemplo dessa
pseudo-adaptação é o do recruta neurótico rebelde que foi "disci-
plinado" numa instituição de disciplina militar e que, depois de
alguns meses, se comporta como militar-modelo. Essa sua adapta-
ção é uma camada superficial atrás da qual ele fica com os senti-
mentos infantis de rebeldia. Veja também a pseudo-adaptação
manifestada por pessoas que estão com medo numa reunião depois
de seguirem um curso "como devemos aprender a falar em público".
Podemos encarar todas essas regras artificiais aprendidas como um
apoio para a "criança interna", mas, infelizínente, a "criança" se
entremostrará apesar de suas maneiras estudadas, de vez em quando.

Menciona-se a respeito, também, o papel artificial de imitar


alguém que a "criança_jnterna" acha ser o modelo ideal; pensa que,
sé copiar as maneiras de conduta da pessoa-modelo, pode sentir-se
"seguro" e é por isso que neuróticos podem imitar jeitos de falar,

109
gestos, roupas, ou piadas para ficarem parecidos com os modelos.
È uma forma de "representar" neuroticamente.
A tendência neurótica de projeção, colocar em outros o que
se está pensando ou sentindo sobre si, 'baseia-se no autqcentrismo
infantil. A "criança interna" dificilmente imagina que os senti-
mentos, opiniões e pensamentos dos outros poderiam ser diferentes
dos seus e, em conseqüência, explica os motivos de outras pessoas,
assim como os sente e percebe dentro de si. Se for ciúme, pode
pensar que os outros estarão com o mesmo sentimento; se tender
a ser desonesto, pensa a mesma coisa dos outros; se estiver infiel,
os outros — pensa — provavelmente serão também, É conhecido
o fato de que neuróticos podem culpar os outros de Jalhas _que_
precisamente eles mesmos têm. Certo, não gostam de admitir
estas falhas dentro de si, mas essa inclinação de negar as próprias
falhas não seria, por isso, a causa de projetá-las em outras pessoas,
como é sugerido" por autores psicanalistas. Também os próprios
motivos louváveis e desejáveis são projetados pela criança em outros.
Por exemplo, uma criança que gosta de algo ou que tem uma atitude
benevolente para com outros, sente que outras pessoas terão a mesma
preferência ou gosto. Com neuróticos, essa tendência de identificar
outros consigo gera interpretações erradas dos motivos dos outros —
geralmente, neuróticos são maus psicólogos por causa dessa subjeti-
vidade. Um homossexual, por exemplo, pode pensar que todo
mundo é homossexual; um pedofilíaco, que sentimentos pedofilíacos
são universais (veja a defesa ingênua da pedofilia por André Gide,
no seu "Corydon", 1924), e um neurótico que se culpa de imper-
feição moral vê facilmente também a humanidade como muito
culpável. A "projeção" infantil, então, é o modo primitivo de
perceber o mündó, " como foi descrito excelentemente por Werner
em seus estudos"" sobre pensamentos e imaginações primitivas (Wer-
ner, 1948). Também as próprias opiniões e visões da criança são
colocadas na mente dos outros. Uma criança que traz uma roupa
nova e julga ser muito bonita, pensa que "todo mundo pensará que
minha roupa é bonita" e outra, que julga uma certa conduta como
sendo impressionante, se comportará desse modo porque pensa:
"Os outros acharão esta conduta minha também impressionante;
logo, admirar-me-ão". Naturalmente, falando em neurose, a "crian-
ça interna" pensa infinitas vezes que os outros a julgarão., sem valor,
e já interpreta os olhares ou observações mais inocentes deles,
segundo esta., convicção. A conseqüência dessa projeção dos
próprios sentimentos de inferioridade em outros faz com que a
"criança" já de antemão possa tomar uma atitude de defesa ou —
o que está muito perto da defesa — de oposição. Sua má interpre-

110
tação dos pensamentos dos outros leva a mal-entendidos e até a
conflitos. Pode-se dizer que o neurótico, por estar ocupado pelo
modo infantil de pensar, multiplica noutros sua autovisão e visão
infantil: y \ v & ^ a ^ i d m m t e _ j m m mundo de irrealidade, ou seja,
de ilusão. "
Outra característica do pensamento egocentrista da criança é
sua tendência de referir a si mesma o que percebe ao redor de ii.
Os objetos e acontecimentos dã nafürèzY,~ãnImai's é pessoas são
percebidos como centros de ação, dirigida para si (gradativamente
a criança aprende, como ilustrou Piaget, a perceber as coisas e
pessoas como mais independentes de si mesma). O pensar primi-
tivo é eu-relacionado; trovão e relâmpago podem ser percebidos
como advertências ou castigos; uma pessoa falando com outros pare-
ce, para a percepção da criança, falar sobre ela, e atuações de
outras pessoas são facilmente entendidos como se tivessem de ver
com ela, O mundo está cheio de forças, sentidas como personifi-
cadas, logo como se fossem ações de pessoas equipadas com uma
vontade, com planos. Uma criança muito jovem, de um ou dois
anos, manifesta.já essa característica claramente: se um grupo de
pessoas perto dela está rindo sobre algo, a criança se comporta como
se o rir fosse dirigido a ela e acompanha essa reação; não pode
perceber sem referir algo a si mesma. Quando uma pessoa fala a
um grupo de crianças, uma delas facilmente pensa que a fala é
dirigida apenas, ou quase exclusivamente, a ela. Entrando numa
reunião, uma criança pensa que toda a atenção dos outros é concen-
trada nela. Um exemplo ilustrativo desse modo primitivo e básico
de pensar foi relatado por Werner (1948), descrevendo um meni-
no que assistia a uma representação de teatro, na qual um gnomo
velho exorta um gnomo jovem a comer sempre toda sua papa, cada
manhã. O menino exclama à sua mãe, ao lado dele: "Mas mãe,
como ele sabe que eu nunca como bem minha papa?!"
O pensamento primitivo e eu-relacionado, seja da criança, seja
de tribos primitivas, atribui uma significação pessoal ao curso das
estrelas. Estas não seguem, nessa concepção, um curso objetivo,
determinado por leis físicas, mas ao contrário, sua posição contém
uma pensagem especial para o eu do perceptor e determina sua vida.
Geralmente, a criança pensa que tudo está ocupando-se dela; aconte-
cimentos não ocorrem por acaso, mas têm um sentido, são prêmios,
punições, provas, etc. ' A "criança in totum", guardada na mente
do neurótico, demonstra tudo isso. Por conseqüência, uma pessoa
neurótica torna-se facilmente vítima de crenças e superstições, pois
que a essência destas é que a coisas — neutras em si — são atri-
buídos valores, poderes ou forças que agem sobre o eu. Temos

111
aqui o chamado "pensamento mágico" da criança e de muitos neuró-
ticos. A raiz desse tipo de pensar já está presente em pensamentos
como: "Precisamente no dia em que eu vou viajar, está chovendo",
"precisamente no momento em que eu chego, o farol torna-se ver-
melho" — como se a chuva, ou o farol fossem seres que exercem
uma força, agem com propósito para com o "eu". O pensamento
mágico é a base emotiva de pensar, porque são as emo"ções~élicii"das"
pBlõs~ãcõntecimentos que inspiram tais pensamentos mais intelec-
tuais, Pode-se chamar esse modo de pensar, de acordo com Freud,
O "processo primário" mental. Funciona quando pensamos emocio-
nalmente e em todos os processos da imaginação, como fantasiar,
devanear e sonhar. Visto que a "criança interna queixosa" é, em
seus pensamentos, sempre a vítima de algo, é lógico que relaciona
para si principalmente coisas, acontecimentos e comportamentos de
pessoas que podem ser interpretados de modo negativo, por serem
ameaçadores, ou hostis para ela. Por exemplo, uma pessoa neuró-
tica pensa que um sorriso ou riso de uma outra pessoa significa
que esta está rindo dela, fazendo-a ridícula. . . que outras pessoas
estão falando mal dela, que uma iniciativa de outras pessoas têm
por objetivo atacá-la, etc. Muitos neuróticos sofrem de superstição,
porque sua "criança interna" se sente ameaçada por objetos, forças,
pessoas, pelo mundo. Um homem neurótico sempre destruía objetos
pretos que ganhava como presentes, como um rádio, uma lâmpada,
canetas. Pensava que "preto traz desastres". Uma mulher neuró-
tica pensava que a idade "53" era perigosa para ela, porque seu pai
morrera quando tinha 53 anos. A "criança interna" dentro deles
concebia "preto", "idade de 53" como coisas personfiicadas, possui-
doras de forças negativas. Evidentemente, no caso do neurótico, o
relacionar a si mesmo é feito na maioria das vezes para se queixar:
"Vou ser a vítima!". A mesma explicação cabe às pessoas que
interpretam imediatamente que "o dedo de Deus" está atrás de tudo
o que acontece com elas, e sempre sabem que "isto teve esse sentido
e aquilo, aquele outro", de um modo como se soubessem que tudo
foi arranjado especialmente para eles e, parecem pensar serem os
únicos com quem Deus se ocupa, os mais importantes. Certo
também que uma pessoa adulta pode ficar com o sentimento de que
a vida tem um sentido mais profundo, mas na realidade, pode não
saber interpretar t.odos os pormenores de sua vida tão diretamente
e' através de um modo "mágico", enquanto ela mesma é o centro
de tudo. Evidentemente, a interpretação "mágica" da mente primi-
tiva é relacionada a percepções que causaram emoções intensas, pois
coisas e acontecimentos que estimulam as 'emoções são, primitiva-
mente, percebidos como fontes de ação para com o "eu", e as
emoções mesmas como forças provenientes dessas fontes, mais do

112
que como reações suas. A mente primitiva exterioriza tudo o que
na realidade acontece dentro de si.
A emocionalidade é, aliás, a base de muitos processos mentais
primitivos, inclusive dos de crianças. Uma criança é um ser emo-
cional, pensando e agindo primeiramente por impulsos emocionais e,
conseqüentemente, o neurótico é um, ser emocional. Sua emociona-
lidade, porém, é parcialmente a de uma "criança interna", logo,
imatura. Pode ficar entusiasmado e. hiper-alegre (euforia) como
uma criança, e hiper-triste, desolado, desencorajado, ou muito zan-
gado, violento. Dificilmente controla suas emoções, como uma
criança. É assim também no que diz respeito à sua impulsividade.
Impulsos emocionais facilmente determinam suas ações, mais do que
planos e pensamentos deliberados e ponderados. Não causa surpre-
sa, por exemplo, o hiper-medo de muitos neuróticos, por ser real-
mente um medo-de-criança, e crianças não têm medos fracos.
A forte emocionalidade da "criança interna" exprime-se, ainda,
na vida imaginária dos neuróticos. Impulsos emocionais infantis
criam imagens vivas, e é por isso que neuróticos podem ser bastante
sugestionáveis — principalmente por coisas negativas. Quando um
adulto sugere a uma criança que uma cobra está sob sua cama, a
criança facilmente, na sua fantasia emocional, "vê" a cobra "real-
mente". Do mesmo modo, quando um neurótico ouve algo sobre
qualquer doença contagiosa, facilmente sua "criança interna" ima-
gina os sintomas em seu próprio corpo. A força da imaginação
primitiva é surpreendente. Aquilo em que a "criança interna"
acredita fortemente, será realidade para ela. São explicadas, deste
modo as várias__"visões" (de "espíritos", ."vozes") que, às vezes,
perturbam (algumas poucas vezes ajudam) a "pobre criança".
Uma criança muito triste, obsecada por sentimentos de abandono,
imaginava uma pessoa, um tipo de tio gentil, o oposto de seu pai
que era rude para com ela, e conversava cada dia conr essa~pessoa "
consoladora. Uma outra criança, vivendo com um forte sentimento
de autopiedade por ser negligenciada e martirizada pela madrasta,
imaginava visitas de uma mulher com cabelos pretos (uma cor-alar-
mante para ela) olhos que expressavam ódio profundo, e que sempre
repetia a mesma frase: "Para você, o cemitério!" A mesma
criança, "ouvindo" esta mulher falar que morreria no dia de seu
aniversário (grande tragédia!), ficou realmente doente neste dia e
com febre (naturalmente, sem falecer).
Crianças podem ficar tão absorvidas por suas emoções, que as
imagens oriundas delas parecem tornar-se percepções. Alucinações
exemplificam esta regra, indicando que a criança (ou seja, a "criança
interna" no adulto) tem uma emoção muito forte e que exclui a

113
percepção de outras coisas fora das imagens inerentes à emoção.
Os olhos do .alucinador são fixados longe, a presença e, para ele,
suspensa.
Crianças podem além disso, imaginar todos os tipos de dores
assim as "crianças internas". .Sentem realmente a dor imaginada,
seus membros são realmente paralisados caso imaginem uma parali-
sação. Não é necessário lembrar que a "criança interna" é, antes
de tudo, suscetível a "sugestões de sofrimentos", que a capacitam
a alimentar sua autopiedade.

114
CAPÍTULO XVII

CONSEQÜÊNCIAS COMUNS DA "CRIANÇA


QUEIXOSA" ( 2 ) :

Distúrbios de contatos

Mais leves ou mais graves, distúrbios de contato pertencem


aos sintomas neuróticos universais. Essa conseqüência da compulsão
a queixar-se é inevitável, porque a "criança interna" se sente inferior
em relação aos outros e, por isso, não pode relacionar-se despreo-
cupadamente com eles. ft medrosa, inibida, agressiva, sente-se insul-
tada; desempenha papéis para obter atenção, estima ou proteção.
Pensa que pode comportar-se como superior' a outras pessoas, com-
portamento do tipo super-auto-afirmação, comportamento tirânico,
regozijando-se de sua posição superior, acima dos outros. Na sua
análise inteligente das inter-relações humanas, Sartre (1.948) descre-
veu essencialmente essas atitudes de inferioridade e superioridade, a
saber, as tendências de dominar e as de ser dominado e inferiorizado
—• omitindo, de resto, as outras possibilidades de relações entre pes-
soas, como amizade, colaboração, respeito e amor. Apesar dessa
falha, podemos aceitar o que disse sobre "os olhos dos outros" como
critério de muitas ações para a pessoa neurótica, cuja parte infantil
sempre está com medo de ser desprezada pelos outros e, conseqüen-
temente, tenta impressioná-los ou "seduzi-los" ou dominá-los, ten-
tando ser "maior." Muitas vezes, o comportamento infantil do neu-
rótico leva os outros a pensarem que seja "um_ianto esquisito". Mos-
trar-se-ão mais reservados para com ele, reação esta que representa
para a "criança interna" uma nova justificação de autopiedade: "não
me entendem", "não gostam de mim!".
Já falamos sobre a atitude de defesa-agressão de muitas "crian-
ças queixosas". Sentindo-se de antemão injustiçadas escolherão muitas

115
vezes a tática de "atacar como o melhor método de defesa", ou pro-
vocam uma situação para vingar-se. Coisa engraçada: nos anos 60,
na Holanda, os jovens que tentaram causar brigas e lutas nas ruas,
chamaram-se "provos" (abreviação de "provocantes"). "Crianças
queixosas" são provocadoras freqüentissimamente, pulsionádas pelo
sentimento queixoso de serem injustiçadas. Um homem casado obser-
vou que sempre que visitava a mãe, tomava a atitude de: "Nunca
você me respeitava, mas agora provarei que tem de curvar-se para
mim". Procurava discussões infantis e tentava vencê-la, até que ela
se sentia subjugada. Então, vendo a frustração dela, o "menino"
sentia-se orgulhoso, gostando de seu pequeno exercício de vigança.
Acrescentemos que inclinações à provocação são muito comuns em
crianças com problemas emocionais de aprendizagem de adaptação.
Poderíamos dividir os distúrbios de contatos de origem neurótica
em distúrbios nos contatos curtos (brigas, mal-entendidos tensões in-
terpessoais, inibições numa reunião social) e distúrbios em contatos
de forma prolQhgada^pmo contatos no trabalho, amizades, contatos
familiares e no matrimônio. Se uma pessoa mantiver internamente os
sentimentos, e externamente os comportamentos de uma "criança
queixosa", é compreensível que dificilmente poderá comportar-se de
modo adulto nos relacionamentos com outras pessoas. Manter rela-
cionamentos num nível adulto é quase impossível, se uma pessoa é
freqüentemente perturbada por sua "criança". Uma pessoa adulta
pode aceitar imperfeições do outro, entendendo que cada relaciona-
mento é resultado de "dar e receber". Porém, a criança causa per-
turbações, não aceitando algumas condutas dos outros, ou, de re-
pente, sentindo-se insuportavelmente insultada, inferiorizada ou pas-
sada, exprimindo todas as reações que emanam de tais pensamentos.
Além disso, comportar-se-á infantilmente em diversos aspectos.
Julga-se inferior e por isso facilmente ergue uma barreira contra uma
aproximação adulta na qual ambos os lados seriam equivalentes.
Felizmente existem bastante pessoas com um complexo neurótico cuja
parte adulta lhes proporciona contatos que lhes dão razoável satisfa-
ção, mas mesmo nesses casos observa-se que, de vez em quando, sua
"criança queixosa" cria seus dramas para com os amigos, colegas, ou
parceiros matrimoniais. E sempre a "criança" restringe as possibili-
dades de uma pessoa ter contatos com algumas outras pessoas, ou
com determinados grupos de pessoas, e contamina a qualidade dos
contatos interpessoais.
Chamamos a atenção para o apelo à lástima (na analogia do
"apelo ao sexo") que muitas pessoas queixosas emitem, comunicando
sua tendência de queixar-se e de procurar companheiros queixosos por
seu turno, para compartilharem queixas mútuas, ou para receberem

116
piedade. Às vezes, uma outra pessoa neurótica aceita o "convite",
mas outras vezes a conduta lastimosa causa repulsa, pois a maioria
das pessoas prefere uma expressão de contentamento, um sorriso e
algumas palavras bem humoradas. A. repulsão incitada nos outros—
fá-los evitar o pobre neurótico, reforçando a queixa universal „da
"criança interna" de ser sozinha ou rejeitada.
Uma pessoa queixosa pode isolar-se, ainda, em seu papel de
trágica. Não toma iniciativas de visitar outros, ou de entrar em
contato com eles, mas abandona-se a uma passividade, esperando com
autopiedade até os outros tomarem a iniciativa e, por isso, esperando
provavelmente em vão. Traz suas queixas clássicas ao terapeuta:
'Sinto uma muralha em volta de mim", e, "sinto-me tão sozinho".
Porém, nessa situação não será um bom remédio dar-ihe somente
compaixão, pois apesar de a "criança queixosa" gostar talvez muito
de tal compreensão afetiva, continuará a queixar-se de modo igual.
Depois dessa descrição do isolamento social na base de uma ati-
tude queixosa infantil, não trará dificuldades a explicação da corre-
lação, encontrada em muitas pesquisas, entre a variável "neuroticis-
mo" (tendência neuróticas) e "introversão social" (tendência de
afastar-se dos outros; Eysenck e Eysenck, 1969; Wilde, 1963).

117
CAPÍTULO XIV

CONSEQÜÊNCIAS COMUNS DA "CRIANÇA


QUEIXOSA" (3):

Perturbações de concentração e do trabalho; cansaço,


pessimismo; automima.

A atenção da pessoa queixosa é em grande parte absorvida pela


emoção-pensamento do "pobre de mim". Conseqüência lógica disso
é que sobra menos atenção para outras ocupações psíquicas. Muitos
neuróticos, portanto, se queixam de falta de concentração (a) e_es-
quecimento (b). Pensam que sua memória é deficiente, mas na
verdade sua atenção está ocupada pelas queixas infantis, no momento
de perceber algo, de gravar algo na memória, ou seja, no momento
de reproduzi-lo. E é por isso que gera muitos "brancos" durante
exames, provas, ou em geral, no momento que a pessoa deve dispor
de seus conhecimentos e lembranças.
Estudantes neuróticos freqüentemente têm dificuldades quando,
tentam...concentrar-se; estão sentados em frente dos livros sem que
consigam deixar penetrar na mente o sentido do que estão lendo. Uma
investigação minuciosa do conteúdo de sua consciência, durante essas
horas frustrativas, revelará que sentem algo negativo, um humor desa-
gradável, qualquer sentimento de aversão, ou queixas concretas sobre
o trabalho, sua capacidade, ou talvez sobre outras circunstâncias de
sua vida. Falta de concen.traçãQ.-por neurose é uma das causas mais
freqüentes de fracasso nos estudos (naturalmente ao lado de outras
causas, como falta de inteligência, falta de interesse, e falta de disçi-
plina no trabalho^.
Todos os processos psíquicos — pensar racionalmente, criati-
vamente, decidir, agir, etc. — podem ser refreados ou interrompidos
pelas queixas infantil que estão roubando, como parasitas, uma parte

118
da energia necessitada para a atenção envolvida nesses processos.
Pessoas neuróticas, às vezes, não conseguem dominar e dirigir o curso
de seus pensamentos e raciocínios, interrompidos pelo processo de
queixar-se compulsivamente. Não conseguem, por exemplo, segurar o
fio de seus pensamentos, ou separar as coisas principais de coisas
secundárias em seu raciocínio, embora tenham uma boa inteligência.
Sua "criança" arranca, por exemplo, um detalhe do raciocínio e usa-o
paia criar um problema, interrompendo assim, o prosseguimento norj-
mal dos pensamentos. Em outros casos, é notável a falta de uma
boa e rápida avaliação de uma situação para reagir efetivamente: a
atenção não é livre para perceber tranqüilamente todos os aspectos da 1
situação e é por isso que tais pessoas reagem muitas' vezes de modo j
errado, deixando a impressão de menos habilidade e menos inteli- 1
gência do que realmente têm. Compare -se essa situação do neurótico,
cuja atenção é desviada pela "criança interna", com a de uma pessoa
real que está olhando para algo, mas na companhia de uma criança
real que está queixando-se do lado dela. Qual a reação natural dessa
pessoa para com a criança? "Cala a boca, faça o favor Não posso
me concentrar!" Infelizmente, nossa "criança queixosa interna" não
vai calar sua boca tão logo após tal ordem. . .
Relacionado com essa perda de atenção é o traço neurótico
comum de perda de tempo no trabalho, e em geral no pensar e no
agir, e, por conseqüência, perda de eficiência. A perda de tempo e
velocidade de trabalhar e pensar, por choramingar e fazer problemas,
leva alguns a sempre retardarem seus compromissos, outros de adia-
rem demais, ou de hesitarem longo tempo antes de tomarem uma
decisão. Podem falar de1 modo redundante e verboso, repetindo-se
porque choramingam demais sobre detalhes. Realizam muitas vezes
menos no trabalho e na vida profissional do que, vista sua capacidade,
seria possível. Assim, a neurose é muito mais freqüentemente uma
desvantagem do que uma vantagem, sufocando a criatividade e a
auto-rea]ização de muitos. Somente numa minoria dos casos se en-
contra uma influência positiva da neurose no trabalho ou nas ativi-
dades, a saber, quando se trata daqueles que mergulham totalmente
no trabalho para chegar a um nível de perfeição realmente impressio-
nante; trabalhando, esquecem suas queixas e sentem-se melhor. Além
disso, há as pessoas neuróticas que, por motivos de super-auto-afir-
mação, se esforçam em grandes realizações; porém, quando averi-
guarmos sua vida inteira, em todos os aspectos, percebe-se, não raro,
que destroem nos outros setores da vida o que construíram em seu
trabalho — acarretam dificuldades matrimoniais, fazendo ruir a feli-
cidade dos filhos, e mesmo, às vezes, destroem seu próprio sucesso
na vida profissional depois de o ter obtido! A neurose, por causa
de tudo isto, não é algo desejável, nem âlgo para glorificar, como

119
é feito por quem pretende que ela cria uma sensibilidade superior,
necessária para, por exemplo, realizações artísticas. Acho que um
artista sem neurose, sendo mais maduro, tem mais condições de criar
algo mais profundo do que um que cultiva emoções e atitudes infantis.
Como não apareceria o grau de maturidade de uma pessoa, em seus
trabalhos artísticos, que são tão inspirados pela emocionalidade do
criador? A balança total de uma neurose é sempre negativa, porque
o distúrbio frustra uma boa parte dos talentos e da expressão da per-
sonalidade original que cada um possui — e ainda impede que os
outros possam desfrutar de seus dons pessoais.
Queixar-se neuroticamente gera uma diminuição do gosto pelo
trabalho e pelas atividades. Uma pessoa alegre enxerga o mundo algo
interessihle""e^convidativo a atividades. No seu mundo (que possui
a famosa "Aufforderungsqualitãt", ou "qualidade de incitar a ativi-
dades" da Gestaltpsicologia) muitas coisas existem para serem expe-
rimentadas e gozadas; a natureza, outras pessoas e a vida total é para
ela bonita, rica. O neurótico, com sua compulsão a queixar-se sem-
pre, tende a perceber os lados escuros das coisas, para elevá-los, em
seguida, até sua visão definitiva destas. Seu mundo torna-se pouco
atraente, às vezes. "Que valor tudo isso tem?", sua "criança quei-
xosa" pode se indagar quando vê muitas coisas prètas ao redor de si,
e um futuro até mais carregado de infortúnios. "Não vale a pena":
atitude de desinteresse, apatia, fatalismo e desmoralização que, obvia-
mente, não contribuem muito para uma vida dinâmica.
Pode-se entender, conseqüentemente, que o neurótico se queixa
facilmente quanto tem que trabalhar ou vencer qualquer obstáculo.
Com um suspiro, levanta os olhos diante de uma tarefa que requer
esforços: "Pobre de mim!", "Que fardo!" Leva isto a uma certa
negligência em trabalhos avulsos diários, ou em adiamentos, fazer
as coisas sempre na última hora, etc. Generalizando um tanto, dire-
mos que neuróticos têm inclinações a serem preguiçosos (não inver-
tam esta afirmação, pois podem ser distinguidos outros tipos de pre-
guiça).
Sentir rapidamente um esforço como fardo pesado gera uma
outra conseqüência, o sintoma universal neurótico de cansaço.. Não
pensemos que este sentimento não seja experimentado verdadeira-
mente. A "criança interna" com sua imaginação forte, vive este sen-
timento e produz assim as sensações fisiológicas pertencentes a can-
saço: _palidez, olhos pesados, um sentimento de peso, o que é expri-
mido numa postura curvada. Muitos neuróticos queixam-se de um
cansaço "mortal" queixa esta que por sua vez, levará a uma nova:
"Estou doente, acho que estou com uma moléstia cardíaca," etc.
Deste modo, a vida não parece um desafio positivo, mas uma cadeia

120
de coisas que devem ser feitas ou seja, obrigações. Não é por acaso
que neuróticos usam freqüentemente esta palavrinha:_l'devo", "tenho.
que.. ." também quando os "deveres" são verdadeiramente agradá-
veis! "tenho de ir a uma festinha", "tenho que ler um livro, ou
que visitar alguém..."
A "criança queixosa" muitas vezes quer escapar de um trabalho
ou esforço, e se isso não for possível, tenta fazer o mínimo. Sem,
gostar de seu trabalho, de suas atividades, com uma lassidão queixo-
sa, reclama e suspira quando deve cumprir uma tarefa; lógico que
para uma pessoa com tal atitude todo es fç>r.ço_ é demais, ou que pode
d e s c a r r e g a r já com pequenas frustrações suas emoções queixosas em
blasfêmias e palavrões. Realmente, essa atitude a torna nervosa, e
irritada, ê a reação de xingar, nesses casos, reflete a intensidade da
autopiedade subjacente. Existem até pessoas que xingam e blasfe-
mam compulsoriamente durante o dia inteiro (veja também a síndro-
me chamada de "Gilles de la Tourette).
Alguns que sofrem da chamada ("falta de persistência", ou "falta
de força de vontade"), são neuróticos com uma aversão queixosa ao
trabalho, ficando logo desencorajados se colocados frente a dificul-
dades ou contrariedades. Desistem, desesperando-se: "Veja, nunca
consigo!" Queixam-se quando um resultado desejado não foi obtido
em curto prazo, quer no estudo, quer na execução de quaisquer bons
planos, quer no próprio tratamento da sua neurose.
De todos esses sintomas interligados — pois provenientes da
mesma fonte da autopiedade — acentuemos, ainda, o pessimismo.
Alguns neuróticos são pessimistas com relação a tudo, esperando
sempre o pior. Outros demonstram seu pessimismo apenas em re-
lação a assuntos específicos. Há os profetas neuróticos de desastre,
que se distinguem dos profetas realísticos de desastre, que lutam com
todos os meios para evitar os infortúnios que julgam estarem pró-
ximos. O profeta pessimista neurótico restringe-se, ao invés, a lasti-
mações, aprofundando-se em fantasias de tristezas, sofrimentos,
guerras, até a perdição do mundo todo.
E há os hipercéticos e os cínicos que, sem saberem consciente-
mente, possuem a mesma concepção preta do mundo e da vida; vivem
com pouca esperança e tendem a filosofias negativistas — sem reco-
nhecerem, por certo que o fonte de seus julgamentos é emocional e
não racional.
À vezes, encontram-se neuróticos (então, queixosos) que dão
a impressão de estar sem preocupações, até sem considerarem coisas
negativas reais, enxergando tudo e todos como se não existisse nada
de negativo. Essa atitude, obviamente irrealística, é enraizada em

121
"wishful thinking" ("pensar na base de.seus desejos"), um modo de
pensar infantil, o qual implica uma fuga da realidade que é sentida
como difícil ou frustrativa demais, pois enraizada numa queixa ou
série de queixas. Tal otimismo irreal ou euforia é, por isso, lábil
e pode dar lugar a uma depressão se a pessoa for confrontada com
alguns aspectos menos agradáveis da realidade. Leves inclinações a
esse ciclo "maníacodepressivo" podemos observar em muitos clientes
em tratamento e parecem ser assaz comuns com neuróticos. Observa-
ção adicional relativa a neuróticos hipomaníacos, e que confirma emo-
ções negativas subjacentes, é que são tensos, inquietos, ou que mergu-
lham continuamente em ativ]dades„ .e_contat.Qs_so£Íais,_on_.que_ialam
inintemiptamente: estão em fuga de seus sentimentos negativos.. Seu
hiperotimismo é superficial.
Falamos acima da influência da emocionalidade queixosa na
filosofia de uma pessoa. O pessimista neurótico exprime muitas
vezes a convicção de que nada tem sentido e, como um adolescente
maldoso e mal-humorado, denuncia todos os valores da existência e
(isto não pode ser esquecido nesse nexo) das religiões que, sem dú-
vida nenhuma, oferecem uma visão muito otimista sobre o sentido pro-
fundo da vida e as possibilidades de uma felicidade maior depois desta
vida, de modo que até a própria morte perde seu aspecto desencora-
jante (*). A morte domina a visão sobre a vida em bastantes neu-
róticos. A filosofia lacrimosa do sempre resmungão Schopenhauer,
ou a nihilista do cínico Sartre, sirvam de exemplo de nossa análisse no
campo da filosofia: mas também a história da religião cristã, por
exemplo, conhece seus inovadores neuróticos, que divulgaram idéias
nas quais o elemento pessimista (da culpa, da perdição, etc.) pesava
mais do que o otimista. Muitos neuróticos não podem acreditar no
futuro ("Porque criar filhos neste tempo, porque lutar nessas circuns-
tâncias. . .?"). Colocamos uma outra palavra para pintarmos a men-
talidade básica de uma grande parte de pessoas neuróticas: descon-
tentamento.
Descontentamento crônico, nunca sentir-se realmente satisfeito,
leva à reação compensatória de automima. A "criança interna" deseja
algo que lhe ofereça satisfação. Pode ser um estímulo muito forte,
sesnsual, emanante de contatos sexuais, de bebidas e comidas; podem
ser os estímulos oriundos de aventuras emocionantes, ou de compras
de coisas (que são, objetivamente, desnecessárias). O neurótico,
procurando para si mesmo e muitos prazeres egocentristas a fim de
compensar sua vida (na qual, conforme acha, "lhe falta tanto,") é
muitas vezes um egoísta, cuja autogratificação se destaca como seu
primeiro objetivo no agir e trabalhar. Não implica isto porém, que se
regozije plenamente, porque um estado de ale^iia__ys£dâdeira,._para

122
ele, é quase inatingível. Seus sentimentos de insatisfação não desapa-
recem senão temporariamente; deve procurar e reprocurar, conse-
qüentemente, os estímulos gratificantes e daí encontramos, e. g., a
mqsturbação hiperfreqüente. a gula, o vício de Ü C Q Q U a insaciável
fome_de_poderio (que também proporciona um forte estímulo de
prazer). "Insaciável", porque, quanto mais automima, mais depres-
sa volta a auto queixa, o "pobre de mim!" compulsivo.

(*) Não invertamos esta afirmação; nem todos os que não acreditam
numa vida além da morte são neuróticos! Os que categoricamente negam essa
possibilidade, porém, na maioria são.

123
CAPÍTULO X V I I

INTERMEZZO: COMO VERIFICAR A TEORIA DA


A U T O P I E D A D E C O M P U L S I V A I N F A N T I L ? O QUE
ENSINAM OS TESTES PSICOLÓGICOS SOBRE
NEUROSE

Cada teoria da neurose tem que ter teStável. A objeção justi-


ficada a respeito da psicanálise clássica é de que as idéias por ela
propostas, como a dos desejos incestuosos da criança pelo pai do
ssexo oposto, a da "libido", a da "repressão primordial", etc., esca-
pam ao controle racional e objetivo e não podem ser falsificadas (o
que é o método preferido na ciência). Um sonho de medo, para
um psiconalista, pode ser, "na realidade" uma expressão de qual-
quer desejo sexual indesejável inconscientemente, e, por conseguinte,
convertido, fora da consciência do sonhador, em ansiedade. O "inter-
pretador" possui alguns dogmas nos quais acredita fortemente e inter-
preta os fenômenos encontrados conforme esses. É o mesmo modo
de pensar que demonstram os marxistas "crentes". Partindo de seu
dogma da inevitabilidade do comunismo, enxergam em todas as mani-
festações negativas encontradas no Ocidente a decadência do mundo
não-comunista; fenômenos positivos (afluência, liberdades de escolha,
etc.), porém, são explicados também como provas da decadência e
indicações do fim próximo do sistema não-comunista. O fato de,
muitas pessoas inteligentes aderirem a tais sistemas fechados e dog-
máticos é, do ponto de vista psicológico, altamente interessante e
padece-nos revelar algo sobre o desejo humano de uma religião, mes-
mo na forma pseudo-científica.
Não quer dizer isto que rejeitemos todas as obras de Freud.
Principalmente as observações dele sobre comportamentos de pacien-
tes neuróticos são de muito valor, por exemplo, sobre a tendência
neurótica de "repetição" de certas ações e pcnsamentos_(""Wiederh-

124
ohlungs-Zwang"), sobre a automutilação psíquica de neuróticos ou
o "masoquismo psíquico", sobre a traumatização da psique na infân-
ciaT^õbfê^fõntFpsfqúica de uma série de sintomas somáticos, sobre
as raízes.psíquicas do Jiomossexualismo, etc. Sem dúvida, Freud foi
o pai da psicoterapia moderna: também nós partimos de muitas
coisas descritas por ele. Porém, não o seguimos em suas especula-
ções a respeito do libido, nem em suas filosofias, às vezes, realmente
absurdas sobre folclore, história da humanidade, arte e religião. Enca-
ramo-lo como um grande homem que, ao mesmo tempo, foi menos
equilibrado e até ingênuo em certos aspectos de seus pensamentos (*)
Seria uma boa atitude separar as observações de Freud de suas
teorias.
A razão, que fica, às vezes, tão frustrada diante das especula-
ções freudianas sobre os motivos psíquicos funcionando na neurose,
pede-nos, naturalmente, os caminhos a seguir para testarmos as afir-
mações de nossa teoria ACI.
Em primeiro lugar, queremos sublinhar que uma grande parte
das descrições na teoria ACI são observáveis. O comportamento
da autopiedade, a tendência de queixar-se ininterruptamente e a
infantilidade parcial do neurótico podem ser verificados por cada
observador atento. Segue-se que o primeiro meio de verificação deve
ser o método de observação sistemática. Observações longitudi-
nais, o acompanhamento da conduta de pessoas neuróticas, regis-
trando as expressões verbais e emocionais, e feitas em todas as
situações de sua vida diária, fornecem um material rico relativo às
leis de queixas neuróticas (a lei da continuidade, a da equivalência
das queixas, etc.). Este método parece, agora, o mais realístico e
adequado que existe para conhecer uma personalidade, sendo que os
testes de personalidade em uso são certamente fracos e de um valor
duvidoso. Como os etologistas Lorenz, Tinbergen e muitos outros,
devemos estudar o comportamento que nos interessa no habitat
natural, antes de fazer "experimentos." A observação não é um
método fácil, requer muita paciência e tempo, mas também treina-
mento e, parece, uma certa capacidade que não pode ser aprendida.
A autopiedade. não é uma coisa "inconsciente" para o obser-
vador (embora possa ser para o próprio neurótico). Expressões
de autopiedade infantil podem ser indicaoas objetivamente e é por
isso que esta teoria é testável. O estudioso da compulsão a queixar-
se reconhece, em geral, já alguns aspectos da "criança queixosa" em
algumas pessoas que conhece bem (isto é, que observou em diversas

(*) Depois de ter lido muito de Freud , André Gide exclamou: "Cet
imbécile de génie!"

125
circunstâncias da sua vida). Aos poucos, contudo, expandirá suas
observações até descobrir a universidade dos mecanismos descritos.
Uma fase subseqüente de verificação pode ser a de construir
experimentos específicos para testar diversas subafirmações da teo-
ria. Por exemplo, pode-se tirar uma queixa crônica e neurótica de
uma pessoa, satisfazendo-a sobre a carência da qual ela sempre se
queixava, e observar, em seguida, como vai comportar-se sua "crian-
ça queixosa" (predição: desenvolverá logo uma nova queixa). Ou
pode-se fazer experimentos a respeito da resistência contra o reco-
nhecimento de certas expressões como expressões de autopiedade
infantil. Neste livro introdutório não vamos mais longe que indicar
a testabilidade da teoria de um modo objetivo. Conclui-se que a
teoria ACI é, antes de mais nada, um_conjunto de observações re-
Mmduzíxeis*—As hipóteses de natureza mais teórica, como as relativas
à fixação da autopiedade e aos processos envolvidos na manutenção
da emoção, não são essenciais, nem inalteráveis: marcam os limia-
res de nosso conhecimento do assunto.
Existe, porém, um argumento adicional para a interpretação da
neurose em apreço. Este argumento não é, talvez, tão impressio-
nante como o de nossas observações longitudinais da vida diária do
neurótico, mas contém, todavia, algo valioso, especialmente para
psicólogos que empreguem testes de personalidade.
A afirmação seguinte sumariza o argumento: somente um tipo
de teste distingue entre neuróticos e não-neuróticos: são inventários
de, queixas vagas e, geralmente, o neurótico obtém um escore alto
neles, o que confirma o fato de que a neurose seja uma inclinação
a queixar-se.
A história de pesquisas em busca de diferenças em reações fisio-
lógicas e psicológicas entre grupos de "neuróticos clínicos" (*) e
controles não-neuróticos é mais interessante do que parece à pri-
meira vista quando se olham só os escores, geralmente não signifi-
cativos, obtidos. Lembremo-nos de que, inicialmente, nos anos 50,
os pesquisadores esperavam encontrar medidas bem objetivas, prefe-
rivelmente fisiológicas, que capacitassem uma diferenciação não am-
bígua entre neuróticos e não-neuróticos. Sua esperança era, certa-
mente, fundada na concepção que tinham da neurose como um dis-
túrbio fisiológico, quer um desequilíbrio do sistema nervoso simpá-
tico, quer um mal funcionamento dos neurônios, ou uma irregulari-
dade na transmissão dos impulsos dentro do sistema nervoso central,
Nessa presunção, encontrar a medida objetiva da neurose significa-

(*) "Neuróticos clínicos"; pessoas diagnosticadas como "neuróticas" em


ambientes psiquiátricos, hospitais, etc.

126
ria, ao mesmo tempo, o isolar de um fator que deveria ser de maior
importância na explicação da neurose. Ora, o fato interessante é
que realmente "isolaram" tal fator essencial, mas de uma natureza
bem diferente da que esperaram — e talvez por este motivo, não
prestaram muita atenção ao fator achado, que lhes parecia, presumo,
banal demais. Para eles, entre outros, H. J. Eysenck os resultados
de muitas pesquisas devem ter sido pobres. j
Grupos de neuróticos, em geral, não reagiram muito diferente-
mente em comparação com controles a testes de personalidade como
Rorschach, TAT e DAP, com exceção de alguns estudos nos quais
os neuróticos responderam ao Rorchasch estatisticamente de modo
significativo com um pouco mais de "conteúdos negativos" (sangue,
destruição, etc.), com exceção de algumas outras pequenas diferen-
ças (Brengelman, 1961). Nem tampouco testes fisiológicos, me-
dindo variáveis como a secreção de saliva, a pressão sangüínea sob
diversas condições, a resistência elétrica da pele, variáveis da respi-
ração, ou o tono de vários músculos, podiam diferenciar sistemati-
camente os neuróticos dos não-neuróticos. Somente apareceram
escores diferentes em neuróticos fóbicos (sofrendo de medos inten-
sos), em comparação com controles, quanto a seus escores em alguns
testes fisiológicos que muito provavelmente medem fenômenos fisio-
lógicos associados com medo. A conclusão: não existe. pr.ova_de
desvios das funções fisiológicas com neuróticos.
Em outros campos de funcionamento psiçfifisiológico, os pes-
quisadores obtiveram resultados iguais. Neuróticos não reagiram
diferentemente dos controles, de um modo sistemático e pronunciado,
a uma variedade de testes de percepção como: testes da discrimina-
ção de cores, da oscilação dev "pós-imagens", do reconhecimento de
objetos anteriormente percebidos, das ilusões óticas, da rivalidade
retinal, da agudez visual, da percepção no escuro, da acomodação
dos-olhos, .da adaptação visual em seguida ao uso de lentes prismá-
ticas, da' freqüência crítica de bruxuleio com que uma luz bruxu-
leante é percebida como luz vacilante antes de ser percebida como
uma luz contínua, etc. O único ponto de diferença a salientar foi
que os neuróticos levaram, freqüentemente,, mais. tempo para reagir
e. demonstraram, talvez, sintomas de uma concentração deficiente
(Eysenck, 1952, 1957, 1960a; Eysenck Granger e Brengelmann,
1957; S. B. G. Eysenck, 1956; Cattell, 1957, 1966; Cattel e Scheier,
1961). Ainda, repetições de alguns experimentos com testes de
percepção não encontraram de novo algumas destas diferenças me-
nores mencionadas nas publicações de Eysenck (van den Aardweg,
1967).
Não devemos cansar o leitor com uma enumeração dos expe-
rimentos com testes de motricidade, porque o êxito não foi diferente

127-
(Payne e Hewlett, 1960; consulte também a análise de seus resul-
tados por Vandenberg, 1959).
Vista a popularidade de teorias de condicionamento para ex-
plicar fenômenos neuróticos, pode-se entender que foram lançadas
hipóteses quanto à condicionabilidade da pessoa neurótica. Segun-
do alguns autores, neuróticos demonstraram diferenças em condicio-
nabilidade, em comparação com controles, nas pesquisas posteriores
geralmente não confirmaram esses primeiros achados (Willett, 1960;
Barendregt, 1961).
Não podemos encerrar esse relatório de um modo melhor que
com a história do "body-sway test" da sugestionabilidade (teste do
balanço do corpo). "Na aplicação desta prova simples, o sujeito está
de pé com olhos vendados; o psicólogo sugere que ele vai cair e
essa sugestão provoca movimentos do corpo, os quais são exata-
mente registrados por meio de um fio que é amarrado de um lado,
ao colarinho da pessoa e do outro a um aparelho de registro. Con-
forme os resultados de Eysenck (1947) numa investigação inicial,
os neuróticos balançaram mais que os controles, sendo, por isto, mais
"sugestionáveis". A medida objetiva do balançamento do corpo,
além disso, pareceu mesmo capaz de estimàr razoavelmente a inten-
sidade da neurose! Porém, repetindo a prova com outras amostras,
a diferença entre neuróticos e controles foi pequçna (Eysenck, 1952).
Pesquisadores posteriores não encontraram mais as diferenças das
primeiras pesquisas, marcando, assim, o fim de um teste promissor
(Claridge, 1960). A lição: não acreditemos rapidamente que já
encontramos um instrumento para diagnosticar a neurose. Muitas
repetições, comprovando os resultados encontrados numa pesquisa
inicial, são necessárias, antes de podermos aceitar o valor discrimi-
nativo de um teste da neurose. Isto não é uma exceção na psicolo-
gia experimental, pois uma diferença estatística, que foi uma vez
achada entre dois grupos em estudo, pode ser causada por muito
mais fatores pelos quais se diferenciam os grupos, do que só pelo
fator que serviu como critério para compor os grupos (em nosso
caso: o fator "neurose"). Uma lição adicional que nos ensina o
relatório sobre as pesquisas em busca de uma medida objetiva da
neurose é que neuróticos não parecem ser anormalmente medrosos
(senão, naturalmente, os neuróticos de medo); geralmente, não têm
escores elevados em-diversos testes fisiológicos que medem fenôme-
n6s aliados à emoção de medo. Esta conclusão, é interessante,
vista a tendência de enxergar no medo a emoção básica das neuro-
ses. Deve-se admitir, que para tal suposição não existe uma base
experimental.
Segundo as pesquisas, então, neuróticos não têm "nervos fra-
cos", como julga uma crença popular. Parecem possuir funções

128-
psicofisiológicas normais. Esse dado é até mais significativo se nos
recordarmos que os sujeitos das pesquisas foram neuróticos graves,
sendo na maioria pessoas hospitalizadas. Portanto, a explicação da
neurose como um fenômeno não-sornático fica mais provável, se nos
basearmos exclusivamente nos resultados de pesquisas experimen-
tais. Então, a inexistência de um fator "objetivo" fisiológico ou
psicofisiológico, não é apenas um resultado negativo, mas pode ser
vista como uma confirmação das idéias dos que concebem a neurose
como "um distúrbio da consciência".
Além disso, a aproximação de uma medição exata da neurose
não é totalmente impossível. Usa-se para essa medição não os
testes chamados de "testes objetivos" que foram preferidos por pes-
quisadores como Eysenck e Cattell, mas testes semânticos que inves-
tigam reações verbais, ou seja, reações "subjetivas" do sujeito. Não
é, por certo, um método preciso, nem altamente fidedigno em todos
os casos, mas seria um erro negligenciar os resultados obtidos siste-
maticamente com esses "testes subjetivos" com inúmeros grupos de
neuróticos. Destaca-se o fato de, entre todos os testes experimen-
tados, somente o inventário "subjetivo" sobre sentimentos de mal-
estar distinguir estatisticamente de modo muito significativo entre
grupos de neuróticos e controles. E, precisamente por ser o único
fato experimentalmente encontrado como associado com a neurose,
ele merece nossa atenção. Aqui, pelo menos, temos nas mãos algo
concreto sobre a neurose; vamos analisar a informação contida no
dado que neuróticos, de quaisquer tipos, obtêm escores altos nesses
inventários.

