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Vida del soldado español

Miguel de Castro

Vida del soldado español

Miguel de Castro

(1593-1611)

escrita por el mismo

v publicad.! por

A. Paz y Mélia

I! ARCE L

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«L'Avene,»

onda de l'Universitat. 20

1900

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Librería de M. Murillo

Alcalá.

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|<83

INTRODUCCIÓN

El soldado autor de la presente autobiografía no fué de aquellos héroes que

en Italia, en Flandes ó en América realizaron hazañas tales y en tal número

que va ni nos sorprenden ni casi nos interesan. El valor de su narración con-

siste en retratar al vivo al aventurero español con todos los defectos v todas las

contradicciones de la raza.

El medio en que pasó su niñez fué esencialmente religioso. Cuatro de sus

tíos eran eclesiásticos; uno de ellos, el obispo D. Pedro de Castro; y asi, por

la lev de los contrastes, se explica uno aquella rara tenacidad en un niño de diez años al resistirse á entrar en el grandioso templo del Escorial, prefiriendo

aguardar durante dos horas en el patio a sus acompañantes.

Su vocación le llamaba á las aventuras, y fracasada al año siguiente la primera tentativa para incorporarse á una compañía de soldados, y no hallando

en su tío D. Pedro de Castro, obispo de Segovia, la acogida que imaginaba, se

alistó definitivamente en la compañía de Alonso Caro.

Desde ese momento asistimos va a una serie de aventuras, amoríos y tra-

pacerías, no siempre novelescas v en general vulgares y monótonas; pero curio-

sas para el que busca en la historia del hombre la de

su época y en ellas la

de

ese vasto drama entremesado que viene representando la humanidad.

Llega á Italia en 1604 durante el virreinato del Conde de Benavente en Ñapóles, v, testigo de la conducta de sus camaradas españoles é italianos, con- firma la común opinión, proclamando que, por sus violencias con los pobres

campesinos, por su rapacidad v sus exacciones eran, especialmente los italianos,

peores que la langosta.

Lo cual no quita para que en una de las etapas huya

con la viuda Yirgilia, bien que rogado; mate á dos de los parientes que le per- seguían, hiera á otros dos, v cuando, presa la desdichada mujer, sulridas las

fwiicelas v el potro, y temerosa de.no poder resistir, sin delatar al cómplice, el

tormento del carnero con que la amenazaban, le pide un fortificante, Castro,

con repugnante sangre fría, cuenta cómo la envió un compuesto que en diez y

ocho horas la libró para siempre de toda suerte de temores.

También él sufrió el tormento y fué condenado á seis años de destierro;

.1 la corrupción reinante cuando á un muchacho recién llegado

al reino y con pocos recursos le fué facilísimo procurarse certificaciones falsas mprar, sin duda muv barato, su total indulto.

Y ahora surge forzosamente esta pregunta: ; Cabe admitir que un chico de

lizasc tan estupendas hazañas? Pues esa era su edad, si es cierta la

lecha de su nacimiento, el 24 de Febrero de 1593. Si se supusiera una equivo-

cación de la decena 93 por la de 83, la dificultad quedaba resuelta; mas al refe-

rir luego los sucesos de 1609 (pag. 141-2) dice que tenía poco más de diez y

nue". í

cual da para el nacimiento fecha aun más inverosímil, el año 1 590.

Habrá que convenir en que, ó perdió los memoriales cuando escribía su vida, ó

en que por alardear de juventud desfiguró la verdad.

Entretejiendo con sucesos históricos, menos precisos de lo que se desearía,

mis lances am>

vosamente platónicos unas veces, como en Brindisi con

la hija de un rico comerciante, prosaicos otras, como los de la moza Diamante

ó los de la cortesana napolitana en las mismas estufas, nos habla de la expedi-

ción á Malta, encuentro con la armada del Marqués de Santa Cruz v pelea con

los turcos, en que el que poco antes realizó tan

fríamente el asesinato de la

mujer que sólo temía delatarle en el tormento, aparece ahora con sentimientos

humanos acriminando á sus compañeros porque mataban cobardemente á las

turcas y á s U s pequen uelos y arrancando de sus manos á un niño de tres años,

que, dice, podría bautizarse y ganarse así un alma.