129-
CAPÍTULO XXVIII

INTERMEZZO ( 2 ) : INVENTÁRIOS DE QUEIXAS

A experiência clínica de muitos médicos e psicólogos desde


muito tempo ensinou que, conquanto existam diversas variações de
neurose, todas têm algo em comum — por isso, todas são chamadas
de "neuroses". Esta opinião não é muito surpreendente se recor-
darmos que, realmnte, poucos neuróticos têm sintomas de uma sín-
drome só, ou de um único tipo de neurose. Por exemplo, a maioria
não é exclusivamente obsessivo-compulsiva, nem pode ser classifi-
cada como neuróticos fóbicos, ou hipocondríacos. Embora a prá-
tica clínica demonstre esses tipos puros, a maioria dos neuróticos
têm síndromes misturadas. Pesquisas sobre este assunto, menciona-
das no "Manual de Doutrinas sobre Neurose e Psicoterapia (Hand-
buch der Neurosenlehre und Psychotherapie; Frankl, von Gebsattel
e Schultz, 1959) ilustram com cifras o grande acavalamento de sin-
tomas das diversas neuroses. Além disso, já salientamos que estu-
dos fator-analíticos dos "escores" (notas) em muitas escalas para
medição de várias síndromes neuróticas comprovaram a existência
de um fator básico de "neurose" versus "saúde emocional", o qual
se relaciona às diversas síndromes neuróticas, assim como um fator
básico de "inteligência" se relaciona às diversas formas de inteligên-
cia, como inteligência verbal, matemática, social, etc.
Como foi exposto no capítulo anterior, apenas os inventários
"subjetivos" (chamadas de "inventários de neuroticismo") distinguem
sistematicamente entre neuróticos e controles. Em conseqüência, a
pergunta: "O que medem essas escalas e inventários?" torna-se
importante. E, uma vez que Ifífêrêncíém" todos os diversos tipos de
neuróticos de não-neuróticos, é evidente que medem um fator que
as várias neuroses têm em comum.
Quase todos os inventários foram deduzidos do MMPI (Minne-
sota Mutiphasic Personality Inventory). Por exemplo, a MAS (Ma-

130
nifest Anxiety Scale ou Escala de Ansiedade Manifesta; Taylor,
1953) e as escalas de "neuroticismo" N e Ns do M.P.I. (Maudsley
Personality Inventory, Eysenck, 1959) e do EPI (Eysenck Perso-
nality Inventory, Eysenck e Eysenck, 1964)*, que foram adaptadas
e padronizadas para a Holanda por Wilde (1963). Muito seme-
lhantes são a Cornell Medicai Index (Brodman, Erdman et al., 1952)
e algumas escalas do 16 PF de Cattell (16 Personality Factors test
Cattell e Stice, 1957) que são, contudo, menos fidedignas e válijdas
que a do MPI e EPI. Embora os autores dessem nomes diversos a
suas escalas, como "escala de ansiedade", ou "escala de depressão",
ou "escala da força do eu", as listas têm intercorrelações substantivas
e apresentam também correlações altas com o fator geral de "neu-
rose" ou "neuroticismo" (Bendig, 1960, 1962; Eystnck e Eysenck,
1969). Dito de um outro modo: medem todos o mesmo, embora
uma meça um pouco melhor do que a outra.
As correlações mais altas das escalas do MMPI com o fator
geral de "neuroticismo" têm as escalas Pt, Sc, D, Hs, Pd, e pouco
menos Hy (Kassebaum, Couch e Slater, 1959; Dahlstrom e Welsh,
1960). Principalmente, Pt e Sc ("Psicasteiíia" e "Esquizoidia")
medem a tendência neurótica geral, mais do que medem as síndromes
específicas indicadas por seus nomes: "psicastenia" (traços obsessivo-
compulsivos) e "esquizoidia" (traços esquizóides).
Porém, as escalas que parecem ser pesquisadas e padronizadas
mais rigorosamente são as N (e Ns) dos MPI e EPI. Podem ser
encontradas dezenas de estudos (provavelmente mais de cem) que
demonstraram que estps escalas — ou suas derivadas e adaptações
em diversos países — diferenciam estatisticamente bem neuróticos de
controles (Eysenck, 1952; 1960, 1960b; Eysenck et al., 1957;
Eysenck e Eysenck, 1969; Wilde, 1963; Appels,'1974).
Analisemos esses inventários para estabelecermos o que medem.
As perguntas inseridas neles têm três características: a) são pergun-
tas diretas, pois se dirigem à pessoa do testado: "Você freqüentemen-
te tem sentimentos de cansaço?" "Você irrita-se por pouca coisa?"
Então, contêm um apelo ao "eu" do testado, que é convidado a
pensar um momento sobre si e de revelar o que está achando de si
mesmo, b) Indagam não sobre sentimentos, pensamentos e experiên-
cias positivas, mas! negativos, c) As respostas não são verificáveis

(*) N: contém perguntas sobre o bem-estar psíquico.


Ns: perguntas sobre o bem-estar somático.- Geralmente, listas com quei-
xas somáticas não distinguem tão bem entre neuróticos e controles, sendo que
nem todos os neuróticos manifestam muitas queixas somáticas. Por isto, as
listas com queixas psíquicas são, na maioria das vezes, preferíveis como testes
de tendências neuróticas.

131-
objetivamente, porque as perguntas são formuladas de modo vago e
multi-interpretável: "Você freqüentemente t e m . . .", "você irrita-se
por pouca coisa?" O que é "freqüentemente", etc., senão uma ava-
liação subjetiva da pessoa testada? Uma pessoa que tem somente
três vezes por mês um sentimento de cansaço pode ter a idéia, a
autovisão, de estar "freqüentemente" cansada, enquanto uma outra,
que se sente cansada dez vezes por mês, pode pensar que isto não é
"freqüente". A explicação do dado que neuróticos têm a tendência
a responder com "sim" a este tipo de perguntas subjetivas, dirigidas
diretamente ao eu, é que tem uma autovisão de serem "pessoas com
muitos sofrimentos". Assentem a perguntas do tipo: "Ê sofredor?".
Naturalmente, uma pessoa que está realmente cansada muitas vezes
por causa de um trabalho duro, ou de uma moléstia física, também
responderá com "sim" a tal pergunta sobre cansaço. Mas, se não
é neurótico, não concordará com muitas outras perguntas vagas sobre
seus sentimentos. E. g., não achará também que "freqüentemente"
não soubesse uma resposta no momento certo, ou que "sempre" ti-
vesse infortúnios na vida. Conseqüentemente, um não-neurótico não
obterá um escore alto nesses inventários. Um neurótico, pelo con-
trário, demonstra por suas respostas que se sènte lastimável, dotado
de capacidades e condições inferiores: um 'trouxa" segundo a item-
análise de Wilde (1969). Sublinhemos que esses inventários não
dão um levantamento objetivo das queixas reais de uma pessoa, mas
somente sua autovisão (*).
São conhecidas algumas, embora poucas, pesquisas que indica-
riam que escores altos em listas compostas de queixas claras ou
concretas, logo, queixas testáveis, são obtidos se a pessoa tem real-
mente algo de que se queixar, em contraste com um escore alto em
listas com queixas vagas ou não-verificáveis, que indicaria uma ten-
dência psicológica para queixar-se independente das circunstâncias
externas da vida (Winsemius, 1962; Zielhuis, 1962). Um pesqui-
sador confirmou que os escores numa lista com queixas claras, de
operários numa fábrica, estiveram em correlação com o grau de
pressões objetivas (barulho, atmosfera psicológica do departamento,
poluição do ar nas salas de trabalho ,etc.), enquanto escores altos
em listas de queixas vagas não foram relacionados com situações
externas desagradáveis. Então, pessoas com escores altos em inven-
tários com queixas vagas acharam-se tantas vezes em condições de
trabaljho desfavoráveis como favoráveis, o que quer dizer que escores

(*) Na literatura a respeito deste assunto encontra-se o termo "respon-


se-set" (tendência a responder) para indicar que o testado possui um hábito
fixo de responder a um determinado tipo de perguntas. Um inventário com
determinado tipo de perguntas, portanto, mede somente esse hábito de responder
ou "response-set", que è visto como um traço de personalidade do testado.

132-
numa lista de queixas vagas (do tipo inventário de neuroticismo)
medem uma constante da personalidade, e esta é a "mania de quei-
xar-se" (Zaagsma, 1970).
Os resultados obtidos com inventários de neuroticismo, que
parecem avaliar a tendência a queixar-se, merecem destaque. O
único fato experimental que foi provado até agora, com muitos gru-
pos de neuróticos de diferentes tipos, é de que sofrem dessa tendên-
cia. Logicamente, este "response-set" deveria tornar-se a pedra
angular de uma teoria das neuroses. Muito corretamente, Eysenck
observou que "teorias científicas não podem escolher os fatos que
desejam para explicar, em qualquer campo de estudo. . . " (Eysenck,
1952), mas embora só listas de queixas diferenciem entre neuróticos
e nao-neuróticos, ele mesmo não prestou muita atenção a esse
fato (*). Por que não? Aparentemente esperava que fossem outros
fatores, mais "objetivos", que caracterizariam a neurose humana. A
categoria "autopiedade", ou "tendência a queixar-se" não era fre-
qüentemente usada, pois os psicólogos pensavam quase exclusiva-
mente que com a introdução da teroia da neurose como Autopiedade
Compulsiva Infantil, ou do autopsicodrama, este fato experimental
foi explicado de um modo simples e satisfatório.
Existe uma pesquisa de Farnsworth (1938, citado por Wilde,
1963) que mostrou que as queixas vagas, às quais uma pessoa
assente, podem mudar no decurso de alguns anos, mas que a sua
soma de queixas se mantém constante, fato que comprova a lei da
equivalência das queixas. Também, segundo Buros (1970) os es-
cores de neuroticismo, ou seja, da tendência de concordar com quei-
xas vagas, é constante durante muitos anos. Indica isto que este
escore não parece ser uma reação a situações transitórias.
Os conceitos "força do eu" versus "fraqueza do eu", ainda
podem ser reduzidos ao conceito "ausência" versus "presença" de
uma 'disposição de se queixar", conforme a pesquisa de Bierkens e
Frantzen (1970), que empregaram a Ego Strength Scale (Escala da
Força do Ego) de Barron. Em outras palavras, a personalidade de
um "eu fraco", não é outra senão a_do neurótico, a saber, uma per-
sonalidade queixosa.
Os inventários de neuroticismo, medindo a tendência quei-
xosa (**), provocou escores altos em neuróticos de medo ou ansie-

(*) Publicou uma reflexão não aprofundada sobre o que significa este
fato, num artigo em alemão (Eysenck, 1953).
(**) Estes inventários têm, obviamente, a desvantagem de que o testado
pode influenciar os resultados de modo consciente. Pode simular, isto é,
exagerar propositadamente, e.g.; para obter mais atenção, e dissimular (es-
conder) sua autovisão verdadeira, e,g.; para evitar que o psicólogo o julgue
"doente".

133-
dade ,em neuróticos obsessivo-compulsivos e em neuróticos depressi-
vos (entre outros, Eysenck, 1959; Eysenck e Eysenck, 1964);
Dahlstrom e Welsh, 1960). Também em pessoas com muita au-
snêcia ao trabalho, em estudantes com problemas de estudo e outros
do tipo emocional, em pacientes com queixas somáticas, sem origem
física ,que freqüentaram os consultórios de médicos clínicos gerais e
em militares conscritos com problemas de comportamento ou de
adaptação o serviço militar (Wilde, 1963; Appels, 1974). Ainda,
em várias síndromes psicossomáticas (Barendregt et al. 1961; Wilde,
1963), em delinqüentes, principalmente reincidentes (Eysenck, 1964;
van den Aardweg e Dorpmans, 1965) e em homossexuais (sumário
de dados a respeito; van den Aardweg, 1977a). A existência da
constante da tendência de se queixar em todos esses grupos dá um
fundamento experimental à teoria de que o mecanismo básico em
todas as formas da neurose, inclusive formas de delinqüência e
desvios sexuais, é o mesmo. Sabemos que Freud, e sobretudo Adler
enfatizaram este ponto. Adler descreveu o "complexo de inferiori-
dade" em todas essas síndromes o que é correto, ainda que não com-
pleto. O mecanismo completo é: "Sou apenas e u . . . pobre de
mim!" O sentimento de inferioridade mantido como justificação de
queixa... São os resultados com os inventários de queixas não-verifi-
cáveis que corroboram a última interpretação. Mostram que neuró-
ticos com diversas sintomatologias não têm somente a autovisão de
serem inferiores, mas muito antes, que são pessoas que se queixam
de sua alegada inferioridade, de suas capacidades, de seu corpo, de
sua vida e de seu destino, que vêm como infeliz e discriminado (*).

(*) Uma versão condensada do MPI de Eysenck por Appels (1974) está
sendo adaptada e padronizada para amostras brasileiras no Departamento de
Psicologia da PUC, Campinas.

134-
SEGUNDA PARTE

A C O M P U L S Ã O A Q U E I X A R - S E E AS D I V E R S A S
SINDROMES NEURÓTICAS
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CAPÍTULO XXVIII

A " C R I A N Ç A Q U E I X O S A " E A N E U R O S E DE M E D O

Muitos neuróticos demonstram medo inadequado. Existem,


porém, neuróticos nos quais esse sintoma não é muito pronunciado;
por isso, não é possível elevar o sintoma de medo inadequado a
sintoma central da neurose.
Muito freqüente é o medo infantil por críticas e a queixa que o
inspira é: "Pobre de mim, eles me acham antipático, imperfeito e
inferior". Reside aqui a causa de muitas pessoas ficarem nervosas
e tensas em reuniões e grupos. Outros exemplos freqüentes são o
medo de autoridades, de doenças, de contaminações, de acidentes ou
da própria morte ou da de pessoas amadas. Não menos freqüente
é o medo de ficar louco — um superdrama! Em geral ser vítima
de uma catástrofe excepcional. A "criança queixosa" remodela
todas as situações da vida em possíveis catástrofes, nas quais ela é
vítima principal. No caso de uma prova, a queixa será "Eu fracas-
sarei". No caso de um parto: "Minha criança será um excep-
cional".
O medo é uma conseqüência muito lógica do sentimento de ser
vítima. A criança projeta-se no futuro como vítima e, para ela,
conseqüentemente o medo de seu futuro é adequado. Infortúnios
e desastres podem vir por todos os lados, mas o resultado é sempre
um pobre "eu" sofredor. "Ai de mim, nasci para ser infeliz!".
Pessoas neuróticas, às vezes, pensam mesmo quando tudo vai bem
com eles, se há prosperidade, se está tudo bem com a família: "Isto
não vai continuar como está" e, tensas, ficam esperando um desas-
tre qualquer. A expressão "medo de viver" é bem aplicada em rela-
ção a estas pessoas, que sempre esperam o pior. Um homem, bem
sucedido na vida e que teve um bom relacionamento matrimonial e
estava contente com seus filhos, relatou que acordava toda manhã

137
suando de medo e, nestes momentos, tinha uma convicção certa:
"Hoje vai acontecer algo horrível, o golpe fatal!" Às vezes, imagi-
nava um de seus filhos morto no trânsito, outras vezes suas lojas
confiscadas. Tudo isso, sem um pingo de realidade.
Segue-se do que acabamos de dizer, que o medo neurótico,
como conseqüência do sentimento de ser vítima, não tem obrigatorie-
dade um objeto claro. Podemos distingüir, entre medos neuróticos
difusos e medos de situações concretas.
Os últimos chamam-se fobias. Os objetos das fobias são ilimi-
tados: existem neuróticos que têm medo de todos os objetos físicos
no seu meio ambiente. Existem também neuróticos que mudam os
objetos de medo. Um objeto que ontem era ameaçador, hoje já
não inspira medo, porque transferiu o medo para um novo objeto.
Então podemos inventar palavras gregas para indicar todas as situa-
ções de medo neurótico, como: claustrofobia (medo de lugares fe-
chados), acrofobia (medo de lugares altos), agorafobia (medo de
lugares abertos) . . . até enumerar todos os objetos que existem!
Não esqueçamos a "fobiafobia" (medo neurótico de ficar com
medo). Lembremo-nos também, dos medos por todas as doenças:
cancerofobia (medo de ter câncer), cardiofobia, etc. Faltam-nos
conhecimento de palavras gregas para descrever cientificamente todos
os medos possíveis e imaginários. Mas não faltam expressões popu-
lares e bem apropriadas para descrever a atitude básica dos neuró-
ticos fóbicos: "Eu nunca tenho sorte, sou azarado". Claro que esta
é uma atitude de autopiedade.
Uma fobia nunca é um sintoma isolado, mas sempre faz parte
de uma série de queixas. Assim, Marks (1967) encontrou num
grupo de neuróticos de medo, uma correlação entre a intensidade do
fator de "se queixar" e a resistência das fobias contra cura; é que
quanto mais o neurótico fóbico se queixava, mais enraizada ficava
a Sua fobia. Certamente, fobias podem ser "trocadas" por queixas
não-fóbicas; em alguns clientes, períodos com medos fortes trans-
formam-se em períodos de depressão. Em outros, observamos o
desaparecimento de uma queixa fóbica para dar lugar a um outro
tipo de sofrimento, como o do homem que, depois de perder o medo
de entrar num grupo ou de entrar numa casa estranha, casou-se e
logo começou a discutir violentamente com sua mulher, resultando
em cenas de abandono do lar, telefonemas chorosos, mendigando a
volta da esposa, e t c . . . .
É comum que neuróticos, que nunca antes se queixavam de me-
do, desenvolvam repentinamente medos inadequados ou fobias. A
primeira possibilidade da origem de tais sintomas é que o neurótico

138-
haja experimentado algo amedrontador que relacionou a si próprio.
Por exemplo: ouviu alguém dizer que um amigo faleceu de enfarte.
A "criança interna" com sua conhecida imaginação pensa: tal coisa
pode acontecer comigo também. Em si, este pensamento não tem
nada de anormal, mas a "criança queixosa" já reage como se a morte
estivesse à porta. Contudo, estas fobias, às vezes, começam por
causa de uma percepção ou associação acidental. Observando
crianças normais, não é difícil constatar que podem ficar com medd
em muitas situações, sobretudo situações estranhas. A casa de uma
pessoa desconhecida, uma torre alta, bichos, o escuro, um lago ex-
tenso, espaços vastos, pranchas com imagens de coisas horríveis, um
hospital, pessoas velhas, "esquisitas", etc., podem amedrontar uma
criança. Toda criança é suscetível ao medo — não nos causa sur-
presa que neuróticos freqüentemente sofram desse sentimento. A
"criança interna" sente e pensa como criança, tem uma imaginação
na qual o horrível está facilmente presente. Uma segunda possibili-
dade sobre a origem disso é a de que a pessoa realmente teve uma
justificativa para sentir medo no início, mas a "criança interna"
apegou-se a esta queixa, mesmo depois do desaparecimento da jus-
tificativa. Podemos falar aqui em fixação neurótica a uma situação
traumática. Por exemplo, uma pessoa que experimentou um grande
medo justificado durante a guerra, pode ficar com uma fixação neu-
rótica deste sentimento, sentindo-se ameaçada muito tempo depois,
para ter uma justificação de autopiedade.

Uma cliente, que sofria de ataques de angústia psicogênica, teve


o primeiro deles numa época em que era muito oprimida pela sogra,
dominante e que tinha uma língua hostil e magoadora. Nesses pe-
ríodos, a mulher tinha pesadelos e acordava sufocada. Isto foi o
início dos ataques de angústia. Muitos anos depois do falecimento
da sogra, sua "criança interna" continuava com estes ataques, fazen-
do drama deles.
Se nos perguntarmos se existe uma predisposição a ter esses
medos neuróticos, podemos levantar como hipótese provisória de que
essas "crianças internas" tiveram na infância, muitas vezes, uma au-
tovisão de não serem capazes de enfrentar a vida. Estas crianças
sentiram-se fisicamente fracas ou psiquicamente frágeis e, por isto,
ficaram facilmente com medo em ocasiões que exigem força, coragem
para vencer as dificuldades da vida. A "criança interna" de muitos
neuróticos fóbicos foi realmente uma criança superprotegida, ou seja,
criada numa atmosfera de supercuidado, e isto também leva à auto-
visão: "Eu não posso viver, ou agir sem proteção". Isto explica o
aparecimento de estados de medo, quando essas pessoas têm que
solucionar algo sozinhas, ou têm alguma responsabilidade. A reação

139-
pânica da "criança", nessas situações, será: "Ajuda-me! Eu não
tenho forças, eu sou incapaz, lastimavelmente delicada!" Tais
"crianças" não se atrevem a andar sozinhas na rua, de carro, fazer
uma visita — precisamente como as crianças reais, que muitas vezes
têm medo de ir sozinhas, quando devem fazer compras, ou devem
visitar pessoas desconhecidas, ou entrar em lugares estranhos: "Você
quer ir comigo? Eu não ouso sozinho", pedem a um irmão ou irmã.
Um homem de meia idade, que era muito esperto na vida
comercial e geralmnte conhecia bem todos os lados da vida, apega-
va-se, como um menininho medroso, a um amigo ou membro de sua
família, sempre que precisava viajar de avião. Se não houvesse
alguém para "protegê-lo", entrava num pânico incontrolável. A
"criança interna" dentro dele parecia exclamar: "Onde está minha
mamãe?" Ele foi criado por uma mãe preocupada que sempre
choramingava sobre os perigos da vida. Um outro homem, que
obrigava a esposa e filhos a tratá-lo como se estes fossem enfermei-
ros, queixava-se dia e noite de que estava doente ou sendo ameaçado
por pessoas com intenções maléficas. Todo mundo que convivia
com ele tinha de desempenhar o papel ide mãe cm relação a ele.
Foi criado por uma mãe superprotetora e que transferiu para ele a
visão de que ele não era forte e capaz de resolver grandes dificulda-
des sozinho.

Ê ilustrativo o caso de uma mulher que, depois de seu divórcio,


criava sozinha três filhos e, ao mesmo tempo, dirigia um asilo de
velhos. Objetivamente uma mulher bem forte e capaz. Entretanto,
foi assaltada por ataques de pânico acompanhados por batimentos
cardíacos fortes e pelo pensamento de "agora vou morrer". Sentia-
se, também, sem salvação dentro de um carro. Quando era menina,
numa idade entre 12 e 14 anos, teve uma fase de febre causada por
uma doença infecciosa, que a obrigava freqüentemente a ficar de
cama. Lembrava-se de que a mãe a tratava como se fosse vítima
de uma doença mortal. Ao sabermos que essa mãe estava acostu-
mada a falar sobre dramas de morte na família, sobre doenças, etc.,
poderemos entender que essa menina, deitada na cama, pensava com
lágrimas nos olhos: "Vou morrer logo!", e então fica claro que o
medo a envolveu. Isso não é uma fantasia nossa, pois a cliente
nos contou que lembrava como chorava com este pensamento da
biorte próxima, perdendo-se em sentimentos de autodramatização.
Medos neuróticos ou fobias têm de ser vistos no conjunto total
de autopiedade e infantilismo. Não são fenômenos isolados que
podem ser tratados como tais. O velho termo psiquiátrico "histeria
de ansiedade" não estava tão errado.

140-
Um exemplo final refere-se a um homem que foi criado como
uma plantinha delicada por pais ansiosos demais. A mãe sempre
lhe contava que, quando era um bebê, caíra da mesa de trocar fral-
das e, desde então, ela passou muito tempo pensando que ele tivesse
alguma lesão cerebral. Por conseqüência, não é de se surpreender
que esse homem haja desenvolvido a autovisão: "Sou fraco, suscep-
tível a doenças e preciso de proteção". Como homem adulto, não
ousava sair de casa, sempre tinha queixas somáticas, ou medos de
doenças físicas e todo esforço físico era para ele "demasiado". Sua
mulher teve de cuidar dele como de uma criança doente. O papel
total de "criança delicada de um modo trágico" marcava sua vida
adulta. Medo de doenças e queixas neuróticas físicas andam para-
lelas em muitas pessoas que têm uma neurose de medo. Sendo
assim, é arbitrário, às vezes, chamarmos uma pessoa de hipocondríaca
ou dizer que tem neurose de medo.

141-
CAPÍTULO XXVIII

A "CRIANÇA QUEIXOSA" NO NEURÓTICO


OBSESSIVO-COMPULSIVO

Do mesmo modo que podemos imaginar um continuum de


zero até um máximo para a iintensidade da tendência neurótica de
se queixar, enquanto empregamos a palavra "neurose" para o grupo
de pessoas que possui a intensidade mais forte, e "neuroticismo"
para o grupo com a intensidade mais leve, podemos presumir um
continuum para a intensidade da tendência neurótica obsessivo-com-
pulsiva. Então restringiremos o uso do termo "neurose obsessivo-
compulsiva" para os casos realmente pronunciados e falaremos em
"perfeccionismo neurótico" nos muitos casos que manifestam traços
obsessivo-compulsivos sem que sua vida total esteja afetada. Sinto-
mas obsessivo-compulsivos leves aparecem com muitas pessoas que
têm outras síndromes neuróticas. São, e. g., traços de meticulosi-
dade desnecessária, limpeza exagerada, hesitação excessiva antes de
agir ou decidir, controles exagerados de atos, dúvidas a seu próprio
respeito, sentimentos inadequados de culpa, ou seja, escrupulosidade
e, por conseqüência de tudo isso, perda de tempo no trabalho e
na ação.
Marcas características principais de neuróticos obsessivo-com-
pulsivos graves são bem conhecidas: infindos rituais de purificações
do próprio corpo, ou das próprias roupas ou objetos; em outros,
infindas repetições de controles de ações, que já estejam feitos ou que
devem ser feitos, ou de pensamentos. Alguns neuróticos obsessivo-
compulsivos têm ambos os tipos de sintomas, mas conforme uma
contagem com pacientes hospitalizados por Hodgson e Rachman
(Rachman, 1976) os rituais de limpeza são mais freqüentes.
No seu artigo, Rachman reduz os rituais desses doentes — por
mais diferentes que possam ser, entre si — a reações para evitar

142
sentimentos de culpa, ou seja, de evitar críticas de outras pesoas.
Em outras palavras, o neurótico obsessivo-compulsivo teria medo de
críticas (ou de críticas "introjetadas") sendo que o fato de lavar-se
muito evitaria a crítica de ter-se lavado insuficientemente, e que a
realização de determinados atos de controle evitaria a crítica de que
uma tarefa não foi bem cumprida. Esta explicação estaria em
consonância com o fato de que, muitas vezes, os sintomas obsessivo-
compulsivos diminuem quando a responsabilidade de certos atos nã£>
pesa mais sobre o neurótico. Neste c a » , o risco de culpa ou de
fracasso teria diminuído, e, conseqüentemente, a necessidade de con-
troles. Podemos concordar com esta análise, com o acréscimo
seguinte: que também outros neuróticos, não obsessivo-compulsivos,
muitas vezes experimentam um aumento das queixas no momento
em que tenham de agir como pessoas independentes, ou de ter res-
ponsabilidade — que tenham de assumir o papel de "adultos". A
"criança interna" geralmente não se sente capaz de enfrentar o mundo
adulto, e por isso, pode entrar em pânico ou, pelo menos, em tensão
elevada se tem de comportar-se como adulta.
Rachman observou ainda que os controles obsessivos-compul-
sivos ficam mais intensos quando o neurótico tem humor depressivo;
presume que a depressão faz com que a pessoa seja mais sensível a
críticas, e então ele reduz também esta observação ao medo de crí-
ticas. Concordamos de novo, com o mesmo acréscimo acima:
outros neróticos também manifestam seus sintomas específicos de
modo mais intenso quando ficam depressivos. Cada pessoa com
um complexo médio de inferioridade é mais prejudicada por esses
sentimentos de inferioridade quando se sente mais depressiva; inúme-
ros homossexuais sentem-se mais atraídos pelo próprio sexo em pe-
ríodos depressivos, etc. Naturalmente, quando constatamos uma
correlação entre depressão e aumento de sintomas obsessivo-com-
pulsivos, não somos obrigados a presumir uma ligação casual entre
depressão e aumento dos sintomas. Às vezes, encontra-se realmente
essa ordem cronológica, por exemplo, quando o neurótico é desilu-
dido, tornando-se por isso depressivo e sente intensificar seus outros
sintomas. Às vezes, uma forte depressão, em vez de intensificar os
sintomas obsessivo-compulsivos, parece suspendê-los e substituí-los,
uma explicação melhor parece ser que uma depressão sem razões
objetivas, como é mencionada aqui, é uma forma de autopiedade
infantil. Esta autopiedade pode se referir à queixa específica de uma
pessoa neurótica, mas pode existir também sem ela. Em termos
mais claros a "criança interna dentro do neurótico obsessivo-com-t
pulsivo" tem como queixa principal: "Eu não faço nada direito"
ou "Eu não sei fazer nada de modo perfeito". Esta queixa princi-
pal, parece, domina em qualquer variação a mente de cada neuró-

143-
tico obsessivo-compulsivo. A permanência desta queixa autônoma
explica, ao lado de outros dados, porque o neurótico obsessivo-com-
pulsivo continua sentindo-se criticado e reagindo a este sentimento
com seus rituais; embora ele conscientemente saiba muito bem que
é uma loucura o que ele faz. Neste caso, a explicação de Rachman
não pode ser satisfatória, porque o próprio neuróiico sabe que ele
não vai encontrar críticas que deveriam ser evitadas. Também não
cabe, na explicação de Rachman, a observação de que pessoas obses-
sivo-compulsivas, às vezes, demonstram uma intensificação de seus
sintomas, quando são louvadas.
A explicação de Rachman tem de ser complementada com o
mecanismo da autopiedade compulsiva. O fato mais impressionante
na neurose obsessivo-compulsiva é que o doente nunca ficará satis-
feito em qualquer atividade que haja iniciado, achando que sempre
falta alguma coisa a completar. Mesmo quando cumpriu perfei-
tamente todos os rituais que ele pensa que devem ser cumpridos, seu
sentimento de alívio é muito temporário ou não o alcança de modo
algum. Quase imediatamente surgem novas "tarefas" para serem
cumpridas perfeitamente.
Uma mulher muito obsessivo-compulsiva, tinha de controlar
tudo o que ela havia feito no dia anterior até nos mínimos detalhes,
sendo que usualmente ficava ocupada com esses controles durante
algumas horas. Quando afinal se permitia fazer algo normal, na
realidade não se sentia à vontade. Mesmo depois de haver cum-
prido perfeitamente todos os rituais, ficava com o sentimento de não
fazer as coisas realmente perfeitas e recomeçava os controles nova-
mente. Podia fazer o que quisesse, mas nunca estaria realmente
contente consigo. A lei da cronicidade das queixas pode ser obser-
vada claramente em casos de neuroses obsessivo-compulsivas. As
repetições dos controles, ou limpezas, são ações da criança intema
provindas da queixa repetitiva: "Eu não fiz direito" ou, "não limpei
corretamente". Por conseqüência a criança tenta corrigir-se (refa-
zer o que havia feito) mas imediatamente depois da correção, a
queixa ressurge novamente. Esta cadeia de pensamentos prolon-
ga-se indefinidamente, sendo que somente uma certa exaustão de
queixar-se determina uma parada do processo maléfico. De resto, a
mesma coisa acontece com cada neurótico que se queixa violenta-
mente; muitos neuróticos podem queixar-se diante de outras pessoas
durante horas e horas sem parar, se possível, durante a noite inteira
e ao raiar do dia podem recomeçar tudo novamente. Somente uma
satisfação temporária da tendência de se queixar dá uma interrupção
da corrente das queixas. Em resumo, se realmente fosse a repetição
compulsória do neurótico obsessivo-compulsivo não mais do que uma

144-
tentativa de evitar críticas (ou críticas "introjetadas" na consciência
morai do próprio neurótico), não seria explicável porque o pobre
neurótico nunca atinge seu objetivo. Mesmo na rara situação em
que tudo está "perfeito" (conforme suas normas irreais), ele se acha.
num estado interno de grande tensão: seu mundo perfeito, assim
bem sob controle, pode cair em colapso por qualquer imperfeição
imprevista! Em conseqüência, devemos deslocar a pergunta: por
que o neurótico obsessivo-compulsivo está sempre esperando criticas
violentas? Porque este medo contínuo de críticas, de imperfeição?
Não é de grande ajuda nos refugiarmos em dados decorrentes
de experimentos sobre a desaprendizagem de medos condicionados
em animais. Parece ser muito difícil fazer com que os animais
desaprendam a evitar situações que aprenderam a ter como amedron-
tadoras (Solomon, et al., 1953). Não obstante este fato, observou-
se na natureza que, mesmo comportamentos de fuga inatos (e não
condicionados) embora dificilmente se extinguem quando os animais
durante longo tempo não experimentam mais os estímulos originais
que são realmente perigosos. Os patos, no parque dos animais de
"Swin", na Bélgica, por exemplo, acostumaram-se aos visitantes que
originalmente os fazia fugir assustados (Ruwet, 1972). Já vimos
repetidamente que o animal se adapta; então, animais obsessivo-
compulsivos, repetindo anos e anos ininterruptamente, um "compor-
tamento de esquiva" de uma situação que lhes causaria medo, não
existem, nem tampouco esta condição foi eliciada experimentalmente.
E, para frisarmos o aspecto extremamente excepcional da neurose
obsessivo-compulsiva humana, recordamos que inúmeras pessoas que
sofrem desta moléstia, sabem que suas repetições, "correções" e
"controles" não têm sentido. Conscientemente, não estão de acordo
com suas próprias atuações, mas, simplesmente não sabem evitá-las,
experimentando-as como provindas de uma força insensata, mas ir-
resistível.

Reformulamos a solução teórica de Rachman desta maneira:


por que esse medo de críticas internas, de falhar, de ser imperfeito,
retorna? Claro que a explicação de Rachman fica incompleta, e que
não é uma explicação da pergunta capital relativa à causa da obses-
sividade desse "medo de imperfeição". Colocada deste modo, a
pergunta não difere da pergunta central que aflora à mente de. quem
estuda as diversas neuroses humanas: por que a pessoa continua
obstinadamente com sentimentos e comportamentos que são casti-
gadores e a afastam de uma boa adaptação? Conforme o que sabe-
mos, segundo as leis de aprendizagem, tais comportamentos deve-
riam estar extintos há muito tempo, visto que não mais contribuem
para ajudar ou proteger a pessoa (Eysenck, 1976). É importante

145-
entendermos bem este problema teórico com o fim de assimilarmos
a essência dessa singular neurose.
Freud, com sua alusão ao masoquismo psíquico, chegou bem
perto de um bom entendimento da neurose obsessivo-compulsiva,
com sua observação relativa a algumas pacientes obsessivo-compul-
sivas: "-r- Parecem que se retiram para um mosteiro para ali termi-
narem uma vida com um fardo pesado." Aqui, Freud toca em algo
muito importante: o neurótico obsessivo-compulsivo parece procurar
para si uma vida castigadora. Ora, procurar sofrimentos para si é
um traço comum e crucial em todas as neuroses. No caso da neu-
rose obsessivo-compulsiva, o sofrimento procurado é: o sentimento
de "pobre de mim imperfeito". A criança interna tem de chora-
mingar por causa de sua imperfeição. A neurose obsessivo-compul-
siva é, então, uma maneira de queixar-se compulsoriamente.
O fato de o neurótico obsessivo-compulsivo precisar procurar
situações para suspirar e gemer é, às vezes, bem percebido pelo
neurótico.
Um paciente, que tinha de efetuar operações complicadas com
os números de placas dos carros que passavam, antes de "poder
continuar seus passeios pelas ruas" — sob pena de ser vítima de
uma grande catástrofe — disse: "— Sinto que preciso pagar pe-
dágio, antes de poder ir mais adiante". Pagar pedágio: expressão
reveladora de uma necessidade interna de sacrifício. A vida, para
a pessoa neurótica, nunca pode ser "feliz" ou "fácil"; tem de ser
paga com sofrimentos e sacrifícios (*), ou seja: tem que haver
algo para se queixar. A busca de situações de imperfeição para se
queixar não é somente observável em neuróticos obsessivo-compul-
sivos severos, mas em todas as pessoas mais ou menos obsessiva,
perfeccionista, ecrupulosas, pedantes ou precisas e acuradas demais.
, Um homem rico comprara um bom carro, que funcionava exce-
lentemente. Apesar disso, ficava preocupado constantemente com
o possível mau funcionamento do veículo. Uma vez constatou que
usara mais gasolina do que o normal; de outra vez, não quis sair
com o carro, por pensar que os pneus estivessem com a pressão de-
masiada, ou quando ouviu algum barulinho no motor, que o incitou
a telefonar desesperadamente à garagem. Raras vezes se sentiu

(*) A visão neurótica da vida — como fardo pesado — parece estar


bem expressa no mito antigo de Polycrates, que sempre que ficava próspero,
tinha de destruir uma parte de suas propriedades ara não suscitar ciúme dos
Deuses. E qual é a diferença entre o ensamento dos antigos Gregos que, se
tudo coresse bem, os Deuses ficariam com inveja — e o suspiro queixoso de
uma pessoa feliz que "não vai continuar assim"; "temo que algo ruim acon-
tecerá". '

146-
feliz, rodando em seu carro, mas observou que tinha outras preo-
cupações do tipo: "Algo não está perfeito no meu mundo, preciso
corrigir — senão deixarei de fazer o que é meu dever". Embora
pudesse viver bem feliz e sem preocupações, sempre estava chora-
, mingando, curvado sob o peso da vida, e tornando-se quase insu-
portável para seu meio ambiente.
O caso anterior lembra-nos o fato de que pessoas obsessivo-
compulsivas muitas vezes interferem demais na vida dos outrjos.
Suas "crianças internas" pensam que são responsáveis por tudo em
seu meio e, por conseqüências, agitam-se, corrigindo, de modo cons-
trangedor em coisas que não lhes dizem respeito. Têm de corrigir
e aperfeiçoar todo mundo e a força com a qual insistem, decorre da
consciência moral de sua "criança interna", consciência que, sendo
uma imperativa infantil, tem a violência inteira que pertence às emo-
ções morais da criança. Por isto, alguns desses neuróticos se tor-
nam corretivos morais, tentando castigar e corrigir o mundo inteiro
e, preferivelmente, de modo rigoroso. Sendo assim, pais neuró-
ticos obsessivo-compulsivos freqüentemente são severos demais para
com os filhos, cheios de proibições e deveres: "Você tem de fazer
isto!"; "Isto é severamente proibido, é muito ruim, etc.. . ." e assim,
criam de novo o sentimento de imperfeição, de falha, de culpa nos
filhos. Como conseqüência, estes, sentindo-se deficientes, desenvol-
vem, por sua vez, autopiedade e também uma neurose obsessivo-
compulsiva: "Eu não faço nada direito"

147-
CAPÍTULO XXVIII

A "CRIANÇA QUEIXOSA" NO N E U R Ó T I C O
OBSESSIVO-COMPULSIVO ( 2 )

Quanto mais aspectos correlacionados às neuroses obsessivo-


compulsivas o estudioso possa teoricamente entender, tanto mais
facilmente poderá observar e analisar muitos casos na prática, sendo
que a família dessa neurose é muito extensa e que alguns traços
obsessivo-compulsivos são encontrados em inúmeros caso que não
necessariamente devam ser denominados estritamente obsessivo-com-
pulsivos. Continuemos, portanto, esta análise dos fenômenos asso-
ciados a essa neurose.
Queríamos chamar a atenção para o pensamento mágico de
alguns obsessivo-compulsivos como forma de pensamento infantil ou
primitivo. Para evitar um desastre, um castigo terrível ou um fra-
casso, alguns cumprem "rituais mágicos". O homem citado ante-
riormente, que fazia ações complicadas para escapar a um violento
castigo que o ameaçaria, ou a seus filhos, também teve um "délire
toucher" (mania de tocar); muitas vezes por dia, surgia-lhe o pânico
de que seus filhos morreriam se não tocasse uma parede ou muro,
o mais alto possível, preferivelmente acima de dois metros de altura.
Os filhos não morreriam enquanto executasse esse gesto: alcan-
çar uma altura de dois metros. Wilhelm Stekel denominou esta
conjuração do "fatum" (mau destino) a "cláusula de morte" (To-
desjdausel).
Segundo o pensamento de povos primitivos, é possível, através
de rituais (danças, sacrifícios, orações) acalmar os espírito malignos
que causam doenças, desastres e mortes. O homem primitivo acre-
dita que tem poder de influenciar a natureza (veja o Capítulo XIV,
onde falamos do pensamento egocentrista ou autocentrista).