Durante el tiempo que pasa Castro al servicio de los capitanes Antonio del

Haya y Francisco de Cañas, abundan en la narración las escenas de cuchilladas

por puntillos de honor, encuentros con ladrones, v todo el repertorio de nues-

tro buen siglo XVII. No pocas páginas ocupan los platónicos galanteos con la

rea Mina, después bautizada con el nombre de Inés, y que con otra

rompradas en 2S0 escudos por D. Juan de Benavides, van pasando

preciado regalo de mano en mano del Marques de Santa Cruz, al Conde ¡cnavente, y por fin á D. Juan de Zúñiga.

En Ñapóles un novelesco suceso nos suministra acabado cuadro de la

administración de justicia. Una casada y una doncella, cuñada suya, se enamo-

ran respectivamente de Castro y del hijo del capitán Cañas, y les proponen la

. de noche por cuerdas lisas que les hieren cruelmente las

pocos días caen en poder de la justicia. Reclámanla del Virrey

parientes; pero el secretario D. Baltasar de Torres intercepta todos

los memoriales. 111 capitán Cañas llama a los reclamantes, les ofrece dinero á

como lo rehusasen, les amenaza con hacerles aparecer

culpables, arrasarles las casas y echarlos a galeras. Convencidos ante tales argu-

man<

nciau .1 la justicia humana, y entonce- el citado Secretario v el

ntí D. Bernardino de Barrionuevo, Marqués de Cusceno, proponen cele-

ílipo y quemar luego el proceso. Como se verificó.

Vil

Seguramente nada de esto debió traslucir un Virrey como el Conde de Be-

navente, que al mes de entrar en su gobierno mandó cortar la cabeza á Mar Busele con dos cómplices en el asesinato del marido, v que poco después impuso igual pena á un español por falsificar la firma del Duque de Vietri y al

caballero Lelio Mastrillo, reo de ocho homicidios, quince estupros y treinta v

ocho delitos varios. Renao refiere que las súplicas de todas las religiones no

consiguieron librar de la muerte en la horca a D. Francisco Blanco, siciliano arrendador del suministro de granos y á dos cómplices suyos, por defrauda- ciones cometidas en su cargo. Otra vez, cansado de luchar con la jurisdicción

eclesiástica que le impedía perseguir en BeneventO, territorio de S. S a . á una

cuadrilla de cuarenta bandidos refugiados en cierta posada, compró la casa, puso

posaderos á su devoción para confidentes, v ordenó al ingeniero mayor Fontana

que desde territorio del Rev practicase una mina hasta debajo de la posada y colocase allí los barriles de pólvora necesarios. A una señal convenida con los

posaderos, la posada voló con los cuarenta huéspedes. Tal era la expeditiva jus-

ticia del Virrey y tal el poder del Secretario, que sabía interponerse entre la

vara y el golpe. Es interesante la narración del desastre de la escuadra de Sicilia mandada

por el Adelantado de Castilla y la de su muerte en 15 de Agosto de 1606; pero

como á lo que Castro concedía superior importancia era á sus amoríos, no

guardan proporción las pocas páginas que consagra al hecho histórico con las muchas que emplea en contarnos con los más minuciosos detalles las mil estra-

tagemas á que acudía para escapar todas las noches, burlando la vigilancia del

capitán, al lado de una cortesana de Ñapóles, natural de Toledo, llamada Luisa

Sandoval. Dejósela encomendada un soldado, muy su amigo, Manuel de Quc-

vedo, tan habilísimo en cortar sobre papel á punta de cuchillo, que sus obras, dice el autor, eran estimadas de muchos principes. Tres años duraron las esca-

patorias v la amistad de la cortesana, demostrando Castro en este tiempo cuan

bien sabía corresponder á la confianza de un camarada. Verdad es que para

disculparse alega que se sentia impulsado hacia la Sandoval por algún compuesto

artificial atractivo.