148
As diferenças entre primitivo e obsessivo-compulsivo neste as-
pecto são, portanto: a) que o neurótico adulto de nossa cultura ra-
cionalmente sabe que não pode influenciar o curso do mundo, ao
passo que para o primitivo, dentro de suas representações intelec-
tuais, isto é, uma possibilidade real. O árabe que, antes de entrar
no deserto, para evitar os perigos de uma tempestade de areia, toca
uma pedra santa com a finalidade de conjurá-los, age conforme suas
convicções religiosas, as quais aceita racionalmente. Age, então,
conforme sua inteligência vistas suas possibilidades de conhecimentos,
e não sofre de um "delire de toucher". b) Após o fiel cúmprimento
do ato "mágico" o primitivo sente-se seguro e protegido, enquanto
o obsessivo-compulsivo repete infinitamente suas conjurações (pala-
vras encantadas, tapas, gestos, etc.). É que o medo de desastre, ou
castigo, nele volta logo depois de um ato ou conjuração — enten-
da-se: a queixa: "Não fiz bem", ou: "mas sou culpado" volta me-
canicamente, trazendo atrás de si o medo de desastre ou de castigo.

Encantamentos e conjurações, portanto, ocorrem em povos pri-


mitivos, em neuróticos e em crianças — porque, na sua essência, são
pensamentos pré-lógicos. Muitas crianças, às vezes, agem assim
quando enfrentam uma situação amedrontadora. O menino, que
teme que poderá ser reprovado numa prova importante na escola,
por exemplo, pode fazer a seguinte combinação consigo: "Se eu,
andando na rua para ir à escola, sempre pisar somente nas pedras
redondas ou de cor clara, serei bem sucedido", ou, "se o farol não
pular o vermelho, terei sucesso." Para a mente adulta, com seus
conhecimentos de causas e conseqüências na natureza, um pensa-
mento semelhante é absurdo, mas para a criança não. Temos aqui,
de novo, uma indicação de que o obsessivo-compulsivo hospeda uma
criança. De resto, não é estranho que são principalmente crianças
com medo de fracassar, de falhar, ou de serem culpadas, que têm
mais do que na média esta tendência de conjuração mágica. V. g.,
"se bater duas vezes na porta, tudo correrá bem lá dentro".

Fica bem mais claro o fato de que os neuróticos obsessivo-


compulsivos temem responsabilidade, decisões e empreendimentos.
Implicam riscos de fracassar. Nisto, seguimos a análise de Rach-
man. Por outro lado, não é verdade que, na ausência de respc-n
sabilidades, os sintomas ritualísticos vão desaparecendo. Pode-se
observar que esses doentes emocionais, nessas condições, atraem para
si novas responsabilidades. Uma mulher gravemente obsessivo-
compulsiva era casada com um homem muito exigente que a xin-
gava, criticava e a impelia a cumprir os deveres de casa, coisa que

149-
ela não conseguia senão de um modo incompleto, presa que estava
nas suas ruminações de controle. A opinião de seu médico era que
o marido agravava notavelmente a sua condição psíquica. Aconte-
ceu, porém, que se separaram e que ela se casou novamente, com
um homem muito paciente e compreensivo. Este assumiu a respon-
sabilidade de muitos trabalhos na casa, encomendou as comidas já
preparadas por um serviço de hotel; enfim, a liberou de muitas, quase
todas as suas responsabilidades. O resultado foi que ela passou a
realizar muito menos do que antes, gastando mais e mais horas em
ruminações obsessivas.. A "criança queixosa" não se deixa influen-
ciar por mudanças no meio ambiente". "Terapia do meio ambien-
te", portanto, não dá resultados verdadeiros.

Encontram-se também, com neuróticos obsessivo-compulsivos,


exemplos da lei da eqüivalência das queixas. Um cliente grave
perdeu, subitamente, quase toda a tendência de controlar obsessiva-
mente seus atos, durante o período em que morava num apartamento
acima de uma empresa funerária. Qundo voltava para casa, sem-
pre via os caixões e as coroas de flores e sua imaginação de criança
fantasiava cenas lúgubres. Ficava sobressaltado e em pânico e ele
cheio de ruminações sobre a morte, como seria o seu corpo quando
morto, 'etc., até o ponto em que se assustava quando lia ou ouvia
apenas a palavra "morte", ou combinações contendo esta palavra.
Uma grande fobia da morte substituiu seus atos de controle, ou
melhor, suas queixas de agir imperfeitamente.
Outro exemplo: um obsessivo-compulsivo cujo cérebro foi ope-
rado segundo a moderna técnica cirúrgica inglesa (*). Depois da
operação seus rituais obsessivos desapareceram, sendo que a vida
diária ficou, inicialmente, mais fácil para ele. Porém, além da desi-
nfbição de seus impulsos (conseqüência comum dessa intervenção),
desenvolveu novas queixas: "Agora", pensou, "existem pequenos bu-
racos em meu crânio, através dos quais pequenas gotas de água
entrarão, o que causará uma desagradável sensação em minha ca-
beça". Pôde-se observar o começo de novos rituais para evitar a
penetração da água. De resto, todo seu comportamento estava to-
talmente inalterado, infantil; pedia muita atenção de todas as pessoas
a seu redor, desempenhando o papel do paciente interessante que se
regozijava do interesse dos cientistas do hospital. Uma tal elimina-
ção súbita de um sintoma importante (rituais obsessivos), sem eli-

(*) Durante algumas semanas, elétrodos inseridos no cérebro dão fracos


impulsos elétricos na estrutura diencefálica, nos lugares onde são coordenados
os reflexos de medo, destruindo, assim, gradativamente, as células.

150-
mmar-se a própria compulsão a se queixar, não produz tais efeitos
apenas no caso da neurose obsessivo-compulsiva. Alguns devem
lembrar-se do fim trágico de uma jovem alemã que, como disse um
padre, era "obcecada pelo demônio". Ela era destrutiva e sobre-
tudo autodestrutiva e o padre — com boas intenções — tentava
ajudá-la, aplicando-lhe os rituais exorcistas da Igreja. Afinal, pa-
receu melhorar e seus sintomas extinguiram-se. Entretanto, depois
disso, ela não conseguiu mais comer, vindo a falecer de fome.
Casos semelhantes demonstram aspectos típicos para neuróticos
que, de repente, perdem seus sintomas antigos: criam novos sofri-
mentos. Observei isto num homossexual que, subitamente, experi-
mentou seus sentimentos eróticos como infantis e ridículos, depois
de algumas décadas de vida homossexual. Caiu num estado de
medo profundo, pensando estar contaminado por uma doença mortal,
contraída num de seus contatos sexuais e, agora, sentia-se fisicamente
muito doente e estava tão convencido de seu fim próximo, que fez
uma tentativa realmente séria de suicídio, pra evitar uma morte hor-
rível através do câncer.
Outro homossexual, cujos sentimentos para com jovens homens
haviam desaparecido, dando lugar a fortes sentimentos em relação
às mulheres, encontrou-se num profundo estado de depressão, por-
que, dizia: "Estraguei muitos anos de minha vida insensatamente, e
estes belos anos passaram inexoravelmente" (nova justificação para
queixas).
Os diagnósticos "neurose obsessivo-compulsiva" e "neurose de
medo" (ou "fobia") obviamente são aplicáveis em muitos casos,
porque neuróticos obsessivo-compulsivos geralmente têm medo de
desastres, de castigos, de contaminações. Entretanto, "histeria" e
"depressão", também se aplicam a muitos obsessivo-compulsivos,
assim como traços obsessivos são constatáveis em outros tipos de
neurose; há, por exemplo, homossexuais com sintomatologia, tipica-
mente obsessivo-compulsiva. Explicam-se essas inter-relações de
síndromes neuróticas pelo fator subjacente da mania de queixàr.-se.
Queixar-se é, na verdade, uma particularidade de obsessivo-compul-
sivos bem observável: lastimam-se freqüentemente, choramingam, e
não somente sobre seus sintomas. A maneira de relatar aconteci-
mentos, de neuróticos desta variante, é bem característica: repetem,
não esquecem nenhum detalhe, por mais insignificante que seja, rela-
tam coisas que não há necessidade de relatar. Muitas destas pessoas
não podem parar de falar, obsessivamente continuam e, neste as-
pecto, pode-se constatar que obsessivo-compulsivos têm a compulsão

151-
à perfeição em todos os seus pensamentos. Por isso, não podem
pular um assunto, ou falar (ou pensar) mais espontaneamente. Têm
de estar seguros de tudo, o que os leva a hesitar, fazer muitas pre-
parações antes de começar algo, de planejar sistematicamente os
passos que tomarão em qualquer campo. Cuidam, por exemplo, de
seus cabelos durante muito tempo, perguntam infinitos detalhes antes
de decidir-se, e não aceitam facilmente uma falta ou falha, sua, ou
de outros. Muitos têm a tendência de economizar demasiadamente,
quando não é necessário. Jogar algo fora, aos olhos deles, é a
mesma coisa que jogar fora algo que tenha valor, e tal ato é con-
trário a um comportamento perfeito, pois o que tem valor tem de
ser usado. Decorre disso uma certa inclinação a guardar objetos.
Uma mulher obsessivo-compulsiva não podia jogar fora jornais
velhos, pois pensava que talvez contivessem algo que tinha de saber
ou lembrar mais tarde.
Outra mulher, obsessivo-compulsiva, guardava em sua casa
todo lixo: palitos usados, latas velhas, restos de cigarros fumados,
cascas de ovos — e tinha de controlar e depois embalar tudo, bem
agrupado, palitos em grupos de cinqüenta e amarrados com um
pequeno fio, e colocados dentro de uma lata, etc. O resultado era
que sempre a coleção de lixo na sua casa era maior do que o qtue
podia jogar fora: não podia entrar em algumas salas por causa do
lixo. Nas idéias de sua "criança queixosa", a perfeição era um
ideal obrigatório, mas inacessível. Uma análise do ideal de per-
feição infantil de um neurótico obsessivo-compulsivo esclarecerá em
cada caso individual com que dificuldade a "criança" encara sua vida,
e como este ideal é afastado do ideal de perfeição de outras pessoas.
Dissemos, também, que um dos pais do obsessivo-compulsivo quase
sempre também era semelhante, criticando demais e mostrando um
ideal de perfeição que a criança aceitou como justo: o que os pais
< dizem, para ela é verdade absoluta. A criança, com sua emocio-
nalidade radical, com seu modo de conceber as coisas muito seria-
mente, acredita que este ideal é como a gente obrigatoriamente
tem de ser e de se comportar. É a perfeição, como uma criança
a interpreta com sua imaginação hipertrófica; às vezes, parece que
levou as prescrições dos pais mais a sério do que eles. A criança
exagera facilmente.
I
O conceito de "ideal de perfeição", severo e rigoroso na "criança
interna" do obsessivo-compulsivo, explica que esse neurótico experi-
menta não somente medo de falhar (única emoção sobre a qual os
comportamentalistas tendem a basear sua explicação dessa neurose),
mas também um sentimento de satisfação (infantil) se as coisas estão

152-
"bem direitinhas". Não se pode interpretar este sentimento só como
o de um alívio depois de ter evitado críticas, pois a observação des-
tes neuróticos ensina que realmente se sentem felizes, estão conten-
tes quando finalizam algum trabalho segundo todas as regras e
rituais de seu perfeccionismo. Um neurótico contou como se sentia
feliz quando via todos os pregos que possuía arrumados perfeita-
mente na ordem de altura (ficava muito irritado se o filho, às vezes,
usando seu martelo e pregos, perturbava a boa ordem). Nestes mo-
mentos, esses obsessivo-compulsivos são como crianças que, como.
é conhecido, gostam também de ordenar minuciosamente, exageran-
do ,quando, às vezes, têm a mania de arrumar ou limpar. Podem
depois dizer à mãe: "Venha olhar, não é muito bonito assim?"
Portanto, é verdadeira a afirmação de que neuróticos obsessivo-com-
pulsivos têm medo de falhar (a), não sendo menos verdade que
gostam de resultados perfeitos (b), e, além disso, que ficam facil-
mente irritados se algo ou alguém perturba sua ordem perfeita, ou
os impede de atingi-la (c). De resto, o leitor entenderá que, para
uma pessoa obsessivo-compulsiva, a felicidade por um resultado per-
feito não perdurará, porque sua "criança queixosa" voltará com sua
queixa estereotipada. Ainda, o momento de regozijar-se do resul-
tado perfeito, na maioria das vezes, é perturbado pela queixa: "Posso
manter esta situação assim?"

Obsessivo-compulsivos são irritáveis no que diz respeito à im-


perfeição em si ou em outros; não tolera mnegligências, trabalhos '
com defeitos pequenos, um pequeno dano da pintura, uma expressão
inexata, etc. Nessas circunstâncias, comportam-se como se a outra
pessoa houvesse cometido um crime, um pecado grave. Tais neu-
róticos não podem brincar com o que eles vêem como seus deveres,
com precisão, etc., e, por conseqüência, tornam-se severos e exigen-
tes para outros de modo demasiado, O traço da personalidade cha-
mado de pedantismo é muitas vezes associado a uma atitude de
hiper-perfeccionismo. O pedante quer fazer tudo de modo perfeito:
"é bom como eu faço", atitude de compensação e defesa típica da
"criança interna" que se sente inferior-imperfeita. É uma tentativa
infantil de proteger-se contra críticas, de manter algum respeito por si,
contra o perigo de ser inferiorizada. Por isso, muitos obsessivo-
compulsivos são arrogantes ou "orgulhosos" demais, ocupados pela
ilusão na qual podem até acrdeditar, que realmente já são perfeitos.
Esse pedantismo denfensivo, na última análise, é uma reação da
"criança interna' para evitar o sentimento doloroso de ser imper-
feita, o que é uma autoqueixa. Já encontramos o fenômeno singular
em que uma "criança interna" adota a atitude que julga ser ideal,
convencendo-se de que atingiu esse ideal. Também a mulher por-

153-
tadora de uma "criança queixosa" que se sente feia, na vida real já
está desempenhando, algumas vezes, o papel de "mulher bonita"
(observei isto em alguns manequins); o homem com a "criança quei-
xosa" que se sente fraco, pode assumir o comportamento de "homem
sem medo, desbravando tudo", e o obsessivo-compulsivo, igualmente,
o papel de "perfeito", de "quem sabe tudo de modo superior", ou
de "pessoa-modelo" (*).

(*) Representar o papel da pessoa ideal que a "criança queixosa" deseja


ser, até que ela própria creia realmente ser a pessoa do ideal, é uma particula-
ridade da fantasia infantil que explica os casos descritos na literatura psicológica
das chamadas "personalidades múltiplas", como o caso famoso de Eve White/
Eve Black, Na realidade não existem "múltiplas personalidades", mas só duas:
a do adulto e a da "criança queixosa". Esta ú'tima pode, porém, representar
diferentes papéis, que são todos imanentes à personalidade infantil.

154-
CAPÍTULO XXVIII

A "CRIANÇA QUEIXOSA" NO N E U R Ó T I C O
OBSESSIVO-COMPULSIVO (3)

Aquele que quiser analisar a neurose obsessivo-compulsiva, de-


verá aprender a observar a "criança queixosa" nesses doentes. Na
realidade, comportam-se e sentem-se como crianças:
Uma mulher, que sofria grandemente desta neurose sempre
apresentava uma expressão no rosto como o de uma menina escolar
que se sente insultada. Entrava no consultório, apoiada no braço
do marido, como uma criança sem defesa, dependente, incapaz de
enfrentar a vida sozinha.
Lembramo-nos também de um homem severamente obsessivo-
compulsivo, inteligente, mas que teve que ficar sob os cuidados
de sua velha mãe, com quem brigava freqüentemente, de modo in-
fantil e que, ao mesmo tempo, tiranizava com seus pedidos e crí-
ticas. Estava sentado numa cadeira com uma expressão de extremo
contentamento, pedante de si, exatamente como uma criança que
queria dizer, confrontada com críticas sobre sua pessoa: "Não aceito
vocês, porque na realidade sou superior, sei tudo de modo melhor!"
Tal atitude defensiva é a reação de autoproteção da criança que se
sente aniquilada pelas críticas: era assim precisamente sua situação
durante a infância. Numa palavra, esse homem era o mesmo me-
nininho e o adulto dentro dele era observável apenas raras vezes.
A vida emocional destes neuróticos realmente é, em grande
parte, a da criança frustrada. Não existem dúvidas de que as rumi-
nações e os rituais, incapacitando-lhes terrivelmente a vivência de
uma vida relativamente normal, fá-los sofrer: as conseqüências se-
cundárias de uma neurose obsessivo-compulsiva são, objetivamente,
trágicas. Todavia, os próprios obsessivos podem compadecer-se de-

755
mais de seus sofrimentos: se compararmos suas condições com as
de doentes inválidos por uma doença física (lepra, artrite, ou múl-
tipla esclerose), é notável que muitos doentes "reais" cheguem a
aceitar sua vida de doença, mas o obsessivo-compulsivo queixa-se
geralmente demais dos incômodos de sua vida. A propósito, obses-
sivo-compulsivos quase nunca podem pilheriar dos próprios rituais,
a "criança interna" leva-se muito a sério, queixa-se de suas queixas.
Isolado destas frustrações reais da vida. obsessivo-compulsiva, o so-
fredor ainda hospeda uma variedade de emoções da infância: inveja,
rancor, rivalidade infantil com outros que a criança julga serem su-
periores a si, afetos infantis, etc. indicando que neles também a
"criança interna" sobrevive "in totum".
Encerremos estas reflexões com alguns exemplos:'
Úm homem obsessivo-compulsivo tinha um pai muito crítico e
exigente, que sempre lhe dizia: "Não fez — ou trabalhou — acura-
damente". Ele era muito zeloso na escola, aprendia tudo perfeita-
mente e obtinha boas notas, mas sempre suas esperanças de receber
uma palavra de louvor do pai eram frustradas, pois este sempre tinha
algo a objetar. O rapaz era muito triste, desenvolvendo autopiedade
em relação à autovisão: "Nunca posso realizar algo acuradamente,
recebendo uma prova de contentamento de meu pai". Como adulto,
tinha várias compulsões de controlar: se uma porta estava bem fecha-
da, ou uma torneira de gás, etc., poderia predizer com precisão ma-
temática que ficaria, com algum escrúpulo, depois de uma visita a
um amigo ou membro da família: pensava que tinha esquecido de
perguntar algo, ou que havia dito alguma coisa que tivesse insul-
tado alguma pessoa, etc. Tudo isto era a repetição da queixa ori-
ginal: "Nunca faço nada perfeitamente". Pode-se compreender, por
este exemplo, qual é a estrutura de uma dúvida patológica de si.
Por haver recebido críticas de um chefe no serviço, o homem desen-
volve a síndrome de estafa: ficou totalmente preso a ataques ner-
vosos que o impediram de trabalhar. Psiquicamente, sua "criança
interna" sentiu-se, com os mesmos sentimentos da infância, inferio-
rizada, apesar de todos seus esforços para realizar algo bem, e o
fato de as críticas terem vindo de um homem de autoridade, contri-
buiu bastante para suas reações.
O homem obsessivo-compulsivo, já mencionado anteriormente,
que tinha de cumprir rituais "mágicos" tocando no alto, muros e pa-
redes com o fim de evitar a morte dos filhos, era muito criticado
pela mãe, em tudo que fazia indepedentemente, porque ela sempre
fazia tudo por eis, não tendo confiança em suas realizações. Es^a
mãe tinha ainda uma atitude moralizar exsessivamente, sempre repro-
vando algo que foses "ruim". O rapaz recebia muitas reprovai oes

156-
morais e muitas vezes (segundo se lembrou) ficava com o seguinte
sentimento: "Eu fiz novamente algo ruim, sou digno de castigo".
Seguia-se o pensamento: "— Se faço algo para reparar minha culpa,
o castigo será suspenso" e deste modo originaram-se os encanta-
mentos e conjurações mágicas. Dentro dele a mesma criança per-
manecia, com pânico de um castigo por causa de seus pecados mo-
rais. Sua queixa principal e autopropulsora: "Pobre de mim! Fiz
algo ruim e vou ser castigado!".
Um jovem com um delírio de contaminação, ficava deitado na
cama durante dia e noite, não permitindo a ninguém aproximar-se,
porque todos poderiam trazer germes infecciosos. Não tolerava que
os lençóis fossem trocados, quase não aceitava alimentação, se esta
não estivesse preparada conforme as precauções julgadas necessá-
rias por ele. Não pensem que neste isolamento quase perfeito se
sentia seguro; continuamente, ficava preocupado com contaminações
possíveis: um mosquito que se aproximava de sua cama, bacilos que
tivessem entrado pela janela mal fechada (as janelas deveriam ser
fechadas completamente); de vez em quando, durante a noite, fugia
do quarto e rastejava até a cozinha para preparar rapidamente al-
guns alimentos conforme suas próprias regras "anticontaminacionais".
O pobre doente foi criado superprotegido e cercado de medos por
perigos, especialmente pela mãe, que interferia muito. Ela o lim-
pava demasiadamente, e o avisava e criticava incessantemente de que
ele não se defendia contra infecções, contra o perigo de apanhar
um resfriado. Na sua infância, um dia na praia significava que
não podia brincar fora da esteira, e tinha de ficar sob o guarda-sol
para evitar tomar muito sol e vento. A autovisão que deu origem
a esta autopiedade soava: "Não me cuido (lavo, limpo) bem! Ah,
se não acontecer algo comigo!"
Outro jovem obsessivo-compulsivo mostrou os seguintes sinto-
mas: tomar banho durantes horas; compulsão de olhar para trás
quando andava de bicicleta, para "prevenir" se algo fosse jogado
contra ele, ou um tijolo que caísse sobre sua cabeça; hipersensível,
chorando facilmente à mínima observação crítica; limpeza exagera-
da de certos utensílios, e falta total de concentração no serviço,
hesitação, poucas realizações. Interessante é que até os oito anos
mais ou menos, era um rapaz alegre, um moleque que gostava muito
da vida, esperto e vivo, bastante traquinas, embora sem maldade.
Porém, o pai, homem obsessivo-compulsivo interferia, controlando
todas as suas atuações e o castigava muito. Sempre estas pergun-
tas críticas: "Você não se esqueceu de fazer isto?", "Você chegou
à escola na hora certa?", "Você limpou a bicicleta?" — A censura
que muitos obsessivo-compulsicos têm na consciência moral de sua

157-
"criança interna" agia sobre o rapaz, e bem impertinente. Na mesa,
durante as refeições, o pai continuava suas observações críticas até
que a mulher ficava tensa com tudo isso e começava a argumentar
com ele, mas a força dele para controlar era tão forte, que ele sem-
pre vencia. O filho sentia-se culpado aos olhos do pai e gradati-
vamente desenvolveu a autovisão: "Não faço nada corretamente!" —
"sempre fico com castigos e recriminações". Sentia-se completa-
mente inferiorizado, alguém que não prestava para nada, embora
tivesse uma forte admiração pelo pai. Este, na verdade, não era
homem mau, mas simplesmente homem difícil no contato social.
Ele admitiu que batera demais no filho durante a infância, mas
não entendeu que muito mais do que esses tapas foi sua, atitude
inferiorizante: suas críticas destrutivas, sua contínua interferência,
que matara a alegria inata e tão patente do menino, enchendo-o de
tristeza profunda.
Para uma criança, não somente críticas diretas dirigidas para
si; ou interferências nos seus atos, de modo a corrigi-la; ou tirar
sua responsabilidade, por exemplo, quando um pai faz as tarefas
da criança, evitando que esta as faça errado — são atitudes malé-
ficas que podem causar uma autovisão de imperfeição. Também na
ausência de críticas pode originar-se a mencionada autovisão, isto
é, quando a atenção e louvor de um pai são dirigidos, quase que
exclusivamente, para outro irmão ou irmã. A criança, para a qual
a mãe ou o pai não têm esta atenção, pensará: "Acham que eu
não posso cumprir nada; eu não ajo bem", especialmente se for um
irmão que é muitas vezes louvado. A criança percebe esse louvor
a outro do seguinte modo: "— ele (ela) age bem, eu não". Assim,
observei algumas vezes que uma mulher obsessivo-compulsiva se
sentia deixada de lado na infância pela mãe, que tinha uma ligação
mais intensa com a filha mais velha, porque ambas trabalhavam
juntas nos serviços da casa e falavam sobre a família. Uma dessas
clientes disse que a mãe sempre louvava as realizações da irmã mais
velha e a ajuda que esta representava para ela, o que incitava na
filha "esquecida", apenas um ano e meio mais jovem, um sentimento
de abandono, muitas lágrimas derramadas em silêncio, e um forte
ciúme para com a irmã privilegiada. Aconteceu algumas vezes que
na ausência da irmã mais velha, nossa cliente pôde arrumar a casa
ou pôr a mesa em ordem para uma refeição. "— Então, relatou
ela", fiz meu trabalho tão minuciosamente que coloquei os pratos
em distâncias iguais entre si, sem um milímetro de diferença, e es-
tava preocupada com a preparação do chá, aquecendo a água até
que a temperatura estivesse exata, adicionando um pouquinho mais
de água e novamente um pouco mais, se percebesse que a tempera-

158-
tura não estava no ponto". Assim, cheia de dúvidas de si mesma
e corrigindo-se repetidamente, a menina tentava fazer um trabalho
digno de louvor; pode-se dizer também: tentava provar seu valor (*)
devida ã autovisão: "Eu não sei fazer nada direito". Vê-se clara-
mente neste exemplo, que o elemento traumatizante, o elemento que
eliciou tristeza era o sentimento de não ser amada (em comparação
com a irmã mais velha). Tentar fazer as tarefas perfeitamente
significava, para a menina, conquistar o amor ou aprovação de sua
mãe, e ser "imperfeita" era muito ruim para ela, porque implicava
em ser indigna de atenção, que não possuía bastante valor. (Entre
parênteses seja assinalado que esta menina formava seu ideal de
perfeição, baseada no exemplo da mãe, que superestimava o econo-
mizar e tinha mania de limpeza).
É lógico que a criança, desejando agradar à mãe, imitava-a e
mais: exagerava o ideal de precisão e economia dela, para ser o que
todas as crianças querem ser: criança amada pela mãe. Verdadei-
ramente, a base de todos os complexos de inferioridade é o senti-
mento de não ser amado suficientemente, ou seja, como os outros.
Digamos, para melhor entendimento: não é a imperfeição oú
a autovisão de não poder fazer algo de modo desejável "por si"
que fazem com que uma criança fique desolada e triste, mas o fato
dessa alegada imperfeição a reduzir (ela pensa deste modo) a um
ente sem valor, isto é, sem o amor dos outros, antes de mais nada,
de seus pais.
Igualmente, não é q fato ( = a autovisão) de ser "feia" que
é traumatizante em si, mas-o fato de que ser feia é percebido como
sendo menos amada. Cada criança continuamente trabalha, luta,
etc., para ser amada e a percepção ou interpretação dos comporta-
mentos dos outros no sentido de que não é amada, constitui a maior
frustração de sua vida (**). Na autopiedade, que segue tal frus-
tração, podemos encarar uma reação de auto-amor em lugar da "fal-
ta de amor" dos pais e de outras pessoas.
Voltemos à nossa cliente que vivia à sombra da irmã mais velha.
A "criança interna" dentro dela guardava sempre uma inveja vio-
lenta para com a irmã, assim como uma tendência contínua de atrair
sobre si a atenção aprovadora da mãe. Entenda-se que uma neu-
rose obsessivo-compulsiva contém muito mais do que alguns rituais

(*) "eu também posso fazer algo bem!"


(**) Para evitar uma atitude por demais patética para com crianças, seja
sublinhado que, por causa do egocentrismo inato, a criança facilmente, com-
parando-se com outros, pode sentir-se "não amada", quando, na-'realidade, nãc
conhece o amor dos pais!.

159-
obsessivos, como ações preventivas para proteger-se do medo! A
"criança in totum" está lá, primeiramente cheia de um sentimento
de intensa autopiedade: "Ah! Nunca me reconhecem! Nunca faço
bem o que tenho de fazer!" A cliente em discussão sempre rela-
tava que sua infância tinha sido "muito sombria", "depressiva",
"horrível", que se tinha sentido muito "abandonada" e "sozinha".
O desespero de nunca haver conseguido (na própria autovisão, cer-
tamente) ser posta num mesmo nível da irmã, pela mãe, mas de
ser sempre a inferior — este desespero era o motor de sua neurose
obsessivo-compulsiva. Impossibilidade de atingir o nível de perfei-
ção que leva a ser estimado! A "criança interna" do neurótico
obsessivo-compulsivo repete este desespero e, por isso, seus rituais
de controle ou de correção são espasmódicos, tensos, motivados pelo
miserável sentimento de que é um alvo inacessível o que está ten-
tando alcançar. Por isso mesmo, esses atos ou pensamentos com-
pulsivos repetem-Be eternamente, nunca proporcionando ao sofredor
um sentimento realmente delicioso de ser valorizado (a não ser, muito
brevemente e de modo superficial). A queixa desesperada fica
presente: "Pobre de mim! Não sou perfeito, não sou digno de apro-
vação". A "criança interna" pode corrigir ou controlar o que quiser
— entretanto, não eliminará este desespero fixado.
O fato de uma intensa autopiedade infantil com respeito a
qualquer assunto: ser feio, ser doente, ou imperfeito, incapaz, etc.,
permanecer sempre, repetindo o mesmo drama interior com a mes-
ma intensidade, é fácil de descrever em algumas frases, mas muito
mais difícil de entender como uma realidade que funciona no neu-
rótico concreto. Porém, se um cliente obsessivo-compulsivo obser-
var bem nitidamente dentro de si, em suas emoções e seus pensa-
mentos, a "criança" triste e queixosa de seu passado pessoal, tem
uma chave de valor inestimável para libertar-se de um hóspede não
convidado.

160-
CAPÍTULO X X I I I

A " C R I A N Ç A Q U E I X O S A " NO NEURÓTICO^


HISTÉRICO E NO NEURÓTICO O R G Â N I C O

O adjetivo "histérico" não é exatamente definido, mas no uso


diário a palavra refere-se a uma emoção exagerada, ou teatral; neste
sentido, a velha psiquiatria falava em: "histeria de ansiedade" indi-
cando que o sofredor da moléstia não apenas estava obcecado por me-
do "seco", mas por um medo "teatral", exagerado. Outrora, o termo
"histeria" era usado para muitos casos que agora são denominados
simplesmente "neurose".
A palavra "histérico" relaciona-se, na maioria das vezes, a ex-
pressões de autopiedade, pois implica na inclinação de fazer dramas,
de conceber tragédias sobre si. Pode-se constatar de uma vez em
quando esta forma de reações histéricas em todos os neuróticos tam-
bém naqueles que parecem ser muito fechados e tranqüilos: no mo-
mento em que explodem em palavras emocionais não se distinguem
muito do tipo "histérico" bem conhecido, que sempre está exibindo
seus dramas sem inibições. Há pessoas queixosas manifestas (com
muitas palavras, barulho e teatro) e pessoas que têm uma atitude
queixosa silenciosa, mas cujo semblante expressa tanta autopiedade
como as palavras e gestos dos primeiros. Sempre que a "criança in-
terna" se queixa tem algo teatral e supertrágico nos olhos do adulto
que o testemunha — por isso, usam-se expressões como "não faça
manha".
Tradicionalmente o diagnóstico "histeria" visa ao tipo manifesto
— e por esta razão é uma categoria um tanto superficial, visto que
também o tipo neurótico "introvertido" toma a mesma atitude de már-
tir. Com este tipo histérico manifesto, fica-se, às vezes, com a im-
pressão de que são crianças mimadas, acostumadas a serem premiadas
se brincarem do pobre vítima.

161
Uma jovem neurótica, por exemplo, de vez em quando tinha co-
lapsos e precisava ser hospitalizada; quando isto acontecia, toda sua
família ficava em alerta, seus pais lhe mandavam dinheiro, uma irmã
oferecia-se para ficar com ela, etc. De outra vez, a mulher tentou
o suicídio — com as mesmas reações. Alguém (de fora da família)
que testemunhou diversas dessas situações de pânico na família, para
as quais todo mundo parecia contribuir, tomando todos os comporta-
mento de seu "enfant terrible" muito a sério, observou: "Não neces-
sita ser hospitalizada e seu pai é um bobo por mandar-lhe dinheiro;
o único remédio, seriam umas boas palmadas". Ele via claramente
a necessidade dessa mulher fazer dramatizações, mas podemos ter
dúvidas sobre a eficácia de seu remédio, pois tais neuróticos continuam
sentindo-se "vítimas inocentes" mesmo que levem um castigo justifi-
cado. Neste caso, sua reação seria provavelmente: "Ninguém me
entende, todo mundo me deixa!" Um dos elementos destes ataques
"histéricos" é que o próprio neurótico não está bem consciente de
sua autodramatização, nem tampouco de suas manhas. Abandona-se
a uma necessidade interna, à qual está escravizado. De certo modo,
essas pessoas são mais doentes que maldosas, agindo propositadamen-
te. Sua tendência viciosa ao autodrama é uma força compulsória.
Ao mesmo grupo pertencem os neuróticos que inventam histórias
trágicas, nas quais são o centro: minha namorada faleceu; minha
mãe está muito doente; o médico disse que tenho câncer, etc. Acha-
mos que também as "lembranças" de haverem sido violentadas, de
algumas clientes de Freud, têm de ser entendidas como invenções au-
todramáticas semelhantes. A "criança interna" figura como centro
lastimável — e importante!

O diagnóstico "histeria de conversão" não apenas implicava nu-


ma indicação do tipo de sintomas mencionados, mas também numa
teoria que explicava essas queixas. Achava-se que uma energia psí-
quica (um medo, ou desejo, por exemplo) se transformava de um
modd ou de outro numa energia somática, daí "conversão"; "histe-
ria", nesse conjunto, queria dizer, mais ou menos, que não existia
uma causa real somática das queixas. Na prática, esse termo diag-
nóstico que está supercarregado com uma explicação teórica, quase
se superpõe aos casos de queixas orgânico-neuróticas, embora o
termo "histeria de conversão", que indica algo que não queremos
perder, é que exprime o caráter exagerado e dramático das queixas.
Também é difícil ,em muitos casos, diferenciar entre "histeria de
conversão" (ou "queixas orgânicas") e "hipocondria" no caso de
alguém estar patologicamente preocupado com a própria saúde ou
doenças fictícias. Muitos neuróticos, têm entre outros, este tipo
de queixas somáticas (nos inventários de queixas "neuro-somáticas",

162-
como a escala Ns de Eysenck ou a fis do MMPI, várias amostras
de neuróticos geralmente obtêm escores elevados). O clínico geral
saibe muito bem disso, e segundo algumas pesquisas, 30% a 50%
das queixas alegadas "somáticas" que eles ou os especialistas encon-
tram, são, na realidade, queixas neuróticas. Extra-sístoles do cora-
ção, dores dos músculos na região do coração, estômago — em ge-
ral: as mais diversas dores no corpo inteiro — podem servir para
justificar a compulsão a queixar-se; parece que até fenômenos de
paralisação de membros e "cegueira histérica" têm essa origem, askm
como casos de dores intensas e, crônicas de cabeça e das costas.
Freqüentemente, ouve-se a observação de que essas "tragédias
físicas" têm o propósito de atrair sobre si a atenção dos outros. V.
g., uma pessoa neurótica que imagina estar paralisada nas pernas
desempenha certamente um papel patético, incitando a compaixão
dos outros para si, e é claro que sua "criança interna" gosta dessa
atenção, que é agradável para o "eu" infantil e reforça o amor-pró-
prio. Entretanto, esse efeito "narcisístico" não é a causa da demons-
tração de ser vítima; primeiramente o neurótico sente-se vítima aos
próprios olhos e se não tem público, "brinca" .seu papel apenas para
si. O neurótico vive fechado em sí e, quando sozinho, pode encon-
trar-se, sentado na cama, com a cabeça entre as mãos, suspirando
e gemendo: "Ah! pobre de mim! Que dor de cabeça eu tenho!"
— e passar o dia inteiro com sua atenção fixada no objeto de sua
autopiedade.
Às vezes, uma queixa orgânica ou atitude hipocondríaca é re-
sultante de uma educação com preocupações exageradas para com o
bem-estar físico da criànça. Isso parece ser a razão pela qual mui-
tos homossexuais têm queixas hipocondríacas. Um jovem homos-
sexual sempre ponderando sobre sua condição física, apalpando ou
olhando lugares de seu corpo para ver se não tinha algum início de
tumor ou doença contagiosa fatal, freqüentemente visitava um mé-
dico, mas na maioria das vezes com um único resultado: um sacudir
de embros ou uma ridicularização. De outra vez, convencido de
que sofria de uma doença infecciosa, visitou o médico e este, para
acalmá-lo» deu-lhe algum antibióticos. Aconteceu o que podia ser
previsto: sua "criança interna" elaborou o pensamento compulsório
de que não tinha ingerido realmente bem as pílulas, sendo que co-
meçou a fazer isto, diante do espelho, para melhor controle. De-
pois quando estava certo de haver tomado os remédios, surgiu a
idéia de que talvez o funcionamento deles no seu estômago estag-
nasse, por causa de materiais neutralizantes, etc. Estava continua-
mente preocupado com o medo da morte, de doenças,. . . e atrás
desse menininho apavorado, podemos ver o rosto preocupado da

163-
mãe ansiosa: "Cuidado para não pegar um resfriado"; "Ê tão
suscetível a doenças!"
Existem um grande número de doenças chamadas psicossomá-
ticas como asma bronquial, úlceras do estômago e do duodeno, e al-
guns autores até incluem artrite reumatóide e enfartes do coração.
As explicações destas moléstias variam: um atribui ao "fator psíqui-
co" um papel preponderante na origem; outro, apenas um papel de
catalizador ou reforçador. Para nós, não foi provado a causa estri-
tamente psíquica dessas doenças, somente podemos relatar nossas
experiências com o tratamento da neurose em casos que, além da
neurose também tiveram uma dessas síndromes. Alguns casos de
asma bronquial severa e contínua, melhoraram notavelmente até atin-
girem um nível de recuperação no qual os ataques tão freqüentes
outrora, sumiram por mais de dois anos. A conclusão destes exem-
plos pode ser que a "criança interna", às vezes, se apega a uma ten-
dência asmática, reinvoca ataques para abandonar-se ao sentimento
de intensa autopiedade: "Pobre sofredor!". Entretanto, não deve
isto significar, obrigatoriamente, que não existisse uma predisposi-
ção alérgica, que houvesse sido a causa primária da asma na infân-
cia. É compreensível que uma criança com asma pode facilmente
tornar-se objeto de uma atenção demasiada, que por sua vez, gera
uma autovisão de ser pobre doente. A mesma cadeia de aconteci-
mentos psíquicos ocorre, às vezes, em crianças que gaguejam ou
têm tics na musculatura facial: podem desenvolver um complexo de
inferioridade, inclusive, em seguida, a reação de autopiedade.
Geralmente, uma neurose com suas emoções violentas e nega-
tivas demais tem uma influência negativa no curso de qualquer doen-
ça puramente somática. Emoções neuróticas interferem malefica-
mente numa condição física que leva a enfartes (embora não sejam
a própria causa), pressão de sangue elevada e em inúmeras doenças
gastro-internas. Por outro lado, a atitude neurótica freqüentemente
sabota a cooperação total de muitos pacientes somáticos com medi-
das terapêuticas: não tomam remédios, não se cuidam bem, exage-
ram as queixas "reais", não lutam para o próprio bem-estar, mas
podem manter-se desnecessáriamente numa má condição. Alguns
não comem normalmente, outros têm um "estilo" de viver autodes-
trutivo, sem disciplina normal, irregular, etc. Muitos têm ausên-
ciajs demasiadas ao serviço, visitas ao médico, até operações que mais
são conseqüências de sua dramatização obstinada do que de uma
necessidade objetiva.

164-
CAPÍTULO X X I V

A "CRIANÇA QUEIXOSA" E A DEPRESSÃO

Acostumamo-nos a distinguir uma categoria especial de "neu-


róticos depressivos", nos quais os sintomas de pessimismo, apatia,
ataques de choro, caracterizam a personalidade. Até agora não foi
provado que existam formas de "depressões endógenas" como a psi-
quiatria presumia durante longo tempo. Em vez disso, a grande
maioria das depressões que encontramos na Clínica, dão a impressão
de serem variações da neurose, da autopiedade compulsiva infantil.
Podem ter muita duração, ou desaparecer após um curto prazo e,
talvez, ser trocadas por períodos de atividades "maníacas" (atuação
nervosa e irreal, que sofre colapso com pequenas dificuldades en-
contradas) nos quais testemunhamos que o depressivo trocou uma
visão do mundo, para ele completamente preto, e de si mesmo como
alguém sem valor, nem êxito, por uma visão e autovisão diametral-
mente opostas: "Eu posso fazer tudo e serei um grande sucesso"
(supercompensação). Ainda, às vezes, uma depressão surgirá como
substituição a outras queixas, ou como intervalo num neurose de
medo obsessivo-compulsivo, ou de homossexualismo. As vezes, são
eliciadas por um fracasso ou grande desilusão que a "criança inter-
na" não suporta e aos quais reage com os mesmos sentimentos de
ser desvalorizada e inferiorizada que tinha durante a infância: está
repetindo sua tragédia de infância. Há também casos de depressão
como companheiro fixo na vida, e os infelizes portadores desta mo-
léstia sempre mostram uma expressão facial desesperada, conside-
rando» a si e a sua vida como coisas sem utilidade, nem sentido.
Algumas depressões têm início, num período em que a vida
pode ser considerada ensolarada; no início de férias, ou quando a
pessoa, ao final de anos de preocupações reais e trabalho duro, con-
seguiu atingir seus objetivos de vida. Nesses casos, a depressão já

165.
há .muitíssimos anos existia, mas ou menos latente, mas era suprimi-
da pela atenção para a luta da vida real, ou por outras queixas.
Um exemplo dessa forma de depressão foi Churchill, que durante
toda sua vida era vexado por seu "black dog" (cão preto), como
chamava seus ataques de depressão durante os quais se sentia inútil;
não é fato surpreendente constatarmos isto também numa grande
personalidade, porque o neurótico tem duas personalidades separa-
das e uma avaliação da pessoa total tem de contar com os dois lados
diferentes.
O aparecimento crônico de ataques de lágrimas irresistíveis ou
de uma depressão profunda como, segundo a Bíblia, o rei Saul tinha,
é a volta da autopiedade da "criança" na sua forma mais primária.
O neurótico depressivo comporta-se realmente como uma criança
obstinada, queixando-se e reclamando. A este respeito, estamos de
acordo com a descrição da depressão que deu Lahaye (1974): de-
pressão é autopiedade. Chorar não é o remédio dessa moléstia, ao
contrário do que alguns parecem pensar: se derramar lágrimas le-
vasse a uma "catarse", ou alívio profundo e saudável, muitas pessoas
depressivas seriam agora perfeitamente felizes, pois há quem na sua
vida de neurótico derramasse muito mais lágrimas do que todas as
lágrimas que teriam sido possíveis na sua infância triste! Estes neu-
róticos que manifestam uma verdadeira compulsão ao choro, têm
de ensinar-nos que a neurose não é uma "tristeza não expressa" na
infância, mas uma condição de estar amarrado fortemente a uma
atitude de "pobre de mim" infantil.

J66
CAPÍTULO XXIII

A "CRIANÇA QUEIXOSA" NO H O M O S S E X U A L
MASCULINO

Passamos por um tempo no qual existem tendências poderosas


para introduzir uma concepção de homossexualismo como "variante
normal" de sexualidade; ao passo que a idéia do que seja um desvio
de sexualidade natural deveria ser abandonada como obsoleta. A
propaganda dessa teoria originou-se em meios homossexuais mili-
tantes, nos Estados Unidos e na Europa, e teve a simpatia de jorna-
listas, psicólogos, assistentes sociais, psiquiatras e pastores religiosos
que são bem intencionados, e prestam muita atenção ao lado social
do problema, sem que tenham bons conhecimentos da natureza da
questão. O citado lado social do homossexualismo entende-se como
os sofrimentos que muitos homossexuais experimentam na vida so-
cial, por serem mal encarados ou mal aceitos; numa época como
a nossa, em que a opinião pública está bastante sensibilizada para
mostrar-se solidária contra todas as formas de discriminação social,
existe a tendência de exagerar este lado do problema à custa de ou-
tros que, porém, são muito reais e até de maior importância. Em
1973, a American Psychiatric Association afastou de seu "Manual
Diagnóstico e Estatístico", a definição antiga de homossexualismo
como um "desvio emocional", substituindo-a por uma descrição neu-
tra que admite uma interpretação no sentido de uma "variação natu-
ral" — isso foi feito sob a pressão de um grupo ativo de psiquiatras
que se identificam com os objetivos dos homossexuais militantes.
Em si, não é novidade que médicos ou escritores que são, eles mes-
mos, homossexuais, lutem por um reconhecimento total da "homofi-
lia" como condição normal; já o médico húngaro Benkert, no século
passado, zelava por isso. Depois Oscar Wilde e André Gide, uma
série de romancistas europeus e norte-americanos pleitearam tal coi-

167
sa, sendo que, às vezes, passa por ser iluminado aquele que divulga
semelhantes opiniões. Por outro lado, e quase paralelamente a esse
desenvolvimento do "movimento de emancipação dos homossexuais"
que coloca numa linha a questão das mulheres discriminadas e a dos
desviados sexuais, o assunto foi mais e mais estudado por um pe-
queno grupo de cientistas. Começando, no século passado, com os
sexologistas alemães Krafft Ebing e Magnus Hirschfeld, estudiosos
do homossexualismo, como os primeiros psicanalistas (Freud, Adler,
e Stekel), publicaram suas observações e especulações a respeito,
seguidos pela geração dos "neopsicanalistas" como Clara Thospson,
Karen Horney, e inovadores como Bergler e Hatterer (E.U.A.) e
Arndt (Holanda). Formou-se assim, um reservatório valioso de
observações e idéias e podemos afirmar que tudo o que foi coletado
apóia a definição do homossexualismo como um "distúrbio emocio-
nal". Mais recentemente, inspirados pelo trabalho pioneiro de Bie-
ber e colaboradores (Bieber et al., 1962), pesquisadores empreen-
deram a coleção de dados biográficos de modo mais rigoroso e esta-
tístico, sendo que neste momento dispomos de bastantes fatos sóli-
dos para um entendimento do homossexualismo dentro do quadro
de nossa teoria ACI.
Seria irrealístico passar sobre esses dados e entendimentos com
o argumento de que "somente se refiram a homossexuais neuróticos,
ou casos clínicos que são encontrados nas salas de atendimentos de
psiquiatras e psicólogos terapeutas e, por isso, constituíssem uma
amostra atípica". Em primeiro lugar, as informações não foram
todas obtidas com homossexuais em tratamento, ou com homosse-
xuais "clínicos" (veja a inspeção de estudos por van den Aardweg,
1977 a ). Além disso, as observações sobre situações típicas na in-
fância e adolescência de homossexuais, sobre sua vida emocional em
geral e alguns fatores psicodinâmicos, parecem perfeitamente gene-
ralizáveis para grupos não-clínicos, porque são encontradas- em di-
versos países, em diversas culturas e comparecem sempre quando
se estudar a personalidade e a vida de qualquer homossexual, cuja
vida é bem documentada, e.g., pessoas públicas, artistas, etc. A di-
vulgação dos resultados de pesquisas e dos conhecimentos de hoje,
em síntese, é dificultada pelas atitudes em voga nos meios de publi-
cidade, mas isto não pode ser um obstáculo para quem quiser buscar
a herdade e estudar seriamente tudo o que possa ajudar o seu melhor
entendimento.
Precisamos dar uma definição. Entendamos aqui como "ho-
mossexualismo" o estado mental no qual uma pessoa, depois da
adolescência, tem sentimentos, fantasias ou desejos homo-eróticos.
Um comportamento homossexual pode, às vezes, existir sem a pre-

168-
sença de desejos eróticos e, por isso, não é realmente revelador de
tendências homossexuais. Sentimentos homo-eróticos podem exis-
tir em graus diferentes; se não preponderantes, assim que coexistem
com impulsos heterossexuais, fala-se em bissexualismo. Por outro la-
do, há homossexuais com sentimentos sexuais que têm o caráter de
uma verdadeira obsessão, sempre estando preocupados com seus de-
sejos insatisfeitos.
A noção de "homossexualismo latente" é geralmente vaga, por-
que usada por alguns autores de modo puramente teórico, por exem-
plo, para explicar outras perturbações sexuais. Preferimos não em-
pregar este conceito senão em casos nos quais a pessoa tem desejos
homossexuais de modo não ambíguo, mas não está consciente no
tocante a seus sentimentos. Por exemplo, um jovem que continua-
mente olhava outros homens na rua, que, às vezes, tinha fantasias
transitórias de um abraço carinhoso, mas não íntimo, com um deles,
não podia nem queria conscientizar-se do que significavam seus im-
pulsos de amizade. Uma análise atenta revelará, contudo, que o
homossexual "latente sempre possui inclinações homo-eróticas de-
monstráveis e observáveis em sua vida de sentimentos e fantasias.
Homossexualismo, no sentido da definição acima, sempre é uma
neurose; isso é, cada homossexual hospeda uma "criança queixosa"
ou seja, tem a compulsão a se queixar, como todos os outros tipos
neuróticos ou todas as outras síndromes neuróticas. Não se precisa
ter muita capacidade de observação para poder confirmar essa ver-
dade na maioria dos casos de homossexualidade — esses doentes
emocionais sentem-se lastimosos em relação a muitas coisas e carac-
terizam-es por sua tendência queixosa, assim como por sua infanti-
lidade emocional. Um suporte experimental da tendência queixosa
dos homossexuias reside nos resultados obtidos com as famosas listas
de queixas vagas ou inventários de neuroticismo (van den Aardweg,
1977 a , veja capítulo XXVIII).
O fato do homossexualismo ser um desvio pode ser deduzido
de várias maneiras. Primeiramente, caso que fosse uma variação
da natureza sexual, essa natureza teria criado seres humanos que,
apesar de serem equipados com uma anatomia e fisiologia sexual
normal (v.g., a mulher lésbica é totalmente mulher nas suas funções
fisiológicas!) não dispusessem da capacidade de lhes dar um sentido
biológico. Possuiriam um organismo para a reprodução, mas não
poderiam reproduzir-se. Se a natureza tivesse planejado um "ter-
ceiro sexo", toda essa construção complicada e refinada da anatomia
e fisiologia sexual sexual seria em vão. Numa palavra, é apenas
uma questão de bom senso aceitarmos que uma sexualidade que ex-

169-
clui o alvo natural, a reprodução, deve ser algo desnaturado, não
natural, sendo contrário ao princípio universal da finalidade e da uti-
lidade. O evolucionista acrescentará a isso que um tipo de pessoa
"intermediária" entre homem e mulher, se existisse geneticamente,
teria desaparecido há muito tempo sem esperança de sobreviver à se-
leção natural. De resto, não existem indícios científicos de fatores
hereditários, quer hormonais, quer cromossomais, que seriam asso-
ciados com homossexualismo. Malgrado uma crença popular muito
obstinada, homossexuais não são desviados quanto à sua fisiologia,
ou constituição física, e as causas de sua condição não podem ser
encontrados nesses campos (Perloff, 1965; Stoller, 1968).
O estudo da observação do comportamento do homossexual,
e de seus sentimentos e pensamentos, isto é, de sua vida de cons-
ciência, mostra que é portador de um complexo neurótico, de um
autopsicodrama ("psiquismo autônomo com conteúdo dramático" =
a "criança queixosa").
O autopsicodrama específico do homossexual masculino é um
"menino" ou "adolescente", que conserva autopiedade por causa de
sua autovisão de não ser tão masculino ou "homem" como outros
rapazes ou homens. Por conseguinte, essa "criança" está cheia de
admiração para com eles e deseja pertencer a eles, ser valorizado
por eles e como um deles. Na sua infância, o homossexual era o
isolado patético na sociedade dos rapazes, sentia-se mais fraco, menos
audacioso, menos esportivo, menos viril. Muitas vezes, foi um me-
nino superprotegido, apegado à mãe, vigiado ansiosamente e/ou do-
minado pela mãe. Falando estatisticamente logo, não é preciso achar
esses dados em todo caso individual, mas numa maioria — sua mãe
interferia demais na sua vida, ou penetrava demais na sua indepen-
dência, deixando-lhe pouco espaço para crescer como um rapaz de
verdade. Muitas mães de homossexuais foram tipos neuróticos: com
muitos medos e preocupações na vida, interferindo por medo de que
algo acontecesse com o filho. Também há o tipo de mãe domina-
dora, que dava pouca liberdade ao filho, ou queria fazer dele um
filho obediente e modelo, seu favorito talvez. Em ambos os casos,
o menino tende a tornar-se submisso, um "fraquinho" que não é
acostumado a agir independentemente, a defender-se e que ousa
pouca coisa, não participando nas traquinagens comuns de rapazes.
Freqüentemente são mais infantis do que os outros meninos da mes-
ma idade. Superproteção e superinterferência da mãe cria crianças
infantis e dependentes, e no caso de um menino, facilmente traços
de personalidade e interesss femininos (o tipo de "maricas").
Alguns homossexuais adultos trazem essa "criança" específica
em si de modo tão claro, que sua conduta inteira dá a impressão de

170-
um "nenê", ou da "criança fofura da mamãe", comportando-se gen-
tilmente demais e agradecendo demais. Andam, figuradamente,
amarrados à saia da mãe dominadora e arranjadora, não desenvol-
vem muita iniciativa e são impregnados com os ideais, maneiras de
agir e interesses dela. Daí os interesses chamados de "efeminados"
de muito "meninos dentro de homossexuais", ou seja, sua "identi-
ficação com a mãe" (termo, de resto, que sugere mais do que existe
realmente, e por isso, não é muito aconselhável). Essa "criançla
interna" continua tendo a idéia ingênua de que é "especial", ou "ad-
mirável" quando se vestir "tão elegantemente" ou for "menino tão
agradável e gentil" — idéia que era, na infância, a conseqüência ló-
gica de ser amado, ou talvez admirado, pela mãe por esses compor-
tamentos. E, pois, essa "criança interna" sente-se inferior aos ou-
tros, continua comportando-se gentilmente, até mesmo servilmente,
porque pensa conseguir assim a estima e simpatia. Muitos homos-
sexuais desenvolveram, por essa influência demasiadamente forte da
mãe, uma maneira de agir não masculina, amolecida. É esta ma-
neira de comportar-se que os predispõe, entre os colegas da escola
e do bairro, a viver numa posição de isolamento, sentindo-se "dife-
rentes" (logo: inferiores!) em comparação com os outros meninos.
Naturalmente, gostavam de pertencer aos outros, de serem acei-
tos por eles, como cada criança tem este desejo. Porém, estavam
com muito medo, não ousavam transgredir a barreira entre si e
os outros. Quase nenhum dos duzentos homossexuais masculinos
que tratei, ou estou tratando, ousava, em criança, ou na fase da
adolescência, participar dos jogos de futebol, o esporte típico de ra-
pazes da Holanda (como do Brasil), e todos evitavam lutas físicas
como se fosse uma ameaça grande demais. Encontra-se este fato
no mundo inteiro: que homossexuais, na sua infância, não se sen-
tiram capazes e nem adequados na "sociedade dos homens", no
grupo de outros rapazes, e que julgaram a respeito de atividades que
normalmente pertencem ao sexo masculino: "Isso não é nada para
mim", ou "Não posso fazer isto" (*). Sabemos que, para rapazes
da pré-adolescência e adolescência, os valores masculinos são muito
importantes e que tem coragem física, ousa lutar, ser aventureiro, qu
esportivo, possui nessa fase do desenvolvimento uma posição alta
na estima dos outros. Se. estivermos conscientes de tudo o que cons-
titui o mundo psicológico, que é admirado e incita interesses, pode-
mos afirmar que o menino pré-homossexual sente-se excluído desse

(*) Para uma vistoria das pesquisas anamnésicas quanto aos relaciona-
mentos com os pais, métodos de criação e relação sociais na infância de ho-
mossexuais masculinos, veja van den Aardweg (1972), 1977a).

171-
mundo, não sendo capaz de competir com os outros. Aqui estamos
descrevendo o núcleo da tristeza específica do menino pré-homosse-
xual: não se sentir parte do mundo social dos "homens". Na tris-
teza, sentindo-se sozinho entre os rapazes, vai idealizando nos outros
o que acha não possuir: força, um corpo forte, esportivo e saudável,
coragem, auto-afirmação. Numa palavra: virilidade. Começa deva-
neando que um rapaz, que a seus olhos é a concretização do que
lhe falta, seria seu amigo, e isto significa para um adolescente: ser
amado. Geralmente, tem poucos amigos e, na maioria das vezes,
toma também uma posição marginal no grupo. Torna-se um frenesi!
o desejo de ser amado por um "daqueles" a quem está admirando;
patético, pedindo tão insistentemente como crianças pequenas podem
pedir: "Ah! Por favor, (pensa), você não poderia dispensar um
pouco de atenção comigo?" Entretanto, seu coração está triste, por-
que sabe que os outros não o querem, o que faz com que seu desejo
seja o oposto a algo alegre, um desejo impossível. É muito impor-
tante conscientizarmo-nos deste traço do desejo homossexual: é uma
paixão dolorosa, dramática, contendo como elemento constituível e
imperioso o sentimento de trágica inacessibilidade do ideal.
Ora, isso ocorre numa idade na qual os sentimentos sexuais não
acharam ainda sua forma definitiva, no período da pré-adolescência
e início da adolescência. Sabe-se que os sentimentos eróticos, nes-
sa fase, podem dirigir-se a membros do próprio sexo, sendo que os
meninos podem ficar enamorados de outros meninos, e meninas por
outras meninas. Portanto, se estes sentimentos de amor vão adqui-
rir uma grande força, quase sempre é sinal de sentimentos de infe-
rioridade que levam a uma romantização de membros do próprio
sexo julgados como "ideais". Num adolescente que se sente infe-
rior aos outros, facilmente a admiração que tem por eles e o desejo
patético de ser amigo de tais tipos, pode ficar erotizado. O corpo
do outro, seu comportamento, tornam-se objeto de uma excessixa
atenção desejosa. . . e, obviamente, atrás disso, vive a emoção de
autotristeza ou autopiedade por ser tão inferior e sozinho.

Na psique do homossexual adulto, o menininho descrito, com


sua autopiedade intensa, permanecerá "in totum". Assim, o sofredor
fica preso à emoção de autopiedade compulsória, revivendo infinitas
vezes o drama de "não ser como os outros homem". Tem que vi-
sualizar bem este pobre e sozinho "lobo solitário", se quizer com-
preender o comportamento do homossexual diante de seus parceiros,
a atmosfera de desolação que sempre acompanha a vida do homos-
sexual, e as tentativas egocêntricas para atrair para si a atenção de
outros rapazes e homens na boate homossexual, na rua, numa reu-
nião. O drama é sempre prolongado, a queixa volta logo depois de

172-
uma conquista do homem desejado; precisamente como na neurose
obsessivo-compulsiva: ansiedade de atingir um alvo (perfeição ou
contato com um parceiro admirado), momento curto de satisfação
infantil e depois, a reaparição da queixa. Impossibilidade de ser
feliz, tentativas de arrancar a lua. . . É assim que um homossexual,
tendo tido muitos parceiros num curto prazo, exprimiu sua situação
interna: "Estou sempre numa missão impossível". Ou um outro:
"Por um lado, gosto demais de olhar para outros rapazes na rua.
Por outro, dá-me uma tensão horrível, um tipo de febre, não consi-
go deixá-lo."
A volta da queixa: "Você não me ama!" ou "Você prefere
outros a mim", explica ainda as brigas e ciúmes entre homossexuais
e dentro de relacionamentos homossexuais, e o fato de a grande maio-
ria dos relacionamentos não serem de grande duração. Uma parte
dos homossexuais que praticam contatos sexuais — presumivelmen-
te cerca de 30% •— não consegue ter relações a não ser uma vez ou
algumas vezes. É o chamado "cruising type" (tipo vagabundo).
Raríssimas vezes, dois homossexuais vivem juntos durante vários anos
e nesses casos quase nunca são fiéis entre si. A explicação desse
dado não pode ser a de que tenham a ligação de um matrimônio e
a falta de crianças "que mantém um matrimônio", pois em compa-
ração com pares heterossexuais antes do matrimônio, ou em com-
paração com casais que não podem ter crianças, a promiscuidade
de pares temporários de homossexuais é muito maior e a duração de
suas ligações muito menor. O motivo verdadeiro para a instabili-
dade clássica de relacionamentos homossexuais provém do impulso
homossexual próprio e é uma parte essencial do mesmo. Logo que
o homossexual se sente seguro de um parceiro, recebe seu amor, sua
"criança interna" levanta-se, repetindo sua queixa: "Ele não gosta
de mim", ou num outro disfarce: "Esse homem me ama, mas aque-
le, ah! Aquele é interessante, oxalá, que me amasse!" Então, a
criança simplesmente desloca seu desejo insatisfeito para um outro
objeto e perde seu interesse no parceiro anterior. Conscientizemo-
nos de que a essência da compulsão "queixar-se" nunca é por haver
alcançado o objetivo desejado, mas sempre por não ter alcançado!
O provérbio: a posse de que se desejou é o fim do divertimento,
cabe muito bem para a "criança" dentro do homossexual; a doença
emocional dele é a de ser obrigado a procurar e não encontrá-lo.
Quando o parceiro não está mais interessado, certamente tam-
bém é criada uma situação para a 'criança interna" queixar-se, de-
sempenhando o papel de ser o "pobre abandonado" e alimentando
uma tragédia de desolação que, algumas vezes, leva até ao suicídio,
ou até a uma raiva contra o malfeitor que quebrou a felicidade tão

173-
profunda, etc. Felizmente, esta raiva não leva freqüentemente a
tentativas de assassinar o amigo infiel, mas, às vezes, pode aconte-
cer. Usualmente, o abandonado mergulhará na sua autopiedade, na
solidão e limitar-se-á a falar mal do outro.
Podem-se exemplificar as emoções que acompanham relacio-
namentos homossexuais com centenas de exemplos, que todos re-
plicariam monotonamente as mesmas coisas. Um exemplo apenas:
um homossexual de 35 anos, criado por uma mãe muito consciente
de sua "elevada" classe social, e dominadora, que queria modelá-lo
como seu pequeno gentil-homem, que possuísse estilo, tinha uma
conduta muito arrogante, exibindo sua autovisão infantü de ser algo
especial, mais do que os outros que via como "caipiras" sem educa-
ção e maneiras. Xingava por pequenas coisas que, aos seus olhos,
significavam falta de educação, sentia grande desprezo por pessoas
de menor classe social — assim refletindo claramente as idéias da
mãe e usando-as para justificar seu sentimento de ser, de fato, ex-
cluído do grupo, de não poder ter acesso a eles (atitude de: "as uvas
são ácidas"). Durante a infância sofria por sentir-se um menino
medroso, um dândi, com maneiras de falar e apresentar-se, que os
outros não apreciavam nem aceitavam; era muito sozinho. Não teve
a proteção de um pai, porque este se desquitou quando ele era muito
jovem. O menino infeliz, encontrando-se na posição de estranho
num grupo de sua própria idade, começava a imaginar que um ho-
mem adulto teria comiseração por ele e o protegesse como a um bom
amigo. Admirava muito um comportamento viril, ele que num gru-
po de rapazes se sentia velho, com maneiras não-masculinas, com
• seu modo feminino de falar, com seu medo e lágrimas fáceis. Como
anteriormente foi dito, tinha um sentimento preponderante de infe-
rioridade por não ser um verdadeiro menino. Tinha carência de
um pai, uma figura protetora e ao mesmo tempo pessoa viril e forte
que tivesse atenção para com ele, e o valorizasse, como pertencente
também ao mundo dos homens, e criou estas fantasias desejosas de
ser aceito por uma figura idealizada. "Se na realidade encontro
tais tipos", assim relatou este homossexual, "as emoções inundam
meu raciocínio e fico profundamente abalado e miserável. Quando,
às vezes, posso desempenhar na vida social um papel dominante
(tinha grande necessidade de afirmar-se, ser líder) sinto-me peque-
no, desamparado, muitas lágrimas surgem, e então tenho de ir para
casa, deito-me na cama e choro. . . quero ser tratado com carinhos,
dominado, como um pequeno menino e ser protegido e chefiado..."
Isso deveria ser comparado com os sentimentos normais de um jo-
vem enamorado por uma menina? De jeito nenhum. O homosse-
xual não experimenta em primeiro lugar um sentimento de alegria

174-
por haver encontrado a pessoa desejada, mas toda a tristeza apaixo-
nada que surge com a força das emoções de crianças desoladas. É
um verdadeira repetição do drama da infância. A felicidade não
faz parte destas histórias. O mesmo homem disse ainda: "Quando,
às vezes, encontro um homem que é 'meu tipo' e que gosta de mim,
tenho a tendência irresistível de destruir tudo, fico taciturno e hostil,
vou provocando-o. A conseqüência é que me abandona e, depois,
sinto-me miserável durante longo tempo!" A "criança interna" es-
tá amarrada ao drama, "não gosta de mim, estou certo!" e por isso,
vai provocar e destruir o relacionamento — seu elemento é o aban-
dono, ou seja, a autopiedade. Adler chamou isso "o arranjo incons-
ciente", agir inconscientemente de modo que aconteça o que não
se quer. É a procura de sofrimento do tipo: "Ele não gosta de
mim; não sou aceito por homens verdadeiros". Isto não é — o
que talvez possam pensar alguns leitores — uma coisa um tanto
extraordinária, mas o decorrer normal de relacionamentos emocio-
nais entre homossexuais. Um homossexual percebe isso dentro de
si, mais nitidamente do que outros, mas sua história interna de sus-
piro e desejos não cumpridos desenrola-se em todos. Bergler (1957,
1958) acentuava esse aspecto de "masoquismo psíquico" ou de "co-
letar injustiças" de homossexuais, com a finalidade de sentirem-se
novamente pobres-rejeitados. Um ex-homossexual, Aaron, descre-
veu o fenômeno ilustrando-o com um número de obesrvações que
fez durante muitos anos de sua vida homossexual (Aaron, 1972),
e em quase todos os filmes e novelas sobre homossexuais pode-se
constatar que é a tragédia de ser sozinho, de não encontrar amor
num parceiro amado, que constitui o tema central, levando à tristeza
e autoqueixa (*).
Logicamente, como se segue da noção da tendência viciosa à
autopiedade infantil, não apenas o homossexual neurótico sofre de
uma compulsão a procurar para si experiências de ser rejeitado e
não amado, mas o elemento específico da neurose homossexual é que
tem que experimentar este sentimento em relação a outros homens.
Por sua queixa principal é propulsado a uma vida de paixões insa-
tisfeitas, de solidão (situação ótima para a "criança interna" sentir-
se "pobre de mim", deixado de lado, abandonado, etc. . . ) , de de-
pressões, inquietação e crises dramáticas. Alguns psiquiatras ame-
ricanos julgaram necessário desistir de chamar este complexo emo-
cional obcecador de "perturbação emocional", o que talvez tenha

(*) O filme inglês, "Sunday, bloody Sunday" (Domingo, maldito do-


mingo) por exemplo, contém uma acumulação de situações de solidão, na qual
os heróis são trágicos em suas tentativas frustradas de obter o amor dos que
amam.

175-
sido motivado por comiseração a homossexuais discriminados, mas
realmente não revela um entendimento mais do que superficial do
problema. A ajuda realística a homossexuais não reside em trans-
formar as opiniões da sociedade para aceitar a condição como algo
natural, mas sim para aprender a considerá-la como uma neurose,
para a qual o sofredor não tem culpa, mas que o incapacita grave-
mente de viver feliz, de desenvolver seu próprio "eu" de adulto.
Façamos uma comparação como, por exemplo, a posição de alcoóla-
tras; embora seja claro que nem todos eles desejam mudar de hábi-
tos, o melhor é encará-los como sofredores de um vício tirânico
que devem ser encorajados a curar-se. Seria irresponsabilidade se,
partindo da falta de vontade de alguns deles para mudar, pleiteásse-
mos a aceitação do alcoolismo como coisa normal, dizendo que só
as atitudes da sociedades deveriam mudar e que isto seria a verda-
deira ajuda desses pacientes. O curioso é que, no caso do homosse-
xualismo, alguns escolhem essa política. Causam danos psíquicos
e morais e esquecem-se, além disso, do fato real de que existe um
grande grupo de homossexuais mesmos que prefere uma cura a quais-
quer mudanças da opinião pública. Certamente concordamos com
tentativas racionais — baseadas em verdadeiros conhecimentos do
problema — de educar o público para mostrar mais compreensão
para a vida difícil de muitos homossexuais que estão sofrendo uma
neurose sem ter escolhido seu destino, mas, ao mesmo tempo, é ne-
cessário que se trabalhe muito mais para curar o grupo daqueles
que querem ínudar, mas não conseguem êxito.

Felizmente, é possível curar essa neurose específica em inúme-


ros casos, graças aos novos conhecimentos expostos aqui e, embora
seja uma luta interna com a "criança queixosa" durante até alguns
anos, já vimos muitos seres libertados, mudados quanto a, sua sexua-
lidade, tornados pessoas felizes e equilibradas. Por causa dessa ex-
periência, não encaramos mais este problema de modo pessimista.

176-
CAPÍTULO X X V I

A "CRIANÇA QUEIXOSA" NO H O M O S S E X U A L
M A S C U L I N O ( 2 ) E NO PEDOFILÍACO

A meu ver, a influência negativa oriunda de uma mãe ansiosa


e superprotetora na formação de hábitos do caráter e interesses do
menino pré-homossexual, torna-o, em razão disso, um rapaz pouco
vital e empreendedor e, — falando estatisticamente — o fator de
educação mais decisiva na criação de um solo fértil para o desen-
volvimento' do complexo específico do homossexual. Não dizemos
que esse fator é estritamente a primeira causa de homossexualidade
mas sim, um fator catalizante de alta importância, sendo a própria
causa a autovisão do menino que se sente inferior no que diz res-
peito à sua masculinidade. Não obstante, em alguns casos, o me-
nino teve uma mãe, mas foi criado pelo pai, ou por empregadas,
ou irmãs mais velha. Nestes casos, também, encontramos muitas
vezes, indícios de que o menino foi educado por essas mulheres, ne-
gligentemente ou muito protegido, formando uma personalidade fra-
ca, de um menino sem firmeza e que não pode defender-se e man-
ter-se na companhia dos outros meninos e no mundo dos "homens".

O segundo fator catalizante de alta importância para a forma-


ção do complexo homossexual é a ausência psicológica do pai. 'Nun-
ca tive um pai", disse-me uma vez um cliente homossexual, indican-
do que na sua visão infantil, o pai nunca prestava atenção a ele, a
não ser para criticá-lo. O significado desse segundo fator catalizante
é que o menino não se sentia aceito pelo pai. Numa pesquisa em
que participaram quase 200 clientes homossexuais em tratamento,
achei somente dois ou três casos em que, na infância, tiveram pai
e filho, sentimentos de mútua confiança, e isso vale para o grupo
cujo pai realmente nãó se ocupava com a educação do filho, deixan-
do essa tarefa inteiramente para a esposa, bem como para aqueles
cujos pais trabalhavam muito tempo fora de casa (portanto, ausen-
tes) e por fim, para aqueles cujos pais tomaram uma atitude de-rejei-
ção, censurando-se freqüentemente sem mostrarem qualquer sinal de
simpatia. Esse quadro psicológico foi encontrado por todos os pes-
quisadores depois do famoso estudo estatístico de Bieber c. s. (1962),
confirmando a impressão clínica de Wilhelm Stekel, que julgou que
o fator da ausência de estima do pai é até mais destrutivo que o da
mãe que se apega demasiadamente (Stekel, 1923). Naturalmente,
nem sempre é fácil distinguir claramente entre esses dois fatores,
pois, em muitos casos, uma mãe dominante prejudica o pai de apro-
ximar-se do filho de modo normal, visto que a mãe atrai toda a edu-
cação do filho querido para si, e ainda, está reforçando traços de
personalidade e interesses "efeminados" do filho, os quais são aver-
sivos para o pai, aumentando deste modo, a atitude crítica do pai
para com o filho.

Seja como for, devemos conscientizar o papel normal do pai


na formação da masculinidade do filho. Alguns psicólogos enfati-
zam o valor do pai como "modelo" para o filho imitá-lo, aprendendo
desse modo o papel masculino que vai precisar quando entrar na
sociedade dos meninos e homens. Entretanto, não acreditamos que
com isso, tudo tenha sido dito. Realmente, pode-se observar que
meninos gostam de imitar o pai, desejam ser como ele, mas este fato
parece ser explicado mais propriamente pela presunção de que os
tipos de atividades e as maneiras de comportar-se do pai são inata-
mente mais atraentes para o menino do que para a menina. Acho
que um menino não tem, por causa de uma certa hereditariedade,
os mesmos interesses que uma menina, embora a distinção não seja
perfeita e haja um terreno de superposição. Geralmente, os me-
ninos gostam mais do que as meninas de comportamentos agressi-
vos, tem uma maneira empreendedora de realizar coisas — isso já
está implicado mais ou menos nas diferenças de hormônios e muscu-
latura entre os sexos desde uma idade muito tenra. Pode-se com-
parar esta preferência parcialmente hereditária, para imitar ocupa-
ções de homens, de viver entre outros homens e viver bem com
eles, com a prferência, em crianças jovens (3-8 anos), de imitar
comportamentos de animais e de estarem interessados neles: é que
os animais precisamente fazem o que a criança gosta de fazer: pular,
correr, atacar, gritar, etc. Em síntese, o modelo do pai como mo-
delo de homem para o filho, parece ser muito natural. E, por con-
seguinte, causa muita tristeza a um menino perceber ou pensar, que
o pai não tem interesse por ele; isto é sinônimo de não ser julgado

178-
digno de entrar no mundo dos homens, representado em primeiro
lugar pelo próprio pai.
Às vezes, o pai de um homossexual era muito viril, e o fato
de ele não ter interesse pelo filho, era para o menino uma prova
de não ser considerado viril também. Por outro lado, existe um
tipo de pai de homossexual que é homem submisso, fraco de per-
sonalidade, dominado pela mulher — que não é, portanto, um exem-
plo de masculinidade para o filho.
O elemento que pode gerar o sentimento de inferioridade no
filho, nesse caso, não parece ser o fraco exemplo de "virilidade",
mas a não-existência de suficiente atenção do pai. Na maioria das
vezes, esses pais não somente são pessoas muito submissas, mas man-
têm-se a uma distância do filho, e a percepção infantil de não ser
amado (digno de atenção) é mais frustativa do que um exemplo
fraco de masculinidade. Lembremo-nos do que acabamos de dizer
.com respeito aos pais viris e frotes de alguns homossexuais: eles da-
vam, de fato, um bom exemplo de masculinidade, mas sem estima
pessoal, e quando essa não é sentida pelo filho, o efeito do exemplo
é contrário.
Um bom pai, pode ser mais ou menos 'viril" mas aos olhos
do filho sempre é o proto-homem e a maior traumatização provém
da constatação de que o pai não o julga digno de reconhecimento.
O bom pai • proporciona ao filho um sentimento de autoconfiança,
como menino ou homem, simplesmente pelo fato de fazer, às vezes,
as coisas junto com o filho, brincar com ele, falar com ele, assim
como lhe fazer confidencias. Estas pequenas coisas fazem com que
o filho se julgue aceito pelo pai, aceito como homem e, — falando
em prevenção de homossexualismo — acreditamos que somente es-
sas pequenas coisas são suficientes para, em muitos casos, impedir
um desenvolvimento homossexual.
Um outro aspecto, que é relativamente negligenciado, na infân-
cia de homossexuais masculinos é a autocomparação do menino com
seus irmãos, em virtude do que se acha inferior em virilidade. Às
vezes, o homossexual era o irmãozinho mais fraco, pequeno, ou jo-
vem em meio a grandes e fortes irmãos, que (aos olhos do menino)
eram mais valorizados como homens, mais corajosos ou independen-
tes, mais saudáveis. A série de fatores influenciadores na formação
da autovisão "não sou viril" será encerrada com mais dois fatores:
um período de muita doença na infância, gerando automaticamente
uma atitude de superproteção pelos pais e de isolamento social do
grupo de meninos, e uma história de ter sido alvo de gozações e zom-
barias dos outros rapazes contra os quais o menino infeliz não sabia

79-
defender-se. Na prática, porém, a tristeza de não pertencer à ca-
tegoria de homem, ou seja, de ser inferior como homem •—• a gene-
ralização simplificada de quase todas as autovisões infantis de homos-
sexuais — é preparada, na maior parte, pela influência educadora
da mãe sempre presente na vida do menino, em contraste com um
pai ausente demais.

Na essência, o conteúdo de homossexuais pedojilíacos não difere


muito dos depois homossexuais. A pedofilia homossexual pode ser
definida como a motivação erótica em meninos que ainda não de-
monstram as marcas características de virilidade, que surgem na ado-
lescência. Esses neuróticos, quando crianças, olharam para outros
meninos os quais perceberam como se fossem mais aventurosos, jo-
cosos, bonitos, etc. Na infância, sentiam-^se isolados dos demais me-
ninos, e inferiores nos aspectos que admiravam demasiado nos ou-
tros. A maioria deles não teve amigos, ou foi ridicularizada por
outros meninos, e teve uma educação que limitava muito seus con-
tatos com outros da mesma idade. A constelação familiar foi mui-
tas vezes comparável com a dos demais homossexuais: mãe por de-
mais dominadora ou protetora, pai ausente demais no sentido .psi-
cológico, mas a tristeza infantil residia em não conseguir adquirir um
amigo. Se estivermos conscientes cie quanta tristeza pocie ser ge-
rada num menino, quando, às vezes, não consegue brincar com um
amigo, porque este está ausente de casa, ou porque está brincando
com outros meninos, serão claro o teor da tristreza de um menino
que pensará que está sempre sem amigos, que eles não gostam dele,
ou não têm nenhum interesse por ele. A, criança com autopiedade
que se origina em seguida, vai querer obter a atenção dos rapazes
admirados, por todos os meios. É assim que um professor do pri-
mário, com sentimentos pedofilíacos, embora desempenhasse um pa-
pel paternal para com seus alunos, em seu coração sentia-se o "po-
bre inferior" em relação aos meninos da turma e levantava os olhos
cheios de admiração e desejo para eles, tentando ficar com seu amor,
estima e simpatia, numa atitude realmente mendigante — não obs-
tante a diferença notável em idade. Em poucos exemplos de neu-
rose pode-se observar mais nitidamente a "criança interna" no adul-
to, do que nesses adultos que, na sua vida emocional, se sentem até
mais pequenos, com valor menor que crianças reais de doze ou treze
anos, desejando deies um olhar de estima ou um sinal de fraterni-
dade! Um ponto triste ainda é que esses neuróticos têm a tendên-
cia geral de viver isoladamente — repetindo a atitude da "criança
do passado" que não se sentia integrada a nenhum grupo e apenas
tinha de satisfazer-se com fantasias de amigos imaginários.

180
No que diz respeito à pedofilia, facilmente surge a associação
de 'homens perigosos" que ameaçam a vida de criança. Na ver-
dade, poucos pedofilíacos na sociedade ocidental realmente se en-
tregam a contatos sexuais com os objetos desejados (*). A asso-
ciação popular entre pedofilia e assassinato de crianças deve-se as
reportagens de casos incidentais nos jornais. Há alguns que expli-
cam a tendência de — felizmente poucos — pedofilíacos matarem
suas vítimas depois de terem tido contatos sexuais com elas, por me-
do de serem descobertos ou por inveja para com os objetos admira-
dos e inacessíveis ("Você não quer brincar comigo!"). Portanto, a
análise de alguns pedofilíacos que assassinaram crianças, apóia o
que achamos na análise de pedofilíacos em tratamento; que suas
"crianças queixosas" possuem junto aos sentimentos de ansiedade
para obterem amor dos objetos admirados, rancores profundos, uma
raiva violenta porque na realidade não se sentem aceitos. Durante
um contato sexual podem reexperimentar essa rejeição dos outros,
pelo que ficam inundados de inveja e desejo de vingança: "Vocês
não querem brincar comigo!"
Cada homossexual — de qualquer tipo — "ficou parado", co-
mo observou corretamente Bergler (1957), " emocionalmente no
seus 'teens' (idade entre 13 e 19 anos). Possivelmente o pedofilía-
co parou antes, num período mais infantil. Um homossexual hos-
peda uma "criança" mimada, narcisista, farisaica; outro, um "me-
nino" lastimoso que se sente rejeitado e é submisso diante de todo
mundo; uma imagem nítida da personalidade. um retrato da criança
interna" em cada homossexual individual tem que ser pintada por
observação do comportamnto, combinada com uma análise das emo-
ções atuais e da história da infância. É um ponto que todos eles
têm em comum: uma queixa intensa, uma súplica infantil para ser
amado pelos homens que admiram. Cada impulso homossexual,'se-
ja transitório ou leve, num adulto, seja num homossexual exclusivo,
ou num bissexual, é expressão de uma "criança" ou "adolescente
interno" que acha que lhe falta masculinidade. Sem "criança inter-
na" ninguém tem impulsos homo-eróticos na idade adulta. Implica
isto em que não podemos concordar com uma teoria de "bissexualis-

(*) Em geral, sobre a incidência de homossexualismo não existem pes-


quisas fidedignas. As estimativas de Kinsey c.s. (1957) são inconfiáveis, por
falhas estatísticas e seleção de suas amostras. Presumivelmente, sentimentos
homossexuais vivem em cerca de 3% da população adulta, em qualquer grau
ou forma; não é justo incluírem-se na incidência total pessoas abaixo de 16-18
anos, porque sentimentos homo-eróticos na adolescência não levam necessaria-
mente a homossexualismo fixado. Muito menor é a incidência de pedofilia,
provavelmente não mais do que 10% de homens homossexuais podem ser con-
siderados pedofilíacos.

7*7
mo inato" em cada pessoa humana. Na verdade, a possibilidade do
instinto sexual desviar-se existe em cada pessoa humana, mas ape-
nas na fase inicial do desenvolvimento sexual, na qual o adolescente
não tem ainda seu objeto natural. Logo que descobriu este ob-
jeto, normalmente todos os outros interesses sexuais mais infantis
são ultrapassados, absorvidos pela fascinação do objeto natural e
suas possibilidades. O homossexual, porém, não atingiu 'esse está-
gio, parou num estágio anterior pela formação de um complexo neu-
rótico. Concluímos que o objeto sexual é algo inato, e que existe
um processo de maturação biológica que automaticamente leva à
descoberta desse objeto. O conceito de Mecanismo Inato de Libe-
ração (MIL)(*) aplica-se aqui, dadas certas condições: na presença
de hormônios sexuais numa concentração suficiente (o que acon-
tece na adolescência) e de estímulos heterossexuais (principalmente,
visuais), a reação'será desbloqueada. Devemos presumir, como al-
go muito interessante, que existe no cérebro uma estrutura recipiente
com forma inatamente determinada e que tem uma ligação inata
com os centros de reações sexuais, de modo que, quando chegam
os estímulos específicos provindos do sexo oposto, "cabem" eles nes-
sa estrutura como a chave numa fechadura, assim desbloqueando
os impulsos entre essa estrutura sensorial e os centros de reação se-
xual. Essa cadeia de reações ocorrerá apenas sob a condição da
presença de uma quantidade suficiente de hormônios sexuais.- Por
conseqüência, não pode desenrolar-se ao máximo antes da entrada
da adolescência. Os harmônios provavelmente facilitam o desblo-
queio dos centros sexuais, ou o caminho entre centros de percepção
(onde residem as estruturas pré-formadas inatamente que contém
"as formas" dos estímulos específicos sexuais) e os que regem as rea-
ções sexuais. Seja isto como for, sem qualquer presunção seme-
lhante de uma estrutura sensorial inata, que é sensível para percep-
ções (estímulos) específicas heterossexuais, não se poderia explicar
o fato de o adolescente normal, sem complexo neurótico sexual, es-
pontaneamente descobrir o objeto heterossexual, nem o fato de um
homossexual, que gradativamente perde suas emoções fixadas de au-
topiedade infantil, experimentar o mesmo descobrimento (**).

(*) O conceito de MIL foi desenvolvido pelos etologistas modernos,


Lorenz e Tinbergen (Ruwet, 1972) para explicarem as peculiaridades de com-
portamentos inatos (sexuais, agressivos ou de fuga) encontrados em animais.
Parece ser um conceito que tem também valor para o entendimento de com-
portamentos humanos.
( * * ) A terapia de homossexualismo consiste em eliminar a compulsão a
queixar-se ou a personalidade da "criança queixosa in totum"; depois, sem
esforço especial, a pessoa gradativamente sentir-se-á atraída pelo sexo oposto
e o instinto sexual normal pode desenrolar-se.

182-
1
4
Segue-se da análise acima que o homossexual tem, a respeito 'I
de mulheres, os sentimentos de um menino de 12-14 anos (ou me-
n o s ) , em outras palavras: sentimentos infantis. Para um menino
normal dessa idade, as possibilidades sexuais para com meninas ain-
da não existem, ou existem somente de modo rudimentar. Um me-
nino encara a nudez feminina, os seios, etc., como coisas estranhas,
até aversivas; ora, essa é a mesma atitude encontrada no "menino I
queixoso" dentro do homem homossexual. Encara as mulheres co-
mo seres de um outro mundo, enquanto seu mundo de interesses,
de contatos é a sociedade de meninos. Meninas, para ele, são per- (fc
turbadoras; ele pode pensar que são inferiores, "essas meninas estú-
pidas". • Prefere a companhia de amigos, a não ser que seja a de
uma mulher que cuide dele como uma mãe protetora — mas isso |
é um relacionamento de parceiros desiguais, como entre criança e
mulher adulta (mãe, tia, professora), e é essa a relação que alguns
homossexuais mantêm com uma mulher, mesmo se esta tiver a mes- |
ma idade que eles. ^

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I
CAPÍTULO X X V I I I

A "MENINA QUEIXOSA" NA M U L H E R LÉSBICA

Há divergências na opinião de que existam menos mulheres lés-


bicas do que homens homossexuais. O fato é que os psicoterapeu-
tas atendem muito menos mulheres em comparação com homens com
esse problema (de acordo com minhas estatísticas: uma mulher lés-
bica em' 15 homens homossexuais) e que as1 mulheres formam um
grupo minoritário em organizações de homossexuais. Em todo o
caso, o problema social do lesbianismo é menos pronunciado do que
do homossexualismo masculino — talvez parcialmente porque mui-
tas mulheres podem dissimular seu problema, casando-se. Em ge-
ral, a natureza de sentimentos sexuais femininos é diferente da dos
homens. Mulheres são, também, quando lésbicas, em muitos ca-
sos, mais interessadas na pessoa- e na amizade, no calor e consolo
que podem receber do parceiro do que na própria sensação sexual.
Nisso, a natureza feminina não se nega em mulheres lésbicas, teste-
munhando o fato de amizades lésbicas durarem geralmente mais tem-
po em comparação com relacionamentos homossexuais entre homens,
e ao romper das relações, a depressão é freqüentemente maior,
(Gundlach e Riess, 1968, observações numa grande amostra de mu-
lheres americanas lésbicas).
Portanto, é possível que haja mais lésbicas, ou lésbicas escon-
dida, do que se pode inferir nos dados observáveis, mas não é justi-
ficado presumir-pe que é certo que a quantidade não conhecida (dark
numfber) delas seja excessivamente grande. O fato é que não foi
provado que sentimentos lésbicos sempre se deixam disfarçar tão
facilmente, pois as mulheres que se encontraram no consultório e que
têm sentimentos homo-eróticos realmente obsessivos em intensidade,
relatam geralmente que já experimentavam seus sentimentos desde a
adolescência numa intensidade que as impedia de procurar relacio-

184
namentos com rapazes. Conclusão desses casos: com mulheres que
sentem impulsos lésbicos fortes, a dissimulação pode ser mais difícil
do que às vezes, se julga. Em segundo lugar, um raciocício teórico
chegaria à mesma conclusão: que na cultura ocidental a incidência
de lesbianismo é menos freqüente do que a de homossexualismo mas-
culino, porque, falando em geral, é menos humilhante — e, logo,
menos freqüentemente causa de autopiedade — ser uma menina que
brinca como os meninos (que não se comporta de modo muito fe-
minino) do que é para um rapaz comportar-se de modo feminino.
O último gera mais rapidamente um complexo de inferioridade. Por-
tanto, presumiríamos de antemão, que há menos meninas que desen-
volvem autopiedade sobre a autovisão específica "não sou feminina
como outras mulheres" (menos bonita, ou mais como um menino)
em interesses e comportamentos do que há meninos com autocomi-
seração de serem menos viris, de não pertencerem à comunidade dos
homens.
Ê compreensível que uma menina, que foi criada do mesmo
modo como se cria um menino, ou que sempre foi considerada como
filho (por exemplo, pelo pai), é suscetível à percepção de ser in-
ferior no mundo feminino. Ê essa menina que pode ficar com uma
admiração intensa por meninas ou mulheres realmente "femininas"
aos olhos dela, ou até por todas as mulheres, porque julga ser me-
nos mulher que todas as outras. É também compreensível que uma
menina com defeitos físicos se sinta inferior a outras mulheres, so-
bretudo na adolescência, período no qual é muito importante para
meninas serem muito femininas, tanto no grupo de meninas como
em relação a meninas adolescentes.
Aprendemos que uma mulher lésbica não se sentia bastante va-
lorizada pela mãe como menina, que faltava uma certa confiança
normal, entre mãe e filha. Às vezes, a menina sentia falta da mãe
porque esta estava internada num hospital de doentes mentais, em
outros casos a menina tinha uma madrasta ou mãe adotiva. Tam-
bém encontramos casos nos quais a menina se sentia inferior porque
na família eram apenas os homens que eram honrados e estimados-
(naturalmente, isso é a visão infantil da "criança interna" na lés-
bica). A ligação deficiente com a mãe, a carência consciente desta,
é a causa da admiração desejosa de muitas "crianças internas" em
lésbicas, diante de mulheres; suas "crianças" têm uma ansiedade do
amor e proteção de "figuras de mãe". Uma mulher lésbica des-
creveu essa sua ansiedade assim: "é uma saudade dolorosa" nitida-
mente exprimindo o "pobre de mim" subjacente ao desejo lésbico,
o sentimento fatal da impossibilidade do desejo, ou seja, a verdade
de que esses desejos são peças de autopiedade.