Como Ñapóles era en aquel tiempo para la vida regocijada algo como el

París de nuestros días, el autor hace una entusiasta descripción de la fiesta v

romería de Nuestra Señora de Pie de Gruta, y menciona las notabilidades músi-

cas más en boga, como el napolitano Tomás, cantante de música española en la

Real Capilla; D. a Angela Arqueros y Osorio, que arrebataba con su suave ;<>', y organizada-garganta, y la napolitana Andreana, hábil maestra de música, y prác-

tica en las lenguas española, portuguesa, francesa, siciliana, etc. De ambas dice

que sus casas jamás se hallaban vacías de los mavores príncipes del reino y aun

de toda Italia.

Castro lleva á su amiga á la fiesta; pero antes de ofrecerla la merienda, la

obliga a hacer oración en la iglesia. La muerte de su padre, ocurrida en 16 10, y el deseo de mayores ventajas.

le impulsan á dejar la casa del capitán v á valerse de la poderosa recomendación

vin

del Conde de Lemos y de D. Leonor de Leiva, mujer de D. García de Toledo, para entrar como ayuda de cámara del Conde de Benavente. Allí sirvió desde i ." de Abril hasta 14 de Julio de dicho año, en que este Virrey partió para

aña.

Y aquí escribe la más curiosa relación de todo el libro, describiendo minu-

ciosamente la ceremoniosa y acompasada existencia diaria del Virrey (1) que

en medio de una servidumbre de 2(->} personas entre gentiles hombres, oficiales,

hacía zurcir las medias v calzas, á pesar

de tenerlas por millares, hasta el punto de desaparecer bajo el remiendo el pri- mitivo tejido, v aquéllas escogía con preferencia.

Al referir la entrada del Conde de Lemos que sustituyó al de Benavente en

d gobierno del reino, cuenta con bastantes detalles, aunque no como testigo ocular, un grave altercado entre el hijo del segundo y el Conde de Lemos por

cuestión de tratamientos v cortesías. Ciento cincuenta caballeros sacaron á relu-

cir las espadas; golpearon las guardias con sus alabardas á cuantos encontraban

al paso, v estuvo á punto de ocurrir grave tumulto, pues en los patios había

más de 5,000 hombres que acompañaban al de Benavente. Todo por la diferen-

cia entre un Merced v un Señoría.

Para aquilatar los grados de veracidad que el autor merece, busque la narración de este hecho en las historias particulares de aquellos gobiernos, v he aquí cómo la refiere un autor anónimo (2).

pajes, lacayos, enanos, locos, etc., etc

«Allí 9 de Itiglio il

S

Conté di Benavente tornó all' ¡sola a visitare il C. Don Pietro di Castro,

nella cui visita vi hebbe a succedere 1111 grandissimo inconveniente percióche I). Francesco di Castro.

ñipóte naturale del S. Come, raggionando con il S. Don Giovanni Pimentello, liglio del S. Conté rsi in certi raggionamenti fastidiosi. et come suole nel raggionare ogni

uno vnole restare súpetiore, se liduse .1 tale clie si cacciorno mano per le spade, nella cui barassa vi

la mano il S. I"). Giovanni, ct pervenuto all' oiechie delle «.loe Signori Conti.

:he la briga era tra quelle due. l'uno congionto de sangue all'altro,

vennero i due Conti a por la mano su le guardie di lor spade; nu l'accortezza del capitano Alejo de A.ssa, all' hor logotcnentc del Mastro di campo del terzo spagnuolo, cacciando mano alia

.1 un subbi:

Si

D. Fr

cesco di Castro

se retirasse, et con tal se pos.-

fine al tuinultc

nel quale ce sari

_ andisimo disordine se non si rimediava a quel modo, et cosi li due

gionarono iusieme amorevolisimamente, et indi a poco, togliendo licenza il S. Conté

lávente da quel di Lemos, se ne tornó a Xapoli. ove si dimoró insino alie ta di Iuglio che ad

et la volta di Spagna se ne an

Y aunque sea alargar demasiado la cita, continúa la relación con el siguiente

juicio del gobierno del (onde de Benavente:

de los \ irreye y lugartenien-

ploraba en el prólogo que careciese el manus-

ner. y que había escrito Raneo, cual era el ceremonial

'

en publicaí

Fu questo Preiicipé nel gobernó multo circunspecto, pació ne] castigare i delitti enormi fu >, ne fe gratie mol te, anzi pochissime. ma non si puo diré che nel suo partiré non havesse portato

;so gran quantitá de cuntí d'oro et cuntí ancora de moltissime maledizioni per le unte gabelle poste sopra il vitto, che non solo volse carricare il povero con poneré gabelle al grano, fariña et orgio.

nía al sale, et alie frutte, le quale gabelle ce hanno fatto mercare caro ogni c> >^a con poco rileva- . mentó della povera cittá oppressa di tanto debito et con il danno ancora per la pong. ca delle nionete

vecchie. che fu 1' ultima rovina del povero etc.