185-
Uma atitude de desprezo pelo feminino, na família, em combi-
nação eom a adulação do "masculino" — especialmente se esta ati-
tude foi tomada pela própria mãe — em alguns casos analisados por
mim, foi base da rejeição pela menina de coisa consideradas tradi-
cionalmente como "femininas" e de suas tentativas de comportar-se
segundo o modelo masculino, mostrando preferência pelo jogo de
futebol, negligenciando de propósito cuidar de suas roupas (como
o fazem as meninas), adotando maneiras de falar "firme" como ra-
pazes, etc. É lógico que tal menina não vai sentir-/se muito à von-
tade num grupo de meninas adolescentes, oscilando entre um senti-
mento de superioridade ("essas meninas inferiores com suas falas
sem sentido, seu cacarejo ingênuo. . .") e outro de solidão, de não
pertencer a esse grupo que é , quer queira que não, seu quadro social.
Este tipo de mulher lésbica era, às vezes, a criança privilegiada pelo
pai, que a queria educar como um amigo dele, como um filho, esti-
mulando tudo o que era de homem nela e desprezando tudo que era
de mulher. Tais lésbicas sempre permanecem admirando ideais mas-
culinos e tendem a comportar-se conforme eles; é o tipo da lésbica
impressionando como "masculina". Um bom observador, porém,
percebará que essa "masculinidade" é um tanto forçada, exagerada,
artificial. Geralmente, cada um que demonstra algo demais, está ten-
tando convencer a si e aos outros de que realmente possui o que
está demonstrando, e também a atitude masculina de algumas lés-
bicas é uma hipercompensação. No coração, a mulher sente-se pe-
quena, tímida, inferior e muito menos vigorosa e firme do que no
seu exterior. Sente-se como na adolescência, inferior como mulher
entre mulheres, e por isso não ousa ser mulher. Na sua infância e
adolescência sofreu por estar isolada da comunidade de mulheres e
desejou ansiosamente uma amiga compreensiva, uma amiga adora-
da; em outros casos, uma amiga expressamente feminina. Achamos
o eitado período de isolamento social — tão lógico, visto a educa-
ção diferente, que criou os hábitos e os interesses diferentes da me-
nina — o sentir-se sozinha, a traumatização fundamental pela qual
foi originada sua "criança queixosa", desejosa, como todas as crian-
ças e adolescentes de uma amiga do coração, uma íntima. Sabe-se
que é normal, em meninas de cerca de 12-16 anos ter amizades ínti-
mas e fortes com outras, ligações nas quais expressam entre si suas
experiências e sentimentos, compartilhando suas vidas até certa al-
tura. Basicamente, é a mesma necessidade que está conservada na
mulher lésbica, mas agora numa forma patológica, estereotipada, na
forma de uma queixa insaciável. Por isso, lésbicas são "tragedien-
nes", compulsivamente repetindo o "pobre de mim, sozinha" da ado-
lescência, apegando-se exageradamente à parceira como uma criança

186-
desamparada que teme perder tudo, se perder sua amiga e consola-
ção. Esse quadro é adequado naquelas que procuram contatos e
amizades de mulheres mais adultas que elas mesmas (figuras de
mãe) assim como naquelas que procura amizade e amor de uma de
sua própria idade, uma que é adorada e idealizada por elas (*).
Do fato de lésbicas terem uma neurose, pode-se deduzir, que,
freqüentemente se queixam de todos os tipos de coisas: sofrem (de
sentimentos de inveja, de serem ultrapassadas, não estimadas, deixa-
das de lado, de serem feias, etc., mas também períodos depressivos,
queixas psicossomáticas. Outras têm atitudes pueris de rebeldia
contra seu ambiente. Em resumo, são "crianças" por grande parte
de sua emocionalidade.
Foram feitos alguns estudos com testes psicológicos, de cujos
resultados se concluiu que as lésbicas pesquisadas não se diferencia-
ram de grupos de mulheres não-lésbicas com respeito a fatores de
personalidade associados com distúrbios emocionais (Hopkins, 1969;
Freedman, 1971). Contudo, essas conclusões não valem porque os
testes usados, ou não permitem as interpretações dos pesquisadores,
ou têm uma validade desconhecida. Poderíamos esquecer tudo isso,
se não fossem essas interpretações descuidadas tão logo infladas,
até "achadas científicas" e usadas como "provas" de que lesbianis-
mo seja algo normal (o livro de Freedman sirva de ilustração desta
tendência).
Na verdade, dos escores dos inventários usados pode-se con-
cluir com tanta — senão mais — razão que os grupos de lésbicas
investigadas são neuróticas; mas é melhor conscientizar-se de que
a maioria dos inventários têm valor bem limitado e que o método
preferido de pesquisas a respeito é o de observação longitudinal do
comportamento, combinado com uma análise da vida interna dos sen-
timentos e pensamentos. Usando o último método, a conclusão de
que mulheres lésbicas sofrem de um distúrbio emocional além do
mero sexual, é muito mais sólida e argumentada. Aliás, uma pes-
quisa melhor, quanto aos testes e amostras usados, abrangendo uma
amostra maior e representativa de lésbicas inglesas, confirmou' sua
emocionalidade neurótica em comparação com grupos de controles.
(Kenyion, 1968).

(*) Idealizar pessoas: maneira de pensar tipicamente infantil.

187-
CAPÍTULO X X V I I I

A "CRIANÇA QUEIXOSA" NO T R A N S E X U A L E NO
TRAVESTIDO

Termos: Fala-se em travestismo, se alguém do sexo masculi-


no tiver a inclinação de vestir-se com roupas de mulher, acompa-
nhada ou não por impulsos sexuais pelo próprio sexo, ou por impul-
sos auto-eróticos. Na maioria dos casos travestidos de homens exis-
te o desejo de sentir-se mais ou menos como "uma mulher" que es-
teja sendo desejada por um homem; logo, a maioria deles têm senti-
mentos homossexuais.
Há também homens que desejam ser como mulheres, ou que
pensam que são mulheres, e por isso, desejam ardentemente ser "ope-
rados para serem mulher", serem registrados oficialmente como pes-
soas do sexo feminino, etc. Quase nunca se ouve falar sobre mu-
lheres com desejos semelhantes (vejo a proporção entre homens e
mulheres homossexuais). Chamam-se os homens com desejos de
ser operados para serem mulheres, de transexuais. Sulcov (citado
por Person e Ovesay, 1974) encontrou num grupo de transexuais
pesquisados, uma maioria com sentimentos homossexuais; esses ca-
sos podem ser considerados como intensificações de casos de homos-
exualismo comum, porque uma certa tendência à feminilidade, a
"identificar-se" com a imagem de mulheres, ou de considerar-se mu-
lher (autovisão infantil) já existe em aproximadamente 30% dos
homossexuais. Tal "efeminação" de modo nenhum é inata, por mais
qu(e o transexual queira demonstrar isso: é a conseqüência de um
carimbo fortemente efeminante posto na criação, nos hábitos e nos
interesses do menino, de um tratamento como se fosse menina (por
exemplo: a mãe queria uma menina, mas teve um menino, e edu-
cou-o como menina) ou, em todo caso, influências antimasculinas.
Se um menino foi criado como menina, em comparação com outros

188
meninos facilmente se sentirá diferente; logo, menos do que os ou-
tros "Não sou menino como eles". Portanto, sua autovisão poderá
completar-se com o pensamento: "deveria ser menina", afirmação
que muitas vezes ouve da boca dos pais, ou de outras pessoas, ou
de outras crianças ralhando com ele: "Maricas!" "Senhorita". Po-
de começar pensando que tudo teria sido melhor se fosse realmente
menina, porque se sente pouco à vontade entre outros rapazes com
seus costumes mais rudes e diferentes e, assim, sua autovisão de não
ser um menino verdadeiro liga-se com a idéia de que seria mais feliz
se fosse menina. Por si, o desejo de tornar-se uma menina não é
muito raro entre rapazes pré-homossexuais; em 40% de um grupo
investigado de homossexuais, Bieber (1962) encontrou este desejo
na infância e Gundlach e Riess (1968) encontraram o mesmo em
sua amostra de mulheres lésbicas. Obviamente, tal desejo reflete
descontentamento com seu próprio papel sexual; porém, com alguns
meninos ou meninas, esse sentimento é preponderante e começam
eles a esperar que no cumprimento desse desejo resida o fim de suas
tristezas, inferioridade e solidão. O dado achado por Person e Ove-
say (1976) de que homens transexuais tiveram muitas vezes ciúmes
de meninas, indica uma interpretação semelhante: o menino pré-tran-
sexual não se sente verdadeiro menino, nem tampouco menina. Sua
queixa é: "Não pertenço a nenhum grupo" e o desejo de ser outro
tipo de pessoa, de mudar de sexo, é uma parcela dessa queixa.
A "criança queixosa" dentro do transexual fica com sua queixa
específica, que nunca será satisfeita. Não é um desejo normal ou
emanante da parte adulta da personalidade, o que fica claro pela
persistência com que esses doentes estão repetindo a expressão de
seu desejo, a qual é parecida à de neuróticos quérulos, que sempre
têm que lugar contra alguma injustiça. Também, depois de uma
operação, continua queixando-se exatamente como uma mulher com
seu complexo de ser feia, depois de uma operação plástica. O
caráter neurótico da obsessão transexual manifesta-se também na
sua maneira exagerada de desempenhar o papel de mulher: compor-
ta-se como um ator masculino que tem de representar um papel fe-
minino. Sendo assim, a "criança interna" do transexual choraminga
sem parar. "Não sou verdadeiro homem, ah! se me valorizassem
como mulher!" Será um erro presumir-se que desejaria na realida-
de ser mulher: esse desejo é um pretexto para queixar-se, e esse neu-
rótico também tem uma necessidade de drama.
O sentimento de inferioridade sobre o verdadeiro sexo bioló-
gico (o que é por certo, somente o conteúdo de uma queixa, ali-
mento para queixar-se) ainda fica patente na falta de uma agressi-
vidade normal. "Como grupo", observaram Person e Ovesay, "eram

189-
excepcionalmente gentis e ( . . . ) incapazes de ficarem manifestamen-
te zangados". A mesma observação fizemos com muitos homosse-
xuais masculinos não transexuais no restrito sentido do termo. É
que o menino que receia o papel masculino, pensando que é infe-
rior como homem, receia implicitamente uma auto-afirmação saudá-
vel masculina, um gosto normal de lutar, uma esportividade "agressi-
va" normal. O que não falta, porém, é uma agressividade e inveja
entre si, mas isso é agressividade neurótica, não uma autodefesa nor-
mal (*).
Os travestis estão também fixados em sentimentos sexuais de
uma fase imatura do desenvolvimento sexual. Geralmente, suas
"crianças internas" queixam-se de serem párias na comunidade so-
cial, entre outros meninos e meninas, não sendo capazes de conta-
tos pessoais, sentindo-se sozinhos. Foi num período de solidão com
autopiedade que se abandonaram a brincadeiras infantis com roupas
do sexo oposto, consolando-se narcisisticamente. As roupas do sexo
oposto podem incitar a uma excitação neurótica na fase inicial da
sexualidade adolescente, sugerindo coisas íntimas que, para o ado-
lescente, ainda não estão claras e descobertas, mas já possuem uma
certa fascinação. Se for estabelecido um complexo, uma fixação à
autopiedade dessa fase, serão co-fixados os sentimentos imaturos se-
xuais pertencentes a essa fase e que são na maioria das vezes, uma
autoconsolação. Inclinações e travestir-se, portanto, devem ser con-
sideradas como subparte de um complexo de inferioridade mais ge-
neralizado e não como síndrome isolada. Nem parece que o tra-
vesti seja portador de uma queixa específica, como é o caso de ho-
mossexuais, a não ser com esses travestis que se sentem do mesmo
modo que os transexuais, homens defeituosos que desejam ser como
mulheres. Existem diferentes formas de comportamentos travestis,
tanto em homossexuais como em heterossexuais, mas, na minha ex-
periência, o que têm em comum é o sentimento de serem excluídos
do grupo social na infância. Geralmente, é esta visão que caracte-
riza pessoas com distúrbios sexuais de qualquer espécie. Foram
crianças solitárias, ou diferentes, privadas de contatos sociais normais
e parece que a solidão durante a adolescência, favorece a origem
de vários devaneios eróticos imaturos que, às vezes, estão intrinse-
camente ligados com uma autovisão específica de inferioridade e,
outras vezes, são autoconsolações originadas, mais ou menos por
acaso, numa fantasia repleta de autopiedade.

(*) O filme "The Queen" (A Rainha, documentário de uma "eleição de


miss" de homens travestis e transexuais) revela, sem nenhum equívoco, os
comportamentos infantis de agressividade mútua, ciúme, manhas, e ostentação
orgulhosa de si mesmo.

190-
I
I

CAPÍTULO X X I X

A "CRIANÇA QUEIXOSA" E OUTROS DESVIOS


SEXUAIS: EXIBICIONISMO, FETICHISMO,
IMPOTÊNCIA, ETC.

Afirma-se que a raiz de distúrbios sexuais não somáticos é uma


neurose, ou seja, uma fixação a sentimentos sexuais infantis dentro
de uma "criança queixosa", sendo que o que impulsiona os desejos
desviantes sexuais é a autopiedade infantil. Por causa de as neuro-
ses serem bastantes comuns, encontram-se em inúmeras pessoas dis-
túrbios leves no gosto ou comportamento sexual, ou seja, infantilis-
mos sexuais. Indicação disso, é, entre outras, a de que muitos neu-
róticos em tratamento observam num tempo, ou outro, mudanças
positivas em seus comportamentos sexuais, sem que se tenha falado
expressamente desses assuntos durante as sessões. Por exemplo, um
oberva que seu hábito de masturbação está diminuindo, indicando
que foi algo infantil (autoconsolação de uma "criança com autopie-
dade"); outro que o contato sexual com seu parceiro matrimonial se
torna mais uma atividade mútua, na qual experimenta mais um sen-
timento de ternura para com o outro, em vez de uma situação ego-
centrista na qual se deixa mimar, ou tratar com uma criança, ou co-
mete um tipo de "onanie à deux" (onanismo a dois). Muito comum
é também o hábito de olhar puerilmente a todas as mulheres na rua,
o que pode decorrer de um sentimento de descontentamento sexual
com a própria mulher (para a "criança", nada é bom), ou de insa-
tisfação geral. O Dom Juan que continuamente procura a atenção
e carinho de novas conquistas é obviamente neurótico, hospedando
uma "criança queixosa" que pensa que elas não o valorizam (e repe-
te essa queixa); está mendigando interiormente que as mulheres, tão
idealizadas por ele, e tão lisonjeadas, o aceitem. Psiquicamente não
é homem, mas uma criança que se sente humilhada e inferiorizada
i
191-
\
aos olhos das meninas. Um deles sofrerá na adolescência por ser
muito baixo e magro, experimentando o sentimento de que as me-
ninas não gostavam de comunicar-se com ele, mas preferiram outros
rapazes. Desenvolveu, em compensação, a tendência obsessiva de
"conquistar" mulheres. "Conquistar" entre aspas, porque, na ver-
dade, apesar de todas as suas manobras, não conquistava, mas sedu-
zia de modo lisonjeiro e humilhante para si, visto este fato objeti-
vamente.
O exibicionista sofre uma ilusão queixosa parecida. Tem uma
"criança interna" que está até menos convencida de sua masculini-
dade, e ousa apenas tentar causar uma impressão ao sexo oposto
por demonstrar na meia obscuridade — tem vergonha, não de seu
ato, mas de si, de seu corpo — seu órgão sexual erigido a uma mu-
lher que se encontra numa distância dele.
Exprime, assim, seu sentimento lastimoso de inferioridade pro-
funda em combinação com seu desejo ardente de ser valorizado como
homem por meninas. Mas de que modo infantil! Ê mais ou menos
o método de um menino de 8 anos, ou menos, de se demonstrar ho-
mem. O psiquiatra holandês Carp, que fez um estudo desse assunto,
observou que os olhares do exibicionista durante sua atuação são
espasmódicos. Ansiosa, a "criança interna" mendiga: "Ah! faça o
favor de me ver e admirar!"
Os — poucos — exibicionistas que traten foram crianças mi-
madas e superprotegidas, não criadas como homens firmes, e tive-
ram personalidades muito infantis.
Contatos sexuais desviantes e infantis são contatos pobres como
contatos interpessoais, não obstante poderem os impulsos ser para
eles muito compulsivos. É lógico, porque são acompanhados de
sentimentos de inferioridade, de um buraco na autoconfiança, de algo
que é sentido como carência. São, em geral, insaciáveis, raras ve-
zes deixam um sentimento de verdadeira felicidade. Já assinalamos
que, também, em muitos contatos heterossexuais, atuam "crianças
queixosas", deteriorando-os numa relação imatura. Quem tem difi-
culdades em ser adulto na vida diária do trabalho e dos contatos
com outros, inclusive frente ao parceiro matrimonial, evidentemente
t^rá, pelo menos parcialmente, uma emocionalidade infantil e ego-
centrista durante o contato sexual.
Impotência sexual em pessoas sem defeitos somáticos é sintoma
neurótico na maioria dos casos. Pensamos em impotência mais ou
menos prolongada e não numa impotência de uma ou algumas vezes,
causada por cansaço físico ou preocupações realísticas. Primeiro,

192-
uma impotência de longa duração ou crônica pode ser a conseqüência
de uma queixa central, por exemplo: "Eu não serei potente, por-
que eu não sou homem como os outros"; então, tal queixa é rela-
cionada com a autovisão específica da "criança interna". Um neu-
rótico cronicamente impotente choramingava de modo intenso que
com mulheres bonitas sempre era impotente. Repetidamente, pro-
curava uma ligação com uma deste tipo e mantinha-a com muito
dinheiro, comprando, na realidade, os favores delas. Compreensí-
vel que essas mulheres não eram dos caracteres mais sólidos, moral-
mente, e lhe davam ampla oportunidade de se queixar de ser "aban-
donado" e "não valorizado" por elas. Para qualquer coisa que ten-
tasse com uma mulher, sempre se sentia impotente no momento
supremo, provando com clareza cristalina que estava tentando o im-
possível, continuando com ligações amorosas frustrativas que cada
homem normal há muito tempo teria deixado para não se atormen-
tar mais. Ele, portanto, estava repetindo seu drama e não podia
parar. Esse "Dom Juan" caçava mulheres na ciência de que não
tivesse êxito, precisamente para alimentar sua autopiedade infantil.
Tinha um sentimento intenso de inferioridade para com outros ho- •
mens e quando ouvia, por exemplo, um coro militar cantar pelo rá-
dio, ficava com lágrimas nos olhos: "Eles irradiam tanta força,
tanta virilidade, ao passo que e u . . . " Verifica-se nesse exemplo
(que foi de um homem, de resto, queixosíssimo) que a estrutura do
complexo neurótico de tal impotente sexual pertence à mesma famí-
lia de complexos de inferioridade, ou autopsicodramas de homosse-
xualismo, exibicionismo, etc. Vale essa afirmação também no que
diz respeito aos fatores de criação, pois muitos homens portadores
deste tipo de complexos foram criados de modo superprotetor, com
muita influência maternal e pouca paternal (o cliente em apreço
era filho de uma mãe não casada). Isto não implica que tal com-
plexo seria "homossexualismo latente", como presumem autores psi-
canalistas. Faltam, nesses complexos, os sentimentos eróticos para
com outros homens, e sem a presença demonstrável desses sentimen-
tos não se pode diagnosticar a existência de homossexualismo.

Nem todas as queixas de impotência são relacionadas à autovi-


são específica da "criança queixosa". Muitas "crianças queixosas"
criam freqüentemente diversas situações de falha, em todos os cam-
pos da vida, igualmente no campo sexual. Falhar para sentir-se
inferior-lastimável. Uma parte dos casos de impotência explica-se
por esses impulsos "masoquistas" ("Veja bem, para mim esta situa-
ção não será agradável, ou um fracasso").
Há outros casos, nos quais a impotência tem concomitância
com uma falta de interesse erótico no sexo aposto. Esses homens

193-
têm sentimentos profundos de inferioridade para com mulheres, ou
conservam sentimentos erótidos para objetos ou situações que já
tinham na infância e, por isso, ainda não descobriram a mulher co-
mo objeto sexual. Na minha experiência, eles freqüentemente tive-
ram uma posição social isolada na adolescência, ficando com muita
vergonha e embaraço sobretudo na companhia de meninas. Sen-
tem-se inferiores em muitos aspectos da vida, geralmente não são
homens audaciosos, mas submissos, temerosos e indefesos. Seus de-
sejos sexuais — que não são dirigidos a mulheres, ou seja, a contatos
sexuais adultos com mulheres — podem referir-se a fantasias infan-
tis e freqüentemente impossíveis. Um pode desenvolver fantasias
de dominar agressivamente mulheres, como um cliente que devaneava
ser domador de mulheres num circo (do mesmo modo que os doma-
dores de leões) e experimentava prazer nisso. Na vida real, porém,
era o oposto: gentil e submisso demais, cortês de um modo muito
formal e preciso; dava a impressão de viver numa couraça. "Ah!
se eu fosse um homem forte diante de quem as mulheres ajoelhas-
sem!", foi o desejo queixoso de sua "criança". Outro homem so-
mente era potente com sua esposa quando se vestia com roupas
dela, etc,

Podemos prosseguir com a lista de infantilismos sexuais. Ho-


mens com queixas de "ejaculação prematura" possuem do mesmo
modo a inclinação infantil e masoquista de criar uma situação de
fracasso diante da mulher — para que sua "criança interna" possa
queixar-se de ser um fraco, um João Ninguém.
Mulheres com frigidez crônica, muitas vezes, têm problemas com
sua auto-imagem de mulher, sentindo-se inferiores a este respeito,
e a sua "criança" continua a repetir: "Ah! Pobre de mim, não sou
tão feminina, ou não sou valorizada ou amada por homens; eles
nunca drão encarar-me como uma mulher igual às outras". Uma
mulher que havia sido criada pelo pai, que a valorizava como filha
muito esportiva e ativa, hospedava a "menina interna" que se sentia
pouco à vontade como mulher em contatos mais pessoais com ho-
mens. O papel de ser esportista e "firme" dava-lhe suporte no
dia-a-dia, mas ela era muito vulnerável ficando em pânico quando al-
guém a insultava ou criticava — medo de não ser amada. Sua "crian-
ça interna", sentindo-se uma coitadinha que não era valorizada como
menina, causava o sintoma de frigidez sexual no contato íntimo com
o marido, a quem amava. Semelhante "criança" não ousa assumir
descontraidamente o papel de "mulher", pois se acha inferior neste
respeito. Constatamos aqui novamente que tal complexo está afas-
tado, teoricamente, apenas alguns passos do complexo de inferiori-

194-
dade de mulheres lésbicas, porém, decididamente não é um com-
plexo lésbico.
Na mente do fetichista vive a "criança que se queixa" que, du-
rante um período de sentimentos de inferioridade e solidão na in-
fância ou adolescência, se consolava, enquanto ficava a uma distância
"segura" da mulher que julgava inacessível com objetos mais ou
menos íntimos dela, valorizados pela fantasia sexual como objetos
eróticos (roupas, sapatos, etc.). Os complexos dos clientes que en-j
contrei com esse sintoma faziam também parte do arquipélago doà
baseados em sentimentos de inferioridade a respeito de ser homem,
causados por um pai dominador e criticador ou por uma mãe super-
protetora e dominadora.
O masoquista sexual e o sadista sexual pertencem ao mesmo
grupo também. Ambos têm uma preferência por situações que ge-
ram autopiedade.
O sadista pode identificar-se com sua vítima, ficando comovido
com os sofrimentos dela e dá, por esse desvio, piedade a si mesmo.
Pode ser considerado como masoquista escondido, ou masoquista
mais ativo. O masoquista, obviamente, procura situações de auto-
piedade, sendo dominado e martirizado. O fato de as situações de
atormentar e ser atormentado produzirem sensações sexuais, não
deve surpreender quando se pensa que, às vezes, crianças que reali-
zam brincadeiras deste tipo (como, e.g., amarrar uma delas a uma
árvore, despi-la e depois bater nela) experimentam uma excitação
erótica, e o mesmo pode acontecer com a própria vítima dessas brin-
cadeiras. Então tais tendências eróticas sobrevivem fixadas num
complexo de inferioridade, numa fixação à autopiedade que a criança
experimentava durante o estágio no qual as sentia.
Cabe uma observação geral neste momento. A sexologia, en-
quanto se ocupa com problemas sexuais psíquicos, tem que contar
com o fenômeno da "criança queixosa" da qual o sintoma sexual
sempre parece ser somente um aspecto. O tratamento dessas fre-
qüentes neuroses, então, não deve consistir em exercícios dirigidos
contra o sintoma sexual, mas antes de tudo deve ser combatido o
vício da autopiedade compulsiva infantil. Ser libertado de uma in-
clinação sexual desviante é mais do que aprender algumas técnicas
mecânicas que levam a um comportamento pseudo-adaptado e arti-
ficial. É tornar-se adulto emocionalmente.

195-
CAPÍTULO XXXVIII

QUEIXAR-SE NO MATRIMÔNIO — OS EFEITOS DA


CRÍTICA N E U R Ó T I C A

Não é nada hipotético afirmar-se que a "criança queixosa" é


uma causa profunda na maioria dos conflitos matrimoniais. O ma-
trimônio é, como ligação duradoura de duas pessoas, o teste mais
severo do grau de maturidade emocional dos parceiros, e por isso,
sofre a influência maléfica da mania de queixar-se que ocorre em
tantas pessoas. O matrimônio requer duas pessoas relativamente
estáveis, possuindo uma vida emocional positiva, e não sendo do-
minadas por um "eu" infantil e egocentrista, mas a realidade é bem
outra. Não devemos dramatizar; uma grande parte dos matrimô-
nios é feliz o suficiente, porque ambos os parceiros estão conscien-
temente tentando construir uma convivência boa, aceitando os de-
feitos e falhas do outro e cumprindo seus próprios deveres razoa-
velmente. Muitos matrimônios, então, não estão submissos a
"crianças queixosas", embora essas danifiquem a felicidade, às ve-
, zes, seriamente e sempre diminuam a qualidade da harmonia con-
jugai. Entretanto, existem — e isto poderia ser comprovado pelo
estudo de inúmreos casos de divórcio e desquites — muitos rela-
cionamentos matrimoniais que são severamente atacados pela auto-
piedade fixadas de um, ou de ambos os parceiros.
Sem pretender que a "criança queixosa" seja a única causa
de .divórcios, ou graves mal-entendidos matrimoniais, pode-se veri-
ficai que esse fator está afetando maleficamente a grande maioria
desses casos. Não significa isto que ignoremos influências socioló-
gicas, hábitos de julgamento moral e outros hábitos de reagir den-
tro de uma situação de conflitos entre casados. A capacidade de
tolerar as tendências queixosas e egocentristas do parceiro neuró-
tico é também uma constante que co-determina o decorrer da re-

196
lação conjugai, e, além disso, a vontade de ambos os parceiros de
lutar para soluções.
Alguns pensam que se justiíica um desquite quando aparecem
problemas emocionais secundários, ao passo que outros nunca se re-
solverão a dissolver uma ligação conjugai. Então, embora uma
neurose possa ser considerada como o "micróbio" do mal-enten-
dido profundo entre cônjuges, o decurso da doença vai depender
muito da "resistência" total do "organismo" da própria pessoa neu-
rótica bem como do parceiro não-neurótico, ou menos neurótico.
Trataremos aqui, do funcionamento desse "micróbio" sem preten-
dermos demorar demasiado nas múltiplas variações que se podem
apresentar, descrevendo as mais encontradas na clínica psicológica.
Muitos matrimônios chegam a um impasse porque uma "crian-
ça queixosa" em um dos parceiros (às vezes, em ambos) não deixa
de choramingar permanentemente de maneira crítica. O "eu" in-
fantil, sentindo-se facilmente vítima "de ser posto de lado, de não
ser bem compreendido, de não ser valorizado", terá a inclinação de
envolver também o parceiro matrimonial em suas queixas, pondo-o
no papel de quem lhe comete as injustiças. Passa a criticar o par-
ceiro e, depois de algum tempo, o último pode tornar-se até o objeto
mais importante da autopiedade infantil. A despeito de tudo o
que se tente fazer para acalmar o marido (ou esposa) queixoso,
dando mais amor, ou ficando zangado e tomando uma atitude mais
defensiva — agressiva contra suas queixas, o neurótico crítico conti-
nua inexoravelmente nelas. As críticas podem referir-se a defei-
tos reais ou imaginários do ouro, a imperfeição de seu corpo, per-
sonalidade ou conduta geral, mas sempre têm um efeito fatal. De-
pois de muito tempo, matam o entendimento mútuo, afastam o par-
ceiro, extinguem seus sentimentos de amor. O próprio neurótico,
percebendo o resfriamento das relações, interpreta isso através de
seu modo estereotipado: "Não me ama mais", abandonando-se no-
vamente na autopiedade com a falsa idéia de ser completamente
justificado.

O criticar neuroticamente é muitas vezes,, a expressão do pen-


samento do "eu" lastimoso: "Eu sou azarado!!' "Tudo é contra
mim!" Lembremos a "tendência de desvalorização" (Entwer-
tungstendenz) neurótica: "O que é meu tem valor inferior". Logo,
a esposa do outro faz tudo de maneira mais perfeita, é mais amá-
vel, mais bonita, cozinha de modo superior, ou "Meu marido não
presta, não ganha tanto quanto os outros, não me a m a . . . " O neu-
rótico sofre de descontentamento crônico, pelo qual nem o cônjuge
mais perfeito seria remédio. Acrescente-se à dificuldade da si-
tuação criada pelo neurótico crítico, ou o neurótico injustiçado,

197-
sua convicção de que tem razão nas críticas, tanto que é dominado
por elas. Por conseguinte, explicações do parceiro atormentado
visando dar-lhe algum entendimento, são inócuas e só causam no-
vas frustrações a quem queria ajudar.
Então, não haverá nenhuma solução? Seria pouco realista
afirmar-se que o problema do neurótico crítico dentro do matri-
mônio seja dos mais fáceis; pelo contrário. A convicção de estar
certa torna essa pessoa impermeável à razão, cega para com os
fatos objetivos. É deplorável que a força de sua boa vontade fre-
qüentemente seja fraca, ou que sua boa vontade seja muita vez
de curta duração; há òs que, depois de uma tentativa de melhorar-se
um tanto, logo se deixam impressionar por uma queixa de sua
"criança interna". Só com um grande esforço de toda a sua von-
tade adulta, uma tentativa integral de ser realisticamente autocrítico,
o parceiro com uma neurose de críticas pode encontrar um cami-
nho de desenvolvimento para a recuperação. A este respeito, não
difere de alguém com uma neurose sexual ou de um delinqüente
neurótico — a capitulação interna, o reconhecimento consciente de
que algo está fundamentalmente em desordem na sua vida emocio-
nal, é condição indispensável para uma cura e é por isso que, na
realidade, não muitos matrimônios perturbados por esta neurose
realmente se tornam felizes. Justamente o neurótico crítcio é aque-
le que freqüentemente não quer mudar: em seus pensamentos in-
fantis, a culpa reside no outro e, portanto, julga, é o outro que tem
de parar de "choramingar de seu comportamento".
Há casos de neuróticos críticos que sofrem de violentos ata-
ques de críticas humilhantes e insultuosas, e que, depois, se sen-
tem profundamente arrependidos; não obstante, recaem após alguns
dias de melhora, destruindo uma situação reconvalescente e causan-
do desespero no parceiro conjugai (ou nos filhos). Esse tipo de
neurgtico recorda-nos um fato muito geral: muitas pessoas com a
compulsão a queixar-se não suportam a felicidade conjugai ou fa-
miliar e têm que destruir uma atmosfera feliz, um bom entendimento
mútuo, porque sua "criança interna" não pára de procurar razões
para queixar-se e achar algo para compor um novo drama. Desse
modo, muitos dias e horas que começaram felizes, serão destruí-
dos por eles. Se não encontrarem algo para queixar-se, provo-
cá-lo-ão.
Quem entendeu o funcionamento da queixa principal dentro do
neurótico, entenderá que a "criança" repete sua queixa específica da
infância em relação à esposa ou marido. Por exemplo, como se fos-
se uma criança sentindo-se dominada e reprimida, vai — em sua
visão infantil — enxergar uma atitude dominadora em relação ao

198-
parceiro, possibilitando a permanência desta queixa. O parceiro,
às vezes, pode observar: "Não sou sua mãe (seu pai)", mas essas
palavras não penetram na consciência do neurótico.
Uma mulher com um ciúme patológico do marido, suspeitan-
do e incriminando-o continuamente de atuações, ou tentativas, de
infidelidade, estava, de fato, repetindo a queixa de sua "criança"
do passado — sofrerá na infância por causa da infidelidade do pai,
que gastava muito dinheiro com outras mulheres, deixando a Es-
posa e a família, na qual a menina era a mais velha, sem meios
suficientes. Um homem — caso muito freqüente — que culpava
a mulher de dominá-lo (enquanto, com efeito, não fazia ele mes-
mo muito e deixava ao encargo dela, providenciar coisas e tomar
decisões) era um menino por quem a mãe fazia tudo, não propor-
cionando a ele muita liberdade de agir por sua própria iniciativa.
Pode-se usar a expressão freudiana de "transferência" para a re-
petição de tais queixas originais, sem se esquecer de que é da
maior importância reconhecer nisso a atuação da compulsão a quei-
xar-se.
A verdade é que alguns neuróticos escolhem um parceiro ma-
trimonial que tem exatamente as qualidades de caráter que facilitam
à "criança" repetir sua queixa principal. Não acredito que uma
boa explicação desse fato clínico seja sempre a presunção de que
a "criança queixosa" escolhe tal tipo de personalidade precisamente
'para guarnecer-se de alimento para queixar-se, exceto em alguns
casos extraordinariamente patológicos. Parece que, por exemplo,
o "menino" dominado pela mãe — e queixando-se disso — se sente
ao mesmo tempo um fraco, dependente, ou seja, alimenta também
a queixa "não sou capaz' de viver sem proteção". É na verdade
essa atitude lastimosa que o faz escolher um parceiro matrimonial
de caráter firme, até dominador, e uma vez tendo uma ligação ma-
trimonial, automaticamente transfere, junto ao sentimento de de-
pendência para com o parceiro, o de raiva e autopiedade de ser
"reprimido". Um tanto diferente é a constelação interna que leva
uma mulher a casar-se com um homem muito mais velho que ela;
provavelmente hospeda uma "menina" que se queixa de não ser
amada pelo pai e a sua escolha matrimonial foi afetada pelo desejo
queixoso de "ter um pai que a amasse". Traz, por isso, na liga-
ção emocional com esse homem intrinsecamente a queixa: "não me
ama", sendo que seria justo neste caso concluir-se que se casou com
ele, pela necessidade de criar uma situação para manter sua queixa
principal; em semelhantes casos, o parceiro desejado e ideal é pro-
duto da fantasia queixosa da "criança interna". Essa análise cabe
também ao homem que se queixava de que sua mulher não lhe
dava suficiente atenção. Incentivado a fornecer exemplos dessa ale-

199-
gada negligência, relatou que, por exemplo, quando consertava algo
na casa (uma tomada elétrica, etc.) esperava que ela olhasse de
vez em quando e indagasse como ia, mas ela não fazia isso e acha-
va normal que ela trabalhasse sem sua atenção especial; ou espe-
rava que ela, por sua própria iniciativa, o abraçasse de vez em quan-
do espontaneamente quando estava lendo um jornal, ou escrevendo
uma carta, mas ela nunca o fizera. Na sua infância, quando se
sentia pouco estimado pelos rapazes e meninas de seu grupo, idea-
lizava um tipo de mulher romântica, inspirado na mãe adotiva, que
era muito carinhosa e que o tratava quase como nenê. Formou-se,
assim, na sua imaginação um ideal de matrimônio que integrava a
amizade que lhe faltara e os carinhos atenciosos que recebera, mas
esse ideal era essencialmente um desejo queixoso e por isso não
pôde ter êxito na vida real. Este homem disse que escolhera "de
modo errado" a esposa, mas de fato teria escolhido sempre "errado"
porque o núcleo de seu ideal era algo insaciável.
Em resumo, a escolha de um parceiro de matrimônio é fre-
qüentemente afetada pela "criança queixosa". Quer esta encare no
parceiro o cumprimento de um ideal nascido de desejos queixosos,
que nunca se tornarão realidade, quer tènte preencher outras ne-
cessidades infantis na relação conjugai: ser líder, poder interferir
em tudo o que o outro faz (no caso da pessoa com uma mania neu-
rótica de interferência e que escolhe um parceiro que se mostra re-
pectivo para com esse comportamento), ou ser o protegido. Sendo
assim, não se precisa exagerar o efeito da influência da "criança
interna" na escolha do parceiro. Há numerosos exemplos que de-
monstram que, ao lado do elemento infantil na escolha, exisitu tam-
bém um elemento adulto: amor e apreciação genuína pela persona-
lidade do outro, interesses comuns, etc. A conclusão é que ainda
que haja matrimônios baseados na maior parte em motivos neuró-
ticos, há aqueles onde esses motivos não foram predominantes. A
situação é igual em todas as escolhas da vida, na escolha da pro-
fissão, do emprego, da casa, do carro. Elementos infantis e ele-
mentos adultos são freqüentemente combinados numa escolha.
Certamente a opinião de muitos, com problemas matrimoniais, de
que a escolha do seu parceiro era errada, é falsa: "Nunca a amei
verdadeiramente", "nunca tivemos um bom entendimento", etc.
Neuróticos tendem a encarar da mesma maneira sua escolha de pro-
fissão, casa, carro, etc. Vendo retrospectivamente, distorcem o
pasmado na direção de uma grande e triste falha, num grande erro,
porque seu destino sempre fora estigmatizado. A memória neu-
rótica simplesmente se esquece de coisas boas, lindas, deliciosas, fe-
lizes. E, consideração final, mesmo nos casos em que escolhram
quase totalmente na base neurótica, deve-se observar, objetivamente,
que freqüentemente existem possibilidades objetivas de remotivar a

200-
base de escolha na direção de outra mais adulta, aceitando a reali-
dade de uma escolha menos madura. Não é essa a solução mais
adulta? E não é verdade que muita gente tem de aceitar uma
escolha imperfeita em outros setores da vida de modo igual? E. g.,
um médico que se queixava por haver escolhido a profissão errada
(embora já houvesse adquirido uma prática de muitos anos e muita
experiência), nem mesmo podia mudar de profissão e a solução
mais sábia foi também aceitar com bom ânimo a situação real e
tirar o melhor proveito dela. Se realmente desejarem, muitas pes-
soas que se casaram, parcialmente, por motivos infantis, consegui-
rão aceitar-se mutuamente e serão poucas as que descobrirão que
não houve nada de amor em sua escolha original.

201-
CAPÍTULO XXXVIII

QUEIXAR-SE NO MATRIMÔNIO (2): REFLEXÕES


SOBRE O DIVÓRCIO

"Não se queixe de um fracasso matrimonial, desligue-se e co-


mece novamente": não será isto uma solução adequada quando se
defronta com "problemas insuperáveis" entre esposa e marido? Soa
fácil, mas muitas vezes a realidade é bem mais complicada. Um
divórcio pode ser "o último refúgio", se as brigas são tão freqüen-
tes que uma vida um tanto normal, não é mais possível e os par-
ceiros, ou o mais neurótico, deles, não têm mais interesse em mudar
as atitudes negativas. Porém, mesmo assim a solução traz gran-
des desvantagens. Muitas mulheres divorciadas testemunham anos
depois que não há grande diferença entre uma vida de brigas com
o marido e uma solitária com seus problemas específicos de solidão,
ou os problemas que surgem em novas ligações que muitas vezes,
(na maioria, pode-se afirmar seguramente) levam a frustrações.
Além disso, embora possa ser um alívio para os filhos estarem li-
bertos das tensões terríveis entre seus pais, eles sofrerão durante
muitos anos sob a situação subseqüente a um divórcio. É natural
que se sintam desiludidos, sendo que a base de segurança e con-
fiança de sua vida e que é constituída pela presença de ambos os
pais, ruiu e essa experiência muitas vezes modela suas próprias es-
peranças de um matrimônio: "é algo impossível para mim, pois será
um fracasso", porque para os filhos, a visão do matrimônio é basi-
camente sua visão do matrimônio de seus próprios pais, como o
primeiro exemplo do homem é seu pai e da mulher sua mãe. O
divórcio deixa, na maioria das vezes, os filhos sentirem-se abando-
nados — e, na verdade, não são? Há inúmeros casos em que os
filhos, oscilando entre a mãe e o pai sua simpatia, depois de uma
separação definitiva dos pais foram objetos de seus jogos hostis,
que perduraram. Isso é compreensível, porque em quase todos os

202
casos de divórcio tem-se a ver com um ou dois neuróticos e tais
personalidades infantis deixam prevalecer seus próprios sentimentos
de rancor (queixam-se bem depois do divórcio que ainda são ví-
timas do outro!) e freqüentemente não têm escrúpulos de magoar,
com seus comportamentos egoístas, os sentimentos delicados de seus
próprios filhos. O divórcio, apenas raramente não deixa feridas
profundas na psique das crianças e as predispõe a desenvolver uma
quantidade maléfica de autopiedade, gerando uma neurose. j
É certo que se ouve, muitas vezes, da boca dos pais que vão
divorciar-se: "É melhor assim para as crianças" ou "Temos pen-
sado muito sobre as conseqüências disto para nossos filhos", mas,
de fato são palavras vazias, quase sempre. Alguém que realmente
imaginasse os conflitos e a desolação experimentados por crianças
depois da separação dos pais — e as conseqüências graves que le-
varão para. sua vida adulta — preferiria suportar mesmo uma vida
conjugai não-ideal, a isto. Mas uma "criança interna" com seu
autocentrismo preponderante (veja a quarta lei da compulsão de
queixar-se) está preocupada em primeiro lugar com seus próprios
sentimentos de pobre magoado. A conta vai ser paga pelos filhos.
Estejamos conscientes de que, mesmo se os filhos têm ódio de um
pai e o culpam pelo fracasso matrimonial, por outro lado têm amor
por ele e o desejo de que os pais se entendam melhor.
O entusiasmo encontrado em meios brasileiros para a aceita-
ção legal do divórcio me parece, como psicólogo europeu bem
acostumado com os fenômenos associados, um tanto precoce. Para
os filhos é quase sempre um desastre com efeitos durante muitos
anos; para os cônjuges, na maioria das vezes, não lhe proporciona
uma vida mais feliz e para aqueles que se casam novamente ou
iniciam uma nova ligação, raras vezes essas subseqüentes ligações
serão melhor sucedidas. A causa disso reside na emocionalidade
infantil que volta para perturbar do mesmo modo um matrimônio
subseqüente. A "criança queixosa" não aprende das experiências
anteriores (veja Cap. IV) e repetirá os mesmos sentimentos de ser
vítima numa segunda ligação emocional. Vistas em retrospectiva,
muitas pessoas divorciadas deveriam admitir que a mudança de par-
ceiro matrimonial não trouxe uma vida mais feliz e que, afinal de
contas, teria sido melhor esforçarem-se por achar uma adaptação
no primeiro matrimônio, suportando sem autopiedade demais, a de-
silusão ou os traços da personalidade menos agradáveis do outro.
A "criança queixosa", porém, não escuta facilmente esses raciocí-
nios, pensando na sua convicção infantil que seu caso é diferente,
que ele ou da'encontrará a felicidade com um outro parceiro, e que
sua primeira escolha simplesmente foi um erro, mas isto demonstra
falta de autoconhecimento.

203-
Há, felizmente, exemplos de pessoas que conseguem suportar
razoavelmente um período de conflitos, ou o comportamento muito
perturbador e insultante de um parceiro matrimonial neurótico. Há
as que lutam durante anos para manter em equilíbrio um matri-
mônio instável para não importunar as crianças. Uma mulher tinha
um marido homossexual praticante, que em casa era tirânico para
com ela e as crianças, e que provocava uma atmosfera deprimida,
e não podia dar-lhe atenção sexual. Este homem, às vezes, du-
rante a ausência dela, introduzia amigos homossexuais no quarto
conjugai. Ela conseguiu apesar da grande revolta contra ele, es-
conder tal situação diante dos filhos, que tinham alguma ligação
positiva com o pai e assim evitar maiores sofrimentos deles. Penso
também numa mulher que nem sempre conseguiu controlar tão bem
suas emoções que nos são compreensíveis, por estar sendo insul-
tada por um marido infiel que a criticava continuamente de modo
humilhante. Todavia lutava com os meios de que dispunha —
entre os quais, conversas repetitivas mas estéreis, para esclarecê-lo
sobre sua atitude negativa, e outras vezes, ataques agressivos com o
fim de despertá-lo, vivendo assim entre a esperança e o desespero
durante muitos anos, até que ele partiu com outra mulher. Pode-se
pensar, como pensavam muitas pessoas testemunhas dessa situação
de brigas e tentativas, que toda essa luta não teve sentido, mas
por outro lado, além do fato de o matrimônio poder ser considerado
como um valor moral digno de ser defendido com todas as forças
(o médico também luta para defender uma vida mesmo quando
as oportunidades de sobrevivência são poucas) ela deu um exem-
plo aos filhos, que foi positivo e que certamente influenciará suas
atitudes para com seu matrimônio no futuro. Cada caso tem ele-
mentos diferentes e, por isso, uma solução geral não existe frente
a graves dificuldades conjugais. Devemos, porém, enfatizar que
uma rápida escolha para o divórcio, na maioria das vezes, não vai
solucionar muito, e que a atitude a tomar a respeito tem de ser a
mesma que o médico toma em relação a pacientes com doenças
graves: tentar tudo, até o impossível, sabendo que as alternativas
são geralmente piores.
Um conselho que pode ser duro para o parceiro que sofre
muito e pensa não poder suportar os comportamentos neuróticos
do outro (que não quer executar uma autocrítica sã e sincera, ou
que 1 está tão cego, envolvido em suas emoções infantis, que vive
fora da realidade psíquica) é: "Calar-se, não falar, mas suportar
sem muita autopiedade". Sabemos, por experiência clínica, que
pode ser difícil seguir tal aconselhamento, que, de resto, deve ser
completado: "e viva sua própria vida, aceitando que seu matrimô-
nio é uma desilusão". Depois de haver tentado tudo e ter fra-

204-
cassado, acreditamos que esta atitude é em muitos casos, a mais
realista. Pode ser que o parceiro neurótico depois de muitos anos,
influenciado pelo exemplo muito positivo dessa atitude, se altere
em alguns aspectos. Ao mesmo tempo estamos conscientes de que
esse conselho exige um grau bastante elevado de maturidade emo-
cional, capacidade de suportar um sofrimento real sem queixar-se
exageradamente e, por isso, será amargo para recém-casados e pes-
soas jovens que ainda esperam toda a felicidade de seu matrimônio.
Apesar disso, depois de muito tempo lhes parecerá que desse modo
evitaram malogros maiores (uma relação subseqüente com outro,
que também será mais uma "relação de emergência" e logo uma
nova desilusão, e dificuldades sérias com crianças). Já emprega-
mos a analogia com uma doença grave. Admitamos que, logo após
o casamento, alguém descubra que o parceiro tem uma doença crô-
nica. Uma pessoa positiva tentará suportar e aceitar as condições
subseqüentes, embora sejam frustrativas. Uma neurose é também
um tipo de doença, talvez em alguns casos, mais difícil de suportar
pelo parceiro matrimonial, do que uma grave doença física. A fór-
mula usada no ritual do casamento da igreja contém bastante ma-
terial para refletir seriamente: "Fiel. . . nas alegrias e tristezas, na
saúde e na doença..."
Atormentadas por dificuldades emocionais na relação matri-
monial que são difíceis de suportar positivamente, muitas pessoas se
refugiam em relações extramatrimoniais. Quase sempre, porém, isto
significa uma capitulação frente à autopiedade: "Minha mulher
(meu marido) não me compreende. . . eu preciso de amor e calor
humano, sem o qual não posso viver feliz". Raríssimas vezes essas
relações têm um fundamento sólido e freqüentíssimas vezes são, psi-
cologicamente, ligações de autopiedade mútua disfarçada como
"amor", "simpatia" e "compreensão". "Minha mulher é muito fria
comigo, mas esta outra me entende!" O que acontece é o seguinte:
o homem que se queixa infantilmente é consolado e, naturalmente,
idealiza a consoladora. Freqüentemente, a pessoa consoladora tam-
bém hospeda uma "criança com autopiedade": a ligação originada
por autopiedade mútua e forte, mas lábil. Se o neurótico se casar
de novo, provavelmente a sua autopiedade fará de sua nova esposa
uma mulher que não o entende. Pessoas procurando ajuda para
suas dificuldades neuróticas com alguém, entre outros com um tera-
peuta — têm a inclinação de procurar ao mesmo tempo essa "sim-
patia" e "calor" que é, na verdade, consolação e comiseração para
sua criança queixosa. Quem lhes dá o que sua "criança" está pe-
dindo, será aos olhos dela talvez muito simpático, mas realmente
não a está ajudando. A "criança" sempre tende a desculpar-se,
apresentando-se como a vítima inocente da situação matrimonial

205-
deficiente. Será tarefa do amigo consultado, ou do terapeuta, for-
necer uma visão objetiva e evitar uma atitude indulgente demais
para com a autopiedade manifestada. Por exemplo, se o terapeuta
se torna a "pessoa gentil", "compreensiva", nunca poderá atacar a
autopiedade do cliente em dificuldades; pode-se observar que essa
falha é freqüentíssima em relações terapêuticas; não nos interessa
qual o nome que se dê a essa simpatia errada que somente reforça
o infantilis.mo do cliente: "transferência positiva" ou "empatia" (Ro-
gers). Muita empatia, de fato, é "chorar com o neurótico cho-
roso" e decorre da falta de percepção do terapeuta da autopiedade
fundametal do cliente, (van den Aardweg, 1977, b).
Verifica-se que uma tendência a um "entendimento" (leia-se:
a uma atitude de comiseração com a "criança queixosa") de clien-
tes em terapia é implícita em várias formas de terapias de "en-
contro", terapias "humanistas" ou "existenciais": a autovisão neu-
rótica do cliente de ser a pobre vítima é aceita pelo terapeuta. Tal-
vez seja uma exceção, mas é significativo o que um terapeuta, tra-
balhando com "grupos de encontro" me confiou: "Num de meus
grupos houve uma menina que manifestava, durante as sessões, sen-
timentos de entendimento para com os outros, inclusive para co-
migo, tão puros que também me ajudavam muito" — uma ideali-
zação romântica da "empatia" ou "simpatia" baseada em autopie-
dade mútua, que em seu caso, gerou sérios conflitos matrimoniais.
Não comparamos gratuitamente a situação emocional terapeuta-
cliente com a de pessoa frustrada no matrimônio, para com uma
"amiga compreensiva", pois em ambos os casos a "criança quei-
xosa" tenta criar uma relação neurótica, isto é, tenta receber pie-
dade e abandonar-se à sua autopiedade, seduzindo a outra pessoa
para uma posição de reforçador da autopiedade infantil. Especial-
mente se essa pessoa também não estiver livre de tendências de
autocqpiiseração e não perceber nitidamente a autopiedade em si e
nem no outro, deixará persuadir-se, sem ter consciência do que
está ocorrendo. Seria essa uma análise impiedosa? Sim, em re-
lação a autopiedade neurótica, que resistirá a cada forma de cons-
cientização, que não é agradável de início. Porém, aceita essa aná-
lise de si, o cliente experimentará uma libertação muito agradável.

206-
I

CAPÍTULO X X X I I

DELINQÜÊNCIA JUVENIL E A "CRIANÇA QUE


RECLAMA"

A delinqüência juvenil (1) é um problema social que está au-


mentando seriamente, conforme pesquisas européias e norte-ameri-
canas, e também, segundo autores brasileiros citados por Pfromm
(1976) no Brasil. Já esses dados, que indicam um aumento depois
dos meados dos anos cinqüenta, comprovam a influência de fatores
sociais na incidência de criminalidade juvenil. Fala-se a propó-
sito de um declínio das normas morais e é claro que aconteceu algo
com a geração após-guerra neste respeito. As maneiras tradicio-
nais da criação mudaram-se; as novas gerações exprimem seus im-
pulsos emocionais com maior liberdade: são mais manifestamente
rebeldes, mais exigentes, mais permissivos em práticas sexuais, quer
em relações heterossexuais pré-matrimoniais, quer em relações ho-
mossexuais. A influência diminuta da autoridade e a influência di-
minuta das diferentes religiões cristãs na vida social são, sem dú-
vida, um fenômeno aliado a essas correntes sociais. E. g., estu-
dos estatísticos na Europa Ocidental indicam que os empregados
acima de 40-45 anos têm menos ausência ao trabalho que os jo-
vens empregados, e parece que não há, por exemplo, um aumento
de criminalidade por pessoas nascidas antes dos anos 50 nos mes-
mos países. Mudanças na atitude para com o trabalho refletem-se
também nas escolas, Tudo vai de modo descontraído, existem ten-
dências de evitar o que é difícil. Nossa sociedade tornou-se mais
permissiva. As gerações mais velhas realmente foram educadas com
mais respeito às normas e à noção de dever, ao passo que as mo-
dernas sublinham mais seus direitos, são acostumadas a maiores li-
berdades de expressão em muitos terrenos da vida.

(') "juvenil": até cerca de 20 anos

%
207 t
Uma falsa conclusão desses dados estatísticos seria a de que
todos os jovens mostram num grau sério esses fenômenos de uma
decadência moral; provavelmente um determinado grupo é respon-
sável pelas estatísticas tristes. Por outro lado, é claro que nossa
época está sofrendo tendências decadentes, embora não seja ade-
quado dramatizar o assunto.
Então, uma educação moral deficiente parece ser responsável
para o aumento de criminalidade juvenil, como é responsável para
a visão moral deficiente que se pode observar em inúmeros casos de
delinqüentes menores. Isto é, tanto as idéias morais não foram
suficientemente implantadas (a visão moral: a parte cognitiva da
moralidade, ou seja, a "consciência moral"), como não foram apren-
didos hábitos que são moralmente positivos. Delinqüentes, embora
saibam intelectualmente quais são as regras morais, geralmente não
têm muito sentimento de obrigação para com elas, do mesmo modo
que alguém que conhece as leis do trânsito, mas as desrespeita por
não sentir a necessidade real de cumpri-las. Com efeito, muitos de-
linqüentes pensam assim sobre seus furtos ou mesmo atos de agres-
são: é um esporte viril. É assim que, às vezes, são vistos também
pelo público: "tipos esportivos", hábeis, cometendo traquinagens que
incitam uma certa admiração. Por certo, criminosos juvenis falam
entre si deste modo, vangloriando-se como vagabundos livres que
têm coragem e que desafiam a sociedade como heróicos Robin
Hoods. Constatamos que tal visão moral deficiente é, sob o ponto
de vista psicológico, a da adolescência que foi chamada por psicó-
logos alemães de "idade de traquinagens, de moleques" ("Flegelal-
ter"). De resto, é claro que delinqüentes possuem a visão moral»
dessa fase do desenvolvimento numa medida maléfica.

Porém, os fatores sociais, influenciando a depreciação dos va-


lores morais, não são as causas mais profundas ou originais de atos
' criminosos. Uma visão moral deficiente facilita a expressão de im-
pulsos negativos que já existem na pessoa, e cujas causas devem ser
investigados além do terreno sociológico.
Convém definirmos o que entendemos por "delinqüência": atos
gravemente anti-soqiais, prejudicando os interesses de outros de
modo severo. Conforme tal definição, atos delinqüentes nem sem-
pre j são definidos pela lei penal; existem pessoas que durante sua
vida cometem atos gravemente anti-sociais sem transgredir as regras
de uma lei penal, e. g., alguém que se enriquece demasiado à custa
de outros, ou constrói sua carreira com a ruína da vida de outros,
ou alguém que estraga várias ligações matrimoniais, deixando e ne-
gligenciando seus filhos de modo "gravemente anti-social". Há
também os que cometem crimes capitulados na lei, mas que são tão

208-
hábeis ou têm tanta sorte que nunca são presos. Por conseguinte,
os presos e os sentenciados constituem uma parcela de todos os que
cometem atos criminosos no sentido penal ou psicológico. Depois
devemos distinguir um grupo de "paradelinqüentes", pessoas que
não cometem crimes propriamente, mas que se movem na beira do
crime, como os que se enriquecem com a exploração de pornografia
ou os que empregam manobras em seus negócios comerciais de qua-
lidade duvidosa, ou prostitutas. Depois, há pessoas — neuróticas,
por certo — que sempre causam conflitos sérios ou perturbam a
vida normal; são elas que, por exemplo, causam graves problemas
com a disciplina nas forças armadas, nas escolas e empregos, não
podendo adaptar-se e que se encontram continuamente em estado
de beligerância com seu ambiente, porém, sem chegar a cometer
delitos. E, afinal, há as traquinagens de jovens, adolescentes não-
-delinqüentes, "trombadinhas", provocações da ordem e da autori-
dade para provar sua independência e que, às vezes, têm um ca-
ráter um tanto maldoso, mas na maioria não são gravemente anti-
-sociais.
Anti-social: a palavra já implica numa atitude de oppsição, de
ataque, de hostilidade. Na verdade, é esse traço que caracteriza,
mais ou menos, todos os delinqüentes: juvenis, ou reincidentes. Al-
guns autores, como Barron, distinguem um grupo de delinqüentes
juvenis que não seriam "perturbados" emocionalmente (Pfromm,
1976). Há, porém, dúvidas justificada sobre tal afirmação. Uma
forma de perturbação emocional, conforme minha experiência e a
de um grupo de meus colegas trabalhando em diversas instituições
holandesas, é sempre observável em menores (e adultos) que come-
teram delitos graves, ou que cometeram repetidamente delitos leves,
ou que eram os elementos principais de grupos de menores qu rou-
baram ou assaltaram. O elemento psicológico, que a maioria deles
demonstra na sua personalidade é o de uma neurose, acompanhada
por uma atitude de descontentamento generalizado, de hostilidade
para com a sociedade. Talvez nem todos os que cometeram delitos
pequenos (roubar alguns discos nas lojas, etc.) sejam tipos neuró-
ticos, mas certamente o são os que repetem tais transgressões mo-
rais. Quem pesquisa sua adaptação psicológica total, suas relações
dentro da família, sua vida emocional, achará geralmente as emo-
ções negativas de autopiedade e rebeldia que caracterizam uma
"criança queixosa que reclama".
Há alguns anos, por exemplo, um grupo de menores assaltava
regularmente pessoas que passavam num parque de uma cidade ho-
landesa, espancava-as e causava em algumas delas lesões graves.
Este tipo de agressão não poderia mais ser classificado como o oca-
sionado por "trombadinhas": era verdadeira criminalidade. Uma

209-
análise dos membros deste grupo comprovou que todos esses ra-
pazes tiveram problemas sérios, seja em casa, ou com outras pes-
soas no serviço. Acreditamos que é justo colocar o seguinte: quan-
do alguém comete um ato anti-social de intensidade grave, isto é
sempre a expressão de conflitos emocionais graves. Alguns jovens
fazem traquinagens, mas existe um abismo entre isso e atos que são
gravemente lesivos. Certo, não devemos inverter a situação acima;
nem todos os que têm conflitos emocionais graves os exprimem por
crimes, somente os que, ou não têm suficiente inibição moral por
falta de educação moral, ou como no caso de muitos jovens, que
não têm suficiente supervisão dos pais, ou lhes faltam ligações po-
sitivas com estes.
A adolescência geralmente gera manifestações de elevada re-
beldia e jovens com emoções neuróitcas iniciantes, ou já fixadas, po-
dem expressá-las ao máximo, sem que elas sejam ainda temperadas
por sua parte mais amadurecida. Assim, é compreensível que nessa
fase ocorram atos que, às vezes, podem ser considerados o ápice des-
sas emoções negativas; podemos dizer que as inibições morais du-
rante essa fase são mais fracas em conseqüência da atitude de re-
beldia ou rejeição da autoridade, que é mais ou menos inerentes
a esse estágio de desenvolvimento. A influência do grupo que pode
premiar atitudes e atos de "independência" e desafio das autorida-
des, ou incitar alguns com sentimentos de inferioridade a afirma-
rem-se, mostrando-se "fortes" e "audaciosos" mais do que os outros
— ajuda ainda o enfraquecimento das normas. Apesar de tudo
isso, poucos menores com uma vida emocional bastante feliz parti-
ciparão de atividades criminosas e os que participam geralmente
têm uma atitude de hostilidade neurótica para com a "sociedade",
"os outros", transferida da atitude hostil para com os pais ou para
com a comunidade escolar ou para com a rua onde moram.
•Estamos de acordo, portanto, com a análise de Glueck e Glueck
(1950), conforme a qual existe uma correlação, por um lado, entre
relacionamentos afetivos deficientes com os pais, e uma disciplna e
supervisão deficientes na infância e por outro, tendências crimino-
sas. O distúrbio da relação entre pai(s) e criminoso juvenil é, na
maioria das vezes, séria, sendo que o jovem se sente profundamente
injustiçado. Como foi exposto no Capítulo XXII, essa situação cria
uma criança com autopiedade e reclamações, ódio intenso, e o de-
sejo de provocar, de vingar-se, de rejeitar ostensivamente o mundo
dos "outros". Se se acrescentar a esta mentalidade hostil uma falta
de formação da consciência por causa de uma disciplina irregular,
ou ausência de supervisão, ou por exemplos negativos dos próprios
pais, que já manifestam, e. g. violência entre si, ou que também são
desonestos e inconfiáveis — a criança, ou o adolescente injustiçado,

210-
não terá muitas inibições internas contra uma livre expressão de
seus desejos de destruição e vingança. Afirmamos em resumo, que
o delinqüente juvenil é um injusíiçado mal educado moralmente.
Parece que essa fórmula é aplicável à maioria dos delinqüentes
juvenis. Conforme resultados de algumas investigações, as temidas
"quadrilhas" (gangs) de jovens contêm elementos realmente cri-
minosos que planejam e executam os delitos (Hood e Spakès, 1970)
e são estes que são neuróticos, que têm "crianças" com muita auto-
comiseração e rancor(*).
Deste modo, pode-se entender porque se encontra tantas vezes
em delinqüentes juvenis, uma história de abandono físico e emo-
cional. Desde que uma boa visão de "bom" e "mau" se forma
numa relação entre pais e filhos, a ausência dessa relação predispõe
uma criança a seguir seus impulsos negativos — e, certamente, a
situação de ser abandonado (ou rejeitado) gera intensa autopiedade.
Um complexo com a queixa principal: "sou abandonado", ou "sou
rejeitado", a meu ver, é muito comum em delinqüentes juvenis. Por
isso, muitos deles tendem a repetir suas vinganças criminosas atra-
vés de roubo, furto e assalto: suas "crianças queixosas" estão fi-
xadas à queixa original e sentir-se-ão os "pobres abandonados" ("re-
jeitados") em muitos contatos com outras pessoas: no serviço, com
amigos, etc. Enquanto a base de autopiedade fixada permanecer,
o neurótico corre o risco de recair numa expressão desinibida de
seu ódio.
O que acabamos de analisar pode esclarecer, ainda, a relação
entre crimes cometidos por jovens em estado de pobreza, ou mar-
ginalização. Num livro muito útil para melhor entendimento dessa
relação na situação brasileira, Azevedo Marques (1976) enfatizou
os perigos implicados na marginalização, no que diz respeito ao
desenvolvimento de tendências criminosas em menores. Claro,
muitos deles são abandonados emocional e moralmente, faltando
uma ligação com a família, que é a matriz para a formação de
uma consciência moral e, ao mesmo tempo, faltando as condições
psicológicas que garantem o desenvolvimento de emoções felizes.
Pobreza extrema e marginalização são sempre catalizadores de rom-
pimento de relacionamentos normais entre membros de uma família,
deixando as crianças numa solidão emocional que gera autopiedade
e muita amargura. Assim, pobreza cria as condições para o desen-
volvimento de verdadeiros criminosos. À parte disso, sem supervi-
são, também crianças emocionalmente normais participam de peque-
nos roubos de caráter não gravemente anti-social, mas corroendo a

{*) Os restantes são meios seguidores que participam esporadicamente.

211-
formação de uma visão socialmente adequada a respeito do "bom"
e "mau". Num tal clima, uma criança que fica neurótica (= com
autopiedade e reclamações) terá menos resistência contra transgres-
sões das normas. Para não perder o equilíbrio em nossa visão so-
bre a influêndia de pobreza como caatlizador de criminalidade em
menores (e depois em adultos), temos de adicionar que grandes
parcelas da população pobre não se tornam realmente criminosas,
oferecendo uma suficiente educação moral às crianças e criando-as
de modo que fiquem bastante felizes emocionalmente.
Seria injusto e injustificado encarar todos os pobres como cri-
minosos potenciais. Não é a pobreza por si que é responsável pelo
desenvolvimento criminoso de menores, mas a ausência de uma
boa supervisão e de atenção e amor valorizante. Pobreza facilita,
às vezes, a desintegração de famílias, levando assim a situações que
favorecem a negligência emocional que é tantas vezes a base de uma
neurose criminosa. Por outro lado, nos países desenvolvidos como os
norte-europeus e os Estados Unidos onde não existe mais (ou muito
menos) pobreza, vemos que também a opulência pode romper os
relacionamentos normais dentro de famílias, impedindo do mesmo
modo a formação de uma boa consciência moral e entregando a
crianças à mesma negligência emocional com conseqüentes comple-
xos de serem abandonados e deixados de lado. A marca caracterís-
tica do verdadeiro delinqüente juvenil — e adulto —, no entanto,
é que ele se sente um pária e por isso opõe-se à comunidade, com
hostilidade e indiferença para com o destino dos "outros", pelos
quais não pode sentir muita piedade.

212-
CAPÍTULO X X X I I I

O D E L I N Q Ü E N T E R E I N C I D E N T E COMO PESSOA
QUEIXOSA

O criminoso persistente, quer seja jovem, quer adulto, é domi-


nado por uma atitude negativa, que é muito resistente porque é ali-
mentada pela autopiedade fixada. Algumas visitas a uma casa de
detenção já ensinam quanto se queixam os delinqüentes; pode ser
que tenham razões objetivas para se queixarem mas usam-rias como
"justificações" para se queixarem. A prova disso é que, quando
são tiradas as razões válidas de queixas, aparecem novas: sobre a
alimentação, sobre seu corpo e suas dores de cabeça, etc., sobre
as condições da recreação, etc. Ê indiscutível que as condições
dentro das prisões devam ser humanas e os pontos que apresentam
falhas devam ser melhorados. Experiências em instituições avan-
çadas de detenção, enretanto, mostram que também nas melhores
condições — o delinqüente tem possibilidades de estudar, de re-
crear-se, tem um quarto privado, oportunidades de receber visitas,
boa alimentação e pessoal de vigilância especialmente treinado em
comportamentos pedagógicos e tolerantes — as reclamações conti-
nuam, por diversos motivos. O fato da existência de uma tendên-
cia obstinada de queixar-se pode ser demonstrado, ainda, em testes
contendo queixas vagas, os testes de neuroticismo (Eysenck, 1964;
van den Aardweg e Dorpmans, 1966; Hemmel, 1970). Empre-
gando o MMPI, fica claro que os reincidentes têm escores elevados
especialmente nas escalas que medem "tendências paranóicas" (Pa)
e "conflitos sociais" (Pd; Hathaway e Monachesi, 1953; van den
Aardweg e Dorpmans, 1966). O significado desse achado é que
sentem profunda desconfiança para com os outros, e facilmente se
julgam injustiçados e expressam essas emoções em brigas e conflitos.
Há uma síndrome encontrada na maioria dos delinqüentes: his-
tória de ausência injustificada nas escolas, freqüentes mudanças de

213 ^
emprego, dificuldade na manutenção de um relacionamento matri-
monial, com divórcios, irregularidade e falta de persistência em mui-
tas coisas, limiar baixo de resistência à frustração, imaturidade emo-
cional, sentimentos de serem injustiçados e a compulsão de quei-
xar-se. É notável que essa síndrome marca não apenas os delin-
qüentes reincidentes, mas freqüentemente também os que têm so-
mente uma sentença. Podemos daí falar numa "mentalidade de
delinqüente". De resto, existem bastantes variações dentro desse
quadro. Alguns delinqüentes são fechados, isolam-se, vivem afas-
tados de outros por sua desconfiança preponderante, ao passo que
outros são muito extrovertidos, reagem nervosa e explosivamente,
a tudo o que acontece em seu ambiente. Há os que foram criados
com muito mimo pela mãe, que sempre os desculpava quando fa-
ziam algo moralmente errado, satisfazendo todos os seus desejos
e há os que foram rejeitados e negligenciados na infância. Sem-
pre, porém, encontra-se uma história de profundas frustrações emo-
cionais, quer na família, quer no grupo social, durante a infância
ou adolescência.
Um delinqüente reincidente era mimado pela mãe que sempre
lhe dava dinheiro para comprar coisas para si, e que não o casti-
gava quando percebia que ele roubava de sua bolsa. Seu pai, pelo
contrário, tinha muitas críticas sobre ele: "Você não vale nada,
você não sabe fazer n a d a . . . " Sentia-se inferior frente a quase
todo mundo, assumindo uma atitude servil para agradecer. Seus
roubos — coisas antigas de muito valor — forneciam-lhe dinheiro
para "comprar" a simpatia de uma jovem mulher que ele amava,
mas que julgava não poder conquistar, sendo só um "simples ope-
rário" (autopiedade). Roubar, para ele, significava: "ser alguém
com alguma importância". Na vida diária, choramingava e lasti-
mava-se sobre tudo, sempre descontente, sempre se sentindo um
"pobre diabo". O motivo de roubar em muitos outros casos é se-
melhante: possibilitar a pessoa a exibir roupas caras, carros im-
pressionantes, dar festas que causam admiração, etc. Em outras
palavras: a "criança queixosa" tenta reresentar uma pessoa impor-
tante e, desde a infância, pode traçar essa maneira de autocompen-
sação. Dinheiro é para muitas "crianças queixosas" um meio má-
gico,' a chave de uma vida feliz: ser admirado, ter acesso a uma
vida de sonho. Realmente "sonho", porque caçam uma fantasia,
que nasceu durante os períodos infantis de infelicidade. Normal-
mente, esses sonhos não são realizados por causa de inibições mo-
rais, mas esses neuróticos, ou não as possuem, ou eles são pouco
fortes.
Uma grande variedade de delitos contra a propriedade (frau-
des, roubos, furtos, falsificações) decorrem do desejo de afirmar-se,

214-
bem como as tendências de muitos delinqüentes para se vangloria-
rem entre si, inventando histórias sobre suas conquistas com mu-
lheres, sua potência sexual, sua coragem, etc. De fato, são ado-
lescentes fixados, sem muita idéia de responsabilidade e constan-
temente preocupados com sua auto-afirmação — que por seu turno,
é propulsionada pelos repetidos sentimentos de serem injustiçados,
de serem pobres vítimas. Visto assim, o problema teórico não é
que delinqüentes tenham tendências para reincidir, porque sua vida
emocional os predispõe a isto, tanto que muitos não reincidem. As
estatísticas internacionais a esse respeito dizem que cerca de 80%
dos condenados não voltam para a prisão (embora conforme os
dados da Secretaria da Justiça de São Paulo, coletados em 1975, o
índice de reincidência oscila entre 60% e 70% para os presos das
casas de detenção). Acredita-se que, de fato, muitos prosseguem
seu caminho delinqüente, mas de modo mais hábil, evitando atos
que os levariam às mãos da Justiça.

Certamente, também quando não volta à prisão, o delinqüente


geralmente se obstina criando dificuldades e conflitos neuróticos,
e sua mentalidade hostil e de injustiçado, desconfiada e não con-
fiável, alimentada por autopiedade, fica inalterada, A prisão é ne-
cessária, pois funciona como uma ameaça preventiva, mas não al-
tera o delinqüente, uma vez que o comportamento delinqüente é
expressão de uma perturbação neurótica. Implica isso em que uma
medida contra um violador das leis tem de ser acompanhada por
tentativas terapêuticas: somente uma terapia (ou autoterapia) in-
tensiva que ataque continuamente os impulsos da autopiedade em
reação a frustrações na vida ou que surjam espontaneamente, ani-
quila a base de possíveis recaídas. Possuímos uma experiência de
uns 13 anos com este trabalho, no Centro Penitenciário do Minis-
tério de Justiça da Holanda, em Haia. Sabemos que uma terapia
de neurose é sempre uma luta intensiva, mas com esses delinqüen-
tes reincidente é uma luta total; lá, pode-se observar que a força
maléfica da autopiedade infantil funciona energicamente, num neu-
rótico criminoso, durante 24 horas por dia. Embora difícil, este
trabalho dá êxito, com a cooperação total do detido. Porém, temos
uma série de casos que, após tratamento e autotratamento de vários
anos, mudaram completa e profundamente as emoções básicas per-
turbadas. Consideramos isto como uma indicação da viabilidade
de nossa terapia radical para enfrentar o problema da delinqüência.
O método que combate a autopiedade compulsiva infantil visa
a uma mudança total da atitude básica negativa do delinqüente,
sendo que podemos falar numa "lavagem cerebral", mas num sen-
tido positivo e com a cooperação voluntária do cliente.

215-
Lê-se em publicações sobre presos e recuperação de delinqüen-
tes, que a reincidência é facilitada pelas dificuldades encontradas
pelos libertos para achar um novo emprego e, geralmente, pela dis-
criminação negativa sofrida por eles. É verdade que esses fatores
sociais dificultam a recuperação, oferecendo frustrações reais que
o delinqüente neurótico não suporta. Entretanto, seria um erro
presumir que esses fatores fixam o delinqüente em suas atuações ne-
gativas, pois também nos casos em que têm a felicidade de serem
bem recebidos num emprego, ocorre mais ou menos o mesmo grau
de reincidência. A causa da reincidência reside muito mais no cé-
rebro emocional do delinqüente do que na sociedade. Sem frus-
trações externas, verdadeiros reincidentes poderão provocá-las ou
senti-las, sem justificativa objetiva. Quem quiser recuperar-se dessa
moléstia deve lutar muito mais consigo que com a sociedade, e
uma ajuda da sociedade somente é eficaz caso o delinqüente já
esteja recuperando-se de sua grave neurose.
A grande maioria dos delitos é de ordem pecuniária. Na
maior parte, também os que cometem delitos agressivos têm ten-
dências para roubar. O rancor infantil,' encaixado no complexo
neurótico, faz com que um grupo de delinqüentes seja considerado
"perigoso", ainda que nem todos dentre eles exprimam sua hostili-
dade intensa em atos violentos. Na maioria deles a violência está
mais em estado latente do que em processo de liberação. Por outro
lado, há aqueles neuróticos que possuem sentimentos de injustiçados
tão fortes que regularmente explodem em raiva: quadro familiar
em todas as casas de detenção. O desejo de matar vive em muitos
neuróticos não-delinqüentes, como reação da "criança queixosa" à
humilhação, rejeição, abandono, injustiças. Em alguns deles, o ódio
e o desejo de vingar-se são explosivos, em outros não se manifestam
exteriormente, e em alguns têm tal intensidade que quebram fre-
qüentemente as inibições e são descarregados em ataques agressivos
ou homicídios.
Ódio violento leva alguns a pegar impulsivamente uma arma
e apunhalar uma pessoa;outros a planejar cuidadosamente a morte
do objeto de sua vingança, dando-lhe gradativamente doses de ve-
neno, mas o assassino "frio" não existe. Sua frieza é, na reali-
dade, uma fase de raiva muito forte, o clímax. Alguém que sofre
de bm ódio dessa intensidade, se conserva perigoso, mesmo depois
da detenção, apesar mesmo de sua contrição e boas intenções, por-
que seu ódio fixado não mudou.
O papel do álcool na criminalidade é de agente enfraquecedor
das inibições morais que impedem uma livre expressão do ataque

216-
hostil da "criança queixosa". Age assim em outros tipos de neu-
róticos: depois de muitas bebidas alcoólicas, abandonam-se desini-
bidamente a seus impulsos de vangloriar-se, de tentar contatos ho-
mossexuais, de brigar. O álcool suprime a parte adulta, o raciocí-
nio, a possibilidade de estar conciente das conseqüências de certas
ações e desse modo libera os ímpetos emanantes da estrutura quei-
xosa infantil.

277-
TERCEIRA PARTE

A TERAPIA ANTIQUEIXA


4
#

#
PARTE III

A TERAPIA ANTIQUEIXA

INTRODUÇÃO

O primeiro passo dessa terapia é fazer o cliente adquirir um


claro entendimento do funcionamento da neurose — um passo de
conhecimentos teóricos, e falando estritamente, os assuntos tratados
nos capítulos anteriores fazem parte da própria terapia. O mais
importante de tudo isso é perceber claramente o que é autopiedade
infantil e, apesar de muitas palavras gastas, percebemos repetida-
mente que o estudioso dessas idéias não vê verdadeiramente que
essa emoção existe como a força propulsora da neurose. Muitas
pessoas, após ouvir, ou mesmo, estudar essa teoria da autopiedade
compulsiva infanitl (ACI), quando se lhes pede que resumam em
suas próprias palavras a essência dessa teoria, respondem algo no
sentido de que "seja a perduração de frustrações da infância", ou
mesmo, "que seja a ansiedade que a gente experimentava quando
criança e que permanece", ignorando o núcleo da questão: que a
neurose é o auto-abandono contínuo ao sentimento narcisista de
autopiedade infantil, que o neurótico sempre tem de queixar-se de
algo. Por um lado é muito simples, por outro é complicadíssimo.
Terapeutas, que já trabalham durante anos com esse método, podem
testemunhar que somente gradativamente vão perceber que realmen-
te todos os sintomas devem ser reduzidos à autoqueixa. Na maio-
ria das vezes, alguém que está interessado: estudioso, psicólogo ou
psiquiatra, percebe no início o funcionamento da autopiedade em
algumas pessoas, em algumas queixas. Entretanto, não é senão de-
pois de muitas experiências que vão descobrindo que essa emoção
obceca todos os neuróticos. É lógico que muitos pensam: mas isso
é por demais simples; indicar um sentimento apenas como causa
dos sintomas neuróticos. Respondemos a essa objeção dizendo que,

221-
quado alguém observa o mecanismo da autopiedade compulsiva em
alguns clientes, ou pessoas neuróticas, e continua tranqüilamente a
observar outros, o perceberá numa medida gradativamente maior.
Seria errado aceitar uma visão sem criticá-la, sem levantar dúvidas,
e quem realmente tem uma mente investigadora não pode estar de
acordo com algo que não enxergue claramente. Acho que a teoria
em apreço responderá às inquirições mais críticas. O pior que
pode acontecer a ela é que suas formações não sejam sujeitas a uma
verificação, sendo negadas aprioristicamente.
Temos suficiente experiência com a divulgação dessas idéias
para saber que não devem contar com uma recepção rápida, nem
fácil, também porque alguns não gostariam de ver reduzidos uma
parte dos próprios sentimentos — o que consideram serem "com-
plexos", "interessantes", até "profundos" — a uma coisa tão banal,
sem nenhum "glamour", como essa autopiedade. Pensam que seria
uma profanação de si mesmo. O remédio contra essa resistência
é sinceridade para consigo mesmo.
Uma terceira fonte de dificuldades na divulgação é a capaci-
dade de percepção psicológica. Há pessoas que penetram facil-
mente, bem observando, os sentimentos e motivos de outros, e há
os que até estudaram psicologia ou psiquiatria sem que adquirissem
grande perspicácia de percepção neste respeito. Perceber e obser-
var é muito difícil, para qualquer um e, por isso, existe, às vezes,
a tendência de fugir para técnicas que cada um pode aprender a
aplicar sem a obrigação de depender de suas próprias observações
— as técnicas que se aplicam dentro desta linha terapêutica podem
ser, igualmente, empregadas mecanicamente e sem muito entendi-
mento, o que não adianta para o processo de tratamento.
Cada cliente nos põe novamente na posição de sermos obri-
gados a observar minuciosamente as expressões de seu rosto, de sua
voz, de sondar suas emoções profundamente, de condensar em al-
gumas palavras claras a essência dessas. Todo curso de psicote-
rapia deveria conter um estágio inicial de observação sob a super-
visão de um "expert", como o médico deve aprender a observar
radiografias e o etologista, com grande paciência, os comportamen-
tos dos animais. Um terapeuta que não tenha boa capacidade de
observação não poderá fazer outra coisa que repetir uma técnica
aprendida e nunca arrancará realmente a neurose; isto vale inte-
gralmente para a terapia "antiqueixa" que combate a autopiedade
infantil. Eis a regra de ouro: o terapeuta deve observar a auto-
piedade individual do cliente antes de ser capaz de comunicar essa
percepção a ele; e o cliente deve perceber sua autopiedade como con-
dição ncessária para progredir na terapia.
Descreveroms mais sistematicamente o procedimento da tera-
pia que é denominada terapia antiqueixa.

222-
CAPÍTULO XXXVII

FASE INICIAL DA TERAPIA: A T O M A D A DA


ANAMNESE

Depois de uma súmula e investigação preliminar das queixas ou


problemas que o cliente traz ao consultório, vai ser tomada a
anamnese. Porém, antes de proceder com as perguntas sobre a
psico-história do cliente, deveremos verificar se ele realmente deseja
entrar num tratamento, Ninguém vai mudar sem trabalho ativo e
sem uma decisão consciente de combater suas tendências infantis.
Às vezes, toma-se a anamnese e usam-se os dados obtidos deste
modo para indicar globalmente ao cliente qual tipo de problema
psicológico ele tem, dando-lhe depois a portunidade de decidir se
quiser entrar num tratamento destes problemas indicados. Acon-
tece, também, que o terapeuta, observando uma vontade indecisa,
tenta explicar porque ele acha que um tratamento seria desejável.
Em todo caso, pode-se aconselhar ao cliente que demonstra algu-
mas hesitações relativas à necessidade de um tratamento, refletir
durante algumas semanas e depois telefonar, caso resolva entrar
em tratamento. Naturalmente, pessoas que demonstram vontade
própria para mudar e que vêm por sua própria iniciativa, não preci-
sam de um período de reflexão, pois já decidiram, mas os que dão
a impressão de agir sob a pressão de um impulso momentâneo (e
não depois de uma deliberação racional) provavelmente não estão
dispostos a um tratamento autocrítico persistente.
O objetivo principal, que queremos atingir com as perguntas
ao cliente sobre sua infância, é formarmos uma boa idéia de sua
auto-visão infantil, assim como da visão infantil sobre seus pais, ir-
mãos, colegas da mesma idade, de seu mundo. Usualmente a se-
qüência das perguntas é esta:

2 23
Vida Escolar: Se o cliente repetiu alguma série devem-se indagar
as razões: isso pode ser uma indicação de quaisquer problemas emo-
cionais, ou de dificuldades dentro da família. Indaga-se, em seguida,
sobre sua carreira profissional: Quantos empregos? Por que mudou?
Qual o grau de adaptação e contentamento com os diferentes empre-
gos? O que está fazendo agora? Está satisfeito? Como são os con-
tatos com os colegas e chefes? Quais objetivos profissionais não
foram atingidos? O que está planejando com respeito ao futuro?
Escutando atentamente as respostas a essas perguntas, pedindo
esclarecimento se algo parece conter mais informações do que as que
o cliente explicitamente formula, o terapeuta procura ficar com uma
idéia provisória da maneira de o cliente encarar seu trabalho e de
comportar-se frente a outras pessoas. Além disso, em muitos casos,
já nas respostas se desenha a imagem de algumas de suas queixas
características.
A investigação da vida escolar e profissional é seguida por outra
sobre a vida familiar na infância. Comecemos com a visão do cliente
em relação a seu pai: Que tipo de pessoa ele pensa e pensava que é?
Dê alguns exemplos característicos da conduta e maneira de agir de
seu pai. Como era na infância seu relacionamento para com ele? De
caráter amigável? Sentia uma grande distância? Tinha medo dele
e/ou raiva e rebedia? Falavam entre si? Como foi o curso do rela-
cionamento com ele? Mudou com o passar dos anos e em que dire-
ção? O que o cliente pensa que o pai pensava dele, no passado?
As mesmas perguntas serão repetidas para com a mãe.
Seguem-se algumas perguntas relativas ao relacionamento matri-
monial dos pais. Em geral, conflitos matrimoniais formam um solo
fértil para o desenvolvimento de neuroses nas crianças, sendo que
elas sofrem da situação traumatizante, sentindo-se abandonadas ou
oscilando em seu amor entre um ou outro dos pais. Ainda mais,
nessas circunstância os pais não dispensam muita atenção para com
elas, para com seus interesses e dificuldades normais da vida e, por
isso, os filhos tornam-se mais vulneráveis à formação de complexos
neuróticos, caso tenham tristezas por quaisquer frustrações que encon-
trem no grupo social ou em outras situações. Ao invés, uma atmos-
fera alegre na casa e um interesse pessoal dos pais é um antídoto
contra o desenvolvimento de grandes quantidades de autopiedade.
É importante indagar se, quer a mãe, quer o pai, eram críticos
demais e em quais aspectos. Por exemplo, muitas vezes existe uma
correlação entre as críticas de uma mãe sobre o trabalho doméstico
de uma filha, e uma queixa da última: "Não sou hábil em trabalhos
domésticos" ou entre as críticas de um pai ao filho: "Faz tudo

224-
errado" e uma queixa persistente do último: "Faço tudo errado",
porque o que falam os pais é a verdade dos filhos. Sempre pedimos,
então, ao cliente, exemplificar concretamente a atitude hipercrítica
de um pai, para conhecermos em que sentido a auto-imagem da
criança foi afetada de modo negativo.
Qual era a posição do cliente dentro da série dos filhos? Quan-
tos anos separaram os nascimento dos diferentes filhos? Qual o sexo
de cada um? A posição entre os irmãos muitas vezes influencia o tra-
tamento que uma criança recebeu do lado dos pais e dos irmãos; logo,
pode ser um fator que co-determinou sua autovisão. O mais velho
pode sentir-se o líder ou o responsável, o caçula pode pensar que
todos os outros o amem, ou que o tratem como nenê; uma criança
no meio de uma grande série de irmãos corre mais o risco de pensar
que os outros não prestam tanta atenção a ela. Faz diferença, ainda,
se um filho se encontra como o quarto entre cinco irmãos ou entre só
irmãs. Ou se uma menina, como segunda filha, tem uma irmã mais
velha ou um irmão, etc. Acrescentam-se a essas perguntas algumas
sobre o relacionamento que cada irmão e irmã tinha com os pais,
e com o próprio cliente. As respostas podem dar informações relati-
vas à autovisão do cliente em relação com os irmãos: comparações
com eles são, muitas vezes, a base da autovisão.
Uma breve investigação sobre a vida dos irmãos e eventuais
problemas psíquicos ajuda; em muitas famílias mais filhos, além do
cliente em estudo, demonstram dificuldades parecidas, sendo que eles
também foram expostos às mesmas influências parentais. Não obs-
tante, mesmo se também outros irmãos têm problemas semelhantes,
existem diferenças na autovisão deles, pois cada um recebeu um trata-
mento um tanto diferente devido a sua posição na família, seu tem-
peramento, etc. Psicologicamente, nunca é verdade que "todos os
filhos receberam a mesma criação". Para explicar, numa fase ulte-
rior, ao cliente, por qual razão tal irmão, por exemplo, não ficou com
problemas iguais aos dele, ou reagiu de um modo diferente, deve-
remos conhecer os relacionamentos mútuos entre pais e filhos. Cos-
tumo indagar todos esses aspectos, não porque sejam sempre indis-
pensáveis para um melhor entendimento do complexo do cliente, mas
porque, se o cliente observar que se pode explicar psicologicamente
o desenvolvimento diferente dos irmãos em função de suas posições
dentro da família e de seus relacionamentos com os pais, ficará mais
confiante nas explicações oferecidas a respeito de seu próprio com-
plexo. Deste modo, neutralizamos, às vezes, o pensamento nega-
tivo (queixa) de que tem um problema inato. De resto, precisamos
estar cientes de que, em muitos casos, a autovisão infantil — e as
reações provindas desta — foram afetadas pelas condutas dos irmãos.