Las justas reprensiones del Conde de Benavente por la pertinacia de Castro

en su desarreglada conducta, le irritan, deja su servicio v marcha á vivir con Luisa, basta que, agotados todos los recursos, la deja enferma en las estufas.

Va á Sesa á servir a D. Ramón de Cardona, hermano del Duque de aquel título,

luego á Sicilia con el Duque de Osuna, y finalmente, el 7 de Julio de 161 1, entra en Malta con fray Nicolás Caharreta, del hábito de S. Juan.

Por la ligera mención que hace de las escuadras mandadas por el Marqués

de Santa Cruz, podía esperarse alguna noticia de las expediciones á la Goleta y á las Querquenes ; pero la narración no pasa del 14 de Septiembre de aquel

año, sin que sepamos hasta dónde llegaba (porque el manuscrito queda inte-

rrumpido á causa de haberse extraviado por falta de encuademación las prime-

ras v las últimas hojas) ni tampoco el paradero del buen Miguel de Castro.

Aunque á juzgar por sus frases de santo arrepentimiento que en varios párrafos

escribe, por el hecho que refiere de haber ingresado en Malta en la Congregación de N. a S. a de la Asunción, y por la evolución tan humana como frecuente com-

pendiada en el vulgar proverbio de el diablo harto Je carne

suponer que el espadachín, mujeriego y trapalón soldado Castro viniera á ter-

minar sus días en las pacíficas ocupaciones de lego de algún convento.

,

no es aventurado

En cuanto al estilo de la obra, puede decirse, confirmando una vez más el conocido axioma, que es fiel retrato del hombre. Incorrecto, desaliñado y con-

fuso las más veces hasta hacer difícil su lectura por atropellarse los incisos sobre la idea principal, tiene de cuando en cuando trozos de intachable construcción,

y no faltan los vuelos poéticos en párrafos que están acusando claramente el

recuerdo de la lectura de los libros de caballería. Poquísimas veces, sin embar-

go, se asoma el autor á los dominios del sentimiento, ó del idealismo; cuando por caso sale de lo vulgar y trillado, sus entusiasmos recaen sobre algo que

pertenece al mundo de la sensualidad. Triviales son las reflexiones que le arran-

can los hechos, y en todo se descubre al hombre sensualmente vulgar v de apa- oada imaginación. Para otra más viva, los sucesos en que intervino prestaban

suficiente materia para escribir una autobiografía de bastante interés.

El manuscrito que ha servido de original para esta impresión es autógrafo, y se conserva en la Biblioteca Nacional de Madrid, signatura 2,597.

A. Paz y Méi i a

Libro ojie comencó en Malta Miguel de Castro de su nacimiento y

demás razones de su familia, según la que tenia, y unas memo-

rias que llevó de españa , cuya razón va por principio, y sigue

á ello varios tratados de su viaje desde la salida de españa

HASTA LA VUELTA Á ELLA QUE ES COMO SIGUE

(vOÍO resto.) \

Nació Miguel de Castro, hijo de Miguel de Castro y de María Vica-

rio, sus legítimos padres, en la villa de Fuente Ampudia, diócesis del

Obispado de Palencia, en 24 de Febrero de 1593, que fue sábado, á la una

del dia. Bautizóle el cura Magaz. Poco después fueron sus padres a vivir a

la ciudad de Yalladolid hasta que pasaron á Orense cuando el Sr. Obispo

D. Pedro Gon^aJe^ de Acebedo fue á ver toda aquella santa iglesia, y allí

tuvo otros hermanos que murieron pequeños y fueron enterrados en la

sepoltura que se compró en la santa iglesia, que es delante de la capilla

de Nuestra Señora del Rosario, á las espaldas del coro, á cosa de veinte

pasos de dicha capilla en derecho de la puerta de Reja della, en el medio

de la nave, digo, desde un pilar de un lado al del otro, donde también

está enterrada su madre que murió de parto, y según decían los dotores

y comadres, con dos criaturas en el cuerpo; y ansí la enterraron en la

sepoltura que tengo dicho, en que se enterró mi hermana, que entonces

1 Este titulo tiene la siguiente advertencia:

lista oxa es Je un libro del nacimiento de Miguel de Castro, que era la primera del - que se