225-
• É interessante lançarmos algumas perguntas sobre a maneira
como foram criados: com muita liberdade ou muitas restrições? Su-
perprotegidos? Tinham pais que fizeram tudo por eles, ou foram
criados com muita responsabilidade própria e independência? Per-
gunta difícil: foi mimado? Materialmente e/ou no sentido de que
os pais preencheram todos os seus desejos? Devemos saber que
mimar é raras vezes mencionado pelo próprio cliente, porque quase
ninguém acha que foi mimado — ao passo que muitos acham que
foram educados com pouco amor, ou de modo duro demais, etc.
Embora os psicólogos estejam acostumados a acentuar a falta de amor
(a posição de vítima) que experimentava o cliente neurótico, uma
boa parcela deles foi também mimada e/ou educada indulgentemente.
Podemos aprofundar esse tema com perguntas como: O que é que
os outros irmãos acham: que você foi mimado, teve mais atenção
que eles?
Foi muito castigado? Ou nunca? De que modo? Com tapas ou
castigos psicológicos? Dê exemplos. Quem o castigava? Era dife-
rente o modo de educar do pai e da mãe? (E. g., a mãe era mole e
indulgente enquanto o pai criticava ou era mais severo?).
Recebia muita ou pouca atenção do pai e da mãe? Que tipo
de atenção? Ocupava uma posição especial na família, por exem-
plo: a do favorito de um dos pais, ou, talvez, a do menos favorecido,
de "Cinderela", da "ovelha negra", etc.? Era o centro da atenção
na família?
Essas últimas informações, ou o que sugerem ao terapeuta com
experiência de "ler nas entrelinhas" das respostas, são importantes,
porque os hábitos de caráter principalmente são determinados pelo
modo da criação. Colocar uma criança no centro das atenções da
família cria uma autovisão de ser "o centro", de possuir direitos natu-
rais, privilégios em muitas coisas. Tal autovisão facilita, às vezes, má
adaptação aos outros, criando deste modo, problemas para a crian-
ça. Por outro lado, uma falta de severidade saudável para consigo,
ou seja, uma atitude de auto-indulgência, um caráter mole e fraco
é, na maioria das vezes, o resultado de mimos e superproteção en-
quanto uma educação firme que exige o fiel cumprimento de tarefas,
adequadas à idade das crianças, cria caracteres firmes e persistentes.
Então: exigia-se que tratabalhasse? Cumpria tarefas? Quais? Como
era o controle?
O tema seguinte a ser explorado é sobre os contatos e relacio-
namentos sociais fora da casa. Como a criança e, depois, o adoles-
cente, se comportava frente aos outros? Tinha uma conduta especí-
fica no grupo? Por exemplo sempre tentava ser o chefe, ou isolava-

226-
-se etc.? Escolhia para si amigos ou amigas de um tipo especial?
Descreva os tipos dos amigos na infância e adolescência (o terapeuta
esteja consciente da regra: cada um tem tendência a escolher um tipo
de amigo que possui traços ou interesses que ele mesmo também pos-
sui). Como enxergava os outros? Sentia-se diferente? Sim? Em que
aspecto? Pensava talvez que sua educação fosse diferente, quanto
aos costumes de casa, etc.? Tinha muitos amigos ou poucos? Ami-
zades a longo prazo ou transitórias? Procurava amizade, por exem-
plo, dos mais populares ou dos mais isolados do grupo? Como pensa
que os outros o consideravam? O que diziam sobre ele? Isto pode
fornecer informações importantes, pois o que uma pessoa ouve falar
muitas vezes de si pode conter elementos da verdade. Em outros
casos, determina, em criança, parte da autovisão de uma criança.
Tinha apelido? Existia uma integração diferente com o grupo da
vizinhança e da escola?
Devemos explorar a integração social na infância e adolescência
do cliente no que diz respeito aos diversos grupos dos quais fazia
parte. Apresentava diferenças na integração e satisfação emocional
na escola primária e secundária? Ou na primária e no grupo de
colegas de serviços durante a adolescência?
Entramos depois no relacionamento com o sexo oposto. Como
era esse na infância? De que modo brincava com membros do sexo
oposto? Freqüentemente ou não? Como se sentia e se compor-
tava com membros do sexo oposto na adolescência? Em que idade
ficou enamorado pela primeira vez? História de namorados e conta-
tos com o sexo oposto depois.
Atualmente tem amigos e amigas? Superficiais ou mais pessoais?
Freqüentes mudanças em amizades? Faz parte de grupos .sociais?
Abordaremos a vida sexual, Uma exploração minuciosa não
serve, em muitos casos, para nenhuma finalidade embora existam
tendências a orientar uma anamnese quase exclusivamente sob o ponto
de vista sexual, o que é um efeito de teorias psicanalíticas. Obter
uma idéia global do desenvolvimento sexual é suficiente em casos
com problemas não-sexuais. Indaga-se quais foram as primieras fan-
tasias eróticas e como se demonstravam depois. Quando surgiram os
primeiros interesses pelo sexo oposto? Masturbava-se freqüentemente
e com quais fantasias? Atualmente também? Freqüentemente, o
hábito de masturbação é um indício de autopiedade, uma reação de
autoconsolação. Quando se encontram fantasias sexuais um tanto
desviantes, pode-se, às vezes, tirar algumas conclusões com respeito
à autovisão infantil no campo da identidade e do papel sexual. Em
seguida: teve contatos homossexuais ? Heterossexuais? Relaciona-
mentos fora do matrimônio?

227-
Somente se a pessoa manifesta dúvidas, ou problemas, no campo
sexual, vamos investigar suas emoções e atuações sexuais mais inten-
samente. Damos, como exemplo, as perguntas que colocamos num
caso de homossexualismo:
A que idade teve os primeiros interesses, sentimentos, por um
membro do próprio sexo? De que tipo foi? Que comportamentos
demonstrava? Como era a aparência física do objeto desejado? Quais
elementos nesse comportamento ou aparência física impressionavam
o cliente? Coisa muito importante para entender a autovisão infan-
til: o que o cliente achava atraente no outro era exatamente o que
estava pensando que faltava nele. O que procurava numa amizade
com esse primeiro objeto homossexual? O que esperava achar? Amor,
de que modo? — Na resposta a esta pergunta, muitos clientes falarão
coisas sobre sua solidão, frustrações na família, etc. Quais foram
as fantasias de masturbação durante a adolescência? E agora? Que
comportamento o cliente estava ou está assumindo nelas em relação
a um parceiro imaginado? As mesmas perguntas são feitas quanto
aos sonhos sexuais.
Teve contatos homossexuais? Freqüentes? Com quais tipos?
Houve uma mudança nos tipos desejados no curso dos anos? Tinha
contatos na forma de brincadeiras sexuais, na infância, com outros do
próprio sexo? A iniciativa provinha do próprio cliente? Qual a
idade do parceiro desejado? Mesma idade que a do cliente? Mais
novo ou mais velho? Isso, às vezes, revela em que idade foi formada
a "criança queixosa" do cliente; um homossexual masculino interes-
sado em adolescentes, e. g., foi fixado nessa idade.
O cliente tinha também impulsos eróticos para com o sexo opos-
to? Em que idade? Com que freqüência? Fantasias espontâneas?
Sonhos? Descreva suas fantasias heterossexuais. Tinha contatos hete-
rossexuais, e com que êxito?
Uma investigação dos relacionamentos mútuos no matrimônio,
se o cliente é casado, deve conter perguntas sobre o tipo de relação
afetiva, os papéis que ambos desempenham nos diversos campos da
vida em comum, e as relações de ambos para com as crianças. Em
casos de problemas matrimoniais, naturalmente, fazemos uma indaga-
ção mais ampla da história do relacionamento desde o início: senti-
mento^, comportamentos entre si, motivos de serem atraídos especial-
mente por esse parceiro, ideais do matrimônio, etc. Em casos de
delinqüentes indagamos do mesmo modo sobre pormenores de sua
vida criminosa desde a infância, etc.
Por certo, o cliente não sabe responder a todas as nossas per-
guntas, mas, mesmo assim, elas podem fazê-lo pensar e associar e,

228-
talvez, abrir seus olhos para qualquer aspecto até esse momento
oculto para ele.
Ao fim do levantamento, usualmente perguntamos sobre a exis-
tência de queixas físicas. Se existem, pode ser aconselhável consul-
tar um médico (especialista). Não é justo tratar uma queixa física
como neurótica antes de um exame médico. Adicionam-se perguntas
sorbe hábitos de fumar, beber, tomar remédios ou drogas.
A tomada da anamnese pode consumir bastante tempo, espe-
cialmente em clientes que falam demais, mas é uma boa política deixá-
los falar, porque no início dos contatos terapêuticos, o terapeuta é
observador que aprende muita coisa da maneira de falar, do tipo de
histórias trazidas das expressões demonstradas, das reações do cliente
às diferentes maneiras que o terapeuta emprega em suas interroga-
ções. Depois da primeira ou segunda sessão, o terapeuta deve con-
densar — para seu próprio uso em algumas palavras claras suas
observações da conduta do cliente, e preferivelmente de modo
concreto, como se fizesse um "retrato falado" que possa ser reco-
nhecido por quem conhece o cliente.
Uma descrição dos problemas expressos não é tão relevante como
uma observação descrita; por exemplo: "Tem a cara muito contor-
cida, tensa e com raiva, mesmo quando fala sobre coisas neutras;
reage imediatamente irritado, como se tivesse sido insultado, quando
se lhe pergunta algo; o tom de voz é agressivamente queixoso, desa-
gradável; não presta atenção na sala de atendimento". Ou: "Fala
lentamente, compelindo a atenção do outro à sua fala; fala suave-
mente desculpando-se sutilmente, mas com veneno subjacente; parece
um pastor religioso que prega, mas incita (em mim) o sentimento de
que o outro é obrigado a escutar e concordar, ssenão ele ficará pro-
vavelmente com sentimentos de raiva; não exprime suas irritações;
olha de esguelha, não fixando francamente os olhos do outro, não
inspira confiança; viscoso, tenta adquirir simpatia de um modo impo-
sitivo". Uma outra vez, a descrição pode ser menos extensa: "Me-
nina que se apresenta e olha como se fosse ser castigada e que ficava
muito triste e desolada" (no caso de uma mulher com depressões),
ou: "Sente-se o dodói da sua mamãe; apresenta-se como um menino
desamparado que procura a ajuda de um pai bonzinho para com ele,
sendo que ele, em troca, será muito bonzinho com o papai" (no caso
de um jovem homossexual). Alguns terapeutas devem vencer algumas
hesitações iniciais para colocarem suas observações deste modo livre,
mas, pondo seus sentimentos e impressões em palavras, desinibida-
mente, perceberão que descreveram, de fato, uma parte importante
da "criança queixosa" do cliente, algumas atitudes e alguns compor-
tamentos dela que talvez sejam característicos. É necessário conhe-

229-
cer esta "criança interna" muito bem, a fim de que possam mostrá-la
nitidamente ao cliente no prosseguimento da terapia. O terapeuta tem
que visualizar esta "criança queixosa" que está diante dele. Dirigirá
sua atenção desde os contatos primeiros com o cliente para uma per-
cepção clara da "criança", como se ela estivesse fisicamente presente,
viva de carne esso. Ele vai ver a "criança" nos olhos do cliente, nas
expressões do rosto, e ouvi-la em sua fala e seu tom de voz.
Nota adicional: somente raras vezes se usem testes psicológicos
para conhecer a "criança queixosa"; alguns colegas, como Gregory
(1977), pedem ao cliente escrever sua autobiografia, para obterem
mais dados significativos quanto aos sentimentos e reações que ema-
nam do complexo neurótico. Por enquanto, a observação imediata
é nosso instrumento de investigação mais potente.

2 30
I
'I
>1
'I

I
'I

CAPÍTULO X X X V
I
1
EXPLORAÇÃO APROFUNDADA DA VIDA
E M O C I O N A L DA I N F Â N C I A E DA A T U A L — <T
E X P L I C A Ç Ã O DA N E U R O S E . LF

Coletados os dados anamnésicos, prossegue-se com uma expio- •


ração mais aprofundada, relativa à vivência subjetiva da vida fami-
liar e social da infância do cliente, a fim de que se possa estabelecer
as circunstâncias traumatizantes que incitaram a autovisão negativa <g.
infantil e a subseqüente autopiedade. O terapeuta observador já
teve ocasião de encontrar, na tomada da anamnese, pontos de inte-
resse a respeito, ao notar fortes emoções no cliente quando foram
tratados certos assuntos, ou tirando conclusões de alguns dados for-
necidos, como por exemplo, no caso de o cliente mencionar que foi
o único homem e caçula numa família com 7 mulheres, ou que a V:
mãe sempre estava criticando-o por falta de realizações escolares, etc.
Na maioria dos casos, a anamnese fornece múltiplas indicações que
vão ajudar nossa análise dos sentimentos e visões infantis e um tera- t
peuta com experiência nessa matéria, e que tem ainda bastante expe-
riência no que diz respeito às complicações usuais que podem surgir
em certas famílias, e que tem uma boa experiência geral da vida fami- 1
liar normal, perceberá rapidamente em que ponto deve procurar as
fontes das dificuldades. Uma minoria de clientes não consegue lem- *
brar-se muito — raramente, nada — de sua infância, ou tem resis- H
tências emocionais para mergulharem nessas lembranças. Pode ser
uma boa solução, então, partir de alguns sintomas trazidos pelo pró- *
prio cliente (por ex.: medo de ser confrontado com autoridade, raiva it
quando pensa que é discriminado em comparação com outros, etc.)
e tentar relacioná-los com situações na infância. Metodologicamente, *
aplicamos nesses casos uma abordagem que normalmente vem depois: ^
começamos a analisar a vida emocional presente, mas o objetivo é

2 31 *
*
chegar a uma idéia bem clara das emoções frustradas e das reações
provenientes da "criança do passado".
Falando com o cliente de suas relações com pessoas significati-
vas em sua infância e de suas tristezas e mágoas dessa época, deve-
mos insistir em que nos dê exemplos, lembranças concretas. Bor
exemplo um cliente relatando sobre a atitude do progenitor, experi-
mentada por ele como muito insultante, lembrou-se do seguinte: Aos
dez anos, tinha muita vontade de ajudar o pai — um pequeno fazen-
deiro — por causa da ansiedade real de ser aprovado por ele; ouviu-o
dizer que seria necessário fertilizar um certo terreno antes de cultivá-
lo. No dia seguinte, o menino acordou bem cedo e, tomando um
saco de fertilizante, espalhou-o muito cuidadosamente sobre a terra;
economizou o mais possível o material caro, pensando-,que seu pai
ficaria muito grato pelo trabalho já feito, que o iria poupar de reali-
zar a tarefa, feita, além do mais, com a económia de um saco inteiro.
Porém, quando o pai viu no celeiro o saco de fertilizante que havia
sobrado, ficou com raiva. "Quem mexeu nisso?" — exclamou —
e ao saber que o rapaz já fertilizara o terreno, começou a repreendê-
lo muito severamente: "Você nunca faz algo .correto, estúpido, etc.".
O menino, por seu turno, ficou tão triste e infelii, que não pode con-
trolar suas emoções e, chorando bastante, fugiu de casa. "Durante
dois dias não voltei, dormi ao relento e fiquei sempre chorando, cho-
rando, mas não me acalmei". A lembrança desses dois dias de lágri-
mas, de solidão e desespero, ficou muito clara para ele. Ora, tais
lembranças são úteis durante a terapia, quando o cliente aprenderá a
falar com sua "criança interna queixosa". Pode usar a lembrança
desses dias para imaginar concretamente a qual "criança queixosa"
terá de falar. Um homossexual contou, como nas tardes livres após
as aulas, um grupo de alunos costumava reunir-se num bosque para
brincar de índio e cowboy. Ele não conseguia acompanhá-los usual-
mente, (porque era muito medroso e não muito querido pelos outros)
e ficou gravado nitidamente em sua memória que "os outros corriam
de wn lado para o outro, enquanto eu os seguia a distância, dhora-
mingando..." Sob o ponto de vista teórico, não se deve presumir
que foram somente tais incidentes frustrativos que causaram a auto-
visão negativa e a reação de autopiedade, mas os incidentes desse tipo
podem ser considerados "cristalizações" de uma série de vivências
que induziam na criança uma autovisão específica de ente trágico. O
terapevjta deve estar consciente, do mesmo modo, de que o cliente
não se lembra mais do que sua visão de criança; quando explica que
o pai não fazia outra coisa senão criticá-lo, ou que o criticava, não
devemos aceitar essa visão como objetividade pura, sendo que crian-
ças muitas vezes não entendem porque os pais agem assim, ou omi-
tem lados da situação que projetariam outras luzes às reações dos

2 32
pais. Um menino mimado, acostumado a ser o centro das atenções,
por exemplo, não entende porque os amigos não gostam muito dele
e verá apenas seu drama, o de quem não é aceito — e assim por-
diante. O terapeuta não pode ser juiz: é explorador da autovisão e
visão infantil do cliente e, na verdade, não é de alta relevância em
que medida essas visões correspondem à realidade objetiva.
Tentaremos esclarecer nossas idéias da "criança com autopie-
dade" que foi o cliente em seu passado, ainda com perguntas como:
"Que tipo de criança era, no grupo social e na família?"; "Como
se comportava habitualmente: tente dar uma descrição de seus com-
portamentos, de sua personalidade de criança de mais ou menos 8-12
anos e também durante a adolescência". Era tranqüilo, retraído, do-
minante, agressivo, desonesto, irregular, nervoso, depressivo. . . e quais
situações eleciaram os diferentes modos de reagir? Se o cliente pos-
suir fotografias de sua família e de si, pode trazê-las para facilitar a
reevocação de suas emoções a propósito.
A análise das lembranças da infância não deve ser infinita e vai
ser encerrada quando soubermos o suficiente, conhecermos a auto-
visão e visão infantis e as reações que essa criança habitualmente
demonstrava em relação a ela. Concentrar-se demais em inúmeros
pormenores da infância reforça, em vez de combater, o sentimento
infantil de eu-importância; faz com que a pessoa neurótica se queixe
autorizada pelo terapeuta, reexperimentando muitos acontecimentos
passados como alimentos de sua autopiedade, sentindo-se interessante-
lastimável. A averiguação das emoções da infância, portanto, deve
ser feita de um modo sóbrio, objetivo, na clara consciência de que o
alvo dos encontros com o cliente tem de ser para lutar contra sua
dependência da atmosfera fixada pelas infelicidades e autoqueixas de
outrora, de cortar a ligação com o passado. Muitos clientes, contudo,
gostam inconsciente de mergulhar ilimitadamente na sua "infância
importante". Não raro, encontram-se os que comunicam que ficam
"mais depressivos e agitados", ao pensarem e falarem sobre sua in-
fância; provam com isso que ficam novamente comovidos com eles
mesmos: "Ah! pobre de mim! Que infância vivi!. . . " O terapeuta
pode avisar que esse perigo existe, às vezes, e indicar que o cliente
será sábio quando não se preocupar demais com essas conversas sobre
a infância, porque servem somente para base de conhecimentos a
partir dos quais a terapia se desenvolverá e que é precisamente o
objetivo da terapia aniquilar emoções ainda existentes e que se origi-
naram na infância. Entretanto, o melhor antídoto contra um auto-
interesse demasiado do cliente é uma atmosfera otimista criada pelo
terapeuta: às vezes, uma pequena piada pode impedir o cliente de
expressar uma autodramatização desinibida. Se o cliente encontrar,
ao contrário, um terapeuta que toma uma atitude muito séria para

233-
com tudo o que lhe acontecia na infância, dando importância a muitos
detalhes, criando a impressão de que sejam muito interessantes e fas-
cinantes, ele sublinhará a auto-importância neurótica. . . Como gos-
tam alguns neuróticos de falar infinitamente sobre sua infância e tudo
que o "eu" experimnetava e sentia nela!
Uma vez claras a autovisão e visão da "criança do passado" —
que estão sobrevivendo no cliente, vamos colocar o nexo entre essas
vivências da infância e as do presente. Começamos com uma explora-
ção dos sentimentos, pensamentos e reações e ações da "criança quei-
xosa" de agora, conhecendo as atuações da "criança" em apreço —
e encontraremos em geral a mesma "criança" que nos apareceu atra-
vés da análise da infância. O ponto de partida para a análise da "crian-
ça queixosa" no presente é sempre alguma observação do cliente rela-
tiva a qualquer frustração experimentada no dia-a-dia.
O terapeuta pode partir de algumas queixas trazidas pelo cliente
no início da exposição de seus problemas (conflitos com outros, um
problema sexual, quaisquer medos) e indagar como, exatamente, o
cliente está sentindo e pensando nas situações e nos momentos dessas
queixas: O que pensa de si? Pode-se também pedir ao cliente que
descreva sua personalidade como a vê, e analisar alguns traços men-
cionados, como "sou preguiçoso" (então: Com quais trabalhos? o
que está pensando sobre o trabalho, suas capacidades, sobre a utilidade
do trabalho? etc.) ou: "Sempre me esquivo de uma reunião ou de
companhia" (perguntas: "Quais reuniões, com quais pessoas, o que
pensa então de si, dos outros? O que pensa que os outros estão pen-
sando sobre você? etc.) ou, talvez: "Sou dominador" ("Em quais
situações? Dê exemplos. O que procura realizar com essa atitude?
O que está pensando sobre si, basicamente?" etc.) Analisando exem-
plos de comportamentos ou dificuldades emocionais experimentadas
pelo cliente, o terapeuta tenta continuamente, escavar e esclarecer a
autovisão subjacente do cliente.
Nem sempre esse trabalho toma muitas sessões; muitas vezes, o
terapeuta chega em 4-5 ssessões a um entendimento satisfatório da
"criança queixosa" específica desse cliente, compreendendo ao mesmo
tempo a história emocional traumatizante da infância ou adolescên-
cia e a atuação da "criança" no presente: ele pode visualizar mais ou
menos, essa criança e, se pudesse, a pintaria.
É implícito que, por suas perguntas e a maneira de combinar algu-
mas respostas do cliente, o terapeuta de fato tenha iniciado com o
paciente o processo de auto-conservação e auto-análise, que será, em
sesguida, o fundamento do próprio tratamento.
Numa sessão seguinte, o terapeuta vai dar uma aula, explicando as
noções centrais da teoria da autopiedade compulsiva infantil. Explica

234-
4
y

I
que as dificuldades emocionais, como as do cliente, têm sua origem na (
infância ou na adolescência. Explica que a psique infantil é autocen-
trista, o que significa que a criança relaciona tudo sempre a si e, por *
conseqüência, compara-se continuamente com os outros, como ela os
percebe. Compara-se em qualidade físicas, intelectuais, mais ainda
no tratamento que recebe dos pais, na atenção que recebe no grupo *
social-, compara-se quanto a sua posição social, suas realizações em
diversos terrenos da vida, etc. Compara-se em primeiro lugar, cdm 4
os irmãos e, depois, com os da mesma idade, com os vizinhos e os t
colegas da escola. Quando essa comparação for negativa, sentir-se-á
inferior e discriminada em relação aos outros. Naturalmente, cada *
criança, às vezes na percepção de si e dos outros, se sente discrimina- t
da, mas os problemas começam quando o sentimento de ser discrimi-
nada negativamente permanece durante um período muito longo, isto *
é, quando viver repetidas vezes certos acontecimentos que reforçam ^
sua autovisão negativa, como, por exemplo, alguns comportamentos
dos pais, certos fracassos na vida social, etc. A esse respeito cha- *
mamos a atenção do cliente para o fenômeno especificamente hu- ^
mano da autovisão e visão: a criança começa a ver-se como um ser
discriminado, e os outros como melhores. Resumimos para o clien- I
te: "A criança fica com uma autovisão (infantil, certamente) que
podemos colocar nas seguintes palavras: "Só eu s o u . . . estúpido, fc
feio, fraco, incapaz, m a u . . . " e aqui envolveremos o cliente, esti- |
mulando-o a pensar conosco: "Como você acha que uma criança
com tal autovisão reagirá? O que fará? Que comportamento terá?" ^
O • cliente responderá algo no sentido de que a "criança vai %
isolar-se dos outros" (1)'Terapeuta: "Sim, e por quê? Analisa com ^
o cliente o que pensa uma criança que se afaste dos outros, até que
chegam à conclusão de que tem vergonha de si aos olhos dos outros ^
e pensa que a desprezam. Dada esta resposta, o T. prossegue: "O
que mais? Quais reações a criança terá ainda?". "— Quererá atrair I
atenção para si", será a resposta (2). "É verdade, pode dar um V
exemplo de que maneira ela fará isso?, "pergunta o T. Ele apro-
funda o significado dessa reação até o cliente entender que ela é I
uma compensação para o amor e estima que a criança pensa faltar. I
E as maneiras podem ser várias: desempenhando o papel de ser inte-
ressante, ser muito agradável, ser "viscosa", pondo-se no centro da *
atenção, ou talvez, por provocações. Relacionado com esta respos- \
ta, é a que indica uma reação de super-auto-afirmação (3) (no
sentido de Adler) e o terapeuta vai discutir essa reação em diversas *
formas também: o desejo da criança de atingir uma posição que é «
1
importante aos olhos dos outros (mas, primeiramente, para si),
dominando-os se for possível ("Sou mais forte, mais importante que *
vocês"). Uma reação que será mencionada pelo terapeuta no caso ^

235-
de o cliente omiti-la é a de rebeldia, reclamação, obstinação ou nega-
tivismo, provocação, amargura, ou sseja, o desejo de vingar-se (4).
Então, resume o terapeuta, "temos descrito várias reações à autovi-
são de ser inferior ou discriminado, de encontrar menos amor que os
outros. Mas devemos agora falar numa reação que, na realidade é
mais importante". Raro será que o cliente mencione essa reação
fundamental da autopiedade, de queixar-se, de "pobre de mim!"
(5). O terapeuta, entretanto, percebe bem quais reações o cliente
demonstrou em suas respostas, porque é muito provável que sejam as
mesmas reações que ele tinha quando criança triste. Entende-as,
naturalmente, de um modo pesoal. Segue-se a explicação da autopie-
dade infantil, como autodramatização, como reação saudável por
si, mas que em doses grandes, causa uma fixação, um vício. A
autopiedade vai superar toda a mente, escravizando a criança e
criando a estrutura autônoma da "criança que se queixa esponta-
neamente e continuamente". Explica o terapeuta a finalidade da
autopiedade como defesa psíquica normal, autoconsolação; explica
também que uma criança, sendo hiper-emocional, alimenta essa sen-
sação sem inibições, sobretudo quando não1 pode encontrar pessoas
adultas (os pais em primeiro lugar) para exprimir sua tristeza, chorar
e ser consolada. A criança sozinha será superada pela autopiedade
com sua força intensa, como parte do instinto de amor-próprio, e
desse período em diante continua abandonado-se sempre aos impul-
sos decorrentes do "pobre de mim" O terapeuta pode ajudar suas
explicações, desenhando uma pessoa adulta, na barriga da qual fica
uma criança lacrimosa e dizer: "Assim temos desenhadas duas pes-
soas: o adulto e a criança lacrimosa dentro de você. Daqui para
frente, distinguiremos sempre entre essas duas personalidades".
Expõe que a "criança queixosa" está sempre repetindo sua quei-
xa original, ou principal, por exemplo, de ser discriminada ou dei-
xada de lado. Dá exemplos: a "criança deixada de lado" inter-
pretará inúmeras situações na vida diária de tal modo que se sinta
o "pobre deixado de lado" etc.
Acrescenta que a "criança queixosa" está essencialmente sobre-
vivendo por ser alimentada por autopiedade e que essa autopiedade
procura e cria muitos sentimentos negativos para ter algo de se
queixar. O terapeuta explica o conceito de "justificações para se
queixar" e mostra os tipos de justificações psíquicas, somáticas, crí-
ticas e autocríticas, acentuando que o neurótico tem essas sensações
e sentimentos negativos para ter "algo", alguma pseudo-razão, para
abandonar-se na autopiedade infantil. "Quaisquer pensamentos,
sensações ou sentimentos, negativos podem surgir", diz o T. e ele
dá exemplos concretos dessas queixas. Muitos clientes relacionam

236-
alguns aspectos da explicação consigo, reconhecendo algo, e são
estimulados a analisar-se sob o ponto de vista apresentado.
Depois de haver dado os conceitos de "neuróticos orgânico",
"neurótico crítico" etc., o T. finaliza suas aulas com dois assuntos
adicionais. Enumera e explica as "leis da autopiedade infantil",
ilustrando-as com exemplos concretos (veja Cap. IX), depois escla-
rece que a "criança queixosa" conserva toda a personalidade, com
seus traços, hábitos, modos de ver as coisas e os outros, etc., logo,
clarifica o conceito da "criança in totum" (veja Cap. X ) . O cliente,
perguntando, criticando, pensando, talvez estivesse fazendo anota-
ções; senão, o T. aconselha-o a fazer um relatório dos pontos mais
importantes da teoria, em casa, porque pode esquecer facilmente
uma parcela destes conhecimentos. Deve ser enfatizado ao cliente
que ele tem de ficar, de certo modo, "expert" em neurose, antes de
poder acompanhar o próprio tratamento. Na próxima sessão, o T.
abre com a seguinte pergunta: "O que você se lembra da explicação
anterior? Dê em suas próprias palavras uma súmula sobre a origem
da neurose e sua estrutura e as regras às quais obedece". Será inte-
ressante ouvir o que o cliente reproduz — muitas vezes fala sobre
diversos aspectos do anteriormente exposto, mas não usa a palavra
"autopiedade" ou "queixar-se"; a resposta mais satisfatória para o
terapeuta seria "a neurose é uma compulsão ou mania de se queixar",
sublinhando bem que, de acordo com a "lei da defesa das queixas"
o próprio neurótico não pode facilmente reconhecer sua autopie-
dade, porque, para ele, suas queixas são totalmente justificadas.
O terapeuta terá que repetir muitas vezes o funcionamento da
autopiedade e as tentativas de apegar-se a ela, apenas aos poucos
o cliente poderá reconhecer esse sentimento predominante dentro
de si e sempre tentará evitar uma confrontação direta com ele. Ilus-
trar o processo da autopiedade, é um tarefa do terapeuta que não
está cumprida integralmente depois dessa explicação inicial. Por
enquanto, porém, convencendo-se de que o cliente entendeu razoa-
velmente os princípios básicos, conduz-se este à aplicação do con-
ceito da "criança queixosa" a si mesmo.

237-
CAPÍTULO X X X V I I

A "FÓRMULA" DA "CRIANÇA QUEIXOSA";


AUTO-OBSERVAÇÃO E AUTO-ANALISE

A experiência ensina que para muitos clientes apenas as expli-


cações da compulsão a queixar-se já servem de ajuda e alguns co-
meçam, por sua própria iniciativa, a reconhecer comportamentos e
sentimentos de sua "criança" —• embora não freqüentemente sua
tutopiedade. É normal, nesta fase inicial, que observem a atuação
de auto queixa infantil primeiramente em outras pessoas, contando
sobre parentes ou colegas que manifestam as regras ou leis das quei-
xas. Pode-se considerar o reconhecimento da autopiedade em outros
como a introdução ao reconhecimento em si, pois há clientes que
não conseguem fazer essas observações em outros senão após muito
tempo, provando com isso sua cegueira para com a mencionada
emoção.
O terapeuta introduz o cliente no estágio da auto-observação
real com a idéia que formou através da análise da vida emocional
na infância e no presente com relação à "criança queixosa" especí-
fica do consulente. Apresenta, para discutir com o cliente, sua
"fórmula" provisória da auto visão central dessa "criança" com seu
drama específico; explicando como vê as reações neuróticas mani-
festadas pelo cliente, assim como alguns motivos, desejos, ambi-
ções, super-auto-afirmações que o cliente referiu em relação com
essa fórmula da "criança queixosa". Por exemplo, "a criança
estigmatizada em comparação com sua irmã" como a vê dentro de
uma cliente, ou "uma criança que se acha ser não verdadeiro me-
nino", ou "uma criança abandonada", ou "a criança que nunca faz
algo bem", etc. Indica de quais maneiras tal "criança interna" no
cliente reage em diversas situações, como encara os outros, como
pensa caracteristicamente. Neste ponto, revelando a "criança quei-

2 38
*
I
t
xosa" ao cliente, como uma personalidade real, o terapeuta pode
bem empregar suas observações da conduta do cliente como visua- *
lização do comportamento desta "criança". E. g.: "Você se apre- §
senta com uma expressão no rosto que comunica: não pense que
não presto para nada, vou provar que presto muito!". Com um •
outro cliente, o terapeuta pode dizer: "Sua criança me parece A
uma criança injustiçada, porque você reage a cada pergunta com
uma expressão, como se a pergunta fosse uma afronta para vocfê". *
Ou, num outro caso: "Sua 'criança queixosa' acha que seja má,
pois você se desculpa após cada frase que falou".
O cliente pode sugerir uma alteração na "fórmula" oferecida *
pelo terapeuta, ou uma outra onde se situe melhor. Às vezes, ambos g.
resolvem assumir, por enquanto, uma fórmula da "criança" que
não satisfaz perfeitamente, mas, em seguida, durante a aplicação da
terapia, a "criança" usualmente fica mais e mais nítida e nesse mo-
mento devemos começar com um trabalho mais ativo.
A auto-observação e auto-análise são um trabalho que se de-
senvolve durante algum tempo, na vida de cada dia (ou noite: so-
nhos, angústias, etc.) O cliente é indagado principalmente sobre suas ^
emoções e pensamentos negativos (depressivos, irritados, tensos, an-
siosos) e deve interrogar-se nesses momentos: "O que está acon-
tecendo dentro de mim?; Tenho medo? Por quê? O que estou H
pensando ou esperando?; Como reajo à observação dessa pessoa,
quando estou com tensão? O que estou sentindo ou pensando? •
Veja! estou me vangloriando nessa reunião, ou desempenhando tal ^
ou qual papel. Por quê? O que estou sentindo e pensando sobre
mim e os outros?" A auto-observação, desse modo, tem um com- •
plemento automático de auto-análise, levando à constatação da pre- ^
sença de qualquer sentimento ou pensamento de frustração: "Tenho
um pressentimento de que ele não gosta mais de mim", "tenho o 1
pressentimento de que me desprezam", "tenho pressentimento de
que o outro recebe mais estima e atenção e não suporto isso", "tenho H
medo de ser ultrapassado", "sinto-me tratado como estúpido e isso %
me irrita", "estou procurando apoio; logo, sinto-me interiorizado",
etc. Observa-se que a auto-análise vai até a formulação de um %
sentimento de inferioridade ou de uma vivência negativa pelo "eu" %
de uma situação, isto é, até a verbalização de uma queixa da "crian-
ça interna". Exatamente disto que o cliente deve conscientizar-se: ^
"a criança (a menina, o menininho) dentro de mim tem medo de %
ser criticado", "a criança tem medo de não ser julgada como sim-
pática quando recusar algo a essa pessoa — então, comporta-se *
com demais tolerância", "é a criança dentro de mim que se assusta ^
quando pensa que vai ser castigada; então, pensa que é culpada".
H
239 %
%
A auto-observação e auto-análise ativam a conscientização de que
muitos sentimentos e pensamentos negativos são sentimentos ou pen-
samentos concretos da criança interna. Faz com que o cliente gra-
dativamente reconheça sua "criança" como uma personalidade real
e bem separada de seu próprio eu.
Auto-observação e auto-análise não são láceis. Algumas quei-
xas são claras e simples, como o medo de morrer, ou inveja de uma
realização de um colega e que foi admirada; mas, mesmo nesses
casos, pode ser difícil conscientizar-se alguém de que tais senti-
mentos emanem do eu da "criança queixosa", em vez de atribuí-los
ao próprio eu; conscientizar-se de que é essa "criança", que foi des-
crita na "fórmula", ou o cliente pode visualizar em algumas lem-
branças de tristezas da infância, a qual está criando hic et nunc
esses sentimentos e pensamentos negativos. A separação dos senti-
mentos neuróticos do "eu" adulto é alcançada aos poucos. O cliente
perceberá mais e mais esses impulsos como sendo da "criança", ao
passo que, no início do treinamento, isso pudesse parecer mais um
truque do que algo real. A percepção da "criança" dentro de si,
em seus pensamentos e sentimentos negativos,, em muitos comporta-
mentos, é uma percepção visual (na imaginação). O cliente, que
começa a ter essa percepção, descobre que essa "criança" o acom-
panha quase durante o dia inteiro, freqüentemente com sentimèntos
sutis, quase marginais, outras vezes com queixas preponderantes:
"Acredito que sou totalmente criança". Talvez observe e tenha
razão no sentido de que a "criança' contribui em quase todos os
campos da vida, em todas as relações com outras pessoas, em rela-
ções de amor, em seu relacionamento para com seus próprios filhos,
em sua maneira de trabalhar, ou encarar o trabalho, em sua filosofia
de vida, etc.
Nem é tão fácil verbalizar o sentimento básico da "criança" em
alguns momentos complexos: uma irritação, experimentada como
estranha pelo cliente, pode conter um sentimento de estar sendo in-
justiçado, mas, às vezes, isto se esclarece apenas depois de uma aná-
lise de mais incidentes que causaram o mesmo sentimento. O desa-
tar de um nó de sentimentos desagradáveis que surgem rápido na
mente de um neurótico, muitas vezes não pode ser feito no mo-
mento exato, certamente não no início do tratamento, quando o
clienlte está aprendendo essa arte de auto-observação. — "Quando
meu namorado me faz uma proposta, por exemplo, de uma excur-
são, eu usualmente concordo, mas logo após, fico irritada e lhe
digo que mudei minha opinião e que não irei com ele. Então, sou
muito obstinada; entendo que aqui está agindo a "criança" den-
tro de mim, mas não consigo entender nada", eis o exemplo de

240-
uma observação de uma cliente que já começou com a auto-obser-
vação e atuo-análise sistemáticas. A tarefa do terapeuta é de aju-
dá-la com suas perguntas, com sua capacidade de experiência de
observar e entender pessoas. Sempre devemos começar com uma
análise mais exata dos sentimentos que o cliente experimenta no
momento de confusão. Nesse caso, após algumas perguntas e outros
exemplos dados pela mulher, percebeu-se o surgimento de um sen-
timento rebelde (completamente inadequado, naturalmente, como é
característico em sentimentos neuróticos): "Não fique pensando que
eu preciso de você! Vou provar-lhe que não preciso de seus arran-
jos, de suas iniciativas para comigo. . ." Mas por quê? Ela tinha
o sentimento básico — na "criança queixosa": "Ninguém nunca
conta comigo, faz algo por mim, então eu mostrarei que sou inde-
pendente delesl" A análise dessas explosões emocionais concorda
perfeitamente com a maneira de apresentar-se que esta mulher tinha:
provocante, olhos desafiadores. E, naturalmente, aqui estávamos
com seu drama infantil (em relação a sua mãe), o que não é excep-
cional, porque todo cliente vai perceber que seu drama específico se
repete inúmeras vezes em sua mente, muito, mas muito' mais do
que pensara antes da sua auto-observação sistemática. O leitor,
entretanto, entenda que nossa auto-observação e auto-análise na
direção da "criança queixosa", requerem uma grande atenção. Não
podem consistir de uma aplicação rígida de quaisquer esquemas
preconcebidos. De resto, não têm outra finalidade do que chegar a
uma formulação e visualização correta do drama emocional autô-
nomo dentro do cliente e de outras queixas da "criança interna".
O cliente, passando esse processo, vai entender de modo mais
claro e concreto os sentimentos de sua "criança" e aprende a isolá-
los de sua própria personalidade. Não significa isto que já possa
reconhecer a autopiedade que propulsiona e é o centro dessas emo-
ções e queixas. A conquista da autopiedade crônica não pode, usual-
mente, ser atingida por esforços intelectuais, como são o auto-obser-
vação e auto-análise. Sendo uma força emocional, parecer requerer
meios emocionais para ser aniquilado. Temos o recurso de uma
"técnica" inovadora e que prova ser muito eficaz: a hiperdramati-
zação.

241-
CAPÍTULO X X X V I I

HIPERDRAMATIZAÇÃO

Auto-observação e auto-análise são atvidades que o cliente,


em cooperação com o terapeuta, continua a praticar durante todo
o processo terapêutico. Uma boa consciência na hora das emo-
ções queixosas, expressa em palavras simples e claras, constitui a
base para o ataque propriamente dito à queixa infantil.
Agora, falaremos dos métodos que existem para esse ataque.
Recordemos que o terapeuta apenas começa a introduzir esses méto-
dos, quando observa que o cliente está suficientemente a par dos
conhecimentos teóricos relativos à compulsão a queixar-se (condi-
ção 1) e consegue razoavelmente observar e analisar uma boa parte
dos sentimentos de sua "crança", reconhecendo muitos momentos de
queixas infantis e sendo capaz de verbalizá-las em palavras simples
(condição 2). Não pode isto significar que possa observar todas
as queixas, nem que reconhece todos os impulsos e comportamentos
da "crança", nem mesmo que percebe na maioria dos momentos,
claramente, que se sente e se comporta como uma criança real. Até
o fim do tratamento terá dificuldades em reconhecer todos os^mo.-
mentos queixosos e em perceber a"criança" nessas queixas: mas
nãojdevemos, nem podemos esperar que chegue a um reconheci-
mento completo, mesmo com a aplicação das técnicas que descreve-
rcmos' e " que ajudarão imensamente um pleno reconhecimento.
Então, achamos que o estágio preparatório da auto-observação e
auto-análise tem alcançado seus objetivos, quando o cliente já está
percebendo, por vezes, claramente que se sente ou se conduz como
uma criança. Quando reconhece que certas emoções e pensamentos
provêm não de si, mas dela, isso indica que já tem um certo "con-
tato" com sua "criança queixosa". Assim, os conceitos usados não
são somente teóricos para ele.

2 42
Em seguida, o terapeuta aplica a técnica de hiperdramatização.
Quando o cliente expressa uma emoção neurótica, analisa-a e coloca-a
em palavras, por exemplo: "Tenho o sentimento de que me depre-
ciam" e talvez possa acrescentar ainda: "Reconheço mais ou menos
que é o mesmo sentimento que tive quando criança (frente a minha
mãe ou meu pai, por exemplo)". O cliente sabe que esse sentimento é
emitido por sua "criança queixosa", que o criou para sentir-se nova-
mente um "pobre coitado", mas essa consciência não implica ^em
uma conscientização completa da autopiedade, nem certamente numa
conquista. Tudo isso pertence à auto-observação' e auto-análise.
Assim sendo, os passos a seguir são:
1. registrar que surgiu uma emoção negativa que não emana
do próprio eu adulto, e que é inadequada;
2. verbalizar (identificar) essa emoção (e. g., "sinto-me de-
preciado");
3. conscientizar-se de que é uma emoção da "criança quei-
xosa";
4. conscientizar-se intelectualmente de que essa emoção é uma
justificação para sua autopiedade;
5. talvez reconhecer que a emoção (a queixa) é a repetição
de uma vivência familiar na infância. Nem sempre é assim: pode
ser também uma queixa nova, porque a "criança queixosa" pode em-
pregar cada sentimento, pensamento ou sensação pensável ou im-
pensável, pode criar quaisquer impulsos negativos para alimento de
sua compulsão a queixar-se.
Agora, o terapeuta faz a proposta de imaginar a "criança do
passado" como se fosse viva e fisicamente presente em frente do
cliente, como uma criança real, uma pessoa fora de si. O estágio
preparatório de análise da infância, da auto-observação e auto-aná-
lise facilitou essa invocação, pois o cliente, pensando sobre sua in-
fância e analisando suas emoções presentes, naturalmente começa
a visualizar sua "criança". Como foi dito anteriormente determina-
dos lembranças de acontecimentos tristes da infância que o cliente
recorda de modo bem vivo, podem ser usadas para a visualização.
6. A visualização da "criança queixosa", portanto, é o pró-
ximo passo;
7. Segue-se a hiperdramatização. O cliente, tomando a posi-
ção do adulto, curva-se (ele é mais alto!) à criança visualizada e,
no caso de uma queixa da forma "sinto-me depreciado", por exem-
plo, fala do modo seguinte: "Ai! Pobre coitadinho! Como está

243-
chorando! Você é capaz de se afogar em tantas lágrimas! Então
as terríveis pessoas não gostam de você, não é? Depreciam você,
cospem na sua cara, arrancam seus cabelos, dão gargalhadas en-
quanto batem em você! E você, com seus olhos tristes, fica men-
digando, de joelhos: Tenham piedade de mim! Mas eles respon-
dem com pontapés e bofetadas.. . (')
Tal "discurso" contém então os elementos seguintes: o hiper-
dramatizador parte da queixa experimentada (1); dá razão à "crian-
ça" de lastimar-se sobre seu sofrimento (2) e depois vai aumentar
com argumentos novos, exagerados, essa razão, comunicando à
"criança"; "Na realidade, é muito mais terrível do que você pensa!"
Então, exagera muito a tragédia até o absurdo (3). O que é, para
a "criança", um drama, transforma-se num 'hiperdrama", daí o termo
"hiperdramatização". Uma boa hiperdramatização pinta, frente aos
olhos da "criança" uma situação muito mais patética, do que ele
sente. Fazer supertragédias leva a "criança" a um sorriso, depois,
se o hiperdramatizador continuar, com um riso, e se tivermos eli-
ciado essa reação, a queixa infantil, desaparece. Um sorriso, e até
mais, um riso tem uma força irresistível: mata o sentimento de auto-
piedade, liberta a pessoa dele. Depois de rir o cliente sentir-se-á
muito melhor, ao mesmo tempo que reconhece mais nitidamente a
queixa anterior como uma manifestação de autopiedade.
A hiperdramatização é a aplicação de uma força mental negli-
genciada, mas que é um remédio de valor inestimável: o bom humor,
a reação de rir. Não vamos tentar aqui aprofundarmo-nos nesse as-
sunto, somente indicamos que cada pessoa possui essa capacidade de
humor e auto-humor. Certamente é um mecanismo de auto-regu-
lação psíquica, pois se pode constatar que pessoas psiquicamente
saudáveis usam freqüentemente este mecanismo, impedindo que as
pequenas frustrações do dia a dia, pesem em demasia. Humor dá
energia, capacita-nos a gostar realmente da vida, faz com que a
pessoa humana guarde uma distância psíquica das coisas e aconteci-
mentos em volta dela e não seja envolvida demais; ora, auto-humor
gera . a mesma atitude saudável para consigo. Embora poucos, exis-
tem alguns estudos sobre a reação de humor (Plessner, 1953; Mc-
Ghee, 1971; Stearns, 1972) mas o valor curativo para doenças men-
tais não foi sistematica e intencionalmente aproveitado antes da
introdução da técnica da hiperdramatização por Arndt. Encon-
tram-se notadamente nos escritos de Adler (veja Ansbacher, 1958),
Frankl (veja Weiskopf Joelson, 1958) e mais recentemente de

( ' ) Mais exemplos: cap. XXXVIII.

244-
Jackson e Watzlawick (1968), Close (1973) e Rosenheim (1974),
boas observações sobre o funcionamento do riso na psicoterapia,
mas não um emprego propositado para todas as queixas infantis
e em todos os casos de neurose.
No início, é o terapeuta que mostra como vai a hiperdrama-
tização e que treina o cliente no procedimento durante a sessão. Gra-
dativamente, estimula-o a aplicar o método na sua vida diária quan-
do observar uma queixa de sua "criança". É aconselhável começar
com queixas bem claras e de uma estrutura simples, e com queixas
mais "leves". Quando o cliente possuir alguma experiência, pode
abordar também suas queixas mais "duras" e "centrais". O tera-
peuta acentua que o cliente deve hiperdramatizar, se possível, numa
situação na qual possa concentrar-se, em seu quarto, ou carro, ou
em qualquer lugar isolado, e que use toda sua fantasia, sem inibi-
ções, falando de modo teatral, preferivelmente em voz alta. Isto é
difícil para o cliente novo, porque sente muitas vezes uma resis-
tência interna, vergonha e aversão. Não ousa realmente "tirar sarro"
de sua "criança", ou sseja, sua "criança" não gosta muito desse tra-
tamento que implica num ataque direto a sua atitude de ser 'impor-
tante-trágica". Uma hiperdramatização de fato é incisiva, a "crian-
ça" vai defender-se, quer fugir dessa situação, inventa várias descul-
pas para evitar "ser ridicularizada". Enumeremos aqui, algumas
expressões de sua defesa:
O cliente "esquece-se" de hiperdramatizar quando surgir uma
queixa; diz que: "Não tem fantasias para fazer isso"; adia o proce-
dimento que a técnica é "ridícula" e que seus problemas são muito
sérios para tais "brincadeiras"; fala com sua criança", mas não
realmente hiperdramatiza, apenas está repetindo mais ou menos o
que sua "criança" sente, sem exageros até o absurdo; experimenta
que, no momento de hiperdramatizar, sua atenção vai desviar-se para
outras coisas; diz algumas histórias realmente exageradas, mas sem
se esforçar em fazer teatro; portanto, de modo mecânico, como
alguém que repete uma lição aprendida; fala alguns momentos, mas
para, logo antes de acumular uma série de argumentos exagerados;
hiperdramatiza, mas não fala à sua "criança" visualizada, mas a si,
o que implica que não aceita que a queixa é realmente algo infantil.
O cliente, muitas vezes, deve superar uma resistência qiiàse
física antes de aplicar a técnica de humor; prefere muito mais falar
sobre suas queixas, de "analisar", "ad infinitum" em vez de atacar.
Hiperdramatização significa que toma uma atitude muito ativa para
com sua "criança queixosa", consideravelmente mais ativa do que
se somente a analisasse, pois analisar pode deixar inafetada a auto-
piedade, ao passo que na hiperdramatização, a "criança" fica sem

245-
proteção nenhuma, sente-se privada de tudo, nua, pressionada a
abandonar seu sentimento querido. É o mesmo tipo de resistência
encontrada num alcoólatra quando é impedido de beber num mo-
mento em que o deseje. O terapeuta tem que avisar o cliente de
que vai encontrar essas dificuldades e que sua "criança" mostrará
fenômenos de desabituação, mas que deve encarar sua luta com um
treinamento, um esporte.
Nesse ponto, o terapeuta explica o decorrer normal de uma
terapia dessas, de modo que o cliente fique preparado para as difi-
culdades que o esperam, e com uma idéia mais realista no que diz
respeito ao processo. Explica, em primeiro lugar, as resistências enu-
meradas acima, que surgem normalmente quando o cliente quiser
hiperdramatizar. Adiciona que é provável que, logo após uma hiper-
dramatização bem sucedida que aniquilou uma queixa, a "criança"
volta com uma nova'. Na verdade, pode-se demonstrar como é uni-
versal a substituição de queixas durante um período de aplicação de
hiperdramatização. Explica-se, ainda, que o cliente deve intensificar
os ataques na forma da hiperdramatização, aos poucos, até entrar
numa fase de 15 a 20 hiperdramatizações por dia. Também, que
não é possível, visto a força do vício da autopiedade recorrente,
superá-la apenas com alguns esforços intensos. Ele deveria ter
paciência e ficar feliz com a constatação de uma diminuição grada-
tiva tanto da freqüência das queixas como de sua intensidade. A
maioria dos clientes pode esperar uma melhora na sua condição
psíquica depois, ou dentro de alguns meses (freqüência das sessões
terapêuticas: em média, uma vez por semana; podem ser, no início,
duas vezes por semana; paralelo à melhora observada, reduzimos a
freqüência das sessões, até chegarmos a uma só em 4-6 semanas).
Falamos da "curva terapêutica" com o cliente. Freqüentemente, ele
experimenta uma melhora bem no início do tratamento; isto não
implica numa melhora persistente, pois a força do vício não é supe-
rada, mas é a conseqüência de um sentimento de "esperança" criado
pelas conversas e explicações. Entre parênteses, suponhamos que o
efeito positivo da "esperança" opera em inúmeras terapias; se quiser,
pode-se chamar a isso de "auto-sugestão": "Tudo irá muito melhor
a partir de agora". Não devemos depreciar esse fenômeno; espe-
rança pode ajudar muito. Se possível, tentamos manter essa espe-
rança durante a terapia inteira. Por outro lado, sabemos que essa
"auto-sugestão positiva" não cura definitivamente. É o mesmo efeito
que é alcançado por tratamentos com hipnose, na qual ê sugerida
fortemente uma esperança de recuperação. Funciona por um curto
prazo, não mais (veja o estudo longitudinal a respeito de Cremerius,
1962). Afirmamos que é preciso o cliente perceber conscientemente
sua autopiedade em todas as suas expressões diferentes e recusar à

246-
"sua criança" esse alimento durante muitos meses antes de poder
curar-se realmente. Lançamos, neste ponto, a hipótese dé que o fun-
cionamento da grande maioria das técnicas terapêuticas desenvol-
vidas para combater certos sintomas, é baseado igualmente na cria-
ção de uma expectativa positiva, em outras palavras, não se dife-
rencia verdadeiramente da hipnose ou das "curas por fé" (Thigpen
e Cleckley, 1964; Frank, 1972). Os efeitos de uma técnica muito
empregada como, por exemplo, a "dessensibilização sistemática" são
muito bem explicáveis pela suposição de que cria uma expectativa
positiva ou "auto-sugestão positiva" (veja Dudley McGlyn e Mc-
Donell, 1974; Kazdin e Wilcoxon, 1976). Além disso, apesar de
uma enorme divulgação de algumas técnicas, não existem estudos
longitudinais sobre seus efeitos depois de muito tempo, nem estudos
contendo observações longitudinais sobre o desenvolvimento de toda
a personalidade neurótica, depois de um período de aplicação de
tais técnicas contra certos sintomas. Nossa experiênca e observa-
ções a respeito levaram-nos a desconfiar quase totalmente desses
métodos, pois observamos, em todos os casos conhecidos por nós,
que a pessoa queixosa e infantil permanecia queixosa e infantil depois
desses tratamentos; acreditamos que não arrancam as raízes da neu-
rose, ignorando-as. De resto, pode-se explicar sem grandes dificul-
dades porque a criação saudável (mas infelizmente não eficaz a
longo prazo) de expectativas positivas, de esperança, funciona. Espe-
rança é o oposto de autopiedade, pois quem vive com esperança não
se queixa. Prosseguimos, porém, com nossas explicações ao cliente,
sobre o curso subseqüente da terapia.
Avisamos que, depois de cada melhora, a "criança" volta com
um contra-ataque, que tenta reconstituir o dano sofrido, emitindo
com força renovada suas queixas. Depois de um dia relativamente
bom, habitualmente se segue um pior; depois de um período de
uma semana com menos queixas é provável que seguirá um com
mais queixas. Atrás (Cap. IX), mencionamos o caráter cíclico da
compulsão de queixar-se; na terapia, às vezes, os altos e baixos são
mais pronunciados. Ocorrerão períodos de desespero, não muito
notáveis por si, mas perigosos porque o cliente pode ser seduzido
a cessar seus ataques à criança. Em média, um tratamento dura
aproximadamente dois anos, mas o desvio padrão é grande, sendo
que casos de mais anos não são excepcionais por um lado, e de
uns 15 meses, tampouco, por outro.
Recaídas devem sempre ser esperadas. O cliente sente-se, tal-
vez, bastante feliz e despreocupado durante algumas semanas, e
pensa que o monstro já está quase conquistado, até que não pode
imaginar-se mais quanto infeliz; e pertubado se sentia antes e, de

247-
repente, é assaltado novamente, com força intensa por sua auto-
piedade. Porém, notará que cada vez, depois de uma crise, se re-
cuperará de modo mais fácil, chegando muito mais rapidamente a
um riso, quando hiperdramatizar.
A função do terapeuta, durante o processo, é comparável à
de técnico de um praticante de esporte. Dá o esquema a ser seguido,
encoraja, observa as expressões emocionais de seu cliente, comuni-
cando-lhe suas observações, e convidando-o muitas vezes a hiper-
dramatizar em sua presença — o que provoca, nos primeiros meses
do tratamento, uma resistência visível.
Na fase final do tratamento, quando o cliente já há muito
tempo está combatendo seus impulsos queixosos de modo indepen-
dente, e se tornou seu próprio terapeuta, é preciso vigiar para que
a atenção não relaxe, que o cliente continue tomando a sério cada
pequeno impulso de sua "criança", porque é sempre possível que
esta, depois de viver um tempo à beira da morte, somente emitindo
fracas queixas, saiba recuperar-se aos poucos e volte de uma vez,
com uma intensidade inesperada. Subestimar uma queixa nunca é
permitido, pois muitas vezes é uma manobra da "criança queixosa"
para conservá-la, apegando-se a ela secretamente.

248-
CAPÍTULO X X X V I I I

HIPERDRAMATIZAÇÃO E VARIAÇÕES;
OBSERVAÇÕES ADICIONAIS SOBRE A
TERAPIA ANTIQUEIXA

Com propósitos didáticos, vamos dar algumas observações prá-


ticas. A primeira deve ser que o terapeuta constantemente tem que
estar em cima das queixas expressas pelo cliente. Não são raros
os clientes que exprimem uma queixa em quase tudo que falam de
modo lógico e realístico. Por exemplo, muitos têm a tendência de
excluir certas queixas de seu tratamento por hiperdramatização,
porque, justificam, "essas são queixas reais e não infantis". Podem
ter um marido ou esposa difícil e inconscientemente usam isto como
pretexto de queixar-se; ou problemas objetivos no trabalho; ou um
problema com seus filhos; ou uma doença ou defeito no corpo —
mas o terapeuta deve revelar a autopiedade que existe nisso e ex-
plicar que a "criança" não aceita suas dificuldades objetivas, mas as
utiliza como justificações "intangíveis". Simplesmente não é pos-
sível que um cliente descubra sozinho e sem observações de um outro,
todas as suas queixas infantis. Sem dúvida, encontramos a "crian-
ça queixosa" no modo como o cliente aplica a própria hiperdrama-
tização. E.g., pode tomar uma atitude frente.à "criança" de: "Não
quero que você me atrapalhe mais, não aceito". A primeira vista,
parece uma boa atitude de luta do lado da pessoa adulta do cliente,
mas na realidade é a própria "criança" que se queixa: "Pobre de
mim! Que tenho que sofrer com tal complexo, que vida pesada
tenho por isso!" Ou um cliente observa que "O senhor tem razão,
verdadeiramente sou totalmente criança" — uma meia-verdade que
pode implicar numa boa queixa: "Pobre de mim! Não sou adulto
como os outros, que fracasso sou eu!" O terapeuta nunca está
(senão no fim do tratamento) falando somente com a pessoa adulta,

249
mas inúmeras vezes com a "criança". Expressão favorita desta é,
entre outras: "Sim, m a s . . . " , usualmente uma introdução a uma
queixa. Ou: "Isto e aquilo melhorou nessa semana, mas . . . ."
(segue-se a queixa). Relacionado com isso é a observação freqüen-
te de clientes que não conseguem fazer a distinção entre si e a
"criança" perfeitamente. Pode-se responder que isso não é neces-
sário; desde que a "criança" normalmente acompanhe quase o dia
inteiro a pessoa, o cliente pode acreditar que a influência dela é
muito grande. "Cada sentimento negativo ou de desprazer", pode
dizer o T., "tem que ser encarado com a maior suspeita, pois prova-
velmente esconde uma queixa infantil". E, ainda, "há um risco
maior de não perceber um sentimento como uma queixa, do que o
de enxergar erroneamente algo como uma queixa infantil, uma vez
que isto acontece raramente". Afinal: "Você percebe muito bem
quando sua própria pessoa está presente. Então, sente-se feliz,
tranqüilo, descontraído, despreocupado, contente; logo, quando não
percebe essa situação interna, pode presumir de antemão que, ao
lado de sua própria pessoa, a "criança" funciona".
É útil chamar a atenção especial para a falha de o cliente não
observar e analisar suficientemente um sentimento negativo antes de
hiperdramatizá-lo. Uma queixa que, para o terapeuta talvez seja
muito clara como queixa da "criança", tanto que ele é inclinado a
hiperdramatizá-la imediatamente, para o cliente não é uma queixa
de nenhum modo. Ele não pensa na possibilidade de que tal senti-
mento seria associado com sua autopiedade. Por isso, é' importante
que o cliente analise atentamente seus sentimentos negativos de
acordo com os 7 pontos dados no capítulo anterior. Uma hiper-
dramatização sem que o cliente chegue ao pensamento: "Sim, isto
é realmente uma atitude queixosa", funciona mal, ou não funciona,
facilmente se transforma numa brincadeira sem muito sentido.
Às vezes, o cliente observa que tem um sentimento desagradável
que deve emanar da "criança", mas que não consegue verbalizar;
nem é medo, nem depressão, "somente um sentimento muito abor-
recido". Se realmente não existir outra coisa na sua consciência
além do que disSe, o T. deve explicar que o cliente já deu uma boa
verbalização: "Sentimento aborrecido", e que essa sensação impli-
ca numa atitude queixosa ("Sofro; ah! sinto-me aborrecido!"); deve-
se hiperdramatizar o "pobre de mim, tão aborrecido". Essas são
queixas com "um conteúdo vago".
O cliente, tendo muitos problemas, estará inclinado a pedir o
conselho do terapeuta sobre problemas de seu matrimônio, trabalho,
estudo, etc. Estamos de acordo com Rogers quando ele disse que
não é tarefa do terapeuta intervir em decisões práticas que o cliente

250-
deve tomar. Já o pedido de conselho implica na maioria das vezes
numa atitude queixosa, mas o terapeuta pode explicar que não está
apto a decidir coisas importantes, enquanto a "criança queixosa"
estiver determinando os pensamentos. "Antes de decidir temos que
limpar os óculos para ver claramente". Além disso, explica que
uma pessoa adulta tem recursos suficientes para decidir-se por si
mesma e para solucionar seus problemas de um modo objetivo, logo
que se sinta adulta e não mais "criança". É fácil ver os perigos de
resolver sob a inspiração da "criança": ela pode pressionar uma
pessoa, e.g., de desistir de seu trabalho na base de uma queixa,
sendo que, depois de algum tempo, ficará com remorsos porque
perceberá que a nova situação não é uma melhora, o novo trabalho
traz novos problemas, a nova mulher igualmente, etc.
Algumas observações sobre a aplicação da hiperdramatização
pelo cliente: nem sempre é necessário hiperdramatizar uma queixa,
pois em certas ocasiões o cliente percebe uma queixa infantil facil-
mente como uma manifestação de autopiedade e isso só faz parar o
impulso. Já sorri sem hiperdramatizar, apenas pensando na "crian-
ça lástimosa". Quanto mais fácil nosso alvo •—• sorrir até a queixa
desaparecer — for atingido, tanto melhor e nesses casos não tem
sentido hiperdramatizar. Com efeito, estamos descrevendo aqui o
que acontece mais e mais freqüentemente na fase final do tratamento,
quando as queixas são em grande parte de uma intensidade baixa.
Às vezes, um bom método é o cliente repetir as palavras com
as quais verbalizou uma queixa, porém com uma voz exagerada-
mente queixosa e dramática. Em certas ocasiões deve-se repetir
isto várias vezes. O terapeuta também pode imitar uma expressão
verbal, uma atitude do corpo, uma expressão do rosto que contém
autopiedade; não deve ser, contudo, uma imitação exata, mas um
tanto exagerada e dirigida à "criança queixosa' imaginada fora do
cliente. Isto' pode ser muito esclarecedor para o cliente e essa téc-
nica estimula muitas vezes um riso de sua parte, seguido por um
sentimento de alívio.
Um conselho prático aos clientes que têm dificuldades em
observar e verbalizar nitidamente suas queixas é de tomar papel e
caneta e escrever o que estão experimentando. Escrever ajuda a
concentração e a conscientização. Hiperdramatizar, do mesmo
modo, pode ser feito através da escrita, pelos mesmos motivos. Por
exemplo, um cliente escreve (depois de ter analisado uma queixa)
uma "carta de compaixão a minha pobre criança", na qual, natural-
mente vai lastimar de modo grotesco a endereçada.
Outra técnica é a de hiperdramatizar em frente a um espelho.
Alguns clientes têm medo desse método, embora possa ser muito

251-
eficaz, e há clientes que descobrem que facilmente riem nessas con-
dições. O cliente pode também usar um gravador para gravar
algumas hiperdramatizações de queixas estereotípicas dele, sendo que
pode escutar suas histórias exageradas no momento em que a queixa
aparece novamente. Algumas vezes, um amigo ou esposa podem
ajudar, apontando um momento queixoso do cliente. "Não é que
ouvi um menininho choramingar?", a esposa pode observar num tal
momento — o cliente inicialmente resistirá, mas se conseguir aceitar
o diagnóstico, ambos podem rir e o efeito é milagroso. A coope-
ração de outros pressupõe, sem dúvida, um bom relacionamento, e
pior isso, o fazer "cúmplices" está longe de ser um bom método em
todos os casos.
Para desenvolver uma boa disciplina na hiperdramatização,
prescrevemos freqüentemente que o cliente se isole diariamente algum
tempo, por exemplo, duas vezes por dia uns 5-10 minutos para
refletir, averiguando suas emoções e depois hiperdramatizando as
queixas infantis percebidas. O cliente pode usar este método de
modo preventivo, atacando de antemão as queixas que, por sua
experiência, ele sabe que costumam surgir em determinadas situações.
Como o sentimento de humor é diferente em diferentes pessoas,
é lógico que, um desenvolverá uns tipos de hiperdramatização, que
com ele funcionam melhor, e um outro se inclinará por outros tipos.
Podem-se, por exemplo, inventar exagerações com muito sangue (a
pobre "criança" vai realmente ser "vítima"!) com clientes que acham
tais fantasias humorísticas, enquanto para outros, representações da
"criança" como um nenê desamparado, com fraldas, chupetas, etc.,
têm mais efeito. Usam-se porém, em muitas hiperdramatizações
elementos da situação concreta na qual uma queixa é situada, usando
lugares, pessoas, acontecimentos, para deformá-los em seguida nas
imaginações super-trágicas.
É claro que piadas e observações cômicas devem, freqüente-
mente, uma parte de suas qualidades humorísticas ao momento e
lugar onde são feitas, e é assim com muitas hiperdramatizações, que
podem soar menos chistosas quando são apenas relatadas, sem serem
reações a uma queixa concreta de um momento concreto. Para
ajudar a entender a "arte" de hiperdramatização, contudo, demos
alguns exemplos, antecedidos pela queixa à qual a hiperdramatização
é a resposta terapêutica:
Queixa infantil: "Estou cansado". Hiperdramatização: "Ai de
você, com seu rosto pálido, olhos mortos, com olheiras profundas e
pretas, magro como um bacalhau, costelas que saem através da sua
roupa gasta, você que trabalha como um escravo, carregando pedras

252-
enormes durante o dia inteiro e a noite inteira também; sim, sem
ter permissão de dormir por várias noites, arrastando-se sob as
pedras pesadas através da lama de mais de um metro de profun-
didade, picado por mosquitos agressivos, queimado até os ossos por
um sol inexorável. Sim, sinto um cheiro e um fedor horrível de
ossos e carne queimados! . . . Seu pequeno coração, bem visível
através de sua pele transparente, seco, murcho, sem força para bater
mais, batendo muito fracamente, quase parando. . . Seus olhos mor-
teiros olhando-me tão infinitamente tristes, seus lábios sussurram
com grande esforço algumas palavras, provavelmente suas últimas:
"tão c a n s a d o . . . "
Nota-se que acumulamos imaginações concretas (em nossa
imaginação, vemos esses olhos, costelas, a lama, cheiramos o fedor,
etc.). O exemplo dado, naturalmente não é uma reação hiperdra-
matizada a uma queixa de pessoa A. em suas circunstâncias concre-
tas. Talvez sua "criança" tome sua atitude de autopiedade sobre
cansaço depois de um dia de estudos — nesse caso, devemos exage-
rar a exaustão terrível que obrigatoriamente segue à leitura e ao
estudo (um cérebro arruinado, dores insuportáveis na cabeça a cada
momento que chega uma palavra lá, ou, simplesmente, o cliente
choraminga com voz muito lastimosa, frente a sua "criança": "Ai!
Sempre estudar, que pena, que vida! Ai, você vai se matar, pe-
queno herói do trabalho! Ai! Ai! Se sua mãe ficasse sabendo
disso!"). Tira-se "sarro" da autopiedade da "criança" com todos
os meios disponíveis, usa-se cada impulso de sua fantasia, cada in-
venção chistosa, sem medo de ser ridículo.
Queixa infantil: "Vai acontecer algo terrível comigo. Estou apavo-
rado. Vou morrer" (o pânico de uma pessoa com ataques de
fobias). Hiperdramatização: "Isto é chato para você! Tão jovem
e já tem que morrer! Totalmente sozinho tem que se despedir desse
mundo tão belo, onde podem permanecer suas amigas e amigos
(enumera alguns nomes)', gostando da vida, enquanto você vai apo-
drecer abaixo da terra, deixado de lado por todo mundo, esquecido,
derramando lágrimas que ninguém vai ouvir mais.. . Oh! e você
vai ser enterrado numa caixa de madeira, que é estreita e curta
demais, sendo que você sempre tem que ficar numa posição dobrada,
não podendo mover-se, nem sendo capaz de coçar. . . e isso, ao
passo que escuta e sente os gusanos e os vermes arrastarem-se sobre
seu corpo, chupando suas orelhas! Mas não pode fazer nada.
Eu entendo como está com medo!" Nesse exemplo, damos muitas
razões exageradas até o absurdo para a "criança" ter medo da morte,
associando uma imaginação à outra, encadeando uma série de imagi-
nções que facilmente podem ser prolongadas — até o sorriso ou riso.

253-
O importante é que o cliente aprende que deve começar com um
"discurso exagerado sobre a queixa que foi verbalizada anteriormente,
e não hesitar, nem pensar que todas as suas hiperdramatizações têm
que ser muito bem sucedidas. Deve abandonar-se a suas imagi-
nações, que muitas vezes se desenvolverão quase autônomamente.
Por certo, é um tanto estranho fazer isto pela primeira vez, mas a
arte de hiperdramatizar — ou de falar com a "criança" de um outro
modo irônico ou cômico — pode ser aprendida por cada cliente,
explorando sua maneira pessoal de falar e imaginar. Nesse exem-
plo, poderíamos seguir também uma outra linha, inventando fanta-
sias de monstros pré-históricos que vão comer a pobre pequena
vítima — mas sempre de um modo absurdo. Não devemos eliciar
o riso numa pessoa adulta, mas numa criança, e por isso devemos
estar conscientes de que uma criança apenas vai rir quando dese-
nhamos representações fortemente absurdas, que não podem existir.
Aqui encontramos uma nítida diferença com o método de "implo-
são" elaborado por Stampfl (Stampfl e Levis, 1967). Constatamos
que esse método, principalmente usado com sintomas de medo
neurótico, não visa ao riso, embora seja, às vezes, difícil entender
que o cliente não ria com algumas fantasias- de "implosão". Nem
ataca o sentimento básico de "pobre de mim!", enquanto a hiper-
dramatização visa a exagerar essencialmente só essa atitude infantil.
Quem não hiperdramatiza até um sorriso corre o risco de o cliente
— a sua "criança queixosa" — tomar muito a sério as imaginações
representadas: a "criança" acredita nelas e vai, em lugar de rir,
sentir-se até mais depressiva, ansiosa, etc.
Queixa infantil: "Sou estigmatizado por ele. Prefere meu colega
(irmão, irmã, amigo, etc.) a mim". Hiperdramatização: "Foi uma
bofetada em você! Viu? Ele abraçou seu colega, deu muitos cari-
nhos a ele, e um saco cheio de balas, enquanto nem olhava para
você! E você ficava lá, deixado de lado, com seus grandes olhos
que pediam somente para receber um pequeno sorriso dele também,
mas nada! Ai, foi sempre assim!" (dê mais exemplos).
Queixa infantil: "Que rapaz bonito e forte! Como desejo receber
carinhos dele!" (Verbalização dos sentimentos de um cliente homos-
sexual olhando para alguém na rua). Hiperdramatização: "Que
cenário tocante! Deve ter um coração de pedra quem pode olhar
para você sem ficar comovido até as lágrimas! Que expressão sau-
dosa na sua cara, que traço doloroso em volta de sua boca, e essas
duas lágrimas brilhantes que deslizam lentamente sobre suas faces. ..
Como é bonito esse homem, com músculos fortes como os de um
cavalo, ombros mais largos do que a abertura de uma porta, um
pênis que somente pode ser transportado num caminhão com inúme-

254-
«
«
I
ras rodas, tão comprido e pesado é. . . e você que ardentemente
quer chamar a sua atenção, pedindo com tanta esperança, com sua t
voz fraca: "Vai brincar comigo?" Você já sabe muito bem que
ele nunca brincará com você, porque ele gosta somente de brincar
«
com homens, e você é tão inferior que o contraste parte seu coração-, %
você, pobre destituído, com seu corpo delicado e doente, já amedron- .
tado pelo primeiro cachorro que encontra na rua, firmemente aper- *
tando a mão de sua mãe que o acompanha, e com a mamadeira H
com leite quente ainda na boca, e, além disso, feio!" (descreva exa-
gerada e pateticamente os traços que o cliente julga feios em si). ^
"E nunca você poderá acompanhar, nem mesmo falar, com esse I
homem; você voltará para casa onde mamãe vai preparar uma nova
mamadeira para você, ou talvez lhe dará o seio, pois o médico t
prescreveu muitas vitaminas e um tratamento bem protetor de sua I
mãe, e assim você estará, de noite, deitado na cama, completamente
sozinho, cabecinha molhada de lágrimas, sob duas ou três cobertas, 1
bem quentes, a bateria de garrafinhas com pílulas e remédios perto
numa mesa, um termômetro monstruoso na boca para medir a
febre. .. e suspirando: "Ai de mim!, ai de mim, não sou como I
ele, comigo ele não quer brincar!" Verifica-se, nesse exemplo, que
a hiperdramatização utiliza os elementos da autovisão específica de
um cliente, neste caso, de uma "criança queixosa" que se sente fraca, %
doente, protegida pela mãe e talvez não se atreva a comportar-se
como independente dela. E, reiteramos, o cliente deve hiperdra- "
matizar sua "criança" somente após ter percebido, em seu olhar para %
o homem admirado na rua, um sentimenot de autoqueixa, de ser
inferior em comparação com ele, e da inacessibilidade da amizade ^
do outro. i |
Queixa infantil-, "Minha mulher não me entendeu. Não foi gentil
para comigo. Criticou-me". Hiperdramatização: "Que mulher I
rude e bruta! Realmente maltratou-o, gritando, com seus dentes ^
longos que procuraram morder você, e fitando-o com seu rosto de
bruxa. Ela despejou uma panela com óleo fervente sobre sua cabe- 'I
ça, que está agora totalmente mutilada. .. tem que avisar a polícia (
de menores, porque aqui estamos realmente com um caso de mau-
trato físico e violência psíquica a uma criança indefesa! E exata- 4
mente acontece isto com você que precisa de tanto amor\" etc. Se
tal hiperdramatização não ajudar o suficiente, devemos montar uma *
outra, até a capitulação da "criança" (seu sorriso ou riso).
O terapeuta vai dispor, depois de um tempo de experiência .
com hiperdramatização de um arsenal extenso de imaginações e esti-
mulará com seus exemplos a fantasia do cliente, que construirá aos t
poucos seu próprio arsenal, suas próprias hiperdramatizações, con-
forme seu gosto individual.

255-
CAPÍTULO X X X I X

ENCERRAMENTO DA TERAPIA. RESULTADOS


REFERÊNCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Na medida em que o cliente aplica com sucesso suas hiperdra-


matizações, a intensidade da compulsão de queixar-se diminuirá e os
contatos com o terapeuta serão mais escassos, as sessões bem mais
espaçadas. Quando o cliente estiver alguns ineses sem queixas e o
terapeuta também não observar expressões da autopiedade nele,
entramos no período do "follow-up", e marcamos uma nova sessão
para depois de um meio ano, avisando o cliente de aue deve marcar
antes, se constatar que as queixas voltam de modo mais intenso ou
freqüente. Se tudo continua indo muito bem depois desse meio
ano, damos-lhe alta. É de interesse indicarmos alguns fenômenos
encontrados ao fim da terapia, e que são provas da recuperação.
O cliente sentir-se-á usualmente feliz, embora possa ter as desi-
lusões e as frustrações normais da vida. Não é uma felicidade eufó-
rica, mas algo tranqüilo. Está contente de si e de sua situação,
aceitando com um sentimento de satisfação seu trabalho, sua família,
seu parceiro matrimonial, sua casa, seus colegas, suas possibilidades
futuras. Ser satisfeito implica que não tem mais os múltiplos dese-
jos de mudar tudo na vida, de sacrificar muito para ganhar mais
dinheiro, obter uma posição social superior, etc. Ele poderá sacri-
ficar-se quando for necessário, mas não mais possui intranqüilidade,
essa idéia de ter de aperfeiçoar muitas coisas antes de alcançar a
possibilidade de ser feliz. O que é ser feliz? Como Solshenitchin
justamente disse, é uma visão específica, de si e de sua posição.
Ora, o desaparecimento da neurose gera um sentimento de ter sorte,
de ser privilegiado, de ser "rico", em lugar da visão antiga de ser
"pobre coitado", "o menos privilegiado do mundo". O cliente obser-
vará que vai gostar de muitas pequenas coisas em sua vida, talvez

256
pela primeira vez tão nitidamente. Gosta de trabalhar, então tem
mais iniciativas; gosta de "bater um papo", de pequenas coisas em
sua casa, da natureza em volta de si, pode'experimentar a vida de
cada dia como bonita, rica, e por isso adquire um sentimento de
gratidão. Sua visão do futuro torna-se mais otimista, apesar das
dificuldades que sabe que terá que enfrentar. Tem o sentimento
de que o balanço de sua vida, constituído naturalmente de uma
série de "mais" e "menos", é preponderantemente positivo. Um
termo adequado a respeito é o da psicóloga infantil Charlotte
Bühler: a pessoa feliz tem "gosto de funcionar" ("Funktionslust"),
como uma criança que gosta de pedalar uma bicicleta, gosta de
brincar, gosta de desenhar, de fazer algo, não somente porque suas
atividades a levam a objetivos desejados, mas também porque há um
prazer de viver dentro de si mesma, de experimentar tantas coisas
boas na vida. Para muitos neuróticos, tal tipo de vivência está
longe de ser usual, muitos deles vivem ininterruptamente fechados
na sua obsessão de serem vítimas e, por isso, não podem perceber
muita coisa fora de si que suscita, numa pessoa não-neurótica, senti-
mentos alegres ou positivos.
Então, o convalescente neurótico não somente experimenta a
ausência de queixas perturbadoras infantis, mas está realmente curan-
do-se, quando observa o crescimento do sentimento de felicidade.
Intrínseco a esse sentimento é o de ser mais forte, de ficar com
mais força, energia, interesses em coisas e pessoas. "Posso suportar
mais", "posso trabalhar mais, sou menos cansado", são expressões
freqüentes nesse estágio.
O cliente percebe que as coisas se tornam mais fáceis; toma
suas decisões com muito menos preocupações, não hesita tanto antes
de fazer algo, sente que age de modo mais direto, às vezes com mais
dinamismo.
Assume seus "papéis de adulto", não tem mais a idéia de que
está "desempenhando tim papel" que na essência não lhe pertence,
quando funciona como profissional,' pai, homem ou mulher adultos.
Perde o sentimento de "representar" esses papéis, mas experimenta-os
como verdadeiramente "seus"; em uma palavra, sente-se "ele mesmo".
(Às vezes, um cliente diz que também se sente "à vontade em seu
próprio corpo de adulto"). "Nunca me sentia verdadeiramente pai",
disse um homem com filhos já casados, "começo só agora perceber
sentimentos paternais para com meus filhos". Outros falam que se
sentem mais "homem" ou "mulher" diante de seu parceiro matri-
monial, mas, em geral, o ex-neurótico sente-se mais "um adulto", e
isso é um sentimento muito agradável, mais "pleno" do que o de
sentir-se "criança inferior".

257
Autopercepção freqüente é, ainda, de sentir-se "mais duro" ou
"firme" para consigo e para com os outros; o cliente descobre que é
menos sentimental para consigo e — por isso — para com os outros
também. "Alguns acham que sou menos gentil", pode observar, mas
esses "alguns" talvez encontrassem antigamente nele uma pessoa
tolerante, ou mole demais, que aceitava demais atitudes e condutas
que agora rejeita. A opinião dos outros não é mais tão importante
para ele. A mesma "dureza" saudável que adquiriu para consigo
(= não ter mais tanta comiseração por si) transfere automatica-
mente aos outros. Por outro lado, muitos clientes observam que os
outros acham que eles "mudaram", que são mais agradáveis, que
"aparentemente", como falam os outros, "tudo vai bem com você".
O cliente, por seu turno, pode ver que alguns mudam também sua
atitude antiga um tanto recriminativa a seu respeito.
Bastante agradável é a sensação de ser mais capaz de ligar-se
aos outros, em primeiro lugar com o cônjuge. A distância entre os
parceiros matrimonais diminui, o cliente sente mais afeto, mais calor
para com o cônjuge. O mesmo efeito ocorre para com os amigos,
sendo que o cliente gosta muito mais de contatos sociais em geral:
pode desenvolver sentimentos de amizade.
Alguns gradativamente mudam suas filosofias (neuróticas) da
vida, outros suas atitudes religiosas — geralmente na direção de
tornar-se menos negativistas e menos radicais, deixando uma série
de convicções realmente pueris (e.g., rezar não é mais um tipo de
lamentação).
A atmosfera na família será influenciada positivamente pela
mudança do neurótico. "Como eu era difícil", "eles tiveram que
suportar demais comigo" — percepções que apenas são possíveis
com plena clareza se o cliente se libertou realmente de sua "criança
queixosa".
Devemos adicionar, afinal de tudo, que o cliente se sentirá
"mais como os outros", menos especial, faltando "o nimbo de auto-
importância (trágica) pertencente à "criança".
Quanto à sua percepção da "criança interna": ela será mais
clara quando essa estrutura for superada. No início do tratamento,
a "criança queixosa" pode ser percebida, às vezes, mas raramente
com grande nitidez. Ao fim, porém, o cliente consegue reconhecer
sua "criança com autopiedade" como uma personalidade fora de si
e pode dizer: "Não é mais teoria para mim, mas realmente eu era
uma criança queixosa". Reconhece espontaneamente sua "criança
com autopiedade" em muitas atuações e atitudes de seu passado,

258-
vendo como vivia em grande parte, a vida emocional desta "criança":
como era compelido a viver, e não vivia sua própria vida.
Com esta terapia foram atingidas curas reais e permanentes em
muitos casos de diferentes tipos de neurose: complexos de inferio-
ridade, fobias, neuroses obsessivo-compulsicas, neuroses sexuais
(homossexualismo, etc.) e neuroses de delinqüência. A mudança
sempre é gradual, e o processo de amadurecimento continua muitas
vezes durante alguns anos depois do término da terapia propriamente
dita; assim, nem sempre é fácil determinar-se com exatidão o mo-
mento da cura definitiva. Não acreditamos em milagres a respeito
do tratamento de neuroses, e o resultado obtido não foi o de uma
pessoa sem defeitos, mas sim uma pessoa feliz, "normal", que se
sente 'como os outros",
Não podemos afirmar que esse método cura, por exemplo,
"90% dos casos", por causa cios muitos fatores que operam: o grau
de persistência do cliente, a intensidade da compulsão a queixar-se,
a confiança do cliente no terapeuta, ou on método, fatores que esti-
mulam ou desencorajam a continuação do tratamento, a filosofia ou
religião do cliente, etc. A grande maioria dos clientes que persiste,
contudo, que continua seus ataques à "criança queixosa", a meu ver,
consegue superar sua neurose radicalmente, depois de mais, ou
menos, tempo. E cada um aproveita muito de tal terapia, mesmo
no caso de interrompê-la precocemente. Então, verificamos dife-
rentes graus de recuperação, mas podemos afirmar com certeza que
a maioria, que persiste no auto-tratamento conforme esses princípios,
realiza uma profunda mudança emocional. É motivado por essas
experiências altamente1 satisfatórias que estou convencido de que a
terapia antiqueixa significa um progresso real no campo da ciência
psicoterapêutica. Acho que este método cura neuroses de um modo
mais eficaz e profundo do que muitas vezes foi possível anterior-
mente, graças à erradicação da autopiedade compulsiva infantil por
meio de conscientização desta emoção e aplicação de técnicas de
humor. O relatório de um caso brasileiro tratado com a terapia
antiqueixa pode ser visto no trabalho de Gregory (1977).
A cura de uma neurose não é somente a aniquilação de sinto-
mas, mas, sobretudo, o estabelecimento de um sentimento de felici-
dade. Espero que terapeutas e estudiosos da neurose reflitam sobre
as idéias ventiladas neste livro e investiguem mais, na prática, o
funcionamento desse "bacilo pernicioso" que é a autopiedade neuró-
tica, bem como a afirmação de que é possível arrancar o mal da
neurose pela raiz, pela destruição Jessa força nociva.

259-
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* * *

A teoria da Autopiedade Compulsiva Infantil (ACI) e terapia Antiqueixa


são ensinadas e aplicadas por um grupo de psicólogos brasileiros na Clínica
de Pós-Graduação de Psicologia da PUC, Campinas, Rua Cel. Quirino 116,
Bosque, Campinas, São Paulo.

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