halló arrancada y tan manchada de aceite ó manteca que solo pudo copiarse con su intitulata que

era así : (Sigue el título arriba copiado.)

I

_

c >mpró para mi

'¿

madre, y hiciéronla gran entierro todo el cabildo

con muy gran pompa funeral. Fuese mi padre á Plasencia con el dicho

po que le promovieron el año de 1598.

Murió mi úo Juan ¡Icario el año de 1599 en principio del, de peste ',

después de auerse acabado la peste en Orense un mes ó dos auia del todo,

v auiendo asistido él solo á administrar á toda la ciudad los sacramentos

desde que comencé la peste hasta que se acabó, porque todos los demás

que estauan obligados á ello se ausentaron, y él no. Murió en

la calle de

San Pedro, en la misma casa, y yo en tanto

estime en casa del licen-

ciado Francisco Blanco, cura de Santa Eufemia, compañero de mi tio. En-

terráronle en la misma sepultura de mi madre. Murió el canónigo Alonso

de Castro, mi tio, canónigo de Orense, el año de 1597. Enterróse en la

iglesia catedral. Enterróse delante de Nuestra Señora la Vieja, que lla-

man, que es al cabo del cuerpo de la yglesia, detras del

coro, mas abaxo

de donde están las pesas del relox. Fui á Lugo con el D r . Antonio de Cas-

tro, mi tio, quando fue á oponerse á la magistral, que llevó, de la

iglesia

cathedral de Lugo, el año de 1600, luego que murió mi tio, al principio

del año.

Yoluí después con él á Lugo, quando vino el obispo don Pedro de

Castro, mi tio, por obispo á Lugo, que fue en fin del dicho año de 1600,

y el de

1601, fui con el dicho Doctor á Salamanca quando fue á la oposi-

ción de la beca del Colegio de Oviedo, y después venimos á Lugo. Des-

pués, el año de 1602, volví con él a' Salamanca, adonde estuve otro medio

año; y de allí me llevó á Empudia por antes de Carnestolendas del año

de i<

tve en Ampudia hasta veinte de Mayo del dicho año que me

llevó mi tio Esteban Vicario adonde vivía en Ampudia á Valladolid

,

.1

donde estaua mi padre, y llenóme á media noche mi tio Esieuan ¡"¡cario,

y fuimos a amanecer a Valladolid. Luego á 25 de mayo del dicho año fui

Juan dt lilla franca, racionero de la santa iglesia de Val lado-

lid, que uiuia en la calle de Rui Hernández, en entrando por ella dése

.ró. mi tia Isabel Vicario y yo

Idea Je la abadia Je Santa Baya Je Anfeoz, qu

:n Valladoli

~

3

-

placuela de Santa María á acera de mano izquierda, á la segunda casa ó

puerta, una puerta de arco, que es casa suya propia, y la parte de aposento

tenia entonces Juan de Carayn, que era portero del Consejo de Hacienda. Por septiembre del dicho año fui con él á Toledo á llevar a su sobrina Doña

Francisca Pae% de Mosquera, donde el licenciado Domingo de Saladar, su

marido, era administrador general de las rentas reales. Fuimos por Medina

del Campo, y á Madrid por el Escurial ', y de allí á Toledo, donde estuve

once dias, y luego me boluí á Valladolid con el dicho racionero. Fuime

con mi padre, que vivia en el Prado de la Madalena, junto al mesón que-

mado, en la casa de Pedro Rainiir~. Fui allí á nueve de Enero de 1604

principios de Henero.

Por julio del dicho año de 1604 junto á Palencuela, topé al capitán

Alonso Caro, que marchaba con su compañía, y fuime con ella unos cua-

tro ó cinco dias; y